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31 dic. 2013

Georges Perec: Un hombre que duerme (fragmento II)

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Más tarde, te vas de París; no vas a la ventura, vas a casa de tus padres, en el campo, cerca de Auxerre. Es una villa un poco muerta donde se han retirado. De niño pasaste allí algunos años, algunas vacaciones. Las ruinas de un castillo fortificado coronan una colina al pie de la cual se extiende el pueblo. Se supone que un beato vivió en una caverna, no muy lejos de allí, y se puede visitar. En la plaza, cerca de la iglesia, hay un árbol del que se dice que tiene varios cientos de años.

Te quedas allí varios meses. A la hora de las comidas escucháis las noticias, los juegos de la radio. Por la tarde juegas a la belote con tu padre, que te gana. Te acuestas temprano, antes que tus padres, a las nueve. Lees a veces durante toda la noche. Has encontrado, en tu cuarto, en el desván, en el fondo de armarios de ropa blanca, los libros de tus quince años, Alejandro Dumas, Julio Verne, Jack London, y los montones de novelas policiacas que solías llevar a cada una de tus estancias allí. Los relees minuciosamente, sin saltarte una sola línea, como si los hubieras olvidado por completo, como si nunca los hubieras leído realmente.

Apenas hablas con tus padres. Sólo los ves a la hora de las comidas. Por la mañana, te quedas en la cama. Los oyes ir y venir por la casa, subir y bajar la escalera, toser, abrir cajones. Tu padre corta leña. Un tendero ambulante toca el claxon cerca del portal. Un perro ladra, los pájaros cantan, la campana de la iglesia suena. Acostado sobre tu alta cama, con el edredón de plumas hasta el mentón, miras los maderos del techo. Una araña diminuta, con el vientre de un gris casi blanco, teje su tela en el rincón de una viga.

Te sientas a la mesa de la cocina, cubierta con un hule. Tu madre te sirve un tazón de café con leche, te acerca el pan, la mermelada, la mantequilla. Comes en silencio. Ella te habla de sus riñones, de tu padre, de los vecinos, del pueblo. La señora Theneveau ha hecho un vitalicio sobre su granja. El perro de los Moreau ha muerto. Las obras de la autopista ya han comenzado.

Bajas al pueblo a hacer algunas compras para tu madre, a buscar tabaco para tu padre, cigarrillos para ti. Los granjeros han abandonado lo que alguna vez fue una gran villa. Se paraba el ferrocarril, había un notario, un mercado. Solamente subsisten dos explotaciones agrícolas. El pueblo está ahora lleno de jubilados y de habitantes de la ciudad que vienen a pasar el fin de semana y un mes cada verano, duplicando o triplicando la población invernal.

Caminas a lo largo de las casas restauradas: postigos recientemente pintados de verde manzana, chapados de flores de lis de hierro forjado, faroles de anticuario, jardines de adorno, rocas que no habita divinidad alguna, paraíso de veraneantes. Abogados, tenderos, funcionarios que podan los arbustos, rastrillan la grava, desempolvan los arriates, dan de comer a los peces. Sobre la plaza se aglomeran las motocicletas, las vespas de los más jóvenes. El café-tabac está lleno.


Todas las tardes vas de paseo. Al principio sigues la carretera, y después, más allá de una cantera abandonada, te adentras en el bosque. Recoges del suelo una rama que escamondas como puedes. Caminas a lo largo de los campos de trigo maduro, decapitas las hierbas salvajes a grandes golpes torpes de tu bastón. No conoces los nombres de los árboles, ni de las flores, las plantas, o las nubes. Te sientas en la cima de una colina desde la cual dominas todo el pueblo: la casa de tus padres, un poco apartada, con sus tres tejados de colores distintos, la iglesia, el castillo casi a la altura de tus ojos, el viaducto por donde solía pasar el ferrocarril, el lavadero, el correo. Sobre la carretera blanca, como un galeón saliendo del puerto, un enorme camión se va alejando. Un campesino, solo, en medio de su campo, guía el arado que arrastra un caballo tordo.


