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18 jun. 2009

Robert Burton - Excelencia, degeneración, miserias y enfermedades del hombre

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Excelencia del Hombre.
— El hombre es la más excelsa y noble de las criaturas del mundo, «la más importante y más potente obra de Dios, maravilla de la naturaleza», según lo calificó Zoroastro; audacis naturae rniraculura, «la maravilla de las maravillas», al decir de Platón; «cifra y compendio del mundo», según Plinio.

Es un microcosmos, un mundo en pequeño, dechado de la Creación, señor soberano de la Tierra, virrey del mundo, único amo y gobernante de todos los seres que lo pueblan, de cuyo imperio esos seres son meros vasallos o súbditos que se avienen a prestarle obediencia.

Descuella sobre todo el resto de la Creación por la superioridad de su físico y de su espíritu. Imaginis imago, fué creado a imagen y semejanza de Dios, de su propia substancia inmortal e incorpórea, con todas las facultades y potencias que le son propias.

Ha sido al principio puro, divino, perfecto, dichoso, «creado a ejemplo de Dios en verdadera santidad y justicia»; Deo congruens, libre de dolencias de cualquier especie y puesto en el Paraíso para conocer a Dios, para admirar y glorificar al Señor, para hacer su voluntad, ut diis consimiles parturiat deos (como expresó un poeta antiguo) y para propagar el sagrado culto.

Degeneración y Miseria del Hombre. — Pero esta criatura, la más noble de todas, ¡oh lastimosa mutación!, como exclama Palanterio, decae de lo que fue y degenera en su estado, convirtiéndose en un hombrecillo miserable, en un náufrago y ruin sujeto, una de las más míseras criaturas del mundo, si se la considera en su naturaleza propia, un ser que no se regenera y así ensombrecido por sus faltas que lo hacen inferior al animal (exceptuando algunos pocos caracteres que conserva), «cuando pierde la dignidad humana se asemeja a una alimaña que perece», como dijo de él David en sus Salmos, a un monstruo, por estupenda metamorfosis, a un zorro, un perro, un cerdo. ¿Qué no es entonces? ¡Y cuánto se aleja de lo que fue! Al principio, un santo y un bienaventurado, ahora un ser mísero y execrable. Debe ganar el pan con el sudor de su frente, como se lee en el Génesis, y está amenazado por la muerte y por toda especie de enfermedades y de calamidades.

Kudo es el trabajo impuesto a los hombres y pesado el yugo que deben soportar los hijos de Adán, desde e] día que salen del vientre materno hasta que vuelven a la madre de todo lo creado. La idea de la muerte los persigue y son víctimas de sus propios pensamientos, sus temores y los engendros de su imaginación.

Comenzó el hombre por sentarse en glorioso trono para caer muy bajo hasta la región de la tierra y las cenizas; vistióse de fina seda azul y luego usó ropas de lienzo basto o estameña. Tanto el ser racional como el irracional conocen la ira, la envidia, la aflicción, la inquietud, el temor a la muerte, etcétera, pero mucho más hacen presa esos sentimientos en el impío o el ateo. Todo ello le sucede en esta vida y quizá sea anuncio de eterna miseria y sufrimiento en la vida futura.

Causa Instintiva de los Malestares y Enfermedades del Hombre. — La causa determinante de los malestares del hombre, de las enfermedades y la muerte, de todos los castigos temporales y eternos, es el pecado de nuestro primer padre Adán cuando comió el fruto prohibido por instigación y seducción del diablo. Su desobediencia, orgullo, ambición, intemperancia, escepticismo y curiosidad— de donde procede el pecado original y la general corrupción de la humanidad— es la fuente de donde fluyen todas las inclinaciones malsanas y todas las faltas o transgresiones que causan nuestras desdichas, nacidas de nuestros pecados. Esto es probablemente lo que los poetas han querido expresar en el cuento de la caja de Pandora, la que al ser abierta, debido a su curiosidad, sembró por doquiera toda clase de enfermedades.

No ha sido sólo la curiosidad, por cierto, sino los demás pecados humanos lo que nos ha traído todas las plagas y malestares que venimos padeciendo. Como se lee en los Salmos, los insensatos se sienten atormentados a causa de sus faltas y sus iniquidades. El temor nace a semejanza de la tristeza repentina y el aniquilamiento se origina como el torbellino, la aflicción y la angustia, porque se ha perdido el temor a Dios. «¿Estáis agitado por luchas guerreras? —pregunta con palabras apremiantes Cipriano a Demetrio—; ¿sufrís privaciones y hambre?; ¿vuestra salud está quebrantada por crueles dolencias? ¿La humanidad toda está aquejada de enfermedades epidémicas? Todo esto se debe a vuestros pecados». (Amos y Jeremías).

Dios se muestra irritado, amenazador y vengativo debido a que con gran terquedad los hombres no quieren volver a Él. «Si la tierra es estéril por falta de, lluvias, si a causa de las sequías no da frutos, si las fuentes se han secado y los viñedos, el trigo y los olivares están destruidos, si la atmósfera está contaminada y los hombres aquejados de enfermedades, todo esto es debido a sus pecados»; y pareciera que la sangre de Abel clama venganza. «Por culpa de nuestros pecados hay mucha tristeza en nuestros corazones», dice el profeta Isaías. «Gruñimos como los osos y nos quejamos como las palomas, y la salud nos falta por culpa de nuestros pecados y excesos». Pero no podemos soportar que se nos hable de ello, según expresa Jeremías. «En vano recibimos el castigo, pues no nos corregimos»... «Tú los has azotado, pero ellos no se lamentan y se niegan a enmendarse y volver a Ti. Los has castigado con la peste, pero ellos no han vuelto a Ti». (Amos, IV). Herodes no pudo ocultar a Juan Bautista ni Domiciano a Apolonio que las causas de la plaga de Éfeso fueron la injusticia, el incesto, el adulterio y otros vicios semejantes. (Filóstrato, Vida de Apolonio).

