Mostrando las entradas con la etiqueta Burstein Barney. Mostrar todas las entradas

6 abr. 2013

Benjamin Franklin: Sobre la libertad y la necesidad, el placer y el dolor (1725)

No hay comentarios. :




A James Ralph

Muy señor mío:

De acuerdo con su petición, voy a darle noticia de mis creencias presentes sobre el universo. Se las daré con toda sinceridad y si le valen de satisfacción me daré yo también por satisfecho. Sé de antemano que mi planteamiento es susceptible de numerosas objeciones por parte de lectores con menos discernimiento que usted; pero no es en esos lectores en quienes pienso al escribir. Le tengo que prevenir de que tenga cuidado en distinguir las partes hipotéticas de mis razonamientos de las concluyentes. Se podrá dar usted cuenta de lo que tomo como tema de tesis y de simple hipótesis. En conjunto lo someto a su parecer, y tendré en cuenta su estima y criterios para calorar yo mismo mi trabajo.


Sección Primera: Libertad y Necesidad

I. Se dice que existe un primer motor, llamado Dios, autor del Universo.
II. Se le considera poseedor de sabiduría, bondad y poder sumos.

Estas dos premisas vienen a ser coincidentes entre todas las sectas y opiniones y las doy por sentadas como previas a mi argumentación. Lo que viene a continuación, por consiguiente, no es más que una cadena de conclusiones derivadas de ellas que sólo se mantendrán en la medida en que resulten verdaderas o falsas.

III. Es toda bondad, luego no puede hacer más que el bien.
IV. Es todo sabiduría, luego no puede equivocarse.

Lo verdadero de estas proposiciones en relación con las dos primeras es, a mi juicio, evidente; opino que ni la bondad absoluta puede dar lugar a lo malo ni la sabiduría infinita a lo erróneo, o caeríamos en una contradicción que repugnaría al sentido común del hombre.

V. Es todopoderoso; luego no puede existir ni actuar nada en el universo contra o sin su conocimiento; y lo que Él consiente ha de ser bueno, ya que es la bondad misma; luego no existe el Mal.

La eterna cuestión es ¿Unde Malum? Muchos de los pensadores que en el mundo han sido se han sentido perplejos ante esta pregunta. Se admite que existen muchas cosas y actos a los que calificamos de malos: el dolor, la enfermedad, la necesidad, el latrocinio, el crimen, etc. Que en realidad no son ni males ni enfermedades ni defectos en el orden universal, se demostrará en la sección próxima, así como en la presente proposición y en la siguiente. Evidentemente, suponer que algo exista o se haga en contra de la voluntad del Todopoderoso es negarle esa condición de todopoderoso. Son contradicciones indefendibles. Y negar que toda cosa o acción cuya existencia Él consienta han de ser buenas, es negar sus dos atributos de Sabiduría y Bondad.

Los filósofos nos dicen que nada se hace en el universo sino porque Dios lo hace o lo permite. Tal cosa, como es todopoderoso, es cierta, pero ¿por qué esta distinción entre hacer y permitir? En efecto: ellos dan por sentado que hay muchas cosas en el universo que existen de tal modo que no son perfectas, y que se hacen cosas que no debieran hacerse. Tales cosas o acciones no pueden atribuírselas a Dios porque empezamos por atribuirle la Sabiduría y la Bondad. Ahí reside la clave de la palabra permitir. Él permite que se hagan, nos dicen estos filósofos. Pero nosotros razonamos de esta suerte: si Dios permite que se ejecuten acciones es porque o le falta poder o le falta voluntad para impedirlo; si admitimos que le falta poder, negamos que sea Todopoderoso, y si negamos que le falta voluntad de impedirlo, negamos que la acción sea mala o que Él sea la bondad absoluta, porque el mal es esencialmente contradictorio con la suprema Bondad.

Se me dirá tal vez que Dios permite las malas acciones con fines justos y razonables. Pero ésta es una afirmación que se autodestruye, desde el momento en que un Dios infinitamente bueno no puede permitir nunca el menor mal y cualquier cosa que Él permita que exista para fines buenos, por el mero hecho de permitirla, se convierte en buena.

VI. Si una criatura está hecha por Dios, dependerá de Dios, de quien recibirá toda su fuerza, con lo cual esa criatura no podrá hacer nada que sea contrario a la voluntad de Dios, porque Dios es Todopoderoso, sino que tendrá que ser agradable a ella; pero lo que sea agradable a ella, debe de ser bueno, porque Él es bueno. Así, pues, no podrá ninguna criatura hacer nada que no sea bueno.

Esta proposición viene a ser lo mismo que la anterior, aunque más completa, y su conclusión igual de evidente. Aunque una criatura pueda realizar muchas acciones que su prójimo llame malas y que necesariamente ocasionen a su autor sufrimientos (que su prójimo llamará castigos). Esta proposición prueba que esa criatura no puede ejecutar cosas intrínsecamente malas o desagradables a los ojos de Dios, y que las dolorosas consecuencias de sus malas acciones (o las que así se consideran), no son, ni tienen por qué ser, ni castigos ni desgracias, es algo que veremos a continuación.

No obstante, el difunto y erudito autor del libro titulado La religión de la naturaleza (que le envío adjunto) nos ha proporcionado una pauta con la que poder descubrir cuáles de entre nuestras acciones se pueden denominar buenas y cuáles malas. Consiste esa creencia en lo siguiente: «Toda acción realizada de acuerdo con la verdad es buena; y toda acción contraria a la verdad es mala; actuar de acuerdo con la verdad es utilizar y estimar cada cosa como lo que es, etc. Es decir: si A le roba el caballo a B y se marcha con él, no lo usa como lo que es como propiedad de otro, sino como propio, lo que es contrario a la verdad y es por ello malo.» Pero, como dice este mismo caballero (sección I, proposición VI): «Para juzgar correctamente lo que es cada cosa hay que tener en cuenta no sólo lo que es desde un determinado punto de vista, sino desde cualquier otra posición; y hay que tener presente la descripción completa de la cosa en cuestión. En el caso mencionado habría que tener presente que A es un ser naturalmente codicioso, inquieto por la posesión del caballo de B, lo cual le produce una inclinación a tomarlo, más fuerte que su miedo al castigo a que se expone por hacerlo. Esto es la verdad, y A actúa de acuerdo con esa verdad cuando roba el caballo. Además, si se prueba que es verdad que A no controla sus actos, resultaría indiscutible admitir que actúa de acuerdo con la verdad, sin poder hacerlo de otro modo.»

No es que con esto se quiera alentar el robo o defenderlo. Es sólo a título de argumentación y no puede tener ningún efecto perjudicial. El orden y concierto de las cosas no se verá afectado por razonamientos de esta naturaleza, y resultaría en este sentido tan justo y necesario, y tan acorde con la verdad, que a B le repugnara el robo de su caballo y lo castigara, como que A le robara el caballo a B.

VII. Si, por consiguiente, la criatura se encuentra limitada en sus acciones y no puede ejecutar sino aquellas que Dios le permite, no dispondrá de nada que pueda llamarse libertad, libre albedrío o capacidad para hacer o no hacer.

Por libertad se entiende en ocasiones la ausencia de impedimento. En este sentido todas nuestras acciones puede decirse que son consecuencia de nuestra libertad, pero es una libertad del mismo tipo que la de un cuerpo grávido que cae a tierra; tiene libertad de caer, pero, al propio tiempo, no puede evitarlo, careciendo de libertad para permanecer suspendido en el aire.

Vamos a utilizar el mismo argumento en otro sentido. Supongamos que, en la acepción común de la expresión, somos agentes libres. Como el hombre forma parte de esta gran máquina que es el universo, sus acciones corrientes son requisito para que esa máquina siga moviéndose, y entre las cosas pueda elegir unas y rechazar otras, siendo por ello libre. Pero en cada momento concreto siempre habrá algo que es lo óptimo que se puede hacer y, por consiguiente, eso será lo bueno entonces y con respecto a ello todas las demás cosas serán, en aquel momento, malas. Para saber qué es lo óptimo que puede hacerse, y qué es lo que no lo es, es preciso que podamos prever las intrincadas consecuencias de cada una de nuestras acciones respecto del orden universal, tanto presente como futuro. Pero resulta que hay innumerables consecuencias y tan incomprensibles que se escapan al que no es omnisciente. Como esas cosas no las podemos prever, no tenemos más que una posibilidad entre diez mil de acertar, y nos veremos perpetuamente constreñidos a andar en tinieblas, a perturbar el universo, pues cada equivocación que cometa una parte de él será una falta o una mancha en el orden del conjunto del universo. ¿No será, por tanto, necesario que nuestras acciones sean gobernadas y orientadas por una providencia sapientísima? ¡Qué precisas y perfectas son todas las cosas en el mundo de la naturaleza! ¡Qué orden el de cada pieza dentro del conjunto! ¡No se puede descubrir ni el menor fallo! Los que han estudiado los reinos vegetal y animal demuestran que su armonía y su belleza no se pueden superar. ¡Y qué decir de los cuerpos celestes, de las estrellas y los planetas! ¿Es que hemos de admitir que en el orden moral haya de darse una negligencia que no se advierte en el natural? Sería como pensar en un artífice inteligente que hubiera construido curiosa máquina o un reloj, instalando todas sus ruedecillas y engranajes con tal interdependencia que no pudiera funcionar si no es con la mayor regularidad y sin fallos de ninguna de sus piezas, y a pesar de lo cual hubiera dejado que algunas de ellas se moviesen con independencia, ignorantes del general interés del reloj. Las tales piezas, moviéndose a su antojo, trastornarían todo el conjunto, obligando a trabajar incesantemente al operario encargado de repararlo. En este caso, ¿no estaría indicado como remedio quitarle a esa máquina las piezas rebeldes y sustituirlas por otras que se atuviesen al orden general?

