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12 oct. 2014

Alejo Carpentier: El arpa y la sombra (II: La mano)

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Broncas, mugientes, tenidas en larga nota caída de la cofa, casi lúgubres, suenan las trompas de la nave que boga despacio, en tal cendal de neblina que del castillo de popa no se le divisa la proa. El mar, en derredor, parece un lago de agua plomiza, cuyas quietas olas se dibujan en diminutas crestas que ablandan el filo sin nervarse de espumas. Lanza su aviso el vigía y no le responden. Vuelve a preguntar, y su interrogación se pierde en el mecido silencio de una bruma que se me cierra a veinte varas de los ojos, dejándome a solas —a solas entre fantasmas de marineros— con mi tensa espera. Porque la emoción de lo anunciado, la ansiedad de ver, me tienen asomado a las bordas desde que sonó la campana de la sexta. Y es que si bastante he navegado hasta ahora, hoy me hallo fuera de todo rumbo conocido en viaje que todavía acarrea perfume de hazaña —no pudiendo decirse lo mismo, cuando se piensa en las trajinadas singladuras mediterráneas. Estoy impaciente por divisar la extraña tierra —¡y bien extraña dicen que es!...— que marca el límite de la Tierra. Desde que salimos de Brístol tuvimos viento bueno y buena mar, y no pareció que hubiese de repetirse para mí la enojosa tribulación del Cabo San Vicente donde, por divino amparo del Señor, me salvé, asido de un remo, del espantable naufragio de una urca incendiada. En Gallway recogimos al Maestre Jacobo, experto como nadie en llevar por estos caminos azarosos las naves de Spínola y Di Negro, con sus cargamentos de maderas y de vinos. Porque parece que, no habiendo bosques ni viñas en esta isla que pronto avistaremos, la madera y el vino son las cosas que en mayor estima tienen sus habitantes: la madera para levantar sus viviendas; el vino, para alegrar sus ánimos en el inacabable invierno donde el océano endurecido, las olas esculpidas en hielo, las montañas a la deriva que viera Piteas el marsellés, los tiene aislados del mundo. Al menos, así me contaron, aunque el Maestre Jacobo afirma, en buen conocedor de estos cielos, que este año no habría de endurecerse el mar —y ocurre otras veces— porque ciertas corrientes, venidas del Oeste, suelen atemperar los rigores de la estación…Jovial y de buena compañía es este Maestre Jacobo que ha venido a parar a la remota Gallway, donde se amancebó con una garrida escocesa, moza de muchas pecas y grandes tetas, poco preocupada por las cuestiones de limpieza de sangre que, en estos días, tienen envenenados los reinos de Castilla. Se rumora allí, desde largo tiempo, que pronto —el mes próximo, un día de éstos, no se sabe cuándo— empezarán los Tribunales de la Inquisición a remover y registrar el pasado, la prosapia, la ascendencia, de los cristianos nuevos. Que no bastará ya con la abjuración, sino que a cada converso se llevará cuenta de observancias, con carácter retroactivo, lo cual expone al sospechoso de fraude, disimulo, desapego o fingimiento, a la delación de cualquier deudor, de cualquier codicioso de bienes ajenos, de cualquier enemigo solapado —de cualquiera cosedora de virgos o echadora de mal de ojo, interesada en desviar las miradas de su propio negocio de ensalmos y medicinas de buen querer. Pero hay más: nacida no se sabe dónde, una changoneta corre de boca en boca, como anuncio de días aciagos. Aquella —la he oído— que dice: “Ea, judíos, a enfardelar...”, entonada acaso en son de burla, pero burla que, de endurecerse, podría ser el anuncio de la proximidad de un nuevo éxodo —que el Señor no quiera, porque mucha riqueza mana de las juderías, y los Santángel, grandes financistas, pasaron a la real hacienda, a título de préstamo, millares y millares de monedas marcadas al troquel de sus circuncisiones. Por ello, el Maestre Jacobo piensa que hombre precavido vale por dos, que mal se vive en diáspora, y, por lo mismo, ha querido poner casa en Gallway, al amparo de la firma Spínola y Di Negro, cuyas mercancías almacena al lado de su moza rolliza, pecosa y de grandes tetas, que le hace grata la vida aunque demasiado huela, a veces, a sobaquina de pelirroja. Además, sabe que algo lo hace indispensable: su prodigiosa inteligencia para aprender lenguas en pocos días, Tanto se maneja con el portugués como con el provenzal, con el habla de Génova o el picardo, entendiéndose igualmente con el inglés de Londres, la jerga de Britania, y hasta con el abrupto idioma, erizado de consonantes, rocalloso y roncador —”idioma de estornudar para dentro”, lo llama— que se usa en la tenebrosa isla a donde vamos —isla que, entre brumas que se pintan, ahora, de un raro color de tierra de alfarero, empieza a dibujarse en el horizonte, en este día, a poco de pasada la hora nona. ¡Hemos llegado al límite de la Tierra!...

Y no sé por qué el Maestre Jacobo me ha mirado con sorna cada vez que he dicho eso de “límite de la Tierra”. Y ahora que en tierra estamos, en casa hecha con tablas de buen pino conquense, pasándonos la bota de vino resinado, se mofa el Maestre Jacobo, algo alzado de tono por lo bebido, de que alguien crea que aquí se ha llegado a los confines de lo conocido. Dice que hasta los infantes, ésos, que con caperuzas de piel y los culeros meados, andan por las calles de este puerto cuyo nombre jamás llegaré a pronunciar, se reirían de mí si dijera que la tierra que aquí pisamos es el término o fin de algo. Y, llevándome de asombro en asombro, me dice que estos hombres del Norte (normáns parece que por eso se llaman), antes de que nosotros empezáramos a salir del ámbito natal, buscando, a tientas, nuevos caminos por donde andar, habían llegado, por el Este, a las comarcas de los rus, y, llevando sus asaetadas y ligeras naves a los ríos del Sur, alcanzado los reinos de Gog y Magog y los sultanatos de la Arabia, de donde se habían traído monedas que aquí se mostraban con orgullo, cual trofeos conseguidos en algún Quersoneso... Y para demostrarme que no miente, me muestra el Maestre Jacobo unos denarios y dirames que, por venir de comarcas por donde anduvieron sus remotos antepasados de las Tribus, conserva como talismanes en su pañuelo marinero —aunque su religión, que bien conozco, prohíbe la práctica de tales supersticiones. Traga el Maestre un largo hilo de vino que le baja de la bota al gaznate, y vuelve ahora los ojos hacia el Oeste. Me dice que, hace ya tantos años que suman varios siglos, un hidalgo pelirrojo, de aquí, al ser condenado a destierro por delito de homicidio, había emprendido una navegación fuera de los rumbos usuales, que lo condujo a una enorme tierra a la que llamó “Tierra Verde” por lo verdes que allí estaban los árboles. —”No puede ser” —dije al Maestre Jacobo, apoyándome en la autoridad de los más grandes cartógrafos de la época, ignorantes de esa verde tierra jamás montada por nuestros mejores naucheros.

