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29 jun. 2015

Descarga: Raymond Carver - Todos nosotros. Poesía reunida

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«Carver no escribe poesía de manera circunstancial entre relato y relato, más bien al revés: la poesía es para él un cauce espiritual del que se desvía para escribir sus relatos», afirmaba su viuda, la poeta Tess Gallagher, en el prólogo de la edición original de All of us, la poesía completa del genial escritor norteamericano publicada en Londres en 1997, nueve años después de su muerte. Todos nosotros, presenta ahora por primera vez ante el lector español una amplia recopilación de esta obra poética, que incluye los cuatro libros publicados por Raymond Carver, tres en vida y uno póstumo, dos de ellos inéditos en España. Una muestra que desvela con singular intensidad la variedad de registros del poeta y que repasa la peripecia vital de un Carver inquietante. Todos nosotros es un libro deslumbrante que dejará al lector emocionalmente exhausto.

24 may. 2015

Descarga: Raymond Carver - ¿De qué hablamos cuando hablamos de amor?

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Descarga: Raymond Carver - ¿De qué hablamos cuando hablamos de amor?

Los deslumbrados lectores de Catedral, primer libro publicado en España de Carver, reencontrarán en De qué hablamos cuando hablamos de amor la atmósfera y los personajes de un autor que dominó indiscutiblemente el panorama literario norteamericano de los años 80. Parejas que se despedazan, compañeros que parten desesperadamente a la aventura, hijos que intentan comunicarse con sus padres, un universo injusto, violento, tenso, a veces irrisorio... En palabras de Roberto Fernández Sastre, Carver 'no designa lo intolerable, sino que lo nombra. Sin concesiones hacia nada ni hacia nadie, rescata lo real en su esencialidad amorfa y brutal'.

5 mar. 2014

Raymond Carver - El baño

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El sábado por la tarde la madre fue en coche a la pastelería del centro comercial. Después de mirar un álbum con fotografías de pasteles pegadas en las hojas, encargó uno de chocolate, el preferido de su hijo. Era una tarta adornada con una nave espacial y una plataforma de lanzamiento bajo una cascada de blancas estrellas. El nombre, SCOTTY, iría escarchado en verde como si fuera el nombre de la nave.

El pastelero le escuchó con circunspección cuando ella le contó que Scotty iba a cumplir ocho años. Era un hombre mayor, y llevaba un delantal harto curioso: una pesada prenda cuyas cintas le pasaban bajo los brazos y le rodeaban la espalda y volvían de nuevo al frente, donde acababan en un enorme nudo. Seguía secándose las manos en la parte delantera del delantal mientras escuchaba a la mujer, y sus ojos húmedos le observaban con atención los labios mientras ella estudiaba las tartas y hablaba.

Le permitió tomarse el tiempo necesario. No tenía prisa.

La madre eligió la tarta de la nave, y a continuación dio su nombre y su teléfono. Lo único que el pastelero se dignó contestar fue que la tarta estaría lista el lunes por la mañana, con tiempo suficiente para la fiesta, que era por la tarde. Ninguna broma, sólo ese mínimo intercambio, la información más escueta, nada que no fuera necesario.

El lunes por la mañana, el niño se dirigía a pie hacia el colegio. Andaba junto a otro chico, y se iban pasando una bolsa de patatas fritas. El chico del cumpleaños intentaba sonsacar a su amigo acerca del regalo que le haría por la tarde.

En un cruce, y sin mirar, el chico del cumpleaños se bajó del bordillo de la acera, y en un abrir y cerrar de ojos fue arrollado por un coche. Cayó de costado, con la cabeza sobre la cuneta; sus piernas, sobre la calzada, se movían como si estuvieran subiendo por un muro.

Su compañero se quedó allí quieto, sosteniendo la bolsa de patatas fritas, preguntándose qué hacer, si acabarse las patatas o seguir andando hacia el colegio.

El chico del cumpleaños no lloraba. Pero tampoco tenía ganas de decir nada. Ni siquiera contestó cuando su compañero le preguntó qué se sentía cuando a uno le atropellaba un coche. El chico del cumpleaños se levantó y echó a andar en dirección a su casa, y su amigo le hizo adiós con la mano y siguió camino del colegio.

El chico le contó a su madre lo que le había pasado. Se sentaron los dos en el sofá. Ella le cogió las manos y se las puso en el regazo. Y así estaban cuando el chico apartó las manos del regazo de su madre y se tendió de espaldas en el sofá.


Naturalmente no hubo fiesta de cumpleaños. El chico del cumpleaños estaba en el hospital y su madre permanecía a la cabecera de su cama. Esperaba a que su hijo despertara. El padre llegó a toda prisa de la oficina. Se sentó al lado de la madre. Ahora ambos aguardaban a que su hijo recuperara la conciencia. Transcurrieron varias horas, y luego el padre se fue a casa a tomar un baño.

El hombre iba en su coche en dirección a casa. Conducía más rápido que de costumbre. Hasta entonces su vida había sido bastante amable. Trabajo, paternidad, familia. El hombre había tenido suerte y era feliz. Pero el miedo le hizo desear tomar un baño.

Tomó la vereda de entrada. Se quedó sentado dentro del coche tratando de que le respondieran las piernas. Su hijo había sido atropellado por un coche y ahora estaba en el hospital, pero se iba a poner bien. El hombre se bajó del coche y fue hasta la puerta principal. El perro ladraba y el teléfono estaba sonando. Y siguió sonando mientras el hombre abría la puerta y palpaba la pared en busca del interruptor.

Levantó el auricular. Exclamó:

—¡Acabo de llegar!

—Aquí hay una tarta que no han recogido.

Esto fue lo que repuso la voz al otro lado de la línea.

—¿De qué me habla? —preguntó el padre.

—La tarta —insistió la voz—. Dieciséis dólares.

El hombre mantenía el auricular pegado al oído y trataba de entender. Contestó:

—No sé de qué me habla.

—No me venga con ésas —dijo la voz.

El hombre colgó el teléfono. Fue a la cocina y se sirvió un trago de whisky. Luego llamó al hospital.

El estado de su hijo seguía siendo el mismo.

Mientras el agua llenaba la bañera, el hombre se enjabonó la cara y se afeitó. Estaba en la bañera cuando volvió a oír el teléfono. Salió de un salto y corrió por la casa diciéndose: «Estúpido, estúpido», porque si se hubiera quedado en el hospital no se encontraría ahora en esta situación. Levantó el auricular y gritó: «¡Diga!».

La voz dijo:

—La tengo preparada.


El padre llegó al hospital después de medianoche. Su mujer seguía sentada en la silla, junto a la cabecera. Alzó la vista hacia su marido y volvió a mirar a su hijo. De un aparato situado sobre la cama colgaba una botella con un tubo que descendía hasta el niño.

—¿Qué es eso? —preguntó el padre.

—Glucosa —respondió la madre.

El hombre apoyó la mano en la nuca de su mujer.

—Va a volver en sí —la animó.

—Lo sé —asintió la mujer.

Al poco, el hombre sugirió:

—Vete a casa. Me quedaré yo.

Ella movió la cabeza.

—No.

—Vamos —insistió él—. Ve a casa un rato. No te preocupes. Está dormido, eso es todo.

Entró una enfermera. Les saludó con un movimiento de cabeza mientras se dirigía hacia la cama. Sacó el brazo izquierdo del niño de debajo de las mantas y le puso los dedos en la muñeca. Luego volvió a meterlo bajo las mantas y escribió algo en la tablilla adosada a la cama.

—¿Cómo está? —quiso saber la madre.

—Estacionario —contestó la enfermera. Y añadió—: El doctor volverá a pasar pronto.

—Le estaba diciendo que podría ir a casa a descansar un poco —le explicó el hombre—. Cuando el doctor haya pasado.

—Sí, claro —dijo la enfermera. La mujer objetó: —Veremos lo que dice el doctor. Se llevó la mano a los ojos e inclinó la cabeza hacia adelante.

La enfermera concedió: —Claro.


El padre miró a su hijo: Bajo las mantas, el menudo pecho subía y bajaba. Sintió un miedo aún mayor. Empezó a sacudir la cabeza. Mientras lo hacía se habló a sí mismo. Se dijo: el niño está bien. En lugar de dormir en casa, duerme aquí. El sueño es igual en un sitio que en otro.


El médico entró en el cuarto. Estrechó la mano del hombre. La mujer se levantó de la silla.

—Ann —dijo el médico, y la saludó con un movimiento de cabeza. Luego añadió—: Veamos cómo está.

Se acercó a la cama y tocó la muñeca del niño. Le alzó un párpado y luego el otro. Apartó hacia abajo las mantas y le auscultó el corazón. Presionó el cuerpo del niño con los dedos. Aquí y allá. Fue hasta el pie de la cama y estudió el cuadro. Anotó la hora, escribió algo y luego observó al padre y a la madre.

El médico era un hombre físicamente atractivo. Tenía la piel fresca y tostada. Vestía traje con chaleco, corbata de color vivo, camisa con gemelos.

La madre se dijo a sí misma: viene de algún acto en el que había público. Le han impuesto alguna medalla.

El médico explicó:

—No es para dar saltos de júbilo, pero tampoco hay que preocuparse. Despertará muy pronto. —Volvió a mirar al niño—. Sabremos más cuando recibamos los análisis.

—Oh, no —se lamentó la madre. El médico dijo:

—Suelen darse casos semejantes. El padre preguntó:

—¿No lo llamaría coma, entonces?

El padre miró al médico y aguardó.

—No, no quiero llamarlo así —dijo el médico—. Está durmiendo. Es un sueño reparador. El cuerpo hace lo que tiene que hacer.

—Está en coma —aseguró la madre—. En una especie de coma.

El médico insistió:

—Yo no lo llamaría así.

Tomó las manos de la mujer y les dio unas palmaditas. Luego estrechó la mano del marido.


La mujer puso los dedos sobre la frente del niño y los mantuvo en ella unos minutos.

—No tiene fiebre, al menos —afirmó. Luego añadió—: No sé. Tócale la cabeza.

El hombre puso los dedos sobre la frente del niño. Y comentó:

—Seguramente es normal que esté así.

La mujer siguió de pie unos instantes más, mordisqueándose el labio. Luego fue hasta su silla y se sentó.

