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2 dic. 2013

Guillermo Boido: Una lectura de Borges desde la ciencia

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Introducción

A fines de 1997, por iniciativa del Centro de Estudios Avanzados de la Universidad de Buenos Aires, un grupo de investigadores pertenecientes en su mayoría al ámbito de las ciencias formales y naturales expusieron en las llamadas “Jornadas sobre Borges y la ciencia”, cada uno desde la perspectiva de su respectiva disciplina, sus puntos de vista acerca de las ideas científicas que subyacen en ciertos textos borgeanos. Sus contribuciones fueron recopiladas en el libro Borges y la ciencia, Buenos Aires, Eudeba, 1999. Me declaro deudor del aporte esclarecedor de aquellos colegas, sin el cual, probablemente, las reflexiones que siguen hubiesen sido mucho más pobres. Debo aclarar, por otra parte, que en esta lectura de Borges desde la ciencia presupongo que el término ciencia se refiere (abusivamente) a las ya mencionadas, en particular a la física y a la matemática.


1. Borges y la dimensión ficcional de la ciencia

En el epílogo de Otras inquisiciones, Borges destaca su tendencia a estimar las ideas religiosas o filosóficas por su valor estético e incluso “por lo que encierran de singular y maravilloso”. No hay razón, por tanto, para que no hiciese lo propio con aquellas ideas científicas que expresan lo que la ciencia tiene de aventura del pensamiento, de empresa que, en su poderosa diversidad, se interna a menudo por los territorios de la paradoja, la belleza y la maravilla. Determinadas teorías o conceptos científicos ofrecen una suerte de tierra fértil para la creación literaria, esto es, una dimensión ficcional a disposición del narrador, el ensayista o el poeta. En tal sentido, la ciencia, y en particular la matemática, ofrece un amplio campo de posibilidades para el ejercicio de “los lúcidos placeres del pensamiento y las secretas aventuras del orden”, los cuales, según Borges, han conformado la admirable opción de Paul Valéry “en un siglo que adora los caóticos ídolos de la sangre, de la tierra y de la pasión”.

El joven Borges fue contemporáneo de algunas de las revoluciones científicas más trascendentes del siglo XX, en particular en lo que respecta a las ciencias formales y naturales: la revisión de los fundamentos de la lógica y la matemática, la teoría de la relatividad, la física cuántica y el desarrollo de la genética moderna datan del primer tercio del siglo. Célebres científicos, como Bertrand Russell, Einstein o Julian Huxley, escribían por entonces o poco después libros de alta divulgación para poner al alcance del profano las nuevas ideas científicas en circulación. Sabemos incluso los títulos de algunos de ellos que Borges, insaciable lector y atento a las novedades de la cultura de su época, sin distinción de fronteras, leyó en distintos momentos de su vida. En múltiples escritos, Borges incursiona por las autorreferencias y las regresiones infinitas de la lógica, los números transfinitos, las series infinitas, la infinita divisibilidad del espacio y el tiempo, la irreversibilidad termodinámica, las simetrías, los universos paralelos, la cosmología, la memoria o la universalidad del azar, temas que, de un modo u otro, son patrimonio de la investigación científica actual. En otras oportunidades su literatura remite también a cuestiones trascendentes para la filosofía de la ciencia: los límites del conocimiento, la verdad y la duda, la causalidad, el orden y el caos, la realidad y la apariencia. Lejos de pretender desmenuzar esta compleja amalgama, en este trabajo me limito a reflexionar, con modestia, acerca de una suerte de interacción que involucra, por una parte, a la escritura borgeana generada por las lecturas científicas de nuestro escritor, y por otra, a la lectura de tales escrituras por sus lectores con un mínimo de formación (o información) científica.


2. Borges: de la lectura a la escritura

Podríamos decir que Borges es un visitante de la ciencia que, a su regreso, nos relata lo que ha visto en el lenguaje del narrador, el ensayista o el poeta. Así, Borges visita la aritmética transfinita de George Cantor y las leyes de la termodinámica y vuelve con “La doctrina de los ciclos”; o la versión matemática de las aporías de Zenón y regresa, por caso, con “Avatares de la tortuga”; o alguna teoría del tiempo en física y nos narra “El jardín de senderos que se bifurcan”. Desde luego, lo hace acompañado por todas aquellas experiencias atesoradas en visitas a otros territorios: los de la filosofía, la magia, la mitología, la historia, la antropología, la teología y tantos otros. (Así, en sus textos sobre las aporías de Zenón, se remite a científicos como Bertrand Russell o Lewis Carroll, pero también a Aristóteles, Platón, Hobbes, Patricio de Azcárate, Stuart Mill, santo Tomás de Aquino, Leibniz, etc., amén de algún improbable filósofo chino.) Dada la enorme cantidad de lecturas de todo orden que ha acumulado Borges y el asombroso poder de su imaginación, no siempre es posible decidir a cuáles territorios hace referencia tal o cual texto, o si ha sido inspirado por tal o cual teoría científica. (Tarea aún más compleja dada la frecuencia con que adjudica a otros lo que en rigor es original y propio.) Sin embargo, en ciertos casos, las ideas científicas recogidas por Borges han sido transmutadas en literatura de manera casi literal, mientras que en otros es posible identificar las fuentes que han nutrido su invención sin demasiada ambigüedad.

De allí que sea posible clasificar estos relatos de viajero en tres grupos, que corresponden a distintas elaboraciones literarias de aquellas geografías científicas que Borges ha visitado. En el primer grupo, el territorio es descrito apelando al ensayo breve que informa, más o menos literalmente, acerca de las maravillas que han descubierto sus lecturas: la exposición de Borges, a su modo, siempre original y brillante, es una suerte de reflexión de alto vuelo en el plano de la divulgación científica, como en su bella e informada refutación del Eterno Retorno por invocación a la segunda ley de la termodinámica. En el segundo grupo, el transfondo científico de una narración o un ensayo puede ser develado por un lector informado a poco que advierta ciertas pistas que Borges, quizás adrede, ha diseminado por aquí y por allá. Se trata de una lectura que podría ser llamada a la Pierre Menard (esto es, de una escritura que corre por cuenta del lector) a la cual contribuye Borges por medio de indicios y guiños al lector versado en ciencias para que éste reconstruya, si lo desea, la geografía científica que Borges ha visitado antes de escribir su texto. Pertenecen a este grupo relatos tales como “El libro de arena”, que convoca a la aritmética transfinita y al cual me referiré luego. Al tercer grupo pertenecen, finalmente, ensayos o relatos que podrían haber tenido o no un referente científico. Aquí Borges no nos ofrece pistas, y la lectura a la Menard del lector corre por su cuenta y riesgo, a solas con el texto y sin la ayuda, el testimonio o el consuelo del autor. Tal es el caso de “La lotería en Babilonia”, que podría remitir, como correlato, a la gradual introducción del azar en la física de los siglos XIX y XX, según ha puesto en evidencia recientemente el físico argentino Roberto Perazzo. El universo de Newton era previsible, nos dice Perazzo, pero hoy, a la luz de la física cuántica, los incesantes y ocultos sorteos de la Compañía son un patrimonio inevitable del mundo. Permítaseme ahora analizar algunos de estos recorridos de Borges por los países de la física y la matemática.


2.1. Borges en la geografía de la física moderna

Mi primer grupo de ejemplos pertenece al ámbito de la física, en particular a la de principios de siglo, en lo referente a las teorías relativista y cuántica. El cosmólogo y astrofísico Héctor Vucetich ha señalado que algunas de estas ideas le han permitido a Borges jugar con el espacio, pero a la vez desarrollar imágenes dramáticas del tiempo: El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río; es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre; es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego. Borges no juega con el tiempo, nos dice Vucetich, porque la segunda ley de la recogidas por Borges han sido transmutadas en literatura de manera casi literal, mientras que en otros es posible identificar las fuentes que han nutrido su invención sin demasiada ambigüedad.

termodinámica afirma la irreversibilidad del tiempo y está en el origen de la impostergable muerte personal. En cambio, el espacio borgeano, con sus prisiones, sus desiertos y sus laberintos, es una suerte de tablero de ajedrez. Escribe Vucetich: “El Aleph anula el espacio; la casa de Asterión lo descompone en corredores, patios y recodos; la biblioteca de Babel lo exalta hasta lo monstruoso; todos, lo niegan. El espacio es una sustancia mental que, como los hrönir de Tlön, pueden modelarse a voluntad del artista.”

En la teoría general de la relatividad, los cuerpos modifican las propiedades del espacio físico (que en realidad es el indiviso espaciotiempo) y la geometría euclideana no se aplica al universo. El universo de Einstein está gobernado por la llamada “geometría elíptica”, en la cual las paralelas invariablemente se cortan y la suma de los ángulos de un triángulo es mayor que 180o. Ésta es la “geometría visual” de Tlön : “Esta geometría desconoce las paralelas y declara que el hombre que se desplaza modifica las formas que lo rodean”. Por su parte, el narrador de “La biblioteca de Babel” sugiere que la biblioteca es ilimitada y periódica, tal como sucede con el universo einsteniano y su geometría elíptica. La llamada “paradoja de los mellizos” ilustra una consecuencia de la teoría de la relatividad : el mellizo A permanece en la Tierra, mientras que B realiza un largo viaje intergaláctico, al cabo del cual, a su regreso, ha envejecido sensiblemente menos que su hermano. Hay reminiscencias de ello en “El milagro secreto”, relato en el cual Dios concede al protagonista, frente al pelotón de fusilamiento, un año para terminar su obra inconclusa, lo cual acontece mientras transcurre solamente un breve instante para sus ejecutores.

