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26 may. 2013

John Maxwell Coetzee: Los filósofos y los animales

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(...)

Debido a la falta de relieve de su expresión oral, debido a que no levanta los ojos de la página, él tiene la impresión de que sus palabras no surten el efecto deseado. Precisamente porque la conoce, él sí se da cuenta de adónde quiere llegar. No le apetece nada lo que se avecina. No quiere oír a su madre hablar de la muerte. Por si fuera poco, tiene la fuerte sensación de que su público —a fin de cuentas compuesto en su mayoría por jóvenes— desea aún menos que él asistir a una charla sobre la muerte.
—Al abordar ante ustedes la cuestión de los animales —prosigue ella—, les haré el honor de saltarme los horrores de sus vidas y sus muertes. Aun cuando no me asiste razón alguna para creer que ustedes tengan en mente lo que se les hace a los animales ahora mismo en las instalaciones industriales o productivas (tengo mis dudas a la hora de seguir llamándolas granjas), en los mataderos, en los barcos pesqueros, en los laboratorios del mundo entero, daré por sentado que ustedes me otorgan la capacidad retórica de evocar todos esos horrores y de expresárselos con la claridad y la fuerza adecuadas al caso, y lo dejaré aquí, no sin antes recordarles que los horrores que omito están, sin embargo, en el centro mismo de esta conferencia.
Entre 1942 y 1945, varios millones de personas hallaron la muerte en los campos de concentración del Tercer Reich: solo en Treblinka perdieron la vida más de un millón y medio de personas, y es posible que la cifra total alcance los tres millones. Son cifras que nos embotan el cerebro. Solo tenemos una muerte propia; podemos comprender las muertes de los demás de una en una. En abstracto, tal vez seamos capaces de contar hasta un millón, pero de ningún modo podemos contar un millón de muertes.
Las personas que residían en los aledaños de Treblinka, en su mayoría polacos, dijeron que nunca llegaron a tener conocimiento de lo que sucedía dentro del campo; dijeron que, si bien en términos generales tal vez hubieran podido adivinar lo que estaba ocurriendo, nunca tuvieron la menor certeza; dijeron que, si bien en cierto sentido podrían haberlo sabido, en otro sentido nunca lo supieron, nunca pudieron permitirse el lujo de saberlo, por su propio bien.
Las personas que residían en los alrededores de Treblinka no fueron una excepción. Había campos de concentración por todo el territorio del Reich, cerca de seis mil tan solo en Polonia, y miles imposibles de precisar en el territorio alemán propiamente dicho3. Pocos alemanes residían a más de unos pocos kilómetros de un campo de tal o cual índole. No todos los campos eran de exterminio, campos dedicados a la producción de la muerte en masa, aunque en todos ellos acontecían horrores de toda clase, más horrores de los que uno podría permitirse el lujo de saber, por su propio bien.
No es porque se embarcasen en una guerra de expansión, y la perdieran, por lo que se considera todavía hoy a los alemanes de cierta generación como si estuvieran al margen de la humanidad, como si tuvieran que hacer o ser algo especial para ser readmitidos dentro del género humano. A nuestro juicio, perdieron su condición de seres humanos porque optaron por cierta ignorancia voluntaria. Habida cuenta de las circunstancias que prevalecían en la guerra desencadenada por Hitler, la ignorancia bien pudo ser un mecanismo de supervivencia de suma utilidad, si bien esta es una excusa que, con admirable rigor moral, rehusamos aceptar como tal. En Alemania, decimos, se franqueó cierto límite que llevó a la gente más allá de la criminalidad y la crueldad de la guerra ordinaria, hasta un estado que solo podemos calificar de pecado. La firma de las cláusulas de la capitulación y el pago de las reparaciones a las naciones agredidas en la guerra no pusieron fin a ese estado de pecado. Al contrario, nos dijimos, esa generación siguió marcada por cierta enfermedad del alma. Ese estigma marcó a los ciudadanos del Reich que habían cometido crímenes perversos, pero también a aquellos otros que, por la razón que fuere, permanecieron sumidos en la ignorancia respecto a tales actos. A efectos prácticos, marcó por consiguiente a todos los ciudadanos del Reich. Solo fueron inocentes los internados en los campos.
“Iban como ovejas al matadero” “Murieron como animales.” “Los mataron los carniceros nazis.” En las denuncias de los campos de concentración reverbera tan profusamente el lenguaje de los mataderos y los corrales que ya apenas es necesario que prepare yo el terreno para la comparación que estoy a punto de hacer. El crimen del Tercer Reich, dice la voz de la acusación, fue tratar a las personas como a los animales.
Nosotros, incluidos los australianos, pertenecemos a una civilización hondamente arraigada en el pensamiento religioso griego y judeocristiano. Es posible que no todos nosotros creamos en la corrupción, es posible que no creamos en el pecado, pero sí creemos en sus correlatos psíquicos. Aceptamos sin ponerlo en tela de juicio que la psique (o el alma) tocada por el conocimiento de la culpa no puede estar del todo bien. No aceptamos que las personas que llevan crímenes sobre su conciencia puedan estar sanas y mucho menos vivir felices. Miramos (o mirábamos hasta hace poco) con recelo a los alemanes de cierta generación porque son, en cierto modo, corruptos; en sus propios signos de normalidad (un apetito sano, una risa sincera) vemos la prueba de la honda raigambre que en ellos tiene la corrupción.
Era y sigue siendo inconcebible que las personas que no sabían (en ese sentido tan especial) de los campos puedan ser plenamente humanas. Dentro de nuestro marco metafórico elegido, eran ellos y no las víctimas los que actuaron como las bestias. Al tratar como animales a sus propios semejantes, a otros seres humanos creados a imagen y semejanza de Dios, ellos mismos se convirtieron en bestias.
Esta mañana me han llevado a dar un paseo en coche por Waltham. Parece una población muy agradable. No he visto horror alguno, ningún laboratorio donde se ensayen nuevos fármacos, ninguna fábrica de productos animales, ningún matadero. Sin embargo, estoy segura de que están ahí. Por fuerza tienen que estar ahí. Simplemente, no se anuncian en público. Están a nuestro alrededor incluso ahora, mientras les hablo a ustedes, solo que, en cierto modo, no tenemos conocimiento de ellos.
Permítanme decirlo abiertamente: estamos rodeados por una empresa global de degradación, de crueldad, de matanza, capaz de rivalizar con todo lo que llegó a hacerse durante el Tercer Reich, de dejar todo aquello incluso a la altura del barro, con la peculiaridad de que la nuestra es una empresa sin fin, que se autoregenera y que incesantemente trae al mundo nuevos conejos, ratas, aves de corral y ganado de toda especie con la sola intención de matarlos.
Y optar por hilar muy fino y sostener que no hay comparación posible, que Treblinka fue, por así decir, una empresa metafísica dedicada tan solo a la muerte y la aniquilación, mientras que las industrias cárnicas están, en definitiva, consagradas a la vida (a fin de cuentas, una vez que mueren sus víctimas, no las incineran ni las entierran, sino que las trocean y las refrigeran y las envasan de modo que puedan ser consumidas cómodamente en nuestros hogares), es tan magro consuelo para tales víctimas como flaco favor habría sido (discúlpenme el mal gusto de lo que voy a decir) pedir a los muertos de Treblinka que disculpasen a sus asesinos porque su grasa corporal era necesaria para fabricar jabón y su cabello para relleno de colchones4.
Una vez más, les ruego que me disculpen. Este es el último golpe bajo que me permitiré. Sé que esta manera de hablar solo sirve para polarizar la opinión de la gente, y los golpes bajos solo sirven para empeorar las cosas. Mi deseo es hallar una manera de hablar a mis semejantes, a los seres humanos, que resulte más fría que acalorada, más filosófica que polémica, más capaz de aportar algún esclarecimiento que de buscar la división del género humano entre justos y pecadores, entre salvados y condenados, entre corderos y lobos.
Ese lenguaje está a mi alcance, lo sé. Es el lenguaje de Aristóteles y de Porfirio, de Agustín y de Tomás de Aquino, de Descartes y Bentham o, en nuestro tiempo, de Mary Midgley y de Tom Regan. Es un lenguaje filosófico que ha de permitirnos comentar y debatir qué clase de alma poseen los animales, si tienen capacidad de raciocinio o si por el contrario actúan como autómatas biológicos, si tienen derechos respecto a nosotros o si tan solo tenemos nosotros ciertos deberes con respecto a ellos. Sé que ese lenguaje está disponible, y durante un rato voy a recurrir a él. Pero lo cierto es que si hubieran querido que alguien acudiera hasta esta aula para discernir ante ustedes mismos entre almas mortales y almas inmortales, o entre derechos y deberes, sin duda habrían convocado a un filósofo, no a una persona cuyo único motivo para gozar de su atención no es otro que el haber escrito sobre personas ficticias.
Como ya he dicho, podría recurrir a ese lenguaje de manera poco original, como de prestado, que sería lo máximo a lo que podría aspirar.
Podría decirles, por ejemplo, qué pienso de ese argumento de santo Tomás según el cual, como solo el hombre está hecho a imagen y semejanza de Dios, como participa de la esencia de Dios, poca importancia puede tener cómo tratemos a los animales salvo en el supuesto de que tratar a los animales con crueldad nos lleve a acostumbrarnos a ser crueles con los hombres5. Podría preguntar qué entiende santo Tomás cuando habla de la esencia de Dios, a lo cual él respondería que la esencia de Dios es la razón. Igual que Platón e igual que Descartes, aunque cada uno a su manera. El universo se cimienta sobre la razón. Dios es un Dios de razón. El hecho incuestionable de que mediante la aplicación de las leyes de la razón hayamos llegado a entender las reglas que rigen el universo nos demuestra que la razón y el universo participan de una misma esencia.
Y el hecho de que los animales, desprovistos de razón, no puedan comprender el universo y hayan de obedecer ciegamente esas reglas, nos demuestra que, al contrario que el hombre, son parte del universo, pero no, parte de su esencia: el hombre es semejante a Dios y los animales son semejantes a las cosas.
Al propio Immanuel Kant, del cual me hubiera esperado cosas mejores, le falta el aplomo adecuado en este asunto. Ni siquiera Kant se propone seguir, en lo tocante a los animales, las implicaciones de su intuición fundamental, esto es, que la razón tal vez no sea la esencia del universo, sino que, por el contrario, tan solo sea la esencia del cerebro humano.
Y ese, ya lo ven ustedes, es el dilema que afronto esta tarde. Tanto la razón misma como una experiencia vital de siete décadas me indican que la razón no es ni la esencia del universo ni mucho menos la esencia de Dios. Muy al contrario, a mí la razón se me antoja sospechosamente la esencia del pensamiento humano; peor aún, es como la esencia de una sola tendencia del pensamiento humano. La razón es la esencia de un determinado espectro del pensamiento humano. De ser así, de ser cierto lo que creo, ¿por qué iba a plegarme esta tarde a la razón, para contentarme con entretejer mis palabras en el discurso de los viejos filósofos?
Me formulo la pregunta y se la voy a responder. Mejor dicho, voy a dejar que sea Pedro el Rojo, el personaje de Kafka, quien la responda para todos ustedes. Ahora que estoy aquí, dice Pedro el Rojo, con mi esmoquin y mi pajarita, con mis pantalones negros, que llevan un agujero en el trasero para que pueda salir la cola (la mantengo fuera de su vista, no pueden verla), en fin, ahora que estoy aquí ante ustedes, ¿qué es lo que me queda por hacer? ¿Tengo alguna elección? Si no someto mi discurso a la razón, sea ella lo que sea, ¿qué opción me queda, salvo tartamudear, balbucir, exteriorizar sentimientos o emociones, derribar el vaso de agua y, a la postre, hacer el mono?
A Ramanujan se le considera sin reparos como el matemático intuitivo más brillante que ha dado nuestro tiempo. Dicho de otro modo, fue un autodidacta que pensaba en términos matemáticos, una persona para la cual la noción harto laboriosa de las pruebas o demostraciones matemáticas era completamente desconocida. Muchos de los resultados que alcanzó Ramanujan (o, como dirían sus detractores, muchas de sus especulaciones) siguen sin haberse demostrado a día de hoy, aunque todo indica que es sumamente probable que sean ciertas.
¿Qué podemos aprender del fenómeno de alguien como Ramanujan? ¿Estaba Ramanujan más cerca de Dios porque su mente (llamémosla mente; me parecería un insulto gratuito hablar tan solo de su cerebro) estaba unida, o más unida que la de cualquiera que conozcamos, con la esencia de la razón? Si la buena gente de Cambridge, y en especial el profesor G. H. Hardy, no hubieran arrancado de Ramanujan sus especulaciones, si no hubieran demostrado fatigosamente aquellas que fueron capaces de demostrar, ¿seguiría estando Ramanujan más cerca de Dios que ellos mismos? ¿Y si, en vez de haber sido trasladado a Cambridge, Ramanujan se hubiera quedado en su lugar de origen, pensando en sus cosas y rellenando formularios para las autoridades portuarias de Madrás?
¿Y Pedro el Rojo? (Me refiero al auténtico.) ¿Cómo podemos saber si Pedro el Rojo, o la hermana menor de Pedro el Rojo, abatida a tiros por los cazadores en África, no tenían los mismos pensamientos que Ramanujan en la India, y como él apenas los expresaban? La diferencia entre G. H. Hardy, por un lado, y el estúpido Ramanujan y la estúpida Sally la Roja, por otro, ¿consiste meramente en que aquel está versado en los protocolos de la matemática académica mientras que estos últimos no lo están? ¿Es así como medimos la proximidad o el distanciamiento de Dios, de la esencia de la razón?
¿Cómo es que la humanidad se saca de la manga, una generación tras otra, un cuadro de pensadores levemente más alejados de Dios que Ramanujan, pero capaces pese a todo, después de cursar los doce años de escolarización prescritos y los seis de educación superior, de hacer una contribución de peso a la descodificación del gran libro de la naturaleza por medio de las disciplinas de la física y la matemática? Si la esencia del hombre está de veras en unidad con la esencia de Dios, ¿no suscita cierto recelo que a los seres humanos les lleve dieciocho años, una porción considerable aunque no desmedida de una vida humana, obtener la cualificación necesaria para ser descodificadores de la magistral escritura de Dios, en vez de cinco minutos o, digamos, quinientos años? ¿No podría darse el caso de que el fenómeno que ahora examinamos, más que el florecimiento de una facultad que nos abre los secretos del universo, sea más bien la especialización de una tradición intelectual harto estrecha y autoregenerada cuyo punto fuerte es el raciocinio, del mismo modo que el punto fuerte de los ajedrecistas es jugar al ajedrez, si bien por sus propios motivos tratan de instalarlo en el centro mismo del universo?6
