Mostrando las entradas con la etiqueta Castillo Horacio. Mostrar todas las entradas

15 oct. 2013

Horacio Castillo - Borges y Grecia

No hay comentarios. :



El interés de Borges por Grecia comienza en su infancia. A los siete u ocho años, según ha comentado, leía mitología griega; inclusive escribió en inglés -lengua que balbuceó casi antes que el castellano- un trabajo sobre el tema. Le impresionaron especialmente los doce trabajos de Hércules, el viaje de los Argonautas y el mito del laberinto, que -dirá- lo «poseyó para siempre». También otros temas que, con el progreso de sus conocimientos, se fueron fijando en su imaginación: Ulises, Elena, Endimión, Proteo, las Sirenas, Edipo. A este último le dedica un poema en El otro, el mismo y a Proteo dos en El oro de los tigres (O. C., pp. 1108 y 1109). Ulises, además de ser aludido en numerosos textos, le inspira una de las estrofas de «Arte poética» (O. C., p. 843):

Cuentan que Ulises, harto de prodigios,
lloró de amor al divisar su Itaca
verde y humilde. El arte es esa Itaca
de verde eternidad, no de prodigios.

Su interés por la poesía griega queda demostrado por las citas de Hesíodo, Esquilo, Píndaro, Teócrito o Apolonio de Rodas y, en particular, por su aproximación a Homero. Esta aproximación, dado su «oportuno desconocimiento del griego», se produjo a través de las versiones inglesas, a las que dedica un escolio en Discusión. Si bien dicho análisis se refiere al problema de la traducción, Borges incursiona en la cuestión del epíteto formulario con certera intuición: «El rapsoda -escribe- sabía que lo correcto era adjetivar divino Patroclo. En caso alguno había un propósito estético» (O. C., p. 240). En Historia de la eternidad, al estudiar los kenningar, vuelve sobre el asunto y señala que tales metáforas no valen por su significado -que es nulo- sino por «el heterogéneo contacto de sus palabras» (O. C., p. 368).

Sin perjuicio de este interés, el entusiasmo de Borges se orientó, también desde la infancia, hacia la filosofía griega. Su padre, profesor de psicología, le reveló a edad temprana la aporía de Aquiles y la tortuga: «Me impresionó profundamente esa singularidad, me pareció una pesadilla: que la competencia continuaba, que Aquiles no podía alcanzar a la tortuga, que la tortuga estaba siempre delante de Aquiles y que así seguía eternamente». Su atención se concentró no solo en Zenón sino en Heráclito, el pitagorismo y Platón, de quien cita varios diálogos: Timeo, Ion, Parménides, República, Político, Fedro, Cratilo. Asimismo se interesó en Demócrito y Plotino y hasta en Apolodoro, de cuya Biblioteca toma el epígrafe de «La casa de Asterión». Todo ello enriquecido por obras de las que ha dado expresa cuenta, como Die Philosophie der Griechen, de Paul Deussen; La philosophie de Platon, de Alfred Fouille; Passages Illustrating Neoplatonism, de E. R. Doods, entre otras (O. C., p. 367).

Borges no presumió del saber académico. Escribe:

No habré sido un filólogo,
no habré inquirido las declinaciones, los modos, la laboriosa mutación de las letras,
la de que se endurece en te,
la equivalencia de la ge y de la ka,
pero a lo largo de mis años he profesado
la pasión del lenguaje.
                                  (O. C., p. l016)

No obstante esa limitación, sus muchas lecturas y su gran intuición le bastaron para conformar un mundo de ideas que lo acompañaría siempre y, lo que es más, fundó su literatura y hasta su estilo. Ese mundo de ideas, de filiación griega, puede reducirse a tres cuestiones: todo fluye, todo vuelve, todo es ilusorio. La primera de ellas, el panta rei heraclíteo, aparece en su libro inicial, Fervor de Buenos Aires, concretamente en el poema «Final de año». Después lo veremos reaparecer, una y otra vez, a lo largo de toda su obra, ya como argumento, ya como imagen, así en «El reloj de arena», «Arte poética» y «Heráclito» (O. C., p. 979):

¿Qué trama es ésta
del será, del es y del fue?
¿Qué río es éste por el cual corre el Ganges?

