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24 abr. 2012

Gilbert K. Chesterton: El suicidio del pensamiento

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George Bernard Shaw, Hilaire Belloc and Gilbert Chesterton in conversation

Las frases callejeras no solamente son vigorosas, sino también sutiles: porque una figura de lenguaje con frecuencia puede llegar a ser demasiado simple para prestarse a definición. Frases como "fuera de uso", o "fuera de tono", podrían haber sido acuñadas por el señor Henry James, en una agonía de precisión verbal. Y no hay verdad tan sutil como aquella de la cotidiana frase sobre el hombre que tiene el corazón bien puesto. Abarca una idea de proporción normal; no sólo existe una cierta función, sino que también esa función está correctamente relacionada con otras funciones. Por cierto que lo opuesto de esa frase, describi-ría con gran exactitud, la piedad y la ternura, en cierta forma morbos, de los modernos más representativas. Si por ejemplo tuviera que describir con sinceridad el carácter del señor Ber-nard Shaw, no podría expresarme más exactamente que diciendo que, posee un corazón generoso y heroicamente amplio, pero no es un corazón bien puesto. Y eso mismo ocurre con la sociedad típica de nuestro tiempo.

El mundo moderno no es malo; en cierto modo el mundo moderno es demasiado bueno. Está lleno de feroces y malgastadas virtudes. Cuando se perjudica una empresa religiosa (como se perjudicó el Cristianismo con la Reforma) no es solamente de confusión espléndida; es algo brillante y sin forma, al mismo tiempo llamarada y mancha. Pero el círculo de la luna es tan claro e inconfundible, tan periódico e inevitable como el círculo de Euclides sobre un pizarrón. Porque la luna es completamente razonable; es la madre de los lunáticos, y a todos ellos les ha dado su nombre a causa de los vicios desencadenados. Los vicios, por cierto se desencadenan y se extienden y causan perjuicios. Pero las virtudes también andan desencadenadas; y las virtudes se extienden más desenfrenadas y causan perjuicios más terribles. El mundo moderno está lleno de viejas virtudes cristianas que se volvieron locas. Enloquecieron las virtudes porque fueron aisladas unas de otras y vagan por el mundo solitarias.

De ahí que algunos cientistas se preocupan por la verdad; y su verdad es despiadada, y de allí que algunos humanistas se preocupan sólo de la piedad y su piedad. (lamento decirlo) frecuentemente es falseada. Por ejemplo: el señor Blatchford ataca al cristianismo porque está loco por una virtud cristiana; la puramente mística y casi irracional virtud de la caridad. Tiene la extraña idea de que facilitará el perdón de los pecados, diciendo que no hay pecados que perdonar. El señor Blatchford es no solamente uno de los primeros cristianos; es el único de los primeros cristianos que realmente mereció ser comido por los leones. Porque en su caso, la acusación pagana es verdadera: su misericordia significa anarquía. En realidad, por ser tan humano, es enemigo de la raza humana. Como extremo opuesto podríamos tomar al realista agriado, que deliberadamente mató en sí todo placer humano, con fábulas alegres o con el endurecimiento del corazón. Torquemada, torturaba físicamente a la gente, en bien de la verdad moral. Zola tortura a la gente moralmente, en bien de la verdad física. Pero en tiempos de Torquemada, por lo menos existía un sistema que hasta cierto punto permitía que la rectitud y la paz se besaran. Ahora, ambas no se saludan ni con una inclinación de cabeza.

Pero podríamos encontrar un caso mucho más concluyente que estos dos de la piedad y de la verdad, en la sorprendente dislocación de la humanidad.

Aquí sólo nos concierne tratar de un aspecto de la humildad. Por mucho tiempo, humildad ha significado una restricción de la arrogancia e infinitud del apetito del hombre. Del hombre que siempre estaba aventajando a sus misericordias con el continuado invento de necesidades nuevas.

Su propia capacidad de goce destruía la mitad de sus goces. Procurándose placeres, perdió el placer principal; porque el principal placer es la sorpresa. De ahí resulta evidente que si el hombre quiere hacer amplio a su mundo, él debe estar siempre haciéndose pequeño. Aún las ciudades más encumbradas y los pináculos inclinados por su propia altura, son creaciones de la humildad. Los gigantes que derriban montes como si fueran pasto, son creaciones de la humildad. Las torres que se pierden en lo alto por encima de la estrella más solitaria en su lejanía, son creaciones de la humildad. Porque las torres no son altas sino cuando las miramos desde abajo; y los gigantes no son gigantes sino más grandes que nosotros. Toda esa imaginación de lo gigantesco, que es quizá el más vigoroso de los placeres del hombre, en el fondo es enteramente humilde. Sin humildad es imposible gozar de nada; ni aun de la soberbia.

