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9 abr. 2013

Thomas De Quincey - Los dolores del opio

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Thomas De Quincey por Sir John Robert Steell © National Portrait Gallery, London


—como hunde el gran pintor
Su pincel en la negrura del terremoto y el eclipse.

Shelley, Rebelión del Islam


Lector que me has acompañado hasta aquí, debo solicitar tu atención para una breve nota explicativa en tres puntos:

1. Por varias razones no he podido componer las notas sobre esta parte de mi narrativa en forma ordenada y coherente. Ofrezco mis notas en desorden, tal como las encuentro o como ahora las redacto de memoria. Algunas indican su propia fecha; he fechado otras y algunas no están fechadas. Siempre que convino a mis propósitos trasplantarlas de su orden natural o cronológico así lo hice sin mayores escrúpulos. A veces empleo el presente, otras el pasado. Sólo unas cuantas notas, quizá, se escribieron precisamente en la época a que se refieren, pero esto afecta en muy poco su exactitud, pues las impresiones fueron tales que no podrán desvanecerse nunca de mi mente. Es mucho lo que se ha omitido. No podía, sin gran esfuerzo, obligarme a la tarea de recordar, o de exponer en una narración ordenada, toda la carga de horrores que pesa sobre mi cerebro. Como disculpa invoco en parte este sentimiento y en parte el hecho de que ahora me encuentro en Londres, separado de las manos que suelen prestarme servicios de amanuense, y soy de esas personas tan desmañadas que ni siquiera pueden arreglar sus propios papeles sin ayuda.

2. Creerás tal vez que hago demasiadas confidencias y soy demasiado comunicativo de mi propia historia privada. Es posible. Pero mi manera de escribir es casi pensar en voz alta y seguir mis movimientos de humor, sin reparar en quién me está escuchando; si me detengo a reflexionar en lo que es propio decir a esta o aquella persona, pronto dudaré de que exista una parte de mi relato que con propiedad pueda contarse. Lo cierto es que me imagino que ya han pasado quince o veinte años y me hago a la idea de que escribo para quienes entonces se interesarán por mí; y como quiero ofrecer la relación de una época y soy el único que puede conocer toda la historia, doy a mi narrativa la mayor amplitud posible haciendo los esfuerzos de que ahora soy capaz, pues no sé si alguna vez volveré a tener tiempo para hacerlo.

3. Muchas veces querrás preguntarme por qué no me libré de los horrores del opio suprimiendo o disminuyendo su uso. A esto responderé en pocas palabras: podría pensarse que cedí con demasiada facilidad a las fascinaciones del opio; no cabe suponer que nadie se sienta atraído por sus terrores. El lector puede estar seguro de que hice innumerables intentos por reducir la cantidad. Añadiré que fueron quienes presenciaban la agonía de dichos intentos, y no yo mismo, los primeros en rogarme que cediese. Pero ¿acaso no podía ir disminuyendo una gota diaria o bien agregar agua y luego dividir una gota en dos o tres partes? Dividir mil gotas me hubiera llevado casi seis años: no hay duda de que tal método era insuficiente. Sin embargo, este error es muy frecuente en quienes no tienen ningún conocimiento experimental del opio, pero me dirijo a quienes sí lo tienen para preguntarles si no ocurre siempre que es posible reducir la cantidad con facilidad y aun con placer sólo hasta cierto punto, pasado el cual toda nueva reducción es causa de intensos sufrimientos. Sí, responden algunos insensatos que no saben lo que dicen, sufrirá usted de tristeza y decaimiento durante unos días. No, contesto; lo que sucede no se parece en nada al decaimiento; por el contrario, la mera vitalidad animal aumenta extraordinariamente: el pulso es más firme, la salud mejor. El malestar no consiste en esto, ni recuerda en lo menor a lo que se siente cuando se renuncia al vino. Es un estado de indecible irritación del estómago (lo cual, por cierto, no se asemeja mucho a sentirse triste y decaído) acompañado por una transpiración muy fuerte así como por sensaciones que no intentaré describir en tan poco espacio.

Empiezo ahora in media res y, anticipándome a la época en la que puede decirse que los dolores del opio llegaron a su acmè, trataré de sus efectos paralizantes sobre las facultades intelectuales.

Hace tiempo que he interrumpido mis estudios. No siento ningún placer en leer y apenas si puedo hacerlo más de un momento. En cambio leo a veces en voz alta por dar gusto a los demás, ya que no me falta talento para este tipo de lectura; diré más, en el sentido vulgar de la palabra talento —o sea un mérito superficial, un adorno— es casi el único que tengo, y si en otro tiempo pude envanecerme de alguno de mis méritos o facultades, fue de esta habilidad que, según he observado, es la menos frecuente de todas. Los actores leen peor que nadie: [Kemble] es un pésimo lector y la Sra. [Siddons], tan celebrada, sólo acierta en las composiciones dramáticas y es incapaz de leer a Milton de manera soportable. En general, la gente lee la poesía sin ninguna pasión o bien excede la sobriedad natural y lee sin inteligencia. Si en los últimos tiempos algo encontré en los libros que me conmoviera, fueron las nobles quejas de Sansón Agonistes o las grandes armonías de los parlamentos de Satán en el Paraíso Recobrado, leídas a solas y en voz alta. A veces viene una señorita a tomar té con nosotros; a petición de ella y de M., les leo de cuando en cuando los poemas de W[ordsworth]. (W[ordswoth], dicho sea de paso, es el único poeta que he conocido nunca que sea capaz de leer sus propios versos; diré más: a menudo lee admirablemente.)

