Mostrando las entradas con la etiqueta Cheever John. Mostrar todas las entradas

25 abr. 2014

John Cheever - Los Hartley

No hay comentarios. :



El señor Hartley, su mujer y su hija Anne llegaron al hostal Pemaquoddy un atardecer de invierno, después de la cena, y en el preciso momento en que empezaban las partidas de bridge. Hartley cruzó con las bolsas el amplio porche y entró en el vestíbulo seguido por su mujer y por su hija. Los tres parecían muy cansados, y contemplaron la brillante y acogedora habitación con la gratitud del viajero que ha dejado atrás la tensión y el peligro: los había pillado en la carretera una terrible tormenta de nieve a primeras horas de aquella mañana. Venían de Nueva York, y había nevado durante todo el trayecto, dijeron. El señor Hartley dejó en el suelo las bolsas y volvió al coche a coger los esquís. Su mujer se sentó en una de las sillas del vestíbulo y su hija, tímida y cansada, se acercó a ella. Un poco de nieve blanqueaba el pelo de la niña, y su madre se la quitó con los dedos. Entonces, la viuda Butterick, la dueña del hostal, salió al porche y le gritó a Hartley que no hacía falta que aparcara el coche; lo haría uno de los empleados. Él regresó al vestíbulo y firmó el registro.

Parecía un hombre agradable, de voz cortante y un modo de ser firme y educado. Su esposa era una elegante mujer de pelo oscuro, muerta de fatiga en aquellos momentos, y la niña debía de tener unos siete años. La señora Butterick le preguntó a Hartley si no había estado antes en el hostal.

—Cuando le hice la reserva —dijo—, su nombre me sonaba.

—Mi mujer y yo estuvimos aquí en febrero, hace ocho años —respondió Hartley—. Llegamos el 23, y nos quedamos diez días. Me acuerdo muy bien de la fecha porque lo pasamos maravillosamente.

Luego subieron a la habitación. Bajaron otra vez y se quedaron el tiempo suficiente para cenar unas sobras que habían guardado al calor de la cocina. La niña estaba tan cansada que casi se durmió en la mesa. Subieron de nuevo después de cenar.

En la estación fría, la vida del hostal Pemaquoddy giraba enteramente en torno a los deportes de invierno. Ni los holgazanes ni los bebedores eran bien vistos, y casi todo el mundo se tomaba el esquí en serio. Por la mañana cruzaban el valle en autobús para ir a las montañas, y si hacía buen tiempo subían con una cesta de comida y se quedaban en las laderas nevadas hasta el atardecer. A veces preferían quedarse patinando en una pista que se había creado mediante la inundación de un almacén textil cercano al hostal. Tras éste había una colina que solía usarse para esquiar cuando las condiciones en la montaña no eran buenas. Para acceder a la colina se usaba un rudimentario arrastre construido por el hijo de la señora Butterick.

—Compró el motor que lo acciona cuando cursaba el último año en Harvard —decía siempre la viuda al hablar del arrastre—. Tenía un viejo Mercer, ¡y se vino desde Cambridge, de noche, en un automóvil sin matrícula!

Y al contarlo se llevaba una mano al corazón, como si los peligros del trayecto fueran todavía un recuerdo muy próximo.

La mañana que siguió a su llegada, los Hartley adoptaron la rutina del ejercicio y el aire libre propio de Pemaquoddy.

La señora Hartley era una mujer algo despistada. Aquella misma mañana subió al autobús, se sentó y se puso a hablar con otra pasajera, y de pronto advirtió que había olvidado los esquís. Todos aguardaron mientras su marido iba a buscárselos. Ella llevaba un brillante anorak con adorno de pieles que parecía apropiado para alguien de rostro más joven; la prenda daba a su propietaria un aspecto como de cansancio. El marido vestía con ropas de la Marina, marcadas con su nombre y su grado. Anne, la hija, era bonita. Llevaba el pelo peinado en unas pulcras trenzas, tirantes; un reguero de pecas surcaba su naricita, y miraba las cosas con la fría y crítica atención propia de su edad.

Hartley esquiaba bien. Subía y bajaba la ladera con los esquís paralelos, las rodillas dobladas y los hombros meciéndose grácilmente en semicírculo. Su mujer no era tan diestra, pero sabía lo que se hacía, y disfrutaba con el aire frío y la nieve. Se caía alguna que otra vez, y cuando alguien la ayudaba a levantarse, y el contacto de la nieve en la cara avivaba sus colores, parecía mucho más joven.

Anne no sabía esquiar. Se quedó al pie de la pista mirando a sus padres. Estos la llamaron, pero ella no se movió, y al cabo de un rato empezó a tiritar. Su madre se le acercó y quiso animarla, pero la niña se apartó, enfadada.

—No quiero que tú me enseñes —dijo—. Quiero que me enseñe papá.

La señora Hartley llamó a su marido.

Tan pronto como Hartley prestó atención a Anne, la niña ya no lo dudó. Siguió a su padre colina arriba y abajo, y siempre que él la acompañaba, la niña parecía feliz y confiada. Hartley se quedó al lado de Anne hasta después del almuerzo. Luego la llevó junto a un monitor profesional que daba una clase para principiantes, fuera de las pistas. El matrimonio Hartley fue con el grupo hasta el pie de la pendiente, y el padre llevó aparte a su hija.

—Tu madre y yo vamos a hacer unos cuantos recorridos —dijo—, y quiero que vayas a la clase del señor Ritter y que aprendas todo lo que puedas. Si es que alguna vez aprendes a esquiar, Anne, aprenderás sin mi ayuda. Volveremos a eso de las cuatro, y entonces me enseñarás lo que hayas aprendido.

—Sí, papá —asintió la niña.

—Ahora, ve a la clase.

—Sí, papá.

Hartley y su esposa esperaron hasta que Anne escaló la ladera y se unió al grupo de aprendices. Luego se marcharon. Anne atendió al monitor unos minutos, pero en cuanto se percató de que sus padres se habían ido, se separó del grupo y se marchó colina abajo en dirección al albergue. «Señorita—la llamó el instructor—. Señorita...» Ella no contestó. Entró en la cabaña, se quitó el anorak y los guantes, los extendió con cuidado sobre una mesa para que se secaran y se sentó junto al fuego, agachando la cabeza para ocultar la cara. Se quedó allí sentada toda la tarde. Poco antes de oscurecer, cuando sus padres volvieron golpeando el suelo con los pies para sacudirse la nieve de las botas, ella salió corriendo al encuentro de su padre. Su cara hinchada mostraba rastros de llanto.

—Oh, papá, ¡creí que no ibas a volver!

Le echó los brazos al cuello y sepultó el rostro entre las ropas del señor Hartley.

—Vamos, Anne, vamos —dijo él, dándole palmaditas en la espalda y sonriendo a la gente, que parecía haber captado la escena. Anne, sentada junto a él en el camino de vuelta, lo agarraba del brazo.

Esa noche, en el hostal, los Hartley bajaron al bar antes de cenar y se instalaron en una mesa junto a la pared. Madre e hija bebieron zumo de tomate, y Hartley tomó tres cócteles old-fashioned. Le dio a la niña las rodajas de naranja y las guindas de su bebida. A ella le interesaba todo lo que hacía su padre. Encendía sus cigarrillos y apagaba de un soplo las cerillas. Consultaba su reloj y reía todos sus chistes. Su risa era aguda, agradable.

La familia conversaba tranquilamente. El matrimonio hablaba entre sí menos que con Anne, como si hubiesen llegado a un punto en su vida en común en el que ya no había nada que decir. Se enzarzaron en deshilvanados comentarios sobre la montaña y la nieve, y en el curso de aquella tentativa de avivar la conversación, Hartley, por alguna razón, dirigió a su mujer unas palabras bruscas. Ella se levantó rápidamente de la mesa. Tal vez llorando. Cruzó a prisa el vestíbulo y subió la escalera.

Padre e hija se quedaron en el bar. Cuando sonó la campanilla que anunciaba la cena, Hartley pidió al recepcionista que enviaran a su mujer una bandeja. Cenó con la niña en el comedor. Después se sentó en el salón y comenzó a leer un ejemplar atrasado de Fortune, mientras Anne jugaba con otros niños. Como aquéllos eran algo más jóvenes que ella, los trataba afable y cariñosamente, imitando a un adulto. Les enseñó un juego de cartas sencillo, y más tarde les leyó un cuento. Cuando mandaron a la gente menuda a la cama, Anne se puso a leer un libro. Su padre la llevó a su habitación hacia las nueve de la noche.

Más tarde, él bajó de nuevo y fue al bar. Bebió solo y charló con el camarero sobre las diversas marcas de bourbon.

—A mi padre se lo mandaban de Kentucky en barriles —dijo Hartley. Una leve aspereza en su voz y sus modales enérgicos y corteses hacían que sus palabras pareciesen importantes—. Eran muy pequeños, que yo recuerde. Supongo que no tendrían más de cuatro o cinco litros. Por lo general, se los enviaban dos veces al año. Cuando la abuela le preguntaba qué eran, él siempre le decía que estaban llenos de sidra dulce.
Después de hablar del bourbon, hicieron comentarios sobre el pueblo y los cambios habidos en el hostal.

—Ya hemos estado aquí una vez —dijo Hartley—. Hace ocho años, en febrero. —Entonces repitió, palabra por palabra, lo que había dicho en el vestíbulo la noche anterior—. Llegamos el 23 y nos quedamos diez días. Me acuerdo muy bien de la fecha porque lo pasamos maravillosamente.

Los días siguientes de los Hartley fueron casi iguales que el primero. Él dedicaba las primeras horas a enseñar a su hija. Anne aprendía rápidamente; cuando estaba con su padre se volvía audaz y airosa, pero apenas él se marchaba, se refugiaba en el albergue y se sentaba junto al fuego. Todos los días, después de comer, llegaba un momento en que él le soltaba un sermón sobre la seguridad en uno mismo.

—Tu madre y yo nos vamos ahora —le decía—, y quiero que esquíes por tu cuenta, Anne.

Ella asentía y estaba de acuerdo con él, pero tan pronto como su padre se marchaba, se metía en el albergue y esperaba allí. Una vez —el tercer día—, él perdió los estribos.

—Escúchame, Anne —gritó—: si quieres aprender a esquiar, tienes que aprender tú sola.

El tono de su voz hirió a la niña, al parecer sin enseñarle, como contrapartida, el camino a la independencia. 

Anne se convirtió en una figurita familiar, allí sentada junto al fuego, una tarde tras otra.

A veces, Hartley alteraba su rutina. Volvían los tres al hostal en uno de los primeros autobuses, y él llevaba a Anne a la pista de patinaje y le daba una clase. En esas ocasiones, se quedaban fuera hasta bastante tarde. A veces la madre los miraba desde la ventana del salón. La pista se hallaba al pie del rudimentario arrastre construido por el hijo de la viuda Butterick. Los postes terminales del arrastre parecían horcas a la luz del crepúsculo, y Hartley y su hija parecían personificar la contricción y la paciencia. Una y otra vez, serios, solemnes, recorrían en círculos la pequeña pista, como si él la iniciara a ella en algo más misterioso que un deporte.

