Mostrando las entradas con la etiqueta Calímaco. Mostrar todas las entradas

28 feb. 2007

Calimaco: Himno a Artemis

No hay comentarios. :


Cantemos a Artemis -pues no sin pesadumbre la olvida el que canta-, a quien placen el arco, y la caza de las liebres, y el coro espacioso y jugar en las montañas. Diremos, comenzando desde el principio, cómo siendo aún una criatura muy pequeña, sentándose en las rodillas del padre, le dice: "Concédeme, papito querido, que pueda conservar la virginidad eterna, y muchos nombres que para Febo no me aventaje (1). Dame flechas y arcos. Dámelos, padre, yo no te pido un carcaj ni un gran arco... Los Cíclopes en un instante fabricarán flechas y un arco flexible para mí. Dame, en cambio, una antorcha y que pueda ceñirme una túnica adornada hasta la rodilla (2) para dar caza a los animales salvajes. Dame también un coro de sesenta oceánidas, todas de nueve años, no núbiles (3). Dame veinte criadas, ninfas de Amnisos (4), para que cuiden mis sandalias de caza y, cuando no esté cazando lobos ni ciervos, a mis veloces perros. Dame todas las montañas y una ciudad, la que tú quieras. Pocas veces Artemis bajará a la ciudad. Habitaré en las montañas y sólo entraré en las ciudades de los hombres cuando, atormentadas por los agudos dolores del parto, las mujeres me llamen en su auxilio: las Moiras (5), en el momento de nacer yo, me designaron para darles alivio. Porque llevándome mi madre y engendrándome, no sintió sufrimiento, sino que de su entraña dio a luz sin esfuerzo (6).
Hablando así, quiso la niña tomar la barba del padre y extendió varias veces las manos para tocarla, pero en vano. El padre, riendo, asintió con la cabeza y, acariciándola, dijo: "Toda vez que las diosas me den semejantes hijos, yo me preocuparé bien poco de la celosa e irritada Hera. Lleva, hija, lo que voluntariamente pides; mayores cosas tu padre aún te dará: te proporcionaré treinta ciudades y no un solo fuerte, treinta ciudades que no tendrán a otra diosa a quien celebrar sino a ti. Y se llamarán de Artemis. Tendrás muchas ciudades e islas como parte común (7), y en todas habrá altares y bosques de Artemis. También serás protectora de caminos y puertos".
Hablando así, reafirmó con un gesto de cabeza.
Va la niña a Leucos, la montaña de Creta que tiene cabellera de bosque; de allí, al Océano. Elige muchas ninfas, todas de nueve años, todas no núbiles. se alegra el gran río Cairatos (8) y se alegra Tetis, porque envían a sus hijas como compañeras de la hija de Leto.
Luego buscó a los Cíclopes. Los encontró en la isla Lípare -Lípare ahora (9), pero antes se llamaba Meligunis- junto a los yunques, en torno al horno candente. Un gran trabajo los oprimía: preparaban el abrevadero de caballos para Poseidón (10).
Se aterrorizaron las ninfas cuando vieron a los terribles monstruos, semejantes a las colinas de Osa (11), todos con un solo ojo bajo las cejas que, como escudo de cuatro piezas, centelleaba terriblemente. Y se asustaron aún más cuando oyeron el fragor que incesante retumbaba y el soplido poderoso de las fraguas y el profundo suspiro de los mismos Cíclopes. Pues el Etna (12) resuena, y resuena la Trinacria, morada de los sícanos, y resuena la vecina Italia; Cirnos (13) lanza un clamor cuando aquellos, levantando los martillos por encima de los hombros, golpeando sucesivamente, ya el bronce incandescente al salir del horno, ya el hierro, realizan un tremendo esfuerzo.
Las Océanidas no soportaron sin temblar ni mirarlos de frente ni escuchar el fragor -que hiere los oídos- ¿Quién no temblará?-. Las hijas de los dioses, ya crecidas, no los miran sin estremecerse mucho. Cuando alguna de las muchachas la desobedece, la madre llama a los Cíclopes, Argos o Esterope. Del fondo de la casa llega Hermes (14), untado de negra ceniza. Y asusta a la niña, que se hunde en el regazo materno cubriéndose los ojos con las manos.
