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27 ene. 2008

Marosa di Giorgio - Moaré del estío

1 comentario :

   Un sol, marrón y grueso como un caqui, nacía; estuvo un tanto entre los troncos, se hundió en otro rincón del cielo. Pero fue un día en verdad muy largo.
    La luna ya era un plato de nieve.
   El carpincho emergió del agua, entre los astros, con el pantalón mojado, velludo, y el bigote también con agua. Llamó en un rudo alarido a su mujer para el trato íntimo con él. Ella acudió. Hicieron la unión de pie, como siempre, y muy nerviosos, con miedo de que les diesen muerte así.
   El tuvo una gran sensación por toda su carne espesa. En las diversas capas y dentro de los huesos.
   Ella, no tanto. Tal vez, fuese de nuevo requerida, o estaría embargada ya, para dar a luz más luego, entre los yuyos acuáticos y de un modo triste. Si no era trozada ahí.
    El carpincho quedó medio ebrio, medio loco, entre los astros.
    Fue hasta la casa, espió la cocina. El amo y el ama hacían como siempre.
    Topó al bebé que en el coche tomaba un trago de aire de jardín. Lo desbarató.
    Y huyó.
    Las tías llegaban dando gritos que parecían cuchillas. Decían: ¡Eugenio! ¿Dónde está Eugenio...?
    Y miraban a la luna de nieve por si el bebé se hubiera subido allí arriba.
    Pero, sólo lo hallaron con el coche desquiciado, unos metros más allá entre dos claveles.
   Los otros familiares parecían estar rígidos. Los padres del bebé hablaban como si tuvieran los labios pegados.
    El carpincho trotó triunfante, silbó algo a su mujer que quedó muda.
    Y se escondió en el río por un rato.


En Misales
Buenos Aires, Adriana Hidalgo editora, 2005


23 dic. 2007

Marosa di Giorgio - Misal con pariente viejo

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Salió del bosque negro de los enebros, con unos tártagos en las manos. Iba a caer la tarde y el viento movía nieve.

Viajó con un solo ojo, el único que le quedaba, pero al divisar el caserón, se puso otro, ficticio, de vidrio azulado. Había olvidado las llaves y golpeó.

Ella dijo: -¿Quién?

Creyendo que era el viento. Pero era él. Entró.

Le dio los tárragos. Le dijo: - Los traje para usted, señora sobrina, los traje para usted.

Ella no sabía qué estaba pasando. Pero, lo encontraba distinto. Como si fuese otro su señor tío y amo. Como si estuviese mucho más alto, más grande.

Éste preguntó: -¿No se halla en casa su señora tía y ama, y mi hermana buena?

-No, fue a la aldea. Para las compras.

-Ah. Y tardará en llegar.

Por alguna oscura intuición, se atrevió a mentir.

-No, está por venir, ya.

-Señora sobrina –ella lo miraba; dentro de su falda burda, el corpiño con lentejuelas viejas- yo ya me olvido… ¿Cómo se llama? Usted, ¿cómo se llama?

-…No sé…

-Ah, sí, no oigo bien. Ah, sí. José. Señora sobrina José…

Ella echó a correr en busca de búcaros y puso los tártagos en un poco de agua,

El le decía: -Señora sobrina y ¿cómo está el mundo? ¿Cómo están sus reglas?

Ella, que aún no había crecido mucho, no sabía bien qué era y no contestó.

Sólo dijo otra vez: -No sé.

El la siguió hasta la cocina, donde nunca llegaba. Nunca. Ella dijo precipitadamente: -Voy a hacer una sopa, varias.

Pero se olvidaba de los ingredientes, de todas las cucharas. Cayó arroz al piso que pareció colmarse de todos los bichos.

El, ya más lejos, decía: -Hum.

Ella vio la cama, patente, con los ropones hasta el suelo. Se deslizó abajo, como un hálito, cuando él estaba de espaldas.

Quedó todo quiero.

Pero debajo de la cama había cosas, seres, tocó varios hongos en plantío, había un plantío. (Así que ella nunca había barrido allí. ¿Cómo había pasado eso?)

