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23 mar. 2014

Marco Denevi: Edipo cambiado u otra vuelta de tornillo

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El mismo día en que Yocasta, la reina aborrecida, tenía a su hijo, yo tuve al mío. Lo llamé Philón, como su padre, muerto seis meses atrás durante la guerra que mi ciudad sostuvo contra Layo, primo y marido de Yocasta. Al día siguiente fui llevada con el niño a una alcoba contigua a la de la reina. El Ama me lo explicó:

–Le servirás de nodriza a Polidoro, el hijo de mi señora Yocasta.

La rica cuna de Polidoro fue colocada cerca de la cuna de esparto de Philón y mi camastro entre ambas. Los dos niños se parecían como se parecen todos los recién nacidos: el mismo mechón de pelo húmedo sobre el cráneo todavía blando, la misma carita abotagada y roja como un puño crispado. Mi seno los hermanó. Mientras tanto Yocasta permanecía muda e indiferente en su vasto lecho. Ni una sola vez pidió ver a su hijo. ¡Oh Yocasta, más aborrecida en mi corazón que el propio Layo!

Al segundo día de nacidos Philón y Polidoro ocurrieron aquellos aciagos acontecimientos. Layo había ido a Delfos a consultar el oráculo del dios. Volvió taciturno, sombrío, temblando en no se sabía qué pavor o qué terrible cólera. Recuerdo que vino a la habitación donde estaba yo con los dos niños pero no nos miró ni pronunció palabra alguna. Se paseaba de un extremo a otro de la alcoba, desceñidas las vestiduras reales y el rostro más oscuro que la mies bajo la tormenta. Adiviné que los vaticinios le habían sido desfavorables, y secretamente me regocijé.

Con brusco ademán recogió su manto y pasó a la cámara de Yocasta. Los oí conversar.

Hablaban quedo y sus voces semejaban el ruido de los cuchillos cuando son afilados sobre la piedra. A poco se les unió la voz de Creonte, el hermano de Yocasta. Después todo el palacio se ahuecó en uno de esos silencios profundos que parecen la pausa de la música del universo.

A la noche los presagios nefastos se multiplicaron. La agorera lechuza chistó tres veces junto a una ventana. En el aire de la alcoba, que ninguna ráfaga agitaba, la luz de los pabilos parpadeó. Escuché un trueno lejanísimo. Súbitamente me acometió un sueño profético. Mis ojos estaban abiertos, pero nada veían de cuanto me rodeaba. Mi cerebro empezó a arder como una lámpara y a arrojar fuera el resplandor de las alucinaciones. Y yo contemplé, despierta, mi propio sueño.

Vi a Philón, mi hijo, hecho hombre. Vi a un hombre que yo sabía que era Philón. Vi a Philón bajo la figura de un hombre y ese hombre tenía la apariencia de un mendigo, estaba cubierto de harapos y tanteaba con báculo de ciego las piedras del camino por el que se arrastraba, y el cielo que lo cubría era inclemente, el paisaje era inhóspito, y a su alrededor la soledad se abismaba como un mar, y en el fondo de ese mar el hombre que era mi hijo gemía y clamaba por alguien, y sobre su rostro se aplastaba hasta alcanzar el hueso una expresión tal de dolor que no pude soportarlo y quebré el anillo que me aprisionaba y el sueño se desvaneció.

Largo rato estuve temblando en mi camastro. Otras veces había tenido sueños de esa especie, sueños que en la lucidez de la vigilia me lanzaban a un vórtice de visiones, sueños que me inundaban de conocimientos a los que no podía resistirme y que descorriendo para mí como el velo del tiempo me volvían transparente el futuro. Y lo que esos sueños me habían anticipado, después lo había visto cumplido.

De niña soñé la devastación de mi ciudad. Soñé que los soldados extranjeros entraban por las violadas puertas y mataban a un guerrero que era mi esposo, y a mis hermanos, y hasta a mi anciano padre imbele, y soñé que un hombre fornido, desde lo alto de un carro, los azuzaba a la matanza. Diez años más tarde todo sucedió como en mi sueño, y el hombre fornido era Layo.

¿Aguardaba, pues, a mi hijo, el destino ominoso del mendigo? Siervo hijo de sierva ¿terminaría miserablemente sus días, arrojado a los caminos por el capricho impío de sus amos, acaso de ese mismo Polidoro amamantado por mí? Viejo inservible y ciego, execración de los sacros lugares, pasto de todos los infortunios, presa rendida al frío y al hambre ¿así iría a morir Philón, el hijo del rey Philón?

Yo debía torcer esa suerte funesta, debía desbaratar el cumplimiento de tan atroces augurios. A la luz ahora inmóvil de las velas, en la soledad de la alcoba, en medio de aquel silencio profundo del palacio, rápidamente ejecuté mi plan. Vestí a Polidoro con la ropa de mi hijo y a mi hijo con las ricas vestiduras de Polidoro. Coloque a Philón en la adornada cuna del hijo de Yocasta y al hijo de Yocasta en la pobre cuna de Philón. Después volví a mi camastro y fingí que dormía. Pero mis ojos cavaban, bajo los párpados, la rota mirada del insomnio. Y después un raro sopor desanudó mis miembros. Siempre, al cabo de un sueño vatídico, me invade ese letargo.

Me despertó como el recuerdo de haberme dormido. Me despertó el olvido de haber despertado y de haber visto una sombra sigilosa que rondaba entre las cunas. La lámpara seguía encendida. Miré hacia mi izquierda, hacia el rincón donde dormía mi hijo. Pero ahora quien dormía allí era Polidoro. Me volví hacia el lado opuesto. Un desmesurado mugido, un ruido como de muchas aguas estalló sobre mi cabeza. Me incorporé y empecé a gritar. Layo y Creonte aparecieron en seguida tras las puertas. Aún en mi confusión y en mi horror, aún comprendiendo que ellos no sabían cuál era el verdadero puñal que degollaba mis gritos, pensé que no habían caído en la cuenta de lo que me ocurría.

–¡Han robado a Polidoro! –mentí–. ¡Lo han arrebatado de su cuna! –mentí.

–¡Cállate, sierva! –masculló Layo con voz dura ¡Cállate o te haré azotar! Y olvídate de Polidoro si en algo estimas tu vida y la vida de tu hijo.

Y se fueron tan velozmente como habían venido. Quedé sola, tiritando en el hielo del estupor. ¿Por qué Layo me ordenaba callar? ¿Por qué Yocasta, que habría oído mis gritos, no me respondía con los suyos? ¿De qué funestas maquinaciones era mi hijo, por mi culpa, la víctima inocente? ¿Y a dónde lo habían llevado? ¿Qué harían con él? Lo matarían, quizá, o lo abandonarían en un lejano bosque o a la orilla del mar. ¿Y qué buscaba Layo con la muerte o con la desaparición de Polidoro? ¿Burlar los oráculos como yo mi sueño? ¿Y fuisteis vosotros, oh dioses inmortales, quienes me inspiraron aquel insensato trueque entre los dos niños, para así castigarnos a él y a mí?

Entretanto hervía sobre mi camastro como sobre carbones encendidos. Cuando el ojo del día me iluminó, pensé contárselo todo a Yocasta. Pero en seguida me disuadió el cruel convencimiento de que el crimen tramado contra Polidoro ya estaría cumplido en Philón. Revelando la verdad no rescataría a mi hijo y sólo conseguiría que los designios de Layo corrigieran sus tiros y tal vez me tomasen también como blanco, porque grandes iban a ser el enojo y el terror del monarca, y al cabo sus propósitos encontrarían una doble satisfacción.

Resolví no decir nada. Vislumbré una esperanza remota pero secreta, sólo conocida por mí, la posibilidad de vengarme sin que nadie lo advirtiese. Ese Polidoro dormido en la cuna de mi hijo cumpliría los oráculos del dios, y alguna ruina, yo no sabía cuál, alguna inmensa desgracia recaería sobre el linaje de Cadmo y de Agenor, sobre las cabezas de Layo y de Yocasta y de ese otro, Creonte, tan orgulloso que jamás se dignó mirarme. Un odio infinito, que se sentía dispuesto a todas las crueldades y también a todas las astucias y a todos los simulacros, un odio que ni siquiera se detendría frente a ese Polidoro que usurpaba, ay, por mi mano, el sitio de Philón, me hinchó la garganta como un vómito.


*******

Largos años transcurrieron, disparados por la perezosa ballesta del tiempo. Polidoro creció y se hizo mozo, siervo en el palacio real de sus padres, bajo el nombre de Philón, falso hijo de la sierva Hécuba.

No desmentía su vidueño. Era de agradable apostura, aunque tan atrevido e indócil que más de una vez debieron azotarlo. Aguantaba los azotes con una sonrisa desdeñosa, pero la mirada se le ponía negra de ira. Yo no perdía ocasión de zaherirlo y de vejarlo, complaciéndome en irritar su genio díscolo.

–Sierva –me decía Yocasta– ¿por qué aborreces a tu hijo? Es un joven hermoso.

Y las miradas de la reina se demoraban en su hijo. También Polidoro espiaba a la reina. Creo que nadie, salvo yo, sorprendió el juego incesante y pertinaz de esas miradas. Y nadie, ni ellos mismos, nadie excepto yo, supo de qué manantial se nutría esa corriente subterránea que los arrastraba al uno hacia el otro. Porque la sangre se llamaba a sí misma desde las venas de la madre a las venas del hijo y desde los pulsos del hijo a los pulsos de la madre, pero ellos no sabían descifrar ese llamado. La sangre tejía entre los dos su hebra poderosa, pero ellos no podían adivinar de qué estaba tejida. Había una, una sola para quien aquella trama destrenzaba sus secretos hilos, una sola que sabía leer la escritura invisible del mensaje, pero ésa no habló. Y, no satisfecha con callar, prestó su mano encubridora para que el horror apretase su nudo ignominioso.

Sí, yo llevé a Polidoro el recado de Yocasta, yo llevé a Yocasta las jactanciosas respuestas de Polidoro. Yo fui la lanzadera que iba del uno al otro, tan veloz, tan silenciosa que nadie seguía su vaivén. Y después velé a las puertas de la cámara real, atisbando los pasos del infamado consorte. Y la reina me mostraba el rostro hipócrita que las adúlteras muestran a sus alcahuetas, y Polidoro me trataba con la soberbia del ladrón a su cómplice.

