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22 jul. 2015

Descarga: Carlos Fuentes - Cervantes o la crítica de la lectura

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Descarga: Carlos Fuentes - Cervantes o la crítica de la lectura

Este texto responde a la necesidad intelectual del autor por ahondar en «cuanto suceda en esa otra mitad de nuestra vida y de nuestra herencia que es España»; con la que tenemos una relación que «es como nuestra relación con nosotros mismos: conflictiva. Y de parejo signo es la relación de España con España: irresuelta, enmascarada, a menudo maniquea. Sol y sombra, como en el ruedo ibérico. La medida del odio es la medida del amor. Una palabra lo dice todo: pasión».

Cervantes o la crítica de la lectura reúne, reelabora y unifica textos antes utilizados por Carlos Fuentes. Aunque su «tema central es Cervantes y su obra, no por ello dejo de revisar aquí, a guisa de recordatorio en un momento límite de la historia española, diversos aspectos de la vida de España en la época que, históricamente, se inscribe entre 1499 y 1598 y, literariamente, se escribe entre dos fechas que recogen el pasado, radican el presente y anuncian el futuro: la publicación de La Celestina en 1499 y la del Quijote en 1605.»

25 feb. 2014

Harold Bloom: Cervantes y Shakespeare

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Cervantes y Shakespeare comparten la supremacía entre todos los escritores occidentales desde el Renacimiento hasta ahora. Las personalidades ficticias de los últimos cuatro siglos son cervantinas o shakespearianas, o, más frecuentemente, una mezcla de ambas. En este libro quiero considerarlos como los maestros de la sabiduría en nuestra literatura moderna, al mismo nivel que el Eclesiastés y el libro de Job, Homero y Platón. La diferencia fundamental entre Cervantes y Shakespeare queda ejemplificada en la comparación entre don Quijote y Hamlet.

El caballero y el príncipe van a la busca de algo, pero no saben muy bien qué, por mucho que digan lo contrario. ¿Qué pretende realmente don Quijote? No creo que se pueda responder. ¿Cuáles son los auténticos motivos de Hamlet? No se nos permite saberlo. Puesto que la magnífica búsqueda del caballero de Cervantes posee una dimensión y una repercusión cosmológicas, ningún objeto parece fuera de su alcance. La frustración de Hamlet es que se ve limitado a Elsinore y a una tragedia de venganza. Shakespeare compuso un poema ilimitado en el que sólo el protagonista no conoce límites.

Cervantes y Shakespeare, que murieron casi simultáneamente, son los autores capitales de Occidente, al menos desde Dante, y ningún otro escritor los ha igualado, ni Tolstoi, ni Goethe, Dickens, Proust o Joyce. Cervantes y Shakespeare escapan a su contexto: la Edad de Oro en España y la época isabelino-jacobina son algo secundario cuando intentamos hacer una valoración completa de lo que nos ofrecieron.

W. H. Auden encontraba en don Quijote un retrato del santo cristiano en oposición a Hamlet, que “carece de fe en Dios y en sí mismo”. Aunque Auden parece perversamente irónico, hablaba bastante en serio, y creo que erróneamente. En contra de Auden me gustaría citar a Miguel de Unamuno, mi crítico preferido de Don Quijote. Para Unamuno, Alonso Quijano es el santo cristiano, mientras que don Quijote es el fundador de la verdadera religión española, el quijotismo.

Herman Melville combinó a don Quijote y a Hamlet en el capitán Ahab (aderezado con un toque del Satán de Milton). Ahab desea vengarse de la Ballena Blanca, mientras que Satán destruiría a Dios si pudiera. Hamlet es el embajador de la muerte ante nosotros, según G. Wilson Knight. Don Quijote dice que su fin es destruir la injusticia. La injusticia máxima es la muerte, la esclavitud última. Liberar a los prisioneros es la manera práctica que tiene el Caballero de luchar contra la muerte.

En las obras de Shakespeare él no aparece, ni siquiera en sus sonetos. Es su casi invisibilidad lo que anima a los fanáticos que creen que cualquiera menos Shakespeare escribió las obras de Shakespeare. Que yo sepa, el mundo hispánico no da refugio a ningún aquelarre que se esfuerce por demostrar que Lope de Vega o Calderón de la Barca escribieron Don Quijote. Cervantes habita su gran libro de manera tan omnipresente que necesitamos darnos cuenta de que posee tres personalidades excepcionales: el Caballero, Sancho y el propio Cervantes.

Y sin embargo, ¡qué astuta y sutil es la presencia de Cervantes! En sus momentos más hilarantes, Don Quijote es inmensamente sombrío. De nuevo es Shakespeare la analogía que nos ilumina. Ni siquiera en sus momentos más melancólicos abandona Hamlet sus juegos de palabras ni su humor negro y el infinito ingenio de Falstaff está atormentado por insinuaciones de rechazo. Al igual que Shakespeare escribió sin adherirse a ningún género, Don Quijote es a la vez tragedia y comedia. Aunque permanecerá siempre como el nacimiento de la novela a partir de la novela de caballerías en prosa, y sigue siendo la mejor de todas las novelas, encuentro que su tristeza aumenta cada vez que la releo, y la convierte en “la Biblia española”, como llamó Unamuno a la más grande de todas las narraciones. Novelas son lo que escribieron George Eliot y Henry James, Balzac y Flaubert, o el Tolstoi de Ana Karenina. Aunque quizá Don Quijote no es una sagrada escritura, nos contiene de tal manera que, al igual que pasa con Shakespeare, no podemos salir de él a fin de alcanzar un cierto perspectivismo. Estamos dentro de ese libro inmenso y gozamos del privilegio de oír las soberbias conversaciones entre el Caballero y su escudero, aunque más a menudo somos trotamundos invisibles que acompañan a esa sublime pareja en sus aventuras y debacles.

Si existe un tercer autor occidental de la misma universalidad desde el Renacimiento hasta ahora, sólo puede ser Dickens. No obstante, Dickens, de manera deliberada, no nos ofrece “el saber último del hombre”, que Melville encontraba en Shakespeare y es de presumir que en Cervantes. La primera representación de El rey Lear tuvo lugar cuando se publicó la primera parte de Don Quijote. En contra de lo que dice Auden, Cervantes, al igual que Shakespeare, nos ofrece una trascendencia laica. Don Quijote se considera un caballero de Dios, pero continuamente sigue su voluntad caprichosa, que es gloriosamente idiosincrásica. El rey Lear reclama ayuda a los cielos que hay en lo alto, pero por el único motivo de que él y los cielos son viejos. Vapuleado por unas realidades que son incluso más violentas que él, don Quijote se resiste a ceder ante la autoridad de la Iglesia y el Estado. Cuando cesa de reivindicar su autonomía, no queda nada excepto, de nuevo, Alonso Quijano el Bueno, y lo único que le resta es morir.

Regreso a mi pregunta inicial: ¿qué busca el Caballero de la Triste Figura? Está en guerra con el principio de la realidad de Freud, que acepta la necesidad de morir. Pero ni es un necio ni un loco, y su visión siempre es al menos doble: ve lo que nosotros vemos, y también algo más, una posible gloria de la que desea apropiarse, o al menos compartir. Unamuno llama a esta trascendencia fama literaria, la inmortalidad de Cervantes y Shakespeare. Sin duda eso es en parte lo que persigue el Caballero; el asunto principal de la segunda parte es que Sancho y él descubren que sus aventuras de la Primera parte son conocidas allí donde van, lo que les llena de satisfacción. Quizá Unamuno subestimó las complejidades que aparecían al trastocar de una manera tan desmesurada la estética de la representación. Hamlet es de nuevo la mejor analogía: desde la aparición de los comediantes en el acto II, y durante toda la representación de La ratonera en el acto III, todas las reglas de la representación normativa se van al garete, y todo es teatralidad. La segunda parte de Don Quijote se adelanta a su tiempo de una manera parecida y desconcertante, pues el Caballero, Sancho y todos aquellos con los que se encuentran son profundamente conscientes de que la ficción ha irrumpido en el orden de la realidad.

Las dos partes del Quijote constituyen una auténtica enciclopedia de la crueldad. Desde esa perspectiva, es uno de los libros más amargos y bárbaros que se han escrito. Y su crueldad es artística. Para encontrar un equivalente shakespeariano de Don Quijote habría que fundir Tito Andrónico y Las alegres comadres de Windsor en una sola obra, una posibilidad desalentadora porque son, para mí, las obras más flojas de Shakespeare. La espantosa humillación que las alegres comadres le infligen a Falstaff ya es bastante inaceptable (aun cuando fue la base del sublime Falstaff de Verdi). ¿Por qué Cervantes somete a don Quijote a los maltratos físicos de la primera parte y a las torturas psíquicas de la segunda? La respuesta de Nabokov es estética: el arte característico de Cervantes sabe darle vida a la crueldad. Aunque eso me parece salirse un poco por la tangente. Noche de reyes es una comedia insuperable, y cuando la vemos representada nos tronchamos de risa con las terribles humillaciones de Malvolio. Cuando releemos la obra, nos sentimos incómodos, pues las fantasías socioeróticas de Malvolio encuentran eco en casi todos nosotros. ¿Por qué no nos despiertan al menos alguna reserva los tormentos, sociales y corporales, sufridos por don Quijote y Sancho Panza?

El propio Cervantes, una presencia constante, aunque disfrazada, en el texto, es la respuesta. Fue el más maltrecho de todos los escritores eminentes. Fue herido en la gran batalla naval de Lepanto y, a resultas de ello, a los veinticuatro años perdió el uso de la mano izquierda. En 1575 fue capturado por piratas de Berbería y pasó cinco años de esclavo en la prisión de Argel. Rescatado en 1580, sirvió a España como espía en Portugal y Orán y luego regresó a Madrid, donde intentó emprender una carrera como dramaturgo, fracasando casi invariablemente tras escribir al menos veinte obras. Un tanto a la desesperada, se hizo recaudador de impuestos, sólo para acabar siendo acusado y encarcelado por supuesta malversación en 1597. Volvió a ser encarcelado en 1605; dice una tradición que comenzó a escribir Don Quijote en la cárcel. La primera parte, redactada a increíble velocidad, se publicó en 1605. La segunda, cuya escritura fue espoleada por la falsa continuación de Don Quijote escrita por un tal Avellaneda, se publicó en 1615.

Cervantes, a quien el editor le desplumó todos sus derechos de autor de la primera parte, habría muerto en la pobreza de no ser por la protección de un cultivado noble durante los tres últimos años de su vida. Aunque Shakespeare murió a los cincuenta y dos años (no sabemos de qué), fue un dramaturgo de inmenso éxito y obtuvo gran prosperidad como accionista de la compañía de actores que representaba en el Globe Theater. Circunspecto y muy consciente del asesinato de Christopher Marlowe, inspirado por el gobierno, de la tortura de Thomas Kyd y de que Ben Jonson había sido marcado a fuego, se mantuvo casi en el anonimato, a pesar de ser el dramaturgo señero de Londres. La violencia, la esclavitud, el encarcelamiento, fueron los ingredientes básicos de la vida de Cervantes. Shakespeare, cauteloso al final, tuvo una existencia carente casi de incidentes memorables, al menos que sepamos.

Los tormentos físicos y mentales sufridos por don Quijote y Sancho Panza habían sido inseparables de la interminable lucha por la supervivencia y la libertad de Cervantes. Y no obstante, las observaciones de Nabokov son exactas: la crueldad es extrema en todo Don Quijote. La maravilla estética es que esa desmesura se diluye cuando nos apartamos del inmenso libro y meditamos sobre su forma y lo infinito de su significado. No existen dos explicaciones críticas de la obra maestra de Cervantes que coincidan, ni siquiera que se parezcan. Don Quijote es un espejo que no se pone delante de la naturaleza, sino del lector. ¿Cómo es posible que ese caballero errante aporreado y ridiculizado sea, como es, un paradigma universal?

Hamlet no necesita ni quiere nuestra admiración y afecto, pero sí don Quijote, y lo recibe, como también suele ocurrir con Hamlet. Sancho, al igual que Falstaff, está muy satisfecho consigo mismo, aunque no provoca que los críticos moralizantes se encolericen y le censuren, como pasa con el sublime Falstaff. Se ha escrito mucho más acerca del contraste entre Hamlet y don Quijote que sobre el de Sancho y Falstaff, dos vitalistas que compiten estéticamente como maestros de la realidad. Pero ningún crítico ha llamado asesino a don Quijote o inmoral a Sancho. Hamlet es responsable de ocho muertes, incluida la suya propia, y Falstaff es un salteador de caminos, un guerrero con aversión a la lucha, que despluma a todo aquel con quien se encuentra. No obstante, Hamlet y Falstaff no son víctimas, sino que causan sufrimiento a otros, aun cuando Hamlet muera temiendo dejar su reputación manchada y Falstaff sea destruido por el rechazo de Hal/Enrique V. Tanto da. La fascinación del intelecto de Hamlet y del ingenio de Falstaff es lo que perdura. Don Quijote y Sancho son víctimas, pero los dos son extraordinariamente resistentes, hasta que llega la derrota definitiva del Caballero y su muerte con la identidad de Quijano el Bueno, a quien Sancho implora en vano que salgan de nuevo a los caminos. La fascinación del aguante de don Quijote y de la leal sabiduría de Sancho siempre permanece.