Pero lo que nos hace padecer el presente es la modestia mal ubicada. La modestia se ha mudado del órgano de la ambición. La modestia se ha instalado en el órgano de la convicción: la cual nunca se la había destinado.

El hombre estaba destinado a dudar de sí; pero no de la verdad; ha sucedido precisamente lo contrario.

Actualmente la parte del hombre que el hombre proclama, es exactamente la parte que no debía proclamar: su propio yo. La parte que pone en duda, es exactamente la parte de la cual no debía dudar: la razón Divina. Huxley, predicó una humildad que se conformaba con aprender de la naturaleza. Pero el escéptico de nuevo cuño es tan humilde, que duda hasta de poder aprender. De ahí resulta que si nos hubiéramos apresurado a decir que no existe una humildad típica de nuestro tiempo, nos hubiéramos equivocado. La verdad es que hay una real humildad típica de nuestro tiempo. Pero ocurre que, prácticamente, es una humildad tan envenenada como la más desorbitada de las postraciones del asceta. La vieja humildad era una espuela que impedía al hombre detenerse; no un clavo en su zapato que le impedía proseguir. Porque la vieja humildad hacía que el hombre dudara de su esfuerzo, lo cual lo conducía a trabajar más duro. Pero la nueva humildad hace que el hombre dude de su meta, lo cual lo conduce a cesar su esfuerzo por completo.

En cualquier esquina podemos encontrar un hombre pregonando la frenética y blasfema confesión de que puede estar equivocado. Cada día nos cruzamos con alguno que dice, que, por supuesto, su teoría puede no ser la cierta.

Por supuesto, su teoría debe ser la cierta, o de lo contrario, no sería su teoría. Estamos en camino de producir una raza de hombres mentalmente demasiado modestos para creer en la tabla de multiplicar. Nos hallamos en peligro de ver filósofos que duden de la ley de gravedad, por considerarla como un simple producto de sus imaginaciones. Los farsantes de otros tiempos eran demasiado orgullosos para dejarse convencer; pero éstos son demasiado humildes para poder ser convencidos. Los humildes heredan la tierra; pero los escépticos modernos son demasiado humildes, hasta para reclamar su herencia. Y precisamente esta impotencia intelectual es nuestro segundo problema.

El último capítulo se refería a un hecho observado: que el peligro de morbidez que puede correr un hombre, proviene más de su corazón que de su imaginación. No se intentaba atacar la autoridad de la razón; su objeto más bien fue defenderla; porque necesita defensa.

Todo el mundo moderno está en guerra con la razón; y la torre, ya vacila.

Con frecuencia se dice que los sensatos no hallan respuesta para el enigma de la religión. Pero la dificultad con nuestros sensatos, no es que no puedan ver la respuesta, sino que no pueden ver ni siquiera el enigma. Son como niños suficientemente estúpidos como para no notar nada paradójico en la manifestación de que una puerta no es una puerta. Los tolerantes modernos, por ejemplo, hablan sobre la autoridad religiosa, no solamente como si no hubiera razón alguna de su existencia, sino como si nunca hubiera habido una razón para que exista.

A más de no ver su base filosófica, no pueden siquiera ver su causa histórica. La autoridad religiosa, ha sido con frecuencia opresiva e irrazonable, tal como cada sistema le-gislativo (y especialmente el nuestro actual) ha sido duro y culpable de una penosa apatía. Es razonable atacar a la policía; también es glorioso. Pero los modernos críticos de la autoridad religiosa, son como hombres que atacaran a la policía, sin nunca haber oído hablar de asaltantes. Porque existe un grande y posible peligro para la mente humana; un peligro tan real como el de un asalto. Contra él, bien o mal, la autoridad Religiosa se irguió como una barrera. Y contra él, algo por cierto debe erguirse como barrera si es que nuestra raza debe salvarse de la ruina.

Ese peligro consiste en que el intelecto humano es libre de autodestruirse. Tal como una generación podría impedir la existencia de la generación siguiente, recluyéndose toda en monasterios o arrojándose al mar; así un núcleo de pensadores puede impedir, hasta cierto punto, los pensamientos subsiguientes, enseñando a la nueva generación que no existe validez en ningún pensamiento humano. Sería cargoso hablar siempre de la alternativa entre la razón o la fe. La razón en sí misma es un objeto de la fe. Es un acto de fe afirmar que nuestro pen-samiento no tiene relación alguna con la realidad.

Si usted es puramente un escéptico, tarde o temprano se hará esta pregunta: "¿Por qué todo puede andar bien, aun la observación y la deducción? ¿Por qué la buena lógica es tan engañosa como la mala lógica? ¿Ambas son actividades en el cerebro de un mono sorprendido?"

