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19 may. 2015

Descarga: Fedor Dostoievski - El bufón, el burgués y otros ensayos

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Descarga: Fedor Dostoievski - El bufón, el burgués y otros ensayos

La narrativa de Fedor Dostoievski (1821-1881) disfruta de un innegable prestigio en el canon de la literatura mundial. Los hermanos Karamazov, Crimen y castigo, El jugador, Los endemoniados son novelas que han impresionado a sus lectores sea cual fuera su nacionalidad, su educación y su edad. En cambio, las páginas de su Diario de un escritor o las recopilaciones de sus artículos, discursos y conferencias, aún no encuentran la difusión que merecen por la agudeza, la ironía y la certeza de sus juicios y opiniones. Esta selección, El bufón, el burgués y otros ensayos, es una magnífica oportunidad para descubrir e iniciarse en la creación marginada de una de las figuras más grandes de la literatura universal.

22 oct. 2014

Claudio Magris: El Superhombre y el Hombre del Subsuelo (1981)

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Nietzsche decía que leía a Dostoievski con un sentido de inmensa liberación y añadía, en otro fragmento, que su anhelado superhombre no era muy distinto del hombre del subsuelo creado por el escritor ruso. A los cien años de su muerte Dostoievski resulta no tanto un clásico, serenamente adscrito al panteón de la tradición literaria y de sus valores más duraderos, cuanto la voz de una furibunda y confusa transformación del hombre, que está todavía en curso y que nos compete en su provisionalidad, en su incertidumbre y desorden. Cada mañana, al abrir el periódico y leer —desde los titulares hasta los sucesos o las páginas de sociedad— el novelón inconexo y trastornado del que sin embargo somos también inconscientes personajes, nos percatamos de que Dostoievski, el escritor que buscaba inspiración en los hechos sensacionales y las noticias clamorosas, es todavía nuestro cronista, el testigo y el reportero de nuestra existencia, con frecuencia tan aberrante y banal. En sus historias febriles y fangosas Dostoievski parece representar aquello en lo que nosotros ahora nos estamos convirtiendo; da la impresión de plasmar esa incierta transformación de nuestra naturaleza humana, que nos hace parecernos a una especie animal en una fase de mutación.
Con uno de esos relámpagos de genio que tan a menudo acababan por deslumbrarle, Nietzsche pensaba que Dostoievski quería narrar y celebrar esta metamorfosis de la fisonomía milenaria del hombre y que se asomaba, más allá del individuo tradicional —que, para Nietzsche, era un puente que debía ser superado—, a una nueva forma de la personalidad, liberada de las seculares jerarquías morales y espirituales que habían apresado al libre fluir de la vida en la camisa de fuerza de la identidad individual, en la compacta y tiránica unidad de la conciencia.
El hombre del subsuelo proclama en efecto que la conciencia es una enfermedad y que el carácter de un individuo, que impone orden y disciplina a la multiplicidad molecular y centrífuga de sus impulsos, es una cárcel. Para el hombre del subsuelo es el propio pensamiento el que socava el sistema de la filosofía, obligando a la mente a remontarse siempre hacia atrás, en busca de unas causas primeras sobre las que sustentar un edificio de conceptos y valores, para descubrir sin embargo que toda pretendida causa primera remite a otra todavía más originaria.
Como el superhombre nietzscheano, el hombre del subsuelo carece de un fundamento —del ser y del pensamiento— sobre el que apoyar los pies y de un suelo vital en el que hundir sus raíces y del que extraer sus linfas. Dostoievski se enfrenta a la insuficiencia de los sistemas filosóficos, que le parece que bloquean la fluidez de la vida en redes de conceptos, y se siente prisionero de la propia identidad individual rígidamente definida, que ve cómo reproduce —en el seno de la persona— la represión social y encadena la existencia. Tal vez ningún otro libro de la literatura mundial ponga de manifiesto como El doble, la más tersa y rigurosa de las novelas de Dostoievski, cómo el individuo se escinde y se multiplica en una pluralidad psíquica, cómo cada uno es otro respecto a sí mismo. Si en Guerra y paz Tolstoi cuenta el sueño en el que Pierre Besuchov ve un conjunto de gotas de agua, en dolorosa lucha recíproca, componerse en la armonía superior de la esfera que las engloba y trasciende, Dostoievski expresa el convulso dolor de cada una de esas gotas, que no se supera y no se aplaca en ninguna totalidad.
Pero ser el testigo de una época no significa ser su apologista y una cosa es diagnosticar una enfermedad y otra bien distinta ser su apóstol. Kirilov, en Los demonios, divide la historia en dos partes: «del gorila a la destrucción de Dios, y de la destrucción de Dios a la transformación física del hombre y de la tierra». Dostoievski escruta sin miedo cómo se ciernen esa destrucción y esa transformación, sin escudarse en fáciles consuelos, pero en esa hipótesis no vislumbra la menor liberación.
Dostoievski no intentó jamás hacer pasar esa virulenta enfermedad del siglo, en la que su análisis se adentraba como en las vísceras de un cuerpo en putrefacción, por una medicina o una condición de salud superior. Su obra se lee hoy también y sobre todo como una furiosa y visionaria sátira de toda esa cultura actual de inspiración nietzscheana y dionisíaca que predica, con una jovialidad cenagosa y confusa, el ocaso del sujeto individual y la dispersión centrífuga de su unidad, la disociación de la identidad personal en el magma informe de los deseos momentáneos e indistintos, la eliminación de los valores a favor de las necesidades, el vago e indeterminado culto al cuerpo —es más, conforme a la retórica de las mayúsculas, al Cuerpo— que ya no es la concreta unidad psicofísica del individuo, sino una especie de misteriosa y obtusa divinidad impersonal, adorada en sus secreciones fisiológicas con superstición fetichista.
Muchas de las actitudes de nuestra época podrían figurar en una novela de Dostoievski, igual que el mesianismo terrorista en las páginas de Los demonios, precisamente porque buena parte de esas actitudes son una inconsciente parodia de los motivos dostoievskianos. Si Dios no existe, todo está permitido, sostiene Iván en Los hermanos Karamazov. Esta posibilidad le resulta a Dostoievski no ya liberatoria, sino horrible. Es verdad que se adentra sin ninguna clase de rémoras, con la falta de prejuicios de los grandes escritores religiosos, en los meandros más sombríos y sórdidos del mundo en el que todo es lícito, incluidas cualquier violencia y cualquier miseria, es decir en un mundo en el que existe sólo la necesidad y no existe ningún valor. Para representar el mal, Dostoievski no puede juzgarlo desde lejos y desde arriba, sino que tiene que ir a sacarlo de su guarida más íntima, asumirlo en primera persona como un Mesías doliente y pecador que se carga sobre sus espaldas realmente y no sólo simbólicamente las culpas de los hombres; debe vivirlo en su propio pellejo. Dostoievski es creador y al mismo tiempo personaje de su universo narrativo; también él vive en esas lúgubres casas populares, plasmadas en sus obras con inigualable maestría; la abyección y la sordidez están también en él, en su humanidad descaradamente promiscua e impúdica, sin la que tal vez no hubiera podido comprender y desenmascarar el mundo en el que todo está permitido.
Dostoievski sabe ensimismarse hasta la indecencia en la infinitesimal multiplicidad de la vida, dando voz a cada átomo de esa existencia anárquica y despanzurrada; sus grandes novelas no temen dilatarse para hacer hablar al inmenso y excitado susurro de la vida entera, casi hasta perderse en él y en su indefinición, en esa maraña apremiante e indistinta que a veces, como observa Borges, enreda y confunde su trama narrativa.
Pero para Dostoievski ese oscuro y desordenado latido tiene sentido solamente si se capta su tensión hacia la unidad y el valor. Raskólnikov, en Crimen y castigo, teoriza la licitud del crimen y el derecho del superhombre a cometerlo, hasta llegar a perpetrarlo él mismo. Él es un individuo moderno ejemplar, con todas las tentaciones y los extravíos que se le presentan a éste, con todos los conflictos entre la vida y los valores que nos confunden a cada uno de nosotros. Pero Raskólnikov es grande justamente porque no es un superhombre, sino un hombre: con la miseria y la pasión, la ternura y el engreimiento, la generosidad y la ruindad, la originalidad y la banalidad o la imbecilidad de cualquier hombre. El drama que lo lleva a descuartizar a dos ancianas a hachazos queda redimido por el dolor que ello le inspira y es un drama auténtico, porque encarna un impulso a la violencia y una rendición a la ceguera intelectual de los que nadie puede sentirse al abrigo.
La partícipe piedad de Dostoievski por la pena de Raskólnikov - y por su mismo delito, pero sólo en cuanto, como todo mal, hace sufrir también a quien lo comete - no le impide desenmascarar su torpeza ideológica. Ningún verdadero pensamiento conduce al delito y a su justificación, sino sólo la debilidad y la insuficiencia del pensamiento, que vacila ante los golpes y las heridas de la existencia. Nadie puede erigirse en juez de quien causa un mal, porque nadie puede estar seguro de no causarlo, pero para Dostoievski el mal existe y él denuncia la vacuidad de las ideologías que quieren desembarazarse de esa conciencia del mismo.
La impávida representación dostoievskiana del mal no se echa atrás ante ninguna cautela moralista y hace justicia a cada una de las instancias de la vida, escuchando las razones de Jesucristo pero también las, no menos profundas, del Gran Inquisidor, igualmente solícito también él —aunque sea de un modo completamente distinto— respecto al destino de los hombres. Pero esa impávida representación no tiene nada en común con la roma fascinación que buena parte de la cultura parece experimentar por la transgresión y la violencia, en especial cuando se presentan impregnadas de algún tipo de ebriedad erótica, como si la violencia infligida a alguien en el transcurso de una orgía sádica tuviera que encerrar en sí misma, sólo gracias al elemento orgiástico-dionisíaco, algo que la redimiese o rescatase, o que la convirtiese en algo distinto de una violencia programada de antemano. Este culto de la inmediatez indistinta falsea la verdadera pietas respecto al cuerpo, que es menester respetar y amar en cuanto signo de la finitud del hombre, de su tierna fugacidad y no de su presuntuoso énfasis.
Dostoievski está en las antípodas de ese mentecato misticismo fisiológico, que no considera sagradas a las personas en su totalidad física y espiritual, sino las uñas que éstas se cortan o a las excrecencias que expelen. Sonia ama y redime a Raskólnikov: no a un superhombre ni a una multiplicidad esquizoide de deseos, sino a un hombre, a su entera y unitaria persona. La mirada que Dostoievski dirige, a fondo, al polvo de la existencia comporta ciertamente la liberación de la que hablaba Nietzsche, pero la liberación consiste en la unidad de esa mirada, no en la dispersión de ese polvo. Aliosha, en Los hermanos Karamazov, encuentra el fundamento y el suelo del ser, la tierra que se agacha a besar. Esa tierra está húmeda, es fértil y vital, pero el agua que la riega y fecunda es el valor de la vida, es —dice Dostoievski en Los demonios —el espíritu de la vida del que hablan las Escrituras, «los ríos de agua viva, con cuya desecación tanto nos amenaza elApocalipsis».