VIII. Si no existe en realidad el libre albedrío en las criaturas, no existirían tampoco ni el mérito ni el demérito en ellas.
IX. Y, en consecuencia, todas las criaturas habrían de recibir de su creador idéntica estimación.

Parece que estas conclusiones se siguen necesariamente de lo anterior, pues no existe ninguna razón, en realidad, para que el Creador otorgara su estima en grado diverso a unas u otras partes de su obra, si ha usado de la misma Sabiduría y Bondad para crearlas, y todo vicio o defecto quedan automáticamente excluidos por su voluntad como contrarios a su naturaleza. El argumento entonces quedaría reducido a lo siguiente: Cuando el Creador concibió al universo, o su intención fue que todas las cosas existentes se ordenaran de la misma suerte en que están ahora, o su voluntad fue que lo estuviesen de otra manera. Decir que las quiso de otra manera es admitir que han contradicho su voluntad y roto el orden que él impuso, cosa incompatible con su Poder. Por consiguiente, habremos de concluir que todas las cosas existen hoy de una manera grata a su Voluntad y que, en consecuencia, todas son igualmente buenas y por ello igualmente estimadas por Él.

A continuación procederé a demostrar que, al ser todas las obras del Creador igualmente estimadas por Él, todas son igualmente utilizadas, como es justo que lo sean.


Sección II

A continuación haré un breve sumario de todo lo anterior.

1. Se da por sentado que Dios, Creador y Regulador del universo, es infinitamente sabio, bueno y poderoso.
2. Como consecuencia de Su infinita Sabiduría y Bondad, se admite que cuanto haga debe ser infinitamente sabio y bueno.
3. A menos de que algo o alguien se interpusiera en sus designios, lo cual es imposible porque Él es todopoderoso.
4. Consecuentemente con Su infinito Poder, se afirma que nada puede existir ni hacerse en el universo sin Su Voluntad, y que eso ha de ser necesariamente bueno.
5. Por eso el mal queda excluido, y con él, todo mérito o demérito; y, de la misma forma, se descarta toda preferencia de Dios por una parte de la creación.

Este es el resumen de la primera parte.

Pues bien, las nociones usuales sobre la justicia nos dirán que si todas las cosas creadas son igualmente agradables al Creador, deben ser usadas de la misma manera por Él. Y que lo son se deduce del argumento anterior. No obstante, vamos a confirmarlo demostrando cómo se usan por igual.

1. Una criatura dotada de vida y conocimiento capaz de sufrir intranquilidad y dolor.
2. Ese dolor produce deseos de liberarse de él en proporción a su intensidad.
3. Satisfacer ese deseo produce un placer de igual intensidad.
4. Por lo que el placer es equivalente al dolor.

De estas premisas se desprende:

1. Que todas las criaturas experimentan tanto placer como dolor.
2. Que la vida no es preferible a la insensibilidad, ya que placer y dolor se destruyen entre sí; que al ser al que se le sustraen diez grados de dolor de diez grados de placer no le queda nada, con lo que viene a estar en igualdad con el ser que sea insensible.
3. La primera parte demuestra que todas las cosas deben ser utilizadas por igual porque el Creador las estima por igual. Y esta segunda parte demuestra que son estimadas por igual porque son usadas por igual.
4. Como toda acción es consecuencia de la insatisfacción, la distinción entre vicio y virtud queda descartada...
5. No cabe pensar en un estado de mayor felicidad que el presente, porque placer y dolor son inseparable...

Me doy cuenta de que la doctrina que aquí expongo no encontraría, caso de publicarse, mas que una acogida indiferente, ya que la humanidad propende a dejarse halagar. Todo lo que satisface a nuestro orgullo y tiende a exaltar a nuestra especie sobre el resto de la creación nos lo solemos creer más fácilmente, mientras que las verdades que son desagradables se rechazan con la mayor indignación. «¿Qué?, se dirá, ¿es que nos vamos a comparar con los animales innobles del campo, con lo más bajo de la creación? No, eso no se puede admitir» Pero, si utilizamos el sentido común aunque sea sólo un poco, los gansos seguirán siendo gansos por mucho que pensemos que son cisnes, y la verdad no tiene más que un camino por mucho que a veces resulte desagradable o nos mortifique.


The Papers of Benjamin Franklin (Ed. de Labaree, I, 57-72)
En Autobiografía y otros escritos
Edición: Luis López Guerra (1982)
Imagen: Benjamin Franklin por Jean-Antoine Houdon/Foto Barney Burstein/Corbis

26 sept. 2012

Voltaire: Sobre los pensamientos del Sr. Pascal

No hay comentarios. :





Os envío las acotaciones críticas que tengo hechas desde hace mucho tiempo sobre los Pensamientos del Sr. Pascal. No me comparéis aquí, os lo ruego, a Ezequías, que quiso hacer quemar todos los libros de Salomón. Respeto el genio y la elocuencia de Pascal; pero cuanto más los respeto, más persuadido estoy de que habría él mismo corregido muchos de esos Pensamientos, que había lanzado al albur sobre el papel para examinarlos después, y, admirando su genio, combato algunas de sus ideas.

Me parece que en general el espíritu con el que el Sr. Pascal escribió esos Pensamientos era el de mostrar al hombre desde una perspectiva odiosa. Se encarniza en pintarnos a todos malvados y desdichados. Escribe contra la naturaleza humana poco más o menos como escribía contra los jesuitas. Imputa a la esencia de nuestra naturaleza lo que no pertenece más que a ciertos hombres. Dice elocuentemente injurias contra el género humano. Yo me atrevo a tomar el partido de la humanidad contra este misántropo sublime; me atrevo a asegurar que no somos ni tan malos ni tan desdichados como él dice: estoy, además, completamente persuadido de que, si hubiera seguido en el libro que meditaba el designio que aparece en sus Pensamientos, habría hecho un libro lleno de paralogismos elocuentes y de falsedades admirablemente deducidas. Incluso creo que todos esos libros escritos hace poco para probar la religión cristiana, son más capaces de escandalizar que de edificar. ¿Pretenden estos autores saber más que Jesucristo y los apóstoles? Es como querer sostener un roble rodeándolo de cañas; se pueden apartar esas cañas inútiles sin temor de hacer daño al árbol.

He escogido con discreción algunos pensamientos de Pascal; pongo mis respuestas debajo. Vos juzgaréis si tengo o no razón.

I. «Las grandezas y las miserias del hombre son tan visibles que es necesariamente preciso que la verdadera religión nos enseñe que hay en él algún gran principio de grandeza y al mismo tiempo algún principio de miseria. Pues es preciso que la verdadera religión conozca afondo nuestra naturaleza, es decir, que conozca todo lo que tiene de grande y todo lo que tiene de miserable y la razón de lo uno y lo otro. Es preciso también que nos dé razón de las grandes contrariedades que en ella se encuentran.»

Esta manera de razonar parece falsa y peligrosa, pues la fábula de Prometeo y Pandora, los andróginos de Platón y los dogmas de los siameses darían cuenta igualmente bien de esas contrariedades aparentes. La religión cristiana no dejará de ser verdadera aunque no se saquen de ella esas conclusiones ingeniosas que no pueden servir más que para hacer brillar el ingenio.

El cristianismo no enseña más que la sencillez, la humanidad, la caridad; querer reducirlo a metafísica es hacer de él una fuente de errores.

