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14 dic. 2013

Alberto Girri: Los monos (en torno a Darwin)

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Sea como fuere,
la provocativa fuerza,
la libertad
que manejábamos a nuestro antojo
para chillar, formar parejas,
y aun para dejarnos crucificar
como víctimas expiatorias,
ya carece de objeto,
y sobre las demás especies,
sobre nuestras narices aplastadas,
las duras garras,
los pies prensiles,
con gran honor elevamos
al que nos destrona y sucede,
amo comprensivo, guardián astuto
ayudado con fuego, insultos, grilletes,
a que nuestra naturaleza de bestias
relativamente salvajes y crueles
relativamente adaptables y sensibles,
pierda la desconfianza, perciba
cómo podemos mejorar y evitar
que las diferencias se agranden
si pese a no construir nidos,
no ser industriosos,
no poseer un vocabulario que nombre
las furias celestiales
y las variedades terrenas,
captamos
la apasionada vocación humana
por intercambios y ofrendas,
y algo
de su arte revelador de armonías,
algo de lo que en sus mitos
signifique afecto.
Y qué más promisorio
que esta jaula, este ensayo
de imitación y acercamiento
sepultando la mascarada de la selva;
lo aceptamos
tras haber venido de tan lejos
a esperar la fatal vejez del hombre
y que de sus grandes sueños caigan
las generosidades y arrogancias,
ay, todo nuestro tiempo
destinado
a que antes de extinguirse
ese refinamiento moribundo
nos reconozca,
nos mire como en un espejo.




17 nov. 2012

Stephen Jay Gould: Sólo quedaron sus alas [Sobre el canibalismo sexual] (1985)

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La prosa científica convencional del siglo XX es magra y descarnada. Pero nuestros predecesores victorianos se regocijaban en el detalle ocioso, tal vez acordes con los adornos superfluos de sus casas y con los estantes de variopintos objetos del interior de las mismas. Consideremos, por ejemplo, esta extensa descripción (aunque extremadamente entretenida) del sexo y la muerte en la mantis religiosa publicada por L. O. Howard en 1886:

Algunos días después llevé un macho de Mantis carolina a un amigo que tenía una hembra solitaria como mascota. Al ponerlos en el mismo tarro, el macho, alarmado, intentó escapar. En pocos minutos, la hembra consiguió atraparle. Primero le arrancó el tarso delantero izquierdo, y consumió la tibia y el fémur. Seguidamente devoró su ojo izquierdo. Al ocurrir esto, el macho pareció percibir su proximidad a un miembro del sexo opuesto y empezó a intentar, en vano, copular. La hembra devoró después su pata delantera derecha, y después le decapitó, comiéndose su cabeza y royendo hasta el tórax. No se detuvo hasta que hubo devorado el tórax completo, a excepción de unos tres milímetros. Durante todo este tiempo, el macho había continuado sus vanas intentonas por acceder a las valvulillas de la hembra, lográndolo ahora al abrir ella las partes voluntariamente, con lo que se consumó la unión. Ella permaneció quiescente durante cuatro horas, y lo que quedaba del macho dio, durante tres horas, signos ocasionales de vida, con movimientos esporádicos de uno de los tarsos que quedaban de él. A la mañana siguiente la hembra se había librado de su esposo. Sólo quedaron sus alas.

Cito este pasaje no sólo por su estilo, sino fundamentalmente por su contenido, dado que representa la primera narración que conozco de uno de los grandes hechos curiosos de la naturaleza. Todos hemos oído decir que hay animales que pueden vivir después de haber perdido grandes porciones del cuerpo, pero los imaginamos como seres que están escasamente vivos en un estado así de limitado, y no como animales que están mejorando sus habilidades. Nuestra frase «Corría como una gallina recién decapitada» subraya el razonable supuesto de que una reducción en la anatomía implica una disminución en la competencia. Con todo, las santateresas macho, decapitadas por una hembra rapaz, no sólo continúan el cortejo y la copulación, sino que de hecho desempeñan esta función con mayor persistencia y éxito.

Como de costumbre, deseo comentar el mensaje más general que subyace a esta colosal rareza, pero un tratamiento adecuado requiere una larga digresión que se remonta hasta el propio Darwin. Tenga paciencia el lector y, en breve, volveremos con las mantis religiosas y otros muchos ejemplos de lo que la literatura biológica denomina «canibalismo sexual».

El origen del hombre de Darwin es, sin duda alguna, el libro peor entendido del autor. Mucha gente piensa que representa un intento por parte de Darwin de incorporar los datos acerca de la evolución humana a su perspectiva evolutiva. Pero cuando publicó la obra en 1871, no existían aún datos directos, ya que aparte del hombre de Neandertal (una raza de nuestra propia especie, no un antecesor, ni ningún tipo de «eslabón perdido»), no se descubrió ningún fósil humano hasta los años de la década de 1890. Más bien, El origen del hombre es un largo ensayo acerca de la íntima relación biológica entre los seres humanos y los grandes simios, y las posibles modalidades de nuestra propia evolución física y mental, partiendo de estos antecesores comunes. Pero Darwin aborrecía la especulación; jamás llegó a escribir un tratado puramente teórico. Hasta El origen de las especies es un compendio de datos que señalan a una robusta conclusión. Darwin jamás habría escrito una descripción desnuda de cómo podría haber sido, por mucho que deseara hacer extensiva su perspectiva evolutiva a lo que en una ocasión denominó «la propia ciudadela»: la mente humana.

La clave para entender El origen del hombre está en su naturaleza de prólogo, relativamente breve, de una gran obra en dos volúmenes, El origen del hombre y la selección en relación al sexo (The Descent of Man and Selection in Relation to Sex). Darwin era capaz de tejer maravillosos y extensos tapices en torno a cuestiones centrales... hasta tal punto que sus lectores a menudo pierden de vista el núcleo de sus razonamientos en sus extensas disgresiones. Pero todos sus libros son soluciones a incógnitas específicas; el resto, aun a pesar de su brillantez, no es más que superestructura. El libro acerca de los arrecifes coralinos trata de la inferencia histórica a partir de resultados actuales. El libro de las orquídeas está dedicado a la adaptación imperfecta basada en las partes disponibles. El libro de las lombrices versa sobre los grandes efectos producidos acumulativamente por pequeños cambios sucesivos (véase el ensayo 9 en Dientes de gallina y dedos de caballo). Pero debido a su amor por el detalle, Darwin siempre cuenta más de lo que deseamos saber acerca de cómo los insectos fertilizan las orquídeas, o cómo las lombrices arrastran pequeños objetos a sus túneles, y es fácil perder de vista el núcleo, la paradoja, el valor de un problema que puso en marcha la construcción de todo el edificio.

EI origen del hombre es un prólogo a un problema de esta naturaleza. Ya en 1871, doce años después de El origen de las especies, a Darwin no le resultaba necesario convencer a las personas de buena voluntad y flexibilidad intelectual de que la evolución había tenido lugar; esa batalla estaba ya ganada. Pero ¿cómo funciona la evolución, qué clase de mundo es este que habitamos y de qué modo podemos averiguarlo? El mensaje radical de Darwin se encontraba en su afirmación de que la belleza y la armonía de la naturaleza son subproductos de un proceso primario denominado selección natural: los organismos pugnan por obtener un éxito reproductivo personal mayor (en la jerga moderna, luchan por transmitir un mayor número de sus genes a las generaciones futuras, dado que no pueden preservar su propio cuerpo) y eso es todo. No hay grandes leyes acerca del bien de las especies o de los ecosistemas, no hay ningún sabio y vigilante legislador en los cielos: no hay más que organismos en lucha.

¿Pero cómo podemos saber que el mundo está regulado por la selección y no por algún otro principio evolutivo? La respuesta de Darwin es brillante, paradójica y, normalmente, malinterpretada. No basen su caso, nos advierte, en lo que pudiera parecer la expresión más elegante de la selección, las bellísimas adaptaciones, de óptimo diseño, de algunos organismos a su ambiente: la perfección aerodinámica del ala de un ave, o la también aerodinámica belleza de un pez vela. Después de todo, el buen diseño es lo que la mayor parte de las teorías evolutivas esperan (y también el creacionismo, ya que estamos en ello). La perfección no tiene ningún rasgo distintivamente darwiniano. Hay que buscar, por el contrario, las rarezas y las imperfecciones que sólo se producen si es la selección, basada en el éxito reproductivo de los individuos (y no en algún otro mecanismo evolutivo), la que determina el camino de la evolución.

La categoría más amplia de estos casos extraños incluye aquellas estructuras y hábitos que ponen claramente en compromiso el buen diseño de los organismos (y el éxito, en última instancia, de la especie), pero que, de igual modo, aumentan el rendimiento reproductivo de los individuos portadores de los mismos. (Mis ejemplos favoritos son las plumas caudales de los pavos reales y las enormes y entorpecedoras astas del alce irlandés, ambas adaptaciones producidas en la lucha de los machos para obtener acceso o aceptación por parte de las hembras, pero que desde luego no son aportaciones a un buen diseño en el sentido biomecánico.) Nuestro mundo desborda de formas y comportamientos peculiares, y por lo demás, insensatos, que funcionan exclusivamente en favor de obtener una victoria en el gran juego del apareamiento y la reproducción. Tan sólo el mundo de Darwin podría rellenar la naturaleza con curiosidades semejantes que debilitan a algunas especies y van en contra del buen diseño, pero producen el éxito donde realmente importa en el universo de Darwin, y sólo en él: en la transmisión de más genes a las generaciones futuras.

Darwin se dio cuenta de que la selección natural en su sentido habitual (el de incrementar la adaptación a los ambientes locales cambiantes) era incapaz de explicar esta amplia categoría de rasgos desarrollados para obtener beneficios exclusivamente reproductivos para los individuos. Por ello puso nombre a un proceso paralelo, la selección sexual, que servía para explicar esta evidencia crucial. Argumentaba que la selección sexual podría actuar a través del combate entre los machos o de la elección por parte de las hembras: el primero produciría armamentos desproporcionados e instrumentos de exhibición; y el segundo produciría adornos y posturas elaboradas que atraen la atención y la aceptación (el ruiseñor no canta para deleitarnos a nosotros).

