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17 mar. 2015

Descarga: Alexis de Tocqueville - La democracia en América

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Descarga: Alexis de Tocqueville - La democracia en América

Pocos libros han ejercido influencia tan notable en nuestro pensamiento constitucional y político como La democracia en América de Alexis de Tocqueville. Editada en París por primera vez en 1835, hizo célebre a su joven autor, que fue saludado de inmediato como heredero del barón de Montesquieu, por su penetrante observación, por su elegancia y por la serenidad de su juicio. Así, pues, no es de extrañar que Dilthey hubiera dicho años más tarde que Tocqueville era «el mayor pensador político desde Aristóteles y Maquiavelo».

3 sept. 2009

Alexis de Tocqueville - La gravedad de los norteamericanos

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La gravedad de los norteamericanos y razones por las que ésta no les impide hacer muchas veces cosas inconsideradas

 

Alexis de Tocqueville Los hombres que viven en los países democráticos, no se entregan, por lo regular, a esa especie de diversiones sencillas, groseras y turbulentas, a que el pueblo se abandona en las aristocracias, porque las encuentran pueriles o insípidas. Tampoco muestran interés por las intelectuales y refinadas de las clases aristocráticas, porque necesitan alguna cosa productiva y substancial en sus placeres y quieren mezclar con goces su alegría.

En las sociedades aristocráticas, el pueblo se entrega con placer a los transportes de alegría tumultuosa y agradable, que lo arrancan repentinamente de la contemplación de sus miserias; pero los habitantes de las democracias no quieren esas agitaciones violentas que los ponen fuera de sí mismos, y rara vez se entregan a ellas; prefieren a esos transportes frívolos, entretenimientos graves y silenciosos, que se parecen a los negocios mismos y que no se los dejan olvidar enteramente.

Hay norteamericano que, en lugar de ir en los momentos de descanso a bailar alegremente en las reuniones públicas, como lo hace la mayor parte de la gente de su profesión en Europa, se encierra solo a beber en lo más retirado de su morada. Goza a la vez de dos placeres: piensa en sus negocios y se embriaga decentemente en medio de su familia.

Yo creía que los ingleses constituían la nación más seria de la Tierra, pero cuando he visto a los norteamericanos, he cambiado de opinión.

No diré que el temperamento no influya mucho en el carácter de los habitantes de los Estados Unidos, pero, con todo, creo que las instituciones políticas contribuyen todavía más.

Pienso que la gravedad de los norteamericanos nace en parte de su orgullo. En los países democráticos, el pobre mismo tiene una alta idea de su valer personal; se contempla con placer y cree que los demás le observan. Con semejante disposición, tiene que vigilar siempre con cuidado sus palabras y sus hechos y se contiene en todo momento por temor a descubrir lo que le falta, figurándose que, para parecer digno, es preciso mantenerse grave.

Pero yo descubro otra causa más íntima y poderosa, que produce como por instinto en los norteamericanos esa gravedad que tanto admiro.

Bajo el despotismo, los pueblos se abandonan de tiempo en tiempo a los excesos de una loca alegría; pero, en general, son tristes y melancólicos, porque tienen miedo.

En las monarquías absolutas, que atemperan los usos y las costumbres, dejan ver, por lo regular, un carácter festivo e igual, porque gozando de alguna libertad y de una seguridad suficiente, están exentos de los cuidados más importantes de la vida; pero todos los pueblos libres son graves, porque su espíritu se halla habitualmente ocupado en algún proyecto difícil o peligroso.

Esto sucede particularmente en los pueblos libres que están constituidos en democracia. Se encuentra entonces en todas las clases un número infinito de gente que se preocupa sin cesar de los negocios delicados del gobierno, y los que no piensan en dirigir el bien público, se entregan completamente al cuidado de aumentar su fortuna privada. En un pueblo semejante, la gravedad no es peculiar a ciertos hombres, sino que se hace un hábito nacional.