Con todo, aun cuando entiendo que la mejor manera de granjearme la aceptación del público culto que me escucha en esta velada no sería otra que sumarme, como un afluente que vierte sus aguas en un río mayor, al gran discurso occidental que enfrenta al hombre con los animales, a la razón con la sinrazón, hay en mí algo que se resiste, pues prevé en ese paso la concesión de toda la batalla.
Y es que si se mira desde fuera, desde un ser ajeno a ella, la razón es simplemente una inmensa tautología. Es evidente que la razón validará la razón en cuanto primer principio rector del universo. ¿Podría obrar de otro modo? ¿Destronarse? Los sistemas de raciocinio, en cuanto sistemas de la totalidad, carecen de ese poder. Si existiera una posición desde la cual pudiera la razón atacarse a sí misma y destronarse, la razón ya habría ocupado esa posición; de lo contrario, nunca podría ser total.
En la antigüedad, la voz que el hombre alzaba investido de razón recibía por respuesta el rugido del león, el mugido del toro. El hombre entró en guerra con el león y el toro, y al cabo de muchas generaciones ganó definitivamente esa guerra. Hoy, esos animales carecen de poder. A los animales solo les queda su silencio para hacernos frente. Generación tras generación, heroicamente, nuestros cautivos se niegan a hablarnos. Todos, claro está, con la excepción de Pedro el Rojo; todos salvo los grandes simios.
No obstante, como nos parece que los grandes simios, o al menos algunos de ellos, están a punto de renunciar a su silencio, oímos que se alzan algunas voces humanas en defensa de que los grandes simios sean incorporados a una familia mayor, la de los homínidos, en calidad de criaturas que comparten con el hombre la facultad de la razón.7
Y por ser humanos, o humanoides, siguen insistiendo estas voces, a los grandes simios deberían reconocérseles ciertos derechos humanos, o derechos humanoides. ¿Qué derechos en concreto? Al menos, los derechos que reconocemos a los especímenes mentalmente deficientes de la especie Homo sapiens: el derecho a la vida, el derecho a no verse sometidos al dolor o los malos tratos, el derecho a una protección igual ante la ley.8
No es precisamente esto lo que Pedro el Rojo perseguía cuando escribió, por medio de su amanuense, Franz Kafka, la historia de su vida que se propuso leer ante la Academia de las Ciencias en noviembre de 1917. Fuera cual fuese su propósito, su informe a la academia no fue una súplica para que se le tratase como a un ser humano deficiente mental, como a un cretino.
Pedro el Rojo no era un investigador de la conducta de los primates, sino un animal marcado, señalado, herido, que se presentaba a sí mismo como testimonio elocuente ante la asamblea de estudiosos. Yo no soy una filósofa de las ideas sino un animal que muestra, aun sin mostrarla, ante una asamblea de estudiosos, una herida que escondo bajo mi ropa pero que se hace palpable en cada palabra que pronuncio.
Si Pedro el Rojo asumió la tarea de realizar el arduo descenso desde el silencio de los animales hasta el confuso farfullar de la razón con el espíritu del chivo expiatorio, del elegido, está claro que su amanuense fue un chivo expiatorio desde el día en que nació, investido con un presentimiento, un Vorgefühl, del aniquilamiento del pueblo elegido que tendría lugar muy poco después de su muerte. Por eso, como muestra de mi buena voluntad, de mis credenciales, permítanme hacer un gesto en dirección a los eruditos y ofrecerles a ustedes mis especulaciones no menos eruditas, respaldadas por las correspondientes notas a pie de página —aquí, en un gesto muy poco característico de ella, su madre toma el texto de su conferencia y lo esgrime en el aire—, sobre los orígenes de Pedro el Rojo.
En 1912, la Academia de las Ciencias de Prusia estableció en la isla de Tenerife una base dedicada a la experimentación de la capacidad mental de los simios, sobre todo los chimpancés. La base estuvo en activo hasta 1920.
Uno de los científicos que estuvo trabajando en ella fue el psicólogo Wolfgang Köhler. En 1917, Köhler publicó una monografía titulada La inteligencia de los simios, en la cual describía sus experimentos. En noviembre de ese mismo año, Franz Kafka publicaba su “Informe para una academia”. Ignoro si Kafka había leído el libro de Köhler. En sus cartas y diarios no lo menciona, y su biblioteca desapareció durante la época nazi. Unos doscientos de sus libros reaparecieron en 1982: entre ellos no consta el de Köhler, pero eso no demuestra nada.9
No soy una estudiosa de Kafka. La verdad es que no soy una estudiosa de nada. Mi estatus en el mundo no depende de si estoy en lo cierto o me equivoco al sostener que Kafka leyó el libro de Köhler. No obstante, me gustaría pensar que sí lo hizo, y la cronología al menos permite que mi conjetura sea plausible.
Según su propia relación de los hechos, Pedro el Rojo fue capturado en el corazón del continente africano por cazadores especializados en el comercio de simios, que lo enviaron por barco a un instituto científico. Lo mismo les sucedió a los simios con los que trabajó Köhler. Tanto Pedro el Rojo como los simios de Köhler pasaron por un período de adiestramiento destinado a humanizarlos. Pedro el Rojo aprobó ese curso con sobresaliente, aunque a cambio de un elevado coste personal. El relato de Kafka aborda ese coste: sabemos en qué consiste por medio de las ironías y los silencios del relato. Los simios de Köhler no lo hicieron tan bien, a pesar de lo cual adquirieron ciertas nociones de educación.
Permítanme referirles algunas de las cosas que aprendieron los simios de Tenerife gracias a su dueño y maestro, Wolfgang Kohler. Hablaré sobre todo de Sultán, el mejor de sus alumnos, que es en cierto modo el prototipo de Pedro el Rojo.
Sultán está a solas en su jaula. Tiene hambre: el suministro de alimentos, que antes le llegaba con regularidad, ahora se ha cortado de forma inexplicable.
El hombre que antes le alimentaba y que ahora ha dejado de hacerlo tiende un alambre sobre la jaula, a tres metros del suelo, y cuelga allí un racimo de plátanos. Introduce en la jaula tres cajones de madera. Desaparece y cierra la puerta, aunque debe de rondar por los alrededores, ya que su olor está presente.
Sultán sabe que ahora debe pensar. Es lo que se espera de él. Para eso están ahí los plátanos. Los plátanos tienen por objeto hacerle pensar, acicatearle hasta los límites de su capacidad de pensamiento. Ya, pero ¿qué es lo que uno ha de pensar? Y piensa, por ejemplo: ¿Por qué me quiere matar de hambre? Piensa: ¿Qué he hecho? ¿Por qué he dejado de agradarle? Piensa: ¿Por qué ya no quiere esos cajones? Sin embargo, ninguno de estos pensamientos es el correcto. Ni siquiera es correcto un pensamiento bastante más complejo; por ejemplo: ¿Qué es lo que le pasa, qué idea desacertada se ha hecho de mí que le lleva a pensar que me resultará más fácil alcanzar un plátano que cuelga de un alambre, y no un plátano que deje en el suelo? El pensamiento correcto es otro: ¿Cómo se utilizan los cajones para alcanzar los plátanos?
Sultán arrastra los cajones hasta ponerlos debajo de los plátanos, los apila uno encima de otro, sube a la torre que ha construido y coge los plátanos. Piensa: ¿Ahora dejará de castigarme?
La respuesta es: No. Al día siguiente, el hombre cuelga un nuevo racimo de plátanos del alambre, pero también llena de piedras los cajones, de modo que son demasiado pesados para arrastrarlos. Se supone que uno no ha de pensar: ¿Por qué ha llenado los cajones de piedras? No, ha de pensar esto otro: ¿Cómo he de utilizar los cajones para conseguir los plátanos a pesar de que están llenos de piedras?
Uno empieza a entender cómo funciona la mente del hombre.
Sultán vacía las piedras de los cajones, construye la torre con los cajones, se encarama encima y toma los plátanos.
Mientras Sultán tenga pensamientos erróneos, pasará hambre. Pasará hambre hasta que los aguijonazos sean tan intensos, tan insufribles que se vea obligado a formular el pensamiento adecuado: a saber, cómo conseguir los plátanos. Esta es la comprobación límite de la capacidad mental del chimpancé.
El hombre deja un racimo de plátanos a un metro de la jaula. Dentro de la jaula arroja un palo. El pensamiento erróneo es este: ¿Por qué ha dejado de colgar los plátanos del alambre? El pensamiento erróneo (el pensamiento correcto, sin embargo), es este otro: ¿Cómo utiliza uno los tres cajones para alcanzar los plátanos? El pensamiento correcto es este: ¿Cómo utiliza uno el palo para alcanzar los plátanos?
En cada nueva ocasión, Sultán se ve obligado a formular el pensamiento menos interesante. De la pureza de la especulación (¿Por qué se comportan los hombres así?) se ve implacablemente impulsado hacia un raciocinio inferior, práctico, meramente instrumental (¿Cómo se utiliza esto para conseguir aquello?), y también a una aceptación de sí mismo en cuanto, organismo primario cuyos apetitos necesita satisfacer. Si bien la totalidad de su historia, desde el momento en que su madre fue abatida a tiros y él fue capturado, pasando por el viaje enjaulado hacia una nueva prisión en este campo de concentración de la isla, hasta los jugueteos sádicos que allí se despliegan a propósito de los alimentos, le lleva a formularse preguntas sobre la justicia del universo y el lugar que en ella ocupa esa colonia penitenciaria un régimen psicológico diseñado con todo esmero lo aleja de la ética y de la metafísica y lo conduce hacia el terreno más humilde de la razón práctica. De alguna manera, a medida que avanza palmo a palmo por este laberinto de constricciones, de manipulaciones y de dobleces, debe comprender que bajo ningún concepto puede tirar la toalla, ya que sobre sus hombros descansa la responsabilidad de representar a la simiedad. El destino de sus hermanos y hermanas pudiera estar determinado por el grado de excelencia con que se conduzca él.
Wolfgang Köhler probablemente era un hombre bueno. Un hombre bueno, pero no un poeta. Un poeta habría sacado algún partido del momento en que los chimpancés cautivos trotan en círculo dentro de la jaula, como si fueran una banda militar, unos tan desnudos como el día en que nacieron, otros ataviados con cintas o trozos de tela que han encontrado, otros con baratijas en las manos.
(En el ejemplar del libro de Köhler que tuve ocasión de leer, en préstamo de una biblioteca, un lector indignado había escrito una nota al margen al llegar a este punto: “¡Antropomorfismo!”. Lo que quiere decir es que los animales no pueden marchar como una banda militar ni pueden ataviarse de ninguna manera, porque desconocen el significado de “marchar”, desconocen el significado de “ataviarse”.)
De todo lo vivido con anterioridad, nada ha acostumbrado a los simios a mirarse desde fuera, desde los ojos de un ser que no existe, por así decir. Tal como percibe Köhler, las cintas y las baratijas no tienen por objeto un efecto visual, ya que al ojo parecen atractivas, sino un efecto cinético, puesto que a uno le hacen sentirse diferente: cualquier cosa con tal de aliviar el aburrimiento. Ese es el punto extremo al que puede llegar Köhler a pesar de toda su empatía y de su perspicacia; ese es el punto por el que podría haber arrancado un poeta, intuyendo la experiencia del simio.
En lo más profundo de su ser, a Sultán no le interesa el problema del plátano. Solo se concentra en él porque le obliga el régimen cerril que le impone el responsable del experimento. El asunto que de veras ocupa su ánimo, como ocupa el de la rata y el del gato y el de cualquier otro animal atrapado en el infierno del laboratorio o del zoológico, es este: ¿dónde está mi hogar y cómo puedo llegar hasta allí?
Midamos la distancia que media entre el simio de Kafka, con su pajarita y su esmoquin, con las notas que ha preparado para su charla, y esa triste fila de cautivos que da vueltas en la jaula de Tenerife. ¡Qué lejos ha llegado Pedro el Rojo! Sin embargo, es lícito que nos preguntemos lo siguiente: A cambio del prodigioso desarrollo del intelecto que ha alcanzado, a cambio de su dominio de la etiqueta adecuada al salón de actos y de la retórica académica, ¿a qué ha tenido que renunciar? La respuesta es esta: A mucho, incluyendo su progenie, su sucesión. Si Pedro el Rojo tuviera un mínimo de sensatez, renunciaría a engendrar hijos.
Y es que con la simia desesperada y medio loca con la que sus captores, en el relato de Kafka, tratan de emparejarlo, solo podría procrear un monstruo. Es tan difícil imaginar un hijo de Pedro el Rojo como lo es imaginar un hijo del propio Kafka. Los híbridos son o debieran ser estériles, y Kafka se consideraba a sí mismo y consideraba a Pedro el Rojo como seres estériles, como monstruosos artilugios de pensar montados de forma inexplicable sobre cuerpos sufrientes de animales. La mirada que nos encontramos en todas las fotografías de Kafka que han llegado hasta nosotros es una mirada de sorpresa en estado puro: de sorpresa, de asombro, de alarma. De todos los hombres, Kafka es quien más inseguro se encuentra en su humanidad. ¿Es esta, parece decirnos, es esta de veras la imagen de Dios?
—Se está yendo por las ramas —dice Norma a su lado.
—¿Qué?
—Que se va por las ramas. Ha perdido el hilo.
—Hay un filósofo americano llamado Thomas Nagel —sigue diciendo Elizabeth Costello, que no ha oído el comentario de su nuera—. Es probable que ustedes lo conozcan mejor que yo. Hace algunos años escribió un ensayo titulado «¿Cómo es ser un murciélago?», cuya lectura me recomendó un amigo.
Nagel se me antoja un hombre inteligente y no del todo carente de empatía. Tiene incluso sentido del humor. Su interrogación acerca del murciélago es interesante, aunque la respuesta que propone resulte trágicamente limitada. Permítanme leerles parte de lo que dice en respuesta a esa pregunta:
De nada servirá tratar de imaginar que tenemos una membrana bajo los brazos, que nos permite revolotear... y cazar insectos con la boca; de nada servirá presuponer que tenemos una facultad visual muy pobre, y que percibimos el mundo que nos rodea mediante un sistema de señales sonoras de alta frecuencia que nos devuelve el entorno, o que uno se pasa el día suspendido boca abajo en cualquier desván. En la medida en que me puedo imaginar todo esto (y reconozco que no llego muy lejos), solo me sirve para saber qué sentiría yo si me comportase como se comportan los murciélagos. Pero esa no es la cuestión. Lo que aspiro a saber es qué siente un murciélago al ser murciélago. No obstante, si trato de imaginarlo me veo limitado por mis propios recursos mentales, ya que tales recursos son inapropiados para la tarea.10
Para Nagel, un murciélago es “una forma de vida fundamentalmente ajena” (p. 168), no tan ajena como un marciano (p. 170), pero menos aún que otro ser humano (sobre todo, cabe suponer, si ese ser humano fuera un colega, un filósofo académico).
Así pues, hemos configurado un continuum que se prolonga desde los marcianos, por un extremo, hasta el murciélago, el perro o el simio (sin incluir, no obstante, a Pedro el Rojo) y hasta el ser humano (excluido, sin embargo, Franz Kafka), por el otro; a cada paso que damos a lo largo del continuum que va desde el murciélago hasta el hombre, dice Nagel, la respuesta a la pregunta “¿Cómo es para X ser X?” resulta más fácil.
