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23 ago. 2007

Rafael Cadenas - Poema

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1. Lo que miras a tu alrededor
no son flores, pájaros, nubes,
sino
existencia.

No, son flores, pájaros, nubes.

* * *

2. ¿ Quién es ese que dice yo
usándote
y después te deja solo?

No eres tú,
tú en el fondo no dices nada.

Él es sólo alguien
que te ha quitado la silla,
un advenedizo
que no te deja ver,
un espectro
que dobla tu voz.

Míralo
cada vez que asome el rostro.

* * *

3. Matrimonio

Todo, habitual,
sin magia,
sin los aderezos que usa la retórica,
sin esos atavíos con que se suele recargar el misterio.

Líneas puras, sin más, de cuadro clásico.
Un transcurrir lleno de antigüedad,
de médula cotidiana,
de cumplimiento.
Como de gente que abre a la hora de siempre.

* * *

4. Tú
dependes
pero
¿lo sabes
a fondo,
con tu cuerpo,
lo puedes vocear,
se ha vuelto carne fascinada?

* * *

5. Quién es ese que dice yo
usándote
y después te deja solo?

No eres tú,
tú en el fondo no dices nada.

Él es sólo alguien
que te ha quitado la silla,
un advenedizo
que no te deja ver,
un espectro
que dobla tu voz.

Míralo
cada vez que asome el rostro.

* * *

6. ¿Quién deja de oponerse?
¿Quién se sale del juego?
¿Quién se vive en el vacío?
¿Quién hace del desabrigo refugio?
¿Quién se disuelve en el percibir?
¿Quién se expone sin arrimo al descampado?
¿Quién abandona el trajín por la hora solitaria?
¿Quién puede comer con tenedores de absoluta piedad?
¿Quién accede a trocar su día por un rostro que no ha de ver?

En Gestiones, Caracas, 1992


4 abr. 2007

Rafael Cadenas: Informe

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Oigo los ayes de la quimera.

Alguien sitiado se aferra al antiguo arrullo.

Del reino sólo quedan escombros.

Tiempo, transpiras olor a tormenta.

Vuelve a los pozos donde nunca en verdad estuviste.
Busca el secreto para regresar. No te pierdas en la cámara de las preguntas.

Los relojes no dejan de respirar.

Reja de lluvias, en tu magia me anego.


la ahogada tres veces
-sombra donde el verdugo no está, día sin jueces, ruta- siempre regresas.

Ahora
salvemos de las máscaras a la rosa.

Hemos jugado todas las cartas y estamos en el mismo sitio.
Los pasos dan siempre al centro de la red.
Atrapados se inicia otro aprendizaje.

Hay que zozobrar.

Los días nos azotan.

¿En qué punto tuvo lugar el extravío?
¿Dónde perdimos el rastro?
¿Qué nos volvió infieles?

Como viajero, hice entrega de mis papeles personales.
Todavía ando en busca de mi verdadero nombre.
Veo, sí, que la verdad ocupa el mismo lugar de mi cuerpo.

Olvido
y despiertan astros como frutas.

Por nosotros boga un lenguaje de primer día.

Eras la que me hacía desaparecer.

Acaso yo renazca ahora.

Ahora.

La memoria nos sigue como lobo.

Es decir, no hemos sido capaces de resucitar.

Nos demoramos con las cargas sucesivas que comparecen juntas.

Se vive en cierne.

Los pesos no dejan ver.

Es necesario estar donde se está para que el alma respire.

Recóbrate en la luz de los viejos patios.

Acuéstate como si acabaras de nacer.

Cada uno sólo es dueño de su dédalo.

La poesía no transforma.

Urge algo que nos arrase como un brillo.

Paciencia.

Preparemos lentamente el regreso a casa.

Se solicita una gran quietud para no hacerse pedazos.

Caminamos bajo un derrumbe, pero caminamos.

Hemos dejado perder tantos días que los meses cabalgan en caballos cenicientos.

Este es el rito del que hace señales, para que nadie, sólo nadie, venga a rescatarlo.

¿En medio de la tormenta quién tiene nombre?

Sólo un soplo de orígenes desata.

Calle nuestra vieja voz para que el tiempo cese.

Soltarse, eso,

sin prisa, es decir, con verdadera urgencia.

Coraje, llegaremos a la salida.

Caminemos entonces todas las lenguas, amortajados pero caminemos. ¿Alguien responderá al fin?

Ceremonia en pos de un orden donde el cuerpo encaje, no este interminable descampado.

Algo me dice que en el fondo del fondo estamos unidos.

Unidos y separados.

Unidos.

Y el último peldaño, la palabra, también es necesario que no hechice. Olvida el estilo.

Ponte a tu lado para que puedas sentarte fuera del absurdo.

Las Erinnias se reúnen al pie de lo roto.

En tu mano está el barro azul del destino y lo pierdes.

Tú siempre en un solo sitio, girando como una torre.

¿Quién detiene los monstruos al borde de la pesadilla?

Somos espectros de un éxtasis.

El hombre sólo tiene una vieja canción para calmar sus tormentas.
Lo que se llama corazón es polvo que palpita.
Sólo el olvido sostiene.

Las sábanas susurran caídas.
La almohada es la boca de un abismo.
Un niño nos persigue por las calles.
El viento es un sobreviviente descalzo.
Ya no voy al sitio donde el alma aumenta, me reúno donde se congregan los acusados.
Después me aparto, casi secreto.

De una costilla mía te hicieron y has crecido hasta olvidarte.
Se pierde nuestra gran noche, pero te ensanchas como un despertar.

Me asiste la desmemoria.

Para los fantasmas que me dejas no habrá comida.

Ahora los días vibran como manos de recién nacidos, ahora.

¿Huida?
Nadie puede partir, todos buscan un sitio de anclaje, aun el vagabundo roído por los astros.

Sólo por ti gira la tierra.
Me deslizo por tu selva amarilla, mis pedazos te despeinan,
mi deseo es verte cuando no seamos círculos.

¿Qué ocurrirá cuando abra la puerta, salga y camine?

Dormimos sobre trompetas finales.

Nos sostiene un indescifrable prodigio.
Desaparezcamos para ser nosotros.

¿Pero qué hacer con la inercia que se prende de los brazos,
qué hacer con las trampas, qué hacer con la sordera?

Sobrevivimos a un estrago.

Ya no tengo rostro,
mi ser se erige sin clave,
ando como acabado de despertar.

Es un milagro estar aquí, el solo estar aquí.

¿Qué orilla me espera ahora?

Me dilapido contra escollos de silencio,
perdido en una fresca antigüedad,
a la desnudez prometido.

Se secan las arterias del idioma.

¿Soy? Mi piel lo dice. Lo confirma mi cuerpo, buen perro faldero de la vida.
El se llena de raíces, reboza de pronombres encendidos,
entra y sale por puertas que no se abren.

Se rehace el alborozado vino.




Inédito para Prometeo. Revista Latinoamericana de Poesía, nº 56, 1999/2000

Rafael Cadenas, Venezuela 1930