II. «Que se examine sobre este punto a todas las religiones del mundo y que se vea si hay otra fuera de la cristiana que lo satisfaga. ¿Acaso será la que enseñaban los filósofos que nos proponen por todo bien un bien que está en nosotros? ¿Es ese el verdadero bien? ¿Ha encontrado el remedio a nuestros males? ¿Acaso es haber curado de la presunción al hombre el haberle igualado a Dios? Y los que nos han igualado a los animales y nos han dado los placeres de la tierra por todo bien, ¿han aportado el remedio a nuestras concupiscencias?»

Los filósofos no han enseñado religión; no es su filosofía lo que se trata de combatir. Nunca un filósofo se ha proclamado inspirado por Dios, pues entonces hubiera dejado de ser filósofo y se hubiera hecho profeta. No se trata de saber si Jesucristo debe vencer a Aristóteles; se trata de probar que la religión de Jesucristo es la verdadera y que las de Mahoma, los paganos y todas las otras son falsas.

III. «Y, sin embargo, sin ese misterio, el más incomprensible de todos, somos incomprensibles para nosotros mismos. El nudo de nuestra condición toma todos sus recovecos y pliegues en el abismo del pecado original, de suerte que el hombre es más inconcebible sin ese misterio que lo que ese misterio es inconcebible para el hombre.»

¿Acaso es razonar el decir: el hombre es inconcebible sin ese misterio inconcebible? ¿Por qué querer ir más lejos que la Escritura? ¿No hay temeridad en creer que tiene necesidad de apoyo y que esas ideas filosóficas pueden dárselo?

¿Qué habría respondido el Sr. Pascal a un hombre que le hubiera dicho: «Sé que el misterio del pecado original es objeto de mi fe y no de mi razón. Concibo muy bien sin misterio lo que es el hombre; veo que viene al mundo como los otros animales; que el alumbramiento de las madres es más doloroso a medida que son más delicadas; que algunas veces las mujeres y los animales hembras mueren en el parto; que hay a veces niños mal conformados que viven privados de uno o dos sentidos y de la facultad de razonar; que los que están mejor organizadosson los que tienen las pasiones más vivas; que el amor a sí mismo es igual en todos los hombres y que les es tan necesario como los cinco sentidos; que este amor propio nos es dado por Dios para la conservación de nuestro ser, y que nos ha dado la religión para regular este amor propio; que nuestras ideas son justas o inconsecuentes, oscuras o luminosas, según que nuestros órganos sean más o menos sólidos, más o menos dúctiles, y según que seamos más o menos apasionados; que dependemos en todo del aire que nos rodea, de los alimentos que tomamos, y que, en todo eso, no hay nada de contradictorio. El hombre no es un enigma, como vos os figuráis para tener el placer de adivinarlo. El hombre parece estar en su lugar en la naturaleza, superior a los animales, a los que es semejante por sus órganos, inferior a otros seres, a los que se parece probablemente por el pensamiento. Es, como todo lo que vemos, una mezcla de mal y de bien, de placer y de dolor. Está dotado de pasiones para actuar y de razón para gobernar sus acciones. Si el hombre fuese perfecto, sería Dios, y esas pretendidas contrariedades, que llamáis contradicciones, son los ingredientes necesarios que entran en el compuesto del hombre, que es lo que debe ser?»

IV. «Sigamos nuestros movimientos, observémosnos a nosotros mismos, y veamos si no encontraremos los caracteres vivos de esas dos naturalezas.
¿Acaso tantas contradicciones se encontrarían en un sujeto simple?
Esta duplicidad del hombre es tan visible que hay quien ha pensado que teníamos dos almas, pues un sujeto simple les parecía incapaz de tales y tan súbitas variaciones, de una presunción desmesurada a un horrible abatimiento del corazón.»

Nuestras diversas voluntadas no son contradicciones en la naturaleza y el hombre no es un sujeto simple. Está compuesto de un número innumerable de órganos: si uno sólo de esos órganos está un poco alterado, es necesario que cambie todas las impresiones del cerebro, y que el animal tenga nuevos pensamientos y nuevas voluntades. Es muy cierto que estamos ora abatidos por la tristeza ora hinchados de presunción, y así debe ser cuando nos encontramos en situaciones opuestas. Un animal al que su dueño acaricia y alimenta, y otro al que se degüella lentamente y con habilidad para hacer una disección, experimentan sentimientos muy contrarios, lo mismo hacemos nosotros; y las diferencias que hay entre nosotros son tan poco contradictorias que sería contradictorio que no existiesen.

Los locos que han dicho que tenemos dos almas podían por la misma razón darnos treinta o cuarenta, pues un hombre, bajo una gran pasión, tiene a menudo treinta o cuarenta ideas diferentes de una misma cosa, y debe necesariamente tenerlas, según que este objeto se le aparezca bajo diferentes caras.

Esa pretendida duplicidad del hombre es una idea tan absurda como metafísica. Igual me daría decir que el perro que muerde y que acaricia es doble; que la gallina, que tiene tanto cuidado de sus pequeños y luego los abandona hasta desconocerlos, es doble; que el árbol que está ora cargado, ora despojado de hojas es doble. Confieso que el hombre es inconcebible; pero todo el resto de la naturaleza lo es también y no hay más contradicciones aparentes en el hombre que en todo lo demás.

V. «No apostar por que Dios existe, es apostar a que no existe. ¿Qué elegiréis entonces? Pesemos la ganancia j la pérdida, tomando el partido de creer que Dios existe. Si ganáis, lo ganáis todo; si perdéis no perdéis nada. Apostad pues a que existe, sin vacilar. —Sí, hay que apostar; pero quizá apuesto demasiado. —Vamos, puesto que hay semejante albur de ganancia y pérdida, aunque no tuvierais más que dos vidas que ganar por una, podríais aún apostar.»

Es evidentemente falso decir: «No apostar por que Dios existe, es apostar a que no existe», pues el que duda y pide iluminarse no apuesta ciertamente ni por ni contra.

Por otra parte, este artículo parece un poco indecente y pueril; esta idea de juego, de pérdida y ganancia, no conviene a la gravedad del tema.

Además, el interés que tengo en creer una cosa no es una prueba de la existencia de esa cosa. Os daré, me decís, el imperio del mundo si creo que tenéis razón. Yo deseo entonces de todo corazón que tengáis razón; pero, hasta que me lo hayáis probado, no puedo creeros.

Comenzad, podríamos decir al Sr. Pascal, por convencer a mi razón. Tengo interés, sin duda, en que haya un Dios; pero si, en vuestro sistema, Dios ha venido para tan pocas personas; si la pequenez del número de los elegidos es tan amedrantadora; si no puedo nada en absoluto por mí mismo, decidme, os lo ruego, ¿qué interés tengo en creeros? ¿No tengo acaso un interés visible en estar persuadido de lo contrario? ¿Con qué cara osaréis mostrarme una dicha infinita a la que, de un millón de hombres, apenas uno sólo tiene derecho a aspirar? Si queréis convencerme, arreglaos de otra manera, y no vayáis tan pronto a hablarme de juego de azar, de apuesta, de cara y cruz, tan pronto a espantarme con las espinas que sembráis en el camino que quiero y debo seguir. Vuestro razonamiento no serviría más que para hacer ateos, si la voz de toda la naturaleza no nos gritase que hay un Dios, con tanta fuerza como debilidad tienen esas sutilezas.

VI.«Viendo la ceguera y la miseria del hombre, y esas contradicciones asombrosas que se descubren en su naturaleza, y mirando a todo el universo mudo,y el hombre sin luz, abandonado a sí mismo, y como perdido en este rincón del universo, sin saber quién le ha puesto en él ni qué ha venido a hacer aquí, ni lo que será de él cuando muera, me lleno de espanto como un hombre que hubiera sido llevado mientras dormía a una isla desierta y sin tener ningún medio de salir de ahí;y además me admiro de cómo no se desespera uno en tan miserable estado.»

Leyendo esta reflexión, recibo una carta de uno de mis amigos, que mora en un país muy alejado. He aquí sus palabras:

«Estoy aquí como vos me dejasteis, ni más alegre, ni más triste, ni más rico, ni más pobre, gozando de una salud perfecta, teniendo todo lo que hace la vida agradable, sin amor, sin avaricia, sin ambición y sin deseo, y mientras esto dure, me llamaré audazmente un hombre muy feliz.»

Hay muchos hombres tan felices como él. Sucede con los hombres como con los animales; tal perro come y se acuesta con su querida; tal otro da vueltas a la noria y tan contento; tal otro se vuelve rabioso y se le mata. En lo que a mí respecta, cuando miro París o Londres, no veo ninguna razón para caer en esa desesperación de que habla el Sr. Pascal; veo una ciudad que no se parece en nada a una isla desierta, sino poblada, opulenta, urbana y donde los hombres son tan felices como la naturaleza humana lo consiente. ¿Qué hombre sabio está dispuesto a ahorcarse porque no sabe cómo ver a Dios cara a cara, y porque su razón no puede dilucidar el misterio de la Trinidad? Lo mismo sería desesperarse por no tener cuatro piernas y dos alas.