En Utopía y desencanto
Título original: Utopia e disincanto. Storie, speranze, illusioni del moderno
Claudio Magris, 1999
Traducción: J.A. González Sainz
Foto por Danilo de Marco

20 oct. 2014

Fedor Dostoievski - Voy a hablarles de mí mismo

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Fedor Dostoievski - Voy a hablarles de mí mismo


Soy un enfermo. Soy un malvado. Soy un hombre desagradable. Creo que padezco del hígado. Pero no sé absolutamente nada de mi enfermedad. Ni siquiera puedo decir con certeza dónde me duele.

Ni me cuido ni me he cuidado nunca, pese a la consideración que me inspiran la medicina y los médicos. Además, soy extremadamente supersticioso… lo suficiente para sentir respeto por la medicina. (Soy un hombre instruido. Podría, pues, no ser supersticioso. Pero lo soy.) Si no me cuido, es, evidentemente, por pura maldad. Ustedes seguramente no lo comprenderán; yo sí que lo comprendo. Claro que no puedo explicarles a quién hago daño al obrar con tanta maldad. Sé muy bien que no se lo hago a los médicos al no permitir que me cuiden. Me perjudico sólo a mí mismo; lo comprendo mejor que nadie. Por eso sé que si no me cuido es por maldad. Estoy enfermo del hígado. ¡Me alegro! Y si me pongo peor, me alegraré más todavía.