Sé que Nagel emplea a los murciélagos y a los marcianos tan solo como, apoyos para plantear sus propios interrogantes en torno a la naturaleza de la consciencia. Sin embargo, al igual que la mayoría de los escritores, tengo una mentalidad bastante literal, de modo que me gustaría quedarme con el murciélago. Cuando Kafka escribe acerca de un simio, entiendo que en primer lugar está hablando de un simio; cuando Nagel escribe sobre un murciélago, entiendo que está escribiendo, en primerísimo lugar, sobre un murciélago.
Norma, sentada a su lado, suelta un suspiro de exasperación tan leve que solo él llega a oírlo. Claro está que solo a él le estaba destinado.
—En algunos instantes —dice su madre— sé cómo es ser un cadáver. Esa certeza me repugna. Me embarga de terror; retrocedo ante ella, me niego a considerarla.
Todos nosotros pasamos por tales momentos, en especial a medida que envejecemos. Esa certeza que tenemos no es abstracta (“Todos los seres humanos son mortales, yo soy un ser humano, por lo tanto yo soy mortal”), sino algo corporeizado. En algunos instantes somos literalmente esa certeza. Vivimos lo imposible: vivimos más allá de nuestra muerte, desde allí nos volvemos a mirar atrás, aunque solo como puede mirar atrás una persona ya muerta.
Cuando sé, gracias a esta certeza, que voy a morir, ¿qué es lo que sé según el planteamiento de Nagel? ¿Sé cómo es ser un cadáver, o sé cómo es ser un cadáver para un cadáver? Esa distinción se me antoja trivial. Lo que sé es algo que un cadáver no puede saber: que está extinto, que no sabe nada, que nunca más sabrá nada. Por un instante, antes de que toda la estructura de mi conocimiento se desmorone presa del pánico, estoy viva, dentro de esa contradicción, muerta y viva al mismo tiempo.
Un resoplido inaudible por parte de Norma. Él encuentra su mano y se la aprieta.
—Esa es la clase de pensamiento de la que somos capaces nosotros, los seres humanos, esa e incluso de algo más, si nos esforzamos o si nos vemos presionados. Pero nos resistimos a que se nos presione, y rara vez nos esforzamos; pensamos en la muerte solo cuando la tenemos cara a cara. Y yo me pregunto: si somos capaces de pensar en nuestra propia muerte, ¿por qué no somos capaces de llegar a pensar cómo sería la vida misma de un murciélago?
¿Cómo es ser un murciélago? Antes de estar en condiciones de responder a esa pregunta, según apunta Nagel, necesitamos ser capaces de experimentar la vida del murciélago a través de las modalidades sensoriales del murciélago. Pero en esto se equivoca, o al menos nos pone sobre una pista falsa. Ser un, murciélago vivo equivale a ser en plenitud; ser plenamente un murciélago es como ser plenamente humano, que también es ser en plenitud. Ser murciélago en el primer caso, ser humano en el segundo, desde luego, pero esas me parecen consideraciones secundarias. Ser en plenitud es vivir como un cuerpo-alma. Un término que expresa la experiencia de ser en plenitud es “alegría”.
Estar vivo equivale a ser un alma viva. Un animal —todos lo somos— es un alma corporeizada. Esto es precisamente lo que comprendió Descartes, lo que, por sus propias razones, prefirió denegar. Un animal vive, dice Descartes, como lo hace una máquina. Un animal no es más que el mecanismo que lo constituye; si tiene alma, la tiene del mismo modo que tiene batería una máquina determinada, esto es, algo que le dé la chispa que la pone en marcha y que garantiza su funcionamiento. Sin embargo, el animal no es alma corporeizada, y la cualidad de su ser no es la alegría.
»Cogito, ergo sum, dijo también Descartes, como es bien sabido. Es una fórmula con la que siempre me he sentido incómoda. Implica que un ser vivo que carezca de lo que llamamos pensamiento es, por así decir, de segunda categoría. Al pensamiento, a la cogitación, opongo yo la plenitud, la corporeidad, la sensación de ser; no una consciencia de uno mismo como una especie de máquina fantasmagórica de razonar que genera pensamientos, sino al contrario la sensación (una sensación de honda carga afectiva) de ser un cuerpo con extremidades que se prolongan en el espacio, una sensación de estar vivo para el mundo. Esta plenitud contrasta de manera muy notoria con el estado clave de Descartes, que da cierta sensación de vacío: la misma que una bolita perdida en la cascarilla de un trilero.
La plenitud de ser es un estado difícil de mantener en cautiverio. El cautiverio, el encierro en una prisión, es la forma de castigo por la que se decanta Occidente, que de hecho hace todo lo posible por imponerla en el resto del mundo mediante la repulsa de otras formas de castigo (las palizas, la tortura, la mutilación o la pena capital) consideradas crueles y antinaturales. ¿Qué nos sugiere esto sobre nosotros mismos? A mí me sugiere que la libertad que tiene el cuerpo para moverse en el espacio es escogido como el punto en el cual la razón puede perjudicar de manera más dolorosa y eficaz al ser del otro. Desde luego, en aquellas criaturas menos capaces de soportar el confinamiento (las criaturas que menos se conforman al retrato que del alma da Descartes, como si fuera una bolita aprisionada en una cascarilla a la que cualquier otro aprisionamiento le es irrelevante) vemos los efectos más devastadores: en los zoos, en los laboratorios, en las instituciones en las que no tiene lugar el flujo de la alegría que proviene de vivir no en un cuerpo ni como un cuerpo, sino lisa y llanamente como un ser corporeizado.11
La pregunta que hemos de formularnos no debe ser si tenemos algo en común con los demás animales, sea la razón, la consciencia de uno mismo o el alma (con el corolario de que, si la respuesta es negativa, tenemos todo el derecho a tratarlos como queramos, apresándolos, matándolos, deshonrando sus cadáveres). Regreso a los campos de exterminio. El muy especial horror de los campos, el horror que nos convence de que lo que allí sucedió fue un crimen contra la humanidad, no estriba en que a pesar de la humanidad que compartían con sus víctimas los verdugos las tratasen como a piojos. Eso es demasiado abstracto. El horror estriba en que los verdugos se negaran a imaginarse en el lugar de las víctimas, del mismo modo que lo hicieron todos los demás. Se dijeron: “Son ellos los que van en esos vagones para el ganado que pasan traqueteando”. No se dijeron: “¿Qué ocurriría si fuera yo quien va en ese vagón para transportar ganado?”. No se dijeron: “Soy yo quien va en ese vagón para transportar ganado”. Dijeron: “Deben de ser los muertos que incineran hoy los responsables de que el aire apeste y de que caigan las cenizas sobre mis coles”. No se dijeron: “¿Qué ocurriría si yo fuera quemado?”. No se dijeron: “Soy yo quien se quema, son mis cenizas las que se esparcen por los campos”.
Dicho de otro modo, cerraron sus corazones. El corazón es sede de una facultad, la empatía, que nos permite compartir en ciertas ocasiones el ser del otro. La empatía tiene muchísimo —o todo— que ver con el sujeto, y poco o nada con el objeto, el “otro”, tal como apreciamos de inmediato cuando pensamos en el objeto no como un murciélago (“¿Puedo compartir el ser de un murciélago?”), sino como otro ser humano. Hay personas que gozan de la capacidad de imaginar que son otras; hay personas que carecen de esa capacidad (y cuando esa carencia es extrema, los llamamos psicópatas), y hay otras personas que disponen de esa capacidad, pero que optan por no ejercerla.
A pesar de Thomas Nagel, que seguramente es un hombre bueno, a pesar de Tomás de Aquino y de René Descartes, con quienes me cuesta más trabajo desplegar mi empatía, no hay límites para imaginarnos en el ser de otro. La imaginación empática no tiene fronteras. Si desean un ejemplo, consideren este que les propongo. Hace algunos años escribí un libro titulado La casa de Eccles Street. Para escribir ese libro tuve que abrirme paso hasta la existencia de Marión Bloom por medio del pensamiento. Y lo logré o fracasé. Si fracasé, no entiendo por qué razón me han invitado ustedes a dar hoy esta conferencia. En cualquier caso, lo que importa es que Marión Bloom no existió jamás. Marión Bloom fue producto de la imaginación de James Joyce. Si logro abrirme paso hasta la existencia de un ser que jamás ha existido, está claro que podré abrirme paso, también por medio del pensamiento, hasta la existencia de un murciélago, un chimpancé o una ostra, de cualquier ser con el cual comparta el sustrato de la vida.
Vuelvo por última vez a los lugares de muerte que nos rodean, los lugares donde tiene lugar la matanza ante la cual, con un desmesurado esfuerzo común, cerramos nuestros corazones. A diario se produce un nuevo holocausto, a pesar de lo cual, por lo que puedo constatar, nuestra moral sigue intacta. No nos sentimos afectados, ensuciados por ello. Parece ser que podemos hacer lo que sea y salirnos con la nuestra.
Señalamos con el dedo a los alemanes, a los polacos y a los ucranianos que supieron y no supieron de las atrocidades que tenían lugar a su alrededor. Nos agrada pensar que se vieron interiormente marcados por los efectos secundarios de esa particular forma de ignorancia. Nos agrada pensar que en sus pesadillas volvían a obsesionarles aquellos seres en cuyos sufrimientos se negaron a entrar. Nos agrada pensar que despertarían demacrados y ojerosos por la mañana, o que terminaron por morir de un cáncer corrosivo. Probablemente no fue así. Las pruebas apuntan justo en la dirección contraria: señalan que podemos hacer cualquier cosa y salirnos con la nuestra, que no hay castigo.
Extraña forma de terminar. Solo cuando se quita las gafas y dobla los papeles comienzan a oírse algunos aplausos, que suenan diseminados por toda la sala. Extraña forma de terminar una extraña conferencia, piensa él, mal medida, mal argumentada. La argumentación no es su fuerte. En realidad, ella no debería estar ahí.
Norma ha levantado la mano, trata de atraer con la mirada la atención del decano de humanidades, que es quien preside la sesión. —¡Norma! —susurra él. Con apremio, niega vigorosamente con la cabeza— ¡No!
—¿Por qué? —le pregunta ella en un susurro.
—Por favor —dice él en voz muy baja— ¡Ahora no, aquí no!
—El viernes a mediodía tendrá lugar una amplia discusión sobre la conferencia de nuestra eminente invitada; tienen ustedes los detalles en el programa. Sin embargo, la señora Costello ha tenido la amabilidad de prestarse a contestar ahora una o dos preguntas que los asistentes deseen plantearle. Así pues, ¿algún voluntario? —El decano mira en derredor—. ¡Sí, adelante! —dice tras reconocer a alguien que está sentado detrás de ellos.
—Tengo todo el derecho —le susurra Norma al oído.
—Tienes todo el derecho, pero te pido que no lo ejerzas. ¡No es buena idea! —le replica, también en un susurro.
—¡No hay por qué permitirle que se salga con la suya! ¡Está confundida!
—Es una mujer mayor, es mi madre. ¡Por favor!
Tras ellos, alguien ya ha tomado la palabra. Se vuelve y ve a un hombre alto y barbudo. Sabe Dios, piensa, por qué habrá accedido su madre a responder a las preguntas de la sala. Tendría que tener en cuenta que a las conferencias acuden los chalados y los locos como las moscas a un cadáver:
—Lo que no me ha quedado nada claro —dice el hombre— es cuál es realmente su objetivo. ¿Pretende insinuar que deberíamos cerrar las granjas industriales? ¿Insinúa que deberíamos dejar de consumir carne? ¿Sostiene acaso que deberíamos tratar a los animales de un modo más humano, matarlos con más humanidad? ¿Defiende que debería cesar el uso de animales en los experimentos? ¿Defiende que deberíamos poner fin a todo experimento con los animales, incluidos los experimentos psicológicos más benignos, como los de Köhler? ¿Podría aclarárnoslo? Muchas gracias.
Una aclaración. No es ningún chalado. A su madre le iría de perlas un poco de claridad.
De pie ante el micrófono y sin el texto, sujeta a los bordes de la tribuna de los oradores, su madre está sin duda muy nerviosa. No es su oficio, vuelve él a pensar; no debería estar ahí.
—Tenía la esperanza de no verme en la posición de enunciar una serie de principios —dice su madre—. Si lo que desea cosechar de esta charla son unos principios, tendría que responderle que abra su corazón y atienda a sus dictados.
Parece que prefiere dejarlo así. El decano parece desconcertado. No cabe duda de que el hombre que ha formulado la pregunta también lo está. Él desde luego que lo está. ¿Por qué no es capaz ella de decir lo que seguramente desea decir?
Como si hubiera percibido esa insatisfacción latente, su madre retoma la palabra:
—Nunca me han interesado demasiado las proscripciones, ni en la dieta ni en ninguna otra cosa. Las proscripciones, las leyes. Me interesa más lo que subyace a ellas. En cuanto a los experimentos de Köhler, creo que escribió un libro maravilloso, y ese libro nunca se habría llegado a escribir si él no hubiera pensado que era un científico dedicado a desarrollar experimentos con los chimpancés. De todos modos, el libro que leemos no es el libro que él creyó escribir. Me acuerdo de algo que dijo Montaigne: creemos que jugamos con el gato, pero ¿cómo estar seguros de que no es el gato el que juega con nosotros?12 Ojalá pudiera pensar que los animales de nuestros laboratorios juegan con nosotros. Mucho me temo que no es así.
Guarda silencio.
—¿Responde eso a su pregunta? —dice el decano. El hombre se encoge de hombros de modo elocuente, y de nuevo toma asiento.
Todavía queda la cena. Dentro de media hora, el rector ofrecerá una cena en el Club de la Facultad. Al principio, Norma y él no estaban invitados. Cuando salió a la luz que Elizabeth Costello tenía un hijo en Appleton, sus nombres se agregaron a la lista. Él sospecha que estarán fuera de lugar. Seguramente serán los más jóvenes, los que ocupan los lugares más bajos del escalafón académico. Por otra parte, tal vez sea bueno para él estar presente en la cena. Tal vez sea necesario para mantener la paz entre los comensales.
Con sombrío interés espera con ganas a ver de qué modo la universidad sale airosa del reto que supone la confección del menú. Si el distinguido conferenciante del día hubiera sido un religioso islámico o un rabino judío, es de suponer que no servirían carne de cerdo. Por pura deferencia al vegetarianismo, ¿tendrán previsto servir empanadillas de frutos secos a todos los comensales? ¿Pasarán la velada sus distinguidos anfitriones dubitativos y amedrentados, soñando con el bocadillo de pastrami o la costilla fría que se zamparán nada más llegar a sus casas? Siempre cabe la opción de que los más avispados de la universidad hayan recurrido a la ambigüedad del pescado, que a fin de cuentas tiene una espina dorsal, pero no respira aire ni amamanta a sus crías.
Por fortuna, el menú no es responsabilidad suya. Lo que más teme es que, aprovechando alguna pausa en la conversación, a alguien se le ocurra formular lo que él llama «La pregunta» —«¿Qué es lo que le ha llevado a ser vegetariana, señora Costello?»—, momento en el cual es muy probable que ella monte en cólera y con toda su arrogancia se saque de la manga lo que Norma denomina «La respuesta de Plutarco». Si sucediera, será cosa suya, exclusivamente suya, reparar todos los daños causados.