El Maestre Jacobo me mira socarronamente, haciéndome saber que hace ya más de doscientos años había ciento noventa granjas en la “Tierra Verde”, dos conventos de monjes, y hasta doce iglesias —una de ellas casi tan grande como la mayor que, en sus reinos, hubiesen edificado los normáns. Pero eso no era todo. Perdidos en la bruma, llevando sus naves fantasmales a las noches sin albas de les mundos hiperbóreos, estos hombres cubiertos de pieles, rompiendo las nieblas a toque de buxines, habían navegado más al Oeste y más al Oeste aún, descubriendo islas, tierras ignoradas, mencionadas ya en un tratado que desconozco, titulado Inventio fortunata, que mucho parece haber compulsado el Maestre Jacobo. Pero eso no es todo. Yendo siempre al Oeste, más al Oeste, y aún más al Oeste, un hijo del marino pelirrojo, llamado Leif-el-de-la-buena-suerte, alcanza una inmensa tierra a la que pone el nombre de “Tierra de Selvas”. Allí, abunda el salmón; crecen la baya y la mora; inmensos son los árboles, y —portento increíble en tal latitud— la yerba no desverdece en el invierno. Además, la costa no es resquebrajada ni adusta, ni socavada por grutas donde muge el océano y viven terribles dragones... Leif-el-de-la-buena-suerte se interna en aquel ignorado paraíso, donde se le extravía un marinero alemán, llamado Tyrk. Transcurren varios días, y cuando sus compañeros creen que jamás habrán de volverlo a ver, o que ha sido devorado por alguna fiera de desconocida traza, reaparece el Tyrk, más borracho que truhán de almadraba, anunciando que ha encontrado enormes viñedos silvestres y que las uvas, puestas a fermentar, dan un vino que, bueno, con verme basta, y aquí no me tose nadie, y que me dejen dormir la mona, que esto es Jauja, y que de aquí no me voy más, y que no se me acerque nadie, porque le desmocho la cabeza como la desmochó el Rey Beovulfo al dragón de los colmillos envenenados, y aquí el rey soy yo, y quien pretenda desafiarme... Y se desploma, y vomita, y grita que todos los normáns son unos hijos de puta... Pero hoy, para los normáns ha nacido, después de la Tierra Verde, la Tierra del Vino... “Y si crees que miento” —dice el Maestre Jacobo— “consíguete los escritos de Adán de Bremen y de Oderico Vital”. Pero no sabría dónde hallar esos textos, redactados de seguro, además, en lengua que ignoro. Lo que quiero es que me cuenten, que me digan lo que todavía —aquí, en esta isla que se saca como surtidores de agua hirviente de las entrañas de rocas negras— cuentan, tañendo el arpa, unos memoriosos de cosas antiguas que llaman escaldas. Y me narra el marrano amigo que, al saberse aquí de la Tierra del Vino, pronto van a ella, en nuevo viaje, ciento sesenta hombres, al mando de un Torvaldo, otro hijo del Pelirrojo desterrado, y de un Torvardo, cuñado suyo, casado con una hembra de espada al cinto y cuchilla entre pechos, llamada Feydis.

Y es, de nuevo, el salmón abundante, el vino ácido que embriaga gratamente, las yerbas que jamás desverdecen, el pino alerce, y hasta se descubren, tierras adentro, enormes llanuras de trigo silvestre. Y todo se anuncia próspero y feliz, cuando aparecen, bogando en barcas que parecen hechas con cueros de ármales de agua, unos hombrecitos de tez cobriza, pómulos salientes, ojos algo almendrados, pelos como crines de caballos, que los membrudos y recios varones rubios de aquí hallan muy feos y malformados. Al principio se hacen buenos negocios con ellos. Magníficos negocios de trueques ventajosos. Se consiguen ricas pieles a cambio de cualquier cosa que resulte nueva para quienes se dan a entender por señas: fíbulas de poco precio, cuentas de ámbar, collares de abalorios, pero, sobre todo, paños encarnados —pues parece que les atrae sobremanera el color encarnado, tan gustado también por los normáns. Y todo marcha a lo mejor hasta el día en que un toro, traído en una de las naves, se huye del establo y se pone a bramar en la costa. No se sabe lo que ocurre con los hombrecitos: como enloquecidos por algo que debe relacionarse, en su bárbara religión, con alguna estampa del mal, comienzan por huir; pero vuelven más tarde, en horda pululante, trepadores, ágiles, arrojando piedras, lluvias de guijarros, aludes de gravas, sobre los gigantes rubios cuyas hachas y espadas, en tal suerte de guerra, resultan inútiles. De nada vale que la hembra Freydis se saque los pechos para avergonzar con ellos a los que, faltos de cojones, tratan de resguardarse en sus naves. Y, tomando el mandoble de un guerrero caído, se arroja sobre los lanzadores de piedras que, repentinamente aterrados por los clamores de la tremebunda mujer, huyen a su vez... Pero aquella noche, reunidos en consejo, los vikingos —también se les llama así— toman el acuerdo de volverse a esta isla para reunir una nueva expedición más numerosa en hombres bien armados. Pero el proyecto despertará poco entusiasmo en gente que, de año en año, trabajando sobre lo seguro, ha llevado sus naves hasta París, Sicilia y Constantinopla. Nadie, ahora, se atreverá a arrostrar los peligros de una instalación azarosa en un mundo donde menos asustan los enemigos —hombres, bestias—, de índole conocida, que los misterios de montañas abruptas, apenas entrevistas; de cavernas que pueden ser espeluncas de monstruos; del infinito de las extensiones desiertas; de breñales donde, en las noches, se oyen ululares, lamentos y gritos, que afirman la presencia de genios de la tierra —de una tierra tan vasta, tan prolongada hacia el sur, que se necesitarían millares y millares de hombres y de mujeres para explorarla y poblarla. No se regresará, pues, a la Gran Tierra del Oeste, y la estampa de la Vinlandia se esfumará en la lejanía, como un espejismo, quedando su recuerdo maravilloso en boca de los escaldas, en tanto que su existencia real es consignada en el gran libro de Adán de Bremen, historiador de los Arzobispos de Hamburgo, encargado de llevar la Cruz de Cristo a las tierras hiperbóreas conocidas o por conocer, donde la palabra de los Evangelios no hubiese sonado aún.

