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1 jun. 2009

Celso – Hombres nacidos ayer, sin patria ni tradiciones

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1. Hay una raza nueva de hombres nacidos ayer, sin patria ni tradiciones, asociados entre sí contra todas las instituciones religiosas y civiles, perseguidos por la justicia, universalmente cubiertos de infamia, pero autoglorificándose con la común execración: son los Cristianos.

Mientras las sociedades autorizadas y organizaciones tradicionales se reúnen abiertamente y a la luz del día, ellos mantienen reuniones secretas e ilícitas para enseñar y practicar sus doctrinas. Se unen entre sí por un compromiso más sagrado que un juramento y así quedan confabulados para conspirar con más seguridad contra las leyes y así resistir más fácilmente a los peligros y a los suplicios que les amenazan.

2. Su doctrina tiene un origen bárbaro. No es que pensemos imputárselo como una falta o un delito: los Bárbaros, ciertamente, son capaces de inventar dogmas; pero la sabiduría bárbara vale poco en sí misma, si no la corrige, depura y ultima el logos o la razón griega, de la cual Roma se siente heredera. Los peligros que los cristianos afrontan por sus creencias, supo Sócrates afrontarlos por las suyas con un coraje inabarcable y una serenidad maravillosa. Los preceptos de la moral de los cristianos, en lo que contienen de perfección, antes que ellos los enseñaron los filósofos, y especialmente los estoicos y los platónicos. Sus críticas a la idolatría, consistentes en sostener que estatuas marmóreas o broncíneas, hechas por hombres a veces despreciables, no son dioses, fueron antes incontables veces expuestas. Así escribe Heráclito: «Dirigir preces a imágenes, sin saber lo que son los dioses y los héroes, y vale tanto como hablar con las piedras.».

3. El poder que parecen poseer los cristianos les viene de la invocación de nombres misteriosos y de la invocación a ciertos «daimones» o espíritus (a los que algunos llaman demonios). Fue por magia por lo que su Maestro realizó todo lo que parece espantoso o de maravillar en sus acciones; en seguida tuvo gran cuidado en advertir a sus discípulos que se guardasen de los que, conociendo los mismos secretos, pudiesen realizar lo mismo, y que evitasen como él de participar de mágicos poderes propios de los dioses. ¡Ridícula e increpante contradicción'. Si condena con razón a los que lo imitan, ¿cómo es que no se vuelve contra él tal condena? Y si no es impostor ni perverso por haber realizado tales prodigios, ¿cómo es que sus imitadores, por el hecho de realizar los mismos hechos, lo son más que él?

4. En suma, la doctrina de los cristianos es una doctrina secreta: en conservarla ponen una constancia indomable y no seré yo quien censure su firmeza. Con creces merece la verdad que suframos y nos expongamos que alguien deba renegar de su fe, o fingir abjurar de ella, para hurtarse a los peligros que pudieran acontecerle y seguir viviendo entre los hombres. Los que tienen el alma pura son elevados por un impulso natural hacia la divinidad, con la cual tienen afinidad, y nada desean más que elevar siempre hacia ella sus pensamientos y sus palabras. Es preciso incluso que las creencias profesadas se fundamenten también en la razón. Los que creen sin examen todo lo que se les dice, se parecen a esos infelices, presas de los charlatanes, que corren detrás de los Metragirtos, los sacerdotes de Mitra, o de los Sabácios y los devotos de Hécate o de otras divinidades semejantes, con las cabezas impregnadas de sus extravagancias y fraudes. Lo mismo acontece con los Cristianos. Ninguno de ellos quiere ofrecer o escrutar las razones de las creencias adoptadas. Dicen generalmente: «No examinéis, creed solamente, vuestra fe os salvará»; e incluso añaden: «La sabiduría de esta vida es un mal, y la locura un bien».