Pero tú, diosa, cuando sólo tenías tres años, Leto te llevó en sus brazos hacia Hefestos, al cual había llamado para que te ofreciera regalos de bienvenida. Bronteo (15) te sentó en sus fuertes rodillas; tú tomaste el vello espeso de su pecho amplio y lo arrancaste con fuerza. Desde entonces hasta el presente tiene tonsurada la mitad del pecho, como sucede cuando la alopecía se instala en la cabeza y devora la cabellera. Y, sin miedo, les dijiste estas palabras: "Vamos, Cíclopes, fabricad para mí, al instante, un arco cidonio, y flechas, y un carcaj corvo que las guarde, pues yo también soy hija de Leto, como Apolo. Y cuando con mis flechas cace solitaria bestias feroces o algún enorme animal, esto comerán los Cíclopes".
Dijiste, y ellos lo hicieron. Al punto diosa, fuiste armada. Te encaminaste en busca de las perras. Fuiste a la gruta de Pan (16), en Arcadia. Este preparaba carne de lince de Menalia (17) para alimentar a las perras que tendrían cría. El dios barbudo te dio dos perras de pelaje blanco y negro, tres de orejas caídas y una manchada (18), animales excelentes para llevar de regreso a los leones, apresándolos del cuello, y arrastrarlos aún vivos hasta la guarida; te dio siete perras de Cinosuria (19), más veloces que el viento, para perseguir a los ágiles cervatillos y a las liebres que nunca cierran los ojos, para rastrear la morada del ciervo y las cuevas del puercoespín, y para conducirte hasta las huellas de las gacelas.
Partiendo de allí, seguida de tus perras, encontraste sobre la cumbre del monte Parrasio (20), ciervas que brincaban, escena admirable. Pacían ellas, como siempre, a la orilla de un torrente lleno de guijarros negros, más fuertes que toros, y les brillaba el oro de los cuernos. De pronto, asombrada, dijiste a tu alma: "Este sería un primer botín digno de Artemis". Cinco eran éstas en total.
Con presteza, y sin la ayuda de las perras, te apoderaste de cuatro para arrastrar tu rápido carro. A la otra, que huía por el río Celadón (21), por indicación de Hera, para que fuera después uno de los trabajos de Heracles (22), la colina Cerunio acogió.
Artemis Partenia, Artemis matadora de Titios (23), de oro son tus armas y tu cinturón, un carro de oro unciste, y a los cervatillos, diosa, les pusiste frenos de oro.
¿Dónde, por primera vez, tu carro hecho de cuernos comenzó a llevarte? En el Hemos de Tracia (24), donde se origina la tempestad del Bóreas que hostiga con su frío huracanado a los que carecen de manto. ¿Dónde cortaste el pino del que hiciste tu antorcha? En Olimpo de Misia, y le infundiste el soplo de la luz eterna que los rayos de tu padre esparcen. ¿Cuántas veces, diosa, probaste tu arco de plata? La primera vez, contra el olmo; la segunda lo disparaste contra la encina; la tercera, contra las fieras; la cuarta, no ya contra la encina, sino contra la ciudad de los malvados que constantemente cometían impiedades contra los suyos y contra los extranjeros. ¡Los miserables! Sobre ellos lanzaste tu cólera funesta. La peste les consume los ganados; la escarcha, los campos; los ancianos se cortan el cabello por los hijos (25); las parturientas, o bien mueren de un golpe (26) o, si logran escapar, dan a luz a un ser incapaz de erguirse derecho sobre su pie. En cambio, para aquellos a los que tú miras benévola y propicia, su campo produce espigas, cría de animales y la felicidad aumenta. No se acercan a la tumba sino cuando deben llevar a algún anciano; la discordia no desune a la familia, la discordia que destruye aun a las familias bien constituidas. Las esposas de los hermanos, situadas en sus lugares, se sientan a la mesa con su cuñada.
