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30 abr. 2014

Martin Amis: El cachorrito que pudo

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El cachorrito vino brincando y rodando por los campos en barbecho. Aquí viene, brincando, rodando. Como la mayoría de los cachorritos más adorables, este cachorrito tenía grandes ojos marrones que parecían suplicar, temblorosas orejas medio levantadas, y flojos pliegues de carne en la juntura del cuello. El pelo era de un gris sutil (como plata en la sombra), con un triángulo blanco en el pecho, como el frente de una camiseta, y retazos también blancos en cada pata, como calcetines, como zapatos, ¡como polainas! Hay que decir que este cachorrito era un poco rollizo, aunque de un modo adorable. Gordura de cachorro, no gordura de perro. Había corrido y corrido días y días. ¿De dónde venía el cachorrito? ¿Adónde iba el cachorrito, y con tantas ganas? La cola orgullosa bien alta, las patas delanteras alegremente abiertas, las… ¡Epa! Ahí va de nuevo. Luego se encamina, incansable, brincando, rodando, rumbo a nuevos y grandes descubrimientos, a maravillosas transformaciones. Por supuesto que el cachorrito no tenía idea de dónde venía ni hacia dónde se dirigía. Pero iba a llegar.

El caso es que con toda seguridad el cachorrito olió o percibió el poblado antes de verlo; los fuegos, las calles curvas, el lugar humano. En realidad su vista no era tan fiable, por torpe, negligente, y sujeta como estaba a apasionadas distorsiones de miedo y de deseo. Pero allí vio algo nuevo, forma y molde, evidencia, una gran manifestación impresa o grabada sobre el mundo fortuito a través del cual brincaba. El cachorrito rodó un rato, y luego, meneándose, se puso en pie. En seguida supo que había encontrado el lugar que su corazón buscaba: el destino. Abajo, en el valle redondo, podía discernir figuras en movimiento, y círculos dentro de círculos y, en el centro, una parábola ardiente: un cuello de cisne, una guadaña, ¡un interrogante de fuego! Allí se detuvo el cachorrito, mordisqueándose ansiosamente las patas. La cabeza se estiraba hacia delante urgiendo al cachorrito a seguir, pero las patas no hacían más que forcejear y saltar. La cola se le empezó a sacudir, primero titubeante, luego con un vigor tan temerario que casi le desgarra un músculo del trasero regordete. Saltando se puso en marcha, acercándose, acercándose, bajando por las sombras del amanecer, volando casi, con la sangre joven encendida; hasta que vio un grupo humano que estúpidamente se alejaba de un portón en la empalizada baja. Entonces el cachorrito aceleró. Se precipitó hacia ellos, luego saltó en el aire y dio una voltereta, y deslizándose aterrizó de espaldas a los pies de ellos: las cuatro patas ahora alzadas con timidez, la cola temblorosa, la suave barriga expuesta en rendición y confianza reflexivas.

Y no pasó nada… El cachorrito se despertó en un charco de azoramiento y dolor. No es que se hubiese dormido ni nada, pero así sentía la vida el cachorrito, pues allí abajo todo era mucho más ferviente, más apremiante, más repentino. La gente permaneció inmóvil, en un semicírculo estúpido; eran seis o siete; algunas caras mostraban miedo, otras disgusto; ninguna amabilidad. Al fin el cachorrito se incorporó con tristeza y les imploró con la mirada, la esforzada mandíbula fija en una pregunta. Su pregunta era la tuya. ¿Por qué querrían portarse así con un cachorrito que tenía el confundido corazón lleno de amor magullado, un cachorrito hecho para las caricias y el retozo? Y la gente no tenía respuesta. También ellos (le pareció intuir al cachorrito) estaban llenos de confusión, y de dolor. Deseoso de consolarlos, y esperando que aquello no fuese más que una suerte de malentendido, el cachorrito volvió a agachar las patas delanteras en un ruego tembloroso. Pero esta vez la gente empezó a alejarse. Los hombres mascullaban y hacían gestos burlones. Una mujer lanzó un grito; otra escupió: escupió al cachorrito. Parpadeando, él los miró atravesar el portón. Era extraño. El cachorrito no sabía mucho, pero al menos sabía esto: que la gente no era desconsiderada. No, no lo era. La gente no era desconsiderada.

Y por lo tanto, manteniendo la distancia, merodeando en busca de comida (gusanos, raíces, un tipo de flor especial, ciertas sustancias intoxicantes pero sensibles que a su nariz le gustaban y su lengua aborrecía), y dejando escapar muchos suspiros exhaustos, el cachorrito rondó el lugar humano hasta que el día empezó a caer. Mientras hurgaba entre rocas y agujeros tras las hormigas picantes y la fabulosa tostada de las mariposas, seguía echando miradas de esperanza hacia el pueblo cercano, que en sí mismo era un hormiguero repleto de movimiento errático pero significativo. Aplacado, apaciguado el hambre, el cachorrito esperó en la ladera de la colina, observando, suspirando. Pese a la desdicha cobijaba un intenso presentimiento de grandes cosas por venir, de maravillosas revelaciones, un sentimiento que bien podría haber sido engañoso, pero que nunca dejaba de acompañarlo. Más avanzado el día encontró un montículo húmedo y vaporoso cuyos interesantes olores investigó con diligencia. Momentos después se encontró yaciendo de costado, impotente y enfermo. El cachorrito se mantuvo alejado de ese y de todos los montículos con el mismo olor, un olor que a partir de entonces indicaría peligro. Mientras la noche caía en pliegues sobre el paisaje desasosegado, oyó al otro lado del valle el desgarrado aullido de una bestia, incansable y escarlata, un sonido que le repicó en la cabeza con el riesgo del olor particular. Todo lo que ahora el cachorrito podía ver u oír del poblado era el horrible fuego, la larga curva llameante en el corazón del lugar humano.

Era amor, sin duda era amor, y con síntomas clásicos. Cada mañana, llevando su cesta, la niñita llegaba desde lejos, atravesando colinas, para recoger flores y nadar en el arroyo barnizado. Su paso vagabundo la llevaba allí con puntualidad (cuando ella iba el día siempre era exactamente del mismo color), descalza y con un vestido blanco. Las mismas flores desfallecían y hacían mohínes cuando se aproximaba. Querían que las recogiera. Recógeme a mí. Las flores, las fantásticas flores: ¡mirad cómo charlan y se enredan en la niebla! Imaginad también al cachorrito atisbando desde las sombras del árbol protector, el hocico entre las patas, la cola meciéndose perezosamente, los ojos viscosos y llenos de legañas. Pero de golpe alzó la cabeza (el cuello repentinamente erguido y asombrado) cuando la joven se quitó el vestido, de puntillas se metió desnuda en el estanque, ¡y se echó a cantar mientras se lavaba los pechos! El cachorrito suspiró. La amaba a distancia; era un amor instantáneo, hambriento y sin palabras. Habría dado los pigmentos y el dolor de la vida -y sus grandes presentimientos- a cambio de una sola caricia de su mano, una palmadita, un beso. Era un amor que no revelaría jamás. La gente no gustaba de él: ahora ya lo sabía. En los campos que se extendían sobre el valle se había acercado al menos a un par de docenas de personas, solas o en grupos, adoptando estilos y posturas diversos (arrastrándose, correteando, dando cabriolas); en todos los casos habían recompensado sus sufrimientos con burlas y muecas -y en verdad que ahora había sufrimientos, tantos sufrimientos-. Así que, si bien cada célula del cuerpo del cachorrito lo impulsaba desesperadamente a unirse con la niña y sus flores, a declararse, a dar saltos y volteretas y hacerse un ovillo y rodar, se mantenía en las sombras y amaba desde lejos. En cualquier caso era amor. Y de algo el cachorrito estaba seguro: nunca se lanzaría en pos de algo menos que el amor.

Transfigurada, ella salió del agua acariciadora y se arrodilló en la orilla para que su cuerpo se entibiara al sol. Adelantándose uno o dos centímetros, un palmo, un metro, el cachorrito vigiló suspirando, encogiéndose, batiendo las patas en somnolienta fiebre. Pues a aquellas alturas ya era un cachorrito algo enfermo, languidescente y lastimado, ávido de la minuciosa ternura que todo cachorrito necesita. Y esa mañana lo traumatizaban el temor y el alivio. Sucesos violentos lo habían obligado a eludir la cita del día anterior; y, en su adormilado mundo de causa y efecto, el cachorrito creía que si él dejaba de presentarse en el nervioso arroyuelo, pues bueno, también la amada dejaría de presentarse, y desaparecería para siempre. De ahí su súbito alivio, su rapto. de consuelo, cuando espiando desde las sombras protectoras vio de nuevo a la niña.

Había sucedido la noche anterior a la noche anterior. Había sucedido así. El cachorrito estaba durmiendo profundamente en su lugar de costumbre (un hoyo al abrigo de un árbol inclinado) y en su posición de costumbre (en completo abandono), cuando una ráfaga de sonidos y olores lo incitó a ponerse en pie de golpe. Frunciendo el hocico, el cachorrito registró curiosas agitaciones en la textura de la tierra y percibió tenues resquebrajamientos y roturas que se aproximaban. El perfume, diluido aún por la distancia, intrigaba agudamente al cachorrito pero también despertaba las glándulas del peligro. Titubeó en la noche vacilante. Demasiado débil y confundido para escapar, examinó el agujero en donde acababa de pasar una hora agradable, olisqueando, arañando y probando una poderosa corteza nueva. Entonces los sonidos se le echaron encima: más fuertes, peores, calientes y tóxicos, de una voracidad sin límites. Y todavía el cachorrito titubeó, la cabeza ligeramente inclinada en el trance, la cola torcida en un reflejo esperanzado, juguetón. Pero ahora la racha de gasolina y de sangre le impregnó el pelo: gimoteando, el cachorrito se deslizó dentro del agujero para esconderse en la humedad pegajosa. O intentarlo. Las trabadas patas delanteras buscaron apoyo pero, mientras las traseras resbalaban y se sacudían, las ancas regordetas seguían expuestas. Y ya casi sentía la antorcha del aliento, la calcinante saliva tocándole el trasero. Si el terror no había podido, el horror lo consiguió, empotrándolo en la tierra con un ruido seco; y allí yació, tosiendo y sollozando hasta que la rabia infame se hubo disipado, esparcida sobre el suelo que le cubría la cabeza… Tan aturdido estaba el cachorrito que por unas buenas treinta y seis horas se olvidó de asomarse, y lo que por fin lo hizo retroceder hacia la luz del día fue una hambrienta desesperación. Entrar en el agujero no había sido fácil, pero fue fácil salir. Pues al parecer el cachorrito se estaba volviendo cada vez más pequeño.

Así suspiró y atisbó, atisbó y suspiró. Todas las flores habían perdido su languidez y ahora se arqueaban, esforzándose por ir al encuentro de la mano de la muchacha. Oh, cómo deseaban que las tomase. Leve y desnuda la muchacha se movía entre ellas, inclinándose para liberar un tallo de la tierra, incorporándose luego para prenderse los pétalos en el magnífico pelo negro. Muda y orgullosamente amada por el cachorrito (¿cuántas vidas dichosas no habría pasado él ignorado, no correspondido, sumido en ese amor a medias, en esa vida a medias?), la muchacha cantó, la muchacha nadó, la muchacha se recostó sobre el vestido, secándose y soñando con el crecimiento, con el cambio, con misteriosas metamorfosis. Canturreando, murmurando, buscó otra posición en la cual dormitar, abrió los ojos… ¿y qué sería lo que vio? Pues un cachorrito, un cachorrito que con mucha cautela se asomaba entre las flores con la cola mustia de ansiedad y el hocico cepillando la hierba. El cachorrito no había tenido la menor intención de acercarse a la muchacha de esa forma. Pero resultó que de repente se encontró con que había ido y lo había hecho, tal como suele ocurrirles a los cachorritos. La niña se sentó y lo miró con atención, llevándose una mano a la boca. El cachorrito, presintiendo la gravedad de su error, estaba por hundirse miserablemente en los confines de la tierra para no volver nunca, cuando de pronto ella se rió y dijo:

- Hola. ¿Y tú quién eres? Ven. Ven aquí. Bueno, bueno. Oooh, vaya criaturita más graciosa… Te llevaré conmigo a casa. Pero no te querrán. Por culpa del perro. A Keithette no le gustarás. Creo que a Tom tampoco. Yo me llamo Andrómeda. Y a mí sí que me gustas. Sí, me gustas mucho.

Para el cachorrito, desde luego, todo esto era puro griego; ¿pero que importaba? La voz de ella, melodiosa como una canción infantil, era apenas un agregado más en la enramada de dicha que lo circundaba. Ni siquiera en sus sueños, en sus agitados, gimoteantes sueños… Aunque sería exagerado afirmar que los cachorritos tienen fantasías, sí es cierto que tienen sentimientos, poderosos sentimientos, allí, en lo profundo, donde todo hiende y rasga como el hambre. Tumbado de espaldas sobre las flores envidiosas, con la mano de ella sobre la barriguita (ligeramente asegurada por una pata especulativa), la cola en sintonía con el lento pulso, el cachorrito tiritaba y se ahogaba en un pequeño y hermoso mar de alegría. Ah, qué paz penetrante. Toda cubierta de cielo, ¡de cielo de cachorros! Muchas horas estuvieron rodando y retozando y apretándose y acurrucándose, hasta que el color del día empezó a cambiar.

- Oh, no -dijo la niña.

Huyó con vívido terror. Aunque le ordenaron que se quedara, el cachorrito la siguió, con tanta discreción como podía, eludiendo la mirada cada vez que ella se volvía para ahuyentarlo (como si creyese que, cuando no podía verla, ella no podía verlo a él). Pero al fin Andrómeda hizo una pausa en la huida y se detuvo para lanzar la advertencia:

- Quédate aquí. Ten cuidado con el perro. Yo vendré mañana. Prometido. Quédate aquí, pero por favor no te vayas. ¡Quédate! Oh, quédate.

Desconcertado, meneando la cola con vacilación, el cachorrito la miró correr valle abajo hacia la boca del cráter, donde los fuegos azules ya comenzaban a crepitar consumiendo el aire del ocaso.