Y buena falta haría que sonara allá el Verbo, puesto que había hombres, muchos hombres, ignorantes de que alguien hubiese muerto para ellos —y otros hombres como aquellos, esto se sabía de oídas, que montaban en carros tirados por perros para viajar al País de la Perenne Noche... Pregunto al Maestre Jacobo por el nombre de esos seres, entregados seguramente a deleznables idolatrías, que habían tenido el coraje de arrojar de sus reinos a los gigantes rubios de acá. —”Ignoro bajo qué palabra se designan ellos mismos” —me responde el nauchero: “En el idioma de sus descubridores, se les dice skraelings, que es—¿cómo diríamos nosotros?...— algo así como malformados, contrahechos, patizambos. Sí. Eso es: patizambos. Porque, claro, los normáns son robustos y de muy buena estampa. Y aquella gente, por pequeña, chata, de piernas cortas, les pareció como malformada. Skraelings. Eso es: "patizambos”... “Yo diría mejor: monicongos.” —”¡Eso! ¡Eso!” —exclama el Maestre Jacobo: “Monicongos... ¡Bien hallada la palabra!”... Es tal de cuando me recojo a mi habitación del almacén de Spínola y Di Negro, que en esta tierra remota, con tantas maderas amontonadas, con tantos toneles que se compran aquí para guardar una bebida llamada biorr, huele a resinas de Castilla. Pero no puedo dormir. Pienso en esos navegantes extraviados entre témpanos y brumas, con sus naves fantasmales señoreadas por una cabeza de dragón, viendo surgir montañas verdes sobre el desdibujo de sus horizontes inciertos, topándose con troncos flotantes, olfateando brisas cargadas de efluvios nuevos, pescando hojas de formas distintas a las conocidas, mandrágoras viajeras, criadas en ensenadas nunca vistas; veo esos hombres de la niebla, apenas hombres en el difumino de la niebla, interrogando el sabor de las corrientes, probando el punto de sal de las espumas, descifrando el idioma de las olas, atentos al vuelo de aves inesperadas, al paso de un cardumen, a la deriva de las algas. Todo lo aprendido a lo largo de mis viajes, toda mi Imago Mundi, todo mi Speculum Mundi, se me vienen abajo... ¿Así que, navegando hacia el Oeste, se encuentra una inmensa Tierra Firme, poblada de monicongos, que se prolonga hacia el Sur como si no tuviese término? Y digo que posible es que se alargue hasta tierras tórridas, en latitud de Malagueta, acaso, puesto que los normáns estos hallaron salmón y hallaron vides. Y el salmón —salvo en los Pirineos, y es gran rareza, como rareza es todo lo que se cría en tierras vascongadas— termina donde empieza la uva. Y la uva baja hasta las tierras de Andalucía, hasta las islas griegas que conozco, hasta las Madeiras, y hasta parece que se da en tierra de moros, aunque a éstas no sacan vino porque es cosa prohibida por los mandamientos del Alcorán. Pero, de acuerdo a lo que sé, donde termina la uva empieza el dátil. Y acaso se da también el dátil, en el mundo aquel, al Sur, más al Sur de la uva... En tal caso... Se me barajan, se me revuelven, se me trastruecan, desdibujan y redibujan, todos los mapas conocidos. Mejor olvidar los mapas, pues se me hacen, de pronto, petulantes y engreídos con su jactanciosa pretensión de abarcarlo todo. Mejor me vuelvo hacia los poetas que, a veces, en bien medidos versos, pronunciaron verdaderas profecías. Abro el libro de las Tragedias de Séneca que me acompaña en este viaje. Me detengo en la tragedia de Medea, que tanto me agrada por lo mucho que se habla en ella del Ponto y de la Escitia, de rumbos, de soles y estrellas, de la Constelación de la Cabra de Olena, y hasta de Osas que se habían bañado en mares prohibidos, y me detengo en la estrofa final del sublime coro que canta las hazañas de Jasón:

... Venient annis
saecula seris quibus Oceanus
uincula rerum laxet et ingens
pateat tellus Tethysque nouos
detegat orbes nec sit terris
ultima Thule.

Tomo una pluma y traduzco, según mi entender, en el castellano que aún manejo con alguna torpeza, esos versos que muchas veces habré de citar en el futuro: “Vendrán los tardos años del mundo ciertos tiempos en los cuales el mar Océano aflojará los atamentos de las cosas y se abrirá una gran tierra, y un nuevo marino como aquel que fue guía de Jason, que hubo nombre Tiphi, descubrirá nuevo mundo, y entonces no será la isla Thule la postrera de las tierras.” Esta noche vibran en mi mente las cuerdas del arpa de los escaldas narradores de hazañas, como vibraban en el viento las cuerdas de esa alta arpa que era la nave de los argonautas.