Por mi parte digo que la justa sentencia de Dios consiste en el castigo de nuestra ceguera y obstinación como causa principal o concomitante de esos males. Dios nos castiga por nuestros pecados y para satisfacer su cólera. Debemos obedecer la ley divina, pues de lo contrario sufriremos castigo, como puede verse ampliamente en el Deuteronomio: «Si no quieren obedecer al Señor y seguir sus mandamientos y órdenes, entonces todas sus maldiciones caerán sobre ellos. La maldición llegará a la ciudad y al campo. Maldita será también la descendencia del hombre, etc. El Señor te enviará calamidades y males vergonzosos por tú maldad e inmoralidad». Y algo más adelante: «El Señor te castigará con las plagas de Egipto, con pústulas, sarna y comezón, sin que puedas curarte; con la demencia, la ceguera y trastornos cardíacos». Según San Pablo, «el que obra con maldad sentirá tribulación y angustia». Otros de tales castigos nos son infligidos para nuestra humillación, para poner a prueba nuestra paciencia en esta vida, para que nosotros mismos conozcamos a Dios y para que aprendamos a ser prudentes y discretos. En Isaías se lee: «Por eso mi pueblo está cautivo, porque carece de saber... La ira de Dios se ha encendido contra su pueblo y ha alzado su brazo sobre él». Empero, el Altísimo desea nuestra salvación: Nostrae salutis avidus, dice Lemnio, y por eso muchas veces nos da «un tirón de orejas» para despertar en nosotros la conciencia de nuestros deberes. «Los que han errado pueden tener agudo entendimiento y ser regenerados», como expresa Isaías. «Una congoja mortal me domina», dice David de sí mismo en los Salinos. «En la tristeza de mis ojos se refleja mi aflicción», añade, y esto la hace volver la mirada a Dios.

Alejandro Magno, en medio de su opulencia, deificado por una turbamulta de zánganos y convertido de hecho en un dios, cuando se sintió gravemente enfermo acordóse de que al fin y al cabo era un simple mortal y depuso su orgullo: In morbo recolligit se animus, como Plinio anota con frase penetrante. «Durante la enfermedad la mente reflexiona sobre sí misma y a sí misma se juzga, repudiando la conducta pasada», y termina diciendo a su amigo Mario: «Llegaríamos a la cúspide de la sabiduría si cumpliéramos siquiera en parte la promesa que hacemos, estando enfermos, sobre nuestro futuro comportamiento».

Cuando se goza de bienestar no huelga tener presente la advertencia de Moisés: «No hay que. olvidar a Dios», y en vez de mostrarse engreído es preciso reconocer los dones y beneficios de Él recibidos. «Y cuantos mayores son esos beneficios, tanto mayor debe ser la gratitud» (como dice Agapetiano) y más moderado el usufructo de los mismos.

Causas Físicas de Nuestras Enfermedades. — Las causas físicas de nuestras enfermedades son tan distintas como las enfermedades mismas, y están representadas por los astros, las capas celestes, los elementos de la naturaleza, etc.

Todos los seres creados por Dios han sido provistos de armas para luchar contra los pecadores. Hubo una época en que realmente fueron buenos y si después muchos se hicieron malos, no ha sido por su propia naturaleza sino por la corrupción del género humano. El desliz de nuestro primer padre Adán produjo un primer cambio en los seres, la maldición de la Tierra, la alteración de la influencia de los astros; e hizo que los cuatro elementos, los cuadrúpedos, los pájaros y las plantas estuviesen siempre dispuestos a causarnos daño. «Las principales cosas destinadas al uso del hombre son el agua, el fuego, el hierro, la sal, la harina, el trigo, la miel, la leche, el aceite, el vino, el vestido; cosas buenas sobre toda ponderación, pero que inclinan a los pecadores a la maldad», según se lee en el Eclesiastés. Y la misma obra expresa: «El fuego, el granizo, el hambre y la sequía, todo esto ha sido creado con fines de venganza».

El cielo nos amenaza con sus cometas, astros y planetas, con sus grandes conjunciones, con sus eclipses, oposiciones y otros fenómenos adversos; la atmósfera con sus meteoros, truenos, relámpagos, calores y fríos excesivos, fuertes ventarrones, tempestades importunas, etc., de lo cual se originan la esterilidad, el hambre, las plagas y toda ciase de enfermedades epidémicas, que han causado decenas de miles de muertes entre los humanos.

En El Cairo (Egipto), cada tres años, como refieren Botero y otros, morían 300.000 personas a causa de las plagas; y en Constantinopla, 200.000, cada cinco o siete años a lo sumo. ¿Cuántas veces la tierra nos espanta y castiga con sus terribles terremotos, sobre todo frecuentes en China, Japón y el Oriente en general, tragándose a veces hasta seis ciudades de golpe? ¿Cuántas veces las aguas manifiestan su furor en forma de inundaciones e irrupciones, arrasando ciudades, poblados, puentes, etc., además de causar naufragios? Islas enteras han sido algunas veces sumergidas de repente .con todos sus habitantes. En Zelandia (Holanda) y muchas otras partes del continente europeo ha habido inundaciones, que en Irlanda fueron ocasionadas por el desbordamiento del lago Erne. En los pantanos de Frisia, debido a las tempestades, en 1230 el mar cubrió con sus aguas a muchos miles de hombres e incontables animales.

