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21 jun. 2015

Descarga: Joseph Conrad - El corazón de las tinieblas

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En "El corazón de las tinieblas" un marinero llamado Marlow narra una travesía que realizó años atrás por el río Congo en busca de Kurtz, el jefe de una explotación de marfil, y que a lo largo del relato adquiere un carácter simbólico y ambiguo.

Los dos primeros tercios de la novela narran el viaje de Marlow desde Londres a África y remontando el río Congo, hasta alcanzar la base de recolección de marfil en la que se encuentra un empleado de la empresa belga que lo ha contratado. Ese empleado, Kurtz, ha tenido un enorme éxito en el tráfico de marfil, pero eso le ha granjeado la envidia de otros colegas. Marlow intuye que Kurtz ha roto con todos los límites de la vida social tal y como se conoce en Europa, lo que le repele y atrae al mismo tiempo. En el camino Marlow será testigo de la situación extrema en que viven los colonos europeos y de su brutalidad hacia los nativos africanos; además deberá superar todo tipo de obstáculos hasta alcanzar su destino: retrasos, enfermedades, ataques de indígenas... Cuando finalmente se encuentra con Kurtz, cuya imagen ha ido agrandándose y mitificándose durante el proceso, descubre que se trata de un personaje misterioso, al que los nativos idolatran como si fuera un dios, pero que parece haber caído en una locura bestial. Como legado deja un panfleto en el que detalla cómo civilizar a los nativos, y que incluye una anotación brutal: "¡Exterminad a todas esas bestias!". Marlow y sus compañeros de viaje logran cargar a Kurtz, ya gravemente enfermo, en el pequeño barco de vapor que debe sacarlo de la selva, pero éste muere en el trayecto, pronunciando ante Marlow sus últimas y enigmáticas palabras: "¡El horror! ¡El horror!". El viaje de Marlow al corazón del continente africano se transforma así en un descenso a los infiernos, pero también en una crítica al imperialismo occidental y una investigación acerca de la locura.

"El corazón de las tinieblas" es una de las obras imprescindibles de la literatura inglesa y del canon occidental. Francis Ford Coppola se basó en este breve relato para su película Apocalypse Now, que aunque estaba ambientada en la Guerra de Vietnam mantenía el espíritu y la estructura del relato de Conrad.

17 may. 2015

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El corazón de las tinieblas es una de las novelas más estremecedoras de todos los tiempos, además de una de las obras maestras del siglo xix. El libro cuenta el viaje que el protagonista, Marlow, hace por un río del Congo en busca de Kurtz, un agente comercial que al parecer se ha vuelto loco, ya que cruza la débil línea de sombra que separa el bien del mal y se entrega con placer a las más terribles atrocidades.

25 feb. 2015

Joseph Conrad - En la noche de los primeros tiempos

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 …Pero, de pronto, cuando luchábamos para cruzar un recodo, podíamos vislumbrar unos muros de juncos, techos de hierba puntiagudos, un estallido de gritos, un revuelo de músculos negros, una multitud de manos que palmoteaban, de pies que pateaban, de cuerpos en movimiento, de ojos furtivos, bajo la sombra de pesados e inmóviles follajes. El vapor se movía lenta y dificultosamente al borde de un negro e incomprensible frenesí. ¿Nos maldecía, nos imprecaba, nos daba la bienvenida el hombre prehistórico? ¿Quién podría decirlo? Estábamos incapacitados para comprender todo lo que nos rodeaba; nos deslizábamos como fantasmas, asombrados y con un pavor secreto, como pueden hacerlo los hombres cuerdos ante un estallido de entusiasmo en una casa de orates. No podíamos entender porque nos hallábamos muy lejos, y no podíamos recordar porque viajábamos en la noche de los primeros tiempos, de esas épocas ya desaparecidas, que dejan con dificultades alguna huella... pero ningún recuerdo.

»La tierra no parecía la tierra. Nos hemos acostumbrado a verla bajo la imagen encadenada de un monstruo conquistado, pero allí... allí podía vérsela como algo monstruoso y libre. Era algo no terrenal y los hombres eran... No, no se podía decir inhumanos. Era algo peor, sabéis, esa sospecha de que no fueran inhumanos. La idea surgía lentamente en uno. Aullaban, saltaban, se colgaban de las lianas, hacían muecas horribles, pero lo que en verdad producía estremecimiento era la idea de su humanidad, igual que la de uno, la idea del remoto parentesco con aquellos seres salvajes, apasionados y tumultuosos. Feo, ¿no? Sí, era algo bastante feo. Pero si uno era lo suficientemente hombre debía admitir precisamente en su interior una débil traza de respuesta a la terrible franqueza de aquel estruendo, una tibia sospecha de que aquello tenía un sentido en el que uno (uno, tan distante de la noche de los primeros tiempos) podía participar. ¿Por qué no? La mente del hombre es capaz de todo, porque todo está en ella, tanto el pasado como el futuro. ¿Qué había allí, después de todo? Alegría, miedo, tristeza, devoción, valor, cólera... ¿Quién podía saberlo?... Pero había una verdad, una verdad desnuda de la capa del tiempo. Dejemos que los estúpidos tiemblen y se estremezcan... El que es hombre sabe y puede mirar aquello sin pestañear. Pero tiene que ser por lo menos tan hombre como los que había en la orilla. Debe confrontar esa verdad con su propia y verdadera esencia... con su propia fuerza innata. Los principios no bastan. Adquisiciones, vestidos, bonitos harapos... harapos que volarían a la primera sacudida. No, lo que se requiere es una creencia deliberada. ¿Hay allí algo que me llama, en esa multitud demoniaca? Muy bien. La oigo, lo admito, pero también tengo una voz y para bien o para mal no puedo silenciarla. Por supuesto, un necio con puro miedo y finos sentimientos está siempre a salvo. ¿Quién protesta? ¿Os preguntáis si también bajé a la orilla para aullar y danzar? Pues no, no lo hice. ¿Nobles sentimientos, diréis? ¡Al diablo con los nobles sentimientos! No tenía tiempo para ellos. Tenía que mezclar albayalde con tiras de mantas de lana para tapar los agujeros por donde entraba el agua. Tenía que estar al tanto del gobierno del barco, evitar troncos, y hacer que marchara aquella caja de hojalata por las buenas o por las malas. Esas cosas poseen la suficiente verdad superficial como para salvar a un hombre sabio. A ratos tenía, además, que vigilar al salvaje que llevaba yo como fogonero. Era un espécimen perfeccionado; podía encender una caldera vertical. Allí estaba, debajo de mí y, palabra de honor, mirarlo resultaba tan edificante como ver a un perro en una parodia con pantalones y sombrero de plumas, paseando sobre sus patas traseras. Unos meses de entrenamiento habían hecho de él un muchacho realmente eficaz. Observaba el regulador de vapor y el carburador de agua con un evidente esfuerzo por comprender, tenía los dientes afilados también, pobre diablo, y el cabello lanudo afeitado con arreglo a un modelo muy extraño, y tres cicatrices ornamentales en cada mejilla. Hubiera debido palmotear y golpear el suelo con la planta de los pies, y en vez de ello se esforzaba por realizar un trabajo, iniciarse en una extraña brujería, en la que iba adquiriendo nuevos conocimientos. Era útil porque había recibido alguna instrucción; lo que sabía era que si el agua desaparecía de aquella cosa transparente, el mal espíritu encerrado en la caldera mostraría su cólera por la enormidad de su sed y tomaría una venganza terrible. Y así sudaba, calentaba y observaba el cristal con temor (con un talismán improvisado, hecho de trapos, atado a un brazo, y un pedazo de hueso del tamaño de un reloj, colocado entre la encía y el labio inferior), mientras las orillas cubiertas de selva se deslizaban lentamente ante nosotros, el pequeño ruido quedaba atrás y se sucedían millas interminables de silencio... Y nosotros nos arrastrábamos hacia Kurtz.


En El corazón de las tinieblas
Traducción: Sergio Pitol
Imagen: Alvin Langdon Coburn, published by Duckworth & Co © reserved; collection National Portrait Gallery, London

9 feb. 2010

Bertrand Russell – Joseph Conrad

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Bertrand Russell Trabé conocimiento con Joseph Conrad en septiembre de 1913, por medio de nuestra amiga común, lady Ottoline Morrell. Durante muchos años había sido un admirador de sus libros; pero no me había atrevido a conocerle personalmente sin que mediase una presentación. Hice el viaje hasta su casa, cerca de Ashford en Kent, con una expectación algo agitada. Mi primera impresión fue de sorpresa. Hablaba inglés con un acento extranjero muy acentuado y, en su porte, no había nada en absoluto que sugiriese el mar. Era un aristócrata polaco de los pies a la cabeza. Los sentimientos que le inspiraban el mar e Inglaterra eran sentimientos de amor romántico: un amor a cierta distancia; la suficiente para hacer al idilio inmaculado. Su amor por el mar empezó en sus primeros años. Cuando les dijo a sus padres que quería seguir la carrera de marino, le exhortaron a que ingresara en la marina austríaca; pero él necesitaba la aventura y los mares tropicales y extraños ríos enmarcados por espesas arboledas, y la marina austríaca no le ofrecía ningún margen para la satisfacción de esos deseos. Su familia quedó horrorizada ante la idea de que hiciese su carrera en la marina mercante inglesa; pero la determinación de Conrad fue inflexible.

