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16 may. 2013

Don DeLillo - Las confesiones de Benno Levin

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Don DeLillo ©Deborah Feingold/Corbis


Noche

Está muerto punto por punto. Le di la vuelta y lo miré. Tenía los ojos misericordiosamente cerrados. ¿Qué tendrá que ver la misericordia con esto? Noté un breve ruido en la garganta que tardaría semanas en describir si de hecho lo intentara. ¿Cómo extraer palabras de los sonidos? Son dos sistemas autónomos que penosamente tratamos de vincular.

Esto se asemeja a algo que él mismo diría. Debe de ser que de nuevo pronuncio sus palabras, pues no me cabe duda de que lo dijo una vez, al pasar por delante de mi terminal de trabajo, hablando con quien estuviera con él, refiriéndose a tal y cual cosa. Espejos e imágenes. O el sexo y el amor. Son dos sistemas autónomos que penosamente tratamos de vincular.

Permítaseme hablar por mí mismo. Yo tenía un trabajo y una familia. Me esforzaba por amarlos y mantenerlos. ¿Cuántos entre ustedes conocen la verdadera y amarga fuerza de esa simple aportación verbal? Siempre me dijeron que era inconstante, veleidoso. Él es veleidoso. Tiene problemas de personalidad e higiene. Camina no sé cómo, tiene gracia. Nunca he oído una sola de estas afirmaciones, pero sé que se vertían, tal como se percibe algo en la mirada de una persona, algo que no es preciso verbalizar.

Hice una amenaza telefónica que ni siquiera yo me creí. Se tomaron la amenaza como algo verosímil, cosa que yo ya sabía que iban a hacer, considerando mis conocimientos de la empresa y el personal. En cambio, no sabía cómo localizarlo. Se desplazaba por toda la ciudad sin atender a un trayecto rutinario. Tenía escolta armada. El edificio en que vivía era inabordable, habida cuenta de mi actual situación de atuendo aleatorio. Y así lo acepté. Ni siquiera en la empresa era fácil encontrar su despacho. Cambiaba en todo momento. O bien lo evacuaba para trabajar en otra parte, o para trabajar dondequiera que estuviese, o para trabajar en el domicilio, en el anexo, porque en realidad nunca separaba la vida particular del trabajo, o incluso para viajar y pensar, para dedicar el tiempo a leer en la casa a la orilla del lago, en las montañas, que se rumoreaba que poseía.

Mis obsesiones son objetos mentales, que no pasan a la acción.

Ahora me encuentro en una posición desde la que puedo conversar con su cadáver. Puedo hablarle sin que nada ni nadie me interrumpa ni me corrija. No me puedo decir que tal o cual cosa sea lo que cuenta, o que me estoy poniendo yo solo porque soy el hazmerreír de medio mundo, porque no doy una a derechas ni sé sumar dos más dos. Ése es el delito que él tenía en el altar de su galería de horrores imperdonables.

Cuando trato de reprimir mi cólera sufro ataques de hwabyung (Corea). Son más que nada brotes de pánico cultural que me pesco en Internet.

He sido profesor adjunto de aplicaciones informáticas. A lo mejor ya lo he dicho antes, en un instituto de enseñanza media. Luego lo dejé para amasar mi milloncejo correspondiente.

El lápiz con que escribo es amarillo, lleva el número 2. Quiero dejar constancia de las herramientas que empleo.

Siempre tuve conciencia de lo que se decía con palabras, con miradas. Lo que da realidad a una persona es lo que la gente cree ver en los demás. Si creen que camina con cierta cojera, entonces es que la tiene y encima no coordina bien, porque ése es el papel que se le atribuye en las vidas de quienes le rodean. Y si dicen que no le sienta bien su vestimenta, aprenderá a descuidar por completo su guardarropa, como si fuera un medio de mofarse de ellos y de autoimponerse un castigo.

Mentalmente hago discursos a todas horas. Ustedes también, aunque no siempre. Yo los hago a todas horas: largos discursos destinados a alguien a quien nunca logro identificar del todo. Pero estoy empezando a pensar que es él.