Pero aquel amor no les traía la dicha. Un horror apenas presentido, una repugnancia que ella confundía con los remordimientos y él con el hastío, una angustia que tomaban por la insatisfacción de sus deseos, y a ratos una hostilidad que los separaba para avivar en seguida el ardor del apetito y volver a reunirlos para exaltarles la furia de las reyertas, todo este acíbar se mezclaba a sus deleites y les ponía a los dos una máscara mórbida, sombreada por el humo del dolor.

Cierta vez Layo decidió hacer un viaje a la Fócida. Se llevó consigo a tres servidores, entre ellos a Polidoro. Varios días después volvió Polidoro, las ropas desgarradas, con la noticia de la muerte del rey. Contó que una pandilla de bandidos les había salido al paso en el cruce de los caminos de Delfos y de Daulia; que, habiendo querido Layo defenderse, los bandidos lo habían ultimado, lo mismo que a los otros dos servidores, y que únicamente él había conseguido huir y salvarse. Creonte envió gente armada al sitio del encuentro con los salteadores. Ahí fueron hallados los cadáveres de Layo y de los dos siervos, los trajeron a Tebas, y el cuerpo del rey tuvo magníficos funerales y una sepultura no menos magnífica.

Pero yo sospechaba que Polidoro no había dicho la verdad. Una noche, libaciones de vino tibio y falaces lisonjas me lo entregaron rendido al asalto de mis preguntas. Entonces me refirió una historia más abominable de lo que él podía maliciar.

Cuando el carro donde viajaba el hijo de Lábdaco había llegado a la encrucijada de los dos caminos, Layo ordenó que buscase Polidoro en los alrededores una fuente que, según él recordaba, había cerca y en cuyas aguas saciarían la sed. Polidoro obedeció. Se había internado en un bosquecillo de encinas cuando oyó voces airadas. Volvió sobre sus pasos y, escondido entre hiedras y helechos, lo presenció todo. Un desconocido, alto como un dios, fuerte como un héroe y más hermoso que Paris disputaba de palabra con Layo; Layo, colérico, descargaba sobre el desconocido su aguijada de doble punta; el desconocido se defendía golpeando a Layo con un bastón. Los dos servidores hostigaban al desconocido, y el desconocido, con recios golpes de su báculo, privaba a ambos de la luz. Por fin el desconocido se alejaba. Polidoro salió de su escondite. Y ya iba a huir, dando por muertos a los tres de Tebas, cuando oyó un gemido. Era Layo, que pesadamente se incorporaba sobre el desorden de sus vestiduras. Pervertido por su pasión hacia Yocasta, Polidoro se había acercado sigilosamente al anciano rey y con una piedra parricida lo había matado. Entonces Polidoro había vuelto a Tebas y urdido la conseja de los salteadores.

Y en tanto me confesaba su crimen, sonreía con torpe mueca de borracho, y pensaba en Yocasta, y la infatuación y la perfidia le retocaban los hermosos rasgos con un pincel perverso. Y yo también sonreía, y bebí un vaso de vino mientras sentía cómo la lengua de la venganza lamía mis heridas, y le dije a Polidoro:

–Los dioses te protegen.

Pero en esa misma noche Creonte sorprendió al hijo de Yocasta en el lecho de Yocasta. Creo que me distraje, somnolienta a causa del vino. Al día siguiente el cadáver de Polidoro apareció al pie de los barrancos, y así la infamia de la reina permaneció oculta. Pero Yocasta anduvo un tiempo con el rostro crispado y en cambio yo guardaba en mis labios la sonrisa de Polidoro mientras me refería la muerte de Layo. Una vez Yocasta, rabiosa, me gritó:

–¿De qué te sonríes, serpiente?


*****

El río del tiempo corrió unos meses más. Yocasta languidecía en su palacio. Creonte gobernaba con mano despótica. Pero nada podía su rigor contra las depredaciones de la Esfinge. Era ésta una mujer crudelísima que capitaneaba una tropa de bandidos. Ella y sus secuaces robaban y asesinaban con tanta temeridad en sus tropelías, con tanta saña en sus delitos que ningún viajero se atrevía a cruzar la Beocia por el lado de Tebas. En vano Creonte prometió que quien librase al país de aquel azote compartiría con él el gobierno de Tebas y obtendría la mano de Yocasta. Nadie se sintió capaz de llevar a buen término tamaña empresa.

Hasta que se supo que un corintio, sin más armas que un bastón y sus fuertes brazos, había matado a la Esfinge y diezmado a su pandilla. El extranjero entró en Tebas entre las bendiciones del pueblo y vino directamente al palacio real a reclamar por la promesa de Creonte.

Apenas lo vi, el corazón me atronó en el pecho. Aquel hombre era el vivo retrato de Philón, mi difunto marido. Era Philón, mi hijo.

Sentado frente a Creonte y a Yocasta, que lo miraban complacidos, echada la clámide a la espalda, el bastón con el que había vencido a la Esfinge apoyado en los muslos estupendos, hermoso y apacible el semblante, dijo llamarse Edipo y ser hijo de Pólibo y Mérope, reyes de Corinto. Como repetidas veces oyera que no había sido engendrado por aquellos a quienes tenía por padres, determinó ir a consultar el oráculo de Apolo en Delfos. Por la crispada boca de la pitonisa el dios le reveló que su estirpe era real, que él mismo sería rey, pero que reinaría donde su madre fuese una sierva. Espantado, no volvió a Corintio sino que emprendió un camino en dirección opuesta, y así había llegado, después de mucho andar, a la tierra de los cadmeos y vencido a la Esfinge.

"Que reinaría donde su madre fuese una sierva". Ya no tuve ninguna duda: Edipo era mi hijo. Y tan grande júbilo me hizo romper en un llanto incontenible. Todos me miraron. Creonte frunció el ceño severo y Yocasta, irritada, mandó que me retirase. Sólo Edipo me sonrió y, cuando pasé a su lado, me dijo con voz afable:

–No olvidaré, sierva, las lágrimas que te arrancó mi triste suerte.

Nada supe responderle. Apenas si supe sonreírle y bendecirlo desde el fondo de mi corazón, que por él se me ahondó como un pozo de agua fresca.

Y Edipo casó con Yocasta y reinó, junto con Creonte, sobre Tebas.


*****

Pocos días después de las nupcias uno de los más antiguos servidores de palacio, un troyano a quien por eso mismo aquí llaman Teucro, vino a decirme, zalamero:

–Oh tú, Hécuba, de raza ilíaca como yo. Tú que ves diariamente a la reina y puedes hablarle cuando te place, pídele que me envíe al campo a pastorear los rebaños. Por los dioses te lo ruego.

Adiviné que algún grave secreto atormentaba al troyano. Y súbitamente supe que la sombra que había creído ver rondando en torno de las cunas de Philón y Polidoro, la noche en que robaron a mi hijo, era la de este Teucro, perro fiel de Layo.

Le prometí complacerlo a condición de que me confiase el motivo de una petición tan poco razonable, pues era extraño que a su edad prefiriese la vida ruda del pastor. En un principio intentó resistirse, pero tan firme me mantuve, tantos juramentos de no divulgar sus palabras proferí, tantas amenazas agregué a tantas promesas, que Teucro terminó por acceder, no sin antes gimotear, y llorar, y retorcerse las manos, y obligarme a renovar mis juramentos de que no lo delataría.

Esto fue lo que me refirió:

–Recordarás, tú que lo amamantaste como a un hijo tuyo, recordarás que, al segundo día de nacido, Polidoro desapareció de su cuna y nadie supo qué fue de él. Pues bien, yo te confiaré lo que ocurrió. Por orden de Layo (jamás me atreví a indagar la razón de un acto tan abominable), por orden de Layo, digo, aquella noche llevé al niño a lo más fragoso del monte Citerón y allí lo abandoné, sus tiernos pies atravesados por un hierro, para que las fieras o la sed y el hambre lo privaran pronto de la luz. Pero la piedad me hizo volver sobre mis pasos, recogí a Polidoro y lo entregué, sin descubrir quién era, a unos pastores corintios, quienes se ofrecieron a cuidarlo y a llevarlo con ellos a Corinto. Y un mancebo, alzando a Polidoro, lo llamó Edipo a causa de que el pobre niño tenía los pies hinchados por los grillos con que yo, no por mi voluntad sino por orden de Layo, se los había atravesado.

–¿Y tú crees –dije, aparentando indiferencia– que nuestro rey Edipo es aquel Polidoro que confiaste a los pastores?

–¿Cómo no creerlo? Todos los detalles coinciden y encajan unos con otros: el nombre, Edipo; el país donde se ha criado, Corinto; la sospecha de que no es hijo de Pólibo. Y hay algo más. Fíjate en sus tobillos. Conservan las cicatrices, empalidecidas por el tiempo, de las heridas que les infligieron los hierros. Es él, es Polidoro. ¡Y ha desposado a su propia madre! Espantosas desgracias se ciernen sobre Tebas. Por eso quiero irme lejos. Vete tú también con cualquier excusa. Pero ¿Por qué te sonríes?

Yo me sonreía porque, sí, Edipo era el niño abandonado en el monte Citerón y llevado a Corinto por los pastores, pero ese niño no era Polidoro, como creía Teucro, sino Philón, mi hijo, y ahora Philón reinaba sobre Tebas la de las siete puertas, y así todos mis muertos triunfaban de la maldecida ralea de Layo.


*****


La sombra de Hades enturbia mis ojos. Un rumor como de caracolas marinas resuena en mi pecho. Veo, a través de la niebla, a Edipo, a Creonte y a Yocasta, los tres con la faz demudada, veo a Teucro, a quien un guardia arrastra hasta los pies de Edipo, y a éste que lo amenaza con un ademán desaforado, y al siervo que llora y balbucea, y a los dos reyes que se agitan convulsos, y a Yocasta que se lleva las manos al rostro, y ahora sí, ahora me parece oír a Edipo, a Edipo que dice con una voz como trueno:

–Yo maté a un anciano en la encrucijada de los caminos de Delfos y Daulia. ¿Y ese anciano era Layo? ¿Y era Layo mi padre? Y desposando a Yocasta ¿he cometido el crimen más nefando?

