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15 mar. 2013

David Foster Wallace: Actúen con naturalidad

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Los narradores como especie suelen ser mirones. Suelen acechar y observar. Son observadores natos. Son espectadores. Son esos tipos del metro cuya forma disimulada de mirar resulta inquietante. Casi depredadora. Es porque las situaciones humanas son el alimento de los escritores. Los narradores miran a otros seres humanos de la misma forma que los curiosos frenan para ver un accidente de coche: codician la imagen de sí mismos como testigos.

Pero al mismo tiempo los narradores tienden a ser terriblemente conscientes de sí mismos. A la vez que dedican montones de tiempo productivo a estudiar con atención qué impresión produce en ellos la gente, los narradores también dedican montones de tiempo menos productivo preguntándose, nerviosos, qué impresión causan ellos a los demás. Qué tal caen, qué imagen tienen, si se les ve el faldón de la camisa por la bragueta, si tal vez tienen pintalabios en los dientes, si la gente a la que están mirando con disimulo los estarán considerando seres siniestros, como esos locos que acechan a la gente.

El resultado es que la mayoría de los narradores, observadores natos, suelen odiar ser objeto de la atención de la gente. No les gusta que los miren. Las excepciones a esta regla —Norman Mailer, Jay Mclnerney— a veces dan la impresión de que muchos literatos ansían la atención de la gente. No sucede así con la mayoría. El resto nos limitamos a mirar.

La mayoría de los narradores que conozco son americanos de menos de cuarenta años. No sé si los narradores de menos de cuarenta años ven más televisión que otras clases de americanos. Las estadísticas informan de que en el hogar americano medio se ven más de seis horas diarias de televisión. No conozco a ningún narrador que viva en un hogar medio americano. Sospecho que Louise Erdrich tal vez sí. En realidad nunca he visto un hogar medio americano. Solamente en la tele.

A primera vista hay dos cosas en la televisión que parecen potencialmente apasionantes para los narradores americanos. En primer lugar, la televisión lleva a cabo por nosotros gran parte de nuestra investigación humana depredadora. En la vida real los americanos son un grupo humano bastante esquivo y cambiante, y resulta endiabladamente difícil adjudicarles ninguna clase de distintivo general. Pero la televisión viene equipada con ese distintivo. Es un indicador increíble de lo genérico. Si queremos saber qué es la normalidad americana —es decir, lo que los americanos perciben como normal—, podemos confiar en la televisión. Porque la razón de ser misma de la televisión es reflejar lo que la gente quiere ver. Es un espejo. No el espejo stendhaliano que refleja el cielo azul y el charco de barro. Más bien el espejo iluminado del baño ante el cual el adolescente calibra sus bíceps y decide cuál es su mejor perfil. Esta clase de ventana a la autopercepción nerviosa de los americanos tiene un valor incalculable a la hora de escribir narrativa. Y los escritores pueden tener fe en la televisión. Después de todo, hay un montón de dinero en juego. Y la televisión posee los mejores demógrafos que la ciencia social aplicada puede ofrecer, investigadores que pueden determinar con precisión lo que los americanos de los noventa son, quieren y ven: cómo los miembros del público queremos vernos a nosotros mismos. La televisión, desde la superficie hacia sus profundidades, trata del deseo. Y el deseo es a la narrativa lo que el azúcar es a la comida humana.

El segundo atractivo aparente es que la televisión parece ser un regalo absoluto de Dios para esa subespecie de la humanidad a quienes les encanta ver gente pero odian ser vistos. Porque la pantalla de la televisión solamente permite ser traspasada en un sentido. Es una válvula de compuerta psíquica. Podemos verlos a ellos; ellos no pueden vernos. Podemos relajarnos sin ser vistos mientras miramos. Creo que esta es la razón por la que la televisión gusta tanto a la gente solitaria. A los que se encierran de forma voluntaria. Todos los solitarios que conozco ven más televisión que las seis horas de promedio en América. A los solitarios, como a los narradores, les encanta la visión en un solo sentido. Porque la gente solitaria no suele serlo por culpa de ninguna deformidad repulsiva ni de su olor corporal ni su mal carácter: en realidad hoy día existen grupos de apoyo y asociaciones para personas con estas características. En cambio, la gente solitaria suele serlo porque no quieren soportar los costes psíquicos de estar entre otros seres humanos. Son alérgicos a la gente. La gente les afecta demasiado. Llamemos al solitario americano medio Joe Briefcase. Joe Briefcase teme y odia esa carga de autoconsciencia que parece afectarle únicamente cuando hay otros seres humanos reales a su alrededor, mirando, con sus antenas sensoriales humanas erizadas. Joe Briefcase tiene miedo de cómo lo van a ver quienes lo miren. Elige prescindir de ese juego tremendamente estresante que es el póquer americano de las apariencias. Pero la gente solitaria, en sus casas, solos, siguen ansiando imágenes y escenas, compañía. Por eso ven la televisión. Joe puede mirarlos a Ellos en la pantalla; Ellos no pueden ver a Joe. Es casi voyeurismo. Yo conozco a gente solitaria que percibe la televisión como un verdadero Deus ex machina para voyeurs. Y muchas de las críticas, de las críticas verdaderamente furibundas, no tanto dirigidas como arrojadas contra las cadenas, los anunciantes y el público por igual, tienen que ver con la acusación de que la televisión nos ha convertido en un país de voyeurs sudorosos y boquiabiertos. Esta acusación no es cierta, y no lo es por razones interesantes.

El voyeurismo clásico es una modalidad del espionaje, es decir, ver a gente que no saben que estás ahí mientras desarrollan las actividades mundanas pero llenas de erotismo de su vida íntima. Es interesante que gran parte del voyeurismo clásico requiera instrumentos con pantallas de cristal: ventanas, telescopios, etcétera. Pero ver la televisión es distinto a la actividad de los mirones genuinos. Porque la gente a la que estamos viendo a través de la pantalla de cristal de la tele no ignora el hecho de que alguien está viéndolos. En realidad, que un montón de gente está viéndolos. En realidad, la gente de la televisión sabe que es en virtud de esta multitud gigantesca de mirones que están en la pantalla llevando a cabo toda clase de actividades poco mundanas. La televisión no permite un verdadero espionaje porque la televisión es actuación, espectáculo, lo cual por definición requiere espectadores. En este caso no somos voyeurs en absoluto. Simplemente espectadores. Somos el público, megamétricamente múltiple, aunque a menudo observamos en soledad: E unibus pluram.2

Una razón de que los narradores den un poco de miedo en persona es que por vocación son voyeurs. Necesitan ese auténtico robo visual que es mirar a alguien que no haya preparado una identidad para ser vista. El único engañado en la actividad del espionaje es el espiado, que no sabe que está cediendo imágenes e impresiones de sí mismo. Un problema de muchos de los escritores americanos de menos de cuarenta años que usamos la televisión como sustituto del espionaje verdadero, sin embargo, es que el «voyeurismo» de la tele requiere que el pseudoespía que está mirando se haga una espléndida orgía de ilusiones. La ilusión n° 1 es que somos voyeurs: los «espiados» tras el cristal de la pantalla solamente fingen ignorancia. Saben perfectamente que estamos viéndolos. Y también saben que estamos aquí quienes están tras la segunda pantalla de cristal, a saber: las lentes y los monitores mediante los cuales los técnicos y escenógrafos aplican su enorme ingenio para enviarnos imágenes. Lo que vemos no lo estamos robando en absoluto; nos lo están ofreciendo: ilusión n° 2. La ilusión n° 3 es que lo que estamos viendo a través de la pantalla enmarcada no es gente en situaciones reales que existen o podrían tener lugar sin la conciencia de un Público. Es decir, que los jóvenes escritores están buscando datos acerca de una realidad por ficcionalizar que ya se compone de personajes ficticios dentro de narraciones muy formalizadas. Y n° 4, ni siquiera estamos viendo «personajes»: no existe el mayor Frank Burns de M*A*S*H, aquel arrogante y patético capullo de Fort Wayne, Indiana; el que existe es Larry Linville, de Ojai, California, un actor lo bastante estoico como para soportar miles de cartas (que siguen llegando aunque la serie se esté reponiendo) de pseudovoyeurs que lo insultan por ser un capullo de Indiana. Además, n° 5, por supuesto ni siquiera estamos espiando a actores o personas reales: se trata de ondas electromagnéticas analógicas, corrientes de iones y reacciones químicas en el interior de la pantalla que arrojan fosfenos en racimos de puntos no mucho más realistas que los comentarios impresionistas de Seurat acerca de la ilusión perceptiva. Y Dios mío, n° 6, esos puntos están saliendo de un mueble, lo único que estamos espiando realmente es uno de nuestros muebles, mientras que nuestras sillas, lámparas y los lomos de los libros siguen siendo visibles alrededor pero dejamos de verlos cuando contemplamos «Corea» o nos llevan «en directo a Jerusalén» o miramos las sillas más cómodas o los lomos más elegantes de los libros de la «casa» de los Huxtable, pistas ilusorias de que ahí hay un interior doméstico cuya membrana hemos violado de forma sutil y secreta: ilusiones n° 7, n° 8 y ad infimitum.

No es que esas realidades sobre actores y fosfenos y muebles nos pasen desapercibidas. Es que elegimos pasarlas por alto. Son parte de la creencia que anulamos. Pero es una carga realmente dura de soportar durante seis horas al día; las ilusiones de voyeurismo y de acceso privilegiado requieren una gran complicidad del espectador. ¿Cómo pueden conseguir que aceptemos de buen grado la ilusión de que la gente de la tele no sabe que los estamos mirando, la fantasía de que estamos trascendiendo de alguna forma la privacidad de alguien y alimentándonos de su actividad humana espontánea? Puede haber muchas razones para que esos camelos sean tan creíbles, pero una de las principales es que los actores del otro lado de la pantalla son —al margen de los diversos grados de talento dramático— genios absolutos a la hora de fingir que nadie los ve. No se equivoquen: actuar delante de una cámara de televisión como si nadie estuviera mirándolos es un arte. Fíjense en cómo actúan los no profesionales cuando los enfoca una cámara: a menudo actúan de forma espasmódica, o bien se quedan rígidos, paralizados por la timidez. Incluso los relaciones públicas y los políticos son, cuando se trata de estar ante la cámara, simples aficionados. Y nos encanta burlarnos de lo rígidos y afectados que aparecen en televisión los no profesionales. Poco naturales.