Todo el mundo en el hostal los apreciaba, pero los otros huéspedes tenían la sensación de que los Hartley habían sufrido una pérdida reciente: de dinero, quizá, o tal vez el señor Hartley había perdido su empleo. Su mujer seguía con sus despistes, y la gente empezó a pensar que aquel rasgo de su carácter obedecía a alguna desdicha que de un modo u otro habría quebrantado su entereza, el dominio de sí misma. Parecía esforzarse en ser amistosa y, como una mujer sola, intervenía en cuanta conversación hubiera. Era hija de un médico, decía. Hablaba de su padre como si éste hubiera sido un gran personaje, y evocaba su infancia con intenso placer.

—El cuarto de estar de mi madre en Grafton medía trece metros de largo —decía—. Había chimeneas en cada rincón. Era una de esas viejas y maravillosas casas victorianas.

En la vitrina de la porcelana del comedor había piezas como las que tenía la madre de la señora Hartley. En el vestíbulo había un pisapapeles como el que una vez le habían regalado de niña. De vez en cuando, también hablaba de su origen. En una ocasión, la viuda Butterick le pidió que trinchase una pierna de cordero, y mientras afilaba el cuchillo, dijo:

—Nunca lo hago sin acordarme de papá.

En la colección de bastones expuesta en el recibidor, había uno repujado en plata.

—Es exactamente igual que el bastón que el señor Wentworth le trajo a papá de Irlanda —dijo la señora Hartley.

Anne adoraba a su padre, pero evidentemente también quería a su madre. De noche, cuando estaba cansada, se sentaba a su lado en un sofá y descansaba la cabeza en el hombro de la señora Hartley. Al parecer, el padre se convertía para ella en la única persona del mundo solamente en la montaña, cuando el entorno era extraño. Una noche, cuando el matrimonio estaba jugando al bridge —era bastante tarde y Anne ya estaba acostada—, la niña empezó a llamar a su padre.

—Ya voy yo, cariño —dijo la señora Hartley, que se disculpó y subió a la habitación.

—Que venga papá —pidió la niña llorando, y los jugadores de la mesa pudieron oírlo.

Su madre la tranquilizó y bajó a la sala.

—Tenía una pesadilla —explicó, y siguió jugando.

El día siguiente fue ventoso y cálido. A media tarde empezó a llover, y salvo los esquiadores más intrépidos, todos volvieron a sus hoteles. El bar del hostal se llenó muy temprano. Encendieron la radio para oír los boletines meteorológicos, y un huésped muy serio descolgó el teléfono del vestíbulo y llamó a otras estaciones. ¿Estaba lloviendo en Pico? ¿Llovía en Stowe? ¿Y en Ste. Agathe? El matrimonio Hartley estuvo en el bar esa tarde. Ella tomó una copa por primera vez desde su llegada, pero no pareció disfrutarla. Anne jugaba en el salón con los demás niños. Un poco antes de la cena, Hartley fue al vestíbulo y preguntó a la señora Butterick si les sería posible cenar en su habitación. La viuda dijo que podría arreglarlo. Cuando sonó la campanilla, los Hartley subieron, y una camarera les llevó unas bandejas. Después de cenar, Anne bajó otra vez al salón a jugar. Cuando el comedor quedó desierto, la camarera subió a recoger las bandejas.
El tragaluz que había sobre la puerta de la habitación de los Hartley estaba abierto, y, cuando avanzaba por el pasillo, la camarera pudo oír la voz de la señora Hartley, una voz tan descontrolada, tan gutural y quejumbrosa, que se detuvo y escuchó como si la vida de aquella mujer corriera peligro.

—¿Por qué tenemos que volver? ¿Por qué tenemos que hacer estos viajes a los sitios donde creímos ser felices? ¿A santo de qué todo esto? ¿De qué ha servido hasta ahora? Repasamos el listín buscando los nombres de gente que conocimos hace diez años y los invitamos a cenar, pero ¿de qué vale todo eso? ¿De qué ha servido hasta ahora? Volvemos a restaurantes, a montañas, a casas, incluso a vecindarios, recorremos los suburbios pensando que nos sentiremos felices, y jamás lo conseguimos. Por el amor de Dios, ¿por qué seguimos empeñados en algo tan horrible? ¿Por qué no acabamos de una vez? ¿No podemos volver a separarnos? Así era mucho mejor. ¿No lo era? Era mejor para Anne, me da igual lo que digas, era mejor para ella. Puedo llevármela otra vez y tú puedes vivir en la ciudad. ¿Por qué no puedo hacerlo, por qué, por qué, por qué no puedo...?

La camarera, asustada, volvió sobre sus pasos. Cuando bajó la escalera, Anne, sentada en el salón, leía un cuento a los niños más pequeños.

Esa noche, aclaró el tiempo y volvió el frío. Todo se congeló. Por la mañana, la viuda Butterick anunció que todas las pistas de la montaña estaban cerradas y que el autobús no haría ningún viaje. Hartley y otros huéspedes rompieron la capa de hielo que cubría la colina de detrás del hostal, y uno de los empleados puso en marcha el primitivo arrastre.

—Mi hijo compró el motor que lo acciona cuando cursaba el último año en Harvard —dijo la viuda al oír las vacilantes explosiones del artilugio—. Tenía un viejo Mercer, ¡y se vino desde Cambridge, de noche, en un automóvil sin matrícula!

La ladera de la colina detrás del hostal era el único sitio donde era posible esquiar en Pemaquoddy y sus alrededores; esto atrajo, después de comer, a un montón de gente de otros hoteles. Los esquís de tantas personas remolcadas una y otra vez cuesta arriba acabaron por poner al descubierto la piedra viva; hubo que arrojar paladas de nieve en las huellas. El cable del arrastre estaba bastante raído, y el hijo de la señora Butterick había diseñado tan torpemente el mecanismo que el trayecto resultaba arduo y cansado para los esquiadores. La señora Hartley intentó que Anne utilizase el arrastre, pero ella se negó si su padre no iba delante. Él le enseñó a acomodarse, a coger la cuerda con firmeza, a doblar las rodillas y a arrastrar los bastones. En cuanto él empezó a moverse, ella lo siguió, encantada. Subió y bajó con él toda la tarde, feliz porque aquella vez no lo perdía de vista. Rota y apartada la capa de hielo de la pista, el terreno quedó en buenas condiciones, y espontáneamente se estableció el extraño y casi coercitivo ritmo de ascender y esquiar, ascender y esquiar.

Hacía una tarde magnífica. Aunque había nubes cargadas de nieve, una luz brillante y alegre se filtraba a través de ellas. Visto desde lo alto de la colina, el campo era blanco y negro. Los únicos colores eran los del fuego extinguido, y la vista resultaba impresionante, como si la desolación fuera algo más que invierno; como si fuera obra de un magno incendio. La gente hablaba, desde luego, mientras esquiaba o aguardaba para coger el cable, pero apenas era posible oírla. Se oía el ruido sordo del motor del arrastre y el chirrido de la rueda de hierro sobre la cual giraba el cable, pero los esquiadores parecían haber perdido el habla, absortos en su rítmico subir y bajar. La tarde fue un incesante ciclo de movimiento. Había una sola cola a la izquierda de la ladera; uno tras otro, los esquiadores sujetaban la gastada cuerda, y en la cumbre de la colina se separaban de ella para lanzarse por la pendiente que habían escogido. Pasaban y volvían a pasar por la misma superficie, como quien ha perdido un anillo o una llave en la playa y recorre una y otra vez la misma arena. En medio del silencio, la pequeña Anne empezó a chillar. El brazo se le había enganchado en el cable raído; había caído al suelo, y estaba siendo brutalmente arrastrada ladera arriba, rumbo a la rueda de hierro.

—¡Paren el arrastre! —rugió el padre—. ¡Párenlo! ¡Paren el arrastre!

Todo el mundo en la colina comenzó a gritar: «¡Paren el arrastre! ¡Párenlo! ¡Paren!»

Pero no había nadie allí para pararlo. Los chillidos de Anne eran roncos y terribles, y cuanto más se esforzaba por soltarse de la cuerda, más violentamente la arrojaba ésta contra el suelo. El espacio y el frío parecían amortiguar las voces —incluso la angustia de las voces—, que se elevaban pidiendo que pararan el arrastre. Los gritos de la niña fueron desgarradores hasta que la rueda de hierro le partió el cuello.

Los Hartley salieron para Nueva York ese mismo día, cuando hubo oscurecido. Conducirían toda la noche detrás del coche fúnebre. Varias personas se ofrecieron a llevar el volante, pero Hartley dijo que quería conducir él, y su mujer también parecía querer que él lo hiciese. Cuando todo estuvo a punto, la afligida pareja atravesó el porche, mirando en torno a ellos la desconcertante belleza de la noche. Hacía mucho frío, el cielo estaba despejado, y las constelaciones brillaban más que las luces del hostal o del pueblo. El ayudó a su mujer a subir al coche, y después de ponerle una manta sobre las piernas, emprendieron el largo, largo viaje.


En Cuentos completos
Traducción: José Luis López Muñoz
Imagen: Paul Hosefros/The New York Times/Redux.

23 mar. 2013

John Cheever - Sólo una vez más

No hay comentarios. :


John Cheever © Bettmann-Corbis


No tiene sentido complicarse la vida, pero en cualquier descripción amplia y auténtica de la ciudad en que todos vivimos tiene que haber sitio para decir unas palabras sobre los que se niegan a desaparecer, sobre los que se agarran a cualquier cosa, sobre esas personas que nunca triunfan, pero tampoco se rinden, los eternos insatisfechos que todos hemos conocido en una u otra ocasión. Me refiero a los aristócratas de poca monta que viven en la parte alta del East Side, a esos hombres elegantes y encantadores que trabajan para firmas de abogados y a sus pretenciosas mujeres, con sus visones de saldo y sus estolas raídas, sus zapatos de cocodrilo, sus aires de superioridad al hablar con los porteros y las cajeras de los supermercados, sus joyas de oro de ley y sus últimas gotas de Je Reviens y de Chanel. Estoy pensando en realidad en los Beer -Alfreda y Bob-, que vivían en un bloque de apartamentos del East Side, propiedad en otros tiempos del padre de Bob, rodeados de trofeos náuticos, fotografías dedicadas del presidente Hoover, muebles de estilo español y otras reliquias de la edad de oro. No era un sitio muy bonito, a decir verdad; grande y más bien oscuro, pero, en cualquier caso, por encima de sus posibilidades; se notaba en las caras de los porteros y de los ascensoristas cuando les decías a qué piso ibas. Imagino que siempre pagaban el alquiler con dos o tres meses de retraso y que no podían permitirse el lujo de dar propinas. Alfreda, por supuesto, había ido al colegio en Fiesole. Su padre, como el de Bob, había perdido millones y millones de dólares. Todos sus recuerdos estaban bañados en oro: las elevadas apuestas en las partidas de bridge de antaño, lo difícil que era hacer arrancar el Daimler en los días de lluvia, y las excursiones por el Brandywine con las hijas de Du Pont.

