Mostrando las entradas con la etiqueta Carpentier Alejo. Mostrar todas las entradas

12 oct. 2014

Alejo Carpentier: El arpa y la sombra (II: La mano)

No hay comentarios. :





Broncas, mugientes, tenidas en larga nota caída de la cofa, casi lúgubres, suenan las trompas de la nave que boga despacio, en tal cendal de neblina que del castillo de popa no se le divisa la proa. El mar, en derredor, parece un lago de agua plomiza, cuyas quietas olas se dibujan en diminutas crestas que ablandan el filo sin nervarse de espumas. Lanza su aviso el vigía y no le responden. Vuelve a preguntar, y su interrogación se pierde en el mecido silencio de una bruma que se me cierra a veinte varas de los ojos, dejándome a solas —a solas entre fantasmas de marineros— con mi tensa espera. Porque la emoción de lo anunciado, la ansiedad de ver, me tienen asomado a las bordas desde que sonó la campana de la sexta. Y es que si bastante he navegado hasta ahora, hoy me hallo fuera de todo rumbo conocido en viaje que todavía acarrea perfume de hazaña —no pudiendo decirse lo mismo, cuando se piensa en las trajinadas singladuras mediterráneas. Estoy impaciente por divisar la extraña tierra —¡y bien extraña dicen que es!...— que marca el límite de la Tierra. Desde que salimos de Brístol tuvimos viento bueno y buena mar, y no pareció que hubiese de repetirse para mí la enojosa tribulación del Cabo San Vicente donde, por divino amparo del Señor, me salvé, asido de un remo, del espantable naufragio de una urca incendiada. En Gallway recogimos al Maestre Jacobo, experto como nadie en llevar por estos caminos azarosos las naves de Spínola y Di Negro, con sus cargamentos de maderas y de vinos. Porque parece que, no habiendo bosques ni viñas en esta isla que pronto avistaremos, la madera y el vino son las cosas que en mayor estima tienen sus habitantes: la madera para levantar sus viviendas; el vino, para alegrar sus ánimos en el inacabable invierno donde el océano endurecido, las olas esculpidas en hielo, las montañas a la deriva que viera Piteas el marsellés, los tiene aislados del mundo. Al menos, así me contaron, aunque el Maestre Jacobo afirma, en buen conocedor de estos cielos, que este año no habría de endurecerse el mar —y ocurre otras veces— porque ciertas corrientes, venidas del Oeste, suelen atemperar los rigores de la estación…Jovial y de buena compañía es este Maestre Jacobo que ha venido a parar a la remota Gallway, donde se amancebó con una garrida escocesa, moza de muchas pecas y grandes tetas, poco preocupada por las cuestiones de limpieza de sangre que, en estos días, tienen envenenados los reinos de Castilla. Se rumora allí, desde largo tiempo, que pronto —el mes próximo, un día de éstos, no se sabe cuándo— empezarán los Tribunales de la Inquisición a remover y registrar el pasado, la prosapia, la ascendencia, de los cristianos nuevos. Que no bastará ya con la abjuración, sino que a cada converso se llevará cuenta de observancias, con carácter retroactivo, lo cual expone al sospechoso de fraude, disimulo, desapego o fingimiento, a la delación de cualquier deudor, de cualquier codicioso de bienes ajenos, de cualquier enemigo solapado —de cualquiera cosedora de virgos o echadora de mal de ojo, interesada en desviar las miradas de su propio negocio de ensalmos y medicinas de buen querer. Pero hay más: nacida no se sabe dónde, una changoneta corre de boca en boca, como anuncio de días aciagos. Aquella —la he oído— que dice: “Ea, judíos, a enfardelar...”, entonada acaso en son de burla, pero burla que, de endurecerse, podría ser el anuncio de la proximidad de un nuevo éxodo —que el Señor no quiera, porque mucha riqueza mana de las juderías, y los Santángel, grandes financistas, pasaron a la real hacienda, a título de préstamo, millares y millares de monedas marcadas al troquel de sus circuncisiones. Por ello, el Maestre Jacobo piensa que hombre precavido vale por dos, que mal se vive en diáspora, y, por lo mismo, ha querido poner casa en Gallway, al amparo de la firma Spínola y Di Negro, cuyas mercancías almacena al lado de su moza rolliza, pecosa y de grandes tetas, que le hace grata la vida aunque demasiado huela, a veces, a sobaquina de pelirroja. Además, sabe que algo lo hace indispensable: su prodigiosa inteligencia para aprender lenguas en pocos días, Tanto se maneja con el portugués como con el provenzal, con el habla de Génova o el picardo, entendiéndose igualmente con el inglés de Londres, la jerga de Britania, y hasta con el abrupto idioma, erizado de consonantes, rocalloso y roncador —”idioma de estornudar para dentro”, lo llama— que se usa en la tenebrosa isla a donde vamos —isla que, entre brumas que se pintan, ahora, de un raro color de tierra de alfarero, empieza a dibujarse en el horizonte, en este día, a poco de pasada la hora nona. ¡Hemos llegado al límite de la Tierra!...

Y no sé por qué el Maestre Jacobo me ha mirado con sorna cada vez que he dicho eso de “límite de la Tierra”. Y ahora que en tierra estamos, en casa hecha con tablas de buen pino conquense, pasándonos la bota de vino resinado, se mofa el Maestre Jacobo, algo alzado de tono por lo bebido, de que alguien crea que aquí se ha llegado a los confines de lo conocido. Dice que hasta los infantes, ésos, que con caperuzas de piel y los culeros meados, andan por las calles de este puerto cuyo nombre jamás llegaré a pronunciar, se reirían de mí si dijera que la tierra que aquí pisamos es el término o fin de algo. Y, llevándome de asombro en asombro, me dice que estos hombres del Norte (normáns parece que por eso se llaman), antes de que nosotros empezáramos a salir del ámbito natal, buscando, a tientas, nuevos caminos por donde andar, habían llegado, por el Este, a las comarcas de los rus, y, llevando sus asaetadas y ligeras naves a los ríos del Sur, alcanzado los reinos de Gog y Magog y los sultanatos de la Arabia, de donde se habían traído monedas que aquí se mostraban con orgullo, cual trofeos conseguidos en algún Quersoneso... Y para demostrarme que no miente, me muestra el Maestre Jacobo unos denarios y dirames que, por venir de comarcas por donde anduvieron sus remotos antepasados de las Tribus, conserva como talismanes en su pañuelo marinero —aunque su religión, que bien conozco, prohíbe la práctica de tales supersticiones. Traga el Maestre un largo hilo de vino que le baja de la bota al gaznate, y vuelve ahora los ojos hacia el Oeste. Me dice que, hace ya tantos años que suman varios siglos, un hidalgo pelirrojo, de aquí, al ser condenado a destierro por delito de homicidio, había emprendido una navegación fuera de los rumbos usuales, que lo condujo a una enorme tierra a la que llamó “Tierra Verde” por lo verdes que allí estaban los árboles. —”No puede ser” —dije al Maestre Jacobo, apoyándome en la autoridad de los más grandes cartógrafos de la época, ignorantes de esa verde tierra jamás montada por nuestros mejores naucheros.

El Maestre Jacobo me mira socarronamente, haciéndome saber que hace ya más de doscientos años había ciento noventa granjas en la “Tierra Verde”, dos conventos de monjes, y hasta doce iglesias —una de ellas casi tan grande como la mayor que, en sus reinos, hubiesen edificado los normáns. Pero eso no era todo. Perdidos en la bruma, llevando sus naves fantasmales a las noches sin albas de les mundos hiperbóreos, estos hombres cubiertos de pieles, rompiendo las nieblas a toque de buxines, habían navegado más al Oeste y más al Oeste aún, descubriendo islas, tierras ignoradas, mencionadas ya en un tratado que desconozco, titulado Inventio fortunata, que mucho parece haber compulsado el Maestre Jacobo. Pero eso no es todo. Yendo siempre al Oeste, más al Oeste, y aún más al Oeste, un hijo del marino pelirrojo, llamado Leif-el-de-la-buena-suerte, alcanza una inmensa tierra a la que pone el nombre de “Tierra de Selvas”. Allí, abunda el salmón; crecen la baya y la mora; inmensos son los árboles, y —portento increíble en tal latitud— la yerba no desverdece en el invierno. Además, la costa no es resquebrajada ni adusta, ni socavada por grutas donde muge el océano y viven terribles dragones... Leif-el-de-la-buena-suerte se interna en aquel ignorado paraíso, donde se le extravía un marinero alemán, llamado Tyrk. Transcurren varios días, y cuando sus compañeros creen que jamás habrán de volverlo a ver, o que ha sido devorado por alguna fiera de desconocida traza, reaparece el Tyrk, más borracho que truhán de almadraba, anunciando que ha encontrado enormes viñedos silvestres y que las uvas, puestas a fermentar, dan un vino que, bueno, con verme basta, y aquí no me tose nadie, y que me dejen dormir la mona, que esto es Jauja, y que de aquí no me voy más, y que no se me acerque nadie, porque le desmocho la cabeza como la desmochó el Rey Beovulfo al dragón de los colmillos envenenados, y aquí el rey soy yo, y quien pretenda desafiarme... Y se desploma, y vomita, y grita que todos los normáns son unos hijos de puta... Pero hoy, para los normáns ha nacido, después de la Tierra Verde, la Tierra del Vino... “Y si crees que miento” —dice el Maestre Jacobo— “consíguete los escritos de Adán de Bremen y de Oderico Vital”. Pero no sabría dónde hallar esos textos, redactados de seguro, además, en lengua que ignoro. Lo que quiero es que me cuenten, que me digan lo que todavía —aquí, en esta isla que se saca como surtidores de agua hirviente de las entrañas de rocas negras— cuentan, tañendo el arpa, unos memoriosos de cosas antiguas que llaman escaldas. Y me narra el marrano amigo que, al saberse aquí de la Tierra del Vino, pronto van a ella, en nuevo viaje, ciento sesenta hombres, al mando de un Torvaldo, otro hijo del Pelirrojo desterrado, y de un Torvardo, cuñado suyo, casado con una hembra de espada al cinto y cuchilla entre pechos, llamada Feydis.

Y es, de nuevo, el salmón abundante, el vino ácido que embriaga gratamente, las yerbas que jamás desverdecen, el pino alerce, y hasta se descubren, tierras adentro, enormes llanuras de trigo silvestre. Y todo se anuncia próspero y feliz, cuando aparecen, bogando en barcas que parecen hechas con cueros de ármales de agua, unos hombrecitos de tez cobriza, pómulos salientes, ojos algo almendrados, pelos como crines de caballos, que los membrudos y recios varones rubios de aquí hallan muy feos y malformados. Al principio se hacen buenos negocios con ellos. Magníficos negocios de trueques ventajosos. Se consiguen ricas pieles a cambio de cualquier cosa que resulte nueva para quienes se dan a entender por señas: fíbulas de poco precio, cuentas de ámbar, collares de abalorios, pero, sobre todo, paños encarnados —pues parece que les atrae sobremanera el color encarnado, tan gustado también por los normáns. Y todo marcha a lo mejor hasta el día en que un toro, traído en una de las naves, se huye del establo y se pone a bramar en la costa. No se sabe lo que ocurre con los hombrecitos: como enloquecidos por algo que debe relacionarse, en su bárbara religión, con alguna estampa del mal, comienzan por huir; pero vuelven más tarde, en horda pululante, trepadores, ágiles, arrojando piedras, lluvias de guijarros, aludes de gravas, sobre los gigantes rubios cuyas hachas y espadas, en tal suerte de guerra, resultan inútiles. De nada vale que la hembra Freydis se saque los pechos para avergonzar con ellos a los que, faltos de cojones, tratan de resguardarse en sus naves. Y, tomando el mandoble de un guerrero caído, se arroja sobre los lanzadores de piedras que, repentinamente aterrados por los clamores de la tremebunda mujer, huyen a su vez... Pero aquella noche, reunidos en consejo, los vikingos —también se les llama así— toman el acuerdo de volverse a esta isla para reunir una nueva expedición más numerosa en hombres bien armados. Pero el proyecto despertará poco entusiasmo en gente que, de año en año, trabajando sobre lo seguro, ha llevado sus naves hasta París, Sicilia y Constantinopla. Nadie, ahora, se atreverá a arrostrar los peligros de una instalación azarosa en un mundo donde menos asustan los enemigos —hombres, bestias—, de índole conocida, que los misterios de montañas abruptas, apenas entrevistas; de cavernas que pueden ser espeluncas de monstruos; del infinito de las extensiones desiertas; de breñales donde, en las noches, se oyen ululares, lamentos y gritos, que afirman la presencia de genios de la tierra —de una tierra tan vasta, tan prolongada hacia el sur, que se necesitarían millares y millares de hombres y de mujeres para explorarla y poblarla. No se regresará, pues, a la Gran Tierra del Oeste, y la estampa de la Vinlandia se esfumará en la lejanía, como un espejismo, quedando su recuerdo maravilloso en boca de los escaldas, en tanto que su existencia real es consignada en el gran libro de Adán de Bremen, historiador de los Arzobispos de Hamburgo, encargado de llevar la Cruz de Cristo a las tierras hiperbóreas conocidas o por conocer, donde la palabra de los Evangelios no hubiese sonado aún.