Pero si alguna vez han sido objeto de esa terrible mirada vacía y redonda de cristal, sabrán a la perfección lo espantosamente conscientes de sí mismos que les hace sentirse. Un tipo estresado con auriculares y un portafolios te dice que «actúes con naturalidad» y entonces tu cara empieza a moverse de forma espasmódica, intentando adoptar una expresión como si nadie estuviera mirándote que resulta del todo imposible porque «simular que nadie te mira» es como «actuar con naturalidad», un oxímoron. Intenten golpear una pelota de golf después de que alguien les pregunte si al tomar impulso aspiran el aire o lo expulsan, o después de que les ofrezcan una recompensa sustanciosa por no pensar en un rinoceronte verde durante diez segundos, y se harán una idea de las contorsiones verdaderamente heroicas de cuerpo y mente que necesitan llevar a cabo David Duchovny o Don Johnson para actuar como si nadie los mirara mientras son observados por una lente que constituye un emblema abrumador de lo que Emerson, años antes de la televisión, llamó la «mirada de los millones».3

Para Emerson solamente hay una especie muy rara de persona que pueda soportar esa mirada de los millones. No es el americano normal, trabajador y silenciosamente desesperado. El individuo capaz de soportar la megamirada es una imago andante, cierta clase de semihumano trascendente que, en palabras de Emerson, «lleva el reposo en la mirada». El reposo emersoniano que los actores de televisión llevan en la mirada es la promesa de un respiro de la autoconsciencia humana. No preocuparte por la impresión que causas. Una falta total de alergia a las miradas ajenas. Es un heroísmo contemporáneo. Es aterrador y fuerte. Es también, por supuesto, una acción, porque hay que tener una autoconsciencia y un autocontrol anormales para simular que nadie te mira delante de las cámaras, las lentes y los hombres de los portafolios. Esa ficción autoconsciente de falta de autoconsciencia es la verdadera puerta al salón de espejos lleno de ilusiones que es la televisión, y para nosotros, el público, es al mismo tiempo una medicina y un veneno.

Porque observamos a esa gente rara, perfectamente adiestrada para simular que nadie los mira durante seis horas diarias. Y amamos a esa gente. En tanto que les atribuimos cualidades sobrenaturales y deseamos emularlos, se podría decir que los veneramos. En el mundo real de Joe Briefcase que se está desplazando de forma cada vez más cruda de una comunidad de relaciones personales a redes de extraños conectados por el interés propio y la tecnología, la gente a la que espiamos en la televisión nos ofrece familiaridad y comunidad. Una amistad íntima. Pero dividimos lo que vemos. Los personajes pueden ser nuestros «amigos íntimos», pero los actores son más que extraños: son imagos, semidioses, que se mueven en una esfera distinta, salen y se casan solamente entre ellos, incluso como actores parecen accesibles al público únicamente con la mediación de la prensa sensacionalista, los programas de entrevistas y la señal electromagnética. Y sin embargo tanto los actores como los personajes, tan terriblemente alejados y filtrados, parecen terrible y gloriosamente naturales cuando los miramos.

Dado lo mucho que miramos y lo que comporta mirar, resulta inevitable, para los narradores o los Joe Briefcase que nos creemos voyeurs, hacernos la ilusión de que esas personas de detrás del cristal —personas que a menudo son la gente más vistosa, atractiva, animada y viva de nuestra experiencia— son también gente que ignora que los están mirando. Esta ilusión es tóxica. Es tóxica para la gente solitaria porque crea un círculo de alienación («¿Por qué no puedo yo ser así?», etcétera), y es tóxica para los escritores porque nos lleva a confundir la investigación para crear narraciones con una extraña forma de consumo de narraciones. La hipersensibilidad de la gente tímida a los seres humanos tiende a ponernos delante de la televisión y su ventana de un solo sentido en una actitud de recepción relajada y total, absorta. Vemos a diversos actores interpretar a diversos personajes, etcétera. Durante trescientos sesenta minutos per diem, recibimos la confirmación inconsciente de la tesis profunda de que la cualidad más importante de una persona viva es tener buena imagen, y que el valor genuino de una persona no solamente equivale sino que radica en el fenómeno de la observación. Además, está la idea de que la parte principal de tener una buena imagen es simular que no te das cuenta de que alguien te está mirando. Actuar con naturalidad. Las personas a las que los jóvenes narradores y los solitarios voluntarios escrutamos, con quienes empatizamos y confraternizamos de forma más intensa están, en virtud de una capacidad genial para fingir falta de consciencia de sí mismos, preparados para soportar las miradas de la gente. Y nosotros, intentando desesperadamente parecer despreocupados, sudamos de forma siniestra en el metro.


Notas

2 Esta frase, y por tanto parte del título de este ensayo, recuperan la genial expresión usada en «Faking It» de Michael Sorkin, publicado en Todd Gitlin, ed., Watching Television, Random House/Pantheon, 1987. [También juega con el lema del escudo de Estados Unidos: «E pluribus unum», ‘Uno compuesto de muchos’ o ‘La unidad en la pluralidad’. (N. del E.)

3 Citado por Stanley Cavell en Pursuits of Happiness, Harvard University Press, 1981 [hay trad. cast.: La búsqueda de la felicidad: la comedia de enredo matrimonial en Hollywood, Paidós, Barcelona, 1999].


En "«E unibus pluram»: televisión y narrativa americana"
Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer (1997)
Título Original: A Supposedly fun thing I'll never do again
Traductor: Javier Calvo
©2001, Mondadori
Foto: David Foster Wallace 1996 © Gary Hannabarger/Corbis

21 oct. 2012

David Foster Wallace: La niña del pelo raro

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A William F. Buckley y Norman O. Brown

Gimlet soñó que si anoche no iba a un concierto se convertiría en algún tipo de líquido, así que anoche mis amigos Mr. Wonderful, Big, Gimlet y yo fuimos a ver un concierto de piano de Keith Jarrett en el Irvine Concert Hall de Irvine. ¡Qué concierto! Keith Jarrett es un Negro que toca el piano. Disfruto mucho viendo actuar a Negros en cualquier disciplina de las artes interpretativas. Creo que son una raza de intérpretes encantadores y con talento, que a menudo resultan muy entretenidos. En particular disfruto viendo actuar a los Negros a distancia, puesto que de cerca es frecuente que emitan un olor desagradable. Desgraciadamente Mr. Wonderful también emite un olor desagradable, pero es un buen tipo y un amigo y se ríe cuando digo que no me gusta su olor, y va con cuidado de mantenerse a cierta distancia de mí o de colocarse en la dirección del viento. Uso colonia English Leather, que me proporciona un olor muy atractivo a todas horas. English Leather es esa colonia masculina del anuncio de televisión en que una mujer muy guapa y sexy que juega al billar mejor que un profesional afirma que todos sus hombres llevan English Leather o no llevan nada en absoluto. Me parece una mujer muy seductora y sexualmente excitante. Tengo el anuncio de colonia English Leather grabado en mi nuevo vídeo Toshiba VCR y me gusta recostarme en mi sillón abatible de pelo de caballo y masturbarme mientras el anuncio pasa una y otra vez en mi VCR. Gimlet me ha visto masturbarme mientras veo el anuncio de colonia English Leather y está de acuerdo conmigo en que la mujer es muy seductora y afirma que le gustaría lamerle la vagina a la mujer. Gimlet es una bisexual entusiasta del sexo oral.

Tuvimos que hacer cola en el Irvine Concert Hall durante mucho rato para poder ver a Keith Jarrett en concierto porque llegamos tarde y no nos evitamos el gentío. Llegamos tarde porque Big tuvo que parar para vender LSD a dos personas en Pasadena y a dos mujeres en Brea, e incluso en la larga cola para ver a Keith Jarrett les vendió LSD a dos tipos, Grope y Cheese, que habían venido en moto hasta Irvine para comprarle LSD. Big es un buen músico punk que también fabrica LSD en la habitación que tiene en casa de mi amiga, y lo vende. A mí me gusta evitarme el gentío y no llegar tarde, pero Gimlet se puso a hacerme una felación en el instante mismo en que ella y Big y Mr. Wonderful pasaron a recogerme en su camión de reparto de leche usado por mi casa nueva de Altadena y tuve un orgasmo en la autopista 210 y me sentí muy bien, de modo que Gimlet consiguió que no me importara llegar tarde ni pagar las entradas, que era muy caras, incluso para ver a un Negro.

Grope y Cheese se colocaron inmediatamente en la lengua el LSD que habían comprado y decidieron quedarse e ir al concierto de Keith Jarrett con nosotros después de que Gimlet se ofreciera a hacerme pagar sus entradas. Gimlet me presentó a Grope y Cheese, que a duras penas tenían edad de ir al instituto.

Gimlet me presentó a Grope y Cheese; dijo Grope, Cheese: Sick Puppy. Y luego también me presentó a mí. Me llamo Sick Puppy aunque no me llamo así en realidad. Todos mis buenos amigos son punks y casi nunca tienen nombres salvo nombres como Tit y Cheese y Gimlet. El verdadero nombre de Gimlet es Sandy Imblum y es de Deming, Nuevo México. Cheese le preguntó a Gimlet si podía tocarle la punta del pelo y ella le mandó a sentarse en una cerca de estacas, lo que me causó risa.

Cheese parecía muy inmaduro para ser un auténtico punk y desgraciadamente no era atractivo. Llevaba la cabeza rapada pero con algunos mechones de pelo desperdigados aquí y allá y unas gafas rosadas y tenía el cuello delgado aunque parecía buena gente, pero a Grope no le gustó mi traje nuevo que había comprado en Rodeos de Rodeo Drive ni mi Top-Siders ni mi corbata de la escuela secundaria con sus bordados de la academia militar de Westminster y la bandera americana. Dijo que yo no parecía un buen tipo ni buena gente y que mis ropas resultaban poco atractivas. Tampoco le gustó el olor de mi colonia English Leather.

Las declaraciones de Grope fastidiaron a Gimlet y esta le dijo a Mr. Wonderful que le hiciera daño a Grope, por tanto, Mr. Wonderful dio una patada a Grope en la zona intermedia con sus pesadas botas negras de puntera reforzada para combatir en las filas de la «contra» en Centroamérica. Grope sufrió un dolor extremo y se vio obligado a sentarse en el bordillo justo en medio de la cola para ver a Keith Jarrett, sosteniéndose su zona intermedia pateada. Gimlet metió sendos dedos en los orificios nasales de Grope y le dijo que me pidiera disculpas, porque si no, intentaría separarle la nariz del resto de las facciones. El dolor y las actitudes desagradables resultan muy desagradables para la gente que tiene LSD en la lengua, y Grope se disculpó al instante sin siquiera mirarme.

Informé a Grope de que su disculpa había sido plenamente aceptada y que a mí me parecía una persona correcta, y le estreché la mano para hacerle saber que Sick Puppy no era ningún aguafiestas, y Big lo ayudó a incorporarse y le dejó que se apoyara en él durante un rato mientras yo pagaba a la cara que había en la ventanilla del Irvine Concert Hall seis entradas para ver a Keith Jarrett, lo cual costó ciento veinte dólares. Grope le dijo a Big que su LSD era de primera mientras todos entrábamos en el vestíbulo del Irvine Concert Hall, decorado con gusto, cómodo y balsámico. Gimlet me susurró al oído que como compensación por pagar las entradas para ver a Keith Jarrett y evitar que ella se licuara, intentaría mantener mi pene erecto dentro de su boca durante varios minutos sin tener un orgasmo, y que, asimismo, me dejaría que la quemara con cerillas en la parte posterior de las piernas, lo que me alegró mucho, y Gimlet y yo metimos nuestras lenguas en la boca del otro mientras nuestros amigos formaban un corro alrededor y demostraban su aprobación oral. Los otros grupos de personas que venían a ver el concierto de Keith Jarrett dieron su aprobación al desenfado de nuestra pandilla y nos concedieron un espacio y una privacidad generosos en el amplio vestíbulo del Concert Hall.