¿Por qué horrorizarnos de nuestro ser? Nuestra existencia no es tan desdichada como se nos quiere hacer creer. Mirar el universo como una celda y todos los hombres como criminales a los que se va a ejecutar es la idea de un fanático. Creer que el mundo es un lugar de delicias donde no se debe tener más que placer, es el sueño de un sibarita. Pensar que la tierra, los hombres y los animales son lo que deben ser en el orden de la Providencia es, creo, de un hombre sabio.

VII. «(Los judíos piensan) que Dios no dejará eternamente a los otros pueblos en esas tinieblas; que vendrá un liberador para todos; que ellos están en el mundo para anunciarle; que han sido creados expresamente para ser los heraldos de ese gran acontecimiento, y para llamar a todos los pueblos a unirse a ellos en la espera de ese liberador.»

Los judíos han esperado siempre un liberador; pero su liberador es para ellos y no para nosotros. Esperan un Mesías que hará a los judíos dueños de los cristianos, y nosotros esperamos que el Mesías reunirá un día a los judíos y a los cristianos: ellos piensan precisamente sobre esto lo contrario de lo que nosotros pensamos.

VIII. «La ley por la que ese pueblo es gobernado es juntamente la más antigua ley del mundo, la más perfecta y la única que haya sido siempre observada sin interrupción en un Estado. Esto es lo que Filón, judío, mostró en diversos lugares, y /ose/o admirablemente contra Appio, donde hace ver que es tan antigua que el nombre mismo de ley no ha sido conocido de los más antiguos sino mil años después, de tal suerte que Homero, que ha hablado de tantos pueblos, nunca se sirvió de él. Y es fácil juzgar la perfección de esa ley por su simple lectura, en la que se ve que ha previsto todas las cosas con tan admirable sabiduría, tanta equidad, tanto juicio, que los más antiguos legisladores griegos y romanos que tuviesen algunas luces han tomado de ella sus principales leyes: eso es lo que parece por la que ellos llaman de las Doce Tablas, y por las otras pruebas que da Josefa.»

Es muy falso que la ley de los judíos sea la más antigua, puesto que antes de Moisés, su legislador, moraban en Egipto, el país más renombrado de la tierra por sus sabias leyes.

Es muy falso que el nombre de ley no haya sido conocido hasta después de Homero; él habla de las leyes de Minos; la palabra ley está en Hesíodo. Y aunque el nombre de ley no se encontrase ni en Hesíodo ni en Homero, eso no probaría nada. Había reyes y jueces; luego había leyes.

Es también muy falso que los griegos y los romanos hayan tomado las leyes de los judíos. Eso no puede ser en los comienzos de sus repúblicas, pues entonces no podían conocer a los judíos; no puede ser en el tiempo de su grandeza, pues entonces tenían por esos bárbaros un desprecio conocido en toda la tierra.

IX. «Ese pueblo es además de sinceridad admirable. Guardan con amor y fidelidad el libro en que Moisés declara que han sido siempre ingratos hacia Dios y que sabe que lo serán aún más después de su muerte; pero que pone al cielo y a la tierra como testigos contra ellos, de que él bastante se lo había dicho; que finalmente Dios, irritándose contra ellos, los dispersará por todos los pueblos de la tierra; que, tal como le han irritado adorando dioses que no eran sus dioses, él los irritará llamando a un pueblo que no es su pueblo. Sin embargo, a ese libro, que les deshonra de tantas maneras, lo conservan a expensas de su vida. Es una sinceridad que no tiene ejemplo en el mundo, ni su raíz en la naturaleza.»

Esa sinceridad tiene ejemplos en todas partes y no tiene su raíz más que en la naturaleza. El orgullo de cada judío está interesado en creer que no es su detestable política, su ignorancia de las artes, su grosería lo que le ha perdido, sino que es la cólera de Dios que le castiga. Piensa con satisfacción que ha hecho falta milagros para abatirle, y que su nación sigue siendo la bienamada del Dios que la castiga.

Que un predicador suba al pulpito y diga a los franceses: «Sois miserables que no tenéis corazón ni decencia; habéis sido derrotados en Hochstedt y en Ramillies porque no habéis sabido defenderos»; se hará lapidar. Pero si dice: «Sois católicos queridos de Dios; vuestros pecados infames habían irritado al Eterno, que os entregó a los herejes en Hochstedt y en Ramillies; pero cuando habéis vuelto al Señor, entonces ha bendecido vuestro valor en Denain»; estas palabras le harán ser amado por el auditorio.

X. «Si hay un Dios, no hay que amarle más que a él y no a las criaturas.»

Hay que amar, y muy tiernamente, a las criaturas; hay que amar a su patria, a su mujer, a su padre, a sus hijos, y hay que amarlos hasta tal punto que Dios nos los hace amar pese a nosotros mismos. Los principios contrarios no son propios más que para hacer bárbaros razonantes.

XI. «Nacemos injustos, pues cada uno tiende hacia sí mismo. Eso va contra todo orden. Hay que tender hacia lo general; y la inclinación hacia uno mismo es el comienzo de todo desorden en guerra, en policía, en economía, etc..»

Eso es algo perfectamente dentro del orden. Es tan imposible que una sociedad pueda formarse y subsistir sin amor propio, como sería imposible hacer hijos sin concupiscencia, pensar en alimentarse sin apetito, etc.. Es el amor a nosotros mismos el que asiste de amor a los otros; es por nuestras necesidades mutuas por lo que somos útiles al género humano; es el fundamento de todo comercio; es el eterno lazo entre los hombres. Sin él no se habría inventado ni un arte ni se hubiera formado nunca una sociedad de diez personas. Es este amor propio, que cada animal ha recibido de la naturaleza, el que nos advierte que respetemos el de los otros. La ley dirige este amor propio y la religión lo perfecciona. Es muy cierto que Dios hubiera podido hacer criaturas únicamente atentas al bien de otro. En tal caso, los mercaderes habrían ido a las Indias por caridad y el albañil hubiera cortado la piedra para dar gusto a su prójimo. Pero Dios ha establecido las cosas de otro modo. No acusemos al instinto que él nos da y hagamos el uso que manda de él.

XII. «(El sentido oculto de las profecías) no podía inducir a error, y sólo un pueblo tan carnal como ése podía equivocarse al respecto. Pues cuando le son prometidos bienes en abundancia, ¿quién les impedía entender los verdaderos bienes, sino su avaricia, que determinaba ese sentido a los bienes de la tierra?»

Es buena ley, ¿habría acaso el pueblo espiritual de la tierra entendido de otro modo? Eran esclavos de los romanos; esperaban un libertador que les hiciese victoriosos y que hiciera respetar Jerusalén en todo el mundo. ¿Cómo, con las luces de su razón, podían ver a ese vencedor, a ese monarca en Jesús pobre y crucificado? ¿Cómo podían entender por el nombre de su capital una jerusalén celeste, ellos, a quienes el decálogo no había hablado siquiera de la inmortalidad del alma? ¿Cómo un pueblo tan apegado a su ley podía, sin una luz superior, reconocer en sus profecías, que no eran su ley, un Dios oculto bajo la figura de un judío circunciso, quien con su nueva religión ha destruido y hecho abominables la circuncisión y el sábado, fundamentos sagrados de la ley judaica? Una vez más, adoremos a Dios sin querer penetrar en la oscuridad de sus misterios.

XIII.«El tiempo de la primera venida de Jesucristo ha sido predicho. El tiempo de la segunda no lo ha sido, porque la primera debía ser oculta, mientras que la segunda debe ser triunfal y tan manifiesta que sus mismos enemigos la reconocerán.»

El tiempo del segundo advenimiento de Jesucristo ha sido predicho aún más claramente que el primero. El Sr. Pascal había aparentemente olvidado que Jesucristo, en el capítulo XXI de San Lucas, dice expresamente: «Cuando veáis un ejército rodear Jerusalén, sabed que la desolación está próxima... Jerusalén será pisoteada, y habrá signos en el sol y en la luna y en las estrellas; las olas del mar harán un gran ruido... Las virtudes de los cielos serán trastocadas; y entonces verán al hijo del hombre, que vendrá sobre una nube con un gran poder y una gran majestad.»

¿No se ve aquí por ventura la segunda venida predicha distintamente? Pero si eso no ha sucedido todavía, no somos nosotros quienes debemos atrevernos a interrogar a la divina providencia.