Y buena falta haría que sonara allá el Verbo, puesto que había hombres, muchos hombres, ignorantes de que alguien hubiese muerto para ellos —y otros hombres como aquellos, esto se sabía de oídas, que montaban en carros tirados por perros para viajar al País de la Perenne Noche... Pregunto al Maestre Jacobo por el nombre de esos seres, entregados seguramente a deleznables idolatrías, que habían tenido el coraje de arrojar de sus reinos a los gigantes rubios de acá. —”Ignoro bajo qué palabra se designan ellos mismos” —me responde el nauchero: “En el idioma de sus descubridores, se les dice skraelings, que es—¿cómo diríamos nosotros?...— algo así como malformados, contrahechos, patizambos. Sí. Eso es: patizambos. Porque, claro, los normáns son robustos y de muy buena estampa. Y aquella gente, por pequeña, chata, de piernas cortas, les pareció como malformada. Skraelings. Eso es: "patizambos”... “Yo diría mejor: monicongos.” —”¡Eso! ¡Eso!” —exclama el Maestre Jacobo: “Monicongos... ¡Bien hallada la palabra!”... Es tal de cuando me recojo a mi habitación del almacén de Spínola y Di Negro, que en esta tierra remota, con tantas maderas amontonadas, con tantos toneles que se compran aquí para guardar una bebida llamada biorr, huele a resinas de Castilla. Pero no puedo dormir. Pienso en esos navegantes extraviados entre témpanos y brumas, con sus naves fantasmales señoreadas por una cabeza de dragón, viendo surgir montañas verdes sobre el desdibujo de sus horizontes inciertos, topándose con troncos flotantes, olfateando brisas cargadas de efluvios nuevos, pescando hojas de formas distintas a las conocidas, mandrágoras viajeras, criadas en ensenadas nunca vistas; veo esos hombres de la niebla, apenas hombres en el difumino de la niebla, interrogando el sabor de las corrientes, probando el punto de sal de las espumas, descifrando el idioma de las olas, atentos al vuelo de aves inesperadas, al paso de un cardumen, a la deriva de las algas. Todo lo aprendido a lo largo de mis viajes, toda mi Imago Mundi, todo mi Speculum Mundi, se me vienen abajo... ¿Así que, navegando hacia el Oeste, se encuentra una inmensa Tierra Firme, poblada de monicongos, que se prolonga hacia el Sur como si no tuviese término? Y digo que posible es que se alargue hasta tierras tórridas, en latitud de Malagueta, acaso, puesto que los normáns estos hallaron salmón y hallaron vides. Y el salmón —salvo en los Pirineos, y es gran rareza, como rareza es todo lo que se cría en tierras vascongadas— termina donde empieza la uva. Y la uva baja hasta las tierras de Andalucía, hasta las islas griegas que conozco, hasta las Madeiras, y hasta parece que se da en tierra de moros, aunque a éstas no sacan vino porque es cosa prohibida por los mandamientos del Alcorán. Pero, de acuerdo a lo que sé, donde termina la uva empieza el dátil. Y acaso se da también el dátil, en el mundo aquel, al Sur, más al Sur de la uva... En tal caso... Se me barajan, se me revuelven, se me trastruecan, desdibujan y redibujan, todos los mapas conocidos. Mejor olvidar los mapas, pues se me hacen, de pronto, petulantes y engreídos con su jactanciosa pretensión de abarcarlo todo. Mejor me vuelvo hacia los poetas que, a veces, en bien medidos versos, pronunciaron verdaderas profecías. Abro el libro de las Tragedias de Séneca que me acompaña en este viaje. Me detengo en la tragedia de Medea, que tanto me agrada por lo mucho que se habla en ella del Ponto y de la Escitia, de rumbos, de soles y estrellas, de la Constelación de la Cabra de Olena, y hasta de Osas que se habían bañado en mares prohibidos, y me detengo en la estrofa final del sublime coro que canta las hazañas de Jasón:

... Venient annis
saecula seris quibus Oceanus
uincula rerum laxet et ingens
pateat tellus Tethysque nouos
detegat orbes nec sit terris
ultima Thule.

Tomo una pluma y traduzco, según mi entender, en el castellano que aún manejo con alguna torpeza, esos versos que muchas veces habré de citar en el futuro: “Vendrán los tardos años del mundo ciertos tiempos en los cuales el mar Océano aflojará los atamentos de las cosas y se abrirá una gran tierra, y un nuevo marino como aquel que fue guía de Jason, que hubo nombre Tiphi, descubrirá nuevo mundo, y entonces no será la isla Thule la postrera de las tierras.” Esta noche vibran en mi mente las cuerdas del arpa de los escaldas narradores de hazañas, como vibraban en el viento las cuerdas de esa alta arpa que era la nave de los argonautas.


El arpa y la sombra (1978)



24 may. 2013

Descarga: Alejo Carpentier - Concierto barroco

No hay comentarios. :

Descargar: Alejo Carpentier - Concierto barroco

Vivaldi, Haendel, Scarlatti... Un indiano y su criado negro... La Venecia de los carnavales y el Ospedale della Pietá con su iglesia que más parecía un teatro. Y en medio de este “Concierto Barroco”, el clímax. Un Moctezuma extraído de Solís, poetizado por Giusti y puesto en ópera por Vivaldi... un Vivaldi que, olvidado durante doscientos años, salta, por encima de los siglos, en una vertiginosa especulación sobre el tiempo que, al ritmo de músicas endiabladas, nos hace vivir en pasado y en presente. Los hechos son ciertos. La novela es de Alejo Carpentier. 

26 feb. 2013

Alejo Carpentier: La consagración de la Primavera (I, 1)

No hay comentarios. :




El suelo. A ras del suelo. Hasta ahora sólo he vivido a ras del suelo, mirando al suelo1 —1…2…3…—, atenta al suelo —1 yyy 2 yyy 3…—, midiendo el suelo que va de mi impulso, de la volición de mi ser, de la rotación, del girar sobre mí misma (y sin poder pasar nunca de diez y seis, diez y siete, diez y ocho fouettés, soñando con los Grandes Cisnes Negros que alcanzan a redondear treinta y dos…) hacia la luz aquella, cabo de candilejas —faro y meta— que, prendida a la orilla del abismo negro poblado de cabezas, marcará mi regreso a una efímera inmovilidad de estatua que busca la inmovilidad de la estatua en el inseguro equilibrio —aquietamiento aparente— de músculos que se fatigaron en la lanzada, sosteniendo un pecho que mal contiene sus apresurados respiros, sus pálpitos subidos a la garganta, con los brazos repentinamente alzados sobre la cabeza en ojiva temblorosa y endeble. El suelo. Medida del suelo. Tranco, salto, levitación, anhelada ingravidez sobre el suelo. La danza. La danza siempre, oficio de alción. Y, por destino, haber vivido en llano, en inmensidades planas, entre horizontes de arena, de helechos, de nieves; a ras de tierra, a ras de las aguas marinas, inquietas, revueltas, o, de súbito, arrojadas al asalto de sus linderos la alevosa energía del embate de fondo…Pero ahora, tras de una noche en tinieblas y llano, el suelo, por vez primera, se me levanta, se para, se detiene, me cierra un paisaje de albas, mostrándoseme en Alta Presencia de Montañas.2 Un sol, que aún no veo, les delimita las cimas, define sus arquitecturas, por encima de una estremecida piel de árboles, asentándose en estribos abiertos, en nervaduras cerradas, con grandes lomos dormidos en las escarpas de sus haldas. En mis viajes fuera del ámbito natal, que hasta ahora fueron éxodos, migraciones de pequeña tribu, fugas ante clamores, himnos y arremetidas, sólo había conocido los cielos que bajan sobre los estanques de glaucos silencios, la infinita repetición del pino y del abedul siempre semejante a sí mismo, nacido del musgo y del humus, vecino del hongo y la aradura. Y es, en este despertar, la luz sobre lo alzado, lo circunscrito, lo dividido; el paisaje vertical, decoración y tramoya del Gran Teatro del Mundo, con viejas torres dibujadas sobre nubes recién llegadas a las cumbres, con casa entre higueras empinadas, puesta así, sobre un espolón de roca, donde pareciera que nada de lo construido por el hombre pudiera sostenerse. Y crecen las montañas; y crecen más, jugando con las perspectivas, pareciendo que ya vamos a alcanzarlas, cuando, como dando un salto atrás, vuelven a colocarse en la distancia, o bien, repentinamente traídas a nuestra derecha, se nos revelan en nuevos apeldañamientos, en nuevos volúmenes, en nuevas imbricaciones de formas, derrames y verdores. Ésta, se asoma sobre el hombro de la otra; aquélla se oculta, retrocede y desaparece; la que ahora me viene al encuentro está estriada de trazos claros —senderos acaso: caminos, pero sin presencia humana que me permita medirles el ancho ni entender las peripecias de su itinerario debido, tal vez, a remotas costumbres de recuas milenarias…Una viejísima leyenda, sacada acaso de aquella Epopeya de los Nartas que, entre masculladas de pipa, me contaba el jardinero de mi padre, decía que cuando los hombres del Caballo y de la Rueda, cansados de errancias de sol a sol, de luna a luna, en praderas de nunca acabar, vieron erguirse una cordillera enorme, al cabo de un andar de muchos años entre horizontes idénticos, del solsticio del trébol al solsticio del cierzo —y vuelta al trébol y vuelta al cierzo—, prorrumpieron en sollozos y se prosternaron, atónitos y maravillados, ante lo que sólo podía ser morada de los Amos de todo lo Visible y lo Invisible, creadores del Yo y del Todo. Y detuvieron los mil carros de un viaje de siglos al pie de los breñales cargados de nubes, y, sintiendo en sus venas el pálpito de los augurios primaverales, procedieron a la invocación ritual de los ancestros, pasearon en hombros al Sabio que ya sólo hablaba por la oquedad de sus huesos, y, teniendo que ungir la tierra con la sangre de una doncella, lloraron todos al inmolar a la Virgen Electa3 —lloraron todos, clamando su compasión, lacerando sus vestidos, cerrando con lágrimas las secuencias de sus danzas de fecundidad, al pagar el cruento precio exigido para que hubiese un nuevo júbilo de retoños y de espigas. Lloraron todos…Y yo también tengo ganas de llorar, en este momento, rodeada ya de viajeros que despiertan, de gente que empieza a salir, despeinada y soñolienta, a los pasillos del vagón: ganas de llorar, pues pienso, de momento, que esas montañas son la última barrera, el cipo, la frontera, que me separan de lo que pronto, tras del próximo túnel —último de este viaje— recorriendo un largo pozo en tinieblas clavado bajo las cimas que se acrecen legua tras legua, me acercará a la cabecera de Aquel4 a quien podría decir, resquemada por su absurda partida, trampeada por un secreto harto guardado, pero apiadada —entrañablemente apiadada— por un dolor suyo cuya hondura e intensidad aún no puedo medir, aquello que él me enseñara a leer alguna vez, en el libro de pasta obscura —“color de noche”, decía— que siempre tenía en su mesa de trabajo:

¿Adónde te escondiste,
amado, y me dejaste con gemido?

Como el ciervo huiste,
habiéndome herido;
salí tras ti, clamando, y eras ido.5

Pero ahora, a la izquierda, es el mar —el mar, opuesto a la majestuosa fijación de la montaña. El mar, danza ante el arca; danza de siempre ante el decorado por siempre inamovible. El mar que me habla con palabras conocidas desde la infancia, desde la cuna —aunque el mar de allá era acaso más obscuro, más lento en sus desperezos, más tardío en alisar las playas, en hacer rodar guijarros con ruido de granizo apretado. Y sin embargo, aquí como allá, o cuando me tocara contemplar el océano de voces abisales, las olas grises que se rompían al pie de las terrazas de Elsinor,6 las mareas turbias y solemnes del alga y del varec, las aguas en paz o en turbamulta, me volvía a la mente el sencillo verso que todo lo decía: “La mer, la mer, toujours recommencée!7 Y, en este momento, ante la interrogación del largo pozo negro, horizontal, que me esperaba, otros versos del poema se asociaban al primero, en pregunta que era la mía, íntima, profunda: “¿Amor, acaso; odio a mí misma? / Tan próxima siento su mordedura secreta / Que todos los nombres se ajustan a su realidad”. Y es, por fin, el Cabo de Cervera, término del viaje comenzado entre ruidosas despedidas y puños alzados en la vasta Estación de los Dos Relojes,8 donde habremos de pasar de un tren a otro tras del examen de papeles y visas que se hace —y es indignante observarlo— en presencia de agentes del gobierno de Burgos que, apostados junto a las ventanillas de los cuños, así, indolentemente, como gente ociosa, venida a curiosear, toman nota, para sus ficheros policiales, de nuestros nombres y señas. Estamos en alegre pueblo de veraneantes —camisetas listadas, zapatos de lona, sandalias, sombreros pajizos, falsas gorras marineras— que, en las terrazas de los cafés, sorben sus aperitivos anisados, vinos de Bañuls, limonadas y horchatas, leyendo periódicos cuyos crucigramas, sucesos pasionales, cuentos de detectives y ladrones, interesan más —aquí se viene para olvidar las preocupaciones— que el horror de lo que ocurre, tras de las cimas, a pocos kilómetros de vacaciones que para nada habrán de ser turbadas por goyescos aguafiestas de los que hoy —hace una hora, acaso— alternaron las técnicas del altímetro y del colimador9 con las pedestres y rutinarias acciones de quienes disparan a contrapared, asegurando la mira, a la sombra del tricornio charolado, desde la ungida investidura de sus túnicas cotorronas. En plazoleta cercana bailan unas cabras amaestradas, luciendo cintas en los cuernos, a compás del caramillo que tañe un feriante disfrazado de pastor navideño, con zurrón, cayado y abarcas catalanas, ante un público de niños traídos de lejos, para quienes es maravillosa novedad el espectáculo medioeval ofrecido bajo los olmos. Hay quien carga, para regocijo de pescadores, con criaturas neptunianas, hipocampos y delfines de caucho, de las que en La Samaritana10 del norte —todo lo de arriba me parece del norte ahora— se exhiben en vitrinas adornadas de alegorías marinas y áncoras de cartón dorado.

