Mostrando las entradas con la etiqueta Chaucer Geoffrey. Mostrar todas las entradas

7 may. 2012

Geoffrey Chaucer (1343-1400) - El cuento de la Priora

No hay comentarios. :






Prólogo

¡Señor, Dios nuestro!

—¡Señor, Señor! ¡Cuán maravilloso es tu nombre en el universo mundo! —dijo—. No sólo te alaban los hombres de elevada dignidad, sino tam bién surge tu alabanza de la boca de los infantes que, al tomar el pecho, también ensalzan tu nombre.

Por consiguiente es en tu honor, y en el del blanco lirio que te engendró, sin ser mancillada por varón, que relato este cuento de la mejor forma posible. No por ello voy a acrecentar su honor, pues ella es, después de su Hijo, la misma fuente de bondad y honra y la misma salvación.

¡Oh Virgen Madre! ¡Madre Virgen de bondad! ¡Oh zarza incombustible, consumiéndose ante Moisés! ¡Tú que hiciste rebajar a la Deidad, gracias a tu humildad, por mediación del Espíritu que iluminó tu corazón! ¡Tú que concebiste al Padre de la Sabiduría!, ¡ayúdame a contar esto con reverencia!

¡Señora! No hay lengua ni saber que expresar puedan tu bondad, magnificencia, virtud y profunda humildad. A veces, tú, Señora, antes de que los mortales acudamos a ti, en tu bondad previsora y con tu intercesión, obtienes luz para cada uno de nosotros de forma que ésta nos guíe hacia tu bendito Hijo.

Mi habilidad descriptiva es escasa, Reina bendita. ¿Cómo voy a proclamar tu dignidad y mantener los argumentos que quiero demostrar? Del mismo modo que un bebé de un año a duras penas puede expresar una palabra, así soy yo. Por consiguiente, ¡ten piedad de mí! ¡Guíame a lo largo del relato que te dedico!



El cuento de la Priora

Había en Asia una gran ciudad cristiana en la que existía un ghetto. Estaba protegido por el gobernante del país gracias al asqueroso lucro obtenido por la usura de los judíos, aborrecida por Jesucristo y por los que le siguen; la gente podía circular libremente por él, pues la calle no tenía barricadas y estaba abierta por ambos extremos. Abajo, en el extremo más lejano, se levantaba una pequeña escuela cristiana en la que una gran multitud de niños recibían instrucción año tras año. Se les enseñaban las cosas acostumbradas a los niños pequeños durante la infancia, es decir, leer y cantar. Entre ellos se hallaba el hijo de una viuda, un muchachito de siete años, un chico del coro que acostumbraba ir diariamente a la escuela; también solía arrodillarse y rezar una Avemaría como se le había enseñado, siempre que viese la imagen de la Madre de Jesucristo por la calle. Pues la viuda había educado a su hijo a venerar siempre a Nuestra Señora de este modo, y él no lo olvidaba, pues un niño inocente siempre aprende con rapidez. Por cierto que cada vez que pienso en ello, me acuerdo de San Nicolás, que también había reverenciado a Jesucristo en la misma tierna edad.

Cuando este niño pequeño se sentaba en la escuela con su cartilla, estudiando su librito, oía a otros niños que cantaban Alma Redemptoris mientras practicaban con sus libros de himnos. Disimuladamente él se acercó cada vez más, todo lo que se atrevió. Escuchó atentamente la letra y la música hasta que se aprendió el primer verso de memoria. Debido a sus pocos años, desconocía lo que significaba en latín, hasta que un día empezó a pedir a un compañero que le explicase el significado en su lengua materna y por qué se cantaba. Muchas veces se arrodilló ante su amigo rogándole que le tradujese y explicase la canción, hasta que finalmente su compañero mayor le dio esta respuesta:

—He oído decir que la canción fue compuesta para saludar a Nuestra Señora y pedirle que sea nuestra ayuda y socorro cuando muramos. Esto es todo lo que puedo decirte sobre ello. Estoy aprendiendo a cantar, pero no sé mucho de gramática.

—¿Así que esta canción está hecha en honor de la Madre de Jesucristo? —preguntó el inocente—. Entonces haré cuanto pueda para aprenderla antes de la Navidad, aunque me riñan por no saber la cartilla y me peguen tres veces cada hora. La aprenderé para honrar a Nuestra Señora.

Y así, este amigo se la enseñaba secretamente cada día al regresar a casa hasta que la supo de memoria y la cantó con aplomo, palabra por palabra, entonada con la música.

sí, cada día, esta canción pasaba dos veces por su garganta: una, al ir a la escuela, y la otra, al regresar a casa; pues todo su corazón lo tenía puesto en la Madre de Nuestro Señor.

Como ya he dicho, este niño iba siempre cantando alegremente Alma Redemptons cuando, al ir o al venir, atravesaba el ghetto, pues la dulzura de la Madre de Jesucristo había traspasado tanto su corazón, que no podía contenerse de cantar alabanzas en su honor mientras iba de camino. Pero nuestro primer enemigo, la serpiente de Satanás, que ha construido su nido de avispas en el corazón de cada judío, se encolerizó y gritó:

—¡Oh, pueblo judío! ¿Os parece bien que un muchacho como éste deba andar por donde le plazca, mostrándoos su desprecio al cantar canciones que insultan vuestra fe?

Desde entonces, los judíos empezaron a conspirar para mandar al niño fuera de este mundo. Para ello contrataron a un asesino, un hombre que tenía un escondite secreto en una callejuela. Cuando el muchachito pasó, este infame judío le agarró con fuerza, le cortó el cuello y lo arrojó dentro de un pozo seco. Sí, lo echó en un pozo negro en el que los judíos vacían sus intestinos.

Pero ¿de qué puede aprovecharos vuestra malicia, oh condenada raza de nuevos Herodes? El crimen se descubrirá, esto es cierto, y precisamente en el lugar que servirá para aumentar la gloria de Dios. La sangre clama contra vuestro perverso crimen. —¡Oh, mártir perpetuamente virgen! —exclamó la priora—, que sigas eternamente cantando al blanco Cordero celestial del que escribiera en Patmos San Juan Evangelista diciendo que los que preceden al Cordero cantando una nueva canción, jamás han conocido cuerpo de mujer.

Toda la noche estuvo la viuda esperando el regreso del niño, pero en vano. Tan pronto clareó, salió a buscarlo a la escuela y por todas partes, con el corazón encogido y el rostro lívido de temor, hasta que, al fin, averiguó que la última vez que había sido visto se hallaba en el ghetto. Con su corazón estallando de piedad maternal, medio enloquecida, fue a todos los sitios a los que su imaginación febril pensaba probablemente encontrar a su hijo, mientras invocaba a la dulce Madre de Jesucristo. Por fin se decidió a buscarle entre los judíos. De forma lastimera pidió y rogó a todos y a cada uno de los judíos que vivían en el ghetto que le dijeran si el niño había pasado por allí, pero le respondieron que no. Luego, Jesús en su misericordia quiso inspirar a la madre a que llamase a su hijo en voz alta cuando se hallaba junto al pozo en el que había sido arrojado.

¡Dios Todopoderoso, cuyo elogio cantan las bocas de los inocentes, contempla aquí tu poder magnífico! Con el cuello cortado, esta gema y esmeralda de castidad, este brillante rubí de entre los mártires, empezó a cantar Alma Redemptoris con voz tan fuerte, que todo el lugar resonó.

Los cristianos que pasaban por la calle se agolparon a mirar maravillados. A toda prisa mandaron a buscar al preboste. Éste vino de inmediato, y después de haber alabado a Jesucristo, rey de los cielos, y a su Madre, gloria de la especie humana, ordenó que se atase a los judíos. Con lamentaciones que acongojaban, subieron al niño, que seguía cantando su canción, y le llevaron en solemne procesión a una abadía cercana. Su madre se hallaba caída junto al féretro, sin fuerzas, como una segunda Raquel, y la gente trataba en vano de apartarla de él.

Después, el preboste dispuso que cada uno de los judíos que habían intervenido en el crimen fuese torturado y ejecutado de forma vergonzosa, pues no quería tolerar una semejante maldad de índole tan abominable en su jurisdicción. «El mal debe recibir su pago debido.» Por eso los hizo descuartizar con caballos salvajes y luego ser colgados de acuerdo con la ley.

Durante todo este tiempo el niño inocente yacía en su féretro ante el altar mayor mientras se cantaba la misa. Luego, el abad y sus monjes se apresuraron a darle sepultura, pero cuando le rociaron con agua bendita y ésta cayó sobre el niño, éste cantó nuevamente Alma Redemptons Mater. Ahora bien, el abad, que era un santo varón, como lo son o deberían serlo siempre los monjes, empezó a preguntar al niño y le dijo:

—Querido niño, te conjuro por la Santísima Trinidad que me digas: ¿cómo puedes cantar, cuando todos podemos ver que tienes el cuello completamente cercenado?

—Mi cuello está cortado hasta el hueso del pescuezo —respondió el niño—, y, según todas las leyes de la Naturaleza, debería haber muerto hace mucho tiempo, si no fuera porque Jesucristo ha querido, como podéis leer en las Sagradas Escrituras, que su gloria sea recordada y perdure. Por ello, en honor de su Santa Madre, puedo todavía cantar Alma con voz clara y fuerte. En lo que a mí concierne, siempre he amado este manantial de gracia, la dulce Madre de Jesucristo, por lo que cuando tuve que entregar mi vida, ella vino y me pidió que cantase este himno, incluso en mi muerte, como acabáis de oír. Y mientras yo cantaba, me pareció que Ella colocaba una perla sobre mi lengua. Por consiguiente, canto, como siempre debo cantar, en honor de esta bendita Virgen, hasta que me quiten la perla, pues ella me dijo: «Mi niño, vendré a buscarte cuando te quiten la perla de la lengua. No temas, que no te abandonaré.»

Entonces, aquel santo varón —el abad—, cuando el niño suavemente entregó su espíritu, le extrajo con cuidado la lengua y tomó la perla. Al ver este milagro, el abad derramó abundantes lágrimas y se echó de bruces a tierra, permaneciendo inmóvil y como encadenado al suelo, mientras los demás monjes se postraban también sobre el pavimento, llorando y proclamando las alabanzas de la Madre de Jesucristo. Entonces se levantaron y sacaron al mártir del féretro y encerraron su tierno cuerpecito en una tumba de mármol claro. ¡Que Dios nos conceda el privilegio de reunimos con él!

¡Oh, joven Hugo de Lincoln, muerto por los viles judíos, como es muy bien sabido (pues hace poco tiempo que ocurrió el suceso), ruega por nosotros, gente débil y pecadora! ¡Que Dios en su misericordia multiplique sus bendiciones sobre nosotros, por causa de su Santa Madre María! Así sea.



Nota del editor

Los Cuentos de Canterbury son unas de las máximas obras maestras de la literatura universal y el primer monumento literario en lengua inglesa. Los ecos de las obras de este autor repercuten perdurablemente en la literatura inglesa y una de las más influyentes de la Edad Media. De ella se conservan bastantes manuscritos, aunque ninguno de ellos es anterior a 1400. La versión de la obra que prevalece hoy en día procede de dos manuscritos ingleses diferentes: el Ellesmere y los manuscritos Hengwrt. Tras la primera edición de Caxton (1478), la obra tuvo una enorme difusión por toda Europa. Curiosamente la primera traducción española conocida data recién de 1920. La colección de cuentos se ordena alrededor de una peregrinación a Canterbury. Se inicia con un prólogo, que es el punto de partida del camino, donde se congregan los peregrinos que encarnan las diferentes clases sociales del momento. De todos ellos sólo veinticuatro llegarán a contar un cuento bajo el arbitraje, unánimemente aceptado, del Posadero. La estructura de la obra es lineal, un cuento detrás de otro, pero no es recta como no lo es el camino que se hace al cabalgar desde Londres a Canterbury. Las peripecias del viaje matizan los relatos de los peregrinos, y sirven para reforzar el hilo conductor de la historia. Desfilan por sus páginas temas tales como la nobleza, la religión, las ciencias, el amor, el matrimonio, la riqueza, temas que son tratados con el talento de un creador que supo dotar a sus historias de ingenio, humor y originalidad.


Cuentos de Canterbury
Traductor: Pedro Guardia Massó
©1478, Chaucer, Geoffrey
©1987, Ediciones Cátedra, S.A.
Ilustración de Richard Pynson. Prólogo general de una edición de 1492.Londres

1 jun. 2011

Geoffrey Chaucer (1342-1400) - La comadre de Bath *

No hay comentarios. :






En los viejos tiempos del rey Arturo, cuya fama todavía pervive entre los naturales de Gran Bretaña, todo el reino andaba lleno de grupos de hadas. La reina de los Elfos y su alegre cortejo danzaba frecuentemente por los prados verdes. Según he leído, ésta es la vieja creencia; hablo de hace muchos centenares de años; pero ahora ya no se ven hadas, pues actualmente las oraciones y la rebosante caridad cristiana de los buenos frailes llenan todos los rincones y re-. covecos del país como las motas de polvo centellean en un rayo de sol, bendiciendo salones, aposentos, cocinas y dormitorios; ciudades, burgos, castillos, torres y pueblos; graneros, alquerías y establos; esto ha ocasionado la desapancion de las hadas. En los lugares que frecuentaban los elfos, ahora andan los frailes mañana y tarde, musitando sus maitines y santos oficios mientras rondan por el distrito. Por lo que, actualmente, las mujeres pueden pasear tranquilamente junto a arbustos y árboles; un fraile es al único sátiro que en-cuentran, y todo lo que éste hace es quitarles la honra. Pues bien, sucedió que en la corte del rey Arturo había un caballero joven y alegre. Un día que, montado en su caballo, se dirigía a su casa después de haber estado dedicándose a la cetrería junto al río, se topó casualmente con una doncella que iba sin compañía y, a pesar de que ella se defendió como pudo, le arrebató la doncellez a viva fuerza.

Esta violación causó un gran revuelo. Hubo muchas peticiones de justicia al rey Arturo, hasta que, por el curso de la ley, el caballero en cuestión fue condenado a muerte. Y hubiese sido decapitado (tal era, al parecer, la ley en aquellos tiempos) si la reina y muchas otras damas no hubieran estado importunando al rey solicitando su gracia, hasta que al fin él le perdonó la vida y lo puso a merced de la reina para que fuese ella a su libre albedrío la que decidiese si debía ser ejecutado o perdonado.

La reina expresó al rey su profundo agradecimiento y, al cabo de uno o dos días, encontró la oportunidad de hablar con el caballero, al que dijo:

-Os encontráis todavía en una situación muy difícil, pues vuestra vida no está aún a salvo; pero os concederé la vida si me decís qué es lo que las mujeres desean con mayor vehemencia. Pero, ¡ojo! Tened mucho cuidado. Procurad salvar vuestra cerviz del acero del hacha. No obstante, si no podéis dar la respuesta inmediatamente, os concederé el permiso de ausentaros durante un año y un día para encontrar una solución satisfactoria a este problema. Antes de que os pongáis en marcha, debo tener la certeza de que os presentaréis voluntariamente a este tribunal.

El caballero estaba triste y suspiró con mucha pena; sin embargo, no tenía otra alternativa. Al fin decidió partir y regresar al cabo de un año con cualquier respuesta que Dios quisiese proporcionarle. Por lo que se despidió y púsose en marcha.

Visitó todas las casas y lugares en los que pensaba que tendría la suerte de averiguar qué cosa es la que las mujeres ansían más, pero en ningun país encontró a dos personas que se pusiesen de acuerdo sobre el asunto.

Algunos decían que lo que más quieren las mujeres es la riqueza; otros, la honra; otros, el pasarlo bien; otros, los ricos atavíos; otros, que lo que preferirían eran los placeres de la cama y enviudar y volver a casarse con frecuencia. Algunos decían que nuestros corazones se sienten más felices cuando se nos consiente y lisonjea, lo que tengo que admitir está muy cerca de la verdad. La lisonja es el mejor método con que un hombre puede conquistarnos; mediante atenciones y piropos, todas nosotras caemos en la trampa.

Pero algunos afirmaban que lo que nos gusta más es ser libres y hacer nuestro antojo y no tener a nadie que critique nuestros defectos, sino que nos recreen los oídos diciendo que somos sensatas y nada tontas; pues, a decir verdad, no hay ninguna de nosotras que no diese coces si alguien le hiriese en un sitio doloroso. Si no, probad y lo veréis; por malas que seamos por dentro, siempre queremos que se piense de nosotras que somos virtuosas y juiciosas.