Durante la siguiente oleada o paquete de tiempo, la vida del cachorrito se pareció a un sueño delicioso y terrible cuyas dos caras -el pánico y el éxtasis- estaban tan unidas como las de un cuchillo; a veces sentía que el corazón podía agrietársele y empezar a supurar bajo la increíble incertidumbre. Pero, puesto que era un cachorrito, pasaba gran parte del tiempo en las condiciones inalteradas, en los extremos. Cuando Andrómeda se inclinaba sobre él con el cabello tibio de sol ornado de flores mágicas, cuando le hacía cosquillas en el pecho y le besaba la barriga caliente, ¿os pensáis que el cachorrito sentía otra cosa que una dicha definitiva y abrumadora? Toda la vida era un juego amoroso, un encantador juego amoroso. Pero el cachorrito ideó otros: el juego en el cual él corría muy rápido hacia ella y en el último segundo la esquivaba; el juego en el que corría alrededor de ella en círculos concéntricos acompañándola a donde fuera; el juego en el que él se alejaba con mucha languidez y al acercarse ella, se ponía de un salto fuera de su alcance; y otros similares. Andrómeda parecía singularmente lenta en comprender los juegos, quizá porque ahora el cachorrito estaba muy débil y enfermizo, y se cansaba con gran facilidad. Y sin embargo no se detenía. Había en sus cabriolas algo de delirio. Con frecuencia, también, algunas de las maniobras más ambiciosas concluían en violentas caídas. Una tarde, después de incitarla durante horas, consiguió que jugara al juego del palo, que consistía en que debía arrojar un palo para que el cachorrito fuera a buscarlo y devolvérselo o no, dependiendo de su capricho de cachorro. Por error ella arrojó una vez el palo al arroyo, y el cachorrito se zambulló tras él. Por un rato pareció que se hallaba en ciertas dificultades; y la verdad es que cuando Andrómeda lo arrastró hasta la orilla tuvo un buen ataque de tos. Entonces, mientras se recobraba a su lado, ella notó que tenía la cola y las patas traseras inflamadas y cubiertas de quemaduras. Lo observó con un gesto de preocupación. El cachorrito respondió con un parpadeo agradecido. Contemplándola por entre los rayos de las pestañas mojadas, y con ese esplendor fotosférico que tenía por arriba y por detrás, ella le parecía… bueno, le parecía un ángel resuelto y formidable, esencia divina, un Poder, un Soberano, un Trono cubierto de joyas prismáticas, resbalando por los rayos del sol. Hemos de tener en cuenta, claro, que el cachorrito no tenía muy buena vista… Oh, pobre cachorrito.

Pues las noches eran diferentes, mucho más largas que los días (por lo menos tres veces más largas) y llenas de miedo. Retorciéndose en la madriguera, mientras el gran animal poderoso y atroz rasguñaba vorazmente la angosta abertura, el cachorrito no pensaba en el día… el día distante, irrisorio. No comprendía. ¿Cómo había desatado tal cólera en una criatura a la cual, al menos eso sentía, él hubiera podido dirigirse en busca de amor, de amparo, de diversión? No comprendía. Pero sí comprendía una cosa: sabía hacer una distinción, y muy sutil: la diferencia entre terror y horror. Terror era cuando la muchacha se iba y la noche empezaba a caer arrebatando al mundo su color. Horror era cuando la bestia estaba allí, a la entrada de la madriguera y las llamas de su aliento chamuscaban el trasero del cachorrito.

- Esto no puede seguir así -dijo Andrómeda una mañana cuando encontró al cachorrito adormecido, tiritando y estornudando junto al nervioso arroyuelo. No podía ni comer la comida que de contrabando le había traído. Se incorporó para dar un salto, pero las patas traseras cedieron y rodó en la hierba con un suspiro fatalista. Por lo general, cuando miraba al cachorrito, Andrómeda pensaba: ¡La vida! He aquí la vida. Pero ahora se le ocurría la posibilidad (pospuesta una y otra vez, porque la sola idea hacía que se doblase en dos de náuseas) de que el cachorrito se estuviese muriendo. Podía ser que el cachorrito simplemente no lograse salir a flote. Pues comprenderéis que el miedo lo había vaciado del todo; el miedo y una intensa soledad de cachorro, la necesidad de pertenencia, la necesidad de estar… dentro.

Andrómeda tragó saliva y dijo:

- No me importa. Te llevaré a mi casa. Ahora mismo. No me importa.

Y así, con mucho, mucho cuidado, acomodó al cachorrito de miembros fláccidos en el fondo de su cesta, y cubrió la débil forma quejumbrosa con flores y uvas blancas y un pañuelo rosa. El cachorrito tardaba en entender ese juego, no cesaba de retorcerse y luchar, y parecía sonreír, y después se hacía el muerto. «Shhh», le decía Andrómeda una y otra vez, pero él continuó dando pataditas y doblando las patas hasta que logró incorporarse. El viaje aéreo pareció serenarlo. A una milla del pueblo, al borde de la colina, ella apoyó la cesta en el suelo, levantó la tapa y le echó al cachorrito un largo discurso, con mucho juego de índice alzado, de pie golpeando en la tierra, de ceño riguroso. Esta etapa, de hecho, dejó al cachorrito tan despistado y confundido que se quedó mirando a Andrómeda con cándida indiferencia; y hasta le bostezó en la cara. Siguieron la marcha, hasta llegar al pueblo vallado. «Buen día, buen día», sonaron las voces, y Andrómeda cantaba canciones a voz en cuello, no fuera que al cachorrito se le ocurriese, con temeridad, gemir o aullar.

Pero el cachorrito fue bueno y no hizo nada de ruido. (Para ser sincero, estaba totalmente dormido.) Al llegar a la cabaña, Andrómeda se puso en puntillas y espió. Keithette no estaba. Tampoco Tom. Así que llevó al cachorrito directamente a su habitación.

Ahora bien, Andrómeda tenía mucho que explicar (¡más le valía ser convincente!). Y, si vamos al caso, nosotros también.

Tal como estaban las cosas, el poblado era el alimento del perro -y el perro era, si no el peor de todos los perros posibles, sin duda el peor de cuantos habían existido-. Los policías y guardianes genéticos que en un tiempo habían mantenido separadas las especies, ya no controlaban con tanto celo al mundo viviente. En zonas menos templadas que la de nuestra historia había criaturas que cojeaban y aleteaban en extrañas grietas abiertas entre viejos reinos, medio fauna, medio flora, medio insectos, medio reptiles, medio pájaros, medio peces. La selección natural había dejado paso a una suerte de discriminación inversa, o distintivismo. Cualquier loro anfibio por idiota que fuese, o cualquier desgraciada comadreja de tres alas, tenían tantas probabilidades de sobrevivir, o de triunfar, como el más listo, el más elegante, el más testarudo roedor carroñero o depredador invenciblemente acorazado. A muchos humanos, asímismo, los desanimaba un tanto encontrarse viajando hacia atrás por los rutilantes senderos de la evolución -o más bien hacia el costado, rumbo a cualquier imprevista humillación de membranas o bolsas ventrales, de picos o patas de cerdo-. La gente, la poca que aún quedaba, tendía a menguar cerca de los desiertos, que eran abundantes. Allí, las formas inferiores florecían incontroladas en su caos: apenas se podía volver la cabeza sin divisar alguna hiena de pies múltiples o un gigantesco gusano de dos pisos avanzando hacia uno por las arenas moteadas. El poblado estaba al norte, no muy lejos de las tierras heladas. En esas selectas latitudes, después de décadas de silencio enemigo, el planeta Tierra volvía a ser un enclave hospitalario, incluso elegante. Con tanta comida -con tanto espacio y tanto clima- la naturaleza tenía muy poco que seleccionar. Hasta que llegó el perro.

Acaso el perro fuera entonces el Selector Natural. El perro tenía dos metros y medio de largo y un metro veinte de altura integrados en una estructura amorfa, con la cabeza bambolearte y voraz apenas ligada a los hombros fortísimos. En vez de cola exhibía una extremidad suplementaria, menos tibia, tendón y talón, por completo inútil y escasamente decorativa. Los ojos eran de un amarillo escorbuto, la saliva de un carmesí chillón, venenosa y corrosiva, capaz de disolver por completo los huesos humanos. El perro era el beneficiario de un nuevo acuerdo simbiótico mediante el cual, saludablemente, hospedaba diversas enfermedades graves pero a esas alturas inocuas, ya que sus numerosos parásitos habían cargado (en este caso) con más de lo que podían manejar. Antaño el perro, como el tiburón, había comido sin inconvenientes todo lo que pudiera zamparse. En esos días, sin embargo, era exclusiva, incluso religiosamente omnívoro. No veía su dieta con buenos ojos. Nunca había habido una demostración clara del hecho de que no debían comerse seres humanos. El adelanto personal más importante del perro residía en su pelo, que era espeso, manchado, fungoide y sin embargo como sintético, demasiado brillante, parecido al lúrex o al rayón. Fue el primer perro que supo ganarse el sustento, que consiguió sobrevivir en las tierras septentrionales. El poblado era su alimento. Parecía necesitar cerca de un ser humano a la semana. No era tan glotón, y los seres humanos, había descubierto, duraban mucho.

Nadie en el pueblo tenía idea de qué hacer con el perro. Bueno, había una vergonzosa estrategia; pero no daba resultado. Ociosos en un mundo rejuvenecido, habían perdido hacía mucho las nobles artes de la supervivencia y el aprovechamiento, no hablemos ya de la lucha y el asesinato. Ya nadie sabía cómo armar un infierno. Ordeñaban la rica vida de la tierra: por cierto, algunas plantas eran tan nutritivas y sangrientas como la misma carne; sí, muchas plantas sangraban. Usaban pocas herramientas, y ningún arma. Incluso esperaban prescindir muy pronto del fuego. Así era el mundo ahora.

Durante el par de días siguientes el cachorrito estuvo tan mal que Andrómeda pudo mantenerlo alojado en el armario de la ropa sin mucho miedo a que lo detectaran. A veces, en trance de presagios, se descubría a punto de resignarse a perder a su nuevo amigo. «Quédate», le murmuraba ansiosamente. «No me dejes. Quédate, por favor, quédate.» Por la noche Andrómeda le llevaba una selección de verduras jugosas y lo alentaba a comer. Él parecía agradecer el afecto, la comodidad, pero rechazaba la comida y dejaba escapar un suspiro de dolor. Y entonces, al tercer día… Bien, Andrómeda estaba desayunando con Keithette y Tom, su madre y su «padre». En el silencio el sol jugaba al balón subatómico con las melancólicas motas de polvo. Tanto Andrómeda como Tom miraban a Keithette con cierta prudencia. Aquella mañana nadie había hablado con la menor libertad porque aún faltaba que Keithette eligiera y anunciara su estado de ánimo para ese día. Se podía escoger entre siete (ahora todos eran diferentes, todos tristes desde que existía el perro): Lúnebres, Marchites, Melancóliques, Jódibes, Velornes, Sobresábado, Dolormingo… Tom machacaba ligustro en un mortero.

- Yo, de todos modos, prefiero el lazo simple.

- ¿Por qué? -preguntó despiadadamente Keithette. Era una mujer rubicunda, de cara ancha, fornida y de pecho plano (la mujer estándar por entonces); pero en momentos como aquél su boca parecía tan delgada como una fisura en un vidrio-. ¿Por qué? Dímelo, Tom, por favor.

Tom dejó el mortero de lado y con las dos manos hizo un gesto de moldeado.

- Quizá porque traduce… traduce la unicidad esencial de tu naturaleza.

Para Keithette aquello era un tanto excesivo.

- ¿Qué unicidad? -dijo ella, y cruzó los brazos en actitud serena-. Anda. ¿Qué unicidad?

Y ahora también Tom quedó perplejo.

- La verdad es que no lo sé -dijo-. Pero estoy seguro de que esa cinta quedará muy bien con el vestido.

Puede que Keithette haya estado a punto de ablandarse. No lo sabremos nunca. En ese momento, justo cuando Andrómeda se llevaba cuidadosamente a los labios la cuchara de madera, oyeron un claro ladridito al otro lado de la puerta de la cocina… Rígidas, las tres figuras se echaron hacia atrás. Por unos instantes el tiempo transcurrió sin que nada ocurriera adentro, y el momento bien podría haber pasado intacto de no haber llegado un segundo aullido, más audaz y perentorio que el anterior. La alarma de Andrómeda era aguda. A punto de hablar, se detuvo ante la invulnerable mirada de su madre. Luego se oyó el tercer aullido.

- Sobresábado -dijo Keithette.

Pero entonces se levantó, y con la femenina necesidad de afrontar lo peor, pareció dilatarse y encenderse. Keithette avanzó hasta la puerta divisoria, con Andrómeda y Tom medio metro detrás de ella. Se volvió, irritada y resuelta, antes de empuñar el pomo. La puerta se abrió como una tapa.

Y qué se encontraron si no al cachorrito, ya recobrado del todo, y de hecho tan lleno de entusiasmo que brincaba, culebreaba y finteaba a uno y otro lado,meneando la cola con tal violencia que el trasero parecía una sola manchita peluda. Luego se tumbó de espaldas con las patas para arriba y dobladas. Echándose a llorar, Andrómeda se arrodilló junto a él.

- ¿Qué es eso? -dijo Keithette.

- Dejadme sola -dijo Andrómeda-. Es un… «cachorrito» -explicó, y un nuevo esfuerzo asomó en sus ojos-. Un cachorrito.

El adorable cachorrito levantó los ojos.

- Mi cachorrito -dijo Andrómeda.

- ¿Por qué la soporto? -empezó Keithette-. Contéstame, Tom. Por favor contéstame. ¿De dónde ha salido? Desde el principio no me ha dado un solo momento de paz. ¿Por qué no puede ser como el resto de las niñas? ¿Por qué? ¿Por qué? De acuerdo. Te despacharé a vivir con los niños. ¡O con los Raros! ¿En dónde lo encontraste? Y ahora escúchame, Andrómeda. Andrómeda, desde luego. Con su propio nombre no le basta. ¡Tiene que ir y llamarse Andrómeda! ¿Y ahora qué hace? Pero te diré una cosa, jovencita. Aquí no se queda.