En este punto se incorporan a la historia los seres humanos. ¿Por qué escogió Darwin su largo y detallado tratado acerca de la selección sexual como lugar de su prólogo mucho más breve sobre El origen del hombre? Una vez más, la respuesta está en la fascinación que Darwin sentía por incógnitas específicas y por la aportación que su solución suponía a su objetivo de mayor alcance. El origen del hombre tiene su base en un problema particular de la variación racial humana; no es un tratado sobre generalidades. Podemos, según Darwin, interpretar algunas diferencias raciales, como el color de la piel, como adaptaciones convencionales a ambientes locales (la piel oscura ha evolucionado varias veces de modo independiente, y siempre en climas tropicales), pero sin duda no podemos argumentar que todas las pequeñas y sutiles diferencias existentes entre los pueblos (variaciones menores, pero consistentes, en la forma de la nariz y las orejas o en la textura del pelo) tengan su origen en lo que dicten los ambientes locales. Sería una caricatura vulgar de la selección natural argumentar, por medio de una inteligente invención, que cada rasgo insignificante del diseño es en realidad una configuración óptima para las circunstancias locales (aunque hay multitud de devotos con exceso de celo que continúan promoviendo este punto de vista. Un destacado evolucionista me sugirió seriamente que las lenguas eslavas están llenas de consonantes debido a que en climas fríos es mejor mantener la boca cerrada, mientras que el hawaiano está formado casi exclusivamente por vocales, ya que el saludable aire de las islas oceánicas debe ser saboreado y aspirado). ¿Cómo surgieron, pues, si no fue por medio de una selección natural ordinaria, estas pequeñas y sutiles, aunque extendidas, variaciones raciales?

Darwin propone (y sospecho que en gran medida con razón) que los distintos patrones de belleza surgen por motivos caprichosos entre los diversos y antiguamente aislados grupos de seres humanos que poblaban rincones alejados de la Tierra. Estas diferencias (un giro de la nariz aquí, unas piernas más delgadas, un cabello rizado en otro lugar) se acumulan después y se ven intensificadas por selección sexual, ya que aquellos individuos dotados accidentalmente de rasgos favorecidos son más buscados y, por consiguiente, tienen un mayor éxito reproductivo.

Si observamos cómo está organizado El origen del hombre vemos que es esta argumentación, y no las generalidades, lo que constituye el verdadero eje del trabajo. El libro comienza con una visión general de unas 250 páginas, todas las cuales llevan a un capítulo final acerca de las razas humanas y a una exposición de la paradoja central en la última página.

Hasta aquí nos hemos visto frustrados en todos nuestros intentos por explicar las diferencias existentes entre las razas del hombre; pero queda aún un agente importante, a saber, la Selección Sexual, que parece haber actuado con gran intensidad sobre el hombre, al igual que en otros muchos animales ... Para poder tratar este tema con propiedad, he decidido que es necesario pasar revista a la totalidad del reino animal.

Darwin dispone ahora de asidero para plantear el verdadero meollo de su libro, y utiliza más del doble del espacio que ha empleado hasta ahora, las siguientes 500 páginas, para una detallada exposición de la selección sexual en un grupo tras otro de organismos. Finalmente, en tres capítulos finales, retorna a la variación racial humana y completa su solución a la paradoja, adscribiendo nuestras diferencias fundamentalmente a la selección sexual.

La selección sexual ha sido presentada en ocasiones como en contraste o conflicto con la selección natural, con lo que se malinterpreta la visión de Darwin. La selección sexual es nuestra demostración más elegante de su argumento central de que el motor de la evolución es la lucha de los individuos por el éxito reproductivo; una idea que la selección natural no puede confirmar adecuadamente, dado que sus productos son también los predichos por otras teorías evolutivas (y también, en lo que se refiere al diseño óptimo, del propio creacionismo). La prueba de que nuestro mundo es darwiniano se encuentra en el amplio abanico de adaptaciones surgidas exclusivamente porque aumentan el éxito reproductivo, pero que, por lo demás, ponen en desventaja a los animales y dañan a las especies. La selección darwiniana en favor del éxito reproductivo debe ser extraordinariamente poderosa si puede desbordar tan a menudo otros niveles y modos de obtener ventajas.

Podemos regresar ahora a la sangrienta comilona de la mantis apareándose. W. H. Auden escribió en una ocasión, con una gran comprensión de lo que son nuestras vidas, que el amor y la muerte son los únicos temas que merecen la atención de la literatura. Son, de hecho, los focos del mundo de Darwin: un universo en lucha por la supervivencia y la continuidad. Pero ¿deberían acaso unirse? A primera vista nada hay que parezca más absurdo, menos correspondiente con toda idea de orden o ventaja que sacrificar la vida por una copulación. ¿No debería un macho, en el mundo de Darwin, sobrevivir al apareamiento para aparearse de nuevo? No necesariamente, si sus expectativas de vida son cortas y sus posibilidades de volver a aparearse son, en todo caso, escasas y sus «preciosos fluidos corporales» (por citar la línea inmortal del Dr. Strangelove [Teléfono Rojo, volamos hacia Moscú]) suponen una gran aportación para la alimentación de los huevos fertilizados por su esperma en el seno de su, por un momento, pareja y actual verdugo.

Después de todo, su cuerpo no es más que equipaje darwiniano. No puede ser transmitido a la siguiente generación; su patrimonio yace, literalmente, en el ADN de su esperma. Así, el canibalismo sexual debería ser un ejemplo de primera línea de por qué vivimos en un mundo darwiniano: una curiosidad clásica, un absurdo aparente, que se convierte en algo sensato por la proposición de que la evolución trata esencialmente de la lucha entre los organismos por una continuidad genética. Pero ¿hasta qué punto es buena la evidencia? (Y ahora debo advertirles, ya que este ensayo puede ser uno de los más retorcidos que jamás haya escrito, que este argumento eminentemente razonable en favor del darwinismo tiene, en mi valoración, muy poco que lo respalde en el presente. Con todo, una interpretación alternativa, por razones diferentes, afirma algo aún más fundamental acerca del darwinismo y acerca de la naturaleza de la propia historia. Francamente, ya que estamos en el confesionario, comencé mis investigaciones para este ensayo sobre el supuesto de que una argumentación tan bonita y razonable en favor de la selección sexual se sostendría, y me sentí francamente sorprendido ante la escasez de evidencias. También me niego sistemáticamente a eludir tratar temas porque sean difíciles. El mundo no es precisamente sencillo, y una restricción de la literatura general a lo claro y no controvertido da una visión falsa de cómo actúa la ciencia y de cómo funciona nuestro mundo.)

En un número reciente de American Naturalist, una de las tres grandes revistas norteamericanas dedicadas a la biología evolutiva, aparecía un artículo de R. E. Buskirk, C. Frohlich y K. G. Ross, «The Natural Selection of Sexual Cannibalism» (véase Bibliografía). Estos autores desarrollan un modelo matemático para mostrar que el sacrificio voluntario de la vida para fecundar a la pareja supondrá una ventaja darwiniana para el macho, si sus expectativas posteriores de éxito en un nuevo apareamiento son escasas, y si el valor alimenticio de su cuerpo supone una diferencia sustancial para el desarrollo y crianza con éxito de su descendencia. El modelo tiene sentido, pero en la naturaleza sólo existirá si podemos demostrar que estos machos promueven activamente su propio consumo. Si hacen todo lo posible por escapar después del apareamiento, y ocasionalmente son atrapados y devorados por una hembra rapaz, no podemos argumentar que la selección sexual haya promovido directamente esta estrategia de sacrificio último en función de la continuidad genética.

Buskirk, Frohlich y Ross manifiestan con toda franqueza que el canibalismo sexual no sólo es infrecuente en general, sino también mucho menos común que otros estilos de consumir a los parientes íntimos (como en el caso de los hermanos que se comen entre sí o en el de las madres devoradas por sus hijos; véanse el ensayo 10 en Desde Darwin y el ensayo 6 en El pulgar del panda). Existen ejemplos documentados sólo en el caso de los artrópodos (insectos y sus afines), y sólo se implican alrededor de treinta especies (aunque el fenómeno puede ser bastante común entre las arañas). Citan como modelo tres ejemplos.

1. La hembra de la mantis religiosa (Mantis religiosa y otras varias especies emparentadas) ataca cualquier cosa que se mueve que sea más pequeña que ella misma. Dado que los machos son más pequeños que las hembras en casi todos los insectos, y dado que el apareamiento requiere la proximidad, las mantis macho se convierten en un objetivo fundamental. En su trabajo ya clásico de 1935 (véase Bibliografía), K. Roeder escribe: «Todas las narraciones coinciden en cuanto a la ferocidad de la hembra, y a su tendencia a capturar y devorar al macho en cualquier momento, ya sea durante el cortejo o tras la copulación ... La hembra puede atrapar y devorar al macho como lo haría con cualquier otro insecto».
Por lo tanto, el macho aborda el apareamiento teniendo en mente el terrible chiste acerca de cómo lo hacen los puercoespines: con mucho cuidado. Se aproxima a la hembra lentamente, intentando mantenerse a toda costa fuera de la línea de visión de ésta. Si la hembra se vuelve en su dirección, queda totalmente inmóvil, pues las mantis ignoran todo aquello que no se mueve. Roeder escribe: «Hasta tal punto se extrema esta inmovilidad, que si el macho está levantando una pata en el momento en que ve a la hembra, la mantendrá suspendida en el aire durante algún tiempo, y pueden observarse multitud de curiosas posiciones». Así pues, el macho sigue aproximándose como un niño jugando al «escondite inglés»: acercándose al adversario mientras éste está vuelto y quedándose inmediatamente inmóvil cuando gira la cabeza (aunque en el caso de la mantis, la penalización si se percibe movimiento es la muerte, no un retorno a la línea de salida). Si el macho consigue acercarse a la distancia de un salto de la hembra se lanza sobre la espalda de ésta. Si falla se convertirá en comida de mantis; si tiene éxito alcanza el summum bonum darwiniano de la posibilidad de representación en la siguiente generación. Tras el apareamiento se deja caer tan lejos como puede y después huye sin tardanza.
Hasta aquí, la historia suena un poco como la de una conspiración activa por parte del macho en favor de su propia defunción, requerimiento básico, recordémoslo, para una argumentación en favor de que los machos son seleccionados directamente para el canibalismo sexual. Tal vez los machos hagan lo imposible por huir, pero no lo logran siempre. El poderoso argumento es inherente a esa gran curiosidad mencionada a comienzos de este artículo: los machos decapitados tienen un mejor rendimiento sexual que sus hermanos intactos. Roeder ha descubierto incluso la base neurológica de esta peculiar situación. Gran parte del comportamiento de los insectos es «rígido», al contrario de lo que ocurre con la flexibilidad de nuestras propias acciones (y uno de los principales motivos por los que los modelos sociobiológicos para las hormigas funcionan tan mal en los seres humanos). Los movimientos copulatorios están controlados por unos nervios que se encuentran en el último ganglio abdominal (cerca del extremo posterior del insecto). Dado que resultaría inconsistente con la función normal (además de poco serio), que los machos ejecutaran estos movimientos copulatorios continuamente, se ven suprimidos por centros inhibidores situados en el ganglio subesofágico (cerca de la cabeza). Cuando una hembra devora la cabeza de su pareja, ingiere el ganglio subesofágico y no hay nada ya que inhiba los movimientos copulatorios. Lo que queda del macho actúa como una máquina de apareamiento inagotable. Intentará montar todo lo que se le ponga por delante (por ejemplo, lápices) que tenga un tamaño o forma vagamente aproximados al de una hembra. A menudo consigue encontrar a la hembra y logra convertir su inminente muerte en la antítesis darwiniana de lo que Sócrates llamó «un estado de nada».

