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10 ene. 2014

Alfred Döblin - No has nacido, no has venido al mundo

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Un rugido de la Muerte: «No te diré nada, no me vengas con tonterías. No tienes cabeza, no tienes oídos. No has nacido. Hombre, no has venido al mundo. Eres un aborto con alucinaciones. Con ideas insolentes, el Papa Biberkopf, tendrías que haber nacido para que nos diéramos cuenta de cómo son las cosas. El mundo necesita a otros tipos que no sean como tú, más inteligentes y menos insolentes, que vean cómo son las cosas, no de azúcar, sino de azúcar y mierda, todo mezclado. Bueno, muchacho, dame tu corazón para que acabe contigo. Para que lo tire a la basura, que es donde debe estar. La jeta te la puedes guardar.


En Berlin Alexanderplatz

26 dic. 2013

Alfred Döblin - Ella, que bailó una vez en Treptow

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«Adelante la jauría», gritan las viejas furias. Qué horror, qué horror contemplar a un hombre maldecido por los dioses ante el altar, con las manos chorreando sangre. Cómo roncan: ¿estás dormido? Sacudid vuestra somnolencia. Arriba, arriba. Agamenón, su padre, había partido de Troya hacía muchos años. Troya había sucumbido y desde allí hicieron señales con hogueras, desde Ida, sobre el Athos, una hilera de antorchas ardientes hasta el bosque de Citérea.

Qué espléndido, dicho sea de pasada, ese mensaje incandescente desde Troya hasta Grecia. ¡Qué grandiosa esa carrera de fuego sobre el mar, luz, corazón, alma, felicidad y grito!

El fuego rojo oscuro, rojo como la brasa sobre el lago de Gorpopis, que luego es visto por un centinela, el cual grita y se alegra, y eso es vida, y se enciende un fuego y se transmite la noticia y la excitación y la alegría, todo junto, y salta sobre una ensenada, en desenfrenada carrera hacia las alturas de Aracneon, siempre los gritos y el frenesí que, rojo como la brasa, puedes ver: ¡Agamenón vuelve! Con tal escenificación no podemos compararnos. También en esto nos superan.

Para las comunicaciones nos servimos de algunos resultados de los experimentos de Heinrich Hertz, que vivió en Karlsruhe, murió joven y, por lo menos en la fotografía de la colección de estampas de Munich, llevaba barba cerrada. Utilizamos la telegrafía sin hilos. Mediante transmisores mecánicos, producimos, en grandes estaciones, corrientes alternas de alta frecuencia. Mediante las oscilaciones de un circuito, creamos ondas eléctricas. Las oscilaciones se propagan esféricamente. Y luego hay un tubo electrónico de cristal y un micrófono, cuyo disco vibra más o menos, y de esa forma el sonido sale exactamente como entró en la máquina, y resulta sorprendente, inteligente e ingenioso. Pero entusiasmarse con ello es difícil; funciona y eso es todo.

¡Qué distinta la antorcha de tea que anuncia el regreso de Agamenón!

Arde, llamea, en todo momento, en todo lugar, habla, siente y el júbilo es general: ¡Agamenón vuelve! Mil hombres resplandecen en cada lugar: Agamenón vuelve, y ahora son diez mil, cien mil al otro lado de la ensenada.

Y entonces, para volver al tema, él llega a casa. Las cosas cambian por completo. Se vuelven las tornas. Cuando su mujer lo tiene en casa, lo mete en el baño. En ese momento demuestra que es una furcia sin precedentes. Mientras está en el agua, le arroja una red por encima, para que no pueda moverse, y ella ha traído ya un hacha como si fuera a cortar leña. Él se lamenta: «¡Ay de mí, muero!». Fuera preguntan: «¿Quién grita así?». «¡Ay de mí y una vez más ay de mí!» Aquella bestia de la antigüedad lo remata sin pestañear y encima abre la bocaza: «Lo he ejecutado, le lancé una red por encima y golpeé dos veces, y con dos suspiros se abatió, y entonces, de un tercer golpe, lo envíe al Hades». Los senadores se afligen, pero de todas formas encuentran el comentario adecuado: «Admiramos la osadía de tu discurso». Así pues, fue aquella mujer, aquella bestia de la antigüedad, que ocasionalmente, como consecuencia de un escarceo conyugal con Agamenón, se convirtió en madre de un niño que recibió al nacer el nombre de Orestes. Ella fue muerta más tarde por el fruto de sus placeres, y a él lo atormentaron las furias.

