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13 ene. 2015

René Char - La lujuria

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René Char - La lujuria


El águila ve como se borran gradualmente las huellas de la memoria helada
La extensión de la soledad hace apenas visible la presa que huye
A través de cada una de las regiones
Donde uno mata donde a uno lo matan libremente
Presa insensible
Proyectada indistintamente
Más acá del deseo y más allá de la muerte


El soñador embalsamado en su camisa de fuerza
Rodeado de utensilios efímeros
Figuras que se desvanecen apenas formadas
Su revolución celebra la apoteosis de la vida que declina
La desaparición progresiva de las partes lamidas
La caída de los torrentes en la opacidad de las tumbas
Los sudores y malestares que anuncian el fuego central
Y finalmente el universo con todo su pecho atlético
Necrópolis fluvial
Después del diluvio de los rabdomantes


Ese fanático de las nubes
Tiene el poder sobrenatural
De desplazar a considerables distancias
Los paisajes habituales
De romper la armonía acumulada
De tomar irreconocibles los lugares fúnebres
Al día siguiente de los homicidios provechosos
Sin que la conciencia originaria
Se cubra con el deslizamiento purificador del suelo.


De Le Marteau Sans Maître
Versión de Aldo Pellegrini

26 abr. 2014

René Char – Exactitud de Georges de La Tour (bilingüe)

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26 de enero de 1966

La única condición para no batirnos en interminable retirada era entrar en el círculo de la vela, mantenernos allí, sin ceder a la tentación de reemplazar las tinieblas por el día y su relámpago granado por un fruto inconstante.

Él abre los ojos. Es la luz del día, dicen. Georges de La Tour sabe que la carretilla de los malditos por todas partes está de camino con su taimado contenido. El vehículo se ha volcado. El pintor hace su inventario. Nada de lo que infinitamente pertenece a la noche y al sebo brillante que exalta el linaje de ésta interviene en ello. El tramposo, entre la astucia y el candor, con la mano tras la espalda, se saca un as de diamantes del cinturón; unos mendigos músicos luchan, lo que está en juego apenas vale más que el cuchillo que va a herir; la buena ventura no es la primera ratería de una joven gitana corrompida; el tocador de zanfoña, sifilítico, ciego, con el cuello salpicado de escrófulas, canta un purgatorio inaudible. Es la luz del día, el ejemplar contero de nuestros males. Georges de La Tour no se ha equivocado acerca de ello.



L'unique condition pour ne pas battre en interminable retraite était d'entrer dans le cercle de la bougie, de s'y tenir, en ne cédant pas à la tentation de remplacer les ténèbres par le jour et leur éclair nourri par un terme inconstant.

Il ouvre les yeux. C'est le jour, dit-on. Georges de La Tour sait que la brouette des maudits est partout en chemin avec son rusé contenu. Le véhicule s'est renversé. Le peintre en établit l'inventaire. Rien de ce qui infiniment appartient à la nuit et au suif brillant qui en exalte le lignage ne s'y trouve mélangé. Le tricheur, entre l'astuce et la candeur, la main au dos, tire un as de carreau de sa ceinture ; des mendiants musiciens luttent, l'enjeu ne vaut guère plus que le couteau qui va frapper ; la bonne aventure n'est pas le premier larcin d'une jeune bohémienne détournée ; le joueur de vielle, syphillitique, aveugle, le cou flaqué d'écrouelles, chante un purgatoire inaudible. C'est le jour, l'exemplaire fontainier de nos maux. Georges de La Tour ne s'y est pas trompé.



Justesse de Georges de La Tour 
Versión española de Jorge Riechman
Madrid, 1995
Foto: René Char en Busclats, 1986, by Serge Assier

18 ene. 2012

René Char, entretien con Pierre Berger

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Pierre Berger.- Antes de pedirle que participe en una conversación en la que la que la honestidad intelectual sea una de las bases, me he detenido a releer el breve prólogo que escribió usted en marzo de 1948 para la traducción de “Heráclito de Efeso”, de Iván Battistini. Una frase, entre otras, me ha demostrado hasta qué punto está usted comprometido en el camino de la esperanza: “El devenir progresa conjuntamente en el interior y alrededor de nosotros. No está subordinado a las pruebas de la naturaleza, se agrega a ellas y actúa sobre ellas”. En el instante en que una especie de sueño letárgico pesa sobre nuestro mundo, una afirmación semejante es, sin duda, una ventana abierta. De todas maneras, hay mucho que hacer aún para que esta ventana no se vuelva a cerrar. Sabe usted cuán peligrosa es una toma de conciencia, para no decir una toma de posición. Asistimos a conflictos sorprendentes, y aun escandalosos, cuya resultante fatal es la duda. Su prólogo al Heráclito es una auténtica toma de conciencia. Escrito en 1948, ¿qué ve usted que pueda corregirse hoy?

René Char.- ¿Se preocupa usted acerca de la honestidad intelectual? Discúlpeme, querido amigo, pero hay una cosa que mis orejas no pueden oír sin embarazo: es precisamente la palabra “dignidad”, que se me hace el honor de aplicarme demasiado a menudo... Protesto: soy un hombre como todos, a veces tan parcial y utopista como los demás, se lo aseguro, de ninguna manera mejor... ¡Ah, no!

