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6 oct. 2011

Jorge Luis Borges: A Bao A Qu

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Para contemplar el paisaje más maravilloso del mundo, hay que llegar al último piso de la Torre de la Victoria, en Chitor. Hay ahí una terraza circular que permite dominar todo el horizonte. Una escalera de caracol lleva a la terraza, pero sólo se atreven a subir los no creyentes de la fábula, que dice así:

En la escalera de la Torre de la Victoria, habita desde el principio del tiempo el A Bao A Qu, sensible a los valores de las almas humanas. Vive en estado letárgico, en el primer escalón, y sólo goza de vida consciente cuando alguien sube la escalera. La vibración de la persona que se acerca le infunde vida, y una luz interior se insinúa en él. Al mismo tiempo, su cuerpo y su piel casi traslúcida empiezan a moverse. Cuando alguien asciende la escalera, el A Bao A Qu se coloca en los talones del visitante y sube prendiéndose del borde de los escalones curvos y gastados por los pies de generaciones de peregrinos. En cada escalón se intensifica su color, su forma se perfecciona y la luz que irradia es cada vez más brillante. Testimonio de su sensibilidad es el hecho de que sólo logra su forma perfecta en el último escalón, cuando el que sube es un ser evolucionado espiritualmente. De no ser así el así, el A Bao A Qu queda como paralizado antes de llegar, su cuerpo incompleto, su color indefinido y su luz vacilante. El A Bao A Qu sufre cuando no puede formarse totalmente, y su queja es un rumor apenas perceptible, semejante al roce de la seda. Pero cuando el hombre o la mujer que lo reviven están llenos de pureza, el A Bao A Qu puede llegar al último escalón, ya completamente formado e irradiando una viva luz azul. Su vuelta a la vida es muy breve, pues al bajar el peregrino, el A Bao A Qu rueda y cae hasta el escalón inicial, donde, ya apagado y semejante a una lámina de contornos vagos, espera al próximo visitante. Sólo es posible verlo bien cuando llega a la mitad de la escalera, donde las prolongaciones de su cuerpo, que a manera de bracitos lo ayudan a subir, se definen con claridad. Hay quien dice que mira con todo el cuerpo y que al tacto recuerda la piel del durazno. 

En el curso de los siglos, el A Bao A Qu ha llegado una sola vez a la perfección. 


El capitán Burton registra la leyenda del A Bao A Qu 
en una de las notas de su versión de Las Mil y Una Noches
Jorge Luis Borges, El Libro De Los Seres Imaginarios (1967)
Foto: JLB en Madrid, 1963  © Bettmann/Corbis


23 jun. 2010

Sir Richard Francis Burton - La caza y los juegos preliminares

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Sir Richard Francis Burton por Ernest Edwards


De vez en cuando, una partida de caza rompe la monotonía de la vida africana. Antes de partir, los cazadores, en número de veinte o más, se entregan durante ocho días a continuas libaciones, cantos y bailes.

Las mujeres, formadas en fila, recorren la aldea tocando una especie de sonajeros, como digno acompañamiento a los prolongados y penetrantes gritos que lanzan en señal de alegría. A cada paso, todos los miembros de esta columna ambulante se inclinan a derecha e izquierda, para imitar el balanceo del elefante, y agitan la cabeza con una violencia que pone su cuello en peligro de dislocarse. Finalmente, toda la fila, dirigida por una mujer que agita furiosamente dos sonajeros, se detiene ante las casas de los árabes, donde espera recibir algunas cuentas de vidrio, y en medio de las contorsiones más extravagantes, imita los saltos y gritos de diversos animales.

Cumplida la misión, estas damas se van a beber todas juntas y reaparecen cuatro o cinco horas después con una vacilación en la marcha y una flojedad en los miembros que aumentan el encanto de sus gesticulaciones.

Esta fiesta tiene probablemente por objeto que la mujer del cazador se compense de las privaciones que va a sufrir, pues durante la ausencia de su esposo tiene necesariamente que renunciar a la tertulia, al tocador, a la pipa y hasta a salir de su casa. Durante esta ceremonia los hombres, no menos animados que las mujeres, saltan con toda la gracia de los osos bien adiestrados en torno a una especie de orquesta en la que el tambor acompaña a unos pitos hechos con colas de elefante.

Por último, cuando están bien saturados de cerveza, los cazadores dejan la aldea al romper el día, provistos de blandones o antorchas encendidas, que llevan por temor a quedarse sin fuego en la selva, y que ponen delante de la boca para combatir la influencia del aire frío de la mañana. Estos grupos son a veces peligrosos para los rezagados de las caravanas, sobre todo en las comarcas en las que el robo y el asesinato suelen quedar impunes. La gran habilidad de los cazadores consiste en aislar del rebaño a un animal que tenga unos buenos colmillos, sin provocar las sospechas del individuo ni del grupo, y en cercar después a la víctima. Cuando ya la tienen rodeada, el wganga se incorpora lanzando un grito y arroja la primera azagaya, a la cual siguen inmediatamente las de los demás cazadores. Las armas no están emponzoñadas y sólo el número hace que lleguen a ser mortales. Es raro que el animal así atacado rompa el Círculo de sus astutos enemigos: su bien conocida obstinación le impide huir, y cuando carga sobre uno de los cazadores y éste se oculta, se oye un grito y una azagaya hiere por detrás al animal, que se vuelve y se dirige a aquel nuevo adversario; éste escapa a su vez, y así continua la caza hasta que el elefante siente que le falta el aliento y el valor. Entonces intenta alejarse, pero los golpes se multiplican y, vencido por el dolor y perdiendo sangre por todas partes, sucumbe el enorme paquidermo.

Después de haber cantado y bailado, como preliminares de toda operación, los cazadores arrancan cuidadosamente los enormes colmillos del animal, para lo que se sirven de una especie de hacha puntiaguda. La médula que llena la cavidad dentaria se extrae inmediatamente y se devora, como el hígado de la liebre en Italia.

La caza termina con una abundante comida, verdadero banquete consistente en la grasa y los intestinos del animal, y los cazadores regresan triunfalmente, cargados de marfil, de pedazos de cuero para hacer correas y de pedazos de carne sangrienta atravesados en largas perchas.



Las Montañas de la luna. En busca de las fuentes del Nilo, Cap. XIV
Trad. Pablo González
Madrid, Editorial Valdemar, s/f