El marido se sentó a su lado en otra silla. Quería añadir algo, pero no encontró palabras adecuadas a la situación. Cogió la mano de su mujer y se la puso sobre las rodillas. Cuando lo hizo, se sintió mejor. Le hizo sentir que expresaba algo. Siguieron así un breve lapso, mirando al niño, en silencio. De cuando en cuando el hombre apretaba la mano de su esposa, que al cabo la retiró de la suya.

—He rezado —dijo ella.

—Yo también —coincidió él—. Yo también he rezado.


Volvió a entrar una enfermera; comprobó el goteo de la botella.

Entró un médico y pronunció su nombre. Llevaba mocasines.

—Vamos a bajarlo para hacerle más radiografías —aclaró—. Y queremos examinarle con el scanner.

—¿El scanner? —preguntó la madre. Estaba de pie, entre el médico y la cama.

—No es nada —minimizó él.

—Dios mío —exclamó ella.

Entraron dos enfermeros. Traían una especie de camilla con ruedas. Desconectaron el tubo y, con suavidad, pasaron al niño a la camilla.


No trajeron al niño a su cuarto hasta después del amanecer. El padre y la madre entraron en el ascensor tras los enfermeros. Subieron y llegaron a la habitación. Una vez más, ambos tomaron asiento junto a la cama.

Esperaron todo el día. El niño no despertaba. El médico vino de nuevo y examinó otra vez al chico y salió del cuarto después de repetir las mismas cosas de la víspera. Entraron enfermeras. Entraron médicos. Entró un ayudante del laboratorio y le extrajo muestras de sangre.

—No lo entiendo —le dijo la madre al asistente.

—Son órdenes del doctor —explicó el asistente.

La madre fue hasta la ventana y miró el aparcamiento. Coches con los faros encendidos llegaban y partían. Se quedó allí, con las manos sobre el alféizar. Y se decía a sí misma: nos está pasando algo, algo muy grave.
Tenía miedo.

Vio como un coche se paraba y subía en él una mujer con un largo abrigo. Imaginó que era aquella mujer. Imaginó que se alejaba de allí en aquel coche rumbo a cualquier otro lugar.

El médico entró en el cuarto. Parecía más bronceado y saludable que nunca. Fue hasta la cama y examinó al chico. Concluyó:

—Sus constantes son buenas. Todo está bien.

La madre se lamentó:

—Pero sigue dormido.

—Sí —asintió el médico.

El marido señaló:

—Está agotada. Está muerta de hambre. El médico aconsejó:

—Debería descansar. Debería comer algo. Ann... —Gracias —dijo el marido.

Se dieron la mano, y el médico les dio unas palmaditas en el hombro. Luego salió.


—Creo que uno de los dos debería ir a casa a ver cómo están las cosas —sugirió el hombre— Hay que dar de comer al perro.

—Llama a algún vecino —propuso la esposa—. Alguien lo hará si se lo pides.

La mujer trató de pensar en quién. Cerró los ojos y trató simplemente de pensar. Al poco decidió:

—A lo mejor lo hago yo misma. A lo mejor, si no estoy aquí mirándole, vuelve en sí. A lo mejor no despierta porque estoy aquí mirándole.

—Puede que sea eso —concedió el marido.

—Me iré a casa y tomaré un baño y me cambiaré de ropa.

—Creo que es precisamente eso lo que debes hacer —la animó el hombre.

La mujer cogió su bolso. Su marido la ayudó a ponerse el abrigo. Se dirigió hacia la puerta, y se volvió. Miró al niño, y luego al padre. El hombre hizo un gesto afirmativo con la cabeza y sonrió.

Pasó el cuarto de enfermeras y llegó al final del pasillo, donde al doblar la esquina vio una pequeña sala de espera. Había en ella una familia, estaba sentada en sillas de mimbre. Un hombre en camisa caqui, con una gorra de béisbol echada hacia la coronilla; una mujer corpulenta en bata y zapatillas; una chica en vaqueros, con docenas de ensortijadas trenzas. La mesa estaba atestada de envoltorios de papel encerado y de espuma de estireno y de cucharillas de café y de bolsitas de sal y pimienta.

—Nelson —la abordó la mujer—. ¿Se trata de Nelson? Sus ojos se agrandaron.

—Dígame, señora —insistió—. ¿Se trata de Nelson?

Intentaba levantarse de la silla. Pero el hombre la sujetaba por el brazo.

—Vamos, vamos —la tranquilizó el hombre.

—Lo siento —se disculpó la madre de Scotty—. Estoy buscando el ascensor. Tengo a mi hijo en el hospital. No encuentro el ascensor.

—'Está por allí —indicó el hombre, y señaló con el dedo la dirección correcta.

—A mi hijo lo ha atropellado un coche —explicó la madre de Scotty—. Pero se pondrá bien. Está conmocionado, aunque puede que también esté en una especie de coma. Eso es lo que nos preocupa, lo del coma. Voy a salir un rato. Quizá tome un baño. Pero mi marido se ha quedado con él. Cuidándole. Es posible que cuando me vaya haya algún cambio. Mi nombre es Ann Weiss.

El hombre se movió en su silla. Sacudió la cabeza.

—Nuestro Nelson... —empezó.


Tomó la vereda de entrada. El perro salió corriendo de la parte de atrás de la casa. Corría en círculos sobre la hierba. La mujer cerró los ojos y dejó que su cabeza descansara sobre el volante. Escuchó el ralentí del motor.

Se apeó y fue hasta la puerta. Entró y encendió las luces y puso agua para hacer té. Abrió una lata y dio de comer al perro. Se sentó en el sofá con una taza de té.

Sonó el teléfono.

—¡Sí! —exclamó—. ¡Diga!

—¿La señora Weiss? —preguntó una voz de hombre.

—Sí —contestó ella—. Soy la señora Weiss. ¿Se trata de Scotty?

—Scotty —dijo la voz—. Se trata de Scotty —siguió la voz—. Tiene que ver con Scotty, sí.


En De qué hablamos cuando hablamos de amor
Traducción: Jesús Zulaika Goicochea
Imagen: © Bob Adelman/Corbis

7 dic. 2013

Raymond Carver - El tren

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A John Cheever

La mujer se llamaba Miss Dent, y aquella tarde había encañonado a un hombre con una pistola. Le había obligado a arrodillarse en el polvo suplicando que le perdonara la vida. Mientras los ojos del hombre se llenaban de lágrimas y sus dedos estrujaban hojas caídas, ella le apuntaba con el revólver y le cantaba cuatro verdades. Trataba de hacerle comprender que no podía seguir pisoteando los sentimientos de la gente.

—¡Ni un movimiento! —dijo.

Pero el hombre simplemente escarbaba el polvo con los dedos y movía un poco las piernas, muerto de miedo. Cuando ella terminó de hablar, cuando dijo todo lo que pensaba de él, le puso el pie en la nuca y le aplastó la cara contra el polvo. Luego guardó el revólver en el bolso y volvió a pie a la estación.

Se sentó en un banco en la desierta sala de espera con el bolso en el regazo. La taquilla estaba cerrada; no había nadie. Incluso el aparcamiento estaba vacío, delante de la estación. Fijó la vista en el enorme reloj de la pared. Quería dejar de pensar en el hombre y en su comportamiento con ella después de conseguir lo que quería. Pero estaba segura de que durante mucho tiempo recordaría el sonido que el hombre emitió por la nariz al arrodillarse. Inspiró profundamente, cerró los ojos y esperó oír el ruido del tren.

La puerta de la sala de espera se abrió. Miss Dent miró en aquella dirección y vio entrar a dos personas. Una de ellas era un anciano de pelo blanco y corbata blanca de seda; la otra era una mujer de mediana edad que llevaba los ojos sombreados, los labios pintados, y un vestido de punto de color rosa. La tarde había refrescado, pero ninguno de los dos llevaba abrigo y el anciano iba sin zapatos. Se detuvieron en el umbral, aparentemente sorprendidos de encontrar a alguien en la sala de espera. Trataron de comportarse como si su presencia no les molestase. La mujer le dijo algo al anciano, pero miss Dent no percibió sus palabras. La pareja entró en la sala. A miss Dent le pareció que tenían cierto aire de inquietud, de haber salido de algún sitio a toda prisa y de ser incapaces todavía de hablar de ello. También podría ser, pensó miss Dent, que hubiesen bebido demasiado. La mujer y el anciano de pelo blanco miraron al reloj, como si pudiera decirles algo sobre su situación y lo que debían hacer a continuación.

Miss Dent también miró al reloj. Nada había en la sala de espera que anunciase el horario de llegada y salida de los trenes. Pero estaba dispuesta a esperar el tiempo que fuese necesario. Sabía que si aguardaba lo suficiente, llegaría un tren, lo abordaría y la llevaría lejos de aquel sitio.

—Buenas tardes —le dijo el anciano a miss Dent.

Lo dijo, pensó ella, como si se tratara de una tarde de verano normal y él fuese un anciano importante que llevara zapatos y esmoquin.

—Buenas tardes —contestó miss Dent.

La mujer del vestido de punto la miró de un modo calculado para darle a entender que no se alegraba de encontrarla en la sala de espera.

El anciano y la mujer se sentaron en un banco al otro lado de la sala, justo enfrente de miss Dent. Miró cómo el anciano se estiraba un poco los pantalones, cruzaba las piernas y empezaba a mover el pie, convenientemente enfundado en su calcetín. El anciano sacó un paquete de cigarrillos y una boquilla del bolsillo de la camisa. Insertó el cigarrillo en la boquilla y se llevó la mano al bolsillo de la camisa. Luego buscó en los bolsillos del pantalón.

—No tengo lumbre —dijo a la mujer.

—Yo no fumo —contestó ésta—. Cualquiera diría que no me conoces lo suficiente para saberlo. Si es que tienes que fumar, ella quizá tenga una cerilla.

La mujer alzó la barbilla lanzando una mirada a miss Dent.

Pero miss Dent meneó la cabeza. Se acercó más el bolso. Tenía las rodillas juntas, los dedos crispados sobre el bolso.

—Así que, encima de todo lo demás, no hay cerillas —dijo el anciano de pelo blanco.

Se registró los bolsillos una vez más. Luego suspiró y sacó el cigarrillo de la boquilla. Volvió a meter el cigarrillo en el paquete. Guardó los cigarrillos y la boquilla en el bolsillo de la camisa.