Tengo mi papel, tamaño A-4, rayado en azul. Quiero escribir diez mil páginas. Pero ya veo que empiezo a repetirme. Me repito.

Tras liquidarlo le revisé los bolsillos uno por uno y no encontré nada. Uno lo tenía desgarrado. Tenía una herida costrosa y morada en la cabeza, aunque no me interesa describirla. Me interesa el dinero. Yo iba en busca de dinero. Tenía la mitad del pelo recién cortado, no así la otra mitad. Iba calzado, pero sin calcetines. El olor corporal era un asco.

Hurto la corriente eléctrica de una farola para el suministro de mi espacio vital. Dudo que esto se le haya pasado por la cabeza.

He sufrido infinidad de reveses, pero no soy uno de esos mendicantes que se ven por la calle, que viven y piensan en un margen de contados minutos. Filosóficamente resido en los confines de la tierra. Colecciono cosas, es verdad, que encuentro en las aceras de la ciudad. Lo que la gente desperdicia podría formar una nación. A veces oigo mi propia voz cuando hablo. Hablo con alguien y oigo mi voz, en tercera persona, que colma el aire que me rodea.

Las ventanas las selló a cal y canto el ayuntamiento cuando condenaron el edificio a la demolición. Solté uno de los tablones para que al menos se ventile un poco. No llevo una vida alejada de la realidad. Llevo una vida de lo más práctica, en la que lo que importa es volver a empezar de cero, pero con los valores de la clase media intactos. Si derribo las paredes es porque no quiero vivir en un conjunto de minúsculos cuadriláteros en donde han vivido otras personas, puertas, pasillos estrechos, familias enteras con sus apiñadas vidas, tantos pasos hasta la cama, tantos pasos hasta la puerta. Quiero vivir una vida de la mente abierta a todo, en la que puedan medrar mis Confesiones.

Pero hay ocasiones en las que me gustaría frotarme contra una pared o una puerta, por la simpatía que entrañe el contacto.

Quería su dinero de bolsillo por las cualidades personales que comportase, no por el valor que tuviera en sí. Quería su intimidad y su contacto, su tacto, la mancha dejada por su personal suciedad. Quería frotarme la cara con los billetes, para no olvidar por qué le pegué un tiro.

Durante un rato no pude evitar el mirar en todo momento el cadáver. Le registré el interior de la boca en busca de síntomas de pudrición. Fue entonces cuando oí el regurgito en su garganta. Se apoderó de mí la certeza expectante de que me iba a hablar. No me importaría hablar otro poco con él. Tras todo lo que nos dijimos en la larga noche comprendo que aún me restan cosas por decir. Se me agolpan en la cabeza grandes temas que tratar. Los temas de la soledad y el despojo humano. El tema de quién será quien yo odie cuando no quede nadie.

El complejo es la unidad de inteligencia de la empresa. Allí llamé para verter mi amenaza si acaso vacua. Sabía que iban a interpretar mis comentarios como si obedecieran al conocimiento especializado de un ex empleado, y que recopilarían rápidamente datos a partir de esa idea. Me pareció satisfactorio decirles a ellos en persona cómo se llamaban, incluso el nombre de soltera de la madre de alguno, a modo de brillante, revelador embate, y detallar los procedimientos de rutina. Me había colado en sus cabezas, había hecho contacto. No tenía por qué cargar yo solo con el peso.

Dispongo de mi escritorio, que me traje a rastras desde la acera, por el callejón, por las escaleras. Fue una tarea que me llevó días enteros, gracias a un sistema de cuñas y cuerdas. Dos días enteros necesité para ello.
Nunca llegué a sentir una distinción, a lo largo del tiempo, entre el niño y el hombre, el mozo y el hombre. De niño, nunca fui consciente de serlo tal como se suele aplicar el término. Me siento como lo que siempre he sido.

Antes le escribía misivas, después de que me dieran carta de libertad, pero lo dejé porque sabía que era patético. También sabía que en mi vida había algo necesitado de ese patetismo, pero me impuse la obligación de romper el contacto. El hecho de que nunca llegara a ver las misivas era lo de menos. Yo iba a verlas. Lo crucial era el escribirlas, el verlas con mis propios ojos. Piénsese cómo me sorprendió el no tener que acecharlo, rondarlo, atraparlo, cosa que estaba impedido de hacer, obcecado por las fuerzas contrapuestas en lo referente a si muere o no muere.

