Mostrando las entradas con la etiqueta Brecht Bertolt. Mostrar todas las entradas

7 oct. 2014

Bertolt Brecht - El manto del hereje

No hay comentarios. :


Bertolt Brecht © Bettmann/CORBIS


Giordano Bruno, el hombre de Nola al que las autoridades de la Inquisición romana condenaron, el año 1600, a morir en la hoguera por herejía, es universalmente considerado un gran hombre no sólo por sus audaces —y luego comprobadas— hipótesis sobre los movimientos de los astros, sino también por su valerosa actitud frente a la Inquisición, a la que dijo: «Pronunciáis vuestra sentencia contra mí quizá con más temor del que yo siento al escucharla.» Cuando leemos sus escritos y encima echamos una ojeada a los informes sobre su actuación pública, sentimos que en verdad no nos falta nada para calificarlo de gran hombre. Y, sin embargo, hay una historia que acaso pueda aumentar todavía más nuestro respeto por él.

Es la historia de su manto.

Antes hay que saber cómo cayó en las manos de la Inquisición.

Un patricio veneciano, un tal Mocenigo, invitó al sabio a pasar una temporada en su casa para que lo instruyera en los secretos de la física y la mnemotecnia. Le brindó hospitalidad durante varios meses y obtuvo, a cambio, la instrucción acordada. Pero en vez de las clases de magia negra que él había esperado recibió tan sólo las de física. Quedó muy descontento porque éstas no le servían para nada. Los gastos que le ocasionara su huésped empezaron a pesarle, y repetidas veces lo exhortó seriamente a que le revelara los conocimientos secretos y lucrativos que un hombre tan famoso debía de poseer, sin duda alguna; al no conseguir nada de esta forma, lo denunció por carta a la Inquisición. Escribió que aquel hombre perverso y malagradecido había hablado mal de Cristo en su presencia, diciendo que los monjes eran asnos que estupidizaban al pueblo y afirmando asimismo, en contra de lo que decía la Biblia, que había no sólo uno, sino innumerables soles, etc. etc. Por consiguiente, él, Mocenigo, lo había encerrado en su desván y rogaba que enviasen pronto funcionarios a buscarlo.

Los funcionarios se presentaron un lunes, muy de madrugada, y se llevaron al sabio a las mazmorras de la Inquisición.

Aquello sucedió el lunes 25 de mayo de 1592, a las tres de la mañana, y desde entonces hasta el día en que subió a la hoguera, el 17 de febrero de 1600, el nolano no volvió a abandonar las mazmorras.

Durante los ocho años que duró el terrible proceso, Bruno luchó sin descanso por su vida, pero el combate que libró en Venecia, el primer año, contra su traslado a Roma fue, quizá, el más desesperado.

En aquel período se sitúa la historia del manto.

En el invierno de 1592, cuando aún vivía en un albergue, se había mandado hacer un grueso manto a medida por un sastre llamado Gabriele Zunto. En el momento de su detención aún no había pagado la prenda.

Al enterarse del arresto, el sastre se precipitó a casa del señor Mocenigo en las proximidades de San Samuele para presentar su factura. Era demasiado tarde. Un criado del señor Mocenigo le señaló la puerta. «Ya hemos gastado más que suficiente en ese impostor», gritó tan alto en el umbral que algunos transeúntes volvieron la cabeza. «Mejor diríjase al Tribunal del Santo Oficio y dígales que tiene tratos con ese hereje.»

El sastre se quedó paralizado de temor en plena calle. Un grupo de golfillos lo había oído todo, y uno de ellos, un chiquilín harapiento y cubierto de granos, le lanzó una piedra. Cierto es que una mujer pobremente vestida se asomó por un portal y asestó una bofetada al pillastre, pero Zunto, un hombre viejo, sintió claramente que era peligroso ser alguien que «tuviera tratos con ese hereje». Echó a correr mirando alrededor medrosamente y volvió a su casa dando un largo rodeo. A su mujer nada le contó de su infortunio, y durante una semana ella no supo explicarse las razones de su abatimiento.

Pero el 1 de junio, mientras hacía cuentas, descubrió que un manto no había sido pagado por un cliente cuyo nombre estaba en boca de todo el mundo, pues el nolano era la comidilla de la ciudad. Corrían los rumores más terribles sobre su perversidad. No sólo había echado pestes contra el matrimonio, tanto en libros como en conversaciones, sino que había tratado de charlatán al mismo Cristo y afirmado las cosas más desquiciadas sobre el Sol. No era, pues, nada extraño que no hubiera pagado su manto. Y la buena mujer no tenía la menor intención de resignarse a esa pérdida. Tras una violenta discusión con su marido, la septuagenaria, vestida con sus mejores galas, se dirigió a la sede del Santo Oficio y reclamó, con cara de malas pulgas, los treinta y dos escudos que le debía el hereje allí encarcelado.

El funcionario con el que habló tomó nota de su petición y le prometió ocuparse del asunto.

Zunto no tardó en recibir una citación, y, temblando como un azogado, se presentó en el temido edificio. Para su gran sorpresa, no fue interrogado, sino solamente informado de que su petición sería tenida en cuenta cuando se examinaran los asuntos financieros del detenido. De todas formas, el funcionario le insinuó que no se hiciera muchas ilusiones.

El anciano quedó tan contento de salir bien librado por tan poco, que le agradeció humildemente. Pero su mujer no estaba nada satisfecha. Para compensar esa pérdida no le bastaba con que su marido renunciara a su copa vespertina y siguiera cosiendo hasta muy entrada la noche. Con el pañero habían contraído deudas que no podían eludir. Se puso a chillar en la cocina y en el patio que era una vergüenza encerrar a un delincuente antes de que hubiera pagado sus deudas. Si fuera necesario, añadió, iría a ver al Santo Padre en Roma para recuperar sus treinta y dos escudos. «En la hoguera no necesitará ningún manto», gritó.

Contó a su confesor lo que les había pasado. Este le aconsejó pedir que al menos les devolvieran el manto. Viendo en ello el reconocimiento, por parte de una instancia eclesiástica, de que su reivindicación era legítima, la mujer declaró que no se contentaría con el manto, que sin duda ya habría sido usado y, además, estaba hecho a medida. Le hacía falta el dinero. Y como alzara un poco la voz llevada por su fervor, el sacerdote la echó fuera.

Esto la hizo entrar un poco en razón y la mantuvo tranquila unas semanas. Del edificio de la Inquisición no trascendió nada nuevo sobre el caso del hereje encarcelado. Pero en todas partes se rumoreaba que los interrogatorios iban sacando a luz monstruosas infamias. La vieja oía ávidamente todo aquel chismorreo. La atormentaba oír que el asunto del hereje tuviera todas las de perder. Aquel hombre jamás sería liberado ni podría pagar sus deudas. La mujer dejó de dormir por las noches, y en agosto, cuando el calor acabó de arruinar sus nervios, empezó a ventilar su queja a chorretadas en las tiendas donde compraba y ante los clientes que iban a probarse ropa. Insinuaba que los monjes cometían un pecado al despachar con tanta indiferencia las justas reclamaciones de un pequeño artesano. Los impuestos eran opresivos, y el pan acababa de subir nuevamente.

Una mañana, un funcionario se la llevó a la sede del Santo Oficio, donde la conminaron enérgicamente a poner fin a su malévolo cotilleo. Le preguntaron si no le daba vergüenza comadrear sobre un proceso religioso tan serio por unos cuantos escudos. Le dieron a entender que disponían de toda suerte de medios contra la gente de su calaña. Esto surtió efecto un tiempo, aunque cada vez que pensaba en la frase «por unos cuantos escudos», pronunciada por aquel fraile rechoncho, enrojecía de ira.

Hasta que en septiembre se rumoreó que el Gran Inquisidor de Roma había pedido el traslado del nolano. El asunto se estaba debatiendo en la Signoria.

La ciudadanía discutió acaloradamente esta petición de traslado, y la opinión era, en general, contraria. Los gremios no querían aceptar ningún tribunal romano por encima de ellos.

La vieja estaba fuera de sí. ¿Dejarían ahora que el hereje fuera trasladado a Roma sin haber saldado antes sus deudas? Aquello era el colmo. No bien hubo oído la increíble noticia cuando, sin molestarse siquiera en ponerse un vestido mejor, se precipitó a la sede del Santo Oficio.

Esta vez la recibió un funcionario de mayor rango que, curiosamente, fue mucho más complaciente con ella que los anteriores. Era casi de su misma edad y escuchó sus quejas tranquila y atentamente. Cuando terminó, él le preguntó, tras una breve pausa, si deseaba hablar con Bruno.

En seguida dijo que sí. Y fijaron una entrevista para el día siguiente.

Aquella mañana, un hombrecillo enjuto, con una oscura barba rala, la abordó en un cuartucho minúsculo con ventanas enrejadas y le preguntó cortésmente qué deseaba.

Ella lo había visto cuando él fue a probarse el manto y recordaba bien su cara, pero esta vez no lo reconoció de inmediato. La tensión de los interrogatorios debía de haberle provocado un cambio.

La mujer dijo precipitadamente:

—El manto. No llegó a pagarlo.

El la miró asombrado unos segundos. Cuando por fin se acordó, le preguntó en voz baja:

—¿Cuánto le debo?

—Treinta y dos escudos —dijo ella—. Le enviamos la cuenta.

El se volvió hacia el funcionario alto y grueso que vigilaba la entrevista y le preguntó si sabía cuánto dinero se había depositado en la sede del Santo Oficio junto con sus demás pertenencias. El hombre lo ignoraba, pero prometió averiguarlo.

—¿Cómo está su esposo? —preguntó el prisionero volviéndose otra vez hacia la vieja, como si el asunto estuviera prácticamente zanjado, se hubieran establecido relaciones normales y aquello fuera una visita habitual.

Y la mujer, desconcertada por la amabilidad del hombrecillo, murmuró que estaba bien y hasta añadió algo sobre su reuma.

Sólo al cabo de dos días regresó a la sede del Santo Oficio, pues juzgó de buen tono darle tiempo al caballero para que efectuase sus pesquisas.

Y volvió a obtener permiso para hablar con él. Tuvo que esperar más de una hora en el cuartucho de las ventanas enrejadas, pues estaban interrogando al prisionero.

Por fin apareció éste con aire muy agotado. Como no había sillas, se apoyó ligeramente contra la pared. Pero fue en seguida al grano.