No obstante, otros opinan que nos gusta muchísimo ser consideradas discretas, fiables y firmes de propósitos, incapaces de traicionar nada de lo que se nos diga. Pero yo encuentro que esta idea no vale un comino. ¡Por el amor de Dios! Nosotras las mujeres somos incapaces de guardar nada en secreto. Ved, por ejemplo, el caso de Midas (1). ¿Os gustaría oír la historia? Ovidio, entre otras minucias, dice que Midas tenía ocultas bajo su largo pelo dos orejas de asno que le crecían de la cabeza. Un defecto que él ocultaba cuidadosamente lo mejor que podía; solamente su esposa lo conocía. Él la idolatraba y también le tenía gran confianza. Le rogó que no contase a ningún ser vivo que tenía dicho defecto. Ella juró y perjuró que, por todo el oro del mundo, no le haría aquel flaco favor ni le causaría daño, para no empañar su buen nombre. Aunque fuese por propia vergüenza, no lo divulgaría. A pesar de ello creyó morir si guardaba este secreto tanto tiempo; le pareció que crecía y se hinchaba dentro de su corazón hasta tal punto que no pudo más de dolor y tuvo la sensación de que debía hablar o estallaría. Pero, sin embargo, como no se atrevía a decirlo a nadie, se aproximó a una marisma cercana -su corazón lleno de fuego hasta que llegó allí- y puso sus labios sobre la superficie del agua como un avetoro que se solazaba en el barro: «Agua, no me traiciones con tu rumor -dijo ella-. Te lo digo yo a ti y sólo a ti: mi marido tiene dos largas orejas de asno. Ahora que lo he soltado, no podía callármelo por más tiempo, ya lo creo.» Esto demuestra que nosotras no sabemos guardar nada en secreto; lo podemos callar por un tiempo, pero a la larga tiene que salir. Si queréis oír el resto del cuento, leed a Ovidio; todo lo hallaréis allí.

Pero regresemos al caballero de mi historia. Cuando se dio cuenta de que no podía descubrirlo -quiero decir lo que las mujeres queremos por encima de todo-, sintió una gran pe-sadumbre en el corazón; pero, con todo, se puso en camino hacia casa, pues no podía esperar más. Había llegado el día en que debía regresar al hogar.

Mientras iba cabalgando lleno de tristeza pasó junto a un bosque y vio a veinticuatro damas o más, que bailaban; se acercó por curiosidad esperando aumentar su sabiduría. Pero antes de llegar hasta donde estaban aquéllas, por arte de birlibirloque, desaparecieron, sin que él tuviese la menor idea de hacia dónde habían ido. Excepto una sola anciana que estaba allí sentada sobre el césped, no divisaba a un solo ser viviente. Por cierto que esta anciana, que era la persona más fea que uno pueda imaginar, se levantó del suelo al acercársele el caballero y le dijo:

-Señor, no hay camino que siga desde aquí. Decidme lo que buscáis; será probablemente lo mejor; nosotros las ancianas sabemos un montón de cosas.

-Buena mujer -replicó el caballero-, la verdad es que puedo darme por muerto si no logro poder decir qué es lo que las mujeres desean más. Si me lo podéis decir, os recompensaré con largueza.

-Poned vuestra mano en la mía y dadme vuestra palabra de que haréis la primera cosa que os pida si está en vuestra mano -dijo ella-, y antes de que caiga la noche os diré de qué se trata.

-De acuerdo -dijo el caballero-. Tenéis mi palabra. -Entonces -dijo ella- me atrevo a asegurar que habéis salvado la vida, pues apuesto que la reina dirá lo mismo que yo. Mostradme a la más orgullosa de ellas, aunque lleve el tocado más valioso, y veremos si se atreve a negar lo que os diré. Ahora partamos y dejémonos de charlas.

Entonces ella le susurró su mensaje al oído, diciéndole que se animase y no tuviera más miedo.

Cuando llegaron a la corte, el caballero anunció que, de acuerdo con lo prometido, había regresado puntualmente y estaba dispuesto a dar su respuesta. Más de una noble matrona, más de una doncella, y muchas viudas también (puesto que tienen mucha sabiduría), se reunieron a escuchar su respuesta, con la mismísima reina sentada en el trono del juez. Entonces hizo llamar al caballero a su presencia.

Se mandó que todos callasen mientras el caballero explicaba en pública audiencia qué es lo que más desean las mujeres en este mundo. El caballero, lejos de quedarse callado como un muerto, dio su respuesta enseguida. Habló con voz sonora para que todos pudiesen oírle.

-Mi soberana y señora -empezó-, en general las mujeres desean ejercer autoridad tanto sobre sus esposos como sobre sus amantes y tener poder sobre ellos. Aunque con ello respondo con mi vida, éste es su mayor deseo. Haced lo que queráis; estoy aquí a vuestra merced.

Ni una sola matrona, doncella o viuda en todo el tribunal contradijo tal afirmación. Todas declararon que merecía conservar la vida. En aquel momento la anciana, a quien el caballero había visto sentada en el césped, se puso en pie de un salto y exclamó:

-¡Gracias, soberana señora! Ved que se me haga justicia antes de que este tribunal se disuelva.

Yo di la respuesta al caballero, a cambio de lo cual él empeñó su palabra de que realizaría la primera cosa que pudiera que estuviese en su poder hacer. Por consiguiente, señor caballero, os lo ruego ante todo este tribunal: tomadme por esposa, pues sabéis muy bien que os he librado de la muerte. Si lo que afirmo es falso, negadlo bajo juramento.

-¡Ay de mí! -repuso el caballero-. Sé muy bien que hice esta promesa. Por el amor de Dios, pedidme otra cosa: tomad todos mis bienes, pero dejadme mi cuerpo.

-De ninguna manera -dijo ella-. ¡Que caiga una maldición sobre nosotros dos si renuncio! Vieja, pobre y fea como soy, por todo el oro y todos los minerales que están enterrados bajo tierra o se encuentran en su superficie, no quiero nada que no sea ser tu esposa y también tu amante. -¡Mi amante! -exclamó él-. Tú lo que quieres es mi perdición. ¡Hay que ver! Que uno de mi estirpe tenga que contraer tan vil alianza.

Pero no hubo nada a hacer. Al final él se vio obligado a aceptar el casarse con ella y llevar a la anciana a su lecho. Ahora quizá alguno de vosotros me diréis que no me preocupo en describir todas las preparaciones y el regocijo que hubo en la boda por pereza. Mi respuesta será breve: no hubo ni regocijo ni festejo de boda alguno, nada, excepto tristeza y desánimo. A la mañana siguiente él la desposó en secreto y se ocultó como una lechuza durante el resto del día. ¡Se sentía tan desgraciado por la fealdad de su mujer!

El caballero sufrió mucha angustia mental cuando su mujer le arrastró a la cama. Él se volvió y revolvió una y otra vez, mientras su anciana esposa le miraba sonriendo acostada. Entonces ella dijo:

-¡Bendícenos, querido marido! ¿.Todos los caballeros se comportan así con su esposa? ¿Es ésta la costumbre en la corte del rey Arturo? ¿Todos sus caballeros son tan poco com-placientes? Soy tu esposa y también tu enamorada: la que te salvó la vida. Verdaderamente, hasta ahora, no me he portado mal contigo. Por consiguiente: ¿por qué te comportas así conmigo en nuestra primera noche? Te portas como un hombre que ha perdido el seso. ¿Qué es lo que he hecho mal? ¡Por el amor de Dios! ¡Dímelo y lo arreglaré si puedo!

-¿Arreglarlo? -exclamó el caballero--. ¡Ay de mí! Eso nunca, nunca se podrá arreglar. Eres horrorosa, vieja y, además, de baja estirpe. No debe maravillarte que me vuelva y me revuelva. ¡Ojalá quisiera Dios que mi corazón reventase! -¿Esta es la causa de tu desasosiego? -preguntó ella.

-¡Claro que lo es! No debe maravillarte -replicó él. -Pues bien, señor -repuso ella-. Yo podría arreglar eso en menos de tres días si me lo propusiese, con tal que te portases bien conmigo.

»Pero ya que tú hablas de la clase de nobleza que proviene de antiguas posesiones y crees que la gente debe pertenecer a la nobleza, por tal razón ese tipo de orgullo no vale un pi-miento. El hombre que es siempre virtuoso, tanto en público como en privado, y que trata siempre de realizar cuantos actos nobles puede, a ése, sí, tómalo por el más grande entre los nobles. Jesucristo quiere que obtengamos nobleza de Él y no de nuestros padres gracias a su riqueza ancestral; pues, aunque puedan darnos toda su herencia -merced a la cual pretendemos ser de elevado linaje-, no puede haber forma de que no dejen en testamento su virtuoso sistema de vida, que es el único que realmente les faculta para poderse llamar nobles y que nos obliga con su ejemplo.

»Sobre este asunto, Dante, el sabio poeta florentino, es particularmente elocuente. Los versos de Dante rezan aproximadamente así:

Resulta raro que la alteza del hombre se levante por las ramas, porque Dios en su bondad desea que nosotros le pidamos nuestra nobleza (2).
»Ocurre, pues, que nosotros no podemos exigir nada de nuestros antepasados, salvo cosas temporales que pueden resultarnos dañinas y perjudiciales. Todo el mundo sabe tan bien como yo que si la nobleza fuese implantada por naturaleza en cualquier familia, de modo que toda la línea la heredase, entonces nunca dejarían de realizar actos nobles, tanto en privado como en público, y serían incapaces de obrar el mal y entregarse al vicio.

»Coge fuego, llévalo a la casa más oscura que exista entre aquí y el monte Cáucaso, luego cierra las puertas y vete; pues bien, el fuego arderá y quemará con el mismo fulgor que si estuviesen allí veinte mil personas contemplándolo; ese fuego, apuesto mi vida, continuará realizando su función natural hasta que se extinga.

»Puede deducirse claramente de esto que la nobleza no depende de las posesiones, ya que la gente no siempre se ajusta al modelo, mientras que el fuego siempre es fuego. Dios sabe con qué frecuencia se ve al hijo de un señor comportarse indigna y vergonzosamente. El que quiera ser respetado por su rango -por haber nacido en el seno de una familia noble con dignos y virtuosos antepasados- no es noble, aunque sea duque o conde, si él personalmente no realiza actos nobles o sigue el ejemplo de sus antepasados difuntos: las acciones malas y perversas son las que configuran a un sinvergüenza.

»La nobleza no es más que la fama de vuestros antepasados; ellos la ganaron por su bondad, lo que no tiene nada que ver contigo; su nobleza les viene sólo de Dios. Por ello nuestra verdadera nobleza nos llega a través de la gracia; no nos es concedida sin más por nuestra posición.

»Pensad cuán noble (según dice Valerio) fue ese Tulio Hostilio que se alzó de la pobreza hasta el rango más elevado. Leed a Séneca (3) y a Boecio también; en ellos encontraréis mencionado en forma explícita que un noble es, indudablemente, un hombre que realiza hechos heroicos. Por ello, querido esposo, termino diciendo que aunque mis antepasados hayan sido de humilde cuna, Dios Todopoderoso me concederá la gracia de vivir virtuosamente. Solamente cuando empiezo a huir del mal y vivir en la virtud, soy noble.

»En cuanto a la pobreza que me reprocháis, el Señor que está en las alturas (y en quien creemos) eligió voluntariamente vivir una vida de pobreza. Me parece que resulta evidente para todo hombre, mujer y niño que Jesús, el rey de los Cielos, jamás hubiese elegido vivir un tipo de vida inadecuado. La pobreza es honorable cuando se acepta animosamente, como Séneca y otros hombres sabios os contarán. El que está contento con su pobreza, le tengo por rico aunque ande descamisado. El que envidia a los demás es un hombre pobre, porque quiere lo que no puede poseer; pero el que no tiene nada m ambiciona nada, es rico, aunque podáis pensar que no es más que un campesino.

»Juvenal (4) tiene una frase feliz sobre la pobreza: «Cuando un hombre pobre sale de viaje, se puede reír de los ladrones.» Yo diría que la pobreza es un bien odioso: es un gran incentivo para los esfuerzos activos y un gran promotor de sabiduría para aquellos que la aceptan con resignación y paciencia. Aunque pueda parecer dificil de soportar, la pobreza es una clase de riqueza que nadie tratará de quitarte. Si uno es humilde, la pobreza generalmente le aporta un buen conocimiento de Dios y de sí mismo. La pobreza es un prisma mágico -me parece-, a través del cual uno puede ver solamente a los verdaderos amigos. Por consiguiente, señor, ya que no os ofendo en eso, no podéis reprocharme que sea pobre.

»Luego, señor, me echáis en cara el ser vieja. Pero, realmente, señor, incluso aunque no hubiese justificación de la vejez en los libros, los caballeros honorables como vos decís que la gente debe respetar al anciano y le llamáis "señor" en señal de buenos modales. Me imagino podría encontrar autoridades sobre ello.

»Luego decís que soy vieja y fea, pero por otra parte no tenéis miedo de que os haga cornudo, pues, como que vivo y respiro, la suciedad y edad avanzada son los mejores guardia-nes de la castidad. Pero sé qué es lo que os deleita y satisface vuestros más torpes apetitos.

»Ahora, elegid. Escoged una de estas dos cosas: o me tendréis vieja y fea por el resto de mi vida, pero fiel y obediente esposa; o bien me tendréis joven y hermosa, y habréis de ex-poneros a que todos los hombres vengan a vuestra casa por mí, o quizá a algún otro lugar. La selección es vuestra, sea cual sea la que elijáis.

El caballero se lo pensó largamente, suspirando profunda mente todo el rato. Al fin, dio la respuesta:
-Mi señora, queridísima esposa y amor mío. Me confio a vuestra sabia experiencia; haced vos misma lo que creáis que sea más agradable y honroso para los dos. No me importa la elección que hagáis, pues la que os guste me satisfará a mí también.

-Entonces he ganado el dominio sobre vos dijo ella-, ya que puedo escoger y gobernar a mi antojo. ¿No es así? -Claro que sí -replicó él-. Creo que es lo mejor. -Bésame -contestó ella-; no volveremos a pelear, pues por mi honor os aseguro que seré las dos (quiero decir que seré hermosa y también buena). Pido a Dios que me envíe locura y muerte si no soy una esposa buena y fiel como jamás se ha visto desde que el mundo es mundo. Y mañana por la mañana, si no soy más bella que cualquier señora, reina o emperatriz entre Oriente y Occidente, entonces disponed de mi vida como os plazca. Levantad la cortina y contemplad.
Y cuando el caballero vio que era así realmente, que era tan joven como encantadora, la tomó entre sus brazos embargado de alegría; su corazón estaba inundado por un océano de felicidad. La besó más de mil veces de un tirón y ella le obedeció en todo lo que le podía producir deleite o proporcionarle placer.

Y así vivieron alegres y felices por el resto de sus vidas. Que Jesucristo os envíe mandos obedientes, jóvenes y animosos en la cama y que nos conceda la gracia de sobrevivir a aquellos con los que nos casemos. También ruego a Jesús que acorte los días de aquellos que no quieren ser gobernados por sus esposas; y en cuanto a los esperpentos viejos, gruñones y tacaños, ¡que Dios les confunda!


Notas
(*) Los críticos atribuyen la inspiración de este cuento a una doble fuente. Por un lado, a la tradición celta; por otro, a la sátira latina, donde la elección entre la belleza y la fidelidad es causa de tensión matrimonial.

1. El barbero de Midas y el malo en la Metamorfosis XI: 174-193.
2. Cfr. Purgatorio VII: 121-123.
3. Epístolas XLIV.
4. Sátiras X: 21.


En Cuentos de Canterbury


Imagen: Illustration of The Wife of Bath, a character in Geoffrey Chaucer's Canterbury Tales Pilgrim, pilgrims.Colourised version. Foto: Lebrecht Authors. Fuente: Corbis


30 jul. 2010

Geoffrey Chaucer (1343-1400)- El médico

No hay comentarios. :







Prólogo

-Señor doctor en Física -dijo nuestro huésped -, dejemos lo demás, que quiero rogaros que nos narréis algún cuento de tema honrado.
-Así lo haré, si se quiere - repuso el doctor - Ea, buena gente, escuchadme.
Y comenzó su cuento.