En «Nueva refutación del tiempo» (O. C., p. 763) y en otro poema titulado «Heráclito» cita, con mayor o menor fidelidad, el Fragmento 91: «No se puede entrar dos veces en el mismo río». Poeta al fin, Borges se detiene en la primera parte del texto de Heráclito que, como sabemos, continúa así: «...ni tocar dos veces una sustancia mortal en el mismo estado, sino que por la vivacidad y rapidez de su cambio se dispersa y recoge de nuevo (o, mejor, ni de nuevo, ni sucesivamente, sino al mismo tiempo se compone y se disuelve), se acerca y se aleja». Si hubiera avanzado en esa otra dirección -lo que añoramos- podría haber iluminado desde otra perspectiva las alturas de Hegel.

La segunda vertiente griega de Borges es el pitagorismo y la idea del eterno retorno. Se insinúa, también tempranamente, en el poema «El truco» de Fervor de Buenos Aires (O. C., p. 22) y en el capítulo del mismo nombre de Evaristo Carriego (O. C., p. 145). Más tarde, en Historia de la eternidad, le dedica los capítulos «La doctrina de los ciclos» y «El tiempo circular» (O. C., pp. 385 y 393). En el primero, con apoyo en Rutherford y Cantor y fundándose en las leyes de la termodinámica, expresa: «Basta proyectar una luz sobre una superficie negra para que se convierta en calor. El calor, en cambio, ya no volverá a la forma de luz. Esa comprobación, de aspecto inofensivo e insípido, anula el "laberinto circular" del Eterno Retorno» (O. C., p. 391). Esta réplica entra en contradicción con su lírica, pues en «La noche cíclica» profesa la «rotación pitagórica», la doctrina de los «arduos alumnos de Pitágoras» sobre el regreso cíclico de astros, hombres y átomos (O. C., p. 864):

Vuelve la noche cóncava que descifró Anaxágoras;
vuelve a mi carne humana la eternidad constante
y el recuerdo ¿el proyecto? de un poema incesante:
«lo supieron los arduos alumnos de Pitágoras...»

Su tercera obsesión, también de fuente griega, es Zenón de Elea. Como dijimos, fue su padre quien, a edad temprana, te reveló la paradoja de Aquiles y la tortuga. Tanto es su fervor, que «la tortuga de Zenón» aparece entre los enunciados del «Otro poema de los dones» (O. C., p. 937). Le apasiona ese «pedacito de tiniebla griega» porque -dice en «La perpetua carrera de Aquiles y la tortuga»- atenta contra la realidad del espacio y del tiempo y, salvo que confesemos la idealidad de estos, es a su juicio incontestable. «Aceptemos el idealismo, aceptemos el crecimiento concreto de lo percibido, y eludiremos la pululación de los abismos de la paradoja» (O. C., p. 248). Sin embargo, tras esta condescendencia idealista, no tarda en aparecer la contradicción , y en términos dramáticos:

Negar la sucesión temporal, negar el yo, negar el universo astronómico, son desesperaciones aparentes y consuelos secretos. Nuestro destino (a diferencia del infierno de Swedenborg y del infierno de la mitología tibetana) no es espantoso por irreal: es espantoso porque es irreversible y de hierro. El tiempo es la sustancia de que estoy hecho. El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río; es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre; es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego. El mundo, desgraciadamente, es real; yo, desgraciadamente, soy Borges.
                                                                                                                           (O. C., p. 771)