Y hay mujeres de blusas claras que se arriman a las tranqueras de la vía para mirar de cerca la extraña humanidad que parece menospreciar esta paz, esta dicha de quienes confían en el día de hoy y en el amanecer de mañana para permanecer en lo mismo, para seguir viviendo en luz y antojos —segura la cuenta de ahorros, segura la sombra del árbol, seguras la anchoa, y la oliva, y la hogaza tibia, y las gambas enjoyadas de perejil, y la carne marcada por la parrilla, y el hojaldre que se rompe bajo el diente, y la crema que se desborda…— al pie de laderas donde ya se hinchan las uvas violadas, gruesas de fuerte zumo, de los viñedos crecidos en las resubidas de vientos salobres…11 Y, la obsesión del poema harto sabido: “Le vent se léve!…Il faut tenter de vivre!”12 Y la locomotora vieja, chirriante, renqueante, que penetra en la noche del túnel. Los vagones están a obscuras. Se borraron las caras que se alineaban, frente a frente, en el compartimento. Se prende una cerilla, mostrando un rostro sudoroso cuyos ojos fijan, bizcamente, la lumbre que mal se pasa al cigarro. —“Ahorre el pitillo” —dice uno: “Porque allá…” —“Ya es colilla” —dice el fumador, con tono de quien se siente culpable de algo. En esta obscuridad me agarro de mi memoria, me prendo de recuerdos, para no sentirme tan sola. Ahora pienso en Novalis, en sus himnos, que tantas veces leimos juntos, lado a lado, antes de apagar la lámpara del velador: “El mundo yace a lo lejos / Con el tornasol de sus gozos”. Y amargos me resultan, en el tránsito de angustia y desconcierto en que me hallo, los versos de la meditación final: “Los tiempos antiguos son despreciados. / Pero…¿qué nos van a traer los tiempos nuevos?”… La locomotora se detiene, como insegura, vacilante —ciego que, desconfiado, se acogiera a los avisos del tiento en la lobreguez de su ceguera: es máquina renqueante y como harapienta, ya que, desde luego, están usando la más vieja para arrastrar vagones viejos en esta catacumba ferroviaria que se ahonda bajo los Pirineos, viajando de luz a luz, yendo y viniendo, regresando aquí para regresar allá, fuera de tiempo en la tremenda temporalidad de un año terrible. Vuelve a avanzar. Y es, otra vez, la inmovilidad. Larga, demasiado larga inmovilidad. El humo de la chimenea se nos mete por las ventanillas, las portezuelas, los pasillos, los ojos, la boca, la garganta —con ese aliento azufrado que nos baja hasta medio pecho. —“¿Qué pasa?”—pregunta uno, entre toses y estornudos. —“Más vale esto que lo otro” —responde alguien, en resignado diapasón. —“Cuando el tren para, por algo será” —dice una mínima voz, con el tono sentencioso de las niñas campesinas españolas, de ánimo tempranamente maduro, ya mujeres aunque todavía carguen con muñecas que más parecen haberles salido de las entrañas que de la juguetería…Y fue, de repente, en el silencio recobrado, como el rayo que cayó sobre la casa: seca y pavorosa percusión, estruendo en las sienes y en las visceras, pánico de oídos, garrotazo en la nuca, seguidos de un galope de fragores, de ráfagas, de conmociones, en las tinieblas de la galería atravesada, de boca a boca, por ondas llevadas, de eco en eco, por el eco de sí mismas, en las honduras de la tierra. Luego, el ruido se fue alejando, como el de una caballería en fuga, dejándonos a solas con la pesadilla del carbón cuyo olor parecía una materia palpable que ciñera nuestras formas. —“Están bombardeando” —dijo la niña, con voz apacible. —“Menos mal que nos cogió acá abajo” —dijo el hombre del cigarrillo. —“Se acabó” —dijo otro: “Esos, de las Baleares,13 sólo vienen una vez en un día”. Hubo otra espera. Y el tren se puso nuevamente en marcha.

Y, de pronto, fue la luz, la recuperación de la claridad, donde volvieron los relojes a hablar en cifras. Estamos bajo una enorme bóveda de cristales rotos, rompecabezas al que faltaran muchas piezas por ensamblar, o, por el contrario, que, juntadas ya las piezas, se hubiese desarmado, revuelto, en el repentino vuelco de una mesa. Un alud de vidrios ha caído sobre los andenes y el balasto de las carrileras. Los faroles rojos y verdes del lamparero rodaron, largando el kerosén, hasta los postes negros que sostienen el letrero de:

Port Bou

En una pared —lo recuerdo— había un olvidado cartel del turismo internacional donde un kanguro se perfilaba, como presto a saltar, en una vasta pradera ornada de flores amarillas: Pase sus vacaciones en Australia.14 Otro, con presencia de máscaras, gigantes y cabezudos: Le Carnaval de Nice. Brujas: quietos canales de aguas dormidas en silencio y paz de beguinajes…Y aquí, afuera, mujeres vestidas de negro, hombres vestidos de negro, varios enfermeros, soldados —o milicianos, no sé…—, que corren, gritan, se afanan, en tomo a un cráter abierto en roca gris, entre casas destruidas, de paredes rajadas, humeantes aún —ignoro si de cales o de fuegos— largando una teja, todavía, por los aleros medio desplomados. Hay heridos —o muertos— ya que varias camillas levantan cuerpos cubiertos de sábanas, de frazadas, de manteles. Y, detrás de las camillas, los que sacan cosas del hoyo: una silla de mimbre, un retrato en marco dorado, un santo descabezado, un caballito de balancín, una cómoda que llegó, casi intacta, al fondo…—“No volverán hoy”—dice la niña, mirando al cielo. —“Cada día son mayores las cargas” —dice un entendido. Varios franceses que venían en el tren contemplan el destrozo —acaso pelearon en la guerra pasada— con mirada de gente entendida. —“Un entonnoir15 dice uno. Y observo que, en la obscuridad del túnel, todos se quitaron las corbatas que aún lucían en Cerbère. Y debo decir que me irrita ese tipo de hipocresía vestimentaria. Es la misma del poeta del Boeuf-sur-le-toit que vende ediciones de lujo a banqueros y bibliófilos de altura, pero estrena un pantalón de pana la noche en que habrá de recitar sus versos en una velada obrera de Belleville. Es la misma de los profesores de la Sorbona que se disfrazan de proletarios cuando asisten a un mitin de izquierda en el Palais de la Mutualité, olvidándose que Robespierre era de una elegancia casi maniática y que nadie vio nunca despechugado a Saint-Just salvo el día en que lo guillotinaron…No veo que haya relación alguna entre las ideas y las corbatas, entre la revolución y el atuendo…Miro nuevamente hacia el cráter donde empiezan a vomitar sus aguas turbias los rotos caños del alcantarillado. Detrás: “La mer, la mer, toujours recommencée”… Y no sé por qué me parece ahora que el mar no es ya, aquí, el que dejamos atrás en Cerbère: “La muerte, tan fácil y tan difícil”, creo que dijo alguna vez Paul Eluard.16 Al borde de la hoya, de la herida hundida en el suelo, un caballo despatarrado, de vientre abierto, saca una cabeza agónica, relinchante en vagidos, mostrando una enorme dentadura que parece pedir ayuda —desesperada ayuda— a quienes por tanto tiempo lo domaron, montaron y espolearon. Al fin muere, braceando en sus tripas derramadas. Es el caballo de Guernica. El caballo de Picasso que acabo de ver en París, junto a la Fuente de Mercurio de Calder, en un Pabellón de España impresionante, lo reconozco, por su desnudez, su altiva pobreza, junto a los declamatorios alardes de un Pabellón de Italia, rastacuero, fanfarrón y operático, centrado en una estatua ecuestre de Mussolini, vestido de clámide, con ceño de Julio César y gesto de tenor que en La Scala rematara, en do de pecho, un final de acto con coro de centuriones y gran despliegue de figuración…Aquí empiezo a entender mejor el caballo de Picasso, ahora que me hallo donde se vive en su contexto de Apocalipsis. Aquí se vive bajo su signo. Lo que dejamos atrás, atrás de las montañas impasibles, de las montañas que se encogen de hombros ante lo que ahora miro, de las montañas que se nos presentan de cara o cruz, me doy cuenta de ello, es el Girasol de Van Gogh. Pero aquí se acabaron los girasoles, las pinceladas de sol en sol mayor, los trigales apresados en el instante de su estremecimiento, la casi alegre luz de cementerios marinos y la tragedia menor de quien se corta la oreja de un navajazo.17 Aquí entramos en Los horrores de la guerra18 —en albores de espanto, aunque ya es mediodía.


Notas

1 De “Confesiones sencillas de un escritor barroco”, en el colectivo Recopilación de textos sobre Alejo Carpentier, compilado por Salvador Arias (La Habana, Casa de las Américas, 1977), 57.

2 Op. cit., loc. cit.

3 “Habla Alejo Carpentier”; Recopilación, 19-20.

4 Ibid., 50.

5 “Confesiones”; Recopilación, 60-61.

6 Ibid., 63.

7 Ibid, 64. La ‘Taberna” de que habla Carpentier es la “Cervecería de Correos”, en la calle de Alcalá, frente al Palacio de Comunicaciones.

8 Op. cit., loc. cit.

9 Carta de Arturo Serrano Plaja incluida en Manuel Aznar Soler, II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, 1937, Vol. II. Literatura española y antifascismo, 1927-1939 (Valencia, Generalitat, 1987), 380-381. 10 “Habla”; Recopilación, 20-21.

11 A la luz de lo publicado en estos años por Carpentier, queda clara la malignidad de Pablo Neruda cuando en su libro de memorias Confieso que he vivido (Barcelona, Seix-Barral, 1974; 175-176), escribe: “Allí vivía el escritor francés Alejo Carpentier, uno de los hombres más neutrales que he conocido. No se atrevía a opinar sobre nada, ni siquiera sobre los nazis, que ya se le echaban encima a París como lobos hambrientos”. Véase Ana Cairo Ballester, “Carpentier, un enemigo del fascismo”, en Letras. Cultura en Cuba (obra por ella compilada), V (La Habana, Pueblo y Educación, 1988), 235-251.

12 Los viajes españoles, en Julio Rodríguez Puértolas (comp.), Bajo el signo de la Cibeles (Madrid, Nuestra Cultura, 1979). Las Crónicas de Carpentier han sido editadas por José Antonio Portuondo, en dos volúmenes (La Habana, Arte y Literatura, 1976).

13 Los tres textos en Crónicas; respectivamente I, 194, 178-179, y II, 484.

14 Los tres textos en Bajo el signo; respectivamente 96-97, 99, 103.

15 Bajo el signo: 110.

16 “Confesiones”; Recopilación, 65-66. Sobre el Congreso, cf. II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, 3 vols.: I, Manuel Aznar Soler; II, Luis Mario Schneider; III, Aznar Soler y Schneider (Valencia, Generalitat, 1987). Sobre Carpentier y el Congreso, II, 177-180; sobre la delegación cubana, ibid., 170-180. Acerca del viaje Valencia-Madrid y de la estancia en Minglanilla, ibid., I, 86-90; II, 337, 382; III, 323-348, 364-365, 404, 418-420, 433, 439, 444-445, 464.

17 Los textos citados de “España bajo las bombas” en Bajo el signo: 162, 165-166, 171-172, 176, 133-134, respectivamente.

18 “Numancia” (Carteles, 22 de agosto de 1937), en Crónicas, II, 74.