En cuanto al fuego, el más cruel de los elementos, ¿no ha destruido en contados instantes ciudades enteras? ¿Qué población antigua de alguna importancia no ha sido alguna vez asolada por la furia de los elementos? Y más particularmente, ¿cuántos seres atacan mortalmente al hombre? El león, el lobo, el oso, etc.; algunos con sus cascos, otros con sus cuernos, colmillos, dientes y garras. ¿Cuántas serpientes dañinas y animales venenosos están siempre en acecho para atacarnos o exterminarnos del todo? ¿Cuántos peces, plantas, murciélagos, frutas, semillas, flores, etc. podrían citarse que al ser tocados o ingeridos o con su simple olor causan a veces graves enfermedades cuando no la muerte?

Algunos hacen mención de mil venenos distintos, pero se trata en verdad de pequeñeces. El más grande enemigo del hombre, es el hombre mismo, que por instigación del diablo está siempre dispuesto a causar daño, a ser el verdugo de su prójimo, a convertirse en un lobo o en un demonio para él: homo homini lupus; homo homini daemon. Todos somos hermanos en Cristo, o al menos hemos de ser miembros de un solo cuerpo, siervos de un solo Dios, y sin embargo, ni el propio demonio es capaz de atormentar, insultar o tiranizar como puede hacerlo un hombre con su semejante.

Podemos prever la mayor parte de las enfermedades epidémicas y aun huir de ellas. Los astrólogos nos predicen las sequías, tempestades y plagas; los terremotos, inundaciones, destrucción de viviendas, incendios, ocurren de vez en cuando y presentan señales que los anticipan, pero no hay modo de evitar los ardides, imposturas, injurias y villanías de los hombres. Podemos alejar de las ciudades a nuestros enemigos declarados mediante barreras, muros, torres, ponernos a cubierto de ladrones y bandidos estableciendo vigilancia y armándonos, pero ninguna precaución cabe adoptar contra la astucia de los hombres y su empeño de causar el mal. Aquí toda vigilancia es imposible, ante las tretas y planes secretos que inventamos para perjudicarnos mutuamente. A veces con la ayuda del diablo, facilitada por mediación de magos y hechiceros, a veces por medio de la impostura, los brebajes, los venenos, las estratagemas, los combates singulares, las guerras, nos acometemos, herimos y matamos, como si fuéramos ad internecionem nati, semejantes a los soldados de Cadmo cuya única misión era exterminarse unos a otros. Es común leer que cien o doscientos mil hombres han sido muertos en una sola guerra. Aparte de ello, se ha inventado toda clase de instrumentos y aparatos de tortura: toros de bronce, potros, ruedas, azotes, armas, máquinas, etc. Ad unum corpus humanum supplicia plura quam memora: Hemos inventado más instrumentos de tortura que miembros tiene el cuerpo humano, como bien observa Cipriano. Hay más aún: nuestros propios padres por sus ofensas, indiscreción e intemperancia llegan a ser nuestros enemigos mortales. Muchas veces nos causan pesar y propagan en nosotros enfermedades hereditarias e inevitables y nosotros no tenemos reparo en causar daño a nuestra posteridad: «Con crímenes por nosotros ignorados nuestros propios hijos señalarán la edad venidera». Y aun parece que el fin del mundo será peor, como predijo San Pablo.

Así, pues, somos malos por naturaleza, malos genéricamente considerados, pero aun somos peores por nuestras invenciones y artificios, y cada hombre es el mayor enemigo de sí mismo. Con frecuencia estragamos nuestro propio organismo por abuso de los dones que Dios nos ha dispensado: la salud, la riqueza, el vigor, el ingenio, el saber, las facultades artísticas, la memoria, causando nuestra propia destrucción. Perditio tua ex te: Tú eres la causa de tu propio aniquilamiento. Así como Judas Macabeo mató a Apolonio con las propias armas de éste, así también con nuestras propias armas causamos nuestra destrucción; y la razón, el discernimiento, el arte, todo lo que debiera sernos de utilidad y ayuda, se convierte en simple instrumento de nuestra ruina. Héctor dio a Ayax una espada diciéndole que mientras la usara contra sus enemigos le serviría de ayuda y defensa, pero cuando luego la empleó para atacar a personas inocentes, se hirió a sí mismo en el vientre. Así también cuando hacemos buen uso de los excelentes instrumentos que Dios nos ha dado podemos obtener de ellos mucho provecho; pero si hacemos lo contrario, esos instrumentos causarán nuestro infortunio y estrago, como consecuencia de nuestra imprudencia y nuestra debilidad, acerca de lo cual podrían aducirse innumerables ejemplos. Es esto lo que San Agustín reconoció con respecto a sí mismo en sus humildes confesiones: «Ingenio despierto, memoria y elocuencia fueron buenos dones de Dios, pero el santo no los empleó para gloria del Señor». Consultad a los médicos sobre este particular y ellos os explicarán las consecuencias nocivas que producen algunos de esos abusos —en número de seis— contra la naturaleza, como causas de nuestras enfermedades, y como efecto de la embriaguez, insaciable lujuria y orgiástico despilfarro de la salud. Piltres crápula quam gladius es una aseveración plena de verdad: los excesos en la mesa dañan y destruyen más que la espada.