Los pájaros lanzan sus cantos, gorjeos, llamadas roncas, trinos. Los altos árboles tiemblan. He ahí la naturaleza que te invita y te ama. Masticas hierbas que luego escupes: el paisaje te inspira muy poco, la paz de los campos no te conmueve, el silencio de la campiña no te irrita ni te apacigua. Sólo te fascina a veces un insecto, una piedra, una hoja caída, un árbol: a veces te quedas durante horas mirando un árbol, describiéndolo, disecándolo: las raíces, el tronco, el ramaje, las hojas, cada hoja, cada nervadura, cada rama desde el principio, y el juego infinito de las diferentes formas que tu mirada ávida solicita o suscita: cara, cabalgata, dédalos o senderos, ciudades y blasones. A medida que tu percepción se afina, se hace más paciente y más ágil, el árbol explota y renace, mil matices de verde, mil hojas idénticas y sin embargo distintas. Te parece que podrías pasarte la vida frente a un árbol, sin agotarlo, sin comprenderlo, solamente mirando: lo único que puedes decir de este árbol, después de todo, es que es un árbol; lo único que este árbol te puede decir es que es un árbol, raíz, tronco, ramas y hojas. No puedes esperar de él ninguna otra verdad. El árbol no tiene una moral que proponerte, no tiene un mensaje que transmitirte. Su fuerza, su majestuosidad, su vida -si acaso esperas aún sacar algún sentido, algún coraje, de estas antiguas metáforas- no son más que imágenes, buenas vistas, tan vanos como la paz de los campos, como la perfidia del agua estancada, o el valor de los pequeños senderos que trepan, no muy alto pero ellos solos, o la sonrisa de los viñedos donde los racimos de uvas maduran al sol.

Por eso el árbol te fascina, o te sorprende, o te tranquiliza, a causa de esa evidencia insospechada, insospechable, de la corteza y las ramas, de las hojas. Por eso, quizá, jamás paseas con un perro, porque el perro te mira, te suplica, te habla. Sus ojos húmedos de agradecimiento, su aire de perro apaleado, sus brincos de perro feliz, te obligan constantemente a conferirle el despreciable rango de animal doméstico. No puedes permanecer neutro frente a un perro, tampoco frente a un hombre. Pero no dialogarás jamás con un árbol. No puedes vivir con un perro, porque el perro, a cada instante, te pedirá que lo hagas vivir, que lo alimentes, que lo acaricies, que seas hombre para él, que seas su dueño, que seas el dios que clama con voz de trueno ese nombre de perro que lo hará arrastrarse inmediatamente por el suelo. Pero el árbol no te pide nada. Puedes ser Dios de los perros, Dios de los gatos, Dios de los pobres, te basta con una correa, con algunos despojos, con algo de riqueza, pero no serás nunca dueño del árbol. Nunca podrás sino desear volverte árbol a tu vez.


No es que odies a los hombres, ¿por qué habrías de odiarlos? ¿Por qué habrías de odiarte? ¡Tan sólo desearías que pertenecer a la especie humana no fuera acompañado de este insoportable estrépito, que esos pocos pasos irrisorios que hemos dado dentro del reino animal no se pagasen con esta perpetua indigestión de palabras, de proyectos, de grandes comienzos! Pero es un precio demasiado alto por dos pulgares oponibles, por la posición erecta, por la imperfecta rotación de la cabeza sobre los hombros: ¡esta caldera, este horno, esta parrilla caliente que es la vida, estos millones de conminaciones, de incitaciones, de advertencias, de exaltaciones, de desesperaciones, este baño de coacciones que no termina nunca, esta eterna máquina de producir, de triturar, de engullir, de triunfar sobre los obstáculos, de recomenzar una y otra vez, este dulce terror que se empeña en regir cada día, cada hora de tu pobre existencia!


Casi no has vivido y, sin embargo, todo está ya dicho, ya terminado. No tienes más que veintincinco años, pero tu camino está trazado de antemano. Los papeles están distribuidos, las etiquetas: desde el orinal de tu primera infancia hasta la silla de ruedas de tu vejez, todos los asientos están listos y esperan su turno. Tus aventuras están tan bien descritas que la más violenta de las rebeliones no haría fruncir el ceno a nadie. Podrías bajar a la calle y hacer volar los sombreros de las gentes, cubrirte la cabeza de inmundicias, andar descalzo, publicar manifiestos, disparar balazos al paso de un usurpador cualquiera, de nada serviría: tu cama ya está hecha en el dormitorio del manicomio, tu cubierto ya está puesto en la mesa de los poetas malditos. Barco ebrio, miserable milagro: el Harrar es una atracción de feria, un viaje organizado. Todo está previsto, todo está preparado hasta el más mínimo detalle: los grandes impulsos del corazón, la fría ironía, el desgarramiento, la plenitud, el exotismo, la gran aventura, la desesperación. No venderás tu alma al diablo, no irás, en sandalias, a arrojarte dentro del Etna, no destruirás la séptima maravilla del mundo. Todo está ya listo para tu muerte: la bala de cañón que acabará contigo ya está fraguada desde hace mucho tiempo, las plañideras ya han sido designadas para seguir tu féretro. ¿Por qué habrías de escalar la cima de las más altas colinas, para tener que volver a bajar en seguida? Y, una vez abajo de nuevo, ¿cómo hacer para no pasarte la vida contando cómo lograste subir? ¿Por qué habrías de fingir que estás vivo? ¿Por qué habrías de continuar? ¿No sabes ya todo lo que tiene que ocurrir? ¿No has sido ya todo lo que tenías que ser: el hijo digno de tu padre y de tu madre, el valiente boy scout, el buen alumno que hubiera podido ser mejor, el amigo de infancia, el primo lejano, el apuesto militar, el joven estudiante pobre? Algunos esfuerzos, ni siquiera algunos esfuerzos, algunos años más, y serás el ejecutivo medio, el apreciable colega. Veterano de guerra. Uno a uno, como la ranita, escalarás los pequeños travesaños del éxito social. Podrás escoger, entre una amplia y variada gama, la personalidad que mejor convenga a tus deseos, la cual será adaptada cuidadosamente a tus medidas: ¿serás veterano condecorado? ¿Hombre culto? ¿Gastrónomo refinado? ¿Explorador de entrañas y corazones? ¿Amigo de los animales? ¿Dedicarás tu tiempo libre a masacrar con tu piano desafinado sonatas que no te han hecho daño alguno? ¿O bien fumarás tu pipa en una mecedora repitiéndote a ti mismo que la vida tiene sus cosas buenas?

