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13 ago. 2012

Pearl S. Buck - La mariposa de plata

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Pearl S. Buck © Bettmann/CORBIS


El hombre empezó a hablar.

—Voy a contarle la historia de mi madre...

Cerré los ojos en la ardiente obscuridad de una noche veraniega en Hong-Kong. Había sido enviada allá con la misión de oír las confidencias que quisieran hacerme los hombres y mujeres que habían huido de China, su patria. Aquel hombre se había negado a entrar en mi habitación, a menos que estuviese a obscuras. No deseaba que yo viese su rostro. Sólo quería que oyese su voz, sus palabras, mientras iba hilvanando su relato.

Y de pronto sus palabras dejaron de ser las palabras de un hombre, para convertirse en meros instrumentos que, a la cruda luz de los nuevos tiempos, evocaban para mí un panorama difícil de olvidar. Mi imaginación, a través de aquellos instrumentos, revivía el pasado. Un pueblecito a las orillas del Yangtzé... ¡Cuántas veces había contemplado yo aquellos pueblecitos del centro de China! En la calle, entre casas mucho más pobres, solía haber una verja que daba paso a una propiedad cercada, en la que se levantaba la mansión del terrateniente, a veces dueño de veinte acres de terreno, que era quizá veinte veces lo que los otros hombres del pueblo poseían individualmente. Su padre había sido uno de esos terratenientes. Y fue rico no sólo en tierras, sino que además tuvo una concubina. Quizá más de una, pero por lo menos una.

—Ella fue mi madre —dijo la voz en la obscuridad. Ahí empezaba la historia. Ella fue su madre. En los viejos tiempos los lazos entre madre e hijo eran muy estrechos entre los chinos. Los soldados jóvenes, chicos del pueblo arrancados a la fuerza de las pacíficas y polvorientas calles para hacer el servicio militar, añoraban enormemente a sus madres. «Wo-tih Ma! Wo-tih Ma!» Así las llamaban a gritos cuando morían en las batallas de la revolución. Una vez que en las calles de Pekín los estudiantes se amotinaron contra el jefe local y fueron acribillados a balazos por los soldados, los oí llorar llamando a sus madres...

—Yo tuve un hermano —decía la voz en la obscuridad—. Murió a los cinco años, antes de que yo naciese. Mi madre siempre le quiso más que a mí. Lo sé porque siempre que veía a un niño de esa edad, le instaba para que fuese hacia ella y le daba caramelos. Yo era el hijo de su vejez. Tenía más de cuarenta años cuando yo nací y fue una desgracia para ella tener un hijo a su edad. A pesar de eso, luchó por mí. Consiguió que mi padre me tratase bien, tan bien como a los hijos de su mujer. No le permitió olvidar que yo era también hijo suyo, fuese ella quien fuese. Y fue buena conmigo. Mientras viva estaré en deuda con ella.

Se hizo un silencio que pareció muy largo, pero que quizá no duró más de un minuto.

—Entonces fue cuando cambiaron las cosas. Mi padre fue acusado de terrateniente por sus colonos. Era prácticamente imposible que hubiesen olvidado todo lo que había hecho por ellos, cómo les había perdonado su parte cuando la cosecha era escasa, cómo les había ayudado a resolver sus problemas... Pero en cuanto los miembros del Partido se hicieron amos del pueblo, su misión consistió en enseñar a la gente a odiar. Si los colonos no hubiesen pedido la ejecución de los propietarios, también ellos hubiesen sido castigados. Fuese como fuese, los propietarios tenían que morir para que el nuevo orden quedase establecido. A mi padre le llevaron al patio principal de la casa, y después de colgarle de un árbol muy alto por sus dedos pulgares, le desollaron vivo. Nosotros, su familia, nos vimos obligados a presenciarlo. Después fuimos separados. Mis hermanastros y sus familias se dispersaron y mi madre, mi mujer y yo fuimos trasladados a una casita de una sola habitación y paredes de barro que anteriormente ocupara nuestro portero. Como soy hombre de cierta cultura, se me dio trabajo como tenedor de libros en la Cooperativa. Se las llamaba Cooperativas al principio, antes de que viniesen las Comunas. Tenía también que cavar horas y horas a la orilla del río para poner los cimientos de los pilares sobre los que iba a levantarse el Gran Puente. ¿Recuerda usted esas ciudades que están una frente a otra, allá, en Wy Nan?