Con voz muy débil le dijo que, por desgracia, no estaba en condiciones de pagarle el manto. Entre sus pertenencias no había encontrado dinero en efectivo. Pero tampoco se trataba de perder las esperanzas, añadió. Le había dado vueltas al asunto y creía recordar que un hombre que había editado libros suyos en la ciudad de Frankfurt aún le debía dinero. Le escribiría, si allí se lo permitían. Al día siguiente solicitaría el permiso. Durante el interrogatorio de aquel día había tenido la impresión de que el ambiente no era particularmente favorable, por lo que había preferido no preguntar para no echarlo todo a perder.

La vieja lo escrutaba con sus penetrantes ojos mientras él iba hablando. Conocía los subterfugios y vanas promesas de los deudores morosos. Sus obligaciones les importaban un rábano, y cuando se veían acorralado, fingían estar moviendo cielo y tierra.

—¿Para qué necesitaba entonces un manto si no tenía dinero con qué pagarlo? —preguntó con dureza.

El prisionero hizo un gesto con la cabeza para demostrarle que seguía su razonamiento. Y respondió:

—Siempre he ganado dinero con mis libros y mis clases. Por eso pensé que también ahora ganaría algo. Y creí necesitar el manto porque pensaba que aún seguiría rodando por el mundo.

Dijo esto sin la menor amargura, como si sólo hubiera querido no dejar a la anciana sin respuesta.

La vieja volvió a examinarlo de pies a cabeza, furibunda, pero a la vez con la sensación de que no llegaría a comprenderlo, y, sin añadir una sola palabra, dio media vuelta y salió precipitadamente del cuartucho.

—¿Quién se atrevería a enviar dinero a un hombre procesado por la Inquisición? —le espetó indignada a su marido aquella misma noche, en la cama. A él ya no le inquietaba la postura de las autoridades eclesiásticas sobre su persona, pero seguía desaprobando los infatigables intentos de su mujer por conseguir el dinero.

—Ahora tiene cosas más importantes en qué pensar —rezongó.

Ella no dijo nada.

Los meses siguientes transcurrieron sin que aconteciera nada nuevo en relación con el penoso asunto. A principios de enero se rumoreó que la Signoria estaba estudiando la posibilidad de acceder al deseo del Papa y entregar al hereje. Y los Zunto recibieron una nueva citación en la sede del Santo Oficio.

No se especificaba ninguna hora concreta, y la señora Zunto se apersonó una tarde. Llegó en un mal momento. El prisionero esperaba la visita del procurador de la República, de quien la Signoria había solicitado un dictamen sobre el asunto del traslado. La señora fue recibida por el funcionario de alto rango que tiempo atrás le consiguiera la primera entrevista con el nolano; el viejo le dijo que el prisionero había manifestado su deseo de hablar con ella, pero la invitó a que considerara si aquél era el momento adecuado, ya que el prisionero estaba pendiente de una entrevista sumamente importante para él.

Ella dijo que lo mejor sería preguntárselo.

Un funcionario salió y volvió al poco rato con el nolano. La entrevista tuvo lugar en presencia del funcionario de alto rango. Antes de que el prisionero, que sonrió a la señora desde el umbral, pudiera decir algo, la anciana le espetó:

—¿Por qué se comporta usted así si quiere seguir rodando por el mundo?

El hombrecillo pareció desconcertarse unos instantes. Había respondido a muchísimas preguntas aquellos tres meses y casi no recordaba el final de la última entrevista que tuviera con la mujer del sastre.

—No me ha llegado el dinero —dijo por último—; he escrito dos veces pidiéndolo, pero no me ha llegado. He estado pensando que tal vez os interesaría recuperar el manto.

—Ya sabía yo que llegaríamos a esto —replicó ella en tono despectivo—. Está hecho a medida y es demasiado pequeño para la gran mayoría.

El nolano miró a la anciana con aire atormentado.

—No había pensado en esto —dijo volviéndose hacia el monje—. ¿No se podrían vender todas mis pertenencias y darle el dinero a esta gente?

—Me temo que no será posible —terció el funcionario que lo había acompañado, el alto y grueso—. El señor Mocenigo las reclama. Usted ha vivido largo tiempo a costa suya.

—Fue él quien me invitó —replicó el nolano con voz cansina.

El anciano levantó la mano.

—Eso aquí no viene a cuento. Pienso que hay que devolver el manto.

—¿Y qué haremos nosotros con él? —dijo la vieja obstinadamente.

El anciano se ruborizó ligeramente. Luego dijo con voz pausada:

—Querida señora, no le vendría mal un poco de caridad cristiana. El acusado está pendiente de una entrevista que puede ser de vida o muerte para él. No puede usted pedir que se interese únicamente por su manto.

La vieja lo miró insegura. De pronto recordó dónde estaba y se preguntó si no haría mejor en irse, cuando oyó que, a sus espaldas, el prisionero decía en voz baja:

—En mi opinión tiene derecho a protestar.

Y cuando la vieja se volvió hacia él, añadió.

—Le ruego que disculpe todo esto. No vaya a pensar que su pérdida me resulta indiferente. Elevaré una instancia al respecto.

El funcionario alto y grueso había abandonado el cuarto a una señal del anciano. En aquel momento regresó y, abriendo los brazos, dijo:

—El manto no nos ha sido entregado. Mocenigo se habrá quedado con él.

El nolano se asustó visiblemente. Luego dijo con firmeza:

—No es justo. Me querellaré contra él.

El anciano movió la cabeza.

—Mejor preocúpese de la conversación que habrá de mantener dentro de unos minutos. No puedo permitir que aquí se siga discutiendo por unos cuantos escudos.

A la vieja se le subió la sangre a la cabeza. Había guardado silencio mientras hablaba el nolano, mirando, enfurruñada, uno de los rincones de la habitación. Pero en ese momento se le agotó la paciencia:

—¡Unos cuantos escudos! —exclamó—. ¡Es la ganancia de todo un mes! Para usted es muy fácil practicar la caridad. ¡No pierde nada!

En aquel instante se acercó a la puerta un monje muy alto.

—Ha llegado el procurador —dijo a media voz, mirando con sorpresa a la vieja chillona.

El funcionario alto y grueso cogió al nolano por la manga y lo condujo fuera. El prisionero se volvió a mirar a la mujer hasta que cruzó el umbral. Su enjuto rostro estaba muy pálido.

La vieja bajó las escaleras de piedra del edificio un tanto conturbada. No sabía qué pensar. Después de todo, el hombre había hecho cuanto estaba a su alcance.

No quiso entrar en el taller cuando, una semana más tarde, el funcionario alto y grueso les trajo el manto. Pero pegó la oreja a la puerta y le oyó decir:

—Lo cierto es que pasó estos últimos días muy preocupado por el manto. Presentó una instancia dos veces, entre interrogatorios y entrevistas con las autoridades de la ciudad, y varias veces solicitó audiencia con el nuncio para tratar del asunto. Al final logró imponerse. Mocenigo tuvo que devolver el manto que, dicho sea de paso, ahora le hubiera venido de maravilla, pues ha sido entregado y esta misma semana lo trasladarán a Roma. Era cierto. Estaban a finales de enero.


En Narrativa completa
Traducción: Juan José del Solar
Imagen: © Bettmann/CORBIS

22 sept. 2013

Bertolt Brecht - La anciana indigna

No hay comentarios. :

Bertolt Brecht - La anciana indigna


Mi abuela tenía setenta y dos años cuando falleció mi abuelo. Poseía éste un tallercito de litografía en una ciudad de Baden en el cual trabajó, con dos o tres obreros, hasta su muerte. Mi abuela no tenía criada, sino que atendía ella sola el hogar, cuidaba del viejo y destartalado caserón y cocinaba para los hombres y sus hijos.

Era una mujer pequeña y delgada con ojos vivarachos de lagarto, pero con una manera de hablar serena y pausada. Con escasísimos medios había conseguido criar a cinco hijos, de los siete que había tenido en total. Con los años y los sacrificios había ido menguando poco a poco.

Las dos hijas que tuvo emigraron a América, y de sus hijos varones, dos también se marcharon, y sólo uno, el benjamín, que tenía una salud bastante delicada, se quedó en la ciudad. Este último se hizo impresor y se cargó de hijos.

Mi abuela quedó, pues, sola en casa cuando falleció el abuelo. Los hijos comenzaron entonces a escribirse cartas para tratar de encontrar una solución. Uno se ofreció a llevársela consigo, y el impresor, por su parte, manifestó el deseo de mudarse con toda su familia a casa de la anciana. Mas la abuela rechazó las propuestas de sus hijos y sólo se declaró dispuesta a aceptar una pequeña asignación de aquellos que estuvieran en condiciones de ofrecérsela. La venta del viejo taller de litografía apenas había reportado nada, y quedaban, para colmo, deudas por saldar.

Los hijos escribieron a la anciana para explicarle que no podía vivir sola, pero como quiera que mi abuela persistiese en su actitud negativa, aquéllos por fin cedieron y comenzaron a enviarle algún dinero todos los meses, como ella había solicitado.

Después de todo, uno de ellos, el impresor, vivía en la misma ciudad. Y fue el impresor quien asumió la tarea de tener a sus hermanos al tanto del estado de salud y actividades de la anciana. Las cartas que envió a mi padre, y lo que mi progenitor logró también averiguar en una visita que hizo a la abuela y después de la muerte de la anciana, ocurrida dos años más tarde, me permitieron reconstruir lo acaecido durante aquellos dos años.

Parece ser que el impresor sufrió una gran decepción cuando mi abuela se negó a acogerle en el viejo caserón, que tan vacío se había quedado. Vivía mi tío con su mujer y sus cuatro hijos en una vivienda de tres habitaciones. La anciana mantenía lazos muy flojos con la familia del impresor. Invitaba a los niños a merendar los domingos por la tarde, eso era todo.

Visitaba además a su hijo una o dos veces por trimestre, ocasiones en que ayudaba a su nuera a hacer compota de fresas. La joven dedujo de algunas de las exclamaciones de su suegra que ésta no se encontraba demasiado a gusto en la modesta vivienda del impresor, pues le resultaba demasiado estrecha. Mi tío no pudo menos de recalcar este hecho mediante signos de admiración en los informes que regularmente enviaba a sus hermanos.

En respuesta a una carta de mi padre en la que éste le preguntaba qué hacía la anciana para ocupar su tiempo, el impresor se limitó a informarle de que frecuentaba el cine.

Hay que comprender que aquello no era normal, por lo menos es lo que pensaban sus hijos. Hace treinta años, el cine no era lo que es hoy. Las películas se proyectaban en locales sucios, mal ventilados; con frecuencia se trataba de viejas boleras reconvertidas en salas cinematográficas. A la entrada se exhibían escandalosos carteles en los que se anunciaban delitos de sangre y crímenes pasionales. En realidad, entonces sólo iban al cine los adolescentes o, en busca de la oscuridad, las parejas. Una anciana que acudiese sola debía de llamar la atención.