La mujer empezó a hablar en una lengua que miss Dent no entendía. Pensó que podría ser italiano porque su rápida manera de hablar se parecía a la de Sofía Loren en una película que había visto.

El anciano meneó la cabeza.

—No te sigo, ¿sabes?, vas muy deprisa para mí; tendrás que ir más despacio. Habla inglés. No puedo seguirte —dijo.

Miss Dent dejó de aferrar el bolso y lo puso en el banco, junto a ella. Miró el cierre. No sabía exactamente lo que debía hacer. La sala era pequeña y no le parecía bien levantarse de pronto para ir a sentarse a otra parte. Sus ojos se dirigieron al reloj.

—No puedo soportar a esa pandilla de locos —dijo la mujer—. ¡Es tremendo! Sencillamente, no puede explicarse con palabras. ¡Dios mío!

La mujer dijo esto y meneó la cabeza. Se dejó caer contra el respaldo del banco, como agotada. Alzó la vista y miró brevemente al techo.

El anciano tomó la corbata de seda entre los dedos y empezó a manosear el tejido. Se abrió un botón de la camisa y pasó la corbata por dentro. La mujer prosiguió, pero él parecía pensar en otra cosa.

—Es esa chica la que me da lástima —dijo la mujer—. La pobrecita, solo en una casa llena de idiotas y de víboras. Es la única que me da pena. ¡Y a ella es a quien hay que pagar! ¡No a los demás. ¡Desde luego no a ese imbécil que llaman Capitán Nick! Es completamente irresponsable. A él no.

El anciano alzó la cabeza y echó una mirada por la sala de espera. Se fijó un momento en miss Dent.

Miss Dent miró por encima de él, a la ventana. Vio la alta farola, con la luz brillando sobre el aparcamiento vacío. Tenía las manos cruzadas en el regazo y trataba de concentrarse en sus propios asuntos. Pero no podía dejar de oír lo que aquella gente decía.

—Te voy a decir una cosa —dijo la mujer—. La chica es la única que me interesa. ¿A quién le importa el resto de esa tribu? Toda su existencia gira alrededor del café au lait y los cigarrillos, de su refinado chocolate suizo y de esos puñeteros guacamayos. No les importa nada aparte de eso. ¿Qué más les interesa? Si no vuelvo a ver a esa pandilla otra vez, tanto mejor. ¿Me entiendes?

—Claro que te entiendo —contestó el anciano—. Naturalmente.

Descabalgó la pierna, la apoyó en el suelo y cruzó la otra.

—Pero no te enfades por eso ahora —dijo.

—Dices que no me enfade por eso. ¿Por qué no te miras al espejo?

—No te inquietes por mí —contestó el anciano—. Peores cosas me han pasado y aquí me tienes.

Se rió en voz baja y meneó la cabeza.

—No te preocupes por mí.

—¿Cómo no voy a preocuparme por ti? —preguntó ella—. ¿Quién, si no, va a preocuparse por ti? ¿Esa mujer del bolso va a preocuparse por ti?

Dejó de hablar el tiempo suficiente para fulminar a miss Dent con la mirada.

—Lo digo en serio, amico mío. ¡Pero mírate! ¡Por Dios, si no hubiese tenido ya tantas cosas en la cabeza, me habría dado un ataque de nervios allí mismo! Dime quién más va a preocuparse por ti si yo no lo hago. Te hago una pregunta en serio. Ya que sabes tantas cosas, contéstame a ésa.

El anciano de pelo blanco se puso en pie y luego volvió a sentarse.

—No te preocupes por mí, simplemente —dijo—. Preocúpate por otra persona. Si quieres preocuparte por alguien, hazlo por la chica y por el Capitán Nick. Tú estabas en otra habitación cuando él dijo: «Yo no soy serio, pero estoy enamorado de ella.» Esas fueron sus palabras.

—¡Sabía que pasaría algo así! —gritó la mujer.

Cerró los dedos y se llevó las manos a las sienes.

—¡Sabía que me dirías algo parecido! Pero tampoco me sorprende. No, no me pilla de sorpresa. Un leopardo no muda las manchas. Nunca se ha dicho nada más cierto. Lo dice la experiencia. Pero, ¿cuándo vas a despertarte, viejo estúpido? Contéstame. ¿Eres como la mula, que primero hay que darle bastonazos entre los ojos? O Dio mío! ¿Por qué no vas a mirarte al espejo? Mírate bien, mientras puedas.

El anciano se levantó del banco y se acercó a la fuente. Se puso una mano a la espalda, abrió el grifo y se inclinó para beber. Luego se enderezó y se limpió la barbilla con el dorso de la mano. Se llevó las manos a la espalda y empezó a recorrer la habitación como si estuviera de paseo.

Pero miss Dent vio que sus ojos exploraban el suelo, los bancos vacíos, los ceniceros. Comprendió que buscaba cerillas y lamentó no tener ninguna.

La mujer se había vuelto para seguir los movimientos del anciano.

—¡Pollo frito de Kentucky en el polo norte! ¡El Coronel Sanders con botas y parka! ¡Eso fue el colmo! ¡El acabose!

El anciano no contestó. Prosiguió su circunnavegación de la sala y se detuvo delante de la ventana. Se quedó allí, con las manos a la espalda, mirando el aparcamiento vacío.

La mujer se volvió hacia miss Dent. Se tiró de la sisa del vestido.

—La próxima vez que vaya a ver películas domésticas sobre Point Barrow, Alaska, y sus esquimales norteamericanos, me lo tendré merecido. ¡Qué absurdo, por Dios! Hay gente que haría cualquier cosa. Los hay que tratarían de matar de aburrimiento a sus enemigos. Pero habría que haberlo visto.

La mujer lanzó a miss Dent una mirada agresiva, como si la desafiara a llevarle la contraria.

Miss Dent cogió el bolso y se lo puso en el regazo. Miró al reloj, que parecía avanzar muy despacio, suponiendo que se moviera.

—No es usted muy habladora —dijo la mujer a miss Dent—. Pero apuesto a que tendría mucho que decir si alguien la animara. ¿Verdad? Pero usted es lista. Prefiere quedarse sentada con su boquita decorosamente cerrada mientras otros hablan sin parar. ¿Tengo razón? Agua mansa. ¿Así es usted? —preguntó la mujer—. ¿Cómo la llaman?

—Miss Dent. Pero no la conozco a usted.

—¡Pues yo tampoco a usted! —exclamó la mujer—. Ni la conozco ni quiero conocerla. Quédese ahí sentada y piense lo que quiera. Eso no cambiará nada. ¡Pero sé lo que pienso yo, que esto da asco!

El anciano se apartó de la ventana y salió. Cuando volvió, un momento después, tenía un cigarrillo encendido en la boquilla y parecía de mejor humor. Llevaba los hombros echados hacia atrás y la barbilla hacia adelante. Se sentó junto a la mujer.

—En el fondo, tienes suerte —dijo la mujer—. Y eso es una ventaja en tu situación. Siempre lo he sabido, aunque nadie más se diese cuenta. La suerte es importante.

La mujer miró a miss Dent y prosiguió:

—Joven, apuesto a que usted ha cometido errores en la vida. Estoy segura. Me lo dice la expresión de su cara. Pero usted no va a hablar de ello. Adelante, pues, no hable. Deje que hablemos nosotros. Pero envejecerá. Entonces ya tendrá algo de que hablar. Espere a tener mi edad. O la suya —añadió la mujer, señalando al anciano con el dedo pulgar—. No lo quiera Dios. Pero todo llega. A su debido tiempo todo llega. Y tampoco hay que buscarlo. Viene sólo.

Miss Dent se levantó del banco sin dejar el bolso y se acercó a la fuente. Bebió y se volvió a mirarlos. El anciano había terminado su cigarrillo. Lo sacó de la boquilla y lo tiró debajo del banco. Golpeó la boquilla contra la palma de la mano, sopló el humo que había dentro y volvió a guardarla en el bolsillo de la camisa.

Ahora también prestó atención a miss Dent. Fijó la vista en ella y esperó junto con la mujer. Miss Dent hizo acopio de fuerzas para hablar. No sabía por dónde empezar, pero pensó que podría decir primero que tenía una pistola en el bolso. Incluso podría decirles que aquella misma tarde había estado a punto de matar a un hombre.

Pero en aquel momento oyeron el tren. Primero, el silbido; luego, un ruido metálico y un timbre de alarma cuando la barrera descendió sobre el paso a nivel. La mujer y el anciano de pelo blanco se levantaron del banco y se dirigieron a la puerta. El anciano abrió la puerta para que pasara su compañera, luego sonrió e hizo un gesto con la mano para que miss Dent saliera antes que él. Ella llevaba el bolso sujeto contra la blusa. Salió detrás de la mujer mayor.

El tren silbó otra vez al tiempo que aminoraba la marcha; luego se detuvo delante de la estación. El foco de la locomotora se movía de un lado para otro sobre los raíles. Los dos vagones que componían el pequeño convoy estaban bien iluminados, de modo que a las tres personas que estaban en el andén les resultó fácil ver que el tren venía casi vacío. Pero no les sorprendió. A aquella hora, lo que les sorprendía era ver a alguien a bordo.

Los escasos viajeros se asomaban a las ventanillas de los vagones y encontraban raro ver a aquella gente en el andén, disponiéndose a abordar un tren a aquella hora de la noche. ¿Qué asuntos les habrían sacado de sus casas? A aquella hora, la gente debería estar pensando en acostarse. En las casas de las colinas que se veían detrás de la estación, las cocinas estaban limpias y arregladas; los lavavajillas hacía mucho que habían concluido su función, todo estaba en su sitio. Las lamparillas de noche brillaban en los cuartos de los niños. Unas cuantas adolescentes aún estarían leyendo novelas, retorciéndose un mechón de pelo entre los dedos. Pero las televisiones se apagaban. Maridos y mujeres se disponían a pasar la noche. La media docena de viajeros sentados en los dos vagones miraban por la ventanilla y sentían curiosidad por las tres personas del andén.

