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6 mar. 2007

Nuestra vida es hipertextual (Robert Coover)

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Entrevista a Robert Coover

Es uno de los máximos exponentes de la nueva narrativa experimental norteamericana. Actualmente dirige el programa "Cave writing", —algo así como "Cueva de escritura"— de la universidad de Brown. Aquí habla de las características de su trabajo y del impacto de la era digital en los hábitos de lectura.


La sigla que inicia cada una de nuestras búsquedas en Internet, http, significa "protocolo de transferencia de hipertexto". El escritor Robert Coover, uno de los más respetados desde hace décadas en los EE.UU. pero —es raro— poco conocido en la Argentina, participó activamente del pool de innovadores e ideólogos de la red cuando ésta era apenas una abstracción en la cabeza de unos pocos pioneros. No es que haya "inventado" el hipertexto —el término fue acuñado por Ted Nelson para describir una escritura no secuencial que sólo hizo posible la computadora—, pero fue de los primeros en escribir sobre este tipo de espacio cuyo contenido se ramifica en ventanas, por contraste con la organización lineal que obedece al renglón, el párrafo, la página. Durante años llevó adelante el laboratorio de escritura creativa de la universidad de Brown, donde lanzó el "Hypertext Hotel", un espacio electrónico de creación colectiva que inspiró numerosos salones una vez que Internet se extendió a los usuarios individuales.

Coover es, sobre todo, un narrador a quien le tienta explorar. De su obra se han traducido Azotando a la doncella, Zarzarrosa y La fiesta de Gerald, una novela muy hitchckoquiana, y los cuentos de El hurgón mágico y Sesión de cine. Podría decirse que le interesa sobremanera la cultura popular, sólo que siempre le encuentra la grieta, la falla, y por allí se cuela para narrar lo que escamotean sus costuras. En Sesión de cine, sin ir más lejos, el relato recrea el encuentro íntimo entre Ilsa y Rick Blaine, la melancólica pareja de Casablanca. Coover rueda el encuentro erótico (¿eludido por el "buen gusto", los velos del romance rosa o la inercia macarthista?). El sexo en Casabanca es dinamita; la película de Coover acaba igual de triste.

Actualmente dirige en Brown un programa experimental de Cave writing, algo así como "Cueva de escritura": una habitación cerrada cubierta de pantallas donde se recrea una realidad virtual y los estudiantes pueden mover cosas de un lugar a otro y alterar el paisaje. "Queremos ver qué puede aportar la literatura a ese ámbito", dice. Casado con una española, reparte sus días entre Londres, la apacible Providence, en Rhode Island, y Barcelona, donde contestó estas preguntas.

- —En un conocido artículo, "El fin de los libros", publicado en The New York Times en el 92, usted hablaba de la "aurora" de un nuevo tipo de ficción. Internet no ha dado por ahora una buena novela pero, en cambio, dio un vuelco a nuestros modos de leer. ¿Cómo ve hoy la lectura respecto de aquel artículo?

- —Uno de los grandes cambios es que la generación joven es cada vez más de lectores online. Hoy una enorme masa de lectura se realiza en red. No hay más que mirar el uso del buscador Google. Pensemos que durante siglos la búsqueda de referencias sólo se hizo en bibliotecas; ahora se hace en casa en una pantalla. Eso quiere decir que un tipo de lectura cotidiana y muy habitual está dejando de existir aceleradamente, como la consulta de enciclopedias. Cada familia tenía una en el living de casa, las familias rivalizaban en la compra de la más adecuada... Hoy ya no coleccionamos enciclopedias.

- —Algunos autores observan que la nueva forma de leer es más afín al zapping. Decía Gilles Deleuze que el cine aumentó nuestras sinapsis cerebrales: ¿dónde comenzó realmente la revolución, con el cine, la tv o la red?

- —El cine es la tecnología emblemática del siglo XX; todavía tenemos cine pero éste presupone un espectador ya clásico. La TV fue un invento afín a Internet, y ahora tenemos Internet en pleno, donde también se puede ver televisión, escuchar música, ver cine. Hemos inventado un medio de intercambio de información complejísimo, que incluye a todos los demás y, en el proceso, los transforma. Personalmente, creo que la revolución digital sólo es comparable a la que produjo la imprenta de Gutenberg. De hecho, el cine y la TV no han sido sino preparaciones del terreno para el mundo digital.

