Mostrando las entradas con la etiqueta Buzzati Dino. Mostrar todas las entradas

1 ago. 2013

Dino Buzzati: La matanza del dragón

No hay comentarios. :




En mayo de 1902 un campesino del conde Gerol, un tal Giosué Longo, que solía salir de caza por las montañas, relató haber visto en el valle Seco un gran bicho que parecía un dragón. En Palissano, el último pueblo del valle, existía desde hacía siglos la leyenda de que entre determinadas gargantas áridas vivía aún uno de aquellos monstruos. Nadie, sin embargo, lo había tomado nunca en serio. Esta vez, no obstante, el buen sentido de Longo, la precisión de su relato, los detalles de la aventura repetidos una y otra vez sin la más mínima variación, convencieron de que algo debía haber de cierto y el conde Martino Gerol decidió ir a ver. Él, por supuesto, no pensaba en ningún dragón; podía darse, sin embargo, que alguna serpiente grande de una especie rara viviese entre aquellas gargantas deshabitadas.
Le acompañaron en la expedición el gobernador de la provincia Quinto Andrónico con su bella e intrépida mujer, María, el profesor Inghirami, naturalista, y su colega Fusti, especialmente experto en el arte del embalsamamiento. El indolente y escéptico gobernador había reparado hacía tiempo en que su mujer sentía gran atracción por Gerol, pero no se mortificaba por ello. Incluso accedió de buena gana cuando María le propuso ir con el conde a cazar al dragón. No tenía celos de Martino en absoluto; tampoco lo envidiaba aun siendo Gerol mucho más joven, guapo, fuerte, audaz y rico que él.
Poco después de medianoche dos carrozas con una escolta de ocho cazadores a caballo partieron de la ciudad y hacia las seis de la mañana llegaron al pueblo de Palissano. Gerol, la bella María y los dos naturalistas dormían; sólo Andrónico estaba despierto e hizo que la carroza se detuviera delante de la casa de un antiguo conocido suyo, el médico Taddei. Al poco rato, avisado por un cochero, el doctor, medio dormido, con el gorro de dormir en la cabeza, apareció en una ventana del primer piso. Andrónico, acercándose a ella, lo saludó con jovialidad, explicándole el fin de la expedición, y esperó que el otro se echara a reír en cuanto oyera hablar de los dragones. Por el contrario, Taddei meneó la cabeza manifestando desaprobación.
–Yo en vuestro lugar no iría –dijo resueltamente.
–¿Por qué? ¿Pensáis que no hay nada? ¿Que son todo inventos?
–Eso no lo sé –respondió el doctor–. Yo, personalmente, creo más bien que el dragón existe, aunque no lo haya visto nunca. Pero no me metería en ese fregado. Es un asunto que me da mala espina.
–¿Mala espina? ¿Queréis hacerme creer, Taddei, que lo creéis de verdad?
–Soy viejo, querido gobernador –dijo el otro– y tengo mis ideas. Puede que todo sea una patraña, pero también podría ser que fuera verdad; yo, en vuestro lugar, no me metería. Además, escuchad: el camino es difícil de encontrar, todo son montañas marchitas, con derrumbamientos por todos sitios, basta un soplo de viento para provocar una hecatombe y no hay una gota de agua. Dejadlo correr, gobernador, idos más bien allá, a la Crocetta –y señalaba una redonda montaña herbosa que dominaba el pueblo–, allí hay conejos para hartarse. –Calló un instante y añadió: Yo, de verdad, no iría. Además, una vez oí decir... pero da igual, os echaréis a reír...
–¿Por qué habría de reírme? –exclamó Andrónico–. Decidme, decid, decid.
–Pues bien, hay quien dice que el dragón echa humo, que ese humo es venenoso y que sólo un poco basta para causar la muerte.
Contrariamente a lo que había prometido, Andrónico soltó una gran carcajada:
–Siempre he sabido que erais un reaccionario –concluyó, extravagante y reaccionario. Pero esta vez os habéis pasado de la raya. Medieval sois, querido Taddei. ¡Hasta esta noche, y con la cabeza del dragón!
Saludó con un gesto, volvió a subir a la carroza y dio orden de reanudar la marcha. Giosué Longo, que formaba parte de los cazadores y conocía el camino, pasó a encabezar la comitiva.
–¿Por qué meneaba ese viejo la cabeza? –preguntó la bella María que, entre tanto, se había despertado.
–Por nada –respondió Andrónico–, era el bueno de Taddei, que a ratos perdidos hace también de veterinario. Hablábamos del afta epizoótica.
–¿Y el dragón? –dijo el conde Gerol, que se sentaba enfrente. ¿Le has preguntado si sabe algo del dragón?
–A decir verdad, no –respondió el gobernador–. No quiero que se rían de mí a mis espaldas. Le he dicho que hemos venido aquí a cazar un poco y nada más.
A medida que el sol se iba alzando, la somnolencia de los viajeros fue desapareciendo, los caballos avivaron el paso y los cocheros se pusieron a canturrear.
–Taddei era el médico de nuestra familia. Antaño –contaba el gobernador– tenía una magnífica clientela. Un buen día, no sé por qué desengaño amoroso, se retiró al campo. Luego debió de ocurrirle alguna otra desgracia y vino a enclaustrarse aquí. Otra desgracia y quién sabe dónde irá a parar; ¡también él se convertirá en una especie de dragón!