Vieron a una señora de mediana edad, muy maquillada y con un vestido de punto de color rosa, subir el estribo y entrar en el tren. Tras ella, una mujer más joven, vestida con blusa y falda de verano que aferraba un bolso. Las siguió un anciano que andaba despacio con aire de dignidad. El anciano tenía el pelo blanco y llevaba una corbata blanca de seda, pero iba descalzo. Los viajeros, como es lógico, pensaron que los tres iban juntos; y tuvieron la seguridad de que, fuera cual fuese el asunto que les tenía ocupados aquella noche, no había tenido un desenlace satisfactorio. Pero los viajeros habían visto en su vida cosas más extrañas. El mundo está lleno de historias de todo tipo, como ellos bien sabían. Aquello tal vez no fuese tan malo como parecía. Por esa razón, apenas volvieron a pensar en las tres personas que avanzaban por el pasillo para encontrar acomodo: la mujer y el anciano de pelo blanco se sentaron juntos, la joven del bolso unos asientos más atrás. En cambio, los viajeros miraban a la estación pensando en sus cosas, en los asuntos en que estaban enfrascados antes de que el tren parase en la estación.

El factor examinó la vía. Luego miró atrás, en la dirección en que venía el tren. Alzó el brazo y, con la linterna, hizo una señal al maquinista. Eso era lo que el maquinista esperaba. Giró un botón y bajó una palanca. El tren arrancó. Lentamente al principio, pero luego empezó a tomar velocidad. Fue acelerando hasta que una vez más surcó la campiña a toda marcha, con sus vagones brillantes arrojando luz sobre la vía.


