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6 nov. 2013

Isaac Bashevis Singer: El autor

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1

Golpeé en la puerta del hotel donde se hospedaba Sigmund Seltzer y oí que contestaban: “¡Bitte! ¡Entrez! ¡Come in!”. Abrí la puerta y vi un personaje rechoncho, bajito, con un vestido claro, sombrero de paja y zapatos amarillos, corbata de hilos dorados y una perla en el centro. Tenía un cigarro metido en la boca. Era difícil saber si acababa de entrar o estaba de salida. En la pared colgaba una mandolina. En la mesita reposaban unos álbumes. En el cuarto del hotel, Sigmund Seltzer había colgado una gran cantidad de fotografías, de sí mismo y de otros. Me pareció reconocer entre ellas a algunas actrices de cine. Dando un vuelco al cigarro con la lengua, preguntó cortante:
–¿Es usted el traductor?
– Sí.
–Entonces, siéntese. Entremos en confianza. A mí me disgusta lo ceremonioso. O somos amigos, o este trabajo no resulta. ¿Quiere tomar algo? ¿Whisky? ¿Coñac? ¿Jerez? ¿Coca-Cola?
–No, gracias.
–¿Comer algo?
–Acabo de almorzar.
–Mi abuela decía: las tripas no tienen fondo; mientras uno coma está vivo y un traguito nunca hace daño. ¿Usted sabe alemán?
–Traduje La montaña mágica.
– ¿Qué clase de montaña es esa?
–Es el título de una novela de Thomas Mann.
–¿Ah, sí? Es que no me queda tiempo para leer. Aquí está mi libro. Mi aventura como idealista. Tradúzcalo. Ha sido publicado en muchos idiomas, y ya es el momento de traducirlo al yiddish. Lo repartiré entre mis parientes. Quiero que mis padres estén orgullosos de mí. Además, seguramente se venderán unos doscientos ejemplares. Tengo muchos amigos. Mi abuela decía: el dinero es basura, pero los amigos son útiles.
–Usted tenía una abuela muy inteligente.
–Noventa y ocho años tenía cuando murió. Quería completar los cien, pero no se pudo. Yo hubiera querido ser un Rockefeller o un íntimo de Greta Garbo; pero me conformo con que la película que se haga de mi libro sea un éxito. Precisamente esta semana debo viajar a Hollywood. ¿Cuánto quiere usted por su trabajo? Dígame una suma global.
–Quinientos dólares.
–¿Con que quinientos dólares? Bien, no voy a regatear con usted. En París lo hubiera podido conseguir más barato, pero me llamaron de Hollywood. Haga un libro que valga la pena. Que tenga de todo: la vida del hombre, y el pensamiento, y el alma también. Un libro debe estremecer el corazón. Si no lo estremece, se perdió la lectura. Usted me entiende, ¿o no? En nuestro negocio hay que ser vivo.
Durante un rato estuve callado mientras hojeaba el libro. Luego pregunté:
–¿En qué idioma escribió este libro?
Sigmund Seltzer se quitó el sombrero y lo vi entonces, con más claridad. Tenía una frente ancha con una cicatriz en la mitad, una mata de pelo negro, rizado y engominado. Llevaba una camisa rosada. Tenía las mejillas azuladas; de barba muy poblada, a pesar de estar bien afeitado. Labios gruesos, nariz ancha con hoyos grandes. De los ojos negros salía una sonriente familiaridad aceitosa, como de buena naturaleza, de la que solo se encuentra entre pueblerinos. De pronto me di cuenta de que llevaba dos anillos, uno con un rubí y otro con un diamante.
Después de algún tiempo, contestó:
–¿Qué importa el idioma en que lo escribí? Le estoy entregando la versión en alemán para que usted la traduzca. No me gustan las discusiones largas; o sí o no. El libro se publicó en 1932 y desde ese año han cambiado muchas cosas en el mundo. Hitler, el bastardo, ojalá que lo consuma el fuego, se convirtió en amo de Alemania. Mussolini, el cerdo, conquistó... ¿cómo es que se llama?... Etiopía. Franco, el bandido, quiere meterle fascismo a España. Todo esto hay que agregárselo al libro para que el lector sepa dónde está parado; que esté actualizado, usted me entiende, ¿o no? Como el libro va a estar escrito en yiddish, hay que darle justificación a nuestra lucha en Palestina y todo lo demás. Yo, Sigmund Seltzer, no soy miedoso; diremos a los ingleses que salgan de allí. Ellos produjeron la Declaración Balfour, entonces que se devuelvan a Londres y dejen a los judíos en paz. Con los árabes, ya nos las arreglaremos. Haga que todo esto quede claro y que el libro se lea fácilmente, y con gusto. ¿Usted me entiende? En nuestro negocio hay que ser vivo.
–Sí, entiendo.
–Bien. Le adelantaré cien dólares. ¿Dónde estará mi chequera?
Sigmund Seltzer apoyó el cigarro en el cenicero, sacó una chequera y un estilógrafo dorado del bolsillo interior del saco. Dudó por un momento. Después dijo:
–Escriba usted mismo su nombre y la suma de cien dólares, yo lo firmaré. No debe preocuparse, mi cheque es bueno. Llevo poco tiempo en América pero ya se sabe quién es Sigmund Seltzer. Importantes personajes me han invitado a sus casas y todo. Precisamente, este estilógrafo me lo dieron mis amigos en París cuando me ofrecieron el banquete. No se consigue otro igual. La fábrica que lo hizo ya no existe. Es de oro puro. Fíjese aquí, catorce quilates. ¿Usted ha estado alguna vez en París?
–Un par de días.
–Una ciudad alegre, ¿verdad? No hay otro París en el mundo. En épocas anteriores, Bucarest era una ciudad alegre. La llamaban la segunda París. Pero la guerra lo volvió todo al revés. Dos cosas me gustan de París: las rosquillas, brioches, y las mujeres.
–¿Habla usted francés? –pregunté, como por decir algo.
–Yo hablo todos los idiomas. ¿Qué es necesario hablar? Un hombre y una mujer se entienden con la mirada. Si usted tiene un bolsillo lleno de francos, puede hasta ser mudo. Usted le echa una mirada y ella sabe exactamente lo que usted quiere. Usted para un taxi y ella ya está sentada a su lado. Usted le da un franco al conductor y lo convierte en su amigote. Igual es en el hotel y en todas partes. Aquí en América se dice: la plata manda. Es verdad. Cuando llego a un país, lo primero que hago es aprender a contar. Luego me voy a un restaurante y analizo lo que se puede comer, porque con el estómago vacío no hay sabiduría que valga. Lo demás, mi amigo, viene con el tiempo. En París me fui a donde los escritores, los más importantes, y todos me dieron carta de recomendación y todo. Posaron conmigo para fotografías como si yo fuera uno de ellos. Ahí están en el álbum, con los más importantes. Y no posaron simplemente como extraños, por salir del paso, sino como amigos. Mire, aquí estoy yo. Si se es amigo, es con todo el corazón. Comemos y bebemos juntos. No me preocupa el dinero. Me presentaron a sus mujeres y yo les presenté a mis conocidos. Tengo allí familia y todo. Uno es profesor en la Sorbona, el principal. Todos los profesores están pendientes de sus palabras, lo que él dice es sagrado, tiene siempre la última palabra. Un primo mío abrió en París un almacencito hace doce años, y hoy tiene ya un negocio. Llegan allí los más grandes personajes. Rothschild es uno de sus clientes. La esposa del presidente va allí a comprar una cartera o un corsé. ¿Quieres comprar un automóvil? También lo encuentras; si necesitas pañales para un bebé, allá los hay. Cuando mis amigos se enteraron de que yo había escrito un libro, reaccionaron como una familia. Precisamente fue mi primo quien me regaló este estilógrafo. Escriba aquí su nombre, y aquí cien dólares. Agréguele la fecha. Si Sigmund Seltzer hace un cheque, debe quedar perfecto.
Escribí mi nombre, la fecha, la cantidad. Sigmund Seltzer acercó una silla a la mesa. Probó la punta de la pluma en el esmalte de la uña del pulgar izquierdo. Sacó la punta de la lengua y garabateó lentamente su firma en el cheque. Tan pronto eché un vistazo a su firma, supe la verdad: nunca había escrito nada. Era la firma de un analfabeto.


2

No tenía ningún sentido seguir el texto alemán. Quien quiera que hubiera sido el escritor, había escrito una biografía que tal vez se acomodaba a un lector alemán, pero no a uno judío. Las frases eran largas, el estilo pesado, lleno de las banalidades características del escritor de novelones de la Europa occidental cuando escribe sobre judíos. Todos los hombres del libro tenían frentes anchas, patillas largas. Todos los padres tenían barbas blancas, habían sido víctimas de algún pogrom y lo único que deseaban era que sus hijos rezaran por ellos a su muerte. Las chicas eran todas bellezas morenas, cortejadas por millonarios antisemitas, pero ellas, vírgenes, solamente se enamoraban de seminaristas o de pioneros que iban a Israel.
Debía inventarme alguna otra basura, pero ¿qué? Intenté averiguarle a Sigmund Seltzer sobre su procedencia, hechos de juventud, pero por algún motivo él se negaba a contar la verdad. Siempre daba la misma respuesta: escriba algo que sea interesante, que se pueda utilizar para la radio. Al héroe yo le di un padre comerciante de maderas en Wolyn, lo hice un genio musical, luego lo metí al ambiente revolucionario, lo encarcelé en Varsovia, y finalmente lo hice escapar con la ayuda de la hija del director de la cárcel.
Sigmund Seltzer exigía que le leyera cada capítulo después de escrito, y cada vez que lo hacía tenía la misma extraordinaria sensación: se creía las mentiras que yo iba inventando sobre él. Asentía con la cabeza, se ponía serio, incluso triste. Daba vueltas al cigarro en la boca, hacía coronas de humo, se quedaba pensativo. A veces me ordenaba agregar frases explicativas.
Me parecía, a menudo, que de alguna misteriosa manera yo le recordaba cosas que había medio olvidado, o quién sabe, ¿sería posible que Sigmund Seltzer ya no distinguiera entre verdad y mentira? Frecuentemente su cara gruesa adoptaba una actitud atenta, como la de un niño a quien se le está contando un cuento para que se duerma. Bostezaba, sonreía, se refregaba los ojos.
También solía dormirse, pero el teléfono no paraba de sonar. Podía ser su agente de Nueva York, Seymour Katz; o desde Hollywood, o una tal Silvia averiguándole dónde había pasado la noche anterior. Sigmund Seltzer le explicaba:
–Silvia, darling, todo son negocios, negocios. Esto es América. Tú sabes que estás en mi corazón. Tengo un solo Dios y una sola Silvia.
Y señalaba su corazón con el dedo como si Silvia lo estuviera viendo. Colgó el auricular y dijo:
–¡Mujerzuelas, todas!
Y de nuevo prendió su tabaco, que se había apagado.
Todo sucedió rápida y dramáticamente. De vez en cuando me parecía que Sigmund Seltzer imitaba las aventuras que yo inventaba en mi texto yiddish. Me había dado otro cheque de cien dólares, pero me lo devolvieron por falta de fondos. Llamé a Sigmund Seltzer al hotel pero dijeron que se había mudado de allí. De repente me llegó un telegrama de él invitándome a su matrimonio con Silvia, la misma de las llamadas, cuyo apellido era Moskovitz.
Llegué puntual al hotel Delancey en el centro, donde se organizaban matrimonios ortodoxos, bar mitzvahs y reuniones de rabinos, y allí estaban la novia, su madre, un cuñado y varios amigos. Seymour Katz, el agente de Sigmund Seltzer, era un hombre pequeño y fumaba un cigarro grande. Estaba chismoseando con un rabino corpulento, que más parecía un boxeador del Madison Square Garden. Silvia, la novia, que tenía la nariz torcida como un pico roto, el pelo teñido del color del jugo de zanahoria y con muchos rizos, me sonreía amigablemente y con camaradería. Tenía los ojos amarillos, pintados de negro y azul, y las cejas definidas. Por entre los labios rojos relucían unos dientes de porcelana. Era difícil saber si tenía treinta o cincuenta años de edad. A pesar de sus manos ajadas, tenía las uñas largas, en punta, pintadas de rojo, como un animal de presa de otro planeta. Tan pronto me acerqué a ella, me vino una racha de estornudos. Su madre tenía una cabeza que empezaba estrecha pero se iba ensanchando, hasta terminar en una papada grande, sobre un busto que sobresalía como un balcón. Sus pies enfermos estaban calzados con zapatos adornados de perlas falsas. Aparentemente sufría de asma, porque a medida que se sucedían las felicitaciones tragaba píldoras y resoplaba. Sigmund Seltzer, metido en un frac con una flor blanca en el ojal, le gritaba al oído, como si fuera sorda:
–Mamá, éste es mi traductor al yiddish.
–¿Ah, sí? Lo importante es que tengamos salud.
El día era caluroso, pero Sigmund Seltzer me obligó a comer, después de la ceremonia, todo lo que habían preparado: higaditos picados, pastas en caldo, carnes de res, tripas rellenas y al final torta de miel y galletas de huevo, que la suegra había horneado personalmente.
El hermano de Silvia, Sidney Braitman, me comentó que negociaba con finca raíz. Durante la celebración contó episodios sobre la quiebra de Wall Street en 1929, los suicidios que sobrevinieron y lo baratos que se podían comprar casas y lotes, si se tenía el efectivo. Él había aconsejado a Sigmund no consignar en el banco el dinero que conseguía en Hollywood, sino invertirlo en el negocio de la construcción.
–Construye un bungalow en alguna parte –le dijo–, el resto llegará solo.
–Tengo la cabeza puesta en sacar un libro –contestó Sigmund Seltzer.
–Eso lo puedes hacer en tu tiempo libre.
No me atreví a decirle al novio que su cheque había sido devuelto. Por el contrario, le compré una corbata de regalo. Me dijo que se iba con Silvia de luna de miel. Nombró un pueblo y un hotel en los montes Catskills. Me prometió que tan pronto regresara a Nueva York me llamaría por teléfono.
Pasaron seis semanas sin saber nada de él. De repente alguien golpeó en la puerta del cuarto amoblado donde yo vivía. No tuve tiempo de contestar, cuando entró Sigmund Seltzer, sin afeitar, con un vestido manchado, una camisa sucia y un pedazo de tabaco en la boca. Era difícil entender cómo no se quemaba los labios. La cicatriz en su frente se marcaba más que de costumbre. Pesaba sobre él la dejadez de un pordiosero. Yo estaba acostado sobre la cama y olvidé levantarme. Pregunté:
–¿Qué sucedió?
Con la mano derecha, Sigmund Seltzer se levantó la manga izquierda de la camisa.
–Se acabó todo.
–¿No funcionó?
–Un parásito.
–¿Qué quería?
–¿Qué quieren todas? Tu dinero.
Se sentó pesadamente en el sofá, al cual se le asomaban el relleno y los resortes, y dijo:
–Llegué a ella con el corazón abierto, pero solo le interesaban mis utilidades. Conseguí un cuarto en un hotel y me propuse hacer lo que correspondía, pero ella se sentó en una silla, cruzó la pierna y, fumando un cigarrillo tras otro, solo quería conocer mis negocios. Ella quería que yo depositara el dinero a su nombre. “La chequera”, dijo ella, “es mi mejor amiga”. Me encontré allí, en el casino, con una prima de ella, quien me contó la verdad: ya había tenido tres maridos y todos se habían divorciado de ella. Incluso, ya había tenido amantes. Un carnicero y un representante de maquinaria. Todo esto se negocia con el cuerpo. La madre no es mejor. El suegro era un experto, así llaman aquí a los carteristas. En resumen, le dije: conmigo, mi amiga, te has equivocado; si no te gusta, te puedes ir.
–Entonces, ¿se van a divorciar?
–Si ella quiere un divorcio, que lo pague. Aquí para divorciarse hay que ir a California.


