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10 mar. 2014

Mario Bunge: Historias imaginarias

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El historiador económico Robert W. Fogel fue galardonado con el premio Nobel. Lo ganó no sólo por sus contribuciones a la historia económica normal, sino también por sus ensayos de historia contrafáctica, o sea, contraria a los hechos. Entre ellos descuella su interesante fantasía económica sobre lo que habría sido la evolución de la economía norteamericana sin ferrocarriles. Fogel pretende haber demostrado que dicha anomalía no habría alterado radicalmente el poderío económico estadounidense, ya que, a falta de vías férreas, el transporte se habría hecho por canales y rutas. 

Pero el propósito de este ensayo no es evaluar las historias contrafácticas ni averiguar si son comprobables además de divertidas. Sólo me propongo conferir visos de respetabilidad intelectual a las tres historias imaginarias que siguen. Ellas conciernen a otros tantos dictadores tan famosos como poderosos del siglo pasado. Las tres comienzan a fines de la Primera Guerra Mundial. Y las tres se proponen sugerir que una pequeña desviación en un momento crítico de una vida puede tener consecuencias mayúsculas para mucha gente.

12 sept. 2013

Mario Bunge: Filosofía y Psicología

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Algunos conceptos filosóficos que intervienen en la Psicología

Considérense las siguientes oraciones tomadas casi al azar. Déjese de lado la cuestión de si son verdaderas o falsas, y concéntrese la atención en los conceptos clave que figuran en ellas. De hecho, un análisis de la negación de los enunciados que siguen arrojaría el mismo resultado, a saber, que los psicólogos emplean conceptos filosóficos aun cuando no siempre lo adviertan. 

1. Todos los procesos mentales son procesos neurofisiológicos.
2. Todos los vertebrados superiores son capaces de tener procesos mentales.
3. Todos los seres humanos son animales sociales y aprenden los unos de los otros.
4. Todas las funciones mentales cambian en el curso del desarrollo individual y de la evolución de las especies, al cambiar las conexiones neuronales.
5. Lejos de ser mutuamente independientes, las funciones mentales constituyen un sistema funcional.
6. La psicología contemporánea es una ciencia, si bien no es independiente ni madura.
7. La psicología clínica y la psiquiatría auténticas y eficaces se fundan en alguna medida sobre la investigación psicológica, del mismo modo que el charlatanismo psicoterapéutico o psiquiátrico se basan en psicologías seudocientíficas.
8. Los hallazgos de la investigación psicológica son trozos de conocimiento contrastable acerca de vertebrados superiores, en particular seres humanos.
9. Algunas teorías psicológicas comprenden conceptos borrosos, tales como los de inteligencia, conciencia, id (ello) y proyección. 
10. El comportamiento humano satisface no sólo leyes naturales sino también ciertas normas o convenciones morales o legales, y actualiza ciertos valores.

Identifiquemos los términos filosóficos que figuran en las oraciones precedentes. Ante todo, los conceptos universales «todo» y «alguno», así como «o» e «y» (o la coma), se estudian en lógica. Lo mismo vale para «son» y para los conceptos de inferencia y de teoría. Ahora bien, lalógica es parte de la filosofía, así como de la matemática. Puesto que el psicólogo emplea conceptos lógicos, y puesto que la lógica es la única ciencia que no presupone a ninguna otra, la psicología presupone a la lógica. Esto no implica que todos los psicólogos siempre razonen correctamente. Sólo sugiere que si desean hacerlo, y si desean efectuar análisis lógicos correctos, deberían prestar alguna atención a la lógica.

Los conceptos «acerca de» (o «se refiere a») y «borroso» (referente a conceptos) pertenecen a la semántica, vecina de la lógica. Lo mismo se aplica a los conceptos de significado y verdad. El hecho de que estos conceptos y sus parientes se presenten con frecuencia en el discurso del psicólogo no implica que éste deba estudiar semántica, tanto más por cuanto no existe una teoría semántica generalmente aceptada. Sin embargo, debería tener en cuenta que todas las teorías psicológicas plantean algunos problemas semánticos. En particular, debería preguntarse si ciertas oraciones tienen sentido, si la verdad es alcanzable al menos en alguna medida (pese a los «posmodernos»), o si ciertas oraciones representan hechos o bien son definiciones, tautologías o fórmulas de la matemática pura.

Los conceptos de proceso, ley, sistema y evolución, que también figuran en nuestra lista, son muy generales: no son propiedad exclusiva de alguna ciencia especial. Otro tanto ocurre con los conceptos de espacio y tiempo, de causalidad y azar, de vida y mente, de comportamiento y sociedad. Estos y muchos otros conceptos se analizan y sistematizan en la ontología (o metafísica), una de las ramas más antiguas de la filosofía. Naturalmente, el psicólogo no tiene por qué convertirse en ontólogo profesional. Sin embargo, no le vendría mal aprender algo de ontología, por ejemplo, cuando se pregunte acerca de la diferencia entre cosa y función, realidad y apariencia, tiempo psicológico y tiempo físico, o causalidad y azar.

Los conceptos de conocimiento, ciencia, seudociencia, y contrastabilidad pertenecen a la gnoseología (o «teoría» del co-nocimiento), otra rama de la filosofía. Idem los de hipótesis, confirmación, error, inducción, racionalidad y límites del conocimiento. Puesto que tanto los psicólogos como los filósofos se interesan por el conocimiento, sería deseable que trabasen conocimiento entre sí. En particular, podría ocurrir que los psicólogos encontrasen interesante (o irritante) leer lo que han escrito los epistemólogos acerca del alcance de la inducción y la función de la deducción.

Finalmente, los conceptos de valor y norma (o regla) se estudian en axiología («teoría» de valores) y ética. Es sabido que ambos son centrales en la psicología del desarrollo y la psicología social, en particular la psicología del desarrollo moral. Pero también es sabido que son conceptos problemáticos que exigen reflexión metódica.

Hemos probado, pues, la tesis de que la psicología y la filosofía comparten algunos conceptos que, por añadidura, son importantes y son estudiados especialmente por filósofos. A continuación demostraremos que la psicología y la filosofía también comparten algunos principios.


Algunos principios filosóficos inherentes a la investigación psicológica

Someto a consideración de los lectores la tesis de que todos los principios filosóficos que enunciaré a continuación son adoptados por algunos, quizá casi todos, los investigadores en psicología científica. Aun cuando sólo algunos de estos principios obrasen en la investigación psicológica, ello bastaría para demostrar nuestra tesis de que la psicología contiene principios filosóficos, tanto más por cuanto la negación de éstos probaría lo mismo.

1. Muchos hechos, en particular hechos de tipo mental, son cognoscibles, aunque sólo sea parcialmente, imperfectamente y gradualmente.
2. Un animal (en particular un ser humano) puede conocer un objeto concreto sólo si ambos pueden conectarse mediante señales que el primero puede detectar y descifrar («interpretar»).
3. La experiencia ordinaria (o la intuición) es necesaria pero insuficiente para entender sistemas complejos tales como el ser humano y la sociedad humana: para ello también debemos valernos de la observación, del experimento y de la teoría.
4. La observación y el experimento deberían ser guiados por la teoría, y a su vez ésta debería ser puesta a prueba por datos observacionales o experimentales.
5. En las ciencias, la descripción es necesaria pero insuficiente: también deberíamos intentar explicar, a fin de entender. Igualmente, deberíamos hacer predicciones, tanto para contrastar nuestras hipótesis como para planear nuestros actos.
6. Explicar un proceso mental de una manera profunda y com-probable es poner al descubierto su(s) mecanismo(s) neurofisiológico(s).
7. Las hipótesis programáticas imprecisas, de la forma «La variable y depende de la variable x», así como las correlaciones estadísticas, no son resultados finales de la investigación. A lo sumo son puntos de arranque de proyectos de investigación y guían la búsqueda de leyes.
8. La psicología es una ciencia, no una rama de las letras, y es tanto biológica como sociológica (o sea, es una ciencia socionatural).
9. Las fronteras entre los diversos capítulos de la psicología son algo artificiales (o arbitrarias) y variables. Esto se debe a que cada uno de dichos capítulos estudia funciones específicas de una parte de un único sistema nervioso.
10. Es deshonesto inventar datos, proponer deliberadamente conjeturas incomprobables, publicar textos incomprensibles y utilizar psicoterapias o tratamientos psiquiátricos que no han sido convalidados experimentalmente.

No disponemos de lugar para defender o atacar estos principios, tarea que he acometido en otros lugares. Lo único que importa por el momento es que esas proposiciones y sus negaciones son filosófico-científicas porque a) contienen conceptos filosóficos y científicos, b) pertenecen a la filosofía (o metateoría) de la psicología y c) son adoptadas (o rechazadas explícitamente) por investigadores en psicología.


Algunos problemas filosóficos-psicológicos

Confeccionaremos ahora una lista de problemas que, por ser extremadamente generales y por referirse a la mente, al com-portamiento, o a la ciencia de ambos, son tanto filosóficos como psicológicos.