Como cualquiera puede comprobar en sus libros, era un moralista muy rígido y, políticamente, estaba muy lejos de simpatizar con los revolucionarios. El y yo, no coincidíamos en absoluto en la mayoría de nuestras opiniones respectivas; pero estábamos extraordinariamente de acuerdo en algo muy fundamental.

Mis relaciones con Joseph Conrad fueron diferentes a cualesquiera otras que haya tenido nunca. Le vi rara vez y, entre una ocasión y otra, pasaban años. Por nuestras vidas exteriores, éramos casi extraños; pero compartíamos una determinada concepción de la vida y del destino del hombre que, desde el primer momento, estableció entre nosotros un lazo extremadamente fuerte. Quizá se me pueda perdonar que cite una frase de una carta que me escribió, al poco tiempo de conocerle personalmente. La modestia me prohibiría citarla, si no fuese porque la cita refleja muy exactamente lo que yo siento por su autor. Lo que él decía, y yo siento igualmente, era, con sus palabras: «Un afecto profundo de admiración que, aunque usted no me viera nunca más y olvidara mañana mismo mi existencia, estaría a su disposición, inalterablemente, usque ad finem

 

Joseph Conrad Joseph Conrad

 

De todo lo que escribió, lo que más admiro es la terrible narración llamada El corazón de las tinieblas, en la que un idealista bastante débil se vuelve loco ante el horror de la selva tropical y la soledad entre los salvajes. Creo que es la narración que más completamente expresa su filosofía de la vida. Creo, aunque no sé si él hubiera aceptado esta interpretación, que Conrad pensaba que la vida humana civilizada y moralmente tolerable era algo así como un peligroso paseo sobre una delgada corteza de lava recientemente enfriada, que en cualquier momento podía romperse, precipitando al imprudente en las ardientes profundidades. Era perfectamente consciente de las diversas formas de locura apasionada a que están expuestos los hombres y, por ello, creía tan profundamente en la importancia de la disciplina. Se podía decir que su punto de vista era, quizá, la antítesis del de Rousseau: «El hombre nace encadenado, pero puede llegar a ser libre.» Llega a ser libre, creo que quería decir Conrad, no dando suelta a sus impulsos, no abandonándose a la casualidad y a lo incontrolado, sino sometiendo los ciegos instintos a fines superiores.

No se interesó mucho por los sistemas políticos, aunque tuviera algunos sentimientos políticos muy intensos. Los de mayor intensidad consistían en su amor a Inglaterra y su odio hacia Rusia, como se refleja en El agente secreto; y el odio hacia Rusia, tanto a la zarista como a la revolucionaria, se expresa, con gran energía, en Bajo la mirada de occidente. Su aversión hacia Rusia era la tradicional en Polonia. Era tan extremada, que no concedía ningún valor ni a Tolstoi ni a Dostoievski. Una vez me dijo que Turgueniev era el único novelista ruso al que admiraba.

Fuera de su amor a Inglaterra y su odio hacia Rusia, la política le preocupaba poco. Lo que llamaba su atención era el alma humana individual, frente a la indiferencia de la naturaleza y, con frecuencia, frente a la hostilidad del hombre, y sujeta a la íntima lucha entre las malas y las buenas pasiones, que la conduce a la destrucción. Las tragedias de la soledad ocuparon una gran parte de sus pensamientos y sentimientos. Una de sus más típicas narraciones es Tifón. En esta historia el capitán, que es un alma sencilla, consigue salvar su barco gracias a un valor inconmovible y a una firme voluntad. Cuando pasa la tempestad, escribe una larga carta a su mujer, contándoselo todo. En este relato, la parte desempeñada por él se enjuicia con una perfecta sencillez. El, simplemente, podría haber esperado. Pero el lector, a través de la exposición, va dándose cuenta de todo lo que ha hecho, de todo lo que ha arriesgado y de todo lo que ha sufrido y resistido. La carta, antes de ser remitida, es leída subrepticiamente por su mayordomo; pero nadie más puede leerla, porque su mujer la encuentra aburrida y la rompe sin leerla.

Las dos cosas que más ocupaban la imaginación de Conrad eran la soledad y el temor a lo extraño. El proscrito de las islas, como El corazón de las tinieblas, se refiere al temor de lo que es extraño. Ambas están reunidas en la obra extraordinariamente dinámica llamada Amy Foster. En ella, un campesino sudeslavo, en su viaje a América, resulta el único superviviente del naufragio de su barco y arriba a un pueblecito del condado de Kent. Todo el mundo le teme y le maltrata, excepto Amy Foster, una muchacha oscura y sencilla, que le lleva pan cuando está desfallecido y, al final, se casa con él. Pero ella también, cuando su marido, delirando, vuelve a su lengua vernácula, queda sobrecogida por el temor a lo extraño que hay en él, coge al niño, que es hijo de ambos, y abandona a su marido. El muere solo y desesperado. Yo me he preguntado, a veces, qué grado de esta soledad humana había experimentado Conrad entre los ingleses y cuánto había superado por un enérgico esfuerzo de voluntad.

El punto de vista de Conrad estaba lejos de ser moderno. En el mundo moderno existen dos filosofías: una, que proviene de Rousseau, y que deja de lado, como algo innecesario, a la disciplina; otra, que encuentra su más plena expresión en el totalitarismo, concibe la disciplina como esencialmente impuesta desde fuera. Conrad era partidario de la tradición más antigua, en la que la disciplina debía venir de dentro. Detestaba la indisciplina y aborrecía la disciplina que fuera sólo externa.

En todo esto me siento plenamente identificado con él. Ya en nuestros primeros contactos conversamos con una intimidad que aumentó sin cesar. Parecía que íbamos profundizando, una detrás de otra, las capas de la superficialidad, hasta que, de modo gradual, alcanzábamos los dos el fuego central. Fue una experiencia distinta de cualquier otra que yo haya conocido. Nos mirábamos mutuamente a los ojos, casi espantados y embriagados de encontrarnos juntos en semejante región. La emoción era tan intensa como un amor apasionado y, a la vez, tan absorbente como él. Llegué a estar trastornado, y me fue difícil encontrar mi equilibrio en los asuntos cotidianos.

No vi a Conrad durante la guerra ni después; no lo vi hasta mi regreso de China en 1921. Cuando mi primer hijo nació, ese mismo año, quise que Conrad fuese para él todo lo padrino que se pudiera ser sin que mediara una ceremonia formal. Escribí a Conrad, diciéndole: «Con su permiso deseo llamar a mi hijo John Conrad. Mi padre se llamaba John, mi abuelo se llamaba John y mi bisabuelo se llamaba John; y Conrad es un nombre que considero valioso.» Aceptó la proposición y le regaló a mi hijo, puntualmente, la copa que es usual en estas ocasiones.

Después no le vi mucho, pues yo vivía la mayor parte del año en Cornwall, y la salud de él no era muy buena. Pero tuve algunas cartas agradables suyas, especialmente una acerca de mi libro sobre China. Me escribía: «Siempre me han gustado los chinos, incluso los que intentaron matarme (a mí y a algunos otros) en el patio de una casa particular de Chantabun; incluso (pero no tanto) el individuo que me robó todo el dinero una noche en Bangkok, pero que cepilló y dejó colocada cuidadosamente la ropa que tenía que ponerme al día siguiente, antes de desvanecerse en las profundidades de Siam. También he recibido muchas atenciones de varios chinos. Todo esto, y una conversación nocturna con el secretario de Su Excelencia Tseng en la terraza de un hotel y un estudio de trámite del poema «The Heathen Chinee», era todo lo que sabía en relación con China. Pero después de leer su interpretación, sumamente interesante, del Problema Chino, tengo una impresión melancólica del futuro de aquel país.» Continuaba diciendo que mis perspectivas en cuanto al futuro de China «hacían estremecer el alma»; más aún, escribía, cuando yo ponía mis esperanzas en un socialismo internacional, porque eso era: «La clase de cosa ‑comentaba‑ a la que no puedo atribuir ninguna especie de significado definido. Nunca he sido capaz de encontrar en ningún libro ni en ninguna conversación humana nada que me convenciese lo bastante para permitirme resistir, ni siquiera un instante, al sentimiento, profundamente impreso en mi espíritu, de que la fatalidad rige este mundo habitado por los hombres.» Después decía que, aunque el hombre ha llegado a volar, «no vuela como un águila, vuela como un escarabajo. Y usted debe haber advertido qué ridículo, feo y fatuo es el vuelo de un escarabajo». Me parece que, con aquellas observaciones pesimistas, demostraba una sabiduría mayor que la que demostraba yo con mis esperanzas algo artificiales, en una solución feliz para China. Debe decirse que, hasta ahora, los acontecimientos le han dado la razón.