3

Además del fracaso del matrimonio, Sigmund Seltzer también fracasó con la película. El contrato ya estaba escrito, y Sigmund Seltzer ya estaba listo para firmar. De un momento a otro la empresa se arrepintió.
Desde cuando el cheque fue devuelto, yo dejé de “traducir” y pareció que el trato entre nosotros se había interrumpido. Pero Sigmund Seltzer no claudicó. Consiguió un trabajo en una agencia aseguradora y comenzó a pagarme con billetes de diez y de cinco dólares, y cuanto podía ahorrar. Me buscaba en cada uno de los cuartos amoblados a donde yo me trasladaba.
Cada vez que nos veíamos yo le averiguaba por los negocios de antes, y Sigmund Seltzer me lo contaba todo. Había tenido una sociedad con un vendedor ambulante que tenía su clientela en Staten Island. Luego se asoció a una fabriquita que hacía lociones para el cabello femenino. No sé cómo, pero él hacía amistades con rabinos, escritores, actores de teatro yiddish. En cada visita me daba tiquetes para algún evento al cual yo nunca quería ir. Sus ropas se veían ajadas pero él siempre llevaba un sombrero de ala ancha y un pañuelo anudado en el cuello. De su maletín, siempre lleno, sacaba toda clase de catálogos, fotos de personajes importantes, cartas de recomendación de autores para prólogos, respuestas negativas de escritores. Un par de veces me mostró fotografías de mujeres.
Se sentaba conmigo en la única silla que se encuentra en cualquier cuartucho amoblado, fumaba un cigarro y escuchaba los nuevos capítulos que yo iba agregando. Ya se me había perdido el “original” en alemán. Ya me había olvidado de los episodios de los capítulos anteriores. Solamente había anotado los títulos en una libreta.
Tenía la esperanza de que Sigmund Seltzer se percatara de la inutilidad y de cuán sin fundamento era el proyecto en el cual estábamos metidos, y que, de una vez por todas, me dejara en paz. Pero Sigmund Seltzer nunca halló ninguna falla en mi escritura. Escuchaba con curiosidad todo lo que yo me inventaba sobre él, sus actos heroicos, sus aventuras con mujeres. Aprobaba todos los pensamientos que yo le hacía pensar, todas las palabras que yo ponía en su boca. Unas veces aparecía como un líder revolucionario de Kerensky y otras como un pacifista que prefería morir antes que luchar en el frente; unas veces era un pionero preparándose para construir el país judío y otras un líder de la autoprotección en los pogroms ucranianos. Ya le había entregado trescientas páginas escritas en un cuaderno pero yo solo había recibido doscientos dólares. Ya no recordaba los pequeños detalles, pero Sigmund Seltzer sí lo recordaba todo. De vez en cuando tomaba el manuscrito y decía:
–Esto se convertirá en un libro, ¿verdad?
–Debo encontrar un final apropiado.
–Creo que ganaremos mucho dinero con esto. Sigmund Seltzer aún no ha muerto.
Conseguí empleo en un periódico y ya no dependía de los pocos dólares que me daba Sigmund Seltzer: billetes arrugados y, a veces, monedas.
La historia de su vida se volvió tan enredada, tan melodramática y llena de fantasía, que comencé a frenarme, a pensar que estaba engañando a Seltzer, que sacaba provecho de su ignorancia. Me hice el propósito de devolverle el dinero que me había dado y acabar con el absurdo que comencé en un momento de necesidad. Pero Sigmund Seltzer se aferraba a mí. No importa dónde me escondiera, siempre me encontraba. A veces desaparecía por meses enteros. De pronto recibía una llamada telefónica o un telegrama. Se había divorciado de su mujer, pero había vuelto a casarse. Me invitó a su nueva residencia y me presentó a su esposa. Curiosamente la segunda esposa era muy parecida a la primera: la misma nariz torcida, la misma sonrisa y los mismos ojos amarillos. Hasta se teñía el pelo del mismo color, jugo de zanahoria. Solo que era más bajita que la primera, tenía caderas más anchas y piernas más gruesas. Era dueña de un almacén de ropa interior femenina. Criaba un hijo de un matrimonio anterior.
Por este tiempo yo ya había publicado un par de libros y era algo conocido en los círculos literarios, pero Sigmund Seltzer me seguía presentando como su traductor. La segunda señora Seltzer tomó mi mano entre las suyas y exclamó: “Si usted es amigo de Sigmund, ¡entonces es también amigo mío!”.
Y me arrancó la solemne promesa de ir cada viernes en la noche a comer la mejor comida judía de toda América.
Cuando volví una noche al Brooklyn, después de varias semanas y otras tantas excusas, me recibió con un beso y me llamó por mi nombre de pila. Había invitado esa noche al dueño de una imprenta de calendarios, a un actor yiddish que estaba buscando una obra, a un cantor religioso que además componía canciones, al propietario de una salsamentaria kosher, además de varios parientes y un primo que era médico del hospital Montefiore. Todos me pidieron que leyera un párrafo del manuscrito de Sigmund Seltzer, que él había encuadernado en cuero. En la carátula, en letras doradas, aparecía el título: La autobiografía de mi propia vida por Sigmund Seltzer. Debajo, el nombre del traductor.
Mientras hojeaba el manuscrito en busca de un fragmento apropiado, los invitados se acercaron tanto que sentía su aliento cálido. Cuando terminé de leer, aplaudieron. Sigmund Seltzer me abrazó y besó en ambas mejillas, al estilo francés. Las tías me estrujaban contra sus pechos. Una prima reía nerviosamente, la otra secaba sus lágrimas. El cantor se colocó el solideo y comenzó a cantar temas litúrgicos y arias de ópera. Sigmund lo acompañó con la mandolina.
Ese viernes en la noche, ya solo, esperando el metro en la estación, sentí el estómago pesado y dolor de cabeza. Juré que en la mañana enviaría a Sigmund Seltzer un cheque y una carta, para que no me siguiera fastidiando con su obra inconclusa. Pero, por algún motivo, no podía dejarla sin terminar. Tampoco estaba seguro, ese sábado en la mañana, de que mi cheque tendría suficientes fondos.
Cuando completé las quinientas páginas, le avisé a Sigmund Seltzer que su autobiografía había concluido. Me había pagado en total doscientos cincuenta dólares, pero me prometió que muy pronto me pagaría el saldo. Solo debía esperar un par de semanas, porque en ese momento estaba corto de dinero. Le aseguré que, mientras el libro no fuera impreso, yo no exigiría honorarios.
Aparentemente todo había terminado entre los dos. Pero la familia de Sigmund Seltzer y los amigos –rabinos, cantores, vendedores de seguros– le organizaron un banquete y tuve que ir, y pronunciar un discurso. Después, Sigmund Seltzer me pidió que le diera una carta de recomendación para un editor de libros en yiddish.
Un día me anunció que tenía un editor. El redactor había corregido el manuscrito y lo había pasado a máquina. Lo leí y quedé atónito; Sigmund Seltzer había sucumbido al comunismo. El redactor había llenado la obra de Sigmund Seltzer de propaganda comunista.