Alfreda era bien parecida: de cara alargada y con ese tipo de belleza rubia característica de Nueva Inglaterra que parece implicar una tímida reivindicación de privilegios raciales. Se diría que para ella nunca habían existido problemas. Cuando andaban mal de dinero, Alfreda trabajaba: primero en Steuben, una lujosa cristalería de la Quinta Avenida; luego se cambió a Jensen's, en donde tuvo problemas por insistir en su derecho a fumar en la tienda. De allí pasó a Bonwit's, y de Bonwit's a Bendel's. Estuvo unas Navidades en Schwarz's y trabajó para Saks durante la Pascua de Resurrección del año siguiente, en la sección de guantes de la planta baja. Durante los períodos entre diferentes empleos tuvo dos hijos, y solía dejarlos al cuidado de una anciana escocesa -otra reliquia familiar de los buenos tiempos- que parecía tan incapaz como los mismos Beer de adaptarse con éxito a un mundo en continua transformación.

Los Beer eran de ese tipo de personas a las que uno se encuentra continuamente en las estaciones de ferrocarril y en las fiestas. Me refiero a las típicas estaciones de los domingos por la noche; sitios para pasar el fin de semana y de final de vacaciones, como el nudo ferroviario de Flemington; lugares como la estación de Lake George, o Aiken o Greenville al comenzar la primavera; sitios como Westhampton, el vapor que hace la travesía hasta Nantucket, Stonington y Bar Harbor; o, para ir un poco más lejos, lugares como la estación de Paddington, o Roma, o el barco nocturno de Amberes. «¡Hola! ¿Qué tal?», saludaban a través de la muchedumbre de pasajeros; y allí estaba él, con su gabardina blanca, su bastón y su sombrero de fieltro, y allí estaba ella, con su visón o su estola raída. Y, en cierto modo, las fiestas donde uno se tropezaba con ellos no eran muy distintas, a decir verdad, de las estaciones, de los nudos ferroviarios, ni de los barcos nocturnos. Eran de ese tipo de fiestas en las que nunca hay mucha gente ni las bebidas son realmente buenas; fiestas en las que, mientras se bebe y se habla, se advierte una palpable indiferencia más fuerte que cualquier lógico entusiasmo social; como si los lazos familiares, sociales, académicos o geográficos que dan unidad al grupo estuvieran disolviéndose a la misma velocidad que los cubitos de hielo depositados en cada vaso. Pero el ambiente, más que de disolución social, es de sociedad en cambio, en reestructuración: una atmósfera de viaje, a fin de cuentas. Los invitados parecen agruparse sobre la cubierta de un buque o en el andén de una estación, esperando a que el barco o el tren se pongan en movimiento. Más allá de la camarera que recoge las mantas, más allá del vestíbulo y de la puerta contra incendios, parece extenderse una gran masa de aguas oscuras, aguas, a veces, agitadas por la tormenta, y es posible reconocer el gemido del viento, el chirriar de las señales metálicas sobre sus goznes, las luces, los gritos de los marineros y la sirena quejumbrosa de un barco que cruza el canal de la Mancha.

En buena parte, el tropezarse siempre con los Beer en fiestas y en estaciones de ferrocarril se debía a que también ellos buscaban a alguien. No buscaban a alguien como usted o como yo; buscaban a la marquesa de Bath, pero cuando estalla la tempestad cualquier puerto es bueno. La manera que tenían de llegar a una fiesta y mirar a su alrededor era comprensible -todos lo hacemos-, pero su forma de escudriñar a los compañeros de viaje en el andén de una estación ya era otra cosa. Si tenían que esperar más de quince minutos para utilizar un servicio público, eran capaces de examinar a todos los presentes, asegurándose de que debajo del ala de los sombreros o detrás de los periódicos no había ningún conocido.

Estoy hablando de los años treinta y cuarenta, de la época anterior y posterior a la segunda guerra mundial: años en que los problemas económicos de los Beer debieron de verse complicados por el hecho de que sus hijos estaban ya en edad de ir a colegios caros. Hicieron algunas cosas desagradables; firmaron cheques sin fondos y, después de pedir prestado un coche durante un fin de semana y caérseles en una zanja, desaparecieron, lavándose las manos en el asunto. Semejantes jugarretas crearon cierta inestabilidad, tanto en su situación social como económica, pero sobrevivieron gracias a un margen de simpatía y de esperanzas -no había que olvidar la existencia de tía Margaret en Filadelfia y de tía Laura en Boston-, y, todo hay que decirlo, debido a que resultaban encantadores. A la gente siempre le agradaba verlos porque, a pesar de ser las patéticas cigarras de un esplendoroso verano económico, eran capaces de hacer recordar muchas cosas buenas -sitios agradables, diversiones, comidas y amigos-, y la intensidad con que buscaban caras conocidas en los andenes de las estaciones puede perdonárseles si se tiene en cuenta que buscaban en realidad un mundo que les resultara inteligible.

Luego murió tía Margaret, y fue así como me enteré de este interesante acontecimiento: estábamos en primavera, y mi jefe y su mujer se embarcaban camino de Europa; la mañana en que zarpaban fui hasta el barco con una caja de puros y una novela histórica. El barco era nuevo, según recuerdo, con muchos curiosos mirando las obras completas de Edna Ferber encerradas bajo llave en la biblioteca, y asombrándose ante las piscinas vacías y los bares sin bebidas. Los corredores se hallaban abarrotados, y todos los camarotes de primera clase estaban llenos de flores y de visitantes que bebían champán a las once de una mañana melancólica, mientras las verdosas aguas del puerto de Nueva York enviaban su trágico olor hacia las nubes. Hice entrega de los regalos a mi jefe y a su mujer, y luego, buscando la cubierta principal, pasé junto a un camarote o una suite en la que oí las risas características del internado donde Alfreda se educó. La habitación estaba llena de gente, y un camarero servía champán; cuando saludé a mis amigos, Alfreda se apartó de los demás para hablar conmigo.

- Tía Margaret se nos ha ido -me dijo-, y otra vez tenemos dinero…

Bebí algo de champán, y en seguida se dejó oír la sirena del «todos-a-tierra», vehemente, ensordecedora, como una ronca llamada de la vida misma y, de alguna manera, trágica también como el olor de las aguas del puerto; porque, mientras el grupo se deshacía, me pregunté cuánto podría durarles a aquellos dos la fortuna de tía Margaret. Sus deudas eran enormes, sus costumbres, extravagantes, y ni siquiera un centenar de miles de dólares los llevaría muy lejos.

Esta idea parece haberse quedado grabada en algún lugar de mi mente, porque aquel otoño, durante un combate de pesos pesados en el Yankee Stadium, me pareció ver a Bob que rondaba por allí intentando alquilar unos prismáticos. Lo llamé -grité su nombre-, pero no era él, aunque el parecido resultaba tan extraordinario que sentí como si lo hubiera visto o hubiese tenido al menos una vivida imagen de los contrastes sociales y económicos que aguardaban todavía a aquella pareja.

Quisiera poder decir que, una noche en la que nevaba, al salir del teatro, vi a Alfreda vendiendo lápices en la calle Cuarenta y Seis para regresar desde allí a un sótano del West Side donde Bob agonizaba sobre una colchoneta. Pero eso sólo pondría de manifiesto la pobreza de mi imaginación.

Al decir que los Beer eran del tipo de personas que uno se encuentra en las estaciones de ferrocarril y en las fiestas pasé por alto las playas. Los Beer eran muy acuáticos. Ya se sabe lo que pasa. Durante los meses de verano, la costa del noroeste desde Long Island hasta muy arriba en el estado de Maine, incluyendo las islas cercanas, parece transformarse en una gigantesca casa de intercambio social, y mientras uno está sentado en la arena escuchando la artillería pesada del Atlántico del norte, las figuras de nuestro pasado surgen del agua tan juntas como las pasas en un bollo. Aparece una ola, acelera la marcha, se hincha y se rompe, mostrándonos a Consuelo Roosevelt y al señor y a la señora Vanderbilt, con los hijos de los dos matrimonios. Luego llega una ola que avanza desde la derecha como una carga de caballería, y que arrastra hacia tierra a Lathrope Macy con la segunda mujer de Emerson Crane sobre un bote de goma, y al obispo de Pittsburgh montado en la cámara de un neumático. Finalmente, otra ola rompe a nuestros pies haciendo el ruido de la tapa de un baúl al cerrarla con violencia, y allí están los Beer.

- Cuánto nos alegramos de verte, qué alegría tan grande…

Ésa es la razón de que el verano y el mar sean el escenario de su última aparición: al menos de la última aparición que tiene interés para nuestra historia. Nos encontramos en un pequeño pueblo de Maine, pongamos por caso, y decidimos salir de excursión con la familia en barca y llevarnos la comida. El conserje del hotel nos dice dónde podemos alquilar un bote, envolvemos los sándwiches y, siguiendo sus instrucciones, llegamos al muelle. En una casucha encontramos a un viejo que alquila un balandro; le dejamos un depósito, firmamos un papel muy sucio, y nos damos cuenta de que a las diez de la mañana el anciano ya está borracho. En un bote de remos nos lleva hasta donde está amarrado el balandro; nos despedimos de él y luego, al comprobar que la embarcación está inservible, lo llamamos, pero ya se ha dado la vuelta en dirección a tierra firme y no nos oye.

Hay tanta agua a bordo que las tablas que cubren el fondo flotan. Además, la aguja del timón está torcida, y uno de los pernos completamente oxidado. Las poleas están rotas y cuando, después de achicar el agua, alzamos la vela, descubrimos que se halla podrida y rasgada. Finalmente nos ponemos en marcha -empujados por la impaciencia de los niños-, navegamos hasta una isla y comemos. Luego intentamos volver a casa. Pero el viento tiene ahora nuevos bríos; ha cambiado de dirección y sopla hacia el suroeste; cuando ya hemos abandonado la isla, se rompe el soporte de estribor, el cable sale disparado hacia arriba y se enrolla alrededor del mástil. Estiramos la vela y reparamos el soporte con alambre. Entonces nos damos cuenta de que la marea nos es contraria y de que nos dirigimos rápidamente hacia mar abierto. El soporte que acabamos de reparar nos permite navegar durante diez minutos, hasta que se nos rompe el de babor. Ahora estamos en una situación difícil. Pensamos en el viejo de la casucha y en su cabeza repleta de vapores de alcohol, porque es la única persona que sabe dónde estamos. Intentamos remar con las tablas del suelo, pero no conseguimos nada contra la fuerza de la marea. ¿Quién nos salvará? ¡Los Beer!