La física cuántica describe el comportamiento de las partículas atómicas y subatómicas en términos probabilísticos. Podemos estimar, por caso, qué cantidad de una sustancia radiactiva se habrá desintegrado al cabo de cierto lapso, pero no si en dicho lapso lo habrá hecho determinado átomo individual. Acerca de este último evento, sólo podemos calcular la probabilidad de que acontezca. De acuerdo con la interpretación más difundida de la física cuántica, llamada “de Copenhague”, este carácter azaroso de los fenómenos cuánticos no es inherente a nuestro conocimiento sino al comportamiento mismo de la naturaleza, tesis que algunos grandes físicos, como Einstein y Erwin Schrödinger, se han negado a admitir. En 1935, Schrödinger presentó una objeción a la interpretación de Copenhague, hoy conocida como la “paradoja del gato de Schrödinger”, un experimento mental un tanto truculento que involucra a un gato, una cierta cantidad de material radiactivo y un dispositivo que, al ser alcanzado por la radiación emitida por un átomo al desintegrarse, libera un gas letal que mata al gato. Todo ello se encuentra dispuesto en una caja cerrada, de modo que no podemos saber qué acontece allí dentro. En un lapso determinado, por caso un segundo, tendremos una probabilidad del 50% de que algún átomo se haya desintegrado y una probabilidad del 50% de que no lo haya hecho. En el lenguaje cuántico, esta situación se describe diciendo que el átomo se encuentra en una superposición de dos estados, cada uno con su propia probabilidad. Pero, puesto que no sabemos qué ocurrió dentro de la caja durante ese lapso, se preguntaba Schrödinger, ¿qué podemos afirmar acerca del gato? ¿Acaso se encuentra a la vez vivo y muerto? No interesa aquí la intención crítica de Schrödinger hacia la interpretación de Copenhague, sino las consecuencias (especulativas) que podrían surgir de la misma a propósito de su célebre gato. Podríamos pensar que al cabo de un segundo se han generado dos historias posibles : en una de ellas, el gato muere, en la otra, sobrevive. Ahora la argumentación puede ser reiterada. Una vez transcurridos dos segundos, se habrán generado tres historias posibles: la del gato que muere al cabo de un segundo, la del gato que muere al cabo de dos segundos y la del gato que sobrevive al cabo de dos segundos. Esta secuencia temporal, arborescente, de tiempos e historias paralelas, podría ser extendida indefinidamente. Es la del laberinto temporal del astrólogo Ts’ui Pen, en El jardín de senderos que se bifurcan. Algunos físicos, como Marcelo L. Levinas y Alberto Rojo, han llamado la atención acerca de las notables similitudes entre el tiempo arborescente de Ts’ui Pen y una teoría, publicada en 1957 por Hugh Everett, llamada sugestivamente “la interpretación de los muchos mundos de la mecánica cuántica”.


2.2. Borges en la geografía de la matemática

En mi segundo grupo de ejemplos interviene la matemática, esa ciencia que, con palabras de Borges, no se contrapone con la imaginación sino que se complementa con ella “como la cerradura y la llave”. Sabemos que una recta se extiende indefinidamente hacia un lado y el otro de la misma : está conformada por infinitos puntos. ¿Cuál es el primer punto de la recta? No existe tal punto. ¿Cuál es el último? Tampoco existe. Indiquemos ahora sobre la recta cuatro puntos cualesquiera, A, B, C y D, en ese orden. ¿Cuántos puntos hay entre A y D? Infinitos. ¿Cuántos hay entre A y C? Infinitos. También hay infinitos puntos entre A y D, y así sucesivamente. Por pequeño que sea el segmento que consideremos, habrá en él infintos puntos. Entre dos puntos cualesquiera de la recta hay infinitos otros.

Ahora bien, tal como sucede en una regla graduada, los puntos de la recta pueden ser numerados. A un punto cualquiera le corresponderá el cero ; hacia un lado de la recta habrá puntos correspondientes a números tales como 1, 2, 3, 4... ; hacia el otro, puntos correspondientes a números tales como -1, -2, -3, -4... Tendremos además otros puntos intermedios a los que les corresponderán números tales como 2,5, 7,34 ó -3, 28, o bien el conocido número π = 3,1415... Por decirlo así, cada número “habita” en su correspondiente punto : no hay punto sin número ni número sin punto. Estos números, que permiten numerar todos los puntos de la recta, son llamados números reales. Por tanto, las preguntas anteriores acerca de los puntos de la recta pueden ser reformuladas ahora en términos de números reales. ¿Cuántos números reales hay ? Tantos como puntos : infinitos. ¿Cuál es el primer número real ? No existe tal número. ¿Cuál es el último ? Tampoco existe. ¿Cuántos números reales hay entre 0 y 3? Infinitos. ¿Cuántos hay entre 0 y 1,5 ? Infinitos. También hay infinitos números reales entre 0 y 1, y así sucesivamente. Por pequeño que sea el intervalo numérico que consideremos, habrá en él infinitos números reales. Entre dos números reales cualesquiera hay infinitos otros.

Un libro corriente de 120 páginas está foliado por medio de un conjunto finito de números naturales : 1, 2, 3, 4, .... 120. Pero el borgeano libro de arena no es un libro corriente. El conjunto (infinito) de páginas que lo integran ha sido foliado con el conjunto (infinito) de números reales. Así lo da a entender el relato : “Me dijo que su libro se llamaba el libro de arena, porque ni el libro ni la arena tienen ni principio ni fin.” Y también: “Apoyé la mano izquierda sobre la portada y abrí [el libro] con el dedo pulgar casi pegado al índice. Todo fue inútil : siempre se interponían varias hojas entre la portada y la mano. Era como si brotaran del libro”. Y también : “El número de páginas de este libro es exactamente infinito. Ninguna es la primera, ninguna es la última.” ¿Serán, me pregunto, los granos de arena del relato una metáfora de los puntos de la recta? Probablemente.

Pero a lo antedicho podemos agregar algo más. En distintos textos, por caso en “La אּdoctrina de los ciclos”, Borges expone la teoría de los conjuntos infinitos del gran matemático alemán George Cantor (1845-1918). Cantor fue capaz de desarrollar una aritmética de los conjuntos numéricos infinitos, en la cual los (infinitos) números del conjunto se consideran como un todo. En esta aritmética tan alejada del sentido común y la intuición, se asigna a cada conjunto infinito un tipo de número llamado transfinito. Se trata, sin duda, de una clase de objetos matemáticos que nada tienen que ver con los modestos números naturales que empleamos en la vida diaria para contar, pues no podemos contar los elementos de un conjunto infinito. En la teoría de Cantor, a cada conjunto numérico infinito le corresponde un número transfinito, y el que le corresponde al conjunto de los números reales se llama אּ (alef). Hay אּ números reales. Hay אּ puntos en la recta. Y el libro de arena tiene, exactamente, אּ páginas.

El efecto devastador de estos relatos que Borges ha hecho crecer en el suelo fértil de la matemática radica en su materialización de las entidades matemáticas. Las extrae del mundo de la abstracción o de su hábitat platónico y las inserta en nuestro mundo cotidiano, en el cual tales entidades no tienen cabida, y de allí que sean inconcebibles. Cantor fue criticado en su época por considerar al infinito numérico como un todo (dicho con reminiscencias aristotélicas, un infinito no potencial sino actual), pero los alef con los que opera hoy el matemático son, si se quiere, triviales : los alef se suman, se multiplican, etc. En cambio el alef de Borges, materializado en un sótano de la calle Garay, en el que se dan cita la localización y la simultaneidad de todo suceso, es decir, la divinidad, es monstruoso. En el mundo real, las páginas de un libro no son carentes de espesor, es decir, poseen tres dimensiones, y por ello el espesor del libro de arena sería infinito, es decir, no sería un libro. En el relato de Borges lo es, y por eso se presenta como un “objeto de pesadilla”. El autor logra superponer aquí, magistralmente, la condición ideal del “libro matemático” con su contrapartida material. Lo logra también cuando hace reflexionar al protagonista acerca del riesgo que supondría quemar el libro de arena, porque el espesor del libro conformaría una masa de papel igualmente infinita, y su combustión inundaría de humo no sólo el planeta, como afirma Borges, sino también el universo todo.

Esta invasión de entes matemáticos en el mundo real, suerte de trayecto inverso al de Alicia cuando atraviesa el espejo, está presente también en otros relatos. En “El disco”, Borges arranca el círculo euclideano del plano, lo lanza a un espacio tridimensional, lo materializa y lo convierte en el disco de Odín, que tiene un solo lado. En esas condiciones, el comportamiento del círculo lo convierte en otro objeto monstruoso. A veces, sin embargo, la pesadilla resulta de la súbita inadecuación de la matemática para describir el mundo real. Para un matemático, la afirmación “2+2=4” es tautológica, necesariamente verdadera, porque “2+2” y “4” son distintos nombres para designar un mismo número. Por el contrario, la afirmación “2 manzanas + 2 manzanas = 4 manzanas”, que se refiere al mundo físico, es contingente : nos dice que si reunimos dos manzanas con otras dos manzanas obtendremos un conjunto de cuatro manzanas. El resultado no es necesario desde el punto de vista lógico, pero, desde luego, nuestra sorpresa sería mayúscula si al agregar dos manzanas a otras dos manzanas obtuviésemos un conjunto de tres o de cinco manzanas, pues confiamos en la validez de las generalizaciones inductivas (siempre que hemos reunido dos pares de objetos hemos obtenido cuatro objetos) o bien en la conocida afirmación de Galileo de que el libro de la naturaleza está escrito en caracteres matemáticos. Sin embargo, tal cosa no sucede en el relato de Borges “Tigres azules”, en el que, por ejemplo, nueve discos, al ser divididos, pueden resultar en seiscientos. Lo aterrador del comportamiento de estos discos no resulta de una refutación de la matemática, inmaculada en su olimpo conceptual o platónico, en el que 2+2 será siempre igual a 4, sino de la constatación de que se ha roto la legalidad de un mundo expresable en términos matemáticos, tesis en la que descansan las ciencias físicas, y por tanto la conversión de un orden natural en otro quizás inaccesible para nosotros o bien en un impredecible caos.


3. Borges: de la escritura a la lectura

Pero la fascinación de Borges por aspectos de la ciencia de su tiempo encuentra su contrapartida en aquélla que provoca en sus lectores de formación científica. Como cualquier otro lector, un científico puede apreciar narraciones como “El sur” o “La intrusa”, pero no es aventurado conjeturar que su aprecio por los textos borgeanos será mayor ante escritos tales como “El jardín de senderos que se bifurcan”, “La biblioteca de Babel” o “La lotería en Babilonia”. Este particular interés puede ponerse en evidencia señalando las numerosas citas de Borges que, a modo de analogías o metáforas que remiten a determinadas facetas de la ciencia, aparecen en trabajos científicos recientes. El bioquímico Alberto Boveris ha explorado este punto con el recurso a los Citation Index, publicación periódica estadounidense que ofrece citaciones de un par de miles de revistas internacionales de primer orden, con rigurosos controles en cuanto a referato. Comprueba que, entre 1975 y 1994, Borges es citado 54 veces, una cifra que, seguramente, se incrementaría si se tuviesen en cuenta libros (en particular los de referencia, en donde los autores gozan de mayor libertad en cuanto a reflexión y especulación), publicaciones de alta o mediana calidad ignoradas por el Index, etc. Boveris estima que en tal caso el número de citaciones se multiplicaría por una cifra comprendida entre 5 y 10, es decir, entre 270 y 540 citaciones en el período de veinte años considerado.