Mr. Wonderful y Big y Gimlet habían tomado una gran cantidad del LSD de Big, que es de una clase especial que fabrica para conciertos y no tiene anfetaminas que podrían poner nervioso a alguien. Grope y Cheese también habían tomado LSD de Big, de modo que todos estaban bajo los efectos del LSD, que los hacía una compañía de lo más divertida. Yo no había tomado LSD porque desgraciadamente el LSD y otras sustancias controladas no me afectan ni influyen en mi estado de conciencia normal. No puedo flipar ingiriendo drogas, y a todos mis amigos punks esto les parece muy fascinante y de lo más divertido. Fui un compañero muy popular y sociable en la escuela secundaria y en la facultad de empresariales y en la facultad de derecho, pero tampoco en esos ambientes conseguí que las sustancias controladas me afectaran. A mis amigos los punks les gusta que compre cantidades enormes de drogas y me las tome y que no flipe mientras todos ellos están afectados. El mes pasado para mi cumpleaños me hicieron ponerme en la lengua más de dos cuadrados del LSD de Big y luego todos salimos a dar una vuelta en el nuevo deportivo que me había regalado mi madre por mi cumpleaños. Es un Porsche con seis velocidades, dos marchas atrás e interior de cuero. ¡Y turbo! Gimlet y Big también se pusieron droga en la lengua y salimos disparados como un relámpago engrasado marcha atrás por la autopista de la costa del Pacífico hasta que nos paró un policía y tuve que regalarle mil dólares para que no encarcelara a Gimlet cuando esta decidió que el revólver del policía en realidad era un desecho químico radiactivo e intentó quitárselo de la pistolera y lanzarlo contra una palmera para matarlo. Sin embargo, el agente era un hombre caballeroso y refinado y se alegró mucho de recibir un regalo en metálico de mil dólares. Nos alejamos conduciendo de frente y Big empezó a reírse de Gimlet por haberse creído momentáneamente que podría matar un revólver de la policía tirándolo contra una palmera, y se rió tanto que mojó los pantalones y podría haber estropeado parte del interior de cuero de mi Porsche nuevo, y tengo que admitir que me molestó, y le hice el vacío a Big, pero Gimlet me dejó que le quemara un pezón a Big con mi mechero de oro en un área de descanso, de modo que volví a alegrarme y a pensar que Big era un gran individuo.

Anoche llegamos a nuestra fila de seis asientos en el Irvine Concert Hall y nos sentamos. Mi nuevo amigo Grope se sentó lejos de mí, al lado de Big, y Mr. Wonderful también se sentó junto a Big. Yo me senté entre Cheese y Gimlet, que estaba al final de nuestra fila de seis asientos. Al fondo del escenario del Irvine Concert Hall había un piano con un banco. La mujer que estaba sentada detrás de Gimlet me tocó en el hombro acolchado de mi nueva americana y se quejó de que el pelo de Gimlet le planteaba problemas para ver el piano y el banco del escenario. Gimlet le dijo a la mujer Que te jodan, pero el bueno de Cheese estaba preocupado por la situación y educadamente intercambió el asiento con Gimlet para solucionar los problemas de visión de la mujer, que se estaba quejando de lo que había dicho Gimlet. Cheese era un tapón y tenía muy poco pelo en la cabeza que se proyectara hacia el aire, de modo que estaba bien para sentarse detrás de él. Gimlet solo tenía pelo en el centro de su cabeza redonda, pero estaba esculpido muy hábilmente en forma de pene erecto y gigante; por lo demás es calva como Cheese. Sin embargo, el pene de su pelo es muy grande y tumescente y puede ocasionar problemas en espacios bajos y a las personas que se encuentren detrás de ella y deseen ver lo mismo que Gimlet. Su amiga y confidente Tit esculpe el pelo de Gimlet y la provee de productos especiales para el cuidado del cabello que obtiene gracias a su profesión como estilista peluquera y que mantienen la escultura capilar de Gimlet siempre rígida y realista. A mí me cuidan el pelo en el salón de moda unisex Julios, en West Hollywood, con una parte muy atractiva a la derecha del peinado y una técnica de corte horizontal a ambos lados gracias a la cual mis orejas, que son extremadamente atractivas y bien formadas, siempre resultan visibles. Vi mi fantástico corte de pelo en Gentleman's Quarterly y recorté la fotografía para enseñarle el corte a Julio. Mr. Wonderful lleva una cresta que anoche era de un violeta muy claro, pero que en muchas ocasiones es naranja. El pelo de Big es extremadamente largo y espeso y negro y le cubre la cabeza y los hombros y el pecho y la espalda, incluida la cara. Big tiene una máscara de plástico para ver bien que se ha hecho entrelazar con el pelo a la altura de los ojos mediante la técnica de Tit. El pelo alrededor de lo que probablemente sea la boca de Big tiende a resultar poco atractivo debido a que los alimentos atraviesan esta zona cuando come. No recuerdo cómo llevaba el pelo Grope.

Cheese se inclinó por encima de mí y le dijo a Gimlet que siempre estaba dispuesta a echar una mano por haber intercambiado los asientos para que la mujer pudiera disfrutar de la actuación, porque Keith Jarrett era un artista Negro excepcional que todo el mundo debería ver actuar por el bien de su educación musical y me pidió que me mostrara de acuerdo con él. Me alegró darle la razón a Cheese y tranquilizar a Gimlet para que no se pusiera pesada, y de hecho Cheese estaba en lo cierto cuando el Negro Keith Jarrett apareció en escena con pantalones informales, zapatos y una camisa de terciopelo holgada que le venía demasiado grande y se sentó al piano en su banco. Como muchos Negros, Keith Jarrett llevaba el pelo a lo afro, desde la ubicación de nuestros seis asientos en el Irvine Concert Hall solo pude ver la espalda de Keith Jarrett y su pelo afro mientras tocaba.

¡Pero tocó estupendamente! Le dije a Gimlet que aquel intérprete era sensacional para no ser un punk como Gimlet y Big y Mr. Wonderful, que juntos formaban una excelente banda punk conocida en todas partes como Esfínter Poderoso, y Gimlet, que en ese momento se encontraba bajo los efectos del LSD, me miró como si hubiera algo extremadamente interesante detrás de mí. Me lamió la mejilla durante más de treinta segundos pero enseguida se detuvo y me llamó la atención sobre una niña rubia sentada en una fila inferior y afirmó que el pelo de la niña era fascinante y raro. Se quedó mirando fijamente a la niñita que se encontraba un poco más abajo que nosotros con gran intensidad mientras Keith Jarrett seguía con el concierto.

Anoche, mientras mis amigos y yo escuchábamos tocar el piano a Keith Jarrett en el Irvine Concert Hall, estuve pensando que mis amigos eran un grupo de chicos y chicas estupendo y que estaba encantado de ser amigo de unas personas tan divertidas. Son únicas y diferentes de los viejos amigos con los que crecí en Alexandria, Virginia, y con los que fui a buenas escuelas y universidades tales como la academia militar de Westminster, la Brown University, la facultad de empresariales Wharton de la Universidad de Pensilvania y la facultad de derecho de Yale. Todos mis antiguos amigos tenían nombres de verdad y vestían igual que yo, y eran muy atractivos y hábiles y a menudo divertidos, ¡pero nunca una panda de payasos como mis nuevos amigos de la zona de Los Angeles! Conocí a mis nuevos amigos punks en una fiesta que se celebró poco después de que llegara a la zona de Los Angeles debido a mi nuevo trabajo, que me reporta más de cien mil dólares al año.

Asistí a la fiesta de Los Angeles para las juventudes republicanas de Los Angeles con la señorita Paisley Campbell-Greet, una buena chica a quien intentaba convencer de que me practicara una felación y me dejara quemarla después, y llevaba horas charlando y bromeando con ella y con algunos jóvenes republicanos cuando varios punks vestidos de cuero y metal, enfrentados políticamente con los jóvenes republicanos en numerosos temas de carácter social, aparecieron espontáneamente de la nada, se colaron en la fiesta y empezaron a comerse los caros refrigerios que el cuerpo auxiliar de jóvenes republicanas había preparado y a drogarse y a romper objetos. Al anfitrión de la fiesta le metieron un dedo en el ojo cuando se quejó a los punks más corpulentos, que eran Big y los colegas de Big, Death y Boltpin, de que debían mostrarse más amables y distinguidos.

Poco después del incidente del dedo en el ojo me vi envuelto en un altercado con un joven demócrata de la fiesta que había estudiado en la facultad de derecho de Berkeley, California (¡me gustaría saber cómo es posible que le dejaran entrar!). Paisley Campbell-Greet conocía a este individuo y estábamos charlando amigablemente cuando yo, inocente y orgulloso, saqué a colación el tema de mi padre y mi hermano y el ascenso reciente de mi hermano, su honor y responsabilidad.

Cheese se inclinó hacia mí y afirmó que el Negro Keith Jarrett era un músico con talento y agradable porque su interpretación de música jazz en realidad era improvisada, que Keith Jarrett iba componiendo su interpretación a medida que la interpretaba. Gimlet se echó a llorar por eso y por la niñita del pelo raro y le presté uno de mis pañuelos de seda a juego con el color y el estampado de varios conjuntos de mi guardarropía.

En la reunión de las juventudes republicanas anuncié que mi familia por parte materna posee una empresa que fabrica productos farmacéuticos de alta calidad, mientras que mi familia por parte paterna pertenece a la aristocracia militar. Mi padre es uno de los individuos de rango más alto en el cuerpo de marines de Estados Unidos y él, mi hermano y yo somos parientes del mejor general de combate que ha tenido la nación norteamericana desde los tiempos de Ulysses S. Grant. Mi hermano tiene treinta y cuatro años y en la actualidad es teniente coronel del cuerpo de marines de Estados Unidos y tiene el honor de servir como portador de la caja negra que contiene los códigos nucleares para el presidente de Estados Unidos. En sus comienzos mi hermano no era más que el portador nocturno y se limitaba a sentarse muy rígido en una silla por la noche con la caja negra atada a su muñeca y delante del dormitorio privado del presidente de la nación, pero ha demostrado ser tan buen portador de códigos nucleares que ahora es el oficial responsable de esta obligación durante el día, por lo que puede vérsele con frecuencia en televisión y en todo tipo de medios de comunicación, rígido en todo momento y a menos de tres metros del presidente, portando la caja negra de los códigos nucleares que son fundamentales para el equilibrio de poder en nuestro país.

Al joven demócrata que se había colado en la fiesta no le gustaron mis comentarios acerca de mi hermano el oficial de día encargado de los códigos y empezó a comportarse de forma terriblemente maleducada y a hablar en voz alta y a gesticular como un demócrata agitando en el aire sus brazos enfundados en una americana de pana, hasta que en un momento dado me dio con el dedo en el pecho. Paisley Campbell-Greet afirmó que el joven demócrata estaba borracho al tiempo que emocionado por los asuntos relacionados con la política de defensa de nuestra nación pero me cabrea de verdad que me den con el dedo en el pecho y saqué mi mechero de oro y prendí fuego a la barba del demócrata de la facultad de derecho de Berkeley. Se alteró muchísimo y empezó a correr de aquí para allá y a golpearse la barba con la mano, y Paisley estaba realmente muy molesta, sin embargo yo me alegré de haberle prendido fuego a su barba con mi mechero de oro.