Pero había algo más que considerar, y era que si bien las entradas no costaban caras, aquel tipo de diversión se veía como algo totalmente superfluo: ir al cine equivalía a «tirar el dinero». Y tirar el dinero no era un acto respetable.

A todo esto se sumaba el hecho de que mi abuela no sólo no mantenía relaciones regulares con el único hijo que le quedaba en la ciudad, sino que tampoco visitaba ni invitaba a casa a ninguno de sus viejos conocidos. Jamás acudía a las tertulias locales. En cambio, iba con bastante asiduidad al taller de un zapatero remendón, en una calleja pobre y hasta de mala fama, que solía frecuentar —especialmente por la tarde— gente poco respetable, como camareras sin trabajo y obreros en paro. El remendón era un hombre de mediana edad que había recorrido todo el mundo sin que ello le hubiera servido de mucho. Se decía también que era dado a la bebida. En cualquier caso, no era la suya una amistad que conviniera a mi abuela.

Así se lo había indicado el impresor —según informó en una de sus cartas—, pero la anciana había acogido fríamente su advertencia.

—Es un hombre que ha visto mundo —había sido su escueta respuesta.

No era nada fácil discutir con mi abuela de temas que ella se negaba a abordar.

Habría transcurrido medio año desde la muerte del abuelo cuando el impresor escribió una carta a mi padre en la que le comunicaba que la anciana ahora comía en la fonda un día sí y otro no.

¡Vaya noticia! Mi abuela, que toda su vida había cocinado para una docena de personas y que se había contentado siempre con las sobras, se dedicaba ahora a ir a la fonda. ¿Qué demonios le ocurría? Poco tiempo después tuvo mi padre que hacer un viaje de negocios a un lugar próximo a la ciudad de mi abuela, circunstancia que aprovechó para visitarla. Llegó a su casa en el instante en que mi abuela se disponía a salir. La anciana se quitó el sombrero y sirvió a su hijo un vaso de vino tinto y unas galletas. Parecía estar de un humor sereno, equilibrado: no se mostró con él ni demasiado expansiva ni especialmente taciturna. Preguntó por nosotros, aunque sin insistir demasiado: lo que más le interesaba saber era si había cerezas para los niños. En eso no había cambiado. En la casa la limpieza era total, y ella misma parecía gozar de excelente salud.

El único detalle que hablaba de su nueva vida era el hecho de que se negase a acompañar a mi padre a visitar la tumba del abuelo.

—Puedes ir solo —le dijo como si tal cosa—, es la tercera empezando por la izquierda de la fila once. Yo tengo que hacer.

El impresor comentaría más tarde que seguramente había ido a ver a su zapatero. Mi tío siempre se estaba quejando de la anciana.

 —Yo vivo aquí, en este cuchitril, con los míos, y sólo tengo trabajo cinco horas todos los días, un trabajo además mal pagado. Para colmo, me vuelve a dar guerra el asma… y mientras tanto el viejo caserón está vacío.

Mi padre había reservado una habitación en la posada; sin embargo, confiaba en que su madre se dignaría invitarle, aunque fuera por simple cumplido, pero nada de eso ocurrió. Y sin embargo, en vida del marido, ella siempre se había empeñado en que su hijo se quedara a dormir en la casa, aunque hubiera estado abarrotada de gente, en lugar de gastar dinero en un hotel. Pero la anciana parecía haber roto definitivamente con la vida familiar para emprender nuevos derroteros ahora que su existencia declinaba.

Mi padre, que tenía un buen sentido del humor, la encontró muy «despabilada» y aconsejó a mi tío que le dejara hacer lo que se le antojara.

Pero ¿qué se le antojaba? La siguiente noticia que se tuvo de ella fue que había alquilado un break y había salido de excursión un jueves cualquiera. Un break era un coche de caballos de grandes ruedas y con sitio para toda una familia. A veces, cuando los nietos íbamos de visita, mi abuelo alquilaba un break. En semejantes ocasiones, la abuela siempre se había quedado en casa. Rechazaba las invitaciones con un ademán desdeñoso. Y después de lo del break vino el viaje a K., una ciudad más grande y que distaba de la de mi abuela unas dos horas de ferrocarril. En aquella ciudad iba a celebrarse una carrera de caballos, y a los caballos fue mi abuela.

El impresor estaba terriblemente alarmado. Pretendía que la viese un médico. Mi padre meneaba la cabeza mientras leía la carta, mas se opuso a la idea de mi tío.

Mi abuela no había viajado sola a K. Había llevado consigo a una muchacha, semitarada, según la expresión que había utilizado mi tío impresor en su carta, que trabajaba como ayudante de cocina en la fonda donde la anciana comía un día sí y otro no.

Aquella subnormal comenzó a desempeñar desde ese día un papel importante en la vida de mi abuela.

La anciana parecía haberse prendado de ella. La llevaba al cine y a casa del remendón —quien, dicho sea de paso, resultó ser socialdemócrata—, y se murmuraba que las dos mujeres se dedicaban a jugar a las cartas en la cocina, con un vaso de tinto delante.

—Ahora le ha comprado a la subnormal un sombrero con copete de rosas —escribía mi tío desesperado—. ¡Y mientras tanto nuestra Anna no tiene vestidito de comunión! Las cartas de mi tío eran cada vez más histéricas; ya sólo hablaba del «comportamiento indigno de nuestra querida madre» y no añadían más. El resto de la historia lo conozco a través de mi padre.

El posadero le había susurrado con un guiño:

—Por lo visto, a la señora B. le ha dado por divertirse, ¿eh? En realidad, mi abuela no llevaba una vida opulenta, ni mucho menos.

Cuando no iba a la fonda, su comida consistía en unos huevos, un poco de café y sus adoradas galletitas. No podía faltarle, sin embargo, su vasito de tinto en las comidas. Mantenía la vivienda escrupulosamente limpia, y no sólo la alcoba y la cocina, que eran las piezas que utilizaba normalmente. Por otro lado, y sin que sus hijos se enteraran, hipotecó el caserón. Nunca se supo qué hizo con el dinero. Seguramente se lo dio al remendón, ya que después de la muerte de mi abuela, el buen hombre se trasladó a otra ciudad, donde se dice que abrió un taller más grande para calzado a medida.

Bien mirado, mi abuela vivió dos vidas, una después de otra. La primera, como hija, esposa y madre, y la segunda, sencillamente como la señora B., una persona sola sin obligaciones y con medios modestos, pero suficientes. La primera vida duró aproximadamente seis decenios; la segunda, no más de dos años.

Mi padre se enteró de que en los últimos seis meses de su existencia mi abuela se había tomado ciertas libertades que a la gente normal le están vedadas. Así, por ejemplo, muchos días de verano se levantaba a las tres de la mañana y se paseaba por las calles desiertas de la pequeña ciudad, que a esas horas estaban a su exclusiva disposición. Y dicen que al párroco que la fue a visitar con el caritativo propósito de «hacer compañía a aquella pobre anciana en su soledad», mi abuela lo invitó al cine.

Ella no se sentía sola. A casa del remendón concurría al parecer gente muy alegre, que se divertía contando todo tipo de anécdotas. Siempre había allí, esperándola, una botella del vino tinto que a ella le gustaba y del que bebía un vasito mientras los demás se dedicaban a criticar a las dignas autoridades locales. Aquel vino le estaba reservado, pero la anciana traía de vez en cuando licores más fuertes para los contertulios.

Murió repentinamente una tarde de otoño en su alcoba, pero no en la cama, sino en su silla, junto a la ventana. Había invitado a la subnormal al cine aquella noche, de modo que la muchacha la acompañó en sus últimos momentos. Tenía sesenta y cuatro años.

He visto una fotografía que le hicieron en el lecho mortuorio para sus hijos. Muestra la foto una carita menuda con muchas arrugas y una boca grande de labios finos. Rasgos pequeños, pero de ningún modo mezquinos. Había saboreado plenamente los largos años de servidumbre y los breves años de libertad, y consumido el pan de la vida hasta las últimas migajas.


En Historias de almanaque
Traducción: Joaquín Rábago
Imagen: © adoc-photos/Corbis

30 ene. 2013

Bertolt Brecht - El ciego

No hay comentarios. :


Bertolt Brecht © David Seymour-Magnum Photos


Un hombre sencillo vivió treinta años bien y sin excesos, y luego se quedó ciego. No podía ponerse debidamente la ropa sin ayuda de otros y hasta lavarse le resultaba difícil. Su situación era tal que la muerte hubiera sido una liberación no sólo para él.

Sin embargo, sobrellevó los primeros tiempos con cierta entereza. Aquello duró más o menos mientras aún pudo ver cosas en sueños, por la noche. Luego, su situación empeoró.

Tenía dos hermanos que se lo habían llevado a vivir con ellos y cuidaban de él. Durante el día trabajaban, y el ciego se quedaba solo en casa. Eran ocho horas diarias, o más. Y aquel hombre, que por espacio de treinta años había visto, se pasaba ocho horas a oscuras, sin saberlo, recostado en su cama o dando vueltas por la habitación. Al principio lo visitaban unos individuos con los que antes solía jugar a las cartas, apostando poco. Hablaban de política, de mujeres, del futuro. El hombre que tenían delante era totalmente ajeno a esas tres cosas, ni siquiera tenía trabajo. Los tipos le contaban lo que sabían y no volvían nunca más. Hay personas que mueren antes que otras.

Cuando tenía suerte, el ciego se paseaba por su habitación como mínimo ocho horas al día. Al cabo de tres días ya no tropezaba con nada. Sólo por entretenerse pensaba en todo lo que había vivido. Recordaba con placer hasta las zurras que sus padres solían propinarle de niño para hacer de él una buena persona. Todo esto duró cierto tiempo. Pero luego las ocho horas se le hicieron demasiado largas. Aquel hombre contaba treinta años y varios meses. Con suerte, una persona puede llegar a los setenta. Eso le daba esperanzas de vivir cuarenta años más. Sus hermanos le dijeron que estaba engordando a ojos vistas. Debido a su vida regalona. De seguir así, con el tiempo podría engordar tanto que no pasaría por ninguna de las puertas. Y entonces tendrían que despedazar su cadáver si, llegado el momento, no querían dañar la puerta. Con pensamientos similares se entretenía largo tiempo. Por la noche contaba a sus hermanos que había estado en un variété. Y ellos se reían.

