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23 jun. 2014

Sylvia Plath: El coloso / The Colossus (1960) [dos versiones]

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Traducción María Julia de Ruschi

Nunca podré reunirte íntegramente,
Juntar, pegar, articular como corresponde.
Rebuznos de mula, gruñidos de cerdo, obscenos graznidos
Provienen de tus grandes labios.
Peor que en un corral.

Quizá te consideres un oráculo,
Portavoz de los muertos o de algún dios.
Yo llevo treinta años esforzándome
Por limpiar de fango tu garganta
Y no he aprendido nada.

Trepando escaleritas con frascos de engrudo y baldes de lisol
Me arrastro como una hormiga enlutada
Por los campos cubiertos de maleza de tus cejas
Para reparar tu inmenso cráneo y desbrozar
Los descarnados, blancos túmulos de tus ojos.

Un firmamento azul de otra Orestíada
Se cierne sobre nosotros. Oh padre, tú solo
Eres una referencia histórica tan importante como el Foro Romano.
Aquí merendando, en una colina de seres siniestros.
Las columnas de tus huesos y el acanto de tus cabellos vuelven
A su antigua anarquía esparciéndose hasta el horizonte.
Se necesita más que un rayo
Para crear tanta ruina.
Algunas noches me acurruco en la cornucopia
De tu oreja, a salvo del viento,

Y cuento estrellas rojas y estrellas color ciruela.
Sale el sol bajo el pilar de tu lengua.
Mis horas se desposan con la sombra.
Ya no escucho más el roce de la quilla
Contra las sordas piedras del desembarcadero.

Tulipanes y otros poemas
Buenos Aires, CEAL, 1988


Traducción de Jesús Pardo

Nunca conseguiré recomponerte,
repegarte, reunirte, rejuntarte.
Mular rebuzno, cacareo obsceno,
gruñidos salen de tus vastos labios.
Peor que en un corral.

Quizás es que concebiste profeta,
portavoz de los muertos o los dioses.
Treinta años llevo trabajando
Por limpiar tu garganta de cieno.
Más todo sigue igual.

Escala arriba, con lisol, con goma
de pegar, como hormiga matutina
por los campos herbosos de tu frente
tu inmenso cráneo componiendo, el túmulo
calvo y blanco de tu ojo despejado.

Un cielo azul, como de la Orestíada
nacido, cómbase sobre nosotros.
Oh padre, solo, eres hondo y denso
como foro romano. Entre cipreses
me siento y el acanto de tu pelo

y tus huesos estriados se penetran
de su antigua anarquía hasta el borde
del horizonte. Crear tanta ruina
requiere más que un rayo. Por la noche
me agazapo en tu oreja, contra el viento,

contando estrellas rojas y ciruela.
El sol sale del fondo de tu lengua
y mis horas copulan con tu tumba.
Ya no busco el raer de quillas sobre
las piedras negras de la playa.

Sylvia Plath, Antología
Madrid, Visor Libros, s.f.


The Colossus

I shall never get you put together entirely,
Pieced, glued, and properly jointed.
Mule-bray, pig-grunt and bawdy cackles
Proceed from your great lips.
It's worse than a barnyard.

Perhaps you consider yourself an oracle,
Mouthpiece of the dead, or of some god or other.
Thirty years now I have labored
To dredge the silt from your throat.
I am none the wiser.

Scaling little ladders with gluepots and pails of Lysol
I crawl like an ant in mourning
Over the weedy acres of your brow
To mend the immense skull-plates and clear
The bald, white tumuli of your eyes.

A blue sky out of the Oresteia
Arches above us. O father, all by yourself
You are pithy and historical as the Roman Forum.
I open my lunch on a hill of black cypress.
Your fluted bones and acanthine hair are littered

In their old anarchy to the horizon-line.
It would take more than a lightning-stroke
To create such a ruin.
Nights, I squat in the cornucopia
Of your left ear, out of the wind,

Counting the red stars and those of plum-color.
The sun rises under the pillar of your tongue.
My hours are married to shadow.
No longer do I listen for the scrape of a keel
On the blank stones of the landing.



The Collected Poems
Edición de Ted Hughes
Poems copyright © 1960, 1965, 1971, 1981 by the Estate of Sylvia Plath
Editorial material copyright © 1981 by Ted Hughes

Foto: Sylvia Plath, c. April 1954, taken on the Smith College campus by a classmate, Judy Denison, 
who lived in Lawrence House, a residence for scholarship students
Courtesy Mortimer Rare Book Room, Smith College. HuffingtonPost

5 jun. 2011

María Julia De Ruschi: Nada escrito (Libros recibidos)

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Suddenly last summer

—Violet, Violet, ¿quién tuvo la idea de ponerte ese nombre?
Una flor carnívora, una flor maligna: ¡Wicked Lady! “Un buen nombre para la diosa del amor”: he aquí a la mujer araña, a la madre patriarcal, al Señor de los Ejércitos dándose un banquete de tortuguitas recién nacidas.