Estas tres líneas de pensamiento, de origen griego, convergen en otra idea genuinamente griega: el laberinto. Si todo -en esa pasmosa cosmogonía- fluye pero permanece inmutable; si para superar la contradicción hay que admitir que no existen el espacio ni el tiempo ni la materia; si, para colmo, esa anulación del mundo es puro «consuelo» porque lo real es real, porque yo soy real, entonces el Ser es efectivamente un laberinto. Esta es la idea central de su obra. Se insinúa en su glosa sobre el truco, que equipara a un laberinto de cartón pintado, y la vemos, impregnada de pathos, en el despertar del sueño que cierra «La duración del infierno»: «Pensé con miedo ¿dónde estoy? y comprendí que no lo sabía. Pensé ¿quién soy? y no me pude reconocer» (O. C., p. 238). Después será un motivo recurrente en sus especulaciones sobre el tiempo o sobre Dios; en su cuentística: «Tlön, Uqbar, Orbis Tertius», «El jardín de senderos que se bifurcan», «La casa de Asterión», «Los dos reyes y los dos laberintos»; en poemas como «Laberinto» y «El laberinto» , entre otros. Según esa metáfora, el mundo es una infinita multiplicación de elementos aparentes, donde el hombre está solo, o más bien es único, y espera como Asterión la redención de la muerte. Pero, pese a esa índole inexorable, el laberinto abre una esperanza, porque entonces -dice- existe un objetivo: un proyecto escondido o secreto, en medio del caos aparente. «La biblioteca es ilimitada y periódica. Si un eterno viajero la atravesara en cualquier dirección, comprobaría al cabo de los siglos que los mismos volúmenes se repiten en el mismo orden (que, repetido, sería un orden; el Orden). Mi soledad se alegra con esa elegante esperanza» (O. C., p. 471).

Desde otro punto de vista -el de Grecia moderna- se han señalado semejanzas entre Borges y Constantino Kavafis. Según Nasos Vagenás, Borges reconoció haberlo «leído» tardíamente, cuando ya había perdido la vista, pues -dice- las traducciones del alejandrino tardaron en aparecer en castellano. Se trata, más que de influencia, de ciertas afinidades con respecto al modernismo, la ironía, la historia, el intelectualismo, la «frialdad» y, sobre todo, la forma de hacer poesía con medios no poéticos, o mejor dicho, con los medios poéticos conocidos. Escribe Vagenás: «Y por poesía entiendo principalmente sus cuentos -los textos de Borges que se consideran cuentos- y especialmente aquellos que componen sus libros Ficciones y El Aleph, porque creo que estos constituyen las más altas conquistas de su arte». Agrega: «Estos textos no son un nuevo modo de relato, como generalmente se cree, sino un nuevo modo de poesía. Kavafis hace poesía con los medios de la prosa. Borges hace poesía con los medios del ensayo». Vagenás dice algo más todavía: «Los textos de Borges no provienen tanto de la vida como de pensamientos que los hombres han registrado de la vida. Es decir, provienen sobre todo de la vida del espíritu. Con la misma disposición que Kavafis se vuelve hacia la historia, Borges extrae sus relatos de la filosofía y la teología, y esa es una de las razones por las cuales los poemas de Kavafis se parecen a la prosa y los poemas de Borges al ensayo»

Hay, además, otro tipo de equivalencias que no dejan de llamar la atención, por ejemplo ciertos títulos:

Kavafis                                                  Borges
«En Alejandría, 31 A. C.»      «Alejandría, 641 A. D.»
                                              «Brunanburh, 937 A. D.»
«Días de l903»                       «1964»
«Días de 1896»                      «1971»
«Días de 1901»                      «1891»
«En un viejo libro»                  «Composición escrita en 
                                                  un ejemplar de la Gesta 
                                                  de Beowulf»
«Ante la tumba de 
Endimión»                              «Endimión en Latmos»
«Mar en la mañana»               «El mar»
«En la tarde»                          «La tarde»
«Un viejo»                              «A quien ya no es joven»

Pueden encontrarse otras correspondencias, como la preocupación por rescatar personajes y circunstancias históricas, reminiscencias literarias, ficciones arqueológicas o la «asombrosa semejanza estructural y temática» entre el cuento «Tema del traidor y del héroe», de Borges y el poema «Demarato», de Kavafis. Pero sería temerario ir más allá de la mera coincidencia, a lo sumo de fuentes comunes -la historia, la literatura, la Antología Palatina, los escritores ingleses del siglo XIX- y de un método también común: «Borges y Kavafis utilizan la mente -de una manera especial- para formular con mayor evidencia sus sentimientos».