La respuesta a tal pregunta proviene de los ensayos morales de Plutarco. Su madre se la sabe de memoria; él tan solo acierta a reproducirla de manera un tanto imperfecta. «Se me pregunta por qué me niego a comer carne. Por mi parte, debo decir que me asombra que puedan ustedes meterse en la boca el cadáver de un animal; me asombra que no les parezca repugnante masticar carne arrancada de un animal, tragar el jugo producido por unas heridas mortales.»13 Plutarco es único cuando se trata de poner fin a toda conversación: basta con pronunciar la palabra «jugo». Sacar a relucir a Plutarco es como arrojar un guante a modo de desafío; después, imposible saber lo que pueda ocurrir.
En el fondo, desea que su madre no hubiera hecho esta visita. Es grato volver a verla; es grato que ella vea a sus nietos; es grato que se le otorgue ese reconocimiento, pero el precio que él ha de pagar, el precio que sin duda pagará si la visita se tuerce, se le antoja excesivo. ¿Por qué no podrá ser una viejecita normal y corriente, con una vida normal y corriente? Si desea abrir su corazón a los animales, ¿por qué no se queda en casa y abre su corazón a sus gatos?
Su madre está sentada al centro de la mesa, frente al rector Garrard. Él se encuentra a dos cubiertos de ella; Norma está a la cabecera. Hay un sitio vacío; se pregunta quién habrá faltado.
Ruth Orkin, del Departamento de Psicología, relata a su madre un experimento llevado a cabo con un joven chimpancé al que se crió como si fuera humano. Cuando se le pedía que clasificara una serie de fotografías en dos montones, el chimpancé insistía en colocar una fotografía suya con las fotografías de otras personas, y no con las de otros simios.
—Es tentador hacer una lectura literal de la historia —dice Orkin—, es decir, que el chimpancé manifestó su deseo de que se le tuviera por uno de nosotros. Sin embargo, un científico ha de obrar con cautela.
—Estoy de acuerdo —dice su madre—. Según su mentalidad, los dos montones podrían tener un significado no tan obvio. Por ejemplo, los que son libres de ir y venir a su antojo frente a los que han de permanecer encerrados. Tal vez quiso decir que prefería estar entre los seres libres.
—O quizá solo quiso complacer a su cuidador —media el rector Garrard—. Para eso, insinuó que eran parecidos.
—Un poco maquiavélico para un animal, ¿no le parece? —dice un hombre alto y rubio cuyo nombre no ha logrado retener.
—Maquiavelo, el zorro: así le llamaban sus contemporáneos —dice su madre.
—Pero esa es otra cuestión muy distinta... la de las cualidades fabulosas de los animales —objeta el hombre rubio.
—Desde luego —dice su madre.
Todo parece marchar sobre ruedas. Han servido puré de calabaza y nadie parece quejarse. ¿Podrá por fin relajarse?
No se equivocó al suponer lo del pescado. De segundo se puede elegir entre pargo con patatas «baby» y fettucine con berenjena asada. Garrard pide fettucine, y él también; de hecho, entre los once comensales solo tres piden pescado.
—Es interesante la frecuencia con que las comunidades religiosas optan por definir su identidad mediante una serie de prohibiciones dietéticas —comenta Garrard.
—Sí —dice su madre.
—Quiero decir que me parece interesante que los términos de la definición sean, por ejemplo, «Somos el pueblo que no come serpientes», en vez de anunciar que «Somos el pueblo que come lagartos». Lo que no hacemos en vez de lo que hacemos. —Antes de dedicarse a las tareas administrativas, Garrard era especialista en ciencias políticas.
—Todo tiene que ver con la limpieza y la suciedad —dice Wunderlich, que es británico a pesar de su apellido—. Hay animales limpios y sucios, hábitos limpios y sucios. La suciedad puede llegar a ser un criterio muy oportuno para decidir quién forma parte de un colectivo y quién no, quién está admitido y quién ha de ser expulsado.
—La suciedad y la vergüenza —añade él por su cuenta—. Los animales carecen de vergüenza. —Le sorprende oírse hablar. ¿Y por qué no?, se dice. La velada va de maravilla.
—Exacto —dice Wunderlich. Los animales no esconden sus excrementos, realizan sus actos sexuales a la vista de todos. No tienen sentido de la vergüenza: eso los diferencia de nosotros. Pero la idea de fondo sigue siendo la suciedad. Los animales tienen hábitos sucios, de modo que son excluidos. La vergüenza es lo que nos hace humanos: la vergüenza de la suciedad. Adán y Eva: el mito fundacional. Antes de eso, todos éramos animales que vivían juntos.
Nunca había oído hablar a Wunderlich, y le cae bien. Le gusta su aire tan de Oxford, afanoso y algo tartamudo. Un gran alivio frente al exceso de confianza en sí mismos que a todas horas demuestran los norteamericanos.
—Pero no puede ser así como funcione el mecanismo —objeta Olivia Garrard, la elegante esposa del rector—. Es demasiado abstracto, es una idea a la que le falta sangre. Los animales son seres con los que no tenemos trato sexual; así los distinguimos de nosotros. Solo de pensar en un trato sexual con un animal nos estremecemos. A esos niveles sí son sucios... Todos ellos. No nos mezclamos con ellos. Mantenemos lo limpio bien apartado de lo sucio.
—Pero nos los comemos. —Es la voz de Norma—. Sí nos mezclamos con ellos. Los ingerimos. Convertimos su carne en nuestra carne. No puede ser así como funciona el mecanismo. Hay clases de animales muy específicas que no comemos. Esos sí son los sucios, y no los animales en general.
Tiene razón, es evidente. Pero se ha equivocado: es un error devolver la conversación al asunto que tienen sobre la mesa, a los alimentos.
Wunderlich vuelve a tomar la palabra.
Los griegos tenían la sensación de que había algo contraproducente en la matanza de los animales, y solo supieron compensarlo mediante la ritualización de la misma. Hacían un sacrificio, ofrendaban una parte a los dioses con la esperanza de que así se mantuviera un cierto equilibrio. Es el mismo concepto que el del diezmo. Pedir la bendición de los dioses sobre los alimentos que uno va a tomar, pedirles que los declaren limpios.
—Tal vez sea ese el origen de los dioses —dice su madre. Se hace el silencio—. Tal vez inventamos a los dioses para poder echarles la culpa. Ellos nos dieron permiso para comer carne. Nos dieron permiso para jugar con cosas sucias. No es culpa nuestra, sino suya.. A fin de cuentas, somos hijos de los dioses.14
—¿Es eso lo que cree? —pregunta con cautela la señora Garrard.
—Y Dios dijo: Todo lo que esté vivo y se mueva será carne para ti —cita su madre. Es lo más conveniente. Dios nos dijo que no había nada malo en ello.
De nuevo, el silencio. Están todos a la espera de que prosiga. A fin de cuentas, ella es la invitada a la que han pagado para que los entretenga.
—Norma tiene razón —dice su madre—. El problema consiste en definir nuestra diferencia de los animales en general, no solo de los considerados animales sucios. La prohibición de consumir la carne de ciertos animales, los cerdos por ejemplo, es harto arbitraria. Es lisa y llanamente una señal de que estamos en una zona peligrosa. A decir verdad, en un campo de minas: el campo de minas de las proscripciones dietéticas. No hay una lógica en el tabú, ni tiene lógica el campo de minas; no tiene por qué haberla. Nunca se puede adivinar qué es lo que se puede comer, o dónde se puede pisar, a menos que uno esté en posesión de un mapa, un mapa divino.
—Pero eso no es más que antropología —objeta Norma desde la cabecera de la mesa—. Eso no dice nada de nuestro comportamiento hoy en día. En el mundo moderno, nadie decide su dieta sobre la base de que tenga o no permiso divino. Si comemos carne de cerdo, pero no de perro, es porque así nos han educado. ¿No estás de acuerdo, Elizabeth? Eso no es más que una costumbre heredada de nuestros antepasados.
La llama por su nombre de pila. Reclama un trato más íntimo. ¿A qué estará jugando? ¿Está tendiéndole una trampa a su madre?
—También está el asco, la repulsión —dice su madre—. Tal vez nos hayamos quitado de encima a los dioses, pero no nos hemos quitado de encima la repulsión, que es una versión del horror religioso.
—La repulsión no es universal —discrepa Norma—. En Francia comen ranas. En China comen de todo. En China no existe la repulsión.
Su madre permanece en silencio.
—Así que tal vez sea mera consecuencia de lo que aprendimos de pequeños, de lo que nuestra madre nos dijo que se podía o no se podía comer.
—Lo que era limpio y lo que no —murmura su madre.
—Y tal vez —ahora Norma va demasiado lejos, piensa él, ahora empieza a monopolizar la conversación de un modo totalmente inapropiado— todo el concepto de limpieza en posición a la suciedad tenga una función radicalmente distinta, a saber, permitir que ciertos grupos sociales se autodefinan, negativamente, como elite: somos los elegidos. Somos el pueblo que se abstiene de a, de b o de c, y gracias al poder de esa abstinencia nos calificamos como una clase superior, una casta superior dentro de la sociedad. Por ejemplo, como los brahmanes de la India.
Se hace el silencio.
—La prohibición del consumo de carne propia del vegetarianismo es tan solo una forma extrema de prohibición dietética —insiste Norma— y una prohibición dietética no es sino una forma rápida y muy simple de que un grupo de elite se defina a sí mismo. Los hábitos de otros pueblos en la mesa son sucios; por tanto, no podemos comer ni beber con ellos.
Su perorata empieza a pasar de castaño oscuro. Se percibe la incomodidad reinante, los cambios de postura en cada una de las sillas. Por fortuna, la colación ha terminado —el pargo, los fettucine— y los camareros ya están retirando los platos.
—Norma, ¿has leído la autobiografía de Gandhi? —pregunta su madre.
—No.
—Gandhi viajó de joven a Inglaterra para estudiar derecho. Inglaterra, cómo no, se enorgullecía de ser un país de grandes comedores de carne. No obstante, su madre le obligó a prometer que no comería carne. Le preparó un baúl lleno de alimentos para que se lo llevara en el viaje. Durante el trayecto por mar rapiñó algún mendrugo de pan de la mesa del barco, pero por lo demás comió de lo que llevaba en el baúl. En Londres afrontó una larga búsqueda de una pensión y de alguna casa de comidas en la que sirvieran una alimentación como la suya. Sus relaciones sociales con los ingleses fueron difíciles, porque no podía aceptar su hospitalidad ni tampoco devolverla. Solo cuando tomó contacto con ciertos elementos marginales de la sociedad inglesa, como los fabianos, los teosofistas, etcétera, comenzó a sentirse como en su propia casa. Hasta entonces solo fue un solitario estudiante de derecho.
—¿Y bien, Elizabeth? —dice Norma—. ¿Adónde quieres llegar con esta historia?
—Pues tan solo que no creo que el vegetarianismo de Gandhi se pueda concebir como un ejercicio de poder. Le condenó a vivir al margen de la sociedad. Y tuvo la genialidad de incorporar lo que aprendió en los márgenes de esa sociedad a su filosofía política. —En cualquier caso —aduce el hombre rubio—, Gandhi no es un buen ejemplo. Su vegetarianismo no nace de un compromiso especial. Era vegetariano solo porque se lo prometió a su madre. Tal vez cumpliera su promesa, pero lo lamentó y se arrepintió de haberla hecho. —¿No les parece que las madres pueden tener una buena influencia en sus hijos? —dice Elizabeth Costello.
Hay un silencio momentáneo. Es hora de que él, el buen hijo, tome la palabra. Pero no lo hace.
—Sin embargo, su propio vegetarianismo, señora Costello —dice el rector Garrard como si pretendiera verter aceite sobre las aguas turbulentas—, es fruto de una profunda convicción moral, ¿no es así?
—No, no lo creo —dice su madre—. Proviene del deseo de salvar mi alma.
Ahora sí se hace un silencio de verdad, puntuado tan solo por el tintineo de los platos, ya que los camareros han pasado a servir la tarta Tatin a los comensales.
—En todo caso, a mí me merece un inmenso respeto —dice Garrard—. En cuanto forma de vida, claro.
—Llevo zapatos de piel —dice su madre—. Y un bolso de piel. En su lugar, yo no tendría un respeto excesivo.
—La coherencia —murmura Garrard—, la coherencia es el duende de las mentalidades estrechas. Seguramente será posible trazar una frontera entre el consumo de carne y el uso de objetos de piel animal.
—Distintos grados de una misma obscenidad —responde ella.
—También yo siento el mayor de los respetos por los códigos que se fundamentan en el respeto a la vida —dice el decano Arendt, que entra en el debate por primera vez—. Estoy dispuesto a asumir que los tabúes dietéticos no tienen por qué ser meras costumbres. Estoy dispuesto a aceptar que tras ellos subyacen genuinas preocupaciones de índole moral. Al mismo tiempo, es preciso decir que la totalidad de nuestra superestructura de inquietudes y creencias es un libro cerrado para los propios animales. Es imposible explicarle a un novillo que su vida va a ser indultada, así como tampoco se puede explicar a un escarabajo que no lo vamos a pisotear. En las vidas de los animales, las cosas, sean buenas o malas, suceden sin más. Por eso, si uno se para a pensarlo, el vegetarianismo es una transacción muy extraña, cuyos beneficiarios no son conscientes de los beneficios que obtienen. Y no existe ninguna esperanza de que lleguen a serlo, porque viven en un vacío de la consciencia.
Arendt hace una pausa. Es el momento de que hable su madre, pero ella se limita a parecer confundida: gris, cansada y confundida. Él se inclina hacia ella.
—Ha sido un día muy largo, madre —le dice—. Tal vez sea hora de irse.
—Sí, es hora —dice ella.
—¿No tomará café? —pregunta el rector Garrard.
—No, el café me desvelaría. —Se vuelve hacia Arendt—. Es muy interesante eso que planteaba. No hay consciencia que podamos reconocer como tal consciencia. No hay consciencia, por lo que hemos llegado a saber, de un yo cargado de historia. Lo que me importa es lo que tiende a aparecer acto seguido. No tienen consciencia, por consiguiente... Por consiguiente, ¿qué? ¿Por consiguiente tenemos entera libertad para utilizarlos en provecho de nuestros fines? ¿Por consiguiente somos libres de matarlos? ¿Por qué? ¿Qué tiene de especial la forma de consciencia que reconocemos para que matar a quien la tenga sea un delito mientras que matar a un animal no merezca castigo alguno? Hay momentos...
—Y eso, por no hablar de los niños pequeños —apunta Wunderlich. Todos se vuelven a mirarlo—. Los niños pequeños no tienen conciencia de sí mismos, y sin embargo nos parece un delito mucho más aberrante matar a un niño que matar a un adulto.
—¿Por consiguiente? —dice Arendt.
—Por consiguiente toda esta discusión sobre la consciencia, sobre si los animales la tienen o no, es una simple cortina de humo. En el fondo, protegemos a nuestros semejantes. Los niños pequeños se salvan, los corderos lechales están condenados. ¿No piensa como yo, señora Costello?
—No sé qué pienso —dice Elizabeth Costello—. A menudo me pregunto qué es pensar, qué es comprender. ¿De veras comprendemos el universo mejor que los animales? La comprensión a menudo se me antoja algo parecido a jugar con un cubo de Rubik. Una vez que conseguimos que todos los cuadraditos encajen en su lugar correspondiente, ¡zas!, comprendemos. Y eso tiene sentido si uno vive dentro de un cubo de Rubik, porque si no...
Se hace un nuevo silencio.
—Yo hubiera supuesto... —dice Norma, pero en ese instante él se pone en pie y ve con alivio que Norma opta por callar.
El rector se pone en pie, y le siguen todos los demás.
—Una espléndida conferencia, señora Costello —dice. Excelente alimento para el pensamiento. Esperamos con ganas sus propuestas de mañana.