4

Pasaron varios años, pero el libro no se publicó. Sigmund Seltzer tampoco lo desechó. Hasta hoy en día, no he sabido por qué los rojos no lo editaron. Sigmund Seltzer hablaba de una lucha, de una intriga, quién sabe. Quizás alguien encontró huellas de trotskismo, u otro sacrilegio, en la obra. Estuve dos años en el exterior pero, apenas regresé, recibí un telegrama de Sigmund Seltzer. Había conseguido un redactor para eliminar la agitación comunista del libro. Alguien lo había traducido al inglés. Sigmund Seltzer me solicitaba que le agregara un epílogo mencionando el surgimiento del Estado judío, la guerra con los árabes, y la pérdida que había sufrido la humanidad por la muerte de Roosevelt.
Sigmund Seltzer había recibido cartas de agradecimiento de la señora Roosevelt, del gobernador Lehman, de Eddy Cantor y otros personajes, a quienes había enviado copias.
Le alcé la voz, juré que no me metería más en este enredo, pero Sigmund Seltzer me venció. Me halagó, me acercó el salero en la mesa del restaurante, la azucarera, el cenicero, llamó al mesero para que me diera otro vaso de agua, y me recordó que durante la época en que yo no tenía un centavo, sus cien dólares me habían salvado de morir de hambre. Me contó que todos sus parientes estaban orgullosos de mí y leían todos mis escritos. Su mujer, Florence, había ampliado la fotografía en la cual aparezco con su marido, y la había colgado en su alcoba. Otras cuantas fotografías mías, junto con recortes de periódico, estaban en su álbum. Me había traído de regalo un portatabaco.
Observé que el cabello en las sienes de Sigmund Seltzer ya estaba canoso. Se quejó de que su socio lo había estafado, y que sufría de los riñones. Se limpiaba el sudor de la frente con un pañuelo sucio, y decía:
–¿Qué más poseo, además de este libro? Quiero que salga impreso mientras esté con vida.
Dejé a un lado mis propias ocupaciones y comencé a escribir sobre el surgimiento del Estado de Israel, las luchas con los árabes, la muerte de Roosevelt, y hasta la guerra en Corea. Sigmund Seltzer consiguió un editor que publicara la versión inglesa –uno de ésos que se deja pagar por los escritores–, pero el hombre exigió, sin embargo, que el libro estuviera “actualizado”. Me fue difícil reconocer mi propio estilo después de todos los cambios que le hicieran los no pocos redactores. Varias páginas ni siquiera eran mías. La mayoría de los héroes fueron rebautizados. Sigmund Seltzer tenía, aparentemente, otros ayudantes.
El manuscrito se quedó conmigo durante un tiempo y se llenó de polvo. Pero un día sonó el teléfono, y Sigmund Seltzer preguntó:
–¿Ya escribiste todo?
–Más o menos.
–Escribe sobre la falsedad de las mujeres.
–Toda la obra está llena de ella.
–Escribe que la mujer es egoísta. No le importa el hombre para nada. El hombre trabaja duro, pero tan pronto sale de la casa, entra un parásito.
–¿Qué pasó?
–No me lo estoy inventando.
–¿Tiene problemas con su mujer?
Sigmund Seltzer comenzó a toser y su voz se tornó ronca y silbante.
–¿Cómo te enteraste? ¿Ya se comenta en la calle?
–No, solamente se me ocurrió.
–Almorcemos. Debo hablar contigo.
Comimos en un restaurante vegetariano en el centro, y Sigmund Seltzer me obligó a jurarle que le guardaría un secreto. Estaba muy nervioso. Tosió y se atoró. Le asomaron unas lágrimas y se las limpió con la servilleta. El sudor le chorreaba en el plato.
Sí, él, Sigmund Seltzer, era un cornudo. El otro, el pícaro, durante tres años había estado yendo a su casa, había comido, bebido, pasado la noche, se había puesto sus vestidos y sus camisas; se había hecho pasar por amigo, pero, a su espalda, había hablado mal de él. Lo había burlado y había usado a Florence. Ese tal por cual había abandonado una mujer con cinco hijos en La Habana y aquí en Brooklyn vivía con una puertorriqueña. Le había pedido cincuenta dólares a Seltzer y nunca pagó un centavo. ¿Cuánto le habría robado a Florence? Eso Seltzer nunca lo sabría. Seltzer se enteró de la verdad cuando el otro regresó a Cuba y a Florence le dio un ataque de nervios. Los médicos cobraron ochocientos dólares. Ella tuvo que ir a... –¿cómo se llama eso?–, sí, a un psicoanalista. No le ayudó, y sí le quitó el dinero.
Sigmund Seltzer empezó a llorar. Los comensales nos miraban de todas las mesas. El mesero retiró los platos.
Sigmund Seltzer fue al baño y se demoró mucho. Yo resulté mirando con rabia a las mujeres alrededor. Sigmund Seltzer me había contagiado su misoginia. Cuando volvió, sus ojos brillaban con frescura infantil. Parecía que en el baño no solamente se hubiera lavado la cara, peinado el cabello y arreglado la corbata, sino que también hubiera hecho un examen de conciencia y llegado a la conclusión de que no hay mal que por bien no venga.
–Escribe todo esto. Que el mundo se entere –dijo.
–No se puede escribir todo en un solo libro.
–Que tenga unas páginas más; yo pagaré.
Y Sigmund Seltzer sacó la billetera.
Me di cuenta de que este libro nunca se publicaría, y agregué un capítulo sobre la traición de las mujeres que comenzó con Eva en el Paraíso. Cuando se lo leí a Seltzer, dijo:
–Es como si hubieras sido testigo presencial.


5

Pasaron un par de años en los cuales no supe nada de Sigmund Seltzer. Solo recibí de él tarjetas de Año Nuevo.
Sonó el teléfono y oí una voz femenina medio conocida, que me dijo:
–Habla Florence.
Me quedé callado. No recordaba quién era Florence.
–No me recuerda. Soy la señora Seltzer.
–Sí, señora Seltzer.
–Sigmund está enfermo. Ya lleva tres semanas en el hospital. Me pidió que le telefoneara.
–¿Qué le pasa?
Florence me contó lo que le pasaba. Le habían extirpado un riñón. Se le complicó con un soplo y el corazón se debilitó.
–¡Sigmund está muy enfermo! –dijo Florence con preocupación.
Tomé un taxi y llegué al hospital. Sigmund Seltzer estaba en una sala grande, con muchas camas separadas por cortinas de tela. Me acerqué a la cama de Sigmund Seltzer. Con solo mirar su cuerpo hinchado, me di cuenta de que era una enfermedad terminal. La camisa tenía gotas de sangre. Aparentemente había tenido hemorragia nasal. De las cobijas salía un tubito de caucho que terminaba en un orinal. Al principio no lo reconocí, pero pronto su cara adquirió los rasgos de antes.
–Bueno, será más fácil morirme –me dijo.
–No diga tonterías. Pronto estará bien.
–No, hermano, yo quise que vinieras, en primer lugar porque quería que nos despidiéramos. A pesar de todo hemos sido amigos muchos años. Conoces mi vida, como se dice, de memoria, y sabes por lo que he pasado. En segundo lugar, quiero pedir tu ayuda para que el libro se publique después de mi muerte. Es todo lo que poseo y quiero. Todo lo demás mejor me callo.
–¿Dónde está el manuscrito?
–Aquí lo tengo. No quise venirme al hospital sin el libro. Florence seguramente lo habría botado a la caneca. Quiero que me jures que este libro se imprimirá. He hecho un testamento y te he constituido... ¿cómo es que se llama eso?, ah, sí, heredero. Quiero que el mundo conozca la verdad.
El manuscrito reposaba sobre la mesita de noche. Tenía nueva encuadernación. Se había vuelto el doble de grueso, porque Sigmund Seltzer había juntado la versión inglesa y la yiddish. Lo hojeé durante un rato. Algunas páginas me parecían conocidas, pero otras totalmente extrañas. Me detuve leyendo la escena en la que Sigmund huye de la prisión con la hija del director de la cárcel. Afuera los esperaba una carreta. Sigmund Seltzer estiró una mano.
–¡Estréchame la mano!
Le di mi mano. La suya estaba fría y húmeda.
–¿Lo prometes sagradamente?
–Sí, lo prometo.
– Llévatelo de una vez contigo. Alguien ya trató de robármelo.
Nos miramos en silencio. El pelo de Sigmund Seltzer se había vuelto escaso y blanco. La frente se había agrandado. Sus ojos irradiaban una nobleza que nunca había visto antes. Me dio la impresión de que Sigmund Seltzer descubrió algo acerca de mí que antes no sabía, con un conocimiento que solo se adquiere cuando el cuerpo decae. Me miraba con una especie de amor paternal. Dijo:
–¿Qué nos queda? Un arrume de papeles.



Trad. Moisés Mermelstein
Vía El malpensante Nº 122 (Agosto 2011)
En colección del Forverts –que conserva la Biblioteca Pública de Nueva York-.
Foto: Isaac Bashevis Singer © Bruce Davidson/Magnum Photos

21 ago. 2013

Susan Sontag: Ante el dolor de los demás, 9

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Algunas fotografías —emblemas del sufrimiento, como la instantánea del niño en el gueto de Varsovia en 1943, con las manos levantadas, arreado al transporte hacia un campo de exterminio— pueden emplearse como memento mori, como objetos para la contemplación a fin de profundizar en el propio sentido de la realidad; como si de iconos seculares se tratase. Pero eso parecería exigir un espacio equivalente al sagrado o meditativo en el cual se pueden mirar. Es difícil encontrar espacio reservado para la seriedad en una sociedad moderna, cuyo modelo principal del espacio público es la megatienda (que también puede ser un aeropuerto o un museo).

Parece un acto de explotación mirar fotografías horrendas del dolor de otras personas en una galería de arte. Incluso esas imágenes definitivas cuya gravedad y poder emotivo parecen fijados para siempre, las fotografías de los campos de concentración de 1945, tienen un peso distinto cuando se ven en un museo fotográfico (el Hotel Sully en París, el Centro Internacional de Fotografía en Nueva York); en una galería de arte contemporáneo; en el catálogo de un museo; en el televisor; en las páginas de The New York Times; en las de Rolling Stone; en un libro. La fotografía que se mira en un álbum fotográfico o se reproduce en áspero papel periódico (como las fotografías de la Guerra Civil española) tiene un sentido distinto exhibida en una tienda Agnés B. Cada foto se mira en un escenario distinto. Y los escenarios se han multiplicado. Una escandalosa campaña publicitaria de Benetton, el fabricante italiano de ropa informal, empleó la fotografía de una camisa manchada de sangre de un soldado croata muerto. Las fotografías publicitarias son a menudo tan ambiciosas, ingeniosas, intencionadamente fortuitas, transgresoras, irónicas y solemnes como la fotografía artística. Cuando «La muerte de un soldado republicano» de Capa se publicó en Life enfrentada al anuncio de Vitalis, había una diferencia enorme, infranqueable, en la mirada entre ambos tipos de fotografías, la «editorial» y la «publicitaria». Ahora ya no.


Robert Capa, Muerte de un soldado republicano, 1936

Buena parte del escepticismo actual ante la obra de determinados fotógrafos de conciencia parece ser poco más que un desagrado por el hecho de que las fotografías circulen de modo tan diverso; de que no haya manera de garantizar las condiciones reverentes en las cuales se pueden mirar esas fotos y ser del todo sensible a ellas. En efecto, además de los escenarios donde se ejerce la deferencia patriótica a los dirigentes políticos, no parece haber modo de garantizar un espacio de recogimiento o contemplación en la actualidad.

Siempre que las fotografías de temas más solemnes o desgarradores sean arte —y en eso se convierten cuando cuelgan de las paredes, a pesar de cuanto se diga en contra— comparten el destino de todo arte colgado de paredes o apoyado en el lugar de exhibición en los espacios públicos. Es decir, son estaciones a lo largo de un paseo, por lo general acompañado. Una visita a un museo o galería es un acto social, plagado de distracciones, en el curso del cual el arte se ve y se comenta.* En alguna medida el peso y la seriedad de tales fotografías perviven mejor en un libro, donde se pueden ver en privado y entretenerse mirándolas, sin hablar. Sin embargo, el libro se cerrará en algún momento. La intensa emoción se volverá una emoción transitoria. Al final las acusaciones precisas de la fotografía se desvanecerán; la denuncia de un conflicto específico y la atribución de crímenes concretos se convertirá en una denuncia de la crueldad humana y del salvajismo humano en general. Las intenciones del fotógrafo son irrelevantes en este proceso más amplio.


¿Hay un antídoto a la perenne seducción de la guerra? ¿Y es más posible que esta pregunta se la formule una mujer que un hombre? (Probablemente sí.)

¿Podemos llegar a movilizarnos activamente en contra de la guerra por una imagen (o un conjunto de imágenes) de igual modo que podríamos alistarnos entre los opositores a la pena capital leyendo, digamos, Una tragedia americana de Dreiser o «La ejecución de Troppmann» de Turgueniev, relato del escritor expatriado al que se invita a observar en una prisión parisina las últimas horas de un famoso criminal antes de la guillotina? Una narración parece con toda probabilidad más eficaz que una imagen. En parte tiene que ver con el periodo de tiempo en el que se está obligado a ver, a sentir. No hay fotografía, o serie fotográfica, que pueda desarrollarse, ir más lejos, e ir aún más allá que Voskhozhdeniye [La ascensión] (1977) de la cineasta ucraniana Larisa Shepitko, la película sobre la tristeza de la guerra más perturbadora que conozco, y un documental japonés, Yuki Yukite shingun [Aún marcha el ejército desnudo del Emperador] (1987) de Kazuo Hara, el retrato de un ex combatiente «desquiciado» de la guerra del Pacífico, cuya misión de vida es la denuncia de los crímenes de guerra japoneses desde un camión con altavoces con el cual recorre el país, visitando importunamente a sus oficiales superiores de antaño, exigiéndoles que pidan perdón por sus crímenes, como los asesinatos de prisioneros estadounidenses en Filipinas, los cuales ordenaron o condonaron.

