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3 dic. 2007

Fernando Báez - ¿Por qué leer a Raymond Chandler?

2 comentarios :


Debe haber, muy probablemente, diez buenas razones para no leer a Raymond Chandler, pero elijo dar las diez por las que lo leo a menudo y sin excusas. Lo que quiero decir, en orden de importancia, es esto:

Primero. Chandler (1888-1959) escribió la novela (me refiero a "El largo Adiós") que puso al género negro (llamado "hard-boiled") entre Faulkner y Hemingway. La literatura norteamericana del siglo XX no podrá nunca ser explicada con un esquema que se reduzca a presentar poesía, teatro y novela sin los aportes de Chandler.

Segundo. Dashiell Hammet es el origen mítico: Chandler es el desmitificador. El Antiguo testamento del género negro lo redactó Hammet; Chandler no perdió oportunidad para ensamblar uno nuevo, con apocalipsis y todo.

Tercero. Borges explicó alguna vez que las novelas detectivescas según el modelo del enigma soluble eran, a la manera de los cuentos de Chesterton, "milagrosas partidas de ajedrez". Pienso que si hubiera tenido que definir las novelas de Chandler hubiera tenido que decir que eran "escépticas partidas de póker".

Cuarto. Conan Doyle deja, entre un mar de novelas históricas que no valen gran cosa, un personaje llamado Sherlock Holmes. Austin Freeman deja al Dr. Thordndyke. Chandler creó a Philip Marlowe y hasta ese día los investigadores guardaban una relación, jamás desmentida, con Auguste Dupin. Marlowe, duro con sólo abrir los ojos, con más de un metro ochenta, pelo castaño oscuro, ojos marrones, fumador empedernido, sobrio con seis whiskys en la cabeza, armado con una 38 smith&wesson, fue protagonista de siete novelas que constituyen un ciclo talismánico: "El sueño eterno" (1939), "Adios, muñeca" (1940), "La ventana siniestra" (1942), "La dama del lago" (1943), "La hermana pequeña" (1949), "El largo adios" (1953) y "Playback" (1958). Su última novela iba a ser "The Poodle spring story" y tenía el propósito de casar a Marlowe con una acaudalada mujer, pero quedó incompleta. La moraleja es simple: el buen detective no se casa.

Cinco. Su literatura constantemente nos recuerda que no hay relato sin anécdota, que no hay anécdota sin personajes de suficiente vigor, que no hay personajes sin diálogos maravillosos y que no hay diálogos sin una atmósfera propia de una época terrible que explique por sí misma toda la historia.

Seis. A los 51 años apareció su primera novela. Antes de eso, ya había escrito relatos que lo convertían en un clásico. La revista Black Mask, fundada en 1920 por H.L. Mencken con apenas 500 dólares, le publicó "Los chantajistas no matan" en 1933 y desde entonces no abandonó el género. Comenzó imitando a Hammet y no se dio por vencido hasta superarlo con creces. Hacia 1941 había publicado una veintena de cuentos que recuperó años más tarde en sus novelas. Le gustaba decir que "canibalizaba" sus viejas historias y las volvía oro. De sus cuentos, me confieso devoto de "Pececillos dorados", "Viento rojo" y "Asesino en la lluvia". Encuentro en éllos todo el cinismo contenido de sus obras mayores. Al describir un personaje concluye diciendo: "Le olía mal el aliento. Como tenía que ser".

Siete. Chandler, al contrario de muchos de sus colegas, se preocupó de establecer un decálogo del escritor de policiales. En 1944 permitió la publicación de "El simple arte de matar" y en 1949 escribió "Apuntes sobre la novela policial". Las conclusiones a que llegó pueden resumirse en estos puntos: a)Verosimilitud en la situación y desenlace. b)Realismo y precisión. c)Estructura simple que esconda técnicas complejas. d)Trama con solución inevitable. e)Personajes creíbles. f)Historias sin historias anexas. g)Castigo ineluctable al criminal. h) Honestidad y autenticidad. i)Preocupación por la víctima. j)Detective soltero. La última regla debió ser que no hay novela policial perfecta, pero él se encargó de probarlo incumpliendo muchas de sus normas y patentando otras.

Ocho. Nacido en Chicago, educado en Inglaterra, soldado al servicio de los Gordon Highlander de Canadá, empleado de banco, periodista, ejecutivo de una firma petrolera que lo despidió por sus escándalos con secretarias, suicida frustrado, Chandler pertenece a la galería de escritores norteamericanos cribados en lo más explosivo de la vida. Su narrativa, por fortuna, recoge esa veta y da la sensación de un vitalismo inagotable. Línea por línea es incompleto; en su conjunto no tiene parangón. Su estilo, con ritmos rápidos, acumula hallazgos verbales imprevisibles. En la lentitud, su voz se pierde: hay que confesar que su narrativa es para andar a más de ochenta kilómetros por hora. Sus novelas, tras una lectura de Proust, por ejemplo, son antologías de vértigos.

Nueve. No debe desestimarse nunca su trabajo en Hollywood. Como Hammet, como Fitzgerald, como Faulkner, como tantos otros, sufrió y ganó montañas de dinero en los estudios cinematográficos. Cien mil dólares recibió por los derechos para la filmación de "Playback". En resumidas cuentas, de su paso por Hollywood hay dos películas míticas: "Double Indemnity" de 1944 y "The blue Dahlia" de 1946. No tuvo suerte con Hitchcock al preparar "Strainger in the train", la obra de Patricia Highsmith, pero contó con Faulkner como guionista de su propia novela "El largo sueño" y con Humphrey Bogart como actor. Marlowe es Bogart, aunque no sea mentira que tiene todos los rasgos de Cary Grant.

Diez. Inconforme con las clasificaciones, cedió a la tentación de escribir relatos fantásticos en los que tomó la precaución de conservar el móvil criminal y la presencia de investigadores. En "La puerta de bronce" (1939) hay una puerta que desaparece a las personas; en "El rapé del profesor Bingo" (1951) un hombre comete un crimen amparado en un rapé que lo hace invisible. A la par de estos cuentos que retoman mucho de H.G. Wells, Chandler publicó "Una pareja de escritores", realista, corrosivo, humorístico. He vuelto varias veces a esa historia atraído por la crueldad y encanto que la signa: Hank Bruton y Marion son dos personajes inolvidables atrapados por un ambiente de indiferencia y total derrota.

Cada lector tiene razones que la razón no conoce. Imagino que los anteriores puntos pueden dar una idea dogmática, pero la verdad es otra: como Pedro Beroes, me creo sólo un lector profesional que escribe en los ratos que le deja libre la lectura y he escrito este artículo sin pretensiones de probar nada, porque sí, por compartir un gusto. El resto es literatura.


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