Que no se dieran cuenta.

Rompió un hongo, se lo comió, a causa de su nerviosidad.

Oyó que él decía , de lejos: - Cuidado con lo que está ahí. Es mío. Fui yo quien hizo los hongos. Yo los hice. Si me robó uno, y se lo comió, ya verá, tienen veneno, se morirá.

Ella, aterrada, salió a la luz, a ver si en el aire y en la luz, se salvaba. El estaba ahí cerca, casi al lado, mucho más cerca de lo que ella creía, nunca se había alejado.

Le dijo: -Venga, señora sobrina… Yo, sólo le ofrezco… un casamiento. Verá.

¿Un casamiento? Y ¿qué era un casamiento? No había visto ninguno en su vida. Ah, sí, sólo uno, a los dos años. O antes de su nacimiento. Se lo habían contado.

Y ahora recordaba. Un casamiento es una cosa linda, tiene muchos pasteles de varios colores. Y todos están en un retrato, vestidos de blanco. Entonces, ella estaba corriendo de una cosa linda.

Pero, en ese instante, él le tocó el pelo burdo, como había visto recién en el bosque, que hacía un zorro viejo –y la circunstancia era igual- con un pichón de zorra.

Dijo: -Venga para acá, pichón de zorra. Venga para acá.

Ella se zafó.

El dijo: -Pero, venga para acá, pichón de nada.

Ella que estaba con los ojos bajos, de súbito, los levantó.

Y lo vio, allí de pie. Bajo la ceja, aquel artificio, la lengua que titilaba –vio- roja como la de un perro.

Y otra imponente lengua en otro sitio.



En Misales

Buenos Aires, el cuenco de plata, 2005


30 sept. 2007

Marosa di Giorgio - Insectos en la misa

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Es la siesta. Y en el comedor en penumbras no hay nadie. Y si estuviese alguno sentado no se notaría. Se oye una palabra diaria, pero dicha de un modo raro, como si una manzana en la frutera estuviera aprendiendo a hablar
Lo central es el canastillo de claveles. Pero los claveles están fuera del canastillo, tendidos, seis a cada lado. Y parecen rojas cucharas, tizones, jesucristos.
Esos claveles son los familiares ¿quién lo duda?, abuelos, padres, madres y madrinas.
Hay un vuelo y como si buscaran flores entran de golpe, insectos sexuales, gloriosos y temibles.
Ansían oídos, ojos, nariz, toda clase de bocas.
Las primas y amigas corren inútilmente a ocultarse abajo de la cama; se enredan en las colchas.
Yo, por milgro, hallo las salidas.
Corro.
Ingreso en el peral.
Y ya vienen los grandes gritos de lujuria. Prosigo huyendo de aquí para allá.
Hasta que se pone el sol.
Los árboles están fijos.
Y en la casa
ya ha pasado todo y nada.



En Misales, relatos eróticos
Buenos Aires, el cuenco de plata, 2005

15 abr. 2007

Marosa di Giorgio - Tres textos

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Me acuerdo de los repollos

Me acuerdo de los repollos acresponados, blancos -rosas
nieves de la tierra, de los huertos-, de marmolina, de la
porcelana más leve, los repollos con los niños dentro.
Y las altas acelgas azules.
Y el tomate, riñón de rubíes.
Y las cebollas envueltas en papel de seda, papel de fumar,
como bombas de azúcar, de sal, de alcohol.
Los espárragos gnomos, torrecillas del país de los gnomos.
Me acuerdo de las papas, a las que siempre plantábamos en
el medio un tulipán.
Y las víboras de largas alas anaranjadas.
Y el humo del tabaco de las luciérnagas, que fuman sin reposo.
Me acuerdo de la eternidad.


Bajó una mariposa...


