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28 may. 2015

Descarga: Ray Bradbury - La feria de las tinieblas

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Descarga: Ray Bradbury - La feria de las tinieblas

La feria de las Tinieblas es la historia de dos muchachos, James Nightshade y William Halloway, y del mal que empieza a invadir su pequeña ciudad del Medio Oeste con la llegada una medianoche de otoño de una feria ominosa. Los dos chicos descubren que con unas pocas vueltas en el carrusel pueden apresurar el tiempo y transformarse en adultos, o ir hacia atrás y volver a los balbuceos de la primera infancia. ¿Cómo podrán salvar sus almas y su pueblo de la maldad que les ronda? ¿Qué haríamos si nuestros más oscuros deseos pudieran hacerse realidad? Bradbury revela la parte más oscura del alma humana al explorar el delicioso placer de un otoño perfectamente terrorífico e inolvidable.

22 feb. 2015

Ray Bradbury: El verano del cohete

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Ray Bradbury: El verano del cohete




Enero de 1999

Un minuto antes era invierno en Ohio; las puertas y las ventanas estaban cerradas, la escarcha empañaba los vidrios, el hielo adornaba los bordes de los techos, los niños esquiaban en las laderas; las mujeres, envueltas en abrigos de piel, caminaban torpemente por las calles heladas como grandes osos negros.

Y de pronto, una larga ola de calor atravesó el pueblo; una marea de aire tórrido, como si alguien hubiera abierto de par en par la puerta de un horno. El calor latió entre las casas, los arbustos, los niños. El hielo se desprendió de los techos, se quebró, y empezó a fundirse. Las puertas se abrieron; las ventanas se levantaron; los niños se quitaron las ropas de lana; las mujeres se despojaron de sus disfraces de osos; la nieve se derritió, descubriendo los viejos y verdes prados del último verano.

El verano del cohete. Las palabras corrieron de boca en boca por las casas abiertas y ventiladas.

El verano del cohete. El caluroso aire desértico alteró los dibujos de la escarcha en los vidrios, borrando la obra de arte. Esquíes y trineos fueron de pronto inútiles. La nieve, que venía de los cielos helados, llegaba al suelo como una lluvia cálida. El verano del cohete. La gente se asomaba a los porches húmedos y observaba el cielo, cada vez más rojo. El cohete, instalado en su plataforma, lanzaba rosadas nubes de fuego y calor. El cohete, de pie en la fría mañana de invierno, engendraba el estío con el aliento de sus poderosos escapes. El cohete creaba el buen tiempo, y durante unos instantes fue verano en la Tierra...


En Crónicas Marcianas
Foto: © Tony Korody/Sygma/Corbis

6 feb. 2015

Ray Bradbury - Tenemos el arte para que la verdad no nos mate

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Ray Bradbury @Rocky Schenck


¿Sólo conoces lo Real? Cae muerto.
Eso dijo Nietzsche.
Tenemos el arte para que la verdad no nos mate.
Para nosotros el mundo es demasiado.
Después de cuarenta días el Diluvio sigue.
Las ovejas que pastan allá lejos son chacales.
Ese tictac en tu cabeza es de verdad el Tiempo
y vendrá por la noche a sepultarte.
El tibio niño que ahora duerme partirá en el alba,
y con tu corazón irá hacia mundos que ignoras.
Y por eso
necesitamos que el Arte enseñe a respirar
y haga latir la sangre; tener que aceptar la cercanía
del Diablo
y la edad y la sombra y el coche que atropella,
y al payaso con máscara de Muerte
o la calavera que con corona de Bufón
a medianoche agita cascabeles
de óxido sangriento y matracas gruñonas
que estremecen los huesos del desván.
Tanto, tanto, tanto... ¡Demasiado!
¡Destroza el corazón!
¿Y entonces? Encuentra el Arte.
Toma el pincel. Aviva el paso. Mueve las piernas.
Baila. Prueba el poema. Escribe teatro.
Más hace Milton que Dios, aun borracho,
para justificar los modos del Hombre con el Hombre.
Y el divagante Melville se toma en serio la tarea
de encontrar la máscara bajo la máscara.
Y la homilía de Emily D. señala el basurero
de nuestras anomalías.
Y Shakespeare envenena el dardo de la Muerte
y la herramienta de un arte de enterrador.
Y Poe construye un Arca de huesos
porque ha presentido un diluvio de sangre.
La muerte es una dolorosa muela del juicio;
extrae esa Verdad con las tenazas del Arte
y emploma el abismo en donde estaba
oculta en las sombras con el Tiempo y las Causas.
Aunque el Gusano Rey nos devore el corazón
con la boca de Yorick demos gracias al Arte.


We Have Our Arts So We Don’t Die of Truth

Know only Real? Fall dead.
So Nietzsche said.
We have our Arts so we won’t die of Truth.
The World is too much with us.
The Flood stays on beyond forty days,
The sheep that graze in yonder fields are wolves.
The clock that ticks inside your head is truly Time
And in the night will bury you.
The children warm in bed at dawn will leave
And take your heart and go to worlds you do not know.
All this being so
We need our Arts to teach us how to breathe
And beat out blood; accept the devil’s neighborhood,
And age and dark and cars that run us down,
And clown with Death’s-head in him
Or skull that wears Fool’s crown
And jingles blood-rust bells and rattles groans
To earthquake-settle attic bones late nights.
All this, this, this, all this—too much!
It cracks the heart!
And so? Find Art,
Seize brush. Take stance. Do fancy footwork. Dance.
Run race. Try poem. Write play.
Milton does more than drunk God can
To justify Man’s way toward Man.
And maundered Melville takes as task
To find the mask beneath the mask.
And homily by Emily D. shows dust-bin Man’s anomaly.
And Shakespeare poisons up Death’s dart
And of gravedigging hones an art.
And Poe divining tides of blood
Builds Ark of bone to sail the flood.
Death, then, is painful wisdom tooth;
With Art as forceps, pull that Truth,
And plumb the abyss where it was
Hid deep in dark and Time and Cause.
Though Monarch Worm devours our heart,
With Yorick’s mouth cry, “Thanks!” to Art.

De Zen en el arte de escribir
Trad. Marcelo Cohen
Imagen: Rocky Schenck

12 ene. 2015

Ray Bradbury - El marciano

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Ray Bradbury - El marciano
Ray Bradbury por Michel Fainsilber


Las montañas azules se alzaban en la lluvia y la lluvia caía en los largos canales, y el viejo La Farge y su mujer salieron de la casa a mirar.

-La primera lluvia de la estación -señallóó La Farge.

-Qué bien -dijo la mujer.

-Bienvenida, de veras.

Cerraron la puerta. Dentro se calentaron las manos junto a las llamas. Se estremecieron. A lo lejos, a través de la ventana, vieron que la lluvia centelleaba en los costados del cohete que los había traído de la Tierra.

-Sólo falta una cosa -dijo La Farge miráánndose las manos.

-¿Qué? -preguntó su mujer.

-Me gustaría haber traído a Tom con nosoottros.

-Oh, por favor, Lafe.

-Sí, no empezaré otra vez. Perdona.

-Hemos venido a disfrutar en paz nuestraa vejez, no a pensar en Tom. Murió hace tanto tiempo... Tratemos de olvidarnos de Tom y de todas las cosas de la Tierra.

La Farge se calentó otra vez las manos, con los ojos clavados en el fuego.

-Tienes razón. No hablaré de eso nunca más. Pero echo de menos aquellos domingos, cuando íbamos en automóvil a Green Lawn Park, a poner unas flores en su tumba. Era casi nuestra única salida.

La lluvia azul caía sobre la casa.

A las nueve se fueron a la cama y se tendieron en silencio, tomados de la mano, él de cincuenta y cinco años, y ella de sesenta en la lluviosa oscuridad.

-¿Anna? -llamó La Farge suavemente.

-¿Qué?

-¿Has oído algo?

Los dos escucharon la lluvia y el viento.

-Nada -dijo ella.

-Alguien silbaba.

-No lo he oído.

-De todos modos voy a ver.

La Farge se levantó, se puso una bata, atravesó la casa y llegó a la puerta de la calle. La abrió titubeando, y la lluvia fría le cayó en la cara. En la puerta del patio había una figura. Un rayo agrietó el cielo; una ola de color blanco iluminó un rostro que miraba fijamente a La Farge.

-¿Quién está ahí? -llamó La Farge, tembllaando.

No hubo respuesta.

-¿Quién es? ¿Qué quiere?

Silencio.

La Farge se sintió débil, cansado, entumecido.

-¿Quién eres? -gritó, Anna se le acercó yy lo tomó por el brazo.

-¿Por qué gritas?

-Hay un chico ahí fuera en el patio y noo me contesta -dijo La Farge, estremeciéndose-. Se parece a Tom.

-Ven a acostarte, estás soñando.

-Pero mira, ahí está.

Y La Farge abrió un poco más la puerta para que también ella pudiera ver. Soplaba un viento frío y la lluvia fina caía sobre el patio, y la figura inmóvil los miraba con ojos distantes. La vieja se adelantó hacia el umbral.

-¡Vete! -gritó agitando una mano-. ¡Vetee!!

-¿No se parece a Tom? -preguntó La Fargee..

La figura no se movió.

-Tengo miedo -dijo la vieja---. Echa el ccerrojo y ven a la cama. Deja eso, déjalo.

Y se fue, gimiendo, hacia el dormitorio.

El viejo se quedó, y el viento le mojó las manos con una lluvia fría.

-Tom -llamó La Farge en voz baja-. Tom, ssi eres tú, si por un azar eres tú, no cerraré con llave. Si sientes frío y quieres calentarte, entra más tarde y acuéstate junto a la chimenea; hay allí unas alfombras de piel.

Cerró la puerta, pero sin echar el cerrojo.

La mujer sintió que La Farge se metía en la cama y se estremeció.