La consagración de la Primavera (1978)
Madrid, Editorial Castalia, 1998
Fuente foto

25 dic. 2012

Alejo Carpentier: La consagración de la Primavera, VII, 35

No hay comentarios. :




“Lo último.”576 Ya me lo dijeron. Esto es “lo último”, aunque haya sido, históricamente, la primera población fundada por los españoles en la isla. Primada, pero hoy postrera —dijo alguien. Lo último. Pero un “último” que conviene a mi ánimo en derrota; que me aplaca y serena, porque nada, aquí, prolonga mi pasado, ni se asocia a imágenes recientes, ni se vincula con mis íntimas cronologías. Nada, aquí, está fechado. No hay mansiones de armorial en puerta, ni monumento venido de otro siglo. Ni las casas, ni la iglesia parroquial, siquiera, tienen estilo. Nacieron así, a ambos lados de calles totalmente desprovistas de rasgos, memorables, a la buena de Dios —valga decir: del carpintero o del albañil— hasta que, derribadas por una tormenta o vencidas por los años, sean substituidas por otras nuevas que probablemente se parecerán a las anteriores, y a las que, mucho antes, desconocieron el lujo de un adorno, el realce de una amable comisa, la gracia de un mascarón o la nobleza de un vaso romano alzado en la proa de una azotea esquinera. Dos fuertes, de construcción militar —el de la Punta y el de Matachín—, dejaron, desde hace tiempo, de hablar de abolengo por la boca de sus piedras desencajadas y enfermas de salitre. Una larga playa triste; una larga calle mayor, cortada por otras menores que van a parar al mar, y es el mar en todas partes, el mar siempre próximo y metido en el olfato, de esta franja costera que en nada se diferenciaría de cualquier otra, si no fuese por la imponente y tutelar presencia del Yunque,577 mole rocosa, singular por su forma, hermosa en sus proporciones, cuya cima casi recta, obra de estereotomía telúrica, se alza en fondo de panorama sobre un vasto pedestal de verdores profundos que se alargan y difuminan en los otros verdores, más alzados y cambiantes, de las montañas circundantes…Aquí los relojes y cronómetros pierden su autoridad, y hasta ocurre que se le olvide a uno de darles cuerda, sin que, por marcar todavía las cinco de ayer vaya alguien a creerse que las sombras cortas de las once de la mañana de hoy se hayan puesto a crecer a deshoras. Se amanece al son de las campanillas pregoneras de chorotes578 de cacao bruto, que se ofrecen en bolas azucaradas; durante el día, suelen oírse, isócronos y nada sombríos, los dobles por las ánimas de los fieles difuntos, que muchos vecinos encomiendan a la campana del párroco en observancia de una vieja costumbre; al caer la noche, tras del provinciano paseo en el parque que aquí es triangular —única peculiaridad notable de esta ciudad—, suena el timbre de un cine (sólo hay uno), donde se proyectan películas que ya se gastaron en todas las pantallas de la isla, y luego es la noche, igual a las demás noches, en espera de un amanecer igual a los amaneceres de siempre —a menos de que se cierre el cielo, engrisen las nubes la cima del peñón, y empiece a llover. Y si llueve, lloverá sin tregua durante siete, ocho, diez días, sin violencia, quedamente —y diría que casi británicamente—, y para una mayor asociación de imágenes, diré que ésta es acaso la única población del país donde casi todo el mundo sale con paraguas, cuando cierto olor venido de tierras adentro —olor a altos cafetales ya mojados, a cacaotales de mucha humedad guardada— se cuela en las calles aún soleadas, inadvertible para el forastero, inequívoco para el lugareño. (En esos días —y sólo la lluvia suele hablarme a veces de tiempos idos— no sé por qué recuerdo el primer acto de Pygmalión, el paraguas de Erik Satie, los paraguas arrojados por centenares, a modo de telón, al final del ballet que fuese inspirado a Salvador Dalí, por los delirios y la muerte de Luis de Baviera…) Y diré que esos paraguas de Baracoa, por lo fuera de lugar bajo este cielo, acaban por destruir en mí toda noción de ubicación geográfica. ¿Dónde estoy en realidad? No lo sé, como no lo sabía el Gran Almirante de Isabel y Femando, cuando se asomó a las arenas negras de “Porto Santo” y acaso conoció los peculiares tirabacones de estas costas, dicen que allá a fines del año 1492;579 no lo sé, como no lo sabía tampoco un modestísimo colono extremeño, aclimatador de ovejas y de ganado, sembrador de viñas que por haber sido abandonadas volvieron a su estado silvestre, y se perdieron en las cumbres cercanas con sus frutos cada vez más agrios y esmirriados —olvidadas de su dueño, un tal Hernán Cortés que un día, cansado de ser chupatintas de gobierno en un villorrio de indios baracoas, había cambiado su ocupación por otra, evidentemente más lucrativa, conseguida en la gran Tenochtitlán de México.

El mismo lunes de mi llegada aquí —en avión que me trajo del minúsculo aeropuerto de Antilla, tras de un traqueteado y desapacible vuelo entre nubes revueltas y celajes inestables—, almorzando en la primera fonda que me salió al paso, leí este increíble anuncio en La Prensa, una hoja local donde mucho se anunciaban los “dos motivos de orgullo” de la ciudad: el ron y el anís “Yunque”: Se vende una casa con sala y cuatro habitaciones, con un solar de doce varas de fondo, en 900 pesos,” —“Aquí la propiedad no vale nada” —me explicó el sirviente cuando le dije que esta oferta, por lo módica, me parecía inverosímil…Se trataba de una casa bastante destartalada, ciertamente, pero amplia, de alto puntal y sólidas paredes, cuyo tejado de muchas goteras tenía fácil arreglo. Lo más importante de todo era que su frente daba al mar.580 Cerré el trato aquella misma tarde, y, después de pasar tres noches en un albergue destinado a viajantes de comercio y campesinos venidos de pueblos no muy lejanos, pero distantes, sin embargo, por el pésimo estado de los caminos, empezó mi instalación, con muebles y enseres comprados aquí y allá —lo indispensable, en espera de ir eligiendo cosas de más calidad, o de hacer encargos precisos a un carpintero-ebanista hallado en el próximo Callejón de los Mallorquines. De La Habana sólo había traído dos maletas de ropas, algunos libros y objetos personales, y una caja que contenía un tocadiscos, comprado a última hora, poco antes de tomar el avión inicial de mi viaje con algunas grabaciones que para nada me hablaran del ballet ni de partituras ligadas a alguna íntima peripecia de mi propia vida. Si algo necesitaba, Mirta —a quien yo había llamado por teléfono, desde Rancho Boyeros, antes de salir, haciéndola jurar que a nadie confiaría el secreto de mi paradero— se encargaría de mandármelo, pues con Camila le había dejado una apreciable suma de dinero después de proveerme, en el banco, de lo que en mi cartera traía. En cuanto al salario de mi sirvienta y al alquiler de la casa de La Habana, Martínez de Hoz se ocuparía de ello, como siempre hacía…Así, lo primero que hago, apenas instalada, es escribir a mi discípula, dándole mi dirección que será la única persona en conocer —y sé que, al respecto, puedo contar con su muy seguro silencio…Dos semanas después recibo una carta suya, redactada en el tono neutro y breve que conviene, en estos tiempos, a nuestra correspondencia, carta donde, tras de cariñosas expresiones de cariño que parecen las de una hija, me desliza una breve frase, fruto de ingenua criptografía, que al fin descifrada me hace reír por lo clara, aunque confieso que tardé varias horas en entenderla: “El galán de Melibea está en Davos. “El “galán de Melibea” era Calixto, evidentemente.581 Pero, lo de Davos… Al fin recordé el sanatorio donde Hans Castorp va a visitar a su primo Joachim, en la inmensa novela de Thomas Mann que mi discípula estaba leyendo, aunque trabajosamente, cuando ocurrieron los hechos terribles que nos separaron. La acción de La montaña mágica se desarrollaba en Davos. Y caigo en que la idea de montaña evoca la idea de sierra. Y Sierra sólo hay una, hoy por hoy, en boca de todos: la Maestra. Es decir: la Sierra Maestra. Esto significa que Calixto ha logrado escapar a las persecuciones de la policía, uniéndose a las fuerzas de lo que se ha constituido ya en: “El Ejército Rebelde de Fidel Castro.” ¡Gran alivio!…Ahora sí podré recobrar la paz, recuperar mi calma interior en el anonimato y el renunciamiento que he venido a buscar en este olvidado rincón de la isla —por no decir: del planeta. Miro hacia las montañas que se escalonan y retroceden tras del Yunque, gris-plateado-anaranjado por los tardíos fulgores de un lento crepúsculo. Detrás de esas montañas, hay otras, y otras, y otras más; y detrás, la Sierra, con sus hombres en armas. Deseo de todo corazón que triunfen en su lucha —y más ahora que Calixto está con ellos. Pero esa lucha está volcada, por fuerza, hacia allá, hacia la otra vertiente del país —hacia las provincias occidentales, las grandes ciudades, la capital—, donde están las fuerzas adversas, los Poderes que se proponen aniquilar, y ojalá lo lograran. Yo quedo del lado acá de su lucha, en “lo último”, en la villa irremisiblemente postergada, condenada a la modorra, al descuido, por su exigua población, su pobreza en recursos, su ausencia de caminos. Nadie tiene nada que hacer acá y la Historia, por una vez, sea cual haya de ser el desenlace de esta guerra (pues ya puede hablarse de guerra en un combate que no cesa ni cede), se olvidará de “la postergada” como de ella se olvidó Hernán Cortés para ir a probar fortuna —¡y con qué fortuna— en el Anáhuac. Y si, desde niña, no hago más que mirar hacia hechos que sobrepasan mi entendimiento, aquí no tendré que huir de nada, porque nada habrá de alcanzarme en este remoto remanso caribe, a menudo ignorado por los mismos tratados de geografía…Por lo pronto me voy enquistando —de espaldas al mar a donde habrá de arrojarme quien pretenda sacarme de aquí— en la divina soledad que es la mía en el presente. Sé que mi instalación en este lugar ha sorprendido a más de un vecino. Nadie se explica que una persona venga de la capital para instalarse aquí, si no tiene fincas que explotar o familiares que atender. Han empezado por llamarme “la loca”; luego “la rusa loca”, al saber dónde he nacido. (“Es una de ésas, que salieron zancando de su país, cuando se lo arrancaron al Zar” —sentenció un filósofo de tertulia bodeguera: “Pero —¡coño!— ha tardado en llegar, porque eso fue hace como cuarenta años”— observó otro). Luego se pensó que yo era una “enferma de los nervios”, en busca de tranquilidad. Y los más, al comprobar por mi trato con la gente —y más que nada con los comerciantes a quienes compraba o encargaba las cosas que me eran necesarias en lo cotidiano— que yo era persona de un natural apacible, me aceptaron sin tratar de entender más, con la convicción final de que mi retraimiento ocultaba un secreto— y vaya usted a saber “la procesión que cada uno lleva dentro.” Y esto de “la procesión” pasó de imagen verbal y algo refranera a la certeza de que me consolaba en soledad de recóndito padecimiento moral —lo cual era bastante cierto, en parte— cuando los vecinos corrieron la voz de que yo era desmedidamente aficionada a “la música de iglesia”, pues en mi tocadiscos sonaban muchas veces las Vísperas de la Virgen de Monteverdi, el Gloria de Vivaldi, el Réquiem alemán de Brahms, y sobre todo, la Misa en si de Juan Sebastián Bach, cuyo segundo kirie es acaso, para mí, una de las pocas cosas en el mundo que puedan merecer totalmente el peligroso calificativo de sublime. Por lo demás, desatendiéndome de una actualidad que sólo podía llegarme a través de una prensa amordazada por la censura —y que, desde luego, no hablaba de lo que ocurría detrás de éstas, y de otras, y de otras montañas que se constituían en una sierra—, sólo tenía noticias del ingenioso hidalgo a quien habían quemado los libros en un lugar de la Mancha de cuyo nombre no querían acordarse algunos, estaba al tanto de los espantables sucesos ocurridos en un castillo de Dunsinane, o me interesaba por saber si aquel que se había extraviado en una selva obscura al alcanzar el medio tránsito de su vida,582 había podido salir del atolladero, a pesar de las tres alimañas que lo molestaban. Vivía, una vez más, fuera de la Época.

Pero la Época no tardó en colárseme, subrepticiamente, dentro de la casa, en la persona de un médico a quien había llamado para que me aliviara de achaques relacionados con el ya previsible agotamiento de mis manantiales profundos. De fornida cabellera blanca sobre un rostro joven a pesar de la edad, era el Doctor una simpática mezcla de sabio, diletante, historiador, arqueólogo, bibliófilo, coleccionista de enseres líricos, puntas de flechas y cuchillos de sílex —además de ser filatélico y buscador de fósiles —como sólo suelen encontrarse, con tal diversidad y amenidad de aficiones, en las pequeñas ciudades de provincia. —“Como el Marqués de Bradomín” —decía: “soy feo, católico y sentimental.”583 En lo profesional, era de muy sólida formación científica, y, a poco de haberse terminado la Primera Guerra Mundial, había completado sus estudios en París: “En la época de la Danza de los Millones, algunos de por aquí podían permitirse el lujo de mandar sus hijos a Europa.” Para él, París era la irrupción del jazz, las garzonas,584 los funerales de Anatole France, la gomina, el debut de Josephine Baker, y el auge del tango argentino —aquel atrevidísimo baile que hubiese hecho decir a Briand: “Yo ignoraba que eso podía hacerse de pie.” Le gustaba la ópera francesa —Manón, Lakmé, Louise, Le jongleur de Nôtre Dame— pero le fastidiaba el ballet. Había visto uno, que mostraba una boda de campesinos rusos, insoportable, “con esa orquesta extraña, de pianos y baterías de cocina.” (Él ignoraba que en Les noces yo era una de las “amigas” que peinaban las trenzas de la Novia…) Todavía se carteaba con un compañero de estudios en el Hótel-Dieu que, de cuando en cuando, le mandaba revistas de allá. Él me traería algunas, porque, a la verdad, aquí era imposible enterarse de nada, con esa prensa de La Habana o de Santiago, que nos llegaba con cuatro o cinco días de retraso cuando el avión de Antilla585 no podía aterrizar aquí, por las nubes harto cargadas de lluvia. Además, a causa de la censura —¿me entiende?— no se sabe nada de lo más interesante… (y señalaba hacia las montañas). Fingí que no entendía lo que quería decirme. Esto podía ser un sondaje, una manera de hacerme hablar. —“Lo que más me interesa es lo que puede suceder en Baracoa” —le dije: “Y, para eso, no puedo tener mejor informador que usted” —“¡Ah, mi señora! Aquí no pasa nada y pasa de todo. Usted ha salido de Brobdingnag para entrar en Liliput —un Liliput con frangollo,586 chorotes de cacao y tasajo de tiburón. Y todo lo que ocurre en una gran ciudad, ocurre aquí, pero en escala minúscula. Aquí hay Montescos y Capuletos, güelfos y gibelinos, Guerra de las Dos Rosas, Querella de las Investiduras, y hasta Guerra de Religión.” Y, en esta primera visita del médico, que no será la última, me entero de la graciosa rivalidad que alientan las gentes de acá entre tres imágenes santas: la Virgen de la Caridad del Cobre de la familia Frómeta, la Virgen de la Caridad del Cobre de la familia César, la Virgen de la Caridad del Cobre de la Iglesia Parroquial, a la que, por tener el semblante sonrosado, llaman —¿por qué?— la Virgen Catalana, afirmándose que ha sido traída de Barcelona y es, por tanto, un poco forastera…Y cuando se marcha el Doctor y quedo sola, una brisa salobre, penetrante, que ha rozado mares de fondo, me devuelve repentinamente el vasto aliento marino donde crecí y donde, cuando el viento no traía las arenas del sur sino los frescores del norte, reinaba este mismo olor. Pienso en las tres vírgenes que se disputan las devociones de las gentes de aquí. Y pienso, a la vez, en las muchas Vírgenes que se compartían las devociones de las gentes de allá. Y, habiéndome cerrado voluntariamente las puertas de todo futuro, se me abren las de mi remoto pasado, promoviendo un regreso de fantasmas de ayer que, como evangeliarios llevados en procesión, me devuelven en imágenes la historia de mi infancia…Y esta casa invadida por el rumor de las olas se te transforma, de repente, en aquella otra donde, en una habitación llena de tenues iluminaciones, se adoraban los iconos. Y tú también, entonces, adorabas los iconos…