Esta carta fue mi último contacto con él. Nunca volví a hablar con él, aunque sí le vi. Le vi una vez, al otro lado de la calle por donde yo iba, hablando muy seriamente con un hombre a quien yo no conocía, parados ante la puerta de lo que había sido la casa de mi abuela y que, después de la muerte de ésta, se convirtió en el Arts Club. No quise interrumpir lo que parecía una seria conversación, y continué mi camino. Cuando murió, poco después, lamenté no haber sido inoportuno. La casa ha desaparecido, destrozada por Hitler. Supongo que Conrad  está siendo olvidado. Pero su nobleza intensa y apasionada brilla en mi memoria como una estrella vista desde el fondo de un pozo. Quisiera que estuviera en mi poder hacer que su luz brillase para los demás como ha brillado para mí.

 

Retratos de memoria y otros ensayos

Traducción: Manuel Suárez

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23 sept. 2009

W. G. Sebald: Los anillos de Saturno,V (Joseph Conrad )

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Por la noche del segundo día después de mi llegada a Southwold, la BBC, a continuación de las últimas noticias, emitió un documental sobre Roger Casement, a quien yo desconocía hasta ese momento, ejecutado en 1916 en una cárcel inglesa por alta traición. Aunque las imágenes de esta película parcialmente compuesta de extrañas tomas históricas captaron mi atención de inmediato, al cabo de poco tiempo me sumí en un profundo sueño en el sillón de terciopelo verde que había arrimado junto al televisor. A través de mi conciencia, que se diluía paulatinamente, me parecía estar oyendo con la mayor claridad cada una de las palabras pronunciadas por el narrador de la historia de Casement, y aunque me parecían dirigidas a mí expresamente, no podía comprenderlas. Gira, molino, gira, al final me recorría la cabeza sin cesar, tú sólo giras para mí. Y cuando horas más tarde, al rayar el alba, desperté de un sueño pesado y vi tremolar ante mí la carta de ajuste en la caja muda, sólo recordaba que al comienzo del programa se había hablado de cómo el escritor Joseph Conrad había conocido a Casement en el Congo y de cómo le había tenido por la única persona franca de entre los europeos corruptos, en parte por el clima tropical y en parte por su propia codicia y avidez, que allí se había encontrado. Según una cita del Diario del Congo de Conrad, que se me ha quedado grabada, le he visto armado únicamente con un bastón, y con la sola compañía de un joven loanda y de Biddy y Paddy, sus bulldogs ingleses, ponerse en marcha hacia la gran selva, que en el Congo envuelve cada poblado. Y algunos meses después le vi surgir de nuevo de la selva, blandiendo su bastón, con el joven que llevaba el fardo y con los perros, algo más delgado quizá, pero por lo demás tan ileso como si acabara de regresar de su paseo de la tarde por Hyde Park. Como me había olvidado de todo, menos de este par de líneas y de algunas vagas imágenes de Conrad y de Casement, lo que el narrador había relatado a continuación, como debía suponerme, sobre las vidas de ambos hombres, he intentado desde entonces reconstruir medianamente la historia que en Southwold me había perdido durmiendo (lo que yo mismo considero una falta de responsabilidad) partiendo de sus fuentes.

Al final del verano de 1862, la señora Evelina Korzeniowska salió de viaje con su hijo Teodor Josef Konrad, que en aquel entonces aún no tenía cinco años, de la pequeña ciudad polaca de Zitomir a Varsovia, para unirse a su esposo, Apollo Korzeniowski, quien ya en primavera había abandonado su escasamente retribuida existencia de administrador con la intención de ayudar a preparar, con una actividad literaria y conspiradora, la sublevación que tantos anhelaban contra la tiranía rusa. A mediados de septiembre tuvieron lugar las primeras asambleas del Comité Nacional ilegal polaco en el piso en Varsovia de los Korzeniowski, y, en el transcurso de las semanas siguientes, el pequeño Konrad habría visto entrar y salir de la casa de sus padres indudablemente a numerosas personas llenas de misterio. Los rostros adustos de las señorías que conversaban con voces veladas en el salón blanco y rojo le habrán permitido intuir, cuando menos, el significado del momento histórico. Probablemente en aquel tiempo estuviera incluso iniciado en la finalidad conspiradora de los procesos y sabría que mamá —aun estando prohibido— vestía de color negro en señal de duelo por su pueblo, que desfallecía bajo un poder extranjero. De no ser así, a más tardar hubieran tenido que hacerle confidente cuando, a finales de octubre, su padre fue detenido y encerrado en la ciudadela. La sentencia, después de un rápido procedimiento ante el juzgado militar, le condenaba al destierro en Vologda, un lugar abandonado en alguna parte de un paraje desértico detrás de Nizhni Novgorod. Todo Vologda, escribe Apollo Korzeniowski a su primo en el verano de 1863, es un agujero pantanoso aislado cuyas calles y caminos consisten en troncos de árboles tendidos en el suelo. Las casas, y también los palacios de la nobleza de provincias que se construían en tablas pintadas de colores, se erigen sobre postes colocados en medio del lodo. Todo se hunde alrededor, todo se pudre y se descompone. Solamente hay dos estaciones, un invierno blanco y un invierno verde. Durante nueve meses desciende el aire glacial desde el mar del Norte. El termómetro se hunde hasta profundidades inverosímiles. Todo está rodeado de una oscuridad inagotable. Durante el invierno verde llueve sin interrupción. El fango se mcuela por las puertas. La rigidez mortal se convierte en un marasmo cruento. En el invierno blanco todo está muerto, en el invierno verde todo está a punto de morir.

La tuberculosis que padece Evelina Korzeniowska desde hace años se desarrolla en estas circunstancias de una forma poco más o menos incontrolable. Los días que le quedan están casi contados. Para ella, la muestra de benevolencia de las autoridades zaristas que hace posible una prolongada estancia para el restablecimiento de su salud en la casa de campo ucraniana de su hermano, al final no es más que una mortificación adicional puesto que al expirar el plazo que se le había concedido, no obstante todas las peticiones y solicitudes y pese a que estaba más cercana a la muerte que a la vida, debe regresar con Konrad al exilio. El día de la partida, Evelina Korzeniowska, rodeada por multitud de parientes, personal de servicio y amigos venidos de las inmediaciones, está de pie sobre la escalinata de la residencia señorial de Novofastov. Todos los congregados, a excepción de los niños y de los que visten librea, llevan ropas de paño negro o seda negra. No se pronuncia una sola palabra. La abuela, medio ciega, fija su mirada sobre la triste escena hacia la tierra vacía. En el camino curvo de arena que conduce alrededor de la rotonda de boj, se detiene un coche extravagante que producía la impresión de estar extrañamente alargado. Demasiado lejos se eleva la lanza del coche, demasiado lejos del final, emplazado en la parte posterior del vehículo sobrecargado con baúles de viaje y bultos de equipaje de todo tipo, parece estar distanciado el pescante con el cochero. Incluso la carrocería del coche tiene una suspensión muy baja entre las ruedas, como si estuviese entre dos mundos separados para siempre. La portezuela está abierta y dentro, en el asiento acolchado de cuero rasgado, lleva algún tiempo el pequeño Konrad, viendo desde la oscuridad lo que describirá más adelante.Desconsolada, la pobre mamá mira otra vez al corro, después desciende cuidadosamente las escaleras del brazo del tío Tadeusz. Los que se quedan atrás mantienen la compostura. Hasta la prima favorita de Konrad, que con su falda a lo escocés parece una princesa entre la sociedad ennegrecida, se lleva sólo las puntas de los dedos a la boca como expresión de horror por la partida de los dos desterrados. Y Durand, la fea señorita suiza, que con la mayor entrega se ha ocupado de la educación de Konrad durante todo el verano y que de lo contrario rompe a llorar en cada ocasión, grita valientemente a su pupilo mientras agita su pañuelo como despedida: n’oublie pas ton français, mon chéri! El tío Tadeusz cierra la puerta del coche y da un paso atrás. El coche se pone en marcha. Ya están desapareciendo los amigos y los familiares queridos del pequeño recorte de la ventana. Cuando Konrad mira por el otro lado hacia fuera, ve cómo mucho más adelante, al otro lado de la rotonda de boj, se pone en marcha el pequeño coche del comandante de la policía del distrito, tirado, a la manera rusa, por tres caballos, y cómo el comandante de policía, con la mano enguantada, se cala profundamente en los ojos su gorra de visera plana, ajustada con una cinta de color rojo fuego.