Cervantes aprovecha la necesidad humana de resistir el sufrimiento, que es una de las razones por las que el Caballero nos deja sobrecogidos. Por muy buen católico que pudiera (o no) haber sido, a Cervantes le interesa el heroísmo, y no la santidad. A Shakespeare, creo, no le interesaban ninguna de las dos cosas, pues ninguno de sus héroes soporta un examen riguroso. Hamlet, Otelo, Antonio, Coriolano. Sólo Edgar, el recalcitrante superviviente que hereda la nación a regañadientes en El rey Lear, resiste nuestro escepticismo, y al menos uno de los más prominentes críticos de Shakespeare ha calificado extrañamente a Edgar de “débil y asesino”. El heroísmo de don Quijote no es de ninguna manera constante: es perfectamente capaz de huir, dejando que Sancho sea apaleado por toda una aldea. Cervantes, un héroe en Lepanto, quiere que don Quijote sea un nuevo tipo de héroe, ni irónico ni inconsciente, sino el que quiere ser él mismo, como lo expresó acertadamente José Ortega y Gasset. Hamlet subvierte la voluntad, mientras que Falstaff la satiriza. Tanto don Quijote como Sancho exaltan la voluntad, aunque el Caballero la convierte en trascendente y Sancho, el primer pospragmático, quiere mantenerse dentro de los límites. Es el elemento trascendente de don Quijote lo que en última instancia nos convence de su grandeza, en parte porque contrasta con el contexto deliberadamente tosco y frecuentemente sórdido de ese libro panorámico. Y de nuevo es importante observar que esta trascendencia es laica y literaria, no católica. La búsqueda quijotesca es erótica, aunque incluso el eros es literario. Enloquecido por la lectura (tal como nos ocurre a muchos), el Caballero va a la búsqueda de un nuevo yo, un yo que pueda superar la locura erótica de Orlando (Rolando) en el Orlando Furioso de Ariosto o del mítico Amadís de Gaula. Contrariamente a la locura de Orlando o de Amadís, la locura de don Quijote es deliberada, autoinfligida, una estrategia poética tradicional. No obstante, existe una clara sublimación del impulso sexual en el desesperado valor del Caballero. La lucidez aparece continuamente, recordándole que Dulcinea es su Ficción Suprema, trascendiendo un honesto deseo por la campesina Aldonza Lorenzo. Una ficción, en la que crees aunque sepas que es una ficción, sólo puede ser validada mediante la pura voluntad. Erich Auerbach reivindicaba la “continua alegría” del libro, que no es lo que yo experimento como lector. Pero Don Quijote, al igual que el mejor Shakespeare, aguanta cualquier teoría que le eches. El afligido Caballero es más que un enigma: va detrás de un nombre inmortal, de la inmortalidad literaria, y la encuentra, aunque para ello casi le hacen pedazos en la primera parte y casi lo llevan a la locura de verdad en la segunda: Cervantes lleva a cabo su milagro, con la misma magnificencia de Dante, de imperar sobre su creación como la Providencia, pero sometiéndose a la vez a los sutiles cambios que provocan en el Caballero y Sancho sus agudas conversaciones, en las que el amor que comparten se manifiesta en su igualdad y en sus malhumoradas disputas. Más que padre e hijo, son hermanos. Describir la precisión con que Cervantes los observa, ya sea cariño irónico, o ironía cariñosa, es una tarea crítica imposible.

La verdad estética de Don Quijote consiste en que, al igual que Dante y Shakespeare, hace que nos enfrentemos cara a cara con la grandeza. Si nos cuesta comprender del todo la búsqueda de don Quijote, sus motivos y fines pretendidos, es porque nos enfrentamos a un espejo que nos sobrecoge incluso en los momentos en que más disfrutamos. Cervantes nos lleva siempre mucha delantera y nunca podemos atraparle. Fielding y Sterne, Goethe y Thomas Mann, Flaubert y Stendhal, Melville y Mark Twain, Dostoievski: todos ellos se cuentan entre los admiradores y discípulos de Cervantes. Don Quijote es el único libro que el doctor Johnson no quería que fuera más largo de lo que ya era.

Y sin embargo, Cervantes, aunque es un placer universal, en algunos aspectos resulta aún más difícil que Dante y Shakespeare en sus momentos de más altura. ¿Hemos de creer todo lo que nos dice don Quijote? ¿Se lo cree él? Él (o Cervantes) es el inventor de una manera de narrar ahora bastante extendida en la que los personajes, dentro de una novela, leen narraciones anteriores que se refieren a sus aventuras previas y sufren la consiguiente pérdida del sentido de la realidad. Éste es uno de los hermosos enigmas de Don Quijote: se trata, al mismo tiempo, de una obra cuyo verdadero tema es la literatura, y de la crónica de una realidad áspera y sórdida, el declive de la España de 1605 a 1615. El Caballero es la sutil crítica de Cervantes de un reino que sólo le había recompensado con malos tratos su heroísmo patriótico en Lepanto. No se puede decir que don Quijote tenga una doble conciencia, sino más bien que posee las múltiples conciencias del propio Cervantes, un escritor que conoce el coste de la consagración. [...]

Esta curiosa mezcla de lo sublime y lo prosaico no vuelve a aparecer hasta Kafka, otro discípulo de Cervantes, que escribiría relatos como “El cazador Graco” y “Un médico rural”. Para Kafka, don Quijote era el demonio, o genio, de Sancho Panza, proyectado por el astuto Sancho en un libro de aventuras cuyo destino es la muerte:

¿En qué sentido son Don Quijote y Hamlet, así como las obras donde aparece Falstaff –las dos partes de Enrique IV–, literatura sapiencial? Hamlet y don Quijote, Falstaff y Sancho Panza, representan algo nuevo en la tradición, pues todos ellos son a la vez sorprendentemente sabios y peligrosamente necios. De los cuatro, sólo Sancho es un superviviente, pues su saber popular es mucho más fuerte que su iluso apego al sueño de su caballero. Falstaff, el Sócrates de Eastcheap, posee la sabiduría de su “Dame vida”, pero también la inmensa necedad de su amor por el príncipe Hal. El príncipe Hamlet, inteligente más allá de la inteligencia, abraza la aniquilación y se desposa con las tinieblas. Don Quijote es un sabio entre sabios pero, aun así, cede al principio de realidad y muere cristianamente.


Tomado de ¿Dónde se encuentra la sabiduría?
Título original: Where Shall Wisdom Be Found?
Traducción de Damián Alou
Madrid, 2005
Foto: Harold Bloom, 1994. (Ted Thai/Time Life Pictures/Getty Images)

5 oct. 2012

Jorge Luis Borges - Análisis del último capítulo del Quijote

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Borges por Wald Fulgenzi



Este examen ya ha sido ejecutado en forma filosófica y conmovedora por Unamuno, en su Vida de Don Quijote y Sancho. Hoy ensayaremos algo distinto, el examen técnico de ese capítulo, párrafo por párrafo. Antes convendría, navegando hacia atrás el río del tiempo, volver al momento en que llegamos al último capítulo, ya que este capítulo exige, para ser plenamente sentido, la carga emocional de los capítulos anteriores. Exige que sintamos a don Quijote y a Sancho como amigos nuestros. Cervantes, en este capítulo
final, no define o crea a los personajes; trata con viejos amigos suyos y nuestros. Empiezo ahora el examen:

 «Capítulo LXXIV - De cómo don Quijote cayó malo, y del testamento que hizo, y su muerte.»

Aquí Cervantes renuncia instintivamente a toda sorpresa. Cervantes anuncia que don Quijote, su amigo y  nuestro amigo, va a morir. Este anuncio tranquilo da por sentada la muerte del héroe y hace que la aceptemos. Veamos ahora el primer párrafo:

«Como las cosas humanas no sean eternas, yendo siempre en declinación de sus principios hasta llegar a su último fin, especialmente las vidas de los hombres, y como la de don Quijote no tuviese privilegio del cielo para detener el curso de la suya, llegó su fin y acabamiento cuando él menos lo pensaba; porque o ya fuese de la melancolía que le causaba el verse vencido, o ya por la disposición del cielo, que así lo ordenaba, se le arraigó una calentura, que le tuvo seis días en cama, en los cuales fue visitado muchas veces del cura, del bachiller y del barbero, sus amigos, sin quitársele de la cabecera Sancho Panza su buen escudero.»

En este primer párrafo hay una astucia, una astucia, que es menos de Cervantes, del individuo Cervantes, que del arte general de la novelística. Escribe Cervantes que todas las cosas tocan alguna vez a su acabamiento y su fin, y que don Quijote no estaba exento, por privilegio alguno, de esa mortalidad. Esto, desde luego, no es cierto, ya que don Quijote no es un hombre de carne y hueso, un hombre sujeto a la muerte, sino un sueño de Cervantes, un sueño que pudo haber sido inmortal. He hablado de astucia; esta palabra, aquí, puede ser injusta, ya que, a esta altura de la extensa novela, don Quijote no es una ficción para Cervantes, como tampoco lo es para nosotros. Es un individuo, un mortal, un hombre que tiene que morir. Yo querría asimismo destacar en este primer párrafo palabras como fin y melancolía, palabras que de algún modo prefiguran y preparan y, casi podríamos decir, causan la muerte del héroe.

«Estos, creyendo que la pesadumbre de verse vencido y de no ver cumplido su deseo en la libertad y desencanto de Dulcinea le tenía de aquella suerte, por todas las vías posibles procuraban alegrarle, diciéndole el bachiller que se animase y levantase para comenzar su pastoral ejercicio, para el cual tenía ya compuesta una égloga, que mal año para cuantas Sanazaro había compuesto, y que ya tenía comprados de su propio dinero dos famosos perros para guardar el ganado, el uno llamado Barcino y el otro Butrón, que se los había vendido un ganadero del Quintanar.»

En este párrafo, que prepara la vuelta de don Quijote a la cordura, los otros personajes siguen viviendo, o simulan seguir viviendo, en el mundo ilusorio que abandonará don Quijote. Al recorrer este segundo párrafo, sentimos otra vez la gravitación del mundo fantástico que nos ha acompañado en el decurso de la obra. Para que esta gravitación sea más fuerte, el autor la atribuye no a don Quijote, sino a quienes siempre descreyeron de tales imaginaciones... Las últimas líneas sugieren un problema de orden metafísico. Ignoramos si los dos perros fueron «realmente» comprados por el Bachiller o si los inventó para dar valor y ánimo a don Quijote. En el primer caso, serían ficciones de primer grado; en el segundo, ficciones de segundo grado, sueños de un sueño:

«Pero no por esto dejaba don Quijote sus tristezas. Llamaron sus amigos del médico, tomóle el pulso, y no le contentó mucho, y dijo que, por sí o por no, atendiese a la salud de su alma, porque la del cuerpo corría peligro.»

Cervantes, para que creamos en la gravedad del estado de don Quijote, alega el testimonio del médico. ¿Pero quién es el médico? Un sueño más, una persona que no existía dos líneas antes. Ahora, sin embargo, por obra de aquella suspensión de la incredulidad de que habla Coleridge, nos convence de que don Quijote está realmente grave y a punto de morir.

«Oyóle don Quijote con ánimo sosegado; pero no lo oyeron así su ama, su sobrina y su escudero, los cuales comenzaron a llorar tiernamente, como si ya le tuvieran muerto delante.»

El llanto de estas personas viene a significar nuestra tristeza y también la tristeza de Cervantes, que sabe que va a separarse de ese compañero de tantos años.

«Fue el parecer del médico que melancolías y desabrimientos le acababan. Rogó don Quijote que le dejasen solo, porque quería dormir un poco.»

La frase «el parecer del médico» hace que imaginemos a éste como distinto de Cervantes. No se nos dice qué melancolías y desabrimientos estaban acabando a don Quijote; se atribuye a un tercero este parecer.

«Hiciéronlo así, y durmió de un tirón, como dicen, más de seis horas; tanto que pensaron el ama y la sobrina que se había de quedar en el sueño.»

Sabemos que el Quijote fue concebido como una larga fábula, cuyo remate tenía forzosamente que ser el desengaño del héroe. Al llegar al capítulo final, Cervantes se habrá preguntado: ¿qué inventaré para que Alonso Quijano recobre la razón y deje de ser don Quijote y vuelva a ser Alonso Quijano? ¿Qué extraña aventura idearé para sacarlo del mundo fantasmagórico que habitó tanto tiempo? ¿Qué artificio urdiré para curar a aquel a quien no curaron los azotes, las desventuras y, lo que es peor, las carcajadas del prójimo? Cervantes, sin duda, pudo haber inventado un episodio singular, pero recurrió en buena hora a algo más convincente y más misterioso: al oscuro proceso del sueño. ¿Qué nos pasa al dormir?, ¿de qué mundo desconocido regresamos al despertar? Cervantes recurre simplemente a un largo sueño, a un largo sueño en el que ocurrirá la salvación buscada.