…Agia Paraskeva, Santa Ana, el Arcángel Miguel, San Macario según la pintura de San Teófano el Griego, San Jorge, con su alimaña retorcida y furiosa herida en las fauces, San Basilio, doctor de universales entendimientos; San Sergio y San Nicolás, de toda mi veneración, viviendo su martirio al lado de la Madre, aureolada de oro y piedras preciosas —zafiros, rubíes, ágatas, turquesas de las obscuras, y hasta alguna perla de pálido oriente— cargando con el Niño Divino, siempre esmirriado, siempre lastimero, si se le comparaba con los Jesús mofletudos, regordetes, de la pintura italiana, tales como los mostraban las postales que, durante su viaje de bodas, me mandaba mi prima Capitolina. Pero, a pesar de la buena salud, de las mejillas amanzanadas de los Niños aquellos, más me conmovían los de aquí tan rusos, con sus ojos sombríos, de almas tristes, ya presentidores de sufrimientos futuros, que nos miraban desde la arquitectura de los iconostasios ante los cuales elevaba mis rezos, cuando no oraba en la iglesia del Colegio de Santa Nina (calcado sobre el modelo del de Smolny de Petrogrado), destinado a las hijas de las mejores familias de Bakú, donde nos enseñaban a cantar las glorias de la Virgen de Zanmenié y de Dios Todopoderoso, protector del Imperio, y a cuya salida hablaban a veces los santos por la callejera voz de algún inocente inspirado, de un místico demente, de una campesina visionaria, lanzando profecías, clamores, amenazas, que los transeúntes escuchaban con medrosa atención, arrojando monedas a sus gorras y cepillos de limosnas. Terminadas las clases mi padre me mandaba a buscar en el coche negro, de hondos asientos, que me llevaba al almacén de paños, antes de que regresáramos a casa. El almacén era vasto, con muchos empleados que sobre largas mesas disponían, inventariaban, enrollaban y desenrollaban los chifones, organzas, rasos gris-perla, rosados, azul-sepia, brocados y terciopelos que yo acariciaba de paso, dejando su jefe de trabajar para saludarme y señalar, con deferente gesto, el camino que conducía al despacho directorial, por entre vitrinas donde se exhibían encajes de Bruselas, de Malinas, de Valencienne, bordados de mucho precio, leves tules para vestidos de novia, alegres cintas de París, junto a sederías chinas, acaso venidas de Pekín o de Nankín, vía Irkutsk, por el Ferrocarril Transiberiano…Bakú era una ciudad polvorienta, de una construcción anárquica y muy mahometana —fuera de los alrededores del Parque, donde se alzaban los edificios administrativos, semejantes a pequeños templos clásicos pintados de amarillo-naranja— a pesar de que a menudo se escucharan, en esta u otra esquina, conversaciones en inglés, en francés, en sueco, de técnicos venidos para trabajar en las instalaciones extractoras de petróleo El Islam estaba presente en vastos arrabales de casas sin ventanas, con paredes encaladas, donde, por las mañanas, camino de los baños públicos, desfilaban mujeres de rostros velados, calzadas de extrañas zapatillas con el tacón a media suela que marcaban el ritmo del andar con sonido de castañuelas. Después de años de una calma sin historia en que muchas gentes se resignaban a padecer de “fiebres intermitentes” —como entonces se las llamaba— con tal de ganar dinero, se habían revuelto los cielos hincados de alminares. De súbito, sin motivo aparente, había, en la población o en sus alrededores, brutales enfrentamientos de armenios y de cosacos, de armenios y musulmanes, de hombres de los barrios de abajo con hombres de los barrios altos; repentinamente se entablaban combates tan breves como sangrientos en calles cuyas aceras, por lo alzadas, estaban más arriba del pescante de los coches, y por encima de los carromatos y de los camellos cargados de odres de petróleo, volaban insultos, piedras, cuchillos y trozos de tubería…Hay, detrás de un yermo gris, habitado por perros sarnosos, un cementerio musulmán en cuyas cercanías no es prudente aventurarse. Allá hay hombres horribles que violan niñas, que violan jovencitas como yo, o se detienen ante ellas, alzándose las túnicas hasta la cintura, para entregarse a gesticulaciones obscenas.587 Pero las muchachas del Colegio de Santa Nina, vecinas de las avenidas modernas, no tienen por qué transitar en semejantes lugares, aunque son de aquellas a quienes nadie se atrevería a ofender, con sólo verles el uniforme de falda azul y el ancho sombrero de paja de Italia, con la cinta negra que les baja sobre el cuello marinero. Demasiado peligroso. Se desencadenaría toda la policía para castigar tremendamente al ofensor, o, a falta de él, a cualquiera que tuviese cara de canalla lúbrica, sin que sus mismos hermanos se libraran de un escarmiento ejemplar…Hemos recibido, como regalo de fin de curso, un álbum, mandado por el Zar a las alumnas aventajadas, destacadas por su aplicación, donde, en ancho retrato de familia, aparece el Emperador acompañado por las pequeñas Grandes Duquesas, y el principillo heredero, de gran uniforme militar, junto a la Emperatriz, majestuosa y enjoyada —él, sentado, llevando una toca de oro y pieles semejante a la del Monómaco;588 ella, de pie, casi hierática en su tieso vestido que remeda los atuendos suntuosos de la Vieja Rusia. Hay dedicatoria, felicitaciones y firmas que, desde luego —y no se puede pedir más— pasaron al cliché de imprenta, al salir de las Regias Manos. Las Princesas son bonitas, y más aún las mayores, Tatiana y Anastasia, ya en edad de merecer, como se dice. Hace poco nos iniciamos en el estudio del francés, de acuerdo con las enseñanzas de un profesor laico, enlevitado, algo miope, que nos da tres clases por semana, bajo la vigilancia de la higúmena.589 En esto, adelanto con una rapidez que asombra al maestro; pero es que tengo la malicia de ocultarle que mi padre tiene, en su biblioteca, un preciosísimo ejemplar de los Cuentos de Perrault, en la edición bilingüe de 1795 —la de Lev Voinov—, tan buscada por los coleccionistas de libros antiguos. Además, nuestro agente-corresponsal en París (la tienda los tiene en Londres, en Nijni-Novgorod, y hasta en Asia) me ha remitido como obsequio de cumpleaños una linterna mágica, cuyos cristales ilustran las aventuras del Pulgarcito, la Cenicienta, la Caperucita Roja, el Gato con Botas y la Bella Durmiente, con acompañamiento de texto. La calabaza acrecida al tamaño de carroza suntuaria y barroca, con sus seis ratones transformados en piafantes caballos, y los seis lagartos en lacayos que llevan libreas alamaradas por obra de un hada buena; el despertar de Aurora, con un vestido de cien años atrás, al compás de flautas y oboes que también tocaban pavanas que eran de cien años atrás; aquellos guardias suizos que todavía tenían en sus cuencos, sin haberlos bebido, los restos de vinos vertidos cien años atrás, me fascinaban al igual que la Llave Prohibida del Barba Azul de barbas no tan azules, con sus vajillas de oro y plata, y las tribulaciones del pobre Príncipe Riquet, tan feo al nacer que, por mucho tiempo se dudó de que tuviese forma humana. Me sabía —y mi padre me ayudaba a pronunciarlas— las frases clave: “Est-ce vous, mon Prince? Vous vous étes bien fait attendre.” —“Ma mére-grand, que vous avez des grands bras.” —“C’est pour mieux t’embrasser, ma fille.” —“Anne, ma soeur Anne, ne vois-tu rien venir?” —“Je ne vois que le soleil que poudroie et l’herbe qui verdois.”590 (Y el profesor, un día, sorprende mi impostura, al identificar el texto anterior por las desusadas voces de poudroie y verdois…) Por lo demás, nos están enseñando a bailar—entre nosotras, se entiende—, a portamos bien en las recepciones, a servir el té, a hacer reverencias a las personas nobles, y a conocer algo de las reglas gramaticales, con las matemáticas necesarias para llevar sensatamente el presupuesto de un hogar; conocemos muy bien la Historia Sagrada y también la Historia Patria, esta última en función de coronaciones, triunfos y evangelizaciones; algo conocemos de la lengua eslava, manejamos algunos rudimentos de inglés, y sabemos honrar a nuestros padres, adornar una mesa y ayudar a nuestras madres en sus quehaceres domésticos; somos muchachas decentes, en el pleno sentido de la palabra, sin ignorar “las artes de adorno”, el bordado, el dibujo de flores, la técnica del pirograbado, lo suficiente de piano y solfeo para tocar piezas fáciles y composiciones clásicas en edición simplificada. Tengo un álbum de calcomanías que muestran las maravillas del mundo: la Torre Eiffel, las Cataratas del Niágara, la Gran Rueda de la Exposición de París, el Partenón y las fuentes de Versailles. También hay una serie —ésa me la mandaron de Londres— sobre la vida de la Reina Victoria, con su medio miriñaque negro y su cofia de encajes, siempre rodeada de niños, funcionarios empelucados y guardias con casacas rojas, a la vez augusta y burguesa, con algo de imponente Ama de Llaves, bajo los festones encamados de sus baldaquines. Reyes y Reinas de Perrault; Reyes y Reinas en el Kremlin, Pskov, Kiev —faroslav el Sabio— y Kazán, santuario de nuestro añejo pasado guerrero y eclesiástico. Reinas y Emperadores, aquí, en Inglaterra, en Italia, en los Balkanes, y en esas Alemania y Austria-Hungría que están en guerra con nosotros, monarcas que son todos parientes, en el fondo, así se retraten con cascos de punta, gorras de astrakán gris, uniformes de húsares de la muerte, mantos de armiño, jarreteras o cruces de hierro.