Borges percibió la Grecia real. Escribió sobre Atenas, fechó en Cnossos «El hilo de la fábula» y hasta experimentó la revelación dionisíaca: «Una valerosa y venturosa música griega nos acaba de revelar que la muerte es más inverosímil que la vida y que, por consiguiente, el alma perdura cuando su cuerpo es caos». Los mismos griegos lo consideraron muy cerca de ellos, más cerca que ningún otro creador, y también: un Homero, un Dédalo de nuestra época vagando por las calles de Atenas, como lo pinta Vagenás en su poema «Jorge Luis Borges en la calle Panepistimíu»:

Sobreviviente de tu muerte
tanteando un sofocante sol ático
remontas lentamente la calle Panepistimíu con tu fino
y polvoriento bastón de Chesterton.
Ciego Borges.
Famoso.
Tu voz me refresca los huesos.
En el fondo eres griego.
La luz se ha posado sobre tus hombros.
Detrás
de tus oscuras membranas distingues
la embriagadora sombra de Solomós.
Homero te sigue en un taxi negro.
Desvelado.
Sin peinar.
Apagando un cigarrillo tras otro.
Recoge la moneda
que cae cada tanto
de tus dientes brillantes.

El helenismo de Borges no es el exultante de Lugones, ni el de Hölderlin, ni el de Nietzsche; tampoco el decorativo de Darío o José María de Heredia. Borges fue fundamentalmente un sofista. Un sofista no en el sentido hostil que acuñó Sócrates, ni en el peyorativo de Platón y Aristóteles: sofista por la importancia atribuida a la retórica, el placer dialéctico, la sutileza, el culto de la paradoja y la pretensión de ejercer sobre todas las cosas un espíritu de revisión y de crítica. Como los metafísicos de Tlön, Borges no buscó la verdad, ni siquiera la verosimilitud: buscó el asombro, y hasta su estilo que participa de esas connotaciones, es en última instancia un sofisma.

En 1984, al recibir el título de doctor honoris causa en la Universidad de Creta, dijo que regresaba a Grecia veinticinco siglos después de aquel momento en que todo empezó allí: el pensamiento, la dialéctica, la poesía, la filosofía. Agregó: «Pueden considerarme como un griego exiliado en Sud América, que regresa a su patria o como si yo estuviese siempre en Grecia -quiero decir espiritualmente, no materialmente». Y, sofista al fin, concluyó: «Pueden, pues, elegir. Sin embargo quisiera que ustedes entendieran -sé que lo entienden, o mejor que lo sienten (uno siente mejor de lo que entiende)- que es aquí donde me siento feliz; muy feliz de encontrarme en Grecia y de que me encontraré siempre aquí, aun cuando mi cuerpo esté ausente»


En Homenaje a Jorge Luis Borges
Academia Argentina de Letras, 1999
Imagen: Agencia EFE


5 ago. 2013

Descarga: Horacio Castillo - Poesía griega moderna

No hay comentarios. :