Hace ya mucho tiempo que vivo así; veinte años poco más o menos. Ahora tengo cuarenta. He sido funcionario, pero dimití. Fui funcionario odioso. Era grosero y me complacía serlo. Ésta era mi compensación, ya que no tomaba propinas. (Esta broma no tiene ninguna gracia pero no la suprimiré. La he escrito creyendo que resultaría ingeniosa, y no la quiero tachar, porque evidencia mi deseo de zaherir.) Cuando alguien se acercaba a mi mesa en demanda de alguna información, yo rechinaba los dientes y sentía una voluptuosidad indecible si conseguía mortificarlo. Lo lograba casi siempre. Eran, por regla general, personas tímidas, timoratas. ¡Pedigüeños al fin y al cabo! Pero también había a veces entre ellos hombres presuntuosos, fanfarrones. Yo detestaba especialmente a cierto oficial. Él no quería someterse, e iba arrastrando su gran sable de una manera odiosa. Durante un año y medio luché contra él y su sable, y finalmente salí victorioso; dejó de fanfarronear. Esto ocurría en la época de mi juventud.

Pero ¿saben ustedes, caballeros, lo que excitaba sobre todo mi cólera, lo que la hacía particularmente vil y estúpida? Pues era que advertía, avergonzado, en el momento mismo en que mi bilis se derramaba con más violencia, que yo no era un hombre malo en el fondo, que no era ni siquiera un hombre amargado, sino que simplemente me gustaba asustar a los gorriones. Tengo espuma en la boca; pero tráiganme ustedes una muñeca, ofrézcanme una taza de té bien azucarado, y verán cómo me calmo; incluso tal vez me enternezca. Verdad es que después me morderé los puños de rabia y que durante algunos meses la vergüenza me quitará el sueño. Sí, así soy yo.

He mentido al decir que fui un funcionario perverso. He mentido por despecho. Yo trataba, simplemente, de distraerme con aquellos peticionarios y aquel oficial, y jamás conseguí llegar a ser realmente malo. Me daba perfecta cuenta de que existían en mí gran número de elementos diversos que se oponían a ello violentamente. Los sentía hormiguear dentro de mi ser, por decirlo así. Sabía que estaban siempre en mi interior y que aspiraban a exteriorizarse, pero yo no los dejaba salir; no, no les permitía evadirse. Me atormentaban hasta la vergüenza, hasta la convulsión. ¡Oh, qué cansado, qué harto estaba de ellos!

Pero ¿no les parece, señores, que estoy adoptando ante ustedes una actitud de arrepentimiento por un crimen que no sé cuál es? Estoy seguro de que ustedes imaginan… No obstante, les advierto que me es indiferente que se lo imaginen o no.

No he conseguido nada, ni siquiera ser un malvado; no he conseguido ser guapo, ni perverso; ni un canalla, ni un héroe…, ni siquiera un mísero insecto. Y ahora termino mi existencia en mi rincón, donde trato lamentablemente de consolarme (aunque sin éxito) diciéndome que un hombre inteligente no consigue nunca llegar a ser nada y que sólo el imbécil triunfa. Sí, señores, el hombre del siglo XIX tiene el deber de estar esencialmente despojado de carácter; está moralmente obligado a ello. El hombre de carácter, el hombre de acción, es un ser de espíritu mediocre. Tal es el convencimiento que he adquirido en mis cuarenta años de existencia.

Sí, tengo cuarenta años… Cuarenta años son toda una vida; son… una verdadera vejez. Vivir más de cuarenta años es una inconveniencia, algo inmoral y vil. ¿Quién vive después de cumplir cuarenta años? ¡Respondan sinceramente, honradamente! Voy a decírselo a ustedes: los imbéciles y los bribones. Sí, ésos son los que viven más de cuarenta años. ¡Se lo diré en la cara a todos los viejos, a todos esos respetables viejos de rizos plateados y perfumados! Lo proclamaré ante el universo entero. Tengo derecho a hablar así porque yo viviré hasta los sesenta, hasta los setenta, hasta los ochenta años!… ¡Esperen! ¡Déjenme recobrar el aliento!

Ustedes se imaginan seguramente que mi propósito es hacerles reír. Pues no; se equivocan en esto, como en todo lo demás. No soy en modo alguno tan alegre como sin duda les parezco. Por otra parte, si, irritados por toda esta palabrería (porque ustedes están irritados; lo veo), me preguntan qué soy en fin de cuentas, les responderé: soy un asesor de colegio. Ingresé en la Administración para poder comer (únicamente para eso), y el año pasado, cuando un pariente lejano me legó seis mil rublos, dimití al punto y me enterré en mi rincón. Hacía ya mucho tiempo que estaba aquí, pero ahora me he instalado definitivamente. La habitación que ocupo está en los confines de la ciudad y es fea, destartalada. Mi criada es una vieja campesina, malvada por falta de inteligencia. Además, huele mal. Me dicen que el clima de Petersburgo me perjudica, que la vida aquí es muy cara, e ínfimos los recursos de que dispongo. Lo sé; lo sé mucho mejor que todos esos sabios donadores de consejos. Pero me quedo en Petersburgo. No me iré de Petersburgo porque… Bueno, ¿qué importa que me marche o no?

Sin embargo ¿de qué puede hablar un hombre honrado con más placer?

Respuesta: de sí mismo. ¡Por lo tanto, voy a hablarles de mí mismo!



En Memorias del subsuelo
Traducción de Rafael Cañete
Imagen: Album Dostoïevski (Gallimard)


24 abr. 2014

Descarga: Fedor Dostoievski - Los demonios

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Dostoievski escribió Los demonios, su novela deliberadamente política, entre 1871 y 1872. Tomaba como punto de partida una noticia aparecida en la Rusia contemporánea: uno de los grupos nihilistas terroristas de la época, «La venganza del pueblo», comandado por un tal Nechaev, asesinaba a uno de sus miembros, acusado de soplón y, muy probablemente, por desobedecer las directivas del líder.

Dostoievski, en esta ficción, calificada por la crítica como «el libro de la gran ira», se lanza con toda la vehemencia de la que es capaz a combatir la existencia de estos grupos revolucionarios. Profetiza a su vez sobre las organizaciones del terror que el siglo siguiente conoció en sus más perversas y variadas versiones.

En los años ’50, Albert Camus dijo que los argelinos que enfrentaban a los militares franceses le recordaban a los nihilistas de Los demonios. Medio siglo más tarde, cuando cayeron las Torres Gemelas, volvieron a corporizarse los personajes de Dostoievski, esta vez como los terroristas islámicos que se inmolaron dentro de aquellos aviones. Los demonios seguirá teniendo ese efecto porque retrata como ninguna otra novela lo más electrizante, terrorífico y paradigmático de toda conjura: ese lugar donde la fe se cruza con el fanatismo, los fines se cruzan con los medios y los poseídos se topan con los vulgares mortales.