Quiero hablar pero no puedo. Mi boca es una piedra muda, mi lengua es como una hoja seca desprendida del tallo. Ya no veo a Edipo, a Philón, mi hijo. Ya no oigo su voz. Las sombras se cierran sobre mis ojos. No distingo nada, sino la caracola marina que retumba en mi pecho hasta desgarrarlo.



En Falsificaciones (1966)
Foto s/d: En revista Pájaro de fuego, Sep. 1980





2 feb. 2013

Marco Denevi - La otra República Argentina: Borges

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Marco Denevi


Ahora comprendo por qué Jorge Luis Borges suscitó, en vida, entre los argentinos, un fastidio que se hizo admiración sólo cuando el mundo le expresó la suya. Borges provenía de una República Argentina emancipada de la adolescencia colectiva.

Primero con falso engreimiento, después con falso candor, contradijo uno por uno todos los atributos del país adolescente y les presentó el desafío de una madurez de carácter, de una adultez mental y espiritual tan segura de sí misma que hasta podía ejercitar, sin miedo, la duda metódica y, sin ninguna zozobra, la modestia.

A menudo los adolescentes creen que piensan de su propia cabeza y lo que hacen es ajustarse un pensamiento ajeno que los seduce y los tranquiliza. Alguien sella un conjunto de palabras y en seguida los jóvenes se apropian de esa acuñación verbal sin tomarse el trabajo de someterla a previo examen. Borges hizo siempre lo contrario y propagó así una especie de desasosiego que perturbaba a los jóvenes, incapaces de imitarlo.

Nunca dejó de practicar, a veces en forma gratuita, la refutación de los dogmas, el cuestionamiento de las verdades reveladas, el destrozo de los mitos canónicos, aventuras audaces que si fuesen una frívola iconoclastia atraerían a los adolescentes, pero en él eran una obra de reconstrucción que operaba con la inteligencia y con los conocimientos, y entonces los jóvenes reculaban en la frontera entre la negación y la afirmación y corrían a abrazarse a sus viejos mitos.

Los adolescentes se jactan de su amor por la libertad, pero sólo la piden para el grupo dentro del cual se mimetizan. El junco pensante de Pascal, si es joven, se agavilla en haces de pensamiento unánime. Borges era un junco solitario y orgulloso y se rehusaba al enfardamiento: el adolescente colectivo, pues, lo miraba como a una planta exótica y acaso dañina, como a un intruso en la ecología cultural del país.

Borges hizo más: cometió el pecado de no ser fanfarrón, que para la fanfarronería del adolescente colectivo es sinónimo de debilidad, de cobardía y de sabotaje a la defensa común contra los extraños, la vergonzosa confesión de que los argentinos no son fuertes, no son los mejores, no le dan punto y raya al mundo entero.

Hasta que el mundo entero reconoció, en Borges, a un escritor genial. Entonces el adolescente colectivo dio media vuelta, se apropió de Borges y lo exhibió como una de las riquezas naturales del país a la par de las cataratas del Iguazú, de la cordillera de los Andes o de la avenida 9 de Julio de Buenos Aires, la más ancha del mundo.

No lo leería, pero se lucía con él como con un mérito propio. Lo hacía hablar en todas partes y sobre cualquier tema. Lo paseaba y lo manoseaba al modo de un trofeo que probase las virtudes argentinas.

Cierto, una obra procede tanto de un hombre cuanto de una sociedad. La obra de Borges lleva impresa esa doble marca. Sin embargo, el valor que finalmente se le reconocerá y que la distingue de las demás depende del hombre que la crea. No se puede separar la obra de Borges de Borges hombre.

Quiero decir que la sociedad argentina no ganará mucho si se conforma con la exaltación de la obra de Borges y no averigua por qué esa obra ha podido brotar, así, en medio de los males, de las penurias y de las pamplinas de esa misma sociedad.

Entonces es posible que aprecie la importancia del rigor que la cultura debe imponerse a sí misma. Un rigor obstinado, decía Leonardo. Pero este rigor es siempre una empresa individual. ¡Otra que democratización de la cultura al gusto de la adolescencia colectiva!


En La República de Trapalanda

4 dic. 2012

Marco Denevi - Happy birthday, Miss Maggie!

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Marco Denevi


-Oh really?, gorjeaba Miss Maggie Sills como si se sintiese agradablemente sorprendida y algo azorada.

Es que no quería parecer vanidosa. Pero miles de veces le habían dicho que era igualita a la reina madre de Inglaterra, claro que cuando la reina Mary andaba, como ella ahora, por los cuarenta años y pico.

Las dos tenían la misma estatura, el mismo cuerpo con las pantorrillas un poco combas, la misma cara de galleta marinera, la misma sonrisa maternal y medio sufrida como si les doliesen los pies, la misma imbatible amabilidad aunque se sintiesen disgustadas o muertas de cansancio.

Y hasta el mismo timbre de voz y las mismas modulaciones al hablar (al hablar en inglés, porque es poco probable que la reina Mary también domine el español). Esto se sabía gracias a mister Forbes, el director del Instituto. Si uno le cree, había conocido a la reina madre en Edimburgo, durante una ceremonia oficial, le había estrechado la mano y cruzado algunas palabras, y a la vuelta contó que tuvo la impresión de estar conversando con miss Maggie, por supuesto que con una miss Maggie ya anciana. Escuchándolo a mister Forbes, que parecía un poco emocionado por lo que él mismo decía, miss Maggie se puso muy colorada y parpadeaba a toda velocidad, y cuando él terminó de hablar lo abrazó y lo besó en la mejilla como si mister Forbes le hubiese obsequiado una cosa de mucho valor.

Ella facilitaba la semejanza vistiéndose y peinándose como su regia doble. Las alumnas del Instituto la adoraban, por más que a sus espaldas la llamasen miss Honey y se burlaran de su costumbre de dar clase con el sombrero puesto, un eterno sombrero de castor en forma de budinera, encasquetado hasta los ojos. A cada lado le asomaban el pelo castaño, aplastado en ondas prolijas, y los aros de perlas. No usaba otro maquillaje que un polvo para el cutis, color rosa, y olía a buena lavanda inglesa.

El domingo de agosto en que cumplió cuarenta y seis años se puso su mejor vestido, de lana gris, amplio, largo y con una falda acampanada, un abrigo de lo mismo, aún más largo y más holgado, un collar de perlas de tres vueltas, todos sus anillos y pulseras, un zorro blanco, una especie de sombrero cordobés de fieltro gris, con velito, que le atravesaba la frente en diagonal, se calzó guantes de cabritilla gris y se colgó del brazo una tremenda cartera de cuero negro. En una mano sostenía un ramo de claveles rojos y en la otra una caja de bombones suizos. Cuando salió a la calle y vio que el cielo estaba encapotado, volvió al departamento para recoger el paraguas de seda gris y mango recto, alto y fino de metal plateado con incrustaciones de falsas piedras preciosas que había pertenecido a la difunta mistress Euphemia Gowens Sills, quien también solía usarlo en verano como sombrilla.

Mildred Buchanan le había dicho: "Pay attention, dear. Pedro Lozano y Helguera, justo frente a la estación Villa del Parque". Sí, pero miss Maggie se habría muerto antes que entrar en la horrible estación Retiro del Ferrocarril Pacífico y viajar en uno de esos horribles trenes llenos de gente horrible. Prefirió ir directamente en taxi.

Los domingos por la noche, y no digamos durante el invierno, la calle Reconquista está desierta. Miss Maggie esperó cinco minutos. Después se fue caminando hasta la avenida Córdoba y allí, en una esquina barrida por el viento, bajo nubarrones tormentosos, debió esperar un cuarto de hora. Consultó su reloj: las siete y doce p.m. Cierto, tenía tiempo de sobra, porque los Buchanan la habían citado a las ocho. Pero miss Maggie jamás cometía la menor falta de puntualidad.

Por eso Mildred Buchanan se alarmó cuando miss Maggie no se hizo ver en el restaurante ni a las ocho en punto ni a las ocho y media. A las nueve decidió que le había ocurrido un accidente. Arnold Buchanan, que mientras tanto entretenía el estómago con aceitunas, trozos de queso y una copa de jerez, sugirió que la llamase por teléfono. Mildred, de golpe malhumorada, se puso de pie, fue hasta el mostrador y en ese momento se dio cuenta de que no recordaba el número de teléfono de miss Maggie. Volvió a la mesa, se sentó y dijo:

—No esperemos más. Pidamos la comida.

A las nueve y media llovía a cántaros. Mildred, mientras mordisqueaba con rabia un pedazo de carne, dijo:

—Para mí que le pasó algo. ¿Si avisáramos a la policía?

Arnold Buchanan siguió tragando su roast beef como si tal cosa, y entonces Mildred, para no tomárselas con él, se las tomó con miss Maggie:

—Podría habernos avisado si es que tenía otro compromiso.

Enseguida se arrepintió:

—No, Maggie es incapaz. Seguro que tuvo un accidente.

Arnold llamó al mozo y pidió el postre. Mildred, furiosa, miraba la lluvia a través de la ventana.

A las once paró de llover. A las once y cuarto los Buchanan abandonaron el restaurante, cruzaron la calle y entraron en el chalet estilo inglés al que se habían mudado la semana anterior. Mildred murmuró por lo bajo:

—Nosotros aquí tan tranquilos, y seguro que la pobre está en alguna comisaría o en un hospital.

Arnold Buchanan bostezó.

El lunes por la tarde Mildred Buchanan y miss Maggie Sills tomaron el té en la confitería de Córdoba y Maipú. Mildred se sentía defraudada y ofendida. ¡Ella se había hecho tanta mala sangre! Y ahora resultaba que miss Maggie no había tenido ningún accidente.

—Quiero que me expliques por qué anoche nos dejaste plantados —dijo en un tono seco.

Oh, miss Maggie estaba tan afligida, tan mortificada. Pero qué pasó. Pasó que se perdieron.

