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16 may. 2013

Descarga: Carlos Drummond de Andrade - 50 poemas escogidos (Edición de Rodolfo Alonso)

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Descarga: Carlos Drummond de Andrade - 50 poemas escogidos (Edición de Rodolfo Alonso)

Capaz de ser al mismo tiempo absolutamente renovador y legítimamente nacional, en el mejor sentido, el modernismo brasileño constituye una prueba evidente de la originalidad de las vanguardias latinoamericanas, tantas veces acusadas de ser mero reflejo de recursos europeos. Y, con ser originalísima, la obra de Carlos Drummond de Andrade se vuelve también significativa en ese contexto modernista, del cual constituye muy probablemente el paradigma. Popular sin demagogia, discreta sin pavoneos, distante pero cálida, precisa sin frialdad, incluso en sus comienzos abiertamente comprometida pero con tal intensidad de vida y de lenguaje que sus poemas de ese tipo continúan en vigencia y conmoviéndonos; el desarrollo de la poesía de Drummond constituyó para nosotros, y especialmente para mí, una experiencia enriquecedora donde lo estético y lo humano se daban como evidencia viva, lograda, cabal, y al mismo tiempo temblorosamente inerme, transida, contagiosa.

3 ago. 2012

Carlos Drummond de Andrade: Búsqueda de la poesía

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No hagas versos sobre acontecimientos.
No hay creación ni muerte frente a la poesía.
Ante ella, la vida es un sol estático,
no calienta ni ilumina.
Las afinidades, los aniversarios,
los accidentes personales no cuentan.
No hagas poesía con el cuerpo,
ese excelente, completo y confortable cuerpo,
tan indefenso a la efusión lírica.

Tu gota de bilis, tu careta de gozo
o de dolor en la oscuridad son indiferentes.
Ni me reveles tus sentimientos,
que prevalecen sobre el equívoco e intentan el largo viaje.
Lo que piensas y sientes, eso todavía no es poesía.
No cantes a tu ciudad, déjala en paz.
El canto no es el movimiento de las máquinas
ni el secreto de las casas.
No es música oída al pasar;
rumor del mar en las calles junto a la línea de espuma.

El canto no es la naturaleza
ni los hombres en sociedad.
Para él, lluvia y noche,
fatiga y esperanza nada significan.
La poesía (no saques poesía de las cosas)
elude sujeto y objeto.

No dramatices, no invoques.
no indagues. No pierdas tiempo en mentir.
No te aborrezcas.
Tu yate de marfil, tu zapato de diamante,
vuestras mazurcas e ilusiones, vuestros esqueletos de familia
desaparecen en la curva del tiempo, son algo inservible.

No recompongas
tu sepultada y melancólica infancia.
No osciles entre el espejo y la
memoria en disipación.
Si se disipó, no era poesía.
Si se quebró, cristal no era.

Penetra sordamente en el reino de las palabras.
Allí están los poemas que esperan ser escritos.
Están paralizados, pero no hay desesperación,
hay calma y frescura en la superficie intacta.
Están allí solos y mudos, en estado de diccionario.
Convive con tus poemas, antes de escribirlos.
Ten paciencia, si son oscuros. Calma, si te provocan.
Espera que cada uno se realice y consume
con su poder de palabra y su poder de silencio.
No fuerces al poema a desprenderse del limbo.
No recojas del suelo el poema que se perdió.
No adules al poema. Acéptalo
como él aceptará su forma definitiva
y concentrada en el espacio.

Acércate y contempla las palabras.
Cada una
tiene mil rostros secretos bajo el rostro neutro
y te pregunta, sin interés por la respuesta,
pobre o terrible, que le dieras:
¿Trajiste la llave?

Fíjate:
huérfanas de melodía y de concepto,
ellas se refugiaron en la noche, las palabras.
Todavía húmedas e impregnadas de sueño,
ruedan en un río difícil
y se transforman en desprecio.





Antología
Selección, traducción y prólogo de Rodolfo Alonso
Colombia, Arquitrave Ediciones
Fotos: The statue of Brazilian poet Carlos Drummond de Andrade has its glasses fixed in Copacabana beach, in Rio de Janeiro, Brazil, on June 15, 2012. The statue, created in 2002, had its glasses stolen for the eighth time. Photo: Guto Maia Brazil Photo Press/AE - Corbis



23 nov. 2011

Carlos Drummond de Andrade - Como un presente

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Tu cumpleaños, en la sombra,
no se conmemora.

Excúsate por llevar esta corbata.
Ya no tienes ropa, ni la necesitas.
En un mantel en el espacio está el almuerzo,
pero tu almuerzo es el silencio, tu hambre no come.

Ya no te pido la mano arrugada
para besarle las gruesas venas.
Ni busco en los ojos estriados
aquella pregunta: ¿está llegando?