Creo que durante dos años no leí libros, con una sola excepción, y quiero recordar cuál es para pagar la gran deuda de gratitud que tengo con su autor. Todavía solía leer a los poetas más sublimes y apasionados aunque, como he dicho, por trozos y ocasionalmente. Bien sabía yo que mi verdadera vocación era el ejercicio del entendimiento analítico, pero la mayoría de los estudios analíticos son continuos y no pueden practicarse con interrupciones o en esfuerzos fragmentarios. Las matemáticas, la filosofía intelectual, por ejemplo, se me habían vuelto intolerables; les huía poseído de una sensación de enervamiento impotente y pueril que me angustiaba todavía más al evocar la época en que disfrutaba ejercitándome en ellas horas enteras, y también por esta otra razón, que había orientado los esfuerzos de toda mi vida, y dedicado mi inteligencia, sus flores y sus frutos, a la lenta y compleja labor de construir una sola obra, que tenía la presunción de llamar con el título de un libro inconcluso de Spinoza, De emendatione humani intellectus. Este trabajo se hallaba ahora detenido y como congelado, tal un puente o acueducto español, comenzado en escala demasiado grande para los recursos del arquitecto; y en vez de sobrevivirme, al menos como monumento a mis deseos y aspiraciones, y a una vida de trabajo dedicada a exaltar la naturaleza humana en la forma como Dios creyó apropiado dotarme para tan vasta empresa, serviría para que mis hijos hicieran memoria de mis esperanzas derrotadas y mis esfuerzos sin resultado, de los materiales acumulados en vano y de los cimientos sobre los que nunca se levantó una superestructura: del dolor y la ruina del arquitecto. Hallándome en esta condición de imbecilidad procuraba entretenerme dirigiendo mi atención a la economía política; supongo que, mientras me quedase un soplo de vida, mi entendimiento, antes activo e inquieto como una hiena, era incapaz de sumirse en un letargo absoluto. Para las personas que se hallan en el estado en que me encontraba, la economía política tiene la ventaja de que, si bien es una ciencia eminentemente orgánica (es decir, que en ella todas las partes influyen sobre el todo así como, a su vez, el todo influye sobre cada una de las partes), es posible separar cada una de las distintas partes y considerarla en sí misma. A pesar de la gran postración en que por entonces se hallaban mis facultades, no podía olvidar mis conocimientos, y mi inteligencia había estado íntimamente familiarizada durante demasiados años con los pensadores más estrictos, con la lógica y los grandes maestros de la ciencia, como para no darme cuenta de la extremada debilidad del grupo principal de los economistas modernos. En 1811 había tenido ocasión de examinar muchos libros y folletos sobre las diversas ramas de la economía, y a veces, cuando se lo pedía, M. me leía capítulos de las obras más recientes o fragmentos de los debates parlamentarios. Por lo general me parecía que estos textos eran la hez de la inteligencia humana y que cualquier persona de cabeza bien ordenada, acostumbrado a manejar la lógica con habilidad escolástica, podía coger entre el índice y el pulgar a toda la academia de economistas modernos y ahogarlos a mitad de camino entre el cielo y la tierra o bien pulverizar sus cabezas con un abanico de señora. Al cabo, en 1819, un amigo de Edimburgo me envió el libro del Sr. Ricardo y, recurriendo a mi propia anticipación profética sobre el advenimiento de un legislador para esa ciencia, exclamé antes de terminar el primer capítulo: «¡Tú eres el hombre!». El asombro y la curiosidad eran para mí emociones muertas desde hacía mucho tiempo. Ahora, sin embargo, volví a sentirlas: me pregunté si una vez más tendría estímulos suficientes para el esfuerzo de leer y el propio libro me inspiró una viva curiosidad. ¿En verdad se había escrito esta obra tan profunda en Inglaterra y en el siglo diecinueve? ¿Era posible? Yo había dado por supuesto que el pensamiento(1) se había extinguido en Inglaterra. ¿Cómo podía ser que un inglés, ajeno a los recintos académicos, y abrumado por sus obligaciones comerciales y senatoriales, llegase a la meta cuando todas las universidades de Europa no habían conseguido avanzar ni un palmo en cien años de trabajo? Todos los demás autores habían desaparecido aplastados por la carga descomunal de datos y documentos; el Sr. Ricardo había deducido a priori del propio entendimiento leyes que por primera vez arrojaban un rayo de luz sobre el intrincado caos de materiales y, con lo que apenas era una colección de vagas discusiones, había construido una ciencia de proporciones ordenadas que ahora se levantaba sobre bases eternas.

Así fue como una sola obra de profunda inteligencia, además de darme placer, me movió a una actividad que no había tenido desde hacía varios años: hasta me incitó a escribir o al menos a dictarle a M. que escribía por mí. Me pareció que algunas verdades imponentes habían escapado inclusive al «ojo inevitable» del Sr. Ricardo y, como eran de tal naturaleza que en la mayoría de los casos podía expresarlas o ilustrarlas mediante símbolos algebraicos con más brevedad y elegancia que en el estilo torpe y difuso de los economistas, toda la exposición cabía en un cuaderno; aunque me sentía incapaz de todo esfuerzo fui tan lacónico en esta ocasión que, con M. como amanuense, conseguí redactar mis Prolegómenos a todos los futuros sistemas de economía política. Espero que no se pensará que huelen a opio, aunque a decir verdad el tema es ya lo bastante opiáceo para casi todo el mundo.

Pero este esfuerzo no fue sino un destello, como se apreciará por lo que ocurrió luego, ya que decidí publicar mi obra y se hicieron los arreglos necesarios a fin de imprimirla en una prensa de provincia, situada a unas dieciocho millas de distancia. Con tal objeto se retuvo especialmente a un cajista durante varios días. Hasta se anunció en dos ocasiones el libro, por lo que, en cierta forma, estaba obligado a llevar a la práctica mis intenciones. No obstante, me quedaba por escribir un prefacio y una dedicatoria —que yo quería brillante— al Sr. Ricardo. Me fue del todo imposible hacerlo. Se revocaron los arreglos, se despidió al cajista y mis Prolegómenos descansaron en paz al lado de su más respetable hermano mayor.

He descrito o ilustrado mi embotamiento intelectual en términos que, en una u otra forma, se aplican a los cuatro años que estuve bajo el hechizo del Circe del opio. De no ser por la angustia y el sufrimiento cabría afirmar sin faltar a la verdad que entonces existía en un estado de total inactividad y como dormido. Era raro que pudiese forzarme a escribir una carta; a lo mucho lograba responder en pocas palabras las que había recibido y no sin que, muchas veces, la carta no aguardase antes durante semanas o aun meses sobre mi escritorio. Sin la ayuda de M. todos los recibos de las cuentas pagadas o por pagar habrían desaparecido y mi economía doméstica, cualquiera que fuese la suerte de la Economía Política, se habría precipitado por entero a una confusión inextricable. No volveré a aludir a este aspecto del caso a pesar de que, en última instancia, agobia y atormenta al comedor de opio tanto como cualquier otro, a causa de la sensación de debilidad e impotencia provocada por los incidentes vergonzosos que sobrevienen cuando se descuidan y postergan las obligaciones de cada día, así como de los remordimientos que a menudo enconan el aguijón de estos males en un ánimo meditativo y escrupuloso. El comedor de opio no pierde un ápice de su sensibilidad o sus aspiraciones morales; desea y anhela, tan vivamente como siempre, hacer lo que cree posible y lo que a su juicio le exige el deber, pero su percepción intelectual de lo que es posible sobrepasa infinitamente no sólo su capacidad de ejecutar sino también su capacidad de intentar; yace bajo el peso de un íncubo, de una pesadilla: tiene ante los ojos todo lo que de buena gana quisiera hacer, tal como un hombre postrado en el lecho por la mortal languidez de una enfermedad enervante a quien se obligara a ser testigo de los abusos y ultrajes infligidos a la persona que ama sobre todas las cosas: maldice los ensalmos que lo encadenan y lo privan de todo movimiento, sacrificaría su vida si lograra ponerse de pie y andar, pero es impotente como un recién nacido y ni siquiera puede intentar levantarse.