A comienzos de abril de 1865, dieciocho meses después de la partida de Novofastov, a la edad de treinta y dos años, muere Evelina Korzeniowska en el exilio de las sombras que la tuberculosis ha propagado por su cuerpo y de la nostalgia que desmoronaba su alma. También la voluntad de vivir de Apollo está casi extinta por completo. Apenas era capaz de dedicarse a la instrucción de su hijo, oprimido por tanta desgracia. Ya casi no atiende a su propio trabajo. Como máximo modifica una línea de su traducción de Los trabajadores del mar de Víctor Hugo. Este libro infinitamente aburrido le parece ser el espejo de su propia vida. C'est un livre sur des déstinées dépaysées, dice una vez a Konrad, sur des individus expulses et perdus, sur les éliminés du sort, un livre sur ceux qui sont seuls et évités. En 1867, poco antes de Navidad, Apollo Korzeniowski es dispensado del exilio ruso. Las autoridades han llegado a la conclusión de que ya no puede ocasionar más daños y le expiden un pasaporte, a fin de que se recupere, válido para un único viaje a Madeira. Pero emprender un viaje semejante no lo permiten ni las finanzas de Apollo ni lo consiente su estado, entre tanto extremadamente frágil. Tras una breve estancia en Lvov, que se le antoja demasiado austriaco, se instala en un par de habitaciones en Cracovia, en la calle Poselska. Aquí pasa la mayoría del tiempo inmóvil, en su silla con respaldo, afligido por la esposa que ha perdido, por toda la vida malograda y por el pobre niño solitario que acaba de escribir una obra de teatro patriótica con el título Los ojos de Jan Sobieski. El, Apollo, ha quemado todos sus manuscritos en el fuego de la chimenea. A veces se desprendía un copo de hollín etéreo semejante a un jirón de seda negra y, llevado por el aire, flotaba a la deriva por la habitación durante un tiempo antes de descender a algún lugar del suelo o disolverse en la oscuridad. Como a Evelina, a Apollo le llegó la muerte en primavera, cuando fuera comenzaba el deshielo, sin embargo, no le fue concedido despedirse de la vida el mismo día del aniversario de su muerte. Hasta muy avanzado mayo, consumiéndose cada vez más, tuvo que permanecer postrado en su cama. Durante estas últimas semanas, Konrad, a última hora de la tarde, después del colegio, siempre se sentaba a una pequeña mesa iluminada por una lámpara verde en un gabinete sin ventanas y hacía sus tareas. Las manchas de tinta en el cuaderno y en las manos procedían del miedo en su corazón. Cuando se abría la puerta hacia la habitación contigua oía la respiración plana del padre. Dos monjas con tocas blancas como la nieve cumplían el servicio al enfermo. Silenciosamente se deslizaban de aquí para allá, despachaban esto o aquello y de cuando en cuando miraban llenas de preocupación cómo el niño, que pronto se quedaría huérfano de padre y madre, enhebraba letras, sumaba números o leía durante horas gruesos libros polacos y franceses de aventuras, descripciones de viajes y novelas.

El entierro del nacionalista Apollo Korzeniowski se convirtió en una gran manifestación silenciosa. A lo largo de las calles cortadas al tráfico, permanecían de pie, presos de una solemne emoción, trabajadores con la cabeza descubierta, niños de escuela, estudiantes universitarios y ciudadanos con sombrero de copa alta en la mano, y por doquier, en las ventanas de los pisos superiores abiertas hacia fuera, se apiñaban grupos de personas vestidas de negro. El cortejo fúnebre con Konrad, de doce años, al frente como principal familia del difunto, salía del estrecho callejón y atravesaba el centro de la ciudad pasando por las torres desiguales de la iglesia de Santa María con dirección a la Puerta de Florian. Era una tarde hermosa. El cielo azul se abovedaba sobre los tejados de las casas y la nubes pasaban muy altas, empujadas por el viento, como una escuadra de veleros. Quizá durante el sepelio, mientras el sacerdote embutido en pesados ornamentos bordados en plata murmuraba palabras mágicas que acompañaban al muerto a la fosa, Konrad alzara la mirada una vez y viera este espectáculo de veleros de nubes como no lo había visto antes en toda su vida, y quizá en ese momento le sobreviniera la idea absolutamente desacertada para el hijo de un hidalgo polaco de provincias, de querer hacerse capitán, idea que expresa por primera vez tres años después frente a su tutor y de la que más tarde no se deja disuadir por nada en el mundo, tampoco cuando el tío Tadeusz le envía a Suiza con Pulman, su profesor particular, en un viaje de verano de varias semanas. Pulman, a la mínima ocasión, debía mostrarle cuántas carreras diferentes hay además de la profesión de marinero, pero Konrad, sin tener en cuenta nada de lo que decía en presencia del salto del Rin, cerca de Schaffhausen, en Hospenthal, visitando las obras del túnel de San Gotardo o más arriba, en el paso de Furka, insistió firmemente en el plan ya concebido. Tan sólo un año después, el 14 de octubre de 1874 —todavía no tiene diecisiete años—, se despide en la estación de Cracovia, ya al otro lado de la ventana del tren, de su abuela Theophila Bobrowska y de su fiel tío Tadeusz. El billete a Marsella que tiene en el bolsillo ha costado 137 florines y 75 céntimos. Además de esto sólo lleva consigo lo que le cabe en su pequeña maleta de mano, y pasarán dieciséis años antes de que, de visita, regrese a su país natal, que todavía no ha sido liberado.

En 1875 Konrad Korzeniowski cruza por primera vez el océano Atlántico en el Mont Blanc, el buque de tres palos. A finales de julio está en Martinica, donde el barco permanece anclado dos meses. El viaje de vuelta a casa dura casi un cuarto de año. Hasta el día de Navidad el Mont Blanc, duramente golpeado por las tormentas invernales, no arriba en El Havre. Sin turbarse por esta ardua iniciación en la vida del mar, Konrad Korzeniowski sigue haciendo más viajes a las islas de las Indias Occidentales, a Cabo Haití, Puerto Príncipe, a Santo Tomás y a San Pedro, poco después destrozado por la erupción del Mont Pelee. Hacia aquel lado se llevan armas, máquinas de vapor, pólvora y munición. A éste se trae azúcar en toneladas y madera cortada de los bosques tropicales. El tiempo que Korzeniowski no está en el mar, lo pasa en Marsella, tanto con sus camaradas de profesión como con gente más distinguida. En el Café Boudol de la rue Saint-Ferréol y en el salón de la mayestática esposa del banquero y naviero Delestang, se interna en una extraña sociedad mezclada de nobles, bohemios, mecenas, aventureros y legitimistas españoles. Los últimos coletazos de la caballerosidad se unen a las maquinaciones sin escrúpulos, se tienden complicadas intrigas, se fundan sindicatos de contrabandistas y se cierran negocios turbios. Korzeniowski está enredado de muchas maneras, gasta con creces más de lo que tiene y sucumbe a las seducciones de una dama misteriosa, aproximadamente de la misma edad que él, y, sin embargo, ya en estado de viudedad. Esta dama, cuya verdadera identidad no ha podido averiguarse nunca con certeza, era conocida en los círculos de los legitimistas, donde desempeñaba un papel prominente, bajo el nombre de Rita, y se afirmaba que había sido la amante de Don Carlos, el príncipe de los Borbones, al que, de una u otra forma, se quería llevar al trono español. Más adelante se divulgó el rumor de que la Doña Rita residente en una villa en la calle Sylvabelle y una tal Paula de Somoggy eran la misma persona. Conforme a esta historia Don Carlos, cuando en noviembre de 1877 regresaba a Viena de una visita a las posiciones del frente de la guerra rusoturca, pidió a una tal señora Hannover que le consiguiera a una joven corista llamada Paula Horváth de Pest que, como debe suponerse, le había deslumbrado a causa de su belleza. Desde Viena Don Carlos viajó con su acompañante recién adquirida a Graz, a casa de su hermano, y desde allí a Venecia, Módena y Milán, donde la presentó en sociedad como baronesa de Somoggy. El rumor sobre la identidad de ambas amantes tuvo probablemente su origen en que Rita desapareció de Marsella precisamente en el momento en que la baronesa de Don Carlos, al parecer con motivo de una crisis de conciencia desatada por la primera comunión inminente de su hijo Jaime, fue abandonada, es decir, fue entregada en matrimonio al tenor Ángel de Trabadelo, con quien parece que vivió en Londres feliz y contenta hasta su muerte en el año 1917. Debe quedar en tela de juicio si Rita y Paula eran realmente la misma persona, pero el que el joven Korzeniowski intentara obtener los favores de una de estas damas, ya sea criada como cabrera en las montañas de Cataluña, ya como pastora de gansos en el lago Balatón, es de igual forma incuestionable como el hecho de que la historia de amor, que en algunos aspectos roza lo fantástico, alcanzó su punto culminante a finales de febrero de 1877, cuando Korzeniowski se disparó al pecho o bien fue disparado por un rival. De hecho, hasta el día de hoy aún no se ha aclarado si la herida, no mortal, afortunadamente, fue consecuencia de un duelo, como Korzeniowski afirmó más tarde, o, como suponía el tío Tadeusz, de un intento de suicidio. El gesto dramático, en virtud del cual el joven, stendhalista de corazón, quería resolver su situación amorosa, estaba inspirado en la ópera que por aquel entonces determinaba las costumbres y, especialmente, la impronta de las penas de amor en la sociedad marsellesa al igual que en el resto de las ciudades europeas. Korzeniowski había conocido en el Teatro de Marsella las creaciones musicales de Rossini y de Meyerbeer y estaba cautivado sobre todo por las operetas de Jacques Offenbach, que entonces seguían estando muy en boga, entre las que podría haberse hallado un libreto con el título Konrad Korzeniowski y la conjuración de los carlistas en Marsella como una sugerencia más. En realidad, los años franceses de aprendizaje de Korzeniowski terminaron de forma muy distinta, abandonando Marsella en el vapor Mavis el 24 de abril de 1878, rumbo a Constantinopla. La guerra ruso-turca había llegado a su fin, pero como Korzeniowski relataría más tarde, desde el barco podía ver, como una fata morgana deslizándose por delante de él, San Stefano, la ciudad de tiendas de campaña en la que se había firmado el tratado de paz. El vapor zarpó desde Constantinopla rumbo a Yeisk, emplazado en la parte más aislada del mar de Azov, adonde se llevaba a bordo un cargamento de aceite de linaza con el que el SS. Mavis, según está indicado en los libros de la capitanía del puerto de Lowestoft, arribó en la costa este inglesa el 18 de junio de 1878.