No. Prefieres ser la pieza que falta en el rompecabezas. Retiras del juego tus canicas y tus alfileres. No pones a la suerte de tu lado, ni ningún huevo en ninguna canasta. Empiezas la casa por el tejado, echas la soga tras el caldero, matas a la gallina de los huevos de oro, te gastas la renta antes de cobrarla, te comes la hacienda, echas la llave bajo la puerta, te vas sin volver la cabeza.

Ya no escucharás los buenos consejos. No pedirás remedios. Pasarás de largo, mirarás los árboles, el agua, las piedras, el cielo, tu cara, las nubes, los techos, el vacío. Te quedas al lado del árbol. Ni siquiera le pides al ruido del viento entre las hojas que se vuelva oráculo.


Llega la lluvia. Ya no sales de la casa, apenas de tu cuarto. Lees en voz alta, todo el día, siguiendo con el dedo las líneas del texto, como los niños, como los viejos, hasta que las palabras pierden sentido, la frase más simple se vuelve coja, caótica. Llega la tarde. No enciendes la luz y te quedas inmóvil, sentado frente a la pequeña mesa al lado de la ventana, con el libro entre las manos, ya sin leer, oyendo apenas los ruidos de la casa, el crujir de las vigas, de los suelos, la tos de tu padre, las hornillas de hierro al ser colocadas sobre la cocina de leña, el ruido de la lluvia sobre los canalones de cinc, el paso muy lejano de un automóvil por la carretera, el bocinazo del autocar de las siete en la curva cerca de la colina.

Los veraneantes se han ido. Las casas de campo están cerradas. Cuando atraviesas el pueblo, algún perro ladra a tu paso. Carteles amarillos en jirones, sobre la plaza de la iglesia, al lado del palacio municipal, del correo, del lavadero, anuncian todavía subastas, bailes, fiestas que ya pasaron.

Todavía paseas a veces. Recorres los mismos caminos. Atraviesas campos cultivados que dejan espesas suelas de barro en tus botas. Te hundes en los lodazales de los senderos. El cielo está gris. Capas de bruma ocultan el paisaje. De algunas chimeneas sale humo. Tienes frío a pesar del chaquetón forrado, las botas, los guantes; intentas torpemente encender un cigarrillo.



Das paseos más largos que te llevan hacia otros pueblos, a través de los campos y los bosques. Te sientas a la larga mesa de madera de una tienda de comestibles con bar donde eres el único cliente. Te sirven un concentrado de carne o un café desabrido. Decenas de moscas se han aglutinado sobre el papel pegajoso que cuelga aún en espiral de la pantalla metálica de la lámpara. Un gato indiferente se calienta cerca de la estufa de hierro. Miras las latas de conservas, los paquetes de detergente, los delantales, los cuadernos escolares, los periódicos ya viejos, las tarjetas postales rosa caramelo en las cuales soldados rubicundos cantan en verso los bellos sentimientos que les inspira una novia rubia, el horario de los autocares, los números ganadores de las carreras de caballos, el resultado de los partidos del domingo.

Bandadas de pájaros pasan muy alto por el cielo. En el canal del Yonne, una larga gabarra, con el casco de un azul metálico, se desliza tirada por dos grandes caballos grises. Regresas caminando por la carretera nacional, por la noche, cruzado y rebasado por coches que aúllan, deslumbrado por los faros que, desde la parte de abajo de las cuestas, durante un instante parecen querer iluminar el cielo antes de precipitarse sobre ti.