P.B.- Pero, su actitud...

R.C.- No hablemos de actitud. Yo me esfuerzo, me descascaro. ¡Eso es todo! En cuanto al prefacio del Heráclito... Me ha ocurrido hacer escritos de circunstancia, aunque raramente; de todas maneras, este prefacio podría estar bien escrito incluso hoy. No tengo nada que suprimirle, nada que agregarle. En el momento en que vivimos –y pienso sobre todo en aquellos que viven en esta hipnosis tan particular que difunde el clima de nuestra época- la Esperanza es verdaderamente el único lenguaje activo y la única ilusión susceptible de ser transformada en buen movimiento. Nosotros, hombres, poetas, tenemos que contentarnos con asegurar que esta esperanza no es candor. No podría haber poesía o vida sin esperanza -poesía: esperanza extrema; existencia: esperanza relativa-. La poesía es la soledad noble por excelencia, una soledad, en fin, que tiene derecho a confiarse. Hegel dice que, desde el punto de vista del sentido común, la filosofía es el mundo al revés. Parafraseándolo, se podría decir que, desde el punto de vista de la equidad, la poesía es el mundo en su mejor lugar. Aun si se halla enfrentado a una naturaleza pesimista, aquel que acepte las perspectivas del Devenir debe darse perfecta cuenta de que, en este caso, el móvil de ese pesimismo es ambiguamente la esperanza; esperanza de que algo inesperado surgirá, de que la opresión será derribada. Parece que la poesía, por los caminos que ella ha seguido, por las pruebas que ha resistido para merecer su nombre de poesía, constituye la posta que permite al ser exhausto y desmoralizado volver a encontrar fuerzas nuevas y razones frescas para perseguir la presa o la sombra una vez más.

P.B.- Cada día comprobamos cómo es de grande la confusión intelectual. Los valores más opuestos se unen de manera inesperada, lo más a menudo por medio de intérpretes impuros y deshumanizados, lo que se podría llamar alianzas peligrosas. Los mismos maestros del pensamiento son reivindicados por los hombres más diversos. Así se verifica una vez más uno de los problemas sobre los cuales usted se ha detenido recientemente: el de las incompatibilidades.

R.C.- Estamos rodeados, en los hombres más comunes, por jueces con fauces de verdugos, ¡por perros de policía! Pero ¿cómo es eso? Uno no tiene jamás por qué examinar ni condenar a alguien que se contenta con sufrir la realidad cotidiana con todas sus imperfecciones y todas sus debilidades y que no erige su propia vulnerabilidad en tablado, desde donde denunciar al prójimo a la vindicta pública... Sin embargo, eso no es ya tan cierto, tanto va el mal de prisa... Pienso, a este respecto, muy especialmente en Villon, quien es, sin duda, el más grande poeta francés. Pero justamente cuando ciertos escritores, que no son –lo ignoren o no- sino actores de la literatura (olímpicos o frenéticos), entienden intervenir y regentear, entonces creo que hay una impostura manifiesta que es preciso reducir. Vea usted, Berger, todo hombre es, por lo general, distinto de lo que cree ser en el bien como en el mal, en el error como en la verdad. Ninguno de nosotros escapa a esta fatalidad. Las estratagemas no arreglan nada.

P.B.- La imperfecta conciencia de los escritores y artistas forma parte también –Camus lo afirmaba en un discurso pronunciado en Pleyel en 1948- de nuestra constante angustia. Parece cada día más necesario que un poeta defina a su vez este mal.

R.C.- Yo no quisiera pronunciar la palabra maldición... Es una palabra demasiado cómoda y que autoriza todas las dimisiones. Creo que hay, de todas maneras, una parte de responsabilidad individual (y, por extensión, colectiva) en lo que ocurre en este momento. Hemos creído, en 1945, salir del espíritu totalitario... Acordémonos de que ese cáncer, bajo el nombre de fascismo, ha comenzado por devorar una nación, luego otra. En la actualidad está agazapado en el incosciente de los hombres, en particular, de aquellos que se delcaran sus peores enemigos... Ese mal, en el cual nos hemos detenido a pensar, es el desprecio del prójimo: una especie de indiferencia colosal con respecto a la inteligencia de los demás y de su alma viviente. ¡Una intolerancia de dementes! ¡Su caballo de Troya es la palabra felicidad! Y yo creo que eso es mortal. No se trata de un peligro relativo sino absoluto.

P.B.- Que no justifica ningún espejismo de la Tierra Prometida.

R.C.- Yo le hablo en tanto ser que vive sobre una tierra presente, inmediata, y no en tanto ser que tiene mil años de camino delante suyo. Hablo para los hombres de mi tiempo, que han hecho morir como nunca, y no hipotéticamente para los hombres de la distancia. Se acostumbra, para tentarnos, a desplegar ante nosotros la sombra clara de un gran ideal. Sin embargo, la edad de oro prometida no podría serlo sino en el presente. ¡La perspectiva de un paraíso ha inflado al hombre!

P.B.- Entre tantos otros, la poesía es un acto de rebelión. ¿Cómo librar a la poesía de sus opresores?