1. ¿Qué es la mente: un ente inmaterial, una colección de pro-gramas, o una colección de procesos cerebrales, o acaso ninguno de éstos?
2. ¿Están relacionados la mente y el cuerpo? Si lo están, ¿cómo? ¿Son lo mismo o diferentes? Si lo primero, ¿cómo se explica que los describamos con ayuda de predicados tan diferentes? Si lo segundo, ¿son cosas, o la una es función del otro al modo en que la digestión es función del aparato digestivo?
3. ¿Puede la mente dominar o controlar al cuerpo? Si sí, ¿cuál es el mecanismo en juego?
4. ¿Hay fenómenos psicosomáticos? Si los hay, ¿son ejemplos de la misteriosa acción del alma inmaterial sobre el cuerpo, o pueden explicarse, al menos en principio, como procesos neuroendocrinoinmunes?
5. La emoción, el conocimiento (en particular la percepción y el aprendizaje), la voluntad y la acción ¿Son mutuamente independientes o interactúan? Si lo segundo, ¿cómo?
6. ¿Cómo cambian las emociones, ideas, recuerdos, imágenes e intenciones: por acción de estímulos externos (en particular sociales), por la dinámica cerebral o por ambos?
7. El libre albedrío ¿es real o ilusorio? Y ¿somos esclavos de nuestro genoma, de pasiones incontrolables, o de circunstancias externas?
8. La psicología ¿es idiográfica (limitada a particulares), no-motética (legal) o ambas a la vez?
9. La psicología ¿es una ciencia natural, social, o mixta?
10. La psicología básica o pura ¿es ajena a los valores y moralmente neutral? Y ¿qué sucede a este respecto con la psicología clínica, la psicología aplicada a la publicidad y a la política, la neurología y la psiquiatría?

Estos problemas están situados en la intersección de la psicología con la filosofía, puesto que contienen conceptos científicos y filosóficos. Por consiguiente, sólo pueden ser tratados con competencia con ayuda de herramientas y hallazgos de ambas disciplinas.


Controversias filosóficas en Psicología

Puesto que los psicólogos utilizan conceptos y principios filosóficos, y abordan problemas de interés filosófico, no debería sorprender que adopten posturas filosóficas y ocasionalmente se vean envueltos en controversias filosóficas (aunque no siempre bajo este rubro). Sin embargo, la mayoría de los científicos rehuyen la controversia y no se detienen a examinar en profundidad o detalle sus propios credos filosóficos. Los positivistas y Karl R. Popper les han dicho que la ciencia y la filosofía no se solapan, y Thomas S. Kuhn ha sostenido que la controversia es más típica de la teología que de la ciencia.

Una consecuencia común de esta despreocupación por la filosofía explícita es la incoherencia entre teoría y práctica. Por ejemplo, Hermann von Helmholtz, uno de los fundadores de la psicología fisiológica, declaró su adhesión a Kant, quien había negado la posibilidad de la psicología experimental. Y Wilder Penfield, quien tanto hizo por renovar la psicología fisiológica y por confirmar la hipótesis de la identidad psiconeural, conservó el credo dualista y religioso que aprendió de niño. En resumen, la filosofía explícita de un psicólogo puede ser incompatible con la filosofía tácita inherente a su investigación experimental. Algunas controversias científico-filosóficas se originan precisamente en tales choques entre creencias tácitas y creencias explicitas.

He aquí algunas de las principales controversias filosóficas que se desarrollan en la comunidad psicológica contemporánea:

1. ¿Existe el mundo exterior al sujeto, o todo lo que hay es una construcción mental? En otras palabras, el sujeto ¿construye la realidad circundante o la modela? (Éste es parte del problema ontológico y gnoseológico del realismo.)
2. ¿Hay pautas psicológicas objetivas (leyes), o todos los fenó-menos son accidentales? (Éste es parte del problema ontológico de la legalidad, y del problema gnoseológico de distinguir las pautas objetivas de las proposiciones que las representan.)
3. El psicólogo ¿debería limitar su labor matemática a unir puntos experimentales y a calcular correlaciones y otros parámetros estadísticos, tales como promedios y varianzas, tal como lo exige el credo positivista? ¿O también debería arriesgarse a proponer explicaciones causales, probabilistas o mixtas? (Este problema es tanto metodológico como ontológico.)
4. Las teorías y modelos psicológicos ¿representan hechos mentales de manera más o menos fiel, o son meras metáforas, analogías o incluso trucos retóricos? (Éste es un miembro de la clase de problemas gnoseológicos referentes a la relación entre ideas y hechos.)
5. Las ideas científicas ¿son procesos en mentes (o cerebros) individuales, son construcciones (p. ej., convenciones) sociales, o planean por encima de la gente? (Este problema es parte del problema ontológico mente-cerebro.)
6. ¿Puede haber hipótesis científicas verdaderas, al menos aproximadamente, o sólo hay convenciones aceptadas por la comunidad científica del día o impuestas por «el poder»? (Éste es parte del problema gnoseológico del realismo.)
7. El idealismo y el positivismo ¿están realmente muertos en psicología? Si siguen teniendo adherentes, ¿cumplen alguna función creadora, o son sólo limitantes? (Este problema es parte de la cuestión de identificar y evaluar las filosofías que subyacen a las diversas escuelas psicológicas. En particular, es parte del problema de diagnosticar y evaluar el retorno al subjetivismo, el relativismo y el irracionalismo a la moda en la filosofía y la sociología de la ciencia.)
8. ¿Puede rescatarse algo del naufragio del conductismo y del psicoanálisis? Y ¿tiene algo que enseñar la psicología «hu-manística» o de sillón?
9. ¿Deberíamos prescindir totalmente de las llamadas «grandes teorías» (o teorías de dominio muy amplio)? ¿O deberíamos admitirlas a condición de que puedan ser especificadas y contrastadas empíricamente? (Éste es el problema metodológico del tipo de teoría psicológica que deberíamos favorecer.)
10. Los modelos matemáticos ¿pueden capturar la variabilidad, mutabilidad y sutileza de la experiencia subjetiva? (Este problema es parte del problema semántico y metodológico de la relación de la matemática con la realidad.)

Cada una de estas preguntas ha sido contestada afirmativamente por unos y negativamente por otros. El propósito de recordarlas aquí no es averiguar cuál es la respuesta fundada y correcta. El propósito es mostrar que la ciencia, al igual que la ideología (en particular la teología), no está libre de controversias. Lo que si es verdad, contrariamente a lo que afirma Popper, es que la discusión y la crítica son secundarias con respecto al descubrimiento, la invención y la contrastación. El motivo salta a la vista: para poder discutir una idea o ponerla a prueba hay que empezar por pensarla. También es cierto que, a diferencia de lo que sostiene la nueva sociología de la ciencia, las disputas científicas, a diferencia de las ideológicas, pueden conducirse de manera racional y pueden dirimirse honestamente a la luz de datos empíricos y argumentaciones lógicas.


Relevancia de la Psicología para la Filosofía

Afirmar que la psicología y la filosofía se solapan parcialmente equivale a decir que son mutuamente pertinentes. En particular, la investigación seria en la filosofía de la mente (rama de la ontología) y en la filosofía de la psicología (capítulo de la epistemología) requiere algún conocimiento de la psicología científica contemporánea.

Sin embargo, en la actualidad la mayor parte de los filósofos de la mente y de los filósofos de la psicología (entre ellos Chomsky, Davidson, Dennett, Fodor, Kripke, Popper, Putnam, Searle y los secuaces de Wittgenstein) se rehúsan a enterarse de la existencia misma de la psicología contemporánea, en particular la biopsicología. Imitan así a los escolásticos que se negaban a mirar por el telescopio de Galileo. Hacen gala de ignorancia voluntaria y de arrogancia intelectual. Para una persona con orientación científica, esta actitud anticientífica es intelectualmente irresponsable y estéril, cuando no enemiga del progreso.

Con todo, convendrá poner a prueba esta opinión echando un vistazo a una muestra de problemas filosófico-psicológicos.

El más importante de estos problemas es, por supuesto, el antiguo problema mente-cerebro y, en particular, la cuestión de si los procesos mentales son neurofisiológicos. Los tradicionalistas sostienen a priori que tal reducción ontológica de lo mental a lo neural es imposible, simplemente porque la descripción de los fenómeno mentales en lenguaje ordinario no contiene predicados neurofisiológicos. Pero pasan por alto los datos suministrados por la psicología fisiológica, la neurolingüística y la neurología. Y no se les ocurre que tampoco la descripción en lenguaje ordinario de las cosas de uso cotidiano contiene predicados propios de la física y de la química.

Por añadidura, los críticos de la hipótesis de la identidad psiconeural no analizan el concepto de reducción. En particular no advierten que una reducción puede ser ontológica (M = N), gnoseológica (M se explica por N) o ambas. Ejemplos de la primera: la memoria es un engrama, y el olvido es la destrucción de un engrama. Ejemplo de la segunda: las deficiencias motrices y cognoscitivas que sufre el paciente se deben a que sufrió un derrame cerebral.

Sin embargo, la tesis ontológica de la reducibilidad de lo mental a lo neurofisiológico es inherente a la totalidad de la biopsicología. Es más, puede mostrarse que tal reducibilidad ontológica es compatible con la tesis de que la psicología no es totalmente reducible a la neurofisiología. Esto se debe a que a) los procesos neurales son influidos por las circunstancias sociales, y b) la psicología emplea conceptos, hipótesis y técnicas propios, que van más allá de la biología. En resumen, toda discusión seria del problema mente-cerebro exige alguna familiaridad con la psicología fisiológica contemporánea, así como con algunos conceptos técnicos de la filosofía moderna.

Otro viejo problema filosófico-psicológico es el de la intimidad de la experiencia subjetiva. Hasta hace unos años la única manera de averiguar qué «pasaba por la cabeza» de un sujeto era preguntándoselo. Pero este procedimiento no es confiable debido a la posibilidad de engaño, en particular de autoengaño. Además es incompleto, porque se limita a procesos conscientes que ocurren durante la vigilia. Los indicadores fisiológicos de actividad mental, en particular las técnicas de visualización (imaging) de la actividad cerebral inventados en años recientes, en particular el procedimiento de resonancia magnética (MRI), han dado acceso público, crecientemente amplio y profundo, a procesos cognoscitivos y afectivos que otrora se creían fuera del alcance experimental.

Por ejemplo, ahora podemos «ver» en una pantalla si un sujeto está viendo o imaginando, calculando o tomando una decisión. Y no hay argumento filosófico válido contra la posibilidad de mejorar tales técnicas, al punto de que algún día sea posible «leer» las emociones, las imágenes, los sueños y los pensamientos más íntimos de una persona. En una palabra, la subjetividad se ha tornado tema de investigación objetiva. Esto asusta tanto como maravilla. ¡Se acabó la intimidad!