Notas

3 Daniel J. Goldhagen, Hitler’s Willing Executioners, Little Brown, Londres, 1996, p. 171 [hay trad. cast.: Los verdugos voluntarios de Hitler, Taurus, Madrid, 1988].

4 Philippe Lacoue-Labarthe: «El exterminio de los judíos... es un fenómeno que en lo esencial no obedece a más lógica (política, económica, social, militar, etc.) que la espiritual». «El Exterminio es... el producto de una decisión puramente metafísica», en Heidegger, Art and Politics, Blackwell, Oxford, 1990, pp. 35 y 48.

5 Cf. Summa, 3.2.112, citado en Animal Rights and Human Obligations, edición de Tom Regan y Peter Singer, Prentice-Hall, Englewood Cliffs, Nueva Jersey, 1976, pp. 56-59.

6 Cf. Paul Davies, The Mind of God, Penguin, Harmondsworth, 1992, pp. 148-150 [hay trad. cast.: La mente de Dios, McGraw Hill/Interamericana de España, S.A., Madrid, 1993]

7 Cf. Stephen R. L. Clark, «Apes and the Idea of Kindred», en The Great Ape Project, edición de Paola Cavalieri y Peter Singer, Fourth State, Londres, 1993, pp. 113-125 [hay trad, cast.: El proyecto «Gran Simio»: la igualdad más allá de la humanidad, Editorial Trotta, Madrid, 1998].

8 Cf. Gary L. Francione: «Por inteligentes que sean los chimpancés, los gorilas o los orangutanes, no existe prueba alguna de que posean la capacidad de cometer crímenes, y en este sentido hay que tratarlos como a los niños o a las personas mentalmente incompetentes», en «Personhood, Property and Legal Competence», recogido en Cavalieri y Singer, The Great Ape Project, p. 256.

9 Patrick Bridgwater señala que los orígenes del «Informe» se hallan en una lectura temprana de Kafka, la de Haeckel, al tiempo que obtuvo la idea de un relato acerca de un mono parlante que publicó M. M. Seraphim: «Rotpeters Ahnherren», en Deutsche Vierteljahrsschrift, n.° 56 (1982), p. 459. Sobre la cronología de las publicaciones de Kafka en 1917, véase Joachim Unseld, Franz Kafka: Ein Schriftstellerleben, Hanser, Munich, 1982, p. 148 [hay trad. cast.: Franz Kafka: una vida de escritor, Anagrama, Barcelona, 1989]. Sobre la biblioteca de Kafka, véase F. R. Karl, Franz Kafka, p. 632.

10 Thomas Nagel, «What Is It Like to Be a Bat?», en Mortal Questions, Cambridge University Press, Cambridge, 1979, p. 169.

11 John Berger: «En ningún rincón de un zoo podrá el visitante encontrarse con la mirada de un animal. A lo sumo, la mirada del animal se fija un instante y sigue su recorrido. Miran de reojo. Miran a ciegas más allá de las rejas. Repasan mecánicamente lo que tienen delante... Ese cruce de miradas entre el animal y el hombre, que tal vez haya desempeñado un papel crucial en el desarrollo de la sociedad humana, ese cruce de miradas con el que los hombres han convivido hasta hace menos de un siglo, se ha extinguido por completo», About Looking, Pantheon, Nueya York, 1980, p. 26 [hay trad. cast.: Modos de ver, Gustavo Gili, Barcelona, 1980].

12 «Apología por Raimon Sebonde.»

13 Cf. Plutarco, «Sobre el consumo de carne», en Regan y Singer, Animal Rights, p. 111.

14 James Serpell, citando a Walter Burkert, Homo necans, describe el ritual del sacrificio animal en la Antigüedad como «un elaboradísimo ejercicio en el desplazamiento de la culpa». El animal entregado al templo era obligado, por diversos medios, a dar la impresión de asentir ante su muerte, mientras los sacerdotes ponían todo su esmero en eximirse de la culpa. «En definitiva, eran los dioses los culpables, ya que ellos exigían el sacrificio.» En Grecia, los pitagóricos y los órficos condenaron estos sacrificios «precisamente porque los motivos subyacentes de los mismos, claramente carnívoros, eran evidentes» (In the Company of Animals, Blackwell, Oxford, 1986, pp. 167-168).


En La vida de los animales
Título original: The Lives of Animals (1999)
Traductor: Miguel Martínez-Lage
Barcelona, Mondadori, 2001
Foto: John Maxwell Coetzee [original color © Ricardo Ceppi/Corbis] Bs. As., abril 2013

14 ene. 2013

John Maxwell Coetzee: Esperando a los bárbaros (V)

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Los bárbaros salen de noche. Antes de que oscurezca hay que recoger la última cabra, atrancar las puertas y apostar un centinela en cada atalaya para dar las horas. Dicen que los bárbaros merodean por los alrededores durante toda la noche resueltos a asesinar y saquear. Los niños ven en sueños cómo se abren las contraventanas y cómo los rostros feroces de los bárbaros les dirigen miradas aviesas. «¡Han llegado los bárbaros!», gritan los niños y no hay quien los tranquilice. Desaparece ropa tendida y comida de las despensas, por muy herméticamente cerradas que estén. Dicen que los bárbaros han excavado un túnel bajo las murallas; que entran y salen a placer y cogen lo que quieren; que nadie está seguro ya. Los campesinos todavía labran los campos, pero salen en grupo, nunca solos. Trabajan sin ilusión: dicen que los bárbaros aguardan tan sólo a que hayan sembrado para volver a anegar los campos.

¿Por qué el ejército no acaba con los bárbaros? se lamentan todos. La vida en la frontera se ha vuelto demasiado dura. Hablan de regresar a su tierra, pero entonces recuerdan que ahora los caminos son peligrosos a causa de los bárbaros. Ya no se puede comprar té ni azúcar porque los tenderos acumulan sus existencias. Aquellos que comen bien lo hacen a escondidas, temerosos de despertar la envidia del vecino.

Hace tres semanas violaron a una niña. Sus amigos, que jugaban en las acequias, no la echaron en falta hasta que volvió sangrando y sin habla. Durante días permaneció postrada en casa de sus padres con la mirada fija en el techo. Nada la persuadió de contar lo ocurrido. En cuanto apagaban la luz empezaba a lloriquear. Sus amigos afirman que lo hizo un bárbaro. Lo vieron huir hacia los cañaverales. Lo reconocieron por su fealdad. Ahora han prohibido a los niños jugar fuera de las puertas, y los campesinos llevan garrotes y lanzas cuando salen a los campos.

Cuanto más crece el resentimiento contra los bárbaros, más me acurruco en mi rincón, con la esperanza de que no se acuerden de mí.

Hace mucho tiempo que el segundo cuerpo expedicionario partió muy airoso con sus banderas y sus trompetas y sus armaduras relucientes y sus espléndidos corceles para limpiar el valle de bárbaros y enseñarles una lección que ni ellos ni sus nietos ni sus bisnietos olvidarían jamás. Desde entonces no ha habido ningún despacho, ningún comunicado. La alegría de los días en que solía haber revista diaria en la plaza, exhibiciones de equitación, demostraciones de tiro, se ha disipado hace mucho. En su lugar el aire está lleno de rumores angustiosos. Algunos dicen que el conflicto ha estallado a lo largo de los mil seiscientos kilómetros de frontera, que los bárbaros del norte se han unido a los del oeste, que el ejército del Imperio apenas se ha desplegado, que uno de estos días se verá obligado a abandonar la defensa de puestos fronterizos como éste para concentrar sus recursos en la protección del interior del país. Otros dicen que no recibimos noticias de la guerra únicamente porque nuestros soldados se han adentrado en pleno territorio enemigo y están demasiado ocupados eliminando bárbaros para enviar despachos. Dicen que pronto, cuando menos lo esperemos, regresarán fatigados pero victoriosos, y llegarán tiempos de paz.

Entre la escasa guarnición que han dejado atrás hay más borracheras que nunca y más arrogancia para con los ciudadanos. Ha habido incidentes con soldados que han entrado en tiendas, han cogido lo que querían, y se han ido sin pagar. ¿De qué le sirve al tendero dar la voz de alarma cuando los malhechores y la guardia nacional son los mismos? Los tenderos se quejan a Mandel, que está al mando bajo el estado de emergencia mientras Joll se encuentra ausente con el ejército. Mandel hace promesas pero no actúa. ¿Por qué iba a hacerlo? Lo único que le importa es seguir siendo querido entre sus hombres. A pesar de las patrullas de vigilancia en las murallas y de las batidas semanales por la orilla del lago (a la caza de bárbaros, aunque nunca han capturado a ninguno), la disciplina se ha relajado.

Entretanto yo, el viejo payaso que perdió el último vestigio de autoridad el día que estuvo colgado de un árbol con ropa interior de mujer pidiendo ayuda a gritos, la inmunda criatura que durante una semana lamió la comida de las baldosas como un perro porque no podía usar las manos, ya no estoy encerrado. Duermo en un rincón del patio del cuartel; deambulo por él con mi camisón mugriento; cuando un puño me amenaza me encojo de miedo. Vivo como un animal hambriento en la puerta trasera, mantenido vivo acaso sólo como un testimonio del animal que todo amigo de los bárbaros lleva escondido dentro. Sé que corro peligro. Algunas veces puedo sentir el peso de una mirada resentida que se detiene en mí; no alzo la vista; sé que para algunos debe de ser fuerte la tentación de despejar el patio atravesándome el cráneo con una bala desde una de las ventanas superiores.

Ha llegado una ola de refugiados al pueblo, pescadores procedentes de los diminutos asentamientos desperdigados por el río y la orilla norte del lago, que hablan una lengua que nadie entiende y llevan la casa a cuestas seguidos a duras penas por sus perros hambrientos y sus hijos raquíticos. La gente se congregó en torno suyo cuando aparecieron.

—¿Fueron los bárbaros los que os echaron? —les preguntaban, al tiempo que ponían expresiones y tensaban arcos imaginarios. Nadie les preguntó sobre los soldados imperiales o el fuego que prendieron a la maleza.

Al principio todos se compadecieron de estos salvajes y les proporcionaron alimentos y ropa vieja, hasta que empezaron a montar sus chozas de paja en la parte de la muralla próxima a los nogales, y sus hijos se envalentonaron tanto como para colarse a robar en las cocinas y una noche sus perros penetraron en el redil y degollaron a una docena de ovejas. Las opiniones se volvieron en su contra. Los soldados tomaron medidas, eliminaron a tiros a sus perros inmediatamente y, una mañana cuando los hombres se encontraban todavía en el lago, derribaron la hilera completa de chozas. Durante días permanecieron escondidos en los cañaverales. Luego, una por una, empezaron a reaparecer sus pequeñas chozas de paja, esta vez fuera del pueblo junto a la muralla norte. Les permitieron que sus chozas siguieran en pie, pero se ordenó a los centinelas que les prohibieran la entrada. Ahora esa norma se ha relajado, y se les puede ver por la mañana vendiendo pescado de puerta en puerta. No tienen ninguna experiencia con el dinero, los engañan miserablemente, se desprenderían de cualquier cosa a cambio de un dedal de ron.

Son unos seres huesudos y estrechos de pecho. Las mujeres parecen estar siempre embarazadas; sus hijos están escuálidos; algunas muchachas jóvenes presentan indicios de una belleza frágil y de mirada ingenua; por lo demás sólo veo ignorancia, astucia, descuido. ¿Pero qué ven ellos en mí, si es que me ven alguna vez? Un animal que mira con fijeza entre los barrotes de la verja: el lado repugnante de este hermoso oasis donde han encontrado una seguridad precaria.

Un día una sombra se cierne sobre mí mientras dormito en el patio, un pie me empuja, y levanto la vista hacia los ojos azules de Mandel.

—¿Le damos bien de comer? —me dice—. ¿Está volviendo a engordar?

Asiento con la cabeza, sentado a sus pies.

—Porque no vamos a poder darle de comer siempre.

Guardamos un largo silencio mientras nos examinamos mutuamente.

—¿Cuándo va a empezar a ganarse el sustento?

—Soy un prisionero en espera de juicio. A los prisioneros en espera de juicio no se les exige ganarse el sustento. Es la ley. El tesoro público les mantiene.

—Pero usted no está preso. Es libre de ir adonde le plazca —espera a que muerda este anzuelo que me ofrece sin rodeos. No digo nada. Prosigue—: ¿Cómo puede estar preso si no aparece en nuestros archivos? ¿Cree que no tenemos archivos? No figura en nuestros archivos. Así que debe de ser usted un hombre libre.

Me levanto y le sigo a través del patio hasta la salida. El centinela le entrega la llave y él abre la verja.

—¿Ve? La puerta está abierta.

Dudo antes de salir. Hay algo que quisiera saber. Contemplo el rostro de Mandel, los ojos claros, espejos de su alma, la boca por la cual se expresa su espíritu.

—¿Dispone de un minuto?—digo. Permanecemos junto a la verja, con el centinela al fondo aparentando no oír. Le digo—: Ya no soy un hombre joven y todo mi futuro aquí está arruinado —con un ademán abarco la plaza y el polvo arrastrado por el viento cálido de las postrimerías del verano, portador de royas y plagas—. También he muerto ya una muerte, en aquel árbol, sólo que usted decidió salvarme. Así que hay algo que quisiera saber antes de irme. Si es que con los bárbaros a las puertas del pueblo ya no es demasiado tarde —siento que una levísima sonrisa de burla me roza los labios, no puedo evitarlo. Echo un vistazo al cielo vacío—. Perdóneme si la pregunta parece insolente, pero quisiera hacérsela: ¿cómo le resulta posible comer después, después de que ha estado... trabajando con seres humanos? Es algo que siempre me he preguntado acerca de los verdugos y otros hombres semejantes. ¡Espere! Escúcheme un momento más, soy sincero, me ha costado mucho soltar esto, porque me tiene usted aterrorizado, pero no necesito decírselo, estoy seguro de que lo sabe. ¿Le resulta fácil ingerir alimentos después? He imaginado que uno desearía lavarse las manos. Pero no bastaría un lavado corriente, sería precisa la intervención sacerdotal, una ceremonia de purificación, ¿no cree? Algún tipo de expiación del alma, así es cómo me lo imagino. ¿Si no cómo sería posible volver a la vida cotidiana, sentarse a la mesa, por ejemplo, y compartir el pan con la propia familia o con los compañeros?