2. Una hembra de araña viuda negra hambrienta es también una formidable máquina de comer, y los machos deben ser muy circunspectos durante el cortejo. Al subir a la red de la hembra, el macho da golpecitos y tirones a algunos de los hilos de seda. Si la hembra se lanza al ataque, el macho se retira con presteza o echa a volar colgando de sus propias sedas. Si la hembra no responde, el macho se aproxima lenta y cautelosamente, cortando la tela de la hembra en varios puntos estratégicos, reduciendo así sus rutas de escape o ataque. El macho lanza a menudo varias hebras de seda en torno a la hembra, llamadas, supongo que inevitablemente, «el velo de la novia». No son fuertes, y la hembra, de mayor tamaño, podría romperlas sin problemas, pero normalmente no lo hace y «entonces se produce» la cópula, como gustan de decir en la literatura técnica. El macho, dotado de la bendición de una pareja de órganos para la transferencia de esperma, inserta un palpo, y después, si aún no ha sido atacado por la hembra, el otro. Las hembras hambrientas pueden en ese momento devorar a sus parejas, completando el double entendre (1) de una consumación devotamente deseable.
El argumento en favor de la selección directa para el canibalismo sexual descansa sobre dos fenómenos intrigantes del cortejo. En primer lugar, normalmente se rompe el extremo del palpo del macho durante la copulación y queda en el interior de la hembra. Los machos, que quedan incompletos, pudieran no ser capaces de volver a aparearse; si es así, se han convertido en cifras darwinianas, prestos a ser eliminados. (Una interesante especulación identifica la rotura de este extremo como la inserción de un «tapón de apareamiento», seleccionado para evitar la penetración del esperma de otro macho. Estos cinturones de castidad naturales post factum son comunes y de muy variadas construcciones en el mundo de los insectos, y sería un tema magnífico para un futuro ensayo acerca de por qué la selección sexual idenfica como darwiniano a nuestro mundo evolutivo.) En segundo lugar, los machos muestran mucha menos avidez y cautela al salir huyendo tras el acto que la que mostraron durante la aproximación anterior. K. Ross y R. L. Smith escriben (véase la Bibliografía): «Los machos que tuvieron éxito en la inseminación se quedaron en la vecindad de sus parejas o se alejaron perezosamente. Esto parecía contrastar acentuadamente con la cautelosa aproximación inicial y las estrategias de escape características de los machos antes de la inseminación».

3. Las hembras del escorpión del desierto Paruroctonus mesaensis son extraordinariamente voraces y devorarán cualquier cosa de un tamaño suficientemente pequeño que detecten. «Cualquier objeto en movimiento que caiga dentro de la gama de tamaños apropiada es atacado sin discriminación aparente.» (G. A. Polis y R. D. Farley, véase la Bibliografía.) Dado que los machos son más pequeños que las hembras se convierten en objetivos prioritarios y son consumidos con avidez. Esta indiscriminada voracidad constituye todo un problema a la hora del apareamiento que, como suele ocurrir, requiere una cierta intimidad espacial. Los machos han desarrollado, por consiguiente, un elaborado ritual de cortejo que sirve, en parte, para suprimir el apetito habitual de la hembra.
El macho inicia una serie de movimientos de asimiento y amasado con sus quelíceros, y después sujeta las quelas de la hembra con las suyas propias y ejecuta la famosa promenade á deux, una «danza» recíproca y simétrica, tan bonita como cualquiera que se pudiera ver en una sala de baile. Estos escorpiones no inseminan directamente a las hembras insertando en ellas un pene, sino que depositan un espermatóforo (un paquete de esperma) que la hembra debe poner en su cuerpo. Así, el macho guía a la hembra durante la promenade hasta que encuentra un lugar adecuado. Entonces deposita el espermatóforo, normalmente sobre una ramita o una brizna de hierba. Después golpea o incluso pica a la hembra, se separa de ella y sale corriendo por su vida. Si la buena suerte le sonríe, la hembra le dejará ir, prestando la debida atención a insertar en su cuerpo el espermatóforo. Pero Polis y Farley, en más de veinte casos observados, apreciaron dos en los que la hembra estaba devorando a su pareja mientras su espermatóforo permanecía sobre alguna ramita cercana, presumiblemente para una posterior ingesta a través de una diferente abertura.

¿Qué clase de evidencia suministran estos casos en favor de la selección del canibalismo sexual en los machos? ¿Acaso los machos, en beneficio de su continuidad genética, obtienen activamente el cuidado y alimentación de sus huevos fertilizados con sus propios cuerpos (o incluso se someten pasivamente a ello)? Yo no he encontrado evidencias persuasivas en favor de la existencia de un fenómeno tal en estos casos, y me pregunto si existe en absoluto, aunque la argumentación suministraría una excelente ilustración de una curiosidad que no tiene mucho sentido, a menos que el mundo evolutivo funcione en busca del éxito reproductivo de los individuos, como mantiene el darwinismo.

La historia del escorpión, a pesar de haber sido citada entre los mejores casos, no suministra evidencia alguna. En mi lectura de Polis y Farley, sólo descubro que los machos hacen todo lo que está en su mano por escapar tras la copulación, y en su mayor parte lo logran (sólo dos fallaron). De hecho, su comportamiento en el apareamiento, tanto antes como después, parece diseñado para evitar la destrucción, no para favorecerla. Antes del acto inhiben los instintos agresivos de la hembra por medio de la danza y las caricias. Posteriormente, golpean y huyen. El que algunos fracasen y sean devorados tan sólo refleja la ley de probabilidades que rige cualquier juego peligroso al que haya que jugar.

Las viudas negras y las mantis religiosas tienen más que ofrecer en favor de la teoría de la selección natural para la destrucción entre los machos. Las arañas, antes del acto, parecen ser tan cuidadosas como los escorpiones, pero bastante descuidadas después, y realizan pocos esfuerzos, si es que realizan alguno, por escapar de la red de la hembra. Además, si el tapón de apareamiento que dejan en la hembra les impide transmitir todo futuro patrimonio, han servido al completo su fin darwiniano. En lo que a las mantis se refiere, la mayor capacidad fecundadora de un macho decapitado podría indicar que el sexo y la muerte han sido unidos activamente por la selección. Y con todo, en estos dos casos, existen otras observaciones que hacen que la evidencia en favor de la selección activa de los machos resulte algo más ambigua.

Como grave problema, tanto en el caso de las mantis como en el de las arañas, carecemos de evidencias sólidas acerca de la frecuencia del canibalismo sexual. Si ocurriera siempre, o al menos a menudo, y si el macho se detuviera claramente dejando que sucediera todo, aceptaría satisfecho que este razonable fenómeno existe. Pero si ocurre infrecuentemente y representa simplemente un fracaso en la huida, y no un ofrecimiento activo, entonces es un subproducto de otros fenómenos, y no un rasgo seleccionado por sí mismo. No he sido capaz de encontrar datos cuantitativos acerca del porcentaje de machos devorados tras el apareamiento, ya fuera en la naturaleza o en las condiciones más artificiales e insatisfactorias de un laboratorio. En lo que a las mantis se refiere, no hay evidencia alguna en favor de la complicidad del macho en su propia desaparición. Los machos son cautelosos antes del acto y no pretenden más que escapar después de él. Pero la hembra es grande y rapaz; ella no distingue entre una mantis más pequeña y cualquier otra presa en movimiento. En cuanto al curioso hecho de que los machos sean sexualmente más eficaces al ser decapitados, no sé qué decir.

