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24 mar. 2013

Gilbert Ryle: El mito de Descartes

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La doctrina oficial

Existe una doctrina sobre la naturaleza y localización de lo mental que prevalece tanto entre los teóricos y aun entre los legos que merece ser considerada la doctrina oficial. La mayoría de los filósofos, psicólogos y religiosos aceptan, con algunas reservas, sus tesis básicas y, aunque les reconocen dificultades teóricas, suponen que ellas pueden ser superadas sin que la arquitectura de la teoría cambie. Se sostendrá aquí que los principios centrales de la doctrina son incorrectos y se contradicen con lo que sabemos acerca de la mente cuando no especulamos sobre ella.

La doctrina oficial, que procede principalmente de Descartes, sostiene que, excepto en el caso de los idiotas y de los recién nacidos, todo ser humano tiene un cuerpo y una mente. Algunos preferirán decir que todo ser humano es un cuerpo y una mente. El cuerpo y la mente están unidos, pero después de la muerte del cuerpo la mente puede continuar existiendo y funcionando.

El cuerpo humano está en el espacio, sujeto a las leyes mecánicas que gobiernan a todos los cuerpos espaciales, y sus procesos y estados pueden ser controlados por observadores externos. De este modo, la vida corporal es algo público, como lo es la vida de los animales y reptiles y aun el desarrollo de los árboles, cristales minerales y planetas.

Pero la mente no se encuentra en el espacio ni sus funciones están sujetas a leyes mecánicas. Las operaciones de la mente no son observables y su desarrollo es privado. Sólo yo puedo tener conocimiento directo de los estados y procesos de mi propia mente. En consecuencia, toda persona vive dos historias paralelas: una está formada por lo que le acaece a su cuerpo y la otra por lo que le acaece a su mente. La primera es pública; la segunda, privada. Los eventos que forman la primera historia pertenecen al mundo físico; los de la segunda, al mundo mental.

Se ha discutido si toda persona puede aprehender directamente todos o sólo algunos de los episodios de su propia historia privada, pero, de acuerdo con la doctrina oficial, es seguro que tiene un conocimiento directo e indiscutible de algunos de ellos. Por medio de la conciencia, autoconciencia e introspección, se informa directa y auténticamente acerca de los estados y operaciones de su mente. Podrá sentirse más o menos insegura respecto de episodios del mundo físico simultáneos o adyacentes, pero nunca de lo que ocupa su mente en un momento dado.

Se acostumbra expresar esta bifurcación en dos vidas y dos mundos, diciendo que las cosas y eventos que pertenecen al mundo físico, incluyendo el propio cuerpo, son externos, mientras que las operaciones de la propia mente son internas. Esta antítesis entre lo interno y lo externo es ofrecida, por supuesto, como una metáfora, dado que al no estar las mentes en el espacio mal podrían estar dentro de algo ni tampoco contener nada en ellas. Pero, a menudo, esto se olvida y es así como encontramos a algunos teóricos especulando cómo es que estímulos cuyas fuentes físicas se hallan a centímetros o a metros de la piel de una persona pueden llegar a generar reacciones mentales dentro de su cráneo o cómo es que decisiones originadas dentro de ella pueden producir movimientos en sus extremidades.

Aun cuando "interno" y "externo" se entiendan como metáforas, explicar cómo es que la mente y el cuerpo de una persona se influyen mutuamente presenta notorias dificultades teóricas. Lo que la mente desea es ejecutado por las piernas, los brazos y la lengua. Lo que afecta el oído y el ojo tiene relación con lo que la mente percibe. Gestos y sonrisas traicionan nuestros pensamientos y los castigos corporales consiguen —se supone— el perfeccionamiento moral. Pero las conexiones efectivas entre los episodios de la historia privada y los de la historia pública siguen tan misteriosas como antes porque, por definición, no pertenecen a ninguna de las dos series. No podrían ser incluidas ni en la autobiografía de la vida interna de una persona ni en la biografía que relatara su vida pública. No pueden ser observadas ni por vía introspectiva ni en experimentos de laboratorio. Constituyen un problema teórico que los fisiólogos pasan a los psicólogos y que éstos devuelven a aquéllos.

Por debajo de esta presentación metafórica que bifurca la vida de una persona, pareciera existir una suposición más profunda y de carácter filosófico. Se presume que hay dos tipos diferentes de existencia. Lo que existe o acaece puede tener el status de la existencia física o bien el status de la existencia mental. Así como las faces de una moneda son cara o cruz o los seres vivos son varones o mujeres, se supone que hay un tipo de existencia física y un tipo de existencia mental. Estar en el espacio y en el tiempo es una característica necesaria de lo que posee existencia física y estar en el tiempo, pero no en el espacio, es una característica necesaria de lo que posee existencia mental. Aquello que tiene existencia física está compuesto de materia o es resultado de ella. Lo que tiene existencia mental posee conciencia (consciousness) o bien es una función de ella.