Hay un pensamiento que detiene el pensamiento. Y ese es el único pensamiento que debería ser detenido. Ese es el mal concluyente contra el cual se dirigió toda la autoridad religiosa. Recién aparece al final de edades decadentes como la nuestra; y el señor H. G. Wells, ya izó su estridente bandera; ha escrito una delicada pieza de escepticismo llamada: "Las dudas del instrumento". Allí interroga al cerebro e intenta excluir la realidad, hasta de sus propias afirmaciones, pasadas, presentes y por venir. Contra esta ruina lejana, se organizó y se jerarquizó originariamente, todo el sistema militar de la religión. Las creencias y las cruzadas, las jerarquías y las persecuciones, no fueron organizadas según la ignorancia, -dice-, para suprimir la razón. El hombre, por un instinto ciego sabía que si las cosas fueron discutidas ensañadamente, la razón pudo ser discutida primero. La autoridad para absolver que tienen los sacerdotes; la autoridad de los papas para determinar autoridades; aun la autoridad para aterrar de los inquisidores, eran solamente sombrías defensas erigidas en torno de una auto-ridad central más indemostrable, más sobrenatural que todas: la autoridad para pensar que tiene el hombre. Sabemos ahora que las cosas son así; no tenemos excusa para ignorarlo. Porque a través de la vieja rueda de autoridades, podemos oír al escepticismo crujiente, y al mismo tiempo ver a la razón íntegra y fuerte sobre su trono.

En tanto que la religión marche, la razón marcha. Porque ambas son de la misma primitiva y autoritaria especie. Ambas son métodos que prueban y no pueden ser probados. Y en la acción de destruir la idea de la autoridad divina, hemos destruido sobradamente la idea de esa autoridad humana, por la cual podemos abreviar una división muy larga. Con un rudo y sostenido tiroteo, hemos querido quitar la mitra al hombre pontificio, y junto con la mitra le arrebatamos la cabeza.

A menos que a esto se le llame divagación, tal vez fuera conveniente repasar rápidamente, los principales modos de pensar modernos, que han causado este efecto de detener el pensamiento. Tuvieron ese efecto el materialismo y la teoría de que todo es producto de una ilusión individual; porque si la mente es mecánica, el pensar no puede ser muy divertido; y si el cosmos no es real, no hay nada en qué pensar. Pero en estos casos el efecto es indirecto y dudoso. En algunos casos es directo y evidente; especialmente en el caso de lo que por lo general se llama evolucionismo.

El evolucionismo es un buen ejemplo de esta inteligencia moderna, que si algo destruye, se destruye a sí misma. El evolucionismo es, o una ingenua explicación científica de cómo sucedieron algunos fenómenos terráqueos, o si es algo más que eso, es un ataque al pensamiento mismo. Si el evolucionismo destruye algo, no destruye a la religión sino al racionalismo. Si la evolución significa simplemente que algo positivo llamado mono, se convirtió, muy lentamente, en algo positivo llamado hombre, entonces es inofensivo hasta para el más ortodoxa, porque un Dios personal, puede hacer las cosas, tanto lenta como rápidamente, en especial si como el Dios Cristiano, está situado fuera del tiempo.

Pero si evolución quiere decir algo más, significa que no existe cosa tal como un mono a convertir, ni cosa tal como un hombre en el cual ser convertido. Significa que no existe tal cosa como una cosa. A lo más existe una sola cosa; y esa, es el flujo del todo y de la nada. Esto, es un ataque no contra la fe, sino contra la mente; no es posible pensar si no hay riada en qué pensar. No es posible pensar sin que el pensamiento esté separado de su objeto. Descartes dijo: "Yo pienso; por consiguiente existo". El filósofo evolucionista invierte y hace negativo el epigrama. Dice: "Yo no existo; por consiguiente no puedo pensar".

Luego está el opuesto ataque al pensamiento, aquel anticipado por el señor H. G. Wells cuando insiste en que cada cosa aislada es "única", y en que no existen categorías. También esta teoría es puramente destructiva.

Pensar significa relacionar cosas y detenerse cuando no pueden ser relacionadas. Es obvio decir, que este escepticismo prohibitivo del pensamiento, prohíbe también el lenguaje: un hombre no puede abrir la boca sin contradecirlo. De ahí que cuando el señor H. G. Wells dice (como lo hizo en alguna parte) "todas las sillas son completamente diferentes", expresa no solamente un error, sino también una contradicción de términos. Si todas las sillas son por completo diferentes, no se las puede llamar "todas las sillas".