Se da la vuelta para marcharse, pero aunque muevo la mano con lentitud consigo agarrarle el brazo.

—¡No, escuche! —le digo—. No me interprete mal, no le culpo ni le acuso, hace mucho que he dejado de hacer eso. Recuerde, yo también he dedicado una vida a la ley, conozco sus procedimientos, me consta que los manejos de la justicia son a menudo oscuros. Sólo trato de entender. Trato de entender el mundo en que vive. Trato de imaginar cómo respira y come y vive todos los días. ¡Pero no puedo! ¡Eso es lo que me perturba! Si yo fuera él, me digo a mí mismo, mis manos estarían tan sucias que sentiría náuseas.

Se suelta de un tirón y me da un golpe tan fuerte en el pecho que jadeante retrocedo dando un traspié.

—¡Hijo de perra! —grita—. ¡Maldito viejo loco! ¡Fuera! ¡Lárguese y reviente de una vez!

—¿Cuándo me van a juzgar? —le grito a su espalda mientras se aleja. No me hace caso.


No tengo dónde esconderme. ¿Y además por qué iba a hacerlo? Todos me pueden ver desde el alba al atardecer en la plaza, merodeando por los puestos del mercado o sentado a la sombra de los árboles. Y paulatinamente, conforme se corre la voz de que el viejo magistrado ha sobrevivido a su castigo, todos dejan de guardar silencio y de volverme la espalda cuando me acerco. Descubro que no carezco de amigos, especialmente entre las mujeres, que apenas pueden disimular su impaciencia por oír mi versión de los hechos. Deambulando por las calles me encuentro a la rolliza mujer del oficial de intendencia que tiende la colada. Nos saludamos.

—¿Cómo está usted, señor? —me dice—. Oímos que lo había pasado muy mal —los ojos le brillan, ávidos aunque precavidos—. ¿Por qué no entra y toma una taza de té? —así que nos sentamos a la mesa de la cocina, y ella manda a los niños a jugar fuera, y mientras bebo té y como sin parar de un plato con sus deliciosas galletas de avena, ella da los primeros pasos de este juego indirecto de preguntas y respuestas—: Estuvo fuera mucho tiempo, dudábamos de que regresara alguna vez... ¡Y luego todos los problemas que tuvo! ¡Cómo han cambiado las cosas! No había este desorden cuando usted estaba al mando. ¡Estos forasteros de la capital lo ponen todo patas arriba! —ahora me toca a mí, suspiro:

—Sí, ellos no entienden cómo resolvemos nuestros asuntos en las provincias, ¿verdad? Tantos problemas por una muchacha... —engullo otra galleta. Un tonto enamorado es motivo de risa pero siempre acaban perdonándolo—. Para mí sólo era una cuestión de sentido común devolverla con los suyos, ¿pero cómo hacérselo comprender? —continúo divagando; ella escucha estas verdades a medias, al tiempo que asiente con la cabeza y me observa como un buitre; aparentamos que la voz que ella oye no es la voz del hombre que colgado del árbol pedía clemencia a gritos tan fuertes como para resucitar a los muertos— ...De cualquier modo, confiemos en que todo haya terminado. Todavía me duele —me toco el hombro— el cuerpo sana tan despacio a medida que uno se hace viejo...

Así que como gracias a mi historia. Y cuando todavía tengo hambre por la noche, si espero a la entrada del cuartel al silbido que llama a los perros y me cuelo sin hacer mucho ruido, habitualmente puedo sacarle a las criadas las sobras de la cena de los soldados, un cuenco de judías frías, los abundantes restos del puchero de la sopa o media hogaza de pan.

O por las mañanas puedo acercarme a la posada y asomarme por la puerta de la cocina para aspirar todos los aromas, de oréganos y levadura y cebolla recién picada y manteca de cordero humeante. Mai, la cocinera, engrasa los moldes del horno: veo cómo sus hábiles dedos se meten en el puchero de la manteca y untan el molde con tres rápidos círculos. Me acuerdo de sus pasteles, de su célebre empanada de jamón, espinacas y queso, y siento que se me hace la boca agua.

—Se han marchado tantos —me dice, mientras se vuelve hacia la gran bola de masa —no sé ni por dónde empezar. Muchos se fueron hace sólo unos días. Una de nuestras chicas (la pequeña del pelo largo y liso, puede que usted la recuerde) iba con ellos, se fue con su pareja —me lo comunica con un tono indiferente, y yo le agradezco su consideración—. Desde luego lo entiendo —prosigue— si uno se quiere ir debe irse ahora, es un largo camino, además peligroso, y las noches son cada vez más frías —habla del tiempo, del último verano y de los presagios del invierno que se acerca, como si en mi celda a menos de trescientos pasos de donde nos encontramos, hubiera estado aislado del calor y del frío, de la sequía y la lluvia. Para ella, por lo que veo, desaparecí, ahora he reaparecido, y entretanto no formé parte del mundo.

He estado escuchando y asintiendo con la cabeza y soñando mientras ella hablaba. Ahora hablo yo.

—Sabes —le digo— cuando estaba en prisión, en el cuartel, no en la prisión nueva sino en una habitación pequeña en la que me encerraron, tenía tanta hambre que no pensaba en mujeres, sólo en comida. Vivía para las horas de comida. Nunca tenía bastante. Engullía el rancho como un perro y aún quería más. También sufrí mucho en diferentes ocasiones: la mano, los brazos, y también esto —me toco la nariz abultada, la desagradable cicatriz bajo el ojo por la que, según estoy empezando a descubrir, todos se sienten secretamente fascinados—. Cuando soñaba con una mujer soñaba con alguien que vendría por la noche a librarme del dolor. El sueño de un niño. Lo que no sabía era cómo el deseo podía acumularse en los huesos para luego un día sin previo aviso emerger a raudales. Lo que dijiste hace un momento, por ejemplo, la chica que mencionaste, la apreciaba mucho, creo que lo sabes, aunque la delicadeza te impidió... Cuando dijiste que se había ido, lo confieso, fue como si algo me hubiera sacudido aquí, en el pecho. Un golpe.

Sus manos, con destreza, hacen círculos con el borde de un tazón en la lámina de masa, recogen los restos y los aplastan con el rodillo. Rehúye mi mirada.

—Anoche subí a su habitación, pero la puerta estaba cerrada. No le di importancia. Tiene muchos amigos, nunca creí que yo fuera el único... ¿Pero qué quería? Un sitio donde dormir, desde luego; pero también algo más. ¿Para qué fingir? Todos sabemos que los viejos buscan recuperar su juventud en los brazos de mujeres jóvenes —da golpes en la masa, la trabaja, la extiende con el rodillo: ella misma una mujer joven con sus propios hijos, que vive con una madre exigente: ¿qué es lo que le estoy pidiendo mientras sigo divagando acerca del dolor, de la soledad? Con perplejidad escucho las palabras que escapan de mi boca. «¡He de decirlo todo!», me dije a mí mismo cuando me encontré por primera vez frente a mis torturadores. «¿Por qué sellar tus labios como un estúpido? No ocultas nada. ¡Que sepan que tratan con un ser de carne y hueso! ¡Proclama tu terror, grita cuando el dolor llegue! El silencio tenaz supone un acicate para ellos: les confirma que cada alma es una cerradura que deben forzar con paciencia. ¡Revela tus sentimientos! ¡Abre tu corazón!», así que grité y chillé y dije todo lo que se me vino a la cabeza. ¡Lógica insidiosa! Ahora lo que oigo cuando me suelto la lengua y la dejo en libertad es el sutil lloriqueo de un mendigo—. ¿Sabes dónde dormí anoche? —me oigo decir a mí mismo—. ¿Conoces ese pequeño cobertizo en la parte trasera del granero?...

Pero lo que anhelo sobre todo es comida, y cada vez más conforme pasan las semanas. Quiero volver a estar gordo. Tengo hambre día y noche. Cuando me despierto, el estómago bosteza conmigo, no puedo esperar a hacer mi ronda, a merodear por la entrada del cuartel para olfatear el aroma suave y soso de la avena y esperar las sobras quemadas; ni a engatusar a los niños para que me arrojen moras desde los árboles; ni a estirarme sobre la cerca de un huerto para robar uno o dos melocotones; ni a ir de puerta en puerta, un hombre desafortunado, víctima de un enamoramiento, del que ya se ha curado, dispuesto a tomar con una sonrisa lo que le ofrecen, una rebanada de pan con mermelada, una taza de té, tal vez al mediodía un cuenco de estofado o un plato de judías con cebolla, y siempre fruta, albaricoques, melocotones, granadas, la riqueza de un verano generoso. Como come un mendigo, engullendo la comida con tal apetito, arrebañando el plato hasta dejarlo tan limpio que da gusto verlo. No es de extrañar que mis paisanos se reconcilien conmigo día a día.

¡Y cómo puedo adular, cómo puedo granjearme amistades! Más de una vez me han preparado un sabroso tentempié sólo para mí: una chuleta de cordero frita con pimientos y cebolletas, o una rebanada de pan con una loncha de jamón y tomate y una porción de queso de cabra. Si puedo acarrear agua o leña a cambio, lo hago de buena gana, como muestra de gratitud, aunque no estoy tan fuerte como antes. Y si por el momento he agotado mis recursos en el pueblo —pues debo tener cuidado de no convertirme en una carga para mis benefactores— siempre puedo darme una vuelta por el campamento de los pescadores y ayudarles a limpiar pescado. He aprendido unas cuantas palabras de su lengua, me reciben sin recelo, ellos entienden lo que es ser un mendigo y comparten su comida conmigo.

Quiero volver a estar gordo, más gordo que nunca. Quiero oír el gorgoteo satisfecho de mi panza cuando cruce las manos sobre ella, quiero sentir cómo se hunde la barbilla en la mullida papada y cómo se me bambolea el pecho al caminar. Quiero una vida de satisfacciones sencillas. No quiero (¡vana esperanza!) volver a pasar hambre.


Hace casi tres meses que partió, y todavía no hay noticias del cuerpo expedicionario. En cambio, terribles rumores corren por todas partes: que el cuerpo ha sido atraído hacia el desierto y aniquilado; que ha sido llamado a defender el interior sin que lo supiéramos, abandonando los pueblos fronterizos a merced de los bárbaros para que los asalten cuando les parezca. Todas las semanas hay un convoy de prudentes que deja el pueblo en dirección al este, diez o doce familias que viajan juntas «para visitar a sus familiares», como reza el eufemismo, «hasta que las cosas vuelvan a la normalidad». Conducen reata de animales de carga, empujan carretillas, transportan fardos a la espalda, llevan a sus propios hijos cargados como bestias. He visto incluso una carreta larga y baja de cuatro ruedas tirada por ovejas. Ya no se pueden comprar animales de carga. Los que se marchan son sensatos, las esposas y maridos que despiertos en la cama cuchichean, hacen planes, ven lo que pueden salvar. Dejan atrás sus confortables hogares, cerrándolos «hasta la vuelta», y llevándose las llaves de recuerdo. Al día siguiente bandas de soldados forzarán las puertas, saquearán las casas, destruirán los muebles, ensuciarán los suelos. Crece el resentimiento contra los que se preparan para irse. Les insultan en público, les atacan, les roban impunemente. Ahora hay familias que, tras sobornar a los centinelas para que les abran las puertas, desaparecen sin más en plena noche, toman el camino del este y esperan en el primer o segundo apeadero hasta que se reúne un grupo lo bastante numeroso como para viajar seguros.

Los soldados tiranizan a la población. Han celebrado un mitin en la plaza a la luz de las antorchas para denunciar a los «cobardes y traidores» y afirmar la lealtad colectiva al Imperio. El nosotros nos quedamos se ha convertido en el lema de los leales: estas palabras se ven pintarrajeadas en todas las paredes. Esa noche yo permanecí en la oscuridad al margen de la enorme multitud (nadie tuvo el valor necesario para quedarse en casa) escuchando estas palabras coreadas enfática y amenazadoramente por miles de gargantas. Un escalofrío me recorrió la espalda. Después del mitin los soldados encabezaron un desfile por las calles. Derribaron puertas a patadas, rompieron ventanas, prendieron fuego a una casa. Hasta muy avanzada la noche hubo borrachera y juerga en la plaza. Busqué a Mandel pero no le vi. Es posible que haya perdido el control de la guarnición, suponiendo que los soldados hubieran estado alguna vez dispuestos a recibir órdenes de un policía.

Cuando los acuartelaron por primera vez, el pueblo recibió con frialdad a estos soldados procedentes de todos los puntos del Imperio y desconocedores de nuestras costumbres.

—No los necesitamos aquí —decían— cuanto antes se larguen a combatir con los bárbaros mejor—. Les negaban el crédito en las tiendas, las madres recluían a sus hijas bajo llave para apartarlas de ellos. Pero después de que los bárbaros aparecieran ante nuestras puertas esa actitud cambió. Ahora que estos soldados forasteros parecen ser todo lo que se interpone entre nosotros y la destrucción, les agasajan con fervor. Un comité de ciudadanos recauda fondos semanalmente para celebrar un banquete en su honor, en el que se asan ovejas enteras en espetones y se hacen correr litros y más litros de ron. Las jóvenes del pueblo están a su disposición. Todos sus deseos serán bien acogidos mientras se queden y protejan nuestras vidas. Pero cuanto más les adulan, más aumenta su arrogancia. Sabemos que no podemos confiar en ellos. Con el granero casi vacío y el cuerpo expedicionario desvanecido como el humo, ¿qué los retendrá cuando los agasajos se acaben? Sólo nos cabe la esperanza de que los rigores del viaje en invierno les disuadan de abandonarnos.