Se da así una oposición entre mente y materia que, a menudo, se describe de la siguiente manera. Los objetos materiales se encuentran ubicados en un campo común, el "espacio", y lo que acaece a un cuerpo está conectado mecánicamente con lo que les sucede a otros cuerpos ubicados en otras partes del espacio. Pero los hechos mentales acaecen en ámbitos aislados, las "mentes", y no existe conexión causal directa entre lo que le sucede a una mente y lo que le pasa a otra, con excepción, quizá, de la telepatía. La mente de una persona puede afectar la mente de otra únicamente a través del mundo físico. La mente es su propio espacio y cada uno de nosotros vive la vida de un fantasmal Robinson Crusoe. Podemos vernos, oírnos y empujarnos los unos a los otros, pero somos irremediablemente ciegos, sordos e inoperantes con respecto a la mente de los demás.

¿Qué tipo de conocimiento puede obtenerse de las operaciones de una mente? De acuerdo con la doctrina oficial, toda persona tiene un conocimiento inmejorable de dichas operaciones. Los estados y procesos mentales son (o lo son normalmente) estados y procesos conscientes que no engendran ilusiones ni dan lugar a dudas. Los pensamientos, sentimientos y deseos de una persona, sus percepciones, recuerdos e imágenes son intrínsecamente "fosforescentes"; su existencia y naturaleza son reveladas inevitablemente a su dueño. La vida interior es una corriente de conciencia de tal tipo que seria absurdo pretender que la mente —cuya vida es una corriente— pudiera ignorar lo que le está pasando.

Es cierto que Freud ha aportado recientemente elementos que parecen mostrar que hay canales tributarios a dicha corriente que permanecen ocultos a su dueño. Hay quien actúa guiado por impulsos cuya existencia niega insistentemente: algunos de sus pensamientos difieren de los que está dispuesto a aceptar y algunas de las acciones que cree que desea realizar no son deseadas efectivamente. Es absorbido por su propia hipocresía e ignora a la perfección hechos de su vida mental que, de acuerdo con la doctrina oficial, deberían serle evidentes. Los sostenedores de esta doctrina argumentan que, de cualquier manera, en circunstancias normales, toda persona puede aprehender directa y auténticamente el estado y operaciones de su propia mente.

Además de otorgarse a toda persona la posesión de estos datos inmediatos de la conciencia, también se supone que es capaz de ejercitar de tiempo en tiempo un tipo especial de percepción: la interna o introspección. Toda persona puede echar una "mirada" (no óptica) a lo que está pasando en su mente. No sólo puede mirar y escudriñar una flor mediante el sentido de la vista y escuchar y discriminar las notas de una campana mediante el sentido del oído; también puede, reflexiva o introspectivamente, observar los episodios corrientes de su vida interna sin el concurso de órganos corporales de los sentidos. También se supone comúnmente que esta autoobservación es inmune a la ilusión, confusión o duda. Los informes de una mente acerca de sus propios estados tienen una certidumbre superior a la mayor que puedan poseer los informes referentes a cuestiones del mundo físico. Las percepciones sensoriales pueden ser erróneas o confusas, pero la autoconciencia e introspección no.

Por otro lado, ninguna persona puede tener acceso directo a los eventos de cualquier tipo que pertenecen a la vida interna de otra. No puede hacer más que inferencias problemáticas del comportamiento realizado por el cuerpo de ésta a los estados mentales que, por analogía con su propia conducta, supone que son indicados por dicho comportamiento. El acceso directo a las operaciones de una mente es un privilegio de ella; a falta de tal acceso privilegiado las operaciones de una mente están inevitablemente ocultas a los demás, porque las supuestas inferencias que van de los movimientos corporales similares a los de uno a las operaciones mentales similares a las propias no pueden ser corroboradas por la observación. Por tal motivo, no es extraño que todo defensor de la teoría oficial encuentre difícil evitar esta consecuencia de su premisa: que no tiene buenas razones para pensar que existen otras mentes además de la suya. Aunque prefiera creer que mentes similares a la propia están unidas a los demás cuerpos humanos, no puede pretender estar en condiciones adecuadas para descubrir sus características individuales o lo que hacen y padecen. La soledad absoluta es el destino inevitable del alma. Solamente nuestros cuerpos se pueden encontrar.