Paso ahora al tema principal de estas últimas confesiones, a la historia y el diario de lo que sucedió en mis sueños, causa inmediata y próxima de mis sufrimientos más intensos.

El primer aviso de que estaba ocurriendo un cambio importante en esta parte de mi economía física fue que volvió a manifestarse una condición del ojo que, por lo general, se presenta en la infancia o en estados de extrema irritabilidad. Ignoro si el lector tiene noticia de que muchos niños, tal vez la mayoría, son capaces de pintar, por así decirlo, toda suerte de fantasmas sobre la oscuridad; en algunos, tal facultad es tan sólo una afección mecánica del ojo; otros disponen de un poder voluntario o semivoluntario para convocar y despedir las imágenes o, como en una ocasión me dijo un niño al que interrogaba sobre esto: «Puedo decirles que se vayan y se van, pero a veces vienen sin que les haya dicho que vengan.» Le respondí que tenía sobre las apariciones autoridad casi tan ilimitada como la de un centurión romano sobre los soldados. A mediados de 1817, si mal no recuerdo, esta facultad se volvió verdaderamente penosa; por las noches, mientras me hallaba acostado y sin dormir, desfilaban ante mí vastas procesiones de lúgubre pompa, frisos de historias interminables tan tristes y solemnes como si fuesen de tiempos anteriores a Edipo y a Príamo —anteriores a Tiro—, anteriores a Menfis. Al mismo tiempo se produjo un cambio equivalente en mis sueños; de pronto se abrió e iluminó en mi cerebro un teatro en el que cada noche se presentaban espectáculos de esplendor más que terrenal. Debo mencionar también los cuatro hechos siguientes, que por entonces empecé a advertir:

1. A medida que aumentaba la disposición creativa del ojo parecía surgir cierta simpatía entre los estados de sueño y vigilia del cerebro, en el sentido que, por lo general, todo lo que yo invocaba y dibujaba en la oscuridad mediante un acto de voluntad se transfería a mis sueños; hasta tal punto que temía ejercer esta facultad, pues, así como los objetos que Midas transformaba en oro burlaban sus esperanzas y defraudaban sus deseos humanos, bastaba que imaginase en la oscuridad las cosas que pueden representarse visualmente para que asumieran al instante la forma de fantasmas del ojo y, por un proceso al parecer no menos inevitable, una vez trazadas las imágenes en colores pálidos y visionarios, como escrituras en tinta simpática, la química feroz de mis sueños las reavivaba hasta darles un esplendor intolerable que me oprimía el corazón.

2. Este y todos los demás cambios ocurridos en mis sueños vinieron acompañados de una honda ansiedad y una amarga melancolía que es enteramente imposible comunicar con palabras. Cada noche sentía que bajaba, no metafóricamente, sino que en realidad bajaba a grietas y simas tenebrosas, abismos en los abismos, sin ninguna esperanza de reascender. Y al despertarme no me parecía que hubiese reascendido. No me detendré a explicarlo, ya que no hay palabras que basten para dar una idea del negro desaliento que me embargaba ante esos grandiosos espectáculos, por lo menos igual a la absoluta oscuridad de una desesperación suicida.

3. El sentido del espacio y, al final, el sentido del tiempo, quedaron ambos gravemente afectados. Los edificios, los paisajes, etc., se mostraban en proporciones más vastas de las que perciben los ojos mortales. El espacio se hinchaba y expandía hasta alcanzar el infinito indecible. Sin embargo, esto no me inquieta tanto como la gran expansión del tiempo; a veces tenía la impresión de haber vivido 70 ó 100 años en una noche; más aún, sentía que durante ese lapso había transcurrido todo un milenio o, por lo menos, una duración muy superior a los límites de cualquier experiencia humana.

4. Volvían a mí los más nimios incidentes de la infancia o escenas olvidadas de otros años; no puede decirse que los recordara, ya que si alguien me hubiese hablado de ellos estando yo despierto no habría podido darme cuenta de que formaban parte de mi experiencia. Pero tal como se disponían ante mí, en sueños semejantes a intuiciones, revestidos de las más efímeras circunstancias y sentimientos que una vez los acompañaron, los reconocía al instante. Una de mis parientes más cercanas me ha contado que, siendo niña, se cayó al río y estaba a punto de perecer cuando acudieron en su auxilio: en ese momento crítico vio su vida entera desplegarse simultáneamente ante sus ojos, como en un espejo, al tiempo que se desarrollaba en ella la facultad de comprender el todo y cada una de sus partes. Bien puedo creerlo cuando recuerdo algunas de mis experiencias con el opio; luego, en dos ocasiones, he visto que se afirma la mismo en libros modernos junto a una observación de cuya verdad estoy convencido, a saber que el temible Libro del Juicio Final de que hablan las Escrituras es, en realidad, la propia mente de cada persona. Al menos me siento seguro de esto, la mente no es capaz de nada que se parezca al olvido; mil accidentes interponen un velo entre nuestra conciencia y las inscripciones secretas de la mente, pero otros accidentes de la misma clase lo desgarran y, velada o no, la inscripción perdura para siempre, tal las estrellas que parecen retirarse ante la luz común del día aunque en verdad, como todos sabemos, la luz haya corrido su velo sobre ellas, que volverán a mostrarse cuando otra vez se descorra la luz oscurecedora del día.

Habiendo señalado estos cuatro factores, diferencias memorables entre mis sueños de entonces y aquellos de la salud, citaré ahora un ejemplo que servirá de ilustración al primero de ellos y luego contaré los demás que recuerde, ya sea en orden cronológico o en cualquier otro que aumente el efecto de los cuadros sobre el lector.