Conocí a mis nuevos amigos punks y me convertí en Sick Puppy porque Gimlet y su amiga Tit habían estado intentando atrapar las rodajas de limón de la ponchera de Tiffany's de las juventudes republicanas y el abogado cuya barba yo había incendiado ardía por la zona de la cabeza, y las apartó de la ponchera de un empujón para apagarse la cabeza sumergiéndola en el líquido. Gimlet se enfadó con él por lo que había hecho y trató de mantenerle la cabeza por debajo de la superficie del ponche con el objeto de dejarle sin oxígeno. Paisley Campbell-Greet trató de separar a Gimlet del abogado demócrata y esto sacó de quicio a Tit, que rasgó la parte delantera del caro vestido de tafetán de Paisley dejando los pechos de Paisley Campbell-Greet a la vista de muchos de los asistentes a la fiesta. Me alegró que Gimlet hubiera intentado herir al abogado en llamas, y empecé a prever que Paisley Campbell-Greet se negaría a practicarme una felación puesto que había prendido fuego a su amigo de Berkeley, además sus pechos resultaron ser extremadamente pequeños y respingones, así que me reí de buena gana ante la visión de lo que el vestido de cóctel de Paisley mostró y felicité a Gimlet y alabé su pene de pelo y le dije que me alegraba de que hubiera intentado ahogar al abogado que me había dado con el dedo porque mi hermano portaba la caja negra de los códigos nucleares para el presidente de Estados Unidos. Y cuando Gimlet y su camarilla formada por Tit y Death y Boltpin y Big y Mr. Wonderful descubrieron que mi hermano portaba los códigos nucleares para el presidente de nuestra nación y que me gustaba incendiar abogados que me cabreaban, se reunieron en asamblea y decidieron que yo era el mejor y más destacado joven republicano de la historia del planeta Tierra y, como por arte de magia, me hicieron desaparecer del cóctel republicano en su camión de la leche negro, de segunda mano y con símbolos druídicos cuidadosamente dibujados sobre la pintura, antes de que llegara la policía que Paisley y el abogado encendido habían llamado y me metieran en problemas que podrían hacerme perder el trabajo que me reporta una enorme cantidad de dinero.

Aquella noche Gimlet y Tit me practicaron sendas felaciones, y también Boltpin. Gimlet y Tit me hicieron feliz pero Boltpin no; por lo tanto, no soy bisexual. Gimlet me dejó que la quemara superficialmente y me pareció que era una persona extraordinaria. Big se hizo con un cachorro del callejón de detrás de su casa en la zona este de Los Angeles y lo empapó de gasolina y me permitieron que le prendiera fuego en el sótano de su casa alquilada, y todos retrocedimos para dejarle espacio libre y que diera varias vueltas corriendo a la habitación.

Anoche en el Irvine Concert Hall, Grope se acarició la zona intermedia y dijo que Keith Jarrett le estaba lanzando formas eléctricas desde la zona exterior de su peinado afro de Negro y se puso como loco. Gimlet ya no lloraba pero se mostró todavía mucho más interesada y fascinada por el pelo rubio y rizado de la niña sentada junto a un hombre mayor vestido con una bonita americana sport dos filas de asientos por debajo de nuestros seis asientos. Gimlet afirmó que el pelo raro de la niña representaba el poder mágico contra la inmolación que tienen los desechos químicos radiactivos y que si Gimlet podía cortarlo y colocárselo en la vagina bajo el porche de la casa de su padrastro en Deming, Nuevo México, podrían quemarla una y otra vez sin sentir dolor ni ninguna molestia. Estaba llorando y peleándose contra llamas ficticias y acto seguido intentó incorporarse y lanzarse desordenadamente hacia el pelo de la chica saltando por encima de los asientos, pero Mr. Wonderful retuvo a Gimlet y le aseguró que intentaría conseguirle algunos ejemplares de aquel pelo raro durante el intermedio, y colocó algo en la boca de Gimlet por cortesía de Big.

Junto a mí, al final de nuestra fila de asientos, Cheese se mostró muy interesado por mi persona y empezó a hablarme mientras escuchábamos a Keith Jarrett improvisando su interpretación en ese mismo momento, sentado en su banco. Cheese afirmó que así como resultaba evidente que yo era un individuo elegante, se preguntaba cómo había trabado amistad con mis amigos punks de Los Angeles, Big y Gimlet y Mr. Wonderful, puesto que no me parecía a ellos ni me vestía como ellos ni llevaba un peinado que me identificara como punk, ni era pobre ni desvalido ni nihilista. Cheese y yo iniciamos una conversación profunda que resultó muy fascinante y absorbente. Hablamos en profundidad mientras Mr. Wonderful refrenaba a Gimlet y Big refrenaba al inquieto Grope, en voz baja, para poder escuchar las exquisitas melodías que nuestro ameno intérprete Negro no cesaba de ofrecernos.

Informé a Cheese de que mis amigos punks y yo éramos uña y carne y que a pesar de que yo no podía vestirme como ellos por razones de trabajo y de tradiciones familiares, admiraba el gusto de mis amigos para la ropa. Puesto que Gimlet sabe que mi excelente trabajo y mi acaudalada familia me proveen de grandes sumas de capital en todo momento, Gimlet no se siente infeliz porque no me pueda vestir de cuero y metal ni afeitarme la cabeza, ni esculpirme el pelo como un auténtico punk. Mi trabajo es muy fascinante y agradable y me dedico a él desde hace menos de un año. En el bufete de abogados para el que trabajo me encargo de resolver los problemas de responsabilidad legal de las empresas. En ocasiones los productos que fabrican determinados fabricantes tienen fallos o defectos que podrían herir al consumidor, y cuando el consumidor pierde los estribos porque ha resultado herido e intenta litigar contra uno de los clientes de mi bufete, me llaman para que arregle el problema. Esto ocurre a menudo con productos tales como juguetes infantiles y electrodomésticos. Soy extremadamente efectivo solucionando problemas de responsabilidad legal de las empresas porque me encantan los retos y me gusta lanzarme al ruedo con el espíritu del cuerpo militar y ganar la competición de calle. En mi carrera me siento especialmente satisfecho y motivado cuando se da el caso de que el producto del fabricante realmente tiene un defecto que ha herido al consumidor, porque entonces es un reto aún mayor intentar convencer al jurado o a un jurista de que lo que de verdad ocurrió en realidad no ocurrió y de que el producto del fabricante no hirió al consumidor. El reto es aún mayor cuando el consumidor está presente en el juicio y está herido, puesto que los tribunales tienden a sentir lástima por las personas heridas, sobre todo si la persona pertenece a una minoría racial y tiene un enjambre de hijos, como suele ocurrir con las minorías raciales que se presentan a un juicio. Pero aunque ya he tenido que solucionar muchos problemas de responsabilidad legal empresarial, solo he sido incapaz de llevarme el gato al agua una o dos veces, porque disfruto participando en una buena competición y también porque, instintivamente, a la gente le gusto por mi aspecto. El hombre de la calle se sorprendería si supiera hasta qué punto los jurados se dejan impresionar por las apariencias. Afortunadamente yo soy un tipo guapo de la cabeza a los pies y aparento menos de veintinueve años. Tengo aspecto de joven bien cuidado, de vecinito de al lado, de buen tipo, y una vez mi madre afirmó que tengo cara de ángel. Tengo los ojos de un bello marsupial, la piel blanca y suave como la de un bebé y estoy bien proporcionado. Ni siquiera tengo necesidad de afeitarme, llevo un buen corte de pelo y no tengo ni los picores ni ese polvillo tan antiestético de la caspa. Mantengo mi pelo perfectamente cuidado, bien peinado y corto en todo momento. Tengo unas orejas excepcionalmente atractivas.

Le expliqué a Cheese que vestir de forma convencional y tener aspecto de ángel es bueno para mi carrera y que Gimlet lo comprende. Mi carrera me reporta más de cien mil dólares anuales y además mi madre me envía cheques de su patrimonio personal, así que dispongo de una gran liquidez gracias a la cual Gimlet y Big y Mr. Wonderful son un grupo de punks muy felices.

Antes de enfadarme con Cheese, me caía muy bien. A diferencia de Gimlet y Grope, anoche en el concierto de Keith Jarrett la ingestión de LSD convirtió a Grope en un tipo bastante despreocupado. No vio espejismos ni se puso nervioso, sino que se limitó a explicar que gracias al papel que tenía en la lengua podía captar la música del Negro Keith Jarrett con varios de sus cinco sentidos. Podía oírla, pero también ver y oler y saborear la música. Según Cheese algunos temas olían al terciopelo rojo de un baúl en un desván, a vitaminas, a medicinas o a una mañana. Afirmó que también podía ver las composiciones improvisadas de Keith Jarrett. Intentó describir esforzadamente con sus propias palabras el aspecto que tiene una puesta de sol mediante el fuego, los albaricoques y el color azul, y luego mediante el humo, las ciruelas y el negro. Dijo que la música a veces se parecía a una luz tenue detrás de un trozo de hielo. Simplemente escuchando las sensuales explicaciones de Cheese me sentí feliz, y cuando Gimlet colocó la mano en mi pene por dentro de mis pantalones de tela de gabardina y aseguró que en el pelo raro de la niñita rubia había serpientes y gusanos escondidos que no paraban de moverse y deletrear los nombres de la familia de Gimlet, los Imblum de Deming, Nuevo México, le di un besazo.

Cheese sabía un montón sobre otros géneros musicales además del punk. Pensaba que Keith Jarrett era un intérprete negro de mucho talento. Según él, solo un genio podía haberse sentado en su banco ante miles de espectadores indiferentes y empezar a tocar las viejas melodías que flotaban dentro de su cabeza peinada a lo afro. Cheese postuló que para Keith Jarrett existen millones de esas cancioncillas que toca, y posteriormente me maravilló que Keith Jarrett no solo tocara las tonadillas con destreza, sino que además las uniera de formas únicas e interesantes, improvisando, de modo que cada uno de sus conciertos de piano era diferente de los otros. El subconsciente de Keith Jarrett, afirmó Cheese, disponía la manera en que las melodías se enlazaban, por lo que sus conciertos eran lineales, la interpretación de Keith Jarrett al piano era una línea en lugar de un círculo compuesto. La línea era como una pequeña historia vital de los sentimientos y las experiencias del Negro. Informé a Cheese de que yo no sabía que los Negros tuviesen subconsciente pero que me gustaba muchísimo el sonido de aquella música, y Cheese frunció el entrecejo. Gimlet empezó a gemir de un modo que me excitó mucho sexualmente y ni siquiera le dijo a la mujer quejica de detrás de Cheese que se jodiera cuando la mujer de detrás de Cheese nos pidió que bajáramos el tono de voz para que todo el público del Irvine Concert Hall pudiera disfrutar del concierto, pero Cheese ya estaba frunciendo el ceño e informó a la mujer de que machacaría a su marido si no desaparecía de su vista, así que ella cerró la boca y yo cogí la mano de Gimlet y me llevé a la boca uno de sus dedos con uñas pintadas de blanco con sabor a vainilla.