R.C.- La verdadera poesía se las arregla bien por sí sola: existid sin temor. Lo importante es perseverar, no declararse vencido sobre el terreno de la condición humana y de la libertad. Es preciso volver sin cesar, convencer, decidir la evidencia de ganar la partida, elevar el buen sentido al primer rango...

P.B.- Todo lo que yo experimento en cuanto a la condición del poeta se encuentra felizmente aclarado por ese comportamiento contradictorio que se ejerce en pro o en contra de mí. Ello me encanta, sirve para propagar una manera de energía, de calor humano. Pro y contra son indispensables.
En un reciente estudio, Maurice Blanchot escribe: “La obra es el alba que precederá al día. Ella inicia, entroniza. Misterio que entroniza, dice Char, pero ella misma permanece en el misterio, excluida de la iniciación y exiliada de la clara verdad: suerte de Mesías que será redentor a condición de ser siempre el que vendrá y de ninguna manera el que ha venido”. Me parece que Blanchot nos ofrece una clave y que eso deben ser las “oportunidades patéticas” de las que nos habla en Hojas de Hipnos. ¿Está usted de acuerdo?

R.C.- Completamente. Blanchot es el compañero espiritual soñado... No lo conozco.

P.B.- Los combates en los que usted ha participado y aquellos en los cuales participa aún se asemejan misteriosamente. Siempre es el mismo enemigo, el mismo ángel malo el que usted y sus amigos vuelven a encontrar. Y, de hecho, si la esperanza está de vuestro lado, hay también otra esperanza –maléfica- enfrente. ¿No piensa usted que es el tiempo de darnos nuevas Hojas de Hipnos?

R.C.- El contenido de los libros varía según las épocas. Hoy no es un combate el que sostenemos: es mucho más: una especie de paciencia armada nos introduce en ese estado de rechazo increíble. Pero, permanecer abiertos, permanecer presentes, retener el escalofrío, limitar al malvado... De 1941 a 1944 he escrito Hojas de Hipnos como un ama de casa consigna sus cuentas en una libreta. De 1948 a 1952 he producido A una serenidad crispada. Se exige de muchos poetas, al pedirles que comenten su poesía, la exhibición de sus sentimientos íntimos, la confesión de sus “ideas”, si fuera realmente cierto que ellos tienen “ideas”. Hojas de Hipnos correspondía a su tiempo; A una serenidad crispada corresponde al nuestro.

P.B.- Esa forma aforística...

R.C.- Ya sé, ya sé... Y bien, si me reprocha mi forma breve, a eso respondo con dos aforismos de Hojas...: “Mantén frente a los otros lo que te has prometido solamente a ti. Ahí está tu contrato.” “He aquí la época en que el poeta siente erguirse en él esta meridiana fuerza de ascensión”. Es preciso concentrar, decir con rapidez, iluminar con exactitud... ¡Tanto peor para la retórica!

P.B.- Es verdad que se exige demasiado de los poetas.

R.C.- Si existe una poesía, si ella es un polo de atracción, si es alimenticia, ¿qué necesidad hay de hablar de ella?

P.B.- Inquietos por lo que esencialmente ellos no han creado, los hombres tienen necesidad de definición, una necesidad nostálgica, como si pensaran que las mejores definiciones son el propio origen.

R.C.- Pero no! Veamos... Hacemos salir de nuestro laconismo, de nuestro cuarto de trabajo, de las circunstancias comunes a todos los hombres, significa desearnos “cargados de misión”.

P.B.- Pero es evidente que vosotros tenéis una misión...

R.C.- No. Tenemos una tarea, eso sí... Bien sé que los poetas tienen a menudo curiosas pretensiones. Sin cesar, ellos se creen obligados a tocar el clarín, de donde su rápida pérdida de influencia...

P.R.- De todas maneras, ellos no pueden permanecer enclaustrados...

R.C.- No, por supuesto. Además, yo no abogo por la torre de marfil... sino por el conocimiento exacto de los motivos. No se desconfía lo suficiente de la impropiedad, no sólo de los términos, sino de la farsa de los acontecimientos...

P.B.- En ellos estamos.

R.C.- Una de las curiosidades de la época es lo universal. En cuanto cualquier individuo es consultado, responde sin vacilación –lo cual implica que él es la ciencia infusa- aun si es ignorante del asunto o de la cosa humana de que se trata. El intelectual sueña a la vez “ser” y “no poder ser”. Y lo que no puede ser, su orgullo lo proyecta en los otros, aquellos para los cuales escribe. Lo que no debería dispensarlo, en cuanto a sí mismo, de la prueba patética.

P.B.- Yo le he dicho “misión”, usted me ha respondido “tarea”. Conforme. Además, pienso que las dos nociones no son incompatibles. Y es por eso que puedo preguntarle qué espera usted de la juventud. Mi pregunta no es tan simple. Después de la aparición de sus últimos libros, después de la antología a la que precedió mi ensayo en la colección Poètes d’anjourd’hui, muchos espíritus jóvenes tomaron en cuenta el ¿Ha leído usted a Char? de Mounin. Se le comenta en los medios más diversos y yo sé, por mi parte, de jóvenes desesperaciones que se borraron después de la publicación de El sol de las aguas. Creo que eso es muy significativo y es por ello que le aseguro que mi pregunta no es tan simple.