XIV.«El Mesías, según los judíos carnales, debe ser un gran príncipe temporal. Según los cristianos carnales, ha venido a dispensarnos de amar a Dios, y a darnos sacramentos que lo obren todo sin nosotros. Ni lo uno ni lo otro es la religión cristiana ni la judía.»

Este artículo es más bien un rasgo satírico que una reflexión cristiana. Se ve que es a los jesuítas a quienes se ataca aquí. Pero ¿en verdad algún jesuita ha dicho nunca que Jesucristo ha venido a dispensarnos de amar a Dios. La disputa sobre el amor de Dios es una pura disputa de palabras, como la mayoría de las otras querellas científicas que han causado odios tan vivos y desdichas tan espantosas.

Aparece aún otro defecto en este artículo. Y es que se supone en él que la espera de un Mesías era un punto de religión entre los judíos. Era solamente una idea consoladora extendida entre los miembros de esta nación. Los judíos esperaban un libertador. Pero no les estaba ordenado creer en él como artículo de fe. Toda su religión estaba encerrada en los libros de la ley. Los profetas no han sido mirados nunca por los judíos como legisladores.

XV. «Para examinar las profecías, hay que entenderlas. Pues si se cree que no tiene más que un sentido, es seguro que el Mesías aún no ha venido; pero si tienen dos, es seguro que ha venido en Jesucristo.»

La religión cristiana es tan verdadera que no tiene necesidad de pruebas dudosas. Ahora bien, si algo pudiera trastocar los fundamentos de esta santa y razonable religión es esta opinión del Sr. Pascal. Quiere que todo tenga dos sentidos en la escritura; pero un hombre que tuviese la desdicha de ser incrédulo podría decirle: El que da dos sentidos a sus palabras quiere engañar a los hombres, y esta duplicidad está siempre penada por las leyes; ¿cómo podéis, sin enrojecer, admitir en Dios lo que se castiga y se detesta entre los hombres? ¿Qué digo? ¿Con qué desprecio y con qué indignación tratabais los oráculos de lospaganos porque tenían dos sentidos? ¿No se podría decir más bien que las profecías que se refieren directamente a Jesucristo no tienen más que un sentido, como las de Daniel, Miqueas y otros? ¿No podríamos decir incluso que, aunque no tuviésemos ningún conocimiento de las profecías, la religión no estaría menos probada?

XVI. «La distancia infinita de los cuerpos a los espíritus figura la distancia infinitamente más infinita de los espíritus a la caridad, pues ella es sobrenatural.» 

Es de creer que el Sr. Pascal no habría empleado ese galimatías en su obra, si hubiera tenido tiempo de hacerla.

XVII. «Las debilidades más aparentes son fuerzas para quienes saben tomar bien las cosas. Por ejemplo, las dos genealogías de San Mateo y de San Lucas. Es visible que eso no ha sido hecho concertadamente.»

¿Habrían debido los editores de los Pensamientos de Pascal imprimir este pensamiento, cuya sola exposición es quizá capaz de hacer daño a la religión? ¿A qué viene decir que esas genealogías, esos puntos fundamentales de la religión cristiana, se contradicen, sin decir en qué pueden concordar? Era preciso presentar el antídoto junto con el veneno. ¿Qué se pensaría de un abogado que dijese: «Mi defendido se contradice, pero esta debilidad es una fuerza para quienes saben tomar bien las cosas?

XVIII. «Que no se nos reproche la falta de claridad, pues hacemos profesión de ella; pero que se reconozca la verdad de la religión en la oscuridad misma de la religión, en la poca luz que tenemos de ella y en la indiferencia que tenemos de conocerla.» 

¡He aquí las extrañas marcas de la verdad que propone Pascal! ¿Qué otras marcas tiene entonces la mentira? ¡Pues qué! Entonces bastaría para ser creído decir: ¡Soy obscuro, soy ininteligible! Sería mucho más sensato no presentar a los ojos más que las luces de la fe, en lugar de esas tinieblas de erudición.

XIX. «Si no hubiese más que una religión, Dios estaría demasiado manifiesto.»

¡Qué! ¡Decís que si no hubiese más que una religión, Dios estaría demasiado manifiesto! ¡Eh! ¿Acaso olvidáis que decís a cada página que un día no habrá más que una religión? Según vos, Dios estará entonces demasiado manifiesto.

XX. «Yo digo que la religión judía no consistía en ninguna de esas cosas, sino solamente en el amor de Dios, y que Dios reprobaba todas las otras cosas.»

¡Qué! ¡Dios reprobaba todo lo que ordenaba él mismo con tanto cuidado a los judíos, y en un detalle tan minucioso! ¿No es más cierto decir que la ley de Moisés consistía no sólo en el amor sino también en el culto? Reducir todo al amor de Dios huele menos a amor de Dios que al odio que todo jansenista tiene por su prójimo molinista.

XXI. «La cosa más importante de la vida es la elección de un oficio; el azar la dispone. La costumbre hace los albañiles, los solados, los reparadores de tejados.»

¿Qué puede entonces determinar los soldados, los albañiles y todos los obreros mecánicos, sino lo que llamamos azar y costumbre? Sólo a las artes de genio se determina uno mismo. Pero, para los oficios que todo el mundo puede hacer, es muy natural y muy razonable que sea la costumbre quien disponga.

XXII. «Que cada uno examine su pensamiento; lo encontrará siempre ocupado en el pasado y en el provenir. No pensamos casi en el presente; y si pensamos en él, es sólo para iluminarnos y preparar el porvenir. El presente no es nunca nuestra meta; el pasado y el presente son nuestros medios; sólo el futuro es nuestro objeto.»

Es preciso, lejos de quejarse, agradecer al autor de la naturaleza por lo que nos da ese instinto que nos lleva sin cesar hacia el porvenir. El tesoro más precioso del hombre es esa esperanza que suaviza nuestros pesares, y que nos pinta placeres futuros en la posesión de los placeres presentes. Si los hombres fuesen lo bastante desdichados para no ocuparse más que del presente, no se sembraría, no se edificaría, no se plantaría, no se prevería nada: se carecería de todo en medio de ese falso goce. ¿Cómo puede un espíritu como el del Sr. Pascal caer en un lugar común tan falso como ése? La naturaleza ha establecido que cada hombre gozaría del presente alimentándose, teniendo hijos, escuchando sonidos agradables, ocupando su facultad de pensar y de sentir, y que saliendo de esos estados, a menudo en medio mismo de esos estados, pensaría en el día siguiente, sin lo cual perecería de miseria hoy.

XXIII. «Pero cuando he mirado más de cerca, he encontrado que este alejamiento que los hombres tienen del reposo, y del permanecer consigo mismos, viene de una causa bien efectiva, es decir, de la desdichada naturaleza de nuestra condición débil y mortal, y tan miserable que nada puede consolarnos cuando nada nos impide pensar en ella y no vemos sino a nosotros mismos.»

Esa frase no ver sino a nosotros no tiene sentido. ¿Qué es un hombre que no actuase y que se dedicase supuestamente a contemplarse? No solamente digo que ese hombre sería un imbécil, inútil a la sociedad, sino que digo que ese hombre no puede existir, pues ¿qué contemplaría? ¿su cuerpo, sus pies, sus manos, sus cinco sentidos? O sería un idiota o haría uso de todo eso. ¿Permanecería contemplando su facultad de pensar? Pero no puede contemplar esa facultad más que ejerciéndola. O no pensará en nada, o pensará en las ideas que le hayan venido ya, o compondrá otras nuevas; ahora bien, no puede tener idea más que del exterior. Helo aquí, pues, necesariamente ocupado o de sus sentidos o de sus ideas; helo ahí, pues, fuera de sí o imbécil.

Insisto una vez más, es imposible a la naturaleza humana permanecer en ese embotamiento imaginario; es absurdo pensarlo; es insensato pretenderlo. El hombreha nacido para la acción, como el fuego tiende hacia arriba y la piedra hacia abajo. No estar ocupado y no existires todo uno para el hombre. Toda la diferencia consiste en las ocupaciones suaves o tumultuosas, peligrosas o útiles.

XXIV. «Los hombres tienen un instinto secreto que les lleva a buscar la diversión y la ocupación fuera, que viene del resentimiento de su miseria continua; y tienen otro instinto secreto que queda de la grandeza de su naturaleza primera, que les hace conocer quela dicha no es efectiva más que en el reposo.»