Ya hay presagios del invierno por todas partes. A primeras horas de la mañana se levanta un viento frío del norte: las contraventanas crujen, los que duermen se acurrucan y se arriman más los unos a otros, los centinelas se ciñen la capa y se vuelven de espaldas. Algunas noches me despierto tiritando en mi lecho de sacos y no puedo volver a conciliar el sueño. El sol parece salir cada día más lejos; la tierra se enfría incluso antes del ocaso. Pienso en los pequeños convoyes desperdigados a lo largo de cientos de kilómetros de camino que se dirigen hacia una patria que la mayoría no ha visto nunca, empujan sus carretillas, fustigan a sus caballos, cargan con sus hijos, racionan sus provisiones y abandonan día a día al borde del camino herramientas, utensilios de cocina, retratos, relojes, juguetes, todo lo que creían poder salvar de sus propiedades antes de comprender que a lo sumo podrían escapar con vida. En una o dos semanas el tiempo será demasiado traicionero para que emprenda viaje cualquiera que no se encuentre entre los más audaces. Durante todo el día rugirá el viento norte, marchitará la vida en mismo tallo, arrastrará un mar de polvo a través de la extensa meseta, traerá consigo chaparrones imprevistos de granizo y nieve. No puedo imaginar que pudiera sobrevivir a esta larga marcha con mis harapos y mis sandalias rotas, con el bastón en la mano y el hatillo a la espalda. Me faltaría el coraje. ¿Qué vida puedo esperar lejos de este oasis? ¿La vida de un contable indigente de la capital, que regresa después del atardecer a una habitación alquilada en una callejuela, al que se le caen los dientes poco a poco, y tiene que aguantar a una patrona chismosa? Si me uniera al éxodo sería como uno de esos viejos discretos que un día se apartan de la caravana, se instalan al abrigo de una roca, y aguardan a que el gran frío final empiece a ascender por sus piernas.


Camino por el sendero ancho hacia la orilla del lago. El horizonte, que ya está gris, se funde con el agua gris del lago. A mi espalda se pone el sol entre rayos dorados y rojizos. Desde las acequias llega el primer canto del grillo. Es un mundo que conozco y quiero y no deseo dejar. Desde mi juventud he recorrido este sendero de noche sin sufrir daño alguno. ¿Cómo voy a creer que la noche esté llena de las huidizas sombras de los bárbaros? Si hubiera extraños aquí lo presentiría. Los bárbaros se han replegado con sus rebaños hacia los valles más profundos de las montañas, a esperar que los soldados se cansen y se vayan. Cuando eso ocurra los bárbaros volverán a salir. Apacentarán sus ovejas y nos dejarán tranquilos, nosotros sembraremos nuestros campos y los dejaremos tranquilos, y en pocos años la frontera recobrará la paz.

Atravieso los campos devastados, ya limpios y recién arados, cruzo las acequias y el dique. El terreno se ablanda bajo mis pies; pronto camino sobre la esponjosa hierba de la marisma, me abro paso entre los juncos dando grandes zancadas con el agua hasta los tobillos a la postrera luz violeta del atardecer. Las ranas se tiran al a mi paso; cerca oigo el leve murmullo de las plumas de un pájaro que se dispone emprender el vuelo.

Vadeo a mayor profundidad apartando los juncos con las manos, y siento el cieno entre los dedos de los pies; a cada paso, el agua, que conserva el calor del sol más tiempo que el aire, primero opone resistencia para después ceder. A primera hora de la mañana los pescadores empujan con pértigas sus barcas de fondo plano esta superficie en calma y echan sus redes. ¡Qué manera tan apacible de ganarse la vida! Tal vez debería dejar de mendigar, unirme a ellos en su campamento fuera de muralla, construirme una choza de barro y caña, casarme con una de sus hermosas hijas, darme un banquete cuando la pesca sea abundante y apretarme el cinturón cuando no lo sea.

Con el agua reconfortante hasta las pantorrillas me recreo en esta ilusión. No ignoro lo que significan tales ilusiones, son sueños de convertirme en un salvaje que vive por instinto, de tomar el frío camino de la capital, de dirigirme a tientas hasta las ruinas del desierto, de volver al confinamiento de mi celda, de ir en busca de los bárbaros y ofrecerme a ellos para que me utilicen como quieran. Todos sin excepción son sueños de un final: sueños no de cómo vivir sino de cómo morir. Y sé que cada uno de los habitantes de ese pueblo amurallado que ahora se sume en la oscuridad (oigo los dos lejanos toques de corneta que anuncian el cierre de las puertas) tiene la misma preocupación. ¡Todos salvo los niños! Los niños nunca dudan que los enormes y viejos árboles bajo cuyas sombras juegan permanecerán allí siempre, que un día ellos crecerán para ser fuertes como sus padres, fértiles como sus madres, que vivirán y prosperarán y criarán a sus propios hijos y envejecerán en el lugar donde nacieron. ¿Por qué no podemos vivir en el tiempo como el pez en el agua, como el pájaro en el aire, como los niños? ¡Los Imperios tienen la culpa! Los Imperios han creado el tiempo de la historia. Los Imperios no han ubicado su existencia en el tiempo circular, recurrente y uniforme de las estaciones sino en el tiempo desigual de la grandeza y la decadencia, del principio y el fin, de la catástrofe. Los Imperios se condenan a vivir en la historia y a conspirar contra la historia. La inteligencia oculta de los Imperios sólo tiene una idea fija: cómo no acabar, cómo no sucumbir, cómo prolongar su era. De día persiguen a sus enemigos. Son taimados e implacables, envían a sus sabuesos por doquier. De noche se alimentan de imágenes de desastre: saqueo de ciudades, aniquilamiento de poblaciones, pirámides de huesos, hectáreas de desolación. Una visión demencial pero virulenta: yo, mientras camino por el lodo, no estoy menos contagiado por ella que el leal Coronel Joll cuando sigue la pista de los enemigos del Imperio a través del interminable desierto con la espada desenvainada para degollar a un bárbaro tras otro, hasta que por fin encuentre y mate a aquel cuyo destino debería ser (o si no el suyo, el de su hijo o el de su nieto no nacido) trepar por la puerta de bronce del Palacio de Verano y derribar la esfera coronada por el tigre rampante que simboliza la dominación eterna, mientras sus compañeros desde abajo le aclaman y disparan al aire sus mosquetes.

No hay luna. En la oscuridad vuelvo a tientas a tierra firme y sobre un lecho de hierba, arrebujado en mi capa, me quedo dormido. Me despierto de un frenesí de sueños confusos entumecido y aterido de frío. La estrella roja apenas se ha movido en el cielo.

Cuando paso por el camino que conduce al campamento de los pescadores un perro empieza a ladrar; enseguida se le une otro, y la noche prorrumpe en un escándalo de ladridos, gritos de alarma, chillidos. Consternado, grito con todas mis fuerzas:

— ¡No es nada! —pero no me oyen. Me quedo indefenso en medio del camino. Alguien pasa corriendo junto a mí en dirección al lago; luego otro cuerpo choca conmigo, una mujer, lo sé inmediatamente, que jadea aterrorizada en mis brazos antes de soltarse y desaparecer. También hay perros que gruñen a mi alrededor: me vuelvo con rapidez y pido auxilio cuando uno de los perros se tira a morderme en las piernas, me desgarra la piel, retrocede. Estoy completamente rodeado por los frenéticos ladridos. Los perros del pueblo replican tras las murallas con aullidos. Me agacho y me preparo con los músculos en tensión para el próximo ataque. El gemido estridente de las cornetas hiende el aire. Los perros ladran más fuerte que antes. Me encamino arrastrando los pies hacia el campamento, hasta que de súbito una de las chozas se recorta frente al cielo. Aparto la cortinilla que cuelga a la entrada y penetro en la calidez empapada de sudor donde hasta hace unos minutos dormía gente.

Cesa el escándalo de afuera, pero nadie vuelve. El aire está viciado, resulta soporífero. Me gustaría dormir, pero me perturba la resonancia del suave impacto en el camino. Como una magulladura, mi carne conserva la impresión del cuerpo que descansó en mí durante unos segundos. Tengo miedo de lo que soy capaz: de regresar mañana a la luz del día todavía afectado por el recuerdo y hacer preguntas hasta descubrir quién fue la que se topó conmigo en la oscuridad, para forjar en torno a ella, niña o mujer, una aventura erótica aún más ridícula. La insensatez de los hombres de mi edad no conoce límite. Nuestra única excusa es que no dejamos huella propia en las jóvenes que pasan por nuestras manos: ellas olvidan pronto nuestros deseos tortuosos, nuestra manera ceremoniosa de hacer el amor, nuestros éxtasis mastodónticos, y le quitan toda importancia a nuestro torpe juego cuando se arrojan derechas como flechas en los brazos de los hombres jóvenes, vigorosos y espontáneos cuyos hijos traerán al mundo. Nuestro amor no deja rastro. ¿De quién se acordará aquella otra muchacha del semblante ciego: de mí con mi batín de seda y mis penumbras y mis perfumes y aceites y mis desdichados placeres, o de aquel otro hombre frío de la máscara en los ojos que daba las órdenes y sopesaba el sonido de su íntimo sufrimiento? ¿Acaso no fue el rostro tras el hierro candente el último que vio con claridad en este mundo? Aunque me muera de vergüenza, incluso aquí y ahora, debo preguntarme si, cuando yacía junto a ella con la cabeza a sus pies, y acariciaba y besaba aquellos tobillos fracturados, no estaba lamentando en lo más recóndito de mi corazón la imposibilidad de grabarme tan profundamente en ella. Por muy condescendientes que los suyos sean con ella, nunca la cortejarán ni se casará según las costumbres: está marcada de por vida como propiedad de un extranjero, y nadie se acercará a ella excepto con esa compasión lúgubre y sensual que ella percibió y rechazó en mí. ¡Con razón se dormía tan a menudo, con razón era más feliz limpiando verduras que en mi cama! Desde el momento en que me detuve ante ella en la entrada del cuartel ha debido de sentir que la envolvía una nube de engaño: envidia, compasión, crueldad, todo disfrazado de deseo. ¡Y en mi trato sexual ha debido de ver no el impulso sino la penosa negación del impulso! Recuerdo su serena sonrisa. Desde el primer momento supo que era un falso seductor. Me escuchaba, luego escuchaba a su corazón, y como es debido seguía los dictados de su corazón. ¡Si tan sólo hubiera encontrado las palabras apropiadas! —No se hace así —me debería haber dicho, interrumpiéndome en el acto—. Si quiere aprender cómo hacerlo, pregúntele a su amigo de ojos negros —luego debería haber continuado para no dejarme sin esperanza—: pero si quiere amarme debe olvidarse de él y aprender su lección en otra parte—. Si me lo hubiera dicho entonces, si la hubiera entendido, si hubiera estado en condiciones de entenderla, si la hubiera creído, si hubiera estado en condiciones de creerla, podría haberme ahorrado un año de confusos e inútiles gestos de expiación.

Pues yo no era, como me gustaba creer, el indulgente amante del placer opuesto al frío y severo coronel. Yo era la mentira que un Imperio se cuenta a sí mismo en los buenos tiempos, él la verdad que un Imperio cuenta cuando corren malos vientos. Dos caras de la dominación imperial, ni más ni menos. Pero yo contemporizaba, me recreaba en esta apartada frontera, este pequeño remanso con sus polvorientos veranos y sus carretas de albaricoques y sus largas siestas y su indolente guarnición y las aves acuáticas que descienden hasta la superficie deslumbrante e inmóvil del lago para desde ella reemprender el vuelo año tras año, y me decía a mí mismo, «ten paciencia, uno de estos días se irá, uno de estos días volverá la tranquilidad: entonces nuestras siestas se prolongarán y nuestras espadas se oxidarán, el centinela bajará a hurtadillas de su atalaya para pasar la noche con su esposa, el mortero se desmoronará hasta que los lagartos aniden entre los ladrillos y las lechuzas vuelen del campanario, y la línea que delimita la frontera de un Imperio en los mapas se volverá borrosa e imprecisa hasta que felizmente se olviden de nosotros». Así me convencía a mí mismo, tomando una de las muchas desviaciones equivocadas que he seguido en un camino aparentemente acertado pero que me ha conducido al corazón de un laberinto.

En el sueño avanzo hacia ella por la plaza cubierta de nieve. Al principio camino. Luego conforme el viento sopla con más fuerza un remolino de nieve empieza a impulsarme hacia delante con los brazos extendidos a los lados y la capa hinchada como una vela por el viento. Gano velocidad y con los pies volando a ras del suelo, me precipito sobre la solitaria figura que se encuentra en medio de la plaza. ¡No se volverá a tiempo de verme!, pienso. Abro la boca para prevenirla con un grito. Un débil lamento me llega hasta los oídos, arrebatado por el viento, transportado hacia el cielo como un trozo de papel. Estoy casi sobre ella, preparándome para el choque, cuando se vuelve y me ve. Por un instante le veo la cara, la cara de una niña, resplandeciente, saludable, sonriéndome sin temor, antes de que choquemos. Me golpea con la cabeza en el vientre; después me alejo, arrastrado por el viento. El impacto es tan suave como la caricia de una mariposa. Me embarga una sensación de alivio. «¡No tenía que haberme preocupado después de todo!», pienso. Trato de mirar atrás, pero todo se ha desvanecido en la blancura de la nieve.

Tengo la boca cubierta de besos húmedos. Escupo, sacudo la cabeza, abro los ojos. El perro que ha estado lamiéndome la cara sale meneando el rabo. La luz se filtra a través de la entrada de la choza. Me deslizo a gatas hacia el amanecer. El cielo y el agua están teñidos del mismo color rosáceo. El lago, en donde me he acostumbrado a ver cada mañana las barcas de pesca con sus proas chatas, está vacío. El campamento en el que me encuentro está también vacío.

Me ciño la capa y tras pasar junto a la puerta principal, que todavía está cerrada, camino hasta la atalaya del noroeste donde parece no haber nadie; luego regreso al lago atajando por los campos y el dique.

Una liebre salta a mi paso y se aleja corriendo en zig-zag. Le sigo la pista hasta que se vuelve y desaparece tras el trigo crecido de los campos lejanos.

Un niño orina en medio del sendero a casi cincuenta metros de mí. Contempla la curva que describe su orina, al tiempo que me vigila con el rabillo del ojo y dobla la espalda para hacer que el último chorro llegue más lejos. Luego, con la estela dorada todavía suspendida en el aire, desaparece súbitamente, agarrado por un brazo moreno que surge de los cañaverales.

Me detengo en el sitio donde se encontraba el niño. No se ve nada excepto las crestas de los juncos que se mecen y entre las cuales parpadea la media esfera deslumbrante del sol.

—Puedes salir —digo, apenas levantando la voz—. No tienes nada que temer —reparo en que los pinzones evitan esta parte de los cañaverales. No me cabe duda de que me oyen treinta pares de oídos.

Regreso al pueblo.

Las puertas están abiertas. Soldados armados hasta los dientes registran las chozas de los pescadores. El perro que me despertó corretea con ellos de choza en choza, con el rabo levantado, la lengua fuera, las orejas alerta.

Uno de los soldados tira del tendedero donde ponen a secar el pescado limpio y en salazón. Se viene abajo entre crujidos.

—¡No hagas eso! —grito, apresurando el paso. Reconozco a algunos de estos hombres de los largos días de suplicio en el patio del cuartel—. ¡No lo hagas, no fue culpa de ellos!

Con deliberada indiferencia el mismo soldado se dirige ahora hacia la choza más grande, se abraza a dos de los puntales del techo de paja y trata de arrancarlo. Aunque hace un gran esfuerzo, no lo consigue. He visto cómo construyen estas chozas de apariencia frágil. Las preparan para resistir las acometidas de vientos con los que ni los pájaros pueden volar. Atan la armazón del techo a los postes con correas que pasan por muescas en forma de cuña. No se puede levantar sin cortar las correas. Trato de hacer entrar en razón al soldado.