Requirió muchas horas de súplica, mucha Aceptación de Culpas y Descubrimiento de Errores, y mucho trabajo de Tom en la alfombra, en la bañera y en la cama, gran manipulación de toallas calientes y compresas frías, de rascadores de espalda y masajeadores, para no hablar de las caricias en el pelo, los mimos en la nuca, los besos en los pechos -a lo que se sumaron los incansables llantos y ruegos de la pequeña Andrómeda-, pero al cabo Keithette fue ganada para la causa de la presencia del cachorrito, presencia que, se daba por sentado, sería temporal, contingente, provisoria. Naturalmente, la resolución podía abolirse con un solo chasquido de los rudos dedos rojos de Keithette. Bueno, ¿pero qué podía hacerse tratándose de un cachorrito como aquél, con su ridículo hocico arrugado y esa expresión de súplica en los ojos? Todo lo que el cachorrito tenía de su parte, en verdad, era la adorabilidad. Y era adorable; vaya si lo era. Después de las incontables promesas y penitencias, de las cláusulas y convenios de la larga tarde, la misma Keithette parecía demasiado exhausta por la refriega.

- Muy bien -dijo-. Puede quedarse aquí un tiempo.

- Vivir aquí.

- Por cierto, ¿dónde está?

¿Dónde estaba el cachorrito? Acurrucado a los pies de Keithette, por supuesto, y parpadeando agradecido. Hacia el anochecer el cachorrito se había acomodado en la falda de Keithette. Era toda la recompensa que Andrómeda podía ofrecerle a falta de una caricia. Desde su banco de descanso, Tom miraba con expresión de alivio arduamente ganado. Auscultaba a Keithette en busca de señales de repentina variación de humor o cambio de tema. Ahora todo parecía marchar bien. Pero menudo Sobresábado había sido aquél.

Aceitado, acicalado, claramente rechoncho e impecablemente entrenado respecto de sus necesidades, en esos días se podía encontrar al cachorrito casi siempre en su mirador preferido: el vano de la ventana de la pequeña habitación de Andrómeda. Por entre las brumas de la cortina, meneando la cola, inseguro, acelerando luego las sacudidas en súbitas explosiones de reconocimiento o entusiasmo general, el cachorrito miraba ir y venir a la gente durante horas enteras. Porque la gente… ¡la gente era tan hermosa! Las mujeres caminando a largos trancos con las manos en las caderas, deteniéndose de vez en cuando a charlar y asentir entre ellas con los brazos cruzados. Las muchachas, suntuosas y distantes, con una dispendiosa presunción en las mejillas ovaladas y el pelo artificioso. La gente era de todos los tamaños y colores. Sí, y también estaban los viejos, con el paso más precavido (no te apresures) y esa forma en que la luz parecía brotar de sus ojos humanos. Los niñitos estaban rígidos y alertas, impenetrables, en guardia. ¿Por qué no jugarían?, se preguntaba a su manera el cachorrito. ¿Por qué no jugarían, no saltarían y rodarían como una pandilla de cachorros?

Nadie jugaba salvo el cachorrito. Pero el cachorrito jugaba mucho. juegos de saltar, juegos de rodar, juegos de esconderse. La joven dueña llegaba casi a exasperarse ante tanto jolgorio y travesuras. Un tranquilo Dolormingo encontró al cachorrito husmeando con frenesí un juguete rojo que Tom había atado a la pata de la cama. Urgida por los ladridos se las arregló para librar la cosa de su atadura; después la hizo rodar ante el cachorrito. Una pelota, ¡una pelota roja! El cachorrito procedió a perseguirla por la habitación. Y volvió a perseguirla por la habitación. Sosteniendo la pelota entre las mandíbulas, provocó a Andrómeda para que se la quitara y la arrojase. Luego se la llevó de nuevo y saltó alrededor de ella hasta que la arrojó una vez más. Andrómeda de verdad que no podía comprender la histeria del cachorrito en tales momentos. Pero estaba claro que el cachorrito necesitaba seriamente jugar, tan seriamente como necesitaba amor y alimento. Por cierto que cuando ella le llevaba la verdura y la fruta, a menudo el cachorrito hundía la cabeza entera en el tazón.

Cierta vez unas personas que pasaban miraron dentro y vieron al cachorrito en su puesto. Les ladró juguetonamente y se puso tenso, disparándose en una cabriola. Todos retrocedieron, asombrados y hostiles. Se juntó una pequeña muchedumbre y un rato después, (para entonces el cachorrito se había escondido debajo de la cama), se oyeron unos golpes obstinados en la puerta trasera. La ruidosa cuadrilla hubo de enfrentarse con Keithette, que resolvió el problema con una terrorífica descarga. Entonces se convocó a Andrómeda para que se sumara a Keithette y a Tom en un debate de tres horas llevado a cabo en el recibidor. Tema: la imaginación de Keithette. Llegado este punto, no obstante, Andrómeda resolvió actuar con arrojo.

Con la connivencia y la ayuda de Tom, fabricó un pequeño collar para el cachorrito, y una correa. Y así salió con él a pasear por el pueblo. Retorciéndose y agitándose y ahorcándose al principio, el cachorrito acabó al fin por adoptar un trote obediente, con sólo la cabeza indócil y atareada en olisquear toda forma y color, como si el mundo entero pudiese ser comida. Ha de decirse que el experimento no fue del todo un éxito. Mucha gente se mofaba, o retrocedía, o se echaba a llorar, y el mismo cachorrito soltaba un gemido por una especie de compuerta de los senos nasales, un gemido de desaliento por la desdicha que en cierto modo parecía representar. Andrómeda siguió caminando con obstinación y orgullo plenos, pero ahora el cachorrito se escondía entre sus tobillos. De regreso -aún podía oír los insultos a su paso-, Andrómeda recibió el saludo de Keithette, quien sorprendió a todos, incluso a sí misma, dedicando a su hija una sonrisa aprobatoria y encrespando con desenfado los brillantes pliegues del cuello del cachorrito. Andrómeda le adornó el collar con cascabeles de plata, y al día siguiente volvió a llevarlo de paseo. Se había decidido. Pero el cachorrito, hay que decirlo, estaba bastante acobardado.

- Tengo un nombre para ti -susurró Andrómeda en la oscuridad-. Jackjack. ¿Te gusta? -El cachorrito estaba en la cama con ella.- Si no fueras un animal -susurró- te llamaría John y serías mi niño. -El cachorrito alzó la mirada hacia ella, iluminada por un anhelo sin límites.

¿Por qué ama la gente a los niños? ¿Por qué aman los niños a los bebés? ¿Por qué aman todos a los animales? ¿Qué aman de ese modo los animales? Todos, el mundo entero, más aún, hasta las estrellas que están en lo alto: estrellas como la estrella llamada Andrómeda, fija en los cielos dispersos, fulgurante. Realmente no se podía culpar a los aldeanos. Lo estaban pasando muy mal, y no estaban preparados para afrontar malos tiempos. Mientras que en otras épocas la gente solía emprender sus labores con lágrimas de satisfacción en los ojos, ahora lloraba otra clase de llanto. ¿Y hacia dónde iba a volverse? A lo largo de las décadas blandas había perdido la antigua resolución: el conocimiento, la capacidad. La depredación y su parafernalia habían desaparecido por completo de sus códigos genéticos. De habérseles concedido una o dos generaciones más, de habérseles proporcionado el truco o la calamidad de una adaptación súbita y activa, oh, supongo que con el tiempo habrían descubierto algo. Pero no había tiempo.

Buscaban la autoridad, ¿y qué encontraron? Las líderes naturales eran, desde luego, aquellas mujeres con las voces más altas y las personalidades más fuertes. Y si pensáis que Keithette es temible, tendríais que conocer a Clivonne, ¡o a Kevinia! Al principio intentaron rechazar al perro con odio. Se sentaron a odiarlo y odiarlo, pero el perro siguió merodeando en pos de la orgía semanal. Trataron de ahuyentarlo con gritos, pero tampoco eso funcionó. Probaron ignorarlo, pero eso no consiguió perturbar demasiado a un perro como aquél. Así pues, hubo más consultas. No es que sostuvieran una reunión: se trató simplemente de una docena de maridos exhaustos y aterrorizados -todos los Tom y Tim y Tam- corriendo con mensajes de cabaña en cabaña. Dicho sea de paso, esto nunca había sido decidido por nadie. No era una reacción al pasado profundo. No había memoria profunda alguna, ¿os dais cuenta? Ahora el mundo era así, nada más.

Y entonces invitaron a la muerte a entrar por la puerta del fondo, y le permitieron deleitarse con los involucionados, los hombres con pico y las mujeres con alas, los seres peludos o acorazados o resbaladizos con expresiones de aturdida desgracia. Se decidió subliminalmente que todo era culpa de ellos. Ah, pobres Raros… Cierto Velornes, Andrómeda llevó al cachorrito que pudo al sitio donde solían reunirse los involucionados; la saludaron con tolerancia, e incluso recibió gran atención por parte de un viejo mulo o heteróclito que sobó el pelo del cachorrito con el extremo de su ala tullida. Al cachorrito los Raros le cayeron bien, como sin duda le caía bien todo el mundo. Eran derrotistas, desganados e inertes: defectuosas máquinas de supervivencia, sabían que no estaban hechos para durar. Sabían que probablemente no serían seleccionados, no en última instancia, no en ese sentido. Y qué pocos quedaban ahora. Pronto, pensó Andrómeda, los Raros se agotarían del todo. ¿Y después qué? Una sola consecuencia. Consideró posibles maneras de salvar al cachorrito, si a eso se llegaba.

De vuelta a casa los siguió un grupo de mujeres que lanzaban alaridos y estribillos contra el cachorrito, y ponían caras desagradables intimidándolo terriblemente.

- Vamos, Jackjack -dijo Andrómeda en voz alta-. No les hagas caso. -De modo que él la acompañó volviendo cada tanto la cabeza con desconfianza por sobre los hombros caídos. Pero Andrómeda no miraba atrás. Caminaba erguida y sincera, llenando el espacio recibido. Pues en el pueblo Andrómeda gozaba de un prestigio ambiguo; sin duda poseía la virtud de la rareza. En parte tenía que ver con la negativa a vivir en la comunidad de niños, y con el hecho de que se hubiese cambiado el nombre. Se lo había cambiado de Briana a Andrómeda, ya me dirán. Pero la cuestión era en realidad la belleza: la belleza. Ya nadie sabía qué aspecto debía tener la gente, ni podía imaginar qué formas la habían agraciado en otros tiempos. Las mujeres, todas robustas y rojizas y aptas; los hombres, opacos, difusos y nulos. Y sin embargo todo el mundo tenía tiempo para la belleza, para el arte, para el modelo y el plan. Al final siempre vamos a parar a la belleza. Así como el perro salivaba instintivamente de placer al encontrar restos humanos en un montículo de caóticos excrementos suyos (el corazón encumbrado como el de un halcón), así oteaba la gente el rostro de ojos redondos de la pequeña Andrómeda, sus hendiduras y latencias, y se enorgullecía de la forma humana.

- Mira, Jackjack -dijo ella. Habían llegado al borde del cráter, el centro, la fuente profunda y su gran interrogante de fuego. Las llamas devoraban el aire, escupiendo y mascando y carraspeando. No hacía falta que nadie alimentara el fuego para que ardiese, sin combustible, tal vez a causa de la fisión; acaso sus hijas yacieran atrapadas bajo la corteza. Aunque no había dios en el pueblo, se aceptaba que el cráter era cuando menos semisagrado, y la gente sentía sus códigos, percibía sus secretos con un temor reticente. Estaba claro que nadie iba a parar allí abajo porque sí. Y por supuesto que ahora cumplía una función diferente. En el acotado abismo, rodeadas de fuego, unas mujeres sujetaban a un viejo Raro al poste, listo para el Sobresábado. El cachorrito ladró. El fuego no le gustaba. Tampoco le gustaba al perro. Pero al perro el fuego no le importaba tanto. Si era necesario, podía hacerle frente. Keithette se hallaba sentada a la mesa, microauscultada por Tom y Andrómeda. Ambos habían estado presentes en el informal seminario de una mañana entera que Keithette había impartido. Tema: la sensibilidad de Keithette. Pero el trabajo verdaderamente arduo de la tarde había recaído en Tom: un severo régimen de masaje craneal, trenzado de cabello, esponjeado interdigital de los pies y comercio sexual continuo. No había resultado. Ya nada resultaba. Porque esa noche era la noche del perro. Y ahora parecía que todos los días eran Sobresábados.

Fiel a la predicción de Andrómeda, lo inevitable había llegado a ocurrir y pronto la provisión de Raros se hallaría agotada por completo. En realidad habían empezado a escasear mucho antes de lo que cualquiera se hubiera atrevido a apostar, porque a algunos los desdeñaba hasta el perro. Los mataba sin problemas, con un solo golpe de sus garras sanguinolentas, y brindaba a los cadáveres un terrorífico ajetreo; pero no se los comía. Se limitaba a quedarse allí, estúpido e implacable, horas y horas (se pasaba todo el tiempo de pie, incluso el de sus egregias siestas), antes de arrancar la mejor extremidad del Raro muerto y alejarse con ella, para regresar a la noche siguiente, y a la siguiente también. Ahora husmearía en el cráter iluminado y no encontraría ofrenda alguna. El fuego crujiente, nada más, no más intenso ni brillante que la llama del hambre en su corazón.

- Ya se acerca -dijo Keithette.

Sí, ya se acercaba. Se le oía gruñir y canturrear líquidamente en tanto avanzaba hacia ellos trotando por los campos, cercano, cada vez más cercano. El poblado entero prestaba atención en la oscuridad a un mundo de sonidos. El paso chirriante, los ronquidos, los grandes gorgoteos ante la perspectiva de la confusa saciedad. A continuación el largo silencio al borde del cráter, el colérico aullido de decepción, el bramido final de famélica furia. Luego los olisqueos y rasguños alrededor de las cabañas, los espumarajos y babas colgantes, la descarga regular de su masa contra toda debilidad, la madera astillada, los gritos humanos, el arrítmico traqueteo de la caza, los olorosos desgarros y mordiscos de la matanza… Una vez, mientras el perro, sibilante, consumía su presa, el cachorrito (bien sujeto en la falda de Andrómeda) había soltado un aullido penetrante. Afuera se había hecho un repentino silencio, seguido, minutos después, a centímetros de la puerta delantera, de un rugido de voracidad y odio fabulosos. Pero el hambre del perro había perdido su brutalidad (ya habría otra noche), y todo lo que a continuación se oyó fueron los habitales bufidos del acarreo mientras el perro arrastraba el destrozado cadáver fuera del pueblo, rumbo a las colinas.