Permítaseme agregar, a una serie de ejemplos que señala Boveris, una reciente constatación personal en el libro Representar e intervenir, del filósofo de la ciencia Ian Hacking. Al referirse a los problemas que plantea el realismo científico, el autor rechaza aquella imagen de Galileo (ya mencionada) según la cual Dios escribió un libro de la naturaleza para que nosotros podamos leerlo con el recurso a la matemática. Citando a Leibniz, Hacking afirma que Dios maximizó la variedad de fenómenos y, a la vez, escogió las leyes naturales más simples, pero la consecuencia de ello es que las leyes han de ser inconsistentes unas con otras, es decir, que cada una tiene un contexto en el que se aplica pero ninguna es aplicable a todo. A esto llama Hacking una fantasía argentina: Dios no escribió un solo libro de la naturaleza sino una biblioteca, en la cual cada libro, inconsistente con todos los otros, no es redundante, pues permite la comprensión y la predicción en un contexto determinado del mundo físico, mas sólo en él. Dios, en suma, nos dice Hacking, habría escrito una biblioteca de la naturaleza cuya estructura no es otra que la de la biblioteca de Babel.

¿Por qué la fascinación de los lectores científicos ante ciertos textos borgeanos que presuponen alguna referencia, mediata o inmediata, al pensamiento científico? Si determinados aspectos de la ciencia han creado una tierra fértil para el crecimiento y la maduración de la imaginación de Borges, el lector científico no puede menos que interrogarse acerca de los frutos que el escritor ha cosechado. Pero éste es sólo el comienzo de una respuesta. Algunas de ellas remiten al carácter fragmentario y ensayístico de la obra de Borges como una suerte de expresión literaria de nuevos paradigmas científicos, como el del caos, al parecer surgidos de la crisis de la modernidad, lo cual convertiría a Borges en una suerte de filósofo de la ciencia antipositivista. Más sencillas son las razones que invoca el biofísico y escritor Marcelino Cereijido : “Hay un metabolismo social del conocimiento, que comienza con los artistas, sigue con los ensayistas y, para cuando la ciencia toma un problema para tratar de explicarlo, ya ha pasado mucha agua debajo de los puentes”. La ficción borgeana, nos dice Cereijido, trata con territorios que quedan más allá del límite entre orden y caos. Borges viaja al fondo del mito y de la historia y regresa con aquellos cabos sueltos abandonados por la “estampida de la razón“. Por otra parte, hace estallar el carácter disciplinar y la parcelación de la realidad que impone la ciencia moderna, y en cierto modo propone una convergencia en la que hoy están empeñados muchos científicos. Esta respuesta de Cereijido me resulta completamente satisfactoria.

Es interesante constatar que, en ciertos casos, los lectores científicos invaden el territorio de la creación borgeana con sus propios instrumentos profesionales y ejercen una suerte de colaboración con el autor ampliando el texto escrito por Borges, es decir, extraen consecuencias inesperadas que el propio autor no había previsto. (Como pocas, la obra de Borges se presta admirablemente a ello.) Esta celebración de la lectura, multiplicadora de textos, me parece, hubiese contado con la aprobación entusiasta de quien escribió una biografía no autorizada de Tadeo Isidoro Cruz, ignoraabierto al azarda por José Hernández. Consideremos nuevamente, por caso, la singular conformación del libro de arena. ¿Es posible abrir el libro en una página determinada? Abrir un libro normal cuyas páginas están numeradas de 1 a 100 en la página 55 es sencillo : se trata de partir (con los dedos) el conjunto de páginas en dos subconjuntos. Basta un par de tentativas para lograrlo. A la derecha del lector se tendrá el subconjunto de las páginas comprendidas entre la 55 y la 100; a la izquierda, el de las páginas comprendidas entre la 1 y la 54, el número natural anterior a 55. Pero en el libro de arena, si bien existe la página 55, no existe la página anterior a la 55. La inexistente página debería corresponderse con un número menor que 55, pero, sea cual fuere el número menor que 55 que escogiésemos, habría infinitos otros números entre él y 55. El libro de arena podría ser abierto al azar pero la probabilidad de encontrar, por tanteo, la página 55, es nula. Nunca podríamos hallar de ese modo una página determinada. Para volver aún más imposible esa tarea Borges distribuye los folios del libro de manera aleatoria, es decir sin respetar el orden en que se presentan los números reales : a la página 32 puede subseguir la 500 000 y a ésta la 3,4. El libro de arena se vuelve así todavía más misterioso. Además, ¿de que serviría un índice del libro de arena, tan infinito como el propio libro? ¿Y qué decir, por caso, si el comportamiento de los misteriosos discos de “Tigres azules” se extendiera a toda la realidad ? Deberíamos abandonar el lenguaje matemático como gramática del mundo físico. El libro de la naturaleza ya no estaría escrito en caracteres matemáticos, aunque podría estarlo, por ejemplo, en caracteres musicales. De ser así, tal vez podríamos fundar una nueva física en la cual el conocimiento se expresara por medio de una serie de partituras musicales y las clases o exposiciones públicas sobre el orden natural obligaran a la utilización, por caso, de un clavicordio.

Esta indagación acerca de las características de los “objetos literarios” creados por Borges a partir de sus propias lecturas científicas admite otras modalidades. Estimar las dimensiones de objetos literarios no es asunto nuevo. A fines del siglo XVI, Galileo dictó en la Academia florentina una conferencia sobre la estructura, la ubicación y el tamaño del infierno de Dante, en la que propuso una topografía del mismo a partir de rigurosas consideraciones geométricas. Para calcular las dimensiones de los sucesivos círculos infernales infirió previamente, según la información que proporciona Dante, el tamaño del mismísimo Satanás, que resultó ser un gigante de más de un kilómetro de altura. Leonardo Moledo ha hecho algo similar con la biblioteca de Babel, biblioteca que, por contener todos los libros que resultan de combinar un número finito de símbolos, es enormemente vasta pero no infinita. El número de libros allí presentes es de 101 836 800 , es decir, un uno seguido de 1 836 800 ceros. Si estos libros se acomodaran de tal modo de conformar una compacta esfera, ésta tendría un tamaño enormemente mayor que la del universo según las estimaciones cosmológicas actuales: la biblioteca de Babel no cabría en el universo. Tiene razón Moledo cuando afirma que, en vista de estas dimensiones, Borges ha construido el objeto literario de mayor tamaño de toda la historia de la literatura. Pero permítaseme ahora una especulación personal : ¿cuántas bibliotecas de Babel caben en el libro de arena? Puesto que la cantidad total de folios de los libros almacenados en la biblioteca es un número muy elevado pero finito, habrá lugar en el libro de arena para todos esos folios y aún para los folios de otra biblioteca de Babel, y para los de otra, y los de otra... y así interminablemente. En el libro de arena caben infinitas bibliotecas de Babel. (Borges así lo sugiere en la nota al pie de página con la cual finaliza “La biblioteca de Babel”, con una pertinente referencia al matemático Bonaventura Cavalieri.)

En otros casos, finalmente, el texto borgeano actúa como una suerte de test proyectivo que permite reflexionar acerca de ideas científicas recientes (seguramente desconocidas por Borges) quizás desde una perspectiva novedosa. El biólogo uruguayo Eduardo Mizraji lo expone de este modo: “La obra de Borges parece un misterioso espejo en el que nuestras ideas o nuestras incertidumbres se reflejan de modo tal que, contraviniendo las leyes usuales de la reflexión, nos son devueltas con más nitidez y brillo. La enorme inteligencia de Borges, la fuerza de su pensamiento, introdujeron en sus escritos un complejísimo material que posee el poder de reconfigurar, precisar y enriquecer ideas confusas y desdibujadas que a veces los científicos tenemos en nuestra mente cuando vamos a sus textos”. A propósito de los recientes estudios sobre las bases biológicas de la memoria, nos recuerda Mizraji que un signo de nuestra identidad humana es poder abreviar, conceptualizar, es decir, hacer que la realidad sea aprehensible por medio de su capacidad de condensar la complejidad del mundo en unidades simples. Podemos pensar porque nuestra memoria es imperfecta. Una memoria minuciosamente perfecta es incompatible con la conceptualización y por ende con el pensamiento, que sólo es posible a condición de que el cerebro humano pueda llevar a cabo olvidos estratégicos de aquello que es levemente diferente. Tal es la imposibilidad y el amargo drama de Funes (“mi memoria, señor, es como vaciadero de basuras”) pero también la desmesura de los cartógrafos que, en “Del rigor en la ciencia”, diseñan un inútil mapa del imperio del tamaño del imperio. El espejo de estos textos devuelve a Mizraji una reflexión ética : la desmesura de la información, inabarcable para la mente humana, insinúa hoy un “mundo de pesadilla” que bien podría ser el nuestro a breve plazo. Ello es así en virtud de la casi infinita potencialidad de las bases de datos computarizadas que, a modo de un Funes colectivo y planetario, todo lo almacenan. Es nuestra responsabilidad, concluye Mizraji, impedir que los cartógrafos del imperio sean nuestra realidad futura.