—Déjame contarte lo que sucedió anoche. Pasaba a oscuras por delante del campamento cuando los perros empezaron a ladrar. Ellos se asustaron, perdieron la cabeza, ya sabes como son. Probablemente creyeron que habían llegado los bárbaros. Huyeron hacia el lago. Están escondidos en los cañaverales, los vi hace un rato. No iréis a castigarles por algo tan insignificante.

No me hace caso. Un compañero le ayuda a trepar al techo. Mientras mantiene el equilibrio sobre dos puntales, empieza a agujerear el techo con el tacón de la bota. Oigo el ruido sordo de la argamasa y de la hierba al caer dentro.

—¡Basta! —grito. Se me sube la sangre a la cabeza—. ¿Qué daño os han hecho? —intento cogerle el tobillo pero está demasiado lejos. Siento deseos de degollarle.

Alguien se interpone: es el compañero que le ayudó a subir.

—Váyase a la mierda —murmura—. Váyase de una vez a la mierda. Lárguese y reviente.

Oigo quebrarse el puntal del techo bajo la paja y la arcilla. El soldado del techo extiende los brazos y salta de un lado a otro. En este preciso momento está allí con los ojos desorbitados, y en un instante allí sólo queda una polvareda suspendida en el aire.

Aparta la cortinilla de la entrada y sale tambaleante agarrándose una mano, cubierto de pies a cabeza de un polvo ocre.

—¡Joder! —dice—. ¡Joder, joder, joder, joder, joder! —sus amigos se ríen a carcajadas—. ¡No tiene gracia! —grita—. ¡Me he jodido el dedo gordo! —se aprieta la mano entre las rodillas—. ¡Joder cómo me duele! —da una patada a la pared de la choza y vuelvo a oír argamasa caer en el interior—. ¡Jodidos salvajes! —dice—. ¡Deberíamos haberlos puesto contra un muro y haberlos fusilado hace mucho tiempo, con sus amigos!

Cuando se marcha con paso jactancioso, me mira por encima, como si no estuviera allí. Al pasar junto a la última choza tira de la cortinilla de la entrada. Las sartas de cuentas que la adornan, con sus bayas negras y rojas, sus semillas secas de melón, se rompen y esparcen por todas partes. Me quedo en el camino esperando a que se me calme el arrebato de furia. Recuerdo a un joven campesino que trajeron una vez ante mí cuando la guarnición estaba bajo mi mando. El magistrado de un pueblo perdido le había condenado a tres años en el ejército por robar gallinas. Después de un mes aquí intentó desertar. Lo capturaron y lo trajeron a mi presencia. Me dijo que quería volver a ver a su madre y a sus hermanas.

—No podemos hacer lo que deseamos sin más —le sermoneé—. Todos estamos sujetos a la ley, que está por encima de cualquiera de nosotros. El magistrado que te envío aquí, yo mismo, tú, todos estamos sujetos a la ley —me miró con ojos indiferentes, mientras esperaba oír la sentencia con las manos engrilladas a la espalda y sus dos imperturbables guardianes detrás de él—. Te parece injusto, lo sé, que debamos castigarte por tener los sentimientos de un buen hijo. Crees que sabes lo que es justo y lo que no lo es. Lo comprendo. Todos nosotros creemos saberlo —entonces no dudaba que en cada momento cada uno de nosotros, hombre, mujer, niño, tal vez incluso el viejo jamelgo que hace girar la rueda del molino, sabía lo que era justo: todas las criaturas vienen al mundo trayendo consigo la idea de justicia—. Pero vivimos en un mundo de leyes —le dije a mi pobre prisionero —un mundo que no es el mejor. No podemos hacer nada al respecto. Somos criaturas imperfectas. Todo lo que podemos hacer es apoyar las leyes, todos nosotros, sin permitir que decaiga la idea de justicia —después de sermonearle le sentencié. Acató la sentencia sin rechistar y los soldados se lo llevaron. Recuerdo la incómoda vergüenza que sentía en días como aquél. Abandonaba la sala de audiencia y volvía a mis habitaciones y me pasaba toda la tarde sentado a oscuras en la mecedora, sin apetito, hasta que llegaba la hora de acostarme—. Cuando los hombres sufren injustamente —me decía a mí mismo— es el sino de aquellos que son testigos de su sufrimiento avergonzarse de ello —pero el aparente consuelo de este pensamiento no podía reconfortarme. Más de una vez acaricié la idea de renunciar a mi puesto, retirarme de la vida pública y comprarme un huerto para ganarme el sustento. Pero entonces, pensaba, nombrarán a otro para sobrellevar la vergüenza del cargo, y nada habrá cambiado. Así que continué con mis funciones hasta que un día los acontecimientos me cogieron por sorpresa.


Cuando los divisan, los dos jinetes se encuentran a menos de dos kilómetros y ya están avanzando por los campos sin sembrar. Soy uno más entre la multitud que, al oír gritos en las murallas, sale en tropel a darles la bienvenida; pues todos reconocemos el estandarte verde y oro del batallón. Atravieso con paso decidido la tierra recién removida entre niños que corretean excitados.

El jinete de la izquierda, que ha estado cabalgando junto a su compañero, se desvía y se aleja al trote hacia el sendero del lago.

El otro sigue acercándose a nosotros lentamente, muy erguido en su silla, con los brazos extendidos a los lados como si pretendiera abrazarnos o echar a volar hacia el cielo.

Empiezo a correr tan rápido como puedo arrastrando las sandalias; y el corazón me late con fuerza.

A nuestra espalda se produce un ruido sordo de cascos y tres soldados con armaduras galopan hacia los cañaverales en donde el otro jinete ha desaparecido.

Me uno al círculo que rodea al hombre que, con la bandera ondeando airosamente sobre la cabeza, mira al pueblo con ojos inexpresivos, y al que reconozco a pesar de su aspecto. Está amarrado a una sólida estructura de madera que lo sostiene en posición vertical en la silla. Un trozo de madera le mantiene recta la columna, y otro le sujeta los brazos en cruz. Las moscas zumban alrededor de la cara. Tiene la mandíbula atada, la carne tumefacta, despide un olor nauseabundo, lleva varios días muerto.

Un niño me tira de la mano.

—¿Es un bárbaro, abuelo? —me susurra.

—No —le respondo en otro susurro. Se vuelve hacia el muchacho que tiene a su lado.

—Ves, te lo dije —le susurra.

Ya que nadie parece dispuesto a hacerlo, me toca en suerte coger las riendas sueltas y, tras cruzar la puerta grande, conducir estas noticias de los bárbaros entre los silenciosos espectadores hasta el patio del cuartel, para allí desatar a su portador y prepararlo para el entierro.

Los soldados que salieron tras su único acompañante regresan pronto. Atraviesan la plaza a medio galope hacia el Juzgado desde el que Mandel dirige sus dominios, y desaparecen en el interior. Cuando reaparezca no hablarán con nadie.

Se confirman todos los presentimientos de desastre, y por primera vez un verdadero pánico se apodera del pueblo. Clientes que pujan unos contra otros por provisiones de alimentos invaden las tiendas. Algunas familias se parapetan en sus casas junto con sus gallinas e incluso sus cerdos. Han cerrado la escuela. El rumor de que una horda de bárbaros ha acampado a pocos kilómetros en las carbonizadas orillas del río, de que el asalto del pueblo es inminente, corre de boca en boca. Ha ocurrido lo inconcebible: el ejército que partió con tanto júbilo hace tres meses no volverá jamás.

Han cerrado y atrancado la puerta grande. Le pido al sargento de guardia que deje entrar a los pescadores.

—Temen por sus vidas —le digo. Me da la espalda sin contestar. Por encima de nuestra cabeza, en las murallas, los soldados, los cuarenta hombres que se interponen entre nosotros y la aniquilación, recorren con la mirada el lago y el desierto.

Al anochecer, de camino hacia el cobertizo del granero en el que todavía duermo, me encuentro el paso cortado. Una hilera de carros de dos ruedas de la intendencia tirados por caballos recorre el callejón, el primero cargado con lo que reconozco como sacos de semillas del granero, los otros vacíos. Les sigue una fila de caballos de los establos de la guarnición ensillados y cubiertos con mantas: todos los caballos, supongo, que han robado o requisado en las últimas semanas. La gente, alertada por el ruido, sale de sus casas y contempla en silencio esta retirada prevista evidentemente hace mucho tiempo.

Pido entrevistarme con Mandel, pero el centinela del Juzgado se muestra tan impasible como todos sus compañeros.

En realidad Mandel no está en el Juzgado. Vuelvo a la plaza a tiempo de oír las últimas palabras de un comunicado que lee al público «en nombre del Mando Imperial». La retirada, dice, es una «medida transitoria». Dejarán aquí una «guarnición provisional». Se espera que se produzca «un cese general de las operaciones en el frente durante el invierno». Él mismo confía en regresar para la primavera, que es cuando el ejército «iniciará una nueva ofensiva». Desea agradecer a todo el mundo la «inolvidable hospitalidad» que le han dispensado.

Mientras habla, de pie en uno de los carros vacíos flanqueado por soldados con antorchas, sus hombres vuelven con el fruto de su rapiña. Dos se esfuerzan por cargar un gran fogón de hierro fundido robado de una casa deshabitada. Otro vuelve sonriendo triunfalmente con un gallo, una magnífica criatura negra y oro, y una gallina. Los lleva cogidos por las alas y con las patas atadas; sus ojos resplandecen de furia. Mientras alguien sostiene la puerta abierta los mete en el horno. El carro está cargado hasta arriba con sacos y barriles de una tienda saqueada, e incluso con una mesa pequeña y dos sillas. Desenrollan una gruesa alfombra roja, la extienden sobre el cargamento y la atan al carro. Los que asisten a este metódico acto de traición no protestan, pero siento oleadas de ira impotente a mi alrededor.

Cargan el último carro. Desatrancan la puerta, los soldados montan. Oigo a alguien discutir con Mandel al frente de la columna.

—Más o menos una hora—dice—: pueden estar preparados en una hora.

—Ni hablar de eso —contesta Mandel, y el viento se lleva el resto de sus palabras. Un soldado me aparta a empujones de su camino y acompaña a tres mujeres cargadas con muchos bultos hasta el último carro. Suben y se sientan, al tiempo que se tapan el rostro con el velo. Una de ellas lleva en brazos una niña a la que aúpa encima del cargamento. Los látigos restallan, la columna se pone en marcha, los caballos tiran, las ruedas de los carros crujen. Al final de la columna vienen dos hombres con varas conduciendo un rebaño de una docena de ovejas. A medida que pasan las ovejas crece el murmullo de la multitud. Un joven sale precipitadamente agitando los brazos y gritando: las ovejas desaparecen en la oscuridad, y la multitud se agolpa con un gran clamor. Casi inmediatamente suenan los primeros disparos. Mientras corro tan rápido como puedo entre otros muchos que corren y gritan, retengo sólo una imagen de este ataque inútil: un hombre que forcejea con una de las mujeres del último carro, que le desgarra el vestido, la niña que lo presencia con ojos desorbitados y el pulgar en la boca. Luego la plaza vuelve a quedarse desierta y en sombras, el último carro cruza la puerta, la guarnición se ha marchado.

La puerta permanece abierta toda la noche y pequeños grupos familiares, la mayoría a pie y abrumados por pesados fardos, se apresuran a seguir a los soldados. Y antes del amanecer los pescadores regresan furtivamente, sin encontrar resistencia, trayendo consigo a sus escuálidos hijos y sus miserables posesiones y sus haces de palos y cañas con los que empezar desde el principio la tarea de construir un hogar.


Mi antigua vivienda está abierta. Dentro el aire está viciado. No han limpiado el polvo en mucho tiempo. Las urnas —con las piedras y los huevos y los artefactos de las ruinas del desierto —han desaparecido. Han desplazado los muebles del salón hacia las paredes y han quitado la alfombra. No parecen haber tocado la salita, pero todas las cortinas despiden un olor ocre y cargado.

En el dormitorio han apartado la ropa de la cama del mismo modo en que yo suelo hacerlo, como si yo mismo hubiera seguido durmiendo aquí. El olor de las sábanas sucias es ajeno.

El orinal está medio lleno debajo de la cama. En el armario hay una camisa arrugada con un cerco marrón en el cuello y manchas amarillas bajo las axilas. Toda mi ropa ha desparecido.

Deshago la cama y me tiendo sobre el colchón, esperando que me invada cierto desasosiego, tal vez el espíritu de otro hombre todavía entretenido entre sus olores y desórdenes. Pero no siento nada; la habitación me parece tan familiar como siempre. Con el brazo sobre la cara me sorprendo dejándome vencer por el sueño. Puede que el mundo tal y como es no sea una ilusión, la pesadilla de una noche. Puede que nos despertemos a él ineludiblemente, que no podamos olvidarlo ni prescindir de él. Pero me resulta tan difícil como siempre creer que el final está cerca. Si los bárbaros irrumpieran ahora en esta habitación, sé que moriría tan simple e ignorante como un niño de pecho. Y sería aún más apropiado si me sorprendieran en la despensa con un cuchara en la mano y la boca llena de mermelada de higo escamoteada del último tarro del anaquel: entonces podrían rebanarme la cabeza y arrojarla al montón de cabezas de la plaza luciendo todavía una expresión de sorpresa dolida y culpable por esta irrupción de la historia en el tiempo estático del oasis. Cada cual tendrá el final que se merece. A algunos los cogerán en refugios bajo sus sótanos con los ojos apretados y aferrados a sus objetos de valor. Otros morirán en los caminos sorprendidos por las primeras nieves del invierno. Puede que unos cuantos mueran incluso luchando horca en mano. Después de lo cual los bárbaros se limpiarán el trasero con los archivos del pueblo. Sucumbiremos sin haber aprendido nada. En todos nosotros, en lo más recóndito, parece haber algo granítico e incorregible. Nadie cree realmente, pese a la histeria en las calles, que estén a punto de destruir el mundo de tranquilas certezas en que hemos nacido. Nadie puede aceptar que hombres con arcos y flechas y viejos mosquetes oxidados que viven en tiendas y nunca se lavan y no saben leer ni escribir hayan aniquilado a un ejército imperial. ¿Pero quién soy yo para burlarme de las ilusiones que nos ayudan a vivir? ¿Hay algún modo mejor de pasar estos últimos días que soñando con un salvador que espada en mano disperse a las huestes enemigas y nos perdone los errores que otros han cometido en nuestro nombre y nos conceda una segunda oportunidad de construir nuestro paraíso terrenal? Estoy acostado en el colchón y me concentro en dar vida a mi propia imagen como un nadador que avanza con brazadas uniformes e incansables a través del tiempo, un medio más inerte que el agua, sin olas, ubicuo, incoloro, inodoro, seco como el papel.


© John Maxwell Coetzee, 1980
Titulo original: Waiting for the Barbarians
© Traducción: Concha Manella y Luis Martínez
© Editorial: Debolsillo, 2003
Foto © Micheline Pelletier/Corbis