- Ya se va -dijo Keithette. Cerró los ojos y agitó un dedo frente a Tom, quien se le acercó sonriendo-. ¿Cuándo dejará de venir el perro? ¿Cuándo? ¿Cuándo? ¿Por qué no sé qué hacer? ¿Por qué? ¿Por qué? Mañana hablaré con Royene, y con Clivonne. Puede que incluso hable con Kevinia. No sé por qué, pero creo que yo seré la última en caer. Ahí no -le dijo a Tom- Ahí. Ahí.

Cuando el peligro de depredación es grande, las comunidades de cualquier especie tienden a formar un tejido más cerrado y los roles jerárquicos se ven puestos en entredicho con mayor intensidad. Esa comunidad particular, por ejemplo, había perdido hacía ya mucho tiempo cualquier peso genético. Es probable que la mejor decisión hubiese sido para ellos abandonar el pueblo y hacer por un tiempo vida de nómadas. Pero, ay, en el código del ADN local casi no había otro elemento estable que la tenacidad sedentaria. ¿Cómo puede uno escapar cuando para la mente no hay otro lugar que aquel donde está?

Con una suculenta comida en el cuerpo y un decente cadáver para roer y mordisquear, el perro no regresaría en seis noches. Tras el caos post-Raros esto parecía un claro avance, y de hecho todo el mundo estaba secretamente impresionado ante el ascetismo exhibido por el perro al restringirse a un humano por semana. Dar cuenta de todos le llevaría al menos un par de años. Aquel Dolormingo, no obstante, acarreó sorpresas desagradables.

Durante su última salida el perro se había dirigido al complejo de maridos disponibles y seleccionado la víctima entre los dieciséis hombres que allí se amontonaban. Durante la escaramuza los dientes y las garras del perro habían herido o lastimado a tres maridos disponibles. Hacia la tarde del Lúnebres a los hombres se les había hinchado estrafalariamente la barriga, y una basta pelambre les había surgido en la espalda y las nalgas. Los tres murieron durante la noche, mudos de horror. El Melancóliques se informó que siete maridos disponibles que apenas habían entrado en contacto con el pelo del perro habían desarrollado males cutáneos de una virulencia increíble; también ellos murieron, echando espuma por la boca en medio de un tormento de úlceras y bubones. Llegado el Velornes los cinco hombres restantes -que no habían hecho más que oler el aliento del perro- fallecieron de shock tóxico.

Los pensamientos de las mujeres, como es natural, se volvieron hacia la comunidad de niños, alojada en una estructura no demasiado resistente, justo detrás del complejo de maridos disponibles. Bien, he dicho «como es natural» pero debería señalar que en el circuito alumbramiento-crianza las cosas se habían serenado notablemente, dado que los genes operativos eran, si no egoístas, proclives a una considerable falta de ambición. ¿Estaban pues destinados todos a morir rápidamente, sin luchar? Aunque nada quiere evolucionar, todos quieren sobrevivir. No queremos morir, eso es todo. Incluso cuando la vida es pobre y terrible, y hay urgentes razones para abandonarla, no queremos morir. No queremos morir.

De nuevo hubo conversaciones, y envío de mensajes, y esposos aturdidos haciendo la ronda. El mediodía del sábado, como presa de un sonambulismo masivo, el poblado entero se reunió en el cráter junto al cuello de cisne de fuego. Sí, también estaba Andrómeda con el cachorrito, protegiéndolo de las muecas de la muchedumbre. Todos sabían lo que iba a ocurrir, lo sabían con una vergüenza exhausta, con la conciencia de no llegar a cumplir cualquier destino humano. Royene y Clivonne presidían detrás de un sólido tonel. Luego los aldeanos desfilaron, depositando cada uno en la cuba una posesión personal: una bufanda, una herramienta, una cinta de pelo, un pendiente. No hubo excepciones. Al tocarle el turno a Andrómeda, Tom sostuvo al cachorrito… Por fm Kevinia dio unos pasos al frente, miró en torno y se arremangó, la cara brillando en el calor silencioso. Fue en ese momento que el cachorrito ladró: ¡le ladró a Kevinia! Hasta se puso a gruñir. Kevinia le clavó los ojos con escandalizado desdén, mientras Andrómeda luchaba por calmarlo y con la ayuda de Tom frenaba al fin el irritado, animoso ataque de la mujer. De modo que fue con el brillo añadido de sus ojos encendidos que Kevinia hundió la mano en el tonel, la cabeza erguida y luego, con un ademán explicativo, revelador, dejó caer al suelo la pelota roja.

El cielo decía guerra. «Guerra», declaraba el cielo. Allá en lo alto, las estrellas nocturnas enviaban luz a la manera nuclear, los indicadores de combustible dilatados por vastas ecuaciones, pulsar, quasar, gigante y enana, con Andrómeda ardiendo también en ricas implosiones, cambiando y atacando por el firmamento eléctrico. Más abajo, las nubes espesas parecían tan sólidas y perfiladas como el granito, obra de propulsiones abruptas, de poderosas interacciones.

Hacía horas que el cachorrito estaba en brazos de su ama. Todos sus sentidos estaban concentrados en una sola misión: abrirse paso por entre los velos de la pena de Andrómeda y, quizás, ayudar a disiparla. Esa vigilancia apasionada también tenía un costado animal. Vosotros habéis visto, en el parque o la playa, cachorritos atados a una cerca mientras el mundo entero salta y baila. Es éste el máximo sufrimiento que un cachorro puede padecer; lastima mucho más que el hambre. Pero he aquí que el cachorrito atravesó ese dolor hasta el otro lado, retorciéndose y arrastrándose en sí mismo, sólo para sostener la pena y volverla más ligera.

- Gracias, Jackjack -murmuró Andrómeda al sentir las tibias señales (la ilimitada entrega) del amor del cachorrito. Había en la pequeña habitación un resplandor sonrosado: a la cama pronto en verano, cercenamiento, lisa exclusión. Andrómeda encaraba su destino con orgullo, como una mujer. Pero no quería morir. Pensó en escaparse, en huir (nadie la habría detenido), solos ella y el cachorrito. Pero el planeta era ahora grande y desierto, y muy solitario. Un enorme vacío apretaba el lugar humano. Andrómeda tenía orgullo. Pero no quería morir.

Pronto oyeron los murmullos apologéticos en el patio. Keithette estaba sentada ante la mesa redonda, absorta en su propio drama. No diría adiós, no lo diría nunca. Tom alzó tímidamente los ojos (cansado aún y débil después de cuatro horas de cunnilingus ininterrumpido).

- Bueno, me marcho -dijo Andrómeda, y pensó: realmente, qué criaturas más raras somos-. Me marcho. Adiós, Jackjack -dijo-. Quédate… Quédate.

El perro se acercaba. Ya se podía percibir su aullido mutilado derramándose por las colinas. Flanqueada por sus dos esposos, la corpulenta Kevinia condujo a Andrómeda hasta el borde de la gran cavidad, bajando, por el ancho sendero tortuoso, hacia donde el fuego comía su alimento de tinieblas. Allí el feo crucifijo esperaba como un Raro. Kevinia dio instrucciones. El esposo número uno ató las manitas de Andrómeda, confiando al esposo número dos la tarea de sujetarle los piececitos. Ella paseó la mirada de una cara a otra pero nada se dijo y pronto los otros se apresuraron a subir de nuevo por el sendero tortuoso. Y así se quedó Andrómeda mirando el fuego, sus duendes y genios y su puro pandemonio.

El furtivo omnívoro cruzaba las afueras del poblado, las pesadas hilachas de saliva, rechinando -repicando casi- de nostalgia salvaje cuando pasaba por el escenario de un asesinato anterior o un despedazamiento decisivo, las fauces entreabiertas, cerrándose de golpe en un espasmo brutal, los aguzados talones destrozando y removiendo la tierra yerma. Por allí avanza, horrible, la piel espinosa, bamboleando los deformes genitales, la quinta pata sobresaliendo de las nalgas como la secuela de una hazaña sexual profundamente desquiciada. El Selector Natural. Aunque en sí mismo adaptable -bien podía jactarse de su paninmunidad-, el perro bullía y estallaba de colonias enteras de virus, gérmenes y microbios atrapados: aftosa, peste negra, ictericia, tifus, triquinosis, paludismo, malaria, carbunco, sarna. Resplandecía como niebla hirviente. En el lugar donde se echaba a dormir las flores siempre amanecían muertas.

Todos conocemos la actitud normal del poblado cuando se acercaba el perro. Se hacía el muerto, ocultando su rostro humano tras una torpeza humillante. Pero en esa noche de sacrificio, de renovada náusea y derrota, las hundidas cabezas no estaban dispuestas a inclinarse para aceptar los golpes. ¿Por qué? Porque era Andrómeda, el orgullo, la belleza… ¿quizá también, de un modo perverso, a causa de la protección que la niña había brindado al cachorrito? Lo cierto es que podía sentirse el soterrado rumor de los ánimos acalorados, del petulante amotinamiento. En las cabañas apiñadas se abrieron ventanas y puertas, y aparecieron maridos gritando, agitando los brazos, mientras también la mujeres se mofaban y abucheaban intentando una y otra vez ahuyentar al perro.

No es que al perro lo desanimara en exceso el tratamiento. Tras unas cuantas pausas estúpidas y ladridos sin dirección (como fatigadas maldiciones), reanudó la marcha rumbo al anillo. Volvió a detenerse, con el cuerpo atravesado por una contractura o un inesperado calambre. Para ser francos, tenía un aspecto poco alentador. Sin duda le estaba sentando mal la dieta. Era imposible imaginar una publicidad más eficaz en favor del estilo de vida no antropofágico. Sí, incluso el perro era capaz de indisponerse por culpa de semejante régimen: por ese entonces no se llevaba bien con sus propias emanaciones y podía desplomarse de un solo eructo… Llegó al borde del círculo. Con sus ojos escarlatas escrudriñó el aire transfigurado, y vio una figura en el poste. Gruñó, y comenzó a descender por el camino: eso sí que estaba bien, estaba mucho mejor, así se suponía que debían hacerse las cosas. A medio camino alzó la vista y vio a los osados aldeanos reunidos al borde del cráter, rebosantes de ruido y de muecas. ¿Qué cuernos les pasa?, pareció preguntarse el perro, y se volvió, y por entre las puntas de las llamas lanzó una mirada para inspeccionar la ofrenda, confiando en que hallaría atado al poste al giboso involucionado de costumbre bostezando de nervios. Cuando el perro divisó los pequeños miembros morenos que se contorsionaban (lo mismo que todo allí abajo, por cierto), el estómago le dio un vuelco y dejó escapar un ruido, y de su boca cayeron uno o dos litros de saliva humeante. Lento ahora, con expectación, con la debida reverencia, el perro avanzó por el ondulado sendero.

Andrómeda lo observaba a través del fuego. Bueno, parecía que las llamas mismas, alargándose en lenguas y dedos, quisiesen consumir al perro, transformarlo, masticarlo, y escupirlo de nuevo, ya desintoxicado. Una llamita no pudo resistirse y se extendió hasta tocar la inflamada piel del perro. El perro rugió mientras una mata perdida de su pelo crepitaba por un breve instante como enebro incendiado. Con mucho esfuerzo siguió su marcha -podía sobrellevarlo- y al fin husmeó en el interrogante de fuego. Cuando vio a Andrómeda, cuando la olió y advirtió la calidad del alimento que le habían preparado, las patas se le lanzaron al galope (con la cabeza y el cuerpo debatiéndose detrás), hasta que a seis metros de distancia se estiraron en un desordenado frenazo. Volvió a demorarse. También el perro, a su manera, valoraba la belleza. Iba a comérsela muy despacio.

Andrómeda encontró los ojos carmesí. Los guardianes de su cuerpo, los dioses de su desfallecimiento, hubieran querido llevársela a otra parte y acunarla en el sueño. Pero con toda la fiebre y la magia que había en el anillo de llamas, era imposible detener el calor del oxígeno, la actuación de la sangre. El fuego siseaba más fuerte que la muchedumbre, allí en la sartén ardiente. Vio cómo se abrían las fauces del perro: sus dientes carcinógenos, el tumor de su lengua, las llamas chirriantes de la baba. Luego, abrupto como un upbercut, el perro cerró la boca con un chasquido, hundió la cabeza y comenzó a acercarse con mucho cuidado.

¿Quién lo detectó primero, Andrómeda o el perro? En olas replegadas la muchedumbre circundante fue callando poco a poco, mientras una música de esferas caía entre las frecuencias para morir en su banda. El propio perro pareció quedar perplejo ante la obediencia del silencio desmayado. ¿Qué era lo que oían en la quietud moteada de llamas? ¿Era un tintineo de campanas diminutas? Con un penoso giro de su cuello el perro alzó los ojos hacia el borde del cráter. Al filo del sendero ondulado, con la brillante pelota roja en la boca, estaba el cachorrito Jackjack.

También él había ido a encontrarse con el destino; y empezó a bajar, el cachorrito, con un trote saltarín, las patas delanteras estirándose al mismo tiempo, la cabeza erguida. El perro lo observaba con un odio rayano en el miedo. Sí, miedo. Desde luego que el perro era valiente como un león, y mucho más estúpido; pero todo teme a su imagen invertida, a su antimateria o Anticristo. Todo se teme a sí mismo. Salivando de nuevo y soltando insulsos gruñidos, el perro miró cómo el cachorrito (la vista fija al frente) recorría vivaz la amplia espiral, desaparecía tras los velos del fuego e irrumpía en el anillo. Avanzó directamente hacia el perro, hacia su miasma ambiental, dejó caer la pelota, retrocedió para agazaparse con el hocico entre las patas, y ladró.