Al anochecer, aparecen por el horizonte en uno de esos yates de grandes dimensiones con una plataforma sobre el puente, luces con pantallas y jarrones con rosas dentro del camarote. Un marinero contratado maneja el timón, y Bob nos echa un cable. Es algo más que un encuentro inesperado entre viejos amigos: nos han salvado la vida. Casi desvariamos. El marinero se instala en el balandro y diez minutos después de librarnos de las fauces de la muerte estamos bebiendo martinis en el puente. Nos van a llevar a su casa, dicen. Podemos pasar allí la noche. Y aunque el escenario y el atrezzo no son muy distintos de otras veces, la relación de los Beer con ellos es completamente distinta. Se trata de su casa, de su barco. Nos preguntamos cómo -estamos atónitos-, y Bob es lo suficientemente cortés como para darnos una explicación, en voz baja, casi con un murmullo, como si se tratara de algo sin importancia:

- Cogimos la mayor parte del dinero de tía Margaret, todo el de tía Laura y un poco que nos dejó tío Ralph, y lo invertimos en la Bolsa, ¿sabes?, y se ha triplicado en los dos últimos años, un poco más incluso. He vuelto a comprar todo lo que papá perdió: bueno, las cosas que me interesaban. Esa de ahí es mi goleta. La casa es nueva, por supuesto. Ésas son nuestras luces.

El atardecer y el océano, que parecían tan amenazadores desde el barquichuelo, se extienden ahora a nuestro alrededor con milagrosa tranquilidad, y nos disponemos a pasarlo bien con nuestros amigos, porque los Beer son encantadores -siempre lo han sido-, y ahora resulta además que son inteligentes, porque ¿no demuestra inteligencia haber sabido que el verano llegaría una vez más para ellos?


En Relatos
Traducción de José Luis López Muñoz y Jaime Zulaika Goicoechea
Imagen: ©Bettmann-Corbis

22 ago. 2012

John Cheever - El gusano de la manzana

No hay comentarios. :


John Cheever - El gusno de la manzana


Los Crutchman eran tan felices, tan extraordinariamente felices, y tan moderados en todas sus costumbres, y todo lo que les pasaba les parecía tan bien que uno se veía obligado a sospechar la existencia de un gusano en su sonrosada manzana, y a imaginar que el llamativo color de la fruta no tenía otro objeto que esconder la gravedad y la extensión de la enfermedad. Su casa de Hill Street, por ejemplo, con todas aquellas enormes ventanas. ¿Quién, excepto alguien con complejo de culpabilidad, querría que entrase tanta luz en su casa? Y el hecho de enmoquetar todas las habitaciones, ¿no era como reconocer que un centímetro de suelo al descubierto (que no existía) podía despertar recuerdos muy enterrados de amores no correspondidos y de soledad? Y había cierto entusiasmo necrofílico en su manera de trabajar el jardín. ¿Por qué tanto interés en cavar agujeros, plantar semillas y ver cómo brotan las plantas? ¿Por qué tanta morbosa preocupación con la tierra? Helen era una mujer muy bonita con esa llamativa palidez que con tanta frecuencia se descubre en las ninfómanas. Larry era un hombre corpulento que solía trabajar en el jardín sin camisa, lo que quizá ponía de manifiesto una tendencia infantil al exhibicionismo.

Los Crutchman se mudaron muy contentos a Shady Hill después de la guerra. Larry había servido en la marina. Tenían dos hijos muy alegres: Rachel y Tom. Pero ya habían surgido algunas nubes en su horizonte. El barco de Larry se había hundido durante la guerra y él pasó cuatro días en una balsa en el Mediterráneo y sin duda aquella experiencia le haría ver con escepticismo las comodidades y los pájaros cantores de Shady Hill, obsequiándolo al mismo tiempo con algunas agobiantes pesadillas. Pero quizá era todavía más grave el hecho de que Helen fuese rica. Hija única del viejo Charlie Simpson -uno de los últimos bucaneros de la industria-, su padre le había dejado unas rentas superiores al mejor sueldo que Larry pudiera conseguir trabajando para Melcher y Thaw. Los peligros de esa situación son bien conocidos. Puesto que Larry no tenía que ganarse la vida -al faltarle un incentivo-, cabía la posibilidad de que se tomara las cosas con calma, de que pasara demasiado tiempo en los campos de golf, y de que tuviera siempre una copa en la mano. Helen confundiría la independencia económica con la emocional, dañando el delicado equilibrio dentro de su matrimonio. Pero Larry no daba la sensación de tener pesadillas y Helen repartía sus ingresos entre diferentes obras de caridad y llevaba una vida cómoda pero modesta. Larry, por su parte, iba a su trabajo todas las mañanas con tanto entusiasmo que podía pensarse que intentaba escapar de algo. Su participación en la vida de la comunidad era tan intensa que apenas debía de quedarle tiempo para el examen de conciencia. Estaba en todas partes: en la fila para la comunión, en el campo de fútbol, tocando el oboe con el Club de Música de Cámara, conduciendo el coche de los bomberos, en el consejo escolar, y a las ocho y tres minutos de la mañana salía todos los días camino de Nueva York. ¿Qué pesar lo empujaba de aquella manera?

Quizá había deseado tener más hijos. ¿Por qué tenían sólo dos? ¿Por qué no tres o cuatro? ¿Se había producido quizá un fallo en sus relaciones después del nacimiento de Tom? Rachel, la mayor, era terriblemente gorda de niña y muy agresiva en cuestiones económicas. Todas las primaveras arrastraba un viejo tocador desde el garaje hasta la acera y colocaba encima un cartel que decía: LiMonADA FResCA. 15 centavos. Tom tuvo una pulmonía a los seis años y estuvo a punto de morirse, pero se restableció sin que se produjeran complicaciones visibles. Los hijos podrían haberse rebelado contra el conformismo de sus padres, porque Helen y Harry aceptaban todas las reglas sociales. ¿Dos automóviles? Sí. ¿Iban a la iglesia? Todos los domingos se arrodillaban y rezaban devotamente. ¿Ropa? No podrían haber sido más puntillosos en su observancia de las normas sobre la manera correcta de vestir. Clubs de lectura, arte local y asociaciones de amantes de la música, competiciones atléticas y juegos de cartas: los Crutchman estaban metidos hasta el cuello en todo. Pero si sus hijos se rebelaban, ocultaban su rebeldía y parecían querer a sus padres sin traumas y verse respondidos con el mismo afecto, aunque quizá existía en este amor la tristeza de alguna profunda desilusión. Quizá Larry fuese impotente. Quizá Helen fuera frígida…, pero había muy pocas probabilidades, con aquel cutis tan blanco. Todas las personas de Shady Hill con manos inquietas les habían hecho insinuaciones a los dos, pero siempre se habían visto rechazados. ¿Cuál era la fuente de su constancia? ¿Estaban asustados? ¿Eran gazmoños? ¿Monógamos? ¿Qué había en el fondo de aquella apariencia de felicidad?

A medida que sus hijos crecieron fue posible contar con ellos para encontrar el gusano en la manzana. Rachel y Tom serían ricos, heredarían la fortuna de Helen, y quizá viéramos situarse encima de ellos la sombra que con tanta frecuencia oscurece las vidas de los hijos que cuentan con una existencia libre de preocupaciones económicas. Y de todas formas, Helen amaba demasiado a su hijo. Le compraba todo lo que quería. Un día, después de llevarlo en coche a la academia de baile con su primer traje de sarga azul, Helen se entusiasmó tanto con la figura varonil que ofrecía subiendo la escalera, que al poner el automóvil en marcha fue a estrellarse directamente contra un olmo. Un sentimiento como aquél tenía inevitablemente que crear problemas. Y si Helen prefería a su hijo, terminaría por tratar peor a su hija. Escúchenla:

- Los pies de Rachel son inmensos, sencillamente inmensos -está diciendo-. Nunca encuentro zapatos para ella.

Quizás ahora veamos el gusano. Como la mayoría de las mujeres hermosas, Helen tiene celos; ¡tiene celos de su propia hija! No soporta tener una rival. Le pondrá a la chica unos trajes horrorosos, hablando del tamaño de sus pies hasta que la pobre criatura se niegue a ir a los bailes, o si la obligan, a quedarse muy mohína en el tocador de señoras, mirándose esos pies monstruosos que Dios le ha dado. Se sentirá tan desgraciada y tan sola que para poder realizarse se enamorará de un poeta psicológicamente inestable y se escapará con él a Roma, donde vivirán un exilio miserable bebiendo más de la cuenta. Pero cuando la muchacha entra en la sala, vemos que es bonita, que va bien vestida y que le sonríe a su madre con sincero cariño. Tiene los pies grandes, no hay duda, pero su pecho también es abundante. Quizá debamos ocuparnos del hijo para encontrar el problema que buscamos.

Y ahí sí existen las dificultades. En el penúltimo año de bachillerato lo suspenden y tiene que repetir curso; el resultado es que se siente al margen de sus compañeros y lo colocan, por casualidad, en el pupitre vecino al de Carrie Whitchell, sin duda la chica más atractiva de Shady Hill. Todo el mundo sabe quiénes son los Whitchell y su alegre y bonita hija. Beben demasiado y viven en una de esas casas de madera de Maple Dell. La chica es realmente hermosa y todo el mundo está enterado de que sus astutos padres proyectan salir de Maple Dell apoyándose en la blanquísima piel de su hija. ¡Una situación perfecta! Los Whitchell no ignoran que Helen es rica. En su dormitorio a oscuras calcularán la compensación económica que podrán pedir, y en la cocina maloliente donde comen siempre le dirán a su hermosa hija que deje al muchacho llegar hasta donde quiera. Pero Tom se desenamoró de Carrie tan de prisa como se había enamorado, y después se enamoró de Karen Strawbridge y de Susie Morris y de Anna Macken, y podría pensarse que le faltaba estabilidad, pero en su segundo año de universidad anunció su compromiso con Elizabeth Trustman; se casaron cuando Tom terminó los estudios, y como él tenía que cumplir el servicio militar, ella se fue con él a su destino en Alemania, donde estudiaron y aprendieron el idioma, hicieron amistad con la gente y fueron un motivo de orgullo para su país.

Rachel no tuvo las cosas tan fáciles. Al perder los kilos que le sobraban, se convirtió en seguida en una chica muy atractiva. Fumaba, bebía y probablemente fornicaba, y el abismo que se abre ante una joven hermosa e incapaz de moderarse es insondable. ¿Qué, excepto la casualidad, le impediría terminar de chica de alterne en una sala de baile de Times Square? ¿Y qué pensaría su pobre padre, viendo el rostro de su hija (los pechos apenas cubiertos por un velo) contemplándolo mudamente desde una de esas vitrinas en una mañana lluviosa? Pero lo que Rachel hizo fue enamorarse del hijo del jardinero alemán de los Farquarson, que había llegado a Estados Unidos con su familia después de la guerra dentro del contingente de Personas Desplazadas. Se llamaba Eric Reiner y, si hemos de ser honestos, se trataba de un joven excepcional que consideraba Estados Unidos como un verdadero Nuevo Mundo. A los Crutchman debió de entristecerles la elección de Rachel, por no decir que les rompió el corazón, pero ocultaron sus sentimientos. Los Reiner no lo hicieron. Aquella pareja de industriosos alemanes consideraron el matrimonio de su hijo con la chica de los Crutchman imposible e indecoroso. En una ocasión, el padre golpeó a su hijo en la cabeza con un trozo de leña. Pero los jóvenes siguieron viéndose y terminaron por escaparse juntos. No les quedaba otro remedio: Rachel estaba embarazada de tres meses. Eric se encontraba entonces en su primer año de universidad en Tufts, adonde había ido con una beca. El dinero de Helen resultó muy útil en aquel momento y la madre de Rachel pudo alquilar un apartamento en Boston para la joven pareja y hacerse cargo de sus gastos. El hecho de que su primer nieto fuera prematuro no pareció preocupar a los Crutchman. Cuando Eric se graduó en la universidad, consiguió una beca para continuar sus estudios en el MIT (el Massachusetts Institute of Technology). Se doctoró en física e inmediatamente empezó a enseñar en aquel mismo departamento. Podría haber conseguido un empleo en la industria privada con un sueldo más alto, pero le gustaba dar clases, y Rachel era feliz en Cambridge, donde siguieron viviendo.

