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12 may. 2010

Geoffrey de Monmouth - El rey Lear

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Marcus Stone - Lear and Cordelia


Se cumplieron los días de Bladud, y Lear, su hijo, accedió a la dignidad real, gobernando enérgicamente el país por espacio de sesenta años. En el curso de su reinado construyó a orillas del río Soar una ciudad que en lengua británica se llama, de su nombre, Kaerleir, y en lengua sajona, Leicester. No tuvo hijos varones y sí tres hijas, llamadas Goneril, Regan y Cordelia, a quienes su padre quería entrañablemente, en especial a la menor; es decir, a Cordelia. Cuando llegó a la antesala de la vejez, pensó dividir el reino entre sus hijas y casarlas con maridos tales que fuesen dignos de ellas y de poseer la parte de Britania que les correspondiera.

Y, para decidir cuál de ellas debía por sus méritos recibir la parte mejor, las llamó por separado para saber cuál de las tres lo amaba más. Se lo preguntó, primero, a Goneril, y ésta puso a los dioses del cielo por testigos de que amaba a su padre más que a su propia alma, que dentro de su cuerpo habitaba. A lo cual dijo Lear:

—«Puesto que has preferido mi vejez a tu propia vida, queridísima hija, te casaré con quien tú misma elijas y te daré la tercera parte del reino de Britania.»

Le llegó el turno a Regan, que era la segunda. Siguiendo el ejemplo de su hermana y queriendo granjearse el favor de su padre, respondió, con solemne juramento, que no le era posible expresarse de otra manera que no fuese diciéndole que lo amaba más que a nada y a nadie en el mundo. El crédulo Lear le prometió casarla con la misma dignidad que a su hermana mayor, con otra tercera parte del reino como dote.

Cordelia, la menor, al ver cómo sus hermanas habían engatusado con lisonjas y adulaciones a su padre, quiso ponerlo a prueba, respondiéndole de manera bien diferente:

—«Padre mío, ¿hay en alguna parte una hija que pretenda amar a su padre más de lo que se ama a un padre? Pienso que no hay ninguna que se atreva a afirmar una cosa así, salvo que intente ocultar la verdad por pura broma. En cuanto a mí, siempre te he amado como se ama a un padre y no he cambiado nunca de sentimiento. Por mucho que me insistas, sólo oirás de mí la certeza del amor que te tengo. No me preguntes más: te amo en lo que tienes y en lo que vales.»

El rey, pensando que había hablado así por mezquindad de corazón, se indignó mucho y no tardó en manifestar la que sería su respuesta:

—«Puesto que así desprecias la vejez de tu padre y no te dignas profesarme el mismo amor que tus hermanas, te despreciaré yo a mi vez y no tendrás parte en mi reino. Sin embargo, como eres mi hija, te casaré, pero con un extranjero, si es que el azar te lo depara. Y de una cosa puedes estar segura: no me molestaré nunca en casarte con los mismos honores que a tus hermanas, pues, aunque yo hasta hoy te he amado más a ti que a las otras, tú has demostrado amarme menos que ellas.»

Sin demora, y siguiendo el consejo de los nobles del reino, dio a Goneril y Regan a dos duques, el de Cornubia y el de Albania, con la mitad tan sólo de la isla como dote mientras él viviese, pero, a su muerte, les prometió que poseerían la totalidad de Britania. Sucedió después que Aganipo, rey de los Francos, habiendo oído hablar de la belleza de Cordelia, envió al punto mensajeros a su padre, pidiéndole la mano de su hija para unirse con ella bajo la antorcha conyugal. Lear, persistiendo todavía en su cólera, respondió que con gusto se la concedería, pero sin tierra alguna y sin dote, pues había repartido su reino, junto con todo su oro y su plata, entre Regan y Goneril, hermanas de Cordelia. Aganipo recibió esta respuesta y, como ardía de amor por la doncella, envió otro mensaje al rey Lear, diciéndole que ya tenía suficiente oro, plata y otras posesiones, pues era dueño de una tercera parte de Galia, y que quería desposar a la joven para tener hijos con ella que heredasen su reino. No había ya motivo para no llegar a un acuerdo: Cordelia fue enviada a Galia y se casó con Aganipo.

Mucho tiempo después, cuando Lear empezó a debilitarse por razón de la edad, se rebelaron contra él los antedichos duques, esposos de sus hijas, con los que había repartido Britania. Lo despojaron de su reino y le arrebataron el poder de reinar que, hasta entonces, había ostentado con tanta energía como gloria. Se restableció, sin embargo, la concordia, y uno de sus yernos, Maglauno, duque de Albania, accedió a mantenerlo a su lado, concediéndole una guardia de cuarenta caballeros, para que conservara una apariencia de grandeza. Tras dos años de estancia en casa de su yerno, su hija Goneril se indignó a causa del número de sus caballeros, que no dejaban de quejarse ante la escasez de su ración diaria; después de hablar con su marido, ordenó que su padre se contentara con veinte hombres de escolta y que se despidiese a los demás.

Furioso Lear por este hecho, dejó la corte de Maglauno y recurrió a Henvino, duque de Cornubia, con el que su segunda hija, Regan, se había casado. Aquí, al principio, fue recibido con todos los honores, pero no había pasado todavía un año cuando surgió la discordia entre los miembros de la casa del rey y los de la del duque, y Regan, indignada, redujo el séquito de su padre a cinco caballeros.