Descarga: Horacio Castillo - Poesía griega moderna

La poesía griega moderna o, si se prefiere, del siglo XX, es poco conocida en nuestro idioma. Se han difundido la obra de Kavafis, las de Seferis, Elytis, Ritsos, parcialmente la de otros autores, pero sigue sin accederse al resto, en particular los poetas más recientes, careciéndose en consecuencia de un panorama ilustrativo de ese proceso lírico. Este trabajo intenta cubrir, en parte, ese déficit. Decimos en parte porque el conjunto es muy denso y, como sucede en la mayoría de las literaturas, se entrecruzan corrientes tradicionales y vanguardistas, obras cerradas y obras incipientes o en franca evolución, voces de valor universal y otras de interés nacional o local. Ello impone, obviamente, una drástica selección, no sólo de autores sino también de textos, y por lo tanto la adopción de un criterio rector. En el caso hemos evitado un registro meramente histórico, cronológico o "burocrático", en favor de una aproximación a los acentos más destacados de la poesía griega de nuestra época, teniendo en cuenta los distintos tramos de una obra, y todo ello en función del lector de lengua castellana y de poesía "moderna".

1 sept. 2012

Nasos Vagenás (1945): Poemas

No hay comentarios. :





Desayuno en la hierba

Las palomas suben y bajan un verde desteñido. Al lado
de tu cuerpo. Tomo
fotografías. La cámara registra tu parte mortal.
(Al fondo el lago. Un puente de madera. Los patos
inmóviles. Nenúfares en el agua.)
Empieza a lloviznar. La lluvia trae a la luz grietas
olvidadas. Más allá una mujer trata de escapar. Prendida en una red
de arrugas.


Nacimiento de Afrodita

Un día te pondré en una caracola.
En una blanca nube tirada por palomas.
Te vestiré con rojos velos. Con flores.
El viento soplará suavemente.
O te pondré
en un bosque con olor a manzana.
En una ventana con verdes hojas
y un río azul al fondo.
(Desde arriba arrojarán amores.)
Boticelli sentía una necesidad semejante
cuando hacía posar a su mujer.
En el momento en que todo había terminado.
Un poco antes de la separación.


Balada

Terminé mi dura
batalla con el cielo.
Ahora cubro mis heridas.
Pero no sufro.
Desde el fondo del tiempo
viene una fragancia.
Como de abeto.
El jazmín.


Biografía

XIII

Tantas cosas en el viento. Papeles. Diarios.
Un árbol derribado. Una mesa. Una cámara
fotográfica. El picaporte. La puerta.
Por donde entra y sale la muerte.


Meditación sobre la muerte

Sólo existe una muerte. Esa que anda con sandalias de
caucho dentro del pecho.
Con una gran esponja. Recoge los residuos. Pone orden
en los sentimientos.
Barre todos los rincones polvorientos.
Como una mujer que limpia durante años las mismas oficinas.


Meditación sobre la muerte, II

La muerte cada tanto dice: Hasta aquí vamos bien.
Y sacando un pañuelo del bolsillo se enjuga el sudor.
De su bolsillo cae un billete de banco.
Lo encuentra un niño y compra caramelos.
Lo encuentra una muchacha y compra un vestido.
Lo encuentra un loco y compra el cielo.
Lo encuentra un sabio y lo devuelve a la muerte.


Hai-Ku

Remolino de viento. Allí donde a veces estaba tu cuerpo.
Te fuiste en el viento. Te convertiste en hoja. Nube. Pájaro.
Y yo en un cazador que ha perdido el camino.


La palabra Puerta

En cuanto escribí el poema
la palabra puerta
se abrió chirriando
y el viento entró en la casa.


Jorge Luis Borges en la calle Panepistimíu

Sobreviviente de tu muerte
tanteando un sofocante sol ático
remontas lentamente la calle Panepistimíu con tu fino
y polvoriento bastón de Chesterton.

Ciego Borges.
Famoso.
Tu voz me refresca los huesos.
En el fondo eres griego.
La luz se ha posado sobre tus hombros.
Detrás
de tus oscuras membranas distingues
la embriagadora sombra de Solomós.
Homero te sigue en un taxi negro.
Desvelado.
Sin peinar.
Apagando un cigarrillo tras otro.
Recoge la moneda
que cae cada tanto
de tus dientes brillantes.