Como un corolario necesario de este esquema general, se prescribe, implícitamente, una manera especial de construir nuestros conceptos comunes referentes a facultades y operaciones mentales. Los verbos, sustantivos y adjetivos con los que en nuestra vida cotidiana describimos las agudezas, modalidades de carácter y comportamiento de aquellos a quienes tratamos, son entendidos como haciendo referencia a episodios que acaecen en sus historias secretas o bien como significando disposiciones que hacen que tales episodios acaezcan. Cuando se dice que alguien está conociendo, creyendo o suponiendo algo, esperando, temiendo, pretendiendo o evitando algo, proyectando esto o entreteniéndose con aquello, se supone que estos verbos denotan el acaecimiento de modificaciones específicas en lo que, para nosotros, es la corriente oculta de su conciencia. Únicamente su acceso privilegiado a esta corriente, la aprehensión directa o introspección, podría producir el testimonio auténtico de que esos verbos sobre la conducta mental son aplicados correcta o incorrectamente. El espectador, sea maestro, crítico, biógrafo o amigo, nunca puede estar seguro de que sus afirmaciones tengan algún grado de verdad. Sin embargo, debido a que —de hecho— todos sabemos cómo formular tales afirmaciones, en general apropiadas, y cómo corregirlas cuando resultan confusas o erróneas, los filósofos se vieron en la necesidad de construir sus teorías sobre la naturaleza y localización de las mentes. Cayendo en cuenta de que los conceptos referentes al comportamiento y a lo mental se usan con regularidad y efectividad, buscaron determinar su geografía lógica. Pero la que se recomienda oficialmente implica que no podría existir un uso regular y efectivo de esos conceptos en nuestras descripciones y prescripciones referidas a las otras mentes.


Lo absurdo de la doctrina oficial

Tal es, en síntesis, la doctrina oficial. Me referiré a ella, a menudo, con deliberado sentido peyorativo, como "el dogma del Fantasma en la Máquina ", que espero poder probar como enteramente falso, y no sólo en parte sino en principio. No es, meramente, un conjunto de errores. Es un gran error y un error de tipo particular: un error categorial. Presenta los hechos de la vida mental como si pertenecieran a un tipo o categoría lógica (o conjunto de tipos o categorías) cuando en realidad pertenecen a otra. En consecuencia, el dogma es un mito filosófico. Al tratar de destruir este mito probablemente se considere que estoy negando hechos conocidos de la vida mental de los seres humanos y mi pretensión de que no hago más que rectificar la lógica de los conceptos referentes a la conducta mental probablemente sea rechazada como mero subterfugio.

En primer lugar indicaré, con una serie de ejemplos, lo que significa la frase "error categorial".

A un extranjero que visita Oxford o Cambridge por primera vez, se le muestran los colleges, bibliotecas, campos de deportes, museos, departamentos científicos y oficinas administrativas. Pero luego pregunta: "¿Dónde está la Universidad? He visto dónde viven los miembros de los colleges, dónde trabaja el Registrador (Registrar), dónde hacen experimentos los científicos, pero aún no he visto la Universidad donde residen y trabajan sus miembros". Se le tiene que explicar, entonces, que la Universidad no es otra institución paralela o una especie de contrapartida de los colleges, laboratorios y oficinas. La Universidad es la manera en que todo lo que ha visto se encuentra organizado. Cuando se ven sus edificios y se comprende su coordinación, puede decirse que se ha visto la Universidad. Su error parte de la inocente suposición de que es correcto hablar de la Christ Church , la Bodleian Library , el Ashmolean Museum y de la Univer sidad, como si " la Universidad " hiciera referencia a un miembro adicional de la clase de la que son miembros los otros elementos. Erróneamente se ha asignado a la Universidad la misma categoría a la que pertenecen aquéllos.

El mismo error lo cometería el niño que observa el paso de una división y que luego de señalársele los batallones, baterías, escuadrones, etc., preguntara cuándo va a desfilar la división, suponiendo que ésta es una contrapartida de las unidades que ha visto, en parte similar y en parte diferente de ella. Se le mostraría su error diciendo que al ver pasar los batallones, baterías y escuadrones estaba viendo desfilar la división. El desfile no era efectuado por batallones, baterías, escuadrones y una división, sino por los batallones, baterías y escuadrones de una división.

Un ejemplo más. Un extranjero ve por primera vez un partido de fútbol. Aprende cuál es la función de los arqueros, los defensores, los delanteros y del arbitro y pregunta: "¿No hay nadie en el campo de juego que tenga como función contribuir a la conciencia de equipo? Veo quién ataja, quién defiende y quién ataca, pero no veo a nadie a quien corresponda ejercitar el sprit de corps". Nuevamente habría que explicar que está buscando lo que no corresponde. La conciencia de equipo no es una parte del fútbol complementaria de las otras; es, en términos generales, el empeño con que se lleva a cabo cada una de esas funciones, y llevar a cabo una tarea empeñosamente no es ejecutar varias tareas. Por cierto que mostrar la conciencia de equipo no es lo mismo que atajar, o patear, pero tampoco es algo distinto, tal que se pueda decir que el arquero primero ataja y luego muestra conciencia de equipo o que un centro-forward está, en determinado momento, o bien pateando o bien mostrando conciencia de equipo.

Estos ejemplos de errores categoriales tienen una característica común que debe señalarse. Los errores fueron cometidos por personas que no sabían cómo emplear los conceptos universidad, división y conciencia de equipo. Su perplejidad nace de su incapacidad para usar determinadas palabras.