Nuestro tercer y último ejemplo es la cuestión de si los ordenadores pueden imitar en todo a los cerebros. En el curso del último medio siglo, los filósofos funcionalistas, junto con la mayoría de los psicólogos cognoscitivos de fe computacionista y expertos en inteligencia artificial, han venido afirmando categóricamente la identidad esencial de cerebros y ordenadores, o de mentes y programas.

Esta afirmación no sólo ignora las limitaciones de los ordenadores y programas actuales, algunas de las cuales serán sin duda superadas. También ignora las objeciones siguientes: a) a diferencia de los ordenadores, los seres humanos pueden plantear problemas, dudar, criticar, creer, y autoprogramarse; b) a diferencia de los chips de ordenadores, las neuronas pueden actuar espontáneamente (en ausencia de estímulos), pueden ganar y perder dendritas y botones sinápticos, y pueden autoensamblarse en formas impredictibles; c) muchos procesos mentales, quizá la mayoría, no son combinatorios ni algorítmicos; d) el conocimiento, aunque distinguible de la motivación y de la emoción, es inseparable de éstas, y e) la existencia de modelos matemáticos de algunas funciones mentales no implica que el lego calcule todo lo que hace. (Paralelo: las ondas electromagnéticas se propagan conforme a las ecuaciones de Maxwell sin saberlo.)

En conclusión, quienquiera que desee atacar los problemas de la naturaleza de la mente y de la psicología debería empezar por informarse de lo que está pasando en la psicología contemporánea y, en particular, en su avanzada: la biopsicología. No hacerlo es dar muestra de conservadurismo, pereza o incluso deshonestidad intelectual. Además, es una pérdida de tiempo.


Conclusión

Hemos mostrado que la psicología y la filosofía comparten algunos conceptos, principios y problemas. También hemos visto que la psicología contemporánea está siendo sacudida por ciertas controversias científico-filosóficas, o sea, que interesan a ambos campos. De esta manera hemos demostrado nuestra tesis de que la psicología y la filosofía no son independientes entre si. En otras palabras, se solapan parcialmente. Si se solapan, no están divididas por una frontera. Y, puesto que la psicología es una ciencia, se sigue en general que no hay frontera entre ciencia y filosofía. (La misma tesis se demuestra examinando las relaciones de la filosofía con cualquier otra disciplina científica.)

Por consiguiente, la búsqueda de un criterio de demarcación entre la ciencia y la filosofía, que ha ocupado tanto al empirista Rudolf Carnap como al racionalista Karl R. Popper, es vana. Y si esta búsqueda es vana, podemos sospechar que se origina en concepciones erradas tanto de la ciencia como de la filosofía. Esta es una de las razones por las cuales el autor no ha podido seguir a Carnap ni a Popper, y ha debido emprender su propio camino, construyendo un sistema filosófico racioempirista, naturalista y sistémico, que espera sea compatible con la ciencia contemporánea [véanse los ocho tomos de M. Bunge, Treatise on Basic Philosophy].

Otro motivo de nuestra discrepancia con los positivistas y los popperianos es que ninguno de ellos cree en la relevancia de la neurociencia para la psicología. En efecto, ni siquiera están enterados de la existencia de la biopsicología ni, en particular, de que ésta es propulsada por la hipótesis de la identidad psiconeural. Una de las moralejas de esta historia es que los epistemólogos deberían estar al día con la ciencia si desean promover el avance de la ciencia en lugar de obstaculizarlo.

En resumen, los psicólogos no pueden esquivar a la filosofía porque nadan en ella. Sólo tienen la libertad de optar entre una filosofía correcta y fértil, o falsa y estéril. Sin embargo, los psicólogos no deberían limitarse a consumir filosofía y a hacerla clandestinamente: también deberían filosofar explícitamente y, en particular, deberían intervenir activamente en el debate sobre el problema mente-cerebro. La filosofía es demasiado importante para dejarla a cargo de filósofos prisioneros de doctrinas indiferentes a la ciencia cuando no hostiles a ella.



En Ser, Saber, Hacer
Mexico-Buenos Aires, Paidos, 2002
Fuente foto de Susana Fernández y reportaje


26 ago. 2013

Mario Bunge: Curanderismo actual

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Suele llamarse medicina complementaria y alternativa (CAM en inglés), o no convencional, a una amplia panoplia de terapias sin base ni comprobación científicas. Ellas son ejercidas casi siempre por individuos sin preparación médica o por médicos que ocultan sus diplomas universitarios para poder ejercer como chamanes.

Casi todos los habitantes de los países subdesarrollados se hacen tratar por curanderos. En los EE. UU., casi la mitad de la población recurre a la medicina «no convencional», en particular quiropráctica, homeopatía, acupuntura y herbalismo, pese a las advertencias del Consumer Report, que la gente consulta y acata antes de comprar automóviles y electrodomésticos.

Casi todas las terapias «complementarias y alternativas» son tradicionales, en particular las terapias herbalista, ayurvédica y china tradicional. Unas pocas, aunque influyentes, son mucho más recientes: homeopatía, quiropráctica, iridiología, osteopatía, y otras menos difundidas. Examinemos brevemente tres de las medicinas «alternativas» más populares: medicina holística, homeopatía y naturopatía.

La palabra «holista» (o «globalista») es una de las consignas posmodernas, porque sugiere lo contrario del análisis y la razón, los que a su vez son blancos de los ataques contra la modernidad (véase Balibar y Rajchman, 2011). La medicina holística suele presentarse como novedad pero no lo es. En efecto, el tratamiento del paciente como un todo es una característica de las medicinas tradicionales: ellas trataban a los enfermos como si fuesen cajas negras debido a su ignorancia de la anatomía, la fisiología y la bioquímica. En cambio, la medicina científica trata a los pacientes como cajas translúcidas susceptibles de ser desmanteladas, al menos conceptualmente, por medio de la anatomía, la fisiología y la bioquímica.

En términos conceptuales, el análisis de un sistema consiste en identificar su composición, ambiente, estructura y mecanismo. Estos aspectos se definen esquemáticamente como sigue:

Composición: Conjunto de los constituyentes a cierto nivel (molecular, celular, etc.).

Entorno: Medio o ambiente inmediato (familia, empresa, etc.).

Estructura: Conjunto de las conexiones entre los componentes (ligamentos, comunicación hormonal, etc.).

Mecanismo: Proceso(s) que mantienen al sistema como tal (digestión, circulación de la sangre, etc.).

Este análisis evoca seis grupos de doctrinas ontológicas (metafísicas), algunas de ellas de añeja prosapia:

Ambientalismo
El entorno es omnipotente. Ejemplos: la hipótesis de que todas las enfermedades son causadas por las «miasmas», y el conductismo.

Estructuralismo
Un todo es el conjunto de las conexiones. Ejemplos: la psicología conexionista y la tesis sociológica de que lo único que importa en una sociedad son las redes de comunicación (como si pudiera haber grafos sin nodos).

Procesualismo
Una cosa concreta es un atado de procesos. Ejemplo: la metafísica procesual de Alfred North Whitehead.

Holismo
El todo precede y domina a sus partes. Ejemplos: la metafísica de Aristóteles y la medicinas orientales tradicionales.

Individualismo
Un todo no es sino el conjunto de sus partes. Ejemplos: el atomismo antiguo y la tesis de que la salud depende exclusivamente de los hábitos del individuo.

Sistemismo
El universo es el sistema de todos los sistemas. Ejemplos: Holbach (1996), Bunge (1979).

Las cinco primeras doctrinas son lógicamente erróneas. El holismo y el individualismo son erróneos porque los conceptos de todo y de parte se definen recíprocamente: no hay el uno sin el otro. El ambientalismo es factualmente falso porque todo ente concreto es activo: su entorno lo influye pero no lo crea. El estructuralismo es falso porque, por definición, no hay red sin nodos (individuos). Y el procesualismo es falso porque, también por definición, todo proceso (por ejemplo, movimiento y metabolismo) es una sucesión de estados de alguna cosa concreta: no hay proceso sin cosas cambiantes ni cosas inmutables.

En definitiva, sólo el sistemismo queda indemne. Esta ontología, propuesta inicialmente por el Barón Thiry d’Holbach a mediados del siglo XVIII, postula que todo cuanto existe realmente (materialmente) es un sistema o un componente de un sistema. Se ha argüido que el sistemismo es la ontología adecuada a las ciencias modernas, de la física cuántica a la historiografía (Bunge, 2012a).

La medicina científica es sistémica, en tanto que admite que las partes del organismo humano, aunque distintas, están conectadas entre sí. Por ejemplo, el cerebro deja de sentir, pensar y decidir normalmente cuando no está bien irrigado; y la lectura de una palabra, que ocurre en la corteza parietal, puede evocar una imagen visual, que ocurre en la corteza visual. Y no hay parte del cuerpo en la que no fluyan hormonas que llevan «mensajes» químicos.

La medicina moderna también es analítica, en cuanto distingue órganos con funciones específicas, o sea, procesos que sólo ocurren en esos órganos. Más aún, lo sistémico implica a lo analítico. Y también incluye al componente válido del holismo: la tesis de que una totalidad no es igual al conjunto de sus componentes, ya que posee propiedades globales de las que éstos carecen.

Estas propiedades suelen llamarse sistémicas o emergentes (véase Bunge, 2004). Ejemplos: el estado sólido y el estado vivo, y los procesos metabólico y de morfogénesis. Todas las enfermedades son emergentes, por ocurrir solamente en organismos, aun cuando algunas (p. ej., el cáncer y el síndrome de Down) tengan raíces moleculares y otras (p. ej., el estrés) tengan causas sociales.