—Las recuerdo —dije—. Ya en los viejos tiempos se soñaba con un gran puente que uniese las dos ciudades... Pero nunca dejó de ser un sueño. El río es rápido y caudaloso.

—Sí, rápido y caudaloso —asintió la voz—. Y en la orilla el suelo es arcilla, que cuando llega la estación seca parece roca. Yo nunca había hecho aquella clase de trabajo. Mi mujer trabajaba conmigo. Tampoco ella había trabajado nunca en nada parecido. Por las noches estábamos tan cansados que raras veces hablábamos. Y a todo esto mi madre se pasaba los días en casa, completamente sola. No acertaba a comprender lo que había sucedido. Después de ver morir a mi padre nunca fue la misma, ¿comprende? Su cerebro se había enturbiado, como se enturbia un estanque de aguas claras...

—Comprendo —dije. Las palabras que la voz empleó fueron «hwen, toou hwen liao»—. Memoria vaga y confusa.

Y la voz continuó su relación, amable y paciente, sin estridencia alguna.

—Nuestro problema era el alimento. No teníamos suficiente para comer. Como mi madre no podía trabajar, no tenía derecho a su ración de comida. Por tanto, mi mujer y yo nos veíamos obligados a compartir la nuestra con ella. Pero no era suficiente. Estábamos siempre hambrientos y mi madre no podía comprender por qué. «¡Compradme un poco de cerdo!», solía pedirnos. Estaba acostumbrada a buenos alimentos, cerdo o pescado cada día, y tanto arroz como le apeteciese. Pero ahora sólo se nos daba cerdo una vez al mes, y muy poco. Lo guardábamos todo para ella, pero continuaba hambrienta y creía que era por nuestra culpa. No podíamos hacer que comprendiese que sólo disponíamos del alimento reglamentario. «¿Por qué no compráis un cerdito?», nos preguntaba. ¡En los viejos tiempos eso hubiese sido tan fácil...!

—Lo sé —dije—. En los viejos tiempos cada campesino tenía un cerdo, pollos, y quizá un buey...

—Todo eso nos ha sido arrebatado —dijo la voz—. Lo compartimos todo, ¿comprende?, pero eso significa que no tenemos nada. Nos retienen parte del salario en depósito, según dicen, pero no sabemos dónde. Hasta los campesinos, nuestros antiguos colonos, que esperaban enriquecerse después de haber acabado con los propietarios, están en la miseria. La Comuna les quitó lo poco que tenían y no les dio nada a cambio.

La voz se interrumpió bruscamente para toser.

—Tenga en cuenta que no me quejo.

—Lo tengo en cuenta —dije.

—¿De qué sirve quejarse? Hemos de doblegarnos como se doblegan los juncos cuando el viento arrecia. Sólo nos resta aguardar a que amaine, para levantarnos de nuevo...

—Amainará —le dije—. Siga contándome... No quiero que se interrumpa aquí.

—Llegó un día en que hasta la casa nos fue arrebatada.