El médico

-Relata Tito Livio que hubo antaño un caballero llamado Virginio, hombre muy digno y honrado, rico en bienes y en amigos.
No tuvo con su esposa otra progenie que una hija, joven de soberana belleza, porque la naturaleza creóla con tantas excelencias y tan meticuloso primor que parecía querer proclamar con ella:
-Ved cómo sé modelar una criatura, cuando se me antoja. ¿Hay quien me imite? No ciertamente Pigmalión, por mucho que sin cesar forje, grabe o pinte; ni tampoco Apeles o Zeuxis, así se esfuercen en grabar, cincelar o trazar. No, no me emularían que por algo el Creador me hizo su vicario general en materia de formar las criaturas terrestres según mi gusto. Sí, que todas estas cosas están a mi cuidado so la capa de la creciente y menguante luna. Y nada por mi trabajo pido, porque mi Señor y yo estarnos en total armonía, y yo he modelado esa doncella para honrar a mi Señor. Asimismo hago con los demás seres, cualesquiera que sean sus formas y colores.
Catorce años contaba aquella mocita en que tanto se holgaba la naturaleza. Porque ésta, así como sabe pintar de blanco el lirio y de carmín la rosa, supo con iguales calores pintar los lindos miembros de aquella noble criatura antes de nacer, y Febo tiñó los bucles de la niña con los rayos esplendentes de su luz.
Si la doncella era excelsa por su hermosura, mil veces más lo era por sus virtudes. Ninguna buena cualidad le faltaba. Era casta de alma y de cuerpo, humilde y sobria, paciente y abstinente, y modesta en su porte y compostura. Razonaba con discreción y, aunque hubiese sido tan sabia como Palas, se habría expresado con femenil sencillez, huyendo de expresiones rebuscadas, que pudieran oler a doctas usando términos adecuados a su condición y procurando que todos se ajustasen a la virtud y la cortesía.
Mostraba siempre el recato propio de una doncella, era de corazón constante y siempre Procuraba ocuparse en algo, para ahuyentar la vana ociosidad. Baco no prevalecía sobre su boca, porque el vino y la juventud acrecen los placeres de Venus como se acrece el fuego con aceite o grasa. A causa de su espontánea virtud, muchas veces la joven fingiese enferma para rehuir las reuniones donde sólo locuras se hablan, como son los festines, danzas y orgías, que dan ocasiones de retozo. En esos sitios se hacen tales cosas que maduran harto pronto a los niños, infundiéndoles insolencia y, atrevimiento, y esto es peligroso. Que demasiado presto aprenden las mocitas el descaro al hacerse mujeres.
Respecto a esto, vosotras, dueñas, a quienes los señores encomiendan el cuidado de sus hijas, pídoos que no os incomodéis de mis palabras. Pensad que sólo por dos cosas dirigís a las hijas de los señores: ora porque conservasteis vuestra honestidad, o porque, habiendo sido livianas y conociendo asaz bien ese arte, habéis abandonado para siempre tan malhadada práctica. Así, en consideración a Cristo, no desmayéis en instruir a las damiselas en la virtud. Porque el cazador furtivo, cuando deja sus aficiones y mañas, puede ser mejor guardabosque que cualquier otro hombre. En consecuencia, guardad bien a las doncellas, que, si queréis, en vuestra mano está el hacerlo. No les consintáis vicio alguno, y así no se vituperará vuestra mala intención, que si la tuviereis, seria traidora. Y entended que no hay traición más vil que la del que seduce al inocente.
En cuanto a vosotros, padres y madres, si tenéis algún hijo, sabed que os está confiada su custodia mientras se halle bajo vuestra potestad. Cuidad que no se pierda con el ejemplo de vuestra vida, ni tampoco por vuestra negligencia en el castigo, porque si tal aviene, vosotros lo pagaréis caro. Al pastor incurioso e indolente, el lobo le arrebata muchas reses.
Pero quédese esto aquí y volvamos a nuestro tema. La doncella de mi cuento se guardaba sola de tal modo que no necesitaba dueña. En su vida podrían las demás jóvenes haber leído, como en un libro, las buenas palabras y obras que a una mocita virtuosa corresponden, pues era muy discreta y caritativa.
Por ello se propagó la fama de su belleza y muchas bondades, y todas los amantes de la virtud loaban a la hija de Virginio. Sólo la miraba mal la envidia, que se duele de la dicha de los demás y se satisface de su dolor e infortunio, como dice el Doctor.
Un día, aquella joven, según suelen las de su edad, fue a misa con su madre. Había en la ciudad un magistrado que gobernaba la región. Y este juez, al pasar junto a él la damisela, puso sus ojos en ella y la miró buen rato. Y en seguida se alteraron su corazón y pensamiento, por lo enamorado que quedó de la belleza de la muchacha. Así, se dijo en secreto: «Mía será esta moza, aunque pese a todos.»
Y entonces el diablo se adentró en su corazón e insinuóle que él, con destreza, podía conseguir a la jovencita. No le parecía posible obtenerlo con violencia o con dádivas; lo primero por tener ella muchos amigos, y lo segundo por gozar fama de tan elevada virtud, que era obvia que el magistrado no podría persuadirla de que pecase.
Así, habiendo deliberado mucho consigo mismo, hizo llamar a un malvado que en la ciudad había y que gozaba fama de artero y resuelto. El gobernador, secretamente, explicó a aquel malandrín sus designios, mandándole prometer que no los contaría a nadie, so pena de la cabeza. Y habiendo concertado los dos un infame proyecto, el magistrado, muy jubiloso, miró con buen semblante al rufián y le hizo valiosos presentes.
Ya convenida toda la maquinación que debía satisfacer la lascivia del gobernador, el villano, que se llamaba Claudio; retornó a su morada. Y el juez, cuyo nombre era Apio (pues esto no es invención, sino auténtica y palmaria historia, tan cierta como indudable), realizó cuanto le parecía adecuado al fin de lograr su placer.
Así, según cuenta la historia, pocos días después el perverso magistrado acudió a su tribunal, como solía, para sentenciar las cosas que le presentaban. Y el traidor villano entró allí diciendo:
-Señor, si tal es tu voluntad, hazme justicia en una lastimosa demanda que debo presentar contra Virginio. Si él rechazare mi imputación, yo acreditaré con buenos testigos que es cierto lo que declaro.
Contestóle el juez:
-No puedo, en ausencia del acusado, sentenciar en firme. Hágasele llamar y tú habla, que yo te atenderé de buen grado y haré justicia y no iniquidad.
Vino Virginio para saber qué le quería el magistrado, y entonces se leyó la execrable denuncia, que era ésta:
«A .vos, amado señor Apio, vuestro humilde servidor Claudio expone que un caballero llamado Virginio mantiene en su poder, contra mi expreso deseo, atropellando toda equidad y derecho, a una mi sirviente y esclava según la ley, la cual me fue robada de casa una noche, siendo muy niña. Y esto, señor, si os place, probarélo con testigos. No es la moza su hija, como el caballero dice, y, por tanto, señor y juez, suplícoos que me devolváis mi esclava, si así 'os dignáis hacerlo.»
Oyendo tea petición, Virginio miró con ira al malvado villano, pero muy luego, antes de que él expusiera su caso y demostrara como caballero, con testimonio de muchas personas, la falsedad que afirmaba su adversario, el maldito magistrado no quiso esperar ni oír una sola palabra de Virgilio, sino que dispuso:
-Mi determinación es que este villano reciba al punto su sierva, la cual no retendrás tú más tiempo en tu casa. Vete, pues, a buscar a la joven y ponla bajo mi salvaguardia. El villano recibirá su esclava. Tal es mi sentencia.
El digno caballero Virginio, viendo que la sentencia del magistrado le obligaba a entregarle a la mocita para que Apio viviera lascivamente con ella, volvióse a su casa, entró en el salón e hizo llamar a su amada hija. Y luego, mirándola con el rostro descolorido como la ceniza, contempló el púdico semblante de la muchacha, sintiendo abrumado su corazón por la paternal piedad. Mas sus sentimientos no le apartaron de su propósito.
-Hija Virginia -dijo -, dos caminos se te ofrecen: la muerte o la deshonra. ¡Maldito el día en que nací! Nunca tú merecías morir a filo de espada. ¡Oh querida hija, finalidad de mi vida, tú a quien en tanto regalo he criado y que nunca te apartas de mi pensamiento! ¡Oh, hija, mayor deleite y mayor dolor de mi vida! ¡Oh, perla de castidad! Acepta la muerte con resignación, porque mi voluntad es esa. Es el amor y no el odio lo que te mata, y mi mano, por compasión, debe decapitarte. ¡Ay! ¿Por qué te vería Apio nunca? ¡Cuán falsamente, por haberte visto, ha juzgado hoy!
Y contó a la doncella todo el caso, según oísteis. Y ella exclamó:
-¡Misericordia, padre mío!
Y le echó los brazos al cuello, como acostumbraba. Manaron lágrimas de sus ojos y preguntó:
-¡Oh, mi buen padre! ¿Es menester que muera? ¿No existe otro remedio?
-No, en verdad, amada hija-contestó él.
-Pues entonces-dijo la doncella-, dame tiempo, padre, para llorar mi muerte, como Jefté otorgó a su hija la merced de lamentarse antes de que él la matara. Bien sabía Dios que ningún delito había ella cometido, salvo correr para ver llegar antes a su padre y acogerle con muchas demostraciones.
Y luego cayó en un desfallecimiento y en saliendo de él dijo a su progenitor:
-Bendito sea Dios, que me hace morir virgen. Dame la muerte para, evitar la deshonra. Sí, en nombre de Dios, ejecuta tu voluntad con tu hija.
Y le rogó una vez y otra que la hiriera blandamente con la espada, tras lo cual se postró, desvaneci da.El, con triste voluntad y atribulado corazón, le cortó la cabeza y, empuñándola por los cabellos, fue a llevarla al magistrado, que aun estaba en el tribunal.
Dice la historia que, cuando el juez vio la cabeza, mandó que apresasen y ahorcaran sin dilación a Virginio. Pero la traidora iniquidad fumé conocida, y un millar de hombres, impelidos por su compasión, acudieron a salvar al caballero. Ya la gente, oyendo la falsa demanda del villano, había entrado en sospechas de que aquélla era intriga convenida con Apio, cuya lascivia conocía bien.
Así cerraron contra él y le pusieron en prisión, donde él mismo se dio la muerte, mientras Claudio, el traidor empleado por Apio, era condenado a morir en la horca. Pero el clemente Virginio intervino por él, y consiguió que sólo le desterrasen, lo que le libró de una muerte segura. Los demás que habían consentido en tan odioso delito fueron colgados.
Ya veis cómo el crimen recibe su castigo. Precavéos, que nadie sabe a quién puede castigar Dios. ni de qué modo el gusano de la conciencia reprochará la mala vida, siquiera sea ésta tan encubierta que nadie la conozca más que el hombre y Dios. Ni al ignaro ni al instruido les consta cuándo deberán temer. Así, seguid mi consejo y abandonad el pecado antes que el pecado os abandone a vosotros.



En Los cuentos de Canterbury


29 nov. 2009

Geoffrey Chaucer (1343-1400) - El cuento del caballero

No hay comentarios. :

 

 

 

geoffreychaucer Narran antiguas historias que en otro tiempo go­bernó la ciudad de Atenas un su duque y señor, lla­mado Teseo, conquistador tan emérito que no había entonces ninguno tan grande como él bajo la capa del Sol. Después de que sometió muchas y opulentas comarcas, acabó, por su talento y caballería, conquis­tando el reino de Feminia, que antaño denominábase Escitia; y allí casó con la reina Hipólita, a quien con mucha honra y solemnidad llevó a su tierra. Acom­pañábales Emilia, hermana de Hipólita, y con ellas cabalgó el noble duque hacia Atenas, entre victorias y melodías, al frente de su hueste en armas.

De no ser demasiado prolijo de contar, aquí os re­lataría cómo Teseo ganó el reino de Feminia con su caballería; y la reñida batalla que libraron los ate­nienses con las amazonas; y cómo Hipólita, brava y bella reina de Escitia, fue solicitada; y la fiesta de bodas, y la gran tempestad que hubo de regreso al país de Teseo. Mas callaré estas cosas, que el tiempo apremia y tengo que arar mucho campo con floja yunta. Aun queda buena pieza del cuento y a nadie quiero retardar en su etapa, pues cada uno ha de narrar su historia para que se vea quién gana la cena. De manera que torno a donde quedé, y digo que es­tando ya el duque a punto de llegar a su ciudad con felicidad y profuso fasto, vio a un lado del camino muchas mujeres enlutadas que, arrodilladas por pa­rejas unas detrás de otras, proferían tales clamores y lamentos que nadie oyó nunca en este mundo otros semejantes. Y las mujeres, sin cejar en. sus vocifera­ciones, asieron las bridas del caballo del duque.

-¿Quiénes sois y por qué turbáis la alegría de mi regreso con esos sollozos? - dijo Teseo -. ¿Clamáis y lloráis por envidia de mi gloria? ¿O alguien os in­firió ultraje? Decidme, si así es, si os lo puedo re­mediar, y explicad también el motivo de vuestros lutos.

Habló la más anciana de las mujeres y dijo con voz tan quebrada y tan abatido semblante que daba compasión mirarla y oírla:

-No nos duele, ¡oh, señor, a quien la suerte favo­reció con la victoria y la conquista!, tu gloria y tu honra, sino que te impetramos piedad y amparo. So­córrenos, infelices mujeres que somos!, con tu cle­mente bondad. Porqué sabed, señor, que entre todas nosotras no hay una que no haya sido reina o al menos duquesa, pero ahora, por ardides de la fortuna y de su engañosa rueda, que en ninguna condición asegura la dicha, hemos caído en gran aflicción. Quin­ce días hemos esperado en el templo de la diosa Cle­mencia, sin más fin que acudir ante ti y pedirte au­xilio, pues en tu poder tienes el hacerlo. Yo, cuitada de mí, a quien ves en estos llantos y lamentos, esposa fui del rey Capaneo, muerto en Tebas en aciago día. Y todas las demás de nosotras son también viudas y perdieron a sus maridos en el asedio de aquella ciu­dad. Pero es lo peor que el viejo Creón, tirano de la ciudad. de Tebas, impelido por su rencor, e iniquidad, e ira, ha querido ultrajar los cadáveres de nuestros esposos y señores y, haciendo una pila con ellos, los ha dejado para que los canes los devoren, sin permi­tir que nadie entierre ni incinere esos cuerpos muertos.

A esto, todas las demás damas se postraron en tie­rra, lamentándose:

-¡Ten piedad, señor, de estas infortunadas muje­res, y no cierres tu ánimo a nuestra cuita!

Cuando las hubo oído, el duque se apeó, sintiendo el corazón desgarrado al ver en tal tristeza y desfalle­cimiento a señoras tan principales. Hizo levantar con sus propias manos a todas y las confortó con muchos extremos, jurándoles por su honor de caballero ven­garlas y castigar de tal suerte al tirano Creón, que toda Grecia supiera cómo Teseo había aplicado a Creón la muerte que merecía. Y, sin dilación, mandó desplegar banderas y encaminóse a Tebas con toda su hueste. No quiso llegarse a Atenas, ni a caballo ni a pie, ni descansar siquiera la mitad de un día, sino que, enviando a Atenas a Hipólita, con su joven y galana hermana Emilia, él siguió marchando hacia Tebas.

Sobre su bandera blanca campeaba, resplandecien­te, la figura encarnada de Marte, armado de lanza y escudo, y junto a la blanca bandera se vela el rico pendón dorado donde estaba pintado el Minotauro a quien Teseo diera muerte en Creta. Y con tal aparato y al frente de su ejército, donde se alineaba la flor de la caballería, llegó el conquistador ante Tebas y puso pie a tierra en un campo donde contaba pelear.

Mas, por amor de la concisión, sólo diré que Teseo combatió con Creón, tirano de Tebas, matándole en noble y caballerosa lucha y ahuyentando a sus hom­bres. Luego entró en la ciudad por asalto, demolió murallas, tablados y armazones y devolvió a las cui­tadas damas los cuerpos de sus esposos, para que les hiciesen los honores fúnebres que se usaban en aque­llos tiempos. Prolijo fuera contar cuántos llantos y duelos alzaron las mujeres mientras los cadáveres se incineraban, y así no lo relataré, ni tampoco los aga­sajos con que Teseo se despidió de aquellas señoras, pues es mi propósito hablar sin extenderme.

Luego de que el digno duque Teseo hubo matado a Creón y conquistado a Tebas, sentó allí sus reales durante la noche e hizo con el territorio lo que le plugo.