- —¿Pero qué efecto ha tenido la lectura de hipertexto en la literatura? Hoy día se leen cuatro libros a la vez, se los tiene apilados en la mesa de luz. Se publican cientos de libros pero no para ser leídos, sino para ser regalados.

- —Sí, eso es porque nos acostumbramos a leer hipertextualmente, tal como hojeamos en el Google. No leemos una entrada completa sino que tenemos varias pantallas abiertas y saltamos de una a otra. Si usted quiere, es el mismo tipo de lectura que está germinalmente en la tapa de un diario en papel, con cinco o seis artículos en un mismo plano, pero aún más compleja en Internet, dado que cada noticia puede tener su link. Sin embargo, lo que hoy asoma es una nostalgia de la vieja experiencia de inmersión en la lectura lineal. Nuestra vida entera es hipertextual e hiperactiva. Cuando uno se pasó el día saltando de una pantalla a otra, y eso es algo que experimenta una gran cantidad de profesionales en las ciudades, ya no tiene deseos de andar recorriendo todo el paisaje, lo alivia sentarse a leer, ir de principio a fin por una única pista. En Londres veo cada vez más gente leyendo libros en el subte. El libro está pasando a ser un equivalente del ocio, de estar fuera de la oficina.

- —¿Hubo ciertos autores u obras que se adelantaron a este tipo de lectura?

- —Antes de la llegada de las computadoras, yo solía hacer juegos de narrativa con tarjetas perforadas. Y ese juego de combinatoria me fue sugerido, claro, por Rayuela. Pero hay otros antecedentes, por ejemplo el Tristam Shandy de Lawrence Sterne, que te lleva por varios caminos al mismo tiempo. Joyce también puede ser considerado un precursor. En muchas de sus frases hay enterrados otros sentidos que tienen una lectura hipertextual con zonas más avanzadas de la novela. Quizás la manera correcta de leer el Ulises es con varios ejemplares abiertos sobre una mesa, a fin de ir saltando de capítulos sin necesidad de pasar las hojas, una experiencia semejante al hipertexto. La primera idea de hipertexto completo para mí fue la lectura del Diccionario Jázaro de Milorad Pavic, con todos esos simbolitos que te envían a otras zonas del libro. Y aunque pueda sonar un poco forzado, también quiero mencionar el Quijote. De hecho, crea una metanovela dentro de la novela y rompe con el relato lineal. Hay capítulos que se interrumpen de manera abrupta y nunca son retomados. Es decir, lo que investigamos hoy tiene raíces más profundas en la historia de la literatura; nuestra civilización no es tan distinta, a fin de cuentas. Cuando uno mira los manuscritos medievales y ve las increíbles iluminaciones en los márgenes, las notas adicionales, eso constituye un tipo arcaico de hipertextualidad. De hecho, cuando imaginábamos el hipertexto, antes de la llegada de Internet, y había que explicar de manera material la idea de un link, solíamos mostrar una página del Talmud, donde hay un texto secundario en el margen y varias fuentes por las que se ramifica. No era un argumento artificial, sino una herramienta necesaria.

- —Un cuento como "El jardín de senderos que se bifurcan", de Borges, está también en el centro de la hipertextualidad. Incluso existe un proyecto de lectura interactiva en la red, "Forking paths", que lo organiza en términos hipertextuales.

- —Sí, originalmente hubo ese famoso intento de Steward Moulthorp, que se llamaba como el cuento de Borges, imagen que es en sí misma una interesante metáfora sobre la hipertextualidad. Recrear esa historia con un despliegue hipertextual suponía inventar partes que no están en el original. Como resultaron muy inferiores, yo las crítiqué con dureza y el autor las retiró. Creo que Borges, y por detrás su precursor, Macedonio, nos indican que la invención de Internet no estaba tan lejos. En este linaje podemos agregar a los franceses del grupo Oulipo (Usina de Literatura Potencial, fundada entre otros por Raymond Quenau. Pertenecían a este grupo de literatura experimental y combinatoria Italo Calvino y George Perec, entre otros). Todos estos autores tienen mucho en común con nuestra experiencia.