La niñita del pelo amarillo que Gimlet consideraba químico y paranormal parecía estar dormitando apoyada en el hombro del hombre mayor con la americana de buen corte. Admiraba la americana y deseé que me perteneciera a mí en lugar de a aquel hombre. Quería que el hombre se girara para poder ver a quién pertenecía la americana y empecé a tratar de decidir si le lanzaba un centavo a la parte posterior de la cabeza para inducirle a que se girara.

Sin embargo, además de ser un buen punk con toda la cabeza rapada y gafas rosadas, Cheese también podía ser inteligente y listo. Estaba muy interesado en la persona de un servi dor y, sin que yo me diera cuenta, Cheese pasó de debatir acerca de los géneros musicales y las experiencias y emociones de negro de Keith Jarrett a no hablar de ningún género y sí de mis experiencias y emociones de blanco. Cheese reveló que estaba ansioso por saber por qué mantenía unas relaciones tan satisfactorias con mis amigos punks. Dijo que quería comprender a un Sick Puppy como yo. Al principio estaba muy serio mientras viajaba con el LSD, pero después se volvió divertido de un modo que a mí me pareció entretenido y encantador. Divulgó su opinión de que los punks eran niños nacidos en un espacio muy pequeño, sin ventanas, rodeados de paredes de cemento y metal, a menudo arrasadas con pintadas, que cuando llegaban a adultos intentaban abrirse camino a través de las paredes. Intentaban avanzar rápidamente por el filo de algo y conseguían dicha proeza despreocupándose del peligro de caerse del filo. Cheese afirmó que toda mi camarilla punk se sentía como si no tuvieran nada y nunca fueran a tenerlo y, por tanto, convertían la nada en todo. Sin embargo, Cheese afirmó que yo era un Sick Puppy que ya lo tenía todo y, en consecuencia, quería averiguar por qué cambiaba mi enorme todo por una enorme nada. Cheese estaba mostrándose curioso y divertido en su asiento de la punta, pero insistía en contemplar mi bello perfil, y apoyaba la mano en la manga de mi americana nueva, lo cual no me gustó nada puesto que tenía las uñas sucias. Me preguntó por qué me llamaban Sick Puppy.

Le comuniqué a Cheese que me parecía un buen tipo y que estaba disfrutando mucho con nuestra conversación profunda y que admiraba su pendiente. Su pendiente estaba fabricado con hueso. Cheese respondió a tales afirmaciones mostrándose nuevamente malhumorado y le dije que dejara de fruncir el ceño.

Gimlet miró el centavo de mi mano mientras yo me fijaba en la nuca del hombre mayor, y leyó en mí como en un libro abierto. Me pidió al oído que le tirara el centavo a la niña del pelo raro para hacerle daño y que se girara y Gimlet aprovecharía la oportunidad para observar la cara de la niña del pelo raro. Dijo que predecía que la cara de la niña sería la de una auténtica gigante con planetas orbitando en las cuencas de sus ojos, y que su aliento olería a manzana. Afirmó que el pelo raro, una vez arrancado de la niña y colocado en la vagina afectada por el LSD de Gimlet, haría que Gimlet dejara de ser una tal Sandy Imblum y la transformaría en un área de fuego con los brazos, las piernas y la vagina de calor puro. Cheese preguntó educadamente a Gimlet si le importaría tomarse unas pastillas de vitamina B12 con el fin de atenuar la fuerza de su dosis de sustancia controlada, sin embargo Gimlet había dejado de notar la presencia de Cheese. Gimlet situó la mano en las proximidades de mi pene cubierto de tela de gabardina y acto seguido afirmó que cuando estuviera llena de pelo raro radiactivo y de fuego iría a visitar a mi padre a su despacho del cuerpo de marines de Estados Unidos y se lanzaría a sus brazos de guerrero y realizaría el acto sexual con él y cuando él llegara al orgasmo se incendiaría con el fuego de Gimlet y se inmolaría mientras ella le abría su garganta de guerrero para que yo pudiera bañarme en su sangre. Gimlet es una chica de primera pero debo admitir que estas declaraciones me cabrearon: Gimlet hablando de mi padre y del acto sexual en público, en el Irvine Concert Hall. Cheese sugirió que quizá Gimlet estaba pasando por una mala experiencia con el LSD y aconsejó a Mr. Wonderful que mantuviera su brazo fornido alrededor de ella para mayor seguridad de diversas personas, y Big le dijo a Cheese que cerrara la boca y se metiera en sus propios asuntos.

Yo estaba soberanamente molesto con Gimlet y mientras la nuca afro de Keith Jarrett empezaba a balancearse de un lado al otro y su música subió de volumen y se acercaba más al punk, me crucé de brazos y empecé a respirar por los agujeros de la nariz con furia provocada por Gimlet. Acto seguido la miré hasta obligarla a bajar la vista y le clavé una mirada llena de rabia. Las pupilas negras de los ojos de Gimlet se agrandaron tanto que no dejaban ver el color de sus ojos y empezó a sentir miedo de un servidor y a llorar, lo cual me hizo un poco más feliz. Cheese apoyó otra vez su mano sucia en la manga de mi americana nueva y yo me giré hacia él con los brazos previamente cruzados y también a él debía parecerle extremadamente harto de que pusiera la mano en mi manga, porque sus ojos inmaduros también se vieron extremadamente grandes y morados detrás de sus gafas rosadas y se palpó los mechones de la cabeza y dijo en voz baja que debíamos ir al vestíbulo interior del Concert Hall para charlar un momento, y esperar a que los demás vinieran con nosotros al vestíbulo dentro de poco, en el intermedio. Yo estaba como loco y entre la espada y la pared porque no sabía si lanzarle el centavo a la niña con la cabeza del pelo o quemar a Cheese con mi encendedor en el vestíbulo, y decidí quemar a Cheese y lo seguí por las escaleras laterales hasta el agradable y estupendo vestíbulo del Irvine Concert Hall. Gimlet me preguntó ¿Adónde vas, Sick Puppy?, pero yo pasé.

Solo que cuando entramos en el vestíbulo no conseguí querer quemar a Cheese porque no habría sido nada divertido porque cuando entramos en el vestíbulo, Cheese se sentó espontáneamente en un bonito banco propiedad del Concert Hall enfundado en sus pantalones de cuero y sus botas negras de combate y su camisa de cuero con montones de cadenas y municiones colgadas de su pecho poco fornido y su espalda y cabeza con pelos y mechones y se echó a llorar, de modo que las lágrimas de Cheese empezaron a brotar de debajo de sus gafas de color rosa. Cheese comenzaba a parecer tan joven como en realidad era, esto es, un menor. Yo sabía que el LSD de Big que tenía en la lengua estaba afectando al bueno de Cheese y que, a diferencia de la mía, su conciencia se veía influida por las sustancias controladas.

Sin dejar de llorar, Cheese afirmó que no me entendía y que le daba miedo. Yo le aseguré que era la monda que un punk con municiones como Cheese tuviera miedo de un civil guapo y pulcro como Sick Puppy. Dije que no pasaba nada y me ofrecí para pedirle a Gimlet que le practicara una buena felación; sin embargo, Cheese obvió mi oferta y tomó la mano que le brindé en prueba de amistad y con su mano descuidada me hizo sentarme a su lado en el atractivo banco. Desde el vestíbulo costaba oír a Keith Jarrett.

Cheese repitió que era incapaz de formarse un concepto de un Sick Puppy como yo, y afirmó que tampoco entendía la felicidad que emanaba de mí en todo momento. Le llevó cierto tiempo dar con la palabra «feliz». Sabes lo que quiero decir, inquirió. Tienes un aire de felicidad total, Sick Puppy. Le expliqué pacientemente a Cheese otra vez mi gran abundancia de ingresos y vestimenta y productos de calidad para el ocio doméstico, sin embargo Cheese sacudió su cabeza mayoritariamente calva y afirmó que él quería decir otra cosa con la palabra «feliz». Después de seguir preguntándome por qué era feliz, me preguntó si quería a Gimlet. Rodeé los hombros de cuero de Cheese con el brazo de mi americana nueva y le informé de que Gimlet para mí era una tía legal, y que en muchas ocasiones me hacía feliz porque me practicaba felaciones y me proporcionaba orgasmos placenteros, y me permitía quemarle partes del cuerpo. Dejaron de caer lágrimas por detrás de las gafas rosadas de Cheese pero él continuó mirándome fijamente de una manera que volvió a darme ganas de hacerle daño hasta que me planteé la hipótesis de que hubiera entrado en algún tipo de hipnosis inducida por alguna sustancia que pudiera provocar que una persona se quedara mirando los objetos como si estos fueran demasiado grandes para poder abarcarlos, a menudo durante largo rato. No sabía si debía dejar a Cheese en el vestíbulo en estado de hipnosis pero quería escuchar tocar a Keith Jarrett, por tanto, me olvidé de Cheese y me alejé de él en dirección al bebedero público y luego hacia las puertas del auditorio. Sin embargo, antes de franquear las puertas del auditorio oí la voz de Cheese que me llamaba y volví a acordarme de Cheese, que ya no me miraba sin verme como un conejito deslumbrado por los faros de mi coche cuando regresé a su banco y ni siquiera tuvo que mirarme transfigurado para decirme que si le confesaba la naturaleza de la felicidad que emanaba de mí en todo momento, me permitiría que le quemara un poco y también me permitiría quemar a su prometida, que era medio Negra.

Le comuniqué a Cheese que me había hecho una oferta que no podía rechazar pero que, sin embargo, su pregunta frustraba a un servidor porque ya le había explicado pacientemente que existían miríadas de momentos y ocasiones en que me sentía feliz. El hecho es que han existido muy pocas cosas que históricamente me hayan hecho infeliz y me hayan dejado el ánimo por los suelos. A modo de ejemplo, una de esas cosas ocurrió cuando en la facultad, en la Brown University, quise alistarme en el programa R.O.T.C. del cuerpo de marines de Estados Unidos para continuar los pasos de mi padre y mi hermano, que sirven con honor en el ejército, y el coronel de reclutamiento nos obligó a pasar un test de personalidad estúpido y yo suspendí y más adelante, cuando regresé para presentar mis quejas con educación, me sometieron a otro test estúpido y dijeron que también lo había suspendido, y entonces me entrevistó un médico que vino a las oficinas del R.O.T.C. y luego el coronel de reclutamiento de la Brown University telefoneó a mi padre, que estaba muy ocupado debido a su trabajo en Washington D.C., y todo el asunto cabreó muchísimo a mi padre. El coronel se dirigió constantemente a mi padre como señor y se disculpó por interrumpirle en su trabajo, sin embargo, nunca llegué a alistarme en ningún programa R.O.T.C. para la formación de oficiales ni en la Brown University ni en ningún otro lugar. Y a modo de ejemplo, otra cosa fue aquella ocasión en Alexandria, Virginia, cuando tenía ocho años y mi hermana diez y mi hermano que ahora porta los códigos nucleares para el presidente estaba en la academia militar de Westminster y mi hermana y yo nos encontrábamos en la habitación de mi hermano jugando en su mesa y descubrimos unas revistas en los cajones de abajo y las revistas, que eran eróticas, estaban llenas de hombres y mujeres practicando actos sexuales y leímos las revistas y vimos las fotografías de hombres colocando sus penes en agujeros situados entre las piernas de las mujeres y los hombres y las mujeres parecían muy felices y yo le saqué las bragas a mi hermana y me quité los calzoncillos y coloqué mi pene, que estaba muy excitado debido a las revistas, en un agujero que mi hermana y yo encontramos entre sus piernas, que era su vagina, pero colocar mi pene en el interior de su vagina no hizo feliz a mi hermana y mi padre entró en la habitación cuando ella lo llamó y nos vio practicando el acto sexual y me llevó a su taller, que estaba junto al cuarto de los juegos en el sótano de casa, y me quemó el pene con su mechero de oro del ejército de Estados Unidos y afirmó que si volvía a tocar a su niñita me abrasaría el pene por completo con su mechero de oro y tuve que ir al médico y conseguir una pomada para mi pene quemado, y estuve triste y con el ánimo por los suelos.