En Catedral
Traducción de Benito Gómez Ibáñez
Imagen: © Bob Adelman/Corbis

18 jun. 2013

Raymond Carver: Vándalos

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Carol y Robert Noris eran viejos amigos de Joanne, la mujer de Nick. La habían conocido tiempo atrás, mucho antes que Nick. Cuando aún estaba casada con Bill Daly. En aquella época, los cuatro —Carol y Robert, Joanne y Bill— eran recién casados y estudiaban el último curso de bellas artes en la Universidad de Seattle. Vivían juntos, en una casa grande de Capitol Hill, y compartían el alquiler y el cuarto de baño. Comían juntos muchas veces y se quedaban charlando y bebiendo vino hasta altas horas de la noche. Se pasaban los trabajos y los examinaban y evaluaban conjuntamente. Y el último año que vivieron juntos en la casa —antes de que Nick apareciese en escena— incluso compraron a medias un velero barato con el que navegaron en verano por el lago Washington.
—Pasamos ratos buenos y malos, tuvimos nuestros altibajos —dijo Robert por segunda vez aquella mañana, riendo y mirando a los que estaban sentados en torno a la mesa.
Era un domingo por la mañana, y estaban en la cocina de Nick y Joanne, en Aberdeen, comiendo salmón ahumado, huevos revueltos y queso fresco untado en panecillos redondos. Era el salmón que Nick había pescado el verano anterior y que luego mandó embalar al vacío para congelarlo. Le gustó que Joanne contara a Carol y a Robert que lo había pescado él. Incluso sabía —decía saber— lo que había pesado el salmón.
—Éste pesaba casi ocho kilos —dijo, y Nick, encantado, soltó una carcajada.
Nick lo había sacado del congelador la noche anterior, después de que Carol llamara a Joanne para decirle que pasaría por la ciudad con Robert y su hija Jenny y se acercarían a verlos.
—¿Podemos levantarnos? —dijo Jenny—. Queremos ir a patinar.
—Tenemos los patines en el coche —dijo Megan, la amiga de Jenny.
—Llevad vuestros platos al fregadero —dijo Robert—. Luego podéis ir a patinar. Pero no vayáis muy lejos, quedaos por el barrio. Y tened cuidado.
—¿No pasará nada? —dijo Carol.
—Pues claro que no —dijo Joanne—. ¿Qué va a pasar? Ojalá tuviera yo un monopatín. Me iría con ellas.
—Pero en su mayoría fueron ratos buenos —dijo Robert, hablando de su época de estudiantes—. ¿Verdad? —añadió, sonriendo y mirando a Joanne a los ojos.
Joanne asintió con la cabeza.
—Sí, qué tiempos aquéllos —dijo Carol.
Nick tuvo la sensación de que Joanne quería preguntarles algo acerca de Bill Daly. Pero no lo hizo. Sonrió, mantuvo la sonrisa un momento más del necesario y luego preguntó si alguien quería más café.
—Yo sí, gracias —dijo Robert.
—No —dijo Carol, poniendo la mano sobre su taza.
Nick sacudió la cabeza.
—Bueno, háblame de la pesca del salmón —dijo Robert.
—No hay mucho que decir —repuso Nick—. Hay que levantarse temprano y salir al mar. Si no sopla el viento, no llueve, hay peces y tienes bien puesto el aparejo, puede que cojas algo. Lo más probable, si hay suerte, es que de cada cuatro que piquen te lleves uno a casa. Algunos dedican a eso la vida entera. Yo voy a pescar un poco en los meses de verano, y ya está.
—¿Sales a pescar en barco? —le preguntó Robert.
Lo dijo de improviso, como sin pensarlo. Nick vio que en realidad no le interesaba, pero se sintió obligado a contestar, ya que había sido él quien sacó el tema.
—Tengo un barco —dijo Nick—. Lo dejo atracado en el puerto deportivo.
Robert asintió despacio con la cabeza. Joanne le sirvió café, y él la miró sonriendo.
—Gracias, cariño —le dijo.
Nick y Joanne veían a Carol y Robert cada seis meses más o menos: a decir verdad, más a menudo de lo que le hubiera gustado a Nick. No es que no le cayeran bien; le parecían simpáticos. En realidad los apreciaba más que a los otros amigos de Joanne que conocía. Le gustaba el amargo sentido del humor de Robert, y la manera que tenía de contar una historia, haciendo que pareciese más divertida de lo que seguramente era en realidad. También le gustaba Carol. Era una mujer bonita, siempre de buen humor, que a veces pintaba cuadros con pintura acrílica: les había regalado uno y Nick y Joan lo colgaron en su dormitorio. Carol siempre era amable con Nick, nunca se había mostrado desagradable con él. Pero a veces, cuando Robert y Joanne se ponían a recordar el pasado, Nick se sorprendía mirando a Carol, que, sentada al otro lado de la habitación, mantenía su mirada, sonreía y luego movía un poco la cabeza, como si aquellas conversaciones sobre el pasado careciesen de sentido.
Sin embargo, cuando estaban todos juntos, Nick no podía evitar la sensación de que lo juzgaban en silencio, y de que Robert, incluso Carol, le seguían culpando por haber roto el matrimonio de Joanne con Bill, acabando así con la feliz existencia de las dos parejas.
Se veían en Aberdeen dos veces al año, una a principios y otra a finales de verano. Robert y Carol pasaban por allí con su hija de diez años, Jenny, de camino a la selva tropical de la península de Olympic, donde se alojaban en un hotel de un lugar llamado Playa Ágata, en cuyos parajes Jenny llenaba de ágatas un bolso de cuero para llevárselas a Seattle y pulirlas.
Nunca se quedaban a pasar la noche en casa de Nick y Joanne; Nick pensó que, en primer lugar, nunca los habían invitado a quedarse, aunque estaba seguro de que a Joanne le habría encantado si él se lo hubiese sugerido. Pero no lo había hecho. Siempre que iban a verlos, llegaban a la hora de desayunar o, si no, poco antes de comer. Carol siempre les llamaba con suficiente antelación, para que estuviesen preparados. Eran puntuales, y Nick lo apreciaba.
A Nick les caían bien, pero en cierto modo siempre estaba incómodo en su presencia. Nunca, ni una sola vez, habían hablado de Bill Daly delante de él, ni siquiera mencionaban su nombre. Sin embargo, cuando los cuatro estaban juntos, Nick tenía la sensación de que Daly no se encontraba muy lejos de sus pensamientos. Nick le había quitado la mujer a Bill, y ahora aquellos viejos amigos de Daly estaban en casa del hombre que se había comportado con tan cruel falta de consideración, complicándoles la vida a todos durante una buena temporada. ¿No era una especie de traición que Robert y Carol fuesen amigos del causante de todo aquello? ¿Que compartiesen el pan con aquel individuo, en su misma casa, y vieran cómo pasaba cariñosamente el brazo por los hombros de la que antes había sido la mujer de su amigo?
—No os vayáis lejos, cariño —le dijo Carol a Jenny cuando las niñas salían de la cocina—. Nos vamos a ir pronto.
—No iremos lejos —dijo Jenny—. Patinaremos ahí delante.
—A ver si es verdad —dijo Robert. Miró el reloj—: Nos iremos enseguida, niñas.
La puerta se cerró detrás de las niñas, y los adultos volvieron a una cuestión que habían mencionado poco antes: el terrorismo. Robert era profesor de arte en un instituto de Seattle, y Carol trabajaba en una boutique cerca de Pike Place Market. Ninguno de sus conocidos tenía intención de ir a Europa o a Oriente Próximo aquel verano. De hecho, varios amigos suyos habían anulado las vacaciones que pensaban pasar en Italia y Grecia.
—Primero conoce Norteamérica, ése es mi lema —dijo Robert.
Prosiguió hablando de su madre y su padrastro, que acababan de pasar dos semanas en Roma. Les perdieron el equipaje y tardaron tres días en encontrarlo, ése fue el primer incidente. Luego, la segunda noche, mientras paseaban por via Veneto camino de un restaurante que no estaba lejos de su hotel —patrullaban la calle agentes uniformados con metralletas—, un ladrón en bicicleta le robó el bolso a su madre de un tirón. Dos días después alquilaron un coche, se fueron a cincuenta kilómetros de Roma y, cuando estaban visitando un museo, les rajaron un neumático y les robaron el capó.
—No se llevaron la batería ni nada, ¿entendéis? —dijo Robert—. Querían el capó. ¿Os lo podéis imaginar?
—¿Para qué querrían el capó? —preguntó Joanne.
—Quién sabe —dijo Robert—. Pero en cualquier caso, desde que empezamos a bombardear, a los turistas se les están poniendo feas las cosas por allí. ¿Qué pensáis vosotros de los bombardeos? Creo que con eso sólo se consigue que los norteamericanos se lleven la peor parte. Ahora pueden atacar a cualquiera.
Nick removió el café y dio un sorbo antes de responder:
—Yo ya no estoy seguro de nada. En serio que no. No hago más que ver en mi cabeza todos esos cadáveres tendidos en un charco de sangre en medio de un aeropuerto. No sé. —Removió de nuevo el café—: Por aquí dicen algunos que, ya que nos habíamos puesto, a lo mejor teníamos que haber soltado unas cuantas bombas más. Y un tío incluso me ha dicho que no deberían haberse parado, que tenían que haber dejado aquel sitio como un aparcamiento. Yo no sé lo que deberían haber hecho. Pero sí creo que teníamos que hacer algo.
—Bueno, eso es un poco radical, ¿no? —dijo Robert—. ¿Como un aparcamiento? ¿Te refieres a tirar una bomba atómica?
—He dicho que no sabía lo que deberían haber hecho. Pero había que reaccionar de algún modo.
—Diplomacia —dijo Robert—. Sanciones económicas. Que lo sintieran en el bolsillo. Verías como luego andaban más derechos que una vela.
—¿Queréis que haga más café? —dijo Joanne—. Sólo tardaré un momento. ¿Quién quiere melón?
Echó su silla hacia atrás y se levantó de la mesa.
—A mí no me cabe nada más —dijo Carol.
—A mí tampoco. Estoy lleno —dijo Robert. Parecía que deseaba seguir con la conversación, pero entonces cambió de tema—: Algún día iré de pesca contigo, Nick. ¿Cuándo es la mejor época?
—Harás bien. A ver si es verdad —dijo Nick—. Ven cuando te apetezca y quédate el tiempo que quieras. Julio es el mejor mes. Pero agosto tampoco está mal. Incluso las dos primeras semanas de septiembre.
Empezó a decir algo sobre lo estupendo que era pescar por la noche, cuando casi todos los barcos volvían a puerto. Un día, dijo, pescó un salmón enorme a la luz de la luna.
Robert pareció pensarlo un momento. Bebió un sorbo de café.
—Lo haré. Vendré este verano; en julio, si te parece bien.
—Estupendo —dijo Nick.
—¿Qué equipo tengo que traer? —dijo Robert, interesado.
—Con que vengas tú, ya está. Tengo todo lo necesario.
—Te puedes llevar mi caña —dijo Joanne.
—Pero entonces tú te quedarás sin pescar —dijo Robert.
Y con eso se acabó la conversación sobre la pesca.
Nick comprendió que la perspectiva de pasar con Robert unas horas interminables en un barco los ponía a los dos igualmente incómodos. No, francamente no veía más futuro a su relación que la de sentarse en aquella cómoda cocina dos veces al año, para charlar un poco mientras desayunaban y tomaban café. Juntos pasaban un rato bastante agradable, y no hacía falta nada más. Simplemente no cabía imaginar otra cosa. Últimamente incluso se había negado a hacer algún que otro viaje a Seattle con Joanne, porque sabía que ella acabaría queriendo pasar a tomar café por casa de Robert y Carol. Siempre ponía una excusa y se quedaba en casa. Decía que tenía mucho trabajo en la serrería que regentaba. En una ocasión, Joanne había dormido en casa de Robert y Carol, y cuando volvió, Nick tuvo la impresión de que estuvo distante y pensativa durante unos días. Le preguntó por la visita y ella le dijo que lo había pasado estupendamente y que después de cenar se quedaron charlando hasta muy tarde. Sospechaba que habían hablado de Bill Daly; en realidad estaba seguro, y esa idea le sacaba de quicio. Pero ¿qué más daba que hubieran hablado de Bill Daly? Ahora Joanne era su mujer. Hubo una época en que habría matado por ella. La seguía queriendo, y ella a él, pero ya no sentía aquella obsesión. No, ya no mataría por ella, y le costaba comprender que hubiera podido albergar un sentimiento así. No merecía la pena matar a nadie, ni por ella ni por nadie.
Joanne se levantó y empezó a quitar los platos de la mesa.
—Deja que te ayude —dijo Carol.
Nick rodeó con el brazo la cintura de Joanne y la apretó contra sí, como vagamente avergonzado de lo que había estado pensando. Joanne se quedó quieta, sin apartarse de la silla de Nick. Dejó que la abrazara. Luego se ruborizó levemente y se apartó un poco. Nick la soltó.
Se abrió la puerta y las dos niñas, Jenny y Megan, entraron como una tromba en la cocina con los monopatines en la mano.
—Hay fuego en la calle —dijo Jenny.
—Está ardiendo una casa —dijo Megan.
—¿Fuego? —dijo Carol—. Si de verdad hay fuego, no os acerquéis.
—Yo no he oído a los bomberos —dijo Joanne—. ¿Y vosotros?
—Yo tampoco —dijo Robert—. Iros a jugar, niñas. No tardaremos mucho en marcharnos.
Nick se acercó a la ventana y miró a la calle, pero no parecía que pasara nada fuera de lo corriente. La idea de una casa incendiándose a las once de la mañana de aquel día claro y soleado era incomprensible. Además, no había habido alarmas, ni habían pasado coches llenos de mirones, ni habían sonado las campanas, ni se habían oído sirenas ni chirriar de frenos. Nick pensó que debía de formar parte de un juego que las niñas habían inventado.
—Ha sido un desayuno fabuloso —dijo Carol—. Me ha encantado. Me dan ganas de tumbarme a dormir.
—¿Por qué no te echas un poco? —le dijo Joanne—. Arriba tenemos una habitación de invitados. Dejad que las niñas vayan a jugar mientras os echáis una siesta antes de marcharos.