Con la marcha de sus queridos hijos podría esperarse que los Crutchman sufrieran la conocida indigencia espiritual de su edad y de su clase -por fin aparecería al descubierto el gusano de la manzana-, si bien, al contemplar a esta pareja encantadora mientras dan fiestas para sus amigos o leen los libros que les gustan, uno podría preguntarse si el gusano no se hallaba en el ojo del espectador que, por timidez o cobardía moral, era incapaz de abarcar el amplio espectro de sus entusiasmos naturales y de reconocer que, a pesar de que Larry no tocara a Bach ni jugara al fútbol demasiado bien, el placer que experimentaba con aquellas dos actividades era auténtico. Quizá podría esperarse al menos que se notara en los Crutchman la normal capacidad destructiva del tiempo, pero ya sea por simple suerte o como consecuencia de su moderada y saludable manera de vivir, no se les cayeron ni los dientes ni el pelo. Su capacidad para la euforia siguió dando frutos innegables, y aunque Larry renunció al coche de los bomberos, se lo continuaba viendo en la fila de la comunión, en el campo de fútbol, en el tren de las ocho y tres minutos, y en el Club de Música de Cámara. Y gracias a la prudencia y a la astucia del agente de Bolsa de Helen, fueron haciéndose cada vez más ricos y vivieron felices el resto de sus días.


En Relatos
Traducción de José Luis López Muñoz y Jaime Zulaika Goicoechea
Imagen: © Bettmann/CORBIS

12 jul. 2012

John Cheever - Reunión

No hay comentarios. :


John Cheever © David Lees/CORBIS


La última vez que vi a mi padre fue en la estación Grand Central. Yo venía de estar con mi abuela en los montes Adirondacks, y me dirigía a una casita de campo que mi madre había alquilado en el cabo; escribí a mi padre diciéndole que pasaría hora y media en Nueva York debido al cambio de trenes, y preguntándole si podíamos comer juntos. Su secretaria me contestó que se reuniría conmigo en el mostrador de información a mediodía, y cuando aún estaban dando las doce lo vi venir a través de la multitud. Era un extraño para mí -mi madre se había divorciado tres años antes y yo no lo había visto desde entonces-, pero tan pronto como lo tuve delante sentí que era mi padre, mi carne y mi sangre, mi futuro y mi fatalidad. Comprendí que cuando fuera mayor me parecería a él; que tendría que hacer mis planes contando con sus limitaciones. Era un hombre corpulento, bien parecido, y me sentí feliz de volver a verlo. Me dio una fuerte palmada en la espalda y me estrechó la mano.

- Hola, Charlie -dijo-. Hola, muchacho. Me gustaría que vinieses a mi club, pero está por la calle sesenta, y si tienes que coger un tren en seguida, será mejor que comamos algo por aquí cerca.

Me rodeó con el brazo y aspiré su aroma con la fruición con que mi madre huele una rosa. Era una agradable mezcla de whisky, loción para después del afeitado, betún, traje de lana y el característico olor de un varón de edad madura. Deseé que alguien nos viera juntos. Me hubiese gustado que nos hicieran una fotografía. Quería tener algún testimonio de que habíamos estado juntos.

Salimos de la estación y nos dirigimos hacia un restaurante por una calle secundaria. Todavía era pronto y el local estaba vacío. El barman discutía con un botones, y había un camarero muy viejo con una chaqueta roja junto a la puerta de la cocina. Nos sentamos, y mi padre lo llamó con voz potente:

- ¡Kellner! -gritó-. ¡Garçón! ¡Cameriere! ¡Oiga usted!

Todo aquel alboroto parecía fuera de lugar en el restaurante vacío.

- ¿Será posible que no nos atienda nadie aquí? -gritó-. Tenemos prisa.

Luego dio unas palmadas. Esto último atrajo la atención del camarero, que se dirigió hacia nuestra mesa arrastrando los pies.

- ¿Esas palmadas eran para llamarme a mí? -preguntó.

- Cálmese, cálmese, sommelier -dijo mi padre-. Si no es pedirle demasiado, si no es algo que está por encima y más allá de la llamada del deber, nos gustaría tomar dos gibsons con ginebra Beefeater.

- No me gusta que nadie me llame dando palmadas -dijo el camarero.

- Debería haber traído el silbato -replicó mi padre-. Tengo un silbato que sólo oyen los camareros viejos. Ahora saque el bloc y el lápiz y procure enterarse bien: dos gibsons con Beefeater. Repita conmigo: dos gibsons con Beefeater.

- Creo que será mejor que se vayan a otro sitio -dijo el camarero sin perder la compostura.

- Ésa es una de las sugerencias más brillantes que he oído nunca -señaló mi padre-. Vámonos de aquí, Charlie.

Seguí a mi padre y entramos en otro restaurante. Esta vez no armó tanto alboroto. Nos trajeron las bebidas, y empezó a someterme a un verdadero interrogatorio sobre la temporada de béisbol. Al cabo de un rato golpeó el borde de la copa vacía con el cuchillo y empezó a gritar otra vez:

- ¡Garçon! ¡Cameriere! ¡Kellner! ¡Oiga usted! ¿Le molestaría mucho traernos otros dos de lo mismo?

- ¿Cuántos años tiene el muchacho? -preguntó el camarero.

- Eso no es en absoluto de su incumbencia -dijo mi padre.

- Lo siento, señor, pero no le serviré más bebidas alcohólicas al muchacho.

- De acuerdo, yo también tengo algo que comunicarle -dijo mi padre-. Algo verdaderamente interesante. Sucede que éste no es el único restaurante de Nueva York. Acaban de abrir otro en la esquina. Vámonos, Charlie.

Pagó la cuenta y nos trasladamos de aquél a otro restaurante. Los camareros vestían americanas de color rosa, semejantes a chaquetas de caza, y las paredes estaban adornadas con arneses de caballos. Nos sentamos y mi padre empezó a gritar de nuevo:

- ¡Que venga el encargado de la jauría! ¿Qué tal los zorros este año? Quisiéramos una última copa antes de empezar a cabalgar. Para ser más exactos, dos bibsons con Geefeater.

- ¿Dos bibsons con Geefeater? -preguntó el camarero, sonriendo.

- Sabe muy bien lo que quiero -replicó mi padre, muy enojado-. Quiero dos gibsons con Beefeater, y los quiero de prisa. Las cosas han cambiado en la vieja y alegre Inglaterra. Por lo menos eso es lo que dice mi amigo el duque. Veamos qué tal es la producción inglesa en lo que a cócteles se refiere.

- Esto no es Inglaterra -repuso el camarero.

- No discuta conmigo. Limítese a hacer lo que se le pide.

- Creí que quizá le gustaría saber dónde se encuentra -dijo el camarero.

- Si hay algo que no soporto, es un criado impertinente -declaró mi padre-. Vámonos, Charlie.

El cuarto establecimiento en el que entramos era italiano.

- Buongiorno -dijo mi padre-. Per favore, possiamo avere due cocktail americani, forti fortio. Molto gin, poco vermut.

- No entiendo el italiano -respondió el camarero.

- No me venga con ésas -dijo mi padre-. Entiende usted el italiano y sabe perfectamente bien que lo entiende. Vogliamo due cocktail americani. Subito.

El camarero se alejó y habló con el encargado, que se acercó a nuestra mesa y dijo:

- Lo siento, señor, pero esta mesa está reservada.

- De acuerdo -asintió mi padre-. Denos otra.

- Todas las mesas están reservadas -declaró el encargado.

- Ya entiendo. No desean tenernos por clientes, ¿no es eso? Pues váyanse al infierno. Vada all' inferno. Será mejor que nos marchemos, Charlie.

- Tengo que coger el tren -dije.

- Lo siento mucho, hijito -dijo mi padre-. Lo siento muchísimo. -Me rodeó con el brazo y me estrechó contra sí-. Te acompaño a la estación. Si hubiéramos tenido tiempo de ir a mi club…

- No tiene importancia, papá -dije.

- Voy a comprarte un periódico -dijo-. Voy a comprarte un periódico para que leas en el tren.

Se acercó a un quiosco y pidió:

- Mi buen amigo, ¿sería usted tan amable de obsequiarme con uno de sus absurdos e insustanciales periódicos de la tarde? -El vendedor se volvió de espaldas y se puso a contemplar fijamente la portada de una revista-. ¿Es acaso pedir demasiado, señor mío? -insistió mi padre-, ¿es quizá demasiado difícil venderme uno de sus desagradables especímenes de periodismo sensacionalista?

- Tengo que irme, papá -dije-. Es tarde.

- Espera un momento, hijito -replicó-. Sólo un momento. Estoy esperando a que este sujeto me dé una contestación.

- Hasta la vista, papá -dije; bajé la escalera, tomé el tren, y aquélla fue la última vez que vi a mi padre.


En Relatos
Traducción de José Luis López Muñoz y Jaime Zulaika Goicoechea
Imagen: © David Lees/CORBIS


26 feb. 2012

John Cheever - Una mujer sin país

No hay comentarios. :





La vi aquella primavera en Campino, con el conde de Capra -el que lleva bigote-, entre la tercera carrera y la cuarta, bebiendo Campari junto a las pistas del hipódromo, con las montañas a lo lejos y, más allá de las montañas, una masa de nubes que en América hubieran significado una tormenta para la hora de cenar capaz de derribar árboles, pero que allí terminaría por quedarse en nada. Volví a verla en el Tennerhof de Kitzbühel, donde un francés cantaba canciones de vaqueros ante un público que incluía a la reina de Holanda; pero nunca la vi en las montañas, y no creo que esquiara; iba allí, al igual que tantos otros, para estar con la gente y participar en la animación. Más tarde la vi en el Lido, y de nuevo en Venecia algo después, una mañana en que yo iba en góndola a la estación y ella estaba sentada en la terraza de los Gritti, tomando café. La vi en la representación de la Pasión de Erl; no exactamente en la representación, sino en el mesón del pueblo, donde se suele comer aprovechando el intermedio, y la vi en la plaza de Siena con motivo del Palio, y aquel otoño en Treviso, cuando cogía el avión para Londres.