Señora, de estos que sea mi amigo el que es sincero. Que sea siempre yo mismo, que sea siempre mi preocupación el canto. En él estará el casamiento de Leto, y en él tú, la poderosa; y en él Apolo, y en él todos sus combates, y en él tus perras y tus arcos y tus carros, que con ligereza te transportan deslumbrantes cuando los guías a la morada de Zeus. Saliendo a tu encuentro allí, en la entrada, Hermes Acaquesios (27) te recibe las armas y Apolo la caza que lleves. ¡Adelante, antes que el fuerte Alcides aparezca! (28) Ahora Febo ya no tiene esta tarea; el incansable Tirintio (29) se instala esperándote por si llegas trayendo algún alimento craso. Y todos los dioses ríen incesantemente por su causa, y en especial su propia suegra, cuando trae, sujetándolo de la pata trasera, un toro muy grande o un robusto jabalí tembloroso.
El, diosa, te adula con estas palabras sutiles: "Arroja tus flechas sobre los animales grandes, para que los mortales te llamen salvadora, como a mí. Deja a corzos y liebres pacer en la montaña, pues ¿qué te hicieron corzos y liebres? Los cerdos destruyen los campos, los cerdos destruyen las plantas. También los bueyes son un gran mal para los hombres. Contra éstos arroja tus flechas".
Habló así, y se movió ágil alrededor de la gran bestia, pues ni aun bajo las encinas de Frigia (30), cuando endiosó su cuerpo, sació su voracidad. Su hambre era la misma que tenía cuando, cierto día, encontró al labrador Teiodamas (31).
Las ninfas de Amnisios (32), tras desatar a los cervatillos, los acarician. Los llevan juntos a pastar, en abundancia, conduciéndolos desde la pradera de Hera, rica en trébol fértil; los caballos de Zeus con él también se alimentan. Llenan con agua las pilas doradas, el agua que sería grata bebida para los ciervos.
Llegas en persona al palacio de tu padre; todos los dioses te llaman por igual a su lado; tú te sientas junto a Apolo.
Cuando las ninfas te rodean en un coro, cerca de las fuentes de Inopos, que viene de Egipto, o de Pitane -pues también Pitane es tuya- o en Limnais, o en Ales Arafénida (33), adonde llegaste, diosa, después de haber vivido entre los escitas y de haber prohibido las costumbres de Táuride, que mis vacas no corten entonces, por un salario de cuatro días, el barbecho, a servicio de otro dueño, pues sin duda avanzarían exhaustas hacia el establo, aunque sean estinfálidas de nueve años, que tiran del arado con los cuernos, las mejores para hender el surco profundo (34).
Pues el dios Helios jamás pasó junto al hermoso coro de tus ninfas sin detener su carro para admirarlo; los rayos del sol se prolongan entonces.
¿Cuál de las islas, cuál de las montañas, te agrada más? ¿Qué puerto, qué ciudad? ¿A cuál de las ninfas amas, y a cuáles heroínas tenías como compañeras? Dímelo, diosa, dínoslo a nosotros; yo lo contaré a los demás. De las islas te agrada Dolije (35); de las ciudades, Pergue; de los montes, el Taigeto; de los puertos, el de Euripos. Más que a ninguna otra amaste a la ninfa de Gortunis, Britomartis, matadora de cervatillos, certera tiradora.
Cierta vez Minos, encendido por su amor, atravesó corriendo la montaña de Creta. Pero la ninfa unas veces se escondió bajo las frondosas encinas, y otras en las praderas cubiertas de hierbas. El, durante nueve meses, recorrió lugares rocosos y escarpados, y no suspendió la búsqueda hasta que casi la apresó; pero ella se arrojó al mar desde un peñasco, cayendo en las redes de unos pescadores, que la salvaron. Por eso más tarde los cidonios llamaron Dictina (36) a las ninfas y Dicteion al monte del que se lanzó. Le han erigido altares y le ofrecen sacrificios. La corona, durante esos días, es de pino o de lentisco (37). Los ramos de mirto están vedados; en efecto, una rama de mirto se enredó en el pelo de la muchacha cuando guía. De ahí su cólera con el mirto.