Bajó una mariposa a un lugar oscuro; al parecer, de
hermosos colores; no se distinguía bien. La niña más chica
creyó que era una muñeca rarísima y la pidió; los otros
niños dijeron: -Bajo las alas hay un hombre.
Yo dije: -Sí, su cuerpo parece un hombrecito.
Pero, ellos aclararon que era un hombre de tamaño natural.
Me arrodillé y vi. Era verdad lo que decían los niños. ¿Cómo
cabía un hombre de tamaño normal bajo las alitas?
Llamamos a un vecino. Trajo una pinza. Sacó las alas. Y un
hombre alto se irguió y se marchó.
Y esto que parece casi increíble, luego fue pintado
prodigiosamente en una caja.



Los leones rondaban la casa


Los leones rondaban la casa.
Los leones siempre rondaron.
Siempre se dijo que los leones rondaron siempre.
Parecían salir de los paraísos y el rosal.
Los leones eran sucios y dorados.
Ellos eran muy bellos.
Los ojos como perlas. Y un broche brillante en el pecho
entre aquel pelo áureo.
Los leones entraron a la casa.
Corrimos a esconder los floreros de sal, de azúcar, el cometa
Halley, las queridísimas sábanas nevadas, la
colección
estampillas. Y a traer los sudarios.
Los leones eran al mismo tiempo, presentes e invisibles, al
mismo tiempo, visibles e invisibles.
Se oía el rumor de la leche que robaban, el clamor de la miel
y la carne que cortaban.
Llevaron hacia afuera a la abuela oscura, la que tenía una
guía de rositas alrededor del corazón.
Y la comieron fríamente. Como en un simulacro.
Y -como si hubiese sido un simulacro!- ella tornó a la
casa y dijo: -Los leones rondaron siempre. Están delante
de los paraísos y el rosal. Dijo: -Los leones están acá.


ISAÍAS GARDE, textos en transición

14 abr. 2007

Marosa di Giorgio - Arbol de magnolias

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Árbol de magnolias,
te conocí el día primero de mi infancia,
a lo lejos te confundes con la abuela, de cerca, eres el aparador
de donde ella sacaba el almíbar y las tazas.
De ti bajaron los ladrones;
Melchor, Gaspar y Baltasar;
de ti bajaban los pastores y los gatos;
los pastores, enamorados como gatos,
los gatos, serios como hombres, con sus bigotes y sus ojos de enamorados
Esclava negra sosteniendo criaturitas, inmóviles, nacaradas.
Virgen María de velo negro,
de velo blanco, allá en el patio.
Eres la abuela, eres mamá, eres Marosa, todo eres, con tu
eterna
juventud, tu vejez eterna,
niña de Comunión, niña de novia,
niña de muerte.
De ti sacaban las estrellas como tazas,
las tazas como estrellas.
Estuvo oculto en tus ramos el Libro del Destino.
Te has quedado lejos, te has ido lejos.
Pero, voy retrocediendo hacia ti,
voy avanzando hacia ti.
Te veré en el cielo.
No puede ser la eternidad sin ti.
 




En Los papeles salvajes, 1991

11 abr. 2007

Marosa di Giorgio - La flor de lis (tres fragmentos)

3 comentarios :
Mi alma es un vampiro grueso, granate, aterciopelado. Se alimenta de muchas especies y de sólo una. La busca en la noche, la encuentra, y se la bebe, gota a gota, rubí por rubí.
Mi alma tiene miedo y tiene audacia.Es una muñeca grande, con rizos, vestido celeste.
Un picaflor le trabaja el sexo.
Ella brama y llora.
Y el pájaro no se detiene.


* * *



El sol era un disco redondo, plano, con esplendor, y en todo su entorno una guirnalda de hierros breves, dorados, retorcidos. Parecía un espejo.
Y que se pudiera quitar y usar.
Lo saqué, lo agarré. No me costó nada. Estuve un rato indecisa. Y luego lo puse en el tocador. Pero no me atreví a mirarme en él. Mi cara en el sol… No era tan audaz. Como siempre, de todos los ámbitos, de todos los rumbos, me llamaron; y no acudí.
Desde hace muchísimo tiempo estoy quieta cuidando al sol.