Entre las imágenes antibélicas individuales, la enorme fotografía que hizo Jeff Wall en 1992 titulada «Dead Troops Talk (A Vision After an Ambush of a Red Army Patrol Near Moqor, Afghanistan, Winter 1986)» [«Soldados muertos conversan (Una visión tras la emboscada a una patrulla del ejército rojo cerca de Moqor, Afganistán, en el invierno de 1986)»] me parece ejemplar por su clarividencia y vigor. La imagen, antítesis del documento, una diapositiva en Cibachrome de casi dos metros y medio de alto por más de cuatro de ancho, montada en una caja luminosa, muestra figuras que posan en un paisaje: la ladera bombardeada de una colina construida en el estudio del artista. Wall, que es canadiense, nunca ha estado en Afganistán. La emboscada es un suceso ficticio en una guerra salvaje que había estado muy presente en las noticias. Wall se impuso la tarea de imaginar el horror de la guerra (cita a Goya como inspiración), al igual que la pintura histórica del siglo XIX y otras modalidades de la historia como espectáculo surgidas a finales del siglo XVIII y principios del XIX —justo antes de la invención de la cámara—, al igual que los cuadros vivos, las exhibiciones de cera, los dioramas y panoramas, lograron que el pasado, en especial el pasado inmediato, pareciera real de un modo sorprendente y perturbador.


Jeff Wall, Soldados muertos conversan, 1992

Las figuras de la obra visionaria de Wall son «realistas» pero, desde luego, no lo es la imagen. Los soldados muertos no hablan. Aquí sí.

Trece soldados rusos en aparatosos uniformes invernales y botas altas están esparcidos en una pendiente hoyada, con salpicaduras de sangre y surcada con piedras sueltas y desperdicios de la guerra: casquillos, metal retorcido, la bota que calza una pantorrilla... La escena podría ser la versión revisada del final del J'acusse de Gance, cuando los soldados de la Primera Guerra Mundial se alzan de sus tumbas, pero estos reclutas rusos, sacrificados en la tardía insensatez de la propia guerra colonial de la Unión Soviética, nunca fueron sepultados. Algunos todavía llevan puesto el casco. La cabeza de una figura hincada de rodillas, que habla animadamente, espumajea sesos rojos. El ambiente es cálido, cordial, fraterno. Algunos descansan tendidos, apoyados en un codo, o están sentados y charlan, exponiendo el cráneo abierto y las manos destrozadas. Uno se inclina sobre otro que yace de costado como dormido, tal vez instándolo a que se levante. Tres individuos están retozando: uno con una enorme herida en la barriga está montado sobre otro, que yace boca abajo, que a su vez se ríe del tercero que de rodillas juguetea frente a su rostro con un jirón de carne. Un soldado, con casco, sin pierna, se ha vuelto con una vivaz sonrisa en el rostro hacia un camarada algo distante. Más abajo hay dos que no parecen muy dispuestos a resucitar y yacen supinos, con las cabezas ensangrentadas que cuelgan del declive rocoso.

Inmersos en la imagen, que es tan acusatoria, acaso fantaseemos que los soldados podrían volverse y hablar con nosotros. Pero no, nadie está mirando desde la foto al espectador. No hay amenaza de protesta. No están a punto de gritarnos pidiendo que pongamos fin a la abominación de la guerra. No han vuelto a la vida tambaleantes para denunciar a los hacedores de la guerra, los cuales los enviaron a matar y a morir a manos de otros. Y no son aterradores para los demás, pues entre ellos (en el extremo izquierdo) se sienta un saqueador afgano vestido de blanco del todo absorto en hurgar en la mochila de alguno, en quien no reparan, y sobre ellos (arriba a la derecha) en el camino sinuoso que baja de la ladera, dos afganos entran en la foto, tal vez soldados ellos mismos, los cuales al parecer, por los Kalashnikov reunidos a sus pies, han despojado a los soldados muertos de sus armas. Estos muertos están desinteresados del todo en los vivos: en quienes les han quitado la vida; en los testigos y en nosotros. ¿Por qué habrían de buscar nuestra mirada? ¿Qué podrían decirnos? «Nosotros» —y este «nosotros» es todo aquel que nunca ha vivido nada semejante a lo padecido por ellos— no entendemos. No nos cabe pensarlo. En verdad no podemos imaginar cómo fue aquello. No podemos imaginar lo espantosa, lo aterradora que es la guerra; y cómo se convierte en normalidad. No podemos entenderlo, no podemos imaginarlo. Es lo que cada soldado, cada periodista, cooperante y observador independiente que ha pasado tiempo bajo el fuego, y ha tenido la suerte de eludir la muerte que ha fulminado a otros a su lado, siente con terquedad. Y tiene razón.



* La evolución del museo mismo ha llevado lejos el crecimiento de este ambiente de distracción. Otrora depósito para la preservación y exhibición de las bellas artes pretéritas, el museo se ha convertido en una vasta institución, y casi emporio, educativo, una de cuyas funciones es la exposición de arte. La finalidad primordial es el entretenimiento y la educación en diversas variantes, y el mercadeo de experiencias, gustos y simulacros. Así, el Museo Metropolitano de Arte en Nueva York organiza una exposición de los vestidos que usó Jacqueline Bouvier Kennedy Onassis durante sus años en la Casa Blanca. Así, el Museo Imperial de la Guerra en Londres, admirado por sus colecciones de pertrechos militares e imágenes, en la actualidad ofrece a los visitantes dos entornos reproducidos con exactitud. De la Primera Guerra Mundial, «La vivencia de las trincheras» (del Somme en 1916), una suerte de pasillo con sonidos grabados (bombas que estallan, gritos) pero inodoro (no hay cadáveres putrefactos ni gas venenoso); y de la Segunda Guerra Mundial, «La experiencia del Blitz», descrita como una presentación de las condiciones durante el bombardeo alemán de Londres en 1940, entre ellas la simulación de un ataque aéreo tal como se vivió en un refugio subterráneo.



Ante el dolor de los demás
Título original: Regarding The Pain of Others
©2003, Susan Sontag
© Traducción: Aurelio Major
© Santillana Ediciones Generales
© De esta edición:Madrid, Suma de Letras, 2004
Foto: S. Sontag en USA 1971 © Bruce Davidson/Magnum Photos

8 jul. 2013

Samuel Beckett: El expulsado

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No era alta la escalinata. Mil veces conté los escalones, subiendo, bajando; hoy, sin embargo, la cifra se ha borrado de la memoria. Nunca he sabido si el uno hay que marcarlo sobre la acera, el dos sobre el primer escalón, y así, o si la acera no debe contar. Al llegar al final de la escalera, me asomaba al mismo dilema. En sentido inverso, quiero decir de arriba abajo, era lo mismo, la palabra resulta débil. No sabía por dónde empezar ni por dónde acabar, digamos las cosas como son. Conseguía pues tres cifras perfectamente distintas, sin saber nunca cuál era la correcta.Y cuando digo que la cifra ya no está presente, en la memoria, quiero decir que ninguna de las tres cifras está presente, en la memoria. Lo cierto es que si encuentro en la memoria, donde seguro debe estar, una de esas cifras, sólo encontraré una, sin posibilidad de deducir, de ella, las otras dos. E incluso si recuperara dos no por eso averiguaría la tercera. No, habría que en contar las tres, en la memoria, para poder conocerlas, todas, las tres. Mortal, los recuerdos. Por eso no hay que pensar en ciertas cosas, cosas que te habitan por dentro, o no, mejor sí, hay que pensar en ellas porque si no pensamos en ellas, corremos el riesgo de encontrarlas, una a una, en la memoria. Es decir, hay que pensar durante un momento, un buen rato, todos los días y varias veces al día, hasta que el fango las recubra, con una costra infranqueable. Es un orden.

Después de todo, lo de menos es el número de escalones. Lo que había que retener es el hecho de que la escalinata no era alta, y eso lo he retenido. Incluso para el niño, no era alta, al lado de otras escalinatas que él conocía, a fuerza de verlas todos los días de subirlas y bajarlas, y jugar en los escalones, a las tabas y a otros juegos de los que he olvidado hasta el nombre. ¿Qué debería ser pues para el hombre, hecho y derecho?

La caída fue casi liviana. Al caer oí un portazo, lo que me comunicó un cierto alivio, en lo peor de mi caída. Porque eso significaba que no se me perseguía hasta la calle, con un bastón, para atizarme bastonazos, ante la mirada de los transeúntes. Porque si hubiera sido ésta su intención no habrían cerrado la puerta, sino que la hubieran dejado abierta, para que las personas congregadas en el vestíbulo pudieran gozar del castigo, y sacar una lección. Se habían contentado, por esta vez, con echarme, sin más. Tuve tiempo, antes de acomodarme en la burla, de solidificar este razonamiento.

En estas condiciones, nada me obligaba a levantarme en seguida. Instalé los codos, curioso recuerdo, en la acera, apoyé la oreja en el hueco de la mano y me puse a reflexionar sobre mi situación, situación, a pesar de todo, habitual. Pero el ruido, más débil, pero inequívoco, de la puerta que de nuevo se cierra, me arrancó de mi distracción, en donde ya empezaba a organizarse un paisaje delicioso, completo, a base de espinos y rosas salvajes, muy onírico, y me hizo levantar la cabeza, con las manos abiertas sobre la acera y las corvas tensas. Pero no era más que mi sombrero, planeando hacia mí, atravesando los aires, dando vueltas. Lo cogí y me lo puse. Muy correctos, ellos, con arreglo al código de su Dios. Hubieran podido guardar el sombrero, pero no era suyo, sino mío, y me lo devolvían. Pero el encanto se había roto.

¿Cómo describir el sombrero? ¿Y para qué? Cuando mi cabeza alcanzó sus dimensiones, no diré que definitivas, pero si máximas, mi padre me dijo, Ven, hijo mío, vamos a comprar tu sombrero, como si existiera desde el comienzo de los siglos, en un lugar preciso. Fue derecho al sombrero. Yo no tenía derecho a opinar, tampoco el sombrerero. Me he preguntado a menudo si mi padre no se propondría humillarme, si no tenía celos de mí, que era joven y guapo, en fin, rozagante, mientras que él era ya viejo e hinchado y violáceo. No se me permitiría, a partir de ese día concreto, salir descubierto, con mi hermosa cabellera castaña al viento. A veces, en una calle apartada, me lo quitaba y lo llevaba en la mano, pero temblando. Debía llevarlo mañana y tarde. Los chicos de mi edad, con quien a pesar de todo me veía obligado a retozar de vez en cuando, se burlaban de mí. Pero yo me decía, El sombrero es lo de menos, un mero pretexto para enredar sus impulsos, como el brote más, más impulsivo del ridículo, porque no son finos. Siempre me ha sorprendido la escasa finura de mis contemporáneos, a mí, cuya alma se retorcía de la mañana a la noche tan sólo para encontrarse. Pero quizá fuera una forma de amabilidad, como la de cachondearse del barrigón en sus mismísimas narices. Cuando murió mi padre hubiera podido liberarme del sombrero, nada me lo impedía, pero nada hice. Pero, ¿cómo describirlo? Otra vez, otra vez.

Me levanté y eché a andar. No sé qué edad podía tener entonces. Lo que acababa de suceder no tenía por qué grabarse en mi existencia. No fue ni la cuna ni la tumba de nada. Al contrario: se parecía a tantas otras cunas, a tantas otras tumbas, que me pierdo. Pero no creo exagerar diciendo que estaba en la flor de la edad, lo que se llama me parece la plena posesión de las propias facultades. Ah sí, poseerlas poseerlas, las poseía. Atravesé la calle y me volví hacia la casa que acababa de expulsarme, yo, que nunca me volvía, al marcharme. ¡Qué bonita era! Geranios en las ventanas. Me he inclinado sobre los geranios, durante años. Los geranios, qué astutos, pero acabé haciéndoles lo que me apetecía. La puerta de esta casa, aúpa sobre su minúscula escalinata, siempre la he admirado, con todas mis fuerzas. ¿Cómo describirla? Espesa, pintada de verde, y en verano se la vestía con una especie de funda a rayas verdes y blancas con un agujero por donde salía una potente aldaba de hierro forjado y una grieta que corresponde a la boca del buzón que una placa de cuero automático protegía del polvo, los insectos, las oropéndolas. Ya está. Flanqueada por dos pilastras del mismo color, en la de la derecha se incrusta el timbre. Las cortinas respiraban un gusto impecable. Incluso el humo que se elevaba de uno de los tubos de la chimenea, el de la cocina, parecía estirarse y disiparse en el aire con una melancolía especial, y más azul. Miré al tercero y último piso, mi ventana, impúdicamente abierta. Era justo el momento de la limpieza a fondo. En algunas horas cerrarían la ventana, descolgarían las cortinas y procederían a una pulverización de formol. Los conozco. A gusto moriría en esta casa. Vi, en una especie de visión, abrirse la puerta y salir mis pies.