Semejante a esta es la teoría progresista que sostiene que alteramos la prueba en vez de tratar de pasarla. Con frecuencia oímos decir, por ejemplo, "lo que es bien en una época es mal en otra". Esto es muy razonable si significa que existe una meta permanente, y que ciertos sistemas logran alcanzarla en ciertos y determinados tiempos y no en otros. Digamos: si las mujeres desean ser elegantes, puede que en una época lograrán su deseo engordando y en otra época adelgazando. Pero no se podría decir que alcanzan su meta dejando de desear ser elegantes y comenzando a desear ser ovaladas. Si el tipo varía ¿cómo podría haber perfeccionamiento, si éste implica la permanencia de un tipo? Vietzscke inició la insensata idea de que los hombres una vez fueron en pos de un bien que ahora nosotros llamamos mal; si fuera así no podríamos ni hablar de aventajarlos o aún de aparejarnos a ellos. ¿Cómo podría usted alcanzar a Pérez siendo que usted camina en dirección opuesta? No se puede discutir si un pueblo, procurando hacerse miserable tuvo más éxito que el éxito que tuvo otro procurando hacerse feliz. Sería como discutir si Milton fue más puritano de lo que un cerdo es gordo.

Cierto es que un hombre (un hombre tonto) podría cambiar su ideal o su objeto. Pero en cuanto al ideal, en si es incambiable. Si el admirador de la alteración desea controlar su propio progreso, debe ser rigurosamente leal al ideal de la alteración; no debe ponerse a flirtear alegremente con el ideal de la monotonía. El progreso en sí mismo no puede progresar. Vale la pena destacar de paso, que cuando Tennyson, en forma bastante alocada y débil, dio la bienvenida a la idea de la variación infinita de la sociedad, instintivamente empleó una metáfora que sugiere algo de encarcelado hastío. Escribió: "Dejad al gran mundo extenderse hacia los ruidosos abismos de la variante."

Pensó que la variación en sí es un invariable abismo, y eso es. La variación, aproximadamente es el abismo más árido y estrecho en que pueda colarse un hombre.

No obstante, aquí lo principal es que esta idea de una alteración fundamental del tipo, es una de las cosas que hacen simplemente imposible, pensar en el pasado o en el futuro.

La teoría de una alteración completa en los prototipos de la historia humana, no solamente nos priva del placer de honrar a nuestros padres; nos priva hasta del más moderno y aristocrático placer de despreciarlos.

Este escueto sumario de las fuerzas destructivas del pensamiento contemporáneo, no estaría completo si careciera de alguna referencia al pragmatismo; porque aunque aquí lo haya empleado y lo defienda en todas partes como guía preliminar de la verdad, se hace de él una aplicación exagerada que implica la ausencia total de verdad alguna. Mi concepto, puede expresarse brevemente, así. Estoy de acuerdo con el pragmatismo en que la aparente verdad objetiva no lo es todo; en que existe una legítima necesidad de creer las cosas que son necesarias a la mente humana. Mas yo agrego que una de estas necesidades, es precisamente la de creer en la verdad objetiva. El pragmático aconseja al hombre creer lo que se debe creer y no preocuparse de lo Absoluto. Pero precisamente una de las cosas que debe creer es lo Absoluto. Por cierto esta filosofía es una especie de paradoja verbal. El pragmatismo es una cuestión de necesidades humanas y una de las primeras necesidades humanas, es ser algo más que un pragmático. El pragmatismo extremoso es tan inhumano como el determinismo al cual vigorosamente ataca. El determinista (que para hacerle justicia no tiene pretensiones de ser humano), se burla del sentido humano para hacer la elección activa del hecho. El pragmatista, que profesa ser esencialmente humano, se burla del sentido humano frente al hecho en acción.

Para resumir lo expuesto hasta aquí, podríamos decir que las filosofías corrientes más características, no sólo tienen rasgos de manía, sino rasgos de manía suicida. El investigador ha dado con la cabeza contra los límites del pensamiento humano; y se la rompió. Esto es lo que hace tan inútiles las advertencias del ortodoxo y tan vana la jactancia de los vanguardistas sobre 14 peligrosa adolescencia del libre pensamiento. Lo que estamos presenciando no es la adolescencia del libre pensamiento, es su vejez decrépita y su disolución terminante. Es inútil que los obispos y los sabios discutan qué horribles sucesos vendrán si el desenfrenado escepticismo sigue su curso.

Es en vano que los ateos elocuentes hablen de las grandes verdades que se revelarán una vez que veamos los comienzos del libre pensamiento. Ya hemos visto su término.

No tiene ya preguntas por hacer; se ha interrogado a sí mismo. No es posible evocar visión más salvaje que la de una ciudad cuyos hombres se preguntan si tienen persona.

No es posible imaginar un mundo más escéptico que aquél en el cual los hombres dudan de que el mundo existe. El libre pensamiento podría haber llegado a la quiebra más rápida y limpiamente, de no haber sido débilmente trabado por la aplicación de las indefendibles leyes de la blasfemia o por la absurda pretensión de que Inglaterra moderna es cristiana. Pero de cualquier modo hubiera quebrado.

Los ateos militantes aún son injustamente perseguidos; pero más por ser una antigua minoría que por ser una minoría nueva. El libre pensamiento ha agotado su propia libertad.