Los errores categoriales teóricamente interesantes son los cometidos por personas capaces de usar conceptos, por lo menos en situaciones que les son familiares, pero que, sin embargo, pueden asignar dichos conceptos a tipos 'lógicos distintos de aquellos a los que pertenecen. Un ejemplo de error de esta clase sería el siguiente. Un estudiante de ciencias políticas aprende cuáles son las diferencias entre las Constituciones británica, francesa y americana. También, cuáles son las diferencias y relaciones entre el Gabinete, el Parlamento, los Ministerios, los Jueces y la Iglesia de Inglaterra. Pero se siente desconcertado cuando se le pregunta por las relaciones entre la Iglesia, el Ministerio del Interior y la Constitución Inglesa, porque mientras que las dos primeras son instituciones, la última no lo es, en el mismo sentido de la palabra; de modo tal que las relaciones que se afirman o niegan entre la Iglesia y el Ministerio no pueden ser afirmadas o negadas de cualquiera de ellas y de la Constitución Inglesa. " La Constitución Inglesa " no tiene el mismo tipo lógico que "Ministerio del Interior" e "Iglesia de Inglaterra". De manera similiar Juan Pérez puede ser pariente, amigo o enemigo de José González, pero no puede serlo del contribuyente medio. En cierto tipo de discusiones, Juan Pérez puede hablar con sentido del contribuyente medio, pero se desconcertará cuando tenga que explicar por qué no lo encuentra en la calle, como suele encontrar a José González.

Es importante observar que, mientras el estudiante de ciencias políticas continúe creyendo que la Constitución Inglesa es una contrapartida de otras instituciones, tenderá a describirla como a una institución misteriosamente oculta. En tanto que Juan Pérez siga creyendo que el contribuyente medio es un ciudadano más, se inclinará a pensar que es un ser inmaterial, un fantasma que está en todos lados y en ninguno. El propósito destructivo que persigo con estas consideraciones es mostrar que la teoría de la doble vida tiene origen en un conjunto de profundos errores categoriales. La respresentación de una persona como si fuera un fantasma misteriosamente oculto en una máquina deriva de este hecho. Debido a que el pensamiento, el sentimiento y los actos de una persona no pueden describirse únicamente con el lenguaje de la física, de la química y de la fisiología, se supone que deben ser descriptos en términos análogos. Como el cuerpo humano es una unidad compleja organizada, la mente humana también debe ser una unidad compleja organizada, aunque constituida por elementos y estructura diferentes. Como el cuerpo humano, al igual que cualquier otro trozo de materia, está sujeto a causas y efectos, también la mente debe estar sujeta a causas y efectos, pero (Dios sea loado) de tipo no-mecánico.


El porqué del error categorial

Una de las causas que produjeron el error categorial cartesiano, que todavía tengo que probar que ha sido tal, es la siguiente. Cuando Galileo mostró que su método de investigación científica era apto para proporcionar una teoría mecánica aplicable a todo cuerpo espacial, Descartes se encontró en una situación conflictual. Como hombre de ciencia no podía dejar de apoyar las pretensiones de la mecánica, pero como hombre religioso y de convicciones morales no podía aceptar —como decía Hobbes— la consecuencia de que la naturaleza humana difiere de la de un reloj únicamente en grado de complejidad. Lo mental no podía ser una mera variedad de lo mecánico.

Erróneamente, Descartes y otros filósofos optaron por la siguiente escapatoria. Como el vocabulario acerca de lo mental no puede interpretarse significando el acaecimiento de procesos mecánicos, debemos entenderlo significando el acaecimiento de procesos no-mecánicos. Dado que las leyes mecánicas explican movimientos en el espacio como efectos de otros movimientos en el espacio, las leyes de lo mental deben explicar las operaciones no espaciales de la mente como efecto de otras operaciones no espaciales. La diferencia entre el comportamiento humano que caracterizamos de inteligente y el que describimos como mecánico, es de causación. Mientras que algunos movimientos de la lengua y de los miembros humanos son efectos de causas mecánicas, el resto debe ser efecto de causas no-mecánicas. Algunos se originan en movimientos de partículas materiales, mientras que otros tienen su principio en operaciones mentales.

De esta manera, las diferencias entre lo físico y lo mental fueron representadas como diferencias existentes dentro del marco común de las categorías de "cosa", "atributo", "estado", "cambio", "causa" y "efecto". Las mentes son cosas, aunque de un tipo distinto de los cuerpos. Los procesos mentales son causas y efectos, pero de tipo diferente al de las causas y efectos de los movimientos corporales. De la misma manera que nuestro visitante esperaba que la Universidad fuera un edificio más, aunque un poco diferente del de un college, los que repudiaron el mecanicismo representaron las mentes como centros de procesos causales parecidos a las máquinas pero, al mismo tiempo, considerablemente distintos de ellas. Su teoría fue una hipótesis para-mecánica.