Entre julio y principios de septiembre, momento de su partida a Londres, Korzeniowski hace media docena de viajes como marinero en la fragata Skimmer of the Seas, que navega entre Lowestoft y Newcastle. Se sabe poco de cómo pasó la segunda mitad de junio en el puerto marítimo y balneario de Lowestoft, que supone el mayor contraste imaginable a Marsella. Habrá alquilado una habitación y se habrá procurado la información necesaria para sus planes venideros. Al anochecer, cuando la oscuridad se cernía sobre el mar, paseaba seguramente por la explanada, un extranjero de veintiún años, solo entre nada más que ingleses e inglesas. Le veo, por ejemplo, fuera, en el muelle, donde una banda está tocando la obertura del Tannhäuser como música nocturna. Y cuando, entre los otros oyentes, se encamina lentamente a casa envuelto en la suave brisa que sopla sobre el agua, se asombra de la facilidad con que le acude de pronto la lengua inglesa, que hasta entonces le había sido absolutamente ajena, en la que escribiría las novelas que más tarde cobrarían fama universal, y de cómo comienza a colmarle de una seguridad y resolución completamente nuevas. Las primeras lecturas inglesas de Korzeniowski fueron, según sus propias referencias, el Lowestoft Standard y el Lowestoft Journal, en los que, en la semana de su llegada, se pusieron al conocimiento del público la siguiente mezcla de noticias, característica de estos dos órganos: una terrible explosión en las minas de Wigan se ha cobrado la vida de doscientas personas; en Rumelia se han sublevado los mahometanos; han de reprimirse los disturbios de los cafres en Suráfrica; lord Grenville se despacha sobre la educación del sexo femenino; parte un aviso hacia Marsella para llevar a Malta al duque de Cambridge donde inspeccionará las tropas indias; en Whitby, una muchacha de servicio se quema viva porque su vestido, en el que ha derramado aceite de parafina por un descuido, ha prendido fuego al arrimarse a la chimenea; el vapor Largo Bay abandona Clyde con 352 emigrantes escoceses a bordo; una tal señora Dixon, de Silsden, ha sufrido un ataque de apoplejía causado por la alegría de ver de repente a su hijo Thomas, que ha estado casi diez años en América, a la puerta de su casa; la joven reina de España cada día está más débil; los trabajos en las obras de estabilización de Hong Kong, en las que están empleados más de dos mil culis, rapidly approach completion and in Bosnia all highways are infested with bands of robbers, some of them mounted. Even the forests around Sarajevo are swarming with marauders, deserters and franc-tireurs ofall kinds. Travelling is, therefore, at a stand-still.

En febrero de 1890, es decir, doce años después de su llegada a Lowestoft y más de quince tras la despedida en la estación de Cracovia, Korzeniowski, que entre tanto ha adquirido la nacionalidad británica y la patente de capitán y ha estado en las regiones más apartadas del mundo, regresa por primera vez a Kazimierowska a casa de su tío Tadeusz. En unas notas que tomó mucho más tarde describe cómo después de breves estancias en Berlín, Varsovia y Lublin, llega a la estación ucraniana en la que el cochero y el mayordomo de su tío le están aguardando en un trineo tirado por cuatro caballos bayos, que por lo demás es muy pequeño, casi de juguete. Quedan ocho horas de viaje hasta llegar a Kazimierowska. Cuidadosamente, escribe Korzeniowski, el mayordomo, antes de que tomara sitio a mi lado, me envolvió en un abrigo de piel de oso que me llegaba hasta las puntas de los pies, y me encasquetó un enorme gorro de piel provisto de orejeras en la cabeza. Cuando el trineo arrancó, comenzó para mí un viaje invernal de retorno a la infancia, acompañado del suave tintineo uniforme de los cascabeles. Con un seguro instinto, el joven cochero, de dieciséis años quizá, encontraba el camino a través de campos interminables, cubiertos de nieve. A una observación por mi parte, continúa Korzeniowski, sobre el admirable sentido de la orientación del cochero, que nunca titubeaba y ni siquiera perdió el camino una sola vez, el mayordomo dijo que él, el joven, era hijo de Josef, el viejo cochero que había llevado siempre a mi abuela Bobrowska, que en paz descanse, y que más tarde había servido con la misma fidelidad al pane Tadeusz hasta que la cólera se lo hubo llevado. También su mujer, dijo el mayordomo, había muerto de la enfermedad que se había presentado al romper el hielo, y también una casa entera llena de niños de la que solamente ha sobrevivido este joven sordomudo, que está sentado delante de nosotros, en el pescante. Nunca se le había mandado a la escuela y nunca se había contado con que alguna vez pudiera servir para algo, hasta que se comprobó que los caballos le seguían como a ningún otro criado. Y cuando tenía once años, aproximadamente, se demostró que en su cabeza tenía el mapa de todo el distrito, con cada una de las revueltas de los caminos, con la misma precisión que si hubiera nacido con él. Jamás, escribe Korzeniowski a continuación del relato de su acompañante que él mismo vuelve a transmitir, me han llevado mejor que aquella vez hacia el crepúsculo extendiéndose a nuestro alrededor. Como antes, hacía mucho tiempo, vi el sol caer por encima de la llanura. Un disco grande, rojizo, se hundía en la nieve como si cayera sobre el mar. Velozmente nos dirigíamos hacia la oscuridad que ahora irrumpía, hacia el blanco desierto inconmensurable, contiguo al cielo estrellado, en el que como islas de sombras emergían los pueblos rodeados de árboles.

Ya antes de su viaje a Polonia y a Ucrania, Korzeniowski había buscado un empleo en la Societé Anonyme pour le Commerce du Haut-Congo. Inmediatamente después del regreso de Kazimierowska fue a visitar otra vez al gerente Albert Thys en la administración central de la sociedad en la rue de Brederode, de Bruselas. Thys, con su cuerpo gelatinoso metido a la fuerza en una levita que le venía demasiado escasa, se hallaba en una oscura oficina debajo de un mapa de África que cubría la superficie entera de la pared, y sin más preámbulos ofreció a Korzeniowski, apenas hubo formulado su deseo, el comando de un vapor que cubría la travesía por el curso superior del Congo, probablemente porque a su capitán, un alemán o danés llamado Freiesleben, lo acababan de asesinar los nativos. Después de dos semanas de preparativos precipitados y un reconocimiento somero de su aptitud para vivir en los países tropicales a cargo del médico de confianza de la Societé, que tenía el aspecto de un esqueleto fantasmagórico, Korzeniowski viaja con el ferrocarril hasta Burdeos y se embarca en el Ville de Maceio, que a mediados de mayo parte para Roma. Ya en Tenerife le acometen malos presentimientos. La vida,
escribe a su hermosa tía Marguerite Poradowska en Bruselas, recientemente enviudada, es una tragicomedia —beaucoup des rêves, un rare éclair de bonheur, un peu de colère, puis le désillusionnement, des années de souffrance et la fin—, en la que, bien o mal, cada uno ha de representar su papel. A partir de este pésimo estado de ánimo, Korzeniowski descubre paulatinamente, a lo largo de la gran travesía, la locura de toda la empresa colonial. Día tras día la orilla del mar permanece inalterada, como si no se moviera de su sitio. Y sin embargo, escribe Korzeniowski, hemos dejado atrás diferentes zonas de desembarco y factorías con nombres como Gran' Bassam o Little Popo, y todas ellas parecen proceder de una grotesca farsa cualquiera. Una vez pasamos frente a un barco de guerra que estaba amarrado delante de un litoral desolador, en
el que no se podía ver la más mínima señal de colonización alguna. Tanto como abarcaba la vista, solamente había océano y cielo y una delgada franja de vegetación tupida. La bandera pendía lánguida desde el mástil, la pesada embarcación de hierro se elevó perezosamente y se hundió en la resaca de fondo sucio y, a intervalos regulares, los largos cañones de quince centímetros hacían fuego, obviamente sin blanco fijo y sin razón, hacia dentro del desconocido continente africano.