Fui en mi juventud —y lo sigo siendo de tiempo en tiempo, cuando quiero entretenerme— gran lector de Livio, a quien, lo confieso, prefiero sobre los demás historiadores romanos tanto por el estilo como por la materia; muchas veces he sentido que los sonidos más graves y solemnes, más enfáticamente representativos de la majestad del pueblo romano, son esas dos palabras que con tanta frecuencia aparecen en su obra: Consul Romanus, sobre todo cuando están referidas al cónsul en sus funciones militares. En efecto, expresiones como sultán, regente, etc., o cualquiera de los títulos usados por quienes encarnan en sus propias personas las majestad colectiva de un gran pueblo, tenían menos poder sobre mis sentimientos reverenciales. De otra parte, aunque no soy gran lector de historia, había llegado a familiarizarme minuciosa y críticamente con un período de la historia de Inglaterra, el de la Guerra Parlamentaria, en el que me atraían la grandeza moral de algunos personajes y los muchos e interesantes libros de memorias que nos quedan de una época tan agitada. Estas dos partes de mis lecturas más ligeras, que habían sido a menudo tema de mis reflexiones, me dieron ahora la materia de mis sueños. Muchas veces, habiendo pintado en la oscuridad una especie de ensayo general cuando aún me hallaba despierto, veía una multitud de damas, tal vez una fiesta y bailes, y oía decir, o bien yo mismo me decía: «Estas son las damas inglesas de los desventurados tiempos de Carlos I. Estas son las mujeres e hijas de aquellos que se reunían en paz, se sentaban a las mismas mesas y estaban unidos por lazos de matrimonio o de sangre, pero que, pasado cierto día de agosto de 1642, no volvieron a sonreírse ni se encontraron más, como no fuera en el campo de batalla, y en Marston Moor, Newbury o Naseby tajaron con el sable cruel los vínculos del amor y ahogaron en sangre el recuerdo de la antigua amistad.» Las damas bailaban y eran tan hermosas como las de la corte de Jorge IV y no obstante yo sabía, aún en sueños, que llevaban casi dos siglos bajo tierra. De pronto se desvanecía el suntuoso desfile, sonaba una palmada, las palabras Consul Romanus me estremecía el conrazón y de inmediato avanzaban majestuosamente, en túnicas deslumbrantes, Paulo o Mario, rodeados por una compañía de centuriones, con la púrpura enarbolada en una lanza, y seguidos por el alalagmos de las legiones romanas.

Hace muchos años hojeaba yo las Antigüedades de Roma, de Piranesi, mientras el Sr. Coleridge, que se hallaba a mi lado, me describía una serie de grabados de ese artista, llamados los Sueños, en los que registró el escenario de las visiones que lo asediaron con el delirio de la fiebre. Algunos de ellos (según recuerdo de lo que me contó el Sr. Coleridge) representaban enormes salas góticas, con el suelo cubierto de toda clase de máquinas y artefactos, ruedas, cables, poleas, palancas, catapultas, etc., que expresaban lo enorme de la potencia aplicada y la resistencia vencida. Pegada a los muros se veía una escalera por la que subía trabajosamente el propio Piranesi: un poco más allá la escalera terminaba abrupta, súbitamente, sin balaustrada de ninguna clase: se había llegado al extremo y era imposible dar un solo paso más sin precipitarse al vacío. Cualquiera sea la suerte del pobre Piranesi, pensamos, por lo menos aquí terminan, de alguna manera, sus sufrimientos. Pero al levantar la vista vemos, todavía más alto, una segunda escalera y en ella distinguimos nuevamente a Piranesi, ahora al borde mismo del precipicio; volvemos a elevar la mirada y divisamos una escalera aún más aérea y al pobre Piranesi ocupado en su fatigosa ascensión: y así una y otra vez hasta que la escalera interminable y Piranesi se pierden ambos en la tiniebla superior del recinto. Con la misma potencia incesante de crecimiento y reproducción de sí misma procedía la arquitectura de mis sueños. En las primeras fases de mi enfermedad los esplendores de los sueños fueron sobre todo arquitectónicos: contemplé ciudades y palacios de una pompa que nunca contemplaron ojos despiertos, como no fuese en las nubes. Citaré los versos en que un gran poeta moderno describe, como aparición surgida en las nubes, lo que yo solía ver, con muchos de los mismos detalles, en mis sueños:

La aparición, de pronto revelada,
De una gran ciudad —diré mejor
Un agitado océano de edificios
Cerrado sobre sí mismo en prodigiosos
Interminables abismos de esplendor.
Vi murallas de oro y diamantes
Cúpulas de alabastro, agujas de plata
Y terrales sobre terrazas relucientes
En alto levantadas; avenidas
De claros pabellones; torres rodeadas
Por almenas en cuya frente inquieta
Brillaba una estrella —¡luz de todas las gemas!
La naturaleza terrestre con el turbio
Material de la tormenta, ahora en calma,
Forjara esta visión, con las bóvedas,
Laderas, cumbres hechas de nubes
Detenidas bajo el cielo azul, etc.

Uno de estos sublimes detalles —almenas con estrellas en las frentes inquietas— podría estar copiado de mis sueños arquitecturales, donde se presentó varias veces. Se afirma que, en nuestros tiempos, Dryden y Fuseli comían carne cruda a fin de provocarse sueños espléndidos: más les valiera comer opio para lograr su propósito, lo que hasta ahora, que yo sepa, no ha hecho ningún poeta, como no sea el dramaturgo Shadwell; se cree también, y a mi juicio con razón, que en la antigüedad Homero conocía las virtudes del opio.

A mi arquitectura siguieron sueños de lagos y plateadas extensiones de agua, sueños que me obsesionaron hasta tal punto que llegué a temer (lo cual parecerá absurdo a un médico) que una condición o tendencia hidrópica del cerebro se estuviese haciendo (para emplear una palabra metafísica) objetiva y que el órgano sensible se proyectase como objeto de sí mismo. Durante dos meses me dolió mucho la cabeza, una parte del cuerpo que hasta entonces había tenido tan libre de toda muestra o asomo de debilidad (hablo de lo físico) que solía decir, como el último lord Orford de su estómago, que probablemente sobreviviría al resto de mi persona. Antes de esta época yo nunca supe lo que era una jaqueca, ni el más ligero dolor de cabeza, con excepción de los dolores reumáticos provocados por mis propias imprudencias. Felizmente conseguí superar el ataque, aunque estuvo a punto de convertirse en algo muy peligroso.

Ahora cambió la naturaleza de las aguas; los lagos translúcidos, brillantes como un espejo, se convirtieron en mares y océanos. Sobrevino un cambio tremendo que, al irse desenvolviendo lentamente durante muchos meses como un rollo de pergamino, me anunció un perpetuo tormento; así fue, en efecto, y ya no me libraría de él sino cuando mi caso llegara a su término. Hasta entonces el rostro humano había intervenido muchas veces en mis sueños, aunque no despóticamente ni con un poder especial de atormentar. Ahora empezó a manifestarse lo que he llamado la tiranía del rostro humano. Tal vez esto tenga su origen en una época de mi vida en Londres. Sea como fuere, ahora el rostro humano empezó a aparecer sobre las aguas agitadas del océano: el mar estaba pavimentado de rostros innumerables vueltos hacia el cielo: rostros implorantes, coléricos, desesperados, que surgían por millares, por miríadas, por generaciones, por siglos —mi agitación era infinita —mi alma se hundía —y se alzaba con el océano.