Que este supuesto estaba en la base misma de la doctrina lo demuestra el hecho de que, desde el comienzo, se comprendió que llegar a explicar cómo pueden las mentes influir y ser influidas por los cuerpos, constituye una importante dificultad teórica. ¿Cómo es que un proceso mental, como querer algo, puede causar movimientos de la lengua? ¿Cómo es que un cambio físico en el nervio óptico puede producir, entre otros efectos, la percepción de un destello luminoso? El problema muestra, por sí mismo, el molde lógico en el que Descartes volcó su teoría de la mente. Es el mismo en el que él y Galileo conformaron sus teorías mecánicas. Y aunque adhirió, sin quererlo, al lenguaje de la mecánica, trató de evitar el desastre consiguiente describiendo la mente con un vocabulario puramente negativo. Las operaciones mentales tuvieron que ser descritas negando las características atribuidas a los cuerpos: no están en el espacio, no son movimientos, no son modificaciones de la materia, no son accesibles a la observación pública. Las mentes no son trozos de un mecanismo de relojería. Son, simplemente, trozos de un no-mecanismo.

Representada de esta manera, la mente humana es un fantasma dentro del cuerpo humano, el que —sin embargo— no es una máquina común debido a que algunas de sus operaciones son regidas por esta otra máquina, invisible, inaudible y que obedece a leyes desconocidas por los ingenieros, que existe en él. Nada se sabe, además, sobre la manera en que gobierna a la máquina corporal.

Otro punto decisivo de la doctrina tiene consecuencias similares. Puesto que, de acuerdo con ella, la mente pertenece a la misma categoría que los cuerpos, y éstos están regidos por leyes mecánicas estrictas, se sigue que, de modo similar, está regida por leyes no-mecánicas. El mundo físico es un sistema determinista y, por eso, el mundo mental también tiene que serlo. Los cuerpos no pueden evitar las modificaciones que experimentan y tampoco la mente puede variar el curso que le está prefijado. Responsabilidad, elección, mérito y demérito son, en consecuencia, conceptos inaplicables, a menos que se adopte el compromiso de decir que las leyes que rigen los procesos mentales son menos estrictas que las que rigen los procesos físicos. El problema del libre albedrío consistió, entonces, en la posibilidad de reconciliar la hipótesis de que la mente debe ser descrita en términos tomados de las categorías de la mecánica, con el hecho de que la conducta humana —en su manifestación más elevada— no es lo mismo que el funcionamiento de las máquinas.

Es curioso que no se advirtiera que todo este argumento es espurio. Los teóricos supusieron, correctamente, que cualquier hombre normal puede reconocer las diferencias existentes entre expresiones lingüísticas significativas y no significativas o entre comportamiento automático intencional. Si no fuera así, nada podía salvarse del mecanicismo. Sin embargo, la explicación dada suponía que una persona no puede, en principio, reconocer tales diferencias en las expresiones lingüísticas emitidas por otros cuerpos humanos, debido a la imposibilidad de acceder a sus causas inmateriales. Salvo en el dudoso caso de uno mismo, no puede establecerse la diferencia existente entre un hombre y un robot. Tendría que aceptarse, por ejemplo, que la vida interior de las personas consideradas idiotas o dementes es tan racional como la de cualquier otra porque, quizá, es sólo su comportamiento externo lo que nos decepciona; posiblemente, ni los "idiotas" ni los "locos" son, realmente, tales. Podría ser, también, que algunas personas consideradas normales fueran, en realidad, idiotas. De acuerdo con la teoría, los observadores externos no podrían nunca llegar a saber cómo es que el comportamiento manifiesto de los demás está relacionado con las facultades y procesos mentales correspondientes, ni tampoco conjeturar —con algún grado de aproximación— si es correcto o incorrecto el uso que hacen de los conceptos referentes a lo mental y a la conducta. En consecuencia, es poco probable o imposible para cualquier ser humano pretender ser cuerdo u obrar consistentemente, dado que le estaría vedada la posibilidad de comparar su propio comportamiento con el de los demás. En síntesis: la caracterización de las personas y de su comportamiento como inteligente, prudente, virtuoso, estúpido, hipócrita o cobarde, no podría nunca llegar a formularse, de modo que el problema de proporcionar una hipótesis causal que sirva de fundamento a tales calificativos no puede surgir jamás. La pregunta "¿cuál es la diferencia entre personas y máquinas?" se planteó debido a que se sabía cómo usar los conceptos referentes a lo mental y a la conducta mucho antes de que se introdujera la nueva hipótesis causal. En consecuencia, esta hipótesis no podía ofrecer los criterios utilizados para su uso ni tampoco podía mejorar su empleo. Distinguimos, hoy, la buena de la mala aritmética, la conducta juiciosa de la alocada, la imaginación fértil de la estéril, de la misma manera como lo hacía Descartes antes y después de haber empezado a especular sobre la compatibilidad de esos criterios con el principio de causación mecánica.

Descartes equivocó la lógica del problema. En vez de preguntar por los criterios en base a los cuales se distingue, de hecho, entre comportamiento inteligente y no inteligente, preguntó: "Dado que el principio de causación mecánica no nos permite establecer la diferencia, ¿qué otro principio causal lo hará?" Descartes se dio cuenta que éste no era un problema perteneciente a la mecánica y supuso que debía pertenecer a alguna contrapartida de ella. A menudo se concibe a la psicología cumpliendo tal función.