Mi padre viene a buscarme hoy en el coche negro que ha rodado a lo largo de calles barridas por los enervantes vientos arenosos, venidos del sur. Tengo arena en las orejas, en el cuello, en las espaldas. En tales días no amo esta ciudad, y sin embargo se me pega al cuerpo como se pegan a las paredes de las tahonas mahometanas las masas redondas, delgadas, del pan sin levadura. (Sabré después que cada ciudad conocida, vivida, sentida en función de mar, de olor marino, de luces marinas —con presencia de mar— siempre habrá de ejercer sobre mí la atracción de una realidad, a la vez una y múltiple, sobre la cual yo tuviese algo como un ancestral derecho de propiedad…) No creo que sea bella esta ciudad desordenada en su trazado, con sus callejones enrevesados, sus laberintos poblados de ojos invisibles, la avaricia de su vegetación, el desorden de sus estilos, sus barcas timoneadas con el dedo gordo del pie por pescadores de turbante sobre un agua que carga con irisadas capas de nafta. Pero estoy en ella y de aquí soy. Me sería difícil desprenderme, acaso, tal vez, quién sabe —es una impresión de hoy— de las visiones cotidianas que me esperan al levantarme de mi ancha y cómoda cama, con su icono colgado en la cabecera…Al llegar las Grandes Pascuas Rusas, después de que hubiésemos decorado innumerables huevos con pinceladas más o menos ocurrentes, hubo días de vacaciones para las de Santa Nina; bajaba yo temprano a las cocinas, donde las fámulas, con enormes paletas de madera revolvían, como con remos, el contenido de artesas llenas de masas harinosas, espolvoreadas de harina, escamadas de harina, con las cuales se edificarían los altos pasteles —torres sobre mesas; rombos, cubos, pirámides sobre las mesas, con filigranas de merengue, incrustaciones de guindas, epigrafías y retorcimientos de la crema endurecida que pregonaría el tradicional Xrestos Voskrés,591 cuando entre cúpulas jubilosas sonaran las campanas de la Resurrección…Anhelosa, a veces, de alguna soledad, bajaba al sótano de los escabeches, donde, en barriles olientes a vinagre, cebollas, hinojo, vino blanco y laurel, verdecían pepinos y tomates, o en sus salmueras dormían, apretados en circulo, con las colas al centro, los arenques vaciados de tripas, o algunos pececillos de los que se pescaban en el Mar Caspio. También hallaba alguna calma al fondo del jardín, donde mi padre había hecho construir una graciosa pérgola de madera, para las meriendas de verano, en la cima de una pequeña colina artificial, plantada de césped, de pocas varas de alto, a la que se ascendía por un sendero en espiral. Pero, muchas veces tenía que huir precipitadamente de ese mirador que sobresalía por encima de las paredes que nos separaban de la calle. Afuera sonaban disparos. Había repentinas y tumultuosas cabalgatas; gritos de mujeres, llantos de niños. Y aunque en el Parque Municipal, en falsa gruta tapizada de falsos helechos, ornada de estalactitas artificiales, ejecutase la banda de cosacos una música de Grieg (recuerdo que era la del Palacio del Rey de la Montaña, con su comienzo lento, grave, bajo, obsesionante, que iba acelerando el tempo hasta convertirse en un finale presto…) el malestar, la inquietud, crecían en la ciudad. En procesiones de mortificación, los mahometanos llevaban en hombros, zarandeándolos al ritmo de pasos medidos, largas filas de ataúdes abiertos, con sus cadáveres de cara al cielo, grises, verdes, apergaminados, podridos o encartonados, inmundos, con aquellas moscas que les volaban por encima, mientras los del séquito funerario y expiatorio portaban enormes banderas verdes sobre correajes colgados de las cinturas. Otros, detrás, de torso desnudo, se flagelaban con látigos de crin, con cilicios de púas, con cadenas de hierro, y enarcaban las piernas, llevando esas bragas musulmanas, enrolladas en los muslos, donde siempre parecía que llevaran espesos y asquerosos pañales. Acaso por mi amor a Paraskeva, a San Gregorio, a San Nicolás, a Santa Nina, evangelizadora de Georgia, odio todo lo que me huela a Korán. No entiendo el atractivo que sobre los forasteros ejercen las calles mahometanas, tan sudas como industriosas, con sus talleres de damasquinería y talabartería, comercios donde los martillos golpean el cobre del alba a la noche, dibujando geometrías, entrelazamientos y arabescos, o bien achichonando la materia de algún tibor, no lejos del apestoso patio de los pellejos sin curtir y de las colas de camero fritas en su propia grasa, ofrecidas en la entrada de tiendas humosas, ante un perenne desfile de mendigos, limosneros, llagados, lisiados, tiñosos, cojos, tullidos, ciegos de ojos blancos, que se detienen en las esquinas para salmodiar pasajes de su Libro Sagrado. Cuando los veo, a pesar de las muchas cosas que me atan a esta ciudad —y más cuando la arena se me desliza a lo largo del espinazo, se me mete por debajo de las faldas, hace crujir mis trenzas al destrenzarlas, sueño de pronto en el Norte; en el Allá, donde se alzan vastos palacios de color de algas y espumas, y donde frontones de helénica estampa se reflejan en canales de aguas mansas junto a la roja albóndiga de los antiguos mercaderes holandeses…Anoche me llevaron a una representación de ópera. Mi padre sacó de uno de los enormes armarios de la casa el frac que había sido de mi abuelo —en aquellos días, los trajes de etiqueta, levitas rectas, jaquettes para recepciones de alguna categoría, al igual que los relojes con iniciales, cadenas y leontinas, se hacían de materias tan excelentes que se heredaban de generación a generación— y fuimos al teatro donde actuaba una compañía venida de Moscú. Vi, en decoraciones suntuosas, dos bailes —fue lo que más me llamó la atención: el primero, algo provinciano, como llevado por elegantes de aldea, con sus ostentosos atuendos y un evidente exceso de joyas y adornos; el segundo, deslumbrador, ofrecido entre altísimas columnas blancas, en un inmenso salón resplandeciente de luces, arañas de mil velas, candelabros barrocos, divinas mujeres de relucientes peinados, vestidas como hadas, que me llevaron hasta el límite del arrobamiento —tanto que, fuera de eso, poco me importó lo que ocurría en las demás escenas: dos hombres se desafiaban; luego, se batían en duelo. Caía uno —el que me gustaba— muerto de un balazo, en un paisaje de nieves. Y, para terminar, era un coloquio entre el Protagonista y la Mujer del Drama, que abandonaba la escena, de pronto, después de decir que amaba a su marido, y era, para el hombre que antes la hubiese menospreciado, como un cruel desplome anunciador de la lenta caída del telón. Y así terminaba la historia de Eugene Oneguin,592 personaje que acaba de entrar en mi vida. Ahora habría que recoger los ligeros abrigos —las noches eran frescas— y devolver los binóculos alquilados a la señora del vestiaire. Y después, la calle obscura, hostil, peligrosa, al cabo de la Gran Fiesta del Teatro. Repentinamente sonaron disparos, muy cerca, y una bomba, arrojada desde una terraza, estalló a veinte pasos detrás del coche. —“¡Corre! ¡Corre! ” —gritamos al cochero, que ya hacía silbar el fuete593 sobre los caballos del tiro… —“Nos vamos de aquí” —dijo mi padre al llegar a casa, apenas mi madre se hubiese dejado caer en una butaca, aún ensordecida por el estruendo de la explosión: “Nos vamos de aquí. Ya no se puede vivir en esta ciudad. Los negocios andan de mal en peor. Es cierto que las gentes del petróleo ganan más dinero que nunca; pero no traen sus familias a estos arenales. Yo soy un comerciante de altura. No vendo percalinas ni telas para camareras. La clientela rica está emigrando hacia lugares más apacibles. Las mercancías caras se pudren sobre los mostradores. Ya no tengo edad para esperar tiempos mejores. Puedo establecerme en la capital” —“¿Y la guerra?” —pregunté, aunque la guerra, vista desde Bakú, pareciera algo muy remoto. —“¡Bah! ¡La tenemos más que ganada! ¡Claro! Tú no lees los periódicos. Tu madre no lo permite, porque se habla en ellos de muchas cosas que no son para muchachas bien educadas. Pero vamos de victoria en victoria. Francisco José594 está chocho; Guillermo II es un imbécil; el Kronprinz, un payaso, y Dios Todopoderoso protege a Rusia, como la protegió en 1812.595 Antes de tres meses habremos acabado con esas estupideces y echaremos a volar las campanas de la paz. Conoceremos una larga era de prosperidad en la que debemos pensar desde ahora, con la mirada puesta en el futuro. Está decidido: nos vamos de aquí…” Esa noche me acosté en mi honda, ancha cama, después del rezo. Pensé que mi madre estaría feliz, pues siempre había soñado con las luces, los teatros, los lujos, de Petrogrado —o San Petersburgo, como aún decían algunos, por costumbre. Y allá, a donde íbamos, había magníficas escuelas de ballet, y me sentía, ahora, irresistiblemente atraída por la danza —danza presente en el gran vals de Eugene Oneguin que aún me sonaba en la memoria…Grandes cambios se habían operado en esa memorable noche que determinó mi vocación.


Notas

576 Comienza aquí la historia de “La rusa de Baracoa”, Cf. Introducción.

577 El Yunque, la montaña que se alza junto a Baracoa, puede verse desde el mar a gran distancia, y es habitat de diferentes especies endémicas cubanas. Colón lo describió en su primer viaje (27 de noviembre de 1492) como “una montaña alta y cuadrada que parecía isla” (Los cuatro viajes, p. 70).

578 chorotes: vasijas para el cacao o el chocolate.

579 Colón y los suyos permanecieron en Porto Santo (la bahía de Baracoa) desde el 27 de noviembre hasta el 4 de diciembre de 1492 (Colón, Los cuatro viajes, pp. 70-78). Tirabacones: seguramente “las aguajes y comentes” de que habla Colón (ibíd. p. 70).

580 En ese mismo lugar existe hoy el Hotel de la Rusa: “situado enfrente del mar, este hotel fue en su tiempo propiedad de una mujer rusa que huyó de su país tras la Revolución y se instaló en este rincón de Cuba” (Guías Fodor’s. Cuba, p. 223).

581 Cf. lo dicho en nota 423 sobre Calixto (“Caliste”) y La Celestina.

582 Recuerdo de la Divina Comedia de Dante, Inferno, I, versos 1-3.

583 R.M. del Valle-Inclán, nota previa a Sonata de Otoño (1902). Bradomín, en efecto, “era feo, católico y sentimental”.

584 garzonas: del francés à la garçón, “a lo chico”, el corte de pelo femenino de moda por loe años veinte. Anatole France había muerto en 1920.

585 Antilla: ciudad cubana en la bahía de Nipe, al oriente de Holguín.

586 Brobdingnag, Liliput: el país de los gigantes y el país de los enanos, respectivamente, de los Viajes de Gulliver (1726) de Jonathan Swift. Frangollo: dulce seco de plátano verde machacado.

587 El terror de Vera a la Revolución —de la que huye hasta Baracoa— es también ei terror a “el otro”, que le ha sido inculcado desde niña, y como puede verse en esta reveladora escena. Lo mismo ocurre más abajo, poco antes de finalizar el capítulo.

588 Monómaco: hubo un emperador bizantino del siglo XI llamado Constantino IX Monómaco. Por lo demás, en griego la palabra significa “gladiador”; aquí, el Combatiente, el Defensor. Es, en todo caso, el zar de Rusia.

589 higúmena: en griego, literalmente, “abadesa”, “priora”; aquí, “aya"

590 —“¿Sois vos, príncipe mío? Os habéis hecho esperar mucho”. —“Abuelita, qué brazos tan grandes tienes”. “Es para abrazarte mejor, hijita”. —“Ana, hermana Ana, ¿no ves a nadie que se acerque?”. “No veo sino el sol que brilla y la yerba que verdea”. (Cf. en Ch. Perrault, Cuentos, respectivamente p. 53 (“La bella durmiente”), 27 (“Caperucita Roja”) y 40 (“Barba Azul”). Ha sido notado que la forma verdois (segunda persona del singular) debería ser verdoie (tercera persona de singular). (De Maeseneer, “La cita”, p. 64).

591 Xrestos Voskrés: “Cristo ha resucitado”, en griego.

592 Eugenio Oneguin (1877-1878), ópera de Piotr I. Tchaikovski, basada en la narración homónima en verso de Aleksandr S. Pushkin.

593 Fuete: galicismo utilizado en varios países hispanoamericanos: “látigo”.

594 El texto original dice, erróneamente, “Fernando José”. Se trata del emperador de Austria-Hungría Francisco José, que murió en 1916 a los ochenta y seis años de edad, en plena guerra europea.

595 Guillermo II, emperador de Alemania, perdió la guerra y el trono en 1918. El Kronprinz (literalmente “Príncipe de la Corona”), hijo y heredero del anterior: años después se mostró partidario de los nazis. 1812: fecha de la derrota de Napoleón en Rusia y de su desastrosa retirada.


La consagración de la Primavera (1978)
Primera edición anotada a cargo de Julio Rodríguez Puértolas
Madrid, Editorial Castalia, 1998
Foto: © Sophie Bassouls/Sygma/Corbis

27 jun. 2012

Alejo Carpentier: El sacrificio de los toros

No hay comentarios. :





En la cima del Gorro del Obispo, hincada de andamios, se alzaba aquella segunda montaña —montaña sobre montaña— que era la Ciudadela La Ferriére. Una prodigiosa generación de hongos encarnados, con lisura y cerrazón de brocado, trepaba ya a los flancos de la torre mayor —después de haber vestido los espolones y estribos—, ensanchando perfiles de pólipos sobre las murallas de color de almagre. En aquella mole de ladrillos tostados, levantada más arriba de las nubes con tales proporciones que las perspectivas desafiaban los hábitos de la mirada, se ahondaban túneles, corredores, caminos secretos y chimeneas, en sombras espesas. Una luz de acuario, glauca, verdosa, teñida por los helechos que se unían ya en el vacío, descendía sobre un vaho de humedad de lo alto de las troneras y respiraderos. Las escaleras del infierno comunicaban tres baterías principales con la santabárbara, la capilla de los artilleros, las cocinas, los aljibes, las fraguas, la fundición, las mazmorras. En medio del patio de armas, varios toros eran degollados, cada día, para amasar con su sangre una mezcla que haría la fortaleza invulnerable. Hacia el mar, dominando el vertiginoso panorama de la Llanura, los obreros enyesaban ya las estancias de la Casa Real, los departamentos de mujeres, los comedores, los billares. Sobre ejes de carretas empotrados en las murallas se afianzaban los puentes volantes por los cuales el ladrillo y la piedra eran llevados a las terrazas cimeras, tendidas entre abismos de dentro y de fuera que ponían el vértigo en el vientre de los edificadores. A menudo un negro desaparecía en el vacío, llevándose una batea de argamasa. Al punto llegaba otro, sin que nadie pensara más en el caído. Centenares de hombres trabajaban en las entrañas de aquella inmensa construcción, siempre espiados por el látigo y el fusil, rematando obras que sólo habían sido vistas, hasta entonces, en las arquitecturas imaginarias del Piranese. Izados por cuerdas sobre las escarpas de la montaña llegaban los primeros cañones, que se montaban en cureñas de cedro a lo largo de salas abovedadas, eternamente en penumbras, cuyas troneras dominaban todos los pasos y desfiladeros del país. Ahí estaban el Escipión, el Aníbal, el Amílcar, bien lisos, de un bronce casi dora do, junto a los que habían nacido después del 89, con la divisa aun insegura de Libertad, Igualdad. Había un cañón español, en cuyo lomo se ostentaba la melancólica inscripción de Fiel pero desdichado, y varios de boca más ancha, de lomo más adornado, marcados por el troquel del Rey Sol, que pregonaban insolentemente su Ultima Ratio Regum.