R.C.- No es simple, en efecto. De esas adhesiones yo no puedo únicamente estar conmovido: ellas aumentan aun mis escrúpulos. No exageremos. Creo que con un poco de obstinación y la ayuda de sus hermanos mayores, la juventud superará el desorden. Creo que mis poemas corresponden a alguna cosa cuyo equivalente serían deberes felices después de dificultades sin número. Nunca he propuesto nada que, una vez pasada la euforia, corriera el riesgo de caer de lo alto. No soy de aquellos que toman el mar “como si tal cosa”. Naturalmente me parece que los jóvenes van hacia aquellos que los escuchan con seriedad, con afecto, y no los desengañan.

P.B.- No hay sólo el problema de las incompatibilidades; está también el de los equívocos. Bien se ve que la honestidad intelectual pierde cada día más su sentido. Usted se complace en repetir a menudo que “todo sigue siendo todavía posible”. ¿Podría incluso repetirlo aquí?

R.C.- Sí, ciertamente.

P.B.- Vivimos cada vez más el tiempo de la elección. ¿Qué puede la poesía en el dilema que nos concierne? En medio de los hombres ¿qué pueden los poetas?

R.C.- El poeta está originariamente comprometido, pero “comprometido” es una palabra que no tiene sentido aquí, que es impropia. Digamos que el poeta es combinable.

P.B.- Sea. Pero el compromiso, antes de ser una moda, tenía un sentido noble.

R.C.- Sólo he visto hasta ahora seres para quienes la palabra compromiso era muy imprecisa. La expresión que les convenía mejor era solidaridad, odio común, amor compartido o deseo de cambio. He asistido en 1940 a la agonía de tres hombres, los tres diferentes durante su validez. Cada uno de ellos tenía un fragmento del mismo obús en el vientre y agonizaban juntos bajo nuestros ojos. Le aseguro que sus quejas eran las mismas...

P.B. El sentido de ese mensaje se refuerza muy particularmente en un texto suyo que yo sé sin terminar pero del que conocemos de todas maneras algunos fragmentos. Hablo de La búsqueda de la base y de la cumbre.

R.C.- Ese texto está, en efecto, sin terminar, y en él trabajo. No entreveo la fecha de su publicación, no porque este texto tenga una importancia tal que deba ser embellecido y modificado sin cesar, sino porque es como los altos y los bajos de mi vida misma. Un día me ha sido dado escribir: “El conocimiento nutre y la experiencia marchita”. Es preciso desconfiar de la importancia de la experiencia porque ella vuelve a los seres y a las cosas sin juventud, imperfectibles. Usted me ha preguntado hace un momento si yo creía en la juventud. Creo tanto en ella, que muy a menudo me desmiento.



Extraído de El movimiento “Poesía Buenos Aires” 1950/1960, número XI/XII, dedicado íntegramente a René Char (versión de Raúl Gustavo Aguirre), Bs. As., 1979


9 dic. 2010

René Char, tres poemas de "Lascaux" (en "La pared y la pradera")

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II. Los ciervos negros


Las aguas hablaban al oído del cielo.
Ciervos, habéis salvado el espacio milenario
Desde las tinieblas de la roca hasta las caricias del aire.

El cazador que os acosa, el genio que os ve,
¡Cómo amo su pasión desde mi ancha orilla!
¿Y si tuviese sus ojos en el instante de mi espera?



III. La bestia innominable

La bestia innominable cierra la marcha del gracioso rebaño, cual cíclope bufa.
Ocho chirigotas la engalanan, dividen su locura.
La Bestia erupta devotamente en el aire rústico.
Sus flancos rellenos y fláccidos van a vaciarse doloridos de su embarazo.
Envuelta está ella de fetidez. Desde su pezuña hasta sus vanas defensas.

Tal paréceme el friso de Lascaux, madre fantásticamente disfrazada,
La sabiduría de lacrimosos ojos.



IV. Joven caballo de crin vaporosa

¡Qué bello eres, primavera, caballo,
Tus crines criban el cielo,
Tú, espuma que cubre las cañas!
Todo el amor cabe en tu pecho
De la dama blanca del Africa
A la Magdalena en el espejo,
El ídolo que combate, la gracia que medita.




Traducción: Javier Zugarrondo
En Los matinales
seguido por La palabra en archipiélago
Córdoba (Argentina), Alción editora, 1998
Foto: René Char,1953, por Brassaï en T for tout



11 jul. 2009

René Char – La iluminación de la penitenciaría

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rene char 2
 

En El ante-mundo
René Char, Furor y misterio
Trad. Santiago González Noriega
y Catalina Gallego Beuter
Madrid, Visor, 1979


 

 

Quise que tu noche fuera tan costa que tu madrastra taciturna envejeció antes de haber concebido los poderes de la vejez.

Soñé con ser a tu lado ese fugitivo armonioso, de la persona apenas indicada, cuyo beneficio provenía de camino triste y de angélica. Nadie se atreve a hacer que se retrase.

El día se ha encogido repentinamente. Perdiendo todos los muertos a los que amaba, despido a ese perro la rosa, último viviente, verano distraído.

Soy el excluido y el colmado. Terminadme, belleza que se cierne, ebrios párpados mal cerrados. Cada llaga pone en la ventana sus ojos de fénix despiertos. La satisfacción de resolver canta y gime en el oro del muro.