Cuando dos términos pertenecen a la misma categoría es posible ponerlos en conjunción. Podemos decir que compramos un guante izquierdo y un guante derecho, pero no que compramos un guante izquierdo, un guante derecho y el par de guantes. "Se va a Europa llena de ilusiones y de deudas" [*] es una broma basada en lo absurdo que resulta conjugar términos de tipos diferentes. Hubiera sido igualmente ridícula la disyunción "se va a Europa llena de ilusiones o de deudas". El dogma del "fantasma en la máquina" es, justamente, eso. Sostiene que existen cuerpos y mentes, que acaecen procesos físicos y procesos mentales, que los movimientos corporales tienen causas mecánicas y causas mentales. Mi tesis es que éstas y otras conjunciones análogas son absurdas. Debe observarse, sin embargo, que no pretendo que cualquiera de las proposiciones ilegítimamente conjugadas sea absurda en sí misma. No niego, por ejemplo, que acaezcan procesos mentales. Dividir y hacer una broma lo son. Sostengo que la frase "hay procesos mentales" no tiene el mismo significado que la frase "hay procesos físicos" y que, en consecuencia, carece de sentido su conjunción o su disyunción.

Si mi argumento es correcto se siguen algunas consecuencias interesantes. En primer lugar, se diluye la consagrada oposición entre mente y materia, aunque de una manera diferente de cómo se la diluye en las igualmente consagradas reducciones de la materia a la mente o de ésta a aquélla. Mostraré que el contraste entre mente y materia es tan ilegítimo como lo sería el de "se va a Europa llena de ilusiones" y "se va a Europa llena de deudas". Creer que existe una oposición total entre ellas es sostener que ambos términos poseen el mismo tipo lógico.

También se sigue de lo anterior que tanto el idealismo como el materialismo son respuestas a una pregunta impropia. La "reducción" del mundo material a procesos y estados mentales, lo mismo que la "reducción" de estos últimos a estados y procesos físicos, presupone la legitimidad de la disyunción "o bien existen mentes o existen cuerpos (pero no ambos)". Esto sería como decir "o bien compró un guante izquierdo y uno derecho o bien compró el par de guantes (pero no ambos)".

Es perfectamente correcto decir, con cierta "tonada" lógica, que hay mentes y decir, en otra "tonada" lógica, que hay cuerpos. Pero estas expresiones no indican dos tipos diferentes de existencia debido a que "existencia" no es una palabra genérica como "coloreado" o "sexuado". Dichas expresiones ofrecen dos sentidos distintos de "existir"; algo así como "crecer" tiene sentidos diferentes en "la marea está creciendo", "las esperanzas están creciendo", y "la edad promedio de mortalidad está creciendo". Si alguien afirmara que hay tres cosas que en este momento están creciendo: la marea, las esperanzas y la edad promedio de mortalidad, su broma no sería muy buena. Sería tan mala o tan buena como decir que existen los números primos, los días miércoles, la opinión pública y los barcos, o que existen las mentes y los cuerpos. En los capítulos siguientes trataré de probar que la doctrina oficial se basa en un conjunto de errores categoriales, mostrando las consecuencias lógicamente absurdas que derivan de ella. Esta exhibición de absurdos tendrá el efecto constructivo de indicar, en parte, la lógica conecta de los conceptos referentes a lo mental y al comportamiento.


Nota histórica

Sería inexacto sostener que la doctrina oficial se deriva únicamente de las teorías de Descartes o de la expectativa creada por las implicaciones de la mecánica del siglo xvii. La teología de la escolástica y de la Reforma modelaron el intelecto de los científicos, filósofos, clérigos y hombres comunes de su época. Las teorías estoico-agustinianas referentes a la voluntad fueron incorporadas en las doctrinas calvinistas del pecado y la gracia. Las teorías platónicas y aristotélicas sobre el intelecto conformaron las doctrinas ortodoxas de la inmortalidad del alma. Lo que hizo Descartes fue reformular en el nuevo idioma de Galileo las doctrinas teológicas del alma que prevalecían en su época. La privaticidad teológica de la conciencia se transformó en privaticidad filosófica; el mito de la predestinación reapareció como el mito del determinismo.

No sería justo decir que el mito de los dos mundos no produjo ventajas teóricas. A menudo, cuando los mitos son nuevos, hacen mucho bien a las teorías. Uno de los beneficios obtenidos con el mito para-mecánico fue la eliminación del mito para-político. Hasta entonces, las mentes y sus facultades habían sido descritas apelando a analogías entre superiores y subordinados. Los términos usados eran los de legislar, obedecer, colaborar y rebelarse. Tales términos aún sobreviven en muchas discusiones éticas y epistemológicas. De la misma manera que en la física el mito de las "fuerzas ocultas" significó un adelanto científico sobre el mito de las "causas finales", el nuevo mito de las operaciones, impulsos y entidades ocultas implicó, para la psicología y la antropología, un adelanto respecto del viejo mito de los dictados, deferencias y desobediencias.


(*) He cambiado el ejemplo que usa Ryle ("She came home in a flood of tears and a sedan-chair") debido a que, en su traducción al español, no presenta la confusión categorial que ofrece en inglés. [T.]