(1)El lector debe tener presente lo que quiero decir por pensamiento: de otra manera esta afirmación resultaría presuntuosa. Últimamente Inglaterra ha tenido, hasta el exceso, pensadores magníficos en los ramos de la creación y la combinación, pero la escasez de pensadores masculinos en todas las vías analíticas es lamentable. Un escocés de nombre eminente nos decía hace poco que se había visto obligado a abandonar hasta las matemáticas por falta de apoyo.



En Confesiones de un inglés comedor de opio
Traducción: Luis Loayza
Imagen: Thomas De Quincey por Sir John Robert Steell © National Portrait Gallery, London


14 abr. 2007

Thomas de Quincey - La gran batalla de los niños

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Aporte de Karmen Blazquez en Factor Serpiente


Entre 1851 y 1852, el genial escritor británico publicó en la revista escocesa Instructor una serie biográfica que
Bosquejo de la infancia (Caja Negra) reúne por primera vez en castellano

De acuerdo al rápido bosquejo que ahora me concede la memoria, tal era el hermano que me abrió por primera vez las puertas de la guerra. La ocasión fue la siguiente. Había contestado con una lluvia de piedras la afrenta que nos dirigiera un niño de una fábrica de algodón; más de dos años después, esto aún funcionaba como la taeterrima causa [la causa más terrible, N. de T.] de las escaramuzas y batallas que tenían lugar toda vez que pasábamos frente a la fábrica; y desafortunadamente, eso era dos veces al día, con excepción del domingo. Nuestra situación con respecto al enemigo era como sigue: Greenhay, una casa de campo recientemente construida por mi padre, estaba en ese tiempo a no menos de una milla de las afueras de Manchester; pero en años posteriores, Manchester, alargando los tentacula de sus vastas expansiones, engulló a Greenhay por completo, y por lo que sé, los terrenos y jardines que entonces aislaban la casa pueden haber desaparecido hace ya mucho.
Siendo una mansión modesta que (incluyendo paredes térmicas, dependenciasy una casa para el jardinero) había costado solamente seis mil libras, no sé cómo puede haber ascendido al honor de dar su nombre a una zona de esa gran ciudad; sin embargo, así ha ocurrido; y en el tiempo presente, pues, luego de cambios tan grandes, será difícil para el habitué de esa zona entender cómo mi hermano y yo podíamos disponer de un camino solitario que se extendiera entre Greenhay y la calle Princess, el límite por aquel entonces en ese lado de Manchester. Pero así era. La calle Oxford, como su tocaya en Londres, se llamaba entonces Camino Oxford; y durante la época en que tuvimos trato con él se levantaron las primeras tres casas en su vecindad; la tercera de las cuales fue construida para el Reverendo S. H., uno de nuestros tutores, para quien sus amigos también construyeron la iglesia de San Pedro a menos de un tiro de flecha de la casa. En esa época, no obstante, el Reverendo vivía en Salford, a dos millas aproximadamente de Greenhay; hacia allí marchábamos diariamente a recibir el beneficio de su instrucción en cultura
clásica. Una sola fábrica de algodón se había levantado en la línea de la calle Oxford; y estaba cerca de un puente que también era una creación nueva; pues antes todos los que viajaban a Manchester debían dar la vuelta por Garrat. La fábrica se convirtió para nosotros en la officina gentium [fábrica de bárbaros, N. de T.] de la cual salían esos enjambres de godos y vándalos que amenazaban continuamente nuestros pasos; y convertido este puente en la eterna arena de combate, debíamos tener mucho cuidado de estar del lado correcto para la retirada, esto es, del lado de la ciudad o del lado del campo, según estuviéramos en camino a la mañana o de regreso por la tarde. Las piedras eran nuestras armas de combate; y gracias a la práctica continua nos volvimos expertos en su manejo.

Apenas hace falta referir el origen de nuestra hostilidad, pues el accidente concreto que le dio inicio no era la verdadera causa eficiente de nuestro combate sino simplemente (como se dice en
lógica) su ocasión. Fue la causa nuestro modo aristocrático de vestir: por ser niños de una familia opulenta, en la cual todas las provisiones eran generosas y todos los compromisos, elegantes, estábamos siempre bien vestidos y, en particular, usábamos pantalones (desconocidos en ese tiempo salvo en las localidades marítimas) y botas de Hesse, un crimen imperdonable en el Lancanshire de la época, pues implicaba la doble ofensa de ser aristocrático y exótico. Eramos aristócratas y era inútil negarlo; ¿podíamos negar nuestras botas? Mientras que nuestros antagonistas, si no eran sans-culottes por completo, eran desaliñados y desprolijos en su vestimenta, a menudo estaban sucios, con el pelo totalmente revuelto y siempre cubiertos de hebras de algodón. No eran jacobinos por simpatizar con el jacobinismo francés, que por entonces desolaba Europa occidental; al contrario, detestaban todo lo francés y respondían con señas fraternales al grito de "Iglesia y Rey" o "Rey y Constitución" . Pero, con todo, al ser totalmente independientes por cobrar salarios muy elevados y en un tipo de industria que estaba sacando muchos pasos de ventaja, se las ingeniaron para reconciliar ese antijacobinismo patriótico con el jacobinismo personal que crece en el corazón humano, el cual por natural impulso (y no sin una raíz de nobleza) se opone a toda inequidad y sólo la abraza cuando cree que es inevitable o cuando ha sacado provecho de sus beneficios largamente.

Fue uno de los primeros días de nuestro nuevo tyrocinium [aprendizaje de la guerra, N. de T.], o quizás el primero de todos, cuando, al cruzar el puente, un niño que salía casualmente de la fábrica, nos gritó en tono burlón: "¡Hola, cajetillas!" . Quizás el lector no logre detectar en esto ningún insulto atroz que justifique la larga guerra que vino luego. Pero el lector se equivoca. La palabra "dandies", que era lo que quería decir el villano, no había nacido aún, por lo que no podía habernos llamado de ese modo a menos que tuviera el don de la profecía. Cajetilla era la palabra a mano más próxima en su vocabulario de Manchester; dio todo de sí y nos dejó imaginar el resto. Pero al instante descubrió nuestras botas y completó su crimen gritándonos: "¡Botas! ¡Botas!". Mi hermano frenó en seco, lo examinó con intenso desdén y le ordenó que se acercara para que pudiera "entregar su carne a las aves del firmamento". El niño prefirió rechazar esta gentil invitación y respondió con un gesto de lo más plebeyo y despreciable, ante lo cual mi hermano lo acometió con una lluvia de piedras.