Upis soberana, la de bellos ojos luminosos, los cretenses también te llaman con el sobrenombre de aquella ninfa (38).
Elegiste como compañera a Cirene (39), a la que cierta vez tú misma le regalaste dos perros de caza, con los cuales la hija de Hipseo, junto a la tumba de Yolcos, obtuvo el premio (40); y la rubia esposa de Céfalo (41), el Deionida, fue, señora, tu compañera de caza. También dicen que a la bella Anticlea (42) amaste como a la luz de tus ojos. Estas dos fueron las primeras que llevaron rápidos arcos y aljabas con flechas en torno al hombro; el derecho lo llevan desnudo, y también desnudo se ve el pecho (43).
Celebraste aún más a Atlante (44), la de pies veloces, hija de Iasios, hijo de Arcas (45), cazadora del jabalí, y le enseñaste el arte de cazar con perros y el de disparar flechas.
Los llamados "cazadores del jabalí" no la censuran (46) pues los trofeos de victoria llegaron a Arcadia y aún guarda los dientes de la fiera. No creo que en el Hades ni Ulaios ni el insensato Roicos (47), tan llenos de odio, censuren a la arquera, pues los flancos de estos no mentirán más con ellos; con su sangre se tiñe la cumbre del Ménalo (48).
Salud, señora, diosa de las mil moradas, diosa de las innúmeras ciudades; Artemis Jitona, quédate en el Mileto; Neleo (49) te hizo su guía cuando partió de la ciudad de Cécrope con las naves.
Diosa de Quesión, diosa de Imbrasos (50), tú que reinas en primera fila, para ti Agamenón depositó en tu templo el timón de su nave, hechizo de no poder navegar cuando le encadenaste los vientos, al tiempo que las naves aqueas, irritadas a causa de Helena de Ramnunto (51), navegaban para destruir las ciudades de los troyanos. Preto te elevó dos templos (52): uno en Coria (53), porque le devolviste sus hijas que erraban por el monte Acenia; otro en Lusos, como Artemis Hemera, porque dominaste el ánimo salvaje de aquéllas (54). Y las Amazonas, amigas de la guerra, en Éfeso, junto al mar, te erigieron una estatua de madera al pie de un tronco de encina, e Hipó (55) ofició el sacrificio, y las Amazonas bailaron a tu alrededor, reina Upis, la danza armada; primero, la danza de los escudos, y después, colocadas en círculo, formaron un amplio coro (56). Delicadamente acompañaron las melodiosas siringas para que todas bailaran al unísono -aún no estaban perforados los huesos de los cervatillos, invento de Artemis, daño para el ciervo- y el eco corrió hasta Sardes (57) y hasta el territorio frigio. A un tiempo sacudían la tierra con los pies y las aljabas resonaban.
Más tarde construyó un vasto templo en torno a aquella estatua. Jamás la Aurora verá nada más digno de admiración ni más opulento que este templo. Fácilmente excedería al de Pito (58).
Después, el insolente Lygdamis (59), un loco, se glorió de haberlo saqueado. Le echó encima un glorió de cimerios, criados con leche de yegua, semejante a un arenal, que habitaba junto al camino de la Vaca, hija de Inaco (60).
¡Ay, rey miserable! ¡Cuánto pecó! No sólo él no regresaría a Escitia, sino ninguno de cuantos carros había en la pradera de Caistro (61). Tus armas siempre defienden a Éfeso.
Salud, reina Artemis Muniquia, guardiana de puertos, Artemis de Feres (62). No desprecie nadie a Artemis, pues por Eneo (63), que ultrajó su altar, los célebres certámenes entraron en la ciudad. No le dispute la caza del ciervo ni la destreza en el arco, pues ni el Atrida (64) pudo jactarse sin un gran castigo. No pretenda nadie a la virgen -pues ni Otos ni Orión (65) desearon una noble unión- ni rehúse el coro anual, pues ni Hipó se rehusó, sin lágrimas, a bailar en torno a un altar.
Salud, reina todopoderosa; acoge con benevolencia mi poema (66).