Podría ser una adaptación directa para combinar el sexo con el consumo. Pero, en ausencia de evidencias, existen otras interpretaciones igual de consistentes. De algún modo habrá que programar el comportamiento rígido. Tal vez el sistema de inhibición por medio de un ganglio situado en la cabeza, y el de activación, que depende de un ganglio cercano a la parte caudal, se desarrollara en un linaje ancestral mucho antes de que apareciera el canibalismo sexual entre las mantis. Tal vez existiera ya cuando las mantis hembras desarrollaron su voracidad indiscriminada. Sería entonces adquirida por cooptación, y no seleccionada activamente, gracias a su papel de utilidad en el canibalismo sexual. Después de todo, este mismo sistema funciona también para las hembras, aunque su comportamiento no sirva a ninguna función evolutiva conocida. Si se decapita a una mantis hembra también se libera su comportamiento sexual, incluyendo la puesta de huevos. Si se desea argumentar que el sistema tuvo que evolucionar activamente debido a que la hembra tiende a comer en primer lugar precisamente la parte del macho que libera la sexualidad, no puedo por menos que responder con un poco de biología en su grado más básico: las cabezas están delante y son lo primero con lo que se encuentra la hembra al aproximarse al macho. La historia de la viuda negra tampoco es excesivamente sólida. Tal vez los machos no intenten escapar tras el apareamiento, pero ¿es esta una adaptación activa a su propio consumo, o una respuesta automática a la verdadera adaptación: ruptura del órgano sexual y deposición de un tapón de apareamiento en la hembra (ya que una herida así podría debilitar al macho y explicar su laxitud subsiguiente)? También, las viudas negras macho son diminutas comparadas con sus parejas: tan sólo alrededor del 2 por 100 del peso de la hembra. ¿Puede realmente suponer alguna diferencia una comida tan insignificante? Finalmente, y esto es lo más importante, ¿con qué frecuencia hace la hembra esta clase de comidas? Si siempre devorara al macho agotado tras el apareamiento, me sentiría casi convencido, pero algunos estudios indican que el canibalismo sexual bien podría ser infrecuente, aunque sea una opción claramente accesible a las hembras. Curiosamente, existen informes de que el macho a menudo permanece sobre la tela de la hembra hasta morir, tras dos semanas y más, y de que las hembras les dejan estar. Por ejemplo, Ross y Smith sólo vieron un caso de canibalismo sexual y escribieron: «Sólo uno de los machos de los que pudimos ver que habían culminado con éxito su apareamiento fue devorado por su pareja inmediatamente después del mismo. No obstante, se encontraron posteriormente varios de ellos muertos en las telarañas de sus parejas».

¿Por qué entonces, ante esta alarmante ausencia de evidencias, abundan en nuestra literatura los comentarios acerca del evidente buen sentido del canibalismo sexual? Por ejemplo: «Bajo ciertas condiciones, la selección debería favorecer el consumo de los machos por parte de sus hembras. Las probabilidades de que el macho sea devorado deberían ser directamente proporcionales a sus expectativas futuras de reproducción» (2). O «Los machos con éxito servirán mejor sus intereses biológicos ofreciéndose a sus parejas como comida postnupcial».

Al encontrarse con este hiato entre la esperanza razonable y los hechos, nos enfrentamos con un prejuicio habitual en el darwinismo moderno. La teoría darwiniana trata fundamentalmente de la selección natural. Yo no rechazo este énfasis, pero sí creo que estamos sobrevalorando el poder y el alcance de la selección, al intentar atribuir toda forma y comportamiento significativos a su acción directa. En este juego darwiniano no hay premio más dulce que una interpretación seleccionista acertada para fenómenos que intuitivamente parecen carecer de sentido. ¿Cómo podría convertirse el macho en alimento de la hembra tras el apareamiento si nuestro mundo está gobernado por la selección? Porque, en ciertas situaciones, aumenta su propio éxito reproductivo por este mecanismo, responde nuestro devoto seleccionista.

Pero otro principio evolucionista general, aunque a menudo olvidado, suele intervenir impidiendo un perfecto emparejamiento entre el organismo y su entorno inmediato: los curiosos, tortuosos y restrictivos caminos de la historia. Los organismos no son arcilla ante un ambiente moldeador, ni bolas de billar ante el taco de la selección natural. Sus formas y comportamiento heredados constriñen y se oponen al cambio; no pueden transformarse rápidamente hasta alcanzar un nuevo estado óptimo cada vez que se altera su ambiente.

Todo cambio adaptativo trae consigo montañas de consecuencias, algunas de ellas favorecidas fortuitamente por cooptación y que suministran una posterior ventaja, y otras no. Algunas hembras grandes desarrollan una voracidad indiscriminada por sus propios motivos, y algunos machos sufren las consecuencias a pesar de su propia carrera evolutiva por huir. Los diseños que han evolucionado por una razón (o sin razón alguna) tienen otras consecuencias, algunas de las cuales son utilizadas de un modo fortuito. Las mantis macho pueden convertirse en prodigios sin cabeza; las viudas negras macho permanecen sobre la tela de la hembra. Ambos comportamientos pueden resultar útiles, pero no disponemos de evidencia alguna de que ninguno de ellos haya surgido por selección activa del sacrificio del macho. El canibalismo sexual con una complicidad activa del macho debería verse favorecido en muchos grupos (ya que se dan a menudo las condiciones de que existan oportunidades limitadas después del apareamiento, y de que no haya comida útil), pero rara vez ha evolucionado, si es que lo ha hecho en alguna ocasión. Preguntémonos por qué no lo vemos allá donde debería aparecer; no nos limitemos a maravillarnos de la sabiduría de la selección en unos pocos casos posibles. La historia a menudo supone una traba para las oportunidades útiles; no siempre se puede llegar al objetivo desde el punto del que se ha salido. Las hembras pueden no ser lo suficientemente voraces, o pueden ser más pequeñas que los machos, o de una flexibilidad de comportamiento tan limitada que no puedan desarrollar un sistema capaz de desactivar una inhibición generalizada contra el canibalismo, sólo tras el apareamiento y exclusivamente dirigida hacia un macho.

Nuestro mundo no es un lugar óptimo, precisamente ajustado por fuerzas omnipotentes de selección. Es una retorcida masa de imperfecciones, que funciona bastante bien (a menudo admirablemente); una chapuza de adaptaciones construida a base de partes curiosas disponibles gracias a las historias pasadas en diferentes contextos. Darwin, que era un apasionado estudioso de la historia, y no sólo un convencido seleccionista, entendía que este principio era la principal prueba de la existencia de la evolución. Un mundo óptimamente adaptado a los ambientes actuales es un mundo sin historia, y un mundo sin historia podría haber sido creado tal y como nos lo encontramos. La historia es importante; confunde la perfección y demuestra que la vida actual transformó su propio pasado. En su famosa disquisición acerca de las edades del hombre («Todo el mundo es un escenario») «Jaques», en As You Like It (Como gustéis), habla de «Esta extraña historia llena de acontecimientos». Respetemos el pasado e informemos el presente.


Post scriptum

A la luz de mis crecientes dudas acerca de la existencia del canibalismo sexual (a pesar de su plausibilidad teórica), como queda claramente expuesto en la odisea personal del propio ensayo, me encantó un informe de la reunión anual de 1984 de la Sociedad de Neurociencia. E. Liske, de Alemania Occidental, y W. J. Davis, de la Universidad de California en Santa Cruz, grabaron un vídeo y analizaron el comportamiento durante el cortejo en docenas de apareamientos de mantis religiosas chinas. Ni una sola hembra decapitó o devoró a ningún macho. Por el contrario, un análisis fotograma a fotograma desveló una compleja serie de comportamientos dirigidos, al parecer (al menos en parte), a suprimir la voracidad natural de las hembras. El comportamiento del macho incluye la fijación visual, la oscilación de las antenas, una aproximación lenta, un arqueamiento repetitivo del abdomen, y un gran asalto final hacia la espalda de la hembra. Liske y Davis sugieren que los anteriores informes acerca de las decapitaciones podrían representar comportamientos aberrantes de especímenes cautivos (aunque el canibalismo sexual podría, no obstante, seguir siendo el comportamiento normal en variedades o especies diferentes a las estudiadas por Liske y Davis. No existe la mantis religiosa, dada la propensión de la naturaleza a la diversidad). En cualquier caso, me siento cada vez más convencido de que el canibalismo sexual es un fenómeno del que no se conocen ejemplos demostrados, y que los motivos de su rareza (o inexistencia) constituyen un tema mucho más interesante (y un adecuado desplazamiento del énfasis) que el que inspiró inicialmente mis investigaciones para escribir este ensayo: razones en favor de la supuesta (y hoy dudosa) existencia misma del fenómeno.

A menudo he planteado que la mejor forma de comprobar las leyendas es verificar hasta qué punto han impregnado la cultura popular. En Sherlock Holmes and the Spider Woman (1944), uno de los innumerables, y no obstante maravillosos anacronismos de Rathbone y Bruce que enfrentan a Holmes con Hitler y otros enemigos diversos, Holmes desenmascara a un entomólogo poseur (y asesino del verdadero científico) detectando varias sutiles falacias en su forma de hablar. El falsario llama «cajas de cristal» a los terrarios, pero se delata irremediablemente cuando comenta acerca de las viudas negras: «Según me han contado, devoran a sus parejas». Holmes responde: «Dijo usted que le habían contado que las viudas negras devoran a sus parejas. Cualquier científico lo hubiera sabido». Esperaré a la próxima puesta al día (¿quién interpreta últimamente a Charlie Chan?).



Notas


1 El doble sentido se establece a partir de la similitud entre consumación (sexual) y consumir (en este caso, comer).  (N. del T.) 
2 Evidentemente, las probabilidades deberían ser inversamente proporcionales. (N. del T.)


En La sonrisa del flamenco (1985)
Título original: The flamingo's smile
Traductor: Joandomènec Ros
Barcelona, Crítica, 2008
Fuente foto

18 dic. 2011

Stephen Jay Gould: El retraso de Darwin

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Pocos sucesos inspiran más especulaciones que las largas pausas inexplicadas en la actividad de personas famosas. Rossini coronó una brillante carrera operística con Guillermo Tell, después no escribió prácticamente nada en los siguientes treinta y cinco años. Dorothy Sayers abandonó a Lord Peter Wimsey en el apogeo de su popularidad y se volvió hacia Dios. Charles Darwin desarrolló una teoría radical de la evolución en 1838 y la publicó veintiún años más tarde, y sólo porque A. R. Wallace estaba a punto de pisársela.