4. A modo de conclusión: Borges y las dos culturas

Alguna vez será necesario analizar con las herramientas críticas pertinentes la naturaleza y posibilidades de lo que he llamado la dimensión ficcional de la ciencia, que tanto ha subyugado y subyuga a los maestros de la ciencia ficción, pero también, por caso, a Stanislaw Lem o a Italo Calvino. De llevarse a cabo este proyecto, una tarea multidisciplinaria que incluiría necesariamente la participación de científicos, me atrevo a afirmar que Borges será no sólo un referente ineludible en materia de producción literaria sino también que en sus escritos encontraremos las claves para encarar la empresa. Pero para ello habrá que superar esa perniciosa fragmentación cultural característica de los tiempos modernos, en particular aquella que sitúa a la ciencia, la literatura, el arte o la filosofía en compartimientos estancos. Nuestra condición de especialistas acentúa la feudalización del conocimiento y la expresión al trágico costo de una lamentable mutilación cultural. La cosmología y la astrofísica tratan sobre el universo, asunto que debería importar a todo aquél que siente que no vive en una cáscara de nuez, mientras que la poesía sitúa a los hombres con relación a sus límites: la poesía no descubre galaxias, pero, a la vez, no hay ciencia del amor o la muerte. No es asunto de jerarquías sino de modos distintos de convivir con la condición humana, indispensables ambos. Al fin de cuentas, tales indagaciones, la del cosmólogo y la del poeta, parecen satisfacer una necesidad común: probar que somos infinitos, aunque los infinitos con los que tropezamos, paradójicamente, acaben no sólo por no colmarnos sino que nos revelan nuestra esencial finitud. El abismo con el que trata la cosmología del físico nos destina la indiferencia, no menos que el que descubre la poesía cuando ésta nos sumerge en el absurdo, por omisión, por ausencia, por las voces del silencio que convoca. Decía Antonio Porchia : No descubras, que puede no haber nada. Y nada no se vuelve a cubrir. ¿Debo aclarar que, cada uno a su modo, el cosmólogo y el poeta se atreven a descubrir, a riesgo de que, para nosotros, no haya nada?

La creatividad, el sentido de la belleza, el recurso a la intuición, la especulación y la fantasía son patrimonios comunes del artista y el científico, aunque el pensamiento de éste deba ceñirse a ciertos controles metodológicos que necesariamente limitan el alcance de sus afirmaciones. Bertrand Russell, a propósito de Einstein, escribe que las teorías de éste “emergen como una imprevista intuición imaginativa, como le sucede a un poeta o a un compositor musical”. El propio Einstein afirmaba que un hallazgo científico presupone previamente alcanzar “un estado emotivo que se asemeja al de un hombre profundamente religioso o al de un enamorado”, a la vez que mencionaba haber sido perseguido por visiones mientras reflexionaba sobre problemas científicos irresueltos. (La visón de “un hombre montado en un rayo de luz” lo habría conducido a la teoría especial de la relatividad.) El químico Kekulé halló la solución al problema de la estructura teórica de la molécula del benceno luego de haber soñado con cadenas de átomos que en el sueño se manifestaban como serpientes en incesante movimiento. Términos tales como "simplicidad", "belleza" y “armonía” aparecen con frecuencia en los escritos de muchos científicos como criterios estéticos de verdad. El astrónomo Johannes Kepler, fuertemente influido por el hermetismo renacentista, adhirió al sistema de Copérnico invocando exclusivamente la “arrebatadora belleza” de la teoría heliocéntrica, con la cual su autor pretendía restablecer la armonía que Platón, siglos atrás, había exigido de la astronomía. Para Paul Dirac, uno de los mayores físicos del siglo XX, "es más importante la belleza de nuestras ecuaciones que su ajuste experimental". Dicho de otro modo, el camino hacia las teorías científicas transita muchas veces por territorios similares a los que suele visitar el artista, como señalaba Saint-John Perse en su célebre discurso de recepción del premio Nobel.

Al comienzo de esta exposición mencioné una cita de Borges a propósito de Valéry, aquél que ha practicado “los lúcidos placeres del pensamiento y las secretas aventuras del orden”. Pertenece a “Valéry como símbolo”, un texto incluido en Otras inquisiciones. El símbolo es el de un hombre “infinitamente sensible a todo hecho y para el cual todo hecho es un estímulo que puede suscitar una infinita serie de pensamientos”. ¿Cómo no pensar en el propio Borges, de quien Rodríguez Monegal ha dicho que todo lo que lee se convierte en escritura? Al considerar los ingredientes filosóficos, religiosos o científicos que enriquecen su obra (convertidos, desde luego, en literatura) sabemos que estamos en presencia de esa clase de raros escritores que Boris Vian caracterizaba diciendo que no levantan muros entre ellos y los distintos ámbitos del conocimiento. Me parece que la explícita decisión de Borges de rechazar una concepción feudal de la cultura es otra lección del maestro que sus lectores, de una buena vez, deberíamos aprender.



Publicado en L. Fleming (comp.), El Universo de Borges
Secretaría de Cultura de la Nación, Buenos Aires, 1999
Fuente foto (s/d)

2 oct. 2013

Ilya Prigogine: El papel creativo del tiempo

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El binomio orden-desorden suscita hoy en día numerosas confrontaciones culturales, como señala un texto de Jean Starobinski escrito en ocasión de los Encuentros Internacionales de Ginebra de 1983, cuyo tema era precisamente Orden y desorden. Dice Starobinski: «Hoy no existe ningún campo —ciencias físicas, humanas, creación artística, instituciones jurídicas, vida económica, debates políticos— cuyos problemas no parezcan apelar a las nociones antagonistas del orden y del desorden, o a aquéllas, más flexibles pero no por ello menos antinómicas, del equilibrio y del desequilibrio. Todo nos lleva a creer que estas nociones son indispensables para interpretar el conjunto de las realidades que se presentan en nosotros o en tomo a nosotros». En realidad, el interés por los problemas de orden y desorden no es reciente: lo encontramos en científicos, filósofos y poetas. Pensemos, por ejemplo, en los Cahiers de Paul Valéry, donde se encuentran numerosas anotaciones, algunas muy profundas, sobre el desorden.


Los aspectos del orden y del desorden son múltiples; algunos son estrechamente científicos, otros se refieren a problemas epistemológicos y filosóficos. Aquí tomaremos en consideración sobre todo los aspectos científicos, es decir, los progresos realizados en la descripción de los fenómenos de orden y de desorden en física y en química.

¿Cómo caracterizar el momento científico en que vivimos hoy? Indudablemente la ciencia conoce nuevos desarrollos en los campos más diversos, pero parece también encontrarse ante una encrucijada: el mundo, ¿es termodinámico o mecánico? Hace algunas decenas de años, esta pregunta habría tenido esta respuesta: el mundo es esencialmente mecánico, la termodinámica tiene un papel secundario. Ahora la respuesta sería más incierta: se han realizado los descubrimientos de las partículas elementales inestables, algunos descubrimientos en cosmología, y todos los del campo de la física del no-equilibrio de los que querría hablar brevemente.

Empecemos preguntándonos qué es lo que caracteriza el pensamiento mecánico, dinámico. Sustancialmente es el intento de aislar un sistema, de considerarlo independientemente del resto del universo. Hay un aspecto importante que debe ser tomado en consideración: los sistemas dinámicos no son nunca estables. Por ejemplo, cuando un cuerpo pasa cerca de la Tierra, la trayectoria de nuestro planeta queda modificada, desplazada, y ya no vuelve a la situación precedente. Por el contrario, cuando corremos, el corazón acelera los latidos, pero después de haber descansado, reemprende el ritmo inicial. Hay pues una diferencia: en el caso del corazón, tenemos un comportamiento estable, mientras que en el caso de la dinámica hay una forma de inestabilidad. ¿Cómo es en cambio la descripción termodinámica? Se la podría definir como de tipo global: coloca un sistema en su ambiente. La descripción termodinámica introduce además la idea de estabilidad: los matemáticos hablan de estabilidad asintótica. Por el segundo principio de la termodinámica, en efecto, los fenómenos irreversibles conducen a una producción positiva de entropía. Si se perturba un sistema aislado en equilibrio, vuelve después al equilibrio. En el mundo de los fenómenos disipativos se pueden despreciar las perturbaciones, en el mundo de la dinámica no.

De este modo identificamos rápidamente el nexo entre disipación y orden. Si no hubiese estabilidad, el mundo cambiaría de continuo, por lo que no podría existir ninguna organización estable de las estructuras, por ejemplo la de las estructuras biológicas. Por tanto la irreversibilidad es un factor muy relevante.

Se puede plantear el problema de un modo aún más general. Hace aproximadamente 2.500 años, Aristóteles había analizado ya el problema del tiempo (Física, ∆ 11, 219b 1-2): había advertido que el tiempo era la medida del movimiento en la perspectiva del antes y del después. Y es esto lo que todavía hacemos hoy: medimos el tiempo con relojes que tienen un movimiento periódico.

Pero, ¿qué es lo que señala el antes y el después? Aristóteles no contestó a esta cuestión. Se preguntaba si no sería el alma la que contase, si no seríamos nosotros los que daríamos la perspectiva del antes y del después, y si de alguna manera no seríamos nosotros mismos los responsables de la existencia de la irreversibilidad en el mundo, como piensan todavía muchos físicos. Pero los desarrollos del estudio de los fenómenos irreversibles nos dan ahora una perspectiva radicalmente distinta. Comprobamos que los fenómenos irreversibles conducen a nuevas estructuras y, desde el momento en que aparecen nuevas estructuras como consecuencia de la irreversibilidad, ya no nos está permitido creer que somos los responsables de la aparición de la perspectiva del antes y del después. Ahora tenemos una visión del tiempo distinta: ya no podemos pensar, con Einstein, que el tiempo irreversible es una ilusión.

Un ejemplo sencillo, la inestabilidad de Bénard, me permitirá ilustrar lo que quiero decir. La inestabilidad de Bénard se verifica en un estrato líquido calentado por debajo; superado cierto valor umbral se crean corrientes de convección, que resultan de la interacción de no-equilibrio entre el flujo de calor y la gravitación. Es interesante destacar que cada celda de convección comprende una cantidad de moléculas del orden de 1021, un número enorme de partículas. El no-equilibrio crea por tanto la coherencia, permitiendo a las partículas interactuar a larga distancia. Me gusta decir que la materia en proximidad al equilibrio es «ciega», porque cada partícula «ve» solamente las moléculas que la rodean; mientras que en una situación alejada del equilibrio se producen las correlaciones de largo alcance que permiten la construcción de los estados coherentes y que hoy encontramos en numerosos campos de la física y de la química.

La observación próxima de estos fenómenos es rica en implicaciones. En la inestabilidad de Bénard podemos observar por ejemplo un estrato caliente superpuesto a un estrato frío. O bien corrientes de convección dotadas de estructuras coherentes que van por ejemplo de derecha a izquierda, o viceversa. Estas estructuras rompen la simetría euclideana del espacio.

En el equilibrio o cerca del equilibrio, todos los puntos que yacen sobre un mismo plano tienen las mismas propiedades. Lejos del equilibrio aparecen zonas de quiralidad opuesta. Ha habido pues una ruptura de la simetría del espacio del mismo modo que, en los fenómenos temporales, el fenómeno irreversible provoca la ruptura de la simetría del tiempo.