–¡Qué tonterías! –dijo María un poco molesta–. Todo el rato la historia del dragón, comienza a hacerse pesada la cancioncita, no habéis hablado de otra cosa desde que salimos.
–¡Pero fuiste tú quien quiso venir! –replicó con irónica dulzura su marido–. Además, ¿cómo has podido oír nuestra conversación si has estado durmiendo todo el rato? ¿Fingías acaso?
María no respondió y miraba, inquieta, por la ventanilla. Observaba las montañas, que se iban haciendo cada vez más altas, escarpadas y áridas. Al fondo del valle se vislumbraba una sucesión caótica de cumbres, en su mayoría de forma cónica, desnudas de bosques o prados, de color amarillento, de una desolación sin par. Azotadas por el sol, resplandecían con una luz constante y fortísima.
Eran alrededor de las nueve cuando los carruajes se detuvieron porque el camino acababa. Una vez fuera de la carroza, los cazadores advirtieron que se hallaban en el corazón de aquellas montañas siniestras. Vistas de cerca, parecían hechas de rocas a punto de quebrarse y caer, como de tierra; un inmenso derrumbamiento desde su cumbre hasta el fondo.
–Aquí comienza el sendero –dijo Longo señalando un rastro de pasos que subía hasta la entrada de un vallecillo.
Avanzando desde allí, en tres cuartos de hora se llegaba al Burel, donde se había visto al dragón.
–¿Habéis cogido el agua? –preguntó Andrónico a los cazadores.
–Hay cuatro garrafas; y además dos de vino, excelencia –respondió uno de los cazadores–. Hay suficiente, creo...
Cosa rara. Ahora que estaban lejos de la ciudad, encerrados en las montañas, la idea del dragón comenzaba a parecer menos absurda. Los viajeros miraban en derredor sin descubrir nada que los tranquilizara. Crestas amarillentas donde nunca había habido un alma, vallejos que se adentraban a un lado y al otro, ocultando a la vista sus recovecos: una enorme desolación.
Echaron a andar sin decir palabra. Delante iban los cazadores con los fusiles, las culebrinas y demás pertrechos de caza, luego iba María y, por último, los dos naturalistas. Afortunadamente, el sendero todavía estaba sumido en sombra; entre las tierras amarillas, el sol habría sido un suplicio.
También el vallejo que llevaba al Burel era estrecho y tortuoso; no había torrente en su lecho, tampoco plantas ni hierbas a los lados, sólo piedras y cascajo. Ni un canto de pájaros o de agua, sólo aislados susurros de grava.
Mientras el grupo avanzaba de este modo, apareció de abajo, andando con más rapidez que ellos, un muchacho con una cabra muerta a la espalda. «Eso es para el dragón», dijo Longo; y lo dijo con la más completa naturalidad, sin ningún ánimo de chanza. La gente de Palissano, explicó, era sumamente supersticiosa y todos los días mandaba una cabra al Burel para apaciguar al monstruo. Llevaba la ofrenda, por turno, un joven del pueblo. ¡Guay si el monstruo hacía oír su voz! Sobrevenía la desgracia.
–¿Y el dragón se come todos los días la cabra? –preguntó, jocoso, el conde Gerol.
A la mañana siguiente nunca hay nada, eso es infalible.
–¿Ni siquiera los huesos?
–No, ni siquiera los huesos. Se los come dentro de la cueva.
–¿Y no podría ser que fuera alguien del pueblo a comérsela? –preguntó el gobernador–. Todos conocen el camino. ¿Alguien ha visto alguna vez realmente que el dragón se llevara la cabra?
–Eso no lo sé, excelencia –respondió el cazador.
Entre tanto, el joven de la cabra les había alcanzado.
–¡Eh, muchacho! –dijo el conde Gerol con su voz autoritaria. ¿Cuánto quieres por esa cabra?
–No puedo venderla, señor –respondió aquél.
–¿Ni siquiera por diez escudos?
–Ah, por diez escudos... –condescendió el muchacho–, me iré por otra –y dejó al animal en el suelo.
Andrónico preguntó al conde Gerol:
–¿Y para qué quieres esa cabra? Espero que no sea para comértela.
–Ya verás, ya verás para lo que la quiero –dijo el otro evasivamente.
Sujetaron la cabra al hombro de un cazador, el zagal de Palissano volvió a bajar a la carrera hacia el pueblo (evidentemente, iba a procurarse otro animal para el dragón) y la comitiva se puso nuevamente en marcha.
Al cabo de algo menos de una hora llegaron por fin. El valle se abría inesperadamente en un amplio circo salvaje, el Burel, una especie de anfiteatro rodeado de murallas de tierra y rocas en precario, de color amarillo rojizo. Justo en el medio, en la cima de un cono de cascajo, un negro agujero: la cueva del dragón.
–Es allí –dijo Longo. Se detuvieron a poca distancia, sobre una terraza de grava que proporcionaba un inmejorable punto de observación una decena de metros sobre el nivel de la cueva y casi enfrente de ésta. La terraza tenía también la ventaja de no ser accesible desde abajo al estar defendida por una pequeña pared vertical. María podía estar allí con la máxima seguridad.