Miraba sin rabia, porque sabía que no me espiaban tras las cortinas, como hubieran podido hacer, de apetecerles. Pero les conocía. Todos habían vuelto a sus nichos y cada uno se aplicaba en su trabajo.

Sin embargo no les había hecho nada.

Conocía mal la ciudad, lugar de mi nacimiento y de mis primeros pasos, en la vida, y después todos los demás que tanto han confundido mi rastro. ¡Si apenas salía! De vez en cuando me acercaba a la ventana, apartaba las cortinas y miraba fuera. Pero en seguida volvía al fondo de la habitación, donde estaba la cama. Me sentía incómodo, aplastado por todo aquel aire, y perdido en el umbral de perspectivas innombrables y confusas. Pero aún sabía actuar, en aquella época, cuando era absolutamente necesario. Pero primero levanté los ojos al cielo, de donde nos viene la célebre ayuda, donde los caminos no aparecen marcados, donde se vaga libremente, como en un desierto, donde nada detiene la vista, donde quiera que se mire, a no ser los límites mismos de la vista. Por eso levanto los ojos, cuando todo va mal, es incluso monótono pero soy incapaz de evitarlo, a ese cielo en reposo, incluso nublado, incluso plomizo, incluso velado por la lluvia, desde el desorden y la ceguera de la ciudad, del campo, de la tierra. De más joven pensaba que valdría la pena vivir en medio de la llanura, iba a la landa de Lunebourg. Con la llanura metida en la cabeza iba a la landa. Había otras landas más cercanas, pero una voz me decía, Te conviene la landa de Lunebourg, no me lo pensé dos veces. El elemento luna tenía algo que ver con todo eso. Pues bien, la landa de Lunebourg no me gustó nada, lo que se dice nada. Volví decepcionado, y al mismo tiempo aliviado. Sí, no sé por qué, no me he sentido nunca decepcionado, y lo estaba a menudo, en los primeros tiempos, sin a la vez, o en el instante siguiente, gozar de un alivio profundo.

Me puse en camino. Qué aspecto. Rigidez en los miembros inferiores, como si la naturaleza no me hubiera concedido rodillas, sumo desequilibrio en los pies a uno y otro lado del eje de marcha. El tronco, sin embargo, por el efecto de un mecanismo compensatorio, tenía la ligereza de un saco descuidadamente relleno de borra y se bamboleaba sin control según los imprevisibles tropiezos del asfalto. He intentado muchas veces corregir estos defectos, erguir el busto, flexionar la rodilla y colocar los pies unos delante de otros, porque tenía cinco o seis por lo menos, pero todo acababa siempre igual, me refiero a una pérdida de equilibrio, seguida de una caída. Hay que andar sin pensar en lo que se está haciendo, igual que se suspira, y yo cuando marchaba sin pensar en lo que hacía marchaba como acabo de explicar, y cuando empezaba a vigilarme daba algunos pasos bastante logrados y después caía. Decidí abandonarme. Esta torpeza se debe, en mi opinión, por lo menos en parte, a cierta inclinación especialmente exacerbada en mis años de formación, los que marcan la construcción del carácter, me refiero al período que se extiende, hasta el infinito, entre las primeras vacilaciones, tras una silla, y la clase de tercero, término de mi vida escolar. Tenía pues la molesta costumbre, habiéndome meado en el calzoncillo, o cagado, lo que me sucedía bastante a menudo al empezar la mañana, hacia las diez diez y media, de empeñarme en continuar y acabar así mi jornada, como si no tuviera importancia. La sola idea de cambiarme, o de confiarme a mamá que no buscaba sino mi bien, me resultaba intolerable, no sé por qué, y hasta la hora de acostarme me arrastraba, con entre mis menudos muslos, o pegado al culo, quemando, crujiendo y apestando, el resultado de mis excesos. De ahí esos movimientos cautos, rígidos y sumamente espatarrados, de las piernas, de ahí el balanceo desesperado del busto, destinado sin duda a dar el pego, a hacer creer que nada me molestaba, que me encontraba lleno de alegría y de energía, y a hacer verosímiles mis explicaciones a propósito de mi rigidez de base, que yo achacaba a un reumatismo hereditario. Mi ardor juvenil, en la medida en que yo disponía de tales impulsos, se agotó en estas manipulaciones, me volví agrio, desconfiado, un poco prematuramente, aficionado de los escondrijos y de la postura horizontal. Pobres soluciones de juventud, que nada explican. No hay por qué molestarse. Raciocinemos sin miedo, la niebla permanecerá.

Hacía buen tiempo. Caminaba por la calle, manteniéndome lo más cerca posible de la acera. La acera más ancha nunca es lo bastante ancha para mí, cuando me pongo en movimiento, y me horroriza importunar a desconocidos. Un guardia me detuvo y dijo, La calzada para los vehículos, la acera para los peatones. Parecía una cita del antiguo testamento. Subí pues a la acera, casi excusándome, y allí me mantuve, en un traqueteo indescriptible, por lo menos durante veinte pasos, hasta el momento en que tuve que tirarme al suelo, para no aplastar a un niño. Llevaba un pequeño arnés, me acuerdo, con campanillas, debía creerse un potro, o un percherón, por qué no. Le hubiera aplastado con gusto, aborrezco a los niños, además le hubiera hecho un favor, pero temía las represalias. Todos son parientes, y es lo que impide esperar. Se debía disponer, en las calles concurridas, una serie de pistas reservadas a estos sucios pequeños seres, para sus cochecitos, aros, biberones, patines, patinete, papás, mamás, tatas, globos, en fin toda su sucia pequeña felicidad. Caí pues y mi caída arrastró la de una señora anciana cubierta de lentejuelas y encajes y que debía pesar unos sesenta quilos. Sus alaridos no tardaron en provocar un tumulto. Confiaba en que se había roto el fémur, las señoras viejas se rompen fácilmente el fémur, pero no basta, no basta. Aproveché la confusión para escabullirme, lanzando imprecaciones ininteligibles, como si fuera yo la víctima, y lo era, pero no hubiera podido probarlo. Nunca se lincha a los niños, a los bebés, hagan lo que hagan son inocentes a priori. Yo los lincharía a todos con suma delicia, no digo que llegara a ponerles las manos encima, no, no soy violento, pero animaría a los demás y les pagaría una ronda cuando hubieran acabado. Pero apenas recuperé la zarabanda de mis coces y bandazos me detuvo un segundo guardia, parecidísimo al primero, hasta el punto de que me pregunté si no era el mismo. Me hizo notar que la acera era para todo el mundo, como si fuera evidente que a mí no se me podía incluir en tal categoría. ¿Desea usted, le dije, sin pensar un sólo instante en Heráclito, que descienda al arroyo? Baje si quiere, dijo, pero no ocupe todo el sitio. Apunté a su labio superior, que tenía por lo menos tres centímetros de alto, y soplé encima. Lo hice, creo, con bastante naturalidad, como el que, bajo la presión cruel de los acontecimientos, exhala un profundo suspiro. Pero no se inmutó. Debía estar acostumbrado a autopsias, o exhumaciones. Si es usted incapaz de circular como todo el mundo, dijo, debería quedarse en casa. Lo mismo pensaba yo. Y que me atribuyera una casa, mía, no tenía por qué molestarme. En ese momento acertó a pasar un cortejo fúnebre, como ocurre a veces. Se produjo una enorme alarma de sombreros al tiempo que un mariposear de miles y miles de dedos. Personalmente si me hubiera contentado con persignarme hubiera preferido hacerlo como es debido, comienzo en la nariz ombligo, tetilla izquierda, tetilla derecha. Pero ellos con sus roces precipitados e imprecisos, te hacen una especie de crucificado en redondo, sin el menor decoro, las rodillas bajo el mentón y las manos de cualquier manera. Los más entusiastas se inmovilizaron soltando algunos gemidos. El guardia, por su parte se cuadró, con los ojos cerrados, la mano en el kepi. En las berlinas del cortejo fúnebre entreveía gente departiendo animadamente, debían evocar escenas de la vida del difunto, o de la difunta. Me parece haber oído decir que el atavío del cortejo fúnebre no es el mismo en ambos casos, pero nunca he conseguido averiguar en qué consiste la diferencia. Los caballos chapoteaban en el barro soltando pedos como si fueran a la feria. No vi a nadie de rodillas.

Pero para nosotros todo va rápido, el último viaje, es inútil apresurarse, el último coche nos deja, el del servicio, se acabó la tregua, las gentes reviven, ojo. De forma que me detuve por tercera vez, por decisión propia, y tomé un coche. Los que acababa de ver pasar, atestados de gente que departía animadamente debieron impresionarme poderosamente. Es una caja negra grande, se bambolea sobre sus resortes, las ventanas son pequeñas, se acurruca uno en un rincón, huele a cerrado. Noto que mi sombrero roza el techo. Un poco después me incliné hacia delante y cerré los cristales. Después recuperé mi sitio, de espaldas al sentido de la marcha. Iba a adormecerme cuando una voz me sobresaltó, la del cochero. Había abierto la portezuela, renunciando sin duda a hacerse oír a través del cristal. Sólo veía sus bigotes. ¿Adónde?, dijo. Había bajado de su asiento exclusivamente para decirme esto. ¡Y yo que me creía ya lejos! Reflexioné, buscando en mi memoria el nombre de una calle, o de un monumento. ¿Tiene usted el coche en venta?, dije. Añadí, Sin el caballo. ¿Qué haría yo con un caballo? ¿Y qué haría yo con un coche? ¿Podría al menos tumbarme? ¿Quién me traería la comida? Al zoo, dije. Es raro que no haya Zoo en una capital. Añadí, No vaya usted muy de prisa. Se rió. La sola idea de poder ir al zoo demasiado aprisa parecía divertirle. A menos que no fuera la perspectiva de encontrarse sin coche. A menos que fuera simplemente yo, mi persona, cuya presencia en el coche debía metamorfosearlo, hasta el punto de que el cochero, al verme con la cabeza en las sombras del techo y las rodillas contra el cristal, había llegado quizá a preguntarse si aquél era realmente su coche, si era realmente un coche. Echa rápido una mirada al caballo, se tranquiliza. Pero ¿sabe uno mismo alguna vez por qué ríe? Su risa de todas formas fue breve, lo que parecía ponerme fuera del caso. Cerró de nuevo la portezuela y subió otra vez al pescante. Poco después el caballo arrancó.