Advertencia: la definición precedente de emergente difiere de la que suelen dar los diccionarios, según la cual emergente es lo que no puede explicarse por análisis. Conforme a esta definición, la categoría «emergencia» sería gnoseológica (perteneciente al conocimiento), no ontológica (perteneciente al mundo). Por ejemplo, según los reduccionistas radicales nada moriría, porque los constituyentes elementales de un organismo, como carbono, hidrógeno, oxígeno y nitrógeno, se conservan.

Pero es evidente que la estructura de un sistema, o sea, el conjunto de las conexiones (en particular interacciones) entre sus partes, es tan importante como éstas. Por ejemplo, una célula muere —se transforma en una mera colección de moléculas— al descomponerse su membrana y al dejar de sintetizar proteínas y de metabolizar. La propiedad de estar vivo es emergente, como lo son la capacidad de pensar y la sociabilidad. Y las propiedades emergentes son peculiares de sistemas, a diferencia de las meras colecciones o conjuntos.

Para comprender la diferencia entre lo analítico y lo sistémico basta comparar un atlas anatómico contemporáneo con uno medieval. En éste, los órganos internos estaban desconectados entre sí, mientras que en un atlas contemporáneo están interconectados, si no directamente al menos a través del cerebro. Además, el médico contemporáneo estudia y trata al paciente a todos los niveles, desde el molecular hasta el social. Por ejemplo, un análisis rutinario de sangre incluye la identificación de ciertas proteínas, y una consulta clínica puede incluir una averiguación de las relaciones de familia o las condiciones de trabajo del paciente.

O sea, la medicina contemporánea es sistémica y con ello también es analítica, mientras que la tradicional es holística. Pero, desde luego, al pretender tratar la totalidad, al holista se le escapan las peculiaridades de las partes. Esto explica en parte el fracaso de las terapéuticas holistas, ya que sobre las membranas celulares hay receptores selectivos, o sea, estimulados o inhibidos solamente por moléculas específicas. Por ejemplo, el sildenafil, la droga activa del Viagra, sólo obra sobre el pene, mientras que los afrodisíacos actúan solamente sobre receptores en células del cerebro en ambos sexos. Los receptores de insulina están mucho más difundidos en el cuerpo: se hallan en células de músculos y de tejidos adiposos, lo que se explica por la afinidad de la insulina con la glucosa, que es como el pan del organismo.

Casi todos los receptores son proteínas, moléculas de tamaño por lo menos 100 veces mayor que el de los fármacos. (Contrariamente a la creencia popular, la naturaleza no es tan económica como la industria: el proceso evolutivo es lento, errático y costoso en vidas). La forma geométrica y la carga eléctrica de los receptores se ajustan sólo a la de unas pocas moléculas: son altamente selectivos, o sea, no tienen afinidad con las demás.

Esta selectividad es un mecanismo de selección natural. Un organismo incapaz de distinguir las moléculas benéficas de las dañinas no sería viable. A propósito, la existencia de receptores selectivos refuta la creencia de Friedrich Nietzsche, de que una moral «más allá del bien y del mal» favorece a la vida. La física y la química no necesitan el concepto de valor, porque éste emerge recién al nivel biótico. Antes de la emergencia de los organismos, hace más de 2000 millones de años, no había bien ni mal. Pero volvamos al mecanismo de acción de los medicamentos.

La molécula incidente, como la de un remedio, es eficaz solamente si encaja en la enzima receptora: éste es el mecanismo llamado cerradura-llave. Esto explica por qué la mayoría de los medicamentos modernos son específicos, o sea, actúan solamente sobre algunas partes (p. ej., tejidos u órganos) del organismo o sobre algunos patógenos. Por ejemplo, la adrenalina es eficaz como estimulante cardíaco porque las membranas de las células del corazón tienen receptores de adrenalina, que no se hallan en otros órganos.

La especifidad de tales receptores también explica el mecanismo de acción de lo que su descubridor, Paul Ehrlich, llamó «balas mágicas». Estas drogas sólo matan a ciertos organismos patógenos, como ocurre con Salvarsan, el primer remedio eficaz contra la sífilis, que el mismo Ehrlich inventó en 1910. Los receptores, de los que hay más de 2000 clases, constituyen la clave de la farmacología científica. Por esto mismo constituyen la raíz de la farmacoterapia contemporánea, en contraste con las medicinas tradicionales y las mal llamadas «alternativas», todas las cuales ignoran la existencia de receptores.

Lo que antecede es algo simplista, porque muchas moléculas son eficaces sólo si van acompañadas de moléculas de otras clases. En otras palabras, en muchos casos no basta activar (estimular o inhibir) un receptor, sino que es necesario activar simultáneamente a dos o más receptores. Además, la sensibilidad de un receptor puede depender tanto de su entorno inmediato como del ambiente. Pero en todos los casos lo que cuenta no es el organismo íntegro sino solamente una parte minúscula de él. Vaya esto como advertencia contra el holismo o globalismo, que pretende tratar a la totalidad con desconocimiento de sus partes.

La homeopatía no es holista, porque reconoce la necesidad de usar remedios específicos. Pero los presuntos específicos homeopáticos son imaginarios, ya que los homeópatas no hacen ni usan estudios farmacológicos que muestren los efectos de sus preparados al nivel molecular. Tampoco hacen ensayos clínicos que prueben la mejoría de los pacientes que toman remedios homeopáticos. En efecto, los homeópatas cometen la falacia post hoc propter hoc (después de eso, por tanto, a causa de eso).

Más aún, los homeópatas se limitan a aplicar los principios («leyes») que Samuel Hahnemann formuló hace dos siglos, y a recopilar anécdotas de presuntas curaciones. No utilizan ninguna de las herramientas diagnósticas de la medicina «alopática» (microscopio, rayos X, análisis bioquímico, bacteriológico, parasitológico, etc.). Tampoco ponen a prueba la eficacia de los medicamentos que recomiendan, los que son producidos por grandes firmas especializadas, que no invierten en investigación ni emplean a farmacólogos. Todos esos presuntos remedios son diluciones de supuestos principios activos de origen vegetal. Estas diluciones son tan extremas, que lo que ingiere el paciente es agua casi pura o, en el caso de pastillas, excipiente casi puro.

En efecto, un medicamento homeopático cualquiera se prepara diluyendo una «tintura madre» constituida por un producto natural (vegetal, animal o mineral). Cada vez se extrae una centésima parte de lo que quedó: en un frasco que contiene 99 gotas de alcohol, se echa una gota del líquido contenido en el frasco anterior, de modo que a cada paso se obtiene una centésima parte de lo que quedó. Por ejemplo, en la dilución No. 5 queda (1/100)5 = 10−10 de la cantidad inicial; y al cabo de 30 diluciones, que es el número recomendado, sólo queda (1/100)30 = 10−60, o sea, menos de una molécula por galaxia. (Véase Sanz, 2010.) Los existencialistas creen que todo es nada; los homeópatas, que nada es todo.

Es claro que se cuentan a menudo casos de mejoría o aun de curaciones debidas a tratamientos homeopáticos. Pero, dado que en ningún caso se hacen experimentos controlados, hay que suponer que la mejoría, cuando ocurre, es un efecto placebo. Sin embargo, aun cuando el porcentaje (desconocido) de casos positivos fuese apreciable, no debiera descontarse el porcentaje (desconocido) de fatalidades causadas por no haber recurrido a tiempo a la medicina científica. La proliferación celular maligna es un proceso celular causado por la inhibición de la apoptosis (muerte celular programada), cuya raíz molecular no puede ser afectada por unas gotas de agua coloreada. En el caso del tratamiento homeopático no hay mecanismo biológico posible que medie entre insumo y producto: sólo hay ilusión. En definitiva, la homeopatía es una caja negra en la que ingresan agua, dinero e ilusión, y de la que salen dinero y autoengaño.

La naturopatía es un componente del naturismo, el que a su vez es la doctrina filosófica según la cual todo lo malo se origina en un apartamiento de la naturaleza. (No se confunda el naturismo con el naturalismo, la filosofía que rechaza todo lo sobrenatural y sostiene la identidad del universo con la naturaleza, así como la reducción de todo lo humano a lo zoológico: véase p. ej., Krikorian, 1944, Shook y Kurtz, 2009. En cambio, el naturismo es esencialmente un juicio de valor: «Lo natural es mejor que lo artificial»).

El naturismo, parte de la filosofía estoica de la antigua Grecia, fue resucitado en el siglo XVIII por Rousseau, y continuado en el siglo siguiente por los Románticos alemanes, en particular Goethe, cuya consigna fue «¡Vuelta a la naturaleza!». En el siglo XX el naturismo fue parte de tres movimientos sociales muy diferentes en todo lo demás: el anarquismo, el movimiento juvenil y, a fines del siglo, el ecologismo radical.

La popularidad del naturismo no afectó a la farmacología alemana, que hizo eclosión al mismo tiempo. Pero el naturismo, al unirse al culto de Nietzsche, adquirió socios políticos un siglo después del Romanicismo alemán: el anarquismo en las naciones latinas, y el nazismo en Alemania. También cambió el estilo de vida de millones de jóvenes, que adoptaron el vegetarianismo, el nudismo, una moral sexual sin obligaciones, y el antiintelectualismo.

El ecologismo radical (o «profundo») de fines del siglo XX invirtió el mito bíblico de que la naturaleza era un regalo de Dios al hombre: afirmó que, por el contrario, la humanidad debía sacrificarse por la naturaleza. En particular, había que eliminar las industrias contaminantes, en especial la minera la química. Esta campaña tuvo un resultado positivo: alentó la «química verde», que se propone obtener los mismos productos que la «marrón» usando reactivos menos contaminantes, lo que es posible en muchos casos. También puso en jaque a las compañías mineras que están causando daños ambientales irreversibles, al contaminar el suelo y el agua. Pero volvamos a la medicina.