Traducción de Mercedes Cebrián
Madrid, Impedimenta, 2009
Foto: Christine Lipinska


20 abr. 2013

Georges Perec: Un hombre que duerme (fragmento)

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Apenas cierras los ojos, comienza la aventura del sueño. A la familiar penumbra de la habitación, volumen oscuro cortado por algunos detalles, donde tu memoria identifica sin esfuerzo los caminos que has recorrido mil veces, trazándolos a partir del cuadrado opaco de la ventana, resucitando el lavamanos a partir de un reflejo, la repisa a partir de la sombra un poco más clara de un libro, identificando la masa más negra de la ropa colgada, sucede, al cabo de un cierto tiempo, un espacio de dos dimensiones, como un cuadro sin límites definidos que formase un ángulo muy pequeño con el plano de tus ojos, como si reposara, no completamente perpendicular, sobre el puente de tu nariz, y que, al principio, puede parecerte de un gris uniforme, o más bien neutro, sin colorines ni formas, pero que, con bastante rapidez sin duda, se revela poseedor al menos de dos propiedades: la primera es que se oscurece más o menos según la mayor o menor fuerza con la que cierras los párpados, como si, más exactamente, la contracción que ejerces sobre la línea de tus cejas cuando cierras los ojos tuviera el efecto de modificar la inclinación del plano con respecto a tu cuerpo, como si la línea de tus cejas constituyera su eje y, por consiguiente, a pesar de que esta consecuencia no parezca demostrable más que por la evidencia misma, de modificar la densidad, o la calidad, de la oscuridad que percibes; la segunda es que la superficie de este espacio no es regular en absoluto, o, más exactamente, que la distribución, el reparto de la oscuridad no se efectúa de manera homogénea: la zona superior es manifiestamente más oscura, la zona inferior, que te parece la más cercana, aunque a estas alturas, evidentemente, las nociones de cercano y lejano, arriba y abajo, delante y detrás, han dejado de ser muy precisas, es, por un lado, mucho más gris, es decir, no mucho más neutra como lo crees al principio, sino sorprendentemente mucho más blanca, y por otro lado contiene, o sostiene, uno, dos, o más tipos de bolsas, de cápsulas, algo así como la idea que tienes de una glándula lacrimal, por ejemplo, con bordes finos y ciliados, dentro de los cuales tiemblan, se agitan, se retuercen relámpagos muy muy blancos, algunos muy delgados, como estrías muy finas, algunos mucho más gruesos, casi gordos, como gusanos. Estos relámpagos, aunque el término relámpago resulte absolutamente impropio, poseen la curiosa virtud de no poder ser observados. En cuanto fijas demasiado tu atención en ellos, y es casi imposible no hacerlo, pues al fin y al cabo bailan ante ti y el resto apenas existe, de hecho no hay nada verdaderamente visible aparte del eje de tus cejas y de ese espacio tan vago de dos dimensiones más o menos perceptible en el cual la oscuridad se extiende de manera irregular, pero en cuanto los miras, a pesar de que, por supuesto, esta palabra no significa ya nada, en cuanto intentas, por ejemplo, asegurarte aunque sea un poco de su forma, o de su sustancia, o de un detalle, inevitablemente terminas, con los ojos abiertos, frente a la ventana, rectángulo opaco que vuelve a ser cuadrado, a pesar de que esa o esas bolsas no se le parezcan en nada. Pero éstas reaparecen, y con ellas el espacio más o menos inclinado que se articula sobre tus cejas, poco después de que vuelvas a cerrar los ojos, y, aparentemente, no han cambiado desde la última vez. Sin embargo, no puedes estar completamente seguro de este último punto puesto que, al cabo de un tiempo dificilmente calculable, y aunque nada te permita aún afirmar que hayan desaparecido realmente, puedes comprobar que han palidecido de forma considerable. Se te presenta ahora una especie de grisalla a rayas, que sigue perteneciendo a ese mismo espacio que prolonga más o menos tus cejas, pero, podría decirse, deformado hasta el punto de encontrarse constantemente desplazado hacia la izquierda; puedes mirarlo, explorarlo, sin alterar el conjunto, sin provocar un despertar inmediato, pero eso carece totalmente de interés. Ahora sucede algo a tu derecha, en este caso se trata de una tabla, más o menos detrás, más o menos arriba, más o menos a la derecha. La tabla, evidentemente, no se ve. Solamente sabes que es dura, a pesar de que no te encuentres sobre ella, y precisamente porque te hallas sobre algo muy blando que es tu propio cuerpo. Se produce entonces un fenómeno realmente asombroso: al principio hay tres espacios que nada te permitiría confundir, tu cuerpo-cama, que es blando, horizontal, y blanco, después la línea de tus cejas, que domina un espacio gris, mediocre, oblicuo, y por último, la tabla, que se mantiene inmóvil y muy dura por encima, paralela a ti y quizá accesible. Resulta claro, aunque esto sea lo único que siga siendo claro, que si trepas sobre la tabla, dormirás, que la tabla es el sueño. El principio de la operación es de lo más simple, aunque todo te indica que te hará falta mucho tiempo: habría que reducir la cama y el cuerpo, hasta que no fueran más que un punto, una canica, o bien, lo que es lo mismo, habría que condensar toda la flaccidez del cuerpo, concentrarla en un solo lugar, por ejemplo en algo así como una vértebra lumbar. Pero el cuerpo, en este momento, ya no presenta en absoluto la bella unidad de hace un rato, de hecho, se dispersa en todas las direcciones. Intentas traer hacia el centro un dedo del pie, o el pulgar, o un muslo, pero entonces, cada vez, olvidas una regla: y es que nunca debes perder de vista la dureza de la tabla, que había que proceder con astucia, conducir tu cuerpo sin que éste sospeche absolutamente nada, sin que tú mismo lo sepas con certeza, pero es ya demasiado tarde, cada vez desde hace mucho tiempo es ya demasiado tarde y, curiosa consecuencia, la línea de tus cejas se rompe en dos y en el centro, entre tus dos ojos, como si el eje hubiera sostenido todo el conjunto, como si toda la fuerza de ese eje se concentrase en ese punto, te llega de golpe un dolor preciso, sin lugar a dudas consciente y en el que reconoces inmediatamente la más banal de las jaquecas.