Pues sí, tenía aún un poco de dinero en aquella época. La pequeña cantidad que me dejara mi padre, como regalo, sin condiciones, a su muerte, aún me pregunto si no me la robaron. Muy pronto me quedé sin nada. Mi vida no por eso se detuvo, continuaba, e incluso tal y como yo la entendía, hasta cierto punto. El gran inconveniente de esta situación, que podía definirse como la imposibilidad absoluta de comprar, consiste en que le obliga a uno a espabilarse. Es raro, por ejemplo, cuando realmente no hay dinero, conseguir que le traigan a uno algo de comer, de vez en cuando, al cuchitril. No hay más remedio entonces que salir y espabilarse, por lo menos un día a la semana. No se tiene domicilio en esas condiciones, es inevitable. De ahí que me enterara con cierto retraso de que me estaban buscando, para un asunto que me concernía. Ya no me acuerdo por qué conducto. No leía los periódicos y tampoco tengo idea de haber hablado con alguien, durante estos años, salvo quizás tres o cuatro veces, por una cuestión de comida. En fin algo debió llegarme, de un modo o de otro si no no me hubiera presentado nunca al Comisario Nidder, hay nombres que no se olvidan, es curioso, y él no me hubiera recibido nunca. Comprobó mi identidad. Esto le llevó un buen rato. Le enseñé mis iniciales de metal en el interior del sombrero, no probaban nada pero limitaban al menos las posibilidades. Firme, dijo. Jugaba con una regla cilíndrica, con la que se hubiera podido matar un buey. Cuente, dijo. Una mujer joven, quizá en venta, asistía a la conversación, en calidad de testigo sin duda. Me metí el fajo en el bolsillo. Se equivoca, dijo. Tenía que haberme pedido que los contara antes de firmar, pensé, hubiera sido más correcto. ¿Dónde le puedo encontrar, dijo, si llega el caso? Al bajar las escaleras pensaba en algo. Poco después volvía a subir para preguntarle de dónde me venía ese dinero, añadiendo que tenía derecho a saberlo. Me dijo un nombre de mujer, que he olvidado. Quizá me había tenido sobre sus rodillas cuando yo estaba aún en pañales y le había hecho carantoñas. A veces basta con eso. Digo bien, en pañales, porque más tarde hubiera sido demasiado tarde, para las carantoñas. Gracias pues a este dinero tenía todavía un poco. Muy poco. Si pensaba en mi vida futura era como si no existiera, a menos que mis previsiones pecaran de pesimistas. Golpeé contra el tabique situado junto a mi sombrero, en la misma espalda del cochero si había calculado bien. Una nube de polvo se desprendió de la guata del forro. Cogí una piedra del bolsillo y golpeé con la piedra, hasta que el coche se detuvo. Noté que no se produjo aminoración de la marcha, como acusan la mayoría de los vehículos, antes de inmovilizarse. No, se paró en seco. Esperaba. El coche vibraba. El cochero, desde la altura del pescante, debía estar escuchando. Veía el caballo como si lo tuviera delante. No había tomado la actitud de desánimo que tomaba en cada parada, hasta en las más breves, atento, las orejas en alerta. Miré por la ventana, estábamos de nuevo en movimiento. Golpeé de nuevo el tabique, hasta que el coche se detuvo de nuevo. El cochero bajó del pescante echando pestes. Bajé el cristal para que no se le ocurriera abrir la portezuela. Más de prisa, más de prisa. Estaba más rojo, violeta diría yo. La cólera, o el viento de la carrera. Le dije que lo alquilaba por toda la jornada. Respondió que tenía un entierro a las tres. Ah los muertos. Le dije que ya no quería ir al Zoo. Ya no vamos al Zoo, dije. Respondió que no le importaba adónde fuéramos, a condición de que no fuera muy lejos, por su animal. Y se nos habla de la especificidad del lenguaje de los primitivos. Le pregunté si conocía un restaurante. Añadí, Comerá usted conmigo Prefiero estar con un parroquiano, en esos sitios. Había una larga mesa con una banqueta a cada lado de la misma longitud exactamente. A través de la mesa me habló de su vida, de su mujer, de su animal, después otra vez de su vida, de la vida atroz que era la suya, a causa sobre todo de su carácter. Me preguntó si me daba cuenta de lo que eso significaba, estar siempre a la intemperie. Me enteré de que aún existían cocheros que pasaban la jornada bien calentitos en sus vehículos estacionados, esperando que el cliente viniera a despertarlos. Esto podía hacerse en otra época, pero hoy había que emplear otros métodos, si se pretendía aguantar hasta finalizar sus días. Le describí mi situación, lo que había perdido y lo que buscaba. Hicimos los dos lo que pudimos, para comprender, para explicar. Él comprendía que yo había perdido mi habitación y que necesitaba otra, pero todo lo demás se le escapaba. Se le había metido en la cabeza, y no hubo modo de sacárselo, que yo andaba buscando una habitación amueblada. Sacó del bolsillo un periódico de la tarde de la víspera, o quizá de la antevíspera, y se impuso el deber de recorrer los anuncios por palabras, subrayando cinco o seis con un minúsculo lapicillo, el mismo que temblaba sobre los futuros agraciados de un sorteo. Subrayaba sin duda los que hubiera subrayado de encontrarse en mi lugar o quizás los que se remitían al mismo barrio, por su animal. Sólo hubiera conseguido confundirle si le dijera que no admitía, en cuanto a muebles, en mi habitación, más que la cama, y que habría que quitar todos los demás, la mesilla de noche incluida, antes de que yo consintiera poner los pies en el cuarto. Hacia las tres despertamos el caballo y nos pusimos de nuevo en marcha. El cochero me propuso subir al pescante a su lado, pero desde hacía un rato acariciaba la idea de instalarme en el interior del coche y volví a ocupar mi sitio. Visitamos, una tras otra, con método supongo, las direcciones que había subrayado. La corta jornada de invierno se precipitaba hacia el fin. Me parece a veces que son éstas las únicas jornadas que he conocido, y sobre todo este momento más encantador que ninguno que precede al primer pliegue nocturno. Las direcciones que había subrayado, o más bien marcado con una cruz, como hace la gente del pueblo, las tachaba, con un trago diagonal, a medida que se revelaban inconvenientes. Me enseñó el periódico más tarde, obligándome a guardarlo yo entre mis cosas, para estar seguro de no buscar otra vez donde ya habíamos buscado en vano. A pesar de los cristales cerrados, los chirridos del coche y el ruido de la circulación, le oía cantar, completamente solo en lo alto de su alto pescante. Me había preferido a un entierro, era un hecho que duraría eternamente. Cantaba. Ella está lejos del país donde duerme su joven héroe, son las únicas palabras que recuerdo. En cada parada bajaba de su asiento y me ayudaba a bajar del mío. Llamaba a la puerta que él me indicaba y a veces yo desaparecía en el interior de la casa. Me divertía, me acuerdo muy bien, sentir de nuevo una casa a mi alrededor, después de tanto tiempo. Me esperaba en la acera y me ayudaba a subir de nuevo al coche. Empecé a hartarme del cochero. Trepaba al pescante y nos poníamos en marcha otra vez. En un momento dado se produjo lo siguiente. Se detuvo. Sacudí mi somnolencia y articulé una postura, para bajar. Pero no vino a abrir la portezuela y a ofrecerme el brazo, de modo que tuve que bajar solo. Encendía las linternas. Me gustan las lámparas de petróleo, a pesar de que son, con las velas, y si exceptúo los astros, las primeras luces que conocí. Le pregunté si me dejaba encender la segunda linterna, puesto que él había encendido ya la primera. Me dio su caja de cerillas, abrió el pequeño cristal abombado montado sobre bisagras, encendí y cerré en seguida, para que la mecha ardiera tranquila y clara, calentita en su casita, al abrigo del viento. Tuve esta alegría. No veíamos nada, a la luz de las linternas, apenas vagamente los volúmenes del caballo, pero los demás les veían de lejos, dos manchas amarillas lentamente sin amarras flotando. Cuando los arreos giraban se veía un ojo, rojo o verde según los casos, rombo abombado límpido y agudo como en una vidriera.

Cuando verificamos la última dirección el cochero me propuso presentarme en un hotel que conocía, en donde yo estaría bien. Es coherente, cochero, hotel es verosímil. Recomendado por él no me faltaría nada. Todas las comodidades, dijo, guiñando un ojo. Sitúo esta conversación en la acera, ante la casa de la que yo acababa de salir. Recuerdo, bajo la linterna, el flanco hundido y blando del caballo y sobre la portezuela la mano del cochero, enguantada en lana. Mi cabeza estaba más alta que el techo del coche. Le propuse tomar una copa. El caballo no había bebido ni comido en todo el día. Se lo hice notar al cochero que me respondió que su caballo no se repondría hasta que volviera a la cuadra. Cualquier cosa que tomara, aunque sólo fuera una manzana o un terrón de azúcar, durante el trabajo, le produciría dolores de vientre y cólicos que le impedirían dar un paso y que incluso podrían matarlo. Por eso se veía obligado a atarle el hocico, con una correa, cada vez que por una razón o por otra debía dejarle solo, para que no enterneciera el buen corazón de los transeúntes. Después de algunas copas el cochero me rogó que les hiciera el honor, a él y a su mujer, de pasar la noche en su casa. No estaba lejos. Reflexionando, con la célebre ventaja del retraso, creo que no había hecho, ese día, sino dar vueltas alrededor de su casa. Vivían encima de una cochera, al fondo de un patio. Buena situación, yo me habría contentado. Me presentó a su mujer, increíblemente culona, y nos dejó. Ella estaba incómoda, se veía, a solas conmigo. La comprendía, yo no me incomodo en estos casos. No había razones para que acabara o continuara. Pues que acabe entonces. Dije que iba a bajar a la cochera a acostarme. El cochero protestó. Insistí. Atrajo la atención de su mujer sobre una pústula que tenía yo en la coronilla, me había quitado el sombrero, por educación. Hay que procurar quitar eso, dijo ella. El cochero nombró un médico a quien tenía en gran estima y que le había curado de un quiste en el trasero. Si quiere acostarse en la cochera, dijo la mujer, que se acueste en la cochera. El cochero cogió la lámpara de encima de la mesa y me precedió en la escalera que bajaba a la cochera, era más bien una escalerilla, dejando a su mujer en la oscuridad. Extendió en el suelo, en un rincón, sobre la paja, una manta de caballo, y me dejó una caja de cerillas, para el caso de que tuviera necesidad de ver claro durante la noche. No me acuerdo lo que hacía el caballo entretanto. Tumbado en la oscuridad oía el ruido que hacía al beber, es muy curioso, el brusco corretear de las ratas y por encima de mí las voces mitigadas del cochero y su mujer criticándome. Tenía en la mano la caja de cerillas, una sueca tamaño grande. Me levanté en la noche y encendí una. Su breve llama me permitió descubrir el coche. Ganas me entraron, y me salieron, de prender fuego a la cochera. Encontré el coche en la oscuridad, abrí la portezuela, salieron ratas, me metí dentro. Al instalarme noté en seguida que el coche no estaba en equilibrio, estaba fijo, con los timones descansando en el suelo. Mejor así, esto me permitía tumbarme a gusto, con los pies más altos que la cabeza en la banqueta de enfrente. Varias veces durante la noche sentí que el caballo me miraba por la ventanilla, y el aliento de su hocico. Desatalajado debía encontrar extraña mi presencia en el coche. Yo tenía frío, olvidé coger la manta, pero no lo bastante como para levantarme a buscarla. Por lo ventanilla del coche veía la de la cochera, cada vez mejor. Salí del coche. Menos oscuridad en la cochera, entreveía el pesebre, el abrevadero, el arnés colgado, qué más, cubos y cepillos. Fui a la puerta pero no pude abrirla. El caballo me seguía con la mirada. ¿Así que los caballos no duermen nunca? Pensaba que el cochero tenía que haberle atado, al pesebre por ejemplo. Me vi, pues, obligado a salir por la ventana. No fue fácil. Y, ¿qué es fácil? Pasé primero la cabeza, tenía las palmas de las manos sobre el suelo del patio mientras las caderas seguían contorneándose, prisioneras del marco de la ventana. Me acuerdo del manojo de hierba que arranqué con las dos manos, para liberarme.

Tenía que haberme quitado el abrigo y tirarlo por la ventana, pero no se puede estar en todo. En cuanto salí del patio pensé en algo. La fatiga. Deslicé un billete en la caja de cerillas, volví al patio y puse la caja en el reborde de la ventana por la que acababa de salir. El caballo estaba en la ventana. Pero después de dar unos pasos por la calle volví al patio y recuperé mi billete. Dejé las cerillas, no eran mías. El caballo seguía en la ventana. Estaba hasta aquí del caballo. El alba asomaba débilmente. No sabía dónde estaba. Tomé la dirección levante, supongo, para asomarme cuanto antes a la luz. Hubiera querido un horizonte marino, o desértico. Cuando salgo, por la mañana, voy al encuentro del sol, y por la noche, cuando salgo, lo sigo, casi hasta la mansión de los muertos. No sé por qué he contado esta historia. Igual podía haber contado otra. Por mi vida, veréis cómo se parecen.