Eran muy bondadosos y lo querían con un cariño varonil, porque él era una buena persona. No les resultaba fácil mantenerlo, pero jamás se cuestionaban el asunto. Al principio lo llevaban de vez en cuanto al teatro, cosa que a él le hacía gracia. Pero luego empezó a entristecerse cuando descubrió la fragilidad de las palabras. Dios quiso que de música no entendiera nada.

Al cabo de un tiempo, sus hermanos recordaron que llevaba ya muchas semanas sin salir al aire libre. Un día lo sacaron con ellos, y él se mareó. Otro día lo sacó un niño, que lo dejó solo por irse a jugar, y él fue presa de un miedo atroz y no lo trajeron de vuelta a su casa hasta muy entrada la noche. Sus hermanos, que estaban muy preocupados, se rieron al verlo y le dijeron: «Seguro que has estado con una fulana», y «Ya lo ves, no podemos dejarte solo». Y lo decían en broma, contentos de tenerlo otra vez entre ellos.

Pensando en aquel día tardó mucho en dormirse por la noche. En su cerebro —que se había vuelto tan inhabitable para pensamientos luminosos como una casa sin ventanas para inquilinos alegres— instaláronse aquellas dos frases a sus anchas. No había visto las caras, y las palabras habían sido crueles. Tras meditar largamente sobre ellas sin llegar a ninguna conclusión, desechó esos pensamientos como hollejos de uva mascada que se escupen sobre un suelo pringoso y allí quedan para que los pies se resbalen fácilmente.

Una vez, mientras comían, le dijo uno de sus hermanos: «No deberías empujar la comida con la mano. ¡Mejor coge dos cucharas!» Y él, angustiadísimo, puso a un lado el tenedor y vio niños comiendo en el aire. En seguida lo calmaron, pero al cabo de un tiempo, el que le hiciera la observación empezó a quedarse a comer en la fábrica. Lo hacía por ahorrarse el largo trayecto. El ciego, que se paseaba solo al menos ocho horas diarias, aún no había acabado de pensar en el asunto, cuando el otro hermano le preguntó en una ocasión si le costaba mucho lavarse. Desde ese día, el ciego empezó a rehuir el agua como un perro rabioso. Pues pensó que su paciencia había durado bastante tiempo y que sus hermanos no tenían por qué vivir alegremente mientras él se consumía de tristeza y soledad.

Se dejó crecer la barba y no se reconoció. Sus hermanos le lavaban los trajes, pero las manchas de comida en sus camisas eran cada vez más frecuentes. Por aquel tiempo adoptó también la inexplicable costumbre de tumbarse en el suelo como un animal.

Se ensuciaba tanto que sus hermanos ya no podían llevarlo a ningún sitio. Y tuvo que pasar también los domingos solo y salir a pasear sin compañía. Esos domingos le ocurrían toda suerte de infortunios. Una vez se cayó con la palangana de agua y la derramó sobre la cama de uno de sus hermanos, que tardó mucho tiempo en secar. Otra vez se puso los pantalones del hermano y los ensució. Cuando los hermanos se dieron cuenta de que el tipo se esmeraba haciendo esas cosas, al principio lo compadecieron muchísimo y luego le rogaron que no volviera a hacerlas más, que harto grande era ya su desgracia. Él los escuchó en silencio, con la cabeza gacha, y se guardó la frase en su corazón.

También intentaron hacer que trabajara. Mas no tuvieron ningún éxito. Actuó con tan poca destreza que echó a perder el material. Veían cada vez más claro que la malignidad de su hermano aumentaba día a día, pero nada podían hacer por evitarlo.

Y el ciego siguió deambulando en las tinieblas y pensando cómo podría aumentar sus padecimientos, a fin de soportarlos mejor. Pues le parecía que un gran suplicio es más fácil de sobrellevar que uno pequeño.

Él, que siempre había sido muy pulcro —a tal punto que su madre, cuando aún vivía, lo ponía como ejemplo a sus hermanos—, empezó a ensuciarse, haciendo sus aguas menores en la ropa.

De ese modo indujo a sus hermanos a discutir sobre la posibilidad de internarlo en un asilo. Esta discusión la escuchó él desde la habitación contigua. Y cuando pensó en el asilo, todos sus sufrimientos pasados le parecieron bellos y luminosos: ¡a tal punto odiaba esa perspectiva! «Allí habrá más gente como yo», pensó, «gente que se ha resignado a su desgracia, que la sobrelleva mejor; allí nos viene la tentación de perdonar a Dios. No iré a ese lugar».

Cuando sus hermanos se marcharon, él siguió aún largo rato sumido en profundas meditaciones, y cinco minutos antes de la hora en que solían regresar, abrió la llave del gas. Viendo que se retrasaban, volvió a cerrarla. Pero cuando los oyó subir las escaleras, la abrió una vez más y se tumbó en su cama. Así lo encontraron ellos y se llevaron un gran susto. Dedicaron toda la noche a atenderlo e intentar recuperarlo para la vida, cosa a la que él oponía una tenaz resistencia. Aquel fue uno de los días más hermosos de su vida.

Pero el incidente aceleró los trámites de su internamiento en el asilo de ciegos.

La víspera del día fijado, el ciego se quedó solo en la casa e intentó incendiarla, pero los hermanos volvieron inesperadamente pronto y apagaron el fuego en la habitación. Uno de ellos montó entonces en cólera e increpó acremente al ciego. Le enumeró todos los malos tragos que tenían que aguantar por él, sin olvidar una sola ignominia ni dejarse ninguna preocupación en el tintero; es más, en su exposición llegó incluso a agrandarlo todo. El ciego lo escuchó pacientemente, con cara compungida. Entonces su otro hermano, que aún le tenía compasión, trató de consolarlo como pudo. Se pasó la mitad de la noche a su lado, abrazado a él. Pero el hermano ciego no dijo una palabra.

Al día siguiente los hermanos tenían que ir a trabajar, y se fueron preocupados. Por la noche, cuando volvieron para llevarlo al asilo, el ciego había desaparecido.

Al atardecer, cuando oyó los relojes del campanario dar la hora, éste bajó las escaleras. ¿Adónde se dirigía? A la muerte. Avanzó penosamente por las calles, siempre a tientas, se cayó, fue objeto de burlas, empujones e interrogatorios. Por último salió de la ciudad.

Era un gélido día invernal. El ciego aún pudo alegrarse de pasar frío. Lo habían echado de su casa. Todos se habían confabulado contra él. Le daba igual. Utilizaría ese cielo frío para sucumbir.

Dios no sería perdonado.

No se resignaría. Había sido víctima de una injusticia. Se había quedado ciego sin tener la menor culpa, y encima lo echaban de su casa al hielo y al viento cargado de nieve. Y quienes lo hacían eran sus propios hermanos, que podían ver perfectamente.

El ciego atravesó una pradera y llegó a un arroyo en el que sumergió un pie. Pensó: «Ahora moriré. Ahora seré arrastrado por el río. Job no era ciego. Nadie ha soportado nunca carga tan pesada».

Y echó a nadar aguas abajo.


En Narrativa completa
Traducción: Juan José del Solar
Imagen: © David Seymour-Magnum Photos

4 abr. 2012

Bertolt Brecht: Tres poemas

No hay comentarios. :






Balada del pobre Bertolt Brecht

Yo, Bertolt Brecht, vengo de la Selva negra.
Mi madre me llevó a las ciudades
estando aún en su vientre. El frío de los bosques
en mí lo llevaré hasta que muera.

Me siento como en casa en la ciudad de asfalto. Desde el principio
me han provisto de todos los sacramentos de muerte:
periódicos, tabaco, aguardiente.
En resumen, soy desconfiado y perezoso, y satisfecho al fin

Con la gente soy amable. Me pongo
un sombrero según su costumbre.
Y me digo: son bichos de olor especial.
Pero pienso: no importa, también yo lo soy.

Por la mañana, a veces, en mis mecedoras vacías,
me siento entre un par de mujeres.
Las miro indiferentes y les digo:
con éste no tenéis nada que hacer.

Al atardecer reúno en torno mío hombres
y nos tratamos de gentleman mutuamente.
Apoyan sus pies en mis mesas.
Dicen: «Nos irá mejor». Y yo no pregunto: «¿Cuándo?»

Al alba los abetos mean en el gris del amanecer
y sus parásitos, los pájaros, empiezan a chillar.
A esa hora en la ciudad, me bebo mi vaso,
tiro la colilla del puro, y me duermo tranquilo.

Generación sin peso, nos han establecido
en casas que se creía indestructibles
(así construimos los largos edificios de la isla de Manhattan
y las finas antenas que al Atlántico entretienen).

De las ciudades quedará sólo el viento que pasaba por ellas.
La casa hace feliz al que come, y él es quien la vacía.
Sabemos que estamos de paso
y que nada importante vendrá después de nosotros.

En los terremotos del futuro, confío
no dejar que se apague mi puro «Virginia» por exceso de amargura,
yo, Bertolt Brecht, arrojado a las ciudades de asfalto
desde la Selva negra, dentro de mi madre, hace tiempo.



Doctrina y opinión de Galileo 

Cuando el Todopoderoso lanzó su gran «hágase»,
al sol le dijo que, por orden suya,
portara una lámpara alrededor de la tierra
como una criadita en órbita regular.
Pues era su deseo que cada criatura
girara en torno a quien fuera mejor que ella.
Y empezaron a girar los ligeros en torno a los pesados,
los de detrás en torno a los de delante, así en la tierra como en el cielo,
y alrededor del papa giran los cardenales.
Alrededor de los cardenales giran los obispos.
Alrededor de los obispos giran los secretarios.
Alrededor de los secretarios giran los regidores.
Alrededor de los regidores giran los artesanos.
Alrededor de los artesanos giran los servidores.
Alrededor de los servidores giran los perros, las gallinas y los mendigos.



Canción de los poetas líricos
(Cuando, en el primer tercio del siglo xx, no se pagaba ya nada por las poesías.)

Esto que vais a leer está en verso.
Lo digo porque acaso no sabéis ya lo que es un verso ni un poeta.
En verdad, no os portasteis muy bien con nosotros.

¿No habéis notado nada? ¿Nada tenéis que preguntar?
¿No observasteis que nadie publicaba ya versos?
¿Y sabéis la razón? Os la voy a decir:
Antes, los versos se leían y pagaban.