-Qué noche horrible. Me siento tan viejaa.... -dijo sollozando.

-Bueno, bueno -la calmó él, abrazándola--.. Duerme.

Al cabo de un rato la mujer se durmió.

Y entonces La Farge alcanzó a oír que la puerta se abría, casi en silencio, dejaba entrar el viento y la lluvia, y se cerraba otra vez. Luego oyó unos pasos blandos que se acercaban a la chimenea, y una respiración muy suave.

-Tom -dijo.

Un rayo estalló en el cielo y abrió en dos la oscuridad.

A la mañana siguiente, el sol calentaba.

El señor La Farge abrió la puerta de la sala y miró rápidamente alrededor. No había nadie sobre la alfombra. La Farge suspiró:

-Estoy envejeciendo.

Salía de la casa hacia el canal, en busca de un balde de agua clara, cuando casi derribó a Tom, que ya traía un balde Reno.

-Buenos días, papá.

El viejo se tambaleó.

-Buenos días, Tom.

El chico, descalzo, cruzó de prisa el cuarto, dejó el balde en el suelo y se volvió sonriendo.

-¡Qué día más hermoso!

-Sí -dijo La Farge, estupefacto.

El chico actuaba con naturalidad. Se inclinó sobre el balde y comenzó a lavarse la cara.

La Farge dio un paso adelante.

-Tom, ¿cómo viniste aquí? ¿Estás vivo?
El chico alzó la mirada.

-¿No tendría que estarlo?

-Pero, Tom... Green Lawn Park todos los ddomingos, las flores y.. La Farge tuvo que sentarse. El chico se le acercó y le tomó la mano. La mano de Tom era cálida y firme.

-¿Estás realmente aquí? ¿No es un sueño??< -Tú quieres que esté aquí, ¿no? -El chiccoo parecía preocupado. -Sí, sí, Tom. -Entonces, ¿por qué me preguntas? Acéptaamme... -Pero tu madre.., la impresión... -No te preocupes. Estuve a vuestro lado,, cantando, toda la noche, y me aceptaréis, especialmente ella. Espera a que venga y lo verás. Tom se echó a reír sacudiendo la cabeza de rizado pelo cobrizo. Tenía ojos muy azules y claros. La madre salió del dormitorio recogiéndose el pelo. -Buenos días. Lafe, Tom. ¡Qué hermoso dííaa! Tom se volvió hacia su padre y se le rió en la cara. -¿Ves? Almorzaron muy bien, los tres, a la sombra de detrás de la casa. La señora La Farge descorchó una vieja botella de vino de girasol, que había apartado en otro tiempo, y todos bebieron un poco. El señor La Farge nunca la había visto tan contenta. Si Tom la preocupaba, no lo demostró. Para ella era algo completamente natural. La Farge comenzó a pensar también que era natural. Mientras mamá lavaba los platos, La Farge se inclinó hacia su hijo y le preguntó con aire de confidencia: -¿Cuántos años tienes, hijo? -¿No lo sabes? Catorce, por supuesto.>
-¿Quién eres, realmente? No es posible qquue seas Tom, pero eres alguien. ¿Quién?

Atemorizado, el chico se llevó las manos a la cara.

-No preguntes.

-Puedes decírmelo -dijo el hombre-. Lo ccoomprenderé. Eres un marciano, ¿no es cierto? He oído historias de los marcianos, pero nada definido. Dicen que son muy raros y que cuando andan entre nosotros parecen terrestres. Hay algo en ti... Eres Tom y no eres Tom.

-¿Por qué no me aceptas y callas? ~gritóó el chico hundiendo la cara entre las manos-. No dudes, por favor, ¡no dudes de mil

Se levantó de la mesa y echó a correr.

-¡Tom, vuelve!

El chico corrió a lo largo de¡ canal, hacia el pueblo lejano.

-¿Adónde va Tom? -preguntó Anna que regrreesaba a buscar el resto de los platos. Miró atentamente a su marido-. ¿Le has dicho algo desagradable?

---Anna-dijo el señor La Farge tomándolee una mano-. Anna, ¿te acuerdas de Green Lawn Park, del mercado, de Tom enfermo de neumonía?

La mujer se echó a reír.

-¿Qué dices?

-No importa -contestó La Farge en voz baajja.

A lo lejos, el polvo se posaba a orillas del canal por donde había pasado Tom.

Tom volvió a las cinco de la tarde, cuando el sol se ponía. Miró indeciso a su padre.

-¿Me vas a preguntar algo? -quiso saber..< -Nada de preguntas -dijo La Farge. El chico sonrió con una sonrisa blanca. -Estupendo. -¿Dónde has estado? -Cerca del pueblo. Casi no vuelvo. He essttado a punto de caer en una... -el chico buscaba la palabra exacta-, en una trampa. -¿Cómo en una trampa? -Pasaba al lado de una casita de chapas dde zinc, cerca del canal y de pronto pensé que me perdía y que no volvería a veros. No sé cómo explicártelo, no encuentro cómo, ni siquiera yo mismo lo sé. Es raro, pero prefiero no hablar de eso ahora. -No hablemos entonces. Lávate las manos,, es hora de cenar. El chico corrió a lavarse. Unos diez minutos más tarde, una lancha se acercó por la serena superficie de las aguas. Un hombre alto y flaco, de pelo negro, la impulsaba con una pértiga, moviendo lentamente los brazos. -Buenas tardes, hermano La Farge -dijo ddeeteniéndose. -Buenas tardes, Saul. ¿Qué se cuenta porr aquí? -Esta noche, muchas cosas. ¿Conoces a unn tal Nomland que vive al borde del canal en una casa de chapas? La Farge se enderezó. -Sí. -¿Sabías que era un granuja? -Se dijo que salió de la Tierra porque hhaabía matado a un hombre. Saul se apoyó en la pértiga mojada y miró a La Farge. -¿Recuerdas el nombre del muerto? -Gillings, ¿no? -Sí, Gillings. Pues bien, hace unas dos hhoras el señor Nomland llegó al pueblo gritando que había visto a Gillings, vivo, aquí, en Marte, hoy, esta misma tarde. Nom1and quería esconderse en la cárcel, pero no lo dejaron. De modo que volvió a su casa y veinte minutos después, dicen, se pegó un tiro. Vengo ahora de allí. -Bueno, bueno -dijo La Farge. -Ocurren unas cosas... -dijo Saul-. En ffiin, buenas noches, La Farge. -Buenas noches. La lancha se alejó por las serenas aguas del canal. -La cena está lista -llamó la mujer. >
El señor La Farge se sentó a la mesa y cuchillo en mano miró a Tom.

~Tom, ¿qué has hecho esta tarde?

-Nada -contestó Tom con la boca llena----.. ¿Por qué?

-Quería saber, nada más -dijo el viejo ppooniéndose la servilleta.

A las siete, aquella misma tarde, la señora La Farge dijo que quería ir al pueblo.

-Hace tres meses que no voy.

Tom se negó.

-El pueblo me da miedo -dijo-. La gente.. No quiero ir.

-Pero cómo -dijo Anna-, qué palabras sonn ésas para tamaño grandullón. No te haré caso. Vendrás con nosotros. Yo lo digo.

-Pero Anna, si el chico no quiere... -faarrfulló La Farge.

Pero era inútil discutir. Anna los empujó a la lancha y remontaron el canal bajo las estrellas nocturnas. Tom estaba tendido de espaldas, con los ojos cerrados; era imposible saber si dormía o no. El viejo lo miraba fijamente. ¿Qué criatura es ésta, pensaba, tan necesitada de cariño como nosotros? ¿Quién es y qué es esta criatura que sale de la soledad, se acerca a gentes extrañas y asumiendo la voz y la cara del recuerdo se queda al fin entre nosotros, aceptada y feliz? ¿De qué montaña procede, de qué caverna, de qué raza, aún viva en este mundo cuando los cohetes Regaron de la Tierra? El viejo meneó la cabeza. Era imposible saberlo. Por ahora aquello era Tom.

El viejo miró con aprensión el pueblo lejano, y pensó otra vez en Tom y en Anna. Quizá nos equivoquemos al retener a Tom, se dijo a sí mismo, pues de todo esto no saldrá otra cosa que preocupaciones y penas, pero cómo renunciar a lo que hemos deseado tanto aunque se quede sólo un día y desaparezca, haciendo el vacío más vacío, y las noches más oscuras y las noches lluviosas más húmedas. Quitamos esto sería como quitarnos la comida de la boca.

Y miró al chico, que dormitaba pacíficamente en el fondo de la lancha. El chico se quejó, como en una pesadilla

-La gente. Cambiar y cambiar. La trampa..<

-Calma, calma -dijo La Farge acariciándoolle el pelo rizado.

Tom se calló.

La Farge ayudó a Anna y a Tom a salir de la lancha.

-¡Aquí estamos!

Anna sonrió a las luces, escuchó la música de los bares, los pianos, los gramófonos, observó a la gente que paseaba tomada del brazo por las calles animadas.

-Quiero volver a casa -dijo Tom.

-Antes no hablabas así -dijo Anna-. Siemmppre te gustaron las noches de sábado en el pueblo.

-No te apartes de mí -le susurró Tom a LLaa Farge-. No quiero caer en una trampa.

Anna alcanzó a oírlo.

-¡Deja de decir esas cosas! Vamos.

La Farge advirtió que Tom le había tomado la mano.

-Aquí estoy, Tom -dijo apretando la manoo del chico. Miró a la muchedumbre que iba y venía y sintió, también, cierta inquietud-. No nos quedaremos mucho tiempo.

-No digas tonterías, no nos iremos antess de las once -dijo Anna.

Cruzaron una calle y tropezaron con tres borrachos. Hubo un momento de confusión, una separación, una media vuelta, y La Farge miró consternado alrededor. Tom no estaba entre ellos.