En Relatos
Traducción de Álvaro del Amo
Barcelona, Tusquets Editor, 1987
Foto: SB en NYC 1964 © Bruce Davidson-Magnum Photos

8 dic. 2012

Daniel Dennett: Benegoísmo

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Debemos ir todos a una, o con toda certeza 
nos colgarán uno a uno.
Benjamin Franklin a John Hancock, durante la
firma de la Declaración de Independencia
4 de julio de 1776


Esta exhortación de Ben Franklin todavía nos llama a través del tiempo, todavía parece que ondea al viento en rojo, blanco y azul, con aroma de tarta de manzana, una frase sin duda inspiradora, elegante y noble, digna de que la dijera nuestro héroe, ¿verdad? Pero esperemos un momento. ¿No estaba apelando el viejo y astuto Ben a la prudencia cobarde e interesada de sus oyentes? Escuchad, cobardes, y permitidme que dirija vuestra atención hacia vuestra situación presente: unios a nosotros o morid. ¿Qué era eso, una apelación al altruismo y al sacrificio personal o una llamada a aquellos que sabían lo que más les convenía? Propongo que concedamos que no era, después de todo, una apelación a un genuino altruismo (más adelante consideraremos qué podría serlo, y si existe en alguna medida significativa), sino la expresión de algo que no deja de ser maravilloso: una llamada a un tipo de interés previsor, una clase de prudencia que tiende a perderse en el fragor de la competición debido a la célebre miopía de la evolución, que exige beneficios inmediatos para todas sus innovaciones. Propongo llamar a esta clase de cooperación previsora benegoísmo, en honor de Ben, pero también para sugerir que aunque sea una clase de egoísmo, es un egoísmo del bueno. Si no fuera por el feliz hallazgo de la elocuencia de Franklin, la hubiera llamado euegoísmo.

El altruismo genuino, o puro, es un concepto elusivo, un ideal que siempre parece evaporarse justo cuando estamos en posición de alcanzarlo. No queda claro en qué consistiría el genuino altruismo, y las paradojas acechan por todas partes a su alrededor. Imaginemos un mundo en el que sólo hubiera una persona altruista y todas las demás fueran egoístas. El altruista y uno de los egoístas se encuentran atrapados en una isla con un bote de remos en el que sólo hay espacio para uno. ¿Qué haría el altruista? ¿Debería ofrecerse voluntario para morir en la isla o sería mejor —más altruista— en su caso irse con el bote, dejando que el egoísta se las arreglara solo, para poder ayudar a unos cuantos tipos egoístas más en tierra firme? Un altruista no tiene por qué sacrificarse estúpidamente a cambio de nada: eso no es más que una estupidez. ¿Hasta dónde puede llegar un altruista en la explotación de otros para alcanzar sus propios fines altruistas? Consideremos por ejemplo la información de seguridad preceptiva que reciben los pasajeros en los aviones: si viaja con un niño, cuando bajen las mascarillas de oxígeno, póngase usted primero la máscara, y luego al niño. Parece que un padre puede seguir este consejo con la conciencia limpia, puesto que es probable (no hay nada seguro en esta vida) que si se cuida primero de sí mismo, estará en mejor posición de cuidar de su hijo, y el bienestar de su hijo es lo que más le preocupa. Eso le convierte en un altruista. Según Elliott Sober y David Sloan Wilson, en su libro Unto Others: The Evolution and Psychology of Unselfish Behavior, «la tesis del altruismo, tal como nosotros la comprendemos, afirma que al menos parte del tiempo algunas personas consideran el bienestar de otros como un fin en sí mismo» (Sober y Wilson, 1998, pág. 228). Por supuesto, todo depende de lo que entendamos por un fin en sí mismo. Si usted, soñador egoísta, prefiere saborear en su imaginación las perspectivas de futuro de su hijo, si esta actividad le resulta más satisfactoria que ninguna otra y está dispuesto a dar todos los pasos necesarios para proteger a su hijo y preservar con ello la credibilidad de dichas fantasías paternas, entonces no se distingue usted en nada del avaro que arriesga su vida para salvar su cofre del tesoro de hundirse en el fondo del mar. Si cuando reflexiona sobre por qué lo está sacrificando todo por su hijo comete el error de comprometer su interés altruista por su hijo con un interés egoísta por su propia paz de espíritu, entonces no es usted ningún altruista. Usted sólo toma estas medidas para sentirse bien con usted mismo.

Y así sucesivamente, en una espiral de condiciones inalcanzables que estudiamos debidamente cada año en la clase de filosofía. Comienza cuando consideramos la célebre tesis de Sócrates (en el Menón) de que nadie desea el mal por sí mismo, una doctrina que resulta manifiestamente falsa hasta que se la respalda con el añadido de que nadie desea a sabiendas algo que es, consideradas todas las circunstancias, un mal en sí mismo. ¿Es cierta esta versión ponderada? ¿Es imposible o sólo muy poco probable? ¿Se trata simplemente de que alguien que deseara conscientemente cursos de acción que fueran, consideradas todas las circunstancias, malos en sí mismos probablemente no duraría lo bastante como para tener descendencia?

La mula es estéril a causa de los genes de sus padres, pero no porque haya heredado de ellos el «gen de la esterilidad», ya que no hay tal gen.* La esterilidad es un callejón sin salida, el fin de una línea: no es algo que pueda transmitirse. ¿Es el altruista algo parecido a la muía, una conjunción más o menos azarosa de factores que es perfectamente posible pero incapaz en general de perpetuarse? Deberíamos tener presente que aunque las mulas no tengan descendencia, sí proliferan en ciertos tiempos y lugares, gracias a efectos indirectos sobre otras especies (como los Homo sapiens pertenecientes a la Sociedad Protectora de las Mulas británica, de la que obtuve algunos de estos detalles sobre las mulas). En realidad, hay muchos caminos por los que la evolución puede dar lugar a poblaciones de organismos que a primera vista parece que deberían ser sistemáticamente descartados. Hay condiciones bajo las cuales ser altruista —o al menos benegoísta— no es un callejón sin salida genético ni cultural, y cada vez se amplía más la familia de modelos teóricos que exponen y clarifican dichas condiciones.

La variedad de modelos de teoría de juegos evolutiva que se han ido desarrollando a lo largo de las últimas décadas puede ordenarse, usando un poco el calzador, en algo así como un árbol genealógico de modelos a partir de una semilla original que da lugar a otros modelos y éstos a su vez a otros modelos y éstos a otros, y así sucesivamente hasta obtener un árbol que muestra —aproximadamente— dos tendencias entrelazadas: los modelos de partida son más simples que sus descendientes, la siguiente generación de modelos, y esta creciente complejidad de los modelos no trae consigo simplemente un aumento del realismo (los modelos reflejan cada vez más las complejidades del mundo real), sino también un aumento del optimismo. En los modelos simples, el altruismo parece condenado al fracaso. Aparte de algunas efímeras anomalías de la naturaleza, los altruistas parecen estar descartados por los principios fundamentales de la teoría evolucionista, son algo tan imposible como el móvil perpetuo. Es un mundo de todos contra todos, y los buenos tipos llegan inevitablemente los últimos. Más tarde, cuando se añaden algunos retoques para aumentar el realismo, aparece algo que va en la dirección del altruismo y que puede florecer en ciertas condiciones, y, a medida que añadimos nuevas capas de complejidad, parecen surgir todavía más variedades de cuasi altruismo, pseudoaltruismo o como queramos llamarlo. (Yo prefiero llamarlo benegoísmo.) Todo parece indicar que, a medida que nuestros modelos y teorías se vayan acercando a las complejidades del mundo real, terminaremos por llegar al genuino altruismo, como posibilidad real en el mundo real. ¿Es posible que esta perspectiva optimista no sea más que una ilusión? ¿Está condenado al fracaso este proyecto de partir desde abajo, viene a ser algo así como querer construir una torre hasta la luna? Por este camino no se va a ninguna parte, dicen los escépticos antidarwinistas. No hace falta molestarse siquiera en intentarlo. Pero ¿no podría ser que fueran los escépticos quienes estuvieran equivocados, y mantuvieran una visión excesiva del altruismo que sólo resulta inaccesible partiendo desde abajo precisamente porque está sublimado, colgado del cielo?

En cualquier caso, todos los modelos muestran cuándo y cómo puede florecer el benegoísmo, y ninguno de los modelos desarrollados hasta el momento distingue entre el benegoísmo y el «genuino» altruismo, si es que puede definirse tal cosa. Todos muestran las condiciones bajo las cuales, en contra del viento dominante de la miopía de la evolución, ésta puede diseñar a los organismos para que cooperen, o, más precisamente, para que se comporten de modo que prefieran el bienestar a largo plazo del grupo a su propio bienestar individual inmediato.

La semilla de este árbol de modelos es el problema ilustrado por el dilema del prisionero. En esos modelos, la traición desempeña un papel parecido a la segunda ley de la termodinámica en física. Los físicos no dejan de recordarnos que las cosas se rompen, se desordenan, que no tienden a repararse a sí mismas a menos que intervenga algo especial, como por ejemplo un ser vivo, un agente local contra la entropía. De modo parecido, los economistas no dejan de recordarnos que no hay tal cosa como la comida gratis. Los evolucionistas, en la misma línea, nos recuerdan que siempre terminarán por surgir los oportunistas, y cuando lo hagan pronto ganarán las competiciones locales por la reproducción, a menos que haya algo que lo impida. Sea cual sea el juego local, y sean cuales sean los costes y beneficios para el grupo (la población local que debe compartir el espacio, los recursos y los riesgos), si es posible compartir los beneficios de la acción colectiva sin pagar la parte que a uno le corresponde de los costes (lo que uno debe, podría decirse), entonces aquellos que sigan la vía egoísta prosperarán más que los otros. Es tan fácil como hacer una resta: los beneficios netos (beneficios menos deudas) tienen que ser inferiores a los beneficios brutos, que son los que disfruta el oportunista por definición. Todo esto debe ser cierto a menos que haya condiciones de algún tipo que lo impidan. Comencemos con una población uniforme de felices cooperadores (todos tienen el gen de la cooperación, para hacerlo sencillo). Hay que suponer que en general sus hijos son como ellos, pero ¿qué ocurre si en una generación surge un muíante oportunista? El oportunista obtiene como mínimo los mismos resultados que los cooperadores (pues no paga lo que debe) y, por lo tanto, tiene una descendencia de oportunistas superior a la media. Muy pronto habrá una tribu cada vez más grande de oportunistas y, con independencia de lo bien o mal que le vayan las cosas al grupo (es probable que le vayan peor, con la carga que suponen todos esos oportunistas), nadie en el grupo prosperará más que los oportunistas, que gradualmente terminarán por dominar el grupo.

Naturalmente, algo debe intervenir para impedir esta lamentable degradación. Podemos imaginar, si queremos, que los oportunistas tienden a ser estériles, o infanticidas. ¡Qué bien les iría eso a los cooperadores! También podemos imaginar que Zeus disfruta lanzando rayos contra los oportunistas, y que mantiene su número controlado (¡gracias a Dios!) mediante la práctica de este deporte. Dejando a un lado las fantasías fáciles, podemos preguntarnos qué tipo de producto natural de la evolución podría tener el efecto de bloquear de manera sistemática la toma del poder por parte de los oportunistas, que debemos suponer como la tendencia por defecto. Tal como hemos visto, este problema ya surgió en los primeros días de la vida en este planeta, en el conflicto intragenómico entre buenos genes y genes parásitos oportunistas, y se resolvió mediante la evolución de mecanismos de compensación que mantenían controlados a los oportunistas. Por supuesto, los problemas que se suscitaran a aquel nivel temprano y microscópico estaban fuera del alcance de Darwin, pero él mismo reconoció el problema en el caso de los insectos sociales, cuya devoción extrema al grupo era todo un reto para la teoría de la selección natural. William Hamilton mostró en sus famosos artículos sobre «selección por familias» cómo podían haber desarrollado los insectos sociales (y otras especies altamente sociales) dichos patrones de instinto cooperativo, y Richard Dawkins reformuló el modelo de Hamilton desde la perspectiva del gen egoísta. En el caso extremo de dicho comportamiento autosacrificial nos vemos obligados a bajar al nivel del gen para encontrar respuesta a la pregunta del Cui bono?, ya que, de acuerdo con la gráfica expresión de Sterelny y Griffiths: «Tal vez sea astuto por parte de un petirrojo optar por no poner todos los huevos que puede, pero una abeja que pica a un intruso, a un coste cierto para su vida, no puede estar guardándose nada en la manga» (Sterelny y Griffiths, 1999, pág. 157).