Nadie paga ya nada por la poesía.
Por eso hoy no se escribe. Los poetas preguntan:
«¿Quién la lee?» Mas también se preguntan:
«¿Quién la paga?»
Si no pagan, no escriben. A tal situación los habéis reducido.
Pero ¿por qué?, se pregunta el poeta. ¿Qué falta he cometido?
¿No hice siempre lo que me exigían los que me pagaban?
¿Acaso no he cumplido mis promesas?
Y oigo decir a los que pintan cuadros

que ya no se compra ninguno. Y los cuadros también
fueron siempre aduladores; hoy yacen en el desván...
¿Qué tenéis contra nosotros? ¿Por qué no queréis pagar?
Leemos que os hacéis cada día más ricos...

¿Acaso no os cantamos, cuando teníamos
el estómago lleno, todo lo que disfrutabais en la tierra?
Así lo disfrutabais otra vez: la carne de vuestras mujeres,
la melancolía del otoño, el arroyo, sus aguas bajo la luna...

Y el dulzor de vuestras frutas. El rumor de la hoja al caer.
Y de nuevo la carne de vuestras mujeres. Y lo invisible
sobre vosotros. Y hasta el recuerdo del polvo
en que os habéis de transformar al final.

Pero no es sólo esto lo que pagabais gustosos. Lo que escribíamos
sobre aquellos que no se sientan como vosotros en sillas de oro,
también nos lo pagabais siempre. ¡Cuántas lágrimas enjugamos!
¡Cuántas veces consolamos a quienes vosotros heríais!
Mucho hemos trabajado para vosotros. jamás nos negamos.
Siempre nos sometimos. Lo más que decíamos era «¡Pagadlo!»
¡Cuántos crímenes hemos cometido así por vosotros!
¡Cuántos crímenes!
¡Y siempre nos conformábamos con las sobras de vuestra comida!

Ay, ante vuestros carros hundidos en sangre y porquería
nosotros siempre uncimos nuestras grandes palabras.
A vuestro corral de matanzas le llamamos «campo del honor»,
y «hermanos de labios largos» a vuestros cañones.

En los papeles que pedían impuestos para vosotros
hemos pintado los cuadros más maravillosos.
Y declamando nuestros cantos ardientes
siempre os volvieron a pagar los impuestos.

Hemos estudiado y mezclado las palabras como drogas,
aplicando tan sólo las mejores, las más fuertes.
Quienes las tomaron de nosotros, se las tragaron,
y se entregaron a vuestras manos como corderos.

A vosotros os hemos comparado sólo con aquello que os placía.
En general, con los que fueron también celebrados injustamente
por quienes les calificaban de mecenas sin tener nada caliente en el estómago.
Y furiosamente perseguimos a vuestros enemigos con poesías como puñales.

¿Por qué, de pronto, dejáis de visitar nuestros mercados?
¡No tardéis tanto en comer! ¡Se nos enfrían las sobras!
¿Por qué no nos hacéis más encargos? ¿Ni un cuadro?
¿Ni una loa siquiera?
¿Es que os creéis agradables tal como sois?

¡Tened cuidado! ¡No podéis prescindir de nosotros!
Ojalá supiéramos cómo atraer
vuestra mirada hacia nosotros!
Creednos, señores: hoy seríamos más baratos.
Pero no podemos regalarles nuestros cuadros y versos.

Cuando empecé a escribir esto que leéis -¿lo estáis leyendo?¬
me propuse que todos los versos rimaran.
Pero el trabajo me parecía excesivo, lo confieso a disgusto,
y pensé: ¿Quién me lo pagará? Decidí dejarlo.


En Poemas y canciones
Título original: Hauspostille - Gedichte im Excl - Buc,kower Elegien - Gedtchte
Versión de Jesús López Pacheco sobre la traducción directa del alemán de Vicente Romano
Madrid, Alianza Editorial, 1999
Foto ©Bettmann/Corbis

28 may. 2007

Bertolt Brecht
Las argucias para difundir la verdad entre muchos

No hay comentarios. :


Muchos, orgullosos de poseer el valor de expresar la verdad, dichosos por haberla encontrado, fatigados quizás por el trabajo que cuesta presentarla en una forma manejable, esperando impacientes la intervención de aquellos cuyos intereses defienden, no consideran necesario además el empleo de argucias especiales en la difusión de la verdad. A menudo pierden así toda la eficacia de su trabajo. En todos los tiempos se empleó la argucia para la difusión de la verdad, cuando la misma era reprimida y ocultada. Confucio falsifica un viejo calendario histórico patriótico. Sólo modifica ciertas palabras. Donde decía: "El gobernador de Kun hizo matar al filósofo Wan por haber dicho tal y cual cosa", Confucio sustituyó "matar" por "asesinar". Si se decía que el tirano Fulano murió a causa de un atentado, él escribía "fue ejecutado". De esa manera, Confucio abrió el sendero de un nuevo modo de juzgar la historia.

Quien en nuestro tiempo diga población en lugar de pueblo y propiedad rural en lugar de tierra ya estará dejando de apoyar numerosas mentiras. La palabra pueblo implica una cierta homogeneidad y alude a intereses comunes, por lo cual sólo debería empleársela cuando se hable de varios pueblos, puesto que a lo sumo entonces cabe imaginar una comunidad de intereses. La población de una comarca tiene intereses diferentes, incluso mutuamente opuestos, y ésta es una verdad que se reprime. Así, aquel que dice "tierra" y describe los campos con destino a narices y ojos, al hablar de su olor a tierra y de su color, sostiene también las mentiras de los que mandan; pues lo que importa no es la fertilidad del suelo ni el amor que le tenga el hombre, ni su empeño, sino principalmente el precio del cereal y el precio del trabajo. Aquellos que extraen el lucro de la tierra no son los mismos que extraen de ella el cereal, y en las Bolsas se desconoce el olor de los terrones. Las Bolsas tienen otro olor. En cambio "la propiedad rural" es la expresión adecuada; con ella puede engañarse menos. Allí donde reina la opresión habría que elegir, a cambio de la palabra disciplina, la palabra obediencia, porque la disciplina también es posible sin gobernantes, por lo cual tiene en sí algo más noble que la obediencia. Y mejor que la palabra honor resulta la palabra dignidad humana. Con ella, el individuo no desaparece tan fácilmente del campo de observación. ¡Pues ya sabemos qué clase de canalla pugna por poder defender el honor de un pueblo! Y con qué derroche distribuyen el honor los saciados a quienes los sacian, al tiempo que ellos mismos pasan hambre. La argucia de Confucio aún puede emplearse hoy en día. Confucio sustituía juicios injustificados de procesos nacionales por otros justificados. En inglés Tomás Moro describió, en su Utopía, un país en el cual imperaban condiciones justas; tratábase de un país muy diferente al país en el que vivía, pero se le asemejaba mucho, salvo en esas condiciones.

Lenín, amenazado por la policía del zar, quiso describir la explotación y el sojuzgamiento de la isla Sajalin por la burguesía rusa. Cambió a Rusia por Japón y a Sajalin por Corea. Los métodos de la burguesía japonesa recordaron a todos los lectores los métodos rusos utilizados en Sajalin, pero ese escrito no fue prohibido ya que el Japón estaba enemistado con Rusia. Muchas cosas que en Alemania no pueden decirse sobre Alemania, sí pueden decirse referidas a Austria.

Existen variadas argucias mediante las cuales es posible engañar al receloso Estado.

Voltaire combatía la creencia en milagros de la Iglesia escribiendo un poema galante sobre la Doncella de Orleans. Describió los milagros que indudablemente debieron haber ocurrido para Juana siguiese siendo doncella en un ejército, en una corte y entre los monjes.

Mediante la elegancia de su estilo y describiendo aventuras eróticas, provenientes de la opulenta vida de los gobernantes, tentó a estos a abandonar una religión que les procuraba los medios para esa vida relajada. Más aún, de ese modo creó la posibilidad de que sus trabajos llegaran por vías ilegales hacia aquellos a quienes estaban destinados. Los poderosos de entre sus lectores fomentaban o toleraban su difusión. Abandonaban así a la policía que defendía sus diversiones. Y el gran Lucrecio subraya expresamente que mucho espera de la belleza de sus versos para la difusión del ateísmo epicúreo.

En efecto, un alto nivel literario puede servir de protección a un testimonio. Sin embargo, a menudo también despierta sospechas. Entonces puede ocurrir que se lo haga descender adrede. Ello sucede, por ejemplo, cuando se introducen de contrabando, en la forma desdeñada de la novela policial, descripciones de situaciones anómalas en lugares que no llamen la atención. Esta clase de descripciones justificarían por entero una novela policial.

Partiendo de consideraciones de mucha menor monta, el gran Shakespeare hizo descender el nivel cuando creó en forma intencionalmente carente de fuerza el parlamento de la madre de Coriolano con el que ésta enfrenta a su hijo que se dirige contra su ciudad patria, pues quería que lo que detuviera a Coriolano en su plan no fuesen razones verdaderas o una profunda emoción, sino una cierta inercia, con la cual se entregaba a una antigua costumbre. En Shakespeare encontramos también una muestra de difusión de la verdad mediante una argucia en el discurso de Antonio junto al cadáver de César. Antonio subraya incesantemente que Bruto, el asesino de César, es un hombre honorable, pero también describe su acción, y la descripción de esa acción es más impresionante que la de su autor; de este modo, el orador se deja vencer por los propios hechos; les confiere mayor elocuencia que "a sí mismo". (...)

En un folleto, Jonathan Swift propuso que, a fin de que el país llegara al bienestar, se ahumaran los brazos de los niños y se los vendiera como carne. Formuló cálculos exactos, que demostraban cuánto podía ahorrarse de no arredrarse ante nada.

Swift se hacía el tonto. Defendía una determinada manera de pensar, que le era odiosa, con mucho fuego y gran minuciosidad, en un problema en el cual todo el mundo podía reconocer claramente toda su infamia. Todo el mundo podía ser más inteligente, o cuando menos más humano que Swift, sobre todo quien hasta el momento no había examinado ciertos puntos de vista en cuanto a las consecuencias que de ellos resultaban.

La propaganda a favor del pensamiento, cualquiera sea el terreno en el que tenga lugar, resulta útil a la causa de los oprimidos. Una propaganda de esa índole es sumamente necesaria. Bajo gobiernos que sirven a la explotación, se considera como bajo al pensamiento.