Tras tanta destrucción y contienda, empezaron los soldados a remover los montones de cadáveres ,para despojarles de sus armas y ropas. Y entre los muertos hallaron, juntos, a dos caballeros jóvenes, de ricas armas igualmente labradas, y ambos sangrientamente acribillados de cruentas heridas, al punto de que no cabía decir si se encontraban aún vivos o ya muertos. Llegaron heraldos, y por las armaduras y arreos de los caballeros vieron que eran de la casa real de Te­bas e hijos de dos hermanas. Y llamábanse los man­cebos Arcites y Palamón. Los soldados retiraron a los primos de entre los cadáveres y los condujeron con toda cortesía a la tienda de Teseo, quien mandó en­cerrarlos en una prisión de Atenas, disponiendo que no se tomara por ellos rescate alguno.

Y luego el noble duque congregó sus haces, volvióse a su tierra, coronado de laureles, y habito en Atenas, con paz y honor, toda su vida. Entre tanto, cautivos en una torre, fuera del alcance de cualquier rescate, doloridos y acongojados, moraban siempre Arcites y Palamón.

Corrieron los días y los años, y una mañana de mayo, Emilia (que ere tan hermosa como el lirio en su verde tallo y más lozana que las flores de la pri­mavera. al punto de competir su rostro con la rosa), levantóse y vistióse, según acostumbraba, antes de rayar el día... Pues mayo es enemigo de la nocturna pereza y hace salir de su sueño a todo corazón puro, exigiéndole que se alce para tributarle homenaje.

Eso hacía Emilia y por ello se levantaba a rendir homenaje a mayo. Vestía ropas sutiles y ornaban su espalda sus rubios cabellos, recogidos en una trenza tamaña de una vara Mientras salía el Sol, corría la doncella por el jardín, cortando flores blancas y ber­mejas para enguirnaldarse las sienes, y entre tanto, cantaba con la voz de un ángel del cielo.

La robusta y maciza torre que servía de prisión a los dos caballeros de que os hablé y os pienso seguir hablando, formaba un bastión principal del castillo y comunicaba con la muralla del jardín donde retozaba Emilia. La mañana era despejada y brillante el Sol, y Palamón, el infeliz cautivo, había despertado ya y, autorizado por su guardián, paseaba por una de las habitaciones más altas, tanto que desde allí cabía ver toda la gran Atenas y el jardín, engalanado de verdes frondas, donde la gentil Emilia se solazaba.

Mientras el angustiado Palamón paseaba por el aposento, volviendo sobre sus pasos una vez tras otra y deplorando mil veces su desgracia y el haber naci­do, sucedió, ya fuese casualidad o destino, que a través de las gruesas rejas de la ventana, tan cuadradas como vigas, percibió a Emilia en el jardín. Al punto retrocedió el caballero, prorrumpiendo en un lamento tal como si le hubiesen traspasado el corazón. Oyén­dolo Arcites, fuese a él muy luego y le preguntó:

-¿Qué tienes, primo mío, que has palidecido como un difunto? ¿Por qué gritaste y quién te causó mal? Lleva, por Dios, nuestra prisión con paciencia, que, pues nos la ha deparado la fortuna, no tiene remedio posible. Alguna maligna posición de Saturno respecto a otra constelación nos ha traído esto, pesia nosotros. ¿Qué nos queda hacer si no aceptar la suerte que los astros, al nacer, nos reservaban?

A lo que Palamón repuso:

-Te engañas, primo mío. No grité pensando en la prisión, sino porque acabo de recibir en mi corazón, mediante mis ojos, una herida mortal. La hermosura de una doncella que he visto recreándose en el jardín ha sido la causa de mi suspiro y pena. No te puedo decir si es diosa o mujer, pero a mí me parece la misma Venus.

Y con esto cayó de rodillas, exclamando:

-¡Oh, Venus! Si te plugo transmutarte de tal modo en ese jardín ante mí, que tan triste y desvalida cria­tura soy, pídote que nos ayudes a salir de este en­cierro. Mas si es voluntad divina que yo haya de morir aquí, compadece, Venus, nuestro linaje, que de tal gui­sa ha humillado la tiranía.

Mientras Palamón hablaba, Arcites había empezado a contemplar a la dama, y tanto le impresionó su singular belleza que se sintió aún más traspasado que Palamón, y dijo, exhalando un doloroso suspiro:

-La lozana hermosura de la mujer que en ese jar­dín pasea me ha matado. Si no logro sus gracias y favores, si no puedo verla más, seguro es que moriré.

Palamón, oyéndole, se arrebató y dijo:

-¿Por ventura te chanceas, primo?

-No me chanceo - respondió Arcites -. Así Dios me acorra como no me mofo.

Palamón arrugó el entrecejo y adujo:

-Ser conmigo traidor y falso no redundaría en tu honor, pues que soy tu hermano y tu primo y en­trambos nos hemos jurado solemnemente no oponer­nos el uno al otro en cosa alguna, ni aun en amor, y ello incluso a costa de tortura y durante tanto tiem­po como viviésemos. Y dijimos también que tú me fa­vorecerías en toda coyuntura y yo a ti de la misma manera, lo que no osarás desmentir, pues tal fue lo que juramos. Empero, quisieras ahora disputarme a esa dama a quien yo amo y honro, como lo haré mientras mi corazón no deje de latir. Mas te digo, engañoso Arcites. que no te consentiré obrar así. Yo he amado primero a la dama y te confié mi pena para pedirte consejo y socorro como a hermano juramen­tado. Como caballero, estás obligado a socorrerme con todo tu poder. Cuando no, te diputo por felón.

-Más felón eres tú que yo, pues de corazón te digo que la felonía está en tu naturaleza. Yo he querido a esa dama antes que tú «par amour». En cambio, tú, ¿qué puedes pretender cuando todavía no sabes si esa es mujer o diosa? Tú eres de índole inclinada a la santidad; yo de índole inclinada al amor, y por ello te he contado mi pasión como a primo y hermano. Pero, aun en el supuesto de que tú hayas amado antes a esa doncella, ¿cómo no sabes que con el enamorado no rigen leyes, según dijo, con razón, un docto es­critor antiguo? A fe que el amor es la ley mayor que puede el hombre tener en el mundo, y de aquí que la ley regular y cualesquiera otras disposiciones sean burladas por el amor siempre. Ama el hombre sin que en ello tenga parte su voluntad, no puede rehuir el amor ni a costa de la muerte, y no deja de amar porque el objeto de su amor sea casada, doncella o viuda. Además, • no es verosímil que ni tú ni yo al­cancemos nunca los favores de esa dama, ya que no ignoras que nos hallamos condenados a prisión de por vida, sin esperanza de rescate. Estamos haciendo como los dos perros que se disputaron un hueso todo un día y al cabo llegó un milano y cargó con el hueso mientras ellos porfiaban. Así, hermano, no olvides que en Ya corte del rey, cada uno mira por él; y basta. Ama a esa mujer si te place, que yo haré siempre lo mismo. Y no hablemos más, querido hermano. Piensa que hemos de seguir en esta torre y cada cual ha de aceptar su destino.

Aun discutieron mucho más, pero no tengo tiempo de relatar sus razones y prefiero ceñirme a los hechos y narrar mi historia tan sucintamente como pueda.

Un día, cierto noble duque llamado Perithous, ami­go de la niñez del duque Teseo, fue a visitar a éste en Atenas, según acostumbraba, porque eran ambos los dos mejores amigos del mundo, al extremo de que, cuando el uno murió, el otro fue a buscarle a la re­gión inferior, según rezan los antiguos libros. Mas no hablaré ahora de esa historia. Perithous amaba mucho al joven Arcites, por haberle conocido en Tebas hacía luengos años y, habiendo intercedido por él, Teseo accedió a sacar al tebano del encierro, sin rescate, autorizándole a ir donde quisiera, so condición de que jamás entraría en territorio de Teseo, ni de día ni de noche, porque entonces sería decapitado a filo de espada. De manera que sólo quedaba al mancebo el recurso de alejarse y andar precavido, pues que su garganta respondía del cumplimiento de su pacto.

¿Quién podría pintar la aflicción de Arcites cuando supo a qué precio ganaba su libertad? Lloró, quejóse; gimió y hasta quiso matarse. Todo el día pasaba diciendo:

-i Maldito sea el día en que nací! Peor va a ser ahora mi destino; que ya no moraré en el purgato­rio, sino en el infierno. ¿Por qué, ¡ay de mi!, habré conocido nunca a Perithous? De no conocerlo, hu­biera yo continuado en la prisión de Teseo, y hubie­se sido venturoso sólo con la vista de aquella a quien amo, siquiera nunca pudiese obtener sus favores.

Y luego, pensando en su primo, continuaba:

-¡Ah, Palamón, victorioso eres en esta aventura! ¡Afortunado tú, que sigues en la prisión! Pero, ¿qué digo prisión, cuando es paraíso? A fe que buena treta me ha jugado la fortuna: heme ausente de mi ama­da y hete tú con ella ante los ojos. De esta manera, teniéndola cerca y siendo caballero digno y merito­rio, acaso cualquier veleidad de la suerte te permita satisfacer tus anhelos, mientras yo me veo en destie­rro y sin gracia, tan desesperado, en fin, que ni el agua, ni el fuego, ni la tierra, ni el aire, ni cosa al­guna que de estos elementos se derive, pueden ofre­cer remedio a mi mal. Destinado estoy a morir de dolor y abandono. ¡Oh, mi vida, mi alegría y mi con­suelo, adiós! ¡Cuán injustamente se lamentan los hombres del cielo o del destino, que tan a menudo les dan, empero, harto más de lo que ellos pudieran imaginar nunca! Este aspira a riqueza y ellas causan su muerte o dolencia grave; tal otro ansía librarse de la prisión y es en su casa muerto por sus domésti­cos. Nunca sabemos en este mundo lo que deseamos, y esto es raíz de infinitos males. Pásanos lo que al beodo que, sabiendo dónde está su casa, no da con el-camino, que le parece incierto. Buscando con ahínco la dicha, a menudo nos extraviamos, y así me sucede a mí, que creía vivir alegre y feliz si me li­braba de la torre, y ahora, librándome, me veo exi­lado de mi ventura. ¡Ay, Emilia! Muerto soy si he de dejar de verte.

Por su parte, Palamón, cuando Arcites hubo que­dado libre, entregóse a tantos duelos que la torre re­tumbaba con sus sonoras lamentaciones. Y tan amar­gas y salitrosas lágrimas lloraba, que hasta ablandó las gruesas cadenas que sujetaban sus tobillos.

-¡Ay, Arcites, primo mío! - se quejaba -. ¡Bien sabe Dios que al fin venciste en nuestra porfía! En Tebas estás ahora, en plena libertad, y harto poco piensas en mi dolor. Y, como eres valeroso e inteli­gente, cábete juntar a nuestros deudos todos y hacer a esta ciudad tan cruenta guerra que acabes logrando, por azar o pacto, tener por esposa a aquella por quien yo debo necesariamente perder la vida. Mucha es tu ventaja sobre mí, que eres libre y dueño de ti, mien­tras yo me pudro en una mazmorra. En verdad que la congoja de mi prisión y la de mi amor me harán no cejar en mis lamentos mientras exista.

Y en esto el fuego de la cruel envidia rasgó su pe­cho, adueñándose de su corazón con tanta vehemen­cia que lo redujo a cenizas frías y muertas. Y por ello prorrumpió en las siguientes razones:

-Dioses crueles que gobernáis este mundo y en lá­minas diamantinas inscribís vuestras decisiones eter­nas, decidme: ¿en qué es más dichoso el género hu­mano que el rebaño refugiado en el aprisco? Mátase al hombre igual que a una bestia cualquiera, y amén de ello se le somete a prisiones y contrariedades y dolencias, muchas de ellas, ¡oh, dioses!, sin culpa al­guna. ¿Qué ley rige esto y atormenta al limpio de mancha? Pero aun me enoja más ver que el hombre debe inclinarse ante los dioses y olvidar su propia voluntad, en tanto que el animal puede satisfacer to­dos sus deseos. Además, luego de que una bestia mue­re ya no le espera sufrimiento alguno, y el hombre, a pesar de sus dolores en este mundo, puede hallar otros que sufrir en el venidero. El discernir por qué ello está ordenado así, cosa es que compete a los teó­logos, pero por mi puedo decir que en esta vida se sufre en exceso. Y mientras hombres arteros o la­drones, que causaron el infortunio de gentes honra­das, pueden campar por el mundo, heme yo aquí, pre­so, porque de tal manera le plugo a Saturno y a la celosa y loca Juno, que ha exterminado casi toda la sangre de Tebas y destruido a la vez los robustos mu­ros tebanos. En tanto, Venus hiéreme también por el otro lado, colmándome de celos y cuidados de Arcites.

Pero mientras así se deploraba Palamón en su en­cierro, tornaremos a ocuparnos de Arcites. Había pa­sado el verano, y las noches, con su mayor longitud, acrecían los tormentos del preso y del desterrado. No podría yo decir cuál de ambos estaba más afligido, pues si Palamón gemía bajo prisión y grillos perpe­tuos, Arcites veíase para siempre proscrito, so pena de su vida, de la tierra donde su dama moraba.

¿Cuál, enamorado, era más digno de lástima? ¿Ar­cites o Palamón? Uno podía mirar a su amada dia­riamente, mas sin salir de la torre; otro, dueño de andar por donde quisiera, no podía contemplar a su dama jamás. Dad vuestra opinión los entendidos, mientras yo prosigo en el relato que comencé.

Arcites, en Tebas, no hacía sino lamentarse y, pen­sar que nunca más podría ver a su señora. Pero, por resumir en cortas palabras todas sus aflicciones, diré que nunca un mortal tuvo congoja más grande. Per­dió el apetito y el sueño y quedóse flaco y seco como la varilla de una flecha. Sus ojos estaban hundidos y temerosos de ver y su piel cetrina y pálida pare­cía helada ceniza. Siempre andaba solo y no cesaba de quejarse en toda la noche. Cualquier música o can­ción le daban insoportables deseos de llorar y, en re­solución, estaba tan decaído y cambiado, que nadie le hubiera reconocido. De manera tan versátil se con­ducía con las gentes que, víctima de Eros, parecíalo de la locura que los humores melancólicos producen en la porción del cerebro donde se elabora la fanta­sía. En resumen, hallábase transformado de pies a ca­beza, tanto en carácter como en disposición.

Mas no hemos de platicar siempre de su dolor. Cuan­do había pasado en su Tebas uno o dos años de tan crudo tormento, una noche, durmiendo, apareciósele el dios Mercurio, quien le exhortaba a alegrarse. Em­puñaba Mercurio el caduceo que dispensa el sueño y ceñía el petaso su luciente cabellera y, en una pala­bra, tenía el atavío (como Arcites lo pudo advertir) que mostrara cuando Argos se sumió en su sueño. Y el dios le mandó:

-Vete a Atenas, que ya está señalado el fin de tu desventura.

En oyendo estas palabras, Arcites, despertando, lan­zóse fuera del lecho y se dijo: «Así me sucediera cualquier mal grave, no me retardaré en ir a Atenas. No me impedirá la muerte ver a mi amada, que en su presencia nada se me da morir».

Y así diciendo, contemplóse en un espejo y se le ocurrió que, pues tanto había cambiado su traza con la enfermedad padecida, bien podía, si iba a Atenas disfrazado de hombre humilde, vivir allí sin que le reconociesen y ver a su señora a su placer poco me­nos que todos los días.

Se quitó, pues, sus ropas y se disfrazó de labriego y fuese a Atenas por el camino más corto, sin que na­die le acompañase sino un servidor que conocía todos los secretos de su amo y a quien éste vistió tan hu­mildemente como a sí mismo.

Llegó así a la corte y ofreció sus servicios como recadista y cargador dé lo que le mandasen. Pero, por amor de la concisión, diré que se empleó con un chambelán de Emilia, porque Arcites era despejado y pronto averiguó quiénes la servían. Y, en colocán­dose, se ocupaba en cortar leña y acarrear agua, pues como joven y robusto que era, sabía hacer cualquier cosa que requiriese la ocasión.

Uno o dos años perseveró en este servicio, y al fin hiciéronle paje de la bella Emilia, quien le conocía por el nombre de Filostrato. Y en la corte era estima­do como ningún otro de su condición. Por su noble carácter, ganó mucha reputación en la corte y todos decían que bien podía Teseo ponerle en lugar donde demostrara sus capacidades. Creciendo, pues, la fama de sus dichos y obras, Teseo tomóle como escudero, dándole oro con que pudiera mantener su nueva dig­nidad, aparte de lo cual tenía Arcites sus rentas pro­pias, que cada año recibía en secreto de su país y que empleaba con tal decoro y sigilo que nadie sos­pechaba que las tuviese. Tres años pasó así, y su vida era tan ejemplar, tanto en tiempo de paz como de guerra, que a nadie quería Teseo más que a él.