—Pues claro —dijo Nick—. ¿Por qué no?
—Bueno, Carol sólo lo decía en broma —dijo Robert, mirando a su mujer—. Nunca se nos ocurriría hacer algo así. ¿Verdad, Carol?
—Ah, no, desde luego que no —dijo Carol, riendo—. Pero todo estaba muy bueno, como siempre. Un brunch de champán sólo que sin champán.
—Mejor aún —dijo Nick.
Nick había dejado de beber seis años atrás, después de que lo detuvieron por conducir en estado de embriaguez. Fue con alguien a una reunión de Alcohólicos Anónimos, se dio cuenta de que aquello era lo más conveniente para él y empezó a ir todas las noches, en ocasiones dos veces por noche, durante dos meses, hasta que las ganas de beber se le quitaron de tal modo, como decía él, que parecía que nunca las había tenido. Pero incluso ahora, que no bebía, seguía yendo de cuando en cuando a alguna reunión.
—Y, hablando de beber —dijo Robert—, ¿te acuerdas de Harry Schuster, Jo? El doctor Harry Schuster, hoy especialista en trasplantes de médula espinal, no me preguntes cómo, pero ¿te acuerdas de aquella fiesta de Navidad en la que se peleó con su mujer?
—Marilyn —dijo Joanne—. Marilyn Schuster. Hacía mucho que no pensaba en ella.
—Marilyn, eso es —dijo Robert—. Porque creía que Marilyn había bebido demasiado y se estaba quedando con...
Hizo una pausa hasta que Joanne completó la frase.
—Bill.
—Exacto, con Bill —dijo Robert—. El caso es que primero tuvieron unas palabras y luego ella tiró las llaves de su coche al suelo del salón y le dijo: «Pues entonces conduce tú, ya que eres tan prudente y estás tan sobrio». Así que, como habían ido en dos coches, porque Harry trabajaba como interno en el hospital, él salió, cogió el coche de su mujer, lo aparcó dos manzanas más allá y luego volvió por su coche, lo aparcó a dos manzanas, volvió andando por el coche de ella, lo condujo dos manzanas, volvió andando por su coche, lo llevó un poco más allá y volvió por el coche de ella y lo adelantó otras dos manzanas, y así sucesivamente.
Todos se echaron a reír. Incluso Nick. Tenía gracia. En sus tiempos Nick había oído montones de historias de borrachos, pero ninguna con aquella chispa tan especial.
—Bueno, para no extenderme demasiado, como suele decirse, Harry llevó así los dos coches a su casa. Tardó dos o tres horas en recorrer siete kilómetros. Y cuando llegó, se encontró con Marilyn, sentada a la mesa con una copa en la mano. «Feliz Navidad», le dijo al verlo entrar por la puerta, y entonces Harry la dejó plantada.
Carol emitió un silbido.
—Todo el mundo sabía que aquellos dos no iban a ninguna parte. Llevaban una vida bastante alocada. Al año siguiente acudieron los dos a la misma fiesta de Navidad, sólo que con diferente pareja.
—Con todas las veces que he conducido borracho —dijo Nick, sacudiendo la cabeza—, y sólo me han cogido una vez.
—Tuviste suerte —dijo Joanne.
—Los demás tuvieron suerte —dijo Robert—. Los otros conductores que se cruzaron contigo en la carretera sí tuvieron suerte.
—Con pasar una noche en el calabozo tuve suficiente —dijo Nick—. Dejé de beber para siempre. En realidad, me metieron en lo que llamaban celda de desintoxicación. A la mañana siguiente vino el médico, el doctor Forester, y nos examinó a uno detrás de otro en un cuarto pequeño. Te miraba los ojos con una linterna, mandaba extender las manos con las palmas hacia arriba, tomaba el pulso y auscultaba el corazón. Luego pronunciaba un sermón sobre la bebida y por último te comunicaba la hora en que iban a soltarte. Dijo que podía marcharme aquella misma mañana, a las once. «¿No podría irme más pronto, doctor?», le pregunté. «¿Por qué tiene tanta prisa?», quiso saber. «A esa hora tengo que estar en la iglesia. Me caso a las once».
—¿Y qué te contestó? —preguntó Carol.
—Me contestó: «Venga, lárguese de aquí. Pero que no se le olvide lo que le ha pasado, ¿eh?». Y no lo he olvidado. Dejé de beber. Ni siquiera bebí una copa por la tarde en el banquete de boda. Ni una gota. Para mí, se había acabado. Menudo susto me había llevado. A veces hace falta algo así, una verdadera sacudida en el sistema nervioso, para que cambien las cosas.
—A mi hermano pequeño casi lo mató un conductor borracho —dijo Robert—. Todavía está lleno de hierros y anda con un aparato ortopédico.
—¿Quién quiere café, por última vez? —preguntó Joanne.
—Sí, un poco, gracias —dije Carol, añadiendo—: Tenemos que ir a buscar a las niñas y ponernos en marcha.
Nick miró hacia la ventana y vio que pasaban coches por la calle y peatones que se apresuraban por la acera. Recordó lo que Jenny y su amiga habían dicho sobre un incendio, pero, por amor de Dios, si hubiera fuego también habría sirenas y coches de bomberos, ¿no? Hizo ademán de levantarse de la mesa, pero se quedó sentado.
—Es curioso —dijo—. Recuerdo que una vez, cuando bebía, caí en eso que llaman coma etílico y al perder el conocimiento me di con la cabeza contra una mesita. Por suerte en aquel momento me encontraba en la consulta del médico. Me desperté en una camilla, y Peggy, la mujer con quien estaba casado entonces, estaba inclinada sobre mí junto al médico y la enfermera. Peggy repetía mi nombre. Tenía toda la cabeza vendada, como un turbante. El médico me advirtió que había caído en coma, y que no sería la última vez si continuaba bebiendo. Le contesté que había comprendido el mensaje. Pero sólo lo dije por decir. Entonces no tenía intención de dejarlo. Me dije que habían sido los nervios, el agobio, lo que me había hecho perder el conocimiento, y lo mismo le dije a mi mujer.
»Pero aquella noche dábamos una fiesta, Peggy y yo. Era algo que llevábamos dos semanas planeando, y no podíamos anularlo así como así sin decepcionar a todo el mundo. ¿Os dais cuenta? Así que nos decidimos a dar la fiesta y vino todo el mundo y yo todavía con la venda en la cabeza. Me pasé la noche con un vaso de vodka en la mano. Le conté a todo el mundo que me había dado un golpe con la puerta del coche.
—¿Cuánto tiempo seguiste bebiendo después? —preguntó Carol.
—Pues bastante. Un año o así. Hasta que me detuvieron aquella noche.
—Ya no bebía cuando lo conocí —intervino Joanne, ruborizándose, como si hubiera dicho algo que no debiera haber dicho.
Nick le puso una mano en el cuello y le acarició la nuca. Le cogió un mechón de pelo y lo enrolló entre los dedos. Por la calle pasaba gente por delante de la ventana. La mayoría de los viandantes iba en mangas de camisa o en blusa. Un hombre llevaba a hombros a una niña pequeña.
—Dejé de beber un año antes de conocer a Joanne —dijo Nick, como explicándoles algo que debían saber.
—Cuéntales lo de tu hermano, cariño —le sugirió Joanne.
Nick no dijo nada al principio. Dejó de acariciar el pelo de Joanne y retiró la mano de su nuca.
—¿Qué le pasó? —preguntó Robert, inclinándose hacia adelante.
Nick sacudió la cabeza.
—Sí, ¿qué le pasó? —dijo Carol—. Nos lo puedes contar, Nick. Es decir, si quieres.
—¿Cómo hemos venido a parar a esto, de todos modos? —dijo Nick.
—Tú has sido quien ha empezado a hablar del tema —le dijo Joanne.
—Bueno, mirad, lo que pasó fue que yo intentaba dejar de beber y pensé que no lo conseguiría quedándome en casa, pero no quería ir a ningún sitio de ésos, ya sabéis, a una clínica o a un centro de rehabilitación, y mi hermano tenía una casa a la que sólo iba en verano y, como estábamos en octubre, pues le llamé y le pregunté si podía pasar un par de semanas allí para tratar de recuperarme. Al principio me dijo que sí. Me puse a hacer la maleta pensando en lo contento que estaba de tener familia, en la suerte de tener un hermano que iba a ayudarme. Pero enseguida sonó el teléfono y era mi hermano, y me dijo que había hablado con su mujer, que lo sentía, que no sabía cómo decírmelo, me dijo, pero que su mujer tenía miedo de que acabara prendiendo fuego a la casa. Dijo que me podía caer con un cigarrillo encendido entre los dedos, o dejar el fogón encendido. En cualquier caso les daba miedo de que prendiera fuego a la casa y que lo sentía mucho pero que no me la podía prestar. Así que le dije muy bien, vale, y deshice la maleta.
—¡Vaya! —exclamó Carol—. Tu propio hermano te hizo eso. Te dejó tirado. Tu propio hermano.
—No sé lo que habría hecho yo en su lugar —observó Nick.
—Sí que lo sabes —le dijo Joanne.
—Bueno, supongo que sí. Le habría prestado la casa, claro. Qué coño, ¿qué es una casa? Una casa se puede asegurar.
—Es increíble, desde luego —comentó Robert—. ¿Cómo te llevas con tu hermano ahora?
—Pues de ninguna manera, siento decirlo. Hace tiempo me pidió dinero prestado y me lo devolvió cuando dijo que lo haría. Pero hace cinco años que no nos vemos. Y más tiempo aún que no veo a su mujer.
—¿De dónde sale toda esa gente? —dijo Joanne, levantándose de la mesa y acercándose a la ventana.
—Las niñas han dicho que había fuego —dijo Nick.
—Tonterías —dijo Joanne, apartando los visillos—. No puede haber fuego. ¿Dónde?
—Algo pasa —dijo Robert.
Nick se dirigió a la puerta y abrió. Un coche que pasaba por la calle frenó y se detuvo junto a la casa. Otro aparcó en la acera de enfrente. Por la acera pasaban pequeños grupos de peatones. Nick salió al jardín y los demás —Joanne, Carol y Robert— le siguieron. Al fondo de la calle, Nick vio el humo, la gente arremolinada y dos coches de bomberos y uno de policía aparcados en el cruce. Los bomberos dirigían mangueras hacia la estructura de una casa: la de Carpenter, según vio Nick enseguida. Un humo negro se escapaba de los muros y del tejado brotaban llamas.
—Dios mío, es cierto, hay fuego —dijo Nick—. Las niñas tenían razón.
—¿Por qué no hemos oído nada? —preguntó Joanne—. ¿Habéis oído vosotros algo? Yo no he oído nada.
—Será mejor que vayamos a buscar a las niñas, Robert —dijo Carol—. No vaya a ser que se metan en medio o se acerquen demasiado. Puede pasarles algo.
Echaron a andar los cuatro por la acera. Llegaron a la altura de un grupo de gente que avanzaba sin prisa y siguieron a su paso. Nick pensó que bien podían ir todos de excursión. Pero no quitaban la vista de la casa incendiada ni de los bomberos que lanzaban agua sobre el tejado, donde seguían brotando llamas. Otro grupo de bomberos sujetaba una manguera y lanzaba un gran chorro de agua por una ventana de la fachada delantera. Un bombero que llevaba un casco con correas, un impermeable largo y botas negras hasta la rodilla se dirigía con un hacha en la mano hacia la parte trasera de la casa.
Llegaron a donde se agolpaba la multitud de mirones. El coche patrulla estaba aparcado en medio de la calle y se oían los distorsionados sonidos de la radio, mezclados con el crepitar de las llamas que se abrían paso entre los muros de la casa. Entonces Nick vio a las dos niñas, en la primera fila de la muchedumbre, con los monopatines en la mano.
—Ahí están —le dijo a Robert—. Allí, ¿las ves?
Se abrieron paso entre la muchedumbre, disculpándose, hasta donde estaban las niñas.
—Os lo hemos dicho, ¿lo veis? —dijo Jenny.
Megan permanecía quieta, con el monopatín en una mano y el pulgar de la otra metido en la boca.
—¿Sabe usted lo que ha pasado? —preguntó Nick a la mujer que estaba a su lado. Llevaba un sombrero de paja y fumaba un cigarrillo.
—Vándalos —contestó—. Bueno, eso es lo que me han dicho.
—Merecen que los maten en cuanto los cojan, la verdad —dijo el hombre que estaba junto a la mujer—. O por lo menos que los encierren para siempre. Los dueños se han ido de viaje a México y ni siquiera saben que ya no tendrán casa cuando vuelvan. No han podido ponerse en contacto con ellos. Pobre gente. ¿Se dan cuenta? Volver a casa para encontrarse con un montón de cenizas.
—¡Que se derrumba! —gritó el bombero del hacha—. ¡Atrás! No había nadie cerca de él, ni de la casa. Pero los mirones retrocedieron y Nick sintió que se le hacía un nudo en el estómago.
—¡Santo cielo! —exclamó alguien entre la multitud.
—¡Fijaos en eso! —dijo otra voz.
Nick se acercó a Joanne, que tenía la vista fija en las llamas. Tenía húmedo el pelo sobre la frente. La rodeó con el brazo. Y entonces se dio cuenta de que la había abrazado así por lo menos tres veces aquella mañana.
Nick volvió un poco la cabeza y se sorprendió al ver que Robert le estaba mirando a él en vez de a la casa. Robert tenía el rostro encendido y una expresión severa, como si todo lo que había sucedido —incendio provocado, cárcel, traición y adulterio, la inversión del orden establecido— fuese culpa de Nick y se le pudiese atribuir toda la responsabilidad. Con el brazo en torno a la cintura de Joanne, Nick sostuvo su mirada hasta que, ya sin rubor en las mejillas, Robert bajó la cabeza. Cuando volvió a levantarla, ya no miraba a Nick. Se acercó a su mujer, como para protegerla.
Nick y Joanne, abrazados, siguieron mirando el incendio, pero mientras Joanne le daba distraídas palmaditas en el hombro Nick volvió a tener una impresión que últimamente le asaltaba con cierta frecuencia: la sensación de que no sabía lo que su mujer estaba pensando.
—¿En qué piensas? —le preguntó.
—Estaba pensando en Bill.
Siguió abrazándola. Ella permaneció en silencio unos momentos y, al cabo, dijo:
—Pienso en él de vez en cuando, ¿sabes? Al fin y al cabo fue el primer hombre al que quise.
Él siguió abrazándola. Joanne apoyó la cabeza en su hombro y siguió mirando a la casa en llamas.