Nuestra incontinencia causa en nosotros muchas enfermedades incurables, nos hace viejos prematuramente, altera nuestro temperamento y aun produce muertes súbitas. En última instancia, lo que más nos hace sufrir son nuestras propias tonterías y locuras (quos Jupiter perdit, dementat, Júpiter empieza por quitar la razón a los que quiere perder, y Dios lo permite privando al sujeto de su gracia protectora), nuestras flaquezas, falta de autodominio, la facilidad con que cedemos a los deseos, abriendo cauce a todas las pasiones y perturbaciones de la mente, en forma tal que nos transformamos hasta degenerar en el estado de animalidad. Es lo que el príncipe de los poetas, Homero, nota respecto de Agamenón, quien cuando llega a moderar sus pasiones e inspira simpatía se asemeja —os oculosque Jovi par— a Júpiter en las facciones y aspecto, a Marte en el valor, a Palas en la sabiduría, y se convierte en un dios; pero cuando se deja dominar por la ira es lo mismo que un león, un tigre, un perro, etc., y entonces en nada se parece a Júpiter. De igual modo, en tanto que ajustamos nuestra conducta a la razón, ponemos freno a nuestros desordenados apetitos y obedecemos los mandamientos de Dios, nos parecemos a muchos santos, pero si damos rienda suelta a la lujuria, a la cólera, a la ambición, al orgullo y seguimos nuestros propios impulsos, degeneramos en animales, transformamos nuestro propio ser, alteramos nuestra constitución orgánica, excitamos la ira de Dios y somos víctimas entonces de la melancolía y de toda clase de enfermedades incurables, como justo y merecido castigo de nuestros pecados.


En Anatomía de la melancolía

Traducción del inglés y prólogo de Antonio Portnoy

Buenos Aires, Espasa Calpe, 1947


5 may. 2008

Robert Burton - Anatomía de la melancolía (fragmentos)

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Leonardo Fucsia, Felix Plater, Hérc. de Sajonia hablan de una furia peculiar que viene del exceso de estudio. Fernelio pone al estudio, la contemplación y la continua meditación como causa especial de la locura. Jo. Arculano, entre otras cosas, enumera el " estudio apasionado"; también lo hace Levino Lemnio. "Muchos hombres" (dice) "contraen este mal por el estudio continuo y el desvelarse, y, de todos los hombres, los más sujetos a él son los estudiosos"; y estos, añade Al-Razi, "por lo general son los de mejores ingenios". Marsilio Ficino pone la melancolía entre las cinco principales plagas de los estudiantes; es la manceba común de todos ellos. Al igual que él, Varrón por esa causa los llama " filósofos tristes y austeros"; severo, triste, seco, tétrico son epítetos que se aplican comúnmente a los estudiosos; y es por eso que antaño Patricio, al hablar de la institución de los príncipes, prefiere que no sean grandes estudiantes. Pues (según sostiene Maquiavelo) el estudio debilita sus cuerpos, abate su fuerza y coraje; y los buenos estudiosos nunca son buenos soldados, lo que cierto godo bien percibió, pues cuando sus compatriotas llegaron a Grecia y quisieron quemar todos sus libros, se pronunció contra ello y dijo que no debían hacerlo de ninguna manera: "Dejadlos librados a esa plaga, que con el tiempo consumirá su vigor y su espíritu marcial". Los turcos hicieron abdicar a Corcuto, primer heredero del imperio, por ser tan dado a los libros; y es opinión común del mundo que el saber embota y disminuye el ánimo y así per consequens produce melancolía.

Pueden darse dos razones principales por las cuales los estudiantes son más propensos a este mal que otros. Una es que llevan una vida sedentaria y solitaria, sibi et musis [para sí mismos y sus estudios], carente de ejercicio corporal y de las diversiones ordinarias a las que recurren los demás hombres; y muchas veces, si a ello se une el descontento y la ociosidad -lo que es demasiado frecuente-, se ven precipitados de repente a ese abismo. Pero la causa común es el exceso de estudio: "Las muchas letras" (como le dijo Festo a Pablo) "te vuelven loco"; lo que lo efectúa es ese otro extremo. Así lo descubrió Trincavelio, por su experiencia con dos de sus pacientes, un joven barón y otro, que contrajo este mal por estudiar con demasiada vehemencia. También lo vio Foresto en un joven teólogo de Lovaina que estaba loco y decía "que tenía una Biblia en la cabeza". Marsilio Ficino da muchas razones por las cuales "los estudiantes desvarían con más frecuencia que los demás". La primera es su negligencia: "Otros hombres se ocupan de sus herramientas: el pintor lava sus pinceles; el herrero cuida de su martillo, yunque, forja; el labrador compone el hierro de su arado y afila su azada cuando se le embota; el halconero o cazador pone especial cuidado en sus halcones, sabuesos, caballos, perros, etc.; el músico encuerda y desencuerda su laúd, etc. Solo los estudiosos descuidan su instrumento (me refiero a su cerebro y su espíritu), que emplean a diario y con el cual recorren todo el mundo, que el mucho estudio consume". "Ve (dice Luciano) de no torcer la cuerda demasiado, no vaya a ser que al fin se rompa." Facino, en su cuarto capítulo, da algunas otras razones: Saturno y Mercurio, patrones del saber, son planetas secos; y Orígenes asigna a esa misma causa que los mercurialistas sean tan pobres y mendigos casi todos, pues su presidente Mercurio no tuvo mejor fortuna. Los Destinos de antaño le dieron la pobreza por castigo; desde entonces, la poesía y la mendicidad son gemelli , mocosos nacidos mellizos, compañeros inseparables;

Y hasta el día de hoy, todo estudioso es pobre;
el craso oro escapa de ellos y va directamente al burro.