Después de una larga pausa la voz continuó en un tono más bajo y triste:

—Quiero ser sincero. Si no nos hubiesen quitado la casa no sé lo que hubiésemos hecho... Yo tenía que andar con mucho cuidado, ya que por ser hijo de un propietario estaba considerado como sospechoso. Los hijos de los campesinos y de los granjeros son educados en la doctrina comunista y no conocen otra cosa. No se lo reprocho porque no pueden evitarlo. Pero si yo hubiese dado un mal paso, me hubiesen matado a mí, a mi mujer y a mi madre. Día y noche me atormentaba el miedo de cometer una equivocación. Y mi madre, que no entendía nada de todo aquello, me ponía en peligro una y otra vez. Cuando nosotros estábamos fuera y algún oficial aparecía por casa, para espiar, le recibía como a un huésped, como hubiese hecho en los viejos tiempos, le ofrecía una taza de té, disponiendo de las pocas onzas de hojas de té que habíamos logrado reunir, o añadía agua al arroz que mi mujer había dejado preparado como única comida del día y le preparaba un plato de gachas. Las sospechas se acrecentaron. Mi mujer y yo estábamos desesperados. Si las cosas hubiesen seguido así, hubiésemos sido capaces de olvidarlo todo y acabar con mi madre. No por crueldad, sino para salvarnos nosotros. Hubiésemos sido capaces de hacerlo. Otros lo han hecho...

—Me doy perfecta cuenta de que se puede llegar a eso —observé—. Aunque una cosa así hubiese sido inadmisible en los viejos tiempos... El hijo hubiese sido considerado un monstruo y las gentes del lugar le hubiesen matado a pedradas.

—Aquellos tiempos... ¿Existieron alguna vez? Los he olvidado. Todos nosotros los hemos olvidado. Ahora tenemos la Comuna... Nos dejaron permanecer en la casita hasta que se construyese el nuevo edificio de la Comuna, pero nos retiraron todos los utensilios de cocina y nos vimos obligados a comer en los comedores públicos. A mi mujer la mandaron allá de cocinera. En cuanto a mi trabajo, se me hacía cada día más pesado. Me pasaba las mañanas en la oficina y las tardes cavando. Y al anochecer teníamos que asistir a las reuniones de la Comuna, hasta las once de la noche. Nos dieron unos tickets a cambio de los cuales recibíamos nuestra ración de comida. Pero a mi madre, como no era capaz de trabajar, no le dieron. Fui a ver al comandante, un joven de veintiún años, hijo del barbero del pueblo. Se había unido al Partido y nuestras vidas estaban en sus manos. Todos los cabecillas son jóvenes y de familias campesinas. Tratan de complacer a sus superiores con un celo desmedido, porque les temen. Todos tememos a alguien... «Su madre tiene que trabajar», me dijo el comandante, con cara de pocos amigos. Le expliqué que estaba mentalmente débil, pero me repuso que una persona así también podía servir para algo... Podía trabajar en la Guardería Infantil, por ejemplo. Tuve que llevar a mi madre allá y gracias a eso pude conseguirle un ticket para ir a los comedores públicos. Nos las arreglábamos mejor que antes, en lo que atañe al alimento, pues estando mi mujer de cocinera podía hacerse con algo de cuando en cuando, como hacen todas las cocineras. ¡Hasta llegó a traerme un poco de arroz envuelto en una hoja de loto!

»Hubiésemos podido darnos por satisfechos si no hubiese sido por la Guardería Infantil, que se hallaba en nuestra antigua mansión, donde mi madre había vivido toda su vida. Su cerebro estaba demasiado débil para que pudiese darse cuenta de ello, pero por un extraño instinto sabía cómo moverse a través de aquella casa, a pesar de que ahora tiene un aspecto muy distinto. Talaron todos los árboles y devastaron los jardines... Primero la convirtieron en Cuartel General del Partido, luego en fábrica de cestos, y más tarde instalaron allá el Cuartel de los soldados. Y ahora que es una Guardería Infantil cuesta imaginar que en otros tiempos fue una gran casa de campo, confortable y hasta bonita en su estilo. Usted debe haber visto casas así...

—Muchas veces —dije—. Son muy bonitas, como usted dice, en su estilo. Pertenecen a la tierra sobre la que se levantan, y generaciones y generaciones de la misma familia les han dado vida.