Se habla mucho de pequeñas democracias de la Antigüedad en las que los ciudadanos iban a las plazas públicas con coronas de rosas y pasaban casi todo su tiempo en danzas y espectáculos. No creo en semejantes Repúblicas más que en la de Platón, o si las cosas sucedían en ellas como se cuenta, no temo afirmar que esas pretendidas democracias se componían de elementos muy distintos que en las nuestras y que sólo se parecían a éstas en el nombre.

Por lo demás, no debe creerse que la gente que vive en las democracias se considere digna de lástima en medio de sus labores: se observa precisamente lo contrario. No hay hombres que estimen más su condición, en tales términos que encontrarían la vida desagradable si se les liberase de los cuidados que los atormentan, pues se muestran más aficionados a sus fatigas que los pueblos aristocráticos a sus placeres.

Yo me pregunto por qué los mismos pueblos democráticos, que son tan graves, se conducen algunas veces de un modo tan inconsiderado.

Los norteamericanos, que por lo regular tienen un exterior frío y un aire sosegado, se dejan, sin embargo, arrastrar con frecuencia fuera de sí por una pasión súbita o por una opinión irreflexiva, y suelen hacer con la mayor seriedad tonterías muy singulares. Este contraste no debe sorprender.

Hay una especie de ignorancia que nace de la exagerada publicidad. En los Estados despóticos, los hombres no saben cómo obrar, porque nada se les dice; en las naciones democráticas, obran muchas veces por casualidad; porque se les ha querido decir todo, de manera que los unos ignoran y los otros olvidan. Los rasgos principales de cada cuadro desaparecen para ellos entre la multitud de detalles.

Se admira uno de tantas palabras imprudentes como algunas veces profiere un hombre público en los Estados libres y sobre todo en los Estados democráticos, sin comprometerse; mientras que en las monarquías absolutas, una palabra que se escape por casualidad basta para descubrirlo para siempre y perderlo sin remedio.

Esto se explica por lo que precede. Cuando un hombre habla ante una muchedumbre, muchas palabras no son oídas o se borran bien pronto de la memoria de los que las escuchan; pero en el silencio de un auditorio mudo e inmóvil, los más débiles sonidos penetran en el oído.

En las democracias, los hombres no están nunca fijos: mil azares los hacen cambiar de lugar a cada instante, y casi siempre reina un no sé qué de imprevisto, o por mejor decir, de extemporáneo en la vida. Por esta razón, se ven frecuentemente obligados a hacer lo que no saben o han aprendido mal, a hablar de lo que no entienden, y a dedicarse a trabajos para los cuales no estaban preparados por un largo aprendizaje.

En las aristocracias, cada hombre no tiene más que un solo objeto que alcanzar, y éste lo persigue sin cesar; pero en los pueblos democráticos, la existencia del hombre es muy complicada y es raro que el mismo espíritu no abrace a la vez muchos objetos, extraños con frecuencia los unos a los otros, y como no puede conocerlos todos bien, se satisface con nociones imperfectas.

Cuando el habitante de las democracias no se halla acosado por sus necesidades, lo está al menos por sus deseos; pues entre todos los bienes que lo rodean no ve ninguno que esté completamente fuera de su alcance. Hace todas las cosas con precipitación, se contenta siempre con poco y no se detiene nunca más que un instante para considerar cada uno de sus actos.

Su curiosidad es a la vez insaciable y satisfecha con facilidad, pues prefiere saber mucho con prontitud, a saber bien con madurez, y como tampoco tiene el tiempo suficiente, pierde pronto el gusto de profundizar.

Así, los pueblos democráticos son graves, porque su estado social y político los conduce sin cesar a ocuparse de cosas serias y obran inconsideradamente, porque no dedican sino muy poco tiempo y atención a cada una de estas cosas.

El hábito del descuido debe considerarse como el mayor vicio del espíritu democrático.

 

La democracia en América, Libro segundo, cap. XV

 

 

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