Cuando Ti Noel hubo dejado su ladrillo al pie de una muralla era cerca de media noche. Sin embargo, se proseguía el trabajo de edificación a la luz de fogatas y de hachones. En los caminos quedaban hombres dormidos sobre grandes bloques de piedra, sobre cañones rodados, junto a mulas coronadas de tanto caerse en la subida. Agotado por el cansancio, el viejo se tumbó en un foso, debajo del puente levadizo. Al alba lo despertó un latigazo. Arriba bramaban los toros que iban a ser degollados en las primeras luces del día. Nuevos andamios habían crecido al paso de las nubes frías, antes de que la montaña entera se cubriera de relinchos, gritos, toques de corneta, fustazos, chirriar de cuerdas hinchadas por el rocío. Ti Noel comenzó a descender hacia Millot, en busca de otro ladrillo. En el camino pudo observar que por todos los flancos de la montaña, por todos los senderos y atajos, subían apretadas hileras de mujeres, de niños, de ancianos, llevando siempre el mismo ladrillo, para dejarlo al pie de la fortaleza que se iba edifcando como comejenera, como casa de termes, con aquellos granos de barro cocido que ascendían hacia ella, sin tregua, de soles a lluvias, de pascuas a pascuas. Pronto supo Ti Noel que esto duraba ya desde hacía más de doce años y que toda la población del Norte había sido movilizada por la fuerza para trabajar en aquella obra inverosímil. Todos los intentos de protesta habían sido acallados en sangre. Andando, andando, de arriba abajo y de abajo arriba, el negro comenzó a pensar que las orquestas de cámara de Sans–Souci, el fausto de los uniformes y las estatuas de blancas desnudas que se calentaban al sol sobre sus zócalos de almocárabes entre los bojes tallados de los canteros, se debían a una esclavitud tan abominable como la que había conocido en la hacienda Monsieur Lenormand de Mezy. Peor aún, puesto que había una infinita miseria en lo de verse apaleado por un negro, tan negro como uno, tan belfudo y pelicrespo, tan narizñato como uno; tan igual, tan mal nacido, tan marcado a hierro, posiblemente, como uno. Era como si en una misma casa los hijos pegaran a los padres, el nieto a la abuela, las nueras a la madre que cocinaba. Además, en tiempos pasados los colonos se cuidaban mucho de matar a sus esclavos —a menos de que se les fuera la mano—, por que matar a un esclavo era abrirse una gran herida en la escarcela. Mientras que aquí la muerte de un negro nada costaba al tesoro público: habiendo negras que parieran —y siempre las había y siempre las habría—, nunca faltarían trabajadores para llevar ladrillos a la cima del Gorro del Obispo.

El rey Christophe subía a menudo a la Ciudadela, escoltado por sus oficiales a caballo, para cerciorarse de los progresos de la obra. Chato, muy fuerte, de tórax un tanto abarrilado, la nariz roma y la barba algo undida en el cuello bordado de la casaca, el monarca recorría las baterías, fraguas y talleres, haciendo sonar las espuelas en lo alto de interminables escaleras. En su bicornio napoleónico se abría el ojo de ave de una escarapela bicolor. A veces, con un simple gesto de la fusta, ordenaba la muerte de un perezoso sorprendido en plena holganza, o la ejecución de peones demasiado tardos en izar un bloque de cantería a lo largo de una cuesta abrupta. Y siempre terminaba por hacerse llevar una butaca a la terraza superior que miraba al mar, al borde del abismo que hacía cerrar los ojos a los más acostumbrados. Entonces, sin nada que pudiese hacer sombra ni pesar sobre él, más arriba de todo, erguido sobre su propia sombra, medía toda la extensión de su poder. En caso de intento de reconquista de la isla por Francia, él, Henri Christophe, Dios, mi causa y mi espada, podría resistir ahí, encima de las nubes, durante los años que fuesen necesarios, con toda su corte, su ejército, sus capellanes, sus músicos, sus pajes africanos, sus bufones. Quince mil hombres vivirían con él, entre aquellas paredes ciclópeas, sin carecer de nada. Alzado el puente levadizo de la Puerta Única, la Ciudadela La Ferriére sería el país mismo, con su independencia, su monarca, su hacienda y su pompa mayor. Porque abajo, olvidando los padecimientos que hubiera costado su construcción, los negros de la Llanura alzarían los ojos hacia la fortaleza, llena de maíz, de pólvora, de hierro, de oro, pensando que allá, más arriba de las aves, allá donde la vida de abajo sonaría remotamente a campanas y a cantos de gallos, un rey de su misma raza esperaba, cerca del cielo que es el mismo en todas partes, a que tronaran los cascos de bronce de los diez mil caballos de Ogún. Por algo aquellas torres habían crecido sobre un vasto bramido de coros descollados, desangrados, de testículos al sol, por edificadores conscientes del significado profundo del sacrificio, aunque dijeran a los ignorantes que se trataba de un simple adelanto en la técnica de la albañilería militar.


En El reino de este mundo (1949), III, 3
Foto © Sophie Bassouls-Sygma-Corbis

2 oct. 2011

Alejo Carpentier - Los fugitivos

No hay comentarios. :





El rastro moría al pie de un árbol. Cierto era que había un fuerte olor a negro en el aire, cada vez que la brisa levantaba las moscas que trabajaban en oquedades de frutas podridas. Pero el perro —nunca le habían llamado sino Perro— estaba cansado. Se revoleó entre las yerbas para desrizarse el lomo y aflojar los músculos. Muy lejos, los gritos de los de la cuadrilla se perdían en el atardecer. Seguía oliendo a negro. Tal vez el cimarrón estaba escondido arriba, en alguna parte, a horcajadas sobre una rama, escuchando con los ojos. Sin embargo, Perro no pensaba ya en la batida. Había otro olor ahí, en la tierra vestida de bejuqueras que un próximo roce borraría tal vez para siempre. Olor a hembra. Olor que Perro se prendía, retorciéndose patas arriba, riendo por el colmillo, para llevarlo encima y poder alargar una lengua demasiado corta hacia el hueco que separaba sus omoplatos. Las sombras se hacían más húmedas. Perro se volteó, cayendo sobre sus patas. Las campanas del ingenio, volando despacio, le enderezaron las orejas. En el valle, la neblina y el humo eran una misma inmovilidad azulosa, sobre la que flotaban cada vez más siluetas, una chimenea de ladrillos, un techo de grandes aleros, la torre de la iglesia, y las luces que parecían encenderse en el fondo de un lago. Perro tenía hambre. Pero hacia allá, había olor a hembra. A veces lo envolvía aún el olor a negro. Pero el olor de su propio celo, llamado por el olor de otro celo, se imponía a todos los demás. Las patas traseras de Perro se espigaron, haciéndole alargar el cuello. Su vientre se hundía, al pie del costillar, en el ritmo de un jadeo corto y ansioso. Las frutas, demasiado llenas de sol, caían aquí y allá, con un ruido mojado, esparciendo, a ras del suelo, efluvios de pulpas tibias. 

Perro se echó a correr hacia el monte, con la cola gacha, como perseguido por la tralla del mayoral, contrariando su propio sentido de orientación. Pero olía a hembra. Su hocico seguía una estela sinuosa que a veces volvía sobre sí misma, abandonaba el sendero, se intensificaba en las espinas de un aromo, se perdía en las hojas demasiado agriadas por la fermentación, y renacía, con inesperada fuerza, sobre un poco de tierra, recién barrida por una cola. De pronto, Perro se desvió de la pista invisible, del hilo que se torcía y destorcía, para arrojarse sobre un hurón. Con dos sacudidas, que sonaron a castañuela en un guante, le quebró la columna vertebral, arrojándolo contra un tronco... Pero se detuvo de súbito, dejando una pata en suspenso. Unos ladridos, muy lejanos, descendían de la montaña. 

No eran los de la jauría del ingenio. El acento era distinto, mucho más áspero y desgarrado, salido del fondo del gaznate, enronquecido por fauces potentes. En alguna parte se libraba una batalla de machos que no llevaban, como Perro, un collar con púas de cobre con una placa numerada. Ante esas voces desconocidas, mucho más alubonadas que todo lo que hasta entonces había oído, Perro tuvo miedo. Echó a correr en sentido inverso, hasta que las plantas se pintaron de luna. Ya no olía a hembra. Olía a negro. Y ahí estaba el negro, en efecto, con su calzón rayado, boca abajo, dormido. Perro estuvo por lanzarse sobre él siguiendo una consigna lanzada de madrugada, en medio de un gran revuelo de látigos, allá donde había calderos y literas de paja. Pero arriba, no se sabía dónde, proseguía la pelea de los machos. Al lado del cimarrón quedaban huesos de costillas roídas. Perro se acercó lentamente, con las orejas desconfiadas, decidido a arrebatar a las hormigas algún sabor de carne. Además aquellos otros perros de un ladrar tan feroz, lo asustaban. Más valía permanecer, por ahora, al lado del hombre. Y escuchar. El viento del sur, sin embargo, acabó por llevarse la amenaza. Perro dio tres vueltas sobre sí mismo y se ovilló, rendido. Sus patas corrieron un sueño malo. Al alba, Cimarrón le echó un brazo por encima, con gesto de quien ha dormido mucho con mujeres. Perro se arrimó a su pecho, buscando calor. Ambos seguían en plena fuga, con los nervios estremecidos por una misma pesadilla. Una araña, que había descendido para ver mejor, recogió el hilo y se perdió en la copa del almendro, cuyas hojas comenzaban a salir de la noche. 

II 

Por hábito, Cimarrón y Perro se despertaron cuando sonó la campana del ingenio. La revelación de que habían dormido juntos, cuerpo con cuerpo, los enderezó de un salto. Después de adosarse a dos troncos, se miraron largamente. Perro ofreciéndose a tomar dueño. El negro ansioso de recuperar alguna amistad. El valle se desperezaba. A la apremiante espadaña, destinada a los esclavos, respondía ahora, más lento, el bordón armoriado de la capilla, cuyo verdín se mecía de sombra a sol sobre un fondo de mugidos y de relinchos, como indulgente aviso a los que dormían en altos lechos de caoba. Las gallos rondaban a las gallinas para cubrirlas temprano, en espera de que el meñique de la mayorala se cerciorase de la presencia de huevos aún sin poner. Un pavo real hacía la rueda sobre la casa-vivienda, encendiéndose con un grito, en cada vuelta y revuelta. Los caballos del trapiche iniciaban su largo viaje en redondo. Los esclavos oraban frente a cazuelas llenas de pan con guarapo. Cimarrón se abrió la bragueta, dejando un reguero de espuma entre las raíces de una ceiba. Perro alzó la pata sobre un guayabo tierno. Ya asomaban machetazos en los cortes de caña. Los dogos de la jauría cazadora de negros sacudían sus cadenas, impacientes por ser sacados del batey. 

—¿Te vas conmigo? —preguntó Cimarrón. 

Perro lo siguió dócilmente. Allá abajo había demasiados látigos, demasiadas cadenas, para quienes regresaban arrepentidos. Ya no olía a hembra. Pero tampoco olía a negro. Ahora Perro estaba mucho más atento al olor a blanco, olor a peligro. Porque el mayoral olía a blanco, a pesar del almidón planchado de sus guayaberas y del betún acre de sus polainas de piel de cerdo. Era el mismo olor de las señoritas de la casa, a pesar del perfume que despedían sus encajes. El olor del cura, a pesar del tufo de cera derretida y de incienso, que hacía tan desagradable la sombra, tan fresca, sin embargo, de la capilla. El mismo que llevaba el organista encima, a pesar de que los fuelles del armonio le hubieran echado tantos y tantos soplos de fieltro apolillado. Había que huir ahora del olor a blanco. Perro había cambiado de bando. 

III 

En los primeros días. Perro y Cimarrón echaron de menos la seguridad del condumio. Perro recordaba los huesos vaciados por cubos, en el batey, al caer la tarde. Cimarrón añoraba el congrí, traído en cubos a los barracones, después del toque de oración o cuando se guardaban los tambores del domingo. Por ello, después de dormir demasiado en las mañanas, sin campanas ni patadas, se habituaron a ponerse a la caza desde el alba. Perro olfateaba una jutía oculta entre las hojas de un cedro; Cimarrón la tumbaba a pedradas. El día en que se daba con el rastro de un cochino jíbaro, había para horas y horas, hasta que la bestia, desgarradas las orejas, aturdida por tantos ladridos, pero acometiendo aún, era acorralada al pie de una peña y derribada a garrotazos. Poco a poco Perro y Cimarrón olvidaron los tiempos en que habían comido con regularidad. Se devoraba lo que se agarrara, de una vez, engullendo lo más posible, a sabiendas de que mañana podría llover y que el agua de arriba correría entre las peñas para alfombrar mejor el fondo del valle. Por suerte, Perro sabía comer frutas. Cuando Cimarrón daba con un árbol de mango o de mamey, Perro también se pintaba el hocico de amarillo o de rojo. Además, como siempre había sido huevero, se desquitaba, con algún nido de codorniz, de la incomprensible afición del amo por los langostinos que dormían a contracorriente a la salida del río subterráneo que se alumbraba de una boca de caracoles petrificados. 

Vivían en una caverna, bien oculta por una cortina de helechos arborescentes. Las estalactitas lloraban isócronamente, llenando las sombras frías de un ruido de relojes. Un día Perro comenzó a escarbar al pie de una de las paredes. Pronto sus dientes sacaron un fémur y unas costillas tan antiguas que ya no tenían sabor, rompiéndose sobre la lengua con desabrimiento de polvo amasado. Luego llevó a Cimarrón, que se tallaba un cinto de piel de majá, un cráneo humano. A pesar de que quedasen en el hoyo restos de alfarería y unos rascadores de piedra que hubieran podido aprovecharse, Cimarrón, aterrorizado por la presencia de muertos en su casa, abandonó la caverna esa misma tarde, mascullando oraciones sin pensar en la lluvia. Ambos durmieron entre raíces y semillas envueltos en un mismo olor a perro mojado. Al amanecer buscaron una cueva de techo más bajo, donde el hombre tuvo que entrar a cuatro patas. Allí, al menos, no había huesos de aquellos que para nada servían, y sólo podían traer ñeques y apariciones de cosas malas... 