-¿Adónde ha ido? -preguntó Anna, irritaddaa---. Aprovecha cualquier ocasión para escaparse. ¡Tom!

El señor La Farge corrió entre la muchedumbre, pero Tom había desaparecido.

-Ya volverá. Estará en la lancha cuando nnos vayamos ~afirmó Anna, guiando a su marido hacia el cinematógrafo.

De pronto, hubo una conmoción en la muchedumbre, y un hombre y una mujer pasaron corriendo junto a La Farge. La Farge los reconoció. Eran Joe Spaulding y su mujer. Antes de que pudiera hablarles, ya habían desaparecido.

Sin dejar de mirar ansiosamente hacia la calle, compró las entradas y entró de mala gana en la poco acogedora oscuridad.

A las once, Tom no estaba en el embarcadero. La señora La Farge se puso muy pálida.

-No te preocupes. Yo lo encontraré. Espeerra aquí -dijo La Farge.

-Date prisa.

La voz de Anna murió en la superficie rizada del agua.

La Farge caminó por las calles nocturnas, con las manos en los bolsillos. Las luces de alrededor se iban apagando, una a una.

Unas pocas gentes se asomaban todavía a las ventanas pues la noche era calurosa, aunque unas nubes de tormenta pasaban de vez en cuando por el cielo estrellado. Mientras caminaba, La Farge pensaba en el chico, en sus constantes alusiones a una trampa, en el miedo que tenía a las muchedumbres y las ciudades. Esto no tiene sentido, reflexionó con cansancio. Tal vez el chico se ha ido para siempre, tal vez no ha existido nunca. La Farge dobló por una determinada callejuela, observando los números.

-Hola, La Farge.

Un hombre estaba sentado en el umbral de una puerta, fumando una pipa.

-Hola, Mike.

-¿Has peleado con tu mujer? ¿Estás calmáánndote con una caminata?

-No, paseo nada más.

-Parece que se te hubiera perdido algo. AA propósito. Esta noche encontraron a alguien. ¿Conoces a Joe Spaulding? ¿Te acuerdas de su hija Lavinia?

-Sí.

La Farge se sintió traspasado de frío. Todo era como un sueño repetido. Ya sabía qué palabras vendrían ahora.

-Lavinia volvió a casa esta noche -dijo MMike, y arrojó una bocanada de humo-. ¿Recuerdas que se perdió hace cerca de un mes en los fondos del mar muerto? Encontraron un cadáver que podría ser el suyo y desde entonces la familia Spaulding no ha estado bien. Spaulding iba de un lado a otro diciendo que Lavinia no había muerto, que aquel cadáver no era ella. Parece que tenía razón. Lavinia apareció esta noche.

La Farge sintió que le faltaba el aire, que el corazón le golpeaba el pecho.

-¿Dónde?

-En la calle principal. Los Spaulding essttaban comprando entradas para una función y de pronto vieron a Lavinia entre la gente. Qué impresión la de ellos, imagínate. Al principio Lavinia no los reconoció; pero la siguieron calle abajo y le hablaron y entonces ella recobró la memoria.

-¿La has visto?

-No, pero la he oído cantar. ¿Recuerdas ccon qué gracia cantaba Las bonitas orillas del lago Lomond? La oí hace un rato allá en la casa gorjeando para su padre. Es muy agradable oírla. Una muchacha encantadora. Era lamentable que se hubiera muerto. Ahora que ha regresado, todo es distinto. Pero oye, qué te pasa, no te veo muy bien. Entra y te serviré un whisky..

-No, gracias, Mike.

La Farge se alejó calle abajo. Oyó que Mike le daba las buenas noches y no contestó. Tenía la mirada fija en una casa de dos plantas con el techo de cristal donde serpenteaba una planta marciana de flores rojas. En la parte trasera de la casa, sobre el jardín, había un retorcido balcón de hierro. Las ventanas estaban iluminadas. Era muy tarde, y La Farge seguía pensando: «¿Cómo se sentirá Anna si no vuelvo con Tom? ¿Cómo recibirá este segundo golpe, esta segunda muerte? ¿Se acordará de la primera y a la vez de este sueño y de esta desaparición repentina? Oh Dios, tengo que encontrar a Tom, ¿o qué va a ser de Anna? Pobre Ana, me está esperando en el embarcadero». La Farge se detuvo y levantó la cabeza. En alguna parte, allá arriba, unas voces daban las buenas noches a otras voces muy dulces. Las puertas se abrían y cerraban, se apagaban las luces y continuaba oyéndose un canto suave. Un momento después una hermosa muchacha, de no más de dieciocho años, se asomó al balcón.

La Farge la llamó a través del viento que comenzaba a levantarse.

La muchacha se volvió y miró hacia abajo.

-¿Quién está ahí?

-Yo -dijo el viejo La Farge, y notando qquue esta respuesta era tonta y rara, se calló y los labios se le movieron en silencio.

¿Qué podía decir? ¿«Tom, hijo mío, soy tu padre»? ¿Cómo le hablaría? La muchacha pensaría que estaba loco y llamaría a la familia.

La figura se inclinó hacia delante, asomándose a la luz ventosa.

-Sé quién eres -dijo en voz baja---. Porr favor, vete. No hay nada que pueda hacer por ti.

-¡Tienes que volver! -Las palabras se lee escaparon a La Farge.

La figura iluminada por la luz de la luna se retiró a la ssombra, donde no tenía identidad, donde no era más que una voz.

-Ya no soy tu hijo. No teníamos que habeerr venido al pueblo.

-¡Anna espera en el embarcadero!

-Lo siento -dijo la voz tranquila-. Peroo ¿qué puedo hacer? Soy feliz aquí; me quieren tanto como vosotros. Soy lo que soy y tomo lo que puedo. Ahora es demasiado tarde. Me han atrapado.

-Pero, y Anna... Piensa qué golpe será ppaara ella.

-Los pensamientos son demasiado fuertes een esta casa; es como estar en la cárcel. No puedo cambiar otra vez.

-Eres Tom, eras Tom, ¿verdad? ¡No estarááss bromeando con un viejo! ¡No serás realmente Lavinia Spaulding!

-No soy nadie; soy sólo yo mismo. Dondeqquuiera que esté soy algo, y ahora soy algo que no puedes impedir.

-No estás seguro en el pueblo. Estarás mmeejor en el canal, donde nadie puede hacerte daño -suplicó el viejo.

-Es cierto. -La voz titubeó-. Pero he dee pensar en ellos. ¿Qué sentirían mañana al despertar cuando vieran que me fui de nuevo, y esta vez para siempre? Además, la madre sabe lo que soy; lo ha adivinado como tú. Creo que todos lo adivinaron, aunque no hicieron preguntas. Cuando no se puede tener la realidad, bastan los sueños. No soy quizá la muchacha muerta, pero soy algo casi mejor, el ideal que ellos imaginaron. Tendría que elegir entre dos víctimas: ellos o tu mujer.

-Ellos son cinco, lo soportarían mejor qquue nosotros.

-¡Por favor! -dijo la voz---. Estoy canssaada.

La voz del viejo se endureció.

~Tienes que venir. No puedo permitir que Anna sufra otra vez. Eres nuestro hijo. Eres mi hijo, y nos perteneces.

La sombra tembló.

-¡No, por favor!

-No perteneces a esta casa ni a esta genntte.

-No. No.

-Tom, Tom, hijo mío, óyeme. Vuelve. Bajaa por la parra. Ven, Anna te espera; tendrás un hogar, y todo lo que quieras.

El viejo alzaba los ojos esperando el milagro.

Las sombras se movieron, la parra crujió levemente.

Y al fin la voz dijo:

-Bueno,papá.

-¡Tom!

La ágil figura de un niño se deslizó por la parra a la luz de las lunas. La Farge abrió los brazos para recibirlo.

Una habitación se iluminó arriba, y en una ventana enrejada dijo una voz:

-¿Quién anda ahí?

-Date prisa, hijo mío.

Más luces, más voces:

-¡Alto o hago fuego! ¿No te ha pasado naadda, Vinny?

El ruido de pasos precipitados.

El hombre y el chico corrieron por el jardín.

Sonó un disparo. La bala dio en la pared en el momento en que cerraban el portón.

-Tom, vete por ahí. Yo iré por aquí paraa despistarlos. Corre al canal. Allí estaré dentro de diez minutos.

Se separaron. La luna se ocultó detrás de una nube. El viejo corrió en la oscuridad.

-Anna,¡aquí estoy!

La vieja, temblando, lo ayudó a salvar a la lancha.

-¿Dónde está Tom?

-Llegará en un minuto -jadeó La Farge.
Se volvieron y miraron las calles del pueblo dormido. Aún había alguna gente: un policía, un sereno, el piloto de un cohete, varios hombres solitarios que regresaban de alguna cita nocturna, dos parejas que salían de un bar riéndose. Una música sonaba débilmente en alguna parte.

-¿Por qué no viene? -preguntó la vieja.<
-Ya vendrá, ya vendrá.

Pero La Farge estaba inquieto. ¿Y si el niño hubiera sido atrapado otra vez, de algún modo, en alguna parte, mientras corría hacia el embarcadero, por las calles de medianoche, entre las casas oscuras? Era un trayecto muy largo, aun para un chico; sin embargo ya tenía que haber llegado.

Y entonces, lejos, en la avenida iluminada por las lunas alguien corrió.

La Farge gritó y calló en seguida, pues allá lejos resonaron también unas voces y otros pasos apresurados. Las ventanas se iluminaron una a una. La figura solitaria cruzó rápidamente la plaza, acercándose al embarcadero. No era Tom; no era más que una forma que corría, una forma con un rostro de plata que resplandecía a la luz de las lámparas, agrupadas en la plaza. Y a medida que se acercaba, la forma se hizo más y más familiar, y cuando llegó al embarcadero ya era Tom. Anna le tendió los brazos. La Farge se apresuró a desanudar las amarras.