4 nov. 2013

Descarga: Fedor Dostoievski - El idiota

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Descarga: Fedor Dostoievski - El idiota

El idiota es una de las cumbres de la narrativa universal. La novela, cuyo desarrollo gira en torno a la idea de la representación de un arquetipo de la perfección moral, tiene como protagonista al príncipe Myshkin, personaje de talla comparable al Raskolnikov de Crimen y castigo o el Stavrogin de Los demonios y que, significativamente, da título a la obra.

17 oct. 2013

Jonathan Franzen - El final de la juerga

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Jonathan Franzen - El final de la juerga


(sobre El jugador de Dostoievski)

Ser todo carne y puro nervio es existir fuera del tiempo y momentáneamente fuera de la narración. El adicto al crack que ha estado pulsando el botón del Placer durante sesenta horas seguidas, el vendedor que ha desayunado, almorzado y cenado ante una pantalla jugando al videopóquer, la glotona ociosa que ya va por la mitad del envase de dos litros de helado de chocolate, el estudiante universitario que ha estado encorvado sobre su portal de internet, con los pantalones bajados, desde las ocho de la noche anterior, y el asiduo a los locales gays que pasa un largo fin de semana tomándose cócteles de Viagra y metanfetaminas... todos ellos te dirán (si consigues captar su atención) que, aparte del cerebro y sus estimulantes, nada es real. Para la persona compulsivamente autoestimulante, tanto las grandes narraciones de salvación y trascendencia como las pequeñas historietas de la vida del tipo «Odio a mi vecino» o «Estaría bien visitar España alguna vez» son ilusorias e irrelevantes por igual. Ese profundo nihilismo del cuerpo es sin duda motivo de preocupación para los tres hijos del adicto al crack, para el jefe del vendedor, para el marido de la glotona de los helados, para la novia del estudiante universitario y para el virólogo del asiduo a los locales para gays. Pero la persona cuya propia identidad se ve amenazada por tan abyecto materialismo es el autor literario, cuya vida y actividad consisten en creer en la narración.

Ningún novelista ha batallado de manera más feroz e inteligente con el materialismo que Dostoievski. En 1866, cuando se publicó su breve novela El jugador, las viejas y estabilizadores narraciones de la religión y un orden social establecido por imposición divina se hallaban en proceso de desmantelamiento por efecto de la ciencia, la tecnología y las secuelas políticas de la Ilustración, y estaba preparándose ya el terreno para el materialismo brutal de los comunistas (que en Rusia, China y en otros países produciría decenas de millones de víctimas) y la persecución moralmente desenfrenada del placer personal (que produciría más sutiles corrupciones consumistas y melancolías en Occidente). Las novelas de madurez de Dostoievski pueden leerse como campañas contra esas dos clases de materialismo, que él había identificado como amenaza no sólo a su patria anegada en vodka y políticamente inmoderada, sino a su propio bienestar. Su fervoroso idealismo juvenil, por el que había cumplido cinco años de trabajos forzados en Siberia, le proporcionó el impulso para escribir Crimen y castigo y Los demonios, su sensualismo, su naturaleza compulsiva y su racionalidad cáustica fueron las fuerzas desestabilizadoras en el plano personal contra las que posteriormente erigió la fortaleza de Los hermanos Kamarazov y reductos menores como El jugador. Crear narraciones lo bastante fuertes para resistir la agresión materialista era a la vez un deber patriótico y una necesidad personal.

En un viaje a la cuenca del Rin, a principios de la década de 1860, Dostoievski descubrió que era proclive al juego compulsivo, experiencia que seguía viva en su mente pocos años después, cuando se vio obligado a escribir una novela entera en un mes. Debido a la velocidad con que creó El jugador, el libro proporciona una especie de instantánea de un primer borrador de un escritor reconciliándose con el vacío que ha atisbado dentro de sí mientras jugaba a la ruleta. La acción empieza in medias res; el tipo de suspense es el de Información Crucial Inaccesible, y en algunos momentos parece inaccesible al propio autor. Un difuso grupo familiar de rusos desesperados y unos cuantos parásitos multinacionales están acampados en un lujoso hotel, como en un paisaje onírico muy desordenado. El narrador, Alexéi Ivanóvich, preceptor de los niños más pequeños de la familia, está perdidamente enamorado, aunque de una manera poco convincente, de una niña mayor, Polina, cuyas lealtades y motivaciones son poco claras a lo largo de todo el libro. La complicada situación romántica de Alexéi Ivanóvich, como las dificultades económicas de la familia, constituyen básicamente la clásica narración decimonónica. Lo que es realmente vivido, claro y apremiante en el libro son las escenas en el casino. El estoicismo de los caballeros que juegan, la vileza de los entrometidos polacos, la atracción que siente Alexéi Ivanóvich por la «codiciosa sordidez» de sus compañeros de juego, la fiebre con que pierde el control de sí mismo y empieza a apostar de manera automática e irreflexiva, y el delirio general y la atemporalidad del casino, todo ello aparece descrito gozosamente. En El jugador, como en todas sus obras posteriores, Dostoievski aboga por el nihilismo casi demasiado bien. Una anciana rusa acaudalada se sienta a la mesa de la ruleta, y pronto la mesa ha convertido su fortuna y el enorme potencial narrativo que representa —podía comprar iglesias de pueblos, la independencia de una nieta, la obediencia de un sobrino— en un montón de fichas puramente abstractas y dilapidadas con facilidad. La anciana aparece descrita como alguien que «no tiembla externamente», sino «desde dentro»; el mundo ha pasado a segundo plano; sólo está la mesa. Del mismo modo, cuando Alexéi Ivanóvich deja de jugar con el dinero de Polina y va al casino a jugar con el suyo, se ve al instante apartado del angustiado amor por Polina que lo ha tenido ocupado día y noche. Lo que lo arrastra al casino es justo su devoción por ella, su deseo de rescatarla, pero en cuanto cae en las garras de la compulsión, queda sólo una especie de suspense y desaparece por completo la historia:

Ya apenas recordaba lo que ella me había dicho un rato antes y por qué había ido allí, y todas esas sensaciones que había experimentado recientemente, sólo una hora y media antes, ahora me parecían ya pertenecientes a un pasado lejano, alteradas, obsoletas...