Con nuestro Franz Biberkopf es distinto. Al cabo de cinco semanas también su Ida ha muerto, en el hospital de Friedrichshain, fractura de costillas con complicaciones, desgarro de la pleura, pequeño desgarro de pulmón con el consiguiente empiema, pleuresía, neumonía, mujer, la fiebre no baja, qué aspecto tienes, mírate en el espejo, estás lista, estás sentenciada, ya puedes liar el petate. Le hicieron la autopsia, la enterraron en la Landsberger Allee, a tres metros de profundidad. Murió odiando a Franz, pero la rabia ciega de él tampoco cedió después de su muerte, su nuevo amigo, el de Breslau, fue todavía a visitarla. Allí abajo está ella, desde hace ya cinco años, horizontal sobre la espalda, las tablas de madera se pudren, ella se deshace en estiércol, ella, que bailó una vez en Treptow, en el Jardín del Paraíso, con Franz, con sus zapatitos blancos de lona, que amó y correteó por ahí, está muy quieta y ya no está.


En Berlín Alexanderplatz
Traducción: Miguel Sáenz
Imagen: Alfred Döblin

8 mar. 2013

Alfred Döblin - Conversación con Job, depende de ti, Job, tú no quieres

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Alfred Döblin © adoc-photos/Corbis


Cuando Job había perdido todo lo que un hombre puede perder, ni más ni menos, estaba echado en su campo de coles.

Job, estás en tu campo de coles, junto a la perrera, exactamente a la distancia justa para que el perro guardián no pueda morderte. Oyes cómo sus dientes rechinan. Basta con que se acerquen pasos para que ladre. Si te vuelves, si quieres levantarte, gruñe, se lanza hacia delante, tira de su cadena, salta, echa espuma y da mordiscos al aire.

Job, ahí está el palacio, y ahí están los jardines y los campos que un día fueron tuyos. Ni siquiera conocías a ese perro guardián, ni siquiera conocías el campo de coles al que te han arrojado, como tampoco a las cabras que conducen por tu lado cada mañana y que, muy cerca de ti, mordisquean la hierba al pasar y rumian llenándose los carrillos. Eran tuyos.

Job, ahora lo has perdido todo. Por las noches puedes arrastrarte hasta el cobertizo. Tienen miedo de tu lepra. Cabalgabas radiante por tus propiedades y la gente se arremolinaba a tu paso. Ahora tienes una valla de madera ante la nariz, por la que trepan arrastrándose los caracoles. También puedes estudiar las lombrices. Son los únicos seres que no se asustan de ti.

Sólo de vez en cuando abres tus ojos pitañosos, tú, montón de desdichas, fango viviente.

¿Qué es lo que más te atormenta, Job? ¿El haber perdido a tus hijos e hijas, el no poseer nada, el helarte por las noches, las úlceras de tu garganta, de tu nariz? ¿Qué es, Job?

―¿Quién pregunta?

―Soy sólo una voz.

―Una voz sale de una garganta.

―Quieres decir que debo de ser un hombre.

―Sí, y por eso no quiero verte. Vete.

―Soy sólo una voz, Job, abre los ojos tanto como puedas, no me verás.

―Ay, estoy delirando. Mi cabeza, mi cerebro, ahora me vuelven loco además, me quitan además mis pensamientos.

―Y si lo hacen, ¿sería una lástima?

―No quiero.

―Aunque sufres tanto, y sufres tanto a causa de tus pensamientos, ¿no quieres perderlos?

―No preguntes, vete.

