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4 ene. 2013

Albert Camus: El gallinero y la gallina degollada

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Esa angustia frente a lo desconocido y frente a la muerte que sentía siempre al volver del liceo a su casa iba invadiendo su ánimo al final del día con la misma velocidad con que la oscuridad devoraba rápidamente la luz y la tierra, y sólo cesaba en el momento en que la abuela encendía la lámpara de petróleo, poniendo el tubo sobre el hule, empinándose un poco sobre las puntas de los pies, con los muslos apoyados en el borde de la mesa, el cuerpo inclinado hacia adelante, la cabeza torcida para ver mejor el pico de la lámpara por debajo de la pantalla, una mano en la ruedecilla de cobre que regulaba la mecha, raspándola con la otra por medio de un fósforo encendido hasta que dejara de carbonizarse y diera una buena llama clara, y la abuela volvía a poner el tubo que chirriaba un poco contra las muescas recortadas del aro de cobre donde se encajaba, volvía a regular la mecha hasta que la luz amarilla, cálida, trazaba sobre la mesa un gran círculo perfecto, iluminando con una luz más suave, como reflejada por el hule, el rostro de la mujer y el del niño, que desde el otro lado de la mesa asistía a la ceremonia, y su corazón se dilataba lentamente a medida que subía la luz.

Era la misma angustia que a veces trataba de vencer, por orgullo o vanidad, en ciertas circunstancias, cuando su abuela le ordenaba que fuera a buscar una gallina al corral. Sucedía siempre de noche, en vísperas de una fiesta importante, Pascua o Navidad, o de la visita de parientes más afortunados a los que deseaban agasajar disimulando al mismo tiempo, por decencia, la situación real de la familia. En efecto, en los primeros años del liceo la abuela había pedido al tío Joséphin que le trajera unos pollos árabes de sus excursiones comerciales del domingo, y había movilizado al tío Ernest para que construyera en el fondo del patio, directamente sobre el suelo pegajoso de humedad, un precario gallinero donde criaba cinco o seis volátiles que le daban huevos y en ocasiones sangre. La primera vez que la abuela decidió proceder a una ejecución, con la familia sentada en torno a la mesa, pidió al mayor de los niños que fuera a buscar a la víctima. Pero Louis se negó,[143] declarando francamente que tenía miedo. La abuela se burló y fustigó a esos hijos de ricos que no eran como los de otros tiempos, allá en su pueblo, que no tenían miedo de nada.

—Jacques es más valiente, lo sé. Ve tú.

A decir verdad, Jacques no se sentía nada valiente. Pero puesto que así lo juzgaban, no podía retroceder, y allí fue esa primera noche. Había que bajar la escalera a tientas, en la oscuridad, después doblar a la izquierda en el corredor siempre oscuro, encontrar la puerta del patio y abrirla. La noche era menos oscura que el pasillo. Se adivinaban los cuatro peldaños resbaladizos y verdes de moho que bajaban al patio. A la derecha, las persianas del pequeño pabellón, donde vivía la familia del peluquero y la familia árabe, dejaban pasar una luz avara. Enfrente se distinguían las manchas blanquecinas[144] de los animales dormidos en tierra o encaramados en los palos cubiertos de excrementos. Al llegar al gallinero, que se tambaleaba apenas lo tocaban, en cuclillas y con los dedos metidos en las gruesas mallas de la alambrada, por encima de su cabeza empezaba a oírse un cacareo sordo y a percibirse el olor tibio y repugnante de las deyecciones. Jacques abría la puertecita al ras del suelo, se agachaba para deslizar por ella la mano y el brazo, tocaba con asco la tierra o un palo sucio y retiraba rápidamente la mano, lleno de miedo apenas estallaba la algarabía de alas y de patas de los animales, que revoloteaban o corrían por todas partes. Pero había que decidirse, puesto que lo consideraban el más valiente. Sin embargo, aquella agitación de las aves en la oscuridad, en el rincón de sombra y suciedad, lo colmaba de una angustia que le revolvía el estómago. Esperaba, miraba la noche límpida por encima de su cabeza, el cielo lleno de estrellas nítidas y tranquilas y se echaba hacia adelante, atrapaba la primera pata al alcance de su mano, arrastraba al animal lleno de gritos y de miedo hasta la puertecita, atrapaba la segunda pata con la otra mano y lo sacaba con violencia, arrancándole ya una parte de las plumas contra las jambas de la puerta, mientras todo el gallinero se llenaba de cacareos agudos y enloquecidos y el viejo árabe aparecía, vigilante, en un rectángulo de luz que súbitamente se recortaba en la oscuridad.

—Soy yo, señor Tahar —decía el niño con voz blanca—. He cogido una gallina para mi abuela.

—Ah, eres tú. Bueno, creía que había ladrones —y se retiraba sumiendo de nuevo el patio en la oscuridad.

Entonces Jacques corría, mientras la gallina se debatía enloquecida, golpeándose contra las paredes del pasillo o los barrotes de la escalera, enfermo de asco y de miedo, sintiendo contra la palma de la mano la piel espesa, fría, escamosa, de las patas, corriendo todavía más rápido por el rellano y el pasillo de la casa, y apareciendo por fin en el comedor como un vencedor. El vencedor se recortaba en la entrada, despeinado, las rodillas verdes de moho del patio, con la gallina lo más separada posible de su cuerpo y la cara pálida de miedo.