Si no fuera de mala educación airear asuntos familiares en público, tal como me enseñaron de niño mis padres, habría inundado a Cheese con ejemplos de ocasiones en las que históricamente había sido infeliz y también le habría comunicado que para mí Gimlet es una tía legal y me hace feliz con frecuencia practicándome felaciones y dejándome que la queme, puesto que estos son los dos únicos acontecimientos que me hacen feliz en cuestión de flores y abejas. Desgraciadamente, incluso a pesar de que soy un tío guapo y atractivo para gran parte de las chicas que he conocido en la escuela y en la vida, cuando quieren practicar el acto sexual mi pene se niega a levantarse, y solo se levanta si me hacen una felación, y si me hacen una felación deseo intensamente quemarlas con cerillas o con mi mechero y a la mayoría de las mujeres eso no les gusta y son infelices cuando las queman y en consecuencia tienen miedo de hacerme una felación y solo quieren practicar el acto sexual.

Sin embargo Gimlet no tiene miedo y lo hace. Es más, Gimlet sabe que lo que me convertiría en el solucionador de problemas de responsabilidad legal de empresas más feliz de la historia del planeta Tierra sería matar a mi padre, y que mataré a mi padre y me bañaré en su sangre en cuanto pueda hacerlo sin que me atrapen ni me hallen culpable de su muerte, quizás cuando se haya jubilado y mi madre ya esté débil, y Gimlet promete ayudarme y matar también a su padrastro y me practica felaciones y a veces me deja que la queme.

Conversé con Cheese y mi voz me sonó densa y torpe porque rememorar acontecimientos históricos del pasado afecta con frecuencia mi estado normal de conciencia del modo en que las sustancias controladas afectan a otras personas, y me influye. Comuniqué a Cheese que sintiéndolo mucho no podría responder a su pregunta pero que, no obstante, le daría un regalo en metálico de mil dólares si conseguía que su prometida negra me bañara y luego me practicara una felación y luego me permitiera que le quemara con cerillas la parte posterior de las piernas.

Cheese miró a un servidor durante un rato largo como si estuviera medio hipnotizado y pensé que iba a aceptar el regalo y que cerraríamos el trato, sin embargo en ese momento el concierto de piano jazz de Keith Jarrett llegó a la hora del intermedio y la gente empezó a entrar en el vestíbulo del Irvine Concert Hall. La gente se movía despacio y el corazón me latía despacio en el pecho. La gente salía por las puertas del auditorio conversando, con movimientos a cámara más lenta todavía que en Momentos estelares de la NFL, un programa en el que suelen pasar aquel anuncio en el que la mujer bella y sexy que juega al billar afirma que todos sus hombres llevan colonia English Leather o no llevan nada en absoluto. Mi estado normal de consciencia se vio históricamente afectado aún más a medida que Cheese persistió en mirarme fijamente y la gente del vestíbulo pasó a pulular y a comprar refrigerios y bebidas en el bebedero público y a entrar en los servicios extremadamente despacio, y el aire del Irvine Concert Hall se volvió igual que el hielo iluminado, y la voz de Cheese que empezó a declinar mi ofrecimiento inicial de un trato llegaba desde muy lejos, y sus gafas rosadas empezaron a adoptar el aspecto de dos puestas de sol apagadas, vistas a través del hielo.

Desde el banco atractivo de aquel vestíbulo que iba a cámara lenta intenté ver si Gimlet y Big y Mr. Wonderful y Grope venían a ayudarme a convencer al bueno de Cheese de que aceptara mi ofrecimiento de un regalo, pero en cambio me encontré observando con interés extremo la lenta carrera del hombre atlético, canoso, distinguido y mayor de la americana. La americana había parecido buena de verdad desde los asientos superiores del Irvine Concert Hall, sin embargo ahora, en el vestíbulo, resultó tener unas solapas estrechas nada atractivas y un corte que no era europeo, características ambas que me desagradan en la ropa. El hombre corría con una lentitud divertida, cargando con la niña del pelo raro, y lo perseguían por el vestíbulo lento y atestado Mr. Wonderful y Gimlet, que habían dejado atrás a Grope y a Big en su persecución del hombre y la niña del pelo raro. Las bocas de mis amigos Mr. Wonderful y Gimlet estaban muy abiertas como resultado de la risa y la excitación, y Mr. Wonderful sostenía algo metálico y brillante en la mano y el pene capilar de Gimlet empezaba a despeinarse por encima y sus ojos seguían siendo una pupila negra en lugar de un conjunto de blanco, color y pupila, y Gimlet corría despacio vestida de cuero y plástico estirando la mano para atrapar el pelo raro de la niña del pelo raro que dormía en los brazos protectores del hombre mayor distinguido que pasó por mi lado corriendo con sus solapas estrechas. Y cuando vi el rostro bello y pálido de la niña dormida por encima del hombro bamboleante del hombre que corría, aquel rostro me llenó de un gran júbilo y una gran excitación. Y cuando Gimlet y Mr. Wonderful atraparon a cámara lenta al hombre por la parte posterior de su fea americana junto a la entrada del vestíbulo del Irvine Concert Hall, y las uñas con sabor a vainilla de Gimlet y el objeto brillante de Mr. Wonderful casi estaban ya en su pelo raro, la niña del pelo pareció despertarse en los brazos del hombre mayor y clavó una mirada fija e incesante en un servidor, que estaba sentado muy rígido en el banco de Cheese y retirando la mano de Cheese y sus antiestéticas uñas del puño de la manga de mi americana. Y a cámara lenta adopté una expresión tranquilizadora y reconfortante y feliz dirigida a la niña rubia y me levanté del banco mientras las manos de Gimlet empezaban a moverse todavía más despacio en el pelo, radiante de la niña y Mr. Wonderful le hizo algo con la cosa brillante al hombre que era el padre de la niña. Y he aquí lo que hice yo.


En Girl with curious hair
Traductor: Javier Calvo
Barcelona, Debolsillo, 2011
Foto: 1996 © Gary Hannabarger-Corbis

21 ago. 2012

David Foster Wallace (1962-2008): Esto es agua

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David Foster Wallace fue invitado a pronunciar un discurso en una ceremonia de graduación en la Universidad de Kenyon, sobre un tema de su elección. Fue el único discurso de este tipo que dio en su vida.

Había una vez dos peces jóvenes que iban nadando y se encontraron por casualidad con un pez mayor que nadaba en dirección contraria; el pez mayor los saludó con la cabeza y les dijo: «Buenos días, chicos. ¿Cómo está el agua?».

Los dos peces jóvenes siguieron nadando un trecho, por fin uno de ellos miró al otro y le dijo: «¿Qué demonios es el agua?».

Este es un requisito estándar de los discursos de las ceremonias de graduación en América: el empleo de pequeñas historias didácticas a modo de parábolas.

Lo de contar historias resulta ser una de las mejores convenciones del género y también de las menos estúpidas... pero si os preocupa la posibilidad de que yo me presente a mí mismo como el pez viejo y sabio que viene a explicarles lo que es el agua a los peces jóvenes como vosotros, por favor, que no os preocupe. Yo no soy el pez viejo y sabio.

El sentido inmediato de la historia de los peces no es más que el hecho de que las realidades más obvias, ubicuas e importantes son a menudo las que más cuestan de ver y las que más cuestan de explicar.

Como frase en sí misma, por supuesto, esto no es más que una perogrullada; y sin embargo, el hecho es que en las trincheras donde tiene lugar la lucha diaria de la existencia adulta, las perogrulladas pueden tener una importancia vital. O eso es lo que os quiero sugerir en esta mañana seca y encantadora.

Por supuesto, el principal requisito de los discursos como el presente es que yo os hable a vosotros del sentido de vuestra educación en el campo de las humanidades, y que os intente explicar por qué el título que estáis a punto de recibir tiene un verdadero valor humano más allá de una simple recompensa material.

Así pues, hablemos del estereotipo más común del género de los discursos de las ceremonias de graduación, que es el que nos dice que la educación en el campo de las humanidades no tiene tanto el sentido de llenaros de conocimiento como de, entre comillas, «enseñaros a pensar».

Si vosotros sois como era yo cuando estudiaba en la universidad, nunca os ha gustado oír esto, y tendéis a sentiros un poco insultados por la afirmación de que os hace falta que alguien os enseñe a pensar, dado que el hecho mismo de que os hayan admitido en una universidad como esta parece ser la prueba de que ya sabéis pensar.

Sin embargo, yo voy a postular ante vosotros que ese estereotipo sobre las humanidades no es para nada insultante, puesto que la enseñanza para pensar tan importante que se supone que recibimos en un sitio como este no tiene que ver en realidad con la capacidad en sí de pensar, sino más bien con la elección de en qué pensar.

Si vuestra libertad completa para elegir qué es lo que pensáis parece algo demasiado obvio como para perder el tiempo hablando de ello, yo os pediría que pensarais en peces y en agua, y que pusierais en suspenso durante unos minutos vuestro escepticismo acerca del valor de lo que es completamente obvio. Aquí va otra pequeña historia didáctica.

Hay dos tipos sentados juntos en un bar en los remotos páramos de Alaska.

Uno de los tipos es religioso y el otro es ateo, y están discutiendo sobre la existencia de Dios con esa intensidad especial que llega después de la cuarta cerveza. Y el ateo dice: «Mira, no es que no tenga razones de peso para no creer en Dios.

No es que no haya experimentado nunca con todo eso de Dios y de rezar.

El mes pasado mismo me pilló en campo abierto aquella tormenta terrible de nieve y yo no podía ver nada y estaba completamente perdido y estábamos a diez bajo cero, así que lo hice, lo intenté: me puse de rodillas en la nieve y grité: “¡Dios, si existes, estoy perdido en esta tormenta de nieve y me voy a morir como no me ayudes!”».

Y ahora, en el bar, el tipo religioso mira al ateo, perplejo: «Bueno, pues entonces debes de creer en él —dice—. Al fin y al cabo estás vivo para contarlo».

El ateo pone los ojos en blanco como si el religioso fuera corto de luces: «No, tío, lo único que ocurrió es que pasaron por casualidad un par de esquimales y me enseñaron cómo se volvía al campamento».