«Despertó al cabo del tiempo dicho, y dando una gran voz, dijo: Bendito sea el poderoso Dios, que tanto bien me ha hecho. En fin, sus misericordias no tienen límites, ni las abrevian ni impiden los pecados de los hombres.»

Esta larga declaración de don Quijote, esta declaración quizás inverosímil, tiene un propósito preparatorio. Al leerla, adivinamos que don Quijote va a revelar que está curado de su locura. El hecho de que lo adivinemos nos ayuda a aceptar lo que vendrá después.

«Estuvo atenta la sobrina a las razones del tío, y pareciéronle más concertadas que él solía decirlas, a lo menos en aquella enfermedad, y preguntóle: ¿Qué es lo que vuesa merced dice, señor? ¿Tenemos algo de nuevo? ¿Qué misericordias son éstas o qué pecados de los hombres? Las misericordias, respondió don Quijote, sobrina, son las que en este instante ha usado Dios conmigo, a quien, como dije, no las impiden mis pecados.»

Aquí se declara la recuperada cordura de don Quijote y, para que ello sea más verosímil, se insinúa la posibilidad de un milagro. A esta altura de la novela, ya podemos creer en ese milagro, porque don Quijote es para nosotros no sólo un amigo querido sino también un santo.

«Yo tengo juicio ya libre y claro sin las sombras caliginosas de la ignorancia, que sobre él me pusieron mi amarga y continua leyenda de los detestables libros de las caballerías. Ya conozco sus disparates y sus embelecos, y no me pesa, sino que este desengaño ha llegado tan tarde; que no me deja tiempo para hacer alguna recompensa, leyendo otros que sean luz del alma.»

Cualquier otro autor hubiera cedido a la tentación de que don Quijote muriera en su ley, combatiendo con gigantes o paladines alucinatorios, reales para él. Almafuerte ha reprochado a Cervantes la lucidez agónica de su héroe. A ello podemos contestar que la forma de la novela exige que don Quijote vuelva a la cordura, y también que este regreso a la cordura es más patético que el morir loco. Es triste que Alonso Quijano vea en la hora de su muerte que su vida entera ha sido un error y un disparate. El sueño de Alonso Quijano cesa con la cordura y también el sueño general del libro, del que pronto despertaremos. Antes que cerremos el volumen y despertemos de ese sueño del arte, don Quijote se nos adelanta, despertando él también y volviendo como nosotros a la mera y prosaica realidad.

«Yo me siento, sobrina, a punto de muerte; querría hacerla de tal modo que diese a entender que no había sido mi vida tan mala, que dejase renombre de loco; que puesto que lo he sido, no querría confirmar esta verdad en mi muerte. Llámame, amiga, a mis buenos amigos...»

Alonso Quijano está en posesión de su cordura. No lo ha abandonado aquella virtud que lo acompañó a lo largo de sus empresas y que no fue tocada por la locura; hablo de su coraje. Está bien que ahora, ante esta aventura de lucidez, ante esta aventura final que es más tremenda que las otras, se muestre como siempre valiente. Antes se enfrentó con gigantes o con los que creía gigantes y no tuvo miedo; ahora sabe que toda su vida ha sido un engaño y no siente miedo. Cervantes, al escribir estas líneas, pudo pensar que también él estaba cerca de la muerte y que más le hubiera valido escribir libros de devoción y no de arbitraria ficción. Don Quijote se despide de sus fantásticas lecturas y viene a ser una proyección de Cervantes que se despide de su novela, también fantástica.

«...al cura, al Bachiller Sansón Carrasco y a maese Nicolás el barbero, que quiero confesarme y hacer mi testamento. Pero deste trabajo se excusó la sobrina con la entrada de los tres. Apenas los vio don Quijote cuando dijo:»

La sobrina pudo haber ido a buscar a esa gente. El autor ahorra ese trámite; las personas entran y con ello evidencian que les inquieta la suerte de don Quijote. Palabras como testamento y confesión resultan patéticas en la boca de un hombre que antes hablaba de paladines, de hechicerías y de ínsulas.

«Dadme albricias, buenos señores, de que ya no soy don Quijote de la Mancha, sino Alonso Quijano, a quien mis costumbres me dieron renombre de Bueno. Ya soy enemigo de Amadís de Gaula y de toda la infinita caterva de su linaje; ya me son odiosas todas las historias profanas de la andante caballería; ya conozco mi necedad, y el peligro en que me pusieron haberlas leído; ya por misericordia de Dios, escarmentando en cabeza propia, las abomino.»

Alonso Quijano, ahora, está solo; sabe que todas sus empresas han sido necedades y humo. Sin embargo, ni se acobarda ni se entristece; se alegra porque ha encontrado la verdad, aunque esta verdad venía a aniquilar toda su vida.

«Cuando esto le oyeron decir los tres, creyeron sin duda que alguna nueva locura le había tomado. Y Sansón le dijo: Ahora, señor don Quijote, que tenemos nueva que está desencantada la señora Dulcinea, sale vuesa merced con eso; y ahora que estamos tan a pique de ser pastores, para pasar cantando la vida como unos príncipes, ¿quiere vuesa merced hacerse ermitaño? Calle por su vida, vuelva en sí, y déjese de cuentos.»

En este párrafo hay una suerte de efecto mágico, un cambio de papeles. Ahora don Quijote está de parte de la realidad y los otros están, o fingen estar o siguen estando por inercia, de parte de la ficción.

«Los de hasta aquí, replicó don Quijote, que han sido verdaderos en mi daño, los ha de volver mi muerte con ayuda del cielo en mi provecho. Yo, señores, siento que me voy muriendo a toda priesa: déjense burlas aparte, y tráiganme un confesor que me confiese, y un escribano que haga mi testamento; que en tales trances como éste no se ha de burlar el hombre con el alma; y así suplico que en tanto que el señor cura me confiesa, vayan por el escribano.»

Un escribano y un confesor, es decir, dos personas cotidianas y prosaicas; dos personas que nada tienen que ver con el mundo de Ariosto y de las novelas de caballerías. Don Quijote vuelve a la realidad, que pronto tendrá que dejar para ser borrado o transformado por la muerte.

«Miráronse unos a otros, admirados de las razones de don Quijote, y, aunque en duda, le quisieron creer; y una de las señales por donde conjeturaron se moría, fue el haber vuelto con tanta facilidad de loco a cuerdo porque a las ya dichas razones añadió otras muchas tan bien dichas, tan cristianas y con tanto acierto, que del todo les vino a quitar la duda, y a creer que estaba cuerdo.»

Una superstición escocesa quiere que los hombres cuerdos que están ya cerca de la muerte se vuelvan un poco locos y adquieran virtudes proféticas. Aquí, inversamente, la cercanía de la muerte devuelve la razón a un loco.

«Hizo salir la gente el Cura, y quedóse solo con él y confesóle.»

Cervantes no nos dijo lo que ocurrió durante el sueño de don Quijote, aunque pudo haberlo inventado; ahora no nos dice cómo fue la confesión del héroe. Hay aquí otro intervalo de oscuridad. Estas dos ignorancias o fingidos escrúpulos del autor hacen que prestemos más fe a los otros hechos que refiere. Estos dos eclipses, estos dos intervalos de silencio, dan mayor fuerza a lo demás.

«El Bachiller fue por el escribano, y de allí a poco volvió con él y con Sancho Panza; el cual Sancho (que ya sabía por nuevas del Bachiller en qué estado estaba su señor), hallando a la Ama y a la Sobrina llorosas, comenzó a hacer pucheros y a derramar lágrimas. Acabóse la confesión y salió el Cura diciendo: Verdaderamente se muere y verdaderamente está cuerdo Alonso Quijano el Bueno; bien podemos entrar, para que haga su testamento. Estas nuevas dieron un terrible empujón a los ojos preñados de Ama, Sobrina y de Sancho Panza su buen escudero, de tal manera, que los hizo reventar las lágrimas de los ojos, y mil profundos suspiros del pecho; porque verdaderamente, como alguna vez se ha dicho, en tanto que don Quijote fue Alonso Quijano el Bueno a secas y en tanto que fue don Quijote de la Mancha, fue siempre de apacible condición y de agradable trato, y por esto no sólo era bien querido de los de su casa, sino de todos cuantos le conocían.»

Una sombra, en una de las terrazas del purgatorio, pregunta a Dante si en su patria perduran la virtud y la cortesía. Se advierte que estas dos virtudes fueron virtudes cardinales para el poeta; también lo fueron para Cervantes. Durante todo el libro hemos sido testigos del valor de Alonso Quijano; ahora se habla también de su cortesía y de la bondad que significa esa cortesía.

«Entró el escribano con los demás, y después de haber hecho la cabeza del testamento, y ordenado su alma don Quijote, con todas aquellas circunstancias cristianas que se requieren, llegando a las mandas, dijo: Item, es mi voluntad que de ciertos dineros que Sancho Panza, a quien en mi locura hice mi escudero, tiene, que porque ha habido entre él y mi ciertas cuentas, y dares y tomares, quiero que no se le haga cargo de ellos, ni se le pida cuenta alguna, sino que si sobrare alguno después de haberse pagado de lo que le debo, el restante sea suyo, que será bien poco, y buen provecho le haga...»

La lucidez de don Quijote es perfecta; don Quijote ha vivido en un mundo alucinatorio, pero ahora que vuelve al mundo real recuerda vívidamente todas las circunstancias de esa larga etapa anterior. Recuerda los dineros que debe a Sancho y quiere que se le haga justicia.

«...¡Ay!, respondió Sancho llorando: no se muera vuesa merced, señor mío, sino tome mi consejo y viva muchos años; porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir sin más ni más, sin que nadie le mate, ni otras manos le acaben que las de la melancolía. Mire, no sea perezoso, sino levántese de esa cama, y vámonos al campo vestidos de pastores, como tenemos concertado, quizá tras de alguna mata hallaremos a la señora doña Dulcinea desencantada, que no haya más que ver. Si es que se muere de pesar de verse vencido, écheme a mí la culpa, diciendo que por haber yo cinchado mal a Rocinante le derribaron, cuanto más que vuesa merced habrá visto en sus libros de caballerías ser cosa ordinaria derribarse unos caballeros a otros, y el que es vencido hoy, ser vencedor mañana.»

Estas palabras han sido curiosamente interpretadas por Unamuno, que entiende que don Quijote, al perder su locura, se la traspasa a Sancho. Más bien cabe pensar que Sancho no ha conocido a Alonso Quijano sino a don Quijote y que se ha acostumbrado a hablarle de esta manera. Está afligido porque sabe que don Quijote va a morir, y recurre a palabras y razones que antes hubieran sido eficaces y ahora no lo son. No acaba de entender que don Quijote murió durante el sueño y que ahora es vano invocar hechiceros y Dulcineas.

«Así es, dijo Sansón, y el buen Sancho Panza está muy en la verdad destos casos. Señores, dijo don Quijote, vámonos poco a poco, pues ya en los nidos de antaño no hay pájaros hogaño.» 

Algo inanalizable hay aquí: la entonación, la negligente música de Cervantes.

«Yo fui loco, y ya soy cuerdo; fui don Quijote de la Mancha, y soy ahora, como he dicho, Alonso Quijano el Bueno. Pueda con vuesas mercedes mi arrepentimiento y mi verdad volverme a la estimación que de mí se tenía, y prosiga adelante el señor escribano. Item, mando toda mi hacienda a puerta cerrada a Antonia Quijana, mi sobrina que está presente, habiendo sacado primero de lo más bien parado della lo que fuere menester para cumplir las mandas que dejo hechas; y la primera satisfacción que se haga quiero que sea pagar el salario que debo del tiempo que mi Ama me ha servido, y más veinte ducados para un vestido.»

Otra circunstancia verosímil. Mientras don Quijote ejecutaba sus irrisorias hazañas, el Ama había trabajado en su casa y no le habían pagado nunca. Esta invención de que mientras ocurre una cosa, ocurran otras que no sepamos es una de las habilidades de la novela, y está bien aquí.

«...Cerró con esto el testamento y tomándole un desmayo, se tendió de largo a largo en la cama. Alborotáronse todos, y acudieron a su remedio, y en tres días que vivió después deste donde hizo el testamento, se desmayaba muy a menudo.»

Alonso Quijano tenía que morir después de haber dicho ciertas cosas, pero haberlo hecho morir inmediatamente hubiera resultado todo un poco mecánico. Cervantes, para mayor verosimilitud, lo hace durar unos días más.

«Andaba la casa alborotada; pero con todo comía la Sobrina, brindaba el Ama y se regocijaba Sancho Panza; que esto del heredar algo borra o templa en el heredero la memoria de la pena que es razón que deje el muerto.»

Se anticipa la muerte de don Quijote en el olvido de estas personas que, sin embargo, tanto lo quieren. Don Quijote no ha muerto aún y ya están olvidándolo. Este olvido acentúa y agrava su soledad.