El perro, los ojos iluminados por una débil socarronería, titubeó. Ese langostino, ese bocado, ese entremés: ¿qué era? ¿Un juego? El cachorrito volvió a ladrar, montándose de un salto en la pelota, y en seguida recuperó la posición de provocativo desafío. Durante varios segundos el perro lo contempló con fuerte asombro, los patrones interiores ocupados en movimientos e intercambios, a la búsqueda de recuerdos almacenados, códigos, mensajes. También la muchedumbre balbuceaba, confundida, hasta que alguien se echó a gritar, a abuchear, a incitar al perro una y otra vez. El cachorrito amagó cruzar la pelota en el camino del perro y repitió su jactancioso bailoteo, con un montón de fintas y cabriolas coquetas. El perro se lanzó adelante. Pero el perrito se abalanzó tras la pelota y, después de trazar dos círculos precisos cayó al suelo, la espalda vuelta al perro para besar y lamer a la incomparable víctima. Con la inundada boca entreabierta, el perro miró cómo la despreocupada cola del cachorrito se sacudía mientras las pequeñas nalgas regordetas se tensaban y templaban. De golpe se arrojó de nuevo hacia delante, pero, otra vez en pie, el cachorrito se apartó, sosteniendo el balón entre los dientes mientras se ponía fuera de alcance. Ay, vaya cachorrito; como para comérselo todo.

A medida que el juego continuaba, seguido por la multitud y el fuego excitado (cada uno con sus propias rechiflas y ovaciones), pareció que al perro, a juzgar por la gran extensión palatal que le asomaba entre los colmillos sesgados, por los ojos de malaria y la respiración tempestuosa, se le ocurrían nuevas ideas sobre el cachorrito. Este ahora se había alejado unos metros, y echado de espaldas languidecía con las patas en alto, la pelota roja al parecer olvidada. El perro, estúpidamente, intuyó que era su momento. Empezó a avanzar, tomando carrera, cobrando velocidad hasta que, seguro del triunfo (si bien la cara mostraba cierta alarma ante su propia temeridad balística), se disparó cortando el aire con todo su peso. Claro está que tanto el cachorrito como la pelota se habían esfumado, y el perro aterrizó en la roca esmaltada con un caos tan estrepitoso que la multitud, sumida en un momentáneo silencio, se preguntó si habría muerto o estaría herido, y a qué furia aspiraría al despertarse… Pasaron unos segundos y el cuerpo del perro ni se movió. Después de mirar rápidamente a Andrómeda, el cachorrito se aproximó al ponzoñoso montículo, a los humeantes desechos del perro. Todos contuvieron la respiración mientras el cachorrito, husmeando, ladraba y estiraba una pata hacia la boca abierta. Estuvo olisqueando entre crecientes murmullos de esperanza. Hasta levantó una pata trasera y pareció disponerse a… pero un grito de Andrómeda lo previno. Aunque el cachorrito retrocediera con un chillido, las fauces del perro habían hecho su trabajo, y en la barriguita rosada habían desatado un relámpago de sangre.

También el perro estaba jugando: se había hecho el muerto. Pero ya no era un juego. Enorme se alzó en cuatro patas, en dos patas, y enorme agitó los sangrientos jirones de su cólera. Entonces la caza empezó de veras, con el inmenso perro saltando tras el cachorrito en círculos cada vez más cerrados, patinando y torciéndose, ora hacia este lado, ora hacia aquél, hacia éste, hacia aquél. Por un rato pareció que el cachorrito era más libre que el aire, caprichosamente elástico, subatómico, superluminoso, todo impulso y encanto, mientras el perro avanzaba como un toro, pura masa y momento, sujeto para siempre a sus propias leyes. No podía durar mucho. El cachorrito se caía todo el tiempo, como les suele pasar a los cachorritos, dejando rastros de sangre en el suelo, y parecía más débil y más pequeño cada vez que se rehacía para virar, mientras el perro daba la impresión de abarcar el espacio por completo, de llenar el infierno todo y más… Al fin el cachorrito condujo al perro hasta un amplio arco que había al final de la guadaña de fuego. Surgieron los dos animales, el grande persiguiendo al pequeño y acercándose, acercándose.

- Vuélvete -dijo la multitud.

- Vuélvete -dijo Andrómeda cuando pasaban como rayos. El cachorrito ya sentía el quemante aliento del perro en el trasero, la masa de saliva y encías inflamadas; y sin embargo seguía saltando y dando volteretas, con el solo impulso del ritmo desesperado de sus trancos. A toda velocidad se acercaron los dos a la gran confluencia de fuego, convertidos casi en un solo animal, la cola del cachorrito haciendo cosquillas en la nariz del perro, cuyas fauces abiertas se preparaban para el primer golpe devorador. Vuélvete, vuélvete.

- Vuélvete -dijo Andrómeda.

Pero el cachorrito no se volvió. Con un aullido de terror y de triunfo se arrojó a las llamas; y el perro, como un misil ciego guiado por el calor, como un arma de saliva y sangre, no pudo hacer más que seguirlo.

Y así fue que al fin las llamas se dispusieron a comer. Y menudo festín se hicieron con el perro. Qué manera de toser y atorarse, qué gargajos y arcadas furiosas, qué estallidos y punzadas de gas y de vapor, qué cruptos y borborigmos -y qué acumulación de plumazos y relámpagos y palpitantes encefalogramas produjeron las llamas, hasta que, tranquilizándose, aplacándose, recobraron por fin el aliento.

Cuando Tom la desató, Andrómeda se alejó para recorrer la guadaña de fuego. Encontró el cadáver todavía humeante del cachorrito, panza arriba, apenas más allá de la confluencia de fuego, y se arrodilló para acunarlo en sus brazos. Las llamas se habían negado a devorarlo; habían querido sostenerlo y depositarlo sin daño al otro lado. El cachorrito se echó a toser, titubeó, y dedicó a Andrómeda un último parpadeo. Sí, su música poco a poco se extinguía. El cachorrito no podía persistir, no en forma de cachorrito: la cola chamuscada, la delicada barriguita cubierta de sangre, las pobres patas flojas, vacías de vida. Andrómeda levantó los ojos. Los aldeanos, en silencio, se habían alineado en el sendero ondulante. Pero en el momento en que empezó el dolor de la muchacha, también ellos empezaron a llorar, a gemir, hasta que los sonidos, elevados por el fuego, se perdieron a la deriva en los vellones del cielo.

Esa noche, ya tarde, Andrómeda permanecía despierta con el rostro apretado contra la almohada húmeda. Tenía el pensamiento puesto, como era natural, en el cachorrito Jackjack. Había llevado el cuerpecito hasta el poste y allí lo había depositado sobre un pañuelo blanco. Todos los aldeanos se habían hincado a homenajearlo, y se habían maldecido a sí mismos, avergonzándose de haberse burlado o dudado alguna vez del cachorrito, del cachorrito que había podido. Había pena y alegría. Y había vergüenza. Al día siguiente el cachorrito yacería de cuerpo presente para que los aldeanos hicieran sus ofrendas. Luego Andrómeda lo enterraría fuera del poblado, en las colinas, junto al arroyo nervioso. Pero la guadaña sería en adelante un lugar sagrado, y todos los que pasaran por allí pensarían en el cachorrito. Se ha ido de la vida, pensó Andrómeda. ¿Y cómo es la vida sin él? Si pudiera beberse todas mis lágrimas, murmuró; si sólo pudiera lamerlas. Recordó la cara con que le había sonreído por última vez, tan bondadosa, tan llena de íntimo perdón. Infinitamente íntima, y también iluminada por secretos.

Entonces oyó en la ventana un suave golpeteo paciente y remoto. Se bajó de la cama y miró afuera. La noche estaba oscura y afligida. Andrómeda se envolvió en un chal y rápidamente fue hasta el pasillo. Abrió la puerta y dijo:

- ¿Jackjack?

Allí estaba el muchacho, contra un remolino de estrellas, el cuerpo marcado aún por las garras y el fuego. Ella alzó el brazo para tocarle las lágrimas de los ojos humanos.

- John -dijo.

Con brazos fuertes y guerreros él se volvió y la condujo hacia la noche fresca. Juntos en lo alto de la colina se detuvieron a mirar su nuevo mundo.


En Los Monstruos de Einstein (1987)
Trad.: Marcelo Cohen
Foto: Lord Snowdon (Anthony Armstrong-Jones), 1978

3 mar. 2013

Martin Amis: Bujak y la fuerza poderosa o Los dados de Dios

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¿Bujak? Sí, lo conocí. Toda la calle conocía a Bujak. Lo conocí antes y lo conocí después. Todos conocíamos a Bujak: sesenta años, enormemente denso y agarrotado de músculos y tendones, sonriéndole a una fogata en el patio, transportando a hombros escritorios y sofás, levantando con una sola mano un cajón de té lleno de libros. Bujak, el poderoso. También era soñador, lector, charlatán… Dormías mucho mejor sabiendo que Bujak estaba en tu calle. Esto era en 1980. Yo vivía en Londres, el oeste de Londres, país de carnaval, lo que la policía de la zona llamaba línea de frente. Dr. Alimantado, Hijos del Trueno, Guerra de razas, El futuro no existe: terroríficos pelos secos como paja, chicas con cicatrices en los pubs embravecidos. Los negros esos que hablaban como borrachos combativos, todo el tiempo. Cuando iba a Manchester a pasar unos días con mi amiga, siempre le dejaba una llave a Bujak. Qué manos tenía, duras como el carbón, con las uñas tan cuadradas y simétricas como sus dientes. Y los antebrazos, los antebrazos de Popeye, robustos y brutales y manchados de tatuajes, armas de un poder monstruoso.

Enorme como era, las energías parecían comprimidas en él, como si fuese la esencia de un hombre aún más grande. Era la imagen de la solidez. Yo soy tan alto como Bujak, pero peso la mitad. No, menos. Una vez Bujak me dijo que crear un hombre de la nada exigiría una energía equivalente a la de una explosión de mil megatones. Mirándolo a él, uno se lo creía. En cuanto a mí, hubiese bastado con un solo cartucho de TNT, una granada de mano, un petardo. En los tratos físicos conmigo (ya sabéis, un hecho físico puede ser la forma en que alguien se acerca a ti atravesando una habitación) él mostraba la tierna condescendencia que el hombre grande muestra hacia el pequeño. Tal vez fuera así con todos. Era protector. Y entonces al buen Bujak, al considerado, sonriente Bujak, le pasó lo peor. Un holocausto personal. En los días que siguieron yo vi y sentí toda la violencia de Bujak.

Su vida estaba bien arraigada en el siglo. De la casta de los guerreros, combatió en Varsovia en 1939. Perdió al padre y a dos hermanos en Katyn. Estuvo en la resistencia, toda su vida estuvo en la resistencia. En esa condición infligió (y ésta es una historia de violencia, de castigo) muchas torturas a colaboracionistas. Se levantó con el Armia Kraiova y fue encarcelado en diciembre de 1944. Durante los años de posguerra trabajó de hombre fuerte en un circo ambulante, torciendo barras, derribando muros de ladrillos, arrastrando camiones con los dientes. En 1956, año de mi nacimiento, participó en el octubre polaco y estuvo en la «Hungaria» de noviembre. Luego Estados Unidos, los vestíbulos, colas y cubículos de Ellis Island, con esposa, madre e hija pequeña. A su esposa Monika la hospitalizaron en Nueva York por una enfermedad de poca importancia; salió con un virus intrahospitalario y a la mañana siguiente estaba muerta. Bujak trabajó de estibador en Fort Lauderdale. Recibió y propinó cantidad de palizas demoledoras, a rompehuelgas, pandilleros, provocadores de los sindicatos. Pero prosperó, como suele suceder en América. Lo que lo trajo a Inglaterra, creo yo, fue una especie de nostalgia (desplazada) de Polonia, o de esnobismo, y un deseo de paz. Bujak había vivido el siglo veinte. Y luego, un día, el siglo veinte, un siglo como ningún otro, se presentó a llamarlo. El propio y libresco Bujak, estoy seguro, vio que en cierto sentido la calamidad era post-nuclear, einsteniana. Sin duda fue el fin de su universo existente. Sí, fue la Gran Demolición de Bujak.

Conocí a Bujak una fría mañana de finales de la primavera de 1980 -o de 35 DB, si usas el calendario postnuclear que él propugnaba a veces-. Como de costumbre, algo le había ocurrido al coche de Michiko (esa vez era un pinchazo), y yo estaba en la calle luchando con el recambio y las herramientas de ladrón. Compacta y silenciosa, Michiko me observaba con tristeza. Me las había arreglado para aflojar los pernos de la rueda pinchada, pero la abertura del cric estaba ominosamente blanda y pegajosa de herrumbre. El sufrido cochecito recibió en el chasis la flecha vertical y permaneció estoicamente unido al suelo. Ahora bien, debo decir que yo me encuentro en muy malas relaciones con el mundo inanimado. Incluso cuando se trata de hacerme un café o cambiar una bombilla (¡o un fusible!), siempre pienso: ¿qué les pasa a los objetos? ¿Por qué son tan agresivos? ¿Qué entripado tienen conmigo? Los objetos y yo no podemos seguir así. Debemos llegar a un compromiso, un congelamiento, antes de que una de las partes pierda los estribos. Tengo que encontrarme con su gente y elaborar un trato.

- Para ya, Sam -dijo Michiko.

- Consíguete un coche como la gente -le dije yo.

- Para, por favor. ¡Para! Llamaré a una grúa o algo así.

- Consíguete un coche como la gente -dije, y pensé: sí, o un amigo como la gente.

El caso es que estaba arrojando las herramientas en el zurrón, sacudiéndome las manos y secándome las lágrimas, cuando divisé a Bujak, que venía hacia nosotros cruzando la calle. Registré su acercamiento con cautela. Yo había visto a aquel austrohúngaro o polaco retrógrado, desde la ventana de mi estudio, afanándose en la calle, siempre listo a encorvar sus primitivas capacidades y recursos. No me agradó encontrármelo. Tengo bastante paranoia de la corriente, o la tenía entonces. Ahora he crecido un poco y comprendo que no me queda nada en absoluto que temer, excepto el fin del mundo. Igual que todos. En la próxima guerra al menos no habrá un capricho especial, sacos de boxeo ni certámenes de impopularidad. El genocidio ha tenido su momento y ahora estamos detrás de algo mayor. El suicidio.

- ¿Eres judío? -preguntó Bujak con su voz profunda.

- Psé -dije.

- ¿Nombre?

¿Y número?

- Sam -le dije.

- ¿Abreviatura de?

Titubeé, y sentí los ojos de Michi en la espalda.