Es fácil someter esta historia a una especie de análisis estándar desde la óptica de las humanidades: la misma experiencia exacta puede querer decir cosas completamente distintas para dos personas distintas, dependiendo de los patrones respectivos de creencias que tenga cada uno y de las formas distintas que tengan de construir el sentido a partir de la experiencia.

Debido a que valoramos la tolerancia y la diversidad de creencias, en ningún momento de nuestro análisis humanístico queremos afirmar que la interpretación de uno de los tipos es cierta y la del otro es falsa o mala.

Lo cual está bien, salvo por el hecho de que terminamos no hablando nunca sobre de dónde vienen esos patrones y creencias individuales, con lo cual quiero decir sobre de qué parte de dentro de los dos tipos vienen.

Como si la orientación más básica de una persona hacia el mundo y el sentido de su experiencia fueran algo que ya viene de fábrica, igual que la altura o la talla de los zapatos, o bien algo que se absorbe de la cultura, como el idioma.

Como si la forma en que construimos el sentido no fuera en realidad fruto de una elección personal e intencionada, de una decisión consciente. Además, está la cuestión de la arrogancia.

El tipo no religioso rechaza con una confianza completa y odiosa toda posibilidad de que los esquimales hayan sido resultado de la oración en la que pedía ayuda. Cierto,hay mucha gente religiosa que también parece arrogantemente segura de sus interpretaciones. Probablemente resultan todavía más repulsivos que los ateos, por lo menos para la mayoría de los que estamos aquí, pero lo cierto es que el problema de los dogmáticos religiosos es exactamente el mismo que el del ateo de la historia: arrogancia, confianza ciega y una cerrazón mental que es como un encarcelamiento tan completo que el prisionero ni siquiera sabe que está encerrado.

Lo que intento decir es que pienso que esto forma parte de lo que se supone que significa en realidad ese mantra de que las humanidades «te enseñan a pensar»: ser un poco menos arrogante, tener cierta «conciencia crítica» de mí mismo y de mis certidumbres... porque un gran porcentaje de las cosas de las que suelo estar automáticamente seguro resultan ser completamente erróneas y fruto de engañarme a mí mismo.

Esto es algo que yo he aprendido a base de cometer errores, tal como predigo que os pasará a los que ahora os graduáis.

He aquí un ejemplo de la equivocación absoluta de algo de lo que tiendo a estar automáticamente seguro.

Todo lo que conforma mi experiencia inmediata apoya mi creencia profunda en el hecho de que yo soy el centro absoluto del universo, la persona más real, nítida e importante que existe.

Casi nunca pensamos en este egocentrismo tan básico y natural, debido al hecho de que es socialmente repulsivo, y sin embargo en gran medida todos lo tenemos, en el fondo. Es nuestra configuración por defecto, que nos viene ya de fábrica al nacer.

Pensad en ello: nunca habéis tenido ninguna experiencia de la que no fuerais el centro absoluto.

El mundo tal como lo experimentáis se encuentra delante de vosotros, o bien detrás, o a vuestra izquierda o a vuestra derecha, o en vuestra televisión o en vuestro monitor o donde sea.

Los pensamientos y sentimientos ajenos se os tienen que comunicar de alguna manera, pero los vuestros son inmediatos, apremiantes y reales. Ya me entendéis.

Pero, por favor, no os preocupéis por si me estoy preparando para soltaros un sermón sobre la compasión o el desprendimiento o alguna otra de esas supuestas «virtudes».

No es de virtud de lo que estamos hablando: estamos hablando de decidir si nos tomamos o no la molestia de alterar de alguna manera o incluso de quitarnos de encima esa configuración por defecto que nos viene de fábrica, y que consiste en ser profunda y literalmente egocéntricos, y en verlo e interpretarlo todo a través de esa lente que es el yo.   De la gente que es capaz de ajustar así su configuración natural por defecto se suele decir que son, entre comillas, gente «equilibrada», un término que yo os sugiero que no es accidental.

Dado el contexto académico en que nos encontramos, una pregunta obvia que surge es en qué medida esa tarea de equilibrar nuestra configuración por defecto requiere un verdadero conocimiento o uso del intelecto.

No es de extrañar que la respuesta sea que depende de qué clase de conocimiento estemos hablando.

Probablemente lo más peligroso que tiene la educación académica, por lo menos en mi caso, es que habilita mi tendencia a intelectualizar las cosas en exceso, a perderme en el pensamiento abstracto en lugar de limitarme a prestar atención a lo que está pasando delante de mí. Y en lugar de prestar atención a lo que está pasando dentro de mí.

No me cabe duda de que a estas alturas ya os habréis dado cuenta de que resulta extremadamente difícil permanecer alerta y atento en lugar de dejarse hipnotizar por el monólogo constante que suena dentro de la cabeza de uno. Lo que todavía no habéis averiguado es qué hay en juego en esa lucha.

En los veinte años que han pasado desde que me gradué, yo sí he podido ir entendiendo gradualmente qué hay en juego, y también he podido ver que ese estereotipo de que las humanidades «te enseñan a pensar» era en realidad la versión breve de una verdad muy profunda e importante.

Lo de «aprender a pensar» en realidad quiere decir ejercer cierto control sobre cómo y qué piensa uno.

Quiere decir ser lo bastante consciente y estar lo bastante despierto como para elegir a qué prestas atención y para elegir cómo construyes el sentido a partir de la experiencia.

Porque si no podéis o no queréis llevar a cabo esa clase de elecciones en vuestra vida adulta, vais a estar jodidos del todo.

Pensad en ese viejo estereotipo que dice que la mente es «un siervo excelente pero un amo terrible».

Igual que tantos otros estereotipos, tan banal y pobre en la superficie, en realidad expresa una verdad grandiosa y terrible.

No es para nada una coincidencia el que los adultos que se suicidan con armas de fuego casi siempre se peguen un tiro en... la cabeza.

Y la verdad es que la mayoría de esos suicidas en realidad ya están muertos mucho antes de apretar el gatillo.

Y yo sostengo que esto es lo que va a acabar siendo el valor verdadero de vuestra educación de humanidades: cómo evitar vivir vuestras cómodas, prósperas y respetables vidas adultas estando muertos, siendo inconscientes, meros esclavos de vuestras cabezas y de vuestra configuración natural por defecto que os dice que estáis extraordinaria, completa e imperialmente solos, día tras día. Esto puede parecer una hipérbole, o una tontería abstracta.

Así que vayamos a lo concreto.

Lo que está claro es que al licenciaros de la universidad todavía no tenéis ni idea de qué quiere decir en realidad la expresión «día tras día».

Resulta que hay partes enormes de la vida adulta americana de las que nadie habla en los discursos de las ceremonias de graduación. Y una de esas partes incluye el aburrimiento, la rutina y las pequeñas frustraciones.

Los padres y la gente mayor que hay aquí sabe perfectamente de qué estoy hablando.

Para poner un ejemplo, digamos que hoy es un día normal de la vida adulta, y que tú te levantas por la mañana y te vas a tu nada fácil trabajo de oficina de persona con estudios universitarios, y allí trabajas duro durante nueve o diez horas, y estás estresado, y lo único que quieres es irte a casa y cenar bien y tal vez relajarte un par de horas y después irte a la cama temprano porque al día siguiente hay que levantarse y volver a hacerlo todo otra vez.

Pero entonces te acuerdas de que en casa no hay comida, de que esta semana no has tenido tiempo de hacer la compra por culpa de ese trabajo nada fácil, así que después del trabajo te tienes que meter en el coche e ir al supermercado.

Es la hora en que la gente vuelve del trabajo y hay mucho tráfico, así que tardas mucho más de lo que deberías en llegar al supermercado, y cuando por fin llegas, te encuentras el supermercado abarrotado de gente, ya que por supuesto es esa hora del día en que toda la demás gente que trabaja también intenta encontrar un momento para hacer la compra, y la tienda está iluminada con una luz fluorescente y repulsiva, y bañada en ese hilo musical que te mata el alma o en música pop corporativa, y viene a ser el último lugar donde te apetece estar, pero te resulta imposible entrar y salir deprisa.

Te ves obligado a pasearte por todos y cada uno de los pasillos abarrotados de la tienda enorme e inundada de luz para encontrar las cosas que quieres, y tienes que maniobrar con tu carro destartalado de la compra para esquivar a toda la demás gente cansada y apresurada que también empuja carros de la compra, y por supuesto están también los ancianos glaciarmente lentos y la gente que está en Babia y los niños con desorden de déficit de atención que obstruyen el pasillo, y tú te tienes que aguantar y tratar de ser educado cuando les pides que te dejen pasar, y por fin, de una santa vez, consigues todo lo que necesitas para la cena, pero ahora resulta que no hay las bastantes cajas registradoras abiertas pese al hecho de que es la hora punta del final del día, así que la cola para pagar en caja es increíblemente larga.

Lo cual es estúpido y exasperante, y sin embargo uno no puede desahogar su furia con la señora que está trabajando frenéticamente en la caja registradora, que ya está trabajando más de lo que debe en un puesto cuyo tedio diario y cuya falta de sentido sobrepasan la imaginación de ninguno de los que estamos aquí en una universidad de prestigio... pero bueno, por fin llegas al frente de la cola de la caja registradora y pagas tu comida, y esperas a que una máquina compruebe la autenticidad de tu cheque o de tu tarjeta y a que te desee «Que tenga un buen día» con una voz que es sin lugar a dudas la misma voz de la muerte.

Y después tienes que meter esas bolsas de la compra repulsivas y endebles llenas de comida en ese carro con una rueda descoyuntada que no para de desviarse exasperantemente hacia la izquierda, cruzar todo el aparcamiento abarrotado, lleno de baches y de basura tirada por el suelo, y tratar de cargar las bolsas en el coche de manera que no se caiga todo de las bolsas y ruede por el maletero de camino a casa, y luego hay que hacer todo el trayecto en coche a casa en pleno tráfico de hora punta, lento, tortuoso y lleno de monovolúmenes, etcétera, etcétera.

Todos los presentes hemos hecho estas cosas, está claro; pero todavía no forman parte de la rutina real de las vidas de los que os estáis graduando hoy, día tras semana tras mes tras año.

Pero lo serán, y se les sumarán muchas más rutinas espantosas, irritantes y aparentemente absurdas... Pero esa no es la cuestión.

La cuestión es que es precisamente en esas chorradas nimias y frustrantes como la que os acabo de contar donde entra en juego la tarea de elegir.

Porque los atascos de tráfico y los pasillos abarrotados y las largas colas para llegar a la caja registradora me dan tiempo para pensar, y si no llevo a cabo una decisión consciente de cómo debo pensar y a qué debo prestar atención, voy a estar triste y cabreado cada vez que tenga que ir a comprar comida, porque mi configuración natural por defecto me dice que en esa clase de situaciones lo importante soy yo, mi hambre y mi cansancio y mis ganas de llegar de una vez a casa, y me va a dar toda la impresión de que todos los demás me estorban, ¿y quién coño es toda esa gente que me estorba?