Mildred depositó la taza sobre el plato con tanta energía que casi la parte en dos:

—Cómo que se perdieron. Qué significa que se perdieron.

Oh, sí. El taxista era nuevo en el oficio, no conocía las calles Helguera y Pedro Lozano, no sabía dónde quedaba la estación Villa del Parque. ¡Habían dado tantas vueltas!

Mildred hizo un gesto despreciativo:

—¡Y le creíste! Esa es una vieja historia para robar a los pasajeros.

Oh, no. Él no. Un muchacho tan correcto, tan respetuoso. ¡Tan gentil! Cuando vio que ella tenía dificultades para subir al taxi, cargada como andaba, bajó y vino a ayudarla, y hasta le acomodó un pie que se le había quedado enganchado en el borde de la carrocería. Y después, con el taxi siempre detenido en Córdoba y Reconquista, no puso en marcha el reloj, esperó un buen rato a que ella encontrase el papelito donde había anotado las señas del restaurante. No se impacientó para nada. Al contrario. De codos sobre el respaldo del asiento, la miraba sonriente y le decía:

—Busque tranquila, abuela, no se ponga nerviosa que total la noche está en pañales.

A Mildred se le escapó un soplido por la nariz:

—Así que te llamó abuela. Qué grosero.

Oh, no. A ella le había causado gracia. Y después, en la pizzería, cuando se levantó el velito para poder comer, él se disculpó, todo abochornado: "¡Pero usted es joven! Y yo que la llamaba abuela. Otra que abuela" y después se reía, tenía una risa simpática, muy contagiosa: "Es joven y linda, una mina bárbara".

Mildred torció la boca:

—Por casualidad ¿no te encontró parecida a...?

De golpe tuvo un terrible sobresalto:

—¿En la pizzería? ¿Qué pizzería? ¿Fueron a una pizzería?

Bien. Un poco a causa del frío y otro poco a causa de la angustia, ¡ella se sentía tan angustiada!, cuando por quinta o sexta vez pasaron frente a la esquina de la pizzería, una que está en la calle Cuenca (Mildred recordó: "un lugar espantoso"), le pidió que se detuviesen unos minutos porque, oh, qué vergüenza, tenía necesidad de ir, bueno, de ir al tualé. Él dijo: "También yo, abuela, necesito aliviar los riñones".

Estacionó el taxi en una calle transversal, a media cuadra de la pizzería. Entraron juntos en el salón iluminado, tibio, con olor a comida, todo lleno de gente, Cuando ella salió del tualé, diluviaba, tronaba y relampagueaba. Para colmo, con el apuro, había dejado el paraguas dentro del taxi. Pero él ya se había sentado a una mesita en el fondo del salón y desde allá la llamaba agitando el brazo.

Mildred apoyó los codos, entrelazó las manos a la altura del pecho, parecía dispuesta a elevar una plegaria. Pero miraba fijo a miss Maggie sin ninguna expresión reconocible en el duro rostro huesudo:

My dear, empezó a llover a las nueve y media. ¿Hasta esa hora estuvieron dando vueltas?

Oh, sí, miles de vueltas.

You see? Te paseó como a una turista. El viajecito te habrá salido un ojo de la cara.

¡Pero no! Él no quiso cobrarle. Ella había insistido, pero él dijo que era su regalo de cumpleaños, dijo "si no lo acepta me ofende".

Mildred arqueó las dos líneas ocres trazadas con lápiz que le servían de cejas:

—¿Y como supo que era tu cumpleaños?

En la pizzería, después que comieron una pizza (deliciosa, la verdad) y tomaron un vaso de vino tinto, él dijo: 
"Qué buena moza se me ha venido. ¿Adónde va? ¿A alguna fiesta?", y entonces ella le contó que iba a festejar su cumpleaños con unos amigos en el restaurante de Pedro Lozano y Helguera.

—¿Pagó él, al menos.''

Oh, no. Poor boy, ése era el primer viaje que hacía ese día y andaba sin dinero.

Mildred deshizo el moño de las manos, pidió una segunda jarra de agua caliente, tomó una tostada, la untó con dulce de damascos y por fin se decidió a hablar en un tono severo, mientras sostenía la tostada en el aire como si mostrase su documento de identidad:

—Te estuvimos esperando hasta cualquier hora. Arnold estaba preocupadísimo. Y yo no digamos.

Oh, ella también. Por eso le vinieron las ganas de ir al tualé de la pizzería, a pesar de que nunca había entrado en un baño público.

Mildred trituró la tostada entre los dientes aguerridos, se pasó la yema del dedo índice por los labios para quitarse una miga, tragó con una lentitud que parecía amenazadora.

—Maggie, hay algo que no comprendo. ¿Cómo es posible que no hayan encontrado el restaurante?

Lo mismo decía el muchacho, cada vez más desesperado, dando manotazos al volante: "¿Será posible? ¿Será posible que no podamos llegar a la esquina de Pedro Lozano y Helguera? Esto parece una maldición". Y no, no hubo forma.

—Habrán preguntado, supongo.

Oh, sí, miles de veces. Primero el muchacho le preguntó a otro taxista, y el otro taxista se rió y le dijo que habían tomado una dirección equivocada ("Me lo imaginé", suspiró Mildred con los ojos en blanco) y le indicó qué camino debían seguir para llegar a la calle Cuenca, y cuando llegasen a Cuenca que preguntaran de nuevo "porque es un poco complicado", dijo el otro taxista.

Después de media hora ("¿Media hora?", se espantó Mildred, "pero ¿adónde te había llevado, ese canalla? ¿A Mataderos?") se les apareció una avenida muy iluminada con muchos comercios. En una esquina una placa azul decía "Cuenca". "¡Por fin, abuela!", se alegró el muchacho. Empezó a preguntar a todo el mundo que se paseaba por la vereda. Contestaban "no sé", o no contestaban nada y seguían caminando, o les daban unas indicaciones de lo más confusas.

Dos viejos se acercaron solícitos al taxi, pero no se ponían de acuerdo, el muchacho les dijo "muchas gracias, abuelos" y los dejó con la palabra en la boca, y media cuadra más adelante un hombre mal vestido intentó subirse al automóvil: "Yo te guío", le dijo al muchacho, "voy para ese lado", pero el muchacho no le permitió que subiera y el hombre mal vestido lo insultó.

—Es increíble —murmuraba Mildred Buchanan moviendo la cabeza—. Estaban a pocas cuadras del restaurante.

Según miss Maggie, habían atravesado varias veces las vías del tren, en un sentido y en otro, y todas las veces la calle Cuenca les salía al paso, por la ventanilla ella volvía a ver la esquina de la pizzería. Del otro lado de la barrera del tren un joven les dijo que desde allí les resultaría muy difícil llegar a Pedro Lozano y Helguera, con todas las calles de contramano, y que les convenía cruzar de nuevo las vías. Pero para poder cruzar de nuevo las vías, ahora en dirección contraria, el muchacho tuvo que dar un largo rodeo y cuando por fin dio con una barrera abierta perdió la orientación, enfiló por una calle angosta y oscura, paralela a los rieles del Ferrocarril Pacífico, hasta que unos muchachones, a los que él les preguntó por la estación Villa del Parque, se rieron: "Pero no, flaco. Te estás yendo para La Paternal. Volvé por donde viniste, tomá Cuenca, cruzá las vías y a tu derecha está la estación". Él dijo: "Abuela ¿no nos estarán tomando el pelo, estos desgraciados?"

La cuestión es que miss Maggie, la quinta o sexta vez que pasaron delante de la pizzería, sintió unas furiosas ganas de orinar, después entraron en la pizzería, después llovió, tenían hambre, y bueno, así se hicieron las once de la noche y ya no valía la pena seguir buscando el restaurante, los Buchanan se habrían ido a dormir.
Mildred se pasaba la punta de la lengua por la dentadura. Parecía aburrida:

—¿Y de qué hablaron, todo ese tiempo?

Oh, de tantas cosas. El muchacho tenía una conversación muy agradable. Oh, sí, era una persona sumamente educada y cortés. Había que verlo comer con movimientos delicados de los cubiertos. Cuando ella salió del tualé y se acercó a la mesa, él se levantó y le arrimó la silla. Y después, al irse, la ayudó a ponerse el abrigo y el zorro, y en la calle la tomó de un brazo porque la vereda estaba mojada y uno podía resbalar.

Mildred entornó los párpados violáceos:

—¿Habías tomado mucho vino?

Apenas una copa. No habría sido prudente que Mildred supiera lo del champagne. Porque el muchacho, cuando se enteró, a toda costa quiso que festejaran el cumpleaños con una botella de champagne. Fue el momento en que empezaron a tutearse. Después, durante el viaje de vuelta, se comieron todos los bombones suizos, él cantaba “ya no sos mi Margarita, ahora te llaman Margot”, y ella, con el sombrero sobre las rodillas, el zorro medio caído y un pie fuera del zapato, cabeceaba un poco y se reía como en sueños.

Mildred paseó su mirada azul por las otras mesas:

—Dios quiera que ningún conocido te haya visto en ese lugar comiendo en semejante compañía.

Miss Maggie empezó a decir que sentía mucho lo que había ocurrido y que estaba desolada pero Mildred la interrumpió:

—No lo lamentes, dear. Por lo que veo pasaste un cumpleaños muy feliz.

Miss Maggie se mantuvo callada, mientras alisaba el mantel con la palma de la mano. Parecía recordar algo, algo muy placentero. Mildred no sabía qué. Y hasta dio la impresión que iba a seguir contando lo que le había sucedido la noche anterior. Pero sólo ladeó la cabeza y sonrió, y entonces Mildred dijo que ya era hora de levantar campamento.

Por nada del mundo miss Maggie revelaría cómo había culminado su fiesta de cumpleaños. Cuando el taxi se detuvo delante del edificio de la calle Reconquista, ella le tendió una mano: "Gracias, Daniel. Gracias por todo". Él muy serio o muy triste, mirándola de frente, dijo: "Te acompaño hasta la puerta". Descendieron del taxi y miss Maggie, mientras trataba de introducir la llave en la cerradura, susurró: “Adiós, my boy” Él dijo: "¿No me invitarías con un café?". Ella abrió la puerta: "No tengo café. Tengo té, un buen té inglés". "Sí", dijo él, "un té bien caliente".