—Así era mi casa. Mi madre no podía recordar, pero tampoco había olvidado. Su pobre cerebro le hizo creer que se la había castigado a ser la última esclava en aquella casa llena de niños que de un modo vago suponía eran los niños de nuestra familia. Seguía a la directora de habitación en habitación, explicándole que en otros tiempos ella había sido señora en aquella gran mansión, y que ahora no quería ser una criada. Debían respetarla y permitirle que se sentase junto a la puerta, al sol, y servirle el té. La directora era una chica joven, hija de un campesino, y se mostraba impaciente y asustada, no sólo porque mi madre había pertenecido a la clase alta, sino también porque temía el castigo que le sería impuesto si no conseguía que cumpliese con su obligación. Estaba furiosa porque le habían mandado a una vieja estúpida como mi madre para que la ayudase. A pesar de todo, no puedo acusarla de crueldad. Sólo de impaciencia y miedo. Todos los jóvenes son así ahora. Se ven forzados a ir muy aprisa. Pero todo lo que hacen es a costa de la gente.

—Amigo mío —le dije—. Es muy tarde...

Pero la voz reanudó su relato inmediatamente.

—A pesar de todo, aún hubiésemos podido arreglárnoslas... Pero un día llevaron a la Guardería a un niño de cinco años que lloraba desconsoladamente. Era débil y enfermizo y mi madre al verlo pensó al punto en su hijo, el que había muerto a esa edad. Se encariñó con él y ése fue su gran crimen. No supo ocultar su amor y ése fue su gran peligro... El amor nos está terminantemente prohibido. Se nos enseña que es una debilidad burguesa que destruye todos los fines de las Guarderías. Los niños han de crecer pensando sólo en el grupo, nunca en el individuo, ni siquiera en sí mismos... Cuando llevan cuatro años en la Guardería han aprendido lo que se llama «vida en común». Lo aprenden con facilidad, pero a pesar de eso los más pequeños lloran por las noches llamando a sus madres. Eso es un problema que todavía no ha sido resuelto. Si el que llora es mayor, se le castiga. La única solución es el trabajo. Los niños de tres años arrancan hierbajos, y los mayores transportan piedras. Aprenden cánticos que les indican cómo han de pensar. Si alguno desobedece se le castiga con doble trabajo. El niño del que mi madre se había encariñado se contaba, por supuesto, entre los desobedientes. Jamás había trabajado y se pasaba la vida llorando. Mi madre intentó ayudarle a transportar piedras, pero eso estaba prohibido y la amenazaron con echarla de allí. Se sintió atemorizada, porque para entonces quería al pequeño con locura, y procuró apartarse de él durante el día. Pero por las noches se deslizaba hasta él en la obscuridad y tomándole en sus brazos se lo llevaba al cobertizo del combustible y allá lo acunaba hasta que se dormía. Naturalmente, aquello perjudicaba al pequeño, porque aunque le consolaba y le hacía feliz, al mismo tiempo le debilitaba.

»Aún trabajaba menos que antes y ella, mi madre, cayó en un caos de confusiones. Se imaginó que era de nuevo una concubina, con su hijito, y que todos los de la casa les odiaban, de modo que no tenía amigos, ni uno siquiera...

»Un día, mientras barría el cobertizo del combustible, cosa que formaba parte de su trabajo, se hizo un claro en su nebuloso cerebro y recordó de pronto que cuando era concubina le habían regalado unas joyas y que en cierta ocasión, durante una pelea y en un momento de pánico, las había escondido precisamente en aquel mismísimo lugar, debajo de un ladrillo. Fue hacia allí como en sueños y encontró las joyas donde las había dejado, pero cubiertas de polvo. Había tres piezas. No sé cómo eran las otras dos. Me hubiese enterado si hubiesen sido de valor... La tercera sí que era valiosa. Se trataba de "una mariposa de filigrana de plata adornada con diminutas perlas finas. Era un trabajo de artífice. Lo vi yo mismo cuando mi madre fue sometida a juicio. Se la llevó del cobertizo escondida en su seno. Todo esto fue dicho en el juicio.