En verdad dejaste de cumplir años.
No envejeces. El último retrato
vale para siempre. Es un hombre cansado
pero fiel: cédula de identidad.

Tu inmovilidad es perfecta. A pesar de la lluvia,
lo incómodo de este suelo. Pero siempre amaste
lo duro, el relente, la carencia. El frío se siente
en mí, que te visito. En ti, la calma.

¿Cómo compraste calma? No la tenías.
¿Cómo aceptaste la noche? Madrugabas.
Tu caballo corta el aire, guardo una espuela
de tu bota, un grito de tus labios,
siento en mí tu cuerpo lleno, tu cuchillo,
tu apuro, tu estruendo... encadenados.

Pero no descubro tu secreto.
No está en los papeles
del cofre. Ni en las casas que habitaste.
En el caserón azul
veo la hilera de cuartos sin llave, oigo tu paso
nocturno, tu carraspeo, y siento los bueyes
y siento las tropas que llevabas por la Selva
y siento las elecciones (tu desprecio) y siento la Cámara
y pasos en la escalera, que suben,
y soldados que suben, rojos,
y armas que tal vez van a matarte,
pero que no se atreven.
Veo, en el río, una canoa,
y tres hombres en ella.
“Aunque está mal preguntar, ¿el Coronel sabe nadar?
Porque esta canoa, alabado sea Dios, puede volcarse,
y su creación nunca más que el señor ha de encontrarla.”
Tu mano saca del bolsillo una cosa. Tu voz va al frente.
“Coronel, discúlpeme, ¿no se puede bromear?”

Te veo más lejos. Quedaste pequeño.
Imposible reconocer tu rostro, pero sé que eres tú.
Viene de la niebla, de las memorias, de los baúles repletos,
de la monarquía, de la esclavitud, de la tiranía familiar.
Eres bien frágil y la escuela te traga.
Haría de ti tal vez un farmacéutico quejoso, un doctor confuso.

Para comenzar: ¡una docena de tortas!
¿Quién dijo?
Entraste por la puerta, saliste por la ventana
—¿supo, señor maestro? — quien quiera que cuente otra,
pero tú ganabas el mundo y en él aprenderías tu sucinta
[gramática,
la mano del mundo tocaría tu mano y diseñaría tu letra firme,
el libro del mundo te entraría por los ojos y te imprimiría su
[completa y clara ciencia,
pero no descubro tu secreto.

Tal vez es un error que amemos así a nuestros padres.
La identidad de sangre actúa como cadena,
sería mejor romperla. Buscar mis padres en el Asia,
donde el pan sea otro y no haya bienes de familia a preservar.
¿Por qué permanecer en este municipio, en este apellido?
Taras, dolencias, deudas: mal se respira en el sótano.
Quisiera hacer un agujero, atravesar el túnel, dejar mi tierra,
paseando por debajo de sus problemas y plantaciones, de la
[eterna agencia de correo,
e inaugurar nuevos antepasados en una nueva ciudad.
Quisiera abandonarte, negarte, huirte,
pero es curioso:
ya no estás, y te siento,
no me hablas, y te converso.
Y tanto nos entendemos, en la sombra,
en el polvo, en el sueño.

Y pregunto tu secreto.
No respondes. No lo tenías.

¿Realmente no lo tenías, me engañabas?
Entonces aquel maravilloso poder de abrir botellas sin
[sacacorchos,
de desatar nudos, atravesar ríos a caballo, asistir, sin llorar, a la
[muerte del hijo,
expulsar apariciones apenas con tu paso duro,
el ganado que desaparecía y regresaba, aunque la peste
[barriese las haciendas,
el dominio total sobre hermanos, tíos, primos, camaradas,
[cajeros,
fiscales de gobierno, beatas, padres, médicos, mendigos,
locos mansos, locos agitados, animales, cosas:
¿entonces no era secreto?

Y tú que me dices tanto
de eso no me cuentas nada.

Perdona la larga charla.
¡Tan pocas palabras, antes!
Es cierto que intimidabas.

Guardabas tal vez el amor
en triple cerca de espinos.

Ya no precisas guardarlo.
En la oscuridad en que cumples años,
en la sombra,
está permitido sonreír.



Traducción: Rodolfo Alonso


24 ago. 2010

Carlos Drummond de Andrade - La santa

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Sin nariz y hacía milagros.

Llevábamos alimentos limosnas
dejábamos todo en la puerta
mirábamos
petrificados

¿Por qué Dios es horrendo en su amor?

Traducción: Rodolfo Alonso



A Santa

Sem nariz e fazia milagres.

Levávamos alimentos, esmolas
deixávamos tudo na porta
mirávamos
petrificados.

¿Por que Deus é horrendo em seu amor?