Estás sentado, con el torso desnudo, vestido únicamente con el pantalón del pijama, en tu buhardilla, sobre el estrecho banco que te sirve de cama, con un libro, Leçons sur la société industrielle de Raymond Aron, posado sobre las rodillas, abierto en la página ciento doce.
Al principio es sólo una especie de lasitud, de fatiga, como si súbitamente te percataras de que desde hace mucho rato, desde hace muchas horas, eres presa de un malestar insidioso, entumecedor, apenas doloroso y sin embargo insoportable, la impresión dulzona y sofocante de no tener músculos ni huesos, de ser un saco de yeso entre sacos de yeso.
El sol pega sobre las láminas de cinc del tejado. Frente a ti, a la altura de tus ojos, sobre una repisa de madera blanca, hay un tazón de Nescafé medio vacío, un poco sucio, un paquete de azúcar casi terminado, un cigarrillo que se consume en un cenicero de propaganda de falsa opalina blanca.
Alguien va y viene en la habitación de al lado, tose, arrastra los pies, desplaza los muebles, abre cajones. Una gota de agua cae continuamente del grifo de la toma de agua del rellano. Los ruidos de la rue Saint-Honoré llegan desde abajo.
Suenan las dos en el campanario de Saint-Roch. Levantas la vista, dejas de leer, pero no leías ya desde hace mucho rato. Pones el libro abierto junto a ti, sobre el banco. Extiendes el brazo, aplastas el cigarrillo que humea en el cenicero, terminas el tazón de Nescafé: está apenas tibio, demasiado azucarado, un poco amargo.
Estás empapado de sudor. Te levantas, vas a la ventana y la cierras. Abres el grifo del minúsculo lavamanos, te pasas una manopla de toalla húmeda por la frente, la nuca, los hombros. Con los brazos y las piernas encogidos, te tiendes de costado sobre el estrecho banco. Cierras los ojos. Sientes la cabeza pesada, las piernas entumecidas.