Pero, dejando por ahora al feliz Arcites, veamos cuál era la suerte de Palamón. Siete años llevaba éste en prisión rigurosa y sombría, sin más alternativas que dolores y desgracias. Nadie padeció nunca tanto como Palamón, de seguro, porque el amor le afligía tanto que acabó haciéndole perder el seso. Pensad que no estaba prisionero por unos años, sino para siem­pre. ¿Quién sabría describir su martirio? No yo, que no tengo fuerzas para ello, y por eso pinto su angus­tia tan sencillamente como puedo.

El séptimo año, y en la noche del tercer día de mayo (según afirman los antiguos libros que con más detalle narran esta historia), Palamón, ora por casua­lidad o por destino (que nada de lo que está deter­minado deja de suceder), pudo quebrar sus cadenas, auxiliado por un amigo, y se alejó a toda prisa de la ciudad. Había hecho beber a su guardián una mezcla de vino con narcóticos y opio tebano, y el hombre se adormeció de tal manera que nadie, zarandeándole. Habría podido despertarle en toda la noche. Huyen­do con toda la diligencia que le cupo, Palamón, al concluir la breve noche, ocultóse con cautela entre unos árboles que no lejos de un camino estaban. Pen­saba pasar el día en la espesura y, después, llegando a Tebas, rogar a sus amigos que le ayudasen a com­batir a Teseo, a fin de ganar a Emilia o morir en la demanda.

No conocía entonces Arcites cuán de cerca le ace­chaba la desgracia que la suerte le tendía. Y así, en la mañana gris aún, mientras la solícita alondra, he­raldo del día, saludaba con sus cantos la luz que bri­llaba en oriente y secaba las plateadas gotas de rocío de las hojas, Arcites, escudero mayor de la corte de Teseo, había salido a contemplar la alegre alborada. Y, queriendo rendir homenaje a. mayo y acordándose _ del objeto de sus afanes, saltó, ligero como el fuego, sobre un corcel y corrió hacia la campiña, pensando solazarse a alguna distancia de la corte. La casuali­dad hízole tomar el camino del bosque donde Pala­món se ocultaba, porque quería componer una guir­nalda de madreselvas y escaramujos. E iba cantando:

¡Salud, oh mayo, que en verdor abundas!

Tus ramos y tu flor dame jocundas.

Y con, alegre corazón se internó por una vereda que cruzaba el bosque, y vino a parar donde estaba Palamón escondido y muy temeroso de que le persiguie­ran, para darle muerte.

Viendo a Arcites, no le reconoció, pero sabido es ha muchos años que los campos tienen ojos y los bosques oídos. De aquí que sea prudente para el hom­bre comportarse con discreción, porque siempre tro­pieza con quien menos espera. Y así Arcites no re­cordaba para nada a su primo, aunque éste, agaza­pado entre la maleza, estaba tan cerca de é] que po­día percibir todas sus palabras.

Cuando Arcites acabó su rondel, recayó en ese es­tado pensativo usual en los enamorados, que ora se sienten en la cumbre, ora en la falda y ora al pie del monte, subiendo y bajando tan de prisa cual cubo en pozo. Como sucede los viernes, en que tan pronto luce el sol como llueve a cántaros, así la veleidosa Venus cambia a su placer los corazones de sus servidores. Variable es su día (que rara vez se muestra igual todas las semanas) y variables las disposiciones de la diosa.

En acabando, pues, su canto, Arcites suspiró, sentó-se y dijo:

-¡Triste día aquel en que nací! ¿Hasta cuándo, Juno cruel, piensas hostigar a la ciudad de Tebas? Arruinada está la sangre real de Anfión y de Cadmos, que fue quien edificó a Tebas y la gobernó como su primer rey. De su tronco y estirpe desciendo en línea recta, mas tan cuitado soy que he de servir de escu­dero a mi mortal enemigo. Y para que sea mayor la afrenta que me infiere Juno, ni aun con mi apellido de Arcites puedo nombrarme, sino que he de usar la indignidad de llamarme Filostrato. ¡Juno, Marte cruel! ¡Cómo vuestra ira ha destruido a todo mi linaje, no siendo yo y el infortunado Palamón que, preso de Teseo, padece en la torre! Y, para concluir de arreba­tarme la vida, amor ha clavado su flecha en mi casto y condolido corazón de tal manera, que paréceme que antes estaba dispuesta mi muerte que tejidas mis pri­meras ropas. Porque tú, Emilia, mátasme con tus ojos y serás la causa de mi muerte. A mis demás males diérales yo el valor de un grano de trigo con tal que me fuera hacedero ejecutar algo que te pluguiese.

Y, tras estas palabras, permaneció buen rato en meditaciones. Cuando al cabo se levantó, Palamón, que temblaba de cólera y creía sentir su corazón traspa­sado por glacial espada, no acertó a esperar más tiempo. Y, saliendo de la espesura, con el rostro pá­lido cual el de un muerto y descompuesto como el de un loco, clamó de esta manera:

-¡Ah, pérfido, traidor y malvado Arcites! ¿De modo que así amas a mi señora, por la que yo he sufrido tantas aflicciones y dolores? Empero, eres de mi san­gre y habías jurado ayudarme, según repetidas veces te he recordado antes de ahora. Veo también que en­gañas al duque Teseo y sirves con él bajo falso nom­bre. Digo que tú o yo hemos de morir, y que no has de amar a mi señora Emilia, a quien amaré yo solo; que yo soy Palamón, tu mortal enemigo. No tengo armas aquí, pues he huido de la torre por un azar, pero vuelvo a exhortarte que escojas entre morir o no amar a Emilia, de cuya disyuntiva no te dejo escapar. Reconocióle Arcites y entonces, con airado corazón y temible fiereza, desnudó su espada y dijo:

-¡Por el Dios que en el cielo está te aseguro que, de no encontrarte enfermo y fuera de su seso por el amor, y a más sin arma alguna, no saldrías de este bosque sino muerto! Desde aquí rompo el pacto y pro­mesa que afirmas hice contigo; que el amor es libre, como debes comprender, aunque loco, y yo amaré a Emilia pese a ti. No obstante, pues eres caballero y noble, si quieres disputarme mi amor en combate, mañana mismo vendré a este lugar trayendo armas para ti. Te dejaré elegir las mejores. Entre tanto, te daré esta noche comida y bebida y ropas con que abrigarte. Y si fueras tú el que mañana me matases, habré dejado de estorbar tu amor.

Repuso Palamón que aceptaba, y luego de cambiar ambos su palabra, se separaron hasta la mañana si­guiente.

¡Oh, inexorable Cupido, rey que no admites quien contigo comparta tu mando! Bien se dice que poder y amor no aceptan de buen grado sociedad alguna. Véase, si se duda, el ejemplo de Palamón y Arcites. Este, volviendo a la ciudad en su corcel, preparó a la madrugada siguiente dos armaduras bien acondi­cionadas y, poniéndolas en el arzón de su caballo, volvió, solo como había nacido, al bosque, donde a la hora y en el sitio acordados, se encontró con Pa­lamón.

Cuando se vieron, mudóseles el color a los dos. Como cazador de Tracia que, siguiendo al león o al oso, lanza en mano, le oye llegar a la carrera por la espesura quebrando ramas y pisando hojas, y piensa: «Aquí acude mi mortal enemigo. El o yo hemos de morir, pues yo pereceré si no le mato en acercán­dose a mi brecha»; como ese cazador, digo, así pro­cedieron los dos primos y así se alteró su color cuan­do se distinguieron. Y, sin saludos ni cortesías, cada uno de ellos armó al otro amistosamente, cual si fuera su hermano. Luego, empuñando sus fuertes y agudas lanzas, se arremetieron con prodigiosa destreza. Palamón peleó como león de la selva y Arcites como tigre sanguinario. Heríanse como jabalíes, y como jabalíes arrojaban de sus fauces, en su cólera, blan­quecina espuma, y de tal modo se acribillaron que la sangre les alcanzaba hasta los tobillos.

Pero dejemos en este punto su refriega y pasemos a Teseo. El destino, ministro general y ejecutor en todo el mundo de la providencia de Dios, es tan po­tente que, así el hombre niegue o afirme tal o cual cosa, viene a suceder en un día lo que no ocurrió en mil años. Porque habéis de saber que en esta tierra todas nuestras miras, ya de guerra o de paz, de amor o de odio, están sujetas al examen de lo alto. Ved esto, si no. El poderoso Teseo tenía tal pasión por la caza, y sobre todo por la del ciervo en mayo, que siempre le hallaba el día ataviado y dispuesto para salir de cabalgata con monteros, trompas y jaurías. La caza le contentaba, y placíale rematar él mismo al ciervo atrapado, pues Teseo servía primero a Mar­te y después a Diana.

Según dije antes, era el día hermoso, y el feliz Teseo, con su bella reina Hipólita y la gentil Emilia, vestida de verde, salían a cazar en pomposo séquito. Tomó Teseo el camino que llevaba en derechura al bosque, donde le habían anunciado haber un ciervo. Llegó a un claro en el qUe solía verse al animal, cer­ca de un arroyuelo en que abrevaba. Pensaba el duque mandar hacer la batida con perros y, en acercándose al claro miró, protegiéndose los ojos con la mano contra el radiante sol

Entonces columbró a Palamón y Arcites, que lidia­ban rabiosamente como jabalíes, descargando reveses tan tremendos con las cortadoras espadas, que pare­cía cada tajo capaz de hendir un roble. No sabiendo quiénes serian aquellos hombres, picó el duque espue­las a su montura, púsose entre ambos y, desenvai­nando, la espada, exclamó:

-¡Alto ahí, si no queréis perder la cabeza! ¡Por el poderoso Marte, que aquí mismo morirá quien otro golpe descargue delante de mí! ¿Quiénes sois vos- otros, hombres osados, que así peleáis sin juez de campo, según se hace en buena liza?

-Señor - contestó Palamón al punto -, sobran aquí las palabras. Sé que los dos merecemos la muerte, pero somos dos infortunados cautivos y nuestras vi­das nos embarazan pesadamente. Y, pues eres legí­timo juez y nuestro señor, no albergues clemencia y mátame primero, por caridad, pero mata también

mi enemigo. Aunque acaso sea mejor que a él le mates primero, porque es Arcites, tu mortal enemigo, desterrado de tus dominios so pena de la vida, aun­que luego ha vuelto a ellos con nombre de Filostrato. De esta suerte te ha burlado muchos años y tú has llegado a hacerle tu escudero. Sabe señor, que Arci­tes ama a Emilia, y, pues ha llegado el día de mi muerte, quiero hacer aquí confesión, y te declaro que soy Palamón, que con ardides he huido de tu torre. Soy, pues, tu enemigo acendrado y tanto amo a la bella Emilia que anhelo morir ahora mismo ante tus ojos. Júzgame, pues, y mátame, pero también a mi compañero, pues que merecemos la muerte los dos.

El noble duque respondió con presteza:

-Breve negocio es éste. Tus propios labios te con­denan y tu confesión nos evita atormentaros con el cordel. ¡Por Marte poderoso y bermejo, os digo que vais a morir!

La reina, como mujer, empezó a llorar, y lo mismo Emilia y todas las damas de la comitiva. Parecíales que el caso merecía clemencia y que era aquel un inaudito lance, pues que entrambos caballeros eran de noble alcurnia y no combatían sino por amor. Por ende veían sus anchas, sangrientas y dolorosas he­ridas y no había mujer, ya de condición noble, ya humilde, que no lo deplora, diciendo:

-Compadécete de nosotras, señor, y ten miseri­cordia.

Y, postrándose sobre sus desnudas rodillas, quisie­ron besar allí mismo los pies de Teseo, esperando que su ira se apaciguase. porque sabían bien cuán fácil entrada tiene la clemencia en los corazones magná­nimos. De manera que el duque, venciendo la cólera que al principio le había arrebatado, reflexionó, con examen breve, el delito y causa del delito de ambos, y empezó a excusarlos en su mente, viendo que nin­guno de los dos caballeros había hecho sino procurar remediar su amor en lo que podía y a la par libertarse de su prisión. Además, sintió pena de las mujeres, que seguían llorando con grandes voces y, meditando, se dijo: «¡Malhaya el caballero que no usa de piedad y tan fiero se muestra en actos y palabras con los arre­pentidos y temerosos como con los altivos e insolen­tes, obstinados en sostener lo que al comienzo afirma­ron! Escaso criterio tiene quien en un caso así no distingue y del mismo modo juzga la soberbia que la humildad».

Y entonces, ya desvanecida su cólera, levantó al cielo sus ojos benignos, y dijo en alta voz las siguien­tes palabras:

-¡Ah, benedicite, y qué señor tan poderoso y gran­de es el dios del amor! No hay obstáculo que preva­lezca contra tu autoridad, y título de dios merece por sus milagros, pues que maneja a su antojo los cora­zones. He aquí que Palamón y Arcites, libres de la prisión y pudiendo vivir en Tebas según su alcurnia, vienen aquí, impelidos por el amor, a morir, pues que conocían que yo soy su mortal enemigo y tengo sus vidas en mi mano. ¿No es esto inmensa locura? ¿Hay alguien tan loco como un enamorado? ¡Mirad, por Dios vivo, de qué manera estos mozos se desangran! Maravillosa gala es esa! Así el amor, su señor, pre­mia y recompensa su fidelidad. Y es lo más donoso del caso que la dama por quien ellos celebran esta fiesta tiene tantos motivos de agradecerles su cortesía como los tenga yo, porque no era más sabedora de los ar­dores de sus enamorados que lo pueden ser las liebres o los pájaros del bosque. En fin, todo se ha de ex­perimentar, calor y erío, y no hay hombre que, ora -de joven, ora de viejo, no pase por esa locura, como en mis tiempos pasé yo mismo. Conozco, pues, las pe­nas del amor y cómo pueden influir sobre quien cae en sus lazos, y por tanto condono del todo esta culpa según me lo piden la reina, arrodillada aquí, y mi buena cuñada Emilia. Juradme vosotros no hacer daño alguno a mi país, ni combatirme nunca de día ni de noche, sino ser mis amigos y valerme en cuanto po­dáis. Ea, os perdono por completo vuestro yerro. Juraron ellos de buen grado lo que les solicitaba Teseo y se encomendaron a su caballería y clemencia. Concedióles él su gracia y habló de esta suerte: -Por lo que atañe a mi cuñada Emilia, razón de estos celos y batalla, bien sé que cualquiera de los dos merecéis, por vuestra estirpe y riqueza, casaros con ella, así fuese princesa o reina. Mas aunque comba­tierais hasta la consumación de los siglos, y por muy celosos y airados que os mostraseis, ella no puede ca­sarse con ambos, y, en consecuencia, menester es que uno de vosotros se vaya con Dios. Voy, pues, a dis­poner de manera de que se resuelva vuestro destino. Oíd mi decisión y voluntad (a la que no consiento ré­plica alguna y que sois libres de aceptar o dejar) : cada uno iréis libre, sin rescate y adónde es plegue, pero de aquí a cincuenta semanas contadas, compa­receréis trayendo cada uno cien caballeros armados y dirimiréis, peleando, quién ha de poseer a Emilia.

Yo empeño mi promesa de caballero y hombre leal, y digo que, cualquiera de vosotros que con sus cien hombres mate o arroje del palenque a su enemigo, recibirá a Emilia por esposa, pues que la fortuna le concederá tan notable favor. Se montará la liza en este sitio y Dios no se apiade de mi alma si no he de ser juez equitativo y honrado. Y no cejaré en ello mientras uno de vosotros no muera o quede vencido. Decid vuestra opinión, que quiero saber si os satis­fago. Tal es mi decisión final, y aquí puede solucio­narse vuestro destino.

¿Hubo alguien nunca tan dichoso como entonces lo fue Palamón? ¿Ni nadie cuyo ánimo se levantara tan­to como el de Arcites? ¿Quién podría pintar el júbilo que allí sobrevino cuando Teseo concedió tan razo­nable merced? Todos se postraron de hinojos y dié­ronle gracias de todo corazón y con toda energía, y muy en particular los dos caballeros tebanos. Los cuales, con el corazón gozoso y henchido de dulces. esperanzas, pidieron licencia de partir y cabalgaron hacia Tebas, la de robustas y antiguas murallas.