Y el propio libro representa lo que describe. Un edificio novelístico del siglo XIX, en el cual es importante si el general Z recibe su herencia y en qué difiere el súbdito francés del inglés, y de quién está secretamente enamorada la hermosa y joven Polina, se desmorona por efecto de una historia moderna de adicción.

Al final de la novela, Alexéi Ivanóvich sigue en la cuenca del Rin. Su delirio da paso al remordimiento y al desprecio de sí mismo, pero sólo es el preludio del siguiente asalto del delirio. En cambio, el creador de Alexéi Ivanóvich huyó de Alemania y rápidamente escribió Memorias del subsuelo y Crimen y castigo. Para Dostoievski —al igual que para sus herederos literarios posteriores, como Denis Johnson, David Foster Wallace, Irvine Welsh y Michel Houellebecq—, la imposibilidad de accionar la palanca del Placer eternamente, la inevitable llegada de un amanecer crudo y plagado de remordimientos, constituye una fisura en el nihilismo a través de la cual puede filtrarse y reafirmarse la narración humana. El final de la juerga es el principio de la historia.


En Más afuera
Traducción: Isabel Ferrer
Imagern: © Nancy Kaszerman/ZUMA/Corbis

18 jul. 2013

Descarga: Fedor Dostoievski - Memorias del subsuelo

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Descarga: Fedor Dostoievski - Memorias del subsuelo

Ver el mundo desde el subsuelo, hacer psicológicamente de espeleólogo en las profundidades del alma humana, he aquí una de las virtudes que más apasionan en el novelista ruso. El trasfondo de la realidad, la intimidad del hombre y la turbulencia de su época son tres aspectos de las Memorias del subsuelo que confirman los valores clásicos del novelista que conoció por experiencia los campos de Siberia.

El sadomasoquismo del protagonista de las Memorias del subsuelo constituye, con sus oscilaciones entre sufrir y hacer sufrir, la estructura que aparece en todo el relato. El "yo", aparentemente sádico, en sus relaciones se vuelve masoquista, cuando queda al descubierto. Dostoievski nos hace comprender que el verdadero misterio no es el misterio del protagonista, sino el misterio del autor de la novela, que ha sabido sacar de las sórdidas complejidades del subsuelo personajes inolvidables, realmente misteriosos, de una misteriosidad rembrantiana, como el "yo" protagonista, Liza, Apollon, los ex-compañeros de la universidad. La fuerza de las Memorias del subsuelo se manifiesta sobre todo en el análisis de la inspiración artística, o sea, al destacar al autor y su relación con los materiales que está utilizando tras la máscara del protagonista y su relación con los demás personajes.

9 nov. 2012

Fedor Dostoievski - El palacio de cristal

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Fedor Dostoievski - Album Dosoïevski (Gallimard)


Ustedes creen en el palacio de cristal, indestructible, eterno, al que no se le podrá sacar la lengua ni mostrar el puño a escondidas. Pues bien, yo desconfío de ese palacio de cristal, tal vez justamente porque es de cristal e indestructible y porque no se le podrá sacar la lengua, ni siquiera a escondidas.

Verán ustedes: si en vez de un palacio de cristal tengo un simple gallinero, cuando llueva podré cobijarme en él; pero, aunque le esté muy agradecido por haberme preservado de la lluvia, no lo tomaré por un palacio. Ustedes se ríen y me dicen que en este caso un palacio y un gallinero tienen el mismo valor. Y yo les responderé que así es, pero que no vivimos sólo para no mojarnos.

¿Qué le vamos a hacer si se me ha metido en la cabeza que no se vive solamente para eso y que hay que vivir en un palacio? Ésta es mi voluntad porque éste es mi deseo. Y ustedes no conseguirán despojarme de mi voluntad si no modifican mis deseos. Pueden intentarlo, presentarme otro objetivo, ofrecerme otro ideal. Pero hasta que logren su propósito, me niego a tomar un gallinero por un palacio de cristal. Es posible que el palacio de cristal sea sólo un mito, que las leyes de la naturaleza no lo admitan y que lo haya inventado yo neciamente, impulsado por ciertas costumbres irracionales de nuestra generación. Pero ¿qué me importa que ese palacio sea inadmisible? ¿Qué me importa, si existe en mis deseos o, para decirlo con más exactitud, si existe mientras existan mis deseos? Se ríen ustedes de nuevo, ¿verdad? Bien, ríanse tanto como les plazca. Acepto todas las burlas pero me niego a decirme que estoy saciado cuando todavía tengo hambre. No me conformaré con un compromiso, con un cero que se renueva indefinidamente, por la única razón de que está de acuerdo con las leyes naturales y existe realmente. No admitiré que el coronamiento de mis deseos pueda ser una casa de ladrillo con alojamientos baratos cedidos en arrendamiento para mil años y que ostente el rótulo del dentista Wagenheim. Destruyan mis deseos, derriben mi ideal, preséntenme una meta mejor, y yo los seguiré. Me dirán ustedes, tal vez, que no vale la pena preocuparse por mí; pero piensen que yo puedo responderles lo mismo. Estamos discutiendo seriamente, pero les advierto que si ustedes no se dignan concederme su atención, no me echaré a llorar. Tengo mi subsuelo.

¡Pero mientras yo exista, mientras yo desee, que mis manos se sequen si llevo un solo ladrillo a esa casa! No me digan que yo mismo he renunciado hace poco al palacio de cristal por el único motivo de que no podía sacarle la lengua. Si he hablado así no ha sido porque me guste sacar la lengua. Acaso lo que me irrita es precisamente que, entre todos los edificios que tienen ustedes, no haya uno solo al que no se le tenga que sacar la lengua. Es decir, me haría cortar la lengua, en un impulso de agradecimiento, si se arreglasen las cosas de modo que yo perdiese las ganas de sacar la lengua. Pero ¿qué me importa que las cosas no puedan arreglarse así y que haya que conformarse con tener un alojamiento económico? ¿Por qué tengo semejantes deseos? ¿Acaso no estoy constituido así para poder comprobar que esta constitución es sólo una broma de mal gusto? Pero ¿es éste verdaderamente el único objetivo? No lo admito.

Por otra parte, ¿saben ustedes lo que les digo? Que estoy persuadido de que nosotros, los hombres del subsuelo, debemos estar atraillados. El hombre del subsuelo es capaz de permanecer silencioso en su cobijo durante cuarenta años; pero si sale del subsuelo, empieza a hablar, y ya no hay modo de detenerlo.