Está hastiado de sus propios éxitos. Si ahora algún libre pensador ansioso, saluda a la libertad filosófica como a un amanecer, es igual al hombre de Mark Twain que envuelto en sus sábanas salió a ver la salida del sol y llegó justo a tiempo para ver su ocaso. Si algún pastor alarmado dice todavía que sería terrible que se extendiera la oscuridad del libre pensamiento, sólo podríamos responderle con las palabras del señor H. Belloc: "Le ruego no se turbe previendo el incremento de fuerzas en disolución. Se ha equivocado en las horas de la noche; ya es la mañana". No hemos dejado preguntas por preguntar. Hemos buscado interrogaciones en los rincones más sombríos y en las cumbres más inexploradas. Hemos hallado todas las preguntas que se pueden hallar. Ya es hora de que cesemos de buscar interrogantes y comencemos a buscar respuestas.

Pero hay que agregar una palabra más. Al comienzo de esta conversación negativa dije que nuestra ruina mental la trae la razón desenfrenada y no la desenfrenada imaginación. Un hombre no se vuelve loco por hacer una estatua de 1.600 metros de altura; pero puede volverse loco pensándola en pulgadas cúbicas. Ahora, una escuela de pensadores comprendiéndolo así, se ha abalanzado a esa verdad, creyendo hallar en ella la forma de remozar la salud paganizada del mundo.

Vieron que la razón destruye; pero dicen que la voluntad crea. La autoridad ulterior reside en la voluntad, no en la razón. El punto supremo es no el por qué un hombre requiere algo, sino el hecho de que lo requiera. No tengo espacio para describir o exponer esta filosofía de la Voluntad.

Supongo que llegó a través de Nietzsche, que predicó algo llamado egoísmo. Por cierto Nietzsche fue bastante ingenuo, porque renegó del egoísmo simplemente predicándolo. Puesto que predicar algo, es renunciar a ello. Primero, el egoísmo llama guerra despiadada a la vida y luego se toma todas las molestias posibles para arrojar sus enemigos a la guerra. Predicar el egoísmo es practicar el altruismo. Pero como quiera que empiece, su punto de vista es bastante común en la literatura corriente. La principal disculpa de estos pensadores, es que no son pensadores: son actores. Dicen que elegir es en sí divino. De ahí que el señor Bernard Shaw haya atacado la vieja idea según la cual los actos deben juzgarse conforme al típico deseo de felicidad. Dice que los actos del hombre no son causados por su tendencia a la felicidad, sino por un esfuerzo de voluntad.

No dice: "el jamón me hará feliz", sino "yo quiero jamón". Y en esta temía, otros le siguen aun con mayor entusiasmo. El señor John Davidson, un destacado poeta, tanto se apasiona por este asunto, que se ve obligado a escribir en prosa. Publicó sobre él, una obra breve con varios extensos prefacios. Lo cual es bastante natural para el señor Bernard Shaw, cuyas obras son todas prefacios. El señor Shaw (sospecho) es el único hombre sobre la tierra que haya escrito poesía. Pero ese señor Davidson, que puede escribir poesía excelente y en vez de escribirla debe escribir complicada metafísica en defensa de esta doctrina de la voluntad, demuestra que la doctrina de la voluntad, se ha posesionado de los hombres. Aún el señor H. G. Wells, a medias ha hablado en su lenguaje diciendo que el hombre debe probar sus actos no como un pensador sino como un artista; diciendo "siento que esta curva está bien" o "esta línea debe ir en tal forma." Todos están agitados; y bien pueden estarlo. Porque por esta doctrina de la divina autoridad de la voluntad, creen que pueden liberarse de la fortaleza carcelaria del racionalismo. Creen que pueden escapar. Pero no pueden.

Esta alabanza confusa a la volición, concluye en la misma destrucción confusa que la observancia de la lógica. Así como el absoluto libre pensamiento, implica dudar del pensamiento en sí, exactamente así, la aceptación exclusiva del "querer", paraliza la voluntad.

El señor Bernard Shaw, no ha percibido la positiva diferencia que existe entre el viejo experimento utilitario del placer (que por supuesto es burdo y mal expresado) y lo que él sostiene. La real diferencia entre la experimentación de la felicidad y la experimentación de la voluntad consiste en que la experimentación de la felicidad es un experimento y la otra, no Io es. Se puede discutir si el acto de un hombre que se precipita desde una colina, tiende a la felicidad; no se puede discutir que ese acto derive de la voluntad. Por supuesto que deriva. Se puede alabar un acto diciendo que se le había destinado a procurar placer o dolor, a descubrir la verdad o salvar el alma. Pero no se le puede alabar porque implique voluntad, porque tal alabanza, no es más que decir que es un acto. Según esta alabanza de la voluntad, no se puede elegir un camino mejor que otro. Y sin embargo, la elección de un camino por ser mejor que otro, es la verdadera definición de la voluntad que se está alabando.