El arpa y la sombra (1978)



3 nov. 2007

Cristóbal Colón - Carta a los Reyes Católicos (La Tierra de Gracia)

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Partí en nombre de la Santísima Trinidad el miércoles 30 de mayo de 1498 de Sanlúcar de Barrameda y navegué a las Islas Madera por camino no acostumbrado, por evitar los perjuicios que me hubiera causado una armada francesa que me aguardaba cerca del cabo de San Vicente, y de allí a las Islas Canarias. De aquí partí con una nave y dos carabelas; envié los otros navíos directamente a la Isla Española, y yo navegué rumbo al Sur con propósito de llegar a la línea equinoccial, y de allí seguir al Poniente hasta que la Española quedase al Norte. Llegando a las islas de Cabo Verde (falso nombre, porque son tan secas que no vi en ellas cosa verde alguna) con toda la gente enferma, no osé detenerme en ellas y navegué al Sudoeste 480 millas, donde anocheciendo tenía la Estrella Polar en cinco grados. Allí me desamparó el viento y entré en una zona de calor y tan grande, que creí que se me quemarían los navíos y la gente. El desorden fue tal que no había persona que osase descender bajo cubierta a reparar las vasijas y víveres. Duró este calor ocho días, el primero de los cuales fue soleado y los siete siguientes de lluvia y nublados, que si hubiesen sido soleados como el primero creo que no hubiéramos podido escapar de manera alguna. Plugo a Nuestra Señora, al cabo de esos ocho días, darme buen viento de Levante y yo seguí al Poniente, mas no osé declinar hacia el Sur porque hallé grandísimo cambio en el cielo y las estrellas. Decidí, pues, mantener rumbo Oeste y navegar a la altura de Sierra Leona hasta donde había pensado encontrar tierra para reparar los navíos, remediar la escasez de víveres y tomar agua, que ya no tenía. Al cabo de diecisiete días en que Nuestro Señor me dio viento favorable, el martes 31 de julio, al mediodía, avistamos tierra. Yo la esperaba desde el lunes anterior y había mantenido el rumbo invariable hasta entonces, mas el martes, al salir el sol, careciendo ya de agua, decidí dirigirme a las islas de los caribes y tomé esa dirección. Como su Alta Majestad siempre ha usado de misericordia conmigo, por suerte subió un marinero a la gavia y vio al Poniente tres montañas juntas. Dijimos la Salve Regina y otras oraciones, y dimos todos muchas gracias a Nuestro Señor; después dejé el camino al Norte y me dirigí a tierra; llegué con el crepúsculo al cabo que llamé de la Galea [hoy cabo Galeote] después de haber bautizado a la isla con el nombre de Trinidad. Allí hubiera encontrado puerto de haber sido más hondo; había casas, gente y muy lindas tierras, tan hermosas y verdes como las huertas de Valencia en marzo. Pesóme cuando no pude entrar a puerto, y recorrí la costa hasta el extremo Oeste; navegadas cinco leguas hallé fondo y anclé las naves. Al día siguiente me di a la vela buscando puerto para reparar los navíos y tomar agua y víveres. Tomé una pipa de agua y con ella anduve hasta llegar al cabo; allí hallé abrigo del viento de Levante y buen fondo, donde mandé a echar el ancla, reparar los toneles y tomar agua y leña, y envié gente a tierra a descansar de tanto tiempo que andaban penando.

A esta punta la llamé del Arenal [hoy punta de Icacos] y allí se halló la tierra hollada de unos animales que tenían las patas como de cabra que, según parece, había en abundancia, aunque no se vio sino uno muerto. Al día siguiente vino del Oriente una gran canoa con 24 hombres, todos mancebos, muy ataviados y armados de arcos, flechas y escudos, de buena figura y no negros, sino más blancos que los otros que he visto en las Indias, de lindos gestos y hermosos cuerpos, con los cabellos cortados al uso de Castilla. Traían la cabeza atada con un pañuelo de algodón tejido a labores y colores tan finos, que yo creí eran de gasa. Traían otro de estos pañuelos ceñido a la cintura y se cubrían con él en lugar de taparrabo. Cuando llegó la canoa sus ocupantes hablaron de lejos, y ni yo ni otro alguno les entendimos, mas yo les mandaba a hacer señas de acercarse. En esto se pasaron más de dos horas; si se aproximaban un poco, luego se alejaban. Yo les hacía mostrar bacines y otras cosas que lucían enamorándolos para que viniesen; al cabo de buen rato se acercaron algo más de lo que hasta entonces habían hecho. Yo deseaba lograr información, y no teniendo ya cosa que mostrarles para atraerlos mandé subir un tamboril al castillo de popa para que tañesen, y unos mancebos para que danzasen, creyendo que se acercarían a ver la fiesta; mas cuando vieron tañer y danzar dejaron los remos y echaron mano a los arcos y los encordaron, embrazó cada uno su escudo y comenzaron a tirarnos flechas. Cesó el tañer y el danzar y mandé a sacar una ballesta; ellos me dejaron y se dirigieron a otra carabela y de golpe se fueron debajo de la popa. El piloto entró con ellos y dio un sayo y un bonete al que le pareció ser el principal de la canoa, concertando que iría a hablar con ellos a la playa. Éstos allá se fueron y le esperaron, pero como él no quiso ir sin mi licencia, al verlo venir con la barca a mi nave regresaron a la canoa y se fueron; nunca más los vi, ni a ellos ni a otros de esta isla. Cuando llegué a la punta del Arenal hallé una boca grande, de dos leguas de anchura de Poniente a Levante, que se abre entre la isla de Trinidad y la Tierra de Gracia; para pasar al Sur había que pasar unos hileros de corrientes que atravesaban la boca y traían un rugir muy grande; creí que sería un arrecife de bajos y peñas infranqueables. Detrás de ésta había otro hilero, y otro más, trayendo todos un rugir tan grande como las olas de la mar que van a romper y dar en peñas. Fondeé en dicha punta, fuera de la boca, y hallé que venía agua del Oriente hasta el Poniente con tanta furia como hace el Guadalquivir en tiempos de avenida, y esto continuó día y noche, tanto que creí que no podría volver atrás por la corriente ni ir adelante por los bajos. En la noche, ya muy tarde, estando a bordo de la nave oí un rugir muy terrible que venía del Sur hacia nosotros.

Me paré a mirar y vi que, levantando la mar de Poniente a Levante, venía una loma tan alta como la nave, y todavía venía hacia mí poco a poco; sobre ella venía un hilero de corriente rugiendo con gran estrépito, con aquella furia del rugir que dije me parecían ondas de la mar que daban en peñas. Aún hoy en día tengo el miedo en el cuerpo, pues creí me volcaría la nave cuando llegase bajo ella. Pasó la ola y llegó hasta la boca, donde se mantuvo por mucho tiempo.