* * *



Soberbio señor y muchacho, a ratos te ponía en la cumbre de los cerros o te encerraba en sus raíces, para tenerte encerrado, para ponerte más lejos. Me parecía que bailábamos un tango en la vereda de mi casa, cuando no pasaba nadie. Tú, vestido de príncipe, y yo desnuda.
Todo era real e irreal como es siempre en la vida.
Volaron los años y en la noche oscura, allá en lo alto, muy alto, aún hay una estrella azul que nos mira y mira.



Marosa di Giorgio, La flor de lis, Buenos Aires, El cuenco de plata / latinoamericana, 2004

10 abr. 2007

Marosa di Giorgio - Historial de las violetas (fragmentos)

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I
Me acuerdo del atardecer y de tu alcoba abierta ya, por donde ya penetraban los vecinos y los ángeles, Y las nubes -de las tardes de noviembre- que giraban por el suelo, que rodaban. Los arbolitos cargados de jazmines, de palomas y gotas de agua. Aquel repiqueteo, aquel gorjeo, en el atardecer.
Y la mañana siguiente, con angelillas muertas por todos lados, parecidas a pájaros de papel, a bellísimas cascaras de huevo.

Tu deslumbrador fallecimiento.


II

Cuando miro hacia el pasado, sólo veo cosas desconcertantes: azúcar, diamelas, vino blanco, vino negro, la escuela misteriosa a la que concurrí durante cuatro años, asesinatos, casamientos en los azahares, relaciones incestuosas.
Aquella vieja altísima, que pasó una noche por los naranjales, con su gran batón y su rodete.
Las mariposas que, por seguirla, nos abandonaban.


III

Por el jardín las flores, las cebollitas tornasoladas. Es la tarde de María Auxiliadora. Y la Virgen está allá en el cielo pintada con sus pimpollitos, su alhelí, dulcemente a la acuarela, con su niño y sus estrellas. Y un ángel -pequeño- se hace evidente cerca de su sien, resplandece por un instante, desaparece, vuelve a aparecer.
De pronto, se lanza hacia la tierra, cruza el bosquecillo, entra en la casa, se asoma a los pasteles de manzana, me mira a mí que lo miro fijamente y empiezo a llorar, se va volando, volando, de nuevo, hasta la Virgen.


IV

Es la noche de las azucenas de diciembre. A eso de las diez, las flores se mecen un poco. Pasan las mariposas nocturnas con piedrecitas brillantes en el ala y hacen besarse a las flores, enmaridarse. Y aquello ocurre con sólo quererlo. Basta que se lo desee para que ya sea. Acaso sólo abandonar las manos y las trenzas. Y así me abro a otro paisaje y a otros seres. Dios está allí en el centro con su batón negro, sus grandes alas y los antiguos parientes, los abuelos. Todos devoran la enorme paz como una cena. Yo ocupo un pequeño lugar y participo también en el quieto regocijo.
Pero, una vez mamá llegó de pronto, me tocó los hombros y fueron tales mi miedo, mi vergüenza, que no me atrevía a levantarme, a resucitar.


V

Anoche realicé el retorno; todo sucedió como lo preví. El plantío de hortensias. La Virgen -paloma de la noche- vuela que vuela, vigila que vigila. Pero, los plantadores de hortensias, los recolectores, dormían lejos, en sus chozas solitarias. Y mi jardín está abandonado. Las papas han crecido tanto que ya asoman como cabezas desde abajo de la tierra y los zapallos, de tan maduros, estiran unos cuernos largos, dulces, sin sentido; hay demasiada carga en los nidales, huevos grandes, huevos pequeñitos; la magnolia parece una esclava negra sosteniendo criaturas inmóviles, nacaradas.
Toqué apenas la puerta; adentro, me recibieron el césped, la soledad. En el aire de las habitaciones, del jardín, hasta han surgido ya, unos planetas diminutos, giran casi al alcance de la mano, sus rápidos colores.
Y el abuelo está allí todavía ¿sabes? como un gran hongo, una gran seta, suave, blanca, fija.
No me conoció.