«En fin, llegó el último de don Quijote, después de recibidos todos los sacramentos, y después de haber abominado con muchas y eficaces razones de los libros de caballerías. Hallóse el escribano presente, y dijo que nunca había leído en ningún libro de caballerías que algún caballero andante hubiese muerto en su lecho tan sosegadamente y tan cristiano como don Quijote, el cual, entre compasiones y lágrimas de los que allí se hallaron, dio su espíritu: quiero decir que se murió.»

El libro entero ha sido escrito para esta escena, para la muerte de don Quijote. Los autores suelen cuidar el lecho de muerte de sus héroes, pero Cervantes que, según su propia declaración, no era padre sino padrastro de don Quijote, deja que éste se vaya de la vida de una manera lateral y casual, al fin de una frase. Cervantes nos da con indiferencia la tremenda noticia. Es la última crueldad de las muchas que ha cometido con su héroe; acaso esta crueldad es un pudor y Cervantes y don Quijote se entienden bien y se perdonan.


Revista de la Universidad de Buenos Aires, V época, año 1. n.1, págs. 28-36, enero-marzo 1956.
Imagen: Wald Fulgenzi 

5 may. 2011

Jorge Luis Borges - Don Quijote

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Conferencia pronunciada en la Universidad de Austin en 1968

Puede parecer una tarea estéril e ingrata discutir una vez más el tema de Don Quijote, ya que se han escrito sobre él tantos libros, bibliotecas enteras, bibliotecas aún más abundantes que la que fue incendiada por el piadoso celo del sacristán y el barbero. Sin embargo, siempre hay placer, siempre hay una suerte de felicidad cuando se habla de un amigo. Y creo que todos podemos considerar a Don Quijote como un amigo. Esto no ocurre con todos los personajes de ficción. Supongo que Agamenón y Beowulf resultan más bien distantes. Y me pregunto si el príncipe Hamlet no nos hubiera menospreciado si le hubiéramos hablado como amigos, del mismo modo en que desairó a Rosencrantz y Guildenstern. Porque hay ciertos personajes, y esos son, creo, los más altos de la ficción, a los que con seguridad y humildemente podemos llamar amigos. Pienso en Huckleberry Finn, en Mr. Pickwick, en Peer Gynt y en no muchos más.

Pero ahora hablaremos de nuestro amigo Don Quijote. Primero digamos que el libro ha tenido un extraño destino. Pues de algún modo, apenas si podemos entender por qué los gramáticos y académicos le han tomado tanto aprecio a Don Quijote. Y en el siglo XIX fue alabado y elogiado, diría yo, por las razones equivocadas. Por ejemplo, si consideramos un libro como el ejercicio de Montalvo, Capítulos que se le olvidaron a Cervantes, descubrimos que Cervantes fue admirado por la gran cantidad de proverbios que conocía. Y el hecho es que, como todos sabemos, Cervantes se burló de los proverbios haciendo que su rechoncho Sancho los repitiera profusamente. Entonces, la gente consideraba a Cervantes un escritor ornamental. Y debo decir que a Cervantes no le interesaba para nada la escritura ornamental; la escritura refinada no le agradaba demasiado, y leí en alguna parte que la famosa dedicatoria de su libro al Conde de Lemos fue escrita por un amigo de Cervantes o copiada de algún libro, ya que él mismo no estaba especialmente interesado en escribir esa clase de cosas. Cervantes fue admirado por su «buen estilo», y por supuesto las palabras «buen estilo» significan muchas cosas. Si pensamos que Cervantes nos transmitió el personaje y el destino del ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, tenemos que admitir su buen estilo, o, más bien, algo más que un buen estilo, porque cuando hablamos de buen estilo pensamos en algo meramente verbal.

Me pregunto cómo hizo Cervantes para lograr ese milagro, pero de algún modo lo logró. Y recuerdo ahora una de las cosas más notables que he leído, algo que me produjo tristeza. Stevenson dijo: «¿Qué es el personaje de un libro?». Y respondió: «Después de todo, un personaje es tan sólo una ristra de palabras».

Es cierto, y sin embargo, lo consideramos una blasfemia. Porque cuando pensamos, digamos, en Don Quijote o en Huckleberry Finn o en Peer Gynt o en Lord Jim, sin duda no pensamos en ristras de palabras. También podríamos decir que nuestros amigos están hechos de ristras de palabras y, por supuesto, de percepciones visuales. Cuando en la ficción nos encontramos con un verdadero personaje, sabemos que ese personaje existe más allá del mundo que lo creó. Sabemos que hay cientos de cosas que no conocemos, y que sin embargo existen. De hecho, hay personajes de ficción que cobran vida en una sola frase. Y tal vez no sepamos demasiadas cosas sobre ellos, pero, especialmente, lo sabemos todo. Por ejemplo, ese personaje creado por el gran contemporáneo de Cervantes. Shakespeare: Yorick; el pobre Yorick, es creado, diría, en unas pocas líneas. Cobra vida. No volvemos a saber nada de él, y sin embargo sentimos que lo conocemos. Y tal vez, después de leer Ulises, conocemos cientos de cosas, cientos de hechos, cientos de circunstancias acerca de Stephen Dedalus y de Leopold Bloom. Pero no los conocemos como a Don Quijote, de quien sabemos mucho menos.

Ahora voy al libro mismo. Podemos decir que es un conflicto entre los sueños y la realidad. Esta afirmación es, por supuesto, errónea, ya que no hay causa para que consideremos que un sueño es menos real que el contenido del diario de hoy o que las cosas registradas en el diario de hoy. No obstante, como debemos hablar de sueños y realidad, porque también podríamos, pensando en Goethe, hablar de Wahrheit und Dichtung, de verdad y poesía. Pero cuando Cervantes pensó escribir este libro, supongo que consideró la idea del conflicto entre los sueños y la realidad, entre las proezas consignadas en los romances que Don Quijote leyó y que fueron tomadas del Matière de Bretagne, del Matière France y demás y la monótona realidad de la vida española a principios del siglo XVII. Y encontramos este conflicto en el título mismo del libro. Creo que, tal vez, algunos traductores ingleses se han equivocado al traducir El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha como The ingenious knight: Don Quijote de la Mancha, porque las palabras «Knight» y «Don» son lo mismo. Yo diría tal vez «the ingenious country gentleman», y allí está el conflicto.

Pero, por supuesto, durante todo el libro, especialmente en la primera parte, el conflicto es muy brutal y obvio. Vemos a un caballero que vaga en sus empresas filantrópicas a través de los polvorientos caminos de España, siempre apelado y en apuros. Además de eso, encontramos muchos indicios de la misma idea. Porque por supuesto, Cervantes era un hombre demasiado sabio como para no saber que, aun cuando opusiera los sueños y la realidad, la realidad no era, digamos, la verdadera realidad, o la monótona realidad común. Era una realidad creada por él; es decir, la gente que representa la realidad en Don Quijote forma parte del sueño de Cervantes tanto como Don Quijote y sus infladas ideas de la caballerosidad, de defender a los inocentes y demás. Y a lo largo de todo el libro hay una suerte de mezcla de los sueños y la realidad.

Por ejemplo, se puede señalar un hecho, y me atrevo a decir que ha sido señalado con mucha frecuencia, ya que se han escrito tantas cosas sobre Don Quijote. Es el hecho de que, tal como la gente habla todo el tiempo del teatro en Hamlet, la gente habla todo el tiempo de libros en Don Quijote. Cuando el párroco y el barbero revisan la biblioteca de Don Quijote, descubrimos, para nuestro asombro, que uno de los libros ha sido escrito por Cervantes, y sentimos que en cualquier momento el barbero y el párroco pueden encontrarse con un volumen del mismo libro que estamos leyendo. En realidad eso es lo que pasa, tal vez lo recuerden, en ese otro espléndido sueño de la humanidad, el libro de Las mil y una noches. Pues en medio de la noche Scherezade empieza a contar distraídamente una historia y esa historia es la historia de Scherezade. Y podríamos seguir hasta el infinito. Por supuesto, esto se debe a, bueno, a un simple error del copista que vacila ante ese hecho, si Scherezade contando la historia de Scherezade es tan maravilloso como cualquier otro de los maravillosos cuentos de las Noches.

Además, también tenemos en Don Quijote el hecho de que muchas historias están entrelazadas. Al principio podemos pensar que se debe a que Cervantes puede haber pensado que sus lectores podrían cansarse de la compañía de Don Quijote y de Sancho y entonces trató de entretenerlos entrelazando otras historias. Pero yo creo que lo hizo por otra razón. Y esa otra razón sería que esas historias, la Novela del curioso impertinente, el cuento del cautivo y demás, son otras historias. Y por eso está esa relación de sueños y realidad, que es la esencia del libro. Por ejemplo, cuando el cautivo nos cuenta su cautiverio, habla de un compañero. Y ese compañero, se nos hace sentir, es finalmente nada menos que Miguel de Cervantes Saavedra, que escribió el libro. Así hay un personaje que es un sueño de Cervantes y que, a su vez, sueña con Cervantes y lo convierte en un sueño. Después, en la segunda parte del libro, descubrimos, para nuestro asombro, que los personajes han leído la primera parte y que también han leído la imitación del libro que ha escrito un rival. Y no escatiman juicios literarios y se ponen del lado de Cervantes. Así que es como si Cervantes estuviera todo el tiempo entrando y saliendo fugazmente de su propio libro y, por supuesto, debe haber disfrutado mucho de su juego.

Por supuesto, desde entonces otros escritores han jugado ese juego (permítanme que recuerde a Pirandello) y también una vez lo ha jugado uno de mis escritores favoritos, Henrik Ibsen. No sé si recordarán que al final del tercer acto de Peer Gynt hay un naufragio. Peer Gynt está a punto de ahogarse. Está por caer el telón. Y entonces Peer Gynt dice: «Después de todo, nada puede ocurrirme, porque, ¿cómo puedo morir al final del tercer acto?». Y encontramos un chiste similar en uno de los prólogos de Bernard Shaw. Dice que de nada le serviría a un novelista escribir «se le llenaron los ojos de lágrimas, pues vio que a su hijo sólo le quedaban unos pocos capítulos de vida». Y yo diría que fue Cervantes quien inventó este juego. Salvo que, por supuesto, nadie inventa nada, porque siempre hay algunos malditos antecesores que han inventado muchísimas cosas antes que nosotros.

Entonces tenemos en Don Quijote un doble carácter. Realidad y sueño. Pero al mismo tiempo Cervantes sabía que la realidad estaba hecha de la misma materia que los sueños. Es lo que debe haber sentido. Todos los hombres lo sienten en algún momento de su vida. Pero él se divirtió recordándonos que aquello que tomamos como pura realidad era también un sueño. Y así todo el libro es una suerte de sueño. Y al final sentimos que, después de todo también nosotros podemos ser un sueño.

Y hay otro hecho que me gustaría recordarles: cuando Cervantes habló de La Mancha, cuando habló de los caminos polvorientos, de las posadas de España a principios del siglo XVII, pensaba en ellas como cosas aburridas, como cosas muy ordinarias. Algo muy semejante sentía Sinclair Lewis al hablar de Main Street, y cosas así. Y sin embargo ahora palabras como La Mancha tienen una significación romántica porque Cervantes se burló de ellas.

Y hay otro hecho que me gustaría recordarles. Cervantes, como él mismo dijo dos o tres veces, quería que el mundo olvidara los romances de caballería que él acostumbraba leer. Y sin embargo si hoy se recuerdan nombres tales como Palmerín de Inglaterra, Tirant lo Blanc, Amadís de Gaula y otros, es porque Cervantes se burló de ellos. Y de algún modo esos nombres ahora son inmortales. Entonces uno no debe quejarse si la gente se ríe de nosotros, porque por lo que sabemos, esa gente puede inmortalizarnos con su risa.

Por supuesto, no creo que tengamos la suerte de que se ría de nosotros un hombre como Cervantes. Pero seamos optimistas y pensemos que podría ocurrir.

Y ahora llegamos a otra cosa. Algo que es tal vez tan importante como otros hechos que ya les he recordado. Bernard Shaw dijo que un escritor sólo podía tener tanto tiempo como el que le diera su poder de convicción. Y, en el caso de Don Quijote, creo que todos estamos seguros de conocerlo. Creo que no hay duda posible de nuestra convicción en cuanto a su realidad. Por supuesto, Coleridge escribió sobre una voluntaria suspensión del descreimiento. Ahora me gustaría entrar en detalles acerca de mi afirmación.

Creo que todos nosotros creemos en Alonso Quijano. Y, por raro que parezca, creemos en él desde el primer momento en que nos es presentado. Es decir, desde la primera página del primer capítulo. Y sin embargo, cuando Cervantes lo presentó ante nosotros, supongo que sabía muy poco de él. Cervantes debe haber sabido tan poco como nosotros. Debe haber pensado en él como héroe, o como el eje de una novela de humor, pero no se ve ningún intento de entrar en lo que podríamos llamar su psicología. Por ejemplo, si otro escritor hubiera tomado el tema de Alonso Quijano, o de cómo Alonso Quijano se volvió loco por leer demasiado, hubiera entrado en detalles acerca de su locura. Nos hubiera mostrado el lento oscurecimiento de su razón. Nos hubiera mostrado cómo todo empezó con una alucinación, cómo al principio jugó con la idea de ser un caballero errante, cómo por fin se lo tomó en serio, y tal vez todo eso no le hubiera servido de nada a ese escritor. Pero Cervantes meramente nos dice que se volvió loco. Y nosotros le creemos.