En Poesía griega moderna
Selección, traducción directa del griego,prólogo y notas: Horacio Castillo
Buenos Aires, Editorial Vinciguerra, 1997
Fuente foto de NV

14 jul. 2012

Yannis Ritsos (1909-1990): Tres poemas (versión Horacio Castillo)

No hay comentarios. :




Romiosini

I

Estos árboles no se conforman con tan poco cielo,
estas piedras no se conforman bajo el paso extranjero,
estos rostros no se conforman sino con sol,
estos corazones no se conforman sino con justicia.

Este paisaje es duro como el silencio,
aprieta contra el pecho sus piedras calcinadas,
aprieta contra la luz sus olivos huérfanos y sus viñas,
aprieta los dientes. No hay agua. Solamente luz.
El camino se pierde en la luz y la sombra de la tapia es de hierro.

Se petrificaron los árboles, los ríos y las voces en la cal del sol.
La raíz tropieza con el mármol. Arbustos polvorientos.
El mulo y la roca. Jadean. No hay agua.
Todos tienen sed. Hace años. Todos mastican un amargo bocado de cielo.

Sus ojos están rojos por el insomnio,
una profunda marca se clava como una cuña entre sus cejas,
como un ciprés entre dos montañas a la hora del crepúsculo.

Sus manos están pegadas al fusil,
el fusil prolonga sus manos,
sus manos prolongan sus almas,
tienen los labios llenos de rabia
y el dolor en lo más hondo de sus ojos
como una estrella en un pozo de sal.

Cuando estrechan la mano el sol está seguro en el mundo,
cuando sonríen una pequeña golondrina vuela de sus barbas hirsutas,
cuando duermen doce estrellas caen de sus bolsillos vacíos,
cuando caen la vida sube la cuesta con banderas y tambores.

Hace tantos años que tienen hambre, todos tienen sed, todos mueren
sitiados por tierra y por mar;
el calor devoró sus campos y la sal regó sus casas,
el viento arrancó sus puertas y las escasas lilas de la plaza,
por los agujeros de sus abrigos entra y sale la muerte,
sus lenguas son ásperas como una piña,
sus perros han muerto envueltos en sus sombras,
la lluvia cala sus huesos.

Arriba en las atalayas fuman inmóviles la bosta y la noche
escrutando el mar enfurecido donde se hundió
el mástil roto de la luna.

El pan se agotó, las balas se agotaron,
ahora cargan los cañones sólo con sus corazones.

Tantos años sitiados por tierra y por mar,
todos tienen hambre, todos sucumben, pero ninguno muere—
sus ojos brillan en las atalayas,
ven una gran bandera, un gran fuego rojo
y cada amanecer miles de palomas vuelan de sus manos
hacia las cuatro puertas del horizonte.


IV

Enfilaron hacia el alba con la mirada altiva del que tiene hambre,
en sus ojos inmóviles se había coagulado una estrella,
llevaban sobre sus hombros el verano herido.

Por aquí pasaron los soldados con los estandartes pegados al cuerpo,
con la obstinación entre sus dientes como una pera verde,
con la arena de la luna en sus pesados borceguíes
y el carbón de la noche adherido a la nariz y las orejas.

Árbol tras árbol, piedra tras piedra, atravesaron el mundo,
sobre almohadas de espinas atravesaron el sueño,
llevaban la vida como un río en sus manos resecas.

A cada paso ganaban una braza de cielo —para darlo.
Arriba en las atalayas quedaban petrificados como árboles quemados,
y cuando bailaban en la plaza, temblaba en las casas el cielo raso
y tintineaba la cristalería en las repisas.
Ah, qué canto sacudió las cumbres—
entre sus rodillas sostenían la escudilla de la luna y cenaban,
y aplastaban el ay en los recovecos de su corazón
como si aplastaran un piojo entre sus gruesas uñas.

¿Quién te llevará ahora el pan caliente en la noche para alimentar los sueños?
¿Quién a la sombra del olivo hará compañía a la cigarra para que la cigarra no calle,
ahora que la cal del mediodía pinta la tapia en torno del horizonte
borrando sus magníficos nombres viriles?