En El concepto de lo mental (1949)
Trad.: Eduardo Rabossi
Barcelona, Paidós Ibérica, 2005
Foto: GR en 1949 © Hulton-Deutsch Collection/Corbis

13 jul. 2009

Voltaire - Sobre Descartes y Newton

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Un francés que llega a Londres encuentra las cosas muy cambiadas en filosofía, como en todo lo demás. Ha dejado el mundo lleno; se lo encuentra vacío. En París, se ve el universo compuesto de torbellinos de materia sutil; en Londres, no se ve nada de eso. Entre nosotros, es la presión de la luna la que causa el flujo del mar; entre los ingleses, es el mar el que gravita hacia la luna, de tal forma que, cuando creéis que la luna debería darnos marea alta, esos señores creen que debe haber marea baja; lo que desdichadamente no puede verificarse, pues habría hecho falta, para aclararlo, examinar la luna y las mareas en el primer instante de la creación.

Notaréis además que el sol, que en Francia no interviene para nada en este asunto, contribuye aquí por lo menos en una cuarta parte. Entre vosotros, cartesianos, todo sucede por impulso del que nada se comprende; en el Sr. Newton, es por una atracción cuya causa no se conoce mejor. En
París, os figuráis la tierra hecha como un melón; en Londres, está aplastada por los dos lados. La luz, para un cartesiano, existe en el aire; para un newtoniano, viene del sol en seis minutos y medio. Vuestra química hará todas sus operaciones con ácidos, bases y materia sutil; la atracción domina hasta en la química inglesa.

La esencia misma de las cosas ha cambiado totalmente. No estaréis de acuerdo ni sobre la definición del alma ni sobre la de la materia. Descartes asegura que el alma es lo mismo que el pensamiento, y Locke prueba bastante bien lo contrario. Descartes asegura que sólo la extensión hace la materia; Newton le añade la solidez. He aquí unas, furiosas contradicciones.

Non nostrum inter vos tantas componere lites.

Este famoso Newton, este destructor del sistema cartesiano, murió en el mes de marzo del año pasado, 1727. Ha vivido honrado por sus compatriotas y ha sido enterrado como un rey que hubiera hecho el bien a sus súbditos. Aquí han leído con avidez y han traducido al inglés el elogio que el Sr. de Fontenelle ha pronunciado del Sr. Newton en la Academia de Ciencias. Se esperaba en Inglaterra el juicio del Sr. Fontenelle como una declaración solemne de la superioridad de la filosofía inglesa; pero, cuando se ha visto que comparaba Descartes a Newton, toda la Sociedad Real de Londres se ha sublevado. Lejos de asentir al juicio, se ha criticado ese discurso. Incluso algunos (y esos no son los más filósofos) se han sentido chocados por esta comparación solamente porque Descartes era francés.

Hay que confesar que estos dos grandes hombres han sido muy diferentes uno de otro en su conducta, en su fortuna y en su filosofía. Descartes había nacido con una imaginación viva y fuerte, que hizo de él un hombre singular tanto en su vida privada como en su manera de razonar. Esta imaginación no puede ocultarse ni siquiera en las obras filosóficas, en las que se ven en todo momento comparaciones ingeniosas y brillantes. La naturaleza había hecho de él casi un poeta, y en efecto compuso para la reina de Suecia un divertimento en verso que por el honor de su memoria no se ha hecho imprimir. Intentó durante algún tiempo el oficio de la guerra, y habiéndose hecho después completamente filósofo, no creyó indigno de él hacer el amor. Tuvo como amante a una chica llamada Francine, que murió joven y cuya pérdida lamentó mucho. De este modo experimentó todo lo que a la humanidad atañe.

Creyó durante largo tiempo que era necesario huir de los hombres, y sobre todo de su patria, para filosofar en libertad. Tenía razón; los hombres de su tiempo no sabían lo bastante para ilustrarle y no eran capaces más que de dañarle. Abandonó Francia porque buscaba la verdad, que estaba perseguida entonces por la miserable filosofía de la Escuela; pero no encontró más razón en las universidades de Holanda, a las que se retiró. Pues en la época en la que se condenaban en Francia las únicas proposiciones de su filosofía que eran verdaderas, fue también perseguido por los pretendidos filósofos de Holanda, que no le entendían mejor y que, viendo de más cerca su gloria, odiaban más su persona. Se vio obligado a salir de Utrecht; soportó una acusación de ateísmo, último recurso de los calumniadores; y él, que había empleado toda la sagacidad de su espíritu en buscar nuevas pruebas de la existencia de un Dios, fue sospechoso de no reconocer ninguno.