Entraron en el edificio que, a esas horas, estaba dormido. Oh. tan dormido como los Buchanan, y mister Forbes, y los profesores y las alumnas del Instituto, y la reina madre de Inglaterra, y la mismísima mistress Euphemia Gowens Sills que en paz descanse en su paraíso presbiteriano con la peluca puesta y los anteojos sobre la nariz.


En El amor es un pájaro rebelde

19 abr. 2012

Marco Denevi - La condena

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Falsificaciones


—Aquí estoy. Hasta ayer me invocabais a ciegas, en días indebidos, mediante conjuros destinados a otras categorías de almas. Durante dos sesiones el anillo de oro de uno de vosotros me impidió acercarme. Encendisteis incienso en vez de alcanfor, de ámbar o de sándalo blanco. Hoy es lunes, día dedicado a la luna, a los muertos. La muerte tiene su aposento entre los dos ojos, en la raíz de la (pero nada me está permitido revelar). El dueño del anillo de oro hoy no vino. Un tapiz de seda amarilla bordada con hilos de plata cubre la mesa tripoidea. Por fin comprendisteis que no soy un alma libre o errante sino un alma cautiva. Me invocabais por Elohim, ahora me llamasteis por Hermes Trimegisto. Y aquí estoy, cadáver astral todavía revestido de mis pasiones. Mi cuerpo de carne hace mucho tiempo que se disolvió en el polvo, pero en los espacios siderales todavía deambula este otro cuerpo, larva invisible en la que mi alma yace prisionera, consumiéndose en la luz ódica hasta que la segunda muerte (pero nada me está permitido revelar). Ahora puedo deciros quién fui, quién soy. Soy Juan Calvino, aquel que en Ginebra, el año 1545, condenó a la hoguera a Sigfrido Cadáel porque en un libro afirmaba, falsamente, que es posible evocar los espíritus de los muertos y hacerlos hablar.


En Falsificaciones


8 sept. 2011

Marco Denevi - Confusión de planos

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Desde que alguien le regaló un plano de París, Gayoldo Costume vivió doblado en dos sobre ese mapa hasta aprendérselo de memoria. En tardes de lluvia solíamos quitarle el plano y, después de cerciorarnos, le preguntábamos, un suponer: 

—Gayoldo, la rue Richer. 

Ponía los ojos en blanco, jadeaba: 

—Esperen. La rue Richer. Noveno arrondisemén, Opera. Va del Faubourg Poissoniere al Faubourg Montmartre. Ahí cambia de nombre y se llama rue de Provence. 

Insistíamos: 

—¿La estación del metro que está más cerca? 

—Cadet, en la rue de La Fayette. 

Añadía precisiones increíbles: 

—Caminan una cuadra, larguísima, por la rue Saulnier, y llegan a la rue Richer. Ahí está el Follies Bergere si es lo que andan buscando. 

Todavía no sabíamos que pronunciaba el francés que daba lástima. 

A veces nos encarnizábamos, elegíamos una calle cortita, medio perdida en los bordes del plano. 

—Gayoldo, la rue Forceval. 

Levantaba una mano como pidiendo tregua, se ponía bizco: 

—Forceval. Forceval. Arrondisemén diecinueve, La Villete. Va de la rue du Chemin de Per hasta la rue Pasteur. 

Lo abrazábamos. Él se emocionaba, pobre Gayoldo. 

Una vez Balbueno Iridial, misteriosamente enterado, le preguntó: 

—Decime, ¿qué héroe argentino alquiló una casa en la rue de Provence por 1830? 

Le vimos la mortificación pintada en el rostro: 

—Perdonen, muchachos, pero tanto como eso no sé. Yo sé lo que figura en el plano y nada más. 

A Balbueno le prohibimos que se viniese con esas agachadas. 

Ninín Gabastú, que vivió dos años en París haciendo nunca dijo qué, nos murmuró: 

—Qué quieren jugarle a que ese infeliz no conoce una rue. 

Y después, a él: 

—Una curiosidad. Costume. ¿Dónde queda la rue du Soleil? 

Lo miramos con angustia. Pero Gayoldo, sin ninguna dificultad, al contrario, lo más sonriente, le contestó: 

—Es una cortadita que está en Menilmontant. Nace en la rue de Bellevile y no tiene salida. Un cul de sac, si me permiten. 

Nosotros lo felicitamos efusivamente, pero Ninín, mirándose la punta de la napia, se mandó una sonrisa de hiel: 

—Es increíble. En París ni los policías supieron orientarme y tuve que tomar un taxi. Pero el chofer tampoco sabía. Dimos tantas vueltas que el viajecito me salió un platal. De haberme acompañado usted, Costume, me habría ahorrado mis buenos francos. 

Pero apenas Gayoldo se fue, Ninín descargó la bilis. 

—Ese cretino terminará mal. Porque miren que saber dónde está la rue du Soleil sin haber estado nunca en París, qué locura. Encima pronuncia el francés que da risa. 

Entonces creímos que la ponzoña revuelta la hacía hablar así. Pero tenía razón: Gayoldo terminó mal. 

Una vez el Negro Meléndez estaba empeñado en ir a Plaza Italia y a la calle Serrano para comprarse un revólver en una armería que había visto por esos lares. Gayoldo le previno que en La Place d’Italie no había ninguna rue Serrano, y nosotros nos miramos con alguna alarma. 

Otra vez me aconsejó que para llegar más rápido a la calle Montevideo (dijo rue Montevideo) me bajara en la estación Dauphine, caminara tres cuadras por el boulevar Flandrin y doblara a la izquierda por la rue de Longchamps. Disimulé mi congoja. 

Una noche nos confió que lo esperaba una rubia en una esquina de Forest, cerca del cementerio. Qué íbamos a sospechar, si en efecto la avenida Forest queda por Chacarita. Nunca más lo volvimos a ver. Consultamos el plano de París y descubrimos que por los alrededores del cementerio de Montmartre hay una rue Forest. Quién sabe las horas que se pasó Gayoldo esperando a la rubia. Y lo peor sin saber una palabra de francés. Vagará por París sin atinar con el café donde sus amigos seguimos recordándolo


En El amor es un pájaro rebelde


31 may. 2011

Marco Denevi - Una vida rutinaria

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Prisionero de Inglaterra, Napoleón Bonaparte llegó a la isla de Santa Elena el 15 de octubre de 1816. El médico de abordo le diagnosticó cáncer de píloro, pronosticó que no viviría mucho tiempo.

El gobernador de la isla, sir Hudson Lowe, profesaba a Napoleón un frío aborrecimiento británico. Dispuesto a hacerle pagar caros sus quince años de gloria, razonó así: "Este hombre morirá a corto plazo. Su reclusión en Santa Elena será breve y, aún en mi compañía, no le hará pagar todas sus culpas. No tengo otro recurso que alargar artificialmente la duración de su cautiverio".

Fraguó, pues, un plan. En las habitaciones de Napoleón todos los días eran el mismo día. Los relojes no funcionaban. Los almanaques mostraban una única hoja y la hoja decía: 15 de octubre de 1816, miércoles. Desayunos, almuerzos y cenas no variaban. No variaban las palabras, las pausas, los tonos de voz, los fingidos titubeos, las miradas, los ademanes, las vestimentas y los movimientos de quienes a diario atendían al emperador caído.

Napoleón daba todas las tardes un paseo por las galerías interiores de la fortaleza (había que evitar que las alteraciones del clima lo echasen todo a perder) y en esos paseos encontraba siempre la misma temperatura y la misma luz, veía las mismas caras, oía las mismas voces y recibía los mismos saludos. Por la noche escribía sus memorias. Que escribiese todo lo que quisiera: al día siguiente los papeles estaban en blanco y debía recomenzarlo todo. O que leyese: en la biblioteca había un solo libro multiplicado en cientos de ejemplares iguales.

Todas las mañanas lo visitaba el médico. Los mismos golpecitos en el vientre, la misma recomendación involuntariamente irónica (dieta, reposo, la lectura de la Biblia), la misma hipócrita reverencia. Después lo visitaba sir Hudson. Todas las veces le preguntaba: "¿Alguna queja que formularme?", cualquiera que fuese la contestación añadía: "Lo tendré en cuenta" y se iba sonándose la nariz anabaptista en el mismo pañuelo de hilo irlandés.

Esta farsa se repitió durante meses. Sobreviva un día o un año, reflexionaba Lowe, su castigo le parecerá eterno. Pero transcurrieron años y Napoleón no se moría. El médico le informaba al gobernador: "Es increíble, se mantiene en el mismo estado de salud". Lowe gruñía: "Tanto mejor". Pero la rutina los volvía locos a todos. Estaban hartos de comportarse como figuras mecánicas. Hubo protestas, algunos pujos de rebelión. Sir Hudson no cedió. Combinando arengas patrióticas y terribles amenazas consiguió imponerse a sus subordinados. Éstos aguantaron cinco años.

Pero el 5 de mayo de 1821 fue sir Hudson Lowe quien perdió la paciencia. Irrumpió en las habitaciones de Napoleón y empezó a gritar y a maldecir. Inmediatamente el prisionero murió de cáncer de píloro.

En este episodio histórico se inspiraron Edgar Allan Poe para su Mr. Valdemar y Adolfo Bioy Casares para una narración, injustamente tildada de original, que se titula El perjurio de la nieve.


En Falsificaciones


23 feb. 2011

Marco Denevi - El refugio de la Historia bombardeado por las pasiones

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Para el probabilismo de la adolescencia, para ese haber dejado de ser lo que se fue y no ser todavía lo que se será, la Historia podría oficiar de asilo: a lo menos en ella alguna probabilidad ya se dio.

Pero la mayoría de los historiadores argentinos, con las consabidas excepciones de siempre, no desbrozan la historia sino que se sirven del pasado como de un cómplice para sus odios y sus amores presentes.

Fruto de ese manejo apasionado, la Historia de los historiadores no está poblada por hombres sino por santos y por demonios, que intercambian sus papeles según quién sea el historiador que hurga en los archivos.