Burdeos, Tenerife, Dakar, Conakry, Sierra Leona, Cotonú, Libreville, Loango, Banane, Roma... después de cuatro semanas en el mar, Korzeniowski llegó por fin al Congo, una de las metas soñadas más lejanas de su infancia. Por aquel entonces el Congo no era más que una mancha blanca en el mapa de África, sobre la que, murmurando en voz baja los nombres pintados de colores, a menudo se sentaba inclinado durante horas. No había casi nada inscrito en el interior de esta parte del mundo, ninguna línea de ferrocarril, ninguna carretera, ninguna ciudad, y como los cartógrafos en tales espacios vacíos gustaban de dibujar algún animal exótico cualquiera, un león rugiendo o un cocodrilo con las fauces abiertas, hacían del río Congo, del que sólo se sabía que su nacimiento quedaba miles de kilómetros alejado de la costa, una culebra serpenteando a través del inmenso país. Entre tanto, el mapa, por supuesto, estaba completo. The white patch had become a place of darkness. Efectivamente, en toda la historia del colonialismo, en su mayor parte aún no escrita, apenas hay un capítulo más lóbrego que el de la colonización del Congo. En septiembre de 1876, bajo la proclamación de las mejores intenciones imaginables y bajo la supuesta posposición de todos los intereses nacionales y privados, se crea la Association Internationale pour l'Exploration et la Civilisation en Afrique. Personalidades ilustres de todos los sectores de la sociedad, representantes de la alta aristocracia, de las iglesias, de la ciencia y del mundo de la economía y las finanzas participan de la junta constitutiva, en la que el rey Leopoldo, el patrocinador de la modélica empresa, explica que los amigos de la humanidad no podrían perseguir una meta más noble que aquella que hoy les une: la apertura de la última parte de nuestra tierra que, hasta ahora, había permanecido intacta a las bendiciones de la civilización. Se trata, decía el rey Leopoldo, de abrirse camino a través de la oscuridad de la que aún hoy pueblos enteros son víctimas, se trata incluso de una cruzada, que como ningún otro propósito se presta a conducir el siglo del progreso a su apogeo. Como es natural, más adelante se volatilizaría el elevado sentido expresado en esta declaración. Ya en 1885, Leopoldo, que ahora ostenta el título de Souverain de l'Etat Indépendent du Congo, es el único señor, no obligado a rendir cuentas a nadie, del territorio situado a orillas del segundo río más largo de la tierra, que abarca un millón y medio de kilómetros cuadrados y por tanto cien veces la superficie de la madre patria, del que comienza a explotar sus inagotables riquezas ahora ya sin ningún tipo de consideración. Los instrumentos de la explotación son compañías de comercio como la Societé Anonyme pour le Commerce du Haut-Congo, cuyos balances, en breve legendarios, residen en un sistema de esclavitud y trabajos forzados aprobado por todos los accionistas y por todos los europeos activos en el Congo. En algunas regiones del Congo, la jornada de trabajo, sometida a la extorsión, diezma la población aborigen hasta unos niveles mínimos, y también los que han sido secuestrados en otras partes de África o en ultramar mueren a manadas de disentería, paludismo, viruelas, beriberi, ictericia, hambre, agotamiento físico y extenuación. Entre 1890 y 1900, se dejan la vida aproximadamente quinientas mil de estas víctimas sin nombre, que no aparecen registradas en ningún informe anual. En el mismo tiempo las acciones de la Compagnie du Chemin de Fer du Congo suben de 320 a 2.850 francos belgas.

Después de su llegada a Roma, Korzeniowski cambia de la Ville de Maceio a un pequeño vapor, con el que arriba a Matadi el 13 de junio. A partir de aquí tiene que seguir por tierra, ya que entre Matadi y Stanley Pool el Congo no es navegable a causa de sus numerosas cascadas y rápidos. Matadi es una colonia yerma, llamada por sus habitantes la ciudad de las piedras, que como una llaga cubre las inmundicias que desde hace milenios expulsa la máquina de la caldera infernal, con su ruido incesante, a la salida de este trayecto, inexpugnado hasta hoy, de cuatrocientos kilómetros de longitud. Entre escoriales y barracas, cubiertas de herrumbrosa hojalata ondulada, dispuestas arbitrariamente por toda la región bajo los elevados peñascos desde los que se abre paso la corriente, así como en las pendientes escarpadas de las orillas, se ven por todas partes figuras negras trabajando en cuadrillas y columnas de portadores avanzando en largas hileras por un terreno intransitable. Solamente de vez en cuando hay entre ellos un vigilante en traje de color claro y con un casco blanco en la cabeza. Korzeniowski lleva ya un par de días en este campo de batalla colmado de un estruendo ininterrumpido que le recordaba una enorme cantera, cuando, como más adelante hace contar a Marlow, su portavoz en El corazón de las tinieblas, se topa con un lugar más apartado a las afueras del área colonizada, donde los devastados por la enfermedad y los mermados por el hambre y el trabajo se tumban para morir. Igual que después de una masacre yacen en la penumbra grisácea al fondo del despeñadero. Evidentemente no se detiene a estos seres de sombras cuando se escurren hacia la selva. Ahora son libres, libres como el aire que los rodea y en el que poco a poco se disolverán. Pausadamente, relata Marlow, desde la oscuridad penetra el brillo de unos ojos que se dirigen hacia mí desde el más allá. Me inclino y junto a mi mano veo una cara. Con lentitud se elevan los párpados. Al cabo de un rato, en algún lugar, muy por detrás de la mirada vacía, se mueve una llamarada ciega que vuelve a extinguirse inmediatamente. Y mientras un ser humano apenas salido de la adolescencia emana su último aliento, aquellos que todavía no han llegado a su final portan pesadísimos sacos de alimentos, cajas de herramientas, cargas explosivas, objetos de implemento de todo tipo, partes de máquinas y cuerpos de barcos desmontados a través de los pantanos y bosques y sobre la tierra montañosa abrasada por el sol, o bien trabajan al pie de la montaña Pala-baila y junto al río M'pozo en el trazado del ferrocarril, que conectará Matadi con el curso superior del Congo. Bajo grandes fatigas, Korzeniowski deja atrás este tramo en el que pronto surgen las poblaciones de Songolo, Thumba y Thysville. Cuenta con treinta y un portadores y con un francés obeso llamado Harou, poco deseable como compañero de viaje, que siempre pierde el sentido cuando están precisamente a muchos kilómetros del próximo lugar con sombra, de manera que ha de ser transportado en una hamaca durante largos trayectos del camino. La marcha dura casi cuarenta días y en este tiempo Korzeniowski empieza a comprender que los esfuerzos que tiene que padecer no le liberan de la culpa que, por su mera presencia en el Congo, carga a sus espaldas. Desde Leopoldville remonta la parte superior de la corriente hasta las cataratas de Stanley en un vapor, el Roi des Belges, pero el plan originario que había perseguido, hacerse aquí cargo de un comando para la Societé Anonyme, sólo le llena de repugnancia. La humedad del aire que todo lo descompone, la luz del sol que palpita al ritmo de los latidos del corazón, la lejanía, siempre igual y cubierta de los mismos vapores que emanan de la vía fluvial, la compañía en el Roi des Belges que cada día le parece más demente; sabe que va a tener que dar la vuelta. Tout m'est antipathique ici, escribe a Marguerite Poradowska, les hommes et les choses, mais surtout les hommes. Tous les boutiquiers africains et marchands d'ivoire aux instincts sordides. Je regrette d'être venu ici. Je le regrette même amêrement. De vuelta en Leopoldville, Korzeniowski está tan enfermo de cuerpo y alma que desea la muerte para sí. Pero todavía va a tardar un cuarto de año hasta que él, que desde este momento sufre con asiduidad ataques prolongados de desesperación alternos con su actividad literaria, pueda emprender su viaje de regreso a casa desde Roma. A mediados de enero de 1891 llega a Ostende, el mismo puerto que, al cabo de unos pocos días, abandona un tal Joseph Loewy a bordo del Belgian Prince, un vapor que se dirige a Roma. Loewy, un tío de Franz Kafka, que por aquel entonces tenía siete años, sabe exactamente, como antiguo panamista, lo que le espera. En total doce años, incluyendo cinco estancias de varios meses de cura y recuperación en Europa, es el tiempo que va a pasar en diversos puestos importantes en Matadi, donde las condiciones de vida para sus semejantes son poco a poco algo más soportables. A modo de ejemplo, en julio de 1896, con motivo de la conclusión de Thumba, la estación intermedia, parece que a los pasajeros invitados les fueron servidos, además de exquisiteces autóctonas, comidas y vinos europeos. Dos años después de este suceso memorable, a Loewy (el primero a la izquierda, en la fotografía), que entre tanto ha ascendido a jefe de todo el servicio comercial, le es otorgada la medalla de oro de la Ordre du Lion Royal en manos del rey Leopoldo, personalmente, durante las celebraciones por la inauguración del último tramo de ferrocarril del Congo.