Muy agraviado se sintió Lear y regresó de nuevo a la corte de su primogénita, pensando que podía moverla a compasión y que lo recibiría a él y a su comitiva. Pero Goneril se indignó aún más que la vez anterior y juró por los dioses del cielo que nunca admitiría a su padre consigo si no se contentaba con un solo caballero a su servicio y si no despedía inmediatamente a los demás. Le echaba en cara, además, al anciano el que, sin tener nada propio, viajara con un séquito tan numeroso. De manera que Lear, viendo que no podía esperar nada de su hija, obedeció y, despidiendo al resto, se quedó con un solo caballero.

Pero cuando volvía a su mente el recuerdo de su pasada grandeza se desesperaba pensando en su estado actual, por lo que comenzó a pensar en cruzar el estrecho y refugiarse en la corte de su hija menor. Lo atormentaba, sin embargo, la duda de que estuviera dispuesta a recibirlo, después de haberse comportado con ella tan deshonrosamente en el asunto de su matrimonio, como ya quedó dicho. Pero no podía soportar por más tiempo su miseria, de manera que decidió hacerse a la mar rumbo a las Galias. Cuando vio que otros dos príncipes cruzaban el canal al mismo tiempo que él, y que a él le habían asignado la tercera plaza, pronunció entre lágrimas y sollozos las siguientes palabras:

—«¡Destinos que proseguís vuestros usuales cursos, fijados desde siempre por una ley irrevocable! ¿Por qué quisisteis concederme otrora una felicidad transitoria cuando es mayor suplicio recordar la felicidad perdida que sufrir la presencia de la infelicidad subsiguiente? Pues el recuerdo de los días en que, rodeado de cientos de miles de guerreros, solía yo destruir murallas de ciudades y devastar los campos de mis enemigos, me duele hoy más que la calamidad de mi actual miseria, que ha incitado a aquellos que hace poco se arrastraban bajo mis pies a abandonarme en mi debilidad. ¡Oh tú, destino airado! ¿Llegará el día en que pueda pagarles con la misma moneda a aquellos que así han descuidado mi edad y mi pobreza? ¡Oh Cordelia, hija mía, qué verdad encerraban las palabras que me dijiste cuando te pregunté cuánto amor me tenías! Dijiste: "Te amo en lo que tienes y en lo que vales." Mientras tuve algo que ofrecer, fui valioso para ellas, pues lo que amaban era aquello que de mí recibían, no su padre. Me quisieron quizá algunas veces, pero no con la intensidad con que apreciaban mis regalos. Ahora no tengo nada que ofrecerles, y me han dejado solo. ¿Con qué rostro, queridísima hija, me atreveré a llegar a tu presencia, yo que, irritado por tu respuesta, pensé en casarte peor que a tus hermanas, las mismas que, después de todos los beneficios que de mí han obtenido, no hacen nada por evitar mi exilio y mi pobreza?»

Tales cosas revolvía en su mente cuando desembarcó y llegó a Karitia , donde su hija vivía. Esperando él fuera de la ciudad, envió un mensajero a palacio para que transmitiese a Cordelia la indigencia en que se encontraba, sin tener qué comer ni con qué vestirse, e implorase su misericordia. Mucho se conmovió Cordelia al recibir el mensaje, y amargas lágrimas derramó. Cuando preguntó cuántos caballeros llevaba su padre consigo, el mensajero respondió que nadie lo acompañaba, excepción hecha de un único hombre armado que con él esperaba fuera de la ciudad. Entonces tomó ella oro y plata — cuanto era menester— y, entregándolo al mensajero, le ordenó conducir a Lear a otra ciudad donde, con el pretexto de tomar las aguas, debería bañarlo, vestirlo y alimentarlo. Mandó también que lo acompañaran cuarenta caballeros bien equipados, y que sólo entonces comunicase al rey Aganipo y a ella la noticia de su llegada. El mensajero condujo al rey Lear adonde le habían ordenado, manteniendo el incógnito hasta haber hecho todo lo que Cordelia había dispuesto.

Tan pronto como Lear se vio investido de las enseñas de la realeza y acompañado de una escolta digna de su rango, comunicó oficialmente a Aganipo y a su hija que había sido expulsado de Britania por sus yernos y que se encontraba allí en busca de ayuda para recuperar su reino. Cordelia y Aganipo salieron a su encuentro con toda la corte y le dispensaron la más respetuosa de las acogidas, concediéndole provisionalmente el poder sobre toda Galia, en tanto lo restituían a su dignidad anterior.

En el ínterin, Aganipo envió legados a lo largo y ancho de Galia en busca de hombres de armas que lo ayudaran en su tarea de devolver el reino de Britania a Lear, su suegro. Cuando todo estuvo dispuesto, Lear llevó a su hija y a la hueste así reunida a Britania, presentó batalla a sus yernos y se alzó con el triunfo, sometiéndolos a ambos bajo su yugo. Dos años después, Lear murió. También murió Aganipo, rey de los Francos. Cordelia, ahora dueña de Britania, hizo sepultar a su padre en una cámara subterránea que había ordenado construir bajo el río Soar, en Leicester. Esta cámara subterránea fue fundada en honor de Jano Bifronte, y era costumbre que allí, el día de la fiesta del dios, todos los obreros de la ciudad comenzasen a trabajar en la obra que los iba a mantener ocupados a lo largo del año.


En Historia de los reyes de Britania
Introducción, traducción y notas de Luis Alberto de Cuenca y Prado
Editorial Nacional, Madrid