Al día siguiente envíe la barca a sondear la boca y hallé que en el lugar más bajo tenía seis o siete brazas de fondo, y de continuo andaban aquellos hileros, unos por entrar y otros por salir. Plugo a Nuestro Señor darme buen viento y atravesé la boca hacia adentro, donde hallé tranquilidad. Por suerte se sacó agua del mar y la hallé dulce. Navegué hacia el Sur, hasta una sierra muy alta, distante unas 26 leguas de la punta del Arenal; allí habían dos cabos de tierra muy alta, el uno hacia el Oriente, perteneciendo a la isla de Trinidad, y el otro hacia Occidente, correspondiente a la Tierra de Gracia. Hallé una boca muy angosta [Boca Grande] más estrecha que la existente en la punta del Arenal con los mismos hileros y el mismo rugir fuerte del agua; como allá, la mar era dulce.

Hasta entonces yo no había logrado información de ninguna gente de estas tierras, y lo deseaba vivamente. Por tanto, navegué a lo largo de la costa hacia el Poniente; cuanto más andaba hallaba el agua de la mar más dulce y sabrosa. Navegando un gran trecho, llegué a un lugar cuyas tierras me parecieron labradas; allí fondeé y envié las barcas a tierra, donde hallaron que los habitantes se habían ido recientemente, y encontraron el monte cubierto de monos; regresaron, y considerando que ésta era tierra montuosa y que me parecía que hacia el Poniente las tierras eran más llanas y estarían más pobladas, mandé levar anclas y recorrí la costa hasta el cabo de la serranía, donde anclé en un río. Luego vino mucha gente, y me dijeron que llamaban a esta tierra Paria, y que hacia el Poniente estaba más poblado. Tomé cuatro de ellos y navegué hacia ese rumbo; andadas unas ocho leguas, más allá de una punta que llamé de la Aguja [punta de Alcatraces] hallé las tierras más hermosas del mundo, muy pobladas. Llegué allí una mañana, antes del mediodía, y por ver este verdor y esta hermosura acordé fondear y ver los pobladores, de los cuales algunos vinieron en canoas a rogarme, de parte de su rey, que descendiese a tierra. Cuando vieron que no hice caso de ellos vinieron a la nave en numerosas canoas, y muchos traían piezas de oro al cuello, y algunos, perlas atadas a sus brazos. Me alegró mucho verlas y procuré con empeño saber dónde las hallaban; me dijeron que allí y en la parte Norte de aquella tierra.

Quise detenerme, mas los víveres que traía, trigo, vino y carne para esta gente de acá, que obtuve en España con tanta fatiga, se me hubieran echado a perder. Por tanto, yo no buscaba sino llevar los bastimentos a lugar seguro y no detenerme en parte alguna. Procuré conseguir algunas perlas y envié las barcas a tierra. Esta gente es muy numerosa, toda muy bien parecida, del mismo color que los que vi, y muy tratable; la gente nuestra que fue a tierra los halló muy tratables, y fueron recibidos muy honrosamente. Dicen que luego que llegaron las barcas a tierra vinieron dos personajes principales con todo el pueblo; creen que el uno era el padre y el otro el hijo. Los llevaron a una casa muy grande hecha a dos aguas, no redonda como tiendas de campo cual son otras. Allí tenían muchas sillas donde los hicieron sentar y también ellos tomaron asiento, e hicieron traer pan, gran variedad de frutas y vino de muchas clases, blanco y tinto, aunque no de uvas; deben ser producidos de diversas frutas, así como de maíz, que es una simiente que hace una espiga como una mazorca, de la cual llevé yo allá y hay mucha en Castilla; parece que el que lo producía mejor lo tenía en alta estima y lo vendía en alto precio. Los hombres estaban todos juntos a un extremo de la mesa y las mujeres al otro. Recibieron ambas partes gran pena porque no podían entenderse, ellos para preguntar a los otros por nuestra patria, y los nuestros por saber de la de ellos. Después de haber comido en casa del más viejo los llevó el mozo a la suya, donde hicieron otro tanto. Más tarde los llevaron a las barcas en que vinieron a la nave. Yo levé anclas porque andaba muy de prisa por poner en lugar seguro los víveres que había obtenido con tanta fatiga, y que estaban deteriorándose, y también por remediarme a mí mismo, pues estaba enfermo de los ojos por falta de sueño; pues si bien es cierto que cuando fui a descubrir la Tierra Firme estuve treinta y tres días sin dormir y quedé algún tiempo sin vista, no se me dañaron tanto los ojos ni se me inyectaron de sangre, ni sufrí tantos dolores como ahora.

Esta gente, como ya dije, son todos de muy linda estatura, altos de cuerpo y de lindos gestos, de cabellos largos y lacios, y traen las cabezas atadas con unos pañuelos labrados, como ya dije, hermosos, que parecen de lejos de seda y gasa; traen otro más largo ceñido a manera de taparrabo, tanto los hombres como las mujeres. El color de esta gente es más blanco que otros que he visto en las Indias; todos traían al cuello algo a la usanza de esta tierra, y muchos traían piezas de oro bajo colgadas al cuello. Sus canoas son muy grandes y de mejor hechura que otras que he visto, y más livianas; en medio de cada una tienen un apartamento como cámara, en que vi andaban los principales con sus mujeres. Llamé a este lugar Jardines porque esto asemejan. Asiduamente procuré saber dónde cogían aquel oro, y todos me señalaban una tierra frente a ellos hacia el Poniente que era alta, mas no lejana. Pero todos me decían que no fuera, porque allá se comían a los hombres, de lo que deduje que sus habitantes eran caníbales y que serían como los caribes, mas después he pensado que pudiera ser que lo dijeran porque allí habían animales feroces. También les pregunté dónde cogían las perlas, y me señalaron el Poniente y el Norte, detrás de las tierras en que estábamos. No intenté comprobarlo por lo de los víveres, por la enfermedad de mis ojos y porque una nave grande que traigo no es apropiada para semejante hecho.