Pero ya era demasiado tarde. Un hombre, otro, una mujer, otros dos hombres y Spaulding aparecieron en la avenida y atravesaron de prisa la plaza silenciosa. Luego se detuvieron, perplejos. Miraron asombrados alrededor, como si quisieran volverse atrás. Todo les parecía ahora una pesadilla, una verdadera locura. Pero se acercaron, titubeando, deteniéndose y adelantándose.

Era ya demasiado tarde. La noche, la aventura, todo había terminado. La Farge retorció la amarra entre los dedos. Se sintió desalentado y solo. La gente alzaba y bajaba los pies a la luz de la luna, acercándose rápidamente, con los ojos muy abiertos, hasta que todos, los diez llegaron al embarcadero. Se detuvieron, lanzaron unas miradas aturdidas a la lancha, y gritaron.

-¡No se mueva, La Farge!

Spaulding tenía un arma.

Todo era evidente ahora. Tom atraviesa rápidamente las calles iluminadas por las lunas, solo, cruzándose con la gente. Un policía descubre la figura veloz. El policía gira sobre sí mismo, ve el rostro, pronuncia un nombre y echa a correr. ¡Alto! Había reconocido a un criminal. Y en todo el trayecto, la misma escena: hombres aquí, mujeres allá, serenos, pilotos de cohete. La fugitiva figura era todo para ellos, todas las identidades, todas las personas, todos los nombres. ¿Cuántos nombres diferentes se habían pronunciado en los últimos cinco minutos? ¿Cuántas caras diferentes, ninguna verdadera, se habían formado en la cara de Tom?

Y en todo el trayecto el perseguido y los perseguidores, el sueño y los soñadores, la presa y los perros de presa. En todo el trayecto la revelación repentina, el destello de unos ojos familiares, el grito de un viejo, viejo nombre, los recuerdos de otros tiempos, la muchedumbre cada vez mayor. Todos lanzándose hacia delante mientras, como una imagen reflejada en diez mil espejos, diez mil ojos, el sueño fugitivo viene y va, con una cara distinta para todos, los que le preceden, los que vienen detrás, los que todavía no se han encontrado con él, los aún invisibles.

Y ahora todos estaban allí, al lado de la lancha, reclamando sus sueños. «Del mismo modo -pensó La Farge-, nosotros queremos que sea Tom, y no Lavinia, no William, ni Roger, ni ningún otro. Pero todo ha terminado. Esto ha ido demasiado lejos.»

-¡Salgan todos de la lancha! -les ordenóó Spaulding.

Tom saltó al embarcadero. Spaulding lo tomó por la muñeca.

-Tú vienes a casa conmigo. Lo sé todo.
-Espere -dijo el policía-. Es mi prisionneero. Se llama Dexten Lo buscan por asesinato.

-¡No! -sollozó una mujer---. ¡Es mi mariiddo! ¡Creo que puedo reconocer a mi marido!

Otras voces se opusieron. El grupo se acercó.

La señora La Farge se puso delante de Tom.

-Es mi hijo. Nadie puede acusarlo. ¡Ya nnoos íbamos a casa!

Tom, mientras tanto, temblaba y se sacudía con violencia. Parecía enfermo. El grupo se cerró, exigiendo, alargando las manos, aferrándose a Tom.

Tom gritó.

Y ante los ojos de todos, comenzó a transformarse. Fue Tom, y James, y un tal Switchman, y un tal Butterfield; fue el alcalde del pueblo, y una muchacha, Judith; y un marido, William; y una esposa, Clarisse. Como cera fundida, tomaba la forma de todos los pensamientos. La gente gritó y se acercó a él, suplicando. Tom chilló, estirando las manos, y el rostro se le deshizo muchas veces.

-¡Tom! -gritó La Farge.

-¡Alicia! -llamó alguien.

-¡Wffliam!

Le retorcieron las manos y lo arrastraron de un lado a otro, hasta que al fin, con un último grito de terror, Tom cayó al suelo.

Quedó tendido sobre las piedras, como una cera fundida que se enfría lentamente, un rostro que era todos los rostros, un ojo azul, el otro amarillo; el pelo castaño, rojo, rubio, negro, una ceja espesa, la otra fina, una mano muy grande, la otra pequeña.

Nadie se movió. Se llevaron las manos a la boca. Se agacharon junto a él.

-Está muerto -dijo al fin una voz.

Empezó a llover.

La lluvia cayó sobre la gente, y todos alzaron los ojos. Lentamente, y después más de prisa, se volvieron, dieron unos pasos, y echaron a correr, dispersándose. Un minuto después, la plaza estaba desierta. Sólo quedaron el señor La Farge y su mujer, horrorizados, cabizbajos, tomados de la mano.

La lluvia cayó sobre el rostro irreconocible.

Anna no dijo nada, pero empezó a llorar.

-Vamos a casa, Anna. No hay nada que poddaamos hacer -dijo el viejo.

Subieron a la lancha y se alejaron por el canal, en la oscuridad. Entraron en la casa, encendieron la chimenea y se calentaron las manos. Se acostaron, y juntos, helados y encogidos, escucharon la lluvia que caía otra vez sobre el techo.

-¡Escucha! -dijo La Farge a medianoche-.. ¿Has oído algo?

-Nada, nada.

-Voy a mirar, de todos modos.

Atravesó a tientas el cuarto oscuro, y esperó algún tiempo al lado de la puerta de la calle.

Al fin abrió y miró afuera.

La lluvia caía desde el cielo negro, sobre el patio desierto, sobre el canal y entre las montañas azules.

La Farge esperó cinco minutos y después, suavemente, con las manos húmedas, entró en la casa, cerró la puerta y echó el cerrojo.



En  Crónicas marcianas

28 oct. 2014

Descarga: Ray Bradbury - Zen en el arte de escribir

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Descarga: Ray Bradbury - Zen en el arte de escribir

Once exuberantes ensayos sobre el placer de escribir por uno de los más imaginativos y prolíficos autores del siglo veinte, un escritor que disfruta en verdad de su oficio y nos explica por qué y cómo.

Bradbury examina con sabiduría y entusiasmo toda una vida dedicada a la creación y a la composición de docenas de cuentos, novelas, guiones de películas, obras de teatro, programas de televisión y musicales.

Refrescantes y directos, los once ensayos tienen un tema único y común: escribir es una celebración, no una pesada tarea. No se detiene, como otros libros sobre el arte de escribir, en minucias técnicas ni en la presentación de una página, sino que Bradbury nos habla de la fiebre, el ardor, la felicidad que él ha encontrado en el acto de escribir y nos dice que estos hallazgos también pueden ser nuestros.

La necesidad de plasmar en el papel aquello que permanece sumergido en el inconsciente durante mucho tiempo no puede ser una ardua tarea dirigida a lectores o críticos, sino a uno mismo.

Detalles autobiográficos, junto con la búsqueda de las Musas, el impulso de plasmar deseos y motivaciones en equilibrio con unos personajes vivos, fiel a lo que él llama sus impulsos inconscientes y recuerdos, todo ello tiene cabida en el proceso creativo de Ray Bradbury.

Los lectores de Bradbury se deleitarán cuando descubran cómo surgieron algunas de sus novelas y sus colecciones de relatos cortos.

11 abr. 2014

Ray Bradbury - Tal vez nos vayamos

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Era algo extraño que no se podía contar. Se le deslizaba por el pelo del cuello mientras despertaba. Con los ojos cerrados, apretó las manos contra el polvo.

¿Era la tierra que sacudía un viejo fuego bajo la corteza, volviéndose en sueños?

¿Eran los búfalos en las praderas polvorientas, en la hierba sibilante, que ahora pisoteaban la tierra, moviéndose como nubes oscuras?

No.

¿Entonces, qué, qué era?

Abrió los ojos y era Ho-Awi, el niño de una tribu con nombre de pájaro, en las colinas con nombre de sombras de lechuzas, cerca del gran océano, en un día que era malo sin ningún motivo.

Ho-Awi miró la cortina de la tienda que se estremecía como una gran bestia que se acuerda del invierno.

Dime, pensó, ¿de dónde viene la cosa terrible? ¿A quién matará?

Se volvió lentamente, un niño de pómulos oscuros y afilados como quillas de pajaritos que vuelan. Los ojos castaños vieron un cielo colmado de oro, colmado de nubes; el cuenco de la oreja recogió el golpeteo de los cardos en los tambores de batalla, pero el misterio mayor lo llevó al borde de la aldea.

Allí, decía la leyenda, la tierra continuaba como una ola hasta otro mar. Entre aquí y allá había tanta tierra como estrellas en el cielo de la noche. En alguna parte de toda aquella tierra, tormentas de búfalos negros segaban la hierba. Y aquí estaba Ho-Awi, el estómago apretado como un puño, preguntándose, buscando, esperando, asustado.

—¿Tú también? —dijo la sombra de un halcón.

Ho-Awi se volvió.

Era la sombra de la mano del abuelo que escribía en el viento.

No. El abuelo señaló silencio. La lengua se movió en la boca desdentada. Los ojos eran pequeñas caletas detrás de las capas de carne hundida, las arenas resquebrajadas de la cara.

Ahora estaban de pie al borde del día, juntos a causa de algo que no conocían. Y el viejo hizo lo que había hecho el muchacho. La oreja momificada se volvió; las aletas de la nariz se le estremecieron. El viejo esperaba también, dolorosamente, algún gruñido de respuesta, que viniera de cualquier dirección, y que les anunciara al menos que desde un cielo distante venía un trueno como madera que se desploma. Pero el viento no respondió, hablaba sólo de sí mismo.