En Si me necesitas, llámame
Relatos póstumos editados por la esposa de RC, poeta y ensayista Tess Gallegher 
Título Original: Call if you need me (Comp. 2000)
Traductor: Benito Gómez Ibáñez
©2004, Anagrama
Foto: Raymond Carver & Tess Gallegher © Marion Ettlinger/Corbis

2 may. 2013

Raymond Carver: El compartimiento

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Myers recorría Francia en vagón de primera clase para visitar a su hijo, que estudiaba en la universidad de Estrasburgo. Hacía ocho años que no le veía. No se habían llamado por teléfono durante todo ese tiempo y ni siquiera se habían enviado una postal desde que Myers y la madre del chico se separaron y el muchacho se fuera a vivir con ella. Myers siempre había pensado que la perniciosa intromisión del muchacho en sus asuntos personales había precipitado la ruptura final.

La última vez que Myers vio a su hijo, el chico se abalanzó sobre él durante una violenta disputa. La mujer de Myers estaba de pie junto al aparador, rompiendo platos de porcelana, uno tras otro, contra el suelo del comedor. Luego se había dedicado a las tazas.

—Basta ya —dijo Myers.

En ese momento, el muchacho se lanzó contra él. Myers le esquivó y le inmovilizó con una llave de cuello, mientras el chico lloraba, dándole puñetazos en la espalda y los riñones. Myers le tenía a raya y se aprovechó a fondo. Le golpeó contra la pared y amenazó con matarle. Lo dijo en serio.

—¡Yo te he dado la vida —recordaba haber gritado—, y puedo quitártela!

Pensando ahora en aquella escena horrible, Myers meneó la cabeza como si le hubiera sucedido a otro. Y así era. El ya no era el mismo, sencillamente. Ahora vivía solo y apenas se relacionaba con nadie fuera del trabajo. Por la noche escuchaba música clásica y leía libros sobre señuelos para cazar patos.

Encendió un cigarrillo y siguió mirando por la ventanilla, sin prestar atención al hombre que se sentaba en el asiento junto a la puerta y que dormía con el sombrero sobre los ojos. Acababa de amanecer y había niebla sobre los campos verdes que desfilaban ante sus ojos. De vez en cuando Myers veía una granja y sus dependencias, todo ello cercado por una tapia. Pensó que tal vez fuese una buena manera de vivir: en una casa vieja rodeada de muros.

Eran las seis un poco pasadas. Myers no había dormido desde que abordó el tren en Milán, a las once de la noche anterior. Cuando el tren salió de la ciudad italiana, consideró que era una suerte tener el compartimiento para él solo. Dejó la luz encendida y hojeó las guías. Leyó cosas que lamentaba no haber leído antes de visitar los lugares de que hablaban. Descubrió muchas cosas que debería haber visto y hecho. En cierto modo, sentía averiguar datos sobre Italia, ahora que dejaba aquel país después de su primera y, sin duda, última visita.

Guardó las guías en la maleta, colocó el equipaje en el estante superior y se quitó el abrigo para cubrirse con él. Apagó la luz y se quedó a oscuras con los ojos cerrados, deseando que le viniera el sueño.

Al cabo de un rato, que le pareció mucho tiempo, y cuando tenía la impresión de quedarse dormido, el tren empezó a aminorar la marcha. Se detuvo en una estación pequeña, cerca de Basilea. Allí, un hombre de mediana edad con sombrero y traje oscuro entró en el compartimiento. Dijo algo en una lengua que Myers no entendía, y luego colocó su bolsa de cuero en el estante. Se sentó al otro extremo del compartimiento e irguió los hombros. Luego se echó el sombrero sobre los ojos. Cuando el tren se puso de nuevo en movimiento, el hombre dormía con un ronquido suave. Myers le envidió. Al cabo de pocos minutos, un aduanero suizo abrió la puerta del compartimiento y encendió la luz. En inglés y en otra lengua —en alemán, supuso Myers—, el aduanero pidió ver sus pasaportes. El hombre que estaba en el compartimiento con Myers se echó hacia atrás el sombrero, parpadeó y metió la mano en el bolsillo del abrigo. El aduanero examinó el pasaporte, miró atentamente al viajero y le devolvió la documentación. Myers le tendió su pasaporte. El aduanero leyó los datos, miró la fotografía y observó a Myers antes de asentir con la cabeza y devolvérselo. Al salir apagó la luz. El hombre que viajaba con Myers se echó el sombrero sobre los ojos y estiró las piernas. Myers supuso que volvería a dormirse en seguida y de nuevo sintió envidia.

Después se quedó despierto y se puso a pensar en la entrevista con su hijo, para la que sólo faltaban unas horas. ¿Cómo reaccionaría cuando viese a su hijo en la estación? ¿Debería darle un abrazo? Se sintió incómodo ante esa perspectiva. ¿O simplemente debería tenderle la mano, sonreírle como si aquellos ocho años no hubiesen transcurrido y luego darle una palmadita en la espalda? A lo mejor su hijo le decía algunas palabras: Me alegro de verte; ¿has tenido buen viaje? Y Myers contestaría... cualquier cosa. No sabía exactamente lo que diría.

El cotrôleur francés apareció por el pasillo. Miró a Myers y al hombre que dormía enfrente de él. Era el mismo que ya les había picado los billetes, así que Myers volvió la cabeza y se puso a mirar otra vez por la ventanilla. Aparecieron más casas. Pero ahora ya no tenían tapia, eran más pequeñas y estaban más próximas. Pronto, estaba seguro de ello, vería un pueblo francés. La bruma se levantaba. El tren pitó y atravesó a toda velocidad un paso a nivel con la barrera bajada. Vio a una mujer joven, con un jersey y el pelo recogido sobre la cabeza, que esperaba en bicicleta y miraba pasar los vagones.

¿Cómo está tu madre?, le preguntaría al muchacho cuando estuvieran a cierta distancia de la estación. ¿Qué noticias tienes de tu madre? Durante un momento de intensa emoción, se le ocurrió a Myers que quizá hubiese muerto. Pero luego comprendió que no podía ser, que habría oído algo, que de una u otra forma se habría enterado. Sabía que si se dejaba llevar por esos pensamientos, se le partiría el corazón. Se abrochó el botón del cuello de la camisa y se ajustó la corbata. Dejó el abrigo en el asiento de al lado. Se anudó los cordones de los zapatos, se levantó y pasó por encima de las piernas del hombre que dormía. Salió del compartimiento. Mientras se dirigía al otro extremo del vagón, Myers tenía que ir sujetándose contra las ventanillas. Cerró la puerta del pequeño aseo. Luego abrió el grifo y se echó agua en la cara. El tren pasó por una curva sin reducir la marcha y Myers tuvo que sujetarse en el lavabo para no perder el equilibrio.

Dos meses antes había recibido la carta de su hijo. Era breve. Decía que vivía en Francia y que, desde el año anterior, estudiaba en la universidad de Estrasburgo. No daba explicaciones de por qué había ido a Francia ni de qué había hecho durante los ocho años anteriores. Como era debido, pensó Myers, el muchacho no mencionaba a su madre en la carta: ni un solo indicio sobre su situación o su paradero. Pero, inexplicablemente, la carta terminaba con «un abrazo», palabras que Myers rumió durante mucho tiempo. Finalmente, contestó. Después de pensarlo bien, le escribió que desde hacía algún tiempo pensaba hacer un pequeño viaje por Europa. ¿Iría a buscarle a la estación de Estrasburgo? Firmó la carta con: «Un beso, papá.» Su hijo le contestó y Myers hizo sus preparativos. Le sorprendió que, aparte de su secretaria y de algunos colegas, no hubiese nadie a quien fuese preciso advertir de su marcha. Había acumulado seis semanas de vacaciones en la empresa de ingeniería donde trabajaba, y decidió tomárselas de una vez para aquel viaje. Se alegraba de haberlo hecho, aun cuando ahora no tuviese intención de pasar todo el tiempo en Europa.

Primero había ido a Roma. Pero después de las primeras horas que anduvo paseando solo por las calles, lamentó no haber ido en grupo. Se sentía solo. Fue a Venecia, ciudad que su mujer y él siempre habían pensado visitar. Pero Venecia fue una decepción. Vio a un manco comer calamares fritos, y por todas partes había edificios mugrientos y atacados por la humedad. Tomó el tren para Milán, donde se hospedó en un hotel de cuatro estrellas y pasó la velada viendo un partido de fútbol en un televisor Sony en color hasta que se acabó la emisión. Se levantó a la mañana siguiente y callejeó por la ciudad hasta la hora de ir a la estación. Había previsto que la escala en Estrasburgo fuese el punto culminante del viaje. Al cabo de dos o tres días —ya vería cómo se presentaban las cosas— iría a París y tomaría el avión hacia casa. Estaba cansado de tratar de hacerse entender por los extranjeros y se sentiría contento de volver.

Alguien intentó abrir la puerta del lavabo. Myers terminó de remeterse la camisa. Se abrochó el cinturón. Luego abrió y, balanceándose con el movimiento del tren, volvió a su compartimiento. Al abrir la puerta, se dio cuenta en seguida de que le habían tocado el abrigo. Estaba en un asiento distinto. Tuvo la impresión de encontrarse en una situación ridícula, pero posiblemente seria. Al cogerlo, el corazón empezó a latirle deprisa. Metió la mano en el bolsillo interior y sacó el pasaporte. Se guardó la billetera en el bolsillo trasero del pantalón. De modo que seguía teniendo la cartera y el pasaporte. Pasó revista a los demás bolsillos del abrigo. Lo que le faltaba era el regalo que llevaba para el chico: un caro reloj de pulsera japonés que había comprado en una tienda de Roma. Lo tenía en el bolsillo interior del abrigo para mayor seguridad. Y ahora había desaparecido. —Perdone —dijo al hombre repantigado en el asiento, con las piernas estiradas y el sombrero sobre los ojos—. Disculpe.

El hombre se echó el sombrero hacia atrás y abrió los ojos. Se enderezó y miró a Myers. Tenía los ojos dilatados. Quizá hubiese estado soñando. O quizá no.

—¿Ha visto entrar a alguien?

Pero estaba claro que el hombre no entendía lo que Myers quería decir. Siguió mirándole fijamente con lo que a Myers le pareció un aire de incomprensión total. Pero a lo mejor era otra cosa, pensó. Tal vez aquella expresión disimulaba la falsedad y el engaño. Myers agitó el abrigo para llamar la atención del hombre. Luego metió la mano en el bolsillo y hurgó. Se subió la manga de la camisa y le enseñó su reloj. El hombre miró a Myers y luego al reloj. Parecía confuso. Myers dio unos golpecitos en la esfera del reloj. Volvió a meter la otra mano en el bolsillo del abrigo e hizo el gesto de buscar algo. Myers señaló al reloj una vez más y movió los dedos, queriendo dar a entender que el reloj se había marchado volando por la puerta.

El hombre se encogió de hombros y meneó la cabeza.