El tiempo transcurrido en tierra fue breve y se pasó todo en preguntas. Cuando los nuestros regresaron a los navíos, lo que sería al atardecer, levé anclas y navegué al Poniente, y así mismo al día siguiente, hasta que hallé que no habían más que tres brazas de fondo, creyendo yo todavía que ésta era una isla y que no podría salir al Norte; y así visto, envié una carabela ligera adelante a ver si había salida o si estaba cerrado. Así anduve mucho camino hasta un golfo grande, en el cual parecía que habían otros cuatro medianos, saliendo de uno de ellos un río grandísimo. Hallaron siempre cuatro brazas de fondo y el agua muy dulce, en cantidad tan grande como jamás antes vi. Quedé muy descontento cuando comprendí que no podía salir al Norte, al Sur ni al Poniente porque estaba cercado por todas partes de tierra; por tanto, levé anclas y torné atrás para salir al Norte por la boca que antes descubrí, sin poder regresar a la población que había visitado por causa de las corrientes, que me desviaron. En todo cabo hallaba el agua dulce y clara que me llevaba con fuerza al Oriente, hacia las dos bocas a que me he referido; entonces conjeturé que los hilos de la corriente y aquellas lomas que salían y entraban en estas bocas con aquel rugir tan fuerte era la pelea del agua dulce con la salada. La dulce empujaba a la otra para que no entrase, y la salada luchaba para que la otra no saliese. Conjeturé que allí donde están situadas las dos bocas en un tiempo hubo tierra continua que unía la isla de Trinidad con Tierra de Gracia, como podrán ver Vuestras Altezas del mapa que con ésta les envío. Salí por la boca del Norte y hallé que el agua dulce siempre vencía; cuando pasé, lo que hice a fuerza de viento, estando en una de aquellas lomas hallé en aquellos hilos de la parte de dentro el agua dulce, y en los de fuera, salada.
...

Yo siempre creí que la Tierra era esférica; las autoridades y las experiencias de Ptolomeo y todos los demás que han escrito sobre este tema daban y mostraban como ejemplo de ello los eclipses de luna y otras demostraciones que hacen de Oriente a Occidente, como el hecho de la elevación del Polo de Septentrión en Austro. Mas ahora he visto tanta deformidad que, puesto a pensar en ello, hallo que el mundo no es redondo en la forma que han descrito, sino que tiene forma de una pera que fuese muy redonda, salvo allí donde tiene el pezón o punto más alto; o como una pelota redonda que tuviere puesta en ella como una teta de mujer, en cuya parte es más alta la tierra y más próxima al cielo. Es en esta región, debajo de la línea equinoccial, en el Mar Océano, el fin del Oriente, donde acaban todas las tierras e islas...

Torno a mi propósito referente a la Tierra de Gracia, al río y lago que allí hallé, tan grande que más se le puede llamar mar que lago, porque lago es lugar de agua, y en siendo grande se le llama mar, por lo que se les llama de esta manera al de Galilea y al Muerto. Y digo que si este río no procede del Paraíso Terrenal, viene y procede de tierra infinita, del Continente Austral, del cual hasta ahora no se ha tenido noticia; mas yo muy asentado tengo en mi ánima que allí donde dije, en Tierra de Gracia, se halla el Paraíso Terrenal.

Y ahora, hasta tanto sepan las noticias de las nuevas tierras que he descubierto, en las cuales tengo asentado en mi ánima que está el Paraíso Terrenal, irá el Adelantado con tres navíos bien aviados para ello a ver más adelante, y descubrirá todo lo que pudiere hacia aquellas partes. Entretanto yo enviaré a Vuestras Altezas esta carta y el mapa de las nuevas tierras, y acordarán lo que se deba hacer, y me enviarán sus órdenes, que se cumplirán diligentemente con ayuda de la Santísima Trinidad, de manera que Vuestras Altezas sean servidos y hayan placer. Deo gratia.



12 oct. 2007

La carta de Cristóbal Colón anunciando el descubrimiento

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Señor, porque sé que habréis placer de la gran victoria que Nuestro Señor me ha dado en mi viaje, vos escribo ésta, por la cual sabréis como en 33 días pasé de las islas de Canaria a las Indias con la armada que los ilustrísimos rey y reina nuestros señores me dieron, donde yo hallé muy muchas islas pobladas con gente sin número; y de ellas todas he tomado posesión por Sus Altezas con pregón y bandera real extendida, y no me fue contradicho.

A la primera que yo hallé puse nombre San Salvador [isla Watling] a comemoración de Su Alta Majestad, el cual maravillosamente todo esto ha dado; los Indios la llaman Guanahaní; a la segunda puse nombre la isla de Santa María de Concepción [Cayo Rum]; a la tercera Fernandina [Isla Long]; a la cuarta la Isabela [Isla Crooked]; a la quinta la isla Juana [Cuba], y así a cada una nombre nuevo.

Cuando yo llegué a la Juana, seguí yo la costa de ella al poniente, y la hallé tan grande que pensé que sería tierra firme, la provincia de Catayo. Y como no hallé así villas y lugares en la costa de la mar, salvo pequeñas poblaciones, con la gente de las cuales no podía haber habla, porque luego huían todos, andaba yo adelante por el dicho camino, pensando de no errar grandes ciudades o villas; y, al cabo de muchas leguas, visto que no había innovación, y que la costa me llevaba al setentrión, de adonde mi voluntad era contraria, porque el invierno era ya encarnado, y yo tenía propósito de hacer de él al austro, y también el viento me dio adelante, determiné de no aguardar otro tiempo, y volví atrás hasta un señalado puerto, de adonde envié dos hombres por la tierra, para saber si había rey o grandes ciudades. Anduvieron tres jornadas, y hallaron infinitas poblaciones pequeñas y gente sin número, mas no cosa de regimiento; por lo cual se volvieron.

Yo entendía harto de otros Indios, que ya tenía tomados, como continuamente esta tierra era isla, y así seguí la costa de ella al oriente ciento y siete leguas hasta donde hacía fin. Del cual cabo vi otra isla al oriente, distante de esta diez y ocho leguas, a la cual luego puse nombre la Española y fui allí, y seguí la parte del setentrión, así como de la Juana al oriente, 188 grandes leguas por línea recta; la cual y todas las otras son fertilísimas en demasiado grado, y ésta en extremo. En ella hay muchos puertos en la costa de la mar, sin comparación de otros que yo sepa en cristianos, y hartos ríos y buenos y grandes, que es maravilla. Las tierras de ella son altas, y en ella muy muchas sierras y montañas altísimas, sin comparación de la isla de Tenerife; todas hermosísimas, de mil fechuras, y todas andables, y llenas de árboles de mil maneras y altas, y parece que llegan al cielo; y tengo por dicho que jamás pierden la hoja, según lo puedo comprehender, que los ví tan verdes y tan hermosos como son por mayo en España, y de ellos estaban floridos, de ellos con fruto, y de ellos en otro término, según es su calidad; y cantaba el ruiseñor y otros pajaricos de mil maneras en el mes de noviembre por allí donde yo andaba. Hay palmas de seis o ocho maneras, que es admiración verlas, por la deformidad hermosa de ellas, mas así como los otros árboles y frutos e hierbas. En ella hay pinares a maravilla y hay campiñas grandísimas, y hay miel, y de muchas maneras de aves, y frutas muy diversas. En las tierras hay muchas minas de metales, y hay gente en estimable número. La Española es maravilla; las sierras y las montañas y las vegas y las campiñas, y las tierras tan hermosas y gruesas para plantar y sembrar, para criar ganados de todas suertes, para edificios de villas y lugares. Los puertos de la mar aquí no habría creencia sin vista, y de los ríos muchos y grandes, y buenas aguas, los más de los cuales traen oro. En los árboles y frutos e hierbas hay grandes diferencias de aquellas de la Juana. En ésta hay muchas especierías, y grandes minas de oro y do otros metales.