La mesa


Es ante ese pan blanquísimo y el gesto absurdo, desmedido y soberano, cuando siento que soy un depredador y que no quiero vivir más así.
Que el reino es uno solo.
Es ante esta mesa que pido el don de la santidad, la custodia del mundo.
Y sé que volveré a olvidarlo una y otra vez.
Pero volveré a la mesa, y cada día, poco a poco, mi propio cuerpo va a sentir que ha sido amasado con la misma harina, con la misma hambre infinita.
Y quien quiera lo multiplicará.




Sueño


Sobre la mesa había una cabeza, una cabeza humana, y era la cabeza de su padre, las cuencas de los ojos vacías y rodeándola una corona de espinas.
Estaba puesta sobre un plato y debía comer de ella.




Lágrimas derramadas en el Río de Safo


Mara, tu árbol de Navidad es una ballena.
En el río de Safo derraman las mujeres lágrimas amargas, Mara, hiel, y palabras proféticas que no son siquiera escuchadas, Casandra, y los sordos hombres siguen de largo sobre alfombras purpúreas que cubren las montañas de basura sobre las que han erigido sus palacios de oro los hombres.
Has hablado con Afrodita en sueños, has hablado y sabes...




Su secreto


Su secreto era su pobreza.
Volvía a verla, y sus ojos marinos eran cada vez más grandes y su sonrisa estaba cada vez más llena de peces inquietantes.
No poseía nada, caminaba como una reina, miraba a su alrededor como una reina.
Era magnánima, munificente, como todas las reinas sobre nada.
Lo había empeñado todo, menos su arte. El puro arte de lograr apoyo.
Sabía que verdad en la tradición hebrea es apoyo.
Sabía que hay cosas que no se pueden de/fin(ir), cosas que desbordan, que hacen caer los muros, o al menos deberían presentarse como ventanas.
Entonces su tarea era des/fondar: tanto las falsas imágenes descendentes como las ascendentes, sobre todo estas últimas.
Y luego encontraría apoyo.
Y era dos: una que veía, una que escuchaba. Tenía testigos.
Y su tercera madre dialogaba.
Iba a parir miríadas luminosas como la abeja reina.




Mercado místico


Hablo de él:
La ternura por un caracol subiendo por el vidrio de una ventana.
Estuve dentro de una nuez y en una plaza creada por Bernini, es una cuestión de escala.
Ahora la maravilla acaba conmigo.
Hablo de él:
Fui demasiado privilegiada.
Me enseñó a ver huellas tan invisibles que les resultan intolerables a los ángeles.
Su fuego no es oscuro, no consume:
Solo que con la otra mano se pega un tiro en la sien.




Exilio


Nikolai tenía genio, razón y locura, historias que le comían las manos como hormigas en un sueño o en un laberinto. Pudo tirarlo todo. De nada le servía la taxidermia, la carpintería, la cerámica, el molde de las palabras, las islas. Una palmera alta hasta la luna que se multiplicaba y un pequeño sapo que repetía la ansiedad de la noche. Nikolai no debería haberlo hecho, pero lo arrojó todo por la borda del barquito con que jugaba de niño en la bañera o en los charcos o en la alcantarilla donde corría rápida el agua de


       Dios.




Yo era el hombrecillo que se ahoga (Metamorfosis)


... la señora gorda de Gorriarena, gorda, gordísima, de senos enormes, desbordantes, de pie junto al agua, da miedo, reteniendo su jauría, sus jaguares, sus fieras de colmillos blancos, ella de blanco también, blanquísima la piel, la larga veste también, pero ribeteada de rojo, rojas las mejillas, rojísimos los labios, la mirada triunfal, sobre el blanco victorioso la estridencia del rojo, qué esconde, qué crueldad su arrogancia ante la desgracia. Allí de pie entre flores blancas, junto al agua, se la ve, junto al agua donde se ahoga el hombrecillo, en un rápido remolino blanco, ella retiene por ahora sus jaguares, sus colmillos, una carcajada con sangre.
Le bastan sus uñas rojas.
Y un espejo.
Y es mi madre, alguna vez fue mi madre. Y el agua ya no me sostiene. Por falta de oxígeno, ya toda vísceras y silencio, advierto como en sueños que la máscara de gorda gigantesca oculta en realidad a un hombre, a mi verdugo, ahora araña gigante, ahora ramera vieja y deforme, y lo reconozco tras su blancura de geisha, de Ensor, de cadáver, lo reconozco a él, al amo sádico, triunfante, mientras afloja impávido como de costumbre la correa de las fieras mientras el líquido termina de llenar mis pulmones.