Exagero, pero todo esto podría ser verdad. Era una de esas personas que vagabundean incansablemente, y luego, noche tras noche, se van a la cama para soñar con bocadillos de bacon, lechuga y tomate. Aunque procedía de una pequeña ciudad industrial del norte donde se fabricaban cucharas de palo, uno de esos lugares solitarios de donde surge, paradójicamente, la sociedad internacional, eso no tuvo nada que ver con su vida errante. Su padre era el gerente de la fábrica, que pertenecía a la familia Tonkin: grandes propietarios, dueños de regiones enteras, por lo que la tramitación de su divorcio fue seguida con gran interés por los periódicos sensacionalistas; el joven Marchand Tonkin pasó un mes allí para adquirir práctica en los negocios, y se enamoró de Anne. Ella era una chica normal, dulce y modesta, por naturaleza -cualidades que nunca perdió-, y se casaron al cabo de un año. Aunque eran inmensamente ricos, los Tonkin no amaban la ostentación, y la joven pareja vivió discretamente en un pequeño pueblo desde donde Marchand se trasladaba todos los días a Nueva York para trabajar en el despacho familiar. Tuvieron un hijo y vivieron una vida feliz y sin historia hasta una húmeda mañana del séptimo año de su matrimonio.

Marchand tenía una reunión en Nueva York y debía tomar el tren a primera hora de la mañana. Pensaba desayunar en la ciudad. Eran alrededor de las siete cuando se despidió de su mujer. Anne no se había vestido, y estaba echada en la cama cuando lo oyó pelearse con el motor del coche que solía usar para ir a la estación. Después oyó cómo se abría la puerta principal y la voz de su marido que la llamaba mientras subía la escalera. El coche no se ponía en marcha, ¿le importaría llevarlo a la estación en el Buick? No le daba tiempo a vestirse, de manera que Anne se echó una chaqueta por encima de los hombros y lo llevó a la estación. De medio cuerpo para arriba estaba correctamente vestida, pero de la chaqueta para abajo el camisón seguía siendo transparente. Marchand le dio un beso de despedida y le recomendó que se vistiera en seguida; Anne abandonó la estación, pero en el cruce de Alewives Lane y Hill Street se quedó sin gasolina.

Como se hallaba delante de la casa de los Bearden, pensó que podrían proporcionarle un poco de gasolina, o, al menos, prestarle un abrigo. Tocó el claxon una y otra vez hasta darse cuenta de que los Bearden estaban de vacaciones en Nassau. Todo lo que podía hacer era esperar en el coche, prácticamente desnuda, a que alguna compasiva ama de casa pasara por allí y se ofreciera a ayudarla. Mary Pym fue la primera, y aunque Anne la saludó con la mano, pareció no darse cuenta. Después pasó Julia Weed, que llevaba a Francis al tren a toda velocidad, pero que iba demasiado de prisa para fijarse en nada. A continuación cruzó por allí Jack Burden, el libertino del pueblo, y sin que nadie lo llamara, pareció sentirse magnéticamente atraído hacia el automóvil. Se detuvo y preguntó si podía ayudar en algo. Anne se trasladó a su coche -¿qué otra cosa podría haber hecho?-, pensaba en lady Godiva y en santa Águeda. Lo peor de todo fue que no acababa de despertarse: de cruzar la distancia entre las sombras del sueño y la luz del día. Y era un día sin luz, sombrío y opresivo, como el ambiente de una pesadilla. El sendero hasta su casa quedaba oculto desde la carretera gracias a unos cuantos arbustos, y cuando Anne se apeó del coche y le dio las gracias a Jack Burden, él la siguió escalones arriba y se aprovechó de ella en el vestíbulo, donde fueron descubiertos por Marchand cuando volvió en busca de su cartera.

Marchand abandonó la casa en aquel mismo momento, y Anne nunca volvió a verlo. Murió de un ataque cardíaco diez días después en un hotel de Nueva York. Sus suegros fueron a los tribunales para solicitar la custodia del niño, y durante el juicio, Anne -en su inocencia- cometió la equivocación de echarle la culpa de su extravío a la humedad. Las revistas sensacionalistas lo sacaron a relucir -no fui yo; fue la humedad-, y aquello se extendió por todo el país. Inventaron una canción que se hizo muy popular, y, dondequiera que iba, parecía que Anne estaba condenada a escucharla:

La pobrecita Isabel
nunca besaba a un doncel
si faltaba la humedad,
pero si estaba nublado,
no se podía contener,
convertida en un tornado…

A mitad de juicio, Anne retiró sus demandas, se puso unas gafas de sol y se embarcó de incógnito para Génova, catalogada como persona indeseable por una sociedad que sólo parecía capaz de suavizar su puritanismo con un procaz sentido del humor.

No le faltaba dinero, claro está -sus sufrimientos eran sólo espirituales-, pero la habían herido, y sus recuerdos eran amargos. Por lo que sabía de la vida, Anne tenía derecho al perdón, pero no se lo habían concedido, y su propio país, al recordarlo desde el otro lado del Atlántico, parecía haber dictado contra ella una sentencia salvaje y poco realista. Se la había utilizado como cabeza de turco; se la había puesto en ridículo, y precisamente porque su pureza de corazón era auténtica, estaba profundamente ofendida. Basaba su expatriación en razones morales más que culturales. Al interpretar el papel de europea, quería expresar su desaprobación por lo que había pasado en su país. Vagabundeó por toda Europa, pero finalmente compró una villa en Tavola-Calda y pasaba allí por lo menos la mitad del año. Aprendió italiano, así como todos los sonidos guturales y gestos de manos que acompañan al idioma. En el sillón del dentista decía ¡ay!, en lugar de ¡au!, y podía espantar a un abejorro de su vaso de vino con gran elegancia. Se sentía muy dueña de su expatriación -su territorio personal, conseguido con grandes sufrimientos-, y la irritaba oír a otros extranjeros hablando italiano. Su villa era encantadora; los ruiseñores cantaban en los robles, las fuentes susurraban en el jardín, y ella, desde la terraza más alta, con el cabello teñido del peculiar tono bronceado que estaba de moda en Roma aquel año, saludaba a sus huéspedes: «Bentornati. Quanto piacere!», pero la escena no era nunca del todo perfecta.

Parecía una reproducción, con las leves imperfecciones que se encuentran en las ampliaciones: una disminución de calidad. El resultado no era tanto que estuviera de verdad en Italia como que se había marchado completamente de Estados Unidos.

Anne pasaba gran parte del tiempo con gente que, como ella, aseguraban ser víctimas de una atmósfera moral represiva y raquítica. Sus corazones estaban en los muelles de los puertos, siempre escapándose de casa. Anne había pagado su continua movilidad con cierta dosis de soledad. El grupo de amigos que esperaba encontrar en Wiesbaden desapareció sin dejar ninguna dirección. Los buscó en Heidelberg y en Munich, pero no consiguió encontrarlos. Las invitaciones de boda y los partes meteorológicos («La nieve cubre el nordeste de Estados Unidos») le producían una terrible nostalgia. Siguió perfeccionando su interpretación del papel de europea, y, aunque sus logros eran admirables, no dejaba de tener una especie de alergia a las críticas, y detestaba que la confundiesen con una turista. Un día, al final de la temporada en Venecia, tomó el tren en dirección al sur, y llegó a Roma en una calurosa tarde de setiembre. La mayor parte de los habitantes de la Ciudad Eterna estaban durmiendo, y el único signo de vida eran los autobuses de los turistas rechinando cansadamente por las calles, como si fueran una pieza básica en el funcionamiento de la ciudad, igual que el alcantarillado o la conducción de la luz. Le dio el talón del equipaje a un mozo y le describió sus maletas en un excelente italiano, pero él no se dejó engañar y murmuró algo acerca de los norteamericanos. ¡Eran tantos! Esto irritó a Anne, que replicó con aspereza:

- Yo no soy norteamericana.

- Disculpe, signora -dijo el otro-. ¿De qué país es usted, entonces?

- Soy griega -respondió.

La enormidad, la tragedia de su mentira fue un terrible golpe para ella. «¿Qué he hecho?», se preguntó a sí misma con incredulidad. Su pasaporte era tan verde como la hierba, y viajaba bajo la protección del Gran Sello de Estados Unidos. ¿Qué la había impulsado a mentir sobre una faceta tan importante de su identidad?

Tomó un taxi par a ir a un hotel de Via Veneto, mandó subir las maletas a la habitación, y se dirigió al bar para beber algo. No había más que un norteamericano: un hombre de cabellos blancos con un audífono. Estaba solo y parecía sentirse solo; finalmente se volvió hacia la mesa donde se encontraba Anne y le preguntó muy cortésmente si era estadounidense.

- Sí.

- ¿Cómo es que habla italiano?

- Vivo aquí.

- Me llamo Stebbins -dijo él-. Charlie Stebbins, de Filadelfia.

- Encantada -dijo ella-. ¿De qué parte de Filadelfia?

- Bueno; nací en Filadelfia -dijo él-, pero no he vuelto allí desde hace cuarenta años. Mi verdadero hogar es Shoshone, en California. Lo llaman la puerta del valle de la Muerte. Mi mujer era de Londres. Londres en el estado de Arkansas, ja, ja. Mi hija se educó en seis estados de la Unión: California, Washington, Nevada, Dakota del Sur y del Norte y Louisiana. Mi mujer murió el año pasado, y decidí que tenía que ver un poco de mundo.

Las barras y las estrellas parecían materializarse en el aire por encima de la cabeza del señor Stebbins, y Anne se dio cuenta de que en Norteamérica las hojas estaban cambiando de color.

- ¿Qué ciudades ha visitado? -le preguntó.

- ¿Sabe? Es un poco cómico, pero no lo sé demasiado bien. Una agencia de California planeó el viaje y me dijeron que iba a hacerlo con un grupo de norteamericanos, pero tan pronto como llegué a alta mar descubrí que viajaba solo. No volveré a hacerlo nunca. En ocasiones me paso días enteros sin oír hablar a nadie en un inglés de Estados Unidos decente. Fíjese que algunas veces me siento en la habitación y hablo conmigo mismo por el placer de escuchar norteamericano. No sé si me creerá, pero tomé un autobús de Frankfurt a Munich, y no había nadie allí que supiera una palabra de inglés. Después tomé otro autobús de Munich a Innsbruck, y tampoco había nadie que hablara inglés. Luego otro de Innsbruck a Venecia y tres cuartos de lo mismo, hasta que se subieron unos norteamericanos en Cortina. Pero de los hoteles no tengo ninguna queja. Normalmente hablan inglés en los hoteles, y he estado en algunos francamente buenos.

A Anne le pareció que aquel desconocido, sentado en un taburete de un sótano romano, había conseguido redimir a su país. Un halo de timidez y de hombría de bien parecía rodearlo. En la radio, la emisora de las fuerzas armadas de Verona lanzaba a las ondas los compases de Stardust.