Y ahora pienso que me acusaríais de negligencia si dejase de señalar los muchos gastos que hizo Teseo preparando regiamente la palestra. Nunca otra igual hubo en el mundo. Rodeaba la liza un pétreo muro, de una milla de contorno, y un foso la defendía por la parte de fuera. Dentro del muro, que era circular se escalonaban graderíos hasta una altura de sesenta pasos, de manera que quienes miraran no impidiesen ver a los otros espectadores. Al Este se abría una puerta de blanco mármol y otra al Oeste, igual en todo. Nunca existió en la tierra cosa semejante y en tan reducido espacio; ni hubo en la región hom­bre entendido en geometría o aritmética, o en pintar o cincelar figuras, a quien Teseo no usase, dándole paga y sustento, para erigir aquel recinto. A efectos de celebrar ceremonias y sacrificios hizo construir junto a la puerta del Este un altar y un santuario destinados al culto de Venus, diosa del amor, y al Oeste otro templete y altar para el culto de Marte. Y esto le costó gran copia de oro. Al lado septentrio­nal del muro mandó levantar Teseo en honor de la casta Diana, un primoroso templete de blanco alabas­tro y encarnado coral.

Quiero explicaros ahora la traza de las esculturas, cuadros, pinturas e imágenes de aquellos templos. En el de Venus, esculpidos en las paredes, se veían los sueños interrumpidos, los suspiros desgarradores, las amargas lágrimas y las ardorosas caricias del deseo _ que afligen a los esclavos del amor. Y también sus juramentos, sus placeres y esperanzas, sus ansias y enloquecidos arrojos, y asimismo la belleza, la moce­dad, la lascivia, la riqueza, la violencia, los filtros, los engaños, las linsonjas, las prodigalidades y las intri­gas. Allí se veían los celos, coronados de amarillas caléndulas y con un cuco en el hueco de la mano, y también fiestas, instrumentos musicales, cantos, danzas, diversiones y lujos. Todas estas cosas propias del amor, con otras muchas que luego quiero seguir enu­merando, aparecían pintadas en los muros en su orden debido. Se hallaba representado allí el monte de Citerea, donde tiene Venus su mansión y jardín, con todos sus deleites. No faltaban la ociosidad, su portero, ni el bello Narciso de antaño, ni la locura del rey Salomón, ni la prodigiosa fuerza de Hércules, ni los cantos de Circe y Medea, ni Turno, el de esfordo y fiero corazón, ni Creso el rico, caído en escla­vitud. Por todo lo cual podéis colegir que ni la be­lleza, ni la sabiduría, ni el vigor, ni la habilidad, ni el valor, ni la riqueza pueden medirse en autoridad con Venus, que dispone de todo ello a su capricho. Pues todos aquellos que mencioné fueron presos en las redes de la diosa y tanto sufrían que en su dolor exhalaban plañideras quejas. Con esos ejemplos bas­tan; pero a miles se podrían aducir.

La hermosa figura de Venus flotaba desnuda en el vasto mar, rodeada hasta el talle por las verdes y cristalinas olas. Empuñaba una cítara en la mano de­recha y coronaba grácilmente sus cabellos una guir­nalda de lozanas y aromadas rosas, sobre las que re­voloteaban varias palomas. Ante Venus hallábase su hijo Cupido, alado y ciego como se le suele pintar y con un arco y un carcaj de relucientes y buidas flechas.

¿Debo describiros también las pinturas que orna­ban los muros interiores del templete del poderoso y bermejo Marte? Las paredes reproducían con sus imá­genes las del helado y torvo paraje de Tracia donde tiene Marte su soberana mansión y su majestuoso templo.

Ante todo se veía una desolada selva, horra de ani­males y de hombres, llena de árboles viejos, retor­cidos, secos y nudosos, de troncos puntiagudos y hó­rrida traza. Por aquellas arboledas corría un bronco fragor, tal que el de un temporal quebrantando las ramas. En la ladera de un monte cubierto de hierba se alzaba el templo del omnipotente Marte, templo todo él de hierro fundido, de zaguán largo y angosto y de amedrentadora apariencia. De él brotaban tan violentas ráfagas de viento que hacían crujir todos los portones. Por la abertura de éstos se veía la cla­ridad de la aurora boreal, que otra cosa no podía ser, pues no había en los muros ventanas que consintie­ran acceso de luz alguna. Las hojas de las puertas eran de duradero diamante, reforzadas con entrecru­zadas barras de hierro, y cada columna de las que sostenían el templo era también de hierro bruñido y gruesa como un tonel.

Allí se divisaban las tenebrosas conjuras del cri­men, con todas sus tretas; a cruel ira, roja como una brasa; el latrocinio y el pálido terror; el adulador artero, con el. puñal escondido bajo la capa; los establos incendiados y envueltos en negro humo; el traidor asesino que mata al que duerme; la guerra, destilando sangre de sus heridas; la refriega, de hoscas amenazas y bermejo cuchillo. Tétricos alaridos llena­ban aquel lugar. E] suicida yacía bañado en la san­gre de su propio corazón, hincado el clavo en la sien;, en pie se hallaba la estertorosa muerte. En medio del templo, la desgracia exhibía su desalentado y do­lorido semblante; reía la locura con estúpido furor; gentes descontentas se levantaban en armas; había tumultos y crueles entuertos; yacían en las espesu­ras cadáveres con la garganta cortada; veíanse asesi­nados a miles; tiranos con presas ganadas por fuerza,

y ciudades reducidas a ruinas completas. También -se veían naves quemadas, a la deriva; cazadores as­fixiados por el abrazo de salvajes osos; cerdas devo­rando niños en sus cunas; cocineros abrasados a des­pecho de su largo cucharón; carreteros aplastados por las ruedas de sus carros. Nada se escapaba al influjo fatal de Marte. Bajo él estaban el barbero, el carni­cero y el herrero, forjador de tajantes espadas en su yunque. Señoreándolo todo, campeaba la Victoria en una torre, y sobre su cabeza pendía, pendiente de hilo sutil, aguda espada. Allí podían contemplarse el asesinato de Julio, de Nerón el Grande y de Antonio. Porque, si bien es verdad que estos hombres, en aquel tiempo, aun no habían nacido, su muerte se figuraba ya allí, como presagio de Marte. Mas bastan estos ejemplos de las antiguas historias, pues no puedo re­ferirlos todos, aunque quisiera.

Erguida en un carro aparecía la armada figura de Marte, de encendida mirada, cual la de un loco. Lu­cían sobre su cabeza dos estrellas que los manus­critos llaman Puella y Rubeus. A los pies del dios de la guerra había un lobo de ojos rojizos, devorando a un hombre, y toda esta escena se había trazado con primoroso pincel, en gloria y reverencia de Marte.

Y ahora quiero referiros, con razones tan lacónicas como pueda, cuál era la traza del templo de la casta Diana. Los muros estaban pintados, de arriba abajo, con escenas de caza y de pudorosa castidad. Allí se veía a la triste Calisto transformada en osa a causa de la ira que Diana concibió contra ella. Ya se sabe que luego Calisto se convirtió en la Estrella Polar, y nada más necesito añadir sobre esto. Se veía también a su hijo, que es otra estrella. Podía contemplarse a Dafne, hija de Peneo, trocada en árbol, y a Acteón, mudado en ciervo como castigo por haber mirado a Diana estando ésta completamente desnuda. Y ha de saberse que luego los propios perros de Acteón, no reconociéndole, le devoraron. Algo más allá, Atalan­ta cazaba jabalíes con Meleagro, y había otros a quie­nes Diana preparaba calamidades y dolores. Aun se veían muchas más pasmosas historias, que prefiero no recordar ahora.

La diosa, sentada sobre un ciervo y rodeada de ca­nes, presidía todas las pinturas. A sus pies brillaba la luna menguante. Los ojos de Diana se fijaban en las sombrías regiones de Plutón. Vestía de color ver­doso amarillento y empuñaba un arco, llevando fle­chas en una aljaba. Estaba ante ella una mujer em­barazada que, por no salir a su debido tiempo de su parto, invocaba a Lucina, diciendo:

-Asísteme, que nadie como tú lo puede hacer.

En fin, os digo que quien esto pintó puso mucha verdad en sus pinceles y gastó gran abundancia de dinero en colores.

Así quedó edificada la palestra. Teseo quedó asaz satisfecho viendo conclusos los templos y graderías en que tanta moneda invirtiera. Pero dejándole a él aho­ra, pasemos a hablar de Palamón y Arcites.

Llegaba el momento de que cada uno retornase lle­vando consigo cien caballeros, y así en verdad lo hicieron los dos. Mucha gente pensaba que nunca, desde el principio del mundo, hubo sobre la tierra o la mar, creadas por Dios, tan noble compañía de caballeros. Porque todos los amantes de la caballería, anhelosos de ganar reputación, habían pedido parti­ciparen aquel torneo, y los admitidos considerábanse muy honrados. Seguramente si ocurriese mañana un caso semejante, veríais cómo todo caballero enamo­rado y con arrestos, ya fuese de Inglaterra o de otro país, tendría vivos deseos de comparecer en la liza para combatir por una dama Benedicite! A fe que debió de ser aquel espectáculo digno de presenciarse.

De los caballeros que acompañaban a Palamón ves­tían unos loriga, peto y jubón; otros robustas cora­zas; algunos prusianos escudos ó rodelas, y algunos más sólidas grabas y musleras. Hubo quien escogió el hacha y quien la maza de hierro, de manera que cada -uno se había armado según su criterio. Venía con Pa­lamón el propio Licurgo, rey de Tracia, de rostro viril y barba negra. Sus ojos (que movía en todas direccio­nes, como pájaro grifo) brillaban sobre unas cuencas amarillentas, de sanguíneas estrías. Tenía cejas apre­tadas e hirsutas, miembros anchos, músculos recios y macizos, espaldas vigorosas, brazos largos y tornea­dos. Como es uso en su país, montaba un carro do­rado que arrastraban cuatro blancos bueyes. No lle­vaba sobre el arnés loriga; sino una piel de oso, negra como el carbón y tachonada de clavos relucientes como el oro. Su larga y bien cuidada cabellera, negrísima cual ala de cuervo, le caía sobre las espaldas. Ceñía corona de oro, grande y gruesa como un brazo e in­crustada de piedras preciosas: diamantes y bien ta­llados rubíes. Más de veinte blancos perros alanos rodeaban su carro y eran grandes como becerros, estan­do destinados a cazar ciervos y leones. Llevaban collares de oro, con anillas ensartadas, y se les man­tenía las fauces fuertemente sujetas. Iban con Licurgo cien caballeros bien armados, de firme e intrépido corazón.

Afirman las crónicas que acompañaban a Arcites el gran Emeterio, rey de las Indias. Montaba éste un alazán cubierto de hierro y ornado con gualdrapa de oro con dibujos. Y Emeterio parecía el mismo Marte, dios de la guerra. Llevaba cota de mallas de Tartaria, con blancas y gruesas perlas engastadas. Era su silla de bruñido oro recién trabajado, y de sus hom­bros colgaba una capa corta salpicada de rubíes rojos como el fuego. Los bucles de su rizada cabellera re­lucían y eran rubios como el sol. Tenía grande la nariz, brillantes los ojos, los labios gruesos y la tez sonrosada. No debía contar más de veinticinco años. Algunas pecas de color amarillo oscuro salpicaban su semblante. Sus miradas parecían las de un león. Nacíale la barba como cumplía a su edad y su voz re­medaba el son de un estruendo de clarín. Le ceñía la sien una corona de verde laurel y llevaba en el puño un águila amaestrada, blanca como un lirio. Le seguían cien señores, armados de todas armas, pero con la cabeza desnuda. Y sabed que iban allí en haz reyes, duques y condes, sólo por amor y honor de la caballería. En torno al rey de las Indias se movían ágilmente profusión de leones y leopardos domesti­cados.

En fin, todos aquellos caballeros llegaron a la ciu­dad la mañana de un domingo y, cruzando sus puer­tas, se apearon. El noble duque Teseo alojó a cada uno según su condición y empezó a honrarlos y aga­sajarlos, de tal manera que todos pensaron que no había hombre alguno, fuese quien fuera, capaz de su­perar la cortesía de aquel duque. Omitiré referir las canciones de los trovadores, y los manjares del festín, y los ricos regalos que todos recibieron, del humilde al ilustre. Tampoco diré cuáles fueron las damas más bellas ni las que bailaron mejor, ni las que con más primor cantaron, ni quién hacía más tiernos cortejos, ni qué halcones se encaramaban en las perchas, ni tampoco cuáles eran los perros que en el suelo yacían acostados. Tan sólo contaré el remate de todo, que sea lo que me parece más acertado, de manera que, poned atención, pues voy a ello.

- Llegó la noche, y a la madrugada, oyendo Palamón cantar a la alondra (pues esta ave hízolo así aquella vez antes de ser de día), levantóse y, con corazón devoto y confiado ánimo, montó a caballo y fue en peregrinación a la bienaventurada y benévola Citerea, esto es, la muy digna y honrada Venus. Y a la hora en que más propicia es esa diosa, Palamón, cayendo de hinojos en el templo dedicado a Venus en el palenque, dijo, con humilde talante y tierno corazón: «¡ Oh, Venus, señora mía, bella entre las be­llas, hija de Júpiter y esposa de Vulcano, alegría del monte Citereo! Piensa en el amor que tuviste por Adonis, apiádate de las acres lágrimas que me acon­gojan y acoge en tu corazón mi humilde plegaria. Fáltanme palabras para pintar la hondura y tormen­tos de mi infierno, y tan confuso estoy que nada acierto a decir. Compadéceme, hermosa señora, pues que bien sondeas mi pensamiento y adviertes las pe­nas que sufro. Ten clemencia de mí y prométeme, en cambio, ser tu continuo servidor y mantenerme siem­pre en armas contra la castidad. Favoréceme, pues, este voto que te hago. No pido ganar mañana la victoria, ni fama por ello, ni ansío que las trompas proclamen mi triunfo por doquier, sino sólo quiero po­seer plenamente a Emilia y morir a tu servicio. Ve el modo y forma de que lo pueda conseguir. Logre yo estrechar a mi dama en mis brazos, y nada se me daría vencer a ser vencido. Porque, si Marte es el dios de las armas, tanto es tu poder, ¡oh, Venus!, en los cielos que, si así lo quieres, yo conseguiré a mi ama­da. Ofrezco honrar tu santuario siempre, y nunca que salga a pie o a caballo dejaré de hacer fuego y sa­crificios en tus aras. Y si así no dispones, pídote, dulce señora, que permitas que Arcites me traspase mañana el corazón con su lanza. En muriendo, me es igual que Arcites gane a Emilia por esposa. Y rematando mi súplica, te pido, mi señora, que me des la posesión de mi amada».

En concluyendo su plegaria, Palamón ejecutó un sacrificio ritual, del que no es menester entrar en pormenores. Y al cabo la imagen de Venus, no sin que pasara primero buen trecho, movióse e hizo un signo; y Palamón conoció que había sido aceptada su ofrenda, y suponiendo su petición obtenida, volvió, con alborozado corazón, adonde se alojaba. Y tres horas después de haber salido él hacia el templete de Venus, ocurrió que a la vez se alzaron el sol y Emilia, y ésta se dirigió muy presurosa al santuario de Diana. Iban con ella camaristas con lienzos, in­cienso, fuego y otras cosas necesarias para sacrificar, sin omitir el vaso de cuerno con hidromiel. Ya re­vestido el templo de galanos lienzos, ya humeante de incensadas nubes, Emilia, con sereno corazón, bañóse en el agua de una fuente. No diré de qué manera ejecutó sus ritos, porque, aun contándolos muy a la ligera, no sería cosa que aviniese a quienes hubieran de escuchar, y así me limito a referir que Emilia se soltó el cabello, se coronó de hojas de verde encina y, ya tan lindamente aparejada, encendió dos fuegos en el altar y practicó sus ceremonias del modo que puede hallarse en Estacio de Tebas y en los manus­critos antiguos.

Y después de prendidos los fuegos, Emilia, dirigien­do a Diana su dolorido rostro, dijo estas razones: «¡Oh, casta diosa de las selvas verdes, tú ante quien se inclinan cielos, tierras y mares; soberana del te­nebroso y. hondo reino de Plutón; deidad de las vír­genes! Ha tiempo que conoces mis deseos. Pídote no me hagas incurrir en tu cólera y venganza, como in­currió Acteón. Bien sabes, diosa de la castidad, que quiero permanecer virgen toda mi vida y no ser nun­ca amante ni esposa de nadie. Como te consta, don­cella soy, y de las tuyas, porque gusto de las monterías y amo correr por las selvas, y no, en cambio, casar­me y tener hijos. No, no quiero conocer trato con el hombre. Así, señora, por las tres formas que en ti contienes; te impetro que me ayudes y que pongas paz entre Palamón, que tanto me estima, y Arcites, que me ama entrañablemente. Desvía sus corazones de mí y haz que sus ardores, pasión y congojoso tor­mento se dirijan a otra parte o se extingan; y si no quieres concederme esta gracia (porque pudiera ser que mi destino me obligase a casar con uno de los dos), haz que yo sea para el que, entre los dos ca­balleros, más me desee. ¡Oh, casta diosa, mira cuán amargas lágrimas surcan mi semblante! Pues eres doncella y de todas las doncellas protectora, haz que yo conserve mi doncellez y mientras así sea te ser­viré siempre».