Durante este inaugural florecimiento de hostilidades, yo, por mi parte, permanecí inactivo y, en consecuencia, aparentemente neutral. Pero ésa fue la última vez que actué de ese modo: la situación me había tomado por sorpresa. Que me dijera "cajetilla"alguien que me podía haber dicho "cobarde", "ladrón" o "asesino" me resultaba una ofensa de lo más excusable; y con respecto a "botas", descansaba eso sobre una realidad tan flagrante que habría sido absurdo negarla; de manera que al principio era yo tan inexperto que juzgaba al niño sumamente considerado e indulgente. Pero mi hermano pronto corrigió mi perspectiva: y si quedaba alguna duda, me convenció, al menos, de mi absoluta lealtad para con él, que era triple. Primero, parece, le debía obediencia militar, como a mi comandante en jefe, siempre que "iniciáramos una campaña"; segundo, por la ley de las Naciones, siendo yo un cadete de mi casa, debía imitar y prestar servicio a quien estuviera a cargo; y me aseguraba que, dos veces al año, en mi cumpleaños y en el suyo , tenía derecho, hablando estrictamente, a tirarme al piso y aplastar mi cuello con su pie; por último, según una ley no tan rigurosa pero igualmente válida entre caballeros, es decir, "por cortesía entre naciones", aparentemente le debía eterna consideración a quien era mucho más grande que yo, mucho más sabio, más fuerte, más valiente, más bello y más ágil de piernas. Algunas de estas cosas las sabía yo intuitivamente, aunque no había investigado en detalle los modos y motivos de mis deberes. Como el Paria que era por natural temperamento y por entregarme a la depresión de manera pavorosa, sentía sobre mí la opresión, muy profunda y sombría, de oscuros deberes que no sería capaz de cumplir, una carga que no sabía cómo transportar ni tampoco cómo desechar. Me alegraba, pues, encontrar todo el tremendo peso de las obligaciones, de la ley y los profetas, concentrado en este breve mandamiento: "Obedecerás a tu hermano como al representante de Dios en la tierra". Puesto que ahora, si por alguna futura piedra arrojada a quien me llamara "cajetilla", llegara a derramar sangre, no habría cometido quizás ninguna grave violación de los derechos que el otro invocara; y si la hubiera cometido (ya que en este punto mis convicciones aún eran vaporosas), en cualquier caso el derecho que violara en relación con este hermano abstracto habría sido cancelado al entrar en colisión con la lealtad absoluta que debía a este hermano feudal de mi propia y concreta casa.

Desde ese día, por lo tanto, obedecí todas las órdenes militares de mi hermano con la mayor docilidad; y me sentía dichoso de que todo tipo de distracción, interrogante o motivo de duda fuera absorbido por la unidad del principio papal que mi hermano había descubierto, a saber, que todos mis derechos de casuística se trasladaban a él. Suyo era el juicio, suya la responsabilidad, y a mí sólo me correspondía el deber sublime de profesarle una incondicional fe.
Cumplí con esa fe. Es cierto que a veces, en sus partes de batalla, me atribuía una "horrible cobardía" o incluso "una cobardía que parecía inexplicable, salvo bajo el supuesto de traición". Pero esto era solamente una façon de parler de su parte: la idea de una perfidia secreta, que operaba constantemente bajo la superficie, daba interés al curso de la guerra, que de otro modo tendía a ser monótono. Era un recurso dramático para mantener vivo el interés cuando los hechos se parecían demasiado entre sí. Pero estaba claro que no creía en sus acusaciones, porque nunca las repetía en su "Historia General de la Campaña", que era un résumé o selección de sus partes diarios.

Combatíamos todos los días; y, en términos generales, dos veces cada día; y el resultado era bastante uniforme, a saber, que mi hermano y yo dábamos fin a la batalla ejerciendo nuestro innegable derecho a la fuga. La Carta Magna , quiero creer, asegura ese derecho a todo hombre; en caso contrario sería, por cierto, tristemente defectuosa. Pero del desenlace catastrófico de todas nuestras escaramuzas y todas las batallas campales, salvo una, surgió un abismo insalvable
entre mi hermano y yo. Mi obediencia ilimitada concernía a las acciones, no a las opiniones. La lealtad para con mi hermano no se sustentaba en la hipocresía; que fuera fiel no implicaba que fuera falso con respecto a sus opiniones caprichosas. Y estas opiniones a veces tomaban la forma de actos. Al menos dos veces a la semana, pero en ciertos períodos todas las noches, mi hermano insistía en que cantáramos un "Te Deum" en agradecimiento de las supuestas batallas que había ganado; e insistía también en que yo participara de estos "Te Deum". Ahora, como yo no sabía de tales victorias y afirmaba resueltamente la verdad, esto es, que nos dábamos a la fuga, una leve perturbación corrompía estas ovaciones musicales que de otro modo habrían ejercido un efecto triunfal. Pero una vez que emitía mi protesta, no obstante, hacía de buena gana mi contribución al canto; pues sentía un amor indescriptible por ese grandioso y variado sistema de canciones que poseen las Iglesias de Inglaterra y de Roma. Y considerando ahora los inefables beneficios que recibí de la Iglesia de mi infancia, cuento entre los más grandes los que me llegaron a través de las diversas canciones vinculadas con el "O, Jubilate", el "Magnificat" , el "Te Deum", el "Benedicte" y otros. Fue por estas canciones que el dolor que arrasó mi infancia y la devoción que la naturaleza había convertido en necesidad de mi ser se entrelazaron íntimamente: el dolor dio realidad y hondura a la devoción; la devoción dio grandeza e idealismo al dolor. Además, mi amor por el canto no estaba totalmente desprovisto de erudición. Un hijo de mi tutor, el Reverendo, mucho más grande que yo, que poseía la curiosa habilidad de producir una especie de acompañamiento de órgano con la mitad de su boca mientras cantaba con la otra mitad, me había dado alguna instrucción en el arte del canto; y en cuanto a mi hermano, él, un Briareo de cien manos podía hacerlo todo; naturalmente, entonces, podía cantar. Podía cantar: tenía derecho a cantar: tenía derecho, quizás, a cantar el "Te Deum". Pues si huía todos los días de su vida, ¿qué hay con eso? A veces el enemigo se congregaba en números abrumadores, setenta o incluso noventa en total. Ahora, si hay un momento para cada cosa en este mundo, indudablemente ése era el momento de darse a la fuga. Pero ahora debo hacer una pausa y reservar lo que sigue para una próxima ocasión.


Traducción: Jerónimo Ledesma


Obras principales: Confesiones de un opiómano inglés (1822), Del asesinato considerado como una de las bellas artes (1827), Suspiria de Profundis (1845).

9 abr. 2007

THOMAS DE QUINCEY - La muerte de Kant

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Llegamos ya al mes de febrero de 1804, que fue el último que Kant había de ver. Es de notar que en el libro de apuntes, del cual he hecho mención alguna vez, encontré un fragmento de un canto antiguo (copiado por Kant durante el verano, unos seis meses atrás) que decía que el mes de febrero es aquel en que llevamos menos carga, por la razón de ser más corto. Sin embargo, aun de tan corto mes, Kant, no tenía que vivir más que doce días, si es que puede decirse así, pues en realidad se estuvo muriendo desde el primero.