5. Si ellos estuvieran de acuerdo en responderme, y no en que ignore lo que dicen -porque en ese aspecto ya estoy enteramente informado- todo iría bien, puesto que yo no les quiero particularmente mal. Pero se niegan y se esconden escudándose en su fórmula habitual: «No examinéis...etc.», pero es preciso al menos que me digan cuáles son en el fondo esas bellas doctrinas que traen al mundo y de dónde las han sacado.

Las naciones más venerables por su antigüedad están de acuerdo entre sí en los dogmas fundamentales, es decir, en las opiniones más comunes. Egipcios, Asirios, Caldeos, Indios, Odrisos, Persas, Samotracios y Griegos tienen tradiciones poco más o menos semejantes. Es en esos pueblos donde se debe buscar la verdadera fuente de la sabiduría, que en seguida se esparció por todas partes en todas direcciones por mil senderos y riberas. Sus sabios, sus legisladores, Lino, Orfeo, Museo, Zoroastro y otros, son los más antiguos fundadores e intérpretes de estas tradiciones y ellos son los verdaderos patronos de la Cultura toda. Nadie piensa en contar a los judíos entre los países de la civilización, ni en conceder a Moisés honras semejantes a las concedidas a los más antiguos sabios. Las historias que contó a sus compañeros son propias de su carácter y nos aclaran plenamente quién era él y quiénes eran ellos. Las alegorías mediante las cuales intentaron acomodar sus historias al buen sentido común son insostenibles: nos revelan que las plantearon con más complacencia y bondad que espíritu crítico. Su cosmogonía es de una puerilidad tal que sobrepasa todos los límites. El mundo es mucho más hermoso de lo que Moisés cree; y, de las diversas revoluciones que trastocaron el mundo, tanto conflagraciones como diluvios, él sólo oyó hablar de uno de estos últimos, el de Deucalión (al que Moisés llama Noé), y cuyo recuerdo por ser más reciente hizo caer en olvido los diluvios precedentes. Es por haberse instruido entre pueblos y naciones sabias y doctos personajes, de quienes tomó lo que estableció de aprovechable entre los suyos, por esa razón Moisés usurpó el título de «hombre divino», que los judíos le conceden. Estos habían ya tomado de los egipcios la circuncisión. Los judíos, pastores de cabras y ovejas, comenzaron a seguir a Moisés, y se dejaron fascinar por imposturas dignas de campesinos y hasta admitieron que existe un solo Dios, al que ellos llaman el Altísimo, Adonai, Celeste, Sabaoth, o cualquier otro nombre que les plazca; poco importa por lo demás, la denominación que se conceda al dios supremo: Zeus le llaman los griegos, o cualquier otra, como los egipcios o los indios. Además, los judíos adoran a los ángeles y practican la magia, en la que Moisés fue el primero en darles ejemplo. Pero ya tocaremos estos asuntos, con más detención, en ulteriores páginas.

6. Tal es el linaje de donde salieron los cristianos. La rusticidad de los judíos ignorantes los dejó caer en los sortilegios de Moisés. Y, en estos últimos tiempos, los cristianos encontraron entre los judíos un nuevo Moisés que los sedujo de una forma aún mayor. Él pasa entre ellos por hijo de Dios y es el autor de su nueva doctrina. Agrupó en torno suyo, sin selección, una multitud heterogénea de gentes simples, groseras y perdidas por sus costumbres, que constituyen la clientela habitual de los charlatanes y de los impostores, de modo que la gente que se entregó a esta doctrina nos permite ya apreciar qué crédito conviene darle. La equidad obliga, no obstante, a reconocer que hay entre ellos gente honesta, que no está completamente privada de luces, ni escasa de ingenio para salir de las dificultades por medio de alegorías. Es a éstos, a quienes este libro va dirigido propiamente, porque si son honestos, sinceros y esclarecidos, oirán la voz de la razón y de la verdad, como espero

 

Celso, El discurso verdadero contra los cristianos, prefacio

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