Mercurio puede ayudarlos a alcanzar el conocimiento, mas no el dinero. La segunda es la contemplación, "que seca el cerebro y extingue el calor natural; pues mientras el espíritu está ocupado arriba, en la cabeza, el estómago y el hígado quedan desamparados, y de ahí vienen la sangre negra y las indigestiones por defecto en la cocción, y la falta de ejercicio impide que los vapores superfluos sean exhalados", etc. Las mismas razones las repite Gomesio; Nimano; Jo. Vosquio; y añaden algo más: que los que estudian con intensidad se ven aquejados corrientemente de gota, catarro, reuma, caquexia, bradipepsia, males en los ojos, cálculos; y cólico, indigestiones, opilaciones, vértigo, ventosidades, consunción y todas las enfermedades que vienen por pasar demasiado tiempo sentado; son casi todos flacos, secos, de mal color, gastan sus fortunas, pierden la cordura y muchas veces sus vidas, todo por los esfuerzos inmoderados y los estudios extraordinarios. Si no crees que esto sea verdad, mira las obras del gran Tostado y las de Tomás de Aquino y dime si te parece si estos hombres se esforzaron. Consulta a Agustín, Jerónimo, etc., y también a otros miles.

Quien desee llegar a la meta a la que aspira,
Debe sudar y helarse antes de alcanzarla



y trabajar duro por ella. Así lo hizo Séneca, según él mismo lo confiesa: "No paso ni un día de ociosidad, mantengo mis ojos abiertos durante parte de la noche, cansados de velar, descansando por momentos de su continua faena". Oye a Tulio en Pro Archia Poeta : "Mientras otros holgaban y se dedicaban a sus placeres, él estaba continuamente con sus libros"; así hacen quienes quieren ser estudiosos y esto a riesgo (digo) de sus saludes, fortunas, cordura y vidas. ¿Cuánto gastaron Aristóteles y Ptolomeo? Unius regni pretium , dicen, más que el rescate de un rey. ¿Cuántas coronas por año, para perfeccionar sus artes, el uno con Historia de las criaturas , el otro con su Almagesto ? ¿Cuánto tiempo dedicó Thebet Benchorat a descubrir el movimiento de la octava esfera? Cuarenta años y más, escriben algunos. ¡Cuántos pobres estudiosos perdieron la razón o quedaron lelos descuidando todos los asuntos mundanales, esse y bene esse [ser y bienestar], para obtener conocimiento por el cual, tras todos sus esfuerzos, para la estima del mundo son considerados tontos ridículos y estúpidos, idiotas, asnos, y (como suele ocurrir) son rechazados, condenados, burlados, desvarían y enloquecen! O, si conservan la cordura, son considerados infelices y estúpidos por su porte: "tras siete años de estudio",

Mudo como una estatua, avanza con lentitud,
y la turba se estremece de risa al mirarlo.



Como no pueden montar a caballo -cosa que sabe hacer cualquier paleto-, saludar ni cortejar a una noble, trinchar en la mesa, encogerse y hacer zalemas como cualquier baladrón, his populus ridet , etc.: se burlan de ellos con desdén y nuestros galanes los consideran necios mentecatos. Sí, muchas veces, tal es su miseria que lo merecen: un mero estudioso es un mero asno.

Que inclinan torcidamente sus cabezas
Clavando un ojo fijo en la tierra;
Cuando están solos, roen sus murmullos
En furioso silencio, como si balancearan
Cada palabra sobre sus tendidos labios, y cuando
Meditan los sueños de viejos enfermos,
Como: "Nada sale de la nada;
Y lo que es, nunca puede convertirse en nada".



Así suelen andar meditando para sí mismos, así se sientan, tales son sus acciones y su figura. Fulgoso menciona como T. de Aquino, que cenaba con el rey Luis de Francia, dio de pronto con el puño en la mesa y exclamó: "Esto demuestra que los maniqueos se equivocaban"; estaba en la luna, como suele decirse, y su cabeza se ocupaba de otros asuntos; se sintió muy abochornado al percibir su error. Vitruvio trae una historia semejante sobre Arquímedes, que, al descubrir el medio de saber cuánto oro estaba mezclado a la plata de la corona del rey Hiero, salió corriendo desnudo del baño y exclamó: ¡Eureka! , [lo encontré]; "y por lo general se sumergía tanto en sus estudios que nunca percibía lo que ocurría en torno a sí; cuando la ciudad fue tomada y los soldados se disponían a saquear su casa, ni lo notó". San Bernardo, tras cabalgar durante todo el día a lo largo del lago Lemniano, preguntó dónde se encontraba. Solo el porte de Demócrito hizo que los abderitas lo supusieran loco y mandaran buscar a Hipócrates para que lo curase; siempre que se encontraba en alguna solemne compañía, se echaba a reír a cada ocasión. Teofrasto dijo algo parecido de Heráclito, que lloraba continuamente; y Laercio, de Menedemo Lampsaco porque corría como un loco "diciendo que venía como espía del infierno para contarles a los diablos qué hacen los mortales". Quienes son tenidos por los más grandes de los estudiantes por lo general no son los mejores: sujetos tontos y reblandecidos en su conducta externa, absurdos, ridículos para los demás y sin una pizca de experiencia en los asuntos mundanales; pueden medir el firmamento, recorrer la tierra, enseñarles a otros la sabiduría, pero en regateos y contratos son sobrepasados por cualquier bajo mercader. ¿No son tontos estos hombres? ¿Y cómo podrían no serlo si, "como tantos zotes en las escuelas" (como bien observó) "ni oyen ni ven de las cosas que se practican habitualmente en el exterior"? ¿Cómo reunirían experiencia, y por qué medios? "Conocí en mis tiempos a muchos estudiosos", dice Eneas Silvio (en una epístola que le dirige a Gaspar Schlick, canciller del emperador), "de excelente instrucción, pero tan rudos, tan tontos, que no tenían los buenos modales que se estilan ni sabían cómo administrar sus asuntos domésticos o públicos. Paglarense quedó atónito y dijo que sin duda su granjero lo engañaba cuando lo oyó contar que su cerda había parido once lechones y la asna solo un borrico". Para decir lo mejor acerca de esta profesión, no puedo sino dar más testimonio sobre ellos en general que lo que dice Plinio de Iseo: "Es un estudioso, clase de hombres que es, como ninguna, simple, sincera, no la hay mejor"; son, en su mayor parte, hombres inofensivos, honestos, rectos, inocentes y veraces.