Callaron, aguzando los oídos. Tan sólo se oía el desmesurado silencio de las montañas, turbado por algún susurro de grava. A veces a la derecha, a veces a la izquierda, una cornisa de tierra se rompía de improviso y finos regueros de gravilla comenzaban a correr, deteniéndose con esfuerzo. Esto daba al paisaje un aspecto de ruina perenne; parecían montañas dejadas de la mano de Dios que se deshicieran poco a poco.
–¿Y si hoy no sale el dragón? –preguntó Quinto Andrónico.
–Tengo la cabra –replicó Gerol–. ¡Te olvidas de que tengo la cabra!
Se comprendió lo que quería decir. El animal habría de servir de señuelo para hacer salir al monstruo de la cueva.
Comenzaron los preparativos: dos cazadores treparon con esfuerzo una veintena de metros por encima de la entrada de la cueva para arrojar piedras en caso de ser necesario. Otro fue a dejar la cabra encima del pedregal, no lejos de la gruta. Otros se apostaron a los lados, bien protegidos detrás de grandes peñas, con las culebrinas y los fusiles. Andrónico no se movió, con la intención de verlo todo.
La bella María callaba. En ella se había desvanecido toda osadía. Con cuánta alegría se habría vuelto de inmediato. Pero no se atrevía a decírselo a nadie. Sus miradas recorrían las paredes que la rodeaban, las cicatrices dejadas por los derrumbamientos antiguos y recientes, las pilastras de tierra roja que parecían ir a caer de un momento a otro. Su marido, el conde Gerol, los dos naturalistas, los cazadores, le parecían poca gente, poquísima, contra tanta soledad.
Una vez colocada la cabra muerta delante de la gruta, comenzaron la espera. Eran las diez bien entradas y el sol había invadido completamente el Burel, sumiéndolo en un calor intenso. Oleadas ardientes reverberaban de un lado a otro. Para proteger de los rayos al gobernador y a su mujer, los cazadores levantaron como pudieron una especie de dosel con las mantas de la carroza; y María no cesaba de beber.
–¡Atención! –gritó de repente el conde Gerol, de pie sobre una peña que estaba abajo, sobre el pedregal, con una carabina en la mano y un mazo de metal al cinto.
Un estremecimiento los recorrió a todos y contuvieron el aliento al ver salir de la boca de la cueva algo vivo. ¡El dragón! ¡El dragón! gritaron dos o tres cazadores no se sabía si con alegría o con aprensión.
El ser emergió a la luz con un serpenteo trémulo como de culebra. ¡Allí estaba el monstruo de las leyendas cuya sola voz hacía temblar a todo un pueblo!
–¡Oh, qué feo! –exclamó María con evidente alivio, ya que se esperaba algo mucho peor.
–¡Valor, valor! –gritó un cazador en son de broma. Y todos recobraron la confianza en sí mismos.
–¡Parece un pequeño ceratosaurus! –dijo el profesor Inghirami, que había recuperado la suficiente presencia de ánimo para los problemas de la ciencia.
De hecho, el monstruo, poco más largo de dos metros, con una cabeza parecida a la de los cocodrilos si bien más corta, un cuello de lagartija en grande, tórax abultado, cola corta y una especie de cresta fláccida a lo largo del lomo, no parecía muy terrible. Más que la modestia de sus dimensiones, eran sus movimientos premiosos, su color terroso de pergamino (con alguna estría verduzca), la apariencia general de flojedad del cuerpo, los que disipaban el miedo. El conjunto expresaba una vejez inmensa. Si era un dragón, era un dragón decrépito, casi al término de su existencia.
–¡Toma! –gritó mofándose uno de los cazadores subidos encima de la boca de la cueva, y lanzó una piedra contra la bestia.
El canto cayó a plomo y alcanzó exactamente el cráneo del dragón. Se oyó con toda nitidez un «toc» sordo, como de calabaza. María experimentó un estremecimiento de repugnancia.
El golpe fue fuerte, pero insuficiente. Inmóvil, como atontado, por unos instantes, el reptil comenzó a sacudir el cuello y la cabeza lateralmente, doliéndose. Sus mandíbulas se abrían y cerraban alternativamente, dejando entrever una hilera de agudos dientes, pero no se oía voz ninguna. Después el dragón bajó por la grava en dirección a la cabra.
–Te han dejado la cabeza tonta, ¿eh? –se burló el conde Gerol, que de pronto había dejado a un lado su altivez. Parecía embargado de una gozosa excitación, saboreando por anticipado la matanza.
Un tiro de culebrina disparado desde una treintena de metros erró el blanco. La detonación hirió el aire estancado, levantó tristes bramidos entre las murallas, de las que comenzaron a deslizarse innumerables pequeños derrumbamientos.
Casi inmediatamente disparó la segunda culebrina. El proyectil alcanzó al monstruo en una de las patas de atrás, de la cual manó al punto un hilo de sangre.
–¡Mira cómo baila! –exclamó la bella María, cautivada también por el cruel espectáculo. Al sentir el dolor de la herida, la bestia, de hecho, se había puesto a girar sobre sí misma, brincando, con lastimosa agitación. Llevaba a rastras la pata herida, dejando sobre la grava un rastro de líquido negro.
Por fin el reptil consiguió llegar hasta la cabra y aferrarla con los dientes. Iba a retirarse cuando el conde Gerol, para hacer gala de su valor, se le acercó hasta casi dos metros y le descargó la carabina en la cabeza.