La adoración de la voluntad, es la negación de la voluntad. Admirar exclusivamente la elección en sí, es rehusarse a elegir. Si el señor Bernard Shaw, viene a mí y me dice: "quiera algo", es como si me dijera: "no me importa lo que usted quiera", que es como decir: "yo no tengo voluntad en general, porque la esencia de la voluntad es ser particular. Un brillante anarquista como el señor John Davidson, se irrita contra la moralidad ordinaria y de ahí invoca a la voluntad, la voluntad para cualquier cosa. Lo único que quiere es que la humanidad quiera algo. Pero la humanidad quiere algo. Quiere la moralidad ordinaria. Se rebela contra la ley y nos dice que queramos algo o cualquier cosa. Pero algo hemos querido. Hemos querido la ley contra la cual se rebela. Todos los fanáticos de la voluntad, desde Nietzsche hasta el señor Davidson, están realmente privados de volición. No pueden "querer"; apenas pueden desear. Y si alguien exige. una prueba, se la puede hallar fácilmente en este hecho: que siempre hablan de la voluntad como de algo que puede dilatarse y quebrarse. Pero ocurre exactamente lo opuesto. Cada acto de voluntad, es un acto de autolimitación. Desear acción, es desear li-mitación. En este sentido, cada acto voluntario, es un acto de autosacrificio.

Cuando se elige algo, se rechaza todo lo demás.

Esta objeción que los 'hombres de la dicha escuela, aplicaban al acto de contraer matrimonio, es en realidad la objeción adecuada para cada acto. Cada acto es una selección y una exclusión irrevocable. Tal como cuando usted se casa con una mujer renuncia a todas las demás, así cuando elige un camino de acción, reunía a todos los otros caminos. Si usted acepta ser. Rey 'de Inglaterra, renuncia al puesto de Ujier de Brompton. Si usted se va a Rome, inmola una rica y placentera vida en Wimbledon. La existencia de este lado negativo o limitante de la voluntad, hace poco más que jocosa la charla de los anárquicos, adoradores de la voluntad. Por ejemplo; el señor John Davidson nos dice que nada podremos hacer contra el "Vos, no podréis"; pero seguramente "Vos, no podréis", sólo es uno de los corolarios imprescindibles del "yo quiero". "Yo quiero ir a la Reyista del Lord Mayor, y Vos, no podréis detenerme." El anarquismo nos conjura a ser artistas creadores y audaces, sin importársele de las leyes o de los límites. El arte es limitación; la esencia de cada pintura está en sus perfiles. Si usted dibuja 'una jirafa, debe dibujarla con el pescuezo largo.

Si en su audaz forma creadora, se conserva libre de dibujar una jirafa con el pescuezo corto, ciertamente descubrirá que usted no es libre de dibujar una jirafa. En el momento de entrar al mundo de los hechos, se entra al mundo de las limitaciones. Usted puede liberar las cosas de sus leyes accidentales o accesorias, pero no de las leyes propias de sus naturalezas. Si usted quiere, puede liberar a un tigre de sus rejas, mas no lo libre de su cautiverio. No libre al camello de su joroba: puede estar librándolo de ser camello. No se pasee como un demagogo incitando a los triángulos a evadirse de sus tres lados. Si un triángulo se sale de sus tres lados, su vida llegará a un lamentable término. Alguien escribió un artículo titulado: "Los Amores de los Triángulos";` nunca lo leí, pero estoy seguro de que si los triángulos alguna vez fueron amados, fueron amados por ser triangulares. Este es ciertamente el caso de toda creación artística, la cual en cierto modo, es el más acabado ejemplo de voluntad pura.. Los artistas aman sus limitaciones: constituyen lo que están haciendo. El pintor, se alegra de que la tela sea chata. El escultor se alegra de que el yeso sea incoloro.

En caso de que el ejemplo no fuera claro; podría ilustrarse con un ejemplo histórico. La Revolución Francesa fue algo heroico y decisivo, porque los Jacobinos quisieron algo definitivo y limitado. Quisieron la libertad de la democracia, pero quisieron también todas las restricciones de la democracia. Desearon tener votos y no tener títulos. Los Republicanos tuvieron su aspecto ascético en Franklin o en Robespierre, tanto como en Danton y Wilkes tuvieron su aspecto expansivo. Por ' lo tanto crearon algo sólido en sustancia y apariencia; la justa igualdad social y el bienestar campesino de Francia. Pero desde entonces, la mente revo-lucionaria o especulativa de Europa, ha decaído, rechazando toda propuesta a causa de las limitaciones de la proposición.