Al no haber sabido de batidas en mucho tiempo, ambos empezaron a aventurarse hacia el camino. A veces pasaba un carretero conocido, una beata vestida con el hábito de Nazareno o un punteador de guitarra, de esos que conocen al patrón de cada pueblo, a quienes contemplaban, de lejos, en silencio. Era indudable que Cimarrón esperaba algo. Solía permanecer varias horas, de bruces, entre las yerbas de Guinea, mirando ese camino poco transitado, que una rana toro podía medir de un gran salto. Perro se distraía en esas esperas dispersando enjambres de mariposas blancas, o intentando, a brincos, la imposible caza de un zunzún vestido de lentejuelas. 

Un día que Cimarrón esperaba, así, algo que no llegaba, un cascabeleo de cascos lo levantó sobre las muñecas. Una volanta venía a todo trote, tirada por la jaca torda del ingenio. De pie sobre las varas, el calesero Gregorio hacía restallar el cuero, mientras el párroco agitaba la campanilla del viático a sus espaldas. Hacía tanto tiempo que Perro no se divertía en correr más pronto que los caballos, que se olvidó al punto de la discreción a que estaba obligado. Bajó la cuesta a las cuatro patas, espigado, azul bajo el sol, alcanzó el coche y se dio a ladrar por los corvejones de la jaca, a la derecha, a la izquierda, delante, pasando y volviendo a pasar, enseñando los dientes al calesero y al sacerdote. La jaca se abrió a galopar por lo alto, sacudiendo las anteojeras y tirando del bocado. 

De pronto, quebró una vara, arrancando el tiro. Luego de aspaventarse como peleles, el párroco y el calesero se fueron de cabeza contra el puentecillo de piedra. El polvo se tiñó de sangre. 

Cimarrón llegó corriendo. Blandía un bejuco para azocar a Perro, que ya se arrastraba pidiendo perdón. Pero el negro detuvo el gesto, sorprendido por la idea de que no todo era malo en aquel percance. Se apoderó de la estola y de las ropas del cura, de la chaqueta y de las altas botas del calesero. En bolsillos y bolsillos había casi cinco duros. Además, la campanilla de plata. Los ladrones regresaron al monte. Aquella noche, arropado en la sotana, Cimarrón se dio a soñar con placeres olvidados. Recordó los quinqués, llenos de insectos muertos, que tan tarde ardían en las últimas casas del pueblo, allí donde, por dos veces, lo habían dejado, tras pedir el aguinaldo de Reyes, gastárselo como mejor le pareciere. El negro, desde luego, había optado por las mujeres. 

IV 

La primavera los agarró a los dos al amanecer. Perro despertó con una tirantez insoportable entre las patas traseras y una mala expresión en los ojos. Jadeaba sin tener calor, alargando entre los colmillos una lengua que tenía filosas blanduras de lapa. Cimarrón hablaba solo. Ambos estaban de pésimo genio. Sin pensar en la caza, fueron temprano hacia el camino. Perro corría desordenadamente, buscando en vano un olor rastreable... Mataba insectos que siempre lo habían asqueado, por el placer de destruir, desgranaba espigas entre sus dientes, arrancaba arbustos tiernos. Acabó de exasperarse cuando un sapo le escupió a los ojos. Cimarrón esperaba como nunca había esperado. 

Pero aquel día nadie pasó por el camino. Al caer la noche, cuando los primeros murciélagos volaron como pedradas sobre el campo, Cimarrón echó a andar lentamente hacia el caserío del ingenio. Perro lo siguió, desafiando la misma tralla y las mismas cadenas. Se fueron acercando a los barracones por el cauce de la cañada. Ya se percibía un olor, antaño familiar, de leña quemada, de lejía, de melaza, de limaduras de cascos de caballo. Debían estarse haciendo las pastas de guayaba, ya que un interminable dulzor de mermelada era esparcido por el terral. Perro y Cimarrón seguían acercándose, lado a lado, la cabeza del hombre a la altura de la cabeza del perro. 

De pronto, una negra de la dotación atravesó el sendero de la herrería. Cimarrón se arrojó sobre ella, derribándola entre las albahacas. Una ancha mano ahogó los gritos. Perro avanzó, solo, hasta el lindero del batey. La perra inglesa adquirida por don Marcial en una exposición de París estaba allí. Hubo un intento de fuga. Perro le cortó el camino, erizado de la cola a la cabeza. Su olor a macho era tan envolvente que la inglesa olvidó que la habían bañado, horas antes, con jabón de Castilla. 

Cuando Perro regresó a la caverna, clareaba. Cimarrón dormía, arrebozado en la sotana del párroco. Allá abajo, en el río, dos manatíes retozaban entre los juncos, enturbiando la corriente con sus saltos que abrían nubes de espuma entre los linos. 


Cimarrón se hacía cada vez más imprudente. Rondaba ahora en torno a los caseríos, acechando, a cualquier hora, una lavandera solitaria o una santera que buscaba culantrillo, retamas o pitahayas para algún despojo. También, desde la noche en que había tenido la audacia de beberse los duros del capellán en un parador del camino carretera, se hacía ávido de monedas. Más de una vez en los atajos se había llevado el cinturón de un guajiro, luego de derribarlo de su caballo y de acallarlo con una estaca. Perro lo acompañaba en esas correrías, ayudando en lo posible. Sin embargo, se comía peor que antes, y más que nunca era necesario desquitarse con huevos de codorniz, de gallinuela o de garza. Además, Cimarrón vivía en un continuo sobresalto. Al menor ladrido de Perro, echaba mano al machete robado o se trepaba a un árbol. 

Pasada la crisis de primavera, Perro se mostraba cada vez más reacio a acercarse a los pueblos. Había demasiados niños que tiraban piedras, gente siempre dispuesta a dar patadas y, al oler su proximidad, todos los perros de los patios lanzaban gritos de guerra. Además, Cimarrón volvía esas noches con el paso inseguro, y su boca despedía un olor que Perro detestaba tanto como el del tabaco. Por ello, cuando el amo entraba en una casa mal alumbrada, Perro lo esperaba a una distancia prudente. Así se fue viviendo hasta la noche en que Cimarrón se encerró demasiado tiempo en el cuarto de una mondonguera. Pronto, la choza fue rodeada por hombres cautelosos, que llevaban mochas en claro. Al poco rato Cimarrón fue sacado a la calle, desnudo, dando tremendos alaridos. Perro, que acababa de oler al mayoral del ingenio, echó a correr al monte por la vereda de los cañaverales. 

Al día siguiente vio pasar a Cimarrón por el camino. Estaba cubierto de heridas curadas con sal. Tenía hierros en el cuello y los tobillos. Y lo conducían cuatro números de la Benemérita de San Fernando, que le daban un baquetazo a cada dos pasos, tratándolo de ladrón, de borracho y de malcriado. 

VI 

Sentado sobre una cornisa rocosa que dominaba el valle, Perro aullaba a la luna. Una honda tristeza se apoderaba de él a veces, cuando aquel gran sol frío alcanzaba su total redondez, poniendo tan desvaídos reflejos sobre las plantas. Se habían terminado para él las hogueras que solían iluminar la caverna en noches de lluvia. Ya no conocería el calor del hombre en el invierno que se aproximaba, ni habría ya quien le quitara el collar de púas de cobre, que tanto le molestaba para dormir —a pesar de que hubiera heredado la sotana del párroco—. Cazando sin cesar, se había hecho más tolerante, en cambio, con los seres que no servían para ser comidos. Dejaba escapar el maia entre las piedras calientes, sin ladrar siquiera, desde que Cimarrón no estaba allí para azuzarlo, con la esperanza de hacerse un cinturón o de recoger manteca para untos. Además, el olor de las serpientes lo asqueaba; cuando había agarrado alguna por la cola, era en virtud de esas obligaciones a que todo ser que depende de alguien se ve constreñido. Tampoco —salvo en casos de hambre extrema— podía atreverse ya con el cochino jíbaro. Se contentaba ahora con aves de agua, hurones, ratas y una que otra gallina escapada de los corrales aldeanos. Sin embargo, el ingenio estaba olvidado. Su campana había perdido todo sentido. Perro buscaba ahora el amparo de mogotos casi inaccesibles al hombre, viviendo en un mundo de dragos que el viento mecía con ruidos de albarca nueva, de orquídeas, de bejucos lombriz, donde se arrastraban lagartos verdes, de orejeras blancas, de esos que tan mal saben y, por lo mismo, permanecen donde están. Había enflaquecido. Sobre sus costillares marcados en hueco, la lana apresaba guisazos que ya no tenían espinas. 

Con los aguinaldos volvió la primavera. Una tarde en que lo desvelaba un extraño desasosiego, Perro dio nuevamente con aquel misterioso olor a hembra, tan fuerte, tan penetrante, que había sido la causa primera de su fuga al monte. También ahora caían ladridos de la montaña. Esta vez Perro agarró el rastro en firme, recobrándolo luego de pasar un arroyo a nado. Ya no tenía miedo. Toda la noche siguió la huella, con la nariz pegada al suelo, largando baba por el canto de la lengua. Al amanecer, el olor llenaba toda una quebrada. El rastreador estaba frente a una jauría de perros jíbaros. Varios machos, con perfil de lobos, se apretaban ahí, relucientes los ojos, tensos sobre sus patas, listos para atacar. Detrás de ellos se cerraba el olor a hembra. 

Perro dio un gran salto. Los jíbaros se le echaron encima. Los cuerpos se encajaron, unos en otros, en un confuso remolino de ladridos. Pero pronto se oyeron los aullidos abiertos por las púas del collar. Las bocas se llenaban de sangre. Había orejas desgarradas. Cuando Perro soltó al más viejo, con la garganta desgajada, los demás retrocedieron, gruñendo de rabia inútil. Perro corrió entonces al centro del palenque, para librar la última batalla a la perra gris, de pelo duro, que lo esperaba con los colmillos de fuera. El rastro moría a la sombra de su vientre. 

VII 

Los jíbaros cazaban en bandada. Por ello buscaban las piezas grandes, de más carne y más huesos. Cuando daban con un venado, era tarea de días. Primero al acoso. Luego, si la bestia lograba salvar una barranca de un salto, el atajo. Luego, cuando una caverna venía en ayuda de la presa, el asedio. A pesar de herir y entornar, el animal moría siempre en dientes de la jauría, que iniciaba la ralea sobre un cuerpo vivo aún, arrancándole tiras de pelo pardo, y bebiendo una sangre fresca a pesar de su tibieza, en las arterias del cuello o en las raíces de una oreja arrancada. Muchos de los jíbaros habían perdido un ojo, sacado por un asta, y todos estaban cubiertos de cicatrices, mataduras y peladas rojas. En los días del celo, los perros combatían entre sí, mientras las hembras esperaban, echadas, con sorprendente indiferencia, el resultado de la lucha. La campana del ingenio, cuyo diapasón era traído a veces por la brisa, no despertaba en el perro el menor recuerdo. 

Un día los jíbaros agarraron un rastro habitual en aquellas selvas de bejucos, de espinas, de plantas malvadas que envenenaban al herir. Olía a negro. Cautelosamente, los perros avanzaron por el desfiladero de los caracoles, donde se alzaba una piedra con cara de muerto. Los hombres suelen dejar huesos y desperdicios por donde pasan. Pero es mejor cuidarse de ellos, porque son los animales más peligrosos, por ese andar sobre las patas traseras que les permite alargar sus gestos con palos y objetos. La jauría había dejado de ladrar. 

De pronto, el hombre apareció. Olía a negro. Unas cadenas rotas, que le colgaban de las muñecas, ritmaban su paso. Otros eslabones, más gruesos, sonaban bajo los flecos de su pantalón rayado. Perro reconoció a Cimarrón. 

—¡Perro! —alborozó el negro—. ¡Perro! 

Perro se le acercó lentamente. Le olió los pies, aunque sin dejarse tocar. Daba vueltas en torno a él, moviendo la cola; cuándo era llamado, huía. Y cuando no era llamado, parecía buscar aquel sonido de voz humana, que había entendido un poco en otros tiempos, pero que ahora le sonaba tan raro, tan peligrosamente evocador de obediencias. Al fin, Cimarrón dio un paso, adelantando una mano blanda hacia su cabeza. Perro lanzó un extraño grito, mezcla de ladrido sordo y de aullido, y saltó al cuello del negro. 

Había recordado, de súbito, una vieja consigna del mayoral del ingenio, el día que un esclavo huía al monte. 

VIII 

Como no olía a hembra y los tiempos eran apacibles, los jíbaros durmieron hasta el hartazgo durante dos días. Arriba, las auras pesaban sobre las ramas, esperando que la jauría se marchara, sin concluir el trabajo. Perro y la perra gris se divertían como nunca, jugando con la camisa listada de Cimarrón. Cada uno halaba por un lado, para probar la solidez de los colmillos. Cuando se desprendía una costura, ambos rodaban en el polvo. Y volvían a empezar, con un harapo cada vez más menguado, mirándose a los ojos, las narices casi juntas. Al fin se dio la orden de partida. Los ladridos se perdieron en lo alto de las crestas arboladas.

Durante muchos años los monteros evitaron de noche aquel atajo, dañado por huesos y cadenas.



En Guerra del tiempo y otros relatos
Imagen: © Sophie Bassouls/Sygma/Corbis