Aún no es más que el viento del yugo.

2 mar. 2008

Rene Char - Maurice Blanchot, nos hubiera gustado no responder

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Nos hubiera gustado no responder más que a preguntas mudas, a preparativos de movimiento. Pero se produjo esa imprevista y fatal transgresión...

El infinito irresuelto e incomprendido: un todo establecido que accede y no accede, como la muerte, como un lugar otro que en el aire cautivo recitase un fuego.

Se acerca el tiempo en que sólo aquello que supo permanecer inexplicable podrá requerirnos.

Arrojar el porvenir a la altura de uno mismo para que se mantenga un sufrimiento resistente, para que se despliegue un humo.

Despliegas, tierra, tus irresistibles rechazos. ¡Has molido, sepultado, rastrillado! Aquello que recusamos, cuya desvergüenza nos paraliza, no obtendrá de ti prórroga.

La noche en que la muerte nos recibirá será plana y sin tacha; al convertirse el poco de siroco que antaño distribuyeron los dioses en un soplo fresco, distinto de aquel que -el primero- había nacido de nosotros.

Mantuvo la rosa en la cima hasta el final de las protestas.


El desnudo perdido

Prólogo de Albert Camus
Trad.: Jorge Riechmann
Madrid, Hyperion, 1995


12 abr. 2007

René Char: Huésped y amo

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¿Qué podría consolarnos? ¿Y qué necesidad hay de consuelo? El hombre y el tiempo nos han revelado todo. El tiempo no es en absoluto votivo, y el hombre sólo cumple designios ruinosos.

Deseo de un corazón cuyo umbral no se modifique.

Íbamos a tomar lo que anhelábamos. Pero la mano brillante se rendía, parecía fea.

Fuente verde suele dar frutos pochos.

Nuestro sueño era un lobo entre dos ataques.

Habíamos prolongado poderosamente el camino. No llevaba a ninguna parte. Habíamos multiplicado los destellos. Al fin y al cabo, ¿a dónde llevaba? A las brumas disipadas, a la evocada niebla. Y la naturaleza entera estaba aquejada de pandemia.

Incluso en el mejor, en uno u otro momento, encarnaba el crimen.

Astros y desastres, cómicamente, se han enfrentado siempre en su desproporción.

Hombres de presa altamente civilizados se afanaban por cubrir el rostro embrutecido con la máscara de la espera afortunada. ¡En qué términos, su invitación! ¡Qué perfil porcino el de su prosperidad!

¿De nuevo a solas con lo que llama desde tan lejos, tan evasivamente?

Tiempo, amo mío y huésped mío, ¿a quién ofreces, si es que lo haces, los días gozosos de tus fuentes? ¿Al que viene secretamente, con su acre olor, a vivirlos cerca de ti, sin falsedad, y sin embargo delatado por sus irreparables heridas?


En El espanto del gozo
René Char, El desnudo perdido
Traducción y notas: Jorge Riechmann
Madrid, Poesía Hyperión, Madrid, 1989

Patricia Damiano, entexto

11 abr. 2007

René Char: El perro de corazón

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En la noche del tres al cuatro de mayo de 1968 el rayo al que tan a menudo yo había mirado con envidia en el cielo me estalló dentro de la cabeza, ofreciéndome, sobre un fondo de tinieblas mías propias, el rostro aéreo del relámpago tomado de la tormenta más material que cupiese imaginar. Creí que la muerte venía, pero una muerte en la que, colmado por una comprensión sin precedentes, me quedase un paso que dar antes de adormecerme, antes de ser devuelto en dispersión al universo de siempre. El perro de corazón no había gemido.

El rayo y la sangre, lo aprendí, son una y la misma cosa.


El perro de corazón en El desnudo perdido
Traducción y notas Jorge Riechmann
Madrid, Poesía Hyperión, 1989

René Char: Antonin Artaud

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No tengo voz para elogiarte, hermano mío.
Si me inclinara sobre tu cuerpo que la claridad va a dispersar,
Tu risa me rechazaría.
El corazón entre nosotros, durante lo que se llama impropiamente una hermosa tormenta,
Da en tierra varias veces,
Mata, cava e incendia,
Luego renace más tarde en la dulzura del hongo.
No necesitas un muro de palabras para exaltar tu verdad,
Ni las volutas del mar para ungir tu profundidad,
Ni de esta mano febriciente que nos rodea la muñeca,
Y suavemente nos conduce a derribar un bosque
En donde el hacha son nuestras entrañas.
Está bien. Vuelve al volcán,
Y nosotros,
Que lloremos, asumamos tu relevo o preguntemos:
"¿Quién es Artaud?' a esa espiga de dinamita de la que ningún grano
se separa,
Para nosotros, nada habrá cambiado,
Nada, sino esta quimera viviente del infierno que se despide
de nuestra angustia.


(París, 8 de marzo de 1948)

Les Matinaux, 1950.

Extraído de La Máquina del tiempo, dirigida por Hernán Isnardi

René Char - Dos poemas de "La pared y la pradera"

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Hombre pájaro muerto y bisonte moribundo

Largo cuerpo que tuvo el entusiasmo exigente,
Ahora perpendicular al bruto herido.