- Eso es Stardust -señaló el norteamericano-. Aunque supongo que ya habrá reconocido la canción. La escribió un amigo mío, Hoagy Carmichael. Sólo con esa pieza gana todos los años seis o siete mil dólares de derechos de autor. Es un buen amigo mío. No lo he visto nunca, pero nos escribimos. Quizá le parezca extraño tener un amigo al que no se ha visto nunca, pero Hoagy es realmente amigo mío.

A Anne le pareció que sus palabras eran mucho más melodiosas y expresivas que la música. El orden de las frases, su aparente falta de sentido, el ritmo con que habían sido pronunciadas le parecieron como la música de su propio país y se vio andando, todavía muchacha, junto a los montones de serrín de la fábrica de cucharas, camino de la casa de su mejor amiga. A veces, por las tardes, tenía que esperar en el paso a nivel, porque iba a cruzar por allí un tren de mercancías. Primero se oía un sonido a lo lejos, como de un huracán, y después un trueno metálico, el ruido de las ruedas. El tren de mercancías cruzaba a toda velocidad, como un rayo. Pero leer los carteles de los vagones solía emocionarla; no es que le hicieran imaginarse maravillosas posibilidades al final del trayecto: tan sólo la grandeza de su propio país, como si los estados de la Unión -estados trigueros, estados petrolíferos, estados ricos en carbón, estados marítimos- se deslizaran por la vía muy cerca de donde ella se había parado, y desde donde leía Southern Pacific, Baltimore amp; Ohio, Nickel Plate, New York Central, Great Western, Rock Island, Santa Fe, Lackawanna, Pennsylvania, para ir después perdiéndose paulatinamente a lo lejos.

- No llore, mujer-dijo el señor Stebbins-. No llore.

Había llegado el momento de volver a casa, y Anne cogió un avión para París aquella misma noche; al día siguiente tomó otro con destino a Idlewild. Temblaba de nerviosismo mucho antes de que vieran tierra. Volvía a casa, volvía a casa. El corazón se le subió a la garganta. ¡Qué oscura y qué reconfortante parecía el agua del Atlántico después de aquellos años en el extranjero! A la luz del amanecer, desfilaron bajo el ala derecha del avión las islas con nombres indios, e incluso llegaron a entusiasmarla las casas de Long Island, colocadas como los hierros de una parrilla. Dieron una vuelta sobre el aeropuerto y aterrizaron. Anne tenía pensado buscar una cafetería allí mismo, y pedir un sándwich de bacon, lechuga y tomate. Agarró con fuerza su paraguas (parisino), y su bolso (sienés), y esperó su turno para abandonar el avión, pero cuando estaba bajando la escalerilla, antes incluso de tocar con los zapatos (romanos) su tierra nativa, oyó cantar a un mecánico que trabajaba en un DC-7 muy cerca de allí:

La pobrecita Isabel
nunca besaba a un doncel…

No llegó a salir del aeropuerto. Tomó el siguiente avión para Orly y se reunió con los cientos, con los miles de norteamericanos que circulaban por Europa, alegres o tristes, como si realmente fueran gentes sin un país. Se los ve doblar una esquina en Innsbruck, en grupos de treinta, y esfumarse. Llenan un puente de Venecia, e inmediatamente ya se han ido. Se los oye pidiendo ketchup en un refugio del macizo Central por encima de las nubes, y se los ve curioseando entre las cuevas submarinas, con sus gafas y sus aparatos para respirar, en las aguas transparentes de Porto San Stefano. Anne pasó el otoño en París. También estuvo en Kitzbühel. Se trasladó a Roma para los concursos de equitación, y fue a Siena para ver el Palio. Seguía viajando sin descanso, soñando siempre con sándwiches de bacon, lechuga y tomate.



En Relatos
Traducción: José Luis López Muñoz y Jaime Zulaika Goicoechea
Imagen: Bernard Gotfryd/Getty Images





9 ene. 2012

John Cheever - Una visión del mundo

No hay comentarios. :




Esto lo escribo en otra casa de campo a orillas del mar, sobre la costa. La ginebra y el whisky han marcado anillos en la mesa frente a la cual me siento. Hay poca luz. De la pared cuelga una litografía coloreada de un gatito que tiene puestos un sombrero adornado con flores, un vestido de seda y guantes. El aire huele a moho, pero yo creo que es un olor grato, vivificante y carnal, como el agua de la sentina y el viento en tierra. Hay marea alta, y el mar bajo el farallón golpea los muros de contención y las puertas y sacude las cadenas con fuerza tal que salta la lámpara sobre mi mesa. Estoy aquí, solo, para descansar de una sucesión de hechos que comenzó un sábado por la tarde, cuando estaba paleando en mi jardín. Treinta o cincuenta centímetros bajo la superficie descubrí un pequeño recipiente redondo que podía haber contenido cera para lustrar zapatos. Con un cortaplumas abrí el recipiente. Dentro encontré un pedazo de tela encerada, y al desplegarla hallé una nota escrita sobre papel rayado. Leí: «Yo, Nils Jugstrum, me prometo que si al cumplir los veinticinco años no soy socio del Club Campestre de Arroyo Gory, me ahorcaré». Sabía que veinte años antes el vecindario en que vivo era tierra de cultivo, y supuse que el hijo de un agricultor, mientras contemplaba los verdes senderos del arroyo Gory, habría formulado su juramento y lo habría enterrado en el suelo. Me conmovieron, como me ocurre siempre, esas líneas irregulares de comunicación en las cuales expresamos nuestros sentimientos más profundos. A semejanza de un impulso de amor romántico, me pareció que la nota me sumergía más profundamente en la tarde.

El cielo era azul. Parecía música. Acababa de cortar el pasto y su fragancia impregnaba el aire. Me recordaba esos avances y esas promesas de amor que practicamos cuando somos jóvenes. Al final de una carrera pedestre uno se echa sobre la hierba, junto a la pista, jadeante, y el ardor con que abraza la hierba de la escuela es una promesa a la cual se atendrá todos los días de su vida. Mientras pensaba en cosas pacíficas, advertí que las hormigas negras habían vencido a las rojas, y estaban retirando del campo los cadáveres. Pasó volando un petirrojo, perseguido por dos grajos. El gato estaba en el seto de uvas, acechando a un gorrión. Pasó una pareja de oropéndolas tirándose picotazos, y de pronto vi, a menos de medio metro de donde estaba, una culebra venenosa que se despojaba del último tramo de su oscura piel de invierno. No sentí temor ni miedo, pero me impresionó mi falta de preparación para este sector de la muerte. Aquí encontraba un veneno letal, parte de la tierra tanto como el agua que corría en el arroyo, pero pareció que no le había reservado un lugar en mis reflexiones. Volví a casa para buscar la escopeta, pero tuve la mala suerte de encontrarme con el más viejo de mis perros, una perra que teme a las armas. Cuando vio la escopeta, comenzó a ladrar y a gemir, atraída sin piedad por sus instintos y sus sentimientos de ansiedad. Sus ladridos atrajeron al segundo perro, por naturaleza cazador, que bajó saltando los peldaños, dispuesto a cobrar un conejo o un pájaro; y seguido por dos perros, uno que ladraba de alegría y el otro de horror, regresé al jardín a tiempo para ver que la víbora desaparecía entre las grietas de la pared de piedra.


Después, fui en automóvil al pueblo y compré semillas de hierba, y más tarde fui al supermercado de la Ruta 27 para comprar unos brioches que había pedido mi esposa. Creo que en estos tiempos uno necesita una cámara para filmar un supermercado el sábado por la tarde. Nuestro lenguaje es tradicional, y representa la acumulación de siglos de relaciones. Excepto las formas de los productos, mientras esperaba no pude ver nada tradicional en el mostrador de la panadería. Éramos seis o siete personas, y nos demoraba un viejo que tenía una larga lista, una relación de alimentos. Mirando por encima de su hombro leí:

6 huevos
entremeses

Me vio leyendo el papel y lo apretó contra el pecho, como un prudente jugador de naipes. De pronto, la música funcional pasó de una canción de amor a un cha-cha-cha, y la mujer que estaba al lado comenzó a mover tímidamente los hombros y a ejecutar algunos pasos. «Señora, ¿desea bailar?», pregunté. Era muy fea, cuando abrí los brazos avanzó un paso y bailamos un minuto o dos. Era evidente que le encantaba bailar, pero con una cara como la suya seguramente no tenía muchas oportunidades. Entonces, se sonrojó intensamente, se desprendió de mis brazos y se acercó a la vitrina de vidrio, donde estudió atentamente los pasteles de crema. Me pareció que había dado un paso en la dirección apropiada, y cuando recibí mis brioches y volví a casa estaba muy contento. Un policía me detuvo en la esquina de la calle Alewives, para dar paso a un desfile. A1 frente marchaba una joven calzada con botas y vestida con pantalones cortos que destacaban la delgadez de sus muslos. Tenía una nariz enorme, llevaba un alto sombrero de piel y subía y bajaba un bastón de aluminio. La seguía otra joven, de muslos más finos y más amplios, que marchaba con la pelvis tan adelantada al resto de su propia persona que la columna vertebral se le curvaba de un modo extraño. Usaba gafas, y parecía sumamente molesta a causa del avance de la pelvis. Un grupo de varones, con el agregado aquí y allá de un campanero de cabellos canos, cerraba la retaguardia y tocaba Los cajones de municiones avanzan. No llevaban estandartes, por lo que podía ver no tenían finalidad ni destino y todo me pareció muy divertido. Me reí el resto del camino a casa.


Pero mi esposa estaba triste.

–¿Qué pasa, querida? –pregunté.

–Tengo esa terrible sensación de que soy un personaje, en una comedia de televisión –dijo–. Quiero decir que mi aspecto es agradable, estoy bien vestida, tengo hijos atractivos y alegres, pero experimento esa terrible sensación de que estoy en blanco y negro y de que cualquiera me puede apagar. Es sólo eso, que tengo esa terrible sensación de que me pueden borrar. –Mi esposa a menudo está triste porque su tristeza no es una tristeza triste, y dolida porque su dolor no es un dolor aplastante. Le pesa que su pesar no sea un pesar agudo, y cuando le explico que su pesar acerca de los defectos de su pesar puede ser un matiz diferente del espectro del sufrimiento humano, eso no la consuela. Oh, a veces me asalta la idea de dejarla. Puedo concebir una vida sin ella y los niños, puedo arreglarme sin la compañía de mis amigos, pero no soporto la idea de abandonar mis prados y mis jardines. No podría separarme de las puertas del porche, las que yo reparé y pinté, no puedo divorciarme de la sinuosa pared de ladrillos que levanté entre la puerta lateral y el rosal; y así, aunque mis cadenas están hechas de césped y pintura doméstica, me sujetarán hasta el día de mi muerte. Pero en ese momento agradecía a mi esposa lo que acababa de decir, su afirmación de que los aspectos externos de su vida tenían carácter de sueño. Las energías liberadas de la imaginación habían creado el supermercado, la víbora y la nota en la caja de pomada. Comparados con ellos, mis ensueños más desordenados tenían la literalidad de la doble contabilidad. Me complacía pensar que nuestra vida exterior tiene el carácter de un sueño y que en nuestros sueños hallamos las virtudes del conservadurismo. Después, entré en la casa, donde descubrí a la mujer de la limpieza fumando un cigarrillo egipcio robado y armando las cartas rotas que había encontrado en el canasto de los papeles.