Se considera bajo lo que es útil a quienes son mantenidos a bajo nivel. Se considera baja la preocupación constante por saciar el hambre; el desdén por los honores que se prometen a los defensores del país en el que pasan hambre; la duda respecto al líder, cuando éste nos lleva hacia la desgracia; la aversión al trabajo que no alimenta a quien lo realiza; la rebeldía contra la obligación de tener un comportamiento carente de sentido; la indiferencia hacia la familia, a la cual de nada sirve ya el propio interés. Se denuesta a los que pasan hambre llamándoselos glotones que nada tienen que defender, cobardes que dudan de su opresor, gentes que dudan de sus propias fuerzas, que pretenden un salario a cambio de su trabajo, haraganes, etc. Bajo esta clase de gobiernos, el pensar se considera en forma totalmente general como algo bajo y cae en descrédito. No se lo predica ya en ninguna parte, y se lo persigue allí donde se presente. Sin embargo, existen siempre terrenos en los cuales se puede señalar impunemente los resultados del pensamiento; se trata de aquellos terrenos en los cuales las dictaduras necesitan el pensamiento. Así, por ejemplo, es posible demostrar los resultados del pensamiento en el terreno de la ciencia y la técnica bélicas. También el racionamiento de las reservas de lana a cargo de organizaciones y el invento de sucedáneos requiere el pensamiento. El empeoramiento de los alimentos, la instrucción de los adolescentes para la guerra, todo ello requiere el pensamiento; es posible describirlo. Se puede eludir con argucias el elogio a la guerra, del fin impensado de ese pensamiento; de ese modo el pensamiento que surge de la cuestión acerca del mejor modo de llevar a cabo una guerra, puede llevar al interrogante de si esa guerra tiene sentido, y ser empleado en la cuestión acerca de la mejor manera de evitar una guerra sin sentido.

Desde luego, difícilmente pueda plantearse esta cuestión en forma abierta. Entonces, ¿no es posible aprovechar el pensamiento que se ha propagado, es decir no puede dársele una forma en la que intervenga? Es posible.

Para que en una época como la nuestra siga siendo posible la opresión que sirve a la explotación de una parte (mayor) de la población por parte de la otra parte (menor), se requiere una muy determinada posición fundamental de la población, que debe extenderse a todos los terrenos. Un descubrimiento en el terreno de la zoología, como el del inglés Darwin, súbitamente pudo volvérsele peligroso a la explotación; sin embargo, durante un tiempo sólo la Iglesia se preocupó por él, mientras que la policía nada advertía aún. Las investigaciones realizadas por los físicos durante los últimos años llevaron a conclusiones en el terreno de la lógica que, con todo, pudieron tornarse peligrosas para una serie de dogmas que sirven a la represión. El filósofo estatal prusiano Hegel, ocupado en complejas investigaciones en el terreno de la lógica, suministró a Marx y Lenín, los clásicos de la revolución proletaria, métodos de incalculable valor. El desarrollo de las ciencias tiene lugar en forma conexa pero despareja, y el Estado no está en condiciones de vigilarlo todo. Los adalides de la verdad pueden escoger sitios de combate relativamente no observados. Todo depende de que se predique un pensamiento correcto, un pensamiento que interrogue a todas las cosas y procesos acerca de su aspecto transitorio y modificable. Los dominadores tienen una gran aversión a las grandes modificaciones. Querrían que todo quedase tal cual, de ser posible durante mil años. Lo mejor sería que la luna se detuviese y que el sol cesara en su carrera. Entonces ya nadie tendría hambre ni querría comer por la noche. Una vez que han disparado querrían que el adversario ya no pudiese disparar; su propio disparo tendría que ser el último. Un enfoque que destaque especialmente lo transitorio es un buen medio para alentar a los oprimidos. También el hecho de que en cada cosa y en cada situación se anuncie y crezca una contradicción es cosa que debe oponerse a los vencedores. Un enfoque tal (como la dialéctica, la teoría del flujo de las cosas) puede practicarse en la investigación de objetos que se le escapan a los dominadores durante un tiempo. Se lo puede emplear en la biología o en la química. Pero también puede ser aplicado a la descripción de las vicisitudes de una familia, sin despertar demasiado la atención. La dependencia de todas las cosas con respecto a muchas otras que se modifican constantemente, es un pensamiento peligroso para las dictaduras y puede manifestarse en variadas formas sin ofrecer asidero a la policía. Una descripción completa de todas las circunstancias y procesos que afectan a un hombre que abre una venta de tabacos puede ser un rudo golpe a la dictadura. Todo aquel que reflexione un poco descubrirá por qué. Los gobiernos que conducen a las masas humanas hacia la miseria deben evitar que se piense en el gobierno en medio de la miseria. Hablan mucho acerca del destino. Este, y no ellos, es el culpable de la escasez. Quien investigue la causa de la escasez es arrestado antes de toparse con el gobierno. Pero es posible enfrentar en general el palabrerío acerca del destino; se puede mostrar que el hombre depara su destino al hombre.

A su vez, esto puede ocurrir de múltiples maneras. Por ejemplo, se puede relatar la historia de una granja, verbigracia una granja de Islandia. Toda la aldea comenta que una maldición flota sobre esa granja. Una campesina se ha arrojado al pozo y un campesino se ha ahorcado. Un día tiene lugar una boda; el hijo del campesino se casa con una muchacha que aporta algunos campos al matrimonio. La maldición se aleja de la granja. La aldea no se pone de acuerdo al juzgar el feliz viraje. Algunos se lo atribuyen a la radiante naturaleza del joven campesino, y otros a los campos aportados por la joven campesina, sólo gracias a los cuales la granja puede vivir. Pero incluso en un poema que describe un paisaje se puede lograr algo, cuando se le incorporan a la Naturaleza las cosas creadas por el hombre.

En Escritos políticos (Editorial Tiempo Nuevo)
Fuente: DDOOSS


12 abr. 2007

Bertolt Brecht - A los hombres futuros (poemas)

No hay comentarios. :
I


Verdaderamente, vivo en tiempos sombríos.
Es insensata la palabra ingenua. Una frente lisa
revela insensibilidad. El que ríe
es que no ha oído aún la noticia terrible,
aún no le ha llegado.

¡Qué tiempos éstos en que
hablar sobre árboles es casi un crimen
porque supone callar sobre tantas alevosías!
Ese hombre que va tranquilamente por la calle
¿lo encontrarán sus amigos
cuando lo necesiten?

Es cierto que aún me gano la vida
Pero, creedme. es pura casualidad. Nada
de lo que hago me da derecho a hartarme.
Por casualidad me he librado. (Si mi suerte acabara,
[estaría perdido).
Me dicen: «¡Come y bebe! ¡Goza de lo que tienes!»
Pero ¿cómo puedo comer y beber
si al hambriento le quito lo que como
y mi vaso de agua le hace falta al sediento?
Y, sin embargo, como y bebo.

Me gustaría ser sabio también.
Los viejos libros explican la sabiduría:
apartarse de las luchas del mundo y transcurrir
sin inquietudes nuestro breve tiempo.
Librarse de la violencia.
dar bien por mal,
no satisfacer los deseos y hasta
olvidarlos: tal es la sabiduría.
Pero yo no puedo hacer nada de esto:
verdaderamente, vivo en tiempos sombríos.


II

Llegué a las ciudades en tiempos del desorden,
cuando el hambre reinaba.
Me mezclé entre los hombres en tiempos de rebeldía
y me rebelé con ellos.
Así pasé el tiempo
que me fue concedido en la tierra.
Mi pan lo comí entre batalla y batalla.
Entre los asesinos dormí.
Hice el amor sin prestarle atención
y contemplé la naturaleza con impaciencia.
Así pasé el tiempo
que me fue concedido en la tierra.

En mis tiempos, las calles desembocaban en pantanos.
La palabra me traicionaba al verdugo.
Poco podía yo. Y los poderosos
se sentían más tranquilos, sin mí. Lo sabía.
Así pasé el tiempo
que me fue concedido en la tierra.

Escasas eran las fuerzas. La meta
estaba muy lejos aún.
Ya se podía ver claramente, aunque para mí
fuera casi inalcanzable.
Así pasé el tiempo
que me fue concedido en la tierra.


III

Vosotros, que surgiréis del marasmo
en el que nosotros nos hemos hundido,
cuando habléis de nuestras debilidades,
pensad también en los tiempos sombríos
de los que os habéis escapado.

Cambiábamos de país como de zapatos
a través de las guerras de clases, y nos desesperábamos
donde sólo había injusticia y nadie se alzaba contra ella.
Y, sin embargo, sabíamos
que también el odio contra la bajeza
desfigura la cara.
También la ira contra la injusticia
pone ronca la voz. Desgraciadamente, nosotros,
que queríamos preparar el camino para la amabilidad
no pudimos ser amables.
Pero vosotros, cuando lleguen los tiempos
en que el hombre sea amigo del hombre,
pensad en nosotros
con indulgencia.


En Poesías escritas durante el exilio
http://www.ddooss.org/

8 mar. 2007

Bertold Brecht - Las cinco dificultades para decir la verdad

No hay comentarios. :
Alemania, 1934

El que quiera luchar hoy contra la mentira y la ignorancia y escribir la verdad tendrá que vencer por lo menos cinco dificultades. Tendrá que tener el valor de escribir la verdad aunque se la desfigure por doquier; la inteligencia necesaria para descubrirla; el arte de hacerla manejable como un arma; el discernimiento indispensable para difundirla.

Tales dificultades son enormes para los que escriben bajo el fascismo, pero también para los exiliados y los expulsados, y para los que viven en las democracias burguesas.


I. El valor de escribir la verdad

Para mucha gente es evidente que el escritor debe escribir la verdad; es decir, no debe rechazarla ni ocultarla, ni deformarla. No debe doblegarse ante los poderosos; no debe engañar a los débiles. Pero es difícil resistir a los poderosos y muy provechoso engañar a los débiles. Incurrir en la desgracia ante los poderosos equivale a la renuncia, y renunciar al trabajo es renunciar al salario. Renunciar a la gloria de los poderosos significa frecuentemente renunciar a la gloria en general. Para todo ello se necesita mucho valor.

Cuando impera la represión más feroz gusta hablar de cosas grandes y nobles. Es entonces cuando se necesita valor para hablar de las cosas pequeñas y vulgares, como la alimentación y la vivienda de los obreros. Por doquier aparece la consigna: «No hay pasión más noble que el amor al sacrificio».

En lugar de entonar ditirambos sobre el campesino hay que hablar de máquinas y de abonos que facilitarían el trabajo que se ensalza. Cuando se clama por todas las antenas que el hombre inculto e ignorante es mejor que el hombre cultivado e instruido, hay que tener valor para plantearse el interrogante: ¿Mejor para quién? Cuando se habla de razas perfectas y razas imperfectas, el valor está en decir: ¿Es que el hambre, la ignorancia y la guerra no crean taras?