El caso de la naturopatía es gnoseológicamente similar al de la homeopatía, pero ontológicamente diferente: también en este caso prevalece la ignorancia de la ciencia, pero ahora hay causas y por lo tanto también hay efectos. En efecto, a diferencia de las dosis homeopáticas, que son inocuas por ser microscópicos o incluso nulos, los remedios naturales, casi todos vegetales, se incorporan al metabolismo y por lo tanto lo alteran en alguna medida. Incluso una taza de té de menta tiene algún efecto: el mismo que un vaso de agua, además del posible efecto placebo. Además, al hervir agua para hacer té se matan las bacterias que contiene el agua extraída de estanques o de pozos.

Es verdad que la mitad de los 100 fármacos más utilizados son de origen vegetal; también es cierto que las bebidas hechas con algunas hierbas tienen efectos levemente benéficos a corto plazo. Pero algunos productos naturales muy populares tienen efectos adversos, unos directamente y otros por interactuar con fármacos (De Smet, 2002). Por ejemplo, regaliz (u orozuz), guaraná, valeriana y ginseng son tóxicos; y St. John’s Wort, antes recomendado contra la depresión leve, interfiere con contraceptivos orales y con otros fármacos. En todo caso, los pocos ensayos rigurosos de hierbas medicinales han sido hechos por investigadores científicos. Ninguno de los miles de ensayos publicados en revistas de medicina china tradicional ha sido riguroso (Tang y otros, 1999).

Siempre que se trate de productos naturales se debieran plantear dos interrogantes: ¿qué efectos adversos tiene esa hierba, y cuál es la dosis adecuada? Desgraciadamente, la venta de esos productos no está regulada porque suele creerse que, por ser naturales, son tan inofensivos como las hortalizas. A diferencia del herborista, el fabricante de remedios sintéticos tiene la obligación legal de responder estas preguntas con base en investigaciones de laboratorio y ensayos clínicos. El problema de ensayar los remedios naturales es extremadamente difícil porque toda hierba, toda raíz, toda semilla y todo hongo contiene moléculas de decenas de clases diferentes, de modo que, sin aislarlas y ensayarlas de a una, es imposible saber cuál de ellas es el llamado «principio activo», es decir, el que ha causado el efecto dado.

(Dicho sea de paso, las moléculas no pueden ser causas: la causa en cuestión, cuando existe, es el ingreso de la molécula como reactivo en un proceso metabólico o en algún proceso aun más elemental, como la inhibición o el estímulo de la síntesis de alguna proteína. El motivo de ello es que, por definición, los vínculos causales existen entre sucesos, no entre cosas ni entre propiedades. Por ejemplo, no es el puñal sino la puñalada lo que tajea, y no es el arsénico sino su ingestión lo que envenena).

Debido a que nunca se conoce en detalle la composición de cada producto natural, tampoco se conocen los mecanismos bioquímicos que desata, acelera o retarda cuando se lo ingiere. Esta ignorancia obliga a proceder por acierto y error, en lugar de recurrir al método científico. Por el contrario, cuando se conoce la composición de una sustancia, así como los rasgos sobresalientes del mecanismo en el que es preciso intervenir, se pueden formular y poner a prueba hipótesis precisas sobre los posibles resultados de la acción del medicamento.

Con todo, en años recientes algunas medicinas heterodoxas han sido sometidas a ensayos clínicos. En particular, entre 1999 y 2009, los National Institutes of Health han invertido muchos millones de dólares en investigar la eficacia de una enorme variedad de terapias alternativas, desde la «curación a distancia» hasta remedios védicos y chinos, campos magnéticos y una multitud de hierbas y hongos, sin que se confirmase la eficacia de siquiera uno de ellos (Mielczarek y Engler, 2012). La moraleja metodológica es evidente: está mal proceder a ciegas, por acierto y error, en lugar de someter a la prueba experimental (de laboratorio y clínica) a hipótesis compatibles con el grueso del conocimiento científico.

Lo dicho no involucra rechazar de plano todos los productos naturales. Sabemos por experiencia que algunos de ellos son efectivos, y que otros contienen moléculas utilizables en la fabricación de fármacos. Pero otros, como la efedra y la raíz de acónito, son tóxicos. El problema de los posibles efectos adversos de las hierbas medicinales japonesas ha sido investigado en el Hospital Rosai de Kamisu, Japón, encontrándose que la quinta parte de las hierbas recetadas entre 2002 y 2009 tuvieron efectos adversos (Sakurai, 2011).

También es sabido que todas las terapias son eficaces en alguna medida, gracias a dos factores. Uno es la vis medicatrix naturae, o retorno espontáneo a la salud, tan apreciada por la escuela hipocrática, y cuyos mecanismos son investigados por la inmunología. El segundo factor que realza las virtudes reales de todos los tratamientos es el conjunto de efectos placebo, que son reales aun cuando los objetos placebo, como la plegaria y el agua coloreada homeopática, no actúen al nivel molecular. (Más en el Capítulo 5.)

En definitiva, las llamadas medicinas alternativas manejan productos de naturaleza (composición y estructura) desconocida, que aplican a personas no estudiadas y con efectos de tipo e intensidad desconocidos. En suma, parten de la ignorancia y regresan a ella. El circuito es: ? → ? → ?. Por consiguiente, las llamadas medicinas alternativas no son tales sino, más bien, alternativas a la medicina propiamente dicha.

En resumen, las terapias alternativas son tan infundadas e ineficaces como las tradicionales, pero hay algunas diferencias importantes entre ellas. En primer lugar, mientras que las medicinas tradicionales contenían algunas reglas razonables respecto de profilaxis y dietas, las «alternativas» no han contribuido nada verdadero ni útil a la salud. Segundo, mientras que las medicinas tradicionales eran artesanales y se transmitían principalmente por tradición oral, las alternativas actuales están acopladas a grandes industrias y son publicitadas intensamente. Por último, la superstición médica era justificable cuando no existían las ciencias biomédicas, pero hoy día éstas están muy desarrolladas, de modo que lo que antes fue mero error involuntario y en pequeña escala hoy es estafa en gran escala.

¿Cómo se explica la popularidad de las seudociencias en un campo tan importante y cultivado como es el cuidado de la salud? Como todo hecho social, éste tiene varias causas. He aquí algunas de ellas:

Las terapias «alternativas» constituyen la medicina de los ignorantes del método científico, y éstos son mayoría en cualquier sociedad; en efecto, cualquier seudociencia se aprende en pocos días, mientras que el aprendizaje de cualquier ciencia exige muchos años.

La medicina «alternativa» es la de los desahuciados por la medicina «oficial», que aún no ha encontrado tratamientos eficaces de sus males; por ejemplo, el filósofo Paul Feyerabend, autor de la máxima «Todo vale», sufrió de intensos dolores lumbares hasta que recurrió a una maga londinense que, según él, lo curó; esta experiencia le bastó para renegar de la ciencia y proclamar su célebre consigna: «Todo vale».

El relativismo cultural, que suele predicarse en nombre de la tolerancia, niega la posibilidad de la verdad objetiva y universal, de modo que sostiene que las diferencias entre el chamanismo y la medicina científica son culturales o ideológicas. El célebre Informe Flexner (1910) dedicó un largo capítulo a condenar severamente lo que llamó las «sectas» médicas, como la homeopatía y la osteopatía, y a criticar la tolerancia para con su práctica profesional. Un siglo después, algunas grandes universidades han olvidado ese informe y han incorporado la enseñanza de esas sectas en nombre de la tolerancia, lo que equivale a descriminalizar el crimen.

Muchos desconfían de la industria farmacéutica porque vive del dolor ajeno y porque ha cometido algunos errores y delitos imperdonables, como vender cocaína, heroína, Talidomida, Vioxx, Avandia, Avastín y otras drogas dañinas. Pero esta justa condena no les impide a los escépticos comprar aspirinas o antibióticos.

La contracultura y su contraparte académica, el posmodernismo, que se fabrica en facultades de humanidades, es consumida por un amplio sector compuesto de personas que sienten asco por todo lo que huela a ciencia.

Las revistas y editoriales sensacionalistas han sabido vender todo lo alternativo a la racionalidad y la contrastación experimental, como el libro Ageless Body, Timeless Mind,[*] del ayurvédico y espiritualista Deepak Chopra.

El oscurantismo académico, en particular el rechazo de los ideales intelectuales de la Ilustración francesa (racionalidad, cientificismo y progresismo). Este oscurantismo, que otrora fuera propio del conservadurismo político, es hoy compartido por sedicentes progresistas, que juzgan a la ciencia desde un punto de vista político, en lugar de hacer política con ayuda de la ciencia social.

La Organización Mundial de la Salud, órgano de las Naciones Unidas, admite que «Para mejorar el enfoque de las medicinas tradicionales es necesario evaluar su calidad, seguridad y eficacia en base a la investigación» y, sin embargo, «insta a los Gobiernos nacionales a que respeten, conserven y comuniquen ampliamente el conocimiento médico tradicional» (WHO, 2011). Y los National Institutes of Health dedican 531 millones de dólares por año a las medicinas complementarias y alternativas. En resumen, el curanderismo, que antes era prerrogativa de la incultura popular, ahora también proviene de arriba.

El conservadurismo político, como el que practicaba el presidente George W. Bush cuando se opuso al uso médico de células madre y preconizó el reemplazo de la biología evolutiva por la doctrina religiosa del «diseño inteligente», lo que provocó que su sucesor, Barack Obama, declarara: «Hemos visto que la integridad científica ha sido socavada y la investigación científica ha sido politizada con el fin de promover ciertos programas ideológicos» (White House, 2010).

En resumen, las seudociencias son más populares que las ciencias porque la credulidad está más difundida que el espíritu crítico, el que no se adquiere recopilando y memorizando informaciones, sino repensando lo aprendido y sometiéndolo a prueba. Es deber de los científicos, médicos, filósofos y periodistas científicos el denunciar los fraudes y peligros de las medicinas «no convencionales», como lo hicieron Martin Gardner (1957), Robert Park (2000) y R. Barker Bausell (2007) entre otros.