La República Argentina del séptimo lugar en el ranking no se salva del linchamiento póstumo. He leído dos estudios sobre esa época. Sus perspectivas antagónicas ven, la una, sólo los palacetes: la otra, sólo los conventillos. El egocentrismo de la adolescencia no sabe mirar lejos.

En el mundo de entonces, por ejemplo la Inglaterra victoriana y eduardiana conservaba intactos, por debajo de sus oropeles imperiales, los sórdidos submundos que describe Dickens, combinaba los salones por donde se paseaba el dandy Oscar Wilde y la cárcel de Reading en la que encerraba a niños de ocho y nueve años. La Francia de la Exposición Universal y del barón Haussmann mantenía, como revés del tapiz, a la Francia de Los Miserables y de La Taberna. Y los Estados Unidos, jóvenes adalides de la ley, de la libertad y de la igualdad democrática, usaban la pistola como arma económica, eran el ergástulo de los negros y, después de escrita La cabaña del Tío Tom, se aprestaban a escribir Viñas de ira.

Esa realidad dual es inaceptable para la adolescencia, que siempre quiere ver confirmados sus ideales absolutos e intransigentes, de modo que una de dos: o se niega a mirar las realidades que se los contradicen, o le basta que una sola hoja de la cebolla de la realidad se los contradiga para que toda la cebolla le parezca podrida.

En La República de Trapalanda


18 nov. 2010

Marco Denevi - Sentencias del juez de los infiernos

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I

      Contaba el maestro Lu–Chang: Delante de Yen Wanzi, juez de los infiernos, compareció el alma de Shou, heraldo de Tso–Kuan–tou, señor de Loyang. El juez le dijo:

    –En lugar de llevar un mensaje a la ciudad de Changan lo llevaste a la ciudad de Shensi, y ese error significó la muerte de miles de soldados.

    –El camino hasta Changan es largo –se defendió Shou–, me venció el cansancio y fue así como equivoqué el destino del mensaje.

    –Otro día entregaste, en una casa donde se celebraba una boda, una carta orlada de luto, y las bodas debieron ser deshechas.

    –Tenía mucho sueño –se defendió el heraldo– y por eso equivoqué los destinatarios.

    –Otra vez llevaste antes de tiempo una sentencia de muerte, y hubo que condenar a toda prisa a un inocente. 

    –Estaba tan hambriento –se defendió Shou– que confundí las fechas.

    El juez Yen Wanzi perdonó el alma de Shou y la destinó a la Torre de las Delicias. Años más tarde compareció el alma de Tso–Kuan––tou, señor de Loyang y amo de Shou. Sin  someterla a ningún interrogatorio, el juez Yen Wanzi la envió a la Torre de los Tormentos.

    –¿Qué juez es éste? –Protestó airadamente el alma de Tso–Kuang–tou–. A Shou, mi heraldo, lo absolviste ¿Y a mí me condenas?

    –Tu deber fue hablar por tu propia boca, y no a través de un heraldo fatigado, hambriento y loco de sueño.

II

    Contaba el maestro Lu–Chang: Delante de Yen Wanzi, juez de los muertos, comparecieron el alma de una cortesana y el alma de una mujer que se creía virtuosa.

    Yen Wanzi pronunció su fallo:

    –Tú –le dijo al alma de la cortesana– vete a la Torre de las Delicias. Y tú –le dijo al alma de la mujer que se creía virtuosa– irás a la Torre de los Tormentos.

    –Esto sí que está bueno –se encolerizó el alma de la mujer virtuosa–. ¿Qué clase de juez eres? ¿A una ramera, que se pasó la vida vendiendo su cuerpo, la destinas a la Torre de las Delicias? ¿Y a mí, que nunca cometí pecado, me envías a la Torre de los Tormentos?

    –Con tu lengua de víbora –le replicó el juez Yen Wanzi– sembraste la discordia en tu familia. Por tu culpa se anularon matrimonios, fenecieron amistades, gente que se amaba se detestó. A causa de tus chismes muchos hombres se vieron obligados a rasurarse la cabeza y a hacerse bonzos. Más te hubiera valido ser como esta cortesana, que jamás ocasionó mal a nadie. En la Torre de los Tormentos aprenderás que es preferible hacer el bien que evitar el pecado.


En Falsificaciones



23 oct. 2010

Marco Denevi - La historia, madrina del adolescente colectivo

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La primera obligación que me impuse fue la de averiguar por qué la sociedad argentina había podido conservar un fuerte componente adolescente a través de quinientos años de historia.

Alguien me ahorró el trabajo de consultar libros. Se trata de un argentino cuyo nombre y cuya profesión no revelaré. "Cite mis palabras, si quiere", me dijo, "pero no descubra quién soy ni a qué me dedico. Llámeme el Idiotés".

"Es un apodo que en sus orígenes no fue sinónimo del moderno idiota. Los griegos de la época clásica llamaron idiotés al hombre que tiene en su cabeza una melodía mental distinta de la que suena en la cabeza de los demás".

"Dejándose llevar por su propia música mental, el idiotés labra su camino al margen del camino trazado por los pies de la multitud borrega. Pues bien: entre los argentinos yo soy ese idiotés".

Si su pensamiento era tan singular como su facha, aquel hombre no mentía. Pronto comprobé que, en efecto, merecía el antiguo mote griego que él mismo se daba con orgullo y que en adelante también yo le daré como un homenaje a su independencia de juicio.

Erudito en varias disciplinas, me proporcionó los datos que ahora me permiten esbozar una tesis sobre el origen y la posterior prolongación de la adolescencia colectiva argentina.

Lo que los argentinos consideran su historia comienza en el siglo XVI con la llegada de los descubridores, conquistadores y colonos españoles. Encontraron un país prácticamente intacto desde el día en que lo creó un Dios afecto al gigantismo.

Eran hombres de ciudad y no estaban dispuestos a soltarse de la mano de la civilización urbana que traían consigo. Salvo un puñado que siguió el consejo del personaje de Huxley, se negaron a reconciliarse con esa realidad abrumadora y prefirieron pactar no con el fastidioso presente sino con un futuro hipotético.

Mientras tanto se refugiaron en ciudades precarias, levantadas como defensas contra la naturaleza, y ahí adentro trataron de prolongar el tipo de sociedad en el que habían nacido y se habían criado.

Sociedad de blancos, de europeos, de españoles y pronto también de criollos, con ínfimas dosis de mestizaje, por más que pretendiese mantener los rasgos expatriados de España no pudo sustraerse a los tropismos del medio ambiente.

Se agregaba otro factor de transformación: el mero distanciamiento geográfico respecto del Poder político, la Monarquía, reducida poco a poco a una abstracción, a una ficción jurídica. En casos así, en que el Poderse desencarna, aparecen nuevas encarnaciones a menudo al margen de la legislación escrita.

La sociedad colonial recuperaba una libertad de movimientos, una autonomía de desarrollo y hasta una indisciplina social que introducían en su estructura elementos revulsivos análogos a la aparición de la sexualidad genésica en el púber.

La memoria colectiva se aligeraba de recuerdos, los conocimientos volvían a la escuela, las costumbres recobraban la espontaneidad a costa de la educación. Había como una reviviscencia del candor y de los miedos. Los nuevos poderes encarnados imprimían sus nuevos sellos. El arte cambiaba de temas.

En el siglo XVIII la sociedad colonial se ha apartado de una identificación con la sociedad española pero todavía es imposible no asociarla con España. Ese tránsito entre una identidad anterior que se va perdiendo y una nueva identidad en cierne, aún no fraguada (en el sentido que la albañilería le da al verbo fraguar) es típico de la adolescencia y permite el símil entre el adolescente individual y el adolescente colectivo que trasveo en la sociedad argentina.

Una coyuntura histórica -la caída de la monarquía española bajo el vendaval napoleónico- incita a los argentinos a la revolución emancipadora, pero los sorprende en el pleno verdor de su juventud social. Su revolución es un gesto de rebeldía dentro de la misma familia y por eso adquiere tanta virulencia. Es el levantamiento de los hijos contra los padres, de los jóvenes contra los adultos y los viejos. De ahí aquel deseo rabioso de borrar las señales del parentesco con los progenitores (como si eso fuese posible) y de sustituirlas por las señales de una flamante y voluntaria consanguinidad con los maestros: Inglaterra, Francia, después los Estados Unidos.

Pero la historia que ha vivido el pueblo argentino desde entonces hasta ahora en su gigantesco y remoto país es una historia autista que no entramó ni compartió con extraños. Hecha de conflictos domésticos, de rencillas de entre casa, de peleas de vecinos y, durante las treguas, de comadreos de salón y de chismes aldeanos, la historia argentina es un diario íntimo donde un joven anota episodios de su vida que la Historia no registra en sus libros más que bajo la forma de un escueto resumen.

Comparo la historia argentina con la de mi país. La de mi País la supera no sólo por siglos, también por el género de experiencias. Digo que la supera, no que valga más, porque muchas de nuestras experiencias han sido innobles y buena parte de nuestro pasado es un repertorio de crímenes.

Pero nos hemos golpeado contra el mundo, y ahora tenemos la piel coriácea. Hemos asistido al espectáculo de rotación de todas las glorias y de todas las miserias. Hemos conocido las formas más terribles del Mal, las más sublimes del Bien. Debimos confrontar nuestra identidad con la identidad de otros muchos pueblos, y salvarla, endureciéndola, de la disolución. Y todos los matices de la ajenidad, de la alteridad nos fueron revelados para que así descubriésemos nuestra propiedad.

Ahora somos duros y maduros. Hemos aprendido en carne propia el níhil novum y ya nada nos sorprende con un nuevo sabor que alguna vez no hayamos paladeado o que no nos haya provocado náuseas. Nuestro estómago se ha vuelto resistente, tanto como nuestra sensibilidad. Nadie nos engaña más de veinticuatro horas, porque nadie nos enamora más de veinticuatro horas. Somos realistas. Somos astutos y pragmáticos. Podemos ser implacables.