Ahora bien, ¿qué significa creer en Don Quijote? Supongo que significa creer en la realidad de su personaje, de su mente. Porque una cosa es creer en un personaje, y otra muy diferente es creer en la realidad de las cosas que le ocurrieron. En el caso de Shakespeare es muy claro. Supongo que todos creemos en el príncipe Hamlet, que todos creemos en Macbeth. Pero no estoy seguro de que las cosas ocurrieran tal como Shakespeare nos cuenta en la corte de Dinamarca, ni tampoco que creemos en las tres brujas de Macbeth.

En el caso de Don Quijote, estoy seguro de que creemos en su realidad. No estoy seguro -tal vez sea una blasfemia, pero después de todo, estamos hablando entre amigos, les estoy hablando a todos ustedes; es algo diferente, ¿no?, estoy hablando en confianza-, no estoy del todo seguro de que creo en Sancho como creo en Don Quijote. Pues a veces siento que pienso en Sancho como un mero contraste de Don Quijote. Y después están los otros personajes. Me parece que creo en Sansón Carrasco, creo en el cura, en el barbero, tal vez en el duque, pero después de todo no tengo que pensar mucho en ellos, y cuando leo Don Quijote tengo una sensación extraña. Me pregunto si compartirán esta sensación conmigo. Cuando leo Don Quijote, siento que esas aventuras no están allí por sí mismas. Coleridge comentó que cuando leemos Don Quijote nunca nos preguntamos «¿y ahora qué sigue?», sino que nos preguntamos qué ocurrió antes, y que estamos más dispuestos a releer un capítulo que a continuar con uno nuevo.

¿Cuál es la causa? La causa, supongo, es que sentimos, al menos yo siento, que las aventuras de Don Quijote son meros adjetivos de Don Quijote. Es una argucia del autor para que conozcamos profundamente al personaje. Es por eso que libros como La ruta de Don Quijote, de Azorín, o la Vida de Don Quijote y Sancho de Unamuno, nos parecen de algún modo innecesarios. Porque toman las aventuras o la geografía de las historias demasiado en serio. Mientras que nosotros realmente creemos en Don Quijote y sabemos que el autor inventó las aventuras para que nosotros pudiéramos conocerlo mejor.

Y no sé si esto no es cierto con respecto a toda la literatura. No sé si podemos encontrar un solo libro, un buen libro, del que aceptemos el argumento aunque no aceptemos a los personajes. Creo que eso no ocurre nunca, creo que para aceptar un libro tenemos que aceptar a su personaje central. Y podemos pensar que estamos interesados en las aventuras, pero en realidad estamos más interesados en el héroe. Por ejemplo, aun en el caso de otro gran amigo nuestro -y le pido disculpas a él y ustedes por no haberlo mencionado-, Mr. Sherlock Holmes, no sé si creemos verdaderamente en El perro de los Baskerville. No lo creo, al menos yo creo en Sherlock Holmes, creo en el Dr. Watson, creo en esa amistad.

Y lo mismo ocurre con Don Quijote. Por ejemplo, cuando cuenta las extrañas cosas que vio en la cueva de Montesinos. Y sin embargo, yo siento que él es un personaje muy real. Las historias no tienen nada especial, no se ve ninguna ansiedad especial en la urdimbre que las une, pero son, en cierto sentido, como espejos, como espejos en los que podemos ver a Don Quijote. Y sin embargo, al final, cuando él vuelve, cuando vuelve a su pueblo natal para morir, sentimos lástima de él porque tenemos que creer en esa aventura. El siempre había sido un hombre valiente. Fue un hombre valiente cuando le dijo estas palabras al caballero enmascarado que lo derribó: «Dulcinea del Toboso es la dama más bella del mundo, y yo el más miserable de los caballeros». Y sin embargo, al final, descubrió que toda su vida había sido una ilusión, una necedad, y murió de la manera más triste del mundo, sabiendo que había estado equivocado.

Ahora llegamos a lo que tal vez sea la escena más grande de ese gran libro: la verdadera muerte de Alonso Quijano. Tal vez sea una lástima que sepamos tan poco de Alonso Quijano. Sólo nos es mostrado en una o dos páginas antes de que se vuelva loco. Y sin embargo, tal vez no sea una lástima, porque sentimos que sus amigos lo abandonaron. Y entonces también podemos amarlo. Y al final, cuando Alonso Quijano descubre que nunca ha sido Don Quijote, que Don Quijote es una mera ilusión, y que está por morirse, la tristeza nos arrasa, y también a Cervantes.

Cualquier otro escritor hubiera cedido a la tentación de escribir un «pasaje florido». Después de todo, debemos pensar que Don Quijote había acompañado a Cervantes muchos años. Y, cuando le llega el momento de morir, Cervantes debe haber sentido que se estaba despidiendo de un viejo y querido amigo. Y, si hubiera sido peor escritor, o tal vez si hubiera sentido menos pena por lo que estaba pasando, se hubiera lanzado a una «escritura florida».

Ahora estoy al borde de la blasfemia, pero creo que cuando Hamlet está por morir, creo que tendría que haber dicho algo mejor que «el resto es silencio». Porque eso me impresiona como escritura florida y bastante falsa. Amo a Shakespeare, lo amo tanto que puedo decir estas cosas de él y esperar que me perdone. Pero bien, también diré: Hamlet, «el resto es silencio»... no hay otro que pueda decir eso antes de morir. Después de todo, era un dandy y le encantaba lucirse.

Pero en el caso de Don Quijote, Cervantes se sintió tan sobrecogido por lo que estaba ocurriendo que escribió: «El cual entre suspiros y lágrimas de quienes lo rodeaban», y no recuerdo exactamente las palabras, pero el sentido es «dio el espíritu, quiero decir que se murió». Ahora bien, supongo que cuando Cervantes releyó esa oración debe haber sentido que no estaba a la altura de lo que se esperaba de él. Y sin embargo, también debe haber sentido que se había producido un gran milagro. De algún modo sentimos que Cervantes lo lamenta mucho, que Cervantes está tan triste como nosotros. Y por eso se le puede perdonar una oración imperfecta, una oración tentativa, una oración que en realidad no es imperfecta ni tentativa sino un resquicio a través del cual podemos ver lo que él sentía.

Ahora, si me hacen algunas preguntas trataré de responderlas. Siento que no he hecho justicia al tema, pero después de todo, estoy un poco conmovido. He vuelto a Austin después de seis años. Y tal vez ese sentimiento ha superado lo que siento por Cervantes y por Don Quijote. Creo que los hombres seguirán pensando en Don Quijote porque después de todo hay una cosa que no queremos olvidar: una cosa que nos da vida de tanto en tanto, y que tal vez nos la quita, y esa cosa es la felicidad. Y, a pesar de los muchos infortunios de Don Quijote, el libro nos da como sentimiento final la felicidad. Y sé que seguirá dándoles felicidad a los hombres. Y para repetir una frase trillada y famosa, pero por supuesto todas las expresiones famosas se vuelven trilladas: «Algo bello es una dicha eterna». Y de algún modo Don Quijote -más allá del hecho de que nos hemos puesto un poco mórbidos, de que todos hemos sido sentimentales con respecto a él-  es esencialmente una causa de dicha. Siempre pienso que una de las cosas felices que me han ocurrido en la vida es haber conocido a Don Quijote.

Imagen: © Horacio Villalobos/Corbis


1 oct. 2009

Heinrich Heine – Prólogo a Don Quijote

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Heinrich Heine El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, escrito por Miguel de Cervantes Saavedra[1], fue el primer libro que leí tras haber alcanzado una edad juvenil razonable y dominar de alguna forma los rudimentos de la lectura[2]. Aún recuerdo como si fuera hoy aquella edad temprana, cuando una buena mañana me escapé furtivamente de la casa y me fui corriendo al parque del palacio, para poder leer allí el Don Quijote sin ser molestado. Era un hermoso día de verano; en la incipiente y serena luz de la madrugada yacía la primavera floreciente, y escuchaba las alabanzas del ruiseñor y sus dulces zalamerías, y éste entonaba sus cánticos halagadores con tan cadenciosa ternura, con tanto entusiasmo embriagador, que hasta los retoños más escuálidos se abrían, los hierbajos voluptuosos y los escasos rayos de sol se besaban ardientemente, y árboles y flores se estremecían de placer. Pero yo me senté en un banco de piedra musgoso, en la llamada Avenida de los Suspiros, no lejos de la cascada, regocijando mi corazón de niño con las aventuras portentosas del intrépido caballero. En mi simplicidad infantil, todo lo tomé por cierto; y por muy en ridículo que le dejasen los acontecimientos al pobre caballero, pensaba yo que esto tendría que ser así, que el ser escarnecido era algo tan propio de la heroicidad como las heridas del cuerpo, las que tanto me acongojaban, que en mi alma las sentía. Era un niño, y no sabía de la ironía que Dios había creado en el mundo y que el gran poeta había imitado en su pequeño mundo impreso, así que derramé las lágrimas más amargas cuando el noble caballero sólo recibía ingratitud y palos por su hidalguía. Y como quiera que yo, no habituado todavía a la lectura, pronunciaba en voz alta cada palabra, aves y árboles, riachuelo y flores todo lo escuchaban; como esas inocentes criaturas de la Naturaleza, igual que los niños, nada saben de la ironía del mundo, todo lo tomaban igualmente por cierto y lloraban conmigo por los sufrimientos del pobre caballero; hasta un roble viejo y honorable sollozaba, y la catarata sacudía violentamente sus barbas blancas y parecía censurar la perversidad del mundo. Sentíamos que lo heroico del caballero no era menos digno de admiración porque el león, sin ganas de luchar, le diese la espalda[3], y que sus hazañas eran tanto más gloriosas cuanto más débil y escuálido era su cuerpo, cuanto más mohosa fuera la armadura que le protegía y cuanto más miserable fuese el rocín que le llevaba. Despreciábamos a la baja plebe, que engalanada de coloreados mantos de seda, educada dicción y títulos de duques, se mofaba de un hombre que era muy superior en facultades mentales y en sentido del honor. El caballero de Dulcinea alcanzaba escalones cada vez más altos en mi admiración y se hacía cada vez más merecedor de mi amor cuanto más leía en ese libro maravilloso, cosa que ocurrió diariamente en aquel mismo parque, de tal suerte que llegué en el otoño al final de la historia; y nunca olvidaré el día en que leí lo de aquel triste combate, que tan vergonzosamente perdió el caballero.

Era un día nublado, feos nubarrones surcaban el cielo grisáceo, las hojas secas caían dolorosamente de los árboles, gruesas gotas de lágrimas pendían de las últimas flores, las que, tristes y marchitas, dejaban caer sus cabezas moribundas; hacía ya tiempo que habían callado los ruiseñores, por doquier fijaba en mí su mirada la imagen de lo perecedero, y casi se me partió el alma cuando leí que el bravo caballero, molido y aturdido, rodaba por los suelos, y que, sin alzarse la visera, como si hablara dentro de una tumba, con voz debilitada y enferma, dijo: «Dulcinea del Toboso es la más hermosa mujer del mundo, y yo el más desdichado caballero de la tierra, y no es bien que mi flaqueza defraude esta verdad. Aprieta, caballero, la lanza, y quítame la vida, pues me has quitado la honra[4]

¡Ay, aquel reluciente caballero de la Blanca Luna, que derrotó al hombre más valiente e hidalgo del mundo, era un barbero disfrazado[5]!

Ya va para ocho años que escribí estas líneas para la parte IV de los Cuadros de viaje; describía en ellas la impresión que le había causado a mi espíritu, hace muchísimo tiempo, la lectura del Quijote. ¡Dios del cielo, qué rápidos pasan los años! Me parece que hubiese sido ayer cuando acabé de leer el libro en la Avenida de los Suspiros del parque del palacio de Dusseldorf, y mi corazón aún tiembla de deslumbramiento por las hazañas y padecimientos del gran caballero. ¿Permaneció equilibrada mi alma durante todo ese tiempo, o tras una transmutación maravillosa tornó a los sentimientos de la niñez? Lo último ha de ser el caso, pues recuerdo que en cada lustro de mi vida he leído el Quijote, experimentando los más variados y diversos sentimientos. Cuando alcancé los años mozos y hundí mis manos carentes de experiencia en los rosales de la vida, escalando los más altos picos, para encontrarme más cerca del sol, no soñando en las noches más que con águilas y vírgenes inmaculadas, el Don Quijote me resultaba un libro muy importuno, que solía echar, molesto, a un lado, cuando se interponía en mi camino.