Los primeros modelos suponían, en beneficio de la simplicidad, un único gen para la «cooperación» y otro gen alternativo para la «traición», y se consideraba que dichos genes operaban de manera determinista en el nivel biológico del comportamiento. (Recuérdese: esto no tiene nada que ver con el determinismo o el indeterminismo físico y sí en cambio con el diseño. En dichos modelos se estipula que los organismos individuales de ben ser perros viejos incapaces de aprender nuevos trucos y que son unos colaboradores o unos traidores para toda la vida.) Este planteamiento no resulta una simplificación excesiva cuando hablamos de insectos, cuyas rutinas de comportamiento son relativamente simples y tropísticas (o sphexish [sphexístico] por usar el término acuñado por Douglas Hofstadter, en honor de la avispa Sphex), aunque incluso los insectos sociales pueden mostrarse sorprendentemente flexibles en ciertas condiciones, y pasar de la noche a la mañana de ser un zángano a convertirse en un trabajador cuando las circunstancias de la colonia exigen una recolocación, por ejemplo.

Los modelos muestran que los traidores tienden a prosperar, aunque también pueden contaminar sus propios nidos: a medida que aumenta la proporción de oportunistas, éstos tienden a encontrarse entre sí con más frecuencia, lo que genera caros episodios de defección mutua, y ya no hay bastantes cooperadores explotables cerca para marcar la diferencia. De este modo los cooperadores inician un tímido contraataque, pero sólo hasta que hay bastantes como para que valga la pena aprovecharse de ellos, en cuyo momento los oportunistas comienzan a prosperar otra vez. Pero los modelos también mostraban algunos efectos extraños que llevaban a equilibrios que no se ajustaban a nuestras expectativas y planteaban, por lo tanto, la duda de que al menos parte del comportamiento de los modelos fuera artificial, un subproducto de las simplificaciones más que un reflejo de algo que pudiera tener lugar en el mundo real. (Para un tratamiento lúcido de la cuestión véase Skyrms, 1996.) Esto se parece al descubrimiento místico de que, de acuerdo con nuestro modelo aerodinámico, los abejorros no pueden volar. Algo debe fallar en el modelo, puesto que por ahí va zumbando un abejorro. El modelo debe ser excesivamente simple, debe dejar fuera una complicación que resulta crucial para el manifiesto éxito del abejorro. Una de las simplificaciones de dichos modelos de teoría de juegos evolutiva era su carácter excesivamente abstracto. Los individuos eran meramente miembros de un conjunto, tomados por parejas al azar para que realizaran interacciones que determinaban su destino en la siguiente fase, sin preocuparse por sus ubicaciones espaciales relativas en el mundo. Era como si los organismos individuales vivieran en Internet, con la misma probabilidad de interactuar con alguien que está al otro lado del mundo como con el vecino de al lado. (En realidad, la interacción en Internet está muy ordenada; ciertas personas están mucho más «alejadas» entre sí —es más difícil acceder a ellas— que otras, de modo que esos modelos simplificarían gravemente incluso la «aldea global» de la Red.) Una segunda ola de modelos impuso una espacialidad simplificada al vincular la probabilidad de los encuentros a un factor de «viscosidad» (cuanto mayor era la viscosidad del espacio imaginario, más probable era que una persona interactuara con alguien que tuviera una dirección cercana), y este sencillo cambio introdujo nuevas oportunidades para la evolución de la cooperación, al tiempo que eliminaba aquellos incómodos equilibrios. La vecindad hace más probable que uno interactúe con aquellos que más se le parecen, con lo que obtiene mejores resultados de cualesquiera comportamientos cooperativos que adopte, puesto que es más probable que reciban una respuesta recíproca.

Si hacemos todavía un poco más sofisticados a los agentes individuales y les permitimos cierto margen para elegir con quién quieren interactuar (simplemente les permitimos negarse a jugar en ciertas condiciones, para empezar), el sencillo espacio que habitan todos (no muy diferente del plano del mundo Vida) comienza a adquirir cierta estructura: comienzan a formarse congregaciones de agentes que se comportan de modo parecido, lo que supone la creación de grupos con caracteres distintivos. Los cooperadores tienden a buscar otros cooperadores y los traidores terminan por tener que asociarse con otros traidores. Todo esto resulta muy sugerente, por supuesto, pero todavía estamos muy lejos del altruismo. Por ejemplo, ¿no rechazaría un genuino altruista la egoísta política de buscar otros altruistas para agruparse? ¿No debería el genuino altruista apartarse de su camino para ser el único altruista en medio de un grupo egoísta? Allí es donde más lo necesitan, podría decir alguien, y no en medio de sus compañeros altruistas. ¡Qué meramente benegoísta por su parte hacer lo que hace! Por otro lado, los agentes de estos modelos siguen siendo perros viejos de ideas más bien fijas, máquinas de situación-acción con unos cuantos interruptores prefijados que determinan sus «elecciones » en cualquier encuentro mediante la aplicación de una sencilla regla. Un vivido recordatorio de lo simples que son los agentes en estos modelos es que las estrategias de autosegregación y ostracismo que emergen de dichos modelos ya fueron explotadas a nivel macromolecular durante el conflicto intragenómico de la era procariota. Un modelo que no tiene necesidad de distinguir entre una macromolécula y un ciudadano humano adulto resulta escandalosamente abstracto.

Si hacemos todavía más flexibles a los agentes, más plásticos, y les damos la posibilidad de aprender de su experiencia, y reajustar sus reglas de nacimiento en función de los encuentros que han tenido, las cosas se ponen aún más interesantes. La inevitabilidad —nótese el término— de que un grupo sea tomado por los oportunistas ha dependido hasta ahora de la presunción de que nadie se daría cuenta; ninguno de los individuos tendría capacidad para advertir lo que ocurría, dar la alarma, lamentarlo, proponer sanciones, formar grupos de vigilancia, marcar o castigar a los oportunistas que hubiera entre ellos. Tan pronto como incorporamos algunas versiones simplificadas de esta capacidad de reacción, vemos como se multiplica la complejidad de los modelos. Situaciones muy negativas que antes parecían inevitables desaparecen con sólo un poco de prevención, gracias a un uso oportuno y bien dirigido de la información por parte de los miembros del grupo. Los tipos benegoístas tienen ahora una razón para castigar a los «altruistas» demasiado puros —los inocentones o los blandengues que siempre se dejan explotar por los oportunistas—, puesto que son estos primos quienes permiten que los oportunistas se salgan con la suya. De este modo resultarán favorecidas todas las mutaciones que permitan a los benegoístas distinguirse de los primos, pero todos los oportunistas o los primos que puedan hacerse pasar por benegoístas tenderán a prosperar, hasta la siguiente fase de la carrera armamentística. El desarrollo de la capacidad del grupo para controlar a sus miembros mediante la adopción de disposiciones para castigar las transgresiones (de cualesquiera políticas que mantengan) abre las puertas a la evolución social o cultural de toda clase de normas locales. En un artículo ya clásico sobre la evolución cultural, Rob Boyd y Peter Richerson muestran que si el coste de castigar es relativamente bajo —algo que puede garantizarse casi siempre que surge la práctica de castigar a aquellos que no castigan lo bastante—, se crea una máquina generadora de conformismo grupal de alcance y poder aparentemente ilimitado. El título del artículo lo dice todo: «Punishment Allows the Evolution of Cooperation (or Anything Else) in Sizable Groups» [«El castigo hace posible la evolución de la cooperación (o de cualquier otra cosa) en grupos de cierto tamaño»] (Boyd y Richerson, 1992).

Hasta aquí, pues, nuestro relato evolucionista ha sugerido una serie de condiciones que podrían habernos llevado, sin necesidad de ganchos colgados del cielo ni de otros milagros parecidos, a una prudente disposición en favor de la cooperación, reforzada por la disposición que compartimos con los demás ciudadanos a «castigar» a aquellos que no cooperan, pero todavía se trata de una no agresión mutuamente impuesta de carácter más bien frío y robótico. Tal como dice Alian Gibbard:

Las propensiones naturales humanas fueron el producto de algo que sería absurdo valorar en sí mismo, a saber, la voluntad de multiplicar los propios genes en las generaciones posteriores. Sin embargo, los modelos de coordinación que ayudaron a nuestros antepasados a transmitir sus genes para formarnos a nosotros sí que merecen la pena, por otras razones. Las fuerzas darwinianas han dado forma a las preocupaciones y los sentimientos que conocemos, y algunos de éstos son en gran medida morales (Gibbard, 1990, pág. 327).

En gran medida morales, pero no puramente morales. No hay el menor indicio de una voluntad de tratar el bienestar de otros como un fin en sí mismo, por ejemplo. Y así es probablemente como debe ser, puesto que todavía nos falta incluir algo específicamente humano en nuestros modelos, y una de nuestras intuiciones iniciales menos controvertidas respecto a la moral es que aunque los animales no humanos puedan estar hechos de «buena pasta», tal como dice Frans de Waal, no son todavía «el animal moral», tal como dice Robert Wright. Sin embargo, cabe considerar esta clase de estructura, social capaz de autoperpetuarse como una precondición necesaria para el florecimiento a largo plazo de agentes genuinamente altruistas, y en este sentido resulta alentador ver lo poco que debe presuponerse para verla evolucionar y sostenerse: el carácter relativamente simple y rígido de la capacidad de discriminación entre oportunistas y buenos ciudadanos, así como de la disposición a «castigar», indican que al menos este aspecto de la cultura podría ser anterior al lenguaje, a las convenciones y a las ceremonias. No estamos hablando de un juicio público y con jurado; estamos hablando de una inclinación irreflexiva y «brutal» a canalizar cierta agresividad hacia aquellos miembros del grupo que se han identificado como violadores de normas. Sería razonable buscar pruebas de esta clase de mantenimiento de «costumbres» locales duraderas en manadas de lobos o bandas de monos o simios, por ejemplo. Encontremos o no manifestaciones claras de este estadio de desarrollo previo a la cultura plenamente humana en alguna otra especie, la idea proporciona un cierto alivio frente al escepticismo: nos ofrece una posible «Historia de así fue» sobre la transición gradual desde unos animales meramente sociales a la manera de las abejas o las hormigas hasta unos animales con cierto gusto por la transmisión y la enseñanza de la cultura, interesados en los matices de la aprobación o la desaprobación, dispuestos a alistarse en pelotones temporales de castigo, inclinados a preferir el confort de la aceptación a la amenaza de la censura del grupo. Y gracias a esta transición los grupos se convierten en depositarios eficientes del recién descubierto «conocimiento», sin necesidad de esperar a que cada nuevo buen truco deba evolucionar y difundirse por vía genética hasta su fijación entre la población, puesto que el conformismo grupal puede garantizar una difusión mucho más rápida. Bien merece pagar el precio de una cierta vulnerabilidad ante cosas como los mitos, ante los descubrimientos erróneos locales que a pesar de todo venden igual de bien gracias al estructurado conformismo del grupo, a cambio de acceder a este ritmo más ágil de descubrimientos.



Nota

* Las mulas tienen a un burro por padre y a una yegua por madre (por lo común; las mulas que tienen a una burra por madre se llaman burdéganos); los burros tienen 62 cromosomas, y los caballos 64 (32 pares), y las mulas tienen 63 cromosomas no emparejables. Son muy raros los casos de mulas fértiles. Y hay condiciones bajo las cuales podría haber algo así como un gen de la esterilidad. Por ejemplo, puede haber un gen que en una dosis única (heterocigóticos: una copia de la madre o del padre, pero no de ambos) produjera grandes beneficios, tantos que persistiera a pesar de que aquellos con dobles dosis del gen (homocigóticos) fueran estériles. Se trata de una posibilidad que se pone sus propios límites, puesto que a medida que aumenta la proporción de aquellos que poseen una única copia del gen, aumenta también la probabilidad de que ambos padres tengan una única copia, y ambos la transmitan a su descendencia, con lo que crecería la proporción de descendientes estériles, un callejón sin salida para el gen. El ejemplo más conocido de este fenómeno harto familiar, la superioridad heterocigótica, es la resistencia a la malaria que produce la dosis única de un gen que en dosis doble provoca anemia celular falciforme.


En La evolución de la libertad
Cap. VII: "La evolución de la agencia moral"
Traducción de Ramon Vila Vernis
Barcelona, Paidós, 2004
Foto: © Bruce Davidson/Magnum Photos