De repente sobrevino un suceso extraño. Uno de los fuegos que ardían en el ara mientras oraba Emi­lia, se apagó, y muy pronto reavivóse. El otro se con­sumió también, pero sin renacer, sino que lanzó un sonido como el de un ascua mojada y de él se des­prendieron un torrente de gotas de sangre. La ate­rrada Emilia estuvo a punto de perder el seso, y en su pavor comenzó a gritar con lastimeros clamores. Entonces aparecióse Diana, el arco en la mano y en todo su atuendo igual a una cazadora, y dijo:

-Cálmate, hija. Los dioses supremos han conveni­do y ratificado con augustas palabras que uno de aquellos que por ti penan te recibirá en matrimonio, mas no puedo decirte cuál de los dos será. Voyme, que no me es dable retardarme aquí más tiempo. Pero los fuegos de mi altar te presagiarán a quién estás destinada.

Hubo un entrechocar de flechas en la aljaba de la diosa y ésta se desvaneció. Atónita, Emilia dijo:

-No sé qué significa todo esto, mas yo me acojo a tu protección, Diana, y obedezco tus mandatos.

Y se dirigió a su morada por el camino más bre­ve. Tal fue lo que en el santuario de Diana sucedió, sin otra peripecia. En tanto ya llegaba la hora de Marte, y Arcites acudió al santuario de aquel rey feroz y, habiendo sacrificado según su pagana costumbre, elevó a Marte, con devoción profunda y en­tristecido corazón, la plegaria que sigue:

-¡Dios poderoso, señor de los helados países de Tracia, que tienes en tu mano el gobierno de las armas de todos los reinos y regiones, dándoles su fortuna según tu albedrío! !Acoge el pío sacrificio que te ofrendo! Si mi juventud y fuerzas merecen servir a tu divinidad, ten compasión de mi pena y, en cam­bio, seré uno de tus adictos. Recuerda tus padeci­mientos y el ardoroso fuego de la pasión que te aco­metió cuando poseías a tus anchas la mucha belleza de la joven y lozana Venus, y no olvides el mal. que te advino cuando Vulcano te sorprendió estando tú con su mujer; y ten, pensando en las angustias que entonces afligieron tu corazón, lástima de las mías. Ve que soy joven y poco experto y que además me conturba el amor, tanto, según me parece, como a nadie le haya conturbado jamás, pues que mi amada no se cuida de mí y le es indiferente que yo viva o muera. Para que ella me otorgue sus favores he de ganarla en el palenque por fuerza de armas y no ignoro que sin tu valimiento de nada me servirá mi vigor. Piensa, señor, en el fuego que antaño te abra­só como hogaño a mí, y auxíliame y dame mañana victoria en el combate. Sea mío el esfuerzo y tuya la gloria. Prometo honrar tu soberano templo más que santuario alguno, y quiero afanarme siempre en tus inclinaciones y duros trabajos. En tu templo colgaré mi bandera y todas las armas de mi hueste y haré que hasta que yo muera arda ante tu imagen fuego votivo. Y, lo que es más, te ofrezco mis largos ca­bellos, y mi barba, que nunca tijera ni navaja cortó, y juro ser tu servidor leal tanto como viva. Pídote, piles, señor, que compadezcas mi dolorosa cuita y me des la victoria.»

Cuando el valeroso tebano hubo concluido su ple­garia, retumbaron con gran estrépito las argollas que pendían del portón del templo y rechinaron las puer­tas, poniendo algún temor en el ánimo de Arcites. Alegres llamas se elevaron en los fuegos que en el ara ardían y cundió por los ámbitos una grata fra­gancia. Cumplió Arcites otras ceremonias y lanzó más incienso al fuego, y entonces rechinó la armadura de Marte y en el aire oyóse un muy quedo rumor que decía: «Victoria». Y Arcites alabó a Marte y le glo­rificó, y luego, lleno de esperanzas, volvióse a su alo­jamiento, sintiéndose satisfecho como un pájaro al salir el sol.

A esta sazón se promovió en los cielos tremenda disputa, que de un lado mantenían Venus, diosa del amor, y de otro Marte, el inflexible y poderoso en armas. Intervino Júpiter para acallar la pendencia y luego llegó el pálido y glacial Saturno, perito en tan­tas aventuras antiguas, y su proyecta experiencia hízole dar en un ardid que satisfizo en seguida a los disputadores. En efecto, la ancianidad tiene muchas ventajas, porque concede práctica y discreción, tanto que bien se dice que puede vencerse al viejo en la carrera, mas no en el consejo. Saturno, pues, para poner coto a la discusión y la incertidumbre, dijo de ésta manera:

-Querida hija mía, Venus, la vasta órbita en que giro encierra (más poder del que imaginan los hom­bres. A mí se-deben el terrible naufragio, la prisión en la mazmorra sombría, la estrangulación en la horca, el descontento e insurrecciones de la plebe, las ca­lumnias y misteriosos envenenamientos. Porque yo soy quien aplica venganzas y completos castigos mientras me hallo en el signo de Leo. Yo arruino los soberbios castillos, y desmorono las torres, y abato los muros sobre quien zapa o ensambla. A Sansón maté yo cuando se asió a la columna; yo doy las frías enfer­medades, las silenciosas traiciones y las conjuras, y yo, con mi presencia, difundo la peste. No llores, Ve­nus, que yo haré que Palamón, tu favorecido, obtenga a su dama, como le prometiste. No importa que Marte socorra al suyo, pues no por ello debéis dejar de estar Marte y tú en paz por algún tiempo; y ello a pesar de vuestra diversidad de caracteres, que os hace andar siempre en disputas. No llores, Venus, digo, que tu abuelo soy, y quiero ejecutar tu antojo y satisfacerte.

Pero ahora dejo a los dioses olímpicos, y a Marte, y a Venus, la deidad amorosa, y paso a relataros, con tanta claridad como me fuere hacedero, el gran acontecimiento sobre el que versa esta historia.

Aquel día se celebraron grandes fiestas en Atenas, porque el alegre tiempo de mayo contentaba a todos. Hubo justas y danzas el lunes, y aplicáronse las horas al honroso servicio de Venus, y al fin todos se vol­vieron a sus lechos cuando vino la noche, porque el gran combate era al otro día y había que levantarse temprano.

Al rayar el alba, el piafar de los caballos y el en­trechocar de las armas atronó todas las hosterías, y los caballeros, en lucidos tropeles, fueron hacia el palacio, montando sus palafrenes y corceles de gue­rra. Era cosa de ver tanta armadura singular y rica: tan exquisitos trabajos en aceros y ropas; tan bri­llantes escudos, cascos y jaeces; tan bien labrados yelmos, incrustados en oro; tantas armaduras y cotas de malla; tantos señores montados, con soberbios arreos; tantos caballeros de comitiva; tantos escude­ros atentos con diligencia a enristrar las lanzas, ajus­tar los yelmos y afirmar los escudos. Los caballos, al tascar los áureos frenos, los cubrían de espuma; los herreros, con martillos y limas, se movían de una par­te a otra; y campesinos y otras gentes del común, apoyados en sus bastones cortos, adelantaban en ha­cinadas masas. Sonaban dulzainas, trompetas, clari­nes, atabales y otros instrumentos de los que insti­gan a la matanza en el combate, y en el palacio se veían grupos de tres, de cinco, de diez personas dis­cutiendo sobre cuál de los dos caballeros tebanos vencería. Cada uno opinaba de un modo; éste vati­cinaba el triunfo para el de la barba negra y cabello espeso, y aquél para el barbilampiño. Algunos decían: «Tal caballero se batirá bien, porque es fiero en apa­riencia y su hacha no pesa menos de veinte libras».

Los cantos y alboroto despertaron al gran Teseo, quien esperó en su palacio hasta que llegaron allí, con iguales honras, los caballeros tebanos. Teseo, jun­to a la ventana, parecía, por su atavío, un dios en su trono. Al pie del ventanal apiñóse él pueblo para verle y reverenciarle y para escuchar sus órdenes y deter­minaciones. Y un heraldo, subiendo a un tablado, dio una voz de silencio, y cuando las gentes cesaron en sus clamores, declaró a todos la voluntad del pode­roso duque, diciendo:

-El duque nuestro señor, en su alta prudencia, ha estimado estéril derramar sangre noble en esta aven­tura, y así, para que no haya muertos, ha corregido sus primeros propósitos. Por tanto, nadie, so pena de la vida, deberá entrar en la palestra con flecha, pu­ñal o hacha alguna, ni tampoco espada corta de punta afilada. Nadie cargará a caballo usando lanza pun­tiaguda, sino en una sola embestida, y luego arreme­terá a pie, si así le place. Quien sufriere desgracia, no será muerto, sino apartado a una estacada que a entrambos lados se ha dispuesto, donde habrá de permanecer obligatoriamente. Y si ocurriera que el jefe de uno de los bandos fuese vencido o muerto por su enemigo, cesará el torneo en ese instante. Y ahora, Dios os proteja. ¡Adelante y firmes! Luchad a vuestro albedrío con las espadas largas y las mazas. Poneos, pues, en camino; que tal es la voluntad de mi señor.

Todo el pueblo prorrumpió en alborozadas exclama­ciones, diciendo: «¡Dios guarde a nuestro bondadoso señor; que no quiere la destrucción de ninguna vida!»

Empezaron a sonar la música y los clarines, y los campeones se encaminaron a la palestra, atravesando las calles engalanadas con colgaduras de hilo de oro.

El noble duque cabalgaba llevando a uno de los te­banos a cada parte; tras ellos seguían la reina y Emi­lia y finalmente los demás caballeros, según su cali­dad. De esta suerte llegaron al palenque y, antes de la hora prima, ya Teseo se había acomodado en su asiento, muy suntuoso y rico, mientras la reina, Emi­lia y las otras damas ocupaban lugares proporcionados a su condición. Corrió la muchedumbre hacia las graderías, y luego, abriéndose al Oeste la puerta de Marte, entró Arcites con su centenar de caballeros, enarbolando bandera roja, mientras al Este, por la puerta de Venus, sobrevenía Palamón con bandera blanca y resuelto talante.

No se hallarían, buscárase donde se buscara, dos huestes como aquéllas. Ninguna llevaba ventaja a la otra en dignidad, edad o calidad, pues unos y otros caballeros habían sido escogidos con tal acierto que eran idénticos como quepa concebir. Formaron dos bien ordenadas filas y luego de que a cada cual se llamó por su nombre, para cerciorarse de que no ha­bía fraude en el número, se cerraron las puertas y se mandó, con gran voz:

-¡Cumplid, pues, vuestro deber, jóvenes y valero­sos paladines!

Los reyes de armas picaron espuelas y se separa­ron a entrambos lados de la liza. Sonaron con vigor trompas y clarines y todos los caballeros, los del Este y los del Oeste, avanzaron con las lanzas enristradas, Bien se vio allí quiénes eran duchos en justar y cabalgar, que muchas astas de lanzas se quebraron contra los robustos escudos y más de un pecho sintió el poderoso golpe. Saltaban trozos de lanza hasta veinte pies de altura; desenvainábanse espadas res­plandecientes como de plata; hendíanse unos yelmos y otros se venían a tierra en pedazos; brotaban en­carnados chorros de sangre y muchos huesos se rom­pían bajo las abrumadoras mazas. Chocaban entre sí los corceles; introducíanse paladines en lo más reñi­do de la pelea; rodaban unos bajo los remos de los caballos, algunos, a pie, arremetían con los mangos de sus partidas lanzas, y otros, cargándoles con sus caballos, les derribaban en tierra. Recogíase a los he­ridos y, aun a su pesar, se les llevaba a las opuestas estacadas, y de tiempo en tiempo mandaba Teseo suspender la refriega para que los combatientes des­cansaran y bebieran si lo habían menester.

Muchas veces al día se encontraron los dos rivales y siempre, maquinando cada uno de ellos la ruina de su enemigo, ocurrió que entrambos rodaron desca­balgados. No hay en todo el valle de Gargafia tigre tan cruel para el cazador que le arrebata su ca­chorrillo, como Arcites lo fue para Palamón a causa de los celos que en su corazón anidaban. Ningún fiero león de Belmaria, perseguido o enloquecido por el hambre, ansía la sangre de su presa con más ahínco que desea Palamón la de Arcites. Batían las armas de los dos, con enconados golpes, el yelmo de su enemigo, y bermeja sangre corría por los cuerpos de ambos contendientes.

Empero, no hay en este mundo cosa que no tenga fin; y esto sucedió aquí también. Porque aun no se había puesto el sol cuando el poderoso Emeterio, ca­yendo sobre Palamón cuando éste lidiaba con Arcites. introdújole profundamente la espada en el cuerpo, y el caído tebano, aunque no se rindió, fue sujeto por una veintena de hombres y llevado a la estacada de los vencidos. Había el vigoroso rey Licurgo corrido en apoyo de Palamón, mas fue desmontado, y el pro­pio Emeterio, a pesar de su mucha robustez, cayó del caballo a causa de un último golpe que le asestó Pa­lamón antes de ser aprehendido. Pero todo el esfuerzo de su ánimo no impidió a Palamón ser llevado a la estacada y allí hubo de permanecer, cumpliendo el acuerdo convenido. ¿Quién se entristeció tanto jamás como el infortunado Palamón al verse privado de sa­lir a lizar?

Teseo, advirtiendo lo que pasaba, gritó a los com­batientes:

-¡Cesad, que la contienda ha terminado! Yo, juez verdadero e imparcial, digo que Emilia será de Ar­cites de Tebas, quien ha tenido la fortuna de ganarla en buena lid!

Oyendo esto, alzóse en el pueblo tan alto y fuerte clamor, que las graderías parecían desplomarse.

Mas, ¿qué diría y haría entre tanto en el cielo la hermosa Venus, diosa del amor? Lo que hacía era llorar de tal modo, viendo incumplido su deseo, que exclamó, dejando caer sus lágrimas sobre el palen­que:

-¡Oprobio sea sobre mí!

-Tranquilízate, hija -exhortóle Saturno-. Marte tiene lo que quiso, porque su caballero ha vencido, pero por mi cabeza te prometo que pronto lograrás tu consolación.

Ya las trompetas atronaban con sus sones y los he­raldos, con grandes vociferaciones, proclamaban la -gloria del paladín Arcites. Pero sabed que no hubo pasado un instante cuando sobrevino un prodigio.

El fiero Arcites se había quitado el yelmo y picó espuelas a su corcel, recorriendo el vasto palenque, para que todos le vieran. Y alzando el rostro adonde estaba Emilia, reparó en que ésta le miraba con amis­tad (porque siempre suelen las mujeres plegarse a los azares de la fortuna), y ello colmó de alegría su co­razón. Pero catad que salió entonces de la tierra una furia del averno, enviada por Plutón a súplica de Saturno, y el caballo de Arcites, avistándola, tuvo gran espanto y principió a encabritarse. En seguida, dio un gran salto de lado, dejándose caer con fuerza hacia delante, y de esta manera, antes de que su jinete pudiera sujetarse, le despidió por sobre la ca­beza, y el vencedor Arcites cayó en tierra como muer­to. El metal del arzón le había, con el golpe, quebra­do el pecho por dentro, y su rostro, bañado en sangre estaba negro como el carbón o como una corneja.

Sacaron de la palestra al caído y lleváronle al palacio de Teseo, donde le acostaron en cama y desci­ñéronle la armadura con esmero y prontitud. Y en tanto él, muy acongojado, no cesaba de llamar a Emilia.

Teseo, con su cortejo, llegó a su palacio de Atenas con toga ventura y aparato, porque, aunque aquella desgracia hubiese sucedido, no quería entristecer a las demás gentes. Pensaba, por ende, que Arcites, le­jos de morir, curaría de su mal. Y estaban los demás paladines muy alborozados, viendo que ninguno de ellos había muerto, aunque sí hubiese algunos muy mal heridos, y en particular uno que tenía el ester­nón perforado por una lanzada. Pero algunos apli­cábanse medicamentos a las heridas y miembros ro­tos, y otros se valían de encantamientos, acompa­ñando éstos con infusiones de hierbas y bebiendo salvia para no perder los miembros dañados.