Como ese instinto secreto es el primer principio y el fundamento necesario de la sociedad, proviene más bien de la bondad de Dios y es más bien el instrumento de nuestra dicha que el resentimiento de nuestra miseria. Yo no sé lo que nuestros primeros padres hacían en el paraíso terrestre; pero si cada uno de ellos no pensaba más que en sí mismo, la existencia del género humano corría grandes riesgos. ¿No es absurdo pensar que tenían sentidos perfectos, es decir, instrumentos de acción perfectos, únicamente para la contemplación? ¿Y no es gracioso que cabezas pensantes puedan imaginar que la pereza es un título de grandeza y la acción un rebajamiento de nuestra naturaleza?

XXV. «Por eso, cuando Cíneas decía a Pireo que se proponía gozar de reposo con sus amigos después de haber conquistado una gran parte del mundo, que haría mejor avanzando él mismo su dicha y gozando desde entonces de ese reposo, sin ir a buscarlo tras tantas fatigas, le daba un consejo que entrañaba grandes dificultades y que no era en nada más razonable que el designio de ese joven ambicioso. Uno y otro suponían que el hombre puede contentarse consigo mismo y con sus bienes presentes, sin llenar el vacío de su corazón de esperanzas imaginarias, lo que es falso. Pirro no podía ser dichoso ni antes ni después de haber conquistado el mundo.»

El ejemplo de Cíneas está bien en una sátira de de Despréaux, pero no en un libro de filosofía (1). Un rey sabio puede ser feliz en su tierra; y de que se nos presente a Pirro como un loco, no se concluye nada para el resto de los hombres.

XXVI. «Debemos reconocer que el hombre es tan desdichado que incluso se aburriría sin ninguna causa extraña de hastío, por el propio estado de su condición.» 

Por el contrario, el hombre es dichoso a ese respecto y debemos gran agradecimiento al autor de la naturaleza por haber unido el hastío a la inacción, a fin de forzarnos de ese modo a ser útiles al prójimo y a nosotros mismos.

XXVII. «¿De dónde viene que ese hombre que ha perdido hace poco su hijo único j que, abrumado de procesos y de querellas, estaba esta mañana tan turbado, ya no piense en ello ahora? No os asombréis; está muy ocupado en ver por dónde pasará un ciervo que sus perros persiguen con ardor desde hace seis horas. El hombre no necesita más, por muy lleno de tristeza que esté. Si se puede lograr hacerle entrar en alguna diversión, ya le tenemos feliz durante ese tiempo.»

Ese hombre hace maravillosamente: la distracción es un remedio más seguro contra el dolor que la quinina contra la fiebre; no censuremos por esto a la naturaleza, que siempre está lista a socorrernos.

XXVIII. «Imaginarse un grupo de hombres encadenados, y todos condenados a muerte, de los que unos cuantos son cada día degollados a la vista de los otros, viendo los que quedan su propia condición en la de sus semejantes y, mirándose unos a otros con dolor y sin esperanza, esperan su hora. Esta es la imagen de la condición de los hombres.»

Esta comparación ciertamente no es justa: los desdichados encadenados a los que se degüella uno tras otro son desdichados, no solamente porque sufren, sino porque experimentan lo que otros hombres no sufren. La suerte natural de un hombre no es estar encadenado ni ser degollado; pero todos los hombres están hechos, como los animales y las plantas, para crecer, para vivir un cierto tiempo, para producir un semejante y para morir. Se puede en una sátira mostrar al hombre por el lado malo como se quiera; pero, por poco que uno se sirva de la razón, se confesará que, de todos los animales, el hombre es el más perfecto, el más feliz y el que vive más tiempo. En lugar, pues, de asombrarnos y de quejarnos de la desdicha y de la brevedad de la vida, debemos asombrarnos y felicitarnos de nuestra dicha y de su duración. Razonando sólo como filósofo, me atrevo a decir que hay mucho orgullo y temeridad en pretender que por nuestra naturaleza debemos ser mejores de lo que somos.

[Los dos pensamientos suplementarios que siguen fueron intercalados en 1739. N. del T.]

I. «Pues, en fin, si el hombre no hubiese sido corrompido, gozaría de la verdad de la felicidad con seguridad, etc.: hasta tal punto es manifiesto que hemos estado en un grado de perfección del que hemos caído.»
Es seguro por la fe y por nuestra revelación, tan por encima de las luces de los hombres, que hemos caído; pero nada está menos manifiesto a la razón. Pues yo quisiera saber si Dios no podía, sin derogar su justicia, crear al hombre tal como es hoy; e incluso, ¿no lo ha creado para llegar a ser lo que es? ¿El estado presente del hombre no es un beneficio del Creador? ¡Quién os ha dicho que Dios os debía más! ¿Quién os ha dicho que vuestro ser exigía más conocimiento y más dicha? ¿Quién os ha dicho que comporta más? Os asombráis de que Dios haya hecho al hombre tan limitado, tan ignorante, tan poco dichoso; ¿por qué no os asombráis de que no lo haya hecho aún más limitado, más ignorante, más desdichado? Os quejáis de una vida tan corta y tan infortunada; dad gracias a Dios de que no sean aún más corta y más desventurada. ¡Pues qué! ¡Según vos, para razonar consecuentemente, haría falta que todos los hombres acusasen a la providencia, excepto los metafísicos que razonan sobre el pecado original!
II. «El pecado original es una locura ante los hombres; pero se le da por tal.» 
¿Por qué contradicción demasiado palpable decís, pues, que ese pecado original es manifiesto? ¿Por qué decís que todo nos advierte de él? ¿Cómo puede ser al mismo tiempo una locura y estar demostrado por la razón?

XXIX. «Los sabios de entre los paganos que han dicho que no hay más que un Dios han sido perseguidos, los judíos odiados, los cristianos aún más.»

Han sido a veces perseguidos, lo mismo que lo sería hoy un hombre que viniese a enseñar la adoración de un Dios, independiente del culto admitido. Sócrates no ha sido condenado por haber dicho: No hay más que un Dios, sino por haberse elevado contra el culto exterior del país y por haberse hecho enemigos muy poderosos inoportunamente. Respecto a los judíos, eran odiados, no porque no creyesen más que en un Dios, sino porque odiaban ridículamente a las otras naciones, porque eran bárbaros que pasaban a cuchillo sin piedad a sus enemigos vencidos, porque ese vil pueblo, supersticioso, ignorante, privado de artes, privado de comercio, despreciaba a los pueblos más civilizados. En cuanto a los cristianos, eran odiados por los paganos porque intentaban derribar la religión y el imperio, lo que finalmente lograron, tal como los protestantes se han hecho los dueños en los mismos países en que fueron mucho tiempo odiados, perseguidos y asesinados.

XXX. «Los defectos de Montaigne son grandes. Está lleno de palabras sucias y deshonestas. Esto no vale nada. Sus opiniones sobre el homicidio voluntario y sobre la muerte son horribles.»

Montaigne habla como filósofo, no como cristiano:dice el pro y el contra del homicidio voluntario. Filosóficamente hablando, ¿qué mal hace a la sociedad un hombre que la abandona porque ya no puede servirla? Un viejo tiene el mal de piedra y sufre dolores insoportables; le dicen: «Si no os hacéis abrir, moriréis; si os abren, podréis todavía parlotear, babear y arrastraros durante un año, convertido en una carga para vos mismo y para los otros». Supongo que el buen hombre toma entonces el partido de no ser más una carga para nadie: he aquí más o menos el caso que Montaigne expone.

XXXI. «¿Cuántos astros que no existían para nuestros filósofos de antaño nos han descubierto los telescopios? Se atacaba audazmente a la Escritura por lo que se encuentra en tantos lugares de ella sobre el gran número de las estrellas. No hay más que mil veintidós, decían; ahora ya lo sabemos.»

Es cierto que la Sagrada Escritura, en materia de física, se ha adaptado siempre a las ideas aceptadas; de este modo, supone que la tierra está inmóvil, que el sol se mueve, etc.. No es en absoluto por un refinamiento de astronomía por el que dice que las estrellas son innumerables, sino para conciliarse con las ideas vulgares. En efecto, aunque nuestros ojos no descubran más que alrededor de mil veintidós estrellas, sin embargo cuando se mira al cielo fijamente, la vista deslumbrada cree entonces ver una infinidad. La Escritura habla, pues, según este prejuicio vulgar, pues no nos ha sido dada para hacernos físicos; y, según todas las apariencias, Dios no reveló ni a Habacuc ni a Baruch ni a Miqueas, que un día un inglés llamado Flamstead pondría en su catálogo más de siete mil estrellas descubiertas con el telescopio.

XXXII. «¿Acaso es valor en un hombre moribundo el ir, en medio de la debilidad y la agonía, a ofender a un Dios todopoderoso y eterno?»

Eso nunca ha sucedido; y no es quizá más que un violento arrebato del cerebro si un hombre dice: «Creo en un Dios y le desafío.»