Cinco años compartidos con la naturaleza a bordo del Beagle destruyeron la fe de Darwin en la fijeza de las especies. En julio de 1837, poco después del viaje, empezó su primer libro de notas acerca de la “transmutación”. Convencido ya de que la evolución era un hecho, Darwin emprendió la búsqueda de una teoría para explicar su mecanismo. Tras muchas especulaciones preliminares y unas cuantas hipótesis que no le llevaron a ninguna parte, tuvo su gran percepción mientras leía, para entretenerse, un trabajo aparentemente en nada relacionado con sus preocupaciones. Posteriormente, Darwin escribió en su autobiografía:

En octubre de 1838… leí casualmente y por entretenerme el libro de Malthus On Population, y estando como estaba bien preparado para apreciar la lucha por la existencia que se produce continuamente por doquiera, merced a una continuada observación de los hábitos de los animales y las plantas, se me ocurrió de repente que bajo estas circunstancias las variaciones favorables tenderían a verse preservadas y las desfavorables destruidas. El resultado de esto sería la formación de nuevas especies.

Darwin hacía ya mucho tiempo que venía apreciando la importancia de la selección artificial practicada por los criadores de animales. Pero hasta que la visión de Malthus de la aglomeración y la lucha catalizó sus pensamientos, no había sido capaz de identificar el agente de la selección natural. Si todas las criaturas producían mucha más descendencia que la que concebiblemente podría sobrevivir, entonces la selección natural dirigiría la evolución bajo el simple supuesto de que los supervivientes, por término medio, estarían mejor adaptados a las condiciones de vida dominantes.

Darwin sabía lo que había logrado. No podemos atribuir su retraso a una falta de apreciación de la magnitud de su logro. En 1842 y una vez más en 1844, escribió bocetos preliminares de su teoría y sus implicaciones. También dejó estrictas instrucciones a su esposa de que publicara tan sólo aquellos dos de entre todos sus manuscritos caso de que muriera antes de finalizar su obra principal.

¿Por qué esperó entonces más de veinte años para publicar su teoría? Es cierto que el ritmo de nuestras vidas se ha acelerado hoy en día hasta tal punto -dejando entre sus víctimas el arte de la conversación y el juego del béisbol- que podríamos confundir un período normal de tiempo en el pasado con una buena tajada de la eternidad. Pero la duración de la vida de un hombre es un patrón de medida constante; veinte años siguen siendo la mitad de una carrera normal -un gran fragmento de vida, incluso para los estándares victorianos más relajados.

La biografía científica convencional es una fuente de información notablemente equívoca acerca de los grandes pensadores. Tiende a pintarles como máquinas sencillas y racionales que rastrean sus ideas con inquebrantable devoción bajo el influjo de un mecanismo interior no sujeto a influencia alguna, salvo las limitaciones de los datos objetivos. Así, Darwin esperó veinte años -esto es lo que dice el argumento habitual simplemente porque no había dado fin a su trabajo. El estaba satisfecho con su teoría; pero las teorías son baratas. Estaba decidido a no publicar hasta que hubiera reunido un aplastante dossier de datos en su favor, y esto lleva tiempo.

Pero las actividades de Darwin en el transcurso de los veinte años en cuestión ponen de evidencia lo inadecuado de esta idea tradicional. En particular, dedicó nada menos que ocho años completos a escribir cuatro grandes volúmenes dedicados a la taxonomía de los percebes y su historia natural. Frente a este único dato, los tradicionalistas no pueden ofrecernos más que absurdas especulaciones- cosas como: Darwin pensaba que tenía que comprender a fondo las especies antes de proclamar el modo en que cambian; sólo podía hacer esto elaborando por sí mismo la clasificación de un grupo difícil de organismos- pero no durante ocho años, y no estando como estaba sentado sobre la idea más revolucionaria de la historia de la biología. La valoración que el propio Darwin hizo de los cuatro volúmenes figura en su autobiografía.

Aparte de descubrir varias formas nuevas y notables, distinguí las homologías entre las diversas partes… y demostré la existencia, en ciertos géneros, de machos diminutos complementarios y parásitos de los hermafroditas… No obstante, dudo que el trabajo mereciera que le dedicara tanto tiempo.

Una cuestión tan compleja como las motivaciones del retraso de Darwin en publicar su obra no tiene una respuesta sencilla, pero me siento seguro de una cosa: el efecto negativo del miedo debe haber interpretado un papel en ella, al menos tan relevante como la necesidad positiva de una mayor documentación. Entonces, ¿de qué tenía miedo Darwin?

Cuando Darwin experimentó su súbita percepción malthusiana, tenía veintinueve años de edad. Carecía de posición profesional, pero se había hecho acreedor a la admiración de sus colegas por su perspicaz trabajo a bordo del Beagle. No se sentía dispuesto a comprometer su prometedora carrera publicando una herejía que no fuera capaz de demostrar.

¿Cuál era entonces esta herejía? La respuesta evidente es que la creencia en la evolución de por sí. Pero esto no puede ser parte fundamental de la respuesta, ya que, contrariamente a lo que se cree, la evolución constituía una herejía muy común durante la primera mitad del siglo diecinueve. Era un tema amplio y abiertamente discutido que, por supuesto, se enfrentaba con la oposición de la gran mayoría, pero que era admitido, o al menos tenido en cuenta por la mayor parte de los grandes naturalistas.

Tal vez la respuesta se halle en una extraordinaria pareja de libros de notas que figuran entre los primeros escritos por Darwin (véase H. E. Gruber y P. H. Barret, Darwin on Man, para conocer el texto y amplios comentarios acerca del mismo). Estos libros de notas denominados M y N fueron escritos en 1838 y 1839, mientras Darwin recopilaba los cuadernos de notas sobre la transmutación que constituyeron la base de sus bocetos de 1842 y 1844. Contienen sus ideas acerca de la filosofía, la estética, la psicología y la antropología. Al releerlos en 1856, Darwin se refirió a ellos diciendo que estaban “repletos de metafísica acerca de la moral”. Incluyen multitud de afirmaciones que muestran que había adoptado, pero temía sacar a la luz, algo que percibía como mucho más herético que la propia evolución: el materialismo filosófico- el postulado de que la materia es la base de toda existencia y de que todos los fenómenos mentales y espirituales son sus productos secundarios. No existía idea alguna que pudiera resultar más demoledora para las más enraizadas tradiciones del pensamiento occidental que la afirmación de que la mente -por compleja y poderosa que fuera- era un producto del cerebro. Consideremos, por ejemplo, la visión de Milton de la mente algo distinto y superior al cuerpo que habita durante un espacio de tiempo (Il Penseroso, 1633).

Que mi lámpara, a la hora de la medianoche,
Pueda ser vista en alguna alta y solitaria torre,
Desde la que a menudo pueda observar la Osa,
Con el tres veces grande Hermes*, o sacar de su esfera
El espíritu de Platón, para desvelar
Qué mundos o qué vastas regiones contiene
La mente inmortal que ha abandonado
Su mansión en este rincón carnal.

Los cuadernos de notas muestran que Darwin se interesaba por la filosofía y que era consciente de sus implicaciones. Sabía que la característica fundamental que distinguía su teoría de todas las demás doctrinas evolucionistas era su materialismo filosófico sin paliativos. Otros evolucionistas hablaban de fuerzas vitales, historia dirigida, aspiraciones orgánicas, y de la irreductibilidad esencial de la mente -toda una panoplia de conceptos que el cristianismo tradicional podía aceptar a modo de compromiso, ya que permitían la intervención de un Dios cristiano que operaría a través de la evolución en lugar de la creación. Darwin no hablaba más que de variaciones al azar y selección natural.

En los cuadernos de notas, Darwin aplicaba resueltamente su teoría materialista de la evolución a todos los fenómenos de la vida, incluyendo lo que él llamaba “la propia ciudadela” -la mente humana. Y si la mente carece de existencia real más allá del cerebro, ¿puede acaso ser Dios otra cosa más que una ilusión inventada por otra ilusión? En uno de sus libros de notas acerca de la transmutación, escribió:

Amor al efecto teístico de la organización, ¡oh tú materialista! … ¿Por qué es más maravilloso que el pensamiento sea una secreción del cerebro que la gravedad sea una propiedad de la materia?
No es más que por nuestra arrogancia, por nuestra admiración hacia nosotros mismos.

Esta convicción resultaba tan herética que Darwin incluso la dejó a un lado en El Origen de las Especies (1859), en el que se limitó a aventurar el críptico comentario de que “se arrojará luz sobre el origen del hombre y de la historia”. Dio rienda suelta a sus creencias tan sólo en el momento en que fue incapaz de seguir ocultándolas, en Descent of Man (1871) y The Expression of the Emotions in Man and Animals (1872). A. R. Wallace, el codescubridor de la selección natural, jamás fue capaz de aplicarla al cerebro humano, al que consideraba la única contribución divina a la historia de la vida. Y aún así, Darwin rompió con 2.000 años de filosofía y religión en el más notable epigrama del cuaderno de notas M: 

Platón dice en Phaedo que nuestras “ideas imaginarias” surgen de la preexistencia del alma, que -no son derivables de la experiencia -léase monos donde pone preexistencia.

En su comentario a los cuadernos de notas M y N, Gruber etiqueta el materialismo como algo “por aquel entonces más ultrajante que la evolución”. Pasa a documentar la persecución de las creencias materialistas durante finales del siglo dieciocho y comienzos del diecinueve y concluye:

Se utilizaron métodos represivos en virtualmente todas las ramas del conocimiento: se prohibieron conferencias, se dificultaron publicaciones, se negaron cargos de profesorado, la prensa publicaba feroces invectivas y ridiculizaciones. Los estudiosos y los científicos aprendieron la lección y respondieron a las presiones a las que se veían sometidos. Aquellos que sostenían ideas impopulares se retractaban en ocasiones de ellas, publicaban bajo el anonimato, presentaban sus temas en versiones edulcoradas, o retrasaban su publicación muchos años.

Darwin había experimentado esta situación directamente como subgraduado de la Universidad de Edimburgo en 1827. Su amigo W. A. Browne leyó un trabajo con una perspectiva materialista de la vida y la mente ante la Plinian Society. Tras largos debates, toda referencia al trabajo de Browne, incluyendo la referencia (en el acta de la reunión anterior) a sus intenciones de hacerlo público, fue eliminada.

Darwin aprendió su lección, dado que escribió en el cuaderno de notas M:
Para evitar poner de relieve hasta qué punto creo en el Materialismo, digamos tan sólo que las emociones, los instintos, los grados de talento, que son hereditarios, lo son porque el cerebro del niño se asemeja a la cepa parental.