Más tarde, llega el día del examen y no te levantas. No es un gesto premeditado, no es un gesto siquiera, sino una ausencia de gesto, un gesto que no realizas, gestos que evitas realizar. Te acostaste temprano, has dormido plácidamente, habías puesto el despertador, lo has oído sonar, has esperado a que sonara, durante varios minutos por los menos, ya despierto por el calor, o por la luz, o por el ruido de los lecheros, de los basureros, o por la espera.
Tu despertador suena, tú no te mueves en absoluto, te quedas en la cama, vuelves a cerrar los ojos. Otros despertadores comienzan a sonar en las habitaciones contiguas. Oyes ruidos de agua, de puertas que se cierran, de pasos que se precipitan por las escaleras. La rue Saint-Honoré comienza a llenarse de ruidos de coches, chirridos de neumáticos, cambios de marchas, breves sonidos de bocina. Los postigos golpean, los comerciantes levantan sus persianas metálicas.
Tú no te mueves. No te moverás. Otro, un sosia, un doble fantasmagórico y meticuloso hace, quizá, en tu lugar, uno a uno, los gestos que tú ya no haces: se levanta, se lava, se afeita, se viste, se va. Lo dejas lanzarse por las escaleras, correr por la calle, atrapar el autobús al vuelo, llegar a la hora indicada, jadeante, triunfal, a las puertas del aula. Certificado de Estudios Superiores de Sociología General. Primer examen escrito.
Te levantas demasiado tarde. Allá, cabezas concentradas o aburridas se inclinan pensativamente sobre los pupitres. Las miradas quizá inquietas de tus amigos convergen sobre tu lugar vacío. No dirás en cuatro, ocho o doce cuartillas lo que sabes, lo que piensas, lo que sabes que debes pensar sobre la alienación, sobre los obreros, sobre la modernidad y el tiempo libre, sobre los burócratas o la automatización, sobre el conocimiento del otro, sobre Marx rival de Tocqueville, sobre Weber enemigo de Lukacs. En cualquier caso, no habrías dicho nada porque no sabes gran cosa y no piensas nada. Tu lugar permanece vacío. No terminarás tu licenciatura, no conseguirás nunca un título. No estudiarás más.
Te preparas, como todos los días, un tazón de Nescafé; agregas, como todos los días, unas gotas de leche condensada azucarada. No te lavas, apenas si te vistes. En una palangana de plástico rosa, pones a remojar tres pares de calcetines.
No vas a la salida del examen a informarte de los temas propuestos a la perspicacia de los candidatos. No vas al café, como lo hubiera exigido la costumbre, como todos los días, pero especialmente este día de excepcional importancia, a encontrarte con tus amigos. Uno de ellos, a la mañana siguiente, subirá los seis pisos hasta tu habitación. Reconocerás sus pasos en la escalera. Lo dejarás llamar a tu puerta, esperar, volver a llamar un poco más fuerte, buscar sobre el marco de la puerta la llave que solías dejar cuando te ausentabas unos minutos para bajar a buscar el pan, o el café, los cigarrillos, o el diario o el correo, seguir esperando, golpear suavemente, llamarte en voz baja, vacilar, y bajar, pesadamente.
Regresa, más tarde, y desliza una nota por debajo de la puerta. Otros vinieron después, al día siguiente, y al otro, golpearon a la puerta, buscaron la llave, llamaron, deslizaron mensajes.
Lees los recados y los arrugas haciéndolos una bola. En ellos se te dan citas a las que no acudes. Te quedas acostado sobre tu estrecho banco, los brazos bajo la nuca, las rodillas en alto. Miras el techo y descubres las grietas, los desconchados, las manchas, el relieve. No tienes ganas de ver a nadie, ni de hablar, ni de pensar, ni de salir, ni de moverte.