Años más tarde, cuando me hice hombre, me reconcilié en cierta manera con el desdichado campeador de Dulcinea, y comencé a reírme de él. «El tipo es un loco», me decía. Y sin embargo, de una manera extraña, me seguían por todos los viajes de mi vida las imágenes del escuálido caballero y de su gordo escudero; sobre todo, cuando llegué a una triste encrucijada[6]. Recuerdo perfectamente una mañana, encontrándome de viaje hacia Francia, cuando desperté de una duermevela febril; allí vi, envueltas en la niebla mañanera y cabalgando a amos lados de mi coche, a dos figuras que me eran muy conocidas; la una de ellas, a mi derecha, era don Quijote de la Mancha, montado en su Rocinante abstracto; y la otra, a mi izquierda, era Sancho panza sobre su asno positivo. Acabábamos de pasar la frontera francesa. El hidalgo manchego inclinó respetuosamente la cabeza ante la bandera tricolor, que nos saludaba ondeante desde lo alto del poste fronterizo; el buen Sancho saludó con una inclinación algo más fría a los primeros gendarmes franceses, que aparecieron no muy lejos de nosotros; finalmente, ambos amigos se adelantaron al galope, yo los perdí de vista, y sólo de vez en cuando escuchaba los relinchos entusiasmados de Rocinante y los rebuznos afirmativos del burro. Para aquel entonces sustentaba la opinión de que la ridiculez del quijotismo consistía en que el hidalgo caballero había querido revivir un pasado ya largamente muerto, por lo que sus pobres músculos, y en especial sus espaldas, se veían confrontadas con la realidad en dolorosos roces. ¡Ay!, he aprendido desde entonces que no es más que ingrata locura querer introducir el futuro demasiado pronto en el presente, poseyendo en esa lucha contra los poderosos intereses cotidianos tan sólo un rocín escualidísimo, una armadura muy mohosa y un cuerpo muy endeble. Al igual que contra aquellas figuras, también contra esta forma de quijotismo sacude el sabio su cabeza razonante... Y sin embargo, Dulcinea del Toboso sigue siendo la mujer más bella del mundo; aun cuando me encuentre miserablemente revolcado en el suelo, nunca me retractaré de esa afirmación, no puedo actuar de otro modo, ¡aprieta tu lanza, caballero de la Blanca Luna, disfrazado aprendiz de barbero!

¿Qué pensamiento fundamental movía al gran Cervantes al escribir su gran obra? ¿Pretendía la ruina de las novelas de caballería, cuya lectura ejercía una influencia tan grande en la España de Cervantes, que tanto las ordenanzas divinas como las terrenas eran impotentes ante ella? ¿O quería poner en ridículo todas las manifestaciones del entusiasmo humano, en general, y la heroicidad de los caudillos de espada, en particular? Es evidente que deseaba hacer una sátira de las mencionadas novelas, a las que condenaba, mediante el esclarecimiento de sus absurdidades, al hazmerreír general y, por lo tanto, al ocaso. Esto lo logró de la manera más brillante, pues lo que no logran ni las advertencias del canciller ni las amenazas de la cancillería, lo realiza un pobre escritor con su pluma: acaba con ellos de manera tan definitiva, que poco después de la aparición del Quijote se pierde el gusto en toda España por aquellos libros, no volviéndose a imprimir ni uno solo de ellos. Pero la pluma del genio siempre es más grande que él mismo, y sin ser completamente consciente de ello, escribió Cervantes la mayor de las sátiras contra el entusiasmo humano. Nunca él mismo intuyó esto, ese héroe que había pasado la mayor parte de su vida en luchas caballerescas, y que todavía se alegra, en los últimos años de su vida, de haber combatido en la batalla de Lepanto, aun cuando esta gloria le hubiese costado la pérdida de la mano izquierda.

Sobre la persona y las condiciones de vida del poeta que escribió el Don Quijote poco saben contar los biógrafos. No perdemos gran cosa con tal falta de noticias, las que suelen ser recogidas, por lo común, entre las comadres de la vecindad; y éstas tan sólo ven la envoltura, mientras que nosotros, sin embargo, vemos al hombre mismo, su figura auténtica, fiel e incalumniada.

Fue hombre guapo y fornido don Miguel de Cervantes Saavedra. Ancha su frente y grande su corazón. Maravilloso era el hechizo de su mirada. Al igual que hay gentes que miran a través de la tierra y que pueden ver los tesoros o los cadáveres en ésta oculta, así penetraba el ojo del gran poeta en el pecho de los hombres y veía claramente lo que en él se escondía. Para los buenos era su mirada un rayo de sol, que iluminaba alegremente lo le llevaban dentro; para los malos era su mirada una espada que cercenaba cruelmente sus sentimientos. Su mirada penetraba inquisidoramente en el alma de cualquier hombre, hablaba con ella, y si ésta no quería responder, la torturaba, y el alma yacía chorreando sangre por el tormento, mientras que su envoltura corporal daba muestras, quizás, de una distinción arrogante.

No es, pues, ningún milagro que muchas gentes cobrasen antipatía por ello y que sólo le ayudaran muy miserablemente en su carrera terrenal. Tampoco logró alcanzar nunca ni honores ni bienes, y de sus penosas peregrinaciones no trajo ninguna perla a la casa, sino tan sólo conchas vacías. Se dice que no supo apreciar el valor del dinero, pero yo os aseguro que sabía aquilatar muy bien el valor del dinero, por cuanto no lo tuvo. Pero nunca lo valoró en tan alto grado como su honra. Tuvo deudas, y en una carta compuesta por él, que fue impuesta al poeta por Apolo, decreta el primer parágrafo que cuando un poeta asegura carecer de dinero, hay que creer fielmente en sus palabras y no exigirle que preste juramento. Le gustaban la música, las flores y las mujeres. Pero también en el amor por estas últimas le fue extraordinariamente mal, sobre todo en sus años mozos. ¿Pudo consolarle suficientemente en su juventud la conciencia de su grandeza futura, cuando las melindrosas rosas le herían con sus espinas?

En cierta ocasión, en una alegre tarde de verano, él, todavía un joven mozo, fue a pasear a orillas del Tajo[7] con una hermosa chica de dieciséis años, que se burlaba continuamente de su dulzura. El sol aún no se había puesto, ardía aún con magnificencia exquisita, pero arriba, en el firmamento, ya estaba la luna, diminuta y pálida, como una nubécula blanca.

— ¿Ves? —le dijo el joven poeta a su amada—. ¿Ves allá arriba ese disco pequeño y blanquecino? Este río junto a nosotros, en el que se refleja, parece transportar tan sólo por compasión esa triste imagen en sus turbulentas aguas, y las enfurecidas olas lo arrojan a veces, sarcásticamente, a la orilla. Pero ¡dejemos maldecir al día caduco! En cuanto reinen las tinieblas, aquel pálido disco en las alturas despedirá fuego, con más y más grandeza, iluminará con su luz a todo el río, y las olas, tan despectivamente arrogantes hasta ahora, temblarán ante la presencia de ese astro luminoso y flotarán sensualmente hacia él.

En las obras de los poetas hay que buscar la historia de su vida; aquí encontramos sus confesiones más secretas. Por doquier, pero mucho más en el Quijote que en sus dramas, vemos lo que he apuntado: que Cervantes fue soldado durante mucho tiempo.

Efectivamente, la sentencia romana «¡Vida Significa guerra!» puede serle aplicada doblemente. Como simple soldado, combatió en la mayoría de aquellos salvajes juegos de armas que fueron celebrados en todos los países por el rey Felipe II para gloria de Dios y para diversión propia. Este hecho, el que Cervantes haya dedicado toda su juventud a las grandes luchas del catolicismo, el que haya combatido personalmente por los intereses católicos, deja entrever que sentía esos intereses en lo más profundo de su pecho y refuta así la opinión tan extendida de que sólo el miedo a la Inquisición le impidió exponer sus pensamientos protestantes en el Quijote. No, Cervantes fue un hijo fiel de la Iglesia romana, y no sólo derramó sangre su cuerpo por su bandera amada, sino que sufrió con toda su alma el más penoso de los martirios que imaginarse quepa durante su largo cautiverio entre los infieles.

A la casualidad debemos más detalles sobre la vida de Cervantes en Argelia, y aquí reconocemos en el gran poeta a un héroe igualmente grande. La historia de su cautiverio refuta de la manera más brillante la mentira melódica de aquel acicalado hombre de mundo que convenció al emperador Augusto y a todos los pedantes alemanes de que, al ser poeta, era cobarde como todos los poetas[8]. Pues, ¡no!, el poeta auténtico es también un héroe auténtico, y la paciencia anida en su pecho; la cual, como dicen los españoles, es una doble valentía. No existe espectáculo más excelso que la presencia de aquel hidalgo castellano que le sirvió de esclavo en Argelia a Dali Mamí, de aquel hidalgo que siempre luchó por su liberación, que preparó incansablemente sus atrevidos planes y que, cuando fracasaba en la empresa, antes soportaría la muerte y el tormento que decir una sola sílaba comprometedora sobre sus compañeros. El amo sanguinario de su cuerpo se encuentra desarmado ante tanta virtud y gallardía, el tigre se compadece del león encadenado y tiembla ante el terrible manco, a quien puede enviar, sin embargo, a la muerte con una sola palabra suya.

Bajo el nombre de «el manco» es conocido Cervantes en toda Argelia, y el bey ha de confesar que solo puede dormir tranquilo y saber a salvo su ejército y sus esclavos cuando el manco se halla a buen recaudo.

He dicho que Cervantes no pasó de ser un simple soldado, pero como hasta en esa posición subordinada llegó a distinguirse y su gran jefe, don Juan de Austria, hubo de fijarse en él, recibió, cuando se disponía a regresar a España desde Italia, certificados de alabanza dirigidos al rey en los le se recomendaba muy expresamente su ascenso. Y cuando los corsarios argelinos, que lo apresaron en el mar Mediterráneo, vieron la carta, lo tuvieron por una persona de gran alcurnia y exigieron por lo un elevado rescate, lo que impidió a su familia, pese a sacrificios y esfuerzos, comprar su libertad, quedando así el pobre poeta tanto más tiempo y con tan más grande martirio en el cautiverio. Y de este modo, hasta el reconocimiento de su superioridad se convirtió para él en fuente de infelicidad, por lo que hasta el final de sus días, la diosa Fortuna, esa mujer cruel, se burló de él, ya que no podía perdonarle al genio el haber alcanzado sin su protección honor y gloria.

Pero la infelicidad del genio ¿es siempre solamente la obra de la casualidad ciega o surge necesariamente de su propia naturaleza interna y del contexto que lo rodea? ¿Entra en lucha su alma con la realidad o es la cruda realidad la que emprende un desigual combate con su alma hidalga?

La sociedad es una república. Cuando el individuo aislado trata de elevarse por encima de ella, la mayoría lo rechaza mediante el ridículo y la difamación. A nadie le es permitido ser más virtuoso y más inteligente que los demás. Pero quien destaca, por el poder invencible de su genio, por sobre la medida trivial de la comunidad, ha de sufrir el ostracismo por parte de la comunidad, la que le persigue con el escarnio inclemente y la difamación, obligándole a retirarse a la soledad de sus pensamientos.

Y es que la sociedad es republicana por su esencia. Toda grandeza le es odiosa, tanto la espiritual como la material. Esta última se apoya, por lo común, sobre la primera más de lo que se sospecha comúnmente. A esta opinión tuvimos que llegar poco después de la revolución de julio, cuando el espíritu del republicanismo se manifestó en todas las relaciones sociales. Los laureles de un gran poeta les resultaban tan odiosos a nuestros republicanos como la púrpura de un gran rey. Quisieron acabar también con las diferencias intelectuales entre los hombres, considerando propiedad común burguesa todos los pensamientos que surgían del territorio estatal, por lo que no les quedó más remedio que decretar la igualdad en el estilo. Y de hecho, un estilo pulido fue condenado como algo aristocrático, y muchas veces tuvimos que oír la afirmación de que un demócrata auténtico ha de escribir como el pueblo: llanamente y perfectamente mal. La mayoría de las personas lograron esto con gran facilidad, pero no a cada quien le es dado el escribir mal, sobre todo cuando uno se ha acostumbrado a la pureza del estilo, y esto conducía inmediatamente a la sentencia: Ese es un aristócrata, un amante de las formas, un amigo de las artes, un enemigo del pueblo.» Con certeza que eran honrados en su opinión, al igual que san Jerónimo, quien consideraba pecado el tener un buen estilo, disciplinándose a conciencia por ello.

Al igual que no encontramos alusiones anticatólicas en el Quijote, tampoco las hay antiabsolutistas. Algunos críticos, que pretenden intuir cosas por el estilo, se hallan equivocados. Cervantes fue hijo de la escuela que hasta idealizaba poéticamente la obediencia incondicional al soberano. Y este soberano fue rey de España en una época en la que Su Majestad brillaba en el mundo entero. El simple soldado se sentía envuelto en los rayos luminosos de aquella majestad y sacrificaba gustosamente su libertad individual por la satisfacción del orgullo nacional castellano.