El liberalismo fue rebajado a liberalidad. Los hombres intentaron hacer intransitivo al verbo transitivo: "revolucionar". El jacobino podía decir no solamente contra qué sistema se rebelaría sino (lo que es más) contra qué sistema no se hubiera rebelado;' en qué sistema habría puesto su confianza. Pero el rebelde de nuevo cuño es un escéptico y nada cree por entero. No tiene lealtad; por consiguiente no puede ser nunca un verdadero revolucionario. Y el hecho de que duda de todo, por cierto lo fastidia cuando quiere proclamar algo. Porque toda proclamación implica una doctrina moral determinada; y el revolucionario no sólo duda de la institución que proclama sino también de la doctrina por la cual la ha proclamado. De ahí resulta que escriba un libro quejándose porque opresión imperial insulta la pureza de las mujeres y después escriba otro libro (sobre el problema sexual) en el que a su vez las insulta. Maldice al Sultán porque las muchachas cristianas pierden la virginidad y luego maldice ala señora Grundy porque la conserva. Como político gritará que ' la guerra es una pérdida de vidas y como filósofo gritará que la vida es una pérdida de tiempo. Un ruso pesimista denunciará, a un policía por haber matado un campesino y luego, por un proceso filosófico de alto vuelo, probará que el 'campesino merecía la muerte. Un hombre proclama que el matrimonio es una mentira y, luego denuncia al aristócrata canalla, porque lo trata como si fuera una mentira. A la bandera le dice juguete y luego increpa a los opresores Polonia o de Irlanda porque les han quitado su juguete. El hombre de esta escuela, primero va al meeting político donde se queja de que a los salvajes se les trata como a bestias; y luego toma el sombrero y el paraguas y se va a un meeting científico en el que prueba que os salvajes son verdaderamente bestias. Abreviando, el revolucionario moderno, siendo infinitamente escéptico, siempre está ocupado en minar sus propias minas. En su libro sobre política ataca a los hombres por pisotear la moral; en su libro sobre ética ataca la moral por humillar al hombre. Como consecuencia, el revoltoso moderno se ha vuelto completamente inútil para toda tentativa de revuelta. Rebelándose contra todo, ha perdido su derecho a rebelarse contra algo.

Podría agregarse que la misma laguna y la misma bancarrota se observa en todos los tipos terribles y violentos de literatura; especialmente en la satírica. La sátira será loca y anárquica, pero presupone la admisión de cierta superioridad de unas cosas sobre as; presupone un modelo, típico.

Cuando en la calle los chicos se ríen de la gordura de un distinguido periodista, inconscientemente lo comparan con el mármol de Apolo. Y la extraña desaparición de la sátira de nuestra literatura, es un ejemplo de las cosas violentas que se desvanecen por carecer de alguna base sobre la cual ejercer violencia. Nietzsche, tiene cierto talento natural para el sarcasmo; podía burlarse a pesar de que no pudo reír; pero siempre hay en su sátira algo incorpóreo y enclenque, sencillamente porque no estaba respaldada por ningún fondo de moral corriente. Es en sí más grotesco que ninguna de sus expresiones. Pero ciertamente, Nietzsche se mantendrá como exponente del fracaso total de la violencia abstracta. El reblandecimiento cerebral que finalmente se apoderó de él, no fue un accidente físico. Si Nietzsche no hubiera concluido en la imbecilidad, el nietzchismo habría concluido imbécil Pensando aisladamente y con orgullo, se termina por ser un idiota. El hombre cuyo corazón no se ablande, acabará con los sesos reblandecidos.

Esta última tentativa de evadirse del intelectualismo, concluye en el intelectualismo y por consiguiente en la muerte. La evasión fracasó. La admiración frenética de la ilegalidad y la adoración materialista de la ley, terminan en la misma nada. Nietzsche escala montañas vacilantes y finalmente aparece en el Tibet. Se sienta al lado de Tolstoy en el país del vacío. Ambos son inválidos, uno porque no puede retener nada y otro porque no puede perder nada.

La voluntad dé Tolstoy se congela por la intuición budista de que todas las acciones especiales son malas. Pero la voluntad de Nietzsche igualmente se congela por su teoría de que todas las acciones especiales son buenas, porque si todas las acciones especiales son buenas, ninguna de ellas es especial.

Hacen alto en la encrucijada, y uno odia todos los caminos y al otro le gustan todos. El resultado es bueno; algunos no son difíciles de prever: hacen alto en la encrucijada.

Aquí termino (gracias a Dios) el primer y más árido asunto de este libro; la revisión sumaria del pensamiento reciente. Después de esto, comienzo a describir otro aspecto de la vida que tal vez no interesa al lector, pero que a mí por lo menos me interesa. Con ese objeto he hojeado una pila de libros modernos que tengo ante mí al terminar esta página; una pila de ingenuidades, una pila de fruslerías. Por mi presente desprendimiento accidental, puedo ver el inevitable choque de las filosofías .de Shopenhauer y Tolstoy, de Nietzsche y Shaw, tan claramente como se puede ver desde, un globo, un choque de trenes.