Esta tierra que embalsamaba el alba,
la tierra que era de ellos y de nosotros —su sangre— cómo olía la tierra
y ahora cómo han cerrado sus puertas nuestras viñas,
cómo disminuyó la luz en los techos y en los árboles,
¿quién diría que la mitad se encuentra bajo tierra y la otra mitad entre rejas?

Con tantas hojas el sol te da los buenos días,
con tantos estandartes brilla el cielo,
y unos entre rejas y otros bajo tierra.

Calla, de un momento a otro sonarán las campanas.
Esta tierra es de ellos y de nosotros.
Bajo tierra, con las manos cruzadas,
aferran la cuerda de la campana —esperan la hora, no duermen, no están muertos,
aguardan para anunciar la resurrección. Esta tierra
es de ellos y de nosotros —nadie nos la podrá quitar.


VII

La casa, el camino, la higuera, la cáscara del sol que las
gallinas picotean en el patio.
Los conocemos, nos conocen. Aquí entre las breñas
la culebra ha mudado su túnica amarilla.

Aquí está la choza de la hormiga y el torreón lleno de troneras de la avispa,
en el mismo olivo el cuerpo muerto de la cigarra del año pasado y
el canto de la cigarra de este año,
en los arbustos tu sombra que te sigue como un perro silencioso, muy castigado,
perro fiel —al mediodía se acuesta junto a tu sueño terroso
husmeando las adelfas,
a la noche se ovilla a tus pies mirando una estrella.

Un silencio de peras se multiplica en las piernas del verano,
la somnolencia del agua se demora en las raíces del algarrobo,
la primavera tiene siete hijos huérfanos adormecidos en su regazo,
un águila moribunda en sus ojos,
y allá arriba, detrás del pinar,
la capilla de San Juan Ayunador secándose al sol
como el pálido excremento del gorrión en una ancha hoja de mora.

Este pastor envuelto en su pelliza
tiene en cada pelo del cuerpo un río seco,
tiene un bosque de encinas en cada agujero de su flauta
y su bastón tiene los mismos nudos
que el remo que golpeó por primera vez el azul del Helesponto.

No es necesario que recuerdes. La vena del plátano
tiene tu misma sangre, la misma del asfódelo y la alcaparra de la isla.

Desde el fondo silencioso del pozo asciende al mediodía
una voz de vidrio oscuro y viento blanco,
una voz redonda como un ánfora antigua—la misma voz antigua
y el cielo enjuaga con añil las piedras y nuestros ojos.

Cada noche la luna da vuelta sobre los campos el cuerpo de los grandes muertos,
palpa sus rostros con dedos salvajes, helados
hasta reconocer a su hijo por el filo del mentón y las cejas de piedra,
registra sus bolsillos. Siempre encuentra algo. Algo encontramos.
Un relicario con madera de la Cruz. Un cigarrillo aplastado.
Una llave, una carta, un reloj detenido a las siete.
Le damos cuerda nuevamente. Las horas comienzan a correr.

Cuando mañana sus ropas se pudran
y queden desnudos entre botones militares
como quedan los restos de cielo entre las estrellas del verano
como queda el río entre las adelfas
como queda el sendero entre los limoneros cuando llega la primavera,
acaso encontremos entonces sus nombres y podamos gritar: yo amo.

Entonces. Pero estas cosas están todavía muy lejos,
todavía muy cerca, como cuando estrechas
una mano en la oscuridad y dices buenas noches
con la amarga cortesía del desterrado que vuelve a la casa paterna
y ni los suyos lo reconocen,
porque él ha conocido la muerte,
y ha conocido la vida que está antes de la vida y después de la muerte
y los reconoce. No se entristece. Mañana, dice. Y está
seguro de que el camino más largo es el camino más corto al corazón de Dios.