Tantas persecuciones suponían un gran mérito y una reputación resonante: de este modo tuvo realmente uno y otra. Incluso llegó la razón a despuntar un poco en el mundo a través de las tinieblas de la Escuela y los prejuicios de la superstición popular. Su nombre hizo finalmente tanto ruido que se le quiso atraer a Francia por medio de recompensas. Se le propuso una pensión de mil escudos; vino con esta esperanza, pagó los gastos de la patente, que entonces se vendía, no obtuvo la pensión, y se volvió a filosofar en su soledad del norte de Holanda, en la época en que el gran Galileo, a la edad de ochenta años, gemía en las prisiones de la Inquisición, por haber demostrado el movimiento de la tierra. Finalmente murió en Estocolmo de una muerte prematura y causada por un mal régimen, en medio de algunos sabios enemigos suyos y entre las manos de un médico que le odiaba.

La carrera del caballero Newton ha sido completamente diferente. Ha vivido ochenta y cinco años, siempre tranquilo, feliz y honrado en su patria. Su gran dicha ha sido no sólo haber nacido en un país libre, sino en una época en que las impertinencias escolásticas habían sido barridas y sólo se cultivaba la razón, y el mundo no podía ser más que su alumno, no su enemigo. Una oposición singular en la que se encuentra con Descartes es que, en el curso de una vida tan larga, no tuvo ni pasión ni debilidad; nunca se acercó a ninguna mujer: es lo que me ha sido confirmado por el médico y el cirujano en cuyos brazos ha muerto. Se puede admirar por eso a Newton, pero no hay que censurar a Descartes.

La opinión pública en Inglaterra sobre esos dos filósofos es que el primero era un soñador y que el otro era un sabio. Muy pocas personas en Londres leen a Descartes, cuyas obras efectivamente se han hecho inútiles; muy pocas leen tampoco a Newton; porque hace falta ser muy sabio para comprenderle; empero, todo el mundo habla de ellos; no se concede nada al francés y se da todo al inglés. Alguna gente cree que, si hoy ya no estamos en lo del horror al vacío, si se sabe que el aire es pesado, si se utilizan gafas para acercar, se debe agradecer a Newton. Es como el Hércules de la fábula, a quien los ignorantes atribuían todas las hazañas de los otros héroes.

En una crítica que se ha hecho en Londres del discurso del Sr. de Fontenelle, se han atrevido a aventurar que Descartes no fue un gran geómetra. Los que así hablan pueden acusarse de pegar a su nodriza; Descartes ha hecho tanto camino desde el punto en que encontró la geometría hasta el punto en que la llevó, como Newton ha hecho tras de él: es el primero que ha encontrado la manera de dar las ecuaciones algebraicas de las curvas. Su geometría, que gracias a él ha llegado a ser común hoy, era en su tiempo tan profunda que ningún profesor se atrevió a intentar explicarla, y que no había más que Schooten en Holanda y Fermat en Francia que la entendiesen.
Llevó este espíritu de geometría y de invención a la dióptrica, que se convirtió en sus manos en un arte completamente nueva; y si se equivocó en algunas cosas, es porque un hombre que descubre nuevas tierra no puede de golpe conocer todas sus propiedades; los que vienen detrás de él y convierten esas tierras en fértiles, le deben al menos el mérito del descubrimiento. No negaré que todas las otras obras del Sr. Descartes abundan en errores.

La geometría era una guía que él mismo había formado en cierta forma y que le habría conducido seguramente en su física; sin embargo, abandonó finalmente esa guía y se entregó al espíritu de sistema. Entonces su filosofía no fue más que una novela ingeniosa y todo lo más verosímil para los ignorantes. Se engañó sobre la naturaleza del alma, sobre las pruebas de la existencia de Dios, sobre la materia, sobre las leyes del movimiento, sobre la naturaleza de la luz; admitió ideas innatas, inventó nuevos elementos, creó un mundo, hizo al hombre a su modo, y se dijo con razón que el hombre de Descartes no es en efecto más que el de Descartes, muy alejado del hombre verdadero.

Llevó sus errores metafísicos hasta pretender que dos y dos no hacen cuatro más que porque Dios lo ha querido así. Pero no es decir demasiado afirmar que era estimable incluso en sus desvaríos. Se engañó, pero lo hizo al menos con método y con un espíritu consecuente; destruyó las quimeras absurdas con las que se engañaba a la juventud desde hace dos mil años; enseñó a los hombres de su tiempo a razonar y a servirse contra él mismo de sus armas. Si no pagó con moneda buena, ya es mucho que denunciase la falsa.

No creo que se pretenda, en verdad, comparar en nada su filosofía con la de Newton: la primera es un ensayo, la segunda una obra maestra. Pero quien nos ha puesto en la vía de la verdad vale quizá tanto como el que ha ido después hasta el final de ese camino. Descartes devolvió la vista a los ciegos; vieron las faltas de la antigüedad y las suyas. La carretera que abrió ha llegado a ser, a partir de él, inmensa. El librito de Rohaut ha sido considerado, durante mucho tiempo, como una física completa; hoy, todas las compilaciones de las Academias de Europa no forman ni siquiera un comienzo de sistema: profundizando este abismo, se ha encontrado que es infinito. Se trata ahora de ver lo que el Sr. Newton ha excavado de este precipicio.




Cartas filosóficas, 14ª (1734)