La gente de esta isla y de todas las otras que he hallado y he habido noticia, andan todos desnudos, hombres y mujeres, así como sus madres los paren, aunque algunas mujeres se cobijan un solo lugar con una hoja de hierba o una cofia de algodón que para ellos hacen. Ellos no tienen hierro, ni acero, ni armas, ni son para ello, no porque no sea gente bien dispuesta y de hermosa estatura, salvo que son muy temeroso a maravilla. No tienen otras armas salvo las armas de las cañas, cuando están con la simiente, a la cual ponen al cabo un palillo agudo; y no osan usar de aquellas; que muchas veces me ha acaecido enviar a tierra dos o tres hombres a alguna villa, para haber habla, y salir a ellos de ellos sin número; y después que los veían llegar huían, a no aguardar padre a hijo; y esto no porque a ninguno se haya hecho mal, antes, a todo cabo adonde yo haya estado y podido haber fabla, les he dado de todo lo que tenía, así paño como otras cosas muchas, sin recibir por ello cosa alguna; mas son así temerosos sin remedio. Verdad es que, después que se aseguran y pierden este miedo, ellos son tanto sin engaño y tan liberales de lo que tienen, que no lo creería sino el que lo viese. Ellos de cosa que tengan, pidiéndosela, jamás dicen de no; antes, convidan la persona con ello, y muestran tanto amor que darían los corazones, y, quieren sea cosa de valor, quien sea de poco precio, luego por cualquiera cosica, de cualquiera manera que sea que se le dé, por ello se van contentos. Yo defendí que no se les diesen cosas tan civiles como pedazos de escudillas rotas, y pedazos de vidrio roto, y cabos de agujetas aunque, cuando ellos esto podían llegar, les parecía haber la mejor joya del mundo; que se acertó haber un marinero, por una agujeta, de oro peso de dos castellanos y medio; y otros, de otras cosas que muy menos valían, mucho más; ya por blancas nuevas daban por ellas todo cuanto tenían, aunque fuesen dos ni tres castellanos de oro, o una arroba o dos de algodón filado. Hasta los pedazos de los arcos rotos, de las pipas tomaban, y daban lo que tenían como bestias; así que me pareció mal, y yo lo defendí, y daba yo graciosas mil cosas buenas, que yo llevaba, porque tomen amor, y allende de esto se hagan cristianos, y se inclinen al amor y servicio de Sus Altezas y de toda la nación castellana, y procuren de ayuntar y nos dar de las cosas que tienen en abundancia, que nos son necesarias. Y no conocían ninguna seta ni idolatría salvo que todos creen que las fuerzas y el bien es en el cielo, y creían muy firme que yo con estos navíos y gente venía del cielo, y en tal catamiento me recibían en todo cabo, después de haber perdido el miedo. Y esto no procede porque sean ignorantes, y salvo de muy sutil ingenio y hombres que navegan todas aquellas mares, que es maravilla la buena cuenta que ellos dan que de todo; salvo porque nunca vieron gente vestida ni semejantes navíos.

Y luego que llegué a Indias, en la primera isla que hallé tomé por fuerza algunos de ellos, para que deprendiesen y me diesen noticia de lo que había en aquellas partes, así fue que luego entendieron, y nos a ellos, cuando por lengua o señas; y estos han aprovechado mucho. Hoy en día los traigo que siempre están de propósito que vengo del cielo, por mucha conversación que hayan habido conmigo; y éstos eran los primeros a pronunciarlo adonde yo llegaba, y los otros andaban corriendo de casa en casa y a las villas cercanas con voces altas: venid, venid a ver la gente del cielo; así, todos, hombres como mujeres, después de haber el corazón seguro de nos, venían que no quedaban grande ni pequeño, y todos traían algo de comer y de beber, que daban con un amor maravilloso. Ellos tienen en todas las islas muy muchas canoas, a manera de fustas de remo, de ellas mayores, de ellas menores; y algunas son mayores que una fusta de diez y ocho bancos. No son tan anchas, porque son de un solo madero; mas una fusta no terná con ellas al remo, porque van que no es cosa de creer. Y con éstas navegan todas aquellas islas que son innumerables, y tratan sus mercaderías. Alguna de estas canoas he visto con 70 y 80 hombres en ella, y cada uno con su remo.

En todas estas islas no vi mucha diversidad de la hechura de la gente, ni en las costumbres ni en la lengua; salvo que todos se entienden, que es cosa muy singular para lo que espero que determinaran Sus Altezas para la conversión de ellos a nuestra santa fe, a la cual son muy dispuestos.

Ya dije como yo había andado 107 leguas por la costa de la mar por la derecha línea de occidente a oriente por la isla de Juana, según el cual camino puedo decir que esta isla es mayor que Inglaterra y Escocia juntas; porque, allende de estas 107 leguas, me quedan de la parte de poniente dos provincias que yo no he andado, la una de las cuales llaman Avan, adonde nace la gente con cola; las cuales provincias no pueden tener en longura menos de 50 o 60 leguas, según pude entender de estos Indios que yo tengo, los cuales saben todas las islas.