- ¿De Samuel?

- No -dije-. De Samson, en realidad.

La sonrisa que me ofreció decía muchas cosas, la más obvia de las cuales que ahí… ahí tenía yo a un hombre feliz. Toda ojos y dientes, era una sonrisa ridícula en su jovialidad, en su candor. Pero si uno se pone a pensarlo, la felicidad es una condición bastante payasesca. Quiero decir que una felicidad constante no es la respuesta más apropiada. Eso, para mí, le daba un elemento de inestabilidad, de contrafuerza. Pero aquí Bujak era claramente feliz, estaba en su universo. Bujak, con su accesorio de la felicidad.

- Los judíos suelen ser buenos de aquí -dijo, y se golpeteó la cabeza rapada con la punta de los dedos-. Pero no con las manos.

Bujak sí que era bueno con las manos: para demostrarlo se inclinó y levantó el coche.

- No bromee -dije yo. Pero no.

Cuando me puse a trabajar ya le estaba dando al palique con Michiko, preguntándole, impertérrito, si había perdido algún familiar en Nagasaki o Hiroshima. Resultó que sí: Michi había perdido a un primo de su padre. Aquello era nuevo para mí, pero no me sorprendió. Parece ser que todo el mundo pierde a alguien en las grandes matanzas. Bujak cambiaba de tema con soltura y, en un momento, alzó una mano distraída para rascarse el cráneo. El coche ni siquiera tembló. Mientras trabajaba lo observé y me di cuenta de que la fuerza que había convocado no le debía nada a los hombros ni a la gran espalda arqueada, sino sólo a los brazos, los brazos. Era como si estuviera abriendo la puerta de un sótano, o sosteniendo la toalla mientras una niñita se vestía junto al mar. Luego me arrebató con brusquedad la llave de las manos, y apoyó una rodilla en el suelo para ajustar los pernos. Cuando la losa veteada de su cabeza volvió a alzarse, los ojos de Bujak se mostraron duros y aburridos, y recorrieron mi rostro con aspereza. Asintió en dirección a Michi y a mí me dijo:

- ¿Y tú a quién perdiste?

- ¿Cómo? -dije yo. Si comprendía bien la pregunta, la respuesta no era asunto de él.

- Yo doy dinero para Israel todos los años -dijo-. No mucho. Algo. ¿Por qué? Porque el historial de los polacos con los judíos es vergonzoso. Incluso después de la guerra -dijo, e hizo una mueca-. Completamente vergonzoso. Oye. En Basing Street hay un taller donde reparan neumáticos. Diles que vas de parte de Bujak y te harán un buen trabajo.

Gracias, dijimos los dos. Se alejó midiendo la calle con sus zancadas. Más tarde, desde la ventana de mi estudio, lo vi podando rosales en el pequeño jardín delantero. Una niñita, la nieta, le estaba trepando por la espalda. Lo veía a menudo, desde la ventana de mi estudio. En aquella época, 1980, yo intentaba hacerme escritor. Ahora ya no. No puedo acostumbrarme a la vida del estudio, a vivir en él. Ésta es la única historia que contaré, y es una historia verdadera… Michiko se entusiasmó enseguida con Bujak y esa misma tarde le echó una nota de agradecimiento por debajo de la puerta. Pero a mí me llevó un tiempo llegar a estar en buenos términos con Bujak.

Anduve preguntando sobre su carácter, como suele hacerse cuando se juega con la escritura. Como dije, a Bujak lo conocía todo el mundo. En las calles, los pubs, las tiendas, hablaban con él como reparador y factótum omnicompetente; Bujak podía manipular cualquiera de los sistemas que hacen que una casa funcione, que la mantienen viva; las venas, los revestimientos, las glándulas y las tripas. También fue señalado como claro excéntrico, contemplador de estrellas, «filósofo» -un epíteto, deduje, no muy valorado por esos alrededores-, y en una ocasión como chiflado (una de esas palabras que nunca suenan bien en labios americanos, como quid y maldito). La gente rendía justicia a Bujak como hombre de familia; cierta vez Michi y yo lo vimos muy lejos de su territorio habitual, delante de la iglesia rusa en la esquina de St. Petersburgh Place y Moscow Road, erguido dentro de su traje, con la madre, la hija y la nieta; recuerdo haber pensado que hasta el inmenso Bujak podía exhibir la molesta delicadeza que confiere el hecho de vivir en una casa llena de damas. Pero con más entusiasmo y vehemencia, por supuesto, hablaban de Bujak el guardián de la paz, el vigilante, el artista de la justicia brutal. Hablaban de escaramuzas, vendettas, guerras personales, ataques preventivos. De pie en el pub, americano con gafas y sin hombros, con la jarra de cerveza en delicado equilibrio, o parado en un esquina con el periódico y un envase de leche bajo el brazo, yo me sentía complacido con los relatos sobre Bujak y la fuerza poderosa.

La vez que sorprendió a dos chicos negros espiando por la ventana del sótano de un vecino, los arrojó dando vueltas a la calle con dos latigazos, como alguien que limpia de estiércol una zanja. O lo que les hizo a los dos hermanos mayores de los niños cuando a la noche siguiente cayeron por Golborne Road. Cualquier ratero o alborotador atrapado por Bujak no tardaba en desear encontrarse bajo el chorro de agua en algún refugio seguro. Se ocupaba de las cosas más variadas. Una vez que se había peleado con el ayuntamiento arrastró a cien yardas de la puerta de su casa un contenedor lleno de basura. Una noche salió y volcó un camión después de haber discutido por un generador con unos contratistas de la construcción locales. Las mujeres de la casa de Bujak podían caminar por All Saints Roads a cualquier hora seguras de que nadie las molestaría. Y el propio Bujak era capaz de silenciar un pub con sólo pasar caminando delante de él. Y sin embargo era popular. Era el hombre de la comunidad, y la comunidad de la calle se había entregado a Bujak. El era nuestro disuasor.

Y no fue suficiente… Ahora, en 1985, me resulta difícil creer que una ciudad sea otra cosa o algo más que la suma de sus calles; ahora que estoy sentado aquí, en el Upper West Side, hablando con la ventana y tanteándome el corazón. A veces, en mis sueños de peligro neoyorquino, echo una mirada sobre la ciudad, y parece hecha a medias, medio destruida, la mitad (acaso la base) de algo más grande partido en dos; desgastada, hedionda, húmeda de lluvia o soldadura. ¿Y quieres convencerme -me digo a mí mismo- de que esto es una comunidad?… Mi mujer y mi hija se mueven entre todo esto, entre las violaciones, los podadores de vidas, los asesinos inocentes. Michiko se lleva a nuestra hijita al centro de atención diurna donde trabaja. Atención diurna, ésa sí que es buena. ¿Y quién se ocupa de la atención a la madrugada, al atardecer, dónde lo cuidan a uno de noche? Si sólo tuviera una fuerza para envolverlas, ah, si sólo tuviera la fuerza poderosa… Bujak tenía razón. En la ciudad hay ahora componentes perdidos, partículas aceleradas: algo se ha disparado, algo culebrea, se agita como un lazo, se acerca girando al borde de su surco. Algo ha de ceder y no estamos a salvo. Deberíamos ser terriblemente cuidadosos. Porque la seguridad ha abandonado nuestras vidas. Se ha ido para siempre. ¿Y qué hacen los animales cuando sólo se les ofrece peligro? Crean más peligro, más, mucho más.

Era 1980, el año en que nació Solidaridad, y Bujak era polaco. La combinación de estas circunstancias me llevó a asumir que los sentimientos de Bujak eran liberales. En verdad no resultó así. Mientras yo paseaba a su lado con orgullo rumbo al depósito de madera o los almacenes para-la-mejora-del-hogar que hay más allá de Portobello Road, Bujak echaba pestes contra los negros, los czarnuchy que pasaban parloteando arrogantes alrededor de nosotros. Los negros estaban bien, argumentaba con una sonrisa sarcástica, rodeados de sol, espuma y muchos plátanos; pero en una ciudad occidental no eran más que niños, y encima niños comprensiblemente irritados. Una vez se paró en seco para maravillarse de dos gay punks, con camisetas que decían No hay futuro y pelos como sombreros de viejas, que caminaban hacia nosotros tomados de la mano. «Es increíble, ¿no?», dijo arrastrando la r. También con respecto a los maricas, Bujak veía la condición y la profusión como un fenómeno einsteniano. Llegó a confesar la fantasía de dirigir una carga de caballería contra las calles y sus extraños conjuntos -el sonido de los cascos, los machetes siseantes-. «Un deseo que reprimo, desde luego. Pero si yo pudiera apretar el botón…», añadía, dirigiendo una mirada ávida a los pedaly, los czarnuchy, los moradores de la calle que se volvían, gesticulaban y se alejaban arrastrando los pies.

La violencia en un hombre suele ser la sobreafluencia de otra cosa. Ya sabéis cómo es. Ya habréis visto a esos tipos. Da la impresión de que yo tuviera una sensibilidad casi invalidatoria para la violencia de los demás, un detector de lluvia radiactiva para esas manchas de derroche o exorbitancia que se derrama en forma de fuerza. Como un canario en una mina prebélica, verifico enseguida cuándo hay violencia, cuándo hay veneno en el aire. ¿Qué es esta propensión? Llamadla miedo, si queréis. Miedo es muy apropiado. La voz que se eleva en el restaurante y su agrio hedor de bebida y brutalidad, la mirada que un hombre arroja a su mujer degradándola en la escala humana, preparándola para la desgracia de la violencia, la pierna nerviosa, el ojo relampagueante, el mostrador público a las diez cincuenta y cinco. Veo todo eso, mi cuerpo lo ve, y segrega sudor y adrenalina. De sólo ver sangre me desmayo. Fue este sentido de la fragilidad crítica (yo, mi mujer, mi hija, incluso el pobre planeta, azul pálido en sus chales), lo que en última instancia me sacó de mi estudio. La vida en el estudio es toda pensamiento y ansiedad, y ya no puedo soportarla más.

Tarde en la noche, allá en el amplio, aromático apartamento infestado de iconos donde vivía Bujak (fulgor azul de santos, velas, vigilias) yo escrutaba al gran polaco buscando las excrecencias de la violencia. Su madre, la vieja Roza, preparaba el té. La anciana («rouge» con una a al final) me serenaba con su presencia ¡cónica, el pelo húmedo rielante como plata, mientras Bujak hablaba de la fuerza poderosa, de la energía encerrada en la materia. Sonriendo en la tiniebla, Bujak me contó lo que en 1943, en Varsovia, le había hecho al colaborador nazi. Muchacho, pensé yo, apuesto a que después de eso el tipo no colaboró nunca más. Sin embargo no pude ocultar mi disgusto. «¿Pero no te pone contento?», me urgió Bujak. No, dije yo, ¿por qué iba a ponerme contento? «Esa gente te mató dos abuelos.» Sí, dije. ¿Y qué? Eso no cambia nada. «Venganza», dijo Bujak sencillamente. La venganza está sobreestimada, le contesté. Y es anticuada. Me miró con violento desprecio. Abrió las manos en un ademán explicatorio: las manos, los brazos, los policías de su voluntad. Bujak era un gran aficionado a la venganza. Tenía montones de tiempo para la venganza.

Una vez lo vi usar esas manos, esos brazos. Lo vi todo desde la ventana de mi estudio, la hoja de cuatro paneles (manchada por la luna, con cruceta refractaria) a través de la cual me llegaba el mundo por entonces. Vi a los cuatro tipos bajarse de los dos coches y plantarse frente al encorvado Bujak. ¿Oí un grito que nacía de dentro, un grito de prevención o de ansia…? La hija le daba al viejo Bujak muchos dolores de cabeza. Se llamaba Leokadia. Su segundo nombre era «problema». De treinta y tres años, aspecto rural aunque fascinante, alta, rolliza, feroz y llorona, era el elemento inestable en el núcleo de Bujak. Tenía, me había percatado, dos voces, una para la verdad y otra para el sinsentido, para las mentiras. Contra la superficie marrón y brillante de sus vestidos anticuados, lo cóncavo y lo convexo se disponían de modo interesante. La hija de ella, la pequeña Boguslawa, era la secuela de cierto caótico romance de doce horas. En la calle se sabía de sobra que Leokadia era de cascos ligeros; la clase de chica (solíamos decir) que se acaloraba cada vez que veía un transporte de personal del ejército. Incluso a mí se me insinuó una vez, aquí en el apartamento. No hace falta decir que me hice el tonto. Tenía mis razones: miedo a las represalias de Michiko y del mismo Bujak (en mi mente, ambos se cernían sobre mí incongruentemente iguales en tamaño); pero sobre todo, yo no estaba en absoluto seguro de poder manejar en la cama a una mujer como Leokadia. Tal cantidad de pecho y de cadera. Tantas pecas, tanto llanto… Durante seis meses había vivido con un hombre que le pegaba, el elástico y pequeño Pat, nudoso, angular, de alambre reforzado. Creo que ella también le pegaba, un poco. Pero la violencia es al cabo un logro masculino. La violencia… bueno, es un trabajo de hombres. Leokadia volvía siempre a Pat, no me preguntéis por qué. No lo sé. No lo saben ellos. Allí iba de nuevo, taconeando a su encuentro, con el ojo negro, la mejilla arañada, el pelo revuelto. Nadie sabe por qué. Ni siquiera ellos lo saben. Bujak, sorprendentemente, no se metió, mantuvo su distancia, permaneció impávido, aunque procuró retener a la pequeña Boguslawa a salvo en su casa. A menudo se veía a la vieja Roza trasladando a la nena de un apartamento a otro. Después de la segunda temporada en el hospital (esa vez era una fisura de costillas) Leokadia dijo que ya estaba bien y volvió al hogar para siempre. Luego Pat se dejó caer con sus amigos, y encontró a Bujak esperando.