Korzeniowski, que inmediatamente después de su llegada a Ostende se dirige a casa de Marguerite Poradowska en Bruselas, percibe ahora la capital del reinado de Bélgica con sus edificios cada vez más ampulosos, como nun monumento funerario que se erige sobre una hecatombe de cadáveres negros, y le parece como si todos los viandantes de las calles llevaran en su interior el oscuro secreto congoleño. De hecho, hay en Bélgica, hasta el día de hoy, una fealdad particular, impresa en la época de la explotación desinhibida de la colonia del Congo, que se manifiesta en la atmósfera macabra de ciertos salones y en una deformidad llamativa de la población, como sólo se halla raras veces en algún otro sitio. Sea como fuere, recuerdo exactamente que en mi primera visita a Bruselas, en diciembre de 1964, me salieron al paso más jorobados y locos que en cualquier otra parte del mundo en todo un año. Sí, una noche, en un bar en Rhode St. Genèse estuve observando a un jugador de billar contrahecho, sacudido por convulsiones espasmódicas, el cual, cuando le tocaba el turno, podía transponerse por unos momentos a un estado de perfecta serenidad y dominar luego las carambolasm más difíciles con una seguridad infalible. El hotel en el Bois de la Cambre, donde me alojé por unos días, estaba abarrotado con pesados muebles de caoba, todo tipo de trofeos africanos y numerosas plantas de macetas, algunas de ellas enormes, aspidistras, monsteras y ficus, crecidos hasta el techo, de cuatro metros de altura, de tal suerte que incluso a mediodía se tenía la impresión de un oscurecimiento del color de chocolate. Aún sigo viendo claramente ante mí un aparador macizo decorado con muchas entalladuras, sobre el que, a un lado, debajo de una campana de vidrio, había un aderezo de ramaje artificial, lazos de seda de muchos colores y diminutos colibríes disecados y, del otro, una formación conoidal de frutas de porcelana. No obstante, para mí la quintaesencia de la fealdad belga es, desde mi primera visita a Bruselas, el monumento del león y todo el denominado lugar histórico sobre el campo de batalla de Waterloo. Ya no sé cuál es el motivo por el que fui a Waterloo. Pero lo que sí sé aún es cómo saliendo de la parada de autobuses, a lo largo de un campo pelado y pasando por delante de una aglomeración de edificios a modo de barracones de feria y sin embargo muy elevados, me dirigí hacia el lugar exclusivamente conformado de tiendas de recuerdos y de restaurantes baratos. Era comprensible que no hubiera ni rastro de cualquier tipo de visitante aquel día gris plomizo anterior a la Navidad. Ni siquiera había una clase de algún colegio. Pese al abandono total, como por despecho, marchaba una pequeña tropa enfundada en trajes napoleónicos bajo el ruido de tambores y silbatos a través del par de callejas, al fondo una cantinera desaseada, maquillada de una manera escandalosa, que tiraba de un singular carrito con una pequeña jaula en la que había un ganso encerrado. Durante un rato estuve contemplando estas figuras que me parecían estar impulsadas por el eterno retorno, ora desaparecerían por entre las casas, ora reaparecían en otro lugar. Finalmente compré una entrada para el panorama que se había instalado bajo la poderosa rotonda de una cúpula, en el que, desde una plataforma de observación levantada en el centro, se podía ver la batalla —como es sabido un tema muy apreciado por los pintores de paisajes— desde todos los puntos cardinales. Uno se encuentra, por así decirlo, en un punto central imaginario de los acontecimientos. En una especie de paisaje teatral que llega justo hasta la parte inferior de la balaustrada de madera, entre troncos de árboles y matorrales, dos caballos de tamaño natural yacen en la arena cruzada de rastros de sangre, además de soldados de infantería degollados, húsares y chevaulegers con ojos torcidos por el dolor o ya vidriosos, los rostros de cera, las decoraciones móviles, el correaje, las armas, las corazas y los uniformes de colores vistosos, probablemente rellenos de algas, de estopa y de otros materiales por el estilo, sin embargo auténticos a juzgar por la apariencia. Sobre la escena de horror tridimensional, cubierta por el frío polvo del tiempo transcurrido, la mirada divaga por el horizonte hacia la enorme pintura redonda que el pintor de marinas francés Louis Dumontin realizó en el año 1912 en la pared interior de la rotonda, de ciento diez por doce metros, parecida a una construcción de circo. Así que esto, se piensa caminando lentamente en círculo, es el arte de la representación de la historia. Se basa en una falsificación de la perspectiva. Nosotros, los supervivientes, lo vemos todo desde arriba, vemos todo al mismo tiempo y sin embargo no sabemos cómo fue. Alrededor se extiende el campo desierto, en el que una vez perecieron cincuenta mil soldados y diez mil caballos al cabo de pocas horas. En la noche tras la batalla se habrán podido oír, en este mismo lugar, estertores y gemidos polífonos. Ahora aquí no hay nada más que tierra marrón. ¿Qué habrán hecho en su día con todos los cuerpos y con todos los restos mortales? ¿Están enterrados bajo el cono del monumento? ¿Nos encontramos sobre una montaña de muertos? ¿Acaso nuestro observatorio, en definitiva, no es más que esto? ¿Se obtiene desde un lugar semejante la tantas veces citada perspectiva histórica? Una vez me dijeron que cerca de Brighton, no lejos de la costa, hay dos pequeños bosquecillos que fueron plantados después de la batalla de Waterloo en recuerdo de la victoria memorable. Uno de ellos tiene la forma de un tricornio napoleónico, el otro de la bota de Wellington. Los contornos, naturalmente, no pueden reconocerse desde el suelo. Se dice que estas alegorías fueron pensadas para futuros viajeros en globo. Aquella tarde en el panorama metí un par de monedas en una caja y escuché en flamenco la descripción de la batalla. Como mucho, de los diferentes acontecimientos habré comprendido la mitad. De holle weg van Ohain, de Hertog van Wellington, de rook van de pruisische batterijen, tegenaanval van de nederlandse cavalerie; los combates, probablemente, oscilaron de un lado a otro durante mucho tiempo, como casi siempre suele suceder. No se producía una imagen clara. Ni por aquel entonces ni ahora. Hasta que no cerré los ojos no vi, esto lo recuerdo perfectamente, una bola de cañón que de soslayo atravesó una hilera de álamos, de modo que las ramas verdes volaron hechas trizas. Y después vi a Fabrizio, el joven héroe de Stendhal, pálido y con ojos relucientes, vagando por la batalla, y cómo un coronel derribado del caballo se volvía a incorporar y le dice a su sargento: No siento nada más que mi vieja herida en la mano derecha. Antes del viaje de vuelta a Bruselas intenté entrar en calor en uno de los restaurantes. En el otro extremo de la habitación, en la luz turbia que penetraba a través de los vidrios belgas redondos, estaba sentada una pensionista gibosa. Llevaba un gorro de lana, un abrigo de invierno de gruesa tela moteada y guantes sin dedos. La camarera le trajo un plato con una gran porción de carne. La anciana se quedó mirándolo durante un rato, luego extrajo de su bolso de mano una pequeña navaja afilada con mango de madera y comenzó a cortarlo. La fecha de su cumpleaños, estoy pensando ahora, podría coincidir aproximadamente con el momento en que se concluyó el ferrocarril del Congo.