¡Oh sacrificado sin entrañas!
Sacrificado por aquella que fue todo y, reconciliada, muere;
Él, bailarín de abismo, espíritu, siempre redivivo,
Pájaro y fruto perverso de magias cruelmente salvado.

(Lascaux, I)


El toro

Nunca es de noche cuando tú mueres
Cercado de tinieblas que gritan,
Sol de dos puntas semejantes.

Fiera de amor, verdad en la espada,
Pareja que se apuñala única entre todos.



Traducción: Javier Zugarrondo
En Los matinales seguidos por La palabra en archipiélago
Córdoba (Argentina), Alción Editora, 1998

René Char – Rubor de los matinales

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I

Jubiloso es el estado del espíritu del sol naciente a pesar del día cruel y del recuerdo de la noche. El tinte del cuajarón ya es rubor de aurora.


II

Cuando uno tiene la misión de despertar, comienza por asearse en el río. Para sí mismo es el primer encantamiento no menos que el primer sobrecogimiento.


III

Impón tu suerte, sujeta tu felicidad y ve hacia tu riesgo. Ya se acostumbrarán a mirarte.


IV

En lo más vivo de la tormenta hay siempre un pájaro para sosegarnos. Es el pájaro desconocido. Él canta antes de tomar vuelo.


V

La cordura estriba en no aglomerarse sino en encontrar en la creación y en la naturaleza comunes nuestro nombre, nuestra reciprocidad, nuestras diferencias, nuestro paso, nuestra verdad y ese poco de desesperanza que es su acicate y su bruma tornadiza.


VI

Id a lo esencial; ¿no necesitáis árboles jóvenes para repoblar vuestro bosque?


VII

La intensidad es silenciosa. Su imagen no lo es (Amo a quien me deslumbra, después acentúa lo obscuro de mi interior).


VIII

¡Cuánto sufre este mundo para ser el del hombre, para ser moldeado entre las cuatro paredes de un libro! Que luego sea puesto en manos de especuladores y de extravagantes que lo apremian a avanzar más rápido que su propio movimiento, ¿cómo no ver en ello algo más que una desventura? Combatir mal que bien esta fatalidad con la ayuda de su magia, abrir en la ladera del camino, de lo que hace las veces de tal, insaciables caminatas, ésta es la misión de los matinales. La muerte no es sino un sueño íntegro con el signo más que le guía y le ayuda a hendir el oleaje del devenir. ¿Por qué has de alarmarte de tu estado aluvial? Deja de tomar la rama por el tronco y la raíz por el vacío. Es un pequeño comienzo.


IX

Hay que atizar algunos resplandores para alumbrar buena luz. Bellos ojos encendidos consuman el don.


X

Hembra terrible el conocimiento, con la rabia en su mordedura y un río mortal en sus flancos, surgida de una ambición noble, termina por encontrar su medida en nuestras lágrimas y en nuestro sometimiento a su yugo. No os dejéis confundir, los mejores de entre vosotros, cuyo brazo codicia, cuya flaqueza acecha.


XI

Frente a toda presión por romper con nuestras posibilidades, con nuestra moral y someternos a tal modelo simplificador, aquello que no debe nada al hombre, pero que quiere nuestro bien, nos exhorta: “insurrecto, insurrecto, insurrecto…”


XII

La aventura personal, la aventura prodigada, comunidad de nuestras auroras.


XIII

Conquista y conservación indefinida de esta conquista por delante de nosotros que murmura nuestro naufragio, desconcierta nuestra decepción.


XIV

A veces tenemos esta singularidad de balancearnos al caminar. El tiempo nos resulta ligero, fácil el suelo, nuestro pie sólo se tuerce a propósito.


XV

Cuando decimos: el corazón (y lo decimos a despecho) se trata del corazón que atiza, recubierto de la carne milagrosa y común, y que puede a cada instante cesar de batir y de otorgar.


XVI

Entre tu bien más grande y su mal menor se ruboriza la poesía.


XVII

El enjambre, el rayo y el anatema, tres oblicuos de una misma cima.


XVIII

Mantenerse firmemente en tierra y, con amor, dar el brazo a un fruto no aceptado por aquellos que os apoyan, edificar lo que uno cree ser su casa sin el concurso de la primera piedra que, inconcebiblemente, siempre faltará, éste es el infortunio.


XIX

No te lamentes de vivir más cerca de la muerte que los mortales.


XX

Parece que uno nace siempre a medio camino entre el comienzo y el fin del mundo. Crecemos en revuelta abierta casi tan furiosamente contra lo que nos arrastra como contra lo que nos retiene.


XXI

Imita a los hombres lo menos posible en su enigmática manía de hacer nudos.


XXII

La muerte sólo es odiosa porque afecta separadamente a cada uno de nuestros cinco sentidos, luego a todos a la vez. En rigor, el oído la desdeñaría.


XXIII

Sólo se construye multiformemente sobre el error. Ello nos permite presumirnos felices a cada renuevo.


XXIV

Cuando el navío zozobra se salva nuestro interior. El pone su arboladura en nuestra sangre. Su nueva impaciencia se ensimisma para otros viajes obstinados. ¿No eres tú ciega en el mar? ¿Tú que vacilas en todo ese azul, tristeza elevada sobre las olas más lejanas?