Esa noche fuimos a cenar al Club Campestre Arroyo Gory. Consulté la lista de socios, buscando el nombre de Nils Jugstrum, pero no lo encontré, y me pregunté si se habría ahorcado. ¿Y para qué? Lo de costumbre. Gracie Masters, la hija única de un millonario que tenía una funeraria, estaba bailando con Pinky Townsend. Pinky estaba en libertad, con fianza de cincuenta mil dólares, a causa de sus manejos en la Bolsa de Valores. Una vez fijada la fianza, extrajo de su billetera los cincuenta mil. Bailé una pieza con Millie Surcliffe. Tocaron Lluvia, Claro de luna en el Ganges, Cuando el petirrojo rojo rojo viene buscando su antojo, Cinco metros dos, hay tus ojos, Carolina por la mañana y El Jeque de Arabia. Se hubiera dicho que estábamos bailando sobre la tumba de la coherencia social. Pero, si bien la escena era obviamente revolucionaria, ¿dónde está el nuevo día, el mundo futuro? La serie siguiente fue Lena, la de PalesteenaPorsiemprejamás soplando burbujas, Louisuille Lou, Sonrisas, y de nuevo El petirrojo rojo rojo. Esta última pieza de veras nos hace brincar, pero cuando la banda lanzó a pleno sus instrumentos vi que todos meneaban la cabeza con profunda desaprobación moral ante nuestras cabriolas. Millie regresó a su mesa, y yo permanecí de pie junto a la puerta, preguntándome por qué se me agita el corazón cuando veo que la gente abandona la pista de baile después de una serie; se agita lo mismo que se agita cuando veo mucha gente que se reúne y abandona una playa mientras la sombra del arrecife se extiende sobre el agua y la arena, se agita como si en esas amables partidas percibiese las energías y la irreflexión de la vida misma.


Pensé que el tiempo nos arrebata bruscamente los privilegios del espectador, y en definitiva esa pareja que charla de forma estridente en mal francés en el vestíbulo del Grande Bretagne (Atenas) somos nosotros mismos. Otro ocupó nuestro puesto detrás de las macetas de palmeras, nuestro lugar tranquilo en el bar, y expuestos a los ojos de todos, obligadamente miramos alrededor buscando otras líneas de observación. Lo que entonces deseaba identificar no era una sucesión de hechos sino una esencia, algo parecido a esa indescifrable colisión de contingencias que pueden provocar la exaltación o la desesperación. Lo que deseaba hacer era conferir, en un mundo tan incoherente, legitimidad a mis sueños. Nada de todo eso me agrió el humor y bailé, bebí y conté cuentos en el bar hasta cerca de la una, cuando volvimos a casa. Encendí el televisor y encontré un anuncio comercial que, como tantas otras cosas que había visto ese día, me pareció terriblemente divertido. Una joven con acento de internado preguntaba:


–¿Usted ofende con olor de abrigo de piel húmedo? Una capa de marta de cincuenta mil dólares sorprendida por la lluvia puede oler peor que un viejo sabueso que estuvo persiguiendo a un zorro a través de un pantano. Nada huele peor que el visón húmedo. Incluso una leve bruma consigue que el cordero, la mofeta, la civeta, la marta y otras pieles menos caras pero útiles parezcan tan malolientes como una leonera mal ventilada en un zoológico. Defiéndase de la vergüenza y el sentimiento de ansiedad mediante breves aplicaciones de Elixircol antes de usar sus pieles... –Esa mujer pertenecía al mundo del sueño, y así se lo dije antes de apagarla. Me dormí a la luz de la luna y soñé con una isla.


Yo estaba con otros hombres, y parecía que había llegado allí en una embarcación de vela. Recuerdo que tenía la piel bronceada, y cuando me toqué el mentón sentí que tenía una barba de tres o cuatro días. La isla estaba en el Pacífico. En el aire flotaba un olor de aceite comestible rancio –un indicio de la proximidad de la costa china–. Desembarcamos en mitad de la tarde, y me pareció que no teníamos mucho que hacer. Recorrimos las calles. El lugar había sido ocupado por el ejército, o había servido como puesto militar, porque muchos de los signos de las ventanas estaban escritos en inglés defectuoso. «Crews Cutz» (cortes de cabello), leí en un cartel de una peluquería oriental. Muchas tiendas exhibían imitaciones de whisky norteamericano. Whisky estaba escrito «Whikky». Como no teníamos nada mejor que hacer, fuimos a un museo local. Vimos arcos, anzuelos primitivos, máscaras y tambores. Del museo pasamos a un restaurante y pedimos una comida. Tuve que debatirme con el idioma local, pero lo que me sorprendió fue que parecía tratarse de una lucha bien fundada. Tuve la sensación de que había estudiado el idioma antes de desembarcar. Recordé claramente que formulé una frase cuando el camarero se acercó a la mesa. –Porpozec ciebie nie prosze dorzanin albo zylopocz ciwego –dije. El camarero sonrió y me elogió, y cuando desperté del sueño, el uso del lenguaje determinó que la isla al sol, su población y su museo fuesen reales, vívidos y duraderos. Recordé con añoranza a los nativos serenos y cordiales, y el cómodo ritmo de su vida.


El domingo pasó veloz y agradable en una ronda de reuniones para beber cócteles, pero esa noche tuve otro sueño. Soñé que estaba de pie frente a la ventana del dormitorio de la casa de campo de Nantucket que alquilamos a veces. Yo miraba en dirección al sur, siguiendo la delicada curva de la playa. He visto playas más hermosas, más blancas y espléndidas, pero cuando miro el amarillo de la arena y el arco de la curva, siempre tengo la sensación de que si miro bastante tiempo la caleta me revelará algo. El cielo estaba nublado. El agua era gris. Era domingo... aunque no podía decir cómo lo sabía. Era tarde, y de la posada me llegaron los sonidos tan gratos de los platos, y seguramente las familias estaban tomando su cena del domingo por la noche en el viejo comedor de tablas machimbradas. Entonces vi bajar por la playa una figura solitaria. Parecía un sacerdote o un obispo. Llevaba el báculo pastoral, y tenía puestas la mitra, la capa pluvial, la sotana, la casulla y el alba para la gran misa votiva. Tenía las vestiduras profusamente recamadas de oro, y de tanto en tanto el viento del mar las agitaba. La cara estaba bien afeitada. No puedo distinguir sus rasgos a la luz cada vez más escasa. Me vio en la ventana, alzó una mano y dijo: –Porpozec ciebie nie prosze dorzanin albo zyolpocz ciwego.–Después, continuó caminando deprisa sobre la arena, utilizando el báculo como bastón, el paso estorbado por sus voluminosas vestiduras. Dejó atrás mi ventana, y desapareció donde la curva del farallón concluye con la curva de la costa.


Trabajé el lunes, y el martes por la mañana, a eso de las cuatro, desperté de un sueño en el cual había estado jugando al béisbol. Era miembro del equipo ganador. Los tantos eran seis a dieciocho. Era un encuentro improvisado de un domingo por la tarde en el jardín de alguien. Nuestras esposas y nuestras hijas miraban desde el borde del césped, donde había sillas, mesas y bebidas. El incidente decisivo fue una larga carrera, y cuando se marcó el tanto una rubia alta llamada Helene Farmer se puso de pie y organizó a las mujeres en un coro que vivó:

–Ra, ra, ra –gritaron–. Porpozec ciebie nieprosze dorzanin albo zyolpocz ciwego. Ra, ra, ra.


Nada de todo esto me pareció desconcertante. En cierto sentido, era algo que había deseado. ¿Acaso el anhelo de descubrir no es la fuerza indomable del hombre? La repetición de esta frase me excitaba tanto como un descubrimiento. El hecho de que yo hubiera sido miembro del equipo ganador determinaba que me sintiera feliz, y bajé alegremente a desayunar, pero nuestra cocina lamentablemente es parte del país de los sueños. Con sus paredes rosadas lavables, sus frías luces, el televisor empotrado (donde se rezaban las oraciones) y las plantas artificiales en sus macetas, me indujo a recordar con nostalgia mi sueño, y cuando mi esposa me pasó el punzón y la Tableta Mágica en la cual escribimos la orden de desayuno, escribí: Porpozec ciebie nieprosze dorzanin albo zyolpocz ciwego. Ella se rió y me preguntó qué quería decir. Cuando repetí la frase –en efecto, parecía que era lo único que deseaba decir– se echó a llorar, y por la tristeza que expresaba en sus lágrimas comprendí que era mejor que yo descansara un poco. El doctor Howland vino a darme un sedante, y esa tarde viajé en avión a Florida.


Ahora es tarde. Me bebo un vaso de leche y me tomo un somnífero. Sueño que veo a una bonita mujer arrodillada en un trigal. Tiene abundantes cabellos castaños claros y la falda de su vestido es amplia. Su atuendo parece anticuado –quizá anterior a mi época y me asombra conocer a una extraña vestida con prendas que podía haber usado mi abuela, y también que me inspire sentimientos tan tiernos. Y sin embargo, parece real... más real que el camino Tamiami, seis kilómetros hacia el este, con sus puestos de Smorgorama y Giganticburger, más real que las calles laterales de Sarasota No le pregunto quién es. Sé lo que dirá. Pero entonces ella sonríe y empieza a hablar antes de que yo pueda alejarme. "Porpozec ciebie... ", empieza a decir. Entonces, me despierto desesperado, o me despierta el sonido de la lluvia sobre las palmeras. Pienso en un campesino que, al oír el ruido de la lluvia, estirará sus huesos derrengados y sonreirá, pensando que la lluvia empapa sus lechugas y sus repollos, su heno y su avena, sus zanahorias y su maíz. Pienso en un fontanero que, despertado por la lluvia, sonríe ante una visión del mundo en el cual todos los desagües están milagrosamente limpios y desatascados. Desagües en ángulo recto, desagües curvos, desagües torcidos por las raíces y herrumbrosos, todos gorgotean y descargan sus aguas en el mar. Pienso que la lluvia despertará a una vieja dama, que se preguntará si dejó en el jardín su ejemplar de Dombey and Son. ¿Su chal? ¿Cubrió las sillas? Y sé que el sonido de la lluvia despertará a algunos amantes y que su sonido parecerá parte de esa fuerza que arrojó a uno en brazos del otro. Después, me siento en la cama y exclamo en voz alta, para mí mismo:

–¡Calor! ¡Amor! ¡Virtud! ¡Compasión! ¡Esplendor! ¡Bondad! ¡Sabiduría! ¡Belleza! –Se diría que las palabras tienen los colores de la tierra, y mientras las recito siento que mi esperanza crece, hasta que al fin me siento satisfecho y en paz con la noche.

The New Yorker, 29 de septiembre de 1962.


En El nadador y otros relatos
Traducción: Aníbal Leal
Imagen: © Bettmann/CORBIS