Las primeras noticias acerca del tipo y la magnitud de los crímenes cometidos en el curso de la civilización del Congo contra la población autóctona llegaron a hacerse públicas en 1903 por mediación de Roger Casement, quien entonces ocupaba el cargo de cónsul británico en Roma. Casement —del que Korzeniowski había expresado una vez delante de un conocido londinense, que podía contar cosas que él, Korzeniowski, intentaba olvidar desde hacía tiempo— en un memorándum presentado a lord Lansdowne, de la Foreign Secretary, hizo un informe pormenorizado relativo a una explotación de los negros que no era atenuada por ningún tipo de miramiento, obligados a trabajar sin remuneración en todas las obras de la colonia, alimentados únicamente con lo imprescindible y con frecuencia encadenados los unos a los otros y a un ritmo establecido desde el amanecer hasta la caída del sol y, a fin de cuentas, hasta caer literalmente desplomados. Ante los ojos de aquel que navegue por la parte superior del Congo río arriba y no esté cegado por la avaricia de dinero, escribe Casement, se revela la agonía de un pueblo entero en todos sus pormenores, que desgarran el corazón y dejan sumidas en las sombras las historias bíblicas del sufrimiento. Casement no dejó ninguna duda de que al año los vigilantes blancos empujaban a la muerte a cientos de miles de esclavos, y de que mutilaciones, cortar las manos y los pies y ejecuciones con revólver eran propias de las medidas represivas practicadas en el Congo a diario para el mantenimiento de la disciplina. Una conversación personal, para la que el rey Leopoldo había hecho ir a Bruselas a Casement, debía servir para relajar el tenso ambiente que su intervención había creado, mejor dicho, debía servir para valorar el peligro que derivaba de las actividades revolucionarias de Casement hacia las empresas coloniales belgas. Que consideraba el rendimiento laboral de los negros, decía Leopoldo, como un equivalente a los impuestos absolutamente legítimo, y, si en ocasiones, ya que no quería negar que fuese cierto, se llegaba a abusos inquietantes por parte del personal blanco de vigilancia, había que atribuirlo al hecho deplorable, pero sin embargo apenas corregible, de que el clima del Congo provocaba una especie de demencia en las cabezas de algunos blancos, que lamentablemente no siempre era posible prevenir a tiempo. Como a Casement no se le podía persuadir con tales argumentos, Leopoldo se valió del privilegio de la influencia real en Londres, lo que tuvo como consecuencia que, con dualidad diplomática, el informe de Casement fuese por una parte alabado como ejemplar y se concediera a su autor el título de Commander of the Order of St. Michael and St. George, y sin embargo, por otra parte, no se adoptara ninguna medida que pudiese menoscabar la salvaguardia de los intereses belgas. Cuando Casement, algunos años más tarde —probablemente con la secreta intención de alejar de forma provisoria su molesta persona— fue enviado a Suramérica, descubrió allí, en las zonas selváticas de Perú, Colombia y Brasil, condiciones que en muchos aspectos se asemejaban a aquellas del Congo, sólo que no eran sociedades mercantiles belgas las que estaban operando aquí, sino la Amazon Company, cuya administración central tenía su sede en la City londinense. También en Suramérica se exterminaron en aquel tiempo tribus enteras y regiones enteras quedaron reducidas a cenizas. Es cierto que el informe de Casement y su apuesta incondicional en favor de los desamparados por las leyes y de los perseguidos suscitaba cierto respeto en la Foreign Office, si bien, al mismo tiempo, muchos de los burócratas competentes de más alto nivel sacudían la cabeza por aquello que les parecía un afán quijotesco, no propicio, seguramente, al ascenso laboral del enviado tan prometedor por sí solo. Se intentó regular este asunto elevándole a la categoría de noble en relación expresa a los merecimientos que se había procurado en favor de los pueblos sometidos de esta tierra. No obstante, Casement no estaba dispuesto a trasladarse al lado del poder, muy al contrario le preocupaban cada vez más la naturaleza y el origen de este poder y la mentalidad imperialista que había nacido de ella. Consecuente con esta línea era que acabara dando con la cuestión irlandesa, es decir, con su propia cuestión. Casement había crecido en County Antrim como hijo de padre protestante y madre católica, y conforme a toda su educación pertenecía a aquellos cuya misión vital residía en mantener la dominación inglesa sobre Irlanda. Cuando la cuestión irlandesa se agravó en los años anteriores a la primera guerra mundial, Casement comenzó a hacer suya la causa de «los indios blancos de Irlanda». Las injusticias perpetradas contra los irlandeses a lo largo de siglos colmaban su conciencia cada vez más, estigmatizada más hondamente por la compasión que por otra emoción cualquiera. El hecho de que casi la mitad de la población irlandesa fuera asesinada por los soldados de Cromwell, de que más tarde miles de hombres y mujeres fueran enviados como esclavos blancos a las islas de las Indias Occidentales, de que en lo venidero más de un millón de irlandeses muriesen de hambre y el hecho de que una gran parte de todas las generaciones que retoñaban en años posteriores estuviera obligada a emigrar de la patria, no se le iba de la cabeza. La determinación definitiva para Casement llegó en el año 1914, cuando el Home-Rule Programm, propuesto por el gobierno liberal para la solución de la cuestión irlandesa, fracasó por la oposición fanática de los protestantes norirlandeses que habían apoyado, tanto en público como en privado, los distintos grupos de interesados ingleses. We will not shrink from Ulster's resistance to home rule for Ireland, even if the British Commonwealth is convulsed, anunciaba Frederick Smith, uno de los representantes más decisivos de la minoría protestante, cuya denominada lealtad consistía en la disposición de defender sus privilegios a mano armada si fuese necesario incluso contra las tropas del gobierno. Se fundaron los Ulster Volunteers con un grueso de cien mil hombres, y también en el sur se formó un ejército de voluntarios. Casement tomó parte en el reclutamiento y armamento de los contingentes. Envió sus condecoraciones de vuelta a Londres. No volvió a emplear la pensión que le había sido asignada. A principios de 1915 fue a Berlín en misión secreta para persuadir al gobierno del Reich del suministro de armas al ejército de liberación irlandés y para convencer a los prisioneros de guerra irlandeses en Alemania de que se unieran a una brigada irlandesa. Ambas empresas fracasaron, y Casement fue traído de vuelta a Irlanda en un submarino alemán. Mortalmente agotado y completamente aterido por el agua helada, vadeó la bahía de Banna Strand, cerca de Tralec, hasta tierra firme. En este momento tenía cincuenta y un años. Su detención era inminente. Aún tuvo el tiempo justo de conseguir evitar, por mediación de un sacerdote, la sublevación de Pascua prevista en toda Irlanda, ahora condenada al fracaso, con el mensaje de No German help available. Algo muy distinto era, sin embargo, que los idealistas, los poetas, los dirigentes sindicales y los profesores que tenían la responsabilidad en Dublín se sacrificaran a sí mismos y a aquellos que los escuchaban en una lucha callejera de siete días. Cuando la sublevación fue sofocada, Casement ya estaba recluido en una celda de la Torre de Londres. No tuvo asistencia judicial. Como representante de la acusación fue requerido Frederick Smith, entre tanto ascendido a fiscal del Tribunal Supremo, por lo que la resolución del proceso estaba ya casi estipulada de antemano. Para impedir cualquier recurso de gracia eventual por parte influyente, se transmitieron al rey inglés, al presidente de Estados Unidos y al Papa extractos del llamado diario negro hallado durante el registro de la vivienda de Casement, que contiene un tipo de crónica de las relaciones homosexuales del acusado. La autenticidad del diario negro de Casement, hasta hace poco guardado bajo llave en la Public Record Office de Kew, al suroeste de Londres, se ha considerado sumamente dudosa durante mucho tiempo, no en último lugar a consecuencia de que hasta el pasado más reciente, los órganos ejecutivos y judiciales del Estado, encargados de obtener, en el procedimiento contra supuestos terroristas irlandeses, el material comprobante y de elaborar el auto de procesamiento del fiscal, han sido reiteradamente culpables no sólo de suposiciones e imputaciones negligentes, sino también de falsificaciones premeditadas del sumario. En cualquier caso, para los veteranos del movimiento de liberación irlandés era impensable que uno de sus mártires pudiese haber sido afectado del vicio inglés. No obstante, desde el desembargo de los diarios en primavera de 1994 no cabe ninguna duda de que fueron escritos por Casement. La única consecuencia que se puede deducir de ello es que posiblemente fuera la homosexualidad de Casement lo que le capacitó, pasando por alto las barreras de las clases sociales y de las razas, para reconocer la constante opresión, explotación, esclavización y desguace de aquellos que más alejados estaban de los ejes del poder. Como no cabía esperar de otra forma, Casement, al final del juicio en el Old Bailey, fue hallado culpable de alta traición. Lord Reading, el juez que ocupaba la presidencia, en otro tiempo llamado Rufus Isaacs, dio a Casement su último aviso. You will be taken hence, le dijo, to a lawful prison and thence to a place of execution and will be there hanged by the neck until you be dead. Hasta 1965 el gobierno británico no permitió la exhumación de los restos de Roger Casement, apenas identificables, seguramente, de la fosa de cal en el patio de la prisión de Pentonville, en la que se había arrojado el cadáver.


Versión castellana de Carmen Gómez y Georg Pichler
Madrid, Debate, 2000