También se necesita valor para decir la verdad sobre sí mismo cuando se es un vencido. Muchos perseguidos pierden la facultad de reconocer sus errores, la persecución les parece la injusticia suprema; los verdugos persiguen, luego son malos; las víctimas se consideran perseguidas por su bondad. En realidad esa bondad ha sido vencida. Por consiguiente, era una bondad débil e impropia, una bondad incierta, pues no es justo pensar que la bondad implica la debilidad, como la lluvia la humedad. Decir que los buenos fueron vencidos no porque eran buenos sino porque eran débiles requiere cierto valor.

Escribir la verdad es luchar contra la mentira, pero la verdad no debe ser algo general, elevado y ambiguo, pues son estas las brechas por donde se desliza la mentira. El mentiroso se reconoce por su afición a las generalidades, como el hombre verídico por su vocación a las cosas prácticas, reales, tangibles. No se necesita un gran valor para deplorar en general la maldad del mundo y el triunfo de la
brutalidad, ni para anunciar con estruendo el triunfo del espíritu en países donde éste es todavía concebible. Muchos se creen apuntados por cañones cuando solamente gemelos de teatro se orientan hacia ellos. Formulan reclamaciones generales en un mundo de amigos inofensivos y reclaman una justicia general por la que no han combatido nunca. También reclaman una libertad general: la de seguir percibiendo su parte habitual del botín. En síntesis sólo admiten una verdad: la que les suena bien.

Pero si la verdad se presenta bajo una forma seca, en cifras y en hechos, y exige ser confirmada, ya no sabrán qué hacer. Tal verdad no les exalta. Del hombre veraz sólo tienen la apariencia. Su gran desgracia es que no conocen la verdad.


II. La inteligencia necesaria para descubrir la verdad

Tampoco es fácil descubrir la verdad. Por lo menos la que es fecunda. Así, según opinión general, los grandes Estados caen uno tras otro en la barbarie extrema. Y una guerra intestina que se desarrolla implacablemente puede degenerar en cualquier momento en un conflicto generalizado que convertiría nuestro continente en un montón de ruinas. Evidentemente, se trata de verdades. No se puede negar que llueve hacia abajo: numerosos poetas escriben verdades de este género. Son como el pintor que cubría de frescos las paredes de un barco que se estaba hundiendo. El haber resuelto nuestra primera dificultad les procura una cierta dificultad de conciencia. Es cierto que no se dejan engañar por los poderosos, pero ¿escuchan los gritos de los torturados? No; pintan imágenes. Esta actitud absurda les sume en un profundo desconcierto, del que no dejan de sacar provecho; en su lugar otros buscarían las causas. No creáis que sea cosa fácil distinguir sus verdades de las vulgaridades referentes a la lluvia; al principio parecen importantes, pues la operación artística consiste precisamente en dar importancia a algo. Pero mirad la cosa de cerca: os daréis cuenta que no dejan de decir: no se puede impedir que llueva hacia abajo.

También están los que por falta de conocimientos no llegan a la verdad. Y, sin embargo, distinguen las tareas urgentes y no temen a los poderosos ni a la miseria. Pero viven de antiguas supersticiones, de axiomas célebres a veces muy bellos. Para ellos el mundo es demasiado complicado: se contentan con conocer los hechos e ignorar las relaciones que existen entre ellos.

Me permito decir a todos los escritores de esta época confusa y rica en transformaciones que hay que conocer el materialismo dialéctico, la economía y la historia. Tales conocimientos se adquieren en los libros y en la práctica si no falta la necesaria aplicación. Es muy sencillo descubrir fragmentos de verdad, e incluso verdades enteras. El que busca necesita un método, pero se puede encontrar sin método, e incluso sin objeto que buscar. Sin embargo, ciertos procedimientos pueden dificultar la explicación de la verdad: los que la lean serán incapaces de transformar esa verdad en acción. Los escritores que se contentan con acumular pequeños hechos no sirven para hacer manejables las cosas de este mundo. Pues bien, la verdad no tiene otra ambición. Por consiguiente esos escritores no están a la altura de su misión.


III. El arte de hacer la verdad manejable como arma

La verdad debe decirse pensando en sus consecuencias sobre la conducta de los que la reciben. Hay verdades sin consecuencias prácticas. Por ejemplo, esa opinión tan extendida sobre la barbarie: el fascismo sería debido a una oleada de barbarie que se ha abatido sobre varios países, como una plaga natural. Así, al lado y por encima del capitalismo y del socialismo habría nacido una tercera fuerza: el fascismo. Para mi, el fascismo es una fase histérica del capitalismo, y, por consiguiente, algo muy nuevo y muy viejo. En un país fascista el capitalismo existe solamente como fascismo. Combatirlo es combatir el capitalismo, y bajo su forma más cruda, más insolente, más opresiva, más engañosa.

Entonces, ¿de qué sirve decir la verdad sobre el fascismo que se condena si no se dice nada contra el capitalismo que lo origina? Una verdad de este género no reporta ninguna utilidad práctica.

Estar contra el fascismo sin estar contra el capitalismo, rebelarse contra la barbarie que nace de la barbarie, equivale a reclamar una parte del ternero y oponerse a sacrificarlo. Los demócratas burgueses condenan con énfasis los métodos bárbaros de sus vecinos, y sus acusaciones impresionan tanto a sus auditorios que éstos olvidan que tales métodos se practican también en sus propios países.

Ciertos países logran todavía conservar sus formas de propiedad gracias a medios menos violentos que otros. Sin embargo, los monopolios capitalistas originan por doquier condiciones bárbaras en las fábricas, en las minas y en los campos. Pero mientras que las democracias burguesas garantizan a los capitalistas, sin recurso a la violencia, la posesión de los medios de producción, la barbarie se reconoce en que los monopolios sólo pueden ser defendidos por la violencia declarada.

Ciertos países no tienen necesidad, para mantener sus monopolios bárbaros, de destruir la legalidad instituida, ni su confort cultural (filosofía, arte, literatura); de ahí que acepten perfectamente oír a los exiliados alemanes estigmatizar su propio régimen por haber destruido esas comodidades. A sus ojos es un argumento suplementario en favor de la guerra.

¿Puede decirse que respetan la verdad los que gritan: «Guerra sin cuartel a Alemania, que es hoy la verdadera patria del «mal», la oficina del infierno, el trono del anticristo»? No. Los que así gritan son tontos, impotentes gentes peligrosas. Sus discursos tienden a la destrucción de un país, de un país entero con todos sus habitantes, pues los gases asfixiantes no perdonan a los inocentes. Los que ignoran la verdad se expresan de un modo superficial, general e impreciso. Peroran sobre el
«alemán», estigmatizan el «mal», y sus auditorios se interrogan: ¿Debemos dejar de ser alemanes?

¿Bastará con que seamos buenos para que el infierno desaparezca? Cuando manejan sus tópicos sobre la barbarie salida de la barbarie resultan impotentes para suscitar la acción. En realidad no se dirigen a nadie. Para terminar con la barbarie se contentan con predicar la mejora de las costumbres mediante el desarrollo de la cultura. Eso equivale a limitarse a aislar algunos eslabones en la cadena de las causas y a considerar como potencias irremediables ciertas fuerzas determinantes, mientras que se dejan en la oscuridad las fuerzas que preparan las catástrofes. Un poco de luz y los verdaderos responsables de las catástrofes aparecen claramente: los hombres. Vivimos una época en que el destino del hombre es el hombre.

El fascismo no es una plaga que tendría su origen en la «naturaleza» del hombre. Por lo demás, es un modo de presentar las catástrofes naturales que restituyen al hombre su dignidad porque se dirigen a su fuerza combativa. El que quiera describir el fascismo y la guerra grandes desgracias, pero no calamidades «naturales» debe hablar un lenguaje práctico: mostrar que esas desgracias son un efecto de la lucha de clases; poseedores de medios de producción contra masas obreras. Para presentar verídicamente un estado de cosas nefasto, mostrad que tiene causas remediables. Cuando se sabe que la desgracia tiene un remedio, es posible combatirla.


IV. Cómo saber a quién confiar la verdad

Un hábito secular, propio del comercio de la cosa escrita, hace que el escritor no se ocupe de la difusión de sus obras. Se figura que su editor, u otro intermediario, las distribuye a todo el mundo. Y se dice: yo hablo, y los que quieren entenderme, me entienden. En la realidad, el escritor habla, y los que pueden pagar, le entienden. Sus palabras jamás llegan a todos, y los que las escuchan no quieren entenderlo todo.

Sobre esto se ha dicho ya muchas cosas, pero no las suficientes. Transformar la «acción de escribir a alguien» en «acto de escribir» es algo que me parece grave y nocivo. La verdad no puede ser simplemente escrita; hay que escribirla a alguien. A alguien que sepa utilizarla. Los escritores y los lectores descubren la verdad juntos.

Para ser revelado, el bien sólo necesita ser bien escuchado, pero la verdad debe ser dicha con astucia y comprendida del mismo modo. Para nosotros, escritores, es importante saber a quién la decimos y quién nos la dice; a los que viven en condiciones intolerables debemos decirles la verdad sobre esas condiciones, y esa verdad debe venirnos de ellos. No nos dirijamos solamente a las gentes de un solo sector: hay otros que evolucionan y se hacen susceptibles de entendernos. Hasta los verdugos son accesibles, con tal que comiencen a temer por sus vidas. Los campesinos de Baviera, que se oponían a todo cambio de régimen, se hicieron permeables a las ideas revolucionarias cuando vieron que sus hijos, al volver de una larga guerra, quedaban reducidos al paro forzoso.

La verdad tiene un tono. Nuestro deber es encontrarlo. Ordinariamente se adopta un tono suave y dolorido: «yo soy incapaz de hacer daño a una mosca». Esto tiene la virtud de hundir en la miseria a quien lo escucha. No trataremos como enemigos a quienes emplean este tono, pero no podrán ser nuestros compañeros de lucha. La verdad es de naturaleza guerrera, y no sólo es enemiga de la mentira, sino de los embusteros.


V. Proceder con astucia para difundir la verdad

Orgullosos de su valor para escribir la verdad, contentos de haberla descubierto, cansados sin duda de los esfuerzos que supone el hacerla operante, algunos esperan impacientes que sus lectores la disciernan. De ahí que les parezca vano proceder con astucia para difundir la verdad.