Justamente porque suelen estar sujetos a azares e inconveniencias tales como el desvarío, la locura, la simplicidad, etc., Jo. Vosquio quiere que los buenos estudiosos sean altamente recompensados y tenidos en el más extraordinario respeto por encima de los demás hombres, "que aquellos que se arriesgan y ponen en peligro sus vidas por el bien público, tengan mayores privilegios que los otros". Pero hoy día los patrones del saber distan tanto de respetar a las Musas y de darles tal honor, o recompensa, a los estudiosos -el cual merecen y les es concedido por los indulgentes privilegios de muchos nobles príncipes- que después de todos los esfuerzos hechos en las universidades, los costos y cargos, expensas, fastidiosas horas, laboriosas tareas, fatigosos días, peligros, azares (y a todo esto, privados de todos los placeres que tienen los demás hombres, enjaulados como halcones durante toda su vida) si por casualidad consiguen sortearlos, al fin serán rechazados, condenados y, lo que es la mayor de sus desdichas, se ven llevados a la vida errante, expuestos a la necesidad, la pobreza y la mendicidad. Sus acompañantes habituales son:

Pena, trabajos, cuitas, pálida enfermedad, miserias,
Miedo, mugrienta pobreza, hambre no saciada,
Terribles monstruos para que los vean los ojos.


Si no hubiese otras cosas que los turbaran, solo pensar en esto bastaría para volverlos melancólicos a todos. La mayor parte de los demás oficios y profesiones permiten que al cabo de unos siete años de aprendizaje se viva de su práctica. El mercader arriesga sus bienes en el mar y, aunque el peligro es mucho, si regresa una nave de cuatro es probable que cubra los costos del viaje. Las ganancias del granjero son casi seguras, "que Júpiter mismo no puede dañar" (hipérbole de Catón, que fue gran granjero); solo los estudiosos, creo yo, viven en la mayor incertidumbre, no son respetados, están expuestos a todas las casualidades y azares. Para empezar, ni uno entre muchos demuestra ser un estudioso, no todos son capaces y dóciles, "no se puede hacer una efigie de Mercurio de cualquier leño". Podemos hacer alcaldes y funcionarios cada año, pero no estudiosos. Los reyes pueden armar caballeros y barones, como confesó el emperador Segismundo; las universidades pueden dar títulos; y "lo que eres, cualquiera puede serlo"; pero él, no ellos, ni todo el mundo, puede dar saber, hacer filósofos, artistas, oradores, poetas. Es fácil decir, como Séneca bien nota: O virum bonum! o divitem! ; señalar un hombre rico, un hombre bueno, feliz, un hombre próspero: "un hombre suntuosamente vestido, un hombre acicalado". Pero no es así de sencillo dar con un hombre instruido. La instrucción no se obtiene con tanta rapidez; por deseosos que estén algunos de esforzarse por ella, por más que estén suficientemente informados al respecto y sean liberalmente mantenidos por sus padres y patrones; aun así son pocos los que la abarcan.

Traducción: Agustín Pico Estrada

La Nación, ADN, 3 de mayo de 2008

Edición de Editorial Winograd de Anatomía de la melancolía (selección), 2008 [1ª ed. 1621]

18 jul. 2007

Robert Burton (1576-1639) - Un tercero en discordia

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En su Vida de Apolonio, refiere Filostrato que un mancebo de veinticinco años, Menipio Licio, encontró en el camino de Corinto a una hermosa mujer, que tomándolo de la mano, lo llevó a su casa y le dijo que era fenicia de origen y que si él se demoraba con ella, la vería bailar y cantar y que beberían un vino incomparable y que nadie estorbaría su amor. Asimismo le dijo que siendo ella placentera y hermosa, como lo era él, vivirían y morirían juntos. El mancebo, que era un filósofo, sabía moderar sus pasiones, pero no ésta del amor, y se quedó con la fenicia y por último se casaron. Entre los invitados a la boda estaba Apolonio de Tiana, que comprendió en el acto que la mujer era una serpiente, una lamia, y que su palacio y sus muebles no eran más que ilusiones. Al verse descubierta, ella se echó a llorar y le rogó a Apolonio que no revelara el secreto. Apolonio habló; ella y el palacio desaparecieron.

Fuente: ddooss

8 jul. 2007

Robert Burton - El origen de la melancolía

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En el siglo XVII, cuando parecían palparse a un tiempo la pequeñez humana y las infinidades terrestres y celestiales, el inglés Robert Burton publicó "La anatomía de la melancolía". La obra colosal en la que escudriña tipos, causas, efectos y curaciones de la bilis negra -uno de los humores básicos del cuerpo- y denuncia a la melancolía como endemia universal se publica ahora en español en forma de antología.


