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21 oct. 2008

Giacomo Puccini - Turandot - María Callas y Tullio Serafin (1957)

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Opera en tres Actos
Libreto: Giuseppe Adami & Renato Simoni
Basada en la obra de Carlo Gozzi
El último dueto y el final fueron completados por Franco Alfano

La principessa Turandot, Maria Callas
Calaf(Il principe ignoto), Eugenio Fernandi
Liu, Elisabeth Schwarzkopf
L'imperatore Altoum, Giuseppe Nessi
Timur, Nicola Zaccaria
Ping, Mario Borriello
Pang, Renato Ercolani
Pong/Il principino di Persia, Piero de Palma
Un mandarino, Giulio Mauri
Prima voce, Elisabetta Fusco
Seconda voce, Pinucia Perott

Orquestra y Coro del Teatro alla Scala,Milano, Regente do Coro: Norberto Mola
Director: Tullio Serafin
1957



Fuente: Libros libres, música libre



15 sept. 2007

Cinco horas con María Callas

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Por Sylvia Sass


En los años sesenta oí por primera vez la voz sublime y única de Maria Callas. Mientras escuchaba su grabación con arias de Puccini, sentía que esta voz entraba súbitamente en mi vida. Era una gran artista, que revolucionaba el mundo de la ópera al crear un nuevo estilo, una nueva necesidad que hasta entonces no existía: la actriz-cantante. Escucharla me enseñaba cómo transmitir las emociones, cómo crear una atmósfera, cómo estar presente en la vida de los demás a través del arte. Aunque se trataba solo de una grabación... fue como si la viera ante mí. Pude ver en ella las fuertes emociones que transmitía; así de fuerte era su presencia mezclada con las vibraciones de las ondas de la música

De esa manera entró Maria en mi vida cotidiana. Desde entonces busqué en todas partes sus grabaciones y ella se convirtió en mucho más que una artista admirada. No era un ídolo para mí. Era mucho más. Ella no sabía que, escuchándola, habíamos creado una profunda amistad. La conocí sin conocerla, la pude entender profundamente sin hablar con ella ni una palabra.

La afrenta

En 1951, cuando nací, Maria vivía sus gloriosos éxitos en la Scala de Milán. No podía imaginar, siendo estudiante, que en 1976 podría conocerla personalmente. Jamás hubiera creído que esta gran artista un día de otoño caminaría hacia mí en su lujoso departamento parisino, vestida completamente de negro, elegante y bella, misteriosa. Me estrechó la mano, preguntándome con una voz un poco irritada:

-Entonces..., ¿tú eres la nueva Callas?

Fue como despertarse de un sueño profundo. Su presencia no sería más un cuadro brillante de fantasía imaginativa, sino la pura realidad.

Podía ver sus ojos profundos. Una mirada inquietante que interrogaba. Una mirada decidida, fuerte y directa. Pero al mismo tiempo difícil. Una mirada que daba miedo. Ante ella me sentí muy pequeña, como delante de una fuerza sobrehumana, volcánica. Y yo, una pequeña flor apenas abierta. Sentí que Maria podía ver las cosas escondidas, tal como ocurre con las búsquedas arqueológicas donde se descubre el pasado que los siglos han enterrado. Una ciencia en la que reina una sabiduría misteriosa y profunda, que entra en el corazón. Ella era capaz de ver las vibraciones sutiles; lo que nadie antes pudo ver.

También vi en sus ojos la inseguridad. Una tristeza infinita y, al mismo tiempo, una pasión de búsqueda respecto del arte. Nunca estuvo satisfecha con los resultados conquistados. Era una verdadera, permanente investigadora, que quería descubrir, más y más, la verdadera voluntad, la verdadera motivación del compositor. Ella quería transmitir su humildad, su sed por encontrar la llave... cómo pronunciar una palabra, cómo encontrar un color verdaderamente justo. Un color sincero.

Pero debo contar los hechos. Cómo fue posible este encuentro con Maria Callas en 1976, cuando ella ya no quería ver a nadie. Estaba prácticamente recluida en el departamento de la calle Georges Mandel, un lugar que recuerdo como el más solitario del mundo, viviendo con dos perritos que trataba a veces con mucha ternura y otras como dos cosas que molestaran.