El abuelo hizo la señal de que debían ir a la Gran Cacería. Este, dijeron sus manos como bocas, era un día para el conejo joven y el viejo desplumado. Que ningún guerrero fuera con ellos. La liebre y el cuervo moribundo tenían que viajar juntos. Porque sólo los muy jóvenes veían la vida adelante, y sólo los muy viejos veían la vida detrás; los del medio andaban tan ocupados con la vida que no veían nada.

El viejo giró lentamente en todas las direcciones.

¡Sí! ¡Sabía, estaba seguro! Para encontrar esa cosa de oscuridad se necesitaba la inocencia del recién nacido, y para ver muy claro la inocencia del ciego.

¡Ven!, dijeron los dedos temblorosos.

Y el conejo que husmeaba y el halcón apegado a la tierra dejaron la aldea desvaneciéndose como sombras en el día inestable.

Buscaron las colinas altas para ver si las piedras estaban una encima de la otra, y así era. Escrutaron las praderas, pero sólo encontraron vientos que juegan allí todo el día como los niños de la tribu. Y encontraron puntas de flechas de antiguas guerras.

No, escribió la mano del viejo en el cielo, los hombres de esta nación y de aquella más allá fuman junto a las hogueras del verano mientras las mujeres indias cortan leña. No son flechas en vuelo las que casi oímos.

Por fin, cuando el sol se hundió en la nación de los cazadores de búfalos, el viejo miró hacia arriba.

¡Los pájaros, le exclamaron las manos de pronto, vuelan hacia el sur! ¡El verano ha terminado!

¡No, dijeron las manos del niño, el verano acaba de empezar! ¡No veo los pájaros!

Están tan altos, dijeron los dedos del viejo, que sólo un ciego puede sentir como pasan. Ensombrecen el corazón más que la tierra. Siento en la sangre que cruzan hacia el sur. El verano se va. Podemos ir con él. Tal vez nos vayamos.

—¡No! —exclamó el muchacho en voz alta, asustado de pronto—. ¿A dónde ir? ¿Por qué? ¿Para qué?

—¿Quién sabe? —dijo el viejo—, y tal vez no nos moveremos. Pero aun sin movernos tal vez nos vayamos.

—¡No! ¡Vuelve! —gritó el muchacho al cielo vacío, a los pájaros invisibles, al aire sin sombras—. ¡Verano, quédate!

Es inútil, dijo el viejo con una mano que se movía sola. Ni tú ni yo ni nuestra gente puede soportar este clima. La estación ha cambiado, viene para quedarse en la tierra para siempre.

¿Pero de dónde viene?

De aquí, dijo el viejo al fin.

Y en la penumbra miraron las grandes aguas del este que cubrían el borde del mundo, donde nadie había ido nunca.

Allí. La mano del viejo se cerró y se tendió rápidamente. Allí.

Muy lejos, una sola luz ardía en la orilla.

Al salir la luna, el viejo y el niño conejo caminaron por la arena, oyeron extrañas voces en el mar, olieron el fuego salvaje, de pronto cercano.

Se arrastraron boca abajo. Tendidos miraban la luz.

Y cuanto más miraban, más frío sentía Ho-Awi, y sabía que todo lo que el viejo había dicho era cierto.

Porque reunidos junto al fuego de ramas y musgo, que brillaba vacilando en el suave viento vespertino, más frío ahora, en el corazón del verano, estaban esas criaturas que nunca había visto.

Eran hombres con caras como carbones encendidos, con ojos a veces azules como el cielo. Todos esos hombres tenían pelo reluciente en las mejillas y el mentón. Un hombre levantaba una luz en la mano y tenía en la cabeza una luna de materia dura como la cara de un pez. Los otros tenían placas brillantes y redondas que tintineaban adheridas al pecho, y resonaban ligeramente cuando se movían. Mientras Ho-Awi observaba, algunos hombres se levantaron los gongos brillantes de las cabezas, se quitaron los caparazones de cangrejo que les cegaban los ojos, los estuches de tortuga que les cubrían el pecho, los brazos, las piernas, y arrojaron todas esas vainas a la arena riendo. Entretanto, en la bahía, una forma negra flotaba en el agua, una canoa oscura con cosas como nubes desgarradas que colgaban de unos postes.

Después de contener el aliento un largo rato, el viejo y el niño se fueron.

Desde una colina observaron el fuego que ahora no era mayor que una estrella. Se lo podía tapar con una pestaña. Si uno cerraba los ojos, el fuego desaparecía.

Sin embargo, seguía allí.

 —¿Es este el gran acontecimiento? —preguntó el niño.

La cara del viejo era la de un águila caída, una cara de años terribles y de sabiduría involuntaria. Los ojos eran de un brillante resplandor, como llenos de una marea de agua clara y fría en la que se podía ver todo, como un río que bebiera el cielo y la tierra y lo supiese, lo aceptara en silencio, y no negase la acumulación de polvo, tiempo, forma, sonido y destino.

El viejo asintió una vez.

Este era el clima terrible. Así es como terminaría el verano. Esto era lo que llevaba a los pájaros hacia el sur, sin sombras, a través de una tierra de dolor.

Las manos gastadas dejaron de moverse. El momento de las preguntas había pasado.

Muy lejos, el fuego se sobresaltaba. Una de las criaturas se movió. La materia brillante del caparazón de tortuga que le cubría el cuerpo relampagueó de pronto. Era como una flecha que abría una herida en la noche.

Luego el niño desapareció en la oscuridad, siguiendo al águila y al halcón que vivían en el cuerpo pétreo del abuelo.

Abajo el mar se levantaba y arrojaba otra ola salada que se hacía trizas y silbaba como cuchillos innumerables a lo largo de las costas del continente.


En Las maquinarias de la alegría
Traducción de Aurora Bernárdez
Imagen: Ray Bradbury 1975 - Los Angeles Times


18 feb. 2014

Ray Bradbury: Un milagro de rara invención

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Un día ni demasiado suave ni demasiado ácido, ni demasiado caluroso ni demasiado frío, el viejo Ford llegó a la colina desértica a tumultuosa velocidad. La vibración de las diversas partes de la carrocería hacía huir a los que andaban por el camino en harinosos estallidos de polvo.

Monstruos de Gila, perezosas muestras de joyería india, se apartaban a un lado. El Ford, como una infección, clamaba y se alejaba estrepitosamente hacia las profundidades del desierto.

En el asiento de adelante, mirando hacia atrás, el viejo Will Bantlin gritó: —¡Dobla!

Bob Greenhill hizo girar tambaleándose al viejo Ford detrás de un panel de anuncios.

Instantáneamente los dos hombres se volvieron. Los dos atisbaron por encima del techo abollado del coche, rogando al polvo que habían removido en el aire: —¡Baja! ¡Baja, por favor...!

Y el polvo bajó suavemente. Justo a tiempo.

—¡Zambúllete!

Una motocicleta que parecía quemada en los nueve círculos del infierno pasó atronando el aire. Encorvado sobre el aceitado manubrio, una figura huracanada, un hombre de cara arrugada y muy desagradable, gafas, y abrasado por el sol, se inclinaba apoyándose en el viento. La moto rugiente y el hombre desaparecieron en el camino.

Los dos viejos subieron al coche, suspirando.

—Hasta la vista, Ned Hopper —dijo Bob Greenhill.

—¿Por qué? —dijo Will Bantlin—. ¿Por qué siempre andará pisándonos los talones?

—Willy-William, no digas tonterías —dijo Greenhill—. Somos la fortuna de Hopper, unas buenas cabezas de turco. ¿Por qué nos va a dejar si siguiéndonos por todas partes se hace rico y feliz mientras nosotros somos cada vez más pobres y sabios?

Los dos hombres se miraron, sonriendo, no del todo convencidos. Lo que el mundo no les había dado, lo habían obtenido de algún otro modo. Habían gozado juntos de treinta años de no violencia, que en el caso de ellos significaba no trabajar.

—Siento que se acerca una cosecha —decía Will, y escapaban del pueblo antes de que el trigo madurara.

O si no—: ¡Esas manzanas están al caer! —Retrocedían entonces unos quinientos kilómetros para que no les dieran en la cabeza.

Bob Greenhill llevó lentamente de vuelta el auto al camino, con una magnífica y breve detonación.

—Willy, amigo, no te desalientes.

—Ya he pasado la etapa del desaliento —dijo Will—. Ahora estoy hundido en la aceptación.

—¿La aceptación de qué?

—Del cofre del tesoro lleno de latas de sardinas un día, y ni un abrelatas. De mil abrelatas al día siguiente y ni una sardina.

Bob Greenhill escuchó al motor que hablaba consigo mismo como un viejo de noches insomnes, huesos oxidados y sueños muy gastados.

—La mala suerte no nos va a durar siempre, Willy.

—No, pero lo intenta. Tú y yo nos ponemos a vender corbatas ¿y quién aparece del otro lado de la calle vendiéndolas a diez centavos menos?

—Ned Hopper.

—Encontramos una veta de oro en Tonopah y ¿quién registra primero la mina?

—El viejo Ned.

—¿No le hemos hecho favores toda la vida? ¿No necesitamos algo que sea sólo nuestro, y que no vaya a parar a sus manos?

—Ha llegado el momento, Willy —dijo Robert, conduciendo con calma—. Lo malo es que tú, yo y Ned nunca decidimos realmente lo que queríamos. Nosotros recorremos todos estos pueblos fantasmas, vemos algo, lo tomamos. Ned lo ve y lo toma también. No lo quiere, lo quiere sólo porque nosotros lo queremos. Lo conserva hasta que nos perdemos de vista, entonces lo rompe y vuelve a trampearnos. El día que sepamos realmente lo que queremos será el día en que Ned se asuste de nosotros y huya para siempre. Ah, caramba. —Bob Greenhill respiró el aire claro y de agua fresca que corría en ráfagas matinales por encima del parabrisas.— De todos modos está bien. Este cielo.

Esas lomas. El desierto y...