Notas

(1) Artemis era llamada "la diosa de los mil nombres" y Apolo, por su parte, recibió también muchísimos apodos.
(2) Artemis era también conocida como Jitona, "la diosa de la túnica corta".
(3) Literalmente, "sin cinturón".
(4) Amnisos: río de Creta.
(5) Las Moiras, como personificación del destino de cada uno. Eran tres: Cloto tenía una rueca con hilos de distinto valor, según el ser a que correspondían en jerarquía; Láquesis daba vuelta el huso, y Atropos cortaba a placer y de improviso el hilo fatal.
(6) En el Himno a Delos también alude al parto sin dolor de las diosas.
(7) En común para Artemis y Apolo.
(8) Cairatos: río de Creta. Tetis: hija de Gea y Urano, con el que tuvo numerosas hijas.
(9) Lípare: isla próxima a Sicilia donde, según la tradición, estaban las fraguas de Hefestos.
10) Poseidón era honrado como el dios del mar y de los caballos.
(11) Osa: montaña de Tesalia
(12) Etna: volcán de Sicilia. Trinacria: Sicilia, así llamada por varios autores por tener tres puntas.
(13) Cirnos: hoy Córcega.
(14) Hermes: Dios del comercio, de la elocuencia y mensajero de los dioses. Hermes, lo mismo que los Cíclopes, es presentado aquí en escenas risueñas, originales, como cuco.
(15) Bronteo: el nombre es un deverbativo de "tronar", y es además una personificación.
(16) Pan: de origen oscuro, vivía en los valles y grutas de Arcadia; era el dios protector de los ganados, y como cazador era el que hacía caer a los animales heridos por los cazadores.
(17) Menalia: territorio del monte Ménalo, en Arcadia.
(18) Estas enumeraciones son de difícil comprensión por ciertos significados discutibles. Los animales consagrados a Artemis siempre eran hembras.
(19) Cinosuria: en Laconia, los perros de este lugar eran muy apreciados en la antigüedad para la caza.
(20) Parrasio: en Arcadia.
(21) Celadón: afluente del Alfeo.
(22) El tercer trabajo de Heracles fue cazar a la cierva Cerinita, más veloz que el viento, la que debía entregar viva a Euristeo, rey de Micenas. El monte Cerunio estaba en Acaya.
(23) Partenia: Artemis como diosa virgen, Titios: célebre gigante que, por instigación de Hera, violó a Leto, madre de Artemis y Apolo, los cuales se vengaron.
(24) Tracia: región al norte de Grecia.
(25) Cortarse el cabello: en el Heracles de Eurípides (v. 1320), cortarse el cabello significa estar de duelo.
(26) Artemis: guardiana de los alumbramientos, podía dar muerte de un golpe.
(27) Acaquesios: bienhechor.
(28) Se llamó Alcides a Heracles, nieto de Alceo. Por otra parte, la palabra significa en griego "el fuerte". Calímaco sigue la tradición del Heracles "glotón".
(29) Tirintio: otro sobrenombre de Heracles, por ser oriundo de esta ciudad de Argólida.
(30) Encinas de Frigia: nombre erudito por "monte Eta". La pira fúnebre de Heracles estaba formada por encinas de Frigia, como se lee en el verso 1195 de Las Traquinias de Sófocles.
(31) Teiodamas: pastor tratado también por Calímaco en uno de los Aitia, muy mutilado. En él se refiere la leyenda de cómo Heracles exterminó el ganado de Teiodamas para satisfacer el hambre de su hijo Hylas y en castigo por haberse negado el pastor a darle uno de sus animales.
(32) Véase nota 4.
(33) Inopos: se creía era afluente del Nilo, aunque se hallaba en Delos. Pitane: verdadero santuario de Artemis en Esparta. Límnais y Ales Arafénida rivalizaban por la imagen táurica de Artemis. Límnais era de Esparta; Ales Arafénida, de Atenas. Calímaco se coloca junto a Eurípides, dando la razón a Esparta (véase Ifigenia en Táuride, vv. 1450 y ss.).