La historia comenzó en Viena. Yo tenía un contrato para cantar Aída , de Verdi, en la Staatsoper, dirigida por Leonard Bernstein. Ese año, Bernstein había resuelto grabar solo Beethoven; así, le pidió a la dirección de la Staatsoper que cambiara Aída por Fidelio . Como la Staatsoper se encontraba en una situación un poco delicada, dijo que nos reuniéramos para hablar del asunto. Así fue. Me pidieron que viajara de Budapest a Viena, donde Bernstein se alojaba en el Hotel Sacher, uno de los más prestigiosos de la ciudad. Ahí él tenía una suite enorme. Entré en una de las habitaciones donde había un gran piano. Pronto llegó Bernstein, con su sonrisa abierta y cordial. En su mano, una copa. Después de algunas frases muy gentiles, espontáneamente comenzó a tocar el piano y cantamos juntos el último duetto de Aída (sin partitura). Fue muy natural. Como si todos los días jugáramos juntos, sintiendo los pequeños ritardamenti , como si no fuera necesaria ninguna palabra. Podíamos volar juntos sobre las ondas de la música sin miedo de caernos.

Debo confesar que por mi naturaleza tan tímida, no podía creerlo. ¿Cómo era posible que no tuviera miedo delante de él, uno de los más grandes músicos del mundo? Todo era tan simple y claro. Era evidente: sentíamos una alegría casi infantil de hacer música juntos.

Más tarde él me propuso cantar en su producción de Fidelio . Ya Aída era un papel un poco riesgoso para mí, que tenía solo 25 años. Pero como estaba feliz de poder debutar en la prestigiosa Staatsoper no osé decir que no. Pero Fidelio es verdaderamente una de las partes más difíciles. Le respondí con toda sinceridad que no me sentía preparada para esa responsabilidad tan pesada y compleja. ...l respetó mi opinión. Estábamos sentados junto a una pequeña mesa cuando me dijo:

-Te pareces a la Callas... tanto como si fueses su hija. ¿Quieres verla?

Sorprendida con esta frase, casi no pude contestarle, pero después de un instante respondí:

-Sí, sí, sí, sería un gran honor.

Me prometió organizar todo. Quería que fuéramos juntos a ver a Maria cuando él estuviera en París haciendo una grabación. Y que con nosotros fuera algún periodista importante. Cantaba en Salzburgo en el Festspielhaus cuando el secretario de Bernstein me llamó para decirme que Maria Callas aceptaba el encuentro, pero que no quería ningún periodista. Aceptaba que solo mi marido fuera conmigo.

"Tosca es demasiado fácil"

Llegué a París. Me quedé en el hotel Crillon, uno de los más hermosos de la ciudad, donde también estaba Bernstein. ...l buscó una pianista de la Ópera de París para que me acompañara en caso de que debiera cantar ante la Callas, y también un auto que me llevara hasta el edificio de avenida Georges Mandel. Debería esperarme hasta que terminara para volver luego al hotel. Como Bernstein estaba en el estudio de grabación, me dijo que iría durante la pausa.

Y ahí estaba yo, delante de la casa de Maria. Subí en un ascensor de hierro con una decoración rica en ornamentos florales. Podía ver a través de las rejas. Así llegué al lugar donde vivía esta mujer que para mí casi no era un ser humano.

Se abrió la puerta y apareció un señor vestido con librea que me condujo a un salón. Luego apareció ella, bellísima, elegante, con una actitud de reina. Y me dijo de inmediato, en inglés, esa frase que me dejó tan azorada: "Entonces... ¿eres tú la nueva Callas? . Cuando canté La traviata ese mismo año en el Festival de Aix-en-Provence los periodistas me llamaron "la nueva Callas ... Naturalmente ella se sentía ofendida... pero no era culpa mía... yo no lo había inventado.

-¿Qué preparaste para cantar conmigo?

-Arias de Tosca ...

-Es demasiado fácil -respondió.

Vimos mis partituras y ella misma escogió el aria del primer acto de La traviata . Pero no quería verme mientras cantaba, sino solo escucharme, de manera que permaneció en otra habitación. En esos momentos llegó Bernstein. Ella estaba tan feliz de verlo. Empezaron a hablar en tono de complicidad. Maria se dirigía a él como si fuera un niño: "Trabajas mucho , le decía. Se veía que existía una amistad profunda y sincera entre ambos.

Mientras yo comenzaba a cantar el recitativo de Violetta, ellos continuaban hablando. Reconozco que me sentí ofendida. Entendía que para ellos su encuentro era un instante precioso... pero a la vez me habían dicho que cantara. Pensaba que era necesario un poco de respeto. Llegaba ya esa frase: " Sola, abbandonata, in questo popoloso deserto che appellano Parigi (Sola, abandonada en este populoso desierto que llaman París). Le dediqué a ella esta frase con fuerza y rabia. Luego " che spero or piu, che far degg io y entonces dejaron de hablar. Venía el aria y me escucharon con toda atención.

"Me sentí como una copia"

Bernstein debía partir. Nos quedamos ahí, las dos. Ella comenzó a trabajar conmigo, diciendo:

-Si cantas así las dos primeras palabras, " E strano, e strano , el público se quedará dormido.