Los tres hombres (yo lo vi todo) tenían un aspecto inconfundible, esa constitución de pandillero inglés con barriga orgullosa y piernas afiladas que a partir de la rodilla se inclinan hacia atrás, con pelo escaso y cara de joven-viejo, como si hubiera cumplido más de un año cada vez. No sé si esos tipos hubieran causado mucho miedo en el circuito americano, pero supongo que eran bastante grandes y sus intenciones claras. (¿No leísteis lo del asesinato de los Yablonsky? Parece que ahora en los Estados Unidos, si uno está en la lista, van y se cargan a la familia completa. Sí, ahora os tiran la bomba.) Como fuese, a mí me asustaron. Me quedé sentado en el escritorio, retorciéndome, mientras Pat los guiaba a través del portón del jardín. Odié los destellos de sus tejanos, las compactas zapatillas de correr, las Fred Perry ceñidas. Luego se abrió la puerta delantera: Bujak con gafas, con tirantes sobre el chaleco viejo, enorme. En un reflejo que rezumaba seriedad y desdén, los hombres aflojaron los hombros y agitaron las manos. Hubo un intercambio de palabras: exigencia, negativa. Los hombres avanzaron.

Bien, debí de haber parpadeado, o cerrado los ojos, o agachado la cabeza, o debí de haberme desmayado. Oí tres golpes a un ritmo regular de uno por segundo, limpios, directos y atroces, cada uno como el de un hacha astillando leña helada. Cuando levanté los ojos, Pat y uno de sus amigos estaban caídos en los escalones; los otros dos tipos retrocedían, retrocedían del lugar del incidente, de aquella demostración. Inexpresivamente, Bujak se arrodilló para hacerle a Pat algo extra. Miré, y vi que le echaba el pelo hacia atrás y con mucho cuidado le descargaba un puño de neutronio en la cara vuelta hacia arriba. Después de eso tuve que recostarme. Pero un par de semanas más tarde vi a Pat sentado en el London Apprentice, solo; temblaba de remordimiento en un rincón, detrás de la máquina de música; el hinchado ribete que llevaba en la mejilla exhibía todos los colores de la llama, y estaba bebiendo la cerveza con cañita. En un solo golpe le habían cobrado todo lo que le hiciera a Leokadia.

Con Bujak yo siempre estaba bordeando la amistad. No sé si en realidad alguna vez la alcancé. Las diferencias de edad no son fáciles. Las diferencias de fuerza no son fáciles. La amistad no es fácil. Cuando a Bujak le tocó vivir su holocausto personal, yo le serví de cierta ayuda; fui mejor que nada. Acudí al tribunal. Fui al cementerio. Acepté la parte que me tocaba de la fuerza poderosa, lo poco que conseguí tomar… Puede que una docena de veces durante aquel verano, antes de que ocurriera la catástrofe (se encaminaba hacia él con lentitud pero ganando velocidad), me haya sentado en su porche trasero cuando todas las mujeres ya se habían acostado. Bujak contemplaba las estrellas. Hablaba y bebía su té. «Viajando a la velocidad de la luz -dijo una vez-, uno podría atravesar todo el universo en menos de un segundo. El tiempo y la distancia quedarían aniquilados, y serían posibles todos los futuros.» Mierda, ¿de veras?, pensé yo. Y en otra oportunidad: «Si pudieras demorarte al borde de una singularidad, el tiempo se volvería tan lento que una semana pasaría en cuarenta y cinco segundos y en América habría tres elecciones en el espacio de siete días.» Tres elecciones, me dije yo. Uf, qué semana más aburrida.

¿Y por qué es él el soñador, mientras yo estoy atado a la tierra? Sintiéndome mezquino, a veces despreciaba las ensoñaciones de Bujak, pero también le ofrecía mi cálida compañía de medianoche, a él y a las marcas que la experiencia dejara en su rostro, y que el tiempo había trabajado como un escultor, con espantosa lentitud; y le temía, temía la energía de Bujak, atada y puesta bajo llave. Mirando nuestro pequeño disco de estrellas (y tal vez haya mejores galaxias para residir que la nuestra; más limpias, más seguras, más bondadosas), yo sólo sentía la falsa quietud del negro mapa de la noche, la belleza que ocultaba una violencia grande y rutinaria, el universo en fuga, con la materia dividiéndose desbocada, explotando hacia los límites del espacio y el tiempo, toda lucha, curvas y alboroto, infinita y eternamente hostil… Esta noche, mientras escribo, también el cielo de Nueva York está lleno de estrellas. Allí. Allí viene Michiko por la calle, con nuestra hijita de la mano. Lo han conseguido. Por fin en casa. Arriba de ellas, los dioses acaban de hacer una mala tirada de dados: tres, cinco y uno. La Osa Mayor acaba de sacar un cuatro y un dos. ¿Pero quién saca el seis, el seis, el seis?

Todas las enfermedades peculiarmente modernas, todas las distorsiones y perturbaciones, Bujak las atribuía a una sola cosa: el conocimiento einsteniano, el conocimiento de la fuerza poderosa. Su paradoja central era que el mayor -el más puro, el más mágico- genio de nuestro tiempo hubiera tenido que meter a la tierra en sordidez, profanidad y pánico semejantes. «Pero qué típico del siglo veinte», decía: ésta sería siempre la época en que la ironía había campado por sus fueros. Yo tengo primos y tíos que hablan de Einstein como si hubiese sido un héroe del balón que capitaneaba un equipo llamado los judíos («vaya mente», «pero fíjate qué cabeza tenía el tipo»). Bujak hablaba de Einstein como si hubiera sido el crítico literario de Dios, y Dios un poeta. Yo, más estólido, tiendo a sospechar que Dios es novelista, charlatán y profundamente malsano por añadidura… La verdad es que la teoría de Bujak me atraía muchísimo. Tenía, al menos, cierta cualidad sagrada. Contestaba la gran pregunta. Ya sabéis a qué pregunta me refiero, conocéis su desasosiego acumulativo, su interés compuesto. Vosotros os hacéis esa pregunta cada vez que abrís un periódico o encendéis la tele o camináis por la calle entre hijos del trueno. Nuevas formaciones, deformaciones. Vosotros conocéis la pregunta. Dice así: ¿Pero qué cuernos está pasando aquí?

El mundo tiene cada día peor aspecto. ¿Está peor, o solamente lo parece? Está envejeciendo. Ha visto y hecho de todo. Muchacho, está apabullado. Es un suicida. Como Leokadia, el mundo ha hecho demasiadas cosas demasiadas veces con demasiada gente; lo ha hecho de esta forma, de aquélla, con él y con él. El mundo ha ido a tantas fiestas, se ha peleado tanta veces, ha perdido las llaves, le han robado la cartera, se ha caído, ha bebido demasiado. Todo eso se acumula. Han pasado una factura. Nuestro irónico destino. Mirad las infamias modernas, los pecados del siglo veinte. Algunos son extraños, otros banales, pero todos ofensivos para el ojo, cubiertos como están por el barniz del recién nacido. Crímenes de violencia gratuita o recreativa, el totalitarismo cada-vez-menos-tácito del dinero (dinero: ¿qué mierda es eso, al fin y al cabo?), la proliferación de la pornografía, el colapso nuclear de la familia (con los criadores apuntados a la actitud supercrítica, y los chicos que ahora tampoco se quedan atrás), los escamoteos y distorsiones de una realidad mediada, el abuso sexual de los muy viejos y los muy jóvenes (de los débiles, los débiles): ¿cuál es aquí el denominador oculto, y qué puede explicarlo todo?

Parafraseando a Bujak, según yo le entendí… vivimos en una tierra de sombra… En silencio, nuestra idea de la vida humana ha cambiado, se ha enrarecido. Nos es imposible ahora evitar pensar menos en ella. La raza humana se ha desclasado a sí misma. Ya no vive; apenas sobrevive, como un animal. Soportamos la vergüenza del suicida, la vergüenza del asesino, la vergüenza de la víctima. Todo lo que tenemos en común es la muerte. ¿Y qué efectos produce esto en la vida? Tal, en cualquier caso, era la verificación de daños de Bujak. Aun si el mundo se desarmase mañana, creía, la especie necesitaría al menos un siglo de recuperación después de su enredo, su coqueteo, su aventura con la fuerza poderosa.

Académico de cualquier modo, ya que Bujak se hallaba insuperablemente convencido de que el final estaba en marcha. ¿Cómo iba a poder el hombre (esa criatura peligrosa, fijaos un poco en su prontuario), resistirse a la intoxicación del Crimen Perfecto, un crimen que destruye toda evidencia, toda rectificación, todos los pasados, todos los futuros? Yo era lo bastante pacifitnik, optimista y cobarde como para adoptar la opinión contraria. Empeñoso seguidor del miedo, siempre pensé que el gordo brutal y el grandote hijo de puta se mantendrían empatados: saben que con sólo alzar un puño, el pub entero se derrumbaría. De acuerdo, no es una obra maestra de la seguridad restablecida, al menos a las once menos cinco de un sábado por la noche, mientras la bebida sigue corriendo.

- La teoría de la disuasión -dijo Bujak con su sonrisa irónica- no es sólo una mala teoría. Ni siquiera es una teoría. Es una locura.

- Por eso hay que ir más allá.

- ¿Tú eres unilateralista?

- Pues sí -dije-. Alguna vez alguien tiene que dar el primer paso. Inglaterra está en buena posición histórica para intentarlo. Puede que entonces los rusos tomen Europa. Pero será un riesgo menor que el otro, que es infinito.

- Eso no cambia nada. El riesgo sigue siendo el mismo. Todo lo que consigues es que la vida se convierta en algo de lo cual es más fácil separarse.

- Pues yo pienso que hay que dar el primer paso.

Nuestras discusiones siempre acababan en la misma calle lateral. Yo sostenía que la víctima de un primer golpe no tendría razón alguna para tomar represalias, y probablemente no lo haría.

- ¿Ah, sí?

- ¿Qué sentido tendría? No habría nada que proteger. Ni gente, ni país. No ganaría nada. ¿Para que empeorar las cosas?

- Por venganza.

- Oh, sí.«El calor de la batalla.» Pero eso no es una razón.

- En la guerra la venganza es una razón. La venganza es tan razonable como cualquier otra cosa. Dicen que la guerra nuclear no será realmente una guerra, sino algo distinto. Cierto, pero los que combatan la sentirán como una guerra.

Por otro lado, añadía, nadie podía imaginar como reaccionaría la gente bajo los efectos de la fuerza poderosa. Una vez traspasada esa línea, el mundo entero se habría vuelto loco o animal y sin duda ya no sería humano.

Un día del otoño de 1980 Bujak hizo un viaje al norte. Nunca supe por qué. Esa mañana lo encontré en la calle, visión formidable en el edificio de su traje azul oscuro. Algo en su aire de jovialidad cortés, en la gorra, en la corbata, me sugirió que había decidido ir a investigar a una vieja amiga. El cielo estaba gris y cartilaginoso, con interesantes magulladuras, la calle húmeda y revestida de hojas. Bujak señaló la puerta de su casa con el paraguas cerrado.

- Vuelvo mañana por la noche -dijo-. Vigílalas.

- ¿Yo? Bien, claro. Muy bien.

- Leokadia, me he enterado, está embarazada. De dos meses. Pat. Oh, Pat; realmente era tan miserable. -Luego se encogió de hombros y agregó:- Pero mírala a ella. Una flor. Un ángel del cielo.

Y se marchó, recorriendo la calle a zancadas, satisfecho de hacer todo el camino a pie si hubiera sido necesario. Esa tarde pasé a ver a las chicas y bebí una taza de té con la vieja Roza. Cristo, recuerdo haber pensado, ¿cuál es el secreto de estos polacos? Roza tenía setenta y ocho años. A esa edad mi madre ya llevaba veinte años muerta. (El cáncer. El cáncer es la otra cosa; la tercera cosa. También a mí vendrá a buscarme el cáncer, supongo. A veces lo siento delante de mí, centelleando como la tele a unos centímetros de mi cara.) Estuve sentado allí, preguntándome cómo se había distribuido la cualidad silvestre entre las mujeres Bujak. Con los ojos compasivos y el cabello como plata antigua, Roza era no obstante esa clase de anciana a quien le sigue encantando reírse del extraño chiste lascivo, y se reía muy musicalmente, levantando una mano amable y propiciatoria. «Eh, Roza -decía yo-, tengo uno para usted.» Y ella se echaba a reír antes de que empezara. La pequeña Boguslawa -de siete años, silenciosa, sensible- estaba echada junto al fuego, leyendo, los ojos iluminados por la página. Hasta la musculosa y bella Leokadia parecía más firme, quizá porque los ojos contenían con mayor facilidad su resplandor. Ahora me hablaba de la misma llana manera, tal como solía antes del embarazoso enredo en mi apartamento. Sabéis, creo que si iba tanto detrás de los hombres era por ese asunto, ese rollo tan común de tratar de acumular aceptación. La aceptación es divertida, y hay personas que la necesitan mucho más que otras. Además era obviamente rica en propiedades y esencias femeninas; a las muchachas tan bien provistas como ella no les es fácil ser prudentes. Ahora estaba sentada allí, también sin hacer nada. Había arriado la bandera roja. Todas sus correntadas y mareas se habían calmado. Una paz lunar: a veces, cuando estaba en camino nuestra hija, Michi era así. Nuestra pequeña. Esperándola. Eso es lo que hacían ellas: esperaban. Me quedé una hora, más o menos, y luego crucé la calle para volver a mi estudio y su vida insignificante. Me senté a leer Mosby's Memoirs, de Saul Bellows, hasta la hora de dormir; y por cierto que a través de la ventana no dejé de vigilar la puerta de la casa de Bujak. El día siguiente era viernes. Pasé a ver a las mujeres para dejarles una llave antes de partir rumbo al norte, rumbo a Manchester y Michiko. Entre tanto, actores energéticos, vívidos representantes del siglo veinte -monstruos de Einstein- se dirigían al sur.

El sábado a medianoche regresó Bujak. Todo lo que sé sobre lo que encontró me lo dijeron los periódicos y la policía, junto con un par de detalles sueltos que se le escaparon a Bujak. En todo caso, no agregaré nada; no agregaré nada a lo que Bujak encontró… No tuvo ninguna premonición hasta que puso la llave en la cerradura y vio que la puerta estaba abierta y cedía con suavidad. Siguió adelante en profundo silencio. En el vestíbulo había un olor extraño, a humo de cigarrillo y mermelada. Bujak empujó la puerta de la sala. El lugar era como la mitad de algo partido en dos. En el suelo, una botella de vodka parecía oscilar ligeramente sobre su eje. Leokadia yacía desnuda en un rincón. Tenía una pierna doblada en un ángulo imposible. Bujak recorrió las terribles habitaciones. Roza y Boguslawa estaban en sus camas, desnudas, contorsionadas, heladas, como Leokadia. En el cuarto de Leokadia había dos desconocidos durmiendo. Bujak cerró detrás de sí la puerta del cuarto y se quitó la gorra. Se acercó a ellos. Se inclinó para agarrarlos. Un instante antes de hacerlo flexionó los brazos y sintió el susurro de la fuerza poderosa.