Se le apagó la voz.

Will Bantlin le echó una mirada.

—¿Qué pasa?

—Por algún motivo... —los ojos de Bob Greenhill daban vueltas, las manos como de cuero hacían girar el volante lentamente—, tenemos que... salir... del camino.

El viejo Ford tropezó contra el borde abrupto del camino. Bajaron a una explanada polvorienta y de pronto se encontraron recorriendo una seca península de tierra que dominaba el desierto. Bob Greenhill, que parecía hipnotizado, extendió la mano hacia la llave de contacto. Debajo de la capota, el viejo dejó de lamentar sus insomnios y se quedó dormido.

—¿Pero por qué haces esto? —preguntó Will Bantlin.

Bob Greenhill se miró las manos intuitivas en el volante. —Me pareció que tenía que hacerlo.

¿Por qué? —Pestañeó. Dejó que los huesos se le asentaran, y que los ojos se le pusieran perezosos.— Quizá sólo para mirar la tierra desde aquí. Bueno. Todo eso está ahí desde hace mil millones de años.

—Salvo esa ciudad —dijo Will Bantlin.

—¿Ciudad? —dijo Bob.

Se volvió a mirar y el desierto estaba allí y las distantes colinas color de león, y más allá, suspendida en un mar de arena y luz en la mañana calurosa, una especie de imagen flotante, el rápido bosquejo de una ciudad.

—No puede ser Phoenix —dijo Bob Greenhill—. Phoenix está a ciento cincuenta kilómetros. No hay en los alrededores otra gran ciudad.

Will Bantlin dobló el mapa sobre las rodillas, buscando.

—No. No hay otra ciudad.
—¡Se está aclarando más! —exclamó de pronto Bob Greenhill.

Los dos se quedaron absolutamente duros en el coche y miraron por encima del parabrisas sucio de polvo, mientras el viento les gemía suavemente en las caras ásperas.

—¿Pero sabes qué es eso, Bob? ¡Un espejismo! ¡Claro, es eso! Los rayos de luz justos, la atmósfera, el cielo, la temperatura. La ciudad está en alguna parte, del otro lado del horizonte. Mira cómo salta, se desvanece, reaparece. ¡Se refleja contra ese cielo que es como un espejo y es visible aquí! ¡Un espejismo, por Dios!

—¿Tan grande?

Bob Greenhill midió la ciudad que crecía, se aclaraba en un cambio del viento, en un suave y lejano remolino de arena.

—¡La abuelita de todas! No es Phoenix. Ni Santa Fe ni Alamogordo, no. A ver. No es Kansas...

—De todos modos, queda demasiado lejos.

—Sí, pero mira esos edificios. ¡Grandes! Los más altos del país. Hay sólo un lugar como ese en el mundo.

—¿No quenas decir ... Nueva York?

Will Bantlin asintió lentamente y los dos se quedaron en silencio mirando el espejismo. Y la ciudad era alta y brillante y casi perfecta a la luz de la mañana temprana.

—Oh, Dios —dijo Bob, después de un largo rato—. Es espléndida.

—Sí —dijo Will—. Pero —añadió un momento después, en voz baja, como si temiese que la ciudad pudiera oírlo—, ¿qué está haciendo aquí en pleno Arizona, en Ninguna Parte, a cinco mil kilómetros de su casa?

Bob Greenhill miró y habló. —Willy, amigo, nunca hagas preguntas a la naturaleza. Ella se sienta ahí y sólo piensa en su tejido. Ondas radiales, arco iris, luces boreales, todo eso. Caramba, digamos que le tomaron una foto a Nueva York y la están revelando aquí, a cinco mil kilómetros de distancia, una mañana en que necesitábamos que nos dieran ánimo, sólo para nosotros.

—Sólo para nosotros no. —Will exploró del otro lado del coche.— ¡Mira!

Allí en el polvo harinoso había innumerables líneas cruzadas, diagonales, símbolos fascinantes impresos en un tranquilo tapiz.

—Marcas de neumáticos —dijo Bob Greenhill—. Centenares. Miles. Montones de coches pasan por aquí.

—¿Para qué, Bob? —Will Bantlin saltó del coche, aterrizó en el suelo, paró la oreja, dio vueltas, se arrodilló para tocarlo con una mano veloz y súbitamente temblorosa.— ¿Para Qué, para qué? ¿Para ver el espejismo? ¡Sí señor! ¡Para ver el espejismo!

—¿Y qué?

—¡Hurra, muchacho! —Will se puso de pie, hizo rugir su voz como un motor.— ¡Brrrammm! —Hizo girar un volante imaginario. Corrió por la huella de un neumático.— ¡Brrrammm! ¡Iiii! ¡Frenos! Robert-Bob, ¿sabes qué conseguimos aquí? ¡Mira al este! ¡Mira al oeste! Este es el único punto en varios kilómetros donde puedes salir de la autopista y sentarte y contemplar!

—¡Claro!, está bien que la gente le eche un vistazo a algo hermoso ...

—¡Qué hermoso ni qué diablos! ¿Quién es el dueño de esta tierra?

—El Estado, me imagino.

—¡Imaginas mal! ¡Tú y yo! Acampamos, solicitamos el registro, mejoramos la propiedad, y la ley dice que es nuestra. ¿No es cierto?

—¡Espera! —Bob Greenhill estaba contemplando el desierto y la extraña ciudad—. ¿Es decir, que quieres... obtener la concesión de un milagro?

—¡Así es, por Cristo! ¡La concesión de un milagro! Robert Greenhill se bajó del coche y dio vueltas alrededor mirando la tierra marcada por los neumáticos.

—¿Podemos hacerlo?

—¿Hacerlo? ¡Con tu permiso!

En un instante Will Bantlin estaba clavando las clavijas de una carpa en el suelo, enroscando el cordel.

—Desde aquí hasta aquí, y desde aquí hasta aquí, es una mina de oro, la hemos descubierto, es una vaca, la ordeñamos, es un lago de dinero; ¡nadaremos en él!

Revolvió en el coche, sacó cajones y un letrero que alguna vez había servido para anunciar corbatas baratas. Lo tendió en el suelo, le pasó una capa de pintura y empezó a dibujar las letras.

—Willy —le dijo su amigo—, nadie va a venir a pagar para ver un piojoso ...

—¿Espejismo? Pon una cerca, diles a las gentes que no pueden ver una cosa, y justo se les antoja eso. ¡Ya está!

Levantó el letrero.

Mirador del Espejismo Secreto: La Ciudad Misteriosa Autos: 25 centavos. Motos: 5 centavos.

—Ahí viene un coche. ¡Mira!

—William...

Pero Will, corriendo, levantó el anuncio.

—¡Eh! ¡Mire! ¡Eh!

El auto pasó rugiendo, como un toro que ignora al torero.

Bob cerró los ojos como para no ver la sonrisa de Will que se desvanecía.

Pero entonces ... un sonido maravilloso. El chirrido de los frenos.

¡El coche volvía! Will saltó adelante, agitando los brazos, señalando.

—¡Sí, señor! ¡Sí, señora! ¡El Mirador del Espejismo Secreto! ¡La Ciudad Misteriosa! ¡Entre derecho!

Las huellas en el polvo se multiplicaron y pronto se hicieron innumerables.

Un inmenso capullo de polvo cálido y flotante colgaba sobre la península seca donde en medio de un estruendo de llegadas, chirridos de neumáticos, motores que enmudecen, golpes de portezuelas, venían autos de muchos tipos y muchos lugares, y se acomodaban en fila. Y las gentes de los autos eran tan distintas como pueden serlo cuando vienen de los cuatro puntos cardinales pero son arrastradas en un determinado momento por algo determinado, todas hablando al principio, pero callando al fin ante lo que veían en el desierto. El viento les soplaba suavemente en la cara, agitando el pelo de las mujeres, los cuellos abiertos de las camisas de los hombres. Se quedaban sentados en los coches durante largo rato o de pie al borde de la tierra, sin decir nada, y al final uno por uno se volvían para irse.

Cuando el primer coche pasó retrocediendo delante de Bob y Will, la mujer que lo
ocupaba asintió, feliz.

—¡Gracias! ¡Pero si es como Roma! Otro coche viraba hacia la salida.

—¡Sí señor! —El conductor se acercó a estrechar la mano de Bob.— ¡Me sentí como si supiera hablar francés!

—¡Francés! —exclamó Bob.

Dieron un rápido paso adelante cuando iba a salir el tercer coche. Un viejo agitaba la cabeza, sentado al volante.

—Nunca vi nada parecido. Quiero decir, la niebla y todo, el Puente de Westminster, mejor que en una postal, y el Big Ben allí a la distancia. ¿Cómo lo hacen? Dios los bendiga. Muy agradecido.

Los dos hombres, perturbados, dejaron que el viejo se fuera, y lentamente se volvieron para mirar la luna que asomaba ahora más allá de la pequeña punta de tierra.

—¿El Big Ben? —dijo Will Bantlin—. ¿El Puente de Westminster? ¿La niebla?

Débil, débilmente, les pareció que oían, no estaban seguros, pararon la oreja, ¿se oían sonar tres campanadas de un gran reloj más allá del borde de la tierra? ¿No eran sirenas de bruma que llamaban a los barcos y bocinas de los barcos que respondían en algún río perdido?

—¿Hablar francés? —murmuró Robert—. ¿El Big Ben? ¿Es Roma aquello, Will?

El viento cambió. Una oleada turbulenta de aire caliente se levantó arrancando variaciones a un arpa invisible. La niebla se solidificó casi en monumentos de piedra gris. El sol construyó casi una estatua de oro en lo alto de un monte de mármol níveo recién tallado.

—¿Cómo ... —dijo William Bantlin—, cómo podía cambiar? ¿Cómo podían ser cuatro, cinco ciudades? ¿Le dijimos a cada uno la ciudad que había visto? No. ¡Bueno, Bob, bueno!