En Nada escrito 
Buenos Aires, hilos editora, 2010



María Julia De Ruschi ha publicado en poesía: Polvo que une (Premio Leopoldo Panero 1975, Ediciones de Cultura Hispánica, Madrid, 1975), Et amava (Zona Franca, Caracas, 1982), Artemis cantando, Artemis (Monte Ávila, Caracas, 1982), traducido al italiano por Elémire Zolla (Artemide, La Nuova Italia, Firenze, 1980), La mujer vacilante (Grupo Editor Latinoamericano, Buenos Aires, 2003) y Salir de Egipto (bajo la luna, Buenos Aires, 2007). Tradujo a Sylvia Plath (Tulipanes y otros poemas, Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1988, a Mario Luzi (Viaje terrestre y celeste de Simone Martini, Premio del Ministerio de Relaciones Exteriores de Italia, 2002, Grupo Editor Latinoamericano, Buenos Aires, 2002) y a Milo de Angelis (Por ese arrebato innato, Melusina, Santiago de Chile, 2004). Escribió numerosos ensayos sobre poesía, entre ellos El ropaje y la música: Un ensayo sobre Jaime Sáenz y La Aldea y el Universo, sobre Francisco Madariaga.


9 abr. 2011

Libro recibido:
Milo de Angelis, Biografía sumaria

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Traducción María Julia De Ruschi

Presentación de Biografía sumaria (Poemas 1970/2010)
Feria del Libro de Buenos Aires - Sala Victoria Ocampo
30 de abril de 2011, 19 hs.






Encuentro una sintaxis

Encuentro una sintaxis
Reencuentro una sintaxis en los siglos ya estudiados
que aleja tanto el oriente como las nubes.
Es bueno plasmar el sueño con lo que abraza la idea.
Nadie violará un sueño heredado.

Y se hielan, en el tórax, las altas carreras infantiles
que inspiró. A veces suelo fijar
la mirada en los carteles de la ruta, en
la fuerza de choque precisa, que le restituye
a ese teatro su miedo de morir.

Ritrovo una sintassi. Ritrovo una sintassi nei secoli già studiati / allontanando sia l’oriente sia le nubi. / È forte plasmare il sogno con ciò che l’idea abbraccia. / Nessuno violerà un sogno ereditato. // Ecco gelarsi, nel torace, le corse infantili / e alte che esso spinse. A volte so fermare / gli occhi sui cartelli stradali; sulla / forza d’urto precisa, che restituisce / a quel teatro la sua paura di morire.





Inmóvil el lugar, oscura la palabra. Era ése
el lugar dispuesto. Adiós memoria de noches
resplandecientes, adiós gran sonrisa. El lugar era allí.
Respirar fue una oscuridad de persianas, un permanecer primitivo.
Silencio y desierto se intercambiaban el rostro y nosotros
le hablábamos a una lámpara. El lugar era ése. El tranvía
pasaba de tanto en tanto. Retornaba Venus a su tugurio.
Se desprendían episodios de la garganta guerrera. No dijimos
nada más. El lugar era ése. Allí
te estabas muriendo.

Il luogo era immobile, la parola scura. Era quello / il luogo stabilito. Addio memoria di notti / lucenti, addio grande sorriso. Il luogo era lì. / Respirare fu un buio di persiane, uno stare primitivo. / Silenzio e deserto si scambiavano volto e noi / parlavamo a una lampada. Il luogo era quello. I tram / passavano radi. Venere ritornava nella sua baracca. / Dalla gola guerriera si staccavano episodi. Non abbiamo / detto più niente. Il luogo era quello. Era lì / che stavi morendo.





La cantera del último encuentro, el nombre
pronunciado sin nada, el universo
que retorna aquí, en el círculo de Via Davide
Silvagni, el eterno bar, la alianza
entre el dolor y tus labios. Aquí,
en la única hoja, de regreso aquí
donde termina el suelo, en el vertiginoso
abismo de todo amor, de todo amor,
te cedo la palabra, te pido un poco
de muerte, malabarista del momento.

La miniera dell’ultimo vedersi, il nome / pronunciato senza nulla, l’universo / ritornato qui, nel cerchio di Via Davide / Silvagni, l’eterno bar, l’alleanza / tra il dolore e le tue labbra. Qui, / nell’unico foglio, ritornato qui / dove il pavimento finisce ed è il rapido / gorgo di ogni amore, di ogni amore, / ti cedo la parola, ti chiedo un po’ / di morte, giocoliera del momento.





Milo De Angelis vive en Milán, donde nació en 1951. Ha publicado seis libros de poemas. Obtuvo el premio Viareggio con Tema dell’addio (Mondadori, 2005). En 2001 apareció Dove eravamo già stati, una antología de su obra en verso. Su poesía reunida, Poesie, fue editada por Mondadori en 2008. Fundó y dirigió la revista Niebo. También publicó narrativa (La corsa dei mantelli, 1979) y ensayos (Poesia e destino, 1982) y ha realizado traducciones del francés (Baudelaire, De Vigny) y del latín (Virgilio, Lucrecio). El volumen Milo De Angelis. Colloqui sulla poesia (2008) recoge un revelador conjunto de entrevistas al poeta. Ha sido traducido a diversos idiomas.