Confucio alteró el texto de un viejo almanaque popular cambiando algunas palabras: en lugar de escribir «el maestro Kun hizo matar al filósofo Wan», escribió: «el maestro Kun hizo asesinar al filósofo Wan». En el pasaje donde se hablaba de la muerte del tirano Sundso, «muerto en un atentado», reemplazó la palabra «muerto» por «ejecutado», abriendo la vía a una nueva concepción de la historia.

El que en la actualidad reemplaza «pueblo» por «población», y «tierra» por «propiedad rural», se niega ya a acreditar algunas mentiras, privando a algunas palabras de su magia. La palabra «pueblo» implica una unidad fundada en intereses comunes; sólo habría que emplearla en plural, puesto que únicamente existen «intereses comunes» entre varios pueblos. La «población» de una misma región tiene intereses diversos e incluso antagónicos. Esta verdad no debe ser olvidada.

Del mismo modo, el que dice «la tierra», personificando sus encantos, extasiándose ante su perfume y su colorido, favorece las mentiras de la clase dominante. Al fin y al cabo, ¡qué importa la fecundidad de la tierra, el amor del hombre por ella y su infatigable ardor al trabajarla!: lo que importa es el precio del trigo y el precio del trabajo. El que saca provecho de la tierra no es nunca el que recoge el trigo, y «el gesto augusto del sembrador» no se cotiza en Bolsa. El término justo es «propiedad rural».

Cuando reina la opresión, no hablemos de «disciplina», sino de «sumisión» pues la disciplina excluye la existencia de una clase dominante. Del mismo modo, el vocablo «dignidad» vale más que la palabra «honor», pues tiene más en cuenta al hombre. Todos sabemos qué clase de gente se precipita para tener la ventaja de defender el «honor» de un pueblo, y con qué liberalidad los ricos distribuyen el «honor» a los que trabajan para enriquecerlos.

La astucia de Confucio es utilizable también en nuestros días. También la de Tomás Moro. Este último describió un país utópico idéntico a la Inglaterra de aquella época, pero en el que las injusticias se presentaban como costumbres admitidas por todo el mundo. Cuando Lenin, perseguido por la policía del Zar, quiso dar una idea de la explotación de Sajalín por la burguesía rusa, sustituyó Rusia por el Japón y Sajalín por Corea. La identidad de las dos burguesías era evidente, pero como Rusia estaba en guerra con el Japón la censura dejó pasar el trabajo de Lenin.

Hay una infinidad de astucias posibles para engañar a un Estado receloso. Voltaire luchó contra las supersticiones religiosas de su tiempo escribiendo la historia galante de «La Doncella de Orleans»: describiendo en un bello estilo aventuras galantes sacadas de la vida de los grandes. Voltaire llevó a éstos a abandonar la religión (que hasta entonces tenían por caución de su vida disoluta). De repente se hicieron los propagadores celosos de las obras de Voltaire y ridiculizaron a la policía que defendía sus privilegios. La actitud de los grandes permitió la difusión ilícita de las ideas del escritor entre el público burgués, hacia el que precisamente apuntaba Voltaire.

Decía Lucrecio que contaba con la belleza de sus versos para la propagación de su ateísmo epicúreo. Las virtudes literarias de una obra pueden favorecer su difusión clandestina. Pero hay que reconocer que a veces suscitan múltiples sospechas. De ahí la necesidad de descuidarlas deliberadamente en ciertas ocasiones. Tal sería el caso, por ejemplo, si se introdujera en una novela policíaca –género literario desacreditado- la descripción de condiciones sociales intolerables. A mi modo de ver, esto justificaría completamente la novela policíaca.

En la obra de Shakespeare se puede encontrar un modelo de verdad propagada por la astucia: el discurso de Antonio ante el cadáver de César. Afirmando constantemente la respetabilidad de Bruto, cuenta su crimen, y la pintura que hace de él es mucho más aleccionadora que la del criminal. Dejándose dominar por los hechos, Antonio saca de ellos su fuerza de convicción mucho más que de su propio juicio.

Jonathan Swift propuso en un panfleto que los niños de los pobres fueran puestos a la venta en las carnicerías para que reinara la abundancia en el país. Después de efectuar cálculos minuciosos, el célebre escritor probó que se podrían realizar economías importantes llevando la lógica hasta el fin. Swift jugaba al monstruo. Defendía con pasión absolutista algo que odiaba. Era una manera de denunciar la ignominia. Cualquiera podía encontrar una solución más sensata que la suya, o al menos más humana; sobre todo, aquellos que no habían comprendido a dónde conducía este tipo de razonamiento.

Militar a favor del pensamiento, sea cual fuere la forma que éste adopte, sirve la causa de los oprimidos. En efecto, los gobernantes al servicio de los explotadores consideran el pensamiento como algo despreciable. Para ellos lo que es útil para los pobres es pobre. La obsesión que estos últimos tienen por comer, por satisfacer su hambre, es baja. Es bajo menospreciar los honores militares cuando se goza de este favor inestimable: batirse por un país cuando se muere de hambre. Es bajo dudar de un jefe que os conduce a la desgracia. El horror al trabajo que no alimenta al que lo efectúa es asimismo una cosa baja, y baja también la protesta contra la locura que se impone y la indiferencia por una familia que no aporta nada. Se suele tratar a los hambrientos como gentes voraces y sin ideal, de cobardes a los que no tienen confianza en sus opresores, de derrotistas a los que no creen en la fuerza, de vagos a los que pretenden ser pagados por trabajar, etc. Bajo semejante régimen, pensar es una actividad sospechosa y desacreditada. ¿Dónde ir para aprender a pensar? A todos los lugares donde impera la represión.

Sin embargo, el pensamiento triunfa todavía en ciertos dominios en que resulta indispensable para la dictadura. En el arte de la guerra, por ejemplo, y en la utilización de las técnicas. Resulta indispensable pensar para remediar, mediante la invención de tejidos «ersatz», la penuria de lana. Para explicar la mala calidad de los productos alimenticios o la militarización de la juventud no es posible renunciar al pensamiento. Pero recurriendo a la astucia se puede evitar el elogio de la guerra, al que nos incitan los nuevos maestros del pensamiento. Así, la cuestión ¿cómo orientar la guerra? lleva a la pregunta: ¿vale la pena hacer la guerra? Lo que equivale a preguntar: ¿cómo evitar la guerra inútil? Evidentemente, noes fácil plantear esta cuestión en público hoy. Pero ¿quiere decir esto que haya que renunciar a dar eficacia a la verdad? Evidentemente no.

Si en nuestra época es posible que un sistema de opresión permita a una minoría explotar a la mayoría, la razón reside en una cierta complicidad de la población, complicidad que se extiende a todos los dominios. Una complicidad análoga, pero orientada en sentido contrario, puede arruinar el sistema. Por ejemplo, los descubrimientos biológicos de Darwin eran susceptibles de poner en peligro todo el sistema, pero solamente la Iglesia se inquietó. La policía no veía en ello nada nocivo.

Los últimos descubrimientos físicos implican consecuencias de orden filosófico que podrían poner en tela de juicio los dogmas irracionales que utiliza la opresión. Las investigaciones de Hegel en el dominio de la lógica facilitaron a los clásicos de la revolución proletaria, Marx y Lenin, métodos de un valor inestimable. Las ciencias son solidarias entre sí, pero su desarrollo es desigual según los dominios; el Estado es incapaz de controlarlos todos. Así, los pioneros de la verdad pueden encontrar terrenos de investigación relativamente poco vigilados. Lo importante es enseñar el buen método, que exige que se interrogue a toda cosa a propósito de sus caracteres transitorios y variables. Los dirigentes odian las transformaciones: desearían que todo permaneciese inmóvil, a ser posible durante un milenio: que la Luna se detuviese y el Sol interrumpiese su carrera. Entonces nadie tendría hambre ni reclamaría alimentos. Nadie respondería cuando ellos abriesen fuego; su salva sería necesariamente la última.

Subrayar el carácter transitorio de las cosas equivale a ayudar a los oprimidos. No olvidemos jamás recordar al vencedor que toda situación contiene una contradicción susceptible de tomar vastas proporciones. Semejante método -la dialéctica, ciencia del movimiento de las cosas- puede ser aplicado al examen de materias como la biología y la química, que escapan al control de los poderosos, pero nada impide que se aplique al estudio de la familia; no se corre el riesgo de suscitar la atención. Cada cosa depende de una infinidad de otras que cambian sin cesar; esta verdad es peligrosa para las dictaduras.

Pues bien, hay mil maneras de utilizarla en las mismas narices de la policía. Los gobernantes que conducen a los hombres a la miseria quieren evitar a todo precio que, en la miseria, se piense en el Gobierno. De ahí que hablen de destino. Es al destino, y no al Gobierno, al que atribuyen la responsabilidad de las deficiencias del régimen. Y si alguien pretende llegar a las causas de estas insuficiencias, se le detiene antes de que llegue al Gobierno.

Pero en general es posible reclinar los lugares comunes sobre el destino y demostrar que el hombre se forja su propio destino. Ahí tenéis el ejemplo de esa granja islandesa sobre la que pesaba una maldición. La mujer se había arrojado al agua, el hombre se había ahorcado. Un día, el hijo se casó con una joven que aportaba como dote algunas hectáreas de tierra. De golpe, se acabó la maldición. En la aldea se interpretó el acontecimiento de diversos modos. Unos lo atribuyeron al natural alegre de la joven; otros a la dote, que permitía, al fin, a los propietarios de la granja comenzar sobre nuevas bases. Incluso un poeta que describe un paisaje puede servir a la causa de los oprimidos si incluye en la descripción algún detalle relacionado con el trabajo de los hombres. En resumen: importa emplear la astucia para difundir la verdad.


Conclusión

La gran verdad de nuestra época -conocerla no es todo, pero ignorarla equivale a impedir el descubrimiento de cualquier otra verdad importante- es ésta: nuestro continente se hunde en la barbarie porque la propiedad privada de los medios de producción se mantiene por la violencia. ¿De qué sirve escribir valientemente que nos hundimos en la barbarie si no se dice claramente por qué?

Los que torturan lo hacen por conservar la propiedad privada de los medios de producción. Ciertamente, esta afirmación nos hará perder muchos amigos: todos los que, estigmatizando la tortura, creen que no es indispensable para el mantenimiento de las formas actuales de propiedad.

Digamos la verdad sobre las condiciones bárbaras que reinan en nuestro país; así será posible suprimirlas, es decir, cambiar las actuales relaciones de producción. Digámoslo a los que sufren del statu quo y que, por consiguiente, tienen más interés en que se modifique: a los trabajadores, a los aliados posibles de la clase obrera, a los que colaboran en este estado de cosas sin poseer los medios de producción.



Patricia Damiano, entexto