A los argentinos les ha faltado el roce con el mundo. Todavía su epidermis es fina, delicada, sin callos. No han aprendido a comprender sino lo que se les asemeja y sienten aprensión por todo lo que se les diferencia. Creen que si algo bueno les ocurre, a nadie le había ocurrido antes y el mundo debiera festejarlo. O que si algo malo les sucede, es una primicia humillante que deben ocultar como Adán y Eva ocultaron sus vergüenzas originales.

Como todos los jóvenes, no se sienten responsables de cómo está hecho el mundo: eh, al mundo lo hicieron los adultos. Pero pretenden que el mundo los trate con benevolencia, les perdone las faltas y los ayude en sus dificultades. El embrollo de la deuda externa es, en ese sentido, revelador: se endeudaron hasta los ojos, cayendo en la tentación que les tendían los banqueros; después derrocharon el dinero de los préstamos; ahora se indignan porque se les exige que lo devuelvan, encima con sus intereses. ¿Qué idea tienen de la Banca? ¿Creían que les había hecho un regalo, que les había concedido una beca?

Un poeta popular, Enrique Santos Discépolo, lo entendió. Dijo que la República Argentina es un país -que debe "salir de gira". La historia de los argentinos ha sido una excursión por sus propios dominios. Y lo que suponen aperturas hacia el exterior no pasan de imitaciones serviles, de simulacros corticales, un disfraz que se pone y se quita mientras por debajo la carne conserva su delicadeza y el espíritu su inocencia.

Pero la historia fue benigna con los argentinos, mucho más de lo que ellos suponen para darse aires. Les ahorró padecimientos, crueldades, pruebas de fuego. Al lado de las nuestras, sus desgracias parecen juegos de niños, son ojos en compota y moretones, no las terribles heridas que los europeos nos hemos inferido a lo largo de los siglos. Aun si se la parangona con la de otros pueblos americanos, la historia argentina es un cuento de hadas. Quien lo dude, que lea El urogallo, de Francisco Herrera Luque. Reconozco que hubo un período cruel, pero fue breve: el de la lucha entre los dos terrorismos durante la década de los setentas. Pero ese horror no puede competir ni de lejos con nuestras diabólicas masacres.

N.B.: De golpe recordé que Platón les negaba a los célibes el acceso al gobierno de la república porque, según él, la soltería es un estado incompatible con la madurez. Hay en los argentinos una especie de celibato histórico que los conserva jóvenes y, por lo tanto, incapaces de pilotear el Estado.

En La República de Trapalanda


8 oct. 2010

Marco Denevi - Gaspar de la noche

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Cuando entró en la salita y vio al chico sufrió una desilusión. Se 1o había imaginado rubio, hermoso, un Pierino Gamba de doce años, pero rubio. En cambio era un niño raquítico, con una nariz de hombre, la boca trompuda y el pelo aindiado. Un niño feo, desagradable, que parecía un adulto encogido. Usaba traje de pantalón largo, camisa y corbata, una ropa 1impia, nueva y humilde. Ya le crecía el bozo, y las patillas, cortadas desprolijamente, se prolongaban en un tenue vello sobre las débiles mandíbulas.

El chico miró desde el sillón, pero no se levantó.

-Así que vos sos el joven pianista que ayer me habló por teléfono.

-Si, señor. Muchas gracias por recibirme.

Tenía la voz aguda y melodiosa (la voz que a él lo había engañado) pero sin matices, como si repitiera una fórmula que le acababan de enseñar. La nuez le subía y le bajaba por e1 tierno cogotito, 1e daba la apariencia de un pollo desplumado que bebe agua.
Koszwinski se volvió hacia el padre:

-Señor Paternó, tome asiento.

El chico no le quitaba los ojos de encima. Unos ojos cautelosos, tranquilos, alertados, precozmente sabios. No había temor ni admiración en esa mirada. “Como si lo hubiesen instruído: no dejés de mirarlo", pensó Koszwinski.

-No sabe cuánto le agradecemos, maestro. Mi hijo tenía tantas ganas de que usted lo oyera. .. Es muy inteligente, ya va a ver. Y muy adelantado para su edad.

El Padre era regordete, sanguíneo y velludo. A Koszwinski le hizo recordar a un organillero napolitano. ¿Qué tenía que ver ese músico ambulante de la Italia meridional con el chico de pelambre de indio? Quería mostrarse educado y desenvuelto, pero estaba tan nervioso que se movía sobre la silla, jadeaba y se reía sin motivo. Y en lugar de dirigirse a Koszwinski, le dedicaba al niño sus ademanes, sus risitas, una mirada de preocupación. "Es el empresario del hijo", pensó Koszwinski.

-Pero si lo hago con todo gusto. Por otra parte es mi deber. Quiero decir, estimular a los jóvenes.

Le parecía oír a Elsa: "Lo que quieren es usarte, todos ésos. Yo que vos no lo recibiría. Seguro que recién anda por el Hannon y ya pretenderá que lo hagas tocar en el Carnegie Hall”.

El chico seguía escrutándolo, seguía estudiándolo con aquellos ojos de viejo que examina a un postulante y no se deja engañar por las apariencias. “Qué curioso, como si el postulante fuese yo." De golpe a Koszwinski se le ocurrió que el chico era un enano.
El padre, a su vez, no apartaba su mirada del niño. Una mirada pensativa y ligeramente estupefacta, como si el niño le resultase un enigma que no sabía descifrar y que en cualquier momento le revelaría alguna solución atroz o maravillosa. Y que hablase mirando siempre a su hijo lo convertía en una especie de domador que vigila los movimientos de un animal mañero.

-La idea fue de él. Voy a llamar al maestro Koszwinski y le voy a pedir que me Oiga tocar el Piano.

Yo le dije: pero Pinuccio, el maestro Koszwinski es una persona muy importante, muy ocupada. No tendrá tiempo que perder con vos, que todavía sos un principiante.

"Hipócrita. Seguro que el lo obligó."

Pero hubo que dejarlo hacer su voluntad. Porque si no es capaz de enfermarse. Es un chico muy delicado, muy sensible.

El niño, sin moverse, sin desviar la vista, dijo:

-Callate, papá.

El hombre se contorsionó, lanzó un resoplido por la nariz, contempló a su hijo con una expresión que combinaba tímidos reproches, pedidos de disculpa, dolor, cólera y vergüenza.

"Se creerá un genio. También los padres lo creerán. Y este monstruo los tendrá al trote." Lo detestaba, así, al minuto de conocerlo.

-¿Con quién estudiás?

Le había salido una voz áspera, como si lo interrogase sobre alguna travesura. Se sentía de mal humor. Se odia a sí mismo como siempre que se veía envuelto en los planes de los demás.

El chico, hundido en el sillón, mantuvo aquella gravedad, aquella horrible serenidad. "El desparpajo de un mocoso acostumbrado a que lo exhiban como a una imagen milagrosa."

-Antes estudiaba con la profesora Galli Nardelli.

Elsa tenía razón. No debía haberlo recibido. Tendría que oír La plegaria de una virgen. Con un poco de suerte oiría Para Elisa o la Marcha Turca. En el peor de los casos asistiría al descuartizamiento de alguna polonesa de Chopin.

-¿Antes? ¿Por qué antes? ¿Y ahora?

-Ahora estudio solo.

-¿A tu edad? ¿No te Parece que sos demasiado joven para estudiar solo?

Ya no disimulaba su fastidio.Quería hacerle bajar la vista a ese insolente.

El padre interpuso un brazo conciliador:

-No,perdone, maestro. Fue la propia profesora la que nos dijo que ella ya no podía enseñarle nada. Que se buscase otro.

¿Qué estaban insinuándole?

-Yo no doy lecciones, señor Paternó.

El hombre sacudió enérgicamente las manos como para que se le desprendieran de los brazos, gimió con vehemencia:

-No, no, maestro. Ha entendido mal. Nosotros no pretendemos... Lo que nosotros queremos es que usted lo oiga tocar y después diga si vale o no vale la pena que siga estudiando, que hagamos el sacrificio. Somos pobres. Pero si usted dice que vale la pena, no importan los sacrificios.

No le bastaba inclinarse sobre él, gesticular como un vendedor callejero, haber usado aquel tono gemebundo. Empujo, además, la silla hacia adelante (y a la alfombra se le hizo una joroba), pero sus dedos seguían apuntando al chico, siempre al chico, como a una mercadería de contrabando de cuya calidad el cliente dudaba.

"Si entra Elsa, lo primero que verá es el pliegue de la alfombra. Y después va a rezongarme: No sé cómo recibís a esa gentuza". Pero Elsa, últimamente, lo dejaba solo con las visitas indeseables.
`
-Si usted cree que Pinuccio tiene condiciones, santa palabra, maestro. No se habla más. Me empeño todo para que llegue a ser un gran pianista.

-Un gran pianista como usted -terció el chico, con esa especie de vigor desafiante.

"No voy a permitir que me extorsionen."

-¿Cuánto hace que estudiás?

-Siete años.

-¿Y estudiás porque te gusta o porque te obligaron?

E1 Padre volvió a contorsionarse sobre la silla, pero habló. Miraba al chico, como esperando que éste no se equivocara en la contestación.

-Porque me gusta.

Y El Padre suspiró, aliviado.

-¿Cuáles son tus autores preferidos?

Durante un minuto el niño, sin dejar de escrutarlo, permaneció en silencio. Koszwinski le sostuvo esa terquedad, ese denodado sosiego de los ojos. Entre tanto el padre hacía bailar una pierna, vigilaba a su hijo con aquella preocupación de domador que estrena un animal rebelde.

Al fin el chico dijo:

-No tengo autores preferidos. Hay obras que prefiero tocar y obras que prefiero no tocar.
La sensatez de la respuesta lo irritó. "Es antipático. Antipático y pedante. Aunque toque como Horowitz, lo voy a desahuciar. Lo odio."

-Está bien. Nombrame las obras que preferís tocar.

-Son muchas.

Y, por primera vez, se sonrió. La sonrisa —dulce, nostálgica, indulgente- de un enfermo incurable al que le preguntan por su salud, lo había embellecido.

Esa contestación, esa sonrisa, esa repentina belleza (hasta entonces oculta, adrede, como un truco) exasperaron a Koszwinski.

-Nombrame una.

Nuevamente el chico se quedó callado. Se oía el golpeteo de la pierna del padre contra la madera de la silla.