Ahora clavaron la mirada en el último cliente que estaba solo al borde de la península
seca. Indicándole a Will Bantlin que se callara, Robert avanzó en silencio y se detuvo a un
lado, detrás del visitante.

Era un hombre de casi cincuenta años, de cara animada, quemada por el sol, buena, afectuosa, de ojos color agua, hermosos pómulos, boca sensible. Parecía haber viajado mucho en su vida, por muchos desiertos, en busca de un oasis particular. Era como esos arquitectos que andan errando por las calles cubiertas de cascotes, al pie de sus edificios, mientras el hierro, el acero y el vidrio se alzan bloqueando, ocupando una parte vacía del cielo. La cara del hombre era la de esos constructores que de pronto ven levantarse delante de ellos, en ese mismo instante, de horizonte a horizonte, la ejecución perfecta de un viejo, viejo sueño. Ahora, a medias consciente de que William y Robert estaban a su lado, el extranjero habló al fin con una voz tranquila, suelta, fabulosa, diciendo lo que veía, diciendo lo que sentía:

—"En Xanadú..."

—¿Qué? —preguntó William.

El extranjero sonrió a medias, clavados los ojos en el espejismo y despacito, de
memoria, recitó:

"En Xanadú ordenó Kublai Khan
construir una majestuosa morada de placer
donde Alph, el río sagrado, corría
por cavernas inconmensurables para el hombre,
bajando a un mar sin sol."

La voz conjuró los vientos y los vientos soplaron sobre los otros dos hombres que se quedaron aún más quietos.

"Dos veces diez kilómetros de tierras fértiles,
fueron circundadas por muros y por torres,
y había allí jardines donde brillaban arroyos sinuosos,
y florecían innúmeros árboles de incienso,
y había bosques antiguos como las colinas
rodeando soleados parajes de verdor."

William y Robert miraron el espejismo, y lo que el forastero decía estaba allí, en el polvo dorado, algún fabuloso racimo de minaretes, cúpulas, frágiles torres del Oriente Medio, o Lejano, levantándose en una magnífica lluvia de polen del desierto de Gobi, una explanada de piedra donde brillaba el fértil Eufrates, Palmira aún de pie, en sus comienzos apenas, recién construida, abandonada luego por los años fugaces, rielando ahora en el calor, amenazando ahora con estallar para siempre.

El forastero, con la cara transfigurada, embellecida por la visión, concluyó:

"¡Fue un milagro de rara invención,
una soleada mandón de placer
con cavernas de hielo!"

Y el extranjero calló; y el silencio de Bob y Will fue todavía más hondo.

El forastero manoteó la cartera, con los ojos húmedos.

—Gracias, gracias.

—Ya nos ha pagado —dijo William.

—Si tuviera más, les daría todo.

Tomó la mano de William, le dejó un billete de cinco dólares, fue hasta el coche, miró por última vez el espejismo, luego se sentó, puso en marcha el motor, bajó la velocidad con maravillosa soltura, y, la cara resplandeciente, los ojos apacibles, se fue.

Robert dio unos pasos tras el auto, pasmado.

Entonces William estalló súbitamente, abrió los brazos, pegó unos gritos, asestó unos puntapiés, dio unas volteretas.

—¡Hurra! ¡La sal de la tierra! ¡Comida hasta hartarse! ¡Zapatos nuevos y chirriantes! ¡Mírame las manos: puñados!

Pero Robert dijo: —No creo que debamos conservarlo.

William dejó de bailar. —¿Qué?

Robert miró fijo el desierto.

—En realidad no podemos ser los dueños. Está fuera de aquí. Claro, podemos pedir la concesión de la tierra, pero ... No sabemos siquiera qué es.

—Pero si es Nueva York y ...

—¿Alguna vez has estado en Nueva York?

—Siempre he querido. Pero nunca estuve.

—Siempre has querido. Pero no estuviste nunca. —Robert meneó lentamente la cabeza.— Lo mismo que los otros. Ya oíste: París. Roma. Londres. Y este ultimo hombre. Xanadú. Willy, Willy, le hemos echado mano a algo extraño y grande. Me parece que no hacemos bien.

—¿Por qué? ¿Acaso dejamos a alguien afuera?

—¿Quién sabe? Tal vez veinticinco centavos son demasiado para algunos. No parece correcto, una cosa natural sujeta a leyes que no son naturales. Mira y dime si me equivoco.

William miró.

Y la ciudad estaba allí como esa primera ciudad que ve un niño cuando la madre lo lleva en tren a través de una larga pradera, una mañana temprano, y la ciudad se levanta cabeza por cabeza, torre por torre para mirarlo, para verlo acercarse. Era así de fresca, así de nueva, así de vieja, así de aterradora, así de maravillosa.

—Creo —dijo Robert— que deberíamos tomar justo lo suficiente como para comprar la gasolina de una semana y poner el resto del dinero en la primera alcancía para pobres que encontremos. Ese espejismo es un arroyo claro y la sed atrae a la gente. Si somos prudentes, tomaremos un vaso, lo beberemos fresco en el calor del día y nos iremos. Si nos detenemos, si levantamos barreras y tratamos de adueñarnos de todo el río...

William, mirando a través del viento susurrante de polvo, trató de tranquilizarse, de aceptar.

—Si tú lo dices.

—Yo no. La soledad que nos rodea lo dice.

—¡Pues yo digo otra cosa!

Los dos hombres se volvieron de un salto.

En mitad de la cuesta se alzaba una motocicleta. Sentado en ella, aureolado de aceite, los ojos cubiertos de antiparras, la grasa cubriéndole las enmarañadas mejillas, había un hombre de familiar arrogancia y fluido desprecio.

—¡Ned Hopper!

Ned Hopper mostró su sonrisa de máxima benevolencia perversa, soltó los frenos de la moto y se deslizó cuesta abajo hasta detenerse junto a sus viejos amigos.

—Tú... —dijo Robert.

—¡Yo! ¡Yo! ¡Yo! —Ned Hopper hizo sonar cuatro veces la bocina de la moto, riéndose a carcajadas, echando la cabeza hacia atrás.— ¡Yo!

—¡Cállate! —exclamó Robert—. Se quiebra como un espejo.

—¿Qué es lo que se quiebra como un espejo?

William, advirtiendo la preocupación de Robert, echó una mirada aprensiva al desierto.

El espejismo se confundía, temblaba, se desvanecía, y una vez más quedaba suspendido en el aire como un tapiz.

—¡Ahí no hay nada! ¿Qué se traen, muchachos? —Ned observó las huellas en la tierra.— Hoy estaba yo a treinta kilómetros cuando supe que ustedes me ocultaban algo. Me dije: no es propio de mis compinches que me llevaron hasta aquella mina de oro en el cuarenta y siete, y que me dieron esta moto en una jugada de dados, en el cincuenta y cinco. Todos estos años nos hemos ayudado y resulta que ahora no le cuentan los secretos al amigo Ned. De modo que me vine para aquí. Me he pasado el día subido a aquella colina, espiando. —Ned levantó los prismáticos que le colgaban delante de la chaqueta grasienta.— Ustedes saben que leo en los labios. ¡Claro! Vi todos los coches que venían aquí, la caja. ¡Están ofreciendo todo un espectáculo!

—Baja la voz —advirtió Robert—. Hasta la vista.

Ned sonrió dulcemente. —Lamento que se vayan. Pero desde luego me parece bien que dejen mi propiedad.

—¡Tuya! —Robert y William se quedaron sobrecogidos y dijeron con un susurro tembloroso—: ¿Tuya?

Ned se rió. —Cuando vi en qué andaban, me fui con la moto hasta Phoenix. ¿Ven este pedacito de papel del gobierno que me asoma por el bolsillo de atrás?

El papel estaba allí, prolijamente doblado.

William tendió la mano.

—No le des el gusto —dijo Robert.

William retiró la mano. —¿Quieres hacernos creer que pediste la concesión de la tierra?

Ned encerró la sonrisa dentro de los ojos. —Sí. No. Aunque mintiera, podría llegar a Phoenix en mi moto antes que el carricoche de ustedes. —Ned inspeccionó la tierra con sus prismáticos.— De modo que dejen todo el dinero que han ganado desde las dos de la tarde, en que hice la petición, pues no tienen derecho a estar en mi tierra.

Robert arrojó las monedas al polvo. Ned Hopper echó una mirada fortuita al montón reluciente.

—¡Acuñadas por el gobierno de los Estados Unidos! ¡Diablos, no se ve nada ahí, pero hay estúpidos que pagan!

Robert se volvió lentamente hacia el desierto.

—¿No ves nada?

Ned gruñó.

—¡Nada, y ustedes lo saben!

—¡Pero nosotros sí! —exclamó William—. Nosotros...

—William —dijo Robert.

—¡Pero Bob!

—Allá no hay nada. Como dijo él.

Ahora venían subiendo más coches en un gran zumbido de motores.

—Disculpen, señores, tengo que ocuparme de cobrar las entradas. —Ned se apartó, agitando los brazos.— ¡Sí, señora! ¡Por aquí! ¡Se paga antes de entrar!

—¿Por qué? —William observaba a Ned Hopper que corría, gritando.— ¿Por qué le dejamos hacer esto?

—Espera —dijo Robert, casi sereno—. Ya verás.

Salieron del camino cuando entraban un Ford, un Buick y un antiguo Moon.

El crepúsculo. En una loma, a unos doscientos metros más arriba del mirador del Espejismo de la Ciudad Misteriosa, William Bentlin y Robert Greenhill freían y mordisqueaban una somera comida, poco tocino, muchos porotos. De vez en cuando Robert apuntaba unos cascados prismáticos de teatro hacia la escena de abajo.

—Hubo treinta clientes desde que nos fuimos esta tarde —observó—. Pero tendrá que cerrar pronto. Sólo le quedan diez minutos de sol.