María Julia De Ruschi nació en Buenos Aires. Poeta, ensayista y traductora. Por su versión de Viaje terrestre y celeste de Simone Martini de Mario Luzi obtuvo en 2002 el premio del Ministero degli Affari Esteri de Italia. Publicó una antología de la obra poética de Milo De Angelis titulada Por ese arrebato innato (2004).


28 jul. 2007

María Julia De Ruschi - El fósil de una lluvia

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los huesos buscan su camino

los días buscan su camino

el dedal, el hilo, los cuervos

las hienas, la tijera
buscan su camino

las estrellas, las galaxias
tus manos sobre mi cabeza
buscan su camino

la pequeña flor entre la hierba
las manos de los vientos
el pichón del tero

buscan su camino

la palabra entre palabras

busca su camino

veinte millones de pobres

el pan, el aceite, la sal
buscan su camino

Nuestra Señora de Guadalupe
Electra, Julieta
el invierno
buscan su camino

el sol, el dolor en el pecho
la sangre sobre el papel, el durazno en el barco
buscan su camino

veinte millones de cristos

uno


En Salir de Egipto
Buenos Aires, bajo la luna, 2007


27 jun. 2007

María Julia de Ruschi, Alcestis

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Alcestis, 1

ése es el tirano,
ése, a quien cuidaste como a un hermano pequeño
ése,
el incestuoso, que no se arrancará los ojos
para ver
golpeará tu cabeza
intentará cegarte
para no oír su nombre
de tus labios
no subas al lecho, negro altar
poco vale para él otra vida
la vida de una mujer, menos aun
querrá quemar tus manos, tus labios
tus palabras
sentimental, tierno, seductor
soplará amorosamente tus cenizas
¡cuídate!
de quien vuelve la espalda
al furor de una luz griega
saciando a los dioses


Alcestis, 2

más de veinte años de cárcel
salís así aturdida o quizás
ves que el palomino
ya es una hermosa paloma
negra
que otea desde el balcón
esperando
la hora del primer vuelo
lustrosa alerta erguida
la paloma
Alcestis
más de cien, mil años de cárcel
ahora
no subirás a la pira
cual viuda hindú
mantuviste la palabra dada
cuidaste el nido
el pesebre
la manzana
ahora
sueña
vuela
Alcestis
una neblina suavísima cubre la cima
de los edificios más altos
la calle se mece húmeda
la vieja ciudad es nueva
ya no conocés a nadie
el tiempo se lava las manos
pero ¡qué bueno! ¡el aire! ¡el aire!
música
la luna entre las palmeras
la mano de tu hija en tu mano


Alcestis, 3

verás
ese león estuvo y está
y estará
en el fondo en el magma
en el silencio
al pie del Himalaya
bajo mi cama
¿acaso no deseaba
morir por amor?
¿acaso podía discernir
el amor de la crueldad?
ese león
que tan limpiamente maté
cuya cabeza machaqué
¡hermosa cabeza!
ese león también está vivo y está por ser
muerto otra vez en mi alegría o en un sueño
cuya agua corre por debajo del día
o se desvanece entre las nubes y reaparece en el abrirse
de las flores
madruga el león
en la melena de oro, el olor felino
la mirada carnicera
destellando en su belleza
y yo
machaqué su cabeza
¿para salvarte, hija?
su cabeza sanguinolenta
triste despojo de algo hermoso y feroz
un antiguo terror, un hermoso terror
estará siempre al pie del Himalaya, tenebroso,
sentado como un enorme gato
desafiante
y en el día de mi muerte
bajo mi cama
pero hoy no me interpongo entre su vida y él
sí, hjia,
para que jamás aceptes
la muerte como regalo de bodas
y jamás digas
que no te dejó el Faraón
salir de Egipto


Alcestis, 4

esa luna matutina
que abrió la mañana como un cajón con frutas
esa luna llena en lo alto de los edificios, en el cielo rosado
que abrió la mañana como un viaje por río
dios te salve María llena eres de gracia

mira mi tristeza


Alcestis, 5

Alcestis,
allí, en ese último instante, ¿sentiste la necesidad
de dejar vencer a un mal perfecto, hermoso
que se glorificaba de sí mismo, que poseía
tus huesos, tus besos, tu dolor, hasta la aniquilación?
¿no pudiste oponerle
tu imperfección, el simple riesgo
de amar tu vida?

En María Julia De Ruschi, Salir de Egipto, Buenos Aires, bajo la luna, 2007