Pero hay más. Si repetimos este experimento en otro momento, las corrientes de convección pueden salir distintas. La situación no está determinada: en la descripción de estos fenómenos emerge un elemento casual.

Sabemos que la mecánica cuántica ha introducido el azar en la física. Sin embargo, el azar sólo entraba en juego a nivel microscópico, y algunos han sacado la conclusión de que, a nivel macroscópico, el azar resultaría eliminado por la ley de los grandes números. Pero ahora vemos que no es así: el azar permanece esencial incluso a nivel macroscópico.

Cerca del equilibrio siempre es posible linealizar, mientras que lejos del equilibrio tenemos una no-linealidad de los comportamientos de la materia. No-equilibrio y no-linealidad son conceptos ligados entre sí. Tenemos de esta manera nuevos estados físicos de la materia, nuevos comportamientos. Las ecuaciones no-lineales tienen muchas soluciones posibles y por consiguiente una multiplicidad, una riqueza de comportamientos que no se pueden encontrar cerca del equilibrio.

La existencia de estos estados que pueden transformarse el uno en el otro introduce por tanto un elemento histórico en la descripción. Parecía que la historia estuviese reservada a la biología o a las ciencias humanas, y sin embargo la vemos aparecer hasta en la descripción de sistemas extremadamente sencillos, y éste es un hecho de alcance general.

También en estos casos la estructura, la forma del espacio, son distintas en el interior y en el exterior del sistema. Podemos decir, en cierto sentido, que la irreversibilidad crea una diferenciación: el interior del sistema resulta distinto del exterior, exactamente como el interior de un sistema viviente tiene una estructura y una composición química completamente distinta a la del mundo exterior.

El ejemplo de la inestabilidad de Bénard no es un caso aislado: en los últimos diez años se ha observado también la aparición de estructuras de no-equilibrio en campos distintos al de la hidrodinámica, y en particular en la química. Sólo si hay algún fenómeno autocatalítico o transcatalítico, sólo si hay reacciones que amplifican los fenómenos cinéticos, se pueden encontrar estas estructuras. Uno de los hechos sorprendentes ha sido notar que las reacciones periódicas no son la regla; además de éstas, hay también reacciones de comportamiento muy irregular. Se habla entonces de caos químico.

Hasta ahora los ejemplos han sido extraídos de la hidrodinámica o de la química. Antes de pasar a la biología, quisiera añadir algo sobre los mecanismos matemáticos de formación de estas estructuras. Estas aparecen más allá del punto llamado de bifurcación y pueden romper las simetrías preexistentes.
La biología nos ha puesto delante del siguiente hecho: las moléculas con quiralidad levógira son mucho más numerosas que las moléculas con quiralidad dextrógira. ¿Por qué? Sucede muy a menudo que no hay una simetría perfecta. Hay alguna imperfección que permite selecciones extremadamente precisas, que permite resultados reproducibles incluso cuando la relación señal-ruido es muy baja.

Tomemos un ejemplo: ¿cómo hace una planta para conocer la llegada de la primavera? La verdad es que la temperatura, como la luz, varía mucho de la mañana a la tarde o del día a la noche; pero de todo este ruido, emerge una pequeña señal que la planta es capaz de captar. Así comenzamos a entender cómo esta señal puede ser amplificada.

Esta previsión ha sido verificada experimentalmente en sistemas sencillos en fechas muy recientes. No es imposible que se llegue a los que podrían definirse como transistores químicos, capaces de amplificar las señales procedentes del mundo externo. Un descubrimiento de este tipo abriría seguramente inmensas posibilidades tecnológicas. No se trataría de interruptores muy rápidos, pero sí de interruptores sensibilísimos.

Pero volvamos a la biología, un mundo donde estas amplificaciones y estas estructuras de no-equilibrio son moneda corriente. Se las encuentra casi en todas partes, y en particular en la química de los enzimas. Un famoso ejemplo es el de las amebas llamadas acrasiales: viven aisladas, pero en el momento en que tienen hambre, se agregan en un «organismo» único que después emigra hacia un ambiente más favorable. Este mecanismo de agregación está ligado al gradiente de concentración de una sustancia llamada AMP cíclico, producida por un enzima y que después se difunde en el ambiente. Nos encontramos ante un fenómeno de amplificación: la presencia del enzima en el ambiente activa el mecanismo que produce el AMP cíclico; de esta manera se emiten ondas que son amplificadas y que dan lugar a magníficas formas geométricas.

Todos éstos son ejemplos muy sencillos. Sólo muy recientemente los biofísicos y los químicos se han interesado en los casos en que los mecanismos de retroacción son múltiples. Un sistema puede presentar dos o más mecanismos de amplificación: por esta razón serán posibles más tipos de ciclo-límite, más ritmos —se habla de birritmicidad o polirritmicidad— y este fenómeno, previsto teóricamente hace tres o cuatro años, ha sido verificado en el campo de la bioquímica y de la química inorgánica.

Son situaciones donde el sistema adopta ritmos distintos según cuáles sean las condiciones.

La irreversibilidad conduce por tanto a la autonomía: cambios extremadamente débiles en el medio externo pueden llevar a comportamientos internos completamente distintos, abriendo la posibilidad de que el sistema se adecué al mundo externo. Todo esto corresponde a una definición de la vida: la vida no se nutre solamente de química, sino que en cierto modo ha incorporado la gravitación, el campo electromagnético, etcétera.

Uno de los aspectos en los que querría entretenerme es el de la estabilidad ligada a la irreversibilidad. Tomemos un péndulo: si no hubiese rozamiento, continuaría oscilando hasta el infinito. En cambio el movimiento se atenúa y llega al reposo: se dice que es un punto atractor, un ejemplo de estabilidad asintótica. Pero la sorpresa de estos últimos años es el descubrimiento de que un punto atractor no es un ejemplo representativo.

Está el caso un poco más complejo, no de un único punto atractor, sino de una curva cerrada que traduce un comportamiento periódico. Se ha descubierto hace poco que el punto atractor es, a menudo, un conjunto de puntos, y que el sistema es atraído primero por un punto, después por otro, y todavía por otro. Se habla entonces de un atractor extraño.

Los atractores extraños pueden poblar de manera más o menos densa líneas, superficies, volúmenes. Pueden tener dimensiones que no se expresan con números enteros, porque se distribuyen densamente en el interior de volúmenes o de superficies. Se denominan fractales, porque su dimensión (en el sentido de la geometría) no es un número entero. Con los atractores fractales uno puede esperar comportamientos muy irregulares, caóticos, y continuas fluctuaciones. Pero, nos podemos preguntar: los fenómenos caóticos que observamos, ¿son de naturaleza fractal o más bien de la naturaleza de los juegos de azar?

Cuando juego a la ruleta, puedo haber jugado mil veces, y jugar la mil y una vez, pero la situación es cada vez nueva, no queda nada del pasado. Mientras que cuando tengo un sistema dinámico, incluso el carácter casual es el resultado del propio sistema dinámico. Lo que siempre me impresiona es que en la naturaleza se encuentra estabilidad donde se espera encontrar variedad, y se encuentra variedad allí donde en cambio se espera estabilidad. Comprobamos, por ejemplo, que el mundo está hecho de partículas de materia, pero, ¿por qué no de antimateria? ¿Por qué la materia es tan abundante y la antimateria tan escasa? ¿Por qué hay tantas moléculas de quiralidad levógira y tan pocas moléculas de quiralidad dextrógira? Y del mismo modo, allí donde pensamos encontrar estabilidad, encontramos en cambio variedad, como en el caso del clima: durante largos períodos la energía recibida del Sol ha sido prácticamente constante, y sin embargo se verifican enormes variaciones climáticas. ¿Qué quiere decir todo esto? El problema está siendo examinado hoy por varios grupos de investigadores, entre ellos el nuestro, y haré un esbozo de algunos de los resultados conseguidos. En el caso del clima, conocemos el pasado a través de la serie temporal, por ejemplo la secuencia de las temperaturas. Esta secuencia presenta enormes variaciones. Lo que nos preguntamos es si estas variaciones son debidas a un juego de azar, como la ruleta, o nos encontramos ante un atractor extraño parecido a los que he citado antes.

En los últimos años los matemáticos han empezado a desarrollar métodos para distinguir entre estas dos situaciones. La idea de fondo es que, si la temperatura forma parte de un sistema con cierto número de variables, entonces, eliminando estas variables, la temperatura pasa a formar parte de una ecuación diferencial de enésimo orden. Dando el valor de una variable, así como el de sus sucesivas derivadas hasta el orden n-1, la ecuación determina la derivada enésima. Se puede también tomar el valor de la temperatura en un instante determinado y en momentos sucesivos hasta obtener una secuencia. Estudiando después el comportamiento de esta secuencia, se observa que en presencia de un atractor extraño las secuencias se colocan en zonas con cierta dimensionalidad. Sin entrar en los detalles de los cálculos matemáticos, podemos destacar que el interés fundamental, independientemente del modelo climático concreto, reside en el hecho de que ahora podamos afirmar que la información contenida en un millón de años de temperaturas puede ser simulada en un sistema con cuatro ecuaciones diferenciales no-lineales. ¿Cuáles son las cuatro variables que producen este atractor? Nada sabemos: podemos hacer la hipótesis del campo magnético, de la cantidad de oxígeno, de la posición de la trayectoria terrestre. Pero sabemos que no se trata de un juego de azar, que en la base de la enorme complejidad existente en las fluctuaciones de las temperaturas hay un determinismo complejo. Esta complejidad, reflejada por el atractor, explica la inestabilidad del clima: la menor perturbación proveniente del mundo externo o de fluctuaciones internas puede hacer oscilar de un clima frío a un clima cálido y viceversa.

Si esta formulación «funciona» para el clima, ¿por qué no intentar aplicarla a otro fenómeno complejo, a las fluctuaciones del potencial eléctrico del cerebro? Se puede aplicar a la neurofisiología el mismo método usado para el clima, es decir, estudiar el potencial eléctrico sucesivo en función del potencial eléctrico precedente. Lo que se observa es que para un individuo en estado de vigilia, el carácter casual es enorme: a un valor dado puede corresponderle otro valor cualquiera. En el sueño profundo, en cambio, la situación es mucho menos casual.