Es deber de los organismos de salud pública el proteger a la población de esas supercherías, empezando por despojar de la acreditación a las universidades que las enseñan. Esta medida se tomó en los EE. UU. cuando la Carnegie Foundation publicó su famoso informe sobre la educación médica en los Estados Unidos y Canadá (Flexner, 1910). Pero desde entonces las seudociencias han reaparecido en varias universidades prestigiosas en casi todo el mundo, a menudo en nombre de la apertura. La tolerancia cabe en materia de gustos y opiniones cuya adopción no pone en jaque el bienestar público. Pero debiéramos ser intolerantes para con el charlatanismo médico, porque hace mal a la salud y degrada la cultura (Bunge, 1996).


(*) Hay traducción en cas­te­llano: Cuerpos sin edad, mentes sin tiempo (Bue­nos Aires, Versara, 2001). (N. del E.)

Filosofía para médicos
Primera edición en España,GEDISA, 2012
Fuente foto (de Susana Fernández) y reportaje

28 nov. 2011

Mario Bunge - Psicoanálisis a un siglo de distancia

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El psicoanálisis nació a la luz en 1900, con la publicación de La interpretación de los sueños, de Sigmund Freud. Ernest Jones, su fiel discípulo inglés y principal biógrafo, nos cuenta que este libro, al que Freud siempre consideró su obra maestra, se reeditó ocho veces en vida de su autor. Y afirma que «No se hizo ningún cambio fundamental, ni hubo necesidad de hacerlo». 

Semejante inmutabilidad basta para despertar la sospecha de cualquier mente crítica. ¿Por qué no fue necesario modificar nada esencial en una doctrina psicológica en el curso de tres décadas? ¿Será porque no hubo investigación psicoanalítica de los sueños? ¿O porque el primer laboratorio de estudios científicos de los sueños fue fundado recién en 1963, en la Universidad de Stanford, y sin la participación de psicoanalistas? Y si es así, ¿no será que el psicoanálisis es más literatura fantástica que ciencia? 

Éste no es el lugar adecuado para hacer una investigación detallada de la teoría ni de la terapia freudianas: esta tarea ya fue hecha por docenas de psicólogos y psiquiatras científicos, de esos que no predican en los templos psicoanalíticos que son ciertas facultades de psicología latinoamericanas. Me limitaré a resumir una decena de resultados de esos análisis de algunos de los mitos más populares inventados por Freud. Helos aquí. 

1. Inferioridad intelectual y moral de la mujer, envidia del pene, complejo de castración, orgasmo vaginal y normalidad del masoquismo femenino. Puros cuentos.  No hay datos clínicos ni experimentales que los avalen. Lo único que hay son  efectos psicológicos de la discriminación contra la mujer en la sociedad actual.  Pero éstos están desapareciendo a medida que, contrariamente al notorio machismo de Freud, se va reconociendo la paridad de los sexos.

2. Todo sueño tiene contenido sexual, ya manifiesto, ya latente. Incomprobable,  ya que, si en un sueño no aparece nada sexual, el analista "interpretará" algo en  el sueño como símbolo sexual. Pero otro analista lo "interpretará" de manera diferente. Al igual que los viejos almanaques de los sueños, los psicoanalistas no exhiben pruebas de sus interpretaciones; pero, a diferencia de aquellos, los psicoanalistas no proponen reglas explícitas que sirvan, por ejemplo, para jugar a la quiniela.

3. Complejos de Edipo y de Electra, y represión de los mismos. No hay datos fidedignos, ni clínicos ni antropológicos, que indiquen la existencia de esos complejos. En cuanto a la hipótesis de la represión, sólo sirve para proteger las hipótesis precedentes: cuanto más enfáticamente niego odiar a mi padre, tanto más fuertemente confirmo que lo odio. Que es como decir que el campo gravitatorio es tanto más intenso cuanto menos acelere a los cuerpos en caída.

4. Todas las neurosis son causadas por frustraciones sexuales o por episodios infantiles relacionados con el sexo (p. ej., abuso sexual y amenaza de castración).Pura fantasía. La frustración sexual causa estrés, no neurosis (las que, por lo demás, no fueron bien definidas por Freud). No se ha probado que los abusos  sexuales sufridos durante la infancia dejen huellas más profundas que privaciones, palizas, humillaciones u orfandad. Tampoco es plausible que todo olvido resulte de la censura por parte del fantasmal superyó. Se olvida lo que no se refuerza. Lo que sí se ha probado es que la llamada técnica de "recuperación" (implantación) de recuerdos reprimidos fue un pingüe negocio. En todo caso, los trastornos  psicológicos  tienen múltiples  fuentes  y,  por  tanto, múltiples tratamientos posibles. Algunos de ellos (p. ej., micción nocturna y fobias) se tratan exitosamente con terapia de la conducta. Otros (p. ej., depresión y esquizofrenia) responden a drogas. Y otros más (p. ej., violencia patológica) pueden necesitar intervención quirúrgica (en la tiroides o en la amígdala cerebral).

5. La violencia (guerra, huelga, etcétera) es la válvula de escape de la represión  del instinto sexual. Salvo en casos patológicos, tratables con neurocirugía, la violencia tiene raíces sociales y culturales: pobreza, expansión económica, fanatismo político o religioso, etcétera. Por tener causas sociales, la violencia colectiva tiene  remedios sociales. Por ejemplo, la delincuencia disminuye con la ocupación.

6. Sexualidad infantil. Mito. En efecto, la sexualidad reside en el cerebro, no en los órganos genitales. Sin hipotálamo ni las hormonas que éste sintetiza (oxitocina y vasopresina) no habría deseo ni placer sexuales. Y el cerebro infantil no tiene la madurez fisiológica necesaria para sentir placer sexual. Para entender la sexualidad hay que hacer investigaciones psiconeuroendocrinológicas y antropológicas, en lugar de fantasear incontroladamente.

7. El tipo de personalidad es efecto del modo de aprendizaje del control de los esfínteres. Falso. La investigación ha mostrado la inexistencia de esta correlación: las personalidades "oral" y "anal" son producto de la fantasía incontrolada de Freud. Hay muchos tipos de personalidad, y todos son producto del genoma, del ambiente y del propio esfuerzo. Más aún, lejos de ser inalterable, la personalidad puede ser transformada radicalmente por enfermedades cerebrales, accidentes cerebrovasculares, drogas y reaprendizaje.

8. Los actos fallidos (lapsos de la lengua) revelan deseos reprimidos. Sólo en algunos casos, y son los menos. La mayoría de las transposiciones de palabras son errores inocentes. Para provocarlas deliberadamente se arman los trabalenguas. Además, algunos sujetos son más propensos que otros a cometerlas.

9. El superyó reprime todos los deseos y recuerdos vergonzosos, los que se almacenan en el inconsciente. El analista lo destapa con el método de la asociación libre. Los experimentos más notables sobre el tema, los de la famosa investigadora Elizabeth Loftus (quien no es psicoanalista), no han mostrado la existencia de  la represión. Y la experiencia clínica muestra que tampoco existe la asociación libre, puesto que el analista transmite a su cliente sus propias hipótesis y expectativas. A medida que aprende la jerga freudiana, el cliente "confirma" lo que su analista espera de él.

10. El ser humano es básicamente irracional: está dominado por su inconsciente.  El inconsciente freudiano, como el diablillo cartesiano, jugaría arbitrariamente con  nuestras vidas y a espaldas de nuestra conciencia. Esta visión pesimista de la  humanidad no se funda ni puede fundarse sobre datos empíricos. Lo que no quita  que algunos procesos mentales escapan, en efecto, a la conciencia. Pero ya Sócrates sostenía algunas cosas de las que no tenemos conciencia. Y el libraco El inconsciente, de Eduard  von  Hartmann,  apareció  cuando  Freud  tenía  catorce  años, y fue un best seller en alemán y en francés durante una generación. (Yo lo  heredé de mi tío Carlos Octavio, quien a su vez puede haberlo heredado de su  padre.) En todo caso, si es verdad que a menudo tenemos impulsos irracionales, también es cierto que otras veces logramos controlarlos. Que para eso se montan  mecanismos de educación y control social. Y para eso hay quienes hacen ciencia o técnica auténticas: para ascender de lo irracional a lo racional.


En resumen, las fantasías psicoanalíticas son de dos clases: las incomprobables y las comprobables. Las primeras no son científicas. Y las segundas son de dos clases: las que han sido puestas a prueba y las que aún no han sido investigadas científicamente. Todas las del primer grupo han sido falsadas. Y, evidentemente, las del segundo grupo siguen en el limbo.

¿Qué queda de todo un siglo de psicoanálisis? Nada más que fantasía incontrolada. Los psicoanalistas no hacen experimentos, y ni siquiera llevan estadísticas de sus tratamientos. Además, ignoran por principio los hallazgos de la psicobiología y de la psiquiatría biológica. Su psicología es de sillón y sofá, porque son prisioneros del mito primitivo del alma inmaterial que no puede captarse por medios materiales, tales como la resonancia magnética funcional y otros métodos de visualización de procesos mentales.

El psicoanálisis es la teoría de los que no tienen teorías científicas de lo mental ni de lo cultural. Y es una curandería irresponsable que explota la credulidad. Como dijo Sir Peter Medawar, Premio Nobel de Medicina, el psicoanálisis es «Un estupendo timo intelectual». Ningún otro timo del siglo pasado ha dejado semejante huella en la cultura popular.