Daba lo mismo qué les dijera por teléfono, daba igual con qué rapidez recopilaran los datos: ¿cómo iban a localizarme en donde vivo ahora, como vivo ahora?

No poseo reloj de pulsera ni de sobremesa. Pienso en la duración de mi propia cuerda vital por contraste con la vastedad de las numeraciones, la existencia de la Tierra, de las estrellas, la incoherencia de los años luz, la edad del universo, etcétera.

El mundo presuntamente ha de significar algo que esté contenido en sí mismo. Pero es que nada se halla contenido en sí mismo. Todo se introduce en alguna otra cosa.

La nimiedad de mis días se derrama en los años luz. Por eso tan sólo puedo fingir que soy alguien. Y por eso me sentí mera derivación al principio, cuando trabajaba en estas páginas. No sabía siquiera si era yo el que estaba escribiendo, o si se trataba de alguien a quien me apetecía parecerme mediante la palabra.

Aun tengo un banco que visito sistemáticamente para contemplar de forma literal los ultimísimos dólares que quedan en mi cuenta. Si lo hago es por la psicología en curso que de ello se desprende, por constatar que dispongo de dinero en una entidad. Y porque los cajeros automáticos tienen un carisma que aún me dice mucho.

Trabajo en este diario mientras un hombre yace muerto a tres metros de mí. Me intriga. Tal vez sean tres y medio. Dijeron que tenía taras, problemas de pura normalidad, y me rebajaron a ocuparme de las divisas de menor relevancia. Me convertí en un elemento técnico de segunda fila en la empresa, un mero hecho técnico. Para ellos, era mano de obra no cualificada. Y lo acepté. Luego me despiden sin previo aviso, sin indemnización por cese. Y lo acepté.

Uno de mis síndromes es el que llaman de conducta agitada y confusión extrema. En Haití y África oriental, traducido, lo llaman ráfagas de delirio. En el mundo de hoy en día todo se comparte. ¿Qué clase de desdicha es la que no se puede compartir?

No leía por placer. No he leído nunca por placer, ni siquiera de niño. Tómese como se quiera. Pienso demasiado en mí mismo. Me estudio. Me pone enfermo. Pero eso es todo cuanto me queda. No soy nada más. Mi presunto ego es algo retorcidillo, probablemente no muy distinto del de ustedes, aunque al mismo tiempo puedo decir con total certeza que está activo, henchido de importancia, y que vive grandes derrotas y no menores triunfos a todas horas. Tengo una bicicleta estática a la que le falta un pedal. Alguien se la dejó una noche en la calle.

También tengo a mano el tabaco. Me agrada sentirme como un escritor cigarrillo en mano. Sólo que no me queda ni uno, se han esfumado, el paquete contiene hebras sueltas al fondo, que ya he lamido hasta agotar su existencia, y me tienta olisquearle el aliento al muerto, a ver a qué sabe lo que allí dentro quede, el habano que se fumó hace una semana en Londres.

A lo largo del día me he ido convenciendo de que no podría hacerlo. Luego lo hice. Ahora he de recordar el porqué.

Pensé que iba a dedicar la cantidad de años que sea necesaria para escribir diez mil páginas y que así entonces tendrían ustedes constancia, la literatura de una vida en estado de vigilia, en reposo, porque también los sueños, y las pequeñas cuchillas de la memoria, y todos los hábitos lamentables, todos los disimulos, todo lo que me rodea quedaría recogido, los ruidos de la calle, pero ahora comprendo por vez primera que todo el pensamiento y toda la escritura del mundo no alcanzarían a describir lo que sentí en el horroroso instante en que disparé el arma y lo vi desplomarse. Así pues, ¿qué queda que valga la pena relatar?


En Cosmópolis
Traducción: Miguel Martínez
Imagen: Deborah Feingold/Corbis