Podemos, por tanto, intentar analizar la diferencia entre vigilia y sueño desde el punto de vista de los atractores extraños. Parece que el sistema neurofísiológico es un sistema altamente inestable que sigue funcionando durante el sueño como un sistema dinámico muy complejo. El propio Valéry escribe: «El cerebro es la inestabilidad misma». Pero, ¿qué sucede cuando se pasa del estado de sueño al de vigilia? No tenemos todavía suficientes datos, pero emergen claramente dos hechos: en primer lugar, la dimensionalidad aumenta y el sistema se hace más complejo. En segundo lugar, no se trata ya de un sistema dinámico cerrado: en estado de vigilia, miramos, observamos, y estas observaciones hacen que el sistema ya no sea completo, cerrado sobre sí mismo, sino que contenga elementos nuevos venidos del mundo externo. En el estado de vigilia hay una aportación continua de la experiencia.

No soy neurofisiólogo, pero estoy fascinado por el hecho de que se haya encontrado en el cerebro una actividad de base altamente inestable, como en el caso del clima. El mundo externo permite polarizar esta actividad de base en una dirección u otra y llegar a la actividad cognitiva.

Se nos puede preguntar ahora si la autonomía del tiempo no desarrolla un papel muy importante en la evolución biológica. ¿Cuál es el papel del tiempo? Tenemos el tiempo astronómico, el tiempo de la dinámica, y dado que dentro de nosotros se desarrollan continuamente reacciones químicas, tenemos también un tiempo químico interno. Pero el tiempo químico es un tiempo pobre, que solamente existe mientras se alimenta la reacción. Con la vida, la situación cambia radicalmente; con la inscripción del código genético tenemos un tiempo interno biológico que prosigue a lo largo de los miles de millones de años de la vida misma, y este tiempo autónomo de la vida no sólo se transmite de una generación a otra, sino que su mismo concepto se modifica. Se produce un perfeccionamiento evolutivo que evoca la historia de los ordenadores: una generación sucede a la otra y permite realizar el mismo tipo de operaciones en tiempos cada vez más breves. Podemos llamarlo un perfeccionamiento cuantitativo. Pero parece también claro —todavía se están recogiendo los datos— que en el curso de la evolución biológica ha cambiado la cualidad del sistema dinámico, con un aumento de complejidad que tiende hacia sistemas altamente inestables (un ejemplo es el cerebro de los primates, cuya inestabilidad permite amplificaciones y polarizaciones en cualquier dirección).

Aquí también vemos la irreversibilidad en acción, en la autonomía de los seres que tienden a hacerse cada vez más independientes del mundo externo.

Esta complejidad y esta autonomía encuentran, a mi parecer, el mejor ejemplo en el tiempo musical. En cinco minutos mecánicamente medidos de una composición de Beethoven hay tiempos más lentos, acelerados, vueltas atrás, premisas de lo que sucederá a continuación, todo esto en los cinco minutos del tiempo astronómico.

Es esta preparación para la complejidad y la autonomía del tiempo musical lo que vemos emerger en el transcurso de la evolución y que podemos comprender como la historia de los atractores. Por este motivo he centrado mi conferencia en la noción de atractor, desde el ejemplo más trivial, el rozamiento, a los atractores complejos de la neurofisiología y del clima.

He dicho que la vida ha creado el tiempo, pero esto ha podido suceder gracias a la creación de las biomoléculas. En realidad, la probabilidad de las secuencias de polímeros es extremadamente distinta cerca del equilibrio y lejos del equilibrio: cerca, sería nula, lejos, se hace apreciable. Se puede por tanto decir que las biomoléculas son moléculas orgánicas cuya simetría ha sido rota por la irreversibilidad (de hecho hay que leer las biomoléculas en cierto orden, de izquierda a derecha, tal como se lee este texto). Esta ruptura de la simetría espacial es la expresión de la ruptura de simetría entre pasado y futuro. En todos los fenómenos que observamos, vemos el papel creativo de los fenómenos irreversibles, el papel creativo del tiempo.

En la concepción clásica, la irreversibilidad estaba ligada a la entropía, y ésta a su vez a una probabilidad. Pero, ¿cómo se entendía la probabilidad? Para los que, como Boltzmann, habían tenido la idea de expresar la irreversibilidad a través de una probabilidad, la respuesta era evidente: la probabilidad nacía de nuestra ignorancia de las trayectorias exactas. De manera que la irreversibilidad es la expresión de nuestra ignorancia.

Hoy, ante el papel creativo de los fenómenos irreversibles, esta concepción no puede sostenerse: de lo contrarío estaríamos obligados a atribuir las estructuras que observamos a nuestra ignorancia. Es verdad que la ignorancia es madre de muchas desgracias, pero se hace muy difícil atribuirle el poder de creamos. Tenemos pues que superar la tentación de la ignorancia, como hemos superado la tentación de explicar la mecánica cuántica por las variables ocultas.

Entonces, ¿cuál es el camino? Hoy sabemos que en los sistemas dinámicos inestables, la noción de trayectoria pierde su sentido: dos puntos, tan próximos como queramos, se alejarán exponencialmente, según un número llamado «exponente de Lyapunov». La inestabilidad destruye el carácter de las trayectorias y modifica nuestros conceptos de espacio-tiempo. Einstein ya había reconocido explícitamente que los problemas del espacio-tiempo y de la materia estaban relacionados. Ahora debemos ir más allá, entender que la estructura del espacio-tiempo está ligada a la irreversibilidad, o que la irreversibilidad expresa también una estructura del espacio-tiempo.

El mensaje del segundo principio de la termodinámica no es un mensaje de ignorancia, es un mensaje sobre la estructura del universo. Los sistemas dinámicos que están en la base de la química, de la biología, son sistemas inestables que se dirigen hacia un futuro que no puede ser determinado a priori porque tenderán a cubrir tantas posibilidades, tanto espacio, como tengan a su disposición.

Tenemos que examinar el sentido del segundo principio: en vez de un principio negativo, de destrucción, vemos emerger otra concepción del tiempo. La física clásica había producido solamente dos nociones de tiempo: el «tiempo-ilusión» de Einstein, y el «tiempo-degradación» de la entropía. Pero estos dos tiempos no se aplican a la situación actual. En sus primeros instantes, el universo, todavía muy pequeño y muy caliente, era un universo de equilibrio. Ahora se ha transformado en cambio en un universo de no-equilibrio. La misma existencia de materia y no de antimateria es prueba de una ruptura de simetría. La mecánica, que trata de puntos materiales, se ocupa en realidad de una de las manifestaciones de la irreversibilidad. No habría puntos materiales, no habría objetos en un universo en equilibrio. La evolución del universo no ha sido en la dirección de la degradación sino en la del aumento de la complejidad, con estructuras que aparecen progresivamente a cada nivel, de las estrellas y las galaxias a los sistemas biológicos.

Los hay que creen saber que el porvenir del universo sólo podrá ser una repetición suya, según la idea de que el tiempo no es más que una ilusión; o bien consistirá en una inevitable decadencia, debida al agotamiento de los recursos, como prevé la termodinámica clásica. La realidad del universo es más compleja: a tiempos largos y a nivel cosmológico están implicadas tanto la gravitación como la entropía, y el juego de la gravitación y la entropía está muy lejos de haber sido aclarado. Se puede ya pensar a partir de ahora que, una vez aclaradas estas relaciones más complejas, la idea de llegar a saber si el universo se reproducirá indefinidamente, o bien se degradará hasta desaparecer por disipación, aparecerá demasiado simplista. La dialéctica entre la gravitación y la termodinámica puede generar muchas posibilidades, y después de algunos siglos de física llegaremos a una situación más razonable, que tenga en cuenta la complejidad que nos rodea.

No podemos prever el porvenir de la vida, o de nuestra sociedad, o del universo. La lección del segundo principio es que este porvenir permanece abierto, ligado como está a procesos siempre nuevos de transformación y de aumento de la complejidad. Los desarrollos recientes de la termodinámica nos proponen por tanto un universo en el que el tiempo no es ni ilusión ni disipación, sino creación.


Conferencia dada en Milán el 24 de octubre de 1984, en el ámbito del Progetto cultura de Montedison
Incluida en El nacimiento del tiempo
Título original: La nascita del tempo
Ilya Prigogine, 1988
Traducción Josep María Pons
Foto: Ilya Prigogine en 1977 © Pierre Vauthey/Sygma/Corbis

12 sept. 2013

Mario Bunge: Filosofía y Psicología

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Algunos conceptos filosóficos que intervienen en la Psicología

Considérense las siguientes oraciones tomadas casi al azar. Déjese de lado la cuestión de si son verdaderas o falsas, y concéntrese la atención en los conceptos clave que figuran en ellas. De hecho, un análisis de la negación de los enunciados que siguen arrojaría el mismo resultado, a saber, que los psicólogos emplean conceptos filosóficos aun cuando no siempre lo adviertan. 

1. Todos los procesos mentales son procesos neurofisiológicos.
2. Todos los vertebrados superiores son capaces de tener procesos mentales.
3. Todos los seres humanos son animales sociales y aprenden los unos de los otros.
4. Todas las funciones mentales cambian en el curso del desarrollo individual y de la evolución de las especies, al cambiar las conexiones neuronales.
5. Lejos de ser mutuamente independientes, las funciones mentales constituyen un sistema funcional.
6. La psicología contemporánea es una ciencia, si bien no es independiente ni madura.
7. La psicología clínica y la psiquiatría auténticas y eficaces se fundan en alguna medida sobre la investigación psicológica, del mismo modo que el charlatanismo psicoterapéutico o psiquiátrico se basan en psicologías seudocientíficas.
8. Los hallazgos de la investigación psicológica son trozos de conocimiento contrastable acerca de vertebrados superiores, en particular seres humanos.
9. Algunas teorías psicológicas comprenden conceptos borrosos, tales como los de inteligencia, conciencia, id (ello) y proyección. 
10. El comportamiento humano satisface no sólo leyes naturales sino también ciertas normas o convenciones morales o legales, y actualiza ciertos valores.

Identifiquemos los términos filosóficos que figuran en las oraciones precedentes. Ante todo, los conceptos universales «todo» y «alguno», así como «o» e «y» (o la coma), se estudian en lógica. Lo mismo vale para «son» y para los conceptos de inferencia y de teoría. Ahora bien, lalógica es parte de la filosofía, así como de la matemática. Puesto que el psicólogo emplea conceptos lógicos, y puesto que la lógica es la única ciencia que no presupone a ninguna otra, la psicología presupone a la lógica. Esto no implica que todos los psicólogos siempre razonen correctamente. Sólo sugiere que si desean hacerlo, y si desean efectuar análisis lógicos correctos, deberían prestar alguna atención a la lógica.