»Al día siguiente, el pequeño se hizo un corte en la mano. Era un corte profundo y doloroso... Lo vi también en el juicio. Tenía la palma de la mano hecha polvo. Le dieron una herramienta muy afilada para arrancar hierbajos y se le escapó de las manos al hacer presión sobre el mango. Hacía mucho tiempo que no había llovido y la tierra estaba dura como el hierro. Le llevaron a la enfermería, naturalmente, y vertieron un poco de desinfectante sobre la herida. Siempre hay muchos niños enfermos, demasiados, y los encargados están muy ocupados. Nadie perdió el tiempo consolándole... Mi madre consiguió deslizarse hasta él y se lo llevó al cobertizo. Allá, entre haces de caña, le enseñó la preciosa mariposa de plata para animarle.

»—¿Ves qué bonita? —le susurró—. Va a ser para ti.

La guardaré yo, para que nadie te la quite, pero es tuya. Vendremos a verla cada noche, ¿quieres? Ten, cógela.

»El pequeño jamás había visto una cosa tan bonita. Dejó de llorar y cogió la mariposa. Después de mirarla un rato, sonrió feliz. Todo esto lo contó mi madre en el juicio, con sencillez y claridad. Nos quedamos sorprendidos de que lo recordase tan bien.

»Cada noche iban a ver la mariposa. Naturalmente, mi madre le recomendó que no lo dijese a nadie, pero él era muy pequeño y no supo guardar el secreto. La mariposa fue descubierta. De hecho el pequeño persuadió a mi madre para que le dejase guardarla durante todo un día, y al tenerla en su poder no pudo resistir la tentación de enseñársela a un compañero, que se lo dijo a la directora. Los que delatan tales «desviaciones» son recompensados con un poco de azúcar. Se dio parte a las autoridades. Al pequeño le obligaron a decir la verdad, y por decirla le golpearon duramente. Su pecado consistía en desear algo que los otros no tenían ni podían tener. Se había convertido en un «desviacionista». A todo esto todavía no había cumplido seis años.

»Luego las autoridades se echaron sobre mi madre. Le exigieron que contase la verdad y ella lo hizo, con toda sencillez. Nadie la creyó. Cinco años antes hubiese sido condenada a muerte por una «desviación» así. Entonces se contentaron con sentenciarla a ser «denunciada» en la próxima reunión de nuestra Comuna. No obstante, eso de ser denunciado es muy difícil de soportar...

La voz se quebró en un sollozo ahogado. Esperé en silencio. ¿Qué iba a decir? Y continuó de nuevo:

—:E1 día de la reunión me oculté entre la muchedumbre. Sabía lo que iba a pasar porque lo había visto muchas veces... Pero esta vez se trataba de mi madre. La sacaron con las manos atadas y el joven comandante gritó su crimen con voz bronca. Los que estábamos a su alrededor teníamos que gritar también, acusándola, "levantando nuestros puños contra ella, denunciándola... Al final teníamos que pedir su vida. Y yo, ¡yo tenía que gritar más alto que nadie! Todos me vigilaban buscando en mi voz algún signo de amor a mi madre. Tenía que gritar más que ellos... Ella no dejó de sonreír en todo el rato. Creo que no entendió nada de todo aquello. Volvía la cabeza de un lado a otro sonriendo, sin comprender. No me vio. Me situé todo lo lejos que pude.