Una especie de silbido salió de las fauces del monstruo. Y pareció que intentase dominarse, que reprimiese su rabia, que no emitiese toda la voz que albergaba en el cuerpo, que un motivo ignorado para los hombres le indujese a contenerse. El proyectil de la carabina le había dado en el ojo. Gerol, hecho el disparo, retrocedió a la carrera y todo el mundo esperó que el dragón cayese redondo. Pero la bestia no cayó redonda, su vida parecía inextinguible como fuego de pez. Con el perdigón de plomo en el ojo, el monstruo engulló calmosamente la cabra, viéndose dilatarse su cuello como si fuera de goma a medida que pasaba por él el gigantesco bocado. Luego retrocedió hasta el pie de las rocas y comenzó a trepar por la pared, a un lado de la cueva. Ascendía trabajosamente, a menudo desprendiéndose la tierra bajo sus patas, deseoso de salvarse. Arriba se curvaba un cielo límpido y descolorido, el sol secaba con rapidez las huellas de sangre.
–Parece una cucaracha en una palangana –dijo en voz baja el gobernador Andrónico hablando para sí.
–¿Qué dices? –le preguntó su mujer.
–Nada, nada –dijo él.
–¡Vete tú a saber por qué no entra en la cueva! –observó el profesor Inghirami, evaluando con lucidez todos los aspectos científicos de la escena.
–Teme quedarse atrapado –sugirió Fusti.
–Más bien debe de estar completamente atontado. Además, ¿cómo quiere que haga semejante razonamiento? Un ceratosaurus...
–No es un ceratosaurus –dijo Fusti–. He reconstruido muchos para los museos, pero son diferentes. ¿Dónde están las púas de la cola?
–Las tiene escondidas –replicó Inghirami–. Mira ese abdomen hinchado. La cola se enrosca debajo y no las deja ver.
Estaban así hablando cuando uno de los cazadores, aquel que había disparado el segundo tiro de culebrina, se dirigió a la carrera hacia la terraza donde se hallaba Andrónico, con la evidente intención de marcharse.
–¿Adónde vas? ¿Adónde vas? –le gritó Gerol–. Quédate en tu puesto hasta que hayamos acabado.
–Me voy –respondió el cazador con firmeza–. Esto no me gusta. Esta clase de caza no me va.
–¿Qué quieres decir? Tienes miedo. ¿Es eso lo que quieres decir?
–No, señor, yo no tengo miedo.
–Sí tienes miedo, te digo; si no, te quedarías en tu puesto.
–No tengo miedo, os repito. Más bien sois vos quien ha de avergonzarse, señor conde.
–¿Conque avergonzarme? –replicó furioso Martino Gerol–. Miserable tunante, bribón, que no eres otra cosa. Apuesto a que eres de Palissano, un gallina. Vete antes de que te dé una lección. ¿Y tú, Beppi? ¿Adónde vas tú ahora? –volvió a gritar el conde, pues otro cazador se retiraba.
–También yo me voy, señor conde. No quiero tener nada que ver con esta carnicería.
–Ah, cobardes –aullaba Gerol–. Cobardes, ¡si pudiera moverme me las pagaríais!
–No es miedo, señor conde –replicó el segundo cazador. No es miedo. Pero ya veréis cómo esto acaba mal.
–¡Vosotros sí que lo vais a ver! –y, cogiendo una piedra, el conde la lanzó con todas sus fuerzas contra el cazador. Pero el proyectil no alcanzó su objetivo.
Hubo unos minutos de silencio mientras el dragón se afanaba en la pared sin conseguir incorporarse. La tierra y los guijarros caían, lo arrastraban cada vez más abajo, allí de donde había partido. Salvo aquel rumor de piedras que entrechocaban, había silencio.
Al cabo se oyó la voz de Andrónico:
–¿Tenemos todavía para mucho? –le gritó a Gerol–. Hace un calor infernal. Despacha de una vez a ese bicho. ¿Qué tiene de agradable atormentarlo así, aunque sea un dragón?
–¿Y yo qué culpa tengo? –respondió, irritado, Gerol–. ¿No ves que no se quiere morir? Tiene una bala en la cabeza y está más vivo que antes...
Calló al ver al muchacho de antes comparecer en el borde del pedregal con otra cabra a la espalda. Sorprendido por la presencia de aquellos hombres, de aquellas armas, de aquellas huellas de sangre y sobre todo por el trajín del dragón queriendo subir las rocas, él, que nunca lo había visto salir de la cueva, se había detenido a observar la extraña escena.
–¡Eh! ¡Muchacho! –gritó Gerol–. ¿Cuánto quieres por esa cabra?
–Nada, no puedo –respondió el joven–. No os la vendo ni a precio de oro. Pero ¿qué le habéis hecho? –añadió, abriendo los ojos hacia el monstruo sanguinolento.
–Estamos aquí para ajustar cuentas. Deberías estar contento. Desde mañana, no más cabras.
–¿Por qué no más cabras?
–Mañana ya no habrá dragón –dijo el conde sonriendo.
–Pero no podéis hacerlo, no podéis hacerlo, digo –exclamó el joven, asustado.
–¡También tú con la misma canción! –gritó Martino Gerol–. ¡Trae aquí la cabra ahora mismo!
–Os digo que no –replicó con aspereza el otro, retirándose.
–¡Ah, vive Dios! –y, llegándose hasta el joven, el conde le estampó un puño en plena cara, le arrebató la cabra de la espalda, lo arrojó al suelo.
–¡Os digo que os arrepentiréis, os arrepentiréis, ya veréis cómo os arrepentís! –exclamó en voz baja el joven levantándose, porque no se atrevía a contestar.
Pero Gerol ya le había dado la espalda.