El éxito comercial del psicoanálisis se explica porque (a) no requiere conocimientos previos; (b) no exige rigor conceptual ni empírico; (c) pretende explicarlo todo con un puñado de principios: desde las neurosis y la rebelión adolescente hasta la religión y la guerra; (d) es un sucedáneo de la religión; (e) llenaba vacíos que dejó hasta hace poco la psicología científica, en particular la sexualidad, las emociones y los sueños; (f) se jacta de curaciones inexistentes; y (g) según el propio Freud, los psicoanalistas les hacen el favor a sus clientes de cobrarles la consulta: no hacen obra social.

Pero éxito comercial y penetración en la cultura de masas no son lo mismo que triunfo científico. Cien años de fantaseo psicoanalítico no han arrojado resultados equivalentes a los que arroja una semana de investigaciones de laboratorio en neurociencia cognoscitiva.

Además, hoy contamos con la psiconeuroendocrinoinmunofarmacología. Ésta es la palabra castellana más larga que conozco. Abreviémosla PNEIF. Este acrónimo designa la ciencia aplicada que busca fármacos que prometan reparar los trastornos del sistema neuroendocrinoinmune que se sienten como trastornos mentales, tales como el dolor y el pánico, la confusión y la amnesia, la alucinación y la depresión.

El caso de la PNEIF es uno de los pocos en que se conoce la fecha exacta del nacimiento de una ciencia: 1955. Ese año se descubrió el primer fármaco neuroléptico para el tratamiento de una enfermedad mental: la depresión. Antes sólo se conocían estimulantes, tales como la cafeína, la benzedrina y la cocaína; calmantes, tales como el opio; y drogas que, como el alcohol y el tabaco, al principio estimulan y luego inhiben.

La ciencia básica correspondiente es la psiconeuroendocrinoinmunología, o PNEI, fusión de cuatro disciplinas que antes estaban apenas relacionadas. No fue sino en el curso de las últimas décadas que se advirtió que las fronteras entre las distintas ciencias del cerebro son en gran medida artificiales, porque cada una de ellas estudia una parte o un aspecto de un único supersistema.

Por ejemplo, se ha descubierto que el órgano de la emoción (el sistema límbico) sostiene unas veces, y otras entorpece, las actividades del órgano del conocimiento (la corteza cerebral). Sin motivación no hay aprendizaje; a su vez, el motivo puede ser afectivo, tal como el deseo de agradar o de molestar a alguien. Y si la emoción es muy fuerte, como es el caso del pánico, el raciocinio falla.

Todo esto se ha sabido desde que los seres humanos empezaron a interesarse por sus procesos mentales. Lo que no se sabía antes es que estos procesos están bastante bien localizados en el cerebro. Por ejemplo, un ser humano que tiene una lesión grave en la corteza prefrontal (detrás de los ojos) tiene el juicio moral deteriorado. Es el caso, afortunadamente muy raro, de los psicópatas.

La PNEIF está de moda porque está abordando y resolviendo una pila de enigmas de la vida mental, y porque su uso médico promete curar o al menos atenuar las angustias de los enfermos mentales y acabar con el psicomacaneo y la psicocurandería.

Por ejemplo, si con una píldora diaria se logra controlar a un esquizofrénico, quedan sin trabajo tanto el brujo que sostiene que se trata de un caso de posesión demoníaca como el psicoterapeuta que asegura que el trastorno es resultado de un episodio infantil, y que trata al paciente con meras palabras.

La PNEIF es la versión más reciente, rigurosa y eficaz de la medicina psicosomática. El psicoanálisis ha quedado definitivamente tan atrás como el curanderismo, excepto como superstición popular y como negocio.

Para comprobar lo que acabo de afirmar basta preguntarle a un boticario qué píldoras se recetan con algún éxito para tratar angustias, obsesiones, depresiones, esquizofrenias y otros trastornos mentales. Y quien quiera saber qué fundamento tienen tales recetas, deberá consultar las revistas científicas que se ocupan de la mente y sus trastornos, así como los semanarios científicos generales NatureScience.

Estas publicaciones están llenas de nuevos resultados sobre la psique. Ninguna de ellas acepta macaneos psicoanalíticos. Los psicoanalistas sólo usan revistas psicoanalíticas: constituyen una secta marginal con respecto a la comunidad científica. Su alquimia no transmuta ignorancia en conocimiento, sino mito en oro.

La popularidad del psicoanálisis entre los escribidores posmodernos se explica en parte porque no exige conocimientos científicos. Y en parte también porque los posmodernos, como los filósofos hermenéuticos y los practicantes de las "ciencias" ocultas, sospechan que todo es símbolo de alguna otra cosa. Sin embargo, incluso Freud admitió que, a veces, un cigarro es un cigarro.


En 100 ideas


29 ago. 2011

Mario Bunge - Alienistas y brujos

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Supongo que todos estamos dispuestos a perder cualquier cosa menos la razón, ya que esta es, según Aristóteles, la característica distintiva del ser humano. 

Por esto, las enfermedades mentales son las que más asustan e intrigan. Y por el mismo motivo los brujos y alienistas siempre han gozado de gran prestigio, aun cuando rara vez han sido eficaces. 

Por ejemplo, a fines del siglo XIX Charcot se hizo celebre por diagnosticar y «curar» lo que llamó "histeria" femenina haciendo presión sobre los ovarios, y la masculina apretando los testículos. (En casos graves, Charcot extirpaba el útero.) Sus cursos en la Salpetriere eran frecuentados por la flor y nata de la necrología europea, incluyendo a Freud. Nadie dudó de la certeza de los diagnósticos de Charcot ni de la eficacia de su tratamiento. 

La ineficacia de los alienistas fue proverbial hasta mediados del siglo pasado, cuando se descubrieron los primeros psicofármacos capaces de aliviar los sufrimientos de esquizofrénicos, depresivos y obsesivos. 

La ineficacia de la psiquiatría fue tema del maravilloso relato "El alienista", de Machado de Assis, el fundador de la literatura brasileña, injustamente ignorado por la enorme mayoría de los lectores en lengua castellana. 

¿A qué se debe la ineficacia de la psiquiatría hasta hace medio siglo? Edward Shorter, profesor de Historia de la Medicina en la Universidad de Toronto, nos da la respuesta en su fascinante tratado A History of Psychiatry, de 1997. 

Es sabido que los primitivos explicaban la locura como obra de espíritus malignos que se apoderaban del paciente. 

Siendo así, el remedio estaba a la vista: encargarle al brujo o sacerdote de turno que exorcizase a dichos espíritus malignos o invocase a espíritus benignos. 

Hipócrates de Kos, el padre de la medicina, no creía en espíritus sino en cosas materiales. El examen de heridas del cerebro lo había convencido de la verdad de la hipótesis de Alcmenón, según el cual los procesos mentales son procesos cerebrales. Siendo así, las enfermedades mentales deben de ser enfermedades del cerebro. Esta hipótesis, ampliamente afirmada por la neurociencia contemporánea, no resuelve el problema psiquiátrico, pero al menos ayuda a plantearlo correctamente. 

El problema de la psiquiatría desde hace dos siglos es reparar los mecanismos cerebrales que se descompusieron por algún motivo concreto: químico, celular o ambiental. Primero comprender el cuerpo, luego tratarlo. Esta es la consigna de la psiquiatría biológica, a diferencia de la chamánica. 

Shorter narra, en prosa clara y entretenida, como la psiquiatría biológica estaba ya establecida en 1900 cuando hizo irrupción el psicoanálisis, que ignoró el cerebro. (Yo agregaría que poco después dominó en psicología experimental otra escuela acéfala: el conductismo, que se limita a observar las conductas.) 

¿A qué se debe el éxito comercial y cultural del psicoanálisis, que dominó la psiquiatría norteamericana hasta aproximadamente 1970? Shorter menciona dos factores. Uno de ellos es que los psiquiatras biológicos encontraron muy poco porque pretendieron ver la locura al microscopio. Este medio es demasiado tosco,         excepto en el caso de la enfermedad de Alzheimer, o demencia senil, que va acompañada de alteraciones celulares e intracelulares enormes. 

Recién hacia 1970, con la invención de métodos refinados de visualización del cerebro vivo (PET y MRI), pudo descubrirse, entre otras cosas, que la depresión prolongada va ahuecando la masa encefálica. Aun así, todavía queda mucho por andar hasta dar con signos confiables de las diversas enfermedades mentales. Tampoco se dispone de una clasificación de las mismas aceptada por todos los expertos. 

Un segundo factor del éxito comercial y cultural del psicoanálisis fue la ausencia de psicofármacos eficaces antes del descubrimiento de la clorpromazina a mediados del siglo pasado. No es que los psicoanalistas curasen, sino que encontraron un vacío. 

Este vacío era doble: la ciencia no curaba ni estudiaba las emociones ni las pasiones, en particular el placer y el dolor, el amor y el odio. Las fantasías desbocadas de los psicoanalistas llenaron ese vacío y dieron empleo lucrativo a miles de individuos sin formación científica. 

La psiconeurofarmacologia marcó el fin de la etapa chamánica de la psiquiatría. 

El Prozac y sus parientes químicos reemplazaron al diván. Y los asilos echaron a la calle a centenares de miles de pacientes. 

Casi todos estos se reincorporaron a la vida normal. 

Pero quedaron afuera muchos miles de enfermos que no quieren o no pueden medicarse. Estos individuos viven solos, desamparados, desocupados, y a menudo drogados. Se los ve pululando por las aceras de las grandes ciudades. Mucho de lo que antes se gastaba en manicomios hoy se gasta en seguridad publica.

Shorter elogia a la industria farmacéutica por haber impulsado los estudios de psicofarmacología con mas vigor y eficacia que la universidad. Pero también denuncia sus abusos. Uno de estos abusos es la invención literal de trastornos, tales como el pánico, al que suele llamarse “enfermedad de Upjohn”, la firma que fa- brica la pildorita correspondiente. Otro abuso es haber promovido lo que Shorter llama "hedonismo farmacológico", o sea, la búsqueda de la felicidad en la farmacia. La píldora ayuda a olvidar desgracias, pero en realidad sólo el trabajo y el amor pueden dar felicidad. 