Los conceptos «acerca de» (o «se refiere a») y «borroso» (referente a conceptos) pertenecen a la semántica, vecina de la lógica. Lo mismo se aplica a los conceptos de significado y verdad. El hecho de que estos conceptos y sus parientes se presenten con frecuencia en el discurso del psicólogo no implica que éste deba estudiar semántica, tanto más por cuanto no existe una teoría semántica generalmente aceptada. Sin embargo, debería tener en cuenta que todas las teorías psicológicas plantean algunos problemas semánticos. En particular, debería preguntarse si ciertas oraciones tienen sentido, si la verdad es alcanzable al menos en alguna medida (pese a los «posmodernos»), o si ciertas oraciones representan hechos o bien son definiciones, tautologías o fórmulas de la matemática pura.

Los conceptos de proceso, ley, sistema y evolución, que también figuran en nuestra lista, son muy generales: no son propiedad exclusiva de alguna ciencia especial. Otro tanto ocurre con los conceptos de espacio y tiempo, de causalidad y azar, de vida y mente, de comportamiento y sociedad. Estos y muchos otros conceptos se analizan y sistematizan en la ontología (o metafísica), una de las ramas más antiguas de la filosofía. Naturalmente, el psicólogo no tiene por qué convertirse en ontólogo profesional. Sin embargo, no le vendría mal aprender algo de ontología, por ejemplo, cuando se pregunte acerca de la diferencia entre cosa y función, realidad y apariencia, tiempo psicológico y tiempo físico, o causalidad y azar.

Los conceptos de conocimiento, ciencia, seudociencia, y contrastabilidad pertenecen a la gnoseología (o «teoría» del co-nocimiento), otra rama de la filosofía. Idem los de hipótesis, confirmación, error, inducción, racionalidad y límites del conocimiento. Puesto que tanto los psicólogos como los filósofos se interesan por el conocimiento, sería deseable que trabasen conocimiento entre sí. En particular, podría ocurrir que los psicólogos encontrasen interesante (o irritante) leer lo que han escrito los epistemólogos acerca del alcance de la inducción y la función de la deducción.

Finalmente, los conceptos de valor y norma (o regla) se estudian en axiología («teoría» de valores) y ética. Es sabido que ambos son centrales en la psicología del desarrollo y la psicología social, en particular la psicología del desarrollo moral. Pero también es sabido que son conceptos problemáticos que exigen reflexión metódica.

Hemos probado, pues, la tesis de que la psicología y la filosofía comparten algunos conceptos que, por añadidura, son importantes y son estudiados especialmente por filósofos. A continuación demostraremos que la psicología y la filosofía también comparten algunos principios.


Algunos principios filosóficos inherentes a la investigación psicológica

Someto a consideración de los lectores la tesis de que todos los principios filosóficos que enunciaré a continuación son adoptados por algunos, quizá casi todos, los investigadores en psicología científica. Aun cuando sólo algunos de estos principios obrasen en la investigación psicológica, ello bastaría para demostrar nuestra tesis de que la psicología contiene principios filosóficos, tanto más por cuanto la negación de éstos probaría lo mismo.

1. Muchos hechos, en particular hechos de tipo mental, son cognoscibles, aunque sólo sea parcialmente, imperfectamente y gradualmente.
2. Un animal (en particular un ser humano) puede conocer un objeto concreto sólo si ambos pueden conectarse mediante señales que el primero puede detectar y descifrar («interpretar»).
3. La experiencia ordinaria (o la intuición) es necesaria pero insuficiente para entender sistemas complejos tales como el ser humano y la sociedad humana: para ello también debemos valernos de la observación, del experimento y de la teoría.
4. La observación y el experimento deberían ser guiados por la teoría, y a su vez ésta debería ser puesta a prueba por datos observacionales o experimentales.
5. En las ciencias, la descripción es necesaria pero insuficiente: también deberíamos intentar explicar, a fin de entender. Igualmente, deberíamos hacer predicciones, tanto para contrastar nuestras hipótesis como para planear nuestros actos.
6. Explicar un proceso mental de una manera profunda y com-probable es poner al descubierto su(s) mecanismo(s) neurofisiológico(s).
7. Las hipótesis programáticas imprecisas, de la forma «La variable y depende de la variable x», así como las correlaciones estadísticas, no son resultados finales de la investigación. A lo sumo son puntos de arranque de proyectos de investigación y guían la búsqueda de leyes.
8. La psicología es una ciencia, no una rama de las letras, y es tanto biológica como sociológica (o sea, es una ciencia socionatural).
9. Las fronteras entre los diversos capítulos de la psicología son algo artificiales (o arbitrarias) y variables. Esto se debe a que cada uno de dichos capítulos estudia funciones específicas de una parte de un único sistema nervioso.
10. Es deshonesto inventar datos, proponer deliberadamente conjeturas incomprobables, publicar textos incomprensibles y utilizar psicoterapias o tratamientos psiquiátricos que no han sido convalidados experimentalmente.

No disponemos de lugar para defender o atacar estos principios, tarea que he acometido en otros lugares. Lo único que importa por el momento es que esas proposiciones y sus negaciones son filosófico-científicas porque a) contienen conceptos filosóficos y científicos, b) pertenecen a la filosofía (o metateoría) de la psicología y c) son adoptadas (o rechazadas explícitamente) por investigadores en psicología.


Algunos problemas filosóficos-psicológicos

Confeccionaremos ahora una lista de problemas que, por ser extremadamente generales y por referirse a la mente, al com-portamiento, o a la ciencia de ambos, son tanto filosóficos como psicológicos.

1. ¿Qué es la mente: un ente inmaterial, una colección de pro-gramas, o una colección de procesos cerebrales, o acaso ninguno de éstos?
2. ¿Están relacionados la mente y el cuerpo? Si lo están, ¿cómo? ¿Son lo mismo o diferentes? Si lo primero, ¿cómo se explica que los describamos con ayuda de predicados tan diferentes? Si lo segundo, ¿son cosas, o la una es función del otro al modo en que la digestión es función del aparato digestivo?
3. ¿Puede la mente dominar o controlar al cuerpo? Si sí, ¿cuál es el mecanismo en juego?
4. ¿Hay fenómenos psicosomáticos? Si los hay, ¿son ejemplos de la misteriosa acción del alma inmaterial sobre el cuerpo, o pueden explicarse, al menos en principio, como procesos neuroendocrinoinmunes?
5. La emoción, el conocimiento (en particular la percepción y el aprendizaje), la voluntad y la acción ¿Son mutuamente independientes o interactúan? Si lo segundo, ¿cómo?
6. ¿Cómo cambian las emociones, ideas, recuerdos, imágenes e intenciones: por acción de estímulos externos (en particular sociales), por la dinámica cerebral o por ambos?
7. El libre albedrío ¿es real o ilusorio? Y ¿somos esclavos de nuestro genoma, de pasiones incontrolables, o de circunstancias externas?
8. La psicología ¿es idiográfica (limitada a particulares), no-motética (legal) o ambas a la vez?
9. La psicología ¿es una ciencia natural, social, o mixta?
10. La psicología básica o pura ¿es ajena a los valores y moralmente neutral? Y ¿qué sucede a este respecto con la psicología clínica, la psicología aplicada a la publicidad y a la política, la neurología y la psiquiatría?

Estos problemas están situados en la intersección de la psicología con la filosofía, puesto que contienen conceptos científicos y filosóficos. Por consiguiente, sólo pueden ser tratados con competencia con ayuda de herramientas y hallazgos de ambas disciplinas.


Controversias filosóficas en Psicología

Puesto que los psicólogos utilizan conceptos y principios filosóficos, y abordan problemas de interés filosófico, no debería sorprender que adopten posturas filosóficas y ocasionalmente se vean envueltos en controversias filosóficas (aunque no siempre bajo este rubro). Sin embargo, la mayoría de los científicos rehuyen la controversia y no se detienen a examinar en profundidad o detalle sus propios credos filosóficos. Los positivistas y Karl R. Popper les han dicho que la ciencia y la filosofía no se solapan, y Thomas S. Kuhn ha sostenido que la controversia es más típica de la teología que de la ciencia.

Una consecuencia común de esta despreocupación por la filosofía explícita es la incoherencia entre teoría y práctica. Por ejemplo, Hermann von Helmholtz, uno de los fundadores de la psicología fisiológica, declaró su adhesión a Kant, quien había negado la posibilidad de la psicología experimental. Y Wilder Penfield, quien tanto hizo por renovar la psicología fisiológica y por confirmar la hipótesis de la identidad psiconeural, conservó el credo dualista y religioso que aprendió de niño. En resumen, la filosofía explícita de un psicólogo puede ser incompatible con la filosofía tácita inherente a su investigación experimental. Algunas controversias científico-filosóficas se originan precisamente en tales choques entre creencias tácitas y creencias explicitas.