Ahora el sol hacía arder la cuenca, apenas se podían tener los ojos abiertos, tanto deslumbraba el reflejo de la grava amarilla, de las rocas, otra vez de la grava y de los guijarros; nada en absoluto que ofreciera un descanso a la vista.
María tenía cada vez más sed y beber no servía de nada. «¡Dios mío, qué calor!», se quejaba. Incluso la visión del conde Gerol empezaba a cansarla.
Entre tanto, como surgidos de la tierra, habían aparecido decenas de hombres. Venidos probablemente de Palissano a la voz de que los forasteros habían partido hacia el Burel, estaban inmóviles en el borde de varios crestones de tierra amarilla y observaban sin mover un dedo.
–Ahora tienes público –intentó bromear Andrónico volviéndose hacia Gerol, que se afanaba alrededor de la cabra con dos cazadores.
El joven levantó la mirada hasta divisar a los desconocidos que lo estaban mirando. Hizo un gesto de desdén y siguió con su tarea.
El dragón, extenuado, había resbalado por la pared hasta el pedregal y yacía inmóvil, palpitando tan sólo su vientre hinchado.
–¡Listos! –dijo un cazador levantando con Gerol la cabra del suelo. Habían abierto el vientre al animal e introducido dentro una carga explosiva unida a una mecha.
Entonces se vio al conde avanzar impávido por el pedregal, acercarse al dragón hasta no más de una decena de metros, dejar con toda tranquilidad la cabra en el suelo y retirarse después extendiendo la mecha.
Hubo que esperar media hora para que la bestia se moviera. Los desconocidos de pie en el borde de los crestones parecían estatuas; no hablaban ni siquiera entre ellos; su rostro expresaba desaprobación. Insensibles al sol, que había cobrado una fuerza extremada, no apartaban la mirada del reptil, como implorando que no se moviese.
Sin embargo, el dragón, acertado en el lomo por un disparo de carabina, se volvió de improviso, vio la cabra y se arrastró hacia ella con lentitud. Estaba a punto de alargar la cabeza y aferrar la presa cuando el conde encendió la mecha. La llama corrió con rapidez a lo largo de la cuerda, no tardó en alcanzar la cabra y provocó la explosión.
El estallido no fue ruidoso, mucho menos fuerte que los disparos de culebrina, un sonido seco pero opaco, como de tabla que se rompe. Pero el cuerpo del dragón salió despedido hacia atrás bruscamente y se vio entonces que el vientre se le había abierto. Su cabeza volvió a agitarse penosamente a derecha e izquierda, como diciendo que no, que no era justo, que habían sido demasiado crueles y que ya no había nada que hacer.
El conde rió complacido, pero esta vez él solo.
–¡Qué horror! ¡Ya basta! –exclamó la bella María cubriéndose el rostro con las manos.
–Sí –dijo lentamente su marido–. También yo creo que esto acabará mal.
El monstruo, aparentemente exhausto, yacía en un charco de sangre negra. Entonces de sus flancos empezaron a salir dos hilos de humo oscuro, uno a la derecha y otro a la izquierda, dos fumarolas pesadas que ascendían con esfuerzo.
–¿Has visto? –preguntó Inghirami a su colega.
–Sí, lo he visto –confirmó el otro.
–Dos orificios de fuelle, como en el ceratosaurus, los llamados opérculos hammerianos.
–No –dijo Fusti–. No es un ceratosaurus.
En ese momento el conde Gerol, saliendo de detrás del peñasco donde se había resguardado, se adelantó para rematar al monstruo. Estaba en medio del cono de grava con la maza metálica en la mano cuando todos los presentes lanzaron un alarido.
Por un instante Gerol creyó que era un grito de triunfo por la muerte del dragón. Luego advirtió que algo se movía a sus espaldas. Se volvió de un brinco y vio, oh ridiculez, dos bestezuelas miserables que salieron tropezando de la cueva y avanzaron con bastante rapidez hacia él. Dos pequeños reptiles informes, no más largos de medio metro, que reproducían en miniatura la imagen del dragón moribundo. Dos dragones pequeños, sus hijos, salidos probablemente de la cueva a causa del hambre.
Fue cosa de pocos instantes. El conde daba magnífica prueba de agilidad. «¡Toma! ¡Toma!» gritaba alegremente volteando la clava de hierro. Y sólo dos golpes bastaron. Manejado con suma energía y decisión, el mazo golpeó sucesivamente a los monstruillos, partiéndoles las cabezas como si fueran ampollas de cristal. Ambos quedaron desmadejados, muertos; de lejos parecían dos cornamusas.
Entonces los desconocidos, sin levantar la más mínima voz, se alejaron corriendo canales de grava abajo. Habríase dicho que huían de una súbita amenaza. No hicieron ruido, no provocaron ni un derrumbamiento, no volvieron la cabeza hacia la cueva del dragón ni siquiera un momento y desaparecieron como habían aparecido, misteriosamente.
Ahora el dragón se movía, parecía que nunca iba a acabar de morir. Arrastrándose como una babosa, se acercaba a las bestezuelas muertas sin cesar de emitir los dos hilos de humo. Cuando llegó junto a ellas, se tumbó sobre el pedregal, alargó con infinito esfuerzo la cabeza y empezó a lamer con suavidad a los dos monstruillos muertos, quizá con la intención de volverlos a la vida.