Y mira lo repulsivos que son la mayoría y lo estúpidos que se ven en esa cola para pagar en caja, y parecidos a vacas, y no humanos, y lo muertas que se ven sus miradas, y lo irritante y maleducado que es que la gente se ponga a hablar a gritos por el móvil en medio de la cola, y mira qué profunda injusticia hay aquí: me he pasado el día entero trabajando como un esclavo y me muero de hambre y de cansancio y ni siquiera puedo llegar a mi casa para comer y relajarme por culpa de toda esta estúpida gente de los cojones.

O bien, por supuesto, si adopto una forma más socialmente considerada y humanística de mi configuración por defecto, puedo pasarme el rato en el atasco de tráfico del final de la jornada furioso y asqueado ante todos esos enormes y estúpidos monovolúmenes y cuatro por cuatros y camionetas V-12 que bloquean los carriles y consumen sus contaminantes y egoístas depósitos de gasolina de ciento cincuenta litros, y me puedo fijar en el hecho de que los adhesivos patrióticos o religiosos siempre están en los vehículos más grandes y asquerosamente egoístas, que son donde van los conductores más feos, desconsiderados y agresivos, que suelen ir hablando por el móvil mientras cortan el paso a la gente para poder avanzar cinco estúpidos metros en el atasco, y puedo pensar en que los hijos de nuestros hijos nos despreciarán por haber consumido todo el combustible del futuro y por habernos cargado probablemente el clima, y en cómo de consentidos estamos y en cómo de estúpidos y egoístas y asquerosos somos todos, y en que todo es una mierda, y un largo etcétera.

Mirad, si elijo pensar de esta manera, no pasa nada, lo hacemos muchos: pero es que pensar de esa manera suele ser tan fácil y automático que no hace falta que yo lo elija. Pensar de esa manera es mi configuración natural por defecto.

Es cuando experimento de forma automática e inconsciente las partes aburridas, frustrantes y abarrotadas de la vida adulta cuando estoy funcionando bajo la creencia automática e inconsciente de que yo soy el centro del mundo y de que mis necesidades y sentimientos inmediatos son lo que debería determinar las prioridades del mundo.

La cuestión es que hay maneras obviamente distintas de pensar en esa clase de situaciones.

En medio de todo ese tráfico, de todos esos vehículos atascados y marchando al ralentí que obstruyen mi avance: no es imposible que alguna de esa gente que va en los monovolúmenes haya sufrido accidentes espantosos en el pasado y ahora conducir les resulte tan traumático que su psiquiatra prácticamente les ha ordenado que se compren un monovolumen bien enorme y pesado para que puedan sentirse seguros conduciendo; o bien que el cuatro por cuatro que me acaba de cortar el paso tal vez tenga al volante a un padre cuyo hijito va herido o enfermo en el asiento de al lado, y que ahora esté intentando llegar cuanto antes al hospital, y tenga una prisa muchísimo mayor y más legítima que la mía: que en realidad sea yo quien le está obstruyendo el avance a él.

O bien puedo elegir obligarme a tener en cuenta que lo más probable es que toda la gente que hay conmigo en la cola para pagar en caja del supermercado se encuentre igual de aburrida y frustrada que yo, y que alguna de esa gente en realidad tenga unas vidas que en conjunto sean mucho más duras, más tediosas o más dolorosas que la mía. Etcétera.

Nuevamente, por favor, no penséis que os estoy dando consejo moral, ni que os estoy diciendo que así es como «tenéis» que pensar, ni que nadie espera que lo hagáis automáticamente, porque se trata de algo duro, que requiere voluntad y esfuerzo mental, y si sois como yo, habrá días en que no seréis capaces de hacerlo, o en que simplemente os negaréis de plano a hacerlo.

Pero la mayoría de los días, si sois lo bastante conscientes como para daros a vosotros mismos esa opción, podéis elegir mirar de forma distinta a esa señora gorda de mirada muerta y demasiado maquillada que le acaba de pegar un grito a su niño en la cola para pagar en caja; tal vez ella no sea así normalmente, tal vez lleve tres noches seguidas cogiendo la mano de su marido, que se está muriendo de cáncer de huesos, o tal vez esa señora no sea otra que la empleada mal pagada del departamento de tráfico que ayer mismo ayudó a vuestro marido o a vuestra mujer a resolver un problema pesadillesco de papeleo mediante un pequeño acto de amabilidad burocrática.

Por supuesto, nada de todo esto es probable, pero tampoco es imposible; simplemente depende de lo que vosotros queráis tomar en consideración.

Si estáis automáticamente seguros de que sabéis lo que es la realidad y de quién y qué es lo realmente importante, si queréis funcionar con vuestra configuración por defecto, entonces lo más probable es que vosotros, igual que yo, no queráis tomar en consideración posibilidades que no sean absurdas o irritantes.

Pero si de verdad habéis aprendido a pensar, y a prestar atención, entonces sabréis que tenéis otras opciones.

Tendréis el poder real de experimentar una situación masificada, calurosa y lenta del tipo infierno consumista como algo no solo lleno de sentido sino también sagrado, que arde con la misma fuerza que ilumina las estrellas: la compasión, el amor, la unidad de todas las cosas bajo su superficie.

Tampoco es que este rollo místico sea necesariamente cierto: lo único que es cierto con C mayúscula es que uno tiene la oportunidad de decidir cómo va a intentar ver las cosas.

Esta, sostengo, es la libertad que entraña la verdadera educación, el aprender a ser equilibrado: que puedes decidir conscientemente qué tiene sentido y qué no lo tiene. Puedes decidir a qué dioses adorar...

Porque he aquí otra cosa que es cierta.

En las trincheras del día a día de la vida adulta, el ateísmo no existe.

No existe el hecho de no adorar nada.

Todo el mundo adora algo.

La única elección que tenemos es qué adoramos.

Y una razón excelente para elegir adorar a algún dios o cosa de naturaleza espiritual —ya sea Jesucristo o Alá, ya sea Yavé o la diosa madre de la Wicca o las Cuatro Nobles Verdades o algún conjunto inquebrantable de principios éticos— es que prácticamente cualquier otra cosa que te pongas a adorar se te va a comer vivo.

Si adoras el dinero y las cosas materiales —si es de ellas de donde extraes el sentido verdadero de la vida—, entonces siempre querrás más. Siempre sentirás que quieres más.

Es la verdad.

Si adoras tu propio cuerpo y tu belleza y tu atractivo sexual, siempre te sentirás feo, y cuando se empiece a notar en ti el paso del tiempo y la edad, morirás un millón de veces antes de que por fin te metan bajo tierra.

  A cierto nivel todos ya sabemos estas cosas: han sido codificadas en forma de mitos, proverbios, estereotipos, lugares comunes, epigramas y parábolas; el esqueleto de todas las grandes historias. El truco es mantener la verdad por delante en la conciencia diaria.

Si adoras el poder, te sentirás débil, tendrás miedo y siempre necesitarás más poder sobre los demás para mantener a raya el miedo.

Si adoras tu intelecto, el hecho de que te consideren listo, te acabarás sintiendo tonto y un fraude y siempre estarás con miedo a que te descubran. Etcétera.

Mirad, lo insidioso de todas esas formas de adoración no es que sean malvadas o pecaminosas; es el hecho de que son inconscientes. Son configuraciones por defecto.

Son la clase de adoración en la que acabas cayendo, día a día, volviéndote cada vez más selectivo con lo que ves y con cómo mides el valor sin darte cuenta del todo de que lo estás haciendo.

Y el supuesto «mundo real» no te va a intentar disuadir de que funciones bajo tu configuración por defecto, puesto que el supuesto «mundo real» de los hombres y del dinero y del poder ya va tirando bastante bien con el combustible del miedo y el desprecio, de la frustración, el ansia y la adoración de uno mismo.

Nuestra cultura presente ha utilizado estas fuerzas de formas que han generado una riqueza y una comodidad y una libertad personal extraordinarias.

La libertad para ser todos señores de esos reinos diminutos que tenemos en el cráneo, a solas en el centro de la creación entera. Se trata de una clase de libertad muy recomendable.

Pero, por supuesto, hay muchas clases distintas de libertad, y de la más preciosa de todas no vais a oír hablar mucho en ese gran mundo de triunfos y logros y exhibiciones que hay ahí fuera.

El tipo realmente importante de libertad implica atención, y conciencia, y disciplina, y esfuerzo, y ser capaz de preocuparse de verdad por otras personas y sacrificarse por ellas, una y otra vez, en una infinidad de pequeñas y nada apetecibles formas, día tras día. Esa es la auténtica libertad.

Y esa libertad consiste en que te enseñen a pensar.

La alternativa es la inconsciencia, la configuración por defecto, la competitividad febril: la sensación constante y agobiante de que has tenido algo infinito y lo has perdido.

Sé que lo más probable es que estas cosas no resulten divertidas ni simpáticas ni grandiosamente inspiradoras, que es como han de resultar las ideas centrales de un discurso de ceremonia de graduación.

Lo que son, bajo mi punto de vista, es la verdad, ya despojada de un buen montón de chorradas retóricas. Obviamente, vosotros podéis considerarlas lo que queráis.

Pero, por favor, no las despreciéis como si fueran un sermón moralista de consultorio radiofónico.

Todo esto no tiene nada que ver con la moralidad ni con la religión ni con las grandes y elaboradas preguntas sobre la vida después de la muerte. La verdad con V mayúscula tiene que ver con la vida antes de la muerte. 

Tiene que ver con llegar a los treinta años, o incluso a los cincuenta, sin querer pegarte un tiro en la cabeza.

Tiene que ver con el verdadero valor de una verdadera educación, que no pasa por las notas ni los títulos y sí en gran medida por la simple conciencia: la conciencia de algo que es tan real y tan esencial, y que está tan oculto delante mismo de nuestras narices y por todas partes, que nos vemos obligados a recordarnos a nosotros mismos una y otra vez: «Esto es agua».

«Esto es agua.»

«Puede que estos esquimales sean mucho más de lo que parecen.»

Y hacer esto resulta inimaginablemente difícil: vivir de forma consciente y adulta día tras día.

Lo cual quiere decir que todavía hay otro estereotipo que es cierto: vuestra educación realmente es la tarea de una vida entera, y empieza... ahora. Os deseo mucho más que simple suerte.



David Foster Wallace (Ithaca, Nueva York, 1962 – California, 2008) era para muchos el novelista más importante de su generación. The Broom of the System (1986) significó su debut, y tres años más tarde publicó La niña del pelo raro (Literatura Mondadori, 2000), relatos con los que captó la atención de la crítica. Su siguiente obra es la monumental y reconocida novela La broma infinita (Literatura Mondadori, 2002), que ha sido considerada por la revista TIME una de las cien mejores novelas escritas en lengua inglesa. Literatura Mondadori hapublicado también Entrevistas breves con hombres repulsivos (2001), Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer (2001), Extinción (2005), Hablemos de langostas (2007) y su novela póstuma El rey pálido (2011). En septiembre de 2008 David Foster Wallace, que sufría una fuerte depresión, se suicidó en su casa de California.

Título original: This Is Water
Primera edición: mayo de 2012
© 2009, David Foster Wallace Literary Trust
© 2012, Barcelona, Random House Mondadori, S.A.
Foto: Suzy Allman for The New York Times