A partir del día 3, pareció que los resortes de la vida dejaron de funcionar, porque desde entonces ya no tomó más alimento. Su existencia dijérase prolongarse tan sólo gracias al ímpetu que le habían dado ochenta años de vida. El médico le visitó aquel día como de costumbre, y recuerdo un pequeño detalle que nos impresionó a los dos, como revelador de la inalterable cortesía y bondad de Kant. Al entrar el doctor, Kant se levantó y alargándole la mano pronunció unas frases en las repitió varias veces la palabra posts, pero en forma que parecía pedir auxilio para completar el concepto. El doctor, que creyó que divagaba y se refería a los relevos de postas, le contestó que todos los caballos estaban ocupados y que no se preocupara; pero Kant insistió haciendo grandes esfuerzos: muchos puestos... puestos pesados... mucha bondad... mucha gratitud, todo ello con incoherencia aparente, pero con mucho calor y dominio de sí mismo. Yo adiviné entonces lo que quería decir. Lo que el profesor desea expresaros, doctor, es que considerando los muchos puestos o cargos que desempeñáis en la ciudad y en la universidad, representa una gran bondad por vuestra parte dedicarle tanto tiempo (pues el doctor jamás quiso cobrarle) y os está en extremo agradecido. Eso es, exclamó Kant, eso es. Pero todavía continuaba de pie, aunque en actitud de desplomarse; por lo que le hice observar al médico que Kant no se sentaría, por mucho que padeciese, hasta que su visitante no tomara asiento. El doctor pareció dudar de ello, pero Kant, que lo oyó, haciendo un esfuerzo sobrehumano lo confirmó con estas palabras: No permita Dios que caiga tan bajo que me olvide de las obligaciones de la hospitalidad.

Cuando anunciaron la comida, el doctor se despidió. Había llegado el otro comensal, y yo confié, en vista de la animación que Kant había mostrado poco hacía, que pasaríamos un rato agradable, pero me equivoqué. Kant estaba agotado, más que de costumbre, y aunque se llevaba la cuchara a la boca, no tragaba nada. Hacía algún tiempo que no le encontraba gusto a ningún manjar, y yo probé aunque sin éxito, a estimular su apetito con nuez moscada, canela y otros condimentos. Aquel día todo falló y ni siquiera quiso probar un bizcocho. Una vez le había oído contar que uno de sus amigos cuya enfermedad era el "marasmus", la habían terminado con cuatro o cinco días completamente exentos de dolor, pero sin ningún apetito, y luego habían pasado tranquilamente a mejor vida. Y me temí que él acababa de entrar en semejante período.

El sábado, día 4, oí que sus huéspedes expresaban el temor de no verle más.

Sin embargo, el día 5 comí en su mesa, junto con su particular amigo R. R. V. Kant estaba presente, pero tan débil que la cabeza le caía sobre las rodillas y él se doblaba sobre el lado derecho del sillón. Le arreglé los almohadones, para levantarle y sostenerle la cabeza, y luego le dije: Ahora, mi querido señor, ya estáis en orden. Grande fue nuestro asombro al oírle contestar en voz clara y audible, la frase militar latina: Sí, testudine, et facie, y en seguida añadió: Listo para el enemigo, y con el equipo de batalla. Las facultades de su inteligencia se consumían bajo sus propias cenizas; pero de vez en cuando, salía una llamarada, como para indicar que el rescoldo no se había apagado.

El lunes, día 6, estuvo mucho más débil y aletargado. No pronunció palabra, excepto su respuesta a la pregunta que le hice sobre los moros, según he referido antes; y estuvo sentado con la mirada perdida, encerrado en sí mismo, y sin acusar nuestra presencia. Daba la impresión de un fantasma de siglos pasados sentado junto a nosotros.

Por este tiempo, Kant se había vuelto mucho más tranquilo y sereno. En los comienzos de su enfermedad, cuando su fortaleza entraba en conflicto con los primeros embastes del mal, era propenso a la displicencia y a veces trataba ásperamente y aun duramente a sus servidores. Esto, aunque lo más opuesto a su disposición natural, era excusable por las circunstancias. No podía darse a entender; le traían continuamente cosas que no había pedido; y en cambio no lograba que le trajesen lo que necesitaba, porque todos sus esfuerzos para expresarlo eran ininteligibles. Aquejábale, además, una fuerte irritación nerviosa, debido al desequilibrio de las distintas funciones de su naturaleza; pues la debilidad de un órgano se le hacía más evidente con la fuerza desproporcionada de otros. Pero, al fin, la lucha había terminado; todo el sistema estaba por completo minado y sometido a un proceso disolutivo tan rápido como proporcionado. En adelante, no se le escapó ni un movimiento de impaciencia, ni una expresión de mal humor.

Yo le visitaba entonces tres veces al día. El martes, día 7, al presentarme a la hora de la comida, encontré al grupo usual de amigos sentados solos, Kant estaba en cama. Esto era una cosa fuera de lo corriente, y con ello aumentaron mis temores de que se acercaba el fin.

Sin embargo, no quise exponerme a dejarle sin compañía, y al día siguiente a la misma ahora me presenté, le saludé alegremente y ordené que sirvieran la comida. Kant se sentó con nosotros a la mesa; y cogiendo la cuchara, se la llevó a los labios, pero inmediatamente la soltó, y se retiró a la cama, de la que ya no se levantó más.

El jueves, día 9, le encontré sumido en la debilidad del moribundo, y el aspecto cadavérico (la facies Hippocratica) se había apoderado de él. Acudí repetidas veces durante el día, y al presentarme por última vez a las diez de la noche le hallé completamente insensible. No logré de él ningún signo de reconocimiento y le dejé al cuidado de su hermana y su criado.

El viernes, día 10, fui a verle a las seis de la mañana. . Hacía un tiempo tempestuoso, y durante la noche había nevado en abundancia. Y recuerdo, de paso, que una partida de ladrones se había introducido en casa de un vecino de Kant, que era un orfebre. Al acercarme a la cama, le di los buenos días, y él contestó, pero con voz tan débil que apenas articuló las palabras. Yo me alegré de encontrarle con sensibilidad, y le pregunté si me reconocía. Sí, contestó, y alargando la mano me tocó amistosamente en la mejilla. Pero, durante el resto del día, siempre que lo visité, le encontré nuevamente sumido en su estado de insensibilidad.