Todos están encaminados a la vaciedad del hospicio.

Porque la locura puede definirse como uso de la actividad mental, hasta llegar a la impotencia mental; y todos ellos, casi han llegado. Aquel que piense que está hecho de vidrio, piensa en pro de la destrucción del pensamiento; porque el vidrio no puede pensar. Así también el que no quiere rechazar nada, quiere en pro de la destrucción de la voluntad; porque voluntad no es sólo poder elegir algo, sino rechazar casi todo. Y así que vuelvo y revuelvo sobre los inteligentes, hermosos, cansadores e inútiles libros modernos; el título de uno de ellos detiene mi mirada. Se llama "Juana de Arco" de Anatole France. Solamente lo he hojeado, pero una mirada bastó para recordarme la "Vida de Jesús", de Renán. Sigue el mismo método que el reverente escéptico. Desacredita los relatos sobrenaturales que tienen algún fundamento, simplemente' contando historias naturales que no tienen fundamento alguno. Porque no podemos creer en lo que hizo un santo; debemos pretender que sabemos exactamente lo que sintió. Pero no menciono a ninguno de ambos libros con objeto de criticarlo, sino porque a causa de la accidental combinación de los nombres, recordé dos sorprendentes ejemplos de sensatez que hacen desaparecer todos los libros que tenía ante mí. Juana de Arco no se turbó en la encrucijada, ni rechazando todas las sendas como Tolstoy ni aceptándolas todas como Nietzsche.

Eligió un camino y lo recorrió como reguero de pólvora. No obstante, cuando vine a pensar en ella, vi que Juana poseía todo lo que fue verdad en Tolstoy y en Nietzsche; aun todo lo que en ambos fue tolerable. Pensé en todo lo que es noble en Tolstoy; el placer de las cosas sencillas, especialmente de la piedad sencilla, la deferencia para el pobre, la dignidad de las espaldas dobladas. Juana de Arco, tuvo todo eso, más este gran agregado; que sobrellevó la pobreza tan bien como la había admirado, en tanto que Tolstoy fue un aristócrata típico tra-tando de hallar su secreto. Y luego pensé en todo lo que había de valiente, y de arrogante y de patético en el pobre Nietzsche, y su rebelión contra la vaciedad y la timidez de nuestro tiempo. Pensé en su grito de alarma por el estático equilibrio del peligro, su ansiedad por la disparada de los grandes caballos, su grito a las armas. Bien, Juana de Arco tuvo todo eso y, otra vez, con esta diferencia; que no alabó la lucha, pero luchó. Sabemos que no temía a un ejército, mientras que Nietzsche, por todo lo que sabemos, pudo tener miedo de una vaca. Tolstoy solamente alabó al campesino; ella, fue campesina. Nietzsche alabó al guerrero; ella fue guerrero. Ella, los derrota a ambos en sus propios ideales antagónicos; fue más dulce que el uno y más violenta que el otro. No obstante, fue una persona perfectamente práctica que hizo algo, en tanto que ellos son feroces especuladores que no hicieron nada. Era imposible que no cruzara por mi mente el pensamiento de que ella y su fe, tenían quizá un secreto de unidad y utilidad moral, que se nos ha perdido. Y con este pensamiento vino otro más vasto y la figura colosal de su Señor, cruzó por el teatro de mis reflexiones. La misma dificultad moderna que ha sombreado el sujeto-materia de Anatole France, ha sombreado también el de Ernesto Renán. Renán también aísla a la piedad del vigor, en su héroe. Renán llega a representar la justa ira contra Jerusalén, como si fuera un mero quebranto 'nervioso luego de las idílicas expectativas de Galilea. ¡Como si hubiera contradicción entre amar a la humanidad y odiar lo inhumano! Los altruistas con débiles voces denuncian egoísta a Cristo. Los egoístas (con voces más débiles aún), lo denuncian altruista. En la atmósfera actual, tales cavilaciones resultan bastante comprensibles. El amor del héroe es más terrible que el odio del tirano. El odio del héroe es más generoso que el amor del filántropo. Existe una heroica y magnífica sensatez de la cual los modernos sólo pueden recoger fragmentos. Existe un gigante, del cual sólo podemos ver los brazos y las piernas moviéndose en torno a nosotros. Han desgarrado el alma de Cristo en girones tontos de altruismo y dé egoísmo, y siguen igualmente desconcertados por su magnificencia insana y por su insana mansedumbre. Se han repartido sus vestiduras y sobre su túnica echaron suerte; a pesar de que su túnica carecía de costuras y era toda una desde arriba hasta abajo.


Ortodoxia, Cap. III
Prólogo Augusto Assía
México, 1998
Foto: © Hulton-Deutsch Collection/Corbis