VI

Aquel verano la uva era azul -los granos grandes, lisos, sin facetas-, era una uva anormal, fabulosa, de terribles resplandores azules. Andando por las veredas entre las vides se oía de continuo crecer los granos en un rumor inaudito.
Y en el aire había siempre perfume a violetas.
Hasta las plantas que no eran de vid daban, uvas. Llegaron mariposas desde todos los rumbos, las más absurdas, las más extrañas; desde los cuatro rumbos, llegaron los gallos del bosque con sus anchas alas, sus cabezas de oro puro. (Mi padre se atrevió a dar muerte a unos cuantos y se hizo rico).
Pero, salía uva desde todos los lados. Hasta del ropero -antigua madera- surgió un racimo grande, áspero, azul, que duró por siempre, como un poeta.


VII

Yo no sé, pero, veo a la langosta, en su plato de plata, roja, delicadísima, castaña; bajo sus costillas de arroz, viven el amor, la champaña, las bodas futuras, los crímenes extraños, el agua todo vive bajo su sacón de pimpollitos rojos.


VIII

A veces en el verano, llueve, sólo un poco, de bajo de los árboles. Entonces, aparecen los grandes caracoles que avanzan siempre como si estuvieran inmóviles; pero, avanzan siempre, estiran el cuello, todo lo miran y escudriñan. A veces, se retraen tanto, se vuelven tanto sobre sí mismos, que ya parecen yo-yós de nácar, tomates de cristal.
Ese ejército espumoso me da miedo y alegría.
Y mamá allí, que inmóvil vigila con sus largas alas, sus "aigrettes".


IX

Anoche, vi otra vez, la cómoda, la más antigua o la de las bodas de mi abuela y la juventud de mi madre y de sus hermanas, la de mi niño allí estaba con su alto espejo, sus canastas de rosas de papel.
Y vino la periquilla blanca-casi una paloma - desde los árboles, a comer arroz en mis manos. La sentí tan bien que iba a besarla.
Pero, entonces, todo llameó y se fue.
Dios tiene sus cosas bien guardadas.


X

A esta hora las chacras se quedan solitarias; pero, de vez en vez, sobresalen de entre las hojas, las cabezas negras de los ladrones.
Andando por algún camino, surgen de pronto, los gallos salvajes y se están allí, de pie en el aire -la uña en corva, la negra cresta llamean- te-, están allí de pie, escudriñando, escuchando.
Y antiguas voces, clamores increíbles, vuelven a contar, a anunciar sucesos ya remotos, viejas bodas, viejos funerales.
Y la luna, quieta, traicionera, en su cueva de membrillos.

De Historial de las violetas
Los papeles salvajes, tomo I, Buenos Aires, Adriana Hidalgo Editora, 2000

4 abr. 2007

Marosa Di Giorgio: Misal de la virgen

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-Usted nunca tuvo hijos.
-No. Aunque, un día, cuando era chica, surgieron de mí, de mi pelvis, tres lagartos. En cartílago grueso y anillado. Tres.
-Eh.
-Sí. Iban por la hierba. Al parecer tenían ojos, pero no pude saberlo. Se hundieron en el piso.
-Oh.
-Pero antes oí un alarido, como si dijesen: ¡Mamá! ¡Ay, madre! ¡Ay!
-Oh.
-No volvieron nunca. En el momento de la parición, salían de mis pechos (del izquierdo y del derecho), una gotita de sangre y una gotita de leche.
-...!
Y ella quedó impasible. Y aunque era completamente blanca, pareció lo que siempre había parecido:
Una princesa india, abajo de su anacahuita.


Marosa Di Giorgio, Misales, Buenos Aires, El cuenco de plata/latinoamericana, 2005

6 mar. 2007

Poesía, erotismo y santidad (Marosa di Giorgio)

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LA FLOR DE LIS
Por Marosa di Giorgio- (Cuenco de plata)


Lo que hace distinto a este libro de Marosa di Giorgio no depende de la cercanía de su muerte. La obra de la poeta uruguaya no sólo no queda trunca sino que, lejos de ser último, éste es un libro primero, en el sentido de primordial: el libro que engendra todos los libros anteriores. Además, al incluir el CD Diadema, La flor de lis otorga al lector el don memorable de la propia voz de Marosa diciendo sus poemas. Su dicción atraviesa múltiples entonaciones y hace de la voz no sólo el lugar del habla sino también el sitio incandescente donde cada palabra, cada sílaba, cada suspiro crean una lengua distinta. Distinta y distintiva, la voz de Marosa tiene la rara virtud de no dejar huellas de la escritura: cada poema parece ser dicho por vez primera, como si el tono borrara la dimensión de la letra.