"Quiere impresionarme. Está buscando un título para impresionarme. Cree que me va a impresionar con la Danza del fuego o la Rapsodia húngara.

-Gaspar de la noche.

Los ojos de Koszwinski, como un aparato explorador, como un instrumento de astronomía se desplazaron del niño al hombre, del hombre al niño, repetidamente, en un vaivén cargado de tensión y de secretas amenazas. El chico, sin embargo, no se movió, ni siquiera parpadeo. Parecía esperar confiadamente, o resignadamente, el veredicto del maestro. Pero el padre resollaba, contraía todos los rasgos como si hiciese un esfuerzo para oír, se rascaba las manos.

"Sabe que es mi caballito de batalla. Debe de haber leído mi articulo en Ars. Y ahora tiene el coraje. .. ¿Y si fuese de veras un genio? ¿Si fuese un nuevo Mozart?" No se avergonzó de desear que no lo fuera. Se sentía cruel y envidioso.

—Andá al piano y tocá Gaspar de la Noche —le ordenó en un tono duro, como imponiéndole un castigo.

En un primer momento no entendió qué sucedía: el chico no se levantaba del sillón, el padre se ponía de pie, se doblaba sobre su hijo, el hijo le echaba los brazos al cuello. Cuando vio que el padre alzaba al niño y lo llevaba hasta el piano, lo sentaba en la butaca, le colocaba los pies sobre los pedales, entonces comprendió.

"Esa estúpida de sirvienta por qué no me aviso. ¿Y ahora? Aunque toque desastrosamente, ¿cómo le voy a decir la verdad? Pero tampoco tengo derecho a engañar a ese pobre hombre que habla de sacrificios. Elsa tenía razón. Elsa siempre tiene razón. Soy un débil. Yo mismo me las busco."

Apenas el padre lo dejó solo frente al piano (apenas el padre retrocedió y se ubicó lejos, en un rincón, como para no arruinar con se presencia la gloria del hijo), el chiqulín volvió a mirar a Koszwinski.

"Quiere saber qué impresión me causó su desgracia. Especula con la parálisis como 1o haría una mujer con un lindo cuerpo. Pero no voy a dejarme extorsionar. Dios, ojalá que toque medianamente bien. No digo la técnica, pero me conformo con..." ¿Con qué se conformaría, tratándose de Gaspard de la Nuit?

-Pinuccio.

-Sí, maestro.

-¿No será mejor que empieces con algo menos difícil?

-Pero si no es difícil.

-Digo, para calentarte los dedos.

-No hace falta.

-Hasta a mí me costaría empezar con Gaspar de la Noche.

—A mí no, maestro. A mi no me cuesta.

-¿La estudiaste con la profesora?

-No, solo.

-¿Y por qué te gusta tanto?

-Porque es la obra en la que culmina el pianismo de la era tonal.

Dios, Dios. Repetía una de las frases del artículo. Probablemente la repetía como un loro, sin saber qué significaba. Se la devolvía así, con inocente (o con cínica) audacia, como un reto.

-No, Pinuccio. Olvidate de Gaspar de la Noche. Todavía no es una obra para vos.

"¿Y si fuese un genio?"

El chico, erguido en la butaca, apoyó una mano en el teclado (y le arrancó un grito de protesta), hizo girar violentamente el cuerpo, miró al padre. Los ojos le brillaban, estaba pálido.

-¡Déjelo, maestro! ¡Déjelo a él! —implor6 el hombre con las manos juntas—. Porque si no se enferma, le agarra Ia fiebre.

Koszwinski apoyó la cabeza en el respaldo del sillón, clavó los ojos en el cielo raso.

-Está bien. Tocá Gaspar de la Noche.

Ya no tendría escrúpulos. El arte tolera la vanidad pero no tolera el fraude ni la conmiseración. Y después de todo era preferible Gaspard de la Nuit. Una prueba de fuego, rápida y definitiva, por sí o por no.

Cuando sonaron las primeras notas de Ondina, ese profundo, verdoso, espejado gorgoteo del agua, Koszwinski entornó los párpados hasta que la habitación, entre las pestañas, cobró una luz de acuario. Después los cerró. Durante los veinte minutos que duró la ejecución de la obra no volvió a abrirlos. Se aferraba a los brazos del sillón como si el sillón hubiese tomado altura y lo transportase por el aire. Respiraba con dificultad, ruidosamente. Sentía sobre su rostro un extraño calor. Adivinó que el hombre no le quitaba la vista de encima. Tenía miedo. Miedo de no poder aguantar. De levantarse y bajar la tapa del Steinway sobre aquellas manos, cortarlas como cabezas de víboras. Miedo de que la música hubiese quedado destrozada para siempre. El patíbulo no terminaba nunca, En Scarbo lo asaltaron unos furiosos deseos de reír. De golpe le parecía que todo era una broma. Ahora le veía el lado cómico a la escena. En seguida lo invadió una ira vesánica.

"Soy un débil, un estúpido. No debí permitirlo." La Plegaria de una virgen habría sido un acto de candor humilde. Pero Gaspard de la Nuit, esa siniestra parodia de Gaspard de la Nuit era un sacrilegio, una injuria no contra la música sino contra él. Como si lo obligasen a tocar, en un cafetín, para un público de borrachos y de prostitutas. Y él lo había consentido. “La culpa es mía. Soy un débil.Elsa tiene razón."

Cuando se hizo otra vez silencio, Koszwinski mantuvo los ojos cerrados. Entonces oyó la voz de Elsa. De modo que su mujer estaba ahí. La mucama, le habría dicho: -Pobre es paralítico de las piernas. Después habría oído el desastre. Y ahora había venido con la cara de cómplice que ponía en presencia de los enfermos y los baldados. Se haría la piadosa, la magnánima, Se pasaría al otro extremo, empezaría a distribuir elogios idiotas como quien reparte gratuitamente comida, hasta simularía una vulgaridad y una falta de discreción que ella creía obligaciones suyas con las personas desdichadas. Pero él sabía. Sabía que toda esa comedia tenía un único fin: hacerlo bajar a él de las nubes.

-¿Usted es el padre?

-Si, señora.

-Lo felicito. Atreverse con una obra que Carl dice que es dificilísima, la mas difícil de todo e1 repertorio para piano. Más que Islamey.

-A mi hijo le gusta con locura.

-A mi marido también.

-Se pasó tres meses, día y noche, dale que dale con el piano, hasta aprenderla. Yo 1e decía: Pero Pinuccio, vas a enfermarte. Pero él no me hacía caso. Tres meses sin parar, tocando todas esas notas, porque usted vio, hay notas para regalar. Mi señora ya tenía 1a cabeza así. Imagínese, todo e1 santo día, dale que dale. Pero al fin la aprendió.

-Es asombroso. Lo felicito.

-Claro que todavía no la toca del todo bien.

-Pero para su edad. .. Una pregunta. ¿Puede apretar los pedales?

-No, señora. Los pedales no.

-Me parecía. Bueno, no tiene importancia. E1 piano se toca con las manos, no con los pies.

-Sí, pero la profesora que antes tenía Pinuccio, la Galli Nardelli, no sé si la oyó nombrar...

—Una gran profesora.

-Una gran profesora, es cierto. Bueno, nos aconsejó... Para que si el día de mañana se cura... o puede aguantar los aparatos...

-...Se vaya acostumbrando. Y así es. Mi marido dice que el uso del pedal es una cosa casi mecánica en los pianistas. No, si se ve que su hijo llegará lejos. ¿Lo piensa mandar al Conservatorio?

-No, señora, A ningún conservatorio. Es un chico muy delicado, muy sensible. Cada vez que sale de casa vuelve con un poco de temperatura, con eso le digo todo.

-¿Y entonces?

-Algún profesor particular. Pero que sea bueno, famoso. Que lo prepare para dar conciertos, para ganarse la vida. Porque somos pobres. Y la Nardelli, pobrecita, ella misma lo confesó, ya no tenia nada que enseñarle. Por eso vinimos aquí. Para que el maestro, si cree que Pinuccio tiene condiciones, nos recomiende a alguno.

-Lástima que mi marido no se dedique a la enseñanza.

-Lo sé, lo sé. Pero una recomendación suya... Eso si, que sea un profesor de buen carácter. No de esos que gritan, que se enojan... Porque Pinuccio es muy delicado, muy sensible.

-¿Carl? ¡Carl! ¿Oís lo que dice aquí el señor?

Koszwinski abrió los ojos. Los dos lo miraban con la misma angustia, con la misma ansiosa inquietud. Pero mientras la fisonomía del hombre estaba como moldeada en cera y semejaba la faz de un santo patético que asiste a los preparativos de su martirio, la máscara estucada de Elsa parecía a punto de cambiar de expresión, como si ya no pudiese sostener la que ahora la desfiguraba y que era sólo la mueca artificiosa de una actriz. Koszwinski desvió la vista.

El chico inmóvil frente al piano, miraba hacia adelante, hacia la pared. Se hubiese creído que esperaba que los demás se callasen para recomenzar. Tenía la cara sudad y la piel, un rato antes amarillenta, había tomado un tinte oscuro. Desde su sillón, Koszwinski vio que el frágil cuerpecito se dilataba y se contraía rítmicamente, y que ese latido le curvaba la espalda como si iniciase una reverencia y en seguida, como nadie aplaudía, se arrepintiese.

Koszwinski se levantó, caminó hasta el piano, se colocó junto al chico. E1 chico no se movió. Pero él lo oyó respirar. Entonces le puso una mano sobre el hombro, sintió que el hombro vibraba eléctricamente.

-Pinuccio.

E1 chico alzó el rostro y lo miró. Una gota de sudor le corría por el pómulo como una lágrima. Pero sus ojos se mantuvieron tranquilos, cautelosos, alertados, precozmente sabios.

-Sí, maestro.

Koszwinski le sonrió.

-¿Te gustaría estudiar conmigo?

El chico no contestó. Seguía mirándolo con aquellos ojos.

Pero de golpe gritó:

-¡Papá! ¡Papá!

Y después, tumbándose sobre el teclado, empezó a sollozar salvajemente.


En La hierba del cielo, 1973, Corregidor