»Lo peor vino cuando se vio obligada, como todos al ser denunciados, a bajar las gradas y pasar a través de la muchedumbre... Entonces es el momento de golpearles, abofetearles las mejillas y darles puntapiés. También mi madre recibió golpes y bofetadas, hasta que se cayó. Estaba muy débil, y como en su juventud había llevado los pies vendados nunca pudo andar bien, ni siquiera estando fuerte. Había llegado el momento de darle puntapiés...Todo el mundo me observaba y yo estaba muy asustado. Fui hacia ella para hacer lo que tenía que hacer. En aquel momento levantó la cabeza y me vio. Cuando noté que me reconocía intenté parecer enfadado. Durante unos momentos no supo cómo reaccionar. Después sonrió. Había comprendido...

—¿Fue el final? —pregunté.

—No —dijo la voz—. Pero hubo un final. Cuando la soltaron volvió a la Guardería. Estaba anocheciendo. El pequeño yacía sobre su catre, completamente solo. Los demás estaban cenando en el comedor público. A él también le habían apaleado, también él había sido denunciado por un grupo de su edad. Los educan así. Mi madre lo tomó en sus brazos y le pidió que la acompañase... Usted debe preguntarse cómo sé yo todo esto... Me enteré gracias a mi mujer, que durante la reunión se quedó en la cocina con el pretexto de preparar la cena. Luego, mientras los demás cenábamos en la Comuna, ella se deslizó a hurtadillas hasta la Guardería. Vio cómo mi madre abrazaba al pequeño. Luego le habló con dulzura:

»—Ya ves, soy una carga para mi hijo. Se ve obligado a pegarme. Mi vida es un estorbo para él. Me doy cuenta de ello... Ven tú conmigo, hijito mío, acompáñame... Vayámonos a un sitio mejor.

»Los labios del pequeño estaban amoratados e hinchados, pero habló con claridad.

»—¿Dónde está la mariposa de plata? —preguntó.

»—Ven conmigo —le contestó mi madre—. Iremos al río. Allí hay muchas mariposas. Se reúnen en el agua para beber. Son mariposas vivas..., mariposas de verdad...

»Mi mujer los siguió a través del crepúsculo, hasta la orilla del río. Mi madre tomó al pequeño en sus brazos y él se aferró a su cuello y escondió la cabecita en su hombro. Se internaron en el río. No hacía viento y las aguas no se movían... Oculta tras unos sauces mi mujer los observaba. Siguieron adelante hasta que las aguas los cubrieron, y nunca volvieron atrás... Aquello fue el final.

—¿Y su mujer? —pregunté-¿No hizo nada?

—Mi mujer tiene buen corazón... No hizo nada —replicó la voz.

Esta vez el silencio fue largo. ¿Quién hubiese podido hablar? Pero hasta el silencio tiene que terminar de un modo o de otro, si no, se hace insoportable.

—¿Y el puente? —pregunté.

La voz habló de nuevo. Me quedé sorprendido porque, aunque sin duda se trataba del mismo hombre, su voz era distinta, repentinamente suave.

—Ya está terminado. Es fuerte y muy ancho, como vuestros puentes americanos. Tiene cuatro vías, dos de Norte a Sur y dos de Sur a Norte, de modo que la gente y los vehículos pueden ir al mismo tiempo en ambas direcciones.

—Algunos de nuestros puentes tienen ocho vías —dije

—He oído decir que a nuestro puente le van a añadir dos vías más —me replicó rápidamente.

—Muy interesante —comenté—. Especialmente si se tiene en cuenta la importancia del río. Los nuestros no son tan rápidos y caudalosos... Deben de estar ustedes muy orgullosos del puente.

—Oh, sí, estamos muy orgullosos. Del puente, claro. Pero...

Se le quebró la voz. El silencio se interpuso de nuevo entre nosotros, esta vez cual barrera insuperable. Porque el hombre se había ido. ¿A ocultarse en la ciudad, en alguna habitación secreta para refugiados? ¿O a ponerse en marcha hacia aquello de lo que había huido?

¿Quién sabe?



En Con cierto aire delicado
Traducción:  Carmen Virgili
Imagen: © Bettmann/CORBIS