XXV

Somos caminantes dedicados a pasar, a sembrar, pues, la confusión, a infligir nuestro calor, a decir nuestra exuberancia. Por eso intervenimos. Por eso somos intempestivos e insolentes. Nuestro copete está de sobra. Nuestra utilidad se vuelve contra el que la emplea.


XXVI

Puedo desesperar de mí y guardar mi esperanza de Vosotros. He caído de mi destello, y a la muerte, por todos vista, sólo vosotros no la notáis, helecho en el muro, paseante en mi brazo.


XXVII

En fin, si destruyes, que sea con herramientas nupciales.



René Char, Los matinales seguido por La palabra en archipiélago
Traducción: Javier Zugarrondo
Córdoba (Argentina), Alción Editora, 1998

René Char - Centón (Traducido por Javier Zugarrondo)

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¿Buscáis mi punto débil, mi fallo? ¿Su descubrimiento os permitirá tenerme a vuestra merced? ¿No ves, agresor, que soy un cedazo y que vuestro menguado cerebro se seca entre la espiración de mis rayos?

No tengo ni calor ni frío: gobierno. Sin embargo, no acerquéis demasiado la mano al cetro de mi poder. Él hiela, quema... Alteraríais su sensación.

Amo, capturo y restituyo a alguien. Soy dardo y abrevo de luz al prisionero de la flor. Tales son mis contradicciones, mis servicios.

En aquel entonces sonreía al mundo y el mundo me sonreía. En aquel entonces que nunca fue y que leo en el polvo.

Quienes miran sufrir al león en su jaula se pudren en la memoria del león.

A un rey a quien da alcance un corredor de quimera le deseo la muerte.



En Les matinaux (Juega y duerme)
Los matinales, seguido por La palabra en archipiélago, Córdoba (Argentina), Alción Editora, 1998



10 abr. 2007

René Char - Centón

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¿Buscáis mi punto débil, mi falla? ¿Su descubrimiento os permitiría tenerme a vuestra merced? Pero, agresor, ¿no veis que soy el centro de un blanco y que vuestro exiguo cerebro se agosta entre mis rayos expirados?

No tengo frío ni calor: gobierno. No obstante no tendáis demasiado la mano hacia el cetro de mi poder. Hiela, quema... Echaríais a perder esa sensación.

Amo, capturo y termino en alguien. Soy dardo y doy a beber claridad al prisionero de la flor. Tales son mis contradicciones, mis servicios.

En aquel tiempo, yo sonreía al mundo y el mundo me sonreía. En aquel tiempo que nunca fue y que leo en el polvo.

Aquellos que miran sufrir al león en su jaula se pudren en la memoria del león.

Al rey que un corredor de quimeras alcanza le deseo morir.



Les matinaux (Versión de Raúl Gustavo Aguirre)

En El movimiento Poesía Buenos Aires (1950-1960), Buenos Aires, Editorial Fraterna, 1979

René Char - Hambre roja (Faim rouge)

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Estabas loca.

¡Qué lejos queda!

Moriste, con un dedo delante de los labios,
En noble movimiento,
Para atajar la efusión;
En el sol frío de un reparto verde.

Estabas tan hermosa que nadie se dio cuenta de tu muerte.
Más tarde, era de noche, te pusiste en camino conmigo.

Desnudez sin desconfianza.
Pechos podridos por tu corazón.
A sus anchas en este mundo circunstancial,

Un hombre, que te había estrechado entre sus brazos,
Se sentó a la mesa.

Estate bien, no existes.

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Comme c'est loin!

Tu mourus, un doigt devant ta bouche,
Dans un noble mouvement,
Pour couper court à l'effusion;
Au froid soleil d'un vert partage.

Tu étais si belle que nul ne s'aperçut de ta mort.
Plus tard, c'était la nuit, tu te mis en chemin aevc moi.

Nudité sans méfiance,
Seins pourris par ton coeur.

A l'aise en ce monde occurrent,

Un homme, qui t'avait serrée dans ses bras,
Passa à table.

Sois bien, tu n'es pas.




Versión en español de Jorge Riechmann

En René Char, El desnudo perdido (1964-1970), Madrid Hyperion, 1995

6 abr. 2007

René Char - Yo habito un dolor

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No dejes el cuidado de gobernar tu corazón a esas ternuras parientas del otoño del que reciben su plácido andar y su afable agonía. El ojo es precoz para plegarse. El sufrimiento conoce pocas palabras. Prefiere acostarse sin cargas: soñarás con el mañana y tu lecho será liviano para ti. Soñarás que tu casa ya no tiene vidrios. Sientes impaciencia por unirte al viento, al viento que recorre un año en una noche. Otros cantarán la incorporación melodiosa, las carnes que sólo personifican la brujería del reloj de arena. Condenarás la gratitud que se repite. Más tarde, te identificarán con algún gigante disgregado, señor de lo imposible.
Sin embargo.
Sólo has conseguido el peso de tu noche. Has vuelto a la pesca en las murallas, a la canícula sin verano. Estás furioso contra tu amor en el centro de un acuerdo que enloquece. Sueña con la casa perfecta que nunca verás elevarse. ¿Para cuándo la cosecha del abismo? Pero has reventado los ojos del león. Crees ver pasar a la belleza por encima de las lavandas negras.
¿Qué es lo que ha izado, una vez más aún, un poco más arriba, sin convencerte?
No hay sitio puro.