Al fin, el dragón pareció hacer acopio de todas las fuerzas que le quedaban, elevó el cuello verticalmente hacia el cielo, como no había hecho hasta entonces y de su garganta salió, primero lentísimo, luego con progresiva potencia, un aullido inefable, voz nunca oída en el mundo, ni animal ni humana, tan cargada de odio que hasta el conde Gerol se quedó quieto, paralizado de horror.
Ahora se comprendía por qué antes no había querido volver a su guarida, donde habría hallado la salvación, por qué no había proferido grito ni rugido alguno, limitándose a algún silbido. El dragón pensaba en sus dos hijos y, para protegerlos, había rechazado su propia salvación; de hecho, si se hubiera escondido en la cueva, los hombres le habrían seguido dentro, descubriendo sus crías; y si hubiera levantado la voz, las bestezuelas habrían corrido fuera a ver qué pasaba. Sólo ahora que los había visto morir el monstruo alzaba su aullido infernal.
El dragón invocaba ayuda y pedía venganza para sus hijos. Pero ¿a quién? ¿Acaso a las montañas, áridas y deshabitadas? ¿Al cielo sin pájaros ni nubes, a los hombres que lo estaban atormentando, al demonio quizá? El aullido taladraba las murallas de roca y la cúpula del cielo, llenaba el mundo entero. Parecía imposible (aunque no había ningún motivo razonable para ello) que nadie le respondiera.
–¿A quién llamará? –preguntó Andrónico tratando inútilmente de dar a su voz una entonación jocosa–. ¿A quién llama? ¡No viene nadie, me parece!
–¡Oh, que se muera pronto! –dijo la mujer.
Pero el dragón no se decidía a morir, aunque el conde Gerol, ofuscado por la idea fija de rematarlo, le disparase con la carabina. ¡Pam! ¡Pam! Era inútil. El dragón acariciaba con su lengua a las bestezuelas muertas; sin embargo, con un movimiento cada vez más lento un jugo blanquecino se le deslizaba del ojo ileso.
–¡Mira el saurio! –exclamó el profesor Fusti–. ¡Está llorando!
El gobernador dijo:
–Es tarde. Ya basta, Martino, es tarde, es hora de irse.
Siete veces se alzó al cielo la voz del monstruo, y las peñas y el cielo retumbaron. La séptima vez pareció no acabar nunca, luego súbitamente se extinguió, cayó a plomo, se hundió en el silencio.
En la mortal quietud que siguió se oyeron algunas toses. Cubierto por completo de polvo, con el rostro transfigurado por la fatiga, la emoción y el sudor, el conde Martino, tirada entre los guijarros la carabina, atravesaba el cono de cascajo tosiendo y se apretaba una mano contra el pecho.
–¿Qué te pasa? –preguntó Andrónico con rostro serio presintiendo algo malo–. ¿Te has hecho algo?
–Nada –dijo Gerol tratando de insuflar alegría a su voz–. He tragado un poco de ese humo.
–¿Qué humo?
Gerol no respondió, pero señaló con la mano al dragón. El monstruo yacía inmóvil, incluso la cabeza estaba tendida entre las piedras; habríase dicho que estaba muerto del todo salvo por aquellos dos sutiles penachos de humo.
–Me parece que está muerto –dijo Andrónico.
De hecho, eso parecía. La obstinadísima vida estaba saliendo por la boca del dragón.
Nadie había contestado a su grito, nadie se había movido en el mundo. Las montañas seguían inmóviles, también los pequeños derrumbamientos parecían haberse reabsorbido, el cielo estaba limpio, sin siquiera una nubecilla, y el sol quería ponerse. Nadie, ni animal ni espíritu, había acudido a vengar la matanza. Había sido el hombre quien había acabado con aquel vestigio de impureza del mundo, el hombre astuto y poderoso que establece en todos sitios sabias leyes para el orden, el hombre irreprensible que se afana por el progreso y no puede admitir de ningún modo que los dragones sobrevivan, ni siquiera en las montañas perdidas. Había sido el hombre quien había matado y habría sido estúpido quejarse.
Lo que el hombre había hecho era justo, punto por punto conforme a las leyes. No obstante, parecía imposible que nadie hubiera respondido a la última llamada del dragón. Andrónico, al igual que su mujer y los cazadores, no deseaba otra cosa que huir; incluso los naturalistas renunciaron a sus actividades embalsamatorias con tal de alejarse rápidamente.
Los hombres del pueblo habían desaparecido en cuanto presintieron la desgracia. Las sombras ascendían por las precarias paredes. Del cuerpo del dragón, carcasa apergaminada, se elevaban sin pausa los dos hilos de humo que se retorcían con lentitud en el aire estancado. Todo parecía haber acabado, un triste suceso digno de olvido, eso era todo. Pero el conde Gerol continuaba tosiendo una y otra vez. Exhausto, se hallaba sentado en una piedra grande junto a sus amigos, que no se atrevían a hablarle. También la intrépida María miraba hacia otro sitio. Tan sólo se oían aquellas toses cortas. En vano trataba de dominarlas Martino Gerol; una especie de fuego se adentraba cada vez más en su pecho.
–Lo presentía –susurró el gobernador Andrónico a su mujer, que temblaba un poco–. Presentía que esto tenía que acabar mal.