XXXIII. «Creo gustoso en las historias cuyos testigos se hacen degollar.»

La dificultad no reside solamente en saber si se creerá a los testigos que mueren para sostener su declaración, como han hecho tantos fanáticos, sino también si esos testigos han muerto efectivamente por eso, si se han conservado sus declaraciones, si han habitado en los países en que se dice que han muerto. ¿Por qué Josefo, nacido en los tiempos de la muerte de Cristo, Josefo, el enemigo de Herodes, Josefo, poco apegado al judaismo, no dice ni una palabra de todo eso? Eso es lo que el Sr. Pascal podría haber desentrañado con éxito, como han hecho después tantos escritores elocuentes.

XXXIV. «Las ciencias tienen dos extremos que se tocan. El primero es la pura ignorancia natural en que se encuentran todos los hombres al nacer; el otro extremo es aquel al que llegan las grandes almas, que habiendo recorrido todo lo que los hombres pueden saber encuentran que no saben nada, y vuelven a hallarse en esa ignorancia de la que habían partido.»

Este pensamiento es un puro sofisma, y la falsedad consiste en esa palabra ignorancia, que se toma en dos sentidos diferentes. Quien no sabe leer ni escribir es un ignorante; pero un matemático, por el hecho de ignorar los principios ocultos de la naturaleza, no está en el punto de ignorancia del que partió cuando empezó a leer. El Sr. Newton no sabía por qué el hombre mueve su brazo cuando quiere, pero no por eso era menos sabio sobre lo demás. El que no sabe hebreo y sabe latín, es sabio por comparación al que no sabe más que francés.

XXXV. «No es ser feliz el poder verse alegrado por la diversión, pues ésta viene de otra parte y de fuera, y de este modo es dependiente y en consecuencia, sujeta a verse turbada por mil accidentes que hacen las aflicciones inevitables.»

Es actualmente feliz quien tiene placer, y ese placer no puede venir más que de fuera. No podemos tener sensaciones e ideas más que por los objetos exteriores, del mismo modo que no podemos alimentar nuestro cuerpo más que haciendo entrar sustancias extrañas que se transforman en la nuestra.

XXXVI. «El extremado ingenio es acusado de locura, como la extremada ausencia de él. Nada pasa por bueno salvo la mediocridad.»

No es el extremado ingenio, sino la extremada vivacidad y volubilidad del ingenio lo que se ve acusado de locura. El extremado ingenio es la extremada justeza, la extremada finura, la extremada extensión, lo diametralmente opuesto a la locura.

La extremada carencia de ingenio es una falta de concepción, un vacío de ideas; no es la locura, sino la estupidez. La locura es un desorden en los órganos, que hace ver varios objetos demasiado deprisa o que detiene la imaginación sobre uno sólo con demasiada aplicación y violencia. No es tampoco la mediocridad lo que pasa por buena, es el alejamiento de los dos vicios opuestos, lo que se llama justo medio y no mediocridad.

XXXVII. «Si nuestra condición fuese verdaderamente feliz, no haría falta distraernos de pensar en ella.»

Nuestra condición es precisamente pensar en los objetos exteriores, con los que tenemos una relación necesaria. Es falso que se pueda distraer a un hombre de pensar en la condición humana, pues, a cualquier cosa que aplique su ingenio, lo aplica a algo unido necesariamente a la condición humana, y repito una vez más, que pensar en sí mismo con abstracción de las cosas naturales, es no pensar en nada en absoluto, téngase mucho cuidado.

Lejos de impedirle a un hombre pensar en su condición, nunca le entretienen más que las ventajas de su condición. Se habla a un sabio de reputación y de ciencia; aun príncipe, de lo que tiene relación con su grandeza; y a todo hombre se le habla del placer.

XXXVIII. «Los grandes y los pequeños tienen los mismos accidentes, los mismos enfados y las mismas pasiones. Pero los unos están en lo alto de la calle y los otros cerca del centro, y de este modo menos agitados por los mismos movimientos.»

Es falso que los pequeños sean menos agitados que los grandes; por el contrario, sus desesperaciones son más vivas porque tienen menos recursos. De cada cien personas que se matan en Londres, hay noventa y nueve del pueblo bajo, y apenas una de condición elevada. La comparación de la calle es ingeniosa y falsa.

XXXIX. «No se enseña a los hombres a ser gente honrada, y se les enseña todo lo demás, y, sin embargo, no se precian de nada tanto como de eso. De tal modo que no se precian de saber más que la única cosa que no aprenden.»

Se enseña a los hombres a ser gente honrada y, sin eso, pocos llegarían a serlo. Dejad a vuestro hijo tomar en su infancia todo lo que encuentre a mano, y a los quince años será salteador de caminos; alabadle por haber dicho una mentira y llegará a ser falso testigo; halagad su concupiscencia y será seguramente un libertino. A los hombres se les enseña todo, la virtud, la religión.

XL. «¡Qué tonto proyecto ese de pintarse que tuvo Montaigne! Y eso no de pasada y contra sus máximas como le termina por pasar a todo el mundo, sino por sus propias máximas y por su designio primero y principal, pues decir tonterías por azar o debilidad es un mal ordinario, pero decirlas a propósito, eso ya no es soportable, y además, decir tales como esa.»

¡Qué encantador proyecto tuvo Montaigne de pintarse ingenuamente, tal como hizo!, pues así pintó la naturaleza humana; ¡y qué pobre proyecto el de Nicole de Male-branche o de Pascal, de censurar a Montaigne!

XLI. «Cuando he considerado de dónde viene lo de que se conceda tanta fe a tantos impostores que dicen que tienen remedios, hasta poner a menudo la vida en sus manos, me ha parecido que la verdadera causa es que hay verdaderos remedios, pues no sería posible que hubiera tantos falsos, y que se concediese tanto crédito, si no ¡os hubiera verdaderos. Si nunca los hubiera habido, y todos los males hubieran sido incurables, es imposible que ios hombres se hubiesen imaginado que podían darles remedio, y lo que es más, que tantos otros hubiesen dado crédito a los que se hubieran jactado de tenerlo. Lo mismo que si un hombre se jactase de impedir morir, nadie le creería, porque no hay ningún ejemplo de eso. Pero como ha habido cantidad de remedios que han sido encontrados verdaderos por el conocimiento mismo de los más grandes hombres, el crédito de los hombres se ha plegado por ahí, y por lo de que la cosa no podía ser negada en general (puesto que hay efectos particulares que son verdaderos) el pueblo, que no puede discernir cuáles de entre esos efectos particulares son los verdaderos, los cree todos. De igual modo, lo que hace que se atribuyan tantos falsos efectos a la luna, es que los hay verdaderos, como el flujo del mar.
Del mismo modo, me parece con igual evidencia, que no hay tantos milagros, falsas revelaciones, sortilegios, más que porque los hay verdaderos.»

Me parece que la naturaleza humana no tiene necesidad de lo verdadero para caer en lo falso. Se le han imputado mil falsas influencias a la luna antes de que se imaginase la,menor relación verdadera con el flujo del mar. El primer hombre que se puso enfermo creyó sin esfuerzo en el primer charlatán. Nadie ha visto hombres-lobo ni brujos, y muchos han creído. Nadie ha visto trasmutación de los metales, y varios han sido arruinados por dar crédito a la piedra filosofal. ¿Acaso los romanos, los griegos, todos los paganos creían en los falsos milagros de que estaban inundados porque habían visto verdaderos?

XLII. «El puerto orienta a los que están en un barco; ¿pero dónde encontraremos ese punto en la moral?»

En esta única máxima, aceptada por todas las naciones: «no hagas a otro lo que no quisieras que te hicieran a ti mismo».

XLIII. «Ferox gens nullan esse vitam sine armis putat. Prefieren ¿a muerte a la paz; los otros prefieren la muerte a la guerra. Toda opinión puede ser preferida a la vida, cuyo amor parece tan fuerte y tan natural.»

Es de los catalanes de quien Tácito ha dicho esto; pero no hay de quien se haya dicho o se pueda decir: «Prefiere la muerte a la guerra».

XLIV. «A medida que se tiene más ingenio, se encuentra que hay más hombres originales. Las gentes vulgares no encuentran diferencia entre los hombres.»

Hay muy pocos hombres verdaderamente originales; casi todos se gobiernan, piensan y sienten por influencia de la costumbre y dé la educación; nada es tan raro como un espíritu que marcha por un camino nuevo; pero entre esa multitud de hombres que van en compañía, cada uno tiene pequeñas diferencias en el paso, que las vistas finas advierten.

XLV. «Hay pues dos clases de ingenio: el uno penetra vivamente y profundamente en las consecuencias de los principios, y es el ingenio de justeza; el otro comprender un gran número de principios sin confundirlos, y ese es el ingenio de geometría.»