Los materialistas más ardientes del siglo diecinueve, Marx y Engels, no tardaron en darse cuenta de lo que había logrado Darwin y en explotar su contenido radical. En 1869, Marx le escribió a Engels acerca del Origen de Darwin: 

Aunque desarrollado con el crudo estilo inglés, este es el libro que contiene las bases de nuestra perspectiva en la historia natural.

Posteriormente, Marx le ofreció a Darwin dedicarle el segundo volumen, de Das Kapital, pero Darwin rechazó amablemente la oferta, afirmando que no deseaba implicar aprobación por un libro que no había leído. (He tenido ocasión de ver la copia de Darwin del Volumen I en su biblioteca de Down House. Va dedicado por Marx que se declara a sí mismo “sincero admirador” de Darwin. Las hojas están sin cortar. Darwin no era un devoto admirador de la lengua germana).

Darwin era, de hecho, un revolucionario amable. No sólo retrasó largo tiempo la publicación de su trabajo, sino que eludió de continuo toda manifestación pública acerca de las implicaciones filosóficas de su teoría. En 1880, escribió a Karl Marx:

Tengo la impresión (correcta o incorrecta) de que los argumentos dirigidos directamente en contra del Cristianismo y el Teísmo carecen prácticamente de efecto sobre el público; y de que la libertad de pensamiento se verá mejor servida por esa gradual elevación de la comprensión humana que acompaña al desarrollo de la ciencia. Por lo tanto, siempre he evitado escribir acerca de la religión y me he circunscrito a la ciencia.

No obstante, el contenido de su trabajo resultaba tan disruptivo para el pensamiento tradicional occidental, que aún no hemos llegado a abarcarlo del todo. La campaña de Arthur Koestler en contra de Darwin, por ejemplo, descansa sobre su reticencia a aceptar el materialismo de éste y en el ardiente deseo de revestir de nuevo a la materia viva de alguna propiedad especial (véanse The Ghost in the Machine o The case of the Midwife Toad). Esto, tengo que confesarlo, es algo que me siento incapaz de comprender. Tanto la maravilla como el conocimiento deben ser objeto de nuestra mayor estima. ¿Acaso apreciaremos menos la belleza de la naturaleza porque su armonía no esté planificada? ¿Y acaso las potencialidades de nuestra mente dejarán de inspirarnos admiración y sobrecogimiento simplemente porque varios miles de millones de neuronas residan dentro de nuestros cráneos?



*“El Oso” hace referencia a la constelación Ursa Major (La Osa Mayor) “El tres veces grande Hermes” es Hermes Trismegisto (nombre griego de Thoth, dios egipcio de la sabiduría). Los “Libros herméticos” supuestamente escritos por Thoth son una colección de obras metafísicas y mágicas que ejercieron una gran influencia en la Inglaterra del siglo XVII. Algunos los equiparaban con el Antiguo Testamento como fuente alternativa de sabiduría precristiana. Perdieron gran parte de su importancia cuando fueron desvelados como productos de la Grecia alejandrina, pero sobreviven en varias doctrinas de los Rosacruces y en nuestra expresión “cierre hermético”.

En Desde Darwin. Reflexiones sobre la historia natural
Foto: GyB



16 ago. 2011

George Bernard Shaw - Por qué Darwin contentó a los socialistas

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No fueron los humanitarios los únicos, entre los agitadores, en acoger bien a Darwin. Darwin tuvo la suerte de complacer a todo el que quería ventilar algunas opiniones. Los militaristas fueron tan entusiastas como los humanitarios, los socialistas y los capitalistas. A los socialistas los animaba especialmente la insistencia de Darwin en la influencia del ambiente, Quizá el baluarte moral más firme del capitalismo sea la creencia en la eficacia del sentido individual de lo justo, Robert Owen hizo desesperados esfuerzos para convencer a los ingleses de que sus masas de criminales, borrachos, ignorantes y estúpidos eran víctimas de las circunstancias; de que si estableciéramos un nuevo mundo moral veríamos que las masas nacidas en una colectividad ilustrada y moral serían también ilustradas y morales. La respuesta natural a esto se encuentra en la Vida de Goethe, por Lewes. Lewes se burló de la idea de que al carácter lo gobiernan las circunstancias, La semejanza de las circunstancias difícilmente se puede llevar a un nivel más desoladamente muerto que en el caso de los individuos que nacen en casas de campo inglesas y luego los mandan primero a Eton o Harrow y después a Oxford o Cambridge para que les formen la mente y los hábitos. Si algo pudiera destruir la individualidad, sería eso. Sin embargo, de una educación como ésa salen individuos tan distintos como Pitt y Fox, Lord Russell y Lord Curzon, Winston Churchill y Lord Robert Cecil. Si la jirafa puede desarrollar su cuello a fuerza de intentarlo, un hombre puede desarrollar su carácter de la misma manera. La vieja frase de que "querer es poder" condensa en un proverbio la teoría lamarckiana de la adaptación funcional. Esto les pareció a los espíritus fuertes alentadoramente moral, y tranquilizadoramente piadoso a los espíritus débiles. Entonces la réplica más eficaz a un socialista era decirle que se reformara a sí mismo antes de pretender reformar la sociedad, Al rico le era muy agradable pensar que su superioridad la debía a su propio carácter, La revolución industrial había hecho monstruosamente ricos a numerosos codiciosos sin ningún talento. Nada podía ser para ellos más humillante y amenazador que la opinión de que la lluvia de oro que les había entrado en sus bolsillos era tan meramente accidental, en nuestro sistema industrial, como la lluvia de agua que caía sobre sus paraguas, Nada, tampoco, más halagador y fortificante que la suposición de que eran ricos porque eran virtuosos.

El darwinismo barrió ese concepto individual de lo justo, e hizo más que justificar a Robert Owen: descubrió que el ambiente ejerce en un organismo una influencia más patente que la que decía Owen, Esa influencia implica que los haraposos callejeros son producto de tugurios y no del pecado original; que las prostitutas son producto de salarios de hambre y no de la concupiscencia femenina. Volcó también la autoridad de la ciencia sobre el socialista que dijo que quien quiera reformarse a sí mismo debe empezar por reformar la sociedad. Sugirió que para que haya ciudadanos sanos y ricos se necesitan ciudades sanas y ricas, y que éstas no pueden existir sino en países sanos y ricos, Así se podía llegar a la conclusión de que el tipo de persona indiferente al bienestar de sus vecinos mientras su propio apetito quede satisfecho es un tipo desastroso, y que el tipo de persona que se preocupa hondamente de su ambiente es el único posible para una colectividad permanentemente próspera, Mostró que los sorprendentes cambios que Robert Owen produjo en niños que trabajaban en fábricas, cambios que ahora no nos parecen demasiado generosos, no eran nada en comparación con los cambios -no sólo de hábitos sino de especies, no sólo de especies sino de órdenes- concebibles por la actuación del ambiente sobre los individuos sin carácter y sin que intelectualmente se den cuenta de que ocurren. No es de extrañar que los socialistas recibieran a Darwin con los brazos abiertos.


En Vuelta a Matusalen (Pentateuco metabiológico)
Imagen: E.O. Hoppe, 1923



24 jun. 2010

Martin Gardner - Las opiniones religiosas de Stephen Jay Gould y Darwin

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Rocks of Ages («Rocas eternas», pero también, en sentido figurado, «La fe de Cristo») es el ingenioso título del último libro de Stephen Jay Gould, famoso paleontólogo de Harvard y autor de libros de gran éxito comercial. Una de las dos «rocas» del título es la religión. La otra es la ciencia, representada por las rocas llenas de fósiles que demuestran la realidad de la evolución.

El profesor Gould es totalmente contrario a la idea de que la ciencia y la religión son irreconciliables, una postura defendida en dos obras clásicas: The Conflict Between Religión and Science (1877), del científico norteamericano John William Draper, y History ofthe Warfare of Science and Theology (en dos tomos, 1894), del historiador y primer rector de Cornell Andrew Dickson White. Ambos libros, que Gould comenta exhaustivamente, consideran que la ciencia y la religión —en especial, el catolicismo— están enzarzadas en un eterno combate.

Aunque Gould se declara agnóstico y con tendencia al ateísmo, su libro es una apasionada llamada a la tolerancia entre los dos campos. La ciencia y la religión, sostiene Gould, son ejemplos de un principio que él llama NOMA (Non Overlapping Magisterio, magisterios que no se solapan). Existe, efectivamente, un conflicto entre las dos si se entiende la religión en el estrecho sentido de una creencia que exige intervenciones milagrosas de Dios en la historia y se niega a aceptar la abrumadora evidencia a favor de la evolución. Estas supersticiones, que enmarañan los dos magisterios, generan enemistad mutua. Pero si la religión se entiende en un sentido más amplio, bien como un teísmo filosófico libre de supersticiones, bien como un humanismo seglar basado en normas éticas, Gould no ve que haya conflicto alguno entre los dos magisterios. No es que se puedan unificar en un único esquema conceptual, pero pueden florecer una junto a otra, como dos naciones independientes que están en paz una con otra.

La ciencia, nos recuerda Gould, es la búsqueda de los hechos y leyes de la naturaleza. La religión es una búsqueda espiritual del sentido definitivo de la vida y de valores morales que la ciencia es incapaz de aportar. Como decían Kant y Hume, la ciencia nos dice lo que es, no lo que debería ser. «Puestos a utilizar clichés manidos —escribe Gould—, nosotros nos dedicamos a la edad de las rocas y la religión conserva la roca de las edades; nosotros estudiamos cómo van los cielos, y ellos determinan cómo ir al cielo.» No se menciona a John Dewey, pero el tema que trata Gould no está muy lejos, en lo esencial, del librito de Dewey A Common Faith.