El sábado, día 11, le hallé con la mirada fría y vidriosa; mas, al parecer perfectamente tranquilo. Le pregunté otra vez si me reconocía. No podía hablar, pero volvió el rostro hacía mí, y me hizo signo de que le besara. Una profunda emoción se apoderó de mí y me incliné sobre sus pálidos labios; pues comprendí que con acto solemne de ternura quería expresar su satisfacción por nuestra larga amistad, y darme el último adiós. Jamás le había visto otorgar esta prueba de afecto a nadie, salvo una vez, pocas semanas antes de su muerte, en que atrajo a sí a su hermana y la besó. El beso que me dio fue su última prueba de reconocimiento.

Cualquier líquido que se le hiciese tomar pasaba por su estómago con un ruido especial, como ocurre con los moribundos; y todos los síntomas de la muerte aparecían en él.

Quise permanecer con él hasta que todo hubiese terminado, y así como había sido uno de los más íntimos testigos de su vida, serlo también de su marcha. Por consiguiente, no lo dejé ya, salvo en los breves minutos que tuve que salir para algún asunto privado. Pasé la noche junto a su cama. Aunque había pasado el día en un estado de insensibilidad incompleta, sin embargo, al atardecer dio a entender que deseaba que le arreglasen la cama. Por consiguiente, le cogimos en brazos, y rápidamente se arreglaron las sábanas y las almohadas. No durmió, y la cucharada de líquido que de vez en cuando se le ponía en los labios, era generalmente rechazada. Sin embargo, a la una de la madrugada hizo un movimiento hacía la cuchara, por lo que supuse que tenía sed y le di una pequeña porción de vino y agua azucarada; pero los músculos de la boca no tenían fuerza para retenerla, de modo que para prevenir que se derramara se llevó la mano a los labios, hasta que se oyó que tragaba. Pareció que deseaba más, y seguí dándole, hasta que dijo con voz apenas perceptible: Basta ya. Esto fue lo último que dijo: ¡Basta ya! ¡Grandes y simbólicas palabras! A intervalos rechazaba las sábanas y se descubría; yo no hacía más que volverlo a cubrir, y una de estas veces observé que el cuerpo y las extremidades se enfriaban y que el pulso era intermitente.

A las tres y cuarto del domingo, día 12 de febrero de 1804, Kant se estiró como para tomar posición para el acto final y adoptó la que había de conservar hasta el momento de su muerte. El pulso ya no se le notaba ni en las manos, ni en los pies, ni en el cuello. Busqué en todas partes en donde late, pero sólo hallé la cadera izquierda, en donde seguía latiendo con violencia, aunque intermitente.

Hacia las diez de la mañana experimentó un cambio notable; los ojos estaban fijos, y el rostro y los labios adquirieron una palidez mortal. Sin embargo, era tal la intensidad de sus hábitos constitucionales, que no apareció rastro del sudor frío que suele acompañar la agonía.

Eran casi las once y el momento fatal se acercaba. Su hermana estaba sentada a los pies de la cama, y el hijo de ésta a la cabecera. Yo, para observar las fluctuaciones del pulso, me arrodillé junto al lecho; y llamé al criado para que presenciase el tránsito del bueno de su amo. La última agonía se acercaba a su fin, si puede llamarse agonía una muerte sin lucha. En aquel preciso momento, su distinguido amigo el señor R. R. V., a quien yo había mandado aviso, entró en la habitación. Primero se debilitó la respiración; luego se volvió intermitente y el labio superior ligeramente convulsivo; después siguió una débil respiración o suspiro, y luego, nada más. El pulso siguió latiendo unos segundos, más lento y débil, más lento y débil, hasta que cesó por completo. El mecanismo se había parado: en aquel preciso momento el reloj dio las once.

Poco después de muerto Kant le afeitaron la cabeza, y bajo la dirección del profesor Knorr se tomó una mascarilla, pero no simplemente del rostro, sino un molde de toda la cabeza, destinado, según creo, a enriquecer la colección craneológica del doctor Gall.

Una vez debidamente vestido el cadáver, una multitud de personas de toda condición social, desde la más elevada hasta la más humilde, acudieron a verle. Todos estaban ansiosos de aprovechar la última oportunidad que se les ofrecía de poder decir "que habían visto a Kant". Esto duró varios días, durante los cuales, desde la mañana a la noche, la casa estaba repleta de gente. Grande fue el asombro de todos al considerar la extrema delgadez de Kant, y se convino universalmente en que jamás se había visto un cadáver más consumido y macilento. Su cabeza descansaba sobre el almohadón en que una vez los caballeros de la Universidad le presentaron un mensaje; y yo pensé que no se le podía dar mejor destino que el de colocarlo en el sarcófago como el apoyo postrero de aquella cabeza inmortal.

Acerca de los extremos de sus funerales, Kant había expresado su voluntad años atrás en un memorándum especial. En él manifestaba el deseo de que el entierro se verificase en las primeras horas de la mañana, con la menor ostentación posible, y seguido solamente por un grupo de los más íntimos amigos. Habiendo encontrado esa nota mientras arreglaba sus papeles, le dije con franqueza que aquella imposición me ocasionaría sin duda, en mi calidad de ejecutor testamentario, muchos disgustos; pues podían sobrevenir circunstancias en las cuales no habría forma posible de cumplimentarla, Al oír estas razones, Kant rompió el papel, y lo dejó todo a mi discreción. El caso es que preví que los estudiantes de la Universidad no consentirían jamás en que se les escapara aquella ocasión de expresar en un acto público la veneración que por el maestro sentían. Los hechos demostraron que yo estaba en lo cierto; pues unos funerales como los de Kant, tan solemnes y magníficos, jamás los había presenciado la ciudad de Königsberg. Los periódicos, diversos folletos, etc., han dado de todo ello una relación tan detallada, que me limitaré a lo más saliente.

El día 28 de febrero, a las dos de la tarde, todos los dignatarios de la Iglesia y del Estado, no sólo los residentes de Königsberg, sino los venidos de los lugares más remotos de Prusia, se reunieron en la iglesia del Castillo. De allí, acompañados por todo el cuerpo universitario y por numerosos militares de graduación, que siempre fueron grandes amigos de Kant, llegaron a la casa del profesor difunto. Entonces el cadáver, con acompañamiento de antorchas, fue conducido, entre repique general de campanas, a la catedral, que estaba deslumbrante de luces. Seguía a pie una comitiva interminable. En la catedral, después de las ceremonias usuales, acompañadas de la máxima expresión de la veneración nacional, se celebró un solemne oficio cantado de difuntos, admirablemente ejecutado. Finalmente, los restos mortales de Kant fueron descendidos a la bóveda académica, en donde descansan ahora entre los restos de los patriarcas de la Universidad. ¡Paz a sus cenizas y honor eterno a su memoria!

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