Le poème pulvérisè, 1947

Versión de Raúl Gustavo Aguirre
En Poetas franceses contemporáneos, Buenos Aires, Ediciones Librerías Fausto, 1974


31 mar. 2007

MISIÓN Y REVOCACIÓN - René Char

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Frente a las precarias perspectivas de la alquimia del dios destruido -incompleto en la experiencia- yo os contemplo, formas dotadas de vida, cosas inusitadas, cosas cualesquiera, e interrogo: "¿Mandamiento interno? ¿Intimación del exterior?" La tierra se expurga de sus paréntesis iletrados. Sol y noche en un oro idéntico recorren y negocian el espacio-espíritu, la carne-muralla. El corazón se desvanece... Tu respuesta, conocimiento, ya no es la muerte, universidad suspensiva.



René Char, Seuls demeurent

A la salud de la serpiente (René Char)

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I

Canto el calor con rostro de recién nacido, el calor desesperado.

II

A la vez que el pan que parte el hombre, ser la belleza del alba.

III

Aquel que se confía en el girasol no meditará dentro de la casa.
Todos los pensamientos del amor serán sus pensamientos.

IV

En el círculo de la golondrina una tempestad se informa, un jardín
se prepara.

V

Habrá siempre una gota de agua para durar más que el sol sin que el
ascendiente del sol sea quebrantado.

VI

Produce aquello que el conocimiento quiere mantener secreto, el
conocimiento con sus cien pasadizos.

VII

Aquello que viene al mundo para no perturbar nada no merece ni
consideraciones ni paciencia.

VIII

¿Cuánto durará esta falta del hombre, agonizante en el centro de la
creación porque la creación lo ha despedido?

IX

Cada casa era una estación. Así se repetía la ciudad. Todos los
habitantes juntos sólo conocían el invierno, a pesar de su carne
recalentada, a pesar del día que no se iba.

X

Eres en tu esencia constantemente poeta, constantemente estás en el
cénit de tu amor, constantemente ávido de verdad y de justicia. Es
sin duda un mal necesario que no puedas serlo asiduamente en tu
conciencia.

XI

Harás del alma que no existe un hombre mejor que ella.

XII

Mira la imagen temeraria donde se baña tu país, ese placer que te ha
escapado, por mucho tiempo.

XIII

Numerosos son aquellos que esperan que el escollo los subleve, que
el fin los atraviese, para definirse.

XIV

Agradece a aquel que no se ocupa de tu remordimiento. Eres su igual.

XV

Las lágrimas desprecian a su confidente.

XVI

Queda una profundidad mensurable allí donde la arena subyuga al
destino.

XVII

Amor mío, poco importa que yo haya nacido: tú te vuelves visible en
el lugar donde yo desaparezco.

XVIII

podés caminar, sin engañar al pájaro, desde el corazón del árbol
hasta el éxtasis del fruto.

XIX

Lo que te recibe a través del placer no es sino la gratitud
mercenaria del recuerdo. La presencia que has elegido no produce el
adiós.

XX

No te curves sino para amar. Si mueres, amas todavía.

XXI

Las tinieblas que te infundes están regidas por la lujuria de tu
ascendiente solar.

XXII

No hagas caso de aquellos a cuyos ojos el hombre pasa por ser una
etapa del color sobre la espalda atormentada de la tierra. Que ellos
devanen su largo memorial. La tinta del atizador y el rubor de la
nube no son sino uno.

XXIII

No es digno del poeta abusar de la credulidad del cordero, investir
su lana.

XXIV

Si habitamos un relámpago, es el corazón de la eternidad.

XXV

Ojos que, creyendo inventar un día, habéis despertado al viento, qué
puedo yo por vosotros, yo soy el olvido.

XXVI

La poesía es, de todas las aguas claras, la que se demora menos en
los reflejos de sus puentes.
Poesía, la vida futura en el interior del hombre recalificado.

XXVII

Una rosa para que llueva. AL final de innumerables años, ése es tu
deseo.



RENE CHAR, en "La fontaine narrative"

22 mar. 2007

René Char: Antonin Artaud

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No tengo voz para elogiarte, hermano mío.
Si me inclinara sobre tu cuerpo que la claridad va a dispersar,
Tu risa me rechazaría.
El corazón entre nosotros, durante lo que se llama impropiamente una hermosa tormenta,
Da en tierra varias veces,
Mata, cava e incendia,
Luego renace más tarde en la dulzura del hongo.
No necesitas un muro de palabras para exaltar tu verdad,
Ni las volutas del mar para ungir tu profundidad,
Ni de esta mano febriciente que nos rodea la muñeca,
Y suavemente nos conduce a derribar un bosque
En donde el hacha son nuestras entrañas.
Está bien. Vuelve al volcán,
Y nosotros,
Que lloremos, asumamos tu relevo o preguntemos:
"¿Quién es Artaud?' a esa espiga de dinamita de la que ningún grano
se separa,
Para nosotros, nada habrá cambiado,
Nada, sino esta quimera viviente del infierno que se despide
de nuestra angustia.


(París, 8 de marzo de 1948)

Les Matinaux, 1950