He aquí algunas de las principales controversias filosóficas que se desarrollan en la comunidad psicológica contemporánea:

1. ¿Existe el mundo exterior al sujeto, o todo lo que hay es una construcción mental? En otras palabras, el sujeto ¿construye la realidad circundante o la modela? (Éste es parte del problema ontológico y gnoseológico del realismo.)
2. ¿Hay pautas psicológicas objetivas (leyes), o todos los fenó-menos son accidentales? (Éste es parte del problema ontológico de la legalidad, y del problema gnoseológico de distinguir las pautas objetivas de las proposiciones que las representan.)
3. El psicólogo ¿debería limitar su labor matemática a unir puntos experimentales y a calcular correlaciones y otros parámetros estadísticos, tales como promedios y varianzas, tal como lo exige el credo positivista? ¿O también debería arriesgarse a proponer explicaciones causales, probabilistas o mixtas? (Este problema es tanto metodológico como ontológico.)
4. Las teorías y modelos psicológicos ¿representan hechos mentales de manera más o menos fiel, o son meras metáforas, analogías o incluso trucos retóricos? (Éste es un miembro de la clase de problemas gnoseológicos referentes a la relación entre ideas y hechos.)
5. Las ideas científicas ¿son procesos en mentes (o cerebros) individuales, son construcciones (p. ej., convenciones) sociales, o planean por encima de la gente? (Este problema es parte del problema ontológico mente-cerebro.)
6. ¿Puede haber hipótesis científicas verdaderas, al menos aproximadamente, o sólo hay convenciones aceptadas por la comunidad científica del día o impuestas por «el poder»? (Éste es parte del problema gnoseológico del realismo.)
7. El idealismo y el positivismo ¿están realmente muertos en psicología? Si siguen teniendo adherentes, ¿cumplen alguna función creadora, o son sólo limitantes? (Este problema es parte de la cuestión de identificar y evaluar las filosofías que subyacen a las diversas escuelas psicológicas. En particular, es parte del problema de diagnosticar y evaluar el retorno al subjetivismo, el relativismo y el irracionalismo a la moda en la filosofía y la sociología de la ciencia.)
8. ¿Puede rescatarse algo del naufragio del conductismo y del psicoanálisis? Y ¿tiene algo que enseñar la psicología «hu-manística» o de sillón?
9. ¿Deberíamos prescindir totalmente de las llamadas «grandes teorías» (o teorías de dominio muy amplio)? ¿O deberíamos admitirlas a condición de que puedan ser especificadas y contrastadas empíricamente? (Éste es el problema metodológico del tipo de teoría psicológica que deberíamos favorecer.)
10. Los modelos matemáticos ¿pueden capturar la variabilidad, mutabilidad y sutileza de la experiencia subjetiva? (Este problema es parte del problema semántico y metodológico de la relación de la matemática con la realidad.)

Cada una de estas preguntas ha sido contestada afirmativamente por unos y negativamente por otros. El propósito de recordarlas aquí no es averiguar cuál es la respuesta fundada y correcta. El propósito es mostrar que la ciencia, al igual que la ideología (en particular la teología), no está libre de controversias. Lo que si es verdad, contrariamente a lo que afirma Popper, es que la discusión y la crítica son secundarias con respecto al descubrimiento, la invención y la contrastación. El motivo salta a la vista: para poder discutir una idea o ponerla a prueba hay que empezar por pensarla. También es cierto que, a diferencia de lo que sostiene la nueva sociología de la ciencia, las disputas científicas, a diferencia de las ideológicas, pueden conducirse de manera racional y pueden dirimirse honestamente a la luz de datos empíricos y argumentaciones lógicas.


Relevancia de la Psicología para la Filosofía

Afirmar que la psicología y la filosofía se solapan parcialmente equivale a decir que son mutuamente pertinentes. En particular, la investigación seria en la filosofía de la mente (rama de la ontología) y en la filosofía de la psicología (capítulo de la epistemología) requiere algún conocimiento de la psicología científica contemporánea.

Sin embargo, en la actualidad la mayor parte de los filósofos de la mente y de los filósofos de la psicología (entre ellos Chomsky, Davidson, Dennett, Fodor, Kripke, Popper, Putnam, Searle y los secuaces de Wittgenstein) se rehúsan a enterarse de la existencia misma de la psicología contemporánea, en particular la biopsicología. Imitan así a los escolásticos que se negaban a mirar por el telescopio de Galileo. Hacen gala de ignorancia voluntaria y de arrogancia intelectual. Para una persona con orientación científica, esta actitud anticientífica es intelectualmente irresponsable y estéril, cuando no enemiga del progreso.

Con todo, convendrá poner a prueba esta opinión echando un vistazo a una muestra de problemas filosófico-psicológicos.

El más importante de estos problemas es, por supuesto, el antiguo problema mente-cerebro y, en particular, la cuestión de si los procesos mentales son neurofisiológicos. Los tradicionalistas sostienen a priori que tal reducción ontológica de lo mental a lo neural es imposible, simplemente porque la descripción de los fenómeno mentales en lenguaje ordinario no contiene predicados neurofisiológicos. Pero pasan por alto los datos suministrados por la psicología fisiológica, la neurolingüística y la neurología. Y no se les ocurre que tampoco la descripción en lenguaje ordinario de las cosas de uso cotidiano contiene predicados propios de la física y de la química.

Por añadidura, los críticos de la hipótesis de la identidad psiconeural no analizan el concepto de reducción. En particular no advierten que una reducción puede ser ontológica (M = N), gnoseológica (M se explica por N) o ambas. Ejemplos de la primera: la memoria es un engrama, y el olvido es la destrucción de un engrama. Ejemplo de la segunda: las deficiencias motrices y cognoscitivas que sufre el paciente se deben a que sufrió un derrame cerebral.

Sin embargo, la tesis ontológica de la reducibilidad de lo mental a lo neurofisiológico es inherente a la totalidad de la biopsicología. Es más, puede mostrarse que tal reducibilidad ontológica es compatible con la tesis de que la psicología no es totalmente reducible a la neurofisiología. Esto se debe a que a) los procesos neurales son influidos por las circunstancias sociales, y b) la psicología emplea conceptos, hipótesis y técnicas propios, que van más allá de la biología. En resumen, toda discusión seria del problema mente-cerebro exige alguna familiaridad con la psicología fisiológica contemporánea, así como con algunos conceptos técnicos de la filosofía moderna.

Otro viejo problema filosófico-psicológico es el de la intimidad de la experiencia subjetiva. Hasta hace unos años la única manera de averiguar qué «pasaba por la cabeza» de un sujeto era preguntándoselo. Pero este procedimiento no es confiable debido a la posibilidad de engaño, en particular de autoengaño. Además es incompleto, porque se limita a procesos conscientes que ocurren durante la vigilia. Los indicadores fisiológicos de actividad mental, en particular las técnicas de visualización (imaging) de la actividad cerebral inventados en años recientes, en particular el procedimiento de resonancia magnética (MRI), han dado acceso público, crecientemente amplio y profundo, a procesos cognoscitivos y afectivos que otrora se creían fuera del alcance experimental.

Por ejemplo, ahora podemos «ver» en una pantalla si un sujeto está viendo o imaginando, calculando o tomando una decisión. Y no hay argumento filosófico válido contra la posibilidad de mejorar tales técnicas, al punto de que algún día sea posible «leer» las emociones, las imágenes, los sueños y los pensamientos más íntimos de una persona. En una palabra, la subjetividad se ha tornado tema de investigación objetiva. Esto asusta tanto como maravilla. ¡Se acabó la intimidad!

Nuestro tercer y último ejemplo es la cuestión de si los ordenadores pueden imitar en todo a los cerebros. En el curso del último medio siglo, los filósofos funcionalistas, junto con la mayoría de los psicólogos cognoscitivos de fe computacionista y expertos en inteligencia artificial, han venido afirmando categóricamente la identidad esencial de cerebros y ordenadores, o de mentes y programas.

Esta afirmación no sólo ignora las limitaciones de los ordenadores y programas actuales, algunas de las cuales serán sin duda superadas. También ignora las objeciones siguientes: a) a diferencia de los ordenadores, los seres humanos pueden plantear problemas, dudar, criticar, creer, y autoprogramarse; b) a diferencia de los chips de ordenadores, las neuronas pueden actuar espontáneamente (en ausencia de estímulos), pueden ganar y perder dendritas y botones sinápticos, y pueden autoensamblarse en formas impredictibles; c) muchos procesos mentales, quizá la mayoría, no son combinatorios ni algorítmicos; d) el conocimiento, aunque distinguible de la motivación y de la emoción, es inseparable de éstas, y e) la existencia de modelos matemáticos de algunas funciones mentales no implica que el lego calcule todo lo que hace. (Paralelo: las ondas electromagnéticas se propagan conforme a las ecuaciones de Maxwell sin saberlo.)

En conclusión, quienquiera que desee atacar los problemas de la naturaleza de la mente y de la psicología debería empezar por informarse de lo que está pasando en la psicología contemporánea y, en particular, en su avanzada: la biopsicología. No hacerlo es dar muestra de conservadurismo, pereza o incluso deshonestidad intelectual. Además, es una pérdida de tiempo.


Conclusión

Hemos mostrado que la psicología y la filosofía comparten algunos conceptos, principios y problemas. También hemos visto que la psicología contemporánea está siendo sacudida por ciertas controversias científico-filosóficas, o sea, que interesan a ambos campos. De esta manera hemos demostrado nuestra tesis de que la psicología y la filosofía no son independientes entre si. En otras palabras, se solapan parcialmente. Si se solapan, no están divididas por una frontera. Y, puesto que la psicología es una ciencia, se sigue en general que no hay frontera entre ciencia y filosofía. (La misma tesis se demuestra examinando las relaciones de la filosofía con cualquier otra disciplina científica.)

Por consiguiente, la búsqueda de un criterio de demarcación entre la ciencia y la filosofía, que ha ocupado tanto al empirista Rudolf Carnap como al racionalista Karl R. Popper, es vana. Y si esta búsqueda es vana, podemos sospechar que se origina en concepciones erradas tanto de la ciencia como de la filosofía. Esta es una de las razones por las cuales el autor no ha podido seguir a Carnap ni a Popper, y ha debido emprender su propio camino, construyendo un sistema filosófico racioempirista, naturalista y sistémico, que espera sea compatible con la ciencia contemporánea [véanse los ocho tomos de M. Bunge, Treatise on Basic Philosophy].

Otro motivo de nuestra discrepancia con los positivistas y los popperianos es que ninguno de ellos cree en la relevancia de la neurociencia para la psicología. En efecto, ni siquiera están enterados de la existencia de la biopsicología ni, en particular, de que ésta es propulsada por la hipótesis de la identidad psiconeural. Una de las moralejas de esta historia es que los epistemólogos deberían estar al día con la ciencia si desean promover el avance de la ciencia en lugar de obstaculizarlo.

En resumen, los psicólogos no pueden esquivar a la filosofía porque nadan en ella. Sólo tienen la libertad de optar entre una filosofía correcta y fértil, o falsa y estéril. Sin embargo, los psicólogos no deberían limitarse a consumir filosofía y a hacerla clandestinamente: también deberían filosofar explícitamente y, en particular, deberían intervenir activamente en el debate sobre el problema mente-cerebro. La filosofía es demasiado importante para dejarla a cargo de filósofos prisioneros de doctrinas indiferentes a la ciencia cuando no hostiles a ella.



En Ser, Saber, Hacer
Mexico-Buenos Aires, Paidos, 2002
Fuente foto de Susana Fernández y reportaje