—Ves —decía la abuela al mayor—, es más pequeño que tú, debería darte vergüenza. Jacques esperaba para hincharse de justo orgullo a que la abuela cogiera con mano firme las patas de la gallina, repentinamente en calma, como si hubiera entendido que ya estaba en manos inexorables. Su hermano comía el postre sin mirarlo, salvo para hacerle una mueca de desprecio que aumentaba la satisfacción de Jacques. Pero esa satisfacción duraba poco. La abuela, feliz de tener un nieto viril, para recompensarlo lo invitaba a presenciar en la cocina el degüello de la gallina. Enfundada en un grueso mandil azul y sujetando siempre con una mano las patas del ave, colocaba en el suelo un gran plato hondo de loza blanca, así como el gran cuchillo de cocina que el tío Ernest afilaba regularmente en una piedra larga y negra, de manera que la hoja, que con el uso se había vuelto muy estrecha y filosa, no era más que un hilo brillante.

—Ponte ahí.

Jacques se ponía en el lugar indicado, en el fondo de la cocina, mientras la abuela se situaba en la entrada, obstruyendo la salida tanto a la gallina como al niño. Apoyado en el fregadero, el hombro [izquierdo] contra la pared, miraba horrorizado los gestos precisos del sacrificador. La abuela empujaba el plato justo bajo la luz de la pequeña lámpara de petróleo apoyada en una mesa de madera, a la izquierda de la puerta. Tendía al animal en el suelo y, apoyando en él la rodilla derecha, le sujetaba las patas para atrapar después la cabeza con la mano izquierda, estirándola por encima del plato. Con el cuchillo afilado como una navaja, clavado donde en el hombre se encuentra la nuez, lo degollaba retorciendo la cabeza para abrir la herida al mismo tiempo que el cuchillo entraba más profundamente en los cartílagos con un ruido terrible, y manteniendo inmóvil a la gallina, que daba tremendas sacudidas, mientras la sangre bermeja goteaba en el plato blanco, y Jacques miraba con las piernas flojas como si se sintiera vaciado de su propia sangre.

—Coge el plato —decía la abuela al cabo de un momento interminable.

La gallina había dejado de sangrar. Con precaución, Jacques depositaba sobre la mesa el plato con la sangre ya oscurecida. La abuela arrojaba junto al plato a la gallina con sus plumas ahora opacas, el ojo vidrioso sobre el que bajaba el párpado redondo y plegado. Jacques miraba el cuerpo inmóvil, los dedos de las patas juntos, la cresta apagada y fláccida, la muerte, en fin, y se volvía al comedor.[145]

—Yo no puedo ver eso —le había dicho su hermano con furor contenido—. Es repugnante.

—No, qué va —decía Jacques con voz insegura.

Louis lo miraba con un aire a la vez hostil e inquisitivo. Y Jacques se irguió. Se encerraba en la angustia, en ese miedo pánico que lo había invadido frente a la noche y a la muerte espantosa, encontrando en el orgullo, y sólo en él, una voluntad de coraje que terminó por hacer las veces de coraje.

—Tienes miedo, eso es todo —terminó por decir.

—Sí —dijo la abuela entrando en el comedor—, en adelante será Jacques quien vaya al gallinero.

—Está bien —comentaba el tío Ernest encantado—, tiene coraje.

Petrificado, Jacques veía a su madre, un poco apartada, zurciendo calcetines con un gran huevo de madera. Ella lo miró.

—Sí —dijo—, está bien, eres valiente.

Y se volvía hacia la calle, y Jacques no tenía ojos bastantes para mirarla, y sentía de nuevo que la desdicha se instalaba en su corazón encogido.

—Ve a acostarte —decía la abuela.

Sin encender la lamparita de petróleo, Jacques se desvestía en la habitación a la luz que llegaba del comedor. Se tendía en el borde de la cama de dos plazas para no tocar a su hermano ni molestarlo. Se dormía en seguida, muerto de cansancio y de sensaciones, despertando a veces cuando su hermano pasaba por encima de él para dormir pegado a la pared, pues se levantaba más tarde que Jacques, o cuando su madre tropezaba contra el armario mientras se desvestía en la oscuridad, subía levemente a su cama y dormía con un sueño tan ligero que podía creerse despierta, y Jacques a veces lo pensaba, tenía ganas de llamarla y se decía que de todos modos no lo oiría, trataba entonces de quedarse despierto al mismo tiempo que ella, con la misma levedad, inmóvil, sin hacer ningún ruido, hasta que el sueño lo vencía, como había vencido a su madre después de una dura jornada de lavado o de tareas domésticas.


Notas

[143] El hermano de Jacques se llama unas veces Henri, otras Louis.
{144} Deformadas.
{145} Al día siguiente, el olor del pollo crudo, pasado por las llamas.


Albert Camus murió en 1960 en un accidente de coche tras haber declarado: "No conozco nada más idiota que morir en un accidente de automóvil". A mí la verdad no se me ocurre una forma más irónica de acabar con la vida de uno de los novelistas y pensadores más brillantes que ha dado la literatura de todos los tiempos, sobre todo si en el coche se encuentra, entre diversas pertenencias, una obra inconclusa que está basada en una autobiografía en la que estaba trabajando. El manuscrito, de gran valor literario, no fue editado hasta 1994 cuando sus herederos lo cedieron para su publicación.

Se trata de una obra de gran belleza narrativa y de una especial intensidad emotiva, en la que se narran sus primeros años en Argelia, país del que es nativo, sus dificultades para empezar y terminar sus estudios y la importancia de los personajes que forjaron su carácter y educación. (Nota del editor)


En El primer hombre
Título original: Le premier homme
Traducción: Aurora Bernárdez, 1994
Barcelona, Tusquets, Cuarta edición en Fábula: junio 2003
Foto: Loomis Dean/Time & Life Pictures/Getty Images