—¡Maldita sea! —exclamó Myers, frustrado.

Se puso el abrigo y salió al pasillo. No podía quedarse un momento más en el compartimiento. Tenía miedo de golpear a aquel hombre. Miró a un lado y a otro del pasillo, como si esperase ver y reconocer al ladrón. Pero no había nadie. Quizá el hombre del compartimiento no había robado el reloj. A lo mejor había sido otra persona, la que intentó abrir la puerta del lavabo, que se había fijado en el abrigo y en el hombre dormido al pasar por el pasillo, y simplemente había abierto la puerta y rebuscado en los bolsillos, marchándose de nuevo y cerrando al salir.

Myers anduvo despacio hacia el fondo del vagón, atisbando por las demás puertas. Había poca gente en primera clase, una o dos personas en cada compartimiento. La mayoría estaban dormidas, o lo parecían. Tenían los ojos cerrados y la cabeza apoyada en el respaldo del asiento. En un compartimiento, un hombre de alrededor de su misma edad estaba sentado a la ventanilla mirando el paisaje. Cuando Myers se detuvo a mirarle tras el cristal de la puerta, el hombre se volvió con una expresión de furia.

Myers pasó al vagón de segunda. Allí, los compartimientos iban atestados, cinco o seis viajeros en cada uno, y la gente, se veía en seguida, estaba más abatida. Muchos se mantenían despiertos —iban demasiado incómodos para dormir—, y le miraban al pasar. Extranjeros, pensó. Era evidente que si el hombre de su compartimiento no había robado el reloj, el ladrón tenía que ser del vagón. Pero, ¿qué podía hacer? No había remedio. El reloj había desaparecido. Ahora estaba en el bolsillo de otro. Era imposible explicar al contróleur lo que había pasado. Y aunque pudiese, ¿qué más daría? Volvió a su compartimiento.

Miró dentro y vio que el hombre se había vuelto a estirar con el sombrero sobre los ojos.

Myers pasó por encima de las piernas del hombre y se sentó en su asiento, junto a la ventanilla. Estaba ciego de ira. Llegaban a las afueras de una ciudad. Granjas y prados daban paso a fábricas con nombres impronunciables escritos en las fachadas de los edificios. El tren aminoró la marcha. Myers vio coches en las calles y en los pasos a nivel, detenidos en fila hasta que el tren pasara. Se levantó y bajó la maleta. La sostuvo sobre las piernas mientras miraba aquel sitio detestable.

Se le ocurrió que, después de todo, no tenía ganas de ver al chico. Se quedó pasmado ante la idea y por un momento se sintió rebajado ante su mezquindad. Meneó la cabeza. De todas las tonterías que había cometido en la vida, aquel viaje quizá fuese la peor. Pero el caso era que verdaderamente no tenía ganas de ver al muchacho, cuya conducta le había enajenado su cariño hacía va mucho tiempo. De pronto, recordó con gran claridad el rostro de su hijo cuando se abalanzó sobre él aquella vez, y se sintió invadido por una oleada de rencor. Aquel chico había devorado la juventud de Myers, había convertido a la muchacha que cortejó y con la que se casó en una mujer neurótica y alcohólica a quien el muchacho consolaba y maltrataba de manera alternativa. ¿Por qué diantre, se preguntó Myers, había venido de tan lejos para ver a alguien que detestaba? No quería estrechar la mano de su hijo, la mano de su enemigo, ni darle una palmada en la espalda mientras charlaban de cosas sin importancia.

El tren entró en la estación y Myers se inclinó sobre el borde del asiento. Los altavoces del tren emitieron un anuncio en francés. El hombre que iba en el compartimiento de Myers empezó a removerse. El altavoz volvió a anunciar otra cosa en francés y el hombre se ajustó el sombrero y se enderezó en el asiento. Myers no entendía ni palabra. Su inquietud aumentaba a medida que el tren se detenía. Decidió no salir del compartimiento. Se quedaría sentado donde estaba hasta que el tren volviera a ponerse en marcha. Y cuando saliese, él iría hacia adentro, hasta París, y todo habría terminado. Miró con cautela por la ventanilla, temiendo ver el rostro de su hijo pegado al cristal. No sabía lo que haría en ese caso. Tenía miedo de enseñarle el puño. Vio a algunas personas en el andén, con abrigos y bufandas, de pie junto a las maletas, esperando subir al tren. Otras aguardaban, sin equipaje, con las manos en los bolsillos, y era evidente que habían ido a recibir a alguien. Su hijo no se encontraba entre ellas, pero naturalmente eso no quería decir que no estuviese por allí, en alguna parte. Myers dejó la maleta en el suelo y se recostó un poco en el asiento.

El hombre que se sentaba frente a él bostezaba y miraba por la ventanilla. Entonces volvió la cara hacia Myers. Se quitó el sombrero y se pasó la mano por el pelo. Luego volvió a cubrirse, se levantó y bajó su bolsa del estante de equipajes... Abrió la puerta del comportamiento. Pero, antes de salir, se dio la vuelta y señaló hacia la estación.

—Estrasburgo —dijo.

Myers le dio la espalda.

El hombre esperó un momento más, salió luego al pasillo con la bolsa y, Myers estaba seguro, con el reloj. Pero eso era ahora la menor de sus preocupaciones. Miró de nuevo por la ventanilla. Vio a un hombre con delantal, de pie a la entrada de la estación, fumando un cigarrillo. Observaba a dos empleados del tren que informaban de algo a una mujer con una falda larga y un niño en brazos. La mujer escuchó, asintió con la cabeza y siguió escuchando. Se cambió el niño de brazo. Los hombres continuaron hablando. Ella escuchaba. Uno de ellos acarició al niño bajo la barbilla. La mujer bajó la cabeza y sonrió. Volvió a pasarse el niño al otro brazo y siguió escuchando. Myers vio a una pareja de jóvenes besándose en el andén, no lejos de su vagón. Luego, el joven soltó a la muchacha. Dijo algo, cogió la maleta y se dispuso a subir al tren. La chica le vio marchar. Se llevó una mano a la cara, pasándosela primero por un ojo y luego por el otro. Al cabo de un momento, Myers la vio avanzar por el andén con la vista fija en su vagón, como si siguiera a alguien. Apartó la vista de la muchacha y miró al enorme reloj de encima de la sala de espera. Inspeccionó el andén de un extremo al otro.

No había ni rastro de su hijo. Tal vez se hubiese quedado dormido o, a lo mejor, también él había cambiado de opinión. En cualquier caso, Myers sintió alivio. Miró de nuevo al reloj, luego a la joven que se dirigía apresuradamente a la ventanilla donde él estaba. Myers se retiró como si la muchacha fuese a romper el cristal.

Se abrió la puerta del compartimiento. El joven que había visto fuera la cerró al entrar y dijo:

Bonjour.

Sin esperar respuesta, arrojó la maleta al estante superior de equipajes y se acercó a la ventana.

Pardonnez-moi.

Bajó el cristal.

—Marie —dijo.

La joven empezó a sonreír y a llorar al mismo tiempo. El muchacho le tomó las manos y se puso a besarle los dedos.

Myers apartó la vista y apretó los dientes. Oyó los últimos gritos de los empleados. Tocaron el pito. En seguida, el tren empezó a alejarse del andén. El joven había soltado las manos de la chica, pero siguió agitando el brazo mientras el tren cobraba velocidad.

Pero no recorrió mucha distancia, únicamente salió de la estación y entonces sintió Myers una parada brusca. El joven cerró la ventanilla y se acomodó en el asiento de al lado de la puerta. Sacó un periódico del abrigo y se puso a leer. Myers se levantó y abrió la puerta. Fue al final del pasillo, hasta el entronque de los vagones. No sabía por qué se habían parado. Tal vez se hubiera estropeado algo. Se dirigió a la ventana. Pero no vio más que una intrincada red de vías donde se formaban los trenes, quitando o cambiando vagones de un tren a otro. Se apartó de la ventana. En la puerta del coche siguiente leyó un letrero: Poussez. Myers dio un puñetazo al cartel y la puerta se abrió con suavidad. De nuevo se encontraba en el vagón de segunda. Pasó por una fila de compartimientos llenos de gente que se estaba acomodando como para un largo viaje. Necesitaba preguntar a alguien adonde iba el tren. Cuando sacó el billete, entendió que el tren de Estrasburgo seguía a París. Pero consideró humillante meter la cabeza en un compartimiento y decir: «¿Paguí?», o algo parecido, como si preguntara si habían llegado a destino. Oyó un estrépito de hierro viejo, y el tren retrocedió un poco. Vio la estación otra vez y pensó de nuevo en su hijo. Quizá estuviese allí, sofocado por haber corrido hasta la estación, preguntándose qué le habría pasado a su padre. Myers meneó la cabeza.

El vagón chirrió y gimió a sus pies, luego se enganchó ajustándose pesadamente. Myers observó el laberinto de vías y comprendió que el tren estaba de nuevo en marcha. Volvió apresurado hacia el fondo del pasillo y entró de nuevo en su vagón. Se dirigió a su compartimiento. Pero el joven del periódico había desaparecido. Y también la maleta de Myers. No era su compartimiento. Se sobresaltó al comprender que debían haber desenganchado su vagón y añadido otro de segunda clase. Aquel estaba casi lleno de hombrecillos morenos que hablaban velozmente en una lengua que Myers no había oído jamás. Uno de ellos le hizo señas de que pasara. Myers entró y los hombres le hicieron sitio. Parecía haber un ambiente alegre. El hombre que le hizo señas se rió y dio unas palmadas en el asiento que había a su lado. Myers se sentó en sentido contrario a la marcha. Por la ventanilla el paisaje pasaba cada vez más deprisa. Por un instante, Myers tuvo la sensación de que el panorama se precipitaba lejos de él. Iba a alguna parte, eso lo sabía. Y si era en dirección contraria, tarde o temprano lo descubriría.

Se recostó en el asiento y cerró los ojos. Los hombres siguieron charlando y riendo. Las voces parecían venir de muy lejos; pronto se fundieron con los ruidos del tren. Y poco a poco Myers se sintió llevado, y luego traído, por el sueño.


En Catedral (1983)
Traducción de Benito Gómez Ibáñez
Barcelona, Anagrama, 2009
Foto: Raymond Carver © Bob Adelman-Magnum Photos NYC 1984