En la galería Tate Britain de Londres cuelga un magnífico óleo de John Everett Millais que propone cómo pudo haber sido un instante absolutamente crucial en la historia de Occidente. El cuadro se llama La niñez de Raleigh (1870) y en él se ve al extravagante aventurero, bucanero, poeta y consejero de Isabel I cuando contaba apenas unos ocho o diez años, sentado en la parte más alta de un fuerte sobre el mar junto a otro niño de su misma edad. Ambos escuchan azorados el relato de un hombre misterioso que viste un holgado pantalón rojo y de quien no vemos más que la espalda y un tímido escorzo de su perfil izquierdo que revela un mostacho negro y tupido. El hombre habla y señala el mar picado que se funde con el cielo en un azul nublado, extendiéndose hacia el infinito. Raleigh lo observa entre obnubilado y aterrorizado. Acaso el hombre fuese un marinero, sus cabellos negros y enmarañados, su tez broncínea y su sombrero de ala angosta hacen pensar en un portugués, o en un andaluz, o quizás en un genovés; lo cierto es que la historia que relata a los dos niños transcurre en tierras muy lejanas. El instante que el pintor prerrafaelista trata de evocar con su obra es la epifanía vocacional de Walter Raleigh, el momento en que se despierta en el trágico héroe isabelino la sed de aventuras ultramarinas. Años más tarde, Raleigh fundaría la primera colonia inglesa en América del Norte (el trunco proyecto de la isla de Roanoke), lucharía en Cádiz contra la Armada Invencible, saquearía Guyana y remontaría el Orinoco en busca de Eldorado. De su mano Inglaterra se lanzó a los mares, dando comienzo a una travesía global que duraría siglos y cambiaría el curso de la historia para siempre.



El año en que Raleigh encontró su destino en la hoja de un hacha y en las manos de un verdugo (1618), otro gran aventurero y explorador, pero de bibliotecas, estaba encerrado en la Bodleiana de Oxford concluyendo una obra que habría de hacer historia. Este otro explorador se llamó Robert Burton y su obra, La anatomía de la melancolía (1621). El libro, que sólo durante el siglo XVII habría de ver siete reediciones, fue publicado bajo seudónimo. Dado que Demócrito de Abdera, según la tradición, había sido uno de los primeros en investigar la sede de la bilis negra (melaina chole o atra bilis) en el cuerpo, Burton decide bautizarse Demócrito Junior y continuar la tarea que el legendario filósofo atomista había dejado inconclusa.

Al mismo tiempo que los marinos descubrían nuevas tierras, los cartógrafos ensanchaban los mapas, los científicos dinamitaban los caminos estelares con sus telescopios y los filósofos confirmaban la infinitud del universo, Burton leía, tomaba notas y paseaba por los márgenes del canal de Oxford rumiando una idea. En Londres, los reyes Estuardos se entramaban cada vez más en un conflicto de poder con el Parlamento que habría de ser su perdición; del otro lado del Canal de la Mancha, católicos y protestantes luchaban encarnizadamente; y Burton leía y masticaba aquella idea.

La melancolía o bilis negra, aquella vieja conocida de los médicos desde épocas inmemoriales, era considerada aún en tiempos de Burton uno de los cuatro humores básicos que existen en el cuerpo (junto con la sangre, la bilis amarilla y la flema). La persona que nacía con un exceso de bilis negra en el cuerpo y bajo el influjo del telúrico Saturno era tenida por desgraciada y vil desde épocas remotas. Si uno presta atención a las características que se estimaron típicas del melancólico a lo largo de la antigüedad tardía y del medioevo se percatará con sorpresa de que prácticamente coincidían con los siete pecados capitales. Avaricia, lujuria, pereza (o acedia), envidia y tristeza eran notas típicamente endilgadas al pobre atrabiliario.

Sin embargo, y a raíz de un interesante texto compuesto por Aristóteles mismo o alguno de sus discípulos (el Problema XXX), la melancolía también fue considerada por algunos una condición privilegiada de hombres inspirados, hombres de genio poético, filosófico y religioso. Esta idea del genio melancólico es rescatada por el Renacimiento, reluce en las obras de Marsilio Ficino y Cornelio Agrippa y, transfigurada y banalizada durante el siglo XIX (quizás más por los poetas simbolistas que por los románticos), llega hasta nuestros tiempos.

Burton se consideraba él mismo un melancólico y escribía en el prólogo al lector: "Escribo sobre la melancolía para mantenerme ocupado y evitar la melancolía". Pero también estaba convencido de que su aflicción no era una mera condición humoral ni un aciago destino astrológico. El mundo está enfermo, los hombres están (estamos) enfermos, dice Burton, y la pandemia se llama melancolía. Sus causas son múltiples, sus tipos, variados; la melancolía es un monstruo de mil caras. La predisposición innata y la posición de los planetas al momento del nacimiento, que habían sido factores fundamentales hasta el Renacimiento a la hora de diagnosticarla y tratarla, pasan en la obra de Burton a un segundo plano. El propósito de su monumental suma de psicopatología, que está salpicada de anécdotas apasionantes, digresiones geniales y momentos de gran vuelo especulativo, es denunciar una endemia global, explicar sus causas, enseñar cómo diagnosticarla e indicar cómo curarla, o al menos cómo paliar sus efectos funestos.