Gould incluye abundantes citas de las cartas de Charles Robert Darwin, que, junto con Thomas Henry Huxiey, es uno de sus dos grandes héroes. Esas citas me llevaron a consultar The Life and Letters of Charles Darwin (1887), escrito por su hijo Francis, el botánico. Uno de los capítulos está totalmente dedicado al lento y progresivo desencanto de Darwin con el cristianismo y a su decisión final de declararse agnóstico. El término había sido acuñado por Huxiey, conocido en sus tiempos como «el bulldog de Darwin» por su vigorosa defensa de la selección natural y sus infatigables ataques al tosco fundamentalismo protestante del primer ministro inglés, William Ewart Gladstone.

En su juventud, Darwin creía firmemente que la Biblia era la palabra revelada de Dios. Su padre, anglicano, quería que Charles se hiciera clérigo, y éste pasó tres años en Cambridge preparándose para su ordenación. Aunque fue perdiendo la fe poco a poco, siempre fue tolerante y respetó las creencias de sus amigos y colaboradores cristianos, y en especial de su devota esposa.

Darwin se casó con su prima Emma Wedgwood, que le dio diez hijos. Se amaban intensamente, pero a todo lo largo de su matrimonio, feliz en todos los demás aspectos, los dos sufrieron por sus irreconciliables diferencias religiosas. Janet Browne, en su espléndida biografía Charles Darwin (1995), reproduce una de las cartas de Emma a Charles, escrita antes de casarse, en la que le suplica que renuncie a su manía de «no creer nada hasta que esté demostrado». Darwin dijo que era «una carta preciosa» y escribió en el sobre: «Cuando esté muerto, quiero que sepas cuántas veces la he besado y he llorado sobre ella.» La muerte de su hija Anne intensificó la antipatía de Darwin hacia el cristianismo y ensanchó la brecha religiosa que lo separaba de Emma. Ésta nunca perdió su fe. Cuando se quedó viuda, es posible que siguiera atormentada hasta su muerte (así lo expresa Browne) por la idea de que «no podría reunirse con él en el cielo». Algunos biógrafos han llegado a especular, aunque sin ninguna prueba, que las enfermedades crónicas de Darwin eran consecuencias psicosomáticas de las diferencias religiosas entre él y su amada esposa. La tolerancia religiosa de Darwin es la base del libro de Gould.

Incluso elogia al papa Juan Pablo II por haber declarado en 1996 que la evolución ya no es una simple teoría, sino un hecho bien demostrado que los católicos deben aceptar, siempre que insistan en que Dios infundió almas inmortales en los cuerpos evolucionados de los primeros seres humanos. Gould ve esto como un paso trascendental del magisterio de Roma hacia la aceptación del principio NOMA.

«La naturaleza es amoral —escribe Gould—, no inmoral. [...] Ha existido durante eones antes de que nosotros llegáramos, no sabía que íbamos a venir y le importamos un bledo. [...] La naturaleza no muestra ninguna preferencia estadística ni por lo cálido y amable ni por lo feo y desagradable. La naturaleza, simplemente, es; en toda su complejidad y diversidad, en toda su sublime indiferencia a nuestros deseos. Por lo tanto, no podemos utilizar la naturaleza para nuestra educación moral, ni para responder a ninguna pregunta que entre dentro del magisterio de la religión.» Aunque la ciencia es incapaz de aportar normas éticas o pruebas de la existencia de Dios, tampoco es capaz de descartar la posibilidad de una divinidad o la existencia de imperativos morales basados en una naturaleza humana común. Así es como Gould resume con exactitud la aceptación del principio NOMA por Darwin:

Darwin no utilizó la evolución para promocionar el ateísmo, ni para sostener que el concepto de Dios jamás podrá encajar en la estructura de la naturaleza. Lo que hizo fue argumentar que la realidad objetiva de la naturaleza, leída según el magisterio de la ciencia, no podía resolver, ni siquiera especificar, la existencia o el carácter de Dios, el sentido último de la vida, los fundamentos de la moralidad, ni ninguna otra de las cuestiones que entran dentro del magisterio de la religión, que es un magisterio diferente. Mientras que muchos pensadores occidentales invocaron en su momento un concepto indefendible y con anteojeras de la divinidad para proclamar la imposibilidad de la evolución, Darwin se negó a cometer el mismo error arrogante en sentido contrario y declarar que el hecho de la evolución implica la no existencia de Dios.

Veamos ahora cómo el propio Darwin, con palabras cuidadosamente escogidas, expresó sus opiniones religiosas con gran humildad y sinceridad, en correspondencia citada por su hijo. He aquí un párrafo de una carta de 1860:

Una palabra más sobre las «leyes diseñadas» y los «resultados no intencionados». Veo un ave que quiero comerme, cojo mi escopeta y la mato. Esto lo hago intencionadamente. Un hombre bueno e inocente está de pie bajo un árbol y un rayo lo mata. ¿Tú crees (y de verdad me gustaría oírlo) que Dios mató intencionadómente a ese hombre? Muchas personas, tal vez la mayoría, lo creen; yo no puedo creerlo y no lo creo. Si tú crees eso, ¿crees que cuando una golondrina atrapa a un mosquito Dios planeó que esa golondrina concreta atrapara a ese mosquito concreto en ese instante concreto? Yo creo que el hombre y el mosquito están en la misma situación. Si ni la muerte del hombre ni la del mosquito estaban planeadas, no veo ninguna razón para creer que su nacimiento o formación original estuviera necesariamente planeado.

En otra carta de 1860, escrita al botánico Asa Gray, Darwin decía lo siguiente:

Con respecto al punto de vista teológico de la cuestión. Esto siempre me resulta doloroso. Me deja perplejo. No tenía ninguna intención de escribir en plan ateo. Pero reconozco que no veo con tanta claridad como ven otros, y como a mí me gustaría ver, pruebas de diseño y benevolencia a todo nuestro alrededor. Me parece que hay demasiado sufrimiento en el mundo. No me puedo convencer de que un Dios benévolo y omnipotente haya creado intencionadamente los ichneumónidos, con la expresa intención de que se alimenten de los cuerpos vivos de las orugas, ni que haya planeado que el gato juegue con los ratones. Y como no creo eso, no veo ninguna necesidad de creer que el ojo fue diseñado expresamente. Por otra parte, tampoco me puedo conformar con contemplar este maravilloso universo, y sobre todo la condición humana, y llegar a la conclusión de que todo es el resultado de la fuerza bruta. Tiendo a considerar que todo es el resultado de leyes diseñadas, y que los detalles, ya fueran buenos o malos, se dejaron en manos de lo que podríamos llamar azar. No es que esta idea me satisfaga en absoluto. Tengo la íntima sensación de que todo este tema es demasiado profundo para el intelecto humano. Es como si un perro especulara sobre la mente de Newton. Que cada uno espere y crea lo que pueda. Desde luego, estoy de acuerdo contigo en que mis opiniones no son necesariamente ateas. El rayo mata a un hombre, sin importar que sea bueno o malo, debido a la complejísima acción de leyes naturales. Un niño (que después puede salir idiota) nace gracias a la acción de leyes aun más complejas, y no veo ninguna razón para que un hombre u otro animal no se haya formado originalmente por acción de otras leyes, y que todas estas leyes hayan sido diseñadas expresamente por un Creador omnisciente, que preveía todos los sucesos y consecuencias futuros. Pero cuanto más pienso, más aumenta mi perplejidad, como seguramente he demostrado con esta carta.

De una carta de 1873:

Cuáles puedan ser mis opiniones es una cuestión que no le importa a nadie más que a mí. Pero, ya que preguntas, puedo decir que mi juicio fluctúa con frecuencia. [...] En mis fluctuaciones más extremas, no he sido nunca ateo, en el sentido de negar la existencia de un Dios. Creo que en general (y cada vez más, a medida que me hago viejo), pero no siempre, la de agnóstico sería la descripción más correcta de mi estado mental.

De una carta de 1879:

Es imposible responder brevemente a tu pregunta; y no estoy seguro de poder hacerlo ni aun escribiendo una parrafada bastante larga. Pero puedo decir que, para mí, el principal argumento a favor de la existencia de Dios es la imposibilidad de concebir que este grandioso y maravilloso universo, con nuestras personalidades conscientes, surgiera por casualidad; pero nunca he sido capaz de decidir si este argumento tiene algún valor. Me doy cuenta de que si admitimos una primera causa, la mente aún sigue preguntándose de dónde surgió y cómo surgió. Tampoco puedo pasar por alto la dificultad que entraña la inmensa cantidad de sufrimiento que hay en todo el mundo. Además, me siento inclinado a confiar hasta cierto punto en la opinión de los muchos hombres capaces que han creído plenamente en Dios; pero me doy cuenta de que también este argumento es muy pobre. Me parece que lo más seguro es concluir que todo este asunto está fuera del alcance del intelecto humano.

En 1876, Darwin escribió una sincera autobiografía, con la intención de que sólo la leyeran su mujer y sus hijos. [ En 1958 se publicó una edición íntegra de la autobiografía de Darwin, editada por su nieta Nora Barlow, que ahora se puede encontrar en rústica (Norton). Las anteriores ediciones de la autobiografía fueron muy censuradas por la familia de Darwin, que procuró sobre todo suprimir las mordaces críticas de Darwin a algunos de sus contemporáneos] Francis, en la biografía de su padre, ofrece una serie de extractos de dicha autobiografía, en los que Darwin describía sus opiniones religiosas. Cito esta sección en su totalidad:

Cuando estaba a bordo del Beagle era muy ortodoxo, y recuerdo que varios oficiales (a pesar de que también ellos eran ortodoxos) se rieron a carcajadas de mí por citar la Biblia como una autoridad incontestable en cuestión de moral. Supongo que lo que les divirtió fue la novedad del argumento. Pero a estas alturas, es decir, entre 1836 y 1839, había llegado poco a poco a considerar que el Antiguo Testamento no merecía más confianza que los libros sagrados de los hindúes. Constantemente me venía a la cabeza una pregunta que se negaba a desaparecer: ¿es creíble que si Dios les hiciera ahora una revelación a los hindúes, permitiera que ésta siguiera ligada a la creencia en Visnú, Siva, etc., como está el cristianismo ligado al Antiguo Testamento? A mí, eso me parecía totalmente increíble.