La grandeza política de España en aquel tiempo no pudo menos que contribuir a elevar y a ampliar el sentir de un escritor. También en el espíritu de un poeta español no se ponía el sol, al igual que en el imperio de Carlos V. Los combates sangrientos contra los moriscos habían terminado, y al igual que después de una tormenta suelen esparcir las flores sus más embriagadores perfumes, así florece siempre la poesía, en su expresión más excelsa, tras una guerra civil. Podemos apreciar el mismo fenómeno en la Inglaterra de la reina Isabel II, y al mismo tiempo que en España, surgía allí un movimiento poético que nos lleva a comparaciones asombrosas. Allí vemos a Shakespeare, y aquí a Cervantes, en lo más glorioso de ese movimiento.

Al igual que los poetas españoles bajo los Austria, tienen también los ingleses bajo Isabel II un cierto aire familiar, y ni Shakespeare ni Cervantes pueden pretender originalidad, tal como hoy la concebimos. No se diferencian en modo alguno de sus contemporáneos por sentimientos y pensamientos especiales, ni por una peculiar fuerza de expresión, sino solamente por su mayor profundidad, por sus cualidades de sensibilidad, ternura y fuerza más desarrolladas. Sus escritos se adentran más en el éter de la poesía.

Pero ambos poetas no eran sólo lo más florido de su tiempo, eran también las raíces del futuro. Y así como hemos de ver en Shakespeare el fundador del posterior arte dramático, mediante la influencia de sus obras, en Alemania y la Francia actual, por ejemplo, así hemos de venerar en Cervantes al fundador de la novela moderna. Y al particular me permito algunas observaciones ligeras.

La novela antigua, la llamada novela de caballerías, surge de la poesía medieval; fue al principio un arreglo en prosa de aquellos poemas épicos cuyos héroes encontramos en los círculos legendarios de Carlomagno y del santo Grial; el argumento estaba siempre basado en aventuras caballerescas. Era la novela de la nobleza, y los personajes que en ella aparecían eran o bien productos fantásticos de la fantasía o caballeros de lanza y espada; por ninguna parte encontramos rastro alguno del pueblo. Cervantes, con su Quijote, derrocó esas novelas de caballería. Pero al escribir una sátira, que acababa con las viejas novelas, nos ofrecía el paradigma de un nuevo arte poético, que llamamos novela moderna. Es así como actúan siempre los grandes poetas; al destruir lo viejo, fundan al mismo tiempo algo nuevo. No niegan nunca sin afirmar algo. Cervantes funda la novela moderna al introducir en la novela de caballerías la descripción fiel de las clases bajas, al mezclar en ella la vida del pueblo. La tendencia a describir la conducta del populacho más bajo y de la hez más despreciable de la sociedad no sólo se encuentra en Cervantes, sino en todos sus literatos contemporáneos; y al igual que entre los poetas, la observamos también entre los pintores de la España de entonces; un Murillo, que le quita al cielo sus colores más sagrados, para pintar a sus hermosas madonas, nos muestra también con el mismo amor los más sucios fenómenos de esta tierra.

Fue quizás la admiración del arte por el arte lo que hizo que ese español ilustre sintiese a veces por la imagen fiel de un niño pordiosero que se quita los piojos el mismo placer que por la reproducción de una virgen excelsa. O fue quizás el acicate del contraste lo que movió a los más altos nobles, a un cortesano refinado como Quevedo o a un ministro poderoso como Mendoza, a escribir sus novelas de pícaros y pordioseros; pretendían quizás salirse de la monotonía del medio en que vivía su clase, valiéndose de la fantasía para trasladarse a esferas de vida totalmente opuestas; necesidad esta que podemos apreciar en más de un escritor alemán, que llena sus novelas con descripciones del alto mundo que sólo coge por héroes a condes y barones. En Cervantes no encontramos todavía esa orientación parcial de describir lo innoble de manera aislada; él mezcla únicamente lo ideal con lo común, lo uno está al servicio del ensombrecimiento o de la iluminación de lo otro, el elemento noble es ahí tan poderoso como el popular. Ese elemento noble, caballeresco y aristocrático desaparece totalmente, sin embargo, en las novelas de los autores ingleses, los primeros en imitar a Cervantes y los que lo han tenido siempre como ejemplo hasta el día de hoy.

Esos novelistas ingleses, desde el gobierno de Richardson, son seres prosaicos; el espíritu puritano de su época se resiste a la descripción cruda de la vida cotidiana del pueblo, y es así que vemos cómo parecen al otro lado del canal esas novelas burguesas que reflejan la vida insípida y mojigata de la burguesía. Esas lecturas lamentables inundaron al público inglés hasta los últimos tiempos, cuando apareció el gran escocés, que le trajo una revolución a la novela, o más bien una restauración. Al igual que Cervantes introdujo el elemento democrático en la novela, en la que hasta entonces sólo predominaba unilateralmente lo caballeresco, Walter Scott le devolvió el elemento aristocrático a la novela, que había desaparecido completamente de ella y en la que sólo llevaba una triste existencia a la prosaica vida pequeñoburguesa. Por un procedimiento contrario restauró Walter Scott en la novela ese hermoso equilibrio que tanto admiramos en el Quijote.

Creo que, al particular, nunca ha sido reconocido el mérito del segundo poeta más grande de Inglaterra. Sus inclinaciones toristas y su predilección por el pasado fueron un bálsamo para la literatura, y las obras maestras de aquel genio, que tan pronto encontraron por doquier tanto resonancia como imitación, arrinconaron los oscuros esquemas de la novela burguesa en los rincones sombríos de las bibliotecas públicas. Es un error el no considerar a Walter Scott como el verdadero fundador de la llamada novela histórica y querer deducir ésta de las iniciativas alemanas. No se tiene en cuenta que lo característico de la novela histórica es precisamente la armonía entre los elementos aristocráticos y democráticos, que Walter Scott estableció de la manera más bella la restauración del elemento aristocrático, perturbado durante el predominio absoluto del democrático, mientras que nuestros románticos alemanes rechazaron completamente en sus novelas el elemento democrático, regresando así por los ridículos senderos de la novela de caballerías, que tanto floreció antes de Cervantes. Nuestro Fouqué, barón de la Motte, no es más que un seguidor de aquellos autores que trajeron al mundo el Amadís de Gaula y otras peripecias aventureras, y he de admirar no sólo el talento, sino también el valor con que este hidalgo, dos siglos después de la aparición del Quijote, escribe sus libros de caballerías. Fue un período extraño en Alemania cuando éstos fueron publicados y encontraron, además, el favor del público. ¿Qué significa en la literatura esa predilección por la caballería andante y por las imágenes de los viejos tiempos feudales? Creo que el pueblo alemán quería despedirse para siempre de la Edad Media, pero, sentimentales como tendemos a serlo, quería hacerlo con un beso. Acercamos por última vez nuestros labios a las viejas piedras cadavéricas. Algunos de nosotros actuaron, evidentemente, de la manera más grotesca. Ludwig Tieck, el jovencito de ese movimiento, desenterró a los muertos de sus tumbas, meció sus sarcófagos como si fuesen cunas y, con vocecilla ridícula e infantil, cantó: ¡duerme, abuelito, duerme!

He llamado a Walter Scott el segundo poeta más grande de Inglaterra, y he calificado de obras maestras sus novelas. Pero sólo quería rendirle el más alto tributo a su genio. En modo alguno puedo comparar sus novelas con la gran obra de Cervantes. Esta le supera en genio épico. Tal como he apuntado, Cervantes fue un poeta católico, y a esta cualidad debe quizás aquella grandeza épica de su calma espiritual, que, como un cielo de cristal, le sirve de bóveda a sus maravillosos escritos; en ninguna parte encontramos una sombra de duda. A ello se añade la serenidad del carácter nacional español. Walter Scott, por lo contrario, pertenece a una confesión que hasta somete a una aguda discusión las cosas divinas; como abogado y como escocés, está acostumbrado a las negociaciones y a la discusión y, al igual que en su espíritu y en su vida, también en sus novelas predomina lo dramático. De ahí que sus obras no puedan ser consideradas nunca como ejemplos puros de esa clase de poesía que llamamos novela. Al español le pertenece la gloria de haber creado la mejor novela del mundo, al igual que hay que concederles a los ingleses el honor de haber realizado en el drama lo más sublime.

Y a los alemanes, ¿qué palma les resta? Pues bien, somos los mejores poetas de la tierra. Ningún pueblo posee poesías tan hermosas como los alemanas. Los pueblos tienen ahora demasiados quehaceres políticos, pero cuando hayan acabado con ellos, vamos a reunimos nosotros, alemanes, británicos, españoles, franceses e italianos, vamos a ir todos juntos al verde bosque, a cantar, y que sea el ruiseñor nuestro juez. Estoy convencido de que en esa competición obtendrá el primer premio el cantar de Wolfgang Goethe.

Cervantes, Shakespeare y Goethe forman el triunvirato poético que ha realizado lo más elevado en los tres géneros de la expresión literaria: en lo épico, en lo dramático y en lo lírico. Quizás se encuentre el autor de estas líneas especialmente autorizado para poder calificar a nuestro gran compatriota como el poeta que ha alcanzado la perfección suma. Goethe se halla en el centro de esas dos clases de poesía, de esas dos escuelas que han sido denominadas, la una, desgraciadamente, con mi nombre, la otra, con el de Schwabe. Es evidente que ambas tienen sus méritos: fomentaron de manera indirecta el florecimiento de la poesía alemana. La primera provocó una reacción saludable en contra del idealismo unilateral en la poesía alemana, hizo volver al espíritu a la cruda realidad y desarraigó aquel petrarquismo sentimental que siempre nos ha parecido una especie de quijotería lírica. La escuela de Schwabe tuvo una influencia beneficiosa, también, de manera indirecta, en la poesía alemana. Si en el norte de Alemania pudieron aparecer poemas de salud rebosante, esto se le debe quizás a la escuela de Schwabe, la que atrajo hacia sí todos esos lloriqueos enfermizos, tísicos y sentimentaloides de la musa alemana. Stuttgart fue, en cierto modo, la fontanela de la musa alemana.

Al suscribirle a ese gran triunvirato mencionado las mayores realizaciones en el drama, en la novela y en la poesía, estoy muy lejos de censurar las obras de los otros grandes poetas. Nada más absurdo que la pregunta: ¿qué escritor es mayor que otro? La llama es la llama, y su peso no puede ser determinado en libras y onzas. Sólo aquel que tenga mentalidad de tendero querrá medir al genio con su balanza de pesar quesos. No sólo los antiguos, también muchos contemporáneos han producido escritos en los que la llama de la poesía arde con tanta fuerza como en las obras maestras de Shakespeare, Cervantes y Goethe. Y sin embargo, estos tres nombres están unidos entre sí, como si un lazo mágico los sujetara. Un genio común irradia de sus creaciones; de ellas emana una dulzura eterna, como si fuera el aliento de Dios, pues en ellas florece la modestia de la naturaleza. Al igual que a Shakespeare, Goethe nos recuerda continuamente a Cervantes, a quien se asemeja hasta en las particularidades del estilo, en esa prosa placentera, coloreada de la más dulce e inocente ironía. Cervantes y Goethe llegan hasta parecerse en sus defectos: en la ampulosidad del discurso, en aquellos párrafos largos, que encontramos a veces en ellos y que pueden ser comparados al equipaje de una mudanza real.

No son raras las ocasiones en que un solo pensamiento se asienta en un período ancho y extenso, como si viajara en una dorada carroza imperial, arrastrada majestuosamente por seis caballos. Pero ese pensamiento único es siempre algo elevado, por no decir soberano.

Sobre el genio de Cervantes y la influencia de su libro sólo he podido expresarme con algunas alusiones escasas. Sobre el auténtico valor artístico de su novela no me podré extender tampoco aquí, ya que tendría que hablar sobre el lenguaje, lo que significaría adentrarse demasiado en el campo de la estética. Sólo podré llamar aquí muy en general la atención sobre la forma de su novela y las dos figuras que la centran. La forma es la de una descripción de viaje, pues ésta ha sido desde siempre más natural para ese tipo de literatura. Recordemos aquí solamente El asno de oro de Apuleyo, la primera novela de la antigüedad. Los escritores posteriores han tratado de atenuar la monotonía de aquella forma con lo que llamamos «argumento de novela». Mas, debido a la pobreza en inventiva, la mayoría de los novelistas se toman prestados los argumentos unos de otros; al menos se utilizan siempre con pocas modificaciones las tramas de los demás, lo que ocasiona la repetición constante de caracteres, situaciones y peripecias, haciendo así que el público se aburra finalmente de la lectura de novelas. Con el fin de salvarse del aburrimiento de los argumentos novelísticos trillados, se buscó refugio durante un tiempo en las formas antiguas y primitivas de la descripción de viajes. Pero éstas se ven de nuevo completamente relegadas en cuanto un escritor original se presenta con argumentos nuevos y frescos. En la literatura, al igual que en la política, todo se mueve siguiendo la ley de acción y reacción.