Al sociólogo de la medicina le interesarán también las paginas que Shorter dedica al movimiento llamado "antipsiquiatria". Este movimiento fue iniciado hacia 1960 por Michel Foucault, Thomas Szasz, Ronald Laing y Erving Goffman. Su tesis es que los trastornos mentales son una invención de las autoridades para reprimir a la gente. Obviamente, los antipsiquiatras no creen en sus propios cerebros. 

¿Pensarán, como los antiguos egipcios, que la función del cerebro es segregar mocos? (Por este motivo los embalsamadores egipcios conservaban en vasos canópicos todos los órganos del difunto excepto su cerebro.) ¿O creerán, como Aristóteles, que su función específica es refrigerar el cuerpo? 

La historia que tan bien narra Shorter se entiende aun mejor a la luz de la vieja controversia filosófica sobre la naturaleza del alma (o psique o mente en su versión laica). Es obvio que mientras los exorcistas, psicoanalistas y antipsiquiatras no creen en el cerebro, los psiquiatras biológicos (y los industriales farmacéuticos) creen que los trastornos psíquicos son enfermedades del cerebro. Esta hipótesis es la raíz filosófica del éxito sensacional de la nueva psiquiatría. 

Seria pues justo que los fabricantes de psicofármacos patrocinaran los estudios filosóficos de la hipótesis de que todo lo mental es cerebral. 

Esto no implica que todos los trastornos mentales deban tratarse mediante el escalpelo, el choque eléctrico o la droga. Los trastornos menores, tales como las fobias, pueden tratarse con la palabra. Al fin y al cabo, al pasar del oído al cerebro y transformarse en ideas o imágenes, las palabras desencadenan procesos neu- roquímicos que pueden interferir con procesos cognitivos o emotivos. De aquí la eficacia de la terapia cognitiva, aunque a menudo deba complementársela con la psicofarmacológica. 

En conclusión, la psiquiatría se tornó científica cuando admitió que los trastornos mentales son tan reales y concretos como los digestivos, por ser disfunciones cerebrales. 

Ya no queda lugar decente para brujos ni para chamanes. A no ser la política.


En Cien ideas


25 abr. 2011

Mario Bunge - ¿Nos clonamos, che?

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Los primeros mamíferos clonados artificialmente a partir de animales adultos, ovejas, cerdos y monos, parecen gozar de buena salud. Al mismo tiempo, están asustados por los fogonazos de los fotógrafos. Con esto están pagando por su celebridad instantánea. Pero al menos nadie les pide sus autógrafos ni les pregunta qué piensan acerca de Madonna, del psicoanálisis, o del Fondo Monetario Internacional.

La nueva de esta hazaña de la biotécnica explotó casi con la misma violencia que la noticia de la primera bomba nuclear, medio siglo antes. Y suscitó esperanzas y temores parecidos. Mientras unos imaginaron usos benéficos, otros imaginaron usos maléficos. Lo que no es de extrañar, ya que la ambivalencia moral es característica de la técnica, a diferencia de la ciencia básica.

Los posibles usos benéficos de la clonación artificial, una vez que se haya perfeccionado al punto de poder aplicarla masivamente, son obvios. En el futuro se podrán producir copias genéticas de calabazas, melocotones, conejos y vacunos campeones. No habrá que esperar decenios de ardua, azarosa y costosa selección artificial para propagar lo más perfecto de cada especie.

Pero la perfección tiene un precio elevado. Si se cultivan solamente calabazas gigantes, que exigen mucha agua y mucho sol, se corre el riesgo de fracasar cuando se presente una sequía o un verano nuboso. Si se crían solamente vacas campeonas de la misma familia, se corre el riesgo de que todas sean atacadas por igual por gérmenes patógenos contra los cuales no están inmunizadas, y desaparezcan.

La uniformidad genética es valiosa en circunstancias normales, pero catastrófica en circunstancias anormales. El motivo de ello es que toda adaptación es circunstancial y toda perfección es parcial. Más vale una calabaza de tamaño mediano pero resistente, que una gigantesca pero vulnerable.

El cheetah, leopardo africano, es el cuadrúpedo más veloz del planeta. Esto lo hace el cazador más eficiente: le basta una carrerita para atrapar una gacela suficiente para alimentar a su familia y, por añadidura, a una numerosa banda de hienas, buitres y otros carroñeros.

Pero esta especie de grandes gatos tiene la enorme desventaja de poseer una gran uniformidad genética: todos los cheetahs se parecen enormemente entre sí. Por consiguiente, son igualmente vulnerables a gérmenes patógenos y accidentes ambientales. Por esto, los zoólogos creen que es una especie en vías de extinción. La diversidad genética, no la pureza racial, es garantía de supervivencia. (Tomen nota los racistas empeñados en la «limpieza étnica».)

La moraleja práctica es obvia: la clonación artificial debiera practicarse con mucha cautela. Debiera usarse sin disminuir el número de variedades ni, con mayor razón, el de especies. O sea, conviene practicarla solamente para multiplicar el número de especímenes superdotados de cada variedad o especie. En otras partes, habría que conservar la biodiversidad al mismo tiempo que se multiplica el número de copias de ejemplares superdotados.

¿Se aplica lo anterior a los seres humanos? No, y esto por varios motivos.

Primero, la identidad genética de dos o más humanos no basta para obtener personas idénticas. El motivo es que somos producto no sólo de nuestra herencia sino también de la experiencia, de la educación, y de las circunctancias.

Los gemelos univitelinos no son idénticos en todo. En primer lugar, uno de ellos suele ocupar un lugar más ventajoso que el otro en el útero, de modo que uno de ellos suele estar mejor desarrollado que su gemelo. En segundo lugar, aun cuando ambos reciban la misma educación, se les presentan oportunidades diferentes, de modo que acaban siendo personas netamente distintas.

Por consiguiente, aun cuando se lograra clonar un ser humano excepcional, las copias no heredarían lo que ha aprendido el original. (Los conocimientos no están codificados en el genoma.) Los clones recién nacidos serían infantes tan ignorantes como cualquier hijo de vecino. Para poder llegar a los talones del original tendrían que aprender tanto como éste. Al fin y al cabo, se espera de nosotros que aprendamos algo más que a balar y obedecer al pastor y a su perro ovejero.

Más aún, los clones no podrían gozar de la misma educación ni de las mismas oportunidades y desafíos que el original. La suerte, buena o mala, no se repite.Y nadie puede escapar al accidente favorable o desfavorable que llamamos «suerte».

Podría objetarse que, para asegurar la identidad de los clones, se los criaría juntos y con las mismas nodrizas y maestras. Pero entonces se formarían personas tan similares que competirían entre sí por los mismos juguetes, las mismas golosinas, y el cariño de las mismas personas. Competirían hasta destrozarse mutuamente.

Segundo, la identidad genética es una desventaja antes que una ventaja, cuando se hereda algún defecto genético, tal como la hemofilia, o una predisposición innata, tal como la diabetes o la esquizofrenia. Si no se conoce a fondo la historia familiar, no se puede predecir con certeza las enfermedades hereditarias que podrán padecer los mellizos o niultillizos que resulten de la clonación.

Tercero, presumiblemente se clonaría solamente a individuos excepcionales por algún motivo: inteligencia o fuerza física, astucia o falta de escrúpulos, etcétera. Se trataría entonces de individuos de edades comprendidas entre los 30 y los 50 años. Pero tal vez las células extraídas de estos individuales contengan ADN «gastado» (con telomeros podados) y reproduzcan un número de generaciones mucho menor que las células de un recién nacido.

Si es así, los clones envejecerían prematuramente. De poco les serviría el genoma sobresaliente, ni siquiera si se les ofreciese la mejor educación y las mejores oportunidades. En todo caso, aún no se sabe si los clones heredan la longevidad potencial de los originales.

Peor: se sabe que los clones de ovejas y otros animales suelen tener graves defectos, tales como tamaño excesivo, transtornos circulatorios y respiratorios, disfunciones inmunitarias, y malformaciones cerebrales. ¿Qué haríamos con clones humanos aquejados de graves defectos de nacimiento? ¿Los mataríamos tranquilamente como a las ovejas defectuosas?

Cuarto, la clonación de seres humanos podría usarse con fines tenebrosos. En efecto, podría clonarse a individuos poderosos, para usar las copias como bancos de órganos. Si el mandalluvias necesita un transplante de corazón, se le extrae el corazón a uno de sus clones. Si luego necesita un nuevo riñón, se sacrifica a un segundo clon. Esta perspectiva basta para prohibir la clonación de seres humanos, como lo han hecho varios países por diversas razones.

Pero sería un error proscribir también las investigaciones básicas sobre los mecanismos de herencia y reproducción, ya que han arrojado resultados que han enriquecido no sólo el conocimiento sino también la medicina, la veterinaria y la agronomía. En particular, es un grave error prohibir el uso de embriones para obtener células pluripotentes (stem cells), o sea, que pueden convertirse en células pertenecientes a órganos tan distintos como el corazón y el cerebro. Estas células podrían usarse para reemplazar a células muertas. Por ejemplo, podrían fabricarse prótesis vivas para reemplazar partes del cerebro muertas a causa de accidentes vasculares.

El conocimiento no daña. Sólo pueden causar gran daño el malvado que usa conocimiento y el ignorante que se rehúsa a averiguar antes de actuar sobre el prójimo, o que pretende coartar la libertad de averiguar.

En resolución, en este caso, como en los demás, es menester distinguir la ciencia básica de la técnica. Y hay que recordar que, mientras siempre es bueno conocer, hay acciones innecesariamente arriesgadas y otras francamente malas. En otras palabras, la ciencia es buena pero la técnica es ambivalente. Por lo tanto, la primera merece apoyo, y la segunda exige vigilancia. En particular, estudiemos la clonación pero no nos clonemos.


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