En Relatos
Traducción Javier Setó
Madrid, Alianza Editorial, 1996 
Foto: Dino Buzzati 1970 © Henri Cartier-Bresson/Magnum Photos

15 nov. 2011

Dino Buzzati - Muchacha que cae

No hay comentarios. :




A los diecinueve años, Marta se asomó a lo alto del rascacielos y, viendo abajo la ciudad que resplandecía en la noche, fue presa del vértigo. 

El rascacielos era de plata, supremo y feliz en aquella noche bellísima y pura, mientras que el viento desgarraba aquí y allá sutiles filamentos de las nubes contra un fondo de un azul absolutamente increíble. De hecho, era aquella hora en que a las ciudades les viene la inspiración y todo aquel que no está ciego se queda arrebatado. Desde la aérea cima la muchacha veía retorcerse las calles y las masas de los palacios en el largo espasmo del crepúsculo, y allí donde acababa el blanco de las casas comenzaba el azul del mar, que visto desde lo alto parecía hacer pendiente. Y según avanzaba desde el oriente el telón de la noche, la ciudad se fue volviendo un dulce abismo titilante de luces; que palpitaba. Dentro había hombres poderosos y mujeres que lo eran todavía más, los abrigos de pieles y los violines, los coches esmaltados de ónice, los rótulos fosforescentes de los cabarets, los atrios de las mansiones a oscuras, las fuentes, los diamantes, los antiguos jardines taciturnos, las fiestas, los deseos, los amores y, sobre todo, ese irresistible encanto de la noche que hace soñar en la grandeza y la gloria. 

Viendo estas cosas, Marta se asomó con despreocupación por la balaustrada y se dejó ir. Le pareció lanzarse al aire, pero caía. Teniendo en cuenta la extraordinaria altura del rascacielos, las calles y las plazas de abajo estaban sumamente lejos, quién sabe cuánto tiempo tardaría en llegar a ellas. Pero la muchacha caía. 

A aquella hora las terrazas y los balcones de los últimos pisos estaban llenos de gente elegante y rica que tomaba cocktails y hablaba de tonterías. Llegaban oleadas dispersas y confusas de melodías. Marta pasó por delante y muchos se asomaron a verla. 

Vuelos de esa clase –en su mayoría precisamente muchachas– no eran raros en el rascacielos y para los inquilinos constituían una distracción interesante; ésa era también la causa de que el precio de aquellos apartamentos fuera tan elevado. 


El sol, no oculto todavía del todo, hizo lo que pudo por iluminar el vestido de Marta. Era un modesto traje de confección de primavera que había costado poco dinero. Pero la poética luz del crepúsculo lo realzaba un poco, haciéndolo chic. 

Desde los balcones de los multimillonarios, manos galantes se tendían hacia ella ofreciéndole flores y vasos. «Señorita, ¿un pequeño drink?... Dulce mariposa, ¿por qué no se queda un minuto con nosotros?» 

Ella reía, mientras flotaba, feliz (pero mientras tanto caía): «No, gracias, amigos. No puedo. Tengo prisa por llegar». 

«¿Por llegar adónde?», le preguntaban. 

«Ah, no me hagáis hablar», respondía Marta, y agitaba las manos haciendo un familiar gesto de saludo. 

Un joven alto, moreno, muy distinguido, alargó los brazos para atraparla. Le gustaba. Sin embargo, Marta se soltó velozmente: «¿Qué libertades son ésas, señor?», e incluso le dio tiempo a darle con un dedo un golpecito en la nariz. 

La gente elegante, pues, se interesaba por ella y eso la llenaba de satisfacción. Se sentía fascinante, de moda. En las floridas terrazas, entre el ir y venir de camareros de blanco y las ráfagas de canciones exóticas, se habló por algún minuto, o quizá menos, de aquella joven que estaba pasando (de arriba abajo, con trayectoria vertical). Algunos la estimaban bella, otros así así, a todos les pareció interesante. 

«Tiene usted toda la vida por delante», le decían, «¿por qué corre tanto? Ya tendrá tiempo de correr y fatigarse. Quédese un momento con nosotros, no es más que una modesta reunión de amigos, entendámonos, pero se sentirá cómoda». 

Ella hacía intención de responder, pero ya la fuerza de la gravedad la había llevado al piso de abajo, a dos, tres, cuatro pisos más abajo; como se cae, de hecho, alegremente, cuando apenas se tienen diecinueve años. 

Lo cierto es que la distancia que la separaba del fondo, es decir, del plano de las calles, era inmensa; menor que hacía poco, ciertamente, pero aun así considerable. 