En día como éste, un poco después, o un poco antes, descubres sin sorpresa que algo no funciona, que, para hablar sin reticencias, no sabes vivir, que no sabrás jamás.
El sol pega sobre las láminas del tejado. El calor en la buhardilla es insoportable. Estás sentado, arrinconado entre el banco y la repisa, con un libro abierto sobre las rodillas. No lees ya desde hace rato. Tus ojos se quedan clavados en la repisa de madera blanca, en una palangana de plástico rosa dentro de la cual se enmohecen seis calcetines. El humo de tu cigarrillo abandonado en el cenicero se eleva, en línea recta o casi, y forma una capa inestable bajo el techo marcado por minúsculas fisuras.
Algo se rompía, algo se ha roto. Ya no te sientes -¿cómo decirlo?- sostenido: algo que, te parecía, te parece, te ha confortado hasta entonces, te ha alegrado el corazón, el sentimiento de tu existencia, de tu importancia casi, la impresión de estar adherido, de nadar en el mundo, de pronto te abandona. No eres sin embargo de esos que se pasan las horas de vigilia preguntándose si existen, y por qué, de dónde vienen, qué son, adónde van. Nunca te has interrogado seriamente sobre la anterioridad del huevo o de la gallina. Las inquietudes metafisicas no han marcado notablemente los rasgos de tu noble rostro. Pero nada queda de esa trayectoria como de flecha, de ese movimiento hacia adelante en el cual se te ha invitado, desde siempre, a reconocer tu vida, es decir, su sentido, su verdad, su tensión: un pasado rico en experiencias fecundas, en lecciones bien aprendidas, en radiantes recuerdos de infancia, en espléndidos gozos campestres, en estimulantes vientos marinos, un presente denso, compacto, comprimido como un muelle, un futuro generoso, reverdeciente, airoso. Tu pasado, tu presente, tu futuro se confunden: son tan sólo la pesadez de tus miembros, tu migraña insidiosa, la lasitud, el calor, la amargura y la tibieza del Nescafé. Y, si hace falta un decorado para tu vida, no es la majestuosa explanada (generalmente una espectacular ilusión de perspectiva) donde se agitan y emprenden el vuelo los rollizos hijos de la humanidad victoriosa, sino, por más que te esfuerces, por más que todavía abrigues alguna ilusión, este estrecho camaranchón que te sirve de cuarto, este desván de dos metros noventa y dos de largo, por un metro setenta y tres de ancho, o sea un poquito más de cinco metros cuadrados, esta buhardilla de donde no te has movido desde hace muchas horas, desde hace muchos días: estás sentado sobre un banco demasiado corto para poder, durante la noche, extenderte cuan largo eres, demasiado estrecho para poder darte la vuelta sin precaución. Miras, con ojos ahora casi fascinados, una palangana de plástico rosa que contiene no menos de seis calcetines.
Permaneces en tu buhardilla, sin comer, sin leer, casi sin moverte. Miras la palangana, la repisa, tus rodillas, tu mirada en el espejo cuarteado, el tazón, el interruptor. Escuchas los ruidos de la calle, la gota de agua en el grifo del rellano, los ruidos de tu vecino, sus carraspeos, los cajones que abre y cierra, sus accesos de tos, el silbido de su tetera. Observas, en el techo, la línea sinuosa de una delgada grieta, el itinerario inútil de una mosca, la progresión casi reconocible de las sombras.
Esto es tu vida. Esto te pertenece. Puedes hacer el inventario exacto de tu escasa fortuna, el balance preciso de tu primer cuarto de siglo. Tienes veinticinco años y veintinueve dientes, tres camisas y ocho calcetines, algunos libros que ya no lees, algunos discos que ya no escuchas. No tienes ganas de acordarte de otra cosa, ni de tu familia, ni de tus estudios, ni de tus amores, ni de tus amigos, ni de tus vacaciones, ni de tus proyectos. Has viajado y no has traído nada de tus viajes. Estás sentado y no quieres más que esperar, sólo esperar hasta que no haya nada que esperar: que llegue la noche, que suenen las horas, que los días pasen, que los recuerdos se borren.
No vuelves a ver a tus amigos. No abres la puerta. No bajas a buscar el correo. No devuelves los libros que sacaste de la Biblioteca del Instituto Pedagógico. No escribes a tus padres.
Sólo sales a la caída de la noche, como las ratas, los gatos, los monstruos. Deambulas por las calles, te deslizas dentro de los pequeños cines mugrientos de los Grands Boulevards. A veces caminas toda la noche, a veces duermes todo el día.

Eres un ocioso, un sonámbulo, una ostra. Las definiciones varían según la hora, según el día, pero el sentido queda más o menos claro: te sientes poco preparado para vivir, para actuar, para crear; no quieres más que durar, no quieres más que la espera y el olvido.
La vida moderna generalmente aprecia poco semejantes inclinaciones: a tu alrededor has visto, desde siempre, cómo se privilegiaba la acción, los grandes proyectos, el entusiasmo: hombre que avanza hacia adelante, hombre con los ojos fijos en el horizonte, hombre mirando directamente frente a sí. Mirada límpida, mentón voluntarioso, andar firme, vientre contraído. La tenacidad, la iniciativa, el golpe de genio, el triunfo, trazan el camino demasiado límpido de una vida demasiado ejemplar, dibujan las sacrosantas imágenes de la lucha por la vida. Las piadosas mentiras que acunan los sueños de todos aquellos que patalean y se atascan, las ilusiones perdidas de los miles de relegados, los que llegaron demasiado tarde, los que dejaron su maleta sobre la acera y se sentaron sobre ella para enjugarse la frente. Pero no necesitas ya excusas, ni remordimientos, ni nostalgias. No rechazas nada, no rehúsas nada. Has dejado de avanzar, pero el hecho es que no avanzabas, no sigues adelante, has llegado, no ves para qué tendrías que ir más lejos: bastó, casi bastó, un día de mayo en que hacía demasiado calor, la inoportuna conjunción de un texto del cual habías perdido el hilo, un tazón de Nescafé de pronto demasiado amargo, y una palangana de plástico rosa llena de agua negruzca en la cual flotaban seis calcetines, para que algo se rompiera, se alterara, se deshiciera, y apareciera a plena luz -pero la luz nunca es plena en la buhardilla de la rue Saint-Honoré- esta verdad decepcionante, triste y ridícula como un gorro con orejas de burro, pesada como un diccionario Gaffiot: no tienes ganas de continuar, ni de defenderte, ni de atacar.
Tus amigos se han cansado y ya no llaman a tu puerta. Ya casi no andas por las calles donde podrías encontrarlos. Evitas las preguntas, la mirada de aquel que el azar pone a veces en tu camino, rehúsas la cerveza o el café que se te ofrece. Tan sólo la noche, tu habitación, te protegen: el estrecho banco en el que permaneces acostado, el techo que redescubres a cada instante; la noche, cuando, solo en medio de la multitud de los Grands Boulevards, llegas casi a sentirte feliz con el ruido y las luces, el movimiento, el olvido. No tienes necesidad de hablar, ni de desear. Sigues el flujo que va y viene, de la République a la Madeleine, de la Madeleine a la République.