En Memorias del subsuelo
Traducción de Rafael Cañete
Imagen: Album Dosoïevski (Gallimard)

18 oct. 2010

Fedor Dostoievski - Una enfermedad

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Y ahora quiero decirles, damas y caballeros, les guste o no, por qué ni siquiera pude convertirme en un insecto. Ante todo, debo declarar con toda solemnidad que muchas veces traté de llegar a serlo. Pero aun eso estaba fuera de mi alcance. Juro que una lucidez demasiado grande es una enfermedad, una enfermedad total y completa. Para las necesidades cotidianas, la conciencia de la persona corriente es más que suficiente, y representa más o menos la mitad o la cuarta parte de la del desdichado intelectual del siglo XIX, en especial si este tiene la desgracia de vivir en Petersburgo, la ciudad más abstracta y premeditada de la Tierra (hay ciudades premeditadas y otras no premeditadas). El grado de conciencia de que disponen lo que podría denominarse las personas espontáneas y los hombres de acción es suficiente. Apuesto a que creen que digo esto nada más que para burlarme de los hombres de acción, y que este tipo de jactancia es de tan mal gusto como el ruido del sable del oficial que mencioné antes. Pero yo les pregunto: ¿quién puede sentir placer en exhibir su enfermedad, e inclusive enorgullecerse de ella?


Pero pensándolo mejor, diré que eso lo hacen todos. La gente se complace con sus defectos, y yo quizá más que nadie. De modo que no discutamos; admito que mi argumentación es ridícula. Pero aun así afirmaré que no sólo es una enfermedad el exceso de lucidez, sino cualquier proporción de esta. Lo aseguro. Pero dejemos también esto por un momento. Y ahora permítame que les diga lo siguiente: ¿por qué es que cuando más capaz me sentía de ser consciente de todos los refinamientos de “lo bueno y lo bello”, como se decía antes, había momentos en que perdía mi conciencia de ello y hacía cosas tan feas, cosas que quizás hacen todos, pero que yo hacía precisamente en las ocasiones en que más cuenta me daba de que no debía hacerse?


Cuanta más conciencia tenía de “lo bueno y lo bello”, más profundamente me hundía en el fango, y más probable era que siguiera encenagado. Pero lo que más me llamaba la atención era el sentimiento de que en mi caso eso no era accidental, de que así debía ser, como si se tratara de mi estado normal, y no de una enfermedad o depravación. Al final casi llegué a creer (y es posible que hasta lo creyera del todo) que era en verdad mi estado normal.


Pero al principio, ¡qué tormentos sufrí en esa lucha interior! No creo que hubiera otros que pasaran por todo eso, de forma que lo mantuve en secreto durante toda la vida. Me avergonzaba (y quizás ahora siga avergonzándome). Llegué a un punto en que experimentaba cierto pequeño placer secreto, malsano, bajo, en volver a arrastrarme hasta mi agujero después de alguna noche desagradable en Petersburgo, y en obligarme a pensar que había vuelto a hacer algo sucio, y que la cosa no tenía remedio. Y por dentro me mordía, me desgarraba, me corroía, hasta que la amargura se convertía en una dulzura vergonzosa, maldita, y al final, en un gran placer indiscutible. ¡Sí, sí, decididamente un placer! ¡Lo digo en serio! Por eso empecé con este tema: quería descubrir si otros experimentan también ese tipo de placer. Me explicaré: encontraba placer precisamente en la cegadora certeza de mi degradación. Y porque sentía que ya estaba contra la pared; porque eso era horrible pero no podía ser de otro modo; porque no había salida y ya no era posible convertirme en una persona distinta; porque aunque todavía hubiera tiempo y fe suficiente para cambiar, no querría hacerlo; y porque aunque lo quisiera, de cualquier modo no habría hecho nada, porque en realidad no existía alternativa alguna. Por último, el punto más importante es el de que hay una serie de leyes fundamentales a las cuales está sometida la conciencia madura, por lo cual no es posible cambiarse, ni hacer nada en ese sentido. Y así, como resultado de esa conciencia madura, un hombre siente que está bien ser un canalla, siempre que sepa que lo es... como si eso pudiera ser un consuelo. Pero basta... ¡Ah, cuántas palabras! ¿Y qué he explicado? ¿Cuál es la explicación de ese placer? ¡Pero ya lo aclararé! ¡Llegaré hasta el final! Para eso he tomado la pluma.


Yo, por ejemplo, soy espantosamente sensible. Soy suspicaz y me ofendo con facilidad, como un enano o un jorobado. Pero creo que hubo momentos en que me habría gustado que me abofetearan. Lo digo con toda seriedad; también eso me habría proporcionado placer. Por supuesto, habría sido el placer de la desesperación. Pero es que en la desesperación encontramos el placer más agudo, en particular cuando tenemos conciencia de lo desesperado de la situación. Y cuando a uno lo abofetean, pues lo más probable es que se sienta aplastado porque se da cuenta de que ha sido convertido en papilla. Pero lo fundamental es que, por donde se lo mire, siempre me sentí culpable, y lo más enojoso es que era culpable sin culpabilidad, en virtud de las leyes de la naturaleza. Así, por empezar, soy culpable de ser más inteligente que todos los que me rodean. (Siempre lo sentí así, y, créanme, a veces me ha pesado sobre la conciencia. Nunca, en toda mi vida, pude mirar a la gente directamente a los ojos; siempre experimento la necesidad de volver la cara.) Además, también soy culpable porque aunque hubiese habido en mí algún sentimiento de perdón, ello no habría hecho otra cosa que aumentar mi tortura, porque habría tenido conciencia de su inutilidad. Sin duda me hubiera resultado imposible hacer nada con mi perdón: no habría podido perdonar porque el ofensor, al abofetearme, hubiese obedecido simplemente a las leyes de la naturaleza, y no tiene sentido perdonar a las leyes de la naturaleza. Pero tampoco habría podido olvidarme de ello, porque en resumidas cuentas es humillante. Por último, aunque no hubiera querido perdonar, sino, por el contrario, deseado vengarme del ofensor, no me hubiese resultado posible hacerlo, pues lo más probable es que no me atreviera a hacer nada en ese sentido, aunque hubiese podido hacer algo.