Sin embargo, mientras tanto el sol se había zambullido en el mar, se le había visto desaparecer transformado en un tremolante hongo rojizo. Ya no estaban sus rayos vivificantes para iluminar el vestido de la muchacha y transformarla en un seductor cometa. Menos mal que las ventanas y las terrazas del rascacielos estaban casi todas iluminadas y a medida que pasaba por delante de ellas sus intensos resplandores la alcanzaban de lleno. 


Ahora, en el interior de los apartamentos Marta ya no veía sólo reuniones de gente despreocupada; de cuando en cuando había también oficinas donde los empleados, con guardapolvos negros o azules, se sentaban en mesas que formaban grandes hileras. Muchos eran tan jóvenes como ella o incluso más, y, cansados ya de la jornada, levantaban cada tanto los ojos de los papeles y de las máquinas de escribir. También ellos, pues, la vieron, y algunos corrieron a las ventanas: «¿Dónde vas? ¿Por qué tanta prisa? ¿Quién eres?» le gritaban, y en sus voces se adivinaba algo parecido a la envidia. 

«Me esperan abajo –respondía ella–. No puedo detenerme. Perdonadme. » Y seguía riendo, ondeando sobre el precipicio, pero no eran ya las carcajadas de antes. La noche había caído imperceptiblemente y Marta comenzaba a sentir frío. 

En aquel momento, al mirar hacia abajo, vio en la entrada de un palacio un vivo resplandor de luces. Se detenían allí largos coches negros (en la distancia grandes como hormigas), y de ellos bajaban hombres y mujeres, deseosos de entrar en él. En medio de aquel hormigueo le pareció distinguir el brillo de las joyas. Sobre la entrada ondeaban banderas. 

Había una gran fiesta, evidentemente, justo aquella con la que ella, Marta, soñaba desde que era niña. Qué desgracia si faltara. Allí abajo la esperaba la ocasión, el destino, la aventura, la verdadera inauguración de la vida. ¿Llegaría a tiempo? 

Advirtió con despecho que una treintena de metros más allá caía también otra muchacha. Era sin lugar a dudas más bonita que ella y llevaba puesto un vestido de tarde de bastante clase. Quién sabe por qué, caía a una velocidad muy superior a la suya, hasta el punto de que en pocos instantes la adelantó y desapareció en lo bajo pese a las llamadas de Marta. Sin duda llegaría a la fiesta antes que ella; podía ser que todo obedeciera a un plan urdido para suplantarla. 

Luego se dio cuenta de que no eran ellas dos las únicas en caer. A lo largo de las caras del rascacielos otras mujeres muy jóvenes se precipitaban hacia abajo con los rostros tensos por la emoción del vuelo, agitando festivamente las manos como si dijeran: eh, estamos aquí, es nuestro momento, agasajadnos, ¿acaso no es nuestro el mundo? 

Así pues, era una competición. Y ella no llevaba más que un mísero vestidito, mientras que las otras lucían modelos de corte distinguido y alguna, incluso, se ceñía sobre los hombros desnudos amplias estolas de visón. Tan segura de sí cuando había levantado el vuelo, ahora Marta sentía crecer en su interior un estremecimiento; quizá fuera simplemente el frío, pero quizá fuera también miedo, el miedo de haberse equivocado sin remedio. 

Ahora parecía ya noche cerrada. Las ventanas se apagaban una tras otra, los ecos de melodías se hicieron más escasos, las oficinas estaban vacías, ningún joven se asomaba ya a los antepechos tendiendo sus manos. ¿Qué hora era? Allá abajo, a la entrada del palacio –que entre tanto se había hecho más grande, pudiéndose distinguir ahora todos los detalles de su arquitectura–, las luces permanecían intactas, pero el movimiento de coches había cesado. Al contrario, de cuando en cuando salían de la entrada iluminada pequeños grupos que se alejaban con paso cansado. Luego, incluso las luces de la entrada se apagaron.

 Marta sintió encogérsele el corazón. Ay de mí, ya no llegaré a tiempo a la fiesta. Al mirar hacia arriba vio el pináculo del rascacielos en todo su cruel poderío. Casi todo él estaba a oscuras, sólo unas pocas y aisladas ventanas seguían iluminadas en los últimos pisos. Y sobre su cima se extendían lentamente las primeras luces del alba. 

En un comedor del vigésimo octavo piso, un hombre de unos cuarenta años se tomaba el café del desayuno mientras leía el periódico y su mujer arreglaba la casa. Un reloj sobre un aparador marcaba las nueve menos cuarto. Una sombra pasó, fugaz, por delante de la ventana. 

–Alberto –gritó la mujer–, ¿has visto? Ha pasado una mujer. 

–¿Cómo era? –preguntó él sin apartar los ojos del periódico. 

–Una vieja –respondió la mujer–. Una vieja decrépita. Parecía asustada. 

–Siempre pasa igual –rezongó el hombre–. Por estos pisos tan bajos no pasan más que viejas caducas. Las chicas guapas se ven del quingentésimo para arriba. No por nada cuestan esos apartamentos tan caros. 

–Pero aquí abajo –observó la mujer– por lo menos tenemos la ventaja de que se puede oír el golpe cuando llegan al suelo. 

–Esta vez, ni siquiera eso –dijo él meneando la cabeza después de haberse quedado escuchando unos instantes. Y se tomó otro sorbo de café


En Relatos
Traducción Javier Setó
Imagen: Federico Patellani