Y así, a base de pensar que para aceptar las pruebas más claras sería imprescindible que una persona cuerda creyera en los milagros en los que se apoya el cristianismo; y que cuanto más sabemos sobre las leyes fijas de la naturaleza, más increíbles resultan los milagros; que los hombres de aquella época eran ignorantes y crédulos hasta un grado casi incomprensible para nosotros; que no se puede demostrar que los Evangelios se escribieran en la época en la que ocurrieron los hechos; que difieren en muchos detalles importantes, demasiado importantes, me parecía a mí, para aceptarlos como las inexactitudes habituales en los testigos oculares... a base de reflexiones como éstas, que reconozco que no tienen ninguna novedad ni valor, pero que a mí me influían, poco a poco fui dejando de creer en el cristianismo como revelación divina. El hecho de que muchas religiones falsas se hayan difundido como fuego de pastos por grandes extensiones del mundo también tenía cierto peso para mí.

Pero no estaba nada dispuesto a renunciar a mis creencias; de esto estoy seguro, porque recuerdo perfectamente que muy a menudo me inventaba fantasías sobre antiguas cartas cruzadas entre ilustres romanos, o sobre manuscritos descubiertos en Pompeya o en otras partes, que confirmaban de la manera más sorprendente todo lo que estaba escrito en los Evangelios. Pero cada vez me resultaba más difícil, dando rienda suelta a mi imaginación, inventar pruebas que bastaran para convencerme. Esta incredulidad se fue apoderando de mí muy poco a poco, pero al final fue completa.

Creció tan despacio que no sentí ningún malestar.

Aunque no pensé mucho en la existencia de un Dios personal hasta un período muy posterior de mi vida, voy a ofrecer aquí las vagas conclusiones a las que acabé llegando. El viejo argumento del diseño de la naturaleza, tal como lo expone Paley, que en otro tiempo me pareció tan concluyente, no sirve ahora que se ha descubierto la ley de la selección natural. Ya no podemos aducir que, por ejemplo, la perfecta articulación de la concha de un bivalvo tiene que haber sido creada por un ser inteligente, como la bisagra de una puerta hecha por los hombres. No parece que haya más intención en la variabilidad de los seres orgánicos y en la acción de la selección natural que en la dirección en la que sopla el viento.

Pero ya he comentado este tema al final de mi libro sobre las Variaciones de los animales y plantas domésticos y, que yo sepa, el argumento que ahí presento no ha sido contestado nunca.

Pero pasando por alto las infinitas y bellísimas adaptaciones que encontramos por todas partes, habría que preguntar dónde está esa organización generalmente benévola del mundo. De hecho, algunos autores están tan impresionados por la cantidad de sufrimiento que hay en el mundo que no sabrían decir, considerando la totalidad de los seres sensibles, si hay más desgracia o felicidad, si el mundo en conjunto es bueno o malo. A mi juicio, la felicidad predomina decididamente, pero esto sería muy difícil de demostrar. Si se acepta como verdadera esta conclusión, concordaría bien con los efectos que podemos esperar de la selección natural. Si todos los individuos de una especie tuvieran que sufrir habitualmente en grado extremo, no se molestarían en propagar su linaje; pero no tenemos razones para creer que esto haya ocurrido siempre, o al menos con cierta frecuencia. Además, algunas otras consideraciones llevan a creer que todos los seres sensibles han sido formados para gozar, como regla general, de la felicidad.

Todo el que crea, como creo yo, que todos los órganos corporales y mentales de todos los seres vivos (excepto los que no son ni ventajosos ni desventajosos para su poseedor) se han desarrollado por selección natural, o por la supervivencia de los mejor adaptados junto con el uso o el hábito, tendrá que admitir que dichos órganos han sido formados para que sus poseedores puedan competir eficazmente con otros seres vivos, y así aumentar su número. Ahora bien, un animal puede ser inducido a seguir la línea de acción que resulte más beneficiosa para la especie por el sufrimiento —dolor, hambre, sed y miedo— o por el placer, como al comer, beber y propagar la especie; o por ambos medios combinados, como cuando se busca alimento. Pero el dolor o el sufrimiento, del tipo que sean, si continúan durante mucho tiempo, causan depresión y reducen la eficacia de las acciones; sin embargo, es una buena adaptación para que toda criatura se proteja contra males grandes o repentinos. En cambio, las sensaciones agradables pueden continuar durante mucho tiempo sin ningún efecto depresivo; al contrario, estimulan todo el sistema favoreciendo la acción. Así se ha llegado a aceptar que todos o casi todos los seres sensibles se han desarrollado de este modo, por selección natural, y que las sensaciones agradables sirven como guías habituales. Esto lo comprobamos en el placer del esfuerzo —a veces, incluso, de un gran esfuerzo del cuerpo o la mente—, en el placer de nuestras comidas diarias, y sobre todo en el placer derivado de la sociabilidad y de amar a nuestras familias. No me cabe ninguna duda de que la suma de placeres como éstos, que son habituales o muy recurrentes, proporciona a casi todos los seres sensibles una mayor cantidad de felicidad que de sufrimiento, aunque a veces muchos individuos sufren mucho. Este sufrimiento es perfectamente compatible con la creencia en la selección natural, que no es perfecta en su actuación, sino que tan sólo tiende a lograr que cada especie sea lo más eficaz posible en la lucha por la vida con otras especies, en circunstancias maravillosamente complejas y cambiantes.

Nadie discute que hay mucho sufrimiento en el mundo. Algunos han intentado explicarlo con respecto al ser humano, suponiendo que sirve para su perfeccionamiento moral. Pero el número de hombres que hay en el mundo no es nada en comparación con el de todos los demás seres sensibles, y éstos a menudo sufren mucho sin ninguna mejora moral. Este antiquísimo argumento de que la existencia del sufrimiento contradice la existencia de una Primera Causa inteligente me parece bastante sólido; al mismo tiempo, como acabo de decir, la existencia de mucho sufrimiento concuerda con la creencia en que todos los seres orgánicos se han desarrollado por variación y selección natural.

En la actualidad, el argumento más habitual a favor de la existencia de un Dios inteligente se basa en la profunda convicción interior y en los sentimientos que experimenta la mayoría de las personas.

Anteriormente, me dejé guiar por sentimientos como los que acabo de describir (aunque no creo que el sentimiento religioso estuviera nunca muy desarrollado en mí) hacia la firme convicción de la existencia de Dios y de la inmortalidad del alma. En mi diario escribí que estando en medio de la grandiosidad de una selva brasileña, «no es posible dar una idea adecuada de los elevados sentimientos de asombro, admiración y devoción, que llenan y elevan la mente». Recuerdo bien mi convicción de que en el hombre hay más que el mero aliento de su cuerpo. Pero ahora, las escenas más grandiosas no hacen que surjan en mi mente semejantes convicciones y sentimientos. Se podría decir, y con razón, que soy como un hombre que se ha vuelto ciego para los colores, y la creencia universal de los demás en la existencia del rojo hace que mi actual pérdida de percepción no tenga el más mínimo valor como prueba. Este argumento sería válido si todos los hombres de todas las razas tuvieran la misma convicción interna de la existencia de un Dios; pero sabemos que esto dista mucho de ser así. Por lo tanto, no veo que tales convicciones y sentimientos interiores tengan peso alguno como prueba de lo que existe en realidad. El estado mental que antes provocaban en mí las escenas grandiosas, y que estaba íntimamente conectado con la creencia en Dios, no se diferenciaba en nada esencial de lo que se suele llamar la sensación de sublimidad; y por muy difícil que resulte explicar la génesis de esta sensación, mal se puede presentar como argumento a favor de la existencia de Dios, como ocurre con las sensaciones similares, poderosas pero vagas, provocadas por la música.

Con respecto a la inmortalidad, no hay nada que me demuestre [tan claramente] lo fuerte y casi instintiva que es una creencia, como considerar lo que ahora creen casi todos los físicos: que el Sol y todos sus planetas acabarán volviéndose demasiado fríos para sostener vida, a menos que algún cuerpo gigantesco caiga en el Sol y así le dé nueva vida. Como creo que el hombre, en un remoto futuro, será una criatura mucho más perfecta que ahora, me resulta intolerable pensar que él y todos los demás seres sensibles estén condenados a la completa aniquilación después de un progreso tan largo, lento y continuo. A los que admiten plenamente la inmortalidad del alma humana, la destrucción de nuestro mundo no les parecerá tan terrible.

Hay otra fuente de convicción en la existencia de Dios, relacionada con la razón  y no con los sentimientos, que me parece que tiene mucho más peso. Se deriva de la extrema dificultad, o más bien imposibilidad, de concebir este inmenso y maravilloso universo, incluyendo al hombre con su capacidad de mirar hacia el pasado remoto y el futuro lejano, como el resultado del azar ciego o de la necesidad. Cuando pienso en eso, me siento inclinado a buscar una Primera Causa, poseedora de una mente inteligente en cierto modo análoga a la del hombre; y merezco que me llamen teísta. Por lo que yo recuerdo, esta conclusión estaba firmemente arraigada en mi mente en la época en que escribí El origen de las especies; y desde entonces se ha ido debilitando muy poco a poco, con muchas fluctuaciones. Pero entonces surge la duda: ¿se puede uno fiar de la mente humana, que, tal como yo creo plenamente, se ha desarrollado a partir de una mente tan inferior como la que poseen los animales más inferiores, cuando saca unas conclusiones tan grandiosas?.

No pretendo arrojar la más mínima luz sobre estos abstrusos problemas. El misterio del principio de todas las cosas es insoluble para nosotros; y yo, por lo menos, me conformo con seguir siendo agnóstico.

Cuando Bertrand Russell fue encarcelado por oponerse a la entrada de Inglaterra en la Primera Guerra Mundial, el alcaide de la prisión le preguntó cuál era su religión. Russell le respondió «agnóstico». Después de pedirle que lo deletreara, el alcaide suspiró y dijo: «Bueno, hay muchas religiones, pero supongo que todos adoramos al mismo Dios.» «Aquel comentario — dice Russell en su autobiografía— me mantuvo animado durante aproximadamente una semana.»

En ¿Tenían ombligo Adán y Eva?