La edición de La anatomía de la melancolía de 1932, basada en la de 1638 y reeditada en Nueva York en 2001 (New York Review Books), tiene alrededor de 1.350 páginas y un grosor decididamente intimidante. Quien la abra y se aventure, sin embargo, encontrará una prosa amena, intimista, escrupulosa y deliciosamente irónica. Burton entretiene, sorprende, exalta e incentiva. La obra se divide en tres grandes particiones, cada una con sus secciones, miembros y subsecciones. La primera partición examina con minucia las causas de la melancolía. Desde Dios y sus puniciones hasta el diablo y su cohorte de espíritus malignos, pasando por desastres naturales, tragedias personales, pasiones incontrolables, atrofias en los órganos vitales y diversas formas de delirio, las causas de la aflicción melancólica son una miríada. El mundo que observa Burton con timidez y fascinación a través de las ventanas de su biblioteca de Babel es un sitio tan bello como inhóspito, tan apasionante como peligroso. Su novedosa vastedad, que Burton busca reflejar en la enormidad de su obra, revela tanto nuevas bellezas como nuevos males y el hombre, cada vez más pequeño e indefenso, dominado por el temor al infortunio inminente, como Robinson Crusoe en la isla, no puede evitar caer prisionero de la tristeza infinita.

Cómo hacer frente a la melancolía es el tema de la segunda partición. Burton recomienda hierbas y talismanes que amenguan los efectos perniciosos del mal saturnino. Cambios en la dieta, en la rutina y en los hábitos también son altamente recomendables. En la famosísima "Digresión sobre el aire" encontramos uno de los momentos más sublimes de la obra. Tratando de ilustrar las bondades de un cambio de aire, Burton imagina ser un halcón que vuela a lo largo y a lo ancho del orbe. De las minas de Potosí a las cuevas de Cantabria, del templo de Jerusalén al gran templo del sol en Tenochtitlan, de la China a la Cochinchina y de la Patagonia a las fuentes del Nilo, en un afiebrado monólogo interior, Burton da rienda suelta a su fantasía melancólica y recorre a vuelo de pájaro ese mundo acerca del que tanto había leído. Gracias a esta misma metamorfosis totémica, se eleva más allá de la estratósfera y confirma con sus propios ojos la teoría copernicana, por defender la cual en esos mismos años se estaba juzgando a Galileo en Italia.

Decía Mario Quintana, el poeta brasileño, que viajar no es más que cambiar el escenario de la soledad. Sin embargo, Burton ¿y, junto con él, la sabiduría popular¿ sostiene que la dispersión y los cambios de aire ayudan a combatir la tristeza. El, no obstante, no salió nunca de Inglaterra, haciendo suya la máxima taoísta del sabio que conoce todas las cosas sobre la tierra sin jamás atravesar el umbral de la puerta de su casa; y contradiciendo sus propios consejos, feliz en su "dulce melancolía" y en sus arrebatos fantasiosos.

La tercera y última partición de la obra escudriña los dos tipos de melancolía que Burton considera más comunes y de efectos más nocivos tanto para el individuo como para la sociedad. Hablamos de la melancolía amorosa y de la melancolía religiosa. La primera es provocada por el mal de amores y, describiéndola, Burton recurre a las más insólitas historias de desventuras amorosas que produjo la tradición literaria occidental. La segunda es, quizás, la que más preocupa al autor. En Europa, la Guerra de los Treinta Años, en gran medida un conflicto entre católicos y protestantes, hacía correr ríos de sangre y, en la Inglaterra de Burton, los Estuardos filocatólicos se enfrentaban con el Parlamento protestante. Las pujas por el poder llevarían, ya muerto Burton, a la guerra civil y acabarían en 1645 con la ejecución del arzobispo de Canterbury, William Laud, acusado de papista por anglicanos y calvinistas, y del rey Carlos I en 1649.

Las dos formas más comunes de melancolía religiosa son, según Burton, el ateísmo y la idolatría. Ateos son los libertinos, los epicúreos y toda calaña de truhanes. Idólatras, por el contrario, son tanto aquellos que tergiversan la palabra de Dios, incitando a la disputa y ávidos de ganancias terrenales, como las hordas que siguen a estos predicadores del mal. Católicos, judíos, musulmanes, paganos e incluso calvinistas y presbiterianos eran considerados idólatras por Burton. Sus encendidas diatribas contra el Papa y los jesuitas son de una animosidad dialéctica realmente vertiginosa.

La anatomía de la melancolía se abre con un poema dedicado por Burton a su obra: Democritus Junior ad librum suum. En él le augura que recorra el mundo y los siglos. La tradición se ocupó de que el libro hiciese realidad el deseo de su autor. Sterne lo plagió, Keats lo subrayó, Borges lo citó, Sebald lo devoró, Burgess lo veneró. Se tradujo al francés, al alemán, al italiano y al español. Lejos de ser una afición extravagante, la lectura de Burton es tanto una aventura terapéutica como una empresa amena y gratificante, aunque muchas de sus aristas estén ya carcomidas por el óxido del anacronismo. En Duelo y Melancolía (1917), Freud aún sigue refiriéndose al melancólico, pero la psiquiatría moderna prefiere hablar de depresivo, o de bipolar, mientras que la melancolía se asocia con domingos lluviosos de invierno al son de "Claro de Luna". Melancólico es hoy predicativo del verbo estar y no ya del verbo ser.

Sin embargo y a pesar de la discrepancia terminológica, Burton se nos acerca. La exasperante sensación de fragilidad y de pequeñez que el Demócrito inglés consideraba nota esencial del ser humano era en sí misma el humus en el que germinaba la melancolía; y el mal universal de la bilis negra no era más que la reacción más frecuente y más equivocada ante la infausta condición ontológica que nos ha tocado en suerte. ¿No es acaso su mundo barroco, enfermo de melancolía, un espejo lejano de nuestro mundo, enfermo de ansiedad y de depresión?

Por Pablo Maurette
En Revista Ñ