El noble duque confortó y honró a todos tan bien como pudo y, según buena usanza, mandó preparar un festín para la noche en obsequio de los señores extranjeros. Y sépase que nadie miraba a otro como vencido, porque el lance había sido justa o torneo y nadie había sufrido derrota, pues verse descabalgado es sólo desgracia. Ni tampoco constituye deshonra ni cobardía caer y ser llevado, por fuerza y sin rendirse, a una estacada, cuando uno es. un hombre solo y le aferran con fuerza veinte caballeros por brazos, pies y dedos, mientras arqueros, guardias de a pie y otros servidores le alejan su caballo amenazándole con palos.

Y así, el duque Teseo mandó al instante pregonar que cesara todo rencor y malevolencia; declaró que ambas partes habían peleado con igual denuedo y me­recían ser tan iguales como hermanos, y a todos ofreció regalos, según la condición de cada paladín. Luego hizo celebrar grandes fiestas tres días seguidos

y cuando los reyes salían de Atenas, yendo cada uno a su comarca por el camino más corto, hízoles Teseo honor de acompañarles una larga jornada. Y todo eran adioses y deseos de próspero viaje.

Pero no hablo más de tan notable batalla, sino que quiero volver a Palamón y Arcites. El pecho de éste se hinchaba y ennegrecía de continuo y era cada vez más recio el dolor de su corazón. La ciencia de los físicos no pudo impedir que la sangre, interiormente coagulada, se corrompiera sin salir del cuerpo, y tal fue la podredumbre que ni sangrías, ni ventosas, ni infusiones de hierbas pudieron poner remedio. La fuerza expulsora o animal, que se llama natural por su misma virtud, no logró desalojar el veneno y así los conductos de los pulmones de Arcites se hincha­ron y su pecho se pudrió con aquella infestada ma­teria. Inútiles fueron vomitivos y purgas, porque toda aquella parte estaba disuelta y nada podía la natu­raleza hacer. Creedme que cuanto la naturaleza no suministra alivio, las medicinas son vanas y no hay más recurso que llevar el enfermo a la iglesia. O sea, para abreviar, que Arcites iba a morir. Y, compren­diéndolo, hizo llamar a Emilia y a su amado primo Palamón, y les dirigió el siguiente discurso:

-No puede mi afligido ánimo expresar ni un atis­bo de los punzantes sufrimientos de mi corazón, a ti, señora, a quien amo sobre todo. Pero, pues que mi vida va a durar ya poco, encomiéndote el cuidado de mi alma. ¡Cuántas penas y dolores he sufrido por ti! ¡Y ahora viene la muerte a separarme de tu lado! ¿Qué es este mundo, reina dé mi alma, dueña de mi corazón y esposa mía? ¿A qué aspiramos los hom­bres? Al amor sucede la tumba fría, la soledad y el desamparo. ¡Adiós, Emilia mía, adiós, mi dulzura! Tómame ahora entre tus brazos y atiende lo que voy a decirte. Durante mucho tiempo he tenido con mi primo Palamón enojos y rencores fundados en nues­tros celos. Mas te digo, y Júpiter no asista a mi alma si miento, que hablando como bueno (esto es, con lealtad, honradez, caballerosidad, prudencia, humil­dad, nobleza, ánimo magnánimo y todo lo demás a esto concerniente), debo confesar que no he conocido hasta ahora nadie tan digno de amor como Palamón, quien te sirve y servirá toda su vida. Aun si no te casaras jamás, nunca eches en olvido al gentil Palamón.

Y le faltó la voz, porque ya el frío de la muerte, subiéndole desde los pies, le alcanzaba el pecho. Des­pués perdieron sus brazos la fuerza vital y al cabo todo le abandonó. Aun persistía el discernimiento en su corazón dolorido, pero al cabo la muerte tocó su corazón y la misma inteligencia principió a nublarse. Enturbiáronse los ojos de Arcites y le abandonó el aliento, mas todavía pudo mirar a su amada y bal­bucir:

-¡Emilia, clemencia!

Y luego su espíritu, abandonando su terrena mora­da, fue adonde no diré, puesto que nunca estuve allí. Y así, callo, que no soy adivino y nada a propósito de almas he hallado en este relato, ni me place citar las opiniones de quienes dijeron dónde pensaban ir a morar. En fin, Arcites quedó exánime y su alma en manos de Marte. Volvamos nosotros a Emilia.

Esta exhaló un grito agudo y se desvaneció. Teseo, tomándola en brazos, alejóla del cadáver. No pasaré tiempo explicando cómo ella sollozaba. Siempre en tales casos, es decir, cuando se separan de sus espo­sos o prometidos, tienen la mujeres tal dolor, que se afligen extremamente, y aun suelen enfermar de tal modo que acaban seguramente por expirar. Infi­nitas lágrimas y muchos lamentos hubo en toda la población. y no había anciano ni niño que no deplo­rase la muerte del tebano. De cierto que no se lloró tanto a Héctor cuando condujeron su cadáver a Tro­ya. Mucha gente se rasgaba el rostro y se mesaba los cabellos, y las mujeres clamaban: «..Por qué moris­te, si tenías oro bastante y además a Emilia?»

Teseo estaba inconsolable, y sólo sabía mitigarle el dolor Egeo, su anciano padre, que conocía bien las mudanzas del mundo, por las veces que viera trocarse el júbilo en pena y la pena en júbilo. Y para calmar la aflicción general citaba muchos ejemplos y compa­raciones.

-Así - decía - como nunca murió quien no ha vi­vido, así nunca vivió nadie que no muriera. Este mundo es un tránsito, poblado de amarguras, y nos­otros, peregrinos, lo cruzamos en todas direcciones, hasta dar con la muerte, término de los terrenos males.

Y aun añadía muchas cosas más, todas muy sabias y prudentes, para que las gentes se consolasen.

Mientras tanto, el duque Teseo pensó solícitamen­te dónde podría abrirse la tumba de Arcites, que él quería buena y honrosísima entre las de su clase. Y al fin decidió levantar una pira fúnebre en aquel mismo claro del bosque donde Arcites y Palamón ri­ñeron su primer encuentro y donde Arcites, presa de amorosos afanes, dio rienda a sus lamentos y ardió en el devorador fuego de sus pasiones. Mandó, pues, Teseo aserrar añosas encinas y formar con ellas hi­leras de leño dispuestas a la cremación. Y, en tanto que sus sirvientes corrían a caballo para ejecutar esta orden, hizo Teseo preparar unas andas y cubrirlas con la más rica tela de oro que poseía. Con idéntica pompa mandó amortajar a Arcites e hizo que le cal­zasen las manos con blancos guantes y le ciñeran a la cabeza una corona de verde laurel y al cinto una reluciente y aguda espada. En fin, le depositaron en las andas, sin taparle el rostro, y Teseo llorada de modo que incitaba a compasión. Y de día hizo sacar al salón público al muerto, para que la gente lo vie­ra, y todo eran llantos y ruido de sollozos.

Acudió también Palamón el tebano, enlutado y he­cho un río de lágrimas, con las barbas sin peinar y los cabellos revueltos y llenos de ceniza; y no faltó Emilia, que lloraba como ninguno y era la más dolo­rida de todos. Queriendo hacer unas exequias seña­ladas, Teseo hizo llevar sus tres caballos de batalla, cubiertos de bruñido hierro y ornados con las armas de Arcites. Sobre aquellos corceles, corpulentos y grandes, montaron tres jinetes: uno con el escudo del muerto; otro con su lanza. alta en las manos, y el tercero con su arco turquestano y su aljaba de oro bri­llante, como la armadura.

Todos, con compungidos rostros, cabalgaron cami­no del bosque. Los más ilustres caballeros griegos lle­vaban las andas al hombro, con ojos enrojecidos por el llanto, y así cruzaron toda la ciudal, siguiendo la calle mayor, que estaba llena de colgaduras con cres­pones. A la derecha del cadáver iba el anciano Egeo y a la izquierda el tuque Teseo, y ambos portaban vasos de finísimo oro, llenos de miel, leche, vino y sangre. Seguía Palamón, con lucido séquito, y la do­lorida Emilia, quien, según uso de la época, llevaba el fuego que había de emplearse en las ceremonias funerarias.

Tras larga tarea y profusión de disposiciones, que­do arreglado el servicio fúnebre y aderezaba la pira cineraria, tan alta que parecía rozar los cielos. Me­día, con sus árboles extendidos, hasta veinte codos de anchura; que así se hallaban las ramas de dies­tramente colocadas. Empezóse por acumular grandes haces de paja, mas no explicaré cómo se montó la pira, ni el número de los árboles que se amontona­ron, y que fueron encinas, pinos, abedules, álamos, alisos, robles, sauces, chopos, olmos, plátanos, fres­nos, bojes, castaños, tilos, laureles, arces, espinos, ha­yas, avellanos y tejos; ni pormenorizaré su derribo; ni señalaré cómo los faunos, driadas y ninfas del bosque huían en confusión, expulsados de su mora­da; ni detallaré el temor de aves y bestias al ver caer los troncos; ni el espanto de la tierra del bos­que cuando, limpia de árboles, percibió el sol por primera vez. Y no explicaré tampoco cómo la pira se levantó primero con paja y después con árboles par­tidos en tres secciones, y luego con verdes ramas y aromáticas esencias, y al fin con lienzos de hilo de oro engastados de pedrería y guirnaldas de flores e incienso y mirra de dulces aromas. Ni contaré cómo pusieron al difunto en medio de aquel aparato, ni las riquezas que ornaban su cuerpo, ni cómo Emilia apli­có el fuego a la pira, según el buen uso, ni cómo ella se desmayó al ver elevarse la llama. Asimismo ca­llaré lo que dijo y deseó, y las joyas que se arrojaron al fuego, al expanderse las llamaradas, y cómo uno echó a la lumbre la lanza, y otro el escudo, y otro los vestidos que del muerto llevaban, mientras se ali­mentaba con vino, leche y sangre la hoguera voraz. Asimismo no quiero contar cómo la enorme multitud de los griegos corrió tres veces en torno a la hoguera, yendo de derecha a izquierda, con estruendosas vo­ciferaciones; ni cómo todos entrechocaron por tres veces sus lanzas; ni cómo fue Emilia conducida a palacio; ni menos cómo Arcites se redujo a un pu­ñado de helada ceniza; ni quién veló ésta por la noche. Y no describiré las fiestas funerales, ni quién, desnudo y ungido, hizo mejor pelea, ni quién se sos­tuvo mejor y sin incurrir en mácula. No, nada de eso contaré, ni el retorno de los ciudadanos a Atenas, cuando concluyeron las ceremonias, porque ya anhelo poner fin y remate a este prolijo cuento.

En fin, el transcurso de algunos años hizo cesar las lágrimas y duelos, y por entonces acordaron los griegos tener asamblea en Atenas para debatir algunos asuntos, entre los que estaba exigir sumisión com­pleta de los tebanos y pactar alianza con algunas ciudades. Por esta causa el noble Teseo hizo llamar al digno Palamón, y aunque no le decía la causa de su cita, Palamón compareció puntualmente, mostran­do triste talante y vistiendo de negro.

Viéndole entrar, hizo Teseo que avisasen a Emilia. Y en sentándose todos, y callando, juzgó Teseo lle­gada la ocasión propicia, y así, dirigió los ojos a su alrededor, exhaló un grave suspiro y con compuesto semblante expresó sus deseos de la siguiente manera:

-Cuando el promotor primero de las cosas forjó en el cielo la dulce cadena del amor, hízolo con ele­vados designios y fecundas consecuencias. Harto sa­bía lo que procuraba y por qué, pues con aquella ca­dena unió fuego, aire, agua y tierra con indisolubles vínculos. Ese mismo primer promotor y causa ha es­tablecido, en nuestro mísero mundo terreno, deter­minado número de días y duración precisa para cuanto aquí se engendra, y esos términos son inexcedibles, aunque no sean inacortables. Sobra apoyar esto con autoridades, porque la experiencia lo enseña; pero quiero, ello aparte, exponer mi criterio, y declaro que ese orden de las cosas da a conocer que la causa de todo es permanente y eterna. Por tanto, cualquie­ra que no sea débil de entendimiento, advierte que toda parte se deriva de su todo. Porque la Naturale­za no recibió sus principios de ninguna porción o fragmento de cosa, sino de un ser perfecto e inva­riable, aunque la misma Naturaleza, degradándose, haya llegado a corromperse.

»Por eso, en su prudente providencia, dispuso el Creador que las especies y evoluciones de los seres se perpetuasen mediante herencias sucesivas, y no porque los seres fueran eternos e infinitos. Cosa es ésta que se ve y comprende con sólo mirarla. Mucho se desarrolla el roble desde que nace y muy larga vida tiene, pero muere al fin. La dura piedra que pi­samos, al cabo se desgasta si está en el camino. En sequía expira a veces el caudaloso río. Las ciudades grandes decaen y desaparecen. Y, por consecuencia, se ve que toda cosa tiene su fin.

»Y en lo tocante a mujeres y hombres, palmaria­mente advertimos que, ya en su juventud o en su ancianidad, es menester que mueran, y ello alcanza a todos, al rey y al paje, al que sucumbe en el lecho, o en el ancho campo, o en el profundo mar. Sabido es que esto no puede impedirse y que todos han de seguir el mismo camino. Y con ello me cabe afirmar la necesidad de que toda cosa haya de morir. Quien esto permite es el supremo Júpiter, principio y causa de todo ser; absoluto en su voluntad, de la que de­pende cuanto existe. Contra cuya certeza no hay cria­tura creada que pueda luchar, cualquiera que fuese su condición. Y, en consecuencia, juzgo de sabios ha­cer de necesidad virtud y admitir con buen ánimo lo que no podemos remediar, sobre todo si implica obligación para uno mismo. El que de ello reclama incurre en locura, pues que se alza contra el que todo lo gobierna.

»Y ahora os digo que en verdad más honor tiene el hombre cuando sucumbe durante su apogeo y flo­recimiento, cuando se halla en buena reputación y cuando ninguna acción deshonesta cometió contra su prójimo o contra sí mismo. Mayor satisfacción deben los allegados del hombre sentir viéndole lanzar con honor su postrer aliento que si lo exhala cuando su fama se minoró con los años, haciendo olvidar todas sus hazañas. O sea que, para dejar mejor reputación, conviene morir mientras se goza de mejor crédito. Y oponerse a todo esto es empeño y testarudez.

»¿Por qué, pues, nos desolamos viendo al buen Ar­cites, espejo de caballería, abandonar con honor y prez la vil prisión de esta vida? ¿Por qué su primo y esposa lamentan la muerte de quien tanto les amó? ¿Agradeceráles él sus deploraciones? Por Dios que no, que con ello, sobre injuriarse a sí mismos e injuriar al alma de él, no pueden satisfacer sus propios de­seos. Y de este largo razonamiento vengo a inferir que, pasado el dolor, debemos alegrarnos y agradecera Júpiter sus muchas mercedes. Así, antes de salir de este lugar, propongo que hagamos de dos penas una perfecta y duradera alegría, empezando por ver dón­de hay más dolor para primero remediarlo.

»Es, hermana Emilia, mi verdadera voluntad (y con ella está conforme toda mi corte), que concedas tu gracia y favor y aceptes como señor y esposo al no­ble Palamón, tu galán, que siempre, desde que pri­mero le conociste, te sirvió con su corazón, fuerzas y propósitos. Así, pues, es tal nuestro acuerdo, alár­game la mano y véase tu clemencia de mujer. So­brino de un rey es Palamón, mas aunque fuese sólo un caballero modesto, tanto tiempo te ha honrado y tanto ha sufrido por ti, que ninguna dé estas cosas debiera olvidarse, pues la gentil misericordia ha de sobreponerse a la justicia.»

Tras esto, interpelando a Palamón, le dijo:

-Espero no necesitar muchas razones para hacer­te consentir en este negocio. Ea, acércate y toma a tu dama de la mano.

Y así se anudó entre los dos el alto vínculo que llaman casamiento o matrimonio, aprobándolo la asamblea de todos los varones. Entre general albo­rozo y músicas, Palamón unióse a Emilia, y Dios, creador de todo el ancho mundo, concedióle su fa­vor, que tenía bien merecido. Y Palamón gozó de la mayor ventura, y vivió rico, contento y sano, amán­dole Emilia con tanta ternura y atendiéndola él con tanta cortesía, que nunca entre los dos hubo celos ni otras querellas.

Así acabaron Palamón y Emilia. Y Dios libre de mal a esta honrada compañía.

 

 

chaucer

En Los cuentos de Canterbury

.