Esta otra Española en cierco tiene más que la España toda, desde Colibre, por costa de mar, hasta Fuenterrabía en Viscaya, pues en una cuadra anduve 188 grandes leguas por recta línea de occidente a oriente. Esta es para desear, y vista, para nunca dejar; en la cual, puesto que de todas tenga tomada posesión por Sus Altezas, y todas sean más abastadas de lo que yo sé y puedo decir, y todas las tengo por de Sus Altezas, cual de ellas pueden disponer como y tan cumplidamente como de los reinos de Castilla, en esta Española, en el lugar más convenible y mejor comarca para las minas del oro y de todo trato así de la tierra firme de aquí como de aquella de allá del Gran Can, adonde habrá gran trato y ganancia, he tomado posesión de una villa grande, a la cual puse nombre la villa de Navidad; y en ella he hecho fuerza y fortaleza, que ya a estas horas estará del todo acabada, y he dejado en ella gente que abasta para semejante hecho, con armas y artellarías y vituallas por más de un ano, y fusta, y maestro de la mar en todas artes para hacer otras, y grande amistad con el rey de aquella tierra, en tanto grado, que se preciaba de me llamar y tener por hermano, y, aunque le mudase la voluntad a ofender esta gente, él ni los suyos no saben que sean armas, y andan desnudos, como ya he dicho, y son los más temerosos que hay en el mundo; así que solamente la gente que allá queda es para destruir toda aquella tierra; y es isla sin peligros de sus personas, sabiéndose regir.

En todas estas islas me parece que todos los hombres sean contentos con una mujer, y a su mayoral o rey dan hasta veinte. Las mujeres me parece que trabajan más que los hombres. Ni he podido entender si tienen bienes propios; que me pareció ver que aquello que uno tenía todos hacían parte, en especial de las cosas comederas.

En estas islas hasta aquí no he hallado hombres mostrudos, como muchos pensaban, mas antes es toda gente de muy lindo acatamiento, ni son negros como en Guinea, salvo con sus cabellos correndíos, y no se crían adonde hay ímpeto demasiado de los rayos solares; es verdad que el sol tiene allí gran fuerza, puesto que es distante de la línea equinoccial veinte y seis grados. En estas islas, adonde hay montañas grandes, allí tenía fuerza el frío este invierno; mas ellos lo sufren por la costumbre, y con la ayuda de las viandas que comen con especias muchas y muy calientes en demasía. Así que mostruos no he hallado, ni noticia, salvo de una isla Quaris, la segunda a la entrada de las Indias, que es poblada de una gente que tienen en todas las islas por muy feroces, los cuales comen carne humana. Estos tienen muchas canoas, con las cuales corren todas las islas de India, y roban y toman cuanto pueden; ellos no son más disformes que los otros, salvo que tienen costumbre de traer los cabellos largos como mujeres, y usan arcos y flechas de las mismas armas de cañas, con un palillo al cabo, por defecto de hierro que no tienen. Son feroces entre estos otros pueblos que son en demasiado grado cobardes, mas yo no los tengo en nada más que a los otros. Estos son aquéllos que tratan con las mujeres de Matinino, que es la primera isla, partiendo de España para las Indias, que se halla en la cual no hay hombre ninguno. Ellas no usan ejercicio femenil, salvo arcos y flechas, como los sobredichos, de cañas, y se arman y cobijan con launes de arambre, de que tienen mucho.

Otra isla hay, me aseguran mayor que la Española, en que las personas no tienen ningún cabello. En ésta hay oro sin cuento, y de ésta y de las otras traigo conmigo Indios para testimonio.

En conclusión, a hablar de esto solamente que se ha hecho este viaje, que fue así de corrida, pueden ver Sus Altezas que yo les daré oro cuanto hubieren menester, con muy poquita ayuda que Sus Altezas me darán; ahora, especiería y algodón cuanto Sus Altezas mandarán, y almástiga cuanta mandarán cargar, y de la cual hasta hoy no se ha hallado salvo en Grecia en la isla de Xío, y el Señorío la vende como quiere, y ligunáloe cuanto mandarán cargar, y esclavos cuantos mandarán cargar, y serán de los idólatras; y creo haber hallado ruibarbo y canela, y otras mil cosas de sustancia hallaré, que habrán hallado la gente que yo allá dejo; porque yo no me he detenido ningún cabo, en cuanto el viento me haya dado lugar de navegar; solamente en la villa de Navidad, en cuanto dejé asegurado y bien asentado. Y a la verdad, mucho más hiciera, si los navíos me sirvieran como razón demandaba.

Esto es harto y eterno Dios Nuestro Señor, el cual da a todos aquellos que andan su camino victoria de cosas que parecen imposibles; y ésta señaladamente fue la una; porque, aunque de estas tierras hayan hablado o escrito, todo va por conjectura sin allegar de vista, salvo comprendiendo a tanto, los oyentes los más escuchaban y juzgaban más por habla que por poca cosa de ello. Así que, pues Nuestro Redentor dio esta victoria a nuestros ilustrísimos rey e reina y a sus reinos famosos de tan alta cosa, adonde toda la cristiandad debe tomar alegría y hacer grandes fiestas, y dar gracias solemnes a la Santa Trinidad con muchas oraciones solemnes por el tanto ensalzamiento que habrán, en tornándose tantos pueblos a nuestra santa fe, y después por los bienes temporales; que no solamente la España, mas todos los cristianos ternán aquí refrigerio y ganancia.

Esto, según el hecho, así en breve.
Fecha en la carabela, sobre las islas de Canaria, a 15 de febrero, año 1493
Hará lo que mandaréis
El almirante.


Después de ésta escrita, y estando en mar de Castilla, salió tanto viento conmigo sul y sueste, que me ha hecho descargar los navíos. Pero corrí aquí en este puerto de Lisboa hoy, que fue la mayor maravilla del mundo, adonde acordé escribir a Sus Altezas. En todas las Indias he siempre hallado los temporales como en mayo; adonde yo fui en 33 días, y volví en 28, salvo que estas tormentas me han detenido 13 días corriendo por este mar. Dicen acá todos los hombres de la mar que jamás hubo tan mal invierno ni tantas pérdidas de naves.
Fecha a 4 días de marzo.


[El original de esta carta de Colón ha desaparecido. Se conservan varias versiones en español, italiano y latín. Nuestra edición electrónica sigue la cuidadosa edición de Lionel Cecil Jane, en su obra Selected Documents Illustrating the four Voyages of Columbus. 2 vols. London: The Hakluyt Society, 1930. Vol. I, 2-19]


Fuente: http://www.ensayistas.org/