Por lo que respecta a esas dos figuras llamadas don Quijote y Sancho Panza, que continuamente se parodian, complementándose, sin embargo, de manera tan maravillosa que las dos forman el auténtico personaje principal de la novela, hemos de decir que dan muestra, en igual medida, tanto del sentido artístico como de la profundidad intelectual del escritor. Mientras que otros autores, en cuyas novelas anda por el mundo el personaje en la piel de una sola persona, tienen que recurrir a los monólogos, las cartas o los diarios para expresar los pensamientos y los sentimientos de sus héroes, Cervantes puede presentarnos en todo momento un diálogo natural; y como quiera que una de las dos figuras parodia siempre el discurso de la otra, la intención del autor destaca de manera tanto más visible. Desde entonces ha sido imitada muchas veces esa figura doble, la que le otorga a la figura de Cervantes esa naturalidad tan artística, y de cuyo carácter, como de un núcleo único, se desarrolla toda la novela, con todo su silvestre follaje, con sus flores aromáticas, sus frutos relucientes, sus monos y sus aves del paraíso, meciéndose en las ramas, al igual que en un gigantesco árbol indio.

Pero sería injusto ver ese fenómeno como una imitación sumisa, pues era de lo más natural el introducir esas dos figuras como don Quijote y Sancho Panza; de las cuales, la una, la poética, se lanza en pos de aventuras, mientras que la otra, ora por apego ora por egoísmo, corre detrás de la primera, bajo el sol y bajo la lluvia, al igual que observamos frecuentemente en la vida real. Para reconocer por doquier en sus diversos enmascaramientos a esa pareja, tanto en el arte como en la vida, hay que tener presente sólo lo esencial, la signatura espiritual, y no lo casual de sus apariencias exteriores. Podría dar numerosísimos ejemplos. ¿No encontramos acaso a don Quijote y a Sancho Panza tanto en las figuras del don Juan y Leporelo como en la persona de lord Byron y en su criado Fletcher? ¿No reconocemos esos dos mismos tipos y sus relaciones mutuas en las figuras del caballero de Waldsee y de su bufón Larifari[9], al igual que en las de más de un escritor y su librero, el cual, si bien advierte las locuras de su autor, lo acompaña, sin embargo, fielmente por sus senderos ideales para sacar de ello ventajas reales? Y el señor editor Sancho[10], aun cuando sólo gane a veces puñetazos en ese negocio, se mantiene gordo y robusto, mientras que el hidalgo caballero adelgaza cada día más y más.

Pero no solamente entre hombres, también entre mujeres he encontrado con frecuencia los tipos de don Quijote y su escudero. Recuerdo precisamente una hermosa inglesa, una rubia soñadora, que se había escapado con su amiga de un pensionado para señoritas en Londres, y que deseaba recorrer el ancho mundo en busca de un corazón masculino tan puro como lo había soñado en noches dulces de luna clara. La amiga, una morenita regordeta, se esperaba de esa empresa la captura de un hombre, que aunque no se apartase mucho de lo ideal, fuese al menos de buena presencia. La veo todavía ante mí, con sus ojos azules sedientos de amor, con su figura esbelta, mirando desde la playa de Brighton, por encima del mar embravecido, hacia las costas francesas... Su amiga se dedicaba a partir avellanas, se regocijaba con el dulce fruto y tiraba las cáscaras al agua.

Pero ni en las obras maestras de otros escritores ni en la misma naturaleza nos encontramos esos dos tipos tan bien caracterizados en sus relaciones mutuas como en Cervantes. Cada rasgo en el carácter y en la presencia del uno se corresponde aquí con un rasgo opuesto —y sin embargo, análogo— en el otro. Aquí todo detalle tiene una significación parodística. Sí, hasta entre Rocinante y el asno de Sancho existe el mismo paralelismo irónico que hay entre el caballero y su escudero; y también ambos animales son, en cierto modo, portadores simbólicos de las mismas ideas. Al igual que en sus formas de pensar, amo y criado manifiestan también en su habla las contradicciones más asombrosas, y aquí no puedo menos de apuntar las dificultades que tuvo que superar el traductor para verter al alemán esa manera de hablar prosaica, basta y baja del buen Sancho. Con su proverbial locución populachera, y no muy decente a veces, el buen Sancho nos recuerda completamente al bufón del rey Salomón, a Marculfo, quien opone igualmente al idealismo patético el caudal de experiencias del pueblo, expresándolo en refranes cortos. Don Quijote, por el contrario, habla el idioma de la educación, de las clases altas, y también en la grandeza del período bien equilibrado representa al ilustre hidalgo. La construcción de su discurso es a veces demasiado rebuscada, y el habla del caballero se asemeja a una arrogante dama de la corte que llevase un amplio vestido de seda con una larga y crujiente cola. Pero las gracias, vestidas de pajes, sostienen sonrientes una punta de esa cola: los períodos largos concluyen siempre con los giros más graciosos.

El carácter del habla de don Quijote y Sancho Panza lo resumiremos con las siguientes palabras: el primero, cuando habla, parece encontrarse siempre montado en su alto caballo; el otro habla como si estuviese sobre su asno bajito.

Sólo me resta referirme a las ilustraciones con las que la casa editora ha adornado esta nueva traducción del Don Quijote que prologo. Esta edición es el primer libro de literatura que sale a la luz en Alemania engalanado de tal manera. En Inglaterra, y también en Francia, ese tipo de ilustraciones son algo cotidiano y gozan de una aceptación rayana en el entusiasmo. La escrupulosidad y la meticulosidad alemanas harán surgir seguramente la pregunta: ¿están esas ilustraciones al servicio del arte auténtico? Creo que no. Si bien muestran cómo la mano ingeniosa y creadora de un pintor puede aprehender y expresar las figuras de un escritor, si bien ofrecen también una pausa agradable en el posible cansancio provocado por la lectura, son, sin embargo, una muestra más de cómo el arte, derribado del pedestal de su independencia, es degradado a la categoría de sirvienta del lujo. Y aquí se da para los artistas no sólo la oportunidad y la seducción, sino también la obligación de tocar tan sólo muy levemente a su objeto, sin agotar sus posibilidades en modo alguno. Los grabados en madera de los libros antiguos tenían otros fines y no pueden ser comparados con esas ilustraciones.

Las ilustraciones de la presente edición han sido grabadas en madera por los mejores artistas de Inglaterra y Francia según los dibujos de Tony Johannot. Tal como nos garantiza ya el nombre de Tony Johannot, se caracterizan tanto por su elegancia como por la precisión en la interpretación y el dibujo. Pese a la ligereza en el tratamiento del tema, se aprecia cómo el artista ha captado el genio del poeta. Muy ingeniosas y fantásticas son las cabeceras y los colofones; es evidente que el artista ha tenido una profunda intención poética en los adornos de carácter morisco, pues por doquier en el Quijote vemos brillar los recuerdos de la animada época mora, como si viniesen de un fondo lejano y hermoso. Tony Johannot, uno de los artistas más importantes de París, es alemán de nacimiento.

Es significativo que un libro tan rico en escenas pintorescas como lo es el Don Quijote no haya encontrado todavía un pintor que haya sacado de él motivos para una serie de obras de arte puro. ¿Es el espíritu del libro acaso tan etéreo y tan fantástico, que el colorido polvo de las pinturas se disuelve bajo las manos del artista? No lo creo. El Quijote, por muy etéreo y fantástico que sea, está enraigado en la realidad cruda y terrena, como no podía menos de serlo un libro tan popular. ¿Se trata entonces de que detrás de las figuras presentadas por el autor hay ideas mucho más profundas, que el pintor o el escultor no pueden reproducir, por lo que sólo nos ofrecen el aspecto externo, por muy hermoso que éste sea, pero no el sentido profundo de las mismas? Esta es, probablemente, la razón. Muchos artistas han tratado de hacer dibujos sobre el tema del Don Quijote. Las obras inglesas, españolas y francesas que he visto hasta ahora sobre este tema eran infames. En lo que respecta a los artistas alemanes, he de recordar aquí a nuestro gran Daniel Chodowiecki, quien realizó toda una serie de dibujos sobre el tema del Don Quijote, los que fueron grabados en madera por Berger para la traducción de Bertuchsche. Hay cosas muy buenas entre ellos. El concepto falso y teatralmente convencional que tenía el artista, al igual que sus contemporáneos, del vestuario español, le ha perjudicado mucho. Pero se aprecia en todos sus dibujos que Chodowiecki ha entendido perfectamente el Don Quijote. Esto me alegró mucho precisamente en ese artista, tanto por él como por Cervantes. Pues siempre me resulta agradable cuando dos de mis amigos se quieren al igual que me alegra el ver cómo dos de mis enemigos se pelean. En la época de Chodowiecki, como período de una literatura en formación, que necesitaba todavía del entusiasmo y tenía que rechazar la sátira, no se daban precisamente las condiciones favorables para la comprensión del Don Quijote; y he ahí una nueva muestra del genio de Cervantes: sus figuras fueron entendidas y tuvieron resonancia; al igual que habla en favor de Chodowiecki el que comprendiese figuras como las de don Quijote y Sancho Panza, él, quien quizás más que cualquier otro artista fue un hijo de su época, en la que echó raíces, a la que perteneció totalmente, siendo llevado por ella, entendido y reconocido.

De las nuevas ilustraciones del Don Quijote menciono con placer algunos dibujos de Decamps, el más original de todos los pintores franceses actuales. Pero sólo un alemán puede entender completamente el Quijote; cosa que sentí en estos días, con el alma alborozada, cuando vi en el escaparate de una tienda, en el boulevard Montmartre, un dibujo del hidalgo manchego en su gabinete de trabajo, realizado por Adolf Schrödter[11], un gran maestro de la pintura.

Escrito en París, en el carnaval de 1837

Der sinnreiche Junker Don

Quixote von La Mancha


[1] Heine escribe "Miguel Cervantes de Saavedra"; no hemos recogido el error para no irritar visualmente al lector. La edición, de traductor anónimo, la única que se publicó en vida de Heine, llevaba por título: Der sinnreiche Junker Don Quixote von La Mancha. Von Miguel Cervantes de Saavedra. Aus dem Spanischen übersetzt; mit dem Leben von Miguel Cervantes nach Viardot, und eine Einleitung von Heinrich Heine. Tomo I, casa editora Verlag der Classiker, Stuttgart, 1837. Esta traducción, publicada curiosamente con un prólogo de Turgueniev, la edita desde 1908, última edición: 1979, la Insel Verlag de Francfort del Meno. Comparada con la de Ludwig Tieck, es francamente mala. La de Tieck, publicada en 1789 y 1801, es la utilizada por Heine en sus citas del Quijote.

[2] Heine comienza a leer el Quijote, traducido por Tiek, en abril de 1810; o sea: a la edad de trece años. Ya Fritz Mende advirtió el carácter autobiográfico de este prólogo, que puede ser considerado como parte de sus memorias.

[3] Quijote, II, 17, donde el león "volvió las espaldas y enseñó sus traseras partes a don Quijote (...)".

[4] Quijote, II, 64.

[5] No hemos puesto las comillas que pone Heine desde el comienzo hasta aquí porque, aun cuando es cita, presta variaciones con respecto a lo escrito por él en el capítulo XVI de Die Stadt Lucca.

[6] Heine alude a su paso por la frontera francesa, a comienzos de mayo de 1831; fecha en que comienza su exilio, y que ha tenido que ser tan dolorosa para el poeta, que éste no vuelve a recordarla en ninguna de sus obras.

[7] El lector puede leer aquí "río Elba" en vez de "Tajo". Mucho se le ha criticado a Heine su poco apego a la verdad. Nosotros hablaríamos de licencia poética. En una de sus primeras poesías se refiere también a un paseo por las murallas de Salamanca, y nos está contando algo que le sucedió en Gotinga. Téngase presente que todo este prólogo tiene carácter autobiográfico.

[8] Refiriéndose Heine a Horacio, a aquella célebre parte de las Odas (II, 7, estrofa 3: Tecum Philippos et celerem fugam / Sensi relicta non bene parmula), en que los críticos han querido ver la justificación de la cobardía del poeta en lo militar. Queda claro, sin embargo, en sus Epístolas, que Horacio ve en la reconciliación la misión del poeta.

[9] Figuras de una pieza musical de gran éxito en su tiempo: Das Donauweibchen (1792), con texto de Karl Friedrich Hensler (1759-1825) y música de Ferdinad Kauer (1751-1831).

[10] Es alusión directa al editor Julius Campe. Heine está escribiendo esta introducción, por la que recibe la suma de mil francos, para el editor Adolf Fritz Hvass (1811-1867), de quien espera un contrato para la edición de sus obras completas. Fracasan estas negociaciones, y a comienzos de abril de ese mismo año (1837) firma precisamente con Campe el contrato, vendiéndole por veinte mil francos los derechos de sus obras durante once años.

[11] Adolf Schrödter (1805-1875) fue un pintor nacido precisamente en Dusseldorf.

 

 

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