No tienes la costumbre ni tienes ganas de establecer diagnósticos. Lo que te desconcierta, lo que te conmueve, lo que te da miedo, pero a veces te exalta, no es lo repentino de tu metamorfosis, sino al contrario, justamente, el sentimiento vago y pesado de que no se trata de una metamorfosis, de que nada ha cambiado, de que siempre has sido así, a pesar de que hasta ahora no lo sabías: esto, en el espejo cuarteado, no es tu nueva cara, son las máscaras las que han caído, el calor de tu buhardilla las ha derretido, el torpor las ha despegado. Las máscaras del buen camino, de las bellas certidumbres. Durante veinticinco años, ¿no supiste nada acerca de lo que hoy es ya inexorable? En lo que te hace las veces de historia, ¿no viste nunca ninguna fisura? Los tiempos muertos, los pasajes vacíos. El deseo fugitivo y punzante de dejar de oír, de dejar de ver, de permanecer silencioso e inmóvil, los sueños descabellados de soledad. Amnésico errando en el País de los Ciegos: calles anchas y vacías, luces frías, rostros mudos sobre los cuales se deslizaría tu mirada. Nada te afectaría jamás.

Como si, bajo tu historia plácida y tranquilizadora de niño obediente, de buen alumno, de franco camarada, bajo esos signos evidentes, demasiado evidentes, del crecimiento, de la madurez -los trazos a lápiz sobre el marco de la puerta de los retretes, los diplomas, los pantalones largos, los primeros cigarrillos, el ardor de la navaja de afeitar, el alcohol, la llave bajo el felpudo para las salidas del sábado por la noche, la primera mujer, el primer avión, el primer combate-, hubiera desde siempre corrido otro hilo, siempre presente, siempre mantenido a distancia, que teje ahora la tela familiar de tu vida recobrada, el decorado vacío de tu vida abandonada, recuerdos resurgidos, imágenes en filigrana de esta verdad revelada, de esta dimisión suspendida durante tanto tiempo, de esta exhortación a la calma, imágenes inertes y borrosas, fotografías sobreexpuestas, casi blancas, casi muertas, casi ya fosilizadas: una calle de provincias, postigos cerrados, sombras opacas, moscas zumbando en un local militar, sala cubierta de fundas grises, polvo en suspensión en un rayo de luz, campos pelados, cementerios del domingo, paseos en automóvil.
Hombre sentado sobre un estrecho banco, un jueves por la tarde, con un libro abierto sobre las rodillas, mirada ausente.

No eres más que una sombra turbia, un duro núcleo de indiferencia, una mirada neutra que rehúye las miradas. Con labios mudos, ojos apagados, sabrás en adelante identificar en los charcos, en los cristales, sobre las carrocerías relucientes de los automóviles, los reflejos fugitivos de tu vida detenida.
Tu mano ausente se desliza a lo largo de la repisa de madera blanca. El agua gotea en el grifo del rellano. Tu vecino duerme. El débil jadeo del motor diesel de un taxi parado, más que romper, acentúa el silencio de la calle. El olvido se infiltra en tu memoria. Nada ha ocurrido. Nada ocurrirá ya. Las grietas del techo dibujan un improbable laberinto.

Hubo esos días vacíos, el calor en tu buhardilla, como en una caldera, como en un horno, y los seis calcetines, tiburones fláccidos, ballenas dormidas, en la palangana de plástico rosa. Ese despertador que no ha tocado, que no toca, que no tocará la hora de tu despertar. Pones el libro abierto junto a ti, sobre el banco. Te acuestas. Todo es pesantez, zumbido, torpor. Te dejas deslizar. Te sumerges en el sueño.


Traducción de Mercedes Cebrián
Madrid, Impedimenta, 2009
Foto: Andre Perlstein