Y he aquí la hora en que la luna lo besa con cierta angustia detrás de la oreja,
las algas, la maceta, el escabel y la escalera de piedra le dicen buenas noches,
y las montañas y los mares y las ciudades y el cielo le dicen buenas noches
y sacudiendo la ceniza del cigarrillo sobre las rejas del balcón
puede llorar por su seguridad,
puede llorar por la seguridad de los árboles y de los astros y de sus hermanos.


El río y nosotros

5. Conversación bajo los árboles

Un hombre tendido en el suelo en una noche de verano
es como una mancha de sangre que absorbe la tierra,
como una alargada forma ocre en el mapa desplegado sobre la mesa
bajo una lámpara humeante. No se distinguen
cordilleras ni líneas ferroviarias. Sólo la forma
plana de la tierra. Y su sueño es desconocido
más desconocido que el más desconocido de los rostros
lleno de escaleras y pesadillas y milenios
de la vida de los peces, de las aves y de los astros.

Más allá están las alambradas. Se las avizora
cuando la luna se engancha en ellas para elevarse
y queda allí como el herido tomándose su costado.

—He visto, digo, ríos muertos.

—El río que anegó los campos y las cabañas
se ahogó junto con los ahogados.

—He visto ríos muertos.

—El río que dio de beber a las ovejas y los pastores
que puso en movimiento los molinos
que regó los árboles
está ahora en los nietos de los corderos
en el canto vespertino del pastor
en el pan de la cena
está en los árboles que miras, en el fruto que comes.

—Pero el río, ¿dónde está el río? Miras el árbol,
el árbol es hermoso, dices, hermoso el canto del atardecer
es sabroso el pan, sabroso el fruto. Pero el río
¿dónde está el río? Nadie recuerda el río.
No tiene ya medida ni color ni nombre.
He visto, digo, ríos completamente muertos.

—El río fluyó al mar. Creció el mar.
El río creció. No tiene nombre.
—El río se convirtió en mar. No tiene nombre.
—El nombre del río es mar. No tiene nombre.
—Tiene el nombre del agua extensa y profunda.
—¿Cuál es entonces vuestro nombre?
—Nosotros.
—He visto ríos muertos. El anonimato...
—El anonimato no. El miedo al anonimato es la muerte.

Escuchábamos junto a nosotros el río
que arrastraba las hojas de plátano de la luna.


La dama de las viñas

III

Señora de las Viñas, ¿cómo sostener sobre nuestros hombros tanto cielo
cómo sostener tanto silencio con todos los secretos de los árboles?
Un delfín corta como un relámpago la quietud del mar
como el cuchillo corta el pan sobre la tabla de los pescadores
como el primer rayo de sol corta el sueño.

De piedra en piedra reverbera el camino y de pájaro en pájaro
sube la escalinata
y el sol, mitad en el mar, mitad en el cielo, brilla como la naranja
en tu puño y como tu oreja debajo del cabello.

Y así esbelta y fuerte en el centro del mundo
sosteniendo en tu mano izquierda la gran balanza y en la derecha la santa espada
eres la belleza y la gallardía y eres Grecia.

Cuando pasas entre la gramilla rasgando la seda del aire
las rubias fundas del maíz te rozan las axilas
como si te rozara el flamante bigote del pastor
y onda tras onda el escalofrío se pierde entre las espigas
y sonido tras sonido los plátanos se inclinan sobre las fuentes
y las montañas parecen cántaros que esperan ser llenados.

Señora de las Viñas tu rostro se refleja en nuestros pechos
como una blanca nube que ilumina las laderas boscosas
y el río te sigue como un manso león
cuando repartes los rayos en las acequias
cuando repartes a los pastores pólvora y canto
y te llaman hermana los caballos y los corderitos.


Horacio Castillo: Poesía griega moderna
Selección, traducción directa del griego, prólogo y notas, por el autor
Buenos Aires, Vinciguerra, 1997
Foto vía Le Monde
Descarga libro completo