El uso quiere, según creo, que hoy se llame ingenio geométrico al espíritu metódico y consecuente.

XLVI. «La muerte es más fácil de soportar sin pensar en ella, que el pensamiento de la muerte sin peligro.»

No se puede decir que un hombre soporte la muerte fácilmente o difícilmente, cuando no piensa en ella en absoluto. Quien no siente nada no soporta nada.

XLVII. «Suponemos que todos los hombres conciben y sienten de la misma forma los objetos que se presentan a ellos; pero lo suponemos muy gratuitamente, pues no tenemos de ello ninguna prueba. Yo veo sin duda que se aplican las mismas palabras en las mismas ocasiones, y que todas las veces que dos hombres ven,por ejemplo, nieve, expresan los dos la vista de ese mismo objeto por medio de las mismas palabras, diciendo uno a otro que es blanca; y de esta conformidad de aplicación se saca una poderosa conjetura de conformidad de idea; pero esto no es absolutamente convincente, aunque haya motivo para apostar por la afirmación.»

No era el color blanco lo que había que haber aportado como prueba. El blanco, que es una reunión de todos los rayos, parece brillante a todo el mundo, deslumbra un poco a la larga, hace a todos los ojos el mismo efecto; pero se podría decir que quizá los otros colores no son advertidos por todos los ojos de la misma manera.

XLVIII. «Todo nuestro razonamiento se reduce a ceder al sentimiento.»

Nuestro razonamiento se reduce a ceder al sentimiento en materia de gusto, no de ciencia.

XLIX. «Los que juzgan una obra por medio de una regla son respecto a los otros los que tienen un reloj respecto a los que no tienen. Uno dice: "Hace dos horas que estamos aquí", el otro dice: "No hace más que tres cuartos de hora" Yo miro mi reloj; le digo a uno: "Os aburrís"; y al otro: "El tiempo se os hace corto".»

En obras de gusto, en música, en poesía, en pintura, es el gusto el que hace el papel de reloj; y el que no juzga más que por reglas, juzga mal.

L. «Me parece que César era demasiado viejo para divertirse conquistando el mundo. Este entretenimiento era bueno para Alejandro; era un joven al que resultaba difícil detener; pero César debía ser más maduro.»

La gente cree de ordinario que César y Alejandro salieron de su país con la intención de conquistar el mundo; no es eso en absoluto: Alejandro sucedió a Filipo en el generalato de Grecia, y fue encargado de la justa empresa de vengar a los griegos de las injurias del rey de Persia: batió al enemigo común y continuó sus conquistas hasta la India, porque el reino de Darío se extendía hasta la India; lo mismo que el duque de Malborough hubiera llegado hasta Lyon si no fuera por el Mariscal de Villars.

En lo tocante a César, era uno de los primeros de la república. Regañó con Pompeyo como los jansenistas con los molinistas; y entonces la cosa fue ver quién exterminaba a quién. Una sola batalla, en la que no hubo ni diez mil muertos, lo decidió todo. Por lo demás, el pensamiento del Sr. Pascal es quizá falso en todos los sentidos. Hacía falta la madurez de César para desenvolver entre tantas intrigas; y es asombroso que Alejandro, a su edad, renunciase al placer para hacer una guerra tan penosa.

LI. «Es una cosa divertida de considerar el que haya gentes en el mundo que, habiendo renunciado a todas las leyes de Dios y de la naturaleza, se han hecho otras ellos mismos, a las que obedecen exactamente, como por ejemplo, los ladrones, etc.»

Eso es algo más útil que divertido de considerar; pues eso prueba que ninguna sociedad de hombres puede subsistir un sólo día sin reglas.

LII. «El hombre no es ni ángel ni animal; y la desdicha quiere que quien quiere hacerse el ángel haga el animal.»

Quien quiere destruir las pasiones, en lugar de regularlas, quiere hacerse el ángel. LIII. «Un caballo no busca hacerse admirar por su compañero: se ve entre ellos cierto tipo de emulación en la carrera, pero sin mayores consecuencias, pues, cuando están en el establo, el más pesa y el peor conformado no cede por eso su avena al otro. No sucede lo mismo entre los hombres: su virtud no se satisface por sí misma;y no están contentos si no sacan ventaja contra los otros.»

El hombre peor conformado tampoco cede su pan al otro, pero el más fuerte se lo quita al más débil; y tanto entre los animales como entre los hombres, los grandes se comen a los pequeños.

LIV. «Si el hombre comenzase por estudiarse a sí mismo, vería hasta qué punto es incapaz de ir más allá. ¿Cómo una parte podría conocer el todo? Aspirará a conocer al menos las partes con las que guarda proporción. Pero las partes del mundo tienen todas tal relación y tal engarzamiento las unas con las otras, que creo imposible conocer una sin la otra y sin el todo.»

Sería no apartar al hombre de buscar lo que le es útil, por esa consideración de que no puede conocerlo todo.

Non possis oculo quantum contendere Lynceus,
Non tamen idcirco contemnas lippus inungi (2).

Conocemos muchas verdades; hemos encontrado muchos inventos útiles. Consolémonos de no saber las relaciones que puede haber entre una araña y el anillo de Saturno, y continuemos examinando lo que está a nuestro alcance.

LV. «Si el rayo cayese sobre los lugares bajos, los poetas y los que no saben razonar más que sobre cosas de esta naturaleza carecerían de pruebas.» Una comparación no es prueba ni en poesía ni en prosa: sirve en poesía de embellecimiento, y en prosa sirve para iluminar y hacer las cosas más sensibles. Los poetas que han comparado las desdichas de los grandes al rayo que cae en las montañas harían comparaciones contrarias, si sucediese lo contrario.

LVI. «Es esta composición de espíritu y de cuerpo la que ha hecho que casi todos los filósofos hayan confundido las ideas de las cosas, y atribuido a los cuerpos lo que no corresponde más que a los espíritus, y a los espíritus lo que no puede convenir más que a los cuerpos.»

Si supiésemos lo que es el espíritu, podríamos quejarnos de que los filósofos le hayan atribuido lo que no le pertenece; pero no conocemos ni el espíritu ni el cuerpo; no tenemos ninguna idea del uno, y no tenemos más que ideas imperfectas del otro. Luego no podemos saber cuáles son sus límites.

LVII. «Tal como se dice belleza poética, se debería decir belleza, geométrica y belleza medicinal. Sin embargo, no se dice, y la razó» estriba en que se sabe bien cuál es el objeto de la geometría, y cuál es el objeto de la medicina, pero no se sabe en qué consiste el agrado que es el objeto de la poesía. No se sabe qué es ese modelo natural que hay que imitar; y, a falta de ese conocimiento, se han inventado ciertos términos extraños: siglo de oró, maravilla de nuestros días, fatal laurel, hermoso astro, etc.;y se llama a esa jerga belleza poética. Pero quien se imaginase a una mujer vestida según ese modelo, vería a una bonita señorita toda cubierta de espejos y de cadenas de latón.»

Eso es muy falso, no se debe decir belleza geométrica ni belleza medicinal, porque un teorema y una purga no afectan a los sentidos agradablemente, y no se da el nombre de belleza más que a las cosas que encantan a los sentidos, como la música, la pintura, la elocuencia, la poesía, la arquitectura regular, etc.

La razón que aporta el Sr. Pascal es igualmente falsa. Se sabe muy bien en qué consiste el objeto de la poesía: consiste en pintar con fuerza, nitidez, delicadeza y armonía; la poesía es la elocuencia armoniosa. Es preciso que el Sr. Pascal tuviese muy poco gusto para decir que fatal laurel, hermoso astro, y otras tonterías son bellezas poéticas; y es preciso que los editores de esos Pensamientos fuesen personas muy poco versadas en literatura para imprimir una reflexión tan indigna de su ilustre autor.

No os envío mis restantes acotaciones sobre los Pensamientos del Sr. Pascal, que exigirían discusiones demasiado largas. Es suficiente haber creído advertir algunos errores de inadvertencia en ese gran genio; es un consuelo para un espíritu tan limitado como el mío estar completamente persuadido de que los grandes hombres se equivocan como el vulgo.

Notas
1. Opinión de la que discrepa Simone de Beauvoir, que tiene un ensayo sobre moral precisamente titulado Pirro y Cíneas.
(2) Horacio: Epístolas, I, 1, 28-29

Cartas Filosóficas (Vigésimoquinta) (1734)
Traducción Fernando Savater
Barcelona, Altaya, 1993
Imagen: Busto de Voltaire por Jean-Antoine Houdon. Foto Barney Burstein Corbis

Ver Apéndices I (1742) y II (1777) en Ignoria