Esto ocurrió hace cinco años. Sí, estoy aquí para contaros que en 1985 el mundo sigue existiendo. Ahora vivimos en Nueva York. Yo doy clases. Los estudiantes vienen a mí, y después se van. Entre las cosas hay brechas, espacios lo bastante grandes para que de vez en cuando pueda echarle desde el estudio un vistazo a la vida y reconocer una vez más que no es para mí. Mi hija tiene cuatro años. Yo presencié el parto, o intenté presenciarlo. Primero sentí náuseas; luego me escondí; luego me desmayé. Sí, me porté de lo mejor. Localizado y reanimado, fui conducido a la sala de partos. Me pusieron en los brazos el bulto veteado de sangre. Pensé entonces y pienso ahora: ¿Cómo se las arreglará la pobre perrita? ¿Cómo se las arreglará? Pero estoy aprendiendo a vivir con ella, con la bomba de la preocupación, con la bomba del amor. El verano pasado la llevamos a Inglaterra. La libra estaba débil y el dólar -atrevido, fanfarrón, expoliador de Europa- estaba fuerte. La llevamos a Londres, al oeste de Londres, país de carnaval con sus hijos del trueno. El país de Bujak. Pasé a ver a la dueña de mi estudio y me informé queBujak todavía seguía en circulación en 1984. Había una pregunta que necesitaba hacerle. Y tanto Michi como yo queríamos enseñarle a Bujak nuestra hija, la pequeña Roza, que se llamaba así en recuerdo de la anciana.

Era en la vieja Roza en quien yo había pensado con más insistencia durante el peor viaje en coche de mi vida, a medida que avanzábamos de Manchester a Londres, del buen tiempo al malo, al tiempo de domingo. Esa mañana, sobre el café y el yogur, Michi me pasó el sucio y deformado tabloide. «Sam…», dijo. Leí la historia, el nombre, y me di cuenta de que la vida de ratas ya no está en otra parte, ya no está al otro lado sino que toca vuestra vida, mi vida… Los coches son cosas terribles y no me extraña que Bujak los detestara. Los coches son criaturas crueles, viciosos hijos de perra, despiadados e inexorables, con una sola idea, esa idea de A hacia B. No hacen concesiones. Rumbo al sur nos deslizamos por la autopista. Cuando nos detuvimos, se juntaron unos vecinos, los hombres sostenían paraguas, las mujeres, con los brazos cruzados, meneaban la cabeza. Crucé la calle y toqué el timbre. Y volví a tocar. ¿Y para qué? Probé la puerta trasera, el porche de la cocina. Luego Michiko me llamó. Miramos juntos por la ventana de la sala. Bujak estaba sentado a la mesa, encorvado hacia delante como si necesitara todo el poder de los hombros y la espalda nada más que para mantener esa posición, para conservar la energía de la quietud maniatada, ensartada. Varias veces golpeé el cristal. No se movió. Yo sentía un ruido en el oído y los segundos iban fundiéndose, fundiéndose, más lentos que una mecha. La calle parecía una cueva. Me volví hacia Michi y sus ojos de cuatro párpados. Inmóviles, nos miramos uno al otro a través de la espesa lluvia.

Más tarde le presté cierta ayuda, creo, cuando me tocó el turno de lidiar con la fuerza poderosa. Por alguna razón Michiko no pudo soportar nada de aquello; al día siguiente me dejó y volvió directamente a América. ¿Por qué? Tenía y sigue teniendo diez veces más fuerza que yo. Tal vez haya sido por eso. Quizá era demasiado fuerte como para doblegarse ante la fuerza poderosa. De todos modos no estoy haciendo aquí ningún alegato… Al atardecer Bujak solía venir a sentarse en mi cocina, llenándola toda. Quería proximidad, quería estar en otra parte. No hablaba. El pequeño corredor zumbaba de extrañas emanaciones, latidos, radiaciones. A menudo era difícil moverse o respirar. ¿Qué sienten los hombres fuertes cuando la fuerza los abandona? ¿Escuchan el pasado o simplemente oyen cosas, voces, música, el burbujeo de caldero de los cascos distantes? Seré sincero y diré lo que pensaba yo. Pensaba: acaso él tenga que matarme, no porque lo quiera o desee hacerme daño, sino por todo el daño que él mismo ha recibido. Hacerlo lo librará de ese daño por un tiempo. Algo tenía que ceder. Yo soportaba las secuelas, la radiación. Era lo único que podía aportar.

También lo acompañé al tribunal, y estuve a su lado durante ese agravio, ese agravio continuo. Los dos defensores eras escoceses, regateadores de Dundee, veinteañeros, solicitados, aunque tampoco importa mucho quiénes eran. No se alegó insanía, ni existía por cierto una señal clara de que la hubiese. La cordura no entraba en el asunto. Era imposible entender nada de lo que decían, de modo que un policía tenía que traducirlo. La historia que presentaron era como sigue. Habiendo bebido más pintas de cerveza de lo que acaso les convenía, los dos hombres se encontraron por la calle con Leokadia Bujak y se ofrecieron a acompañarla hasta su casa. Invitados a entrar, apasionadamente hicieron por turno el amor a la joven, a sugerencia de ella, y luego se tumbaron a echar una siesta reanimadora. Mientras dormían, algún otro grupo había entrado y hecho todas esas cosas terribles. Durante todo esto Bujak permaneció sentado, rechinando en silencio. Los dos sabíamos que Leokadia hubiera podido hacer algo por el estilo, otra noche, en otra vida, Cristo, hubiera podido hacerlo; ¿pero con esos perros, superperros, subperros, roedores calvos de dientes anaranjados? De cualquier forma daba igual. A quién le importaba. Bujak aportó su testimonio. El jurado deliberó más de veinte minutos. A los dos hombres les cayeron dieciocho años. Desde mi punto de vista, por supuesto (para mí era el único imponderable), la pregunta principal no llegó a formularse, no digamos ya a responderse: se relacionaba con los extraños segundos en el cuarto de Leokadia, Bujak a solas con los dos hombres. Nadie hizo la pregunta. Yo la haría cuatro años después. No pude hacerla entonces… Al día siguiente de la sentencia tuve una especie de colapso. Con la garganta en carne viva y los ojos y la nariz chorreando me arrastré hasta un avión. No me atreví siquiera a despedirme. En el Kennedy, a quién me encuentro si no a Michiko mirándome a los ojos y diciéndome que está embarazada. Allí mismo caí sobre mis piojosas rodillas y le supliqué que no lo tuviera. Pero lo tuvo de todos modos; con dos meses de adelanto. jesús, otro cuento de terror de Edgar Allan Poe: El Bebé Prematuro. Bajo el frasco, bajo la lámpara, ictericia, pulmonía; hasta un ataque al corazón tuvo la niña. También yo, cuando me lo contaron. Sin embargo salió adelante. Ahora está magnífica, en 1985. Deberíais verla. Son la bomba del amor y su lluvia radiactiva lo que al fin y al cabo le dan a uno energías. Sin amor no se puede ni empezar… Creo que ésas que suben la escalera son ellas. Sí, ya entran, cambiándolo todo. Aquí está Roza, y aquí está Michiko, y aquí estoy yo.

Bujak seguía en la calle. Se había mudado del 45 al 84, pero seguía en la calle. Preguntamos por ahí. Todos conocían a Bujak. Y allí estaba, en el jardín delantero, contemplando un fuego que se encogía y crepitaba, mientras las cabezas de serpiente de las llamas daban al aire súbitos mordiscos -serpientes de fuego en el jardín del conocimiento-. Después de todo, cuando llegó el fuego supimos controlarlo; no acabamos todos asados y chamuscados. Él alzó los ojos. La sonrisa de ogro no había cambiado tanto, pensé, si bien era palpable que la presencia del hombre se había reducido. Viejo y enorme en su chaleco, aún persistía la masa, la contenida energía, blanda y dispersa. Bueno, algo tenía que ceder. Bujak había adoptado un amplio y surtido grupo familiar, irlandés en su mayoría, o había sido adoptado por él, o en todo caso, se le había vuelto necesario. Las habitaciones eran limpias, desnudas, sólidas y ordenadas, con todo lo que pueden hacer unas manos hábiles. Hubo un almuerzo en la mesa de pino impregnada de sol: cerveza, sidra, ruido, el sol y su fototerapia. La violencia con que la pelirroja cincuentona riñó a Bujak por su aspecto me indicó a las claras que había un vínculo romántico. Incluso entonces, con el viejo más cerca de los setenta que de los sesenta, me imaginé con miedo a Bujak en la cama. ¡Bujak en el catre! Por increíble que pareciese, mantenía la felicidad intacta, inigualada, entera. ¿Cómo era posible? Pienso que porque su generosidad no se extendía sólo a la tierra, sino al universo; o simplemente porque amaba toda la materia, sus inercias y su encanto, sus virajes al infrarrojo y al ultravioleta, sus «casi cosas». La felicidad seguía allí. Era la fortaleza la que lo había abandonado para siempre. Después del almuerzo dijo que, una o dos semanas atrás, había visto a un hombre pegándole a una mujer en la calle. Les había soltado un grito, y la pelea había parado. Físicamente, no obstante, se había visto impotente para intervenir -indefenso, dijo, encogiéndose de hombros-. La verdad es que se podía advertir la diferencia por la forma en que se movía, la forma en que cruzaba la habitación hacia uno. La fuerza se había ido, o la voluntad de usarla.

Más tarde salimos los dos a la calle. Michiko había eludido este último encuentro, y había preferido demorarse con las mujeres. Pero teníamos con nosotros a la niña, la pequeña Roza, dormida sobre el hombro de Bujak. Yo lo miraba sin miedo. La niña doblada no se le iba a caer. Había tomado posesión de Roza con sus brazos.

Como por acuerdo nos detuvimos en el número 45. Unos niños negros jugaban ahora en el jardín con un balón rojo. Entre Bujak y yo las cosas se estaban ablandando, y de golpe daba la impresión de que uno podía decir lo que quisiese. Así que dije:

- Adam. No quisiera ofenderlo, pero ¿por qué no los mató? Yo lo habría hecho. Quiero decir, si pienso en Michi y Roza… -Pero en verdad uno no puede pensarlo, ni siquiera intentarlo. Ese pensamiento es fuego.- ¿Por qué no mató a esos hijos de puta? ¿Qué lo detuvo?

- ¿Por qué? -preguntó él, e hizo una mueca-. ¿Qué motivo habría tenido?

- Vamos. Lo podría haber hecho fácilmente. Defensa propia. Ningún tribunal de la tierra lo habría condenado.

- Cierto. Se me ocurrió.

- ¿Entonces qué pasó? ¿De pronto… de pronto se sintió demasiado débil? ¿Sencillamente se sintió demasiado débil?

- Al contrario. Cuando los tenía agarrados por las cabezas pensé lo increíblemente fácil que sería molerles las caras… hasta ahogarlos uno contra el otro. Pero no.

Pero no. Bujak se había limitado a arrastrar a los hombres por los brazos (media milla, hasta la comisaría de Harrow Road), como un padre con dos chicos rabiosos. Los entregó y se sacudió las manos.

- Cristo, dentro de unos años los soltarán. ¿Por qué no matarlos? ¿Por qué no?

- No tenía ganas de agregar nada a lo que había encontrado. Pensé en mi mujer muerta, Monika. Pensé… Ahora están todas muertas. No podía aumentar lo que había visto. Lo más duro, en realidad, fue tocarlos. ¿Conoces las colas húmedas de las ratas, las serpientes? Porque me di cuenta de que no eran seres humanos. No tenían ni idea de lo que era la vida humana. ¡Ni idea! Eran como terribles mutaciones, una desgracia para la forma humana. Una desgracia eterna. Si los hubiese matado aún sería fuerte. Pero uno tiene que empezar por algún sitio. Alguna vez tiene que hacerlo.

Y ahora que Bujak ha bajado los brazos, no sé por qué pero yo soy minuciosamente más fuerte. No sé por qué… No puedo deciros por qué.

Una vez él me dijo: «En el universo debe de haber más materia de lo que creemos. De otro modo las distancias son horribles. Me dan náuseas». Einsteniano hasta el fin, Bujak era un oscilacionista: sostenía que el Big Bang alternaría por siempre con el Gran Aplastamiento, que el universo sólo seguiría expandiéndose hasta que la gravedad unánime volviese a convocarlo al origen. En ese momento, con el universo girando sobre sus goznes, la luz empezaría a viajar hacia atrás, recibida por las estrellas y brotando de nuestros ojos humanos. Si, como Bujak sostenía, el tiempo, y yo no puedo creerlo, llega a revertirse (¿también nos moveremos hacia atrás?, ¿decidiremos algo en los hechos?), entonces, este momento en que le estrecho la mano será el principio de mi historia, de su historia, de nuestra historia, y resbalaremos tiempo abajo cada uno en la vida del otro para encontrarnos a cuatro años de distancia cuando, surgidas de la pena más feroz, las perdidas mujeres de Bujak reaparezcan, nacidas en sangre (y tendremos nuestras charlas, también, retrocediendo desde la misma conclusión), hasta que Boguslawa vuelva a ovillarse dentro de Leokadia, y Leokadia se oville dentro de Monika, y Monika esté allí para ser cobijada por Bujak hasta que le toque retroceder, besándose las puntas de los dedos, alejándose por los campos hasta ser la distante muchacha sin tiempo para él (¿será así más fácil que de la otra forma?), hasta que Bujak, el grande, se encoja, convirtiéndose en la cosa más débil que existe, indefensa, indefendible, desnuda, lloriqueante, ciega y minúscula y hecha un ovillo dentro de Roza.


En Los monstruos de Einstein (relatos)
Trad.: Marcelo Cohen
Ediciones Minotauro, 1990
Foto: MA 1990 © Chris Steele-Perkins/Magnum Photos