(34) Estinfalia: lugar de Epiro, famoso por sus bueyes. Fragmento similar por el sentido puede verse en Homero: Odisea, XVIII, 372 y ss. Todo este fragmento tiene un significado oscuro.
(35) Dolije: "isla larga". Pergue: hoy llamada Murtan, en Panfilia; Taigeto: cordillera de Grecia, separaba a Laconia de Mesenia; Euripos: estrecho entre Eubea y Beocia, famoso por la agitación del mar.
(36) Dictina: el origen del nombre es "red".
(37) La corona es de pino o de lentisco, y no de mirto, por el carácter virginal de la ninfa (el mirto estaba consagrado a Afrodita) y por lo que después se explicará.
(38) Los cidonios -pueblo de Creta- llamaban Dictina a la ninfa y los cretenses daban a Artemis el nombre de la ninfa. Upis era una antigua divinidad efesiana. Según la escuela de Calímaco, era la nodriza de Artemis; Upis fue formada por Orión cuando llevaba el culto de la diosa a Delos, junto con Ecaergue y Loxó. Apolo y Artemis las honraron y de ellas tomaron, indistintamente, los nombres. El nombre de Upis no tendría por qué aparecer aquí, a no ser que Calímaco lo use para dar pintoresquismo. Pero puede ser que, además, el verso encierre una crítica, ya que los tracios llamaban a Artemis Bendis; los crteenses, Dictina, y los lacedemonios, Upis. Probablemente lo que Calímaco intenta es demostrar que si bien Artemis y Upis se pueden confundir, Dictina es sólo un apodo dado a la diosa por los cretenses.
(39) Cirene: Apolo raptó a Cirene en el monte Pelión (Tesalia) y la llevó a Libia.
(40) Seguramente se refiere a los juegos fúnebres en honor a Pelias, rey de Yolcos (Tesalia), que fue despedazado y cocinado por sus hijas. Acasto le vengó y celebró juegos fúnebres en su honor.
(41) Procris: esposa de Céfalo, rey de Tesalia, quien le dio muerte, involuntariamente, en una cacería. Después de esto, Céfalo se suicidó.
(42) Anticlea: no puede ser la madre de Ulises.
(43) Calímaco va aquí contra la tradición según la cual las Amazonas eran orientales.
(44) Atalanta: hija de Iasos y de Climene; virgen cazadora velocísima. Siendo aún una niña, vencía a los Centauros en la carrera. Su padre la ofreció en matrimonio a quien pudiera vencerla. Hipomanes lo logró dejando caer en la carrera, por consejo de Hera, manzanas de oro, que ella se entretuvo en recoger.
(45) Arcas: hijo de Zeus y de la ninfa Calixto, padre de los arcadios.
(46) Jabalí de Calidón: el rey Eneo de Etolia hizo un sacrificio a los dioses para agradecer la fertilidad de los campos y se olvidó de Artemis que, en castigo, envió un jabalí que devastó las tierras de Calidón. Meleagro reunió un grupo de cazadores; según algunos, fue Atalante la que primero lo hirió; según otros, la que le dio muerte. Meleagro le regaló los colmillos y la piel de la fiera, que los hijos de Testios intentaron arrebatarle. Meleagro les dio muerte y los dientes fueron llevados al templo de Atenea Ales (Arcadia).
(47) Ulaios y Roicos: centauros de Arcadia, a los que mató Atalante por haber atentado contra su virginidad.
(48) Ménalo: monte de Arcadia.
(49) Neleo: hijo de Tiro y Poseidón. Luchó con Heracles, que le dio muerte junto con toda su familia, excepto Néstor. se le cree fundador de Mileto-Cecrópida. Hay en estos versos una acentuada marcación métrica de la sílaba larga y uso de sibilantes que reproducen la sensación de lentitud y ritmo con que las naves avanzan.
(50) Artemis de Quesión: promontorio y cabo de Samos; Imbrasos: río de Samos. Epítetos extraños que dan pintoresquismo y antigüedad. Se remontan a dos rituales distintos que Calímaco, con su inusitada técnica, reúne en uno solo.
(51) Ramnunto: según una leyenda, Helena es hija de Némesis de Ramnunto (demo del Atica) y diosa de la venganza.