Memorias del subsuelo, cap. II
Traducción: Floreal Mazzia


14 abr. 2007

Fedor Dostoiewski - Un sueño de Raskolnikof

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Raskolnikof tuvo un sueño horrible. Volvió a verse en el pueblo donde vivió con su familia cuando era niño. Tiene siete años y pasea con su padre por los alrededores de la pequeña población, ya en pleno campo. Está nublado, el calor es bochornoso, el paisaje es exactamente igual al que él conserva en la memoria. Es más, su sueño le muestra detalles que ya había olvidado. El panorama del pueblo se ofrece enteramente a la vista. Ni un solo árbol, ni siquiera un sauce blanco en los contornos. Únicamente a lo lejos, en el horizonte, en los confines del cielo, por decirlo así, se ve la mancha oscura de un bosque. A unos cuantos pasos del último jardín de la población hay una taberna, una gran taberna que impresionaba desagradablemente al niño, e incluso lo atemorizaba, cuando pasaba ante ella con su padre. Estaba siempre llena de clientes que vociferaban, reían, se insultaban, cantaban horriblemente, con voces desgarradas, y llegaban muchas veces a las manos. En las cercanías de la taberna vagaban siempre hombres borrachos de caras espantosas. Cuando el niño los veía, se apretaba convulsivamente contra su padre y temblaba de pies a cabeza. No lejos de allí pasaba un estrecho camino eternamente polvoriento. ¡Qué negro era aquel polvo! El camino era tortuoso y, a unos trescientos pasos de la taberna, se desviaba hacia la derecha y contorneaba el cementerio. En medio del cementerio se alzaba una iglesia de piedra, de cúpula verde. El niño la visitaba dos veces al año en compañía de su padre y de su madre para oír la misa que se celebraba por el descanso de su abuela, muerta hacía ya mucho tiempo y a la que no había conocido. La familia llevaba siempre, en un plato envuelto con una servilleta, el pastel de los muertos, sobre el que había una cruz formada con pasas. Raskolnikof adoraba esta iglesia, sus viejas imágenes desprovistas de adornos, y también a su viejo sacerdote de cabeza temblorosa. Cerca de la lápida de su abuela había una pequeña tumba, la de su hermano menor, muerto a los seis meses y delque no podía acordarse porque no lo había conocido. Si sabía que había tenido un hermano era porque se lo habían dicho. Y cada vez que iba al cementerio, se santiguaba piadosamente ante la pequeña tumba, se inclinaba con respeto y la besaba. Y ahora he aquí el sueño. Va con su padre por el camino que conduce al cementerio. Pasan por delante de la taberna. Sin soltar la mano de su padre, dirige una mirada de horror al establecimiento. Ve una multitud de burguesas endomingadas, campesinas con sus maridos, y toda clase degente del pueblo. Todos están ebrios; todos cantan. Ante la puerta hay un raro vehículo, una de esas enormes carretas de las que suelen tirar robustos caballos y que se utilizan para el transporte de barriles de vino y toda clase de mercancías. Raskolnikof se deleitaba contemplando estas hermosas bestias de largas crines y recias patas, que, con paso mesurado y natural y sin fatiga alguna arrastraban verdaderas montañas de carga. Incluso se diría que andaban más fácilmente enganchados a estos enormes vehículos que libres. Pero ahora -cosa extraña- la pesada carreta tiene entre sus varas un caballejo de una delgadez lastimosa, uno de esos rocines de aldeano que él ha visto muchas veces arrastrando grandes carretadas de madera o de heno y que los mujiks desloman a golpes, llegando a pegarles incluso en la boca y en los ojos cuando los pobres animales se esfuerzan en vano por sacar al vehículo de un atolladero. Este espectáculo llenaba de lágrimas sus ojos cuando era niño y lo presenciaba desde la ventana de su casa, de la que su madre se apresuraba a retirarlo. De pronto se oye gran algazara en la taberna, de donde se ve salir, entre cantos y gritos, un grupo de corpulentos mujiks embriagados, luciendo camisas rojas y azules, con la balalaika en la mano y la casaca colgada descuidadamente en el hombro.

-¡Subid, subid todos! -grita un hombre todavía joven, de grueso cuello, cara mofletuda y tez de un rojo de zanahoria-. Os llevaré a todos. ¡Subid!

Estas palabras provocan exclamaciones y risas.

-¿Creéis que podrá con nosotros ese esmirriado rocín?

-¿Has perdido la cabeza, Mikolka? ¡Enganchar una bestezuela así a semejante carreta!

-¿No os parece, amigos, que ese caballejo tiene lo menos veinte años?

-¡Subid! ¡Os llevaré a todos! -vuelve a gritar Mikolka.

Y es el primero que sube a la carreta. Coge las riendas y su corpachón se instala en el pescante.

-El caballo bayo -dice a grandes voces- se lo llevó hace poco Mathiev, y esta bestezuela es una verdadera pesadilla para mí. Me gusta pegarle, palabra de honor. No se gana el pienso que se come. ¡Hala, subid! lo haré galopar, os aseguro que lo haré galopar.

Empuña el látigo y se dispone, con evidente placer, a fustigar al animalito.

-Ya lo oís: dice que lo hará galopar. ¡Ánimo y arriba! -exclamó una voz burlona entre la multitud.

-¿Galopar? Hace lo menos diez meses que este animal no ha galopado.

-Por lo menos, os llevará a buena marcha.

-¡No lo compadezcáis, amigos! ¡Coged cada uno un látigo! ¡Eso, buenos latigazos es lo que necesita esta calamidad!

Todos suben a la carreta de Mikolka entre bromas y risas. Ya hay seis arriba, y todavía queda espacio libre. En vista de ello, hacen subir a una campesina de cara rubicunda, con muchos bordados en el vestido y muchas cuentas de colores en el tocado. No cesa de partir y comer avellanas entre risas burlonas.

La muchedumbre que rodea a la carreta ríe también. Y, verdaderamente, ¿cómo no reírse ante la idea de que tan escuálido animal pueda llevar al galope semejante carga? Dos de los jóvenes que están en la carreta se proveen de látigos para ayudar a Mikolka. Se oye el grito de U ¡Arre! y el caballo tira con todas sus fuerzas. Pero no sólo no consigue galopar, sino que apenas logra avanzar al paso. Patalea, gime, encorva el lomo bajo la granizada de latigazos. Las risas redoblan en la carreta y entre la multitud que la ve partir.

Mikolka se enfurece y se ensaña en la pobre bestia, obstinado en verla galopar.

-¡Dejadme subir también a mí, hermanos! -grita un joven, seducido por el alegre espectáculo.

-¡Sube! ¡Subid! -grita Mikolka -. ¡Nos llevará a todos! Yo le obligaré a fuerza de golpes... ¡Latigazos! ¡Buenos latigazos!

La rabia le ciega hasta el punto de que ya ni siquiera sabe con qué pegarle para hacerle más daño.