La flor de lis se abre con un enunciado, entre la dedicatoria y el apóstrofe, con el cual la autora busca definir su libro: "Poemas de amor a Mario". A decir verdad, toda la obra de Marosa gira alrededor de lo amoroso; el erotismo de sus poemas impregna todas las esferas del texto, es como una inmersión, como una diseminación que va creciendo de modo progresivo. De hecho, los primeros poemas de La flor de lis y el último -que repite a su vez uno de éstos- provienen de otros libros de Di Giorgio y casi todos citan a Mario, le dan cita. La primera composición pertenece a Está en llamas el jardín natal (1971) y transmite la atmósfera de todo el poemario: una madrugada lluviosa en que la poeta asiste al retorno de los muertos como "un enjambre [que] caía del cielo". Esa experiencia frecuente y al mismo tiempo fabulosa obtiene su materialidad en la intensidad cromática y olfativa. En este ámbito, Mario, el destinatario de los poemas, ocupa el lugar del sueño, que no es menos real que el de la vigilia: "Y yo volvía al lecho, a dormirme sobre la blanca almohada, a soñar que Mario estaba allí". Como en todo discurso amoroso, la ausencia del amado hace hablar, se convierte en el motor del decir. El lugar del sueño, en Marosa, es una parcela del universo, un jardín natal que, como reza el título, "está en llamas". El fuego atraviesa el mundo onírico, sus pliegues de misterio, sus infinitas poblaciones vegetales; es allí donde se agazapa el goce y la felicidad promete un encuentro inmediato. Por eso, en la poética de Marosa el sueño no se opone al mundo porque "todo es real e irreal como es siempre en la vida".

Mario arrastra consigo todos los reinos de la naturaleza, porque la pasión amorosa hace estallar la categoría de representación estética y con ella los límites acordados a lo humano. Así, las pasiones dejan sus huellas: niñas que dan a luz, doncellas que ponen huevos, mujeres que son desfloradas. Es éste un gineceo viviente y feérico que se desarrolla como resabio de una sociedad matriarcal que renueva la vieja tradición de los mitos agrarios. Y a la vez, no podría quedar fuera de esta concepción amorosa la recurrente visita de las tías. Todas las visitas devienen visitaciones, es decir, viajes de devoción o bien a un templo (la casa es su doble simétrico) o bien para alcanzar un conocimiento.

El erotismo de la poesía de Marosa di Giorgio incluye también lo que Georges Bataille denominó erotismo sagrado, esto es, una experiencia que aproxima la sexualidad a la mística. Un poema de La flor de lis lo dice de modo transparente: "Había algo santo y sexual en todo eso". Una contigüidad inquietante pero religadora de una experiencia perdida donde subyace todavía una violencia primitiva. Tal vez el título que la autora eligió para nombrar todos sus libros, Los papeles salvajes, remita en parte a esta otra pasión de la escritura que es un sucedáneo de lo erótico, lugar del bestiario, de la copulación animal y vegetal. El universo de las flores encierra los avatares del cuerpo en la asunción de su propio lenguaje desde la floración a la desfloración. La flor de lis engendra los libros anteriores: se trata de una flor y, a la vez, de su representación en otro plano. Su escritura deviene, entonces, una instancia mensajera, angélica, traductora, como si la poesía pudiera al fin reunir lo separado, amancebar lo distante, engendrar los confines de la imaginación. Los poemas de amor a Mario estaban desde siempre, lo que hace ahora Di Giorgio es renovar sus votos: "Y yo junto a la bromelia. A esperar a Mario. El sitio era ése. Para esperar a Mario".

Enrique Foffani
La Nación, 21 de noviembre de 2004