- —El salón literario que usted dirigía, el "Hypertext Hotel" (HH), quedó como una especie de fósil en la red. Hace años no tiene modificaciones.

- —El Hotel creció y se desarrolló mediante un software especial. Con la creación de Internet, simplemente lo subimos en htlm pero ya no pudo ampliarse con los lectores. En 1996 fue la última vez en que le agregamos material; en esa época la red estalló con posibilidades y el Hotel perdió parte de su encanto al ofrecer sólo hipertexto cerrado. Los estudiantes hoy arman cada uno sus páginas, algunas de ellas, sin duda, de gran interés y belleza. De hecho, la mayor parte de lo que vemos hoy en la red no es interactivo.

- —Cuando lo oigo con semejante entusiasmo, no puedo dejar de recordar que para algunos autores la ciencia y la tecnología han tomado el lugar de la religión en el primer mundo, en tanto recurso para la salvación.

- —No creo que la ciencia y la tecnología hayan reemplazado a la religión en términos de entusiasmo; pero sí constato que la religión ha dejado de ser algo interesante o productivo para quienes piensan más activamente en nuestras sociedades. En verdad, es más productivo para los que no piensan mucho o para aquellos que tienen una percepción extraña del universo... Y es por ellos justamente que tenemos tantos problemas políticos hoy. Entonces, no creo que haya habido un desplazamiento sino que abandonamos las metodologías que antaño nos proponía la religión. Como ve, no tengo ningún aprecio por la religión.

- —Ni por el Estado, ni por el patriotismo. Su narrativa los combate de manera explícita.

- —Es verdad, no tengo ningún aprecio por cualquiera de los mecanismos que convierten el relato de nuestras vidas en relatos mayores; eso incluiría a la ciencia y la tecnología. Para mí la tecnología y la ciencia no son más que la acumulación de conocimientos sobre nuestro mundo, y eso es lo que causa el eclipse de la religión. La tecnología es el desenlace natural del hombre a través del tiempo pero no un sistema de creencias.

- —Uno de esos relatos mayores que usted aborrece es el deporte, ¿no? Lo es en la Argentina, una especie de hibernadero de celebración nacional mientras el Estado se desvanece. Usted escribió un ensayo famoso, "El fútbol como sacramento existencial".

- —Lo que tiendo es a mirar historias y comportamientos que reflejan mitos mayores. Por mito me refiero a presupuestos fundamentales que subyacen a nuestro comportamiento. El deporte, claro, es un ritual colectivo que alimenta perspectivas públicas. Una sociedad que sigue las alternativas del cricket no tiene nada que ver con una que sigue el fútbol..., no necesariamente mejor pero sí distinta. No tengo un enfoque negativo de todas estas prácticas, de hecho, el fútbol lo disfruto mucho. A veces cuando me meto en una historia que a priori me resultaba objetable, me entero de que me gusta más de lo que pensaba.

- —¿Se metió en el mundo de su última novela, "The adventures of Lucky Pierre"? (Cuenta los avatares de un actor porno, esclavizado en "Cinecity" por nueve musas-directoras. Está dedicado a Buster Keaton, Luis Buñuel y Jean-Luc Godard.)

- —En verdad, Lucky Pierre empezó a fines de los 60. Eran los años de Vietnam, yo andaba muy sombrío, deprimido por la marcha del mundo, y estaba escribiendo una historia titulada "Un hombre que caminaba un invierno". Y lo imaginé bajándose el cierre del pantalón, sin saber qué cosas podía desencadenar este hecho. Y resulta que coincidió con el primer festival porno de Amsterdam, el famoso Wet Dreams Festival, de manera que viajé ahí y me saturé bien de pornografía. Luego escribí un ensayito titulado The High Church of Hardcore, era una crítica severa de la industria. Aunque era menos una industria que un movimiento en ese entonces similar a lo que en EE.UU. representaba el consumo de alcohol, algo clandestino, iniciático. Abandoné a Lucky Pierre y me metí en The public burning. Pero al cabo de los años, cada vez que viajaba llevaba el borrador. Finalmente se convirtió en esta novela.

Revista Ñ