―Pero si yo no te los quito. Sólo quiero saber qué es lo que más te atormenta.

―Eso no le importa a nadie.

―¿A nadie más que a ti?

―Sí, sí. A ti, no.

El perro ladra, gruñe, da mordiscos a su alrededor. Al cabo de un rato la voz vuelve.

―¿Son tus hijos a los que lloras?

―Nadie debe llorar por mí cuando esté muerto. Soy veneno para la tierra. Hay que escupir a mi paso. Hay que olvidar a Job.

―¿Tus hijas?

―Mis hijas, ay, también están muertas. Ellas están bien. Eran mujeres modélicas. Me hubieran dado nietos, pero han sido arrebatadas. Una tras otra fueron cayendo, como si Dios las cogiese del cabello, las levantase y las arrojase al suelo para que se quebraran.

―Job, no puedes abrir los ojos, los tienes pegados, los tienes pegados. Te lamentas porque estás echado en ese campo de coles, y esa perrera es lo último que te queda, y tu enfermedad.

―Esa voz, tú, voz, de quién eres voz y dónde te escondes.

―No sé de qué te lamentas.

―Oh, oh.

―Gimes y tampoco lo sabes, Job.

―No, no tengo…

―¿No tengo?

―No tengo fuerzas. Eso es.

―Te gustaría tenerlas.

―No tengo fuerzas para esperar, ningún deseo. No tengo dientes. Soy débil, me avergüenzo.

―Eso lo dices tú.

―Y es verdad.

―Sí, lo sabes. Eso es lo más terrible.

―De modo que lo tengo escrito ya en la frente. Ésa es la clase de harapo que soy.

―Eso es, Job, lo que más te hace sufrir. Quisieras no ser débil, quisieras poder resistir o, mejor, estar totalmente hueco, sin cerebro, sin pensamientos, totalmente como un animal. Desea algo.

―Me has preguntado tantas cosas, voz, ahora creo que puedes preguntarme.

―¡Sáname! Si puedes hacerlo. Seas Satán o Dios o ángel u hombre, sáname.

―¿Aceptarías la curación de cualquiera?

―Sáname.

―Piénsalo bien, Job, tú no me puedes ver. Si abres los ojos, quizá te asustes de mí. Quizá pida un precio alto y horrible.

―Ya lo veremos, hablas como alguien que lo hiciera en serio.

―¿Y si soy Satán o el Maligno?

―Sáname.

―Soy Satán.

―Sáname.

Y entonces la voz se alejó, haciéndose cada vez más débil. El perro ladró. Job escuchaba angustiado: se ha ido, tengo que ser sanado o moriré. Gritó. Cayó una noche horrible. La voz volvió otra vez:

―Y si soy Satán, ¿cómo acabarás conmigo?

Job gritó: 

―Tú no quieres sanarme. Nadie quiere ayudarme, ni Dios, ni Satán, ni los ángeles, ni los hombres.

―¿Y tú mismo? «¿Qué pasa conmigo?

―¡Tú no quieres!

―El qué.

―¡Quién puede ayudarte si tú mismo no quieres!

―No, no ―balbuceó Job.

La voz ante él: ―Dios y Satán, ángeles y hombres, todos quieren ayudarte, pero tú no quieres… Dios por amor, Satán, para apoderarse de ti más tarde, los ángeles y los hombres porque son ayudantes de Dios y de Satán, pero tú no quieres.

―No, no ―balbuceó, rugió Job, y se echó al suelo. Gritó durante toda la noche. La voz sonaba incesantemente: ―Dios y Satán, los ángeles y los hombres quieren ayudarte, pero tú no quieres. ―Job, incesantemente―: No, no. ―Trató de ahogar aquella voz, ella aumentaba, aumentaba cada vez más, estaba siempre un tono por encima de él. La noche entera. Hacia el alba, Job cayó de bruces.

Job se quedó echado, mudo.

Ese día sanaron sus primeras úlceras.


En Berlín Alexanderplatz
Traducción: Miguel Sáenz
Imagen: © adoc-photos/Corbis