(52) Petro: rey de Tirinto. Sus tres hijas fueron castigadas con la locura por haberse jactado de ser más bellas que Hera. Se creían vacas y recorrían todo el Peloponeso, contagiando con su locura a las mujeres. Fueron curadas al recibir Melampo un premio del padre y casarse con una de ellas. Preto, en agradecimiento, erigió dos templos a los dioses.
(53) Coria, Acenia y Lusos estaban en Arcadia.
(54) Hemera significa en griego "la que amansa".
(55) Hipó: hija de Océano y de Tetis.
(56) Evolución del culto, primitivamente sanguinario, a oro más apacible. esta evolución está espléndidamente resaltada en griego por algunas antítesis (coro cíclico-coro en reposo), por la sonoridad de los versos y especialmente por la métrica, que es un verdadero logro estilístico. el cuadro está hecho en base a dáctilos que señalan el ritmo de la danza de los escudos. En el verso siguiente se matiza con un espondeo, lo que produce una sensación del coro en reposo. En el siguiente, las siringas acompañan la danza, y la idea del ritmo está dada por un paralelismo perfecto de dáctilos y espondeos. Cabe destacar que cada vez que Calímaco alude a Artemis con epítetos, usa versos dactílicos.
(57) Sardes: capital de Lidia.
(58) Pito: Delfos.
(59) Lygdamis: rey que condujo a los cimerios a Lidia y Jonia. Se ha querido ver en estos versos una indicación sobre la fecha en que el himno habría sido escrito, pero tampoco aquí los críticos se han puesto de acuerdo. La historia alude a un hecho ocurrido a comienzos del siglo VII, el cual, a su vez, aludiría a la invasión céltica que sufrió Jonia en 277. Cahen no acepta la teoría pues considera que Calímaco cuando quiere decir algo, lo hace claramente.
(60) Vaca: hija de Inaco: el Bósforo. Se refiere a Io, que fue transformada en vaca por Hera para librarla de la persecución de Zeus. Huyó por el Bósforo, que desde entonces tomó su nombre.
(61) Caistros: Lidia. Nuevamente se mezclan dos tradiciones; no fue ante Éfeso donde se exterminaron las tropas de Lygdamis. Además, fue Apolo quien detuvo, ante Delfos, una invasión gala que aquí pasa por ser la que condujo Lygdamis. Hay en estos versos un juego de vocablos y sibilantes, intraducible en castellano, que muestran hasta qué punto podía Calímaco dominar la poesía.
(62) Muniquia: puerto de Atenas; Feres: ciudad de Tesalia. Nuevamente hay epítetos inusitados.
(63) Eneo: véase nota 46.
(64) Agamenón: castigado con el sacrificio de su hija Ifigenia por haber cazado en un bosque consagrado a Artemis.
(65) Otos y Orión: flechados por Artemis por haber atentado contra su virginidad.
(66) Se reitera que Calímaco no confunde las tradiciones por falta de conocimientos. Este cuadro es muy significativo al respecto: parecería que en él intenta unificar a Artemis de Efeso con todas las figuras de la diosa y con las tradiciones a ella referidas: Muniquia = Atenas; Feres = Tesalia; Eneo = Etolia; Agamenón = Aulis.


CALIMACO, Himnos, Madrid, 1972

[Traducción del griego y notas de María Elena del Río y María Teresa Forero de Asman]

Calímaco de Cirene nació en 310 a.C. y falleció en 235 a.C. en Cirene. De su vastísima obra se conservan: Himnos, Epigramas (290-280 a.C.), Aitía (Los Orígenes), ca. 270, Hekalé, escrito también entre los años 275 y 270; Ibis, poema en que ataca a Apolonio de Rodas (discípulo enemistado con C. hasta la muerte de éste); el Epitalamio de Arsinoe (la mujer de Ptolomeo), y dos Elegías, La Victoria de Sosibios, elogio de un protector de C., y La Cabellera de Berenice (Berenikos Plákamos, bien conocida por el poema 66 de Catulo).

Patricia Damiano, entexto