Repitió dos, tres veces, cómo debía hacerlo yo. Me mostraba un crescendo , pero yo lo sentía de distinta manera. Para mí, Violetta no entiende qué sucede con ella. Después viene la excitación. Verdi lo escribió así, de tal modo que la tensión aumenta sola. Para mí, no es necesario cantar esas palabras con más fuerza.

No estábamos de acuerdo, pero ella insistía. No estaba contenta. De modo que lo hice como ella imaginaba. Me sentí como una copia y supe que debía poner atención porque Maria ya tenía una influencia fuerte sobre mi arte. Sentí que si continuaba por ese camino perdería toda mi seguridad, que ya era muy frágil. Debía cantar justamente este papel pocos días después en Hamburgo. Le dije:

-Muchas gracias por haber podido estar aquí. Para mí significa tanto. Pero ahora debo partir...

Y Maria, cambiando totalmente el modo de tratarme, me respondió:

-Finalmente encuentro a alguien que me entiende en profundidad, a quien puedo darle instrucciones que nadie comprende... y esa persona quiere partir...

-Es por miedo. Si se quiebra mi seguridad, no seré capaz de cantar este papel.

Entonces ella fue otra. Esa barrera que Maria construyó como protección en torno a sí misma se derrumbó. No tenía más necesidad de ella. Se dio cuenta de que yo estaba allí con todo mi respeto y también con todo mi amor por ella. Se transformó en una persona dulce, comprensiva y comenzó a hablarme como a una joven colega. Estuve con Maria más de cinco horas. Si el señor que me esperaba abajo en el auto no hubiera tocado a la puerta, quizá todavía estaríamos allí discutiendo con pasión cómo interpretar los papeles. Me enseñó tanto en esas horas. Y me propuso ir a París todos los meses para trabajar juntas. Me siento culpable por no haberle escrito después, pero no pude hacerlo. No porque no quisiera, sino porque la situación política de la época en Hungría no lo permitía. Tampoco tenía suficiente dinero para viajar a París. Temí perder mi personalidad ante esa fuerza increíble.

Tocaron luego a la puerta. Era el taxista que me preguntaba cuánto tiempo más debía esperar. Ella misma me abrió la puerta. La veo todavía delante de mis ojos... Es quizá la única imagen que ha permanecido tan fuerte en mí. Bajé en el ascensor, miré hacia arriba y la vi en la puerta, haciéndome pequeños gestos con las manos... un gesto de adiós para siempre.

La mensajera

La revista Opera de Londres publicó un artículo escrito por Alain Sievewright. En esa entrevista, ella hablaba de aquel encuentro y decía que esperaba que yo hubiera comprendido el mensaje.

No hay suficientes páginas para contar todos los detalles de lo que viví entonces. Una esencia tan fuerte que cambió toda mi vida. No solo artísticamente.

Para mí fue una verdadera advertencia. Ella subrayaba una frase: "No quebrar el alma en dos partes . Ahora pienso cómo veía ella mi futuro... que yo también cometería los mismos errores. Que sacrificaría mi vida privada, sin quererlo verdaderamente, sobre el altar del arte.

El 16 de septiembre de 1977 cantaba I lombardi en la Ópera de Sofía (Bulgaria). Todo el teatro sabía que Maria había muerto. Construyeron un muro de protección en torno a mí. Solo después de la función un amigo me dio dulcemente la noticia. ...l sabía que para mí sería un golpe enorme, como perder a alguien de la familia. Grité:

-¡Noooooo! No quiero que mi vida sea así.

Después de muchos años comprendí lo que significa ser una mensajera. Como ese hombre de Maratón que no pensaba en sí mismo. Seguramente sentía cansancio, pero no se detuvo y tomó aliento otra vez, porque debía entregar, costara lo que costara, ese mensaje. Un mensaje que al final le costó su propia vida. Así se convirtió en un símbolo. Y así fue la vida de Maria Callas.

Un regalo de Dios para ella que, como una " umille ancella ("humilde sierva , palabras del aria de entrada de Adriana Lecouvreur), nos regaló a nosotros. Un mensaje eterno que todavía hoy vibra como el eco de su alma. Con esa voz sublime podemos volar hacia las esferas divinas donde se escucha, como un himno infinito, "Casta Diva"

El Mercurio - GDA
Fuente: La Nación ADN


18 abr. 2007

Maria Callas sings "Casta diva" (Bellini, "Norma")

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17 abr. 2007

Callas alla Scala

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16 abr. 2007

CALLAS Maria sings "D'amor sull'ali rosee" from "Il trovatore"

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Callas María - Casta Diva

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