-Papá, papaíto -exclama Rodia-. ¿Por qué hacen eso? ¿Por qué martirizan a ese pobre caballito?

-Vámonos, vámonos -responde el padre-. Están borrachos... Así se divierten, los muy imbéciles... Vámonos..., no mires...

E intenta llevárselo. Pero el niño se desprende de su mano y, fuera de si, corre hacia la carreta. El pobre animal está ya exhausto. Se detiene, jadeante; luego empieza a tirar nuevamente... Está a punto de caer

-¡Pegadle hasta matarlo! -ruge Mikolka -. ¡Eso es lo que hay que hacer! ¡Yo os ayudo!

-¡Tú no eres cristiano: eres un demonio! -grita un viejo entre la multitud.

Y otra voz añade:

-¿Dónde se ha visto enganchar a un animalito así a una carreta como ésa?

-¡Lo vas a matar! -vocifera un tercero.

-¡Id al diablo! El animal es mío y puedo hacer con él lo que me dé la gana. ¡Subid, subid todos! ¡He de hacerlo galopar!

De súbito, un coro de carcajadas ahoga la voz de Mikolka. El animal, aunque medio muerto por la lluvia de golpes, ha perdido la paciencia y ha empezado a cocear. Hasta el viejo, sin poder contenerse, participa de la alegría general. En verdad, la cosa no es para menos: ¡dar coces un caballo que apenas se sostiene sobre sus patas...!

Dos mozos se destacan de la masa de espectadores, empuñan cada uno un látigo y empiezan a golpear al pobre animal, uno por laderecha y otro por la izquierda.

-Pegadle en el hocico, en los ojos, ¡dadle fuerte en los ojos! -vocifera Mikolka.

-¡Cantemos una canción, camaradas! -dice una voz en la carreta-. El estribillo tenéis que repetirlo todos

Los mujiks entonan una canción grosera acompañados por un tamboril. El estribillo se silba. La campesina sigue partiendo avellanas y riendo con sorna.

Rodia se acerca al caballo y se coloca delante de él. Así puede ver cómo le pegan en los ojos..., ¡en los ojos...! Llora. El corazón se le contrae. Ruedan sus lágrimas. Uno de los verdugos le roza la cara con el látigo. Él ni siquiera se da cuenta. Se retuerce las manos, grita, corre hacia el viejo de barba blanca, que sacude la cabeza y parece condenar el espectáculo. Una mujer lo coge de la mano y se lo quiere llevar. Pero él se escapa y vuelve al lado del caballo, que, aunque ha llegado al límite de sus fuerzas, intenta aún cocear.

-¡El diablo te lleve! -vocifera Mikolka, ciego de ira.

Arroja el látigo, se inclina y coge del fondo de la carreta un grueso palo. Sosteniéndolo con las dos manos por un extremo, lo levanta penosamente sobre el lomo de la víctima.

-¡Lo vas a matar! -grita uno de los espectadores.

-Seguro que lo mata -dice otro.

-¿Acaso no es mío? -ruge Mikolka.Y golpea al animal con todas sus fuerzas. Se oye un ruido seco.

-¡Sigue! ¡Sigue! ¿Qué esperas? -gritan varias voces entre la multitud.

Mikolka vuelve a levantar el palo y descarga un segundo golpe en el lomo de la pobre bestia. El animal se contrae; su cuarto trasero se hunde bajo la violencia del golpe; después da un salto y empieza a tirar con todo el resto de sus fuerzas. Su propósito es huir del martirio, pero por todas partes encuentra los látigos de sus seis verdugos. El palo se levanta de nuevo y cae por tercera vez, luego por cuarta, de un modo regular. Mikolka se enfurece al ver que no ha podido acabar con el caballo de un solo golpe.

-¡Es duro de pelar! -exclama uno de los espectadores.

-Ya veréis como cae, amigos: ha llegado su última hora -dice otro de los curiosos.

-¡Coge un hacha! -sugiere un tercero-. ¡Hay que acabar de una vez!

-¡No decís más que tonterías! -brama Mikolka-. ¡Dejadme pasar!

Arroja el palo, se inclina, busca de nuevo en el fondo de la carreta y, cuando se pone derecho, se ve en sus manos una barra de hierro.

-¡Cuidado! -exclama.

Y, con todas sus fuerzas, asesta un tremendo golpe al desdichado animal. El caballo se tambalea, se abate, intenta tirar con un último esfuerzo, pero la barra de hierro vuelve a caer pesadamente sobre su espinazo. El animal se desploma como si le hubieran cortado las cuatro patas de un solo tajo.

-¡Acabemos con él! -ruge Mikolka como un loco, saltando de la carreta.

Varios jóvenes, tan borrachos y congestionados como él, se arman de lo primero que encuentran -látigos, palos, estacas- y se arrojan sobre el caballejo agonizante. Mikolka, de pie junto a la víctima, no cesa de golpearla con la barra. El animalito alarga el cuello, exhala un profundo resoplido y muere.

-¡Ya está! -dice una voz entre la multitud.

-Se había empeñado en no galopar.

-¡Es mío! -exclama Mikolka con la barra en la mano, enrojecidos los ojos y como lamentándose de no tener otra victima a la que golpear.

-Desde luego, tú no crees en Dios -dicen algunos de los que han presenciado la escena.

El pobre niño está fuera de sí. Lanzando un grito, se abre paso entre la gente y se acerca al caballo muerto. Coge el hocico inmóvil y ensangrentado y lo besa; besa sus labios, sus ojos. Luego da un salto y corre hacia Mikolka blandiendo los puños. En este momento lo encuentra su padre, que lo estaba buscando, y se lo lleva.

-Ven, ven -le dice-. Vámonos a casa.

-Papá, ¿por qué han matado a ese pobre caballito? -gime Rodia. Alteradas por su entrecortada respiración, sus palabras salen como gritos roncos de su contraída garganta.

-Están borrachos -responde el padre-. Así se divierten. Pero vámonos: aquí no tenemos nada que hacer.

Rodia le rodea con sus brazos. Siente una opresión horrible en el pecho. Hace un esfuerzo por recobrar la respiración, intenta gritar... Se despierta.

Raskolnikof se despertó sudoroso: todo su cuerpo estaba húmedo, empapados sus cabellos. Se levantó horrorizado, jadeante...

-¡Bendito sea Dios! -exclamó-. No ha sido más que un sueño.

En Crimen y castigo, capítulo V


ISAÍAS GARDE, textos en transición