William contempló un poroto solitario en la punta del tenedor. —Una vez más dime, ¿por qué? ¿Por qué cada vez que tenemos suerte, aparece Ned Hopper?

Robert echó aliento en los cristales de los prismáticos de teatro y los limpió con el puño de la camisa. —Porque, amigo Will, nosotros somos los puros de corazón. Tenemos una luz que brilla. Y los malvados del mundo ven esa luz más allá de las lomas y dicen, "¡Pero si allá hay unos inocentes, de esos que se chupan el dedo el día entero!" Y los malvados vienen a calentarse las manos a costa nuestra. No sé qué es lo que podemos hacer, salvo quizá apagar la luz.

—Yo no quisiera hacerlo. —William se quedó rumiando, las palmas de las manos tendidas hacia el fuego.— Pero me pareció que ésta sería nuestra oportunidad—. Un hombre como Ned Hopper, con esa vida de bajo vientre blanco, ¿no merece que un rayo lo parta?

—¿Si lo merece? —Robert ajustó los prismáticos acomodándolos mejor a los ojos.— ¡Pero si es lo que acaba de ocurrir! ¡Oh, tú, hombre de poca fe! —William saltó junto a Robert. Compartieron los prismáticos, un cristal para cada uno, y miraron hacia abajo.—¡Mira!

Y William miró y exclamó:

—¡Por todos los demonios ...

—...del último infierno!

Porque allá abajo, Ned Hopper pataleaba alrededor de un coche. La gente sacudía los brazos. Ned les devolvía dinero. El auto arrancó. Se oyeron débilmente los gritos angustiados de Ned.

William se quedó sin aire. —¡Está devolviendo el dinero! Ahora casi le pega a aquél. ¡El hombre agita el puño amenazándolo! ¡Ned le devuelve el dinero, también! ¡Mira, otras despedidas cariñosas!

—¡Viva! —gritó alegremente Robert, contento con lo que veía por la mitad de los prismáticos.

Abajo todos los coches se iban levantando polvo. Al viejo Ned le dio una violenta pataleta, arrojó las antiparras al polvo, rompió el letrero, gritó una blasfemia terrible.


—Dios mío —murmuró Robert—. Qué suerte no oír las palabras. ¡Ven, Willy!

Mientras William Bantlin y Robert Greenhill bajaban de vuelta al desvío de la Ciudad Misteriosa, Ned Hopper se precipitaba entre chillidos de furia. Rebuznando, rugiendo en su moto, lanzó por el aire el letrero pintado. El cartón subió silbando, como un bumerán, ybajó zumbando, errándole apenas a Bob. Mucho después que Ned se hubiera ido como un trueno estrepitoso, William se acercó, levantó el letrero tirado en el suelo, y lo limpió.

Ya era el crepúsculo y el sol tocaba las lomas lejanas y la tierra estaba quieta y silenciosa y Ned Hopper se había ido, y los dos hombres solos en el abandonado territorio, en el polvo con miles de huellas, miraron la arena y el aire extraño.

—Oh, no... Sí —dijo Robert.

El desierto estaba vacío en la luz rosa dorado del sol poniente. El espejismo había desaparecido. Unos pocos demonios de polvo giraban y caían, lejos, en el horizonte, pero eso era todo.

William dejó escapar un largo gruñido de congoja.— ¡Lo hizo! ¡Ned! ¡Ned Hopper, vuelve! ¡Ah, maldita sea, Ned, lo has arruinado todo! ¡Que el diablo te lleve! —Se detuvo.— Bob, ¿cómo puedes quedarte así?

Robert sonrió tristemente. —Me da lástima Ned Hopper.

—¡Lástima!

—Nunca vio lo que nosotros vimos. Nunca vio lo que todos vieron. No creyó nunca ni un momento. ¿Y sabes qué? El descreimiento es contagioso. Se le pega a la gente.

William exploró la tierra deshabitada. —¿Es eso lo que ocurrió?

—¿Quién sabe? —Robert sacudió la cabeza.— Hay algo seguro: antes la gente venía, y la ciudad, las ciudades, el espejismo, lo que fuese, estaba ahí. Pero es muy difícil ver cuando la gente se te interpone en el camino. Nada más que con moverse, Ned Hopper tapaba el sol con la mano. Algo es seguro, el teatro cerró para siempre.

—¿No podemos ...? —William vaciló.— ¿No podemos abrirlo de nuevo?

—¿Cómo? ¿Cómo haces volver una cosa así?

Los dos hombres dejaron que las miradas jugaran por la arena, las colinas, las pocas
nubes solitarias, el cielo sin viento y muy quieto.

—Quizá si miramos con el rabillo del ojo, no directamente, si nos tranquilizamos, si lo tomamos con calma...

Los dos se miraron los zapatos, las manos, las rocas que estaban a sus pies, todo. Pero al final William se lamentó: —¿Lo somos? ¿Somos puros de corazón?

Robert se rió un poquitito. —Oh, no como los chicos que vinieron aquí hoy y vieron todo lo que querían ver, ni como la gente simple nacida en los campos de trigo y que van por el mundo llevados de la mano de Dios y nunca crecerán. No somos ni los niños pequeños ni los niños grandes, Willy, pero tenemos una cosa: estamos contentos de estar vivos. Conocemos las mañanas del aire en la carretera, las estrellas que primero suben y luego bajan por el cielo. Ese bellaco hace mucho que no está contento. Me indigna pensar que andará por el camino en esa moto todo el resto de la noche, todo el resto del año.

Robert terminaba la frase cuando observó que William volvía cuidadosamente los ojos hacia un lado, hacia el desierto.

Robert murmuró con cautela: —¿Ves algo?

William suspiró. —No. Quizá mañana...

Un coche bajaba desde la carretera.

Los dos hombres se miraron. Una loca mirada de esperanza les relampagueó en los ojos. Pero no se atrevieron a agitar las manos y gritar. Se quedaron simplemente con el cartel pintado en los brazos.

El coche pasó rugiendo.

Los dos hombres lo siguieron con ojos esperanzados.

El coche frenó. Retrocedió. Había un hombre, una mujer, un chico, una chica. El hombre gritó: —¿Cierran de noche?

William dijo: —No es necesario...

Robert lo interrumpió: —¡Quiere decir que no es necesario pagar! ¡El último cliente del
día y familia pasan gratis! ¡Adelante!

—¡Gracias, vecino, gracias!

El auto avanzó rugiendo hasta el mirador.

William tomó a Robert del codo. —Bob, ¿qué te pasa? ¿Vas a decepcionar a esos
chicos, a esa simpática familia?

—Calla —dijo Robert, suavemente—. Ven.

Los chicos bajaron precipitadamente del auto. El hombre y la mujer salieron lentamente
al atardecer. El cielo era en ese momento todo oro y azul y un pájaro cantó en algún lugar
de los campos de arena y polen leonado.

—Mira —dijo Robert.

Y caminaron hasta ponerse detrás de la familia que se alineaba ahora para mirar el
desierto.

William contuvo el aliento.

El hombre y su mujer entornaron los ojos, incómodos, mirando el crepúsculo.

Los chicos callaban, y abrían los ojos a la luz destilada del sol poniente.

William se aclaró la garganta. —Es tarde... Eh... no se ve muy bien.

El hombre iba a contestar, cuando el chico dijo: —¡Oh, se ve muy bien!

—¡Claro! —La chica señaló.— ¡Allí!

La madre y el padre siguieron el movimiento de la mano, como si eso pudiera ayudar, y
así fue.

—Dios mío —dijo la mujer—, por un momento pensé... Pero ahora... ¡Sí, allí está!

El hombre leyó en la cara de la mujer, vio allí una cosa, se la llevó prestada y la puso
en la tierra y en el aire.

—Sí —dijo al fin—. Oh, sí.

William los contemplaba, y contemplaba el desierto y también a Robert, que sonreía y
asentía.

Las caras del padre, la madre, la hija, el hijo resplandecían ahora, mirando al desierto.

—Oh —murmuró la chica—, ¿está realmente allí?

Y el padre asintió, la cara iluminada por lo que veía, apenas dentro de los límites de lo visible y un poco más allá de lo que puede conocerse. Habló como si estuviera solo en una iglesia-bosque.

—Sí. Dios mío, y qué hermoso es.

William empezó a levantar la cabeza, pero Robert murmuró. —Despacio. Está viniendo. No te esfuerces. Despacio, Will.

Y entonces William supo lo que debía hacer.

—Voy a quedarme con los chicos —dijo.

Y caminó lentamente y se quedó de pie detrás del chico y la chica. Estuvo largo rato allí, como un hombre entre dos cálidas hogueras, calentándose en una tarde fría, y respiró con facilidad y al fin dejó que los ojos subieran, dejó que la atención se volviera sin esfuerzo hacia el desierto crepuscular y la esperada ciudad de la penumbra.

Y allí en el polvo que subía suavemente soplado desde la tierra, reunido en el viento en siluetas de torres, espirales y minaretes, estaba el espejismo.

William sintió la respiración de Robert en el cuello, cerca, murmurando, hablando a medias consigo mismo.

¡Fue un milagro de rara invención, una soleada mansión de placer con cavernas de hielo!


Y la ciudad estaba allí.

Y el sol se puso y salieron las primeras estrellas.

Y la ciudad era muy clara cuando William se oyó a sí mismo repitiendo, en voz alta o quizá solo: —Fue un milagro de rara invención...

Se quedaron en la oscuridad hasta que dejaron de ver.



En Las maquinarias de la alegría (1949)
Trad.: Aurora Bernárdez
Barcelona, 1976
Foto: Paris 1984 © Sophie Bassouls/Sygma/Corbis  

31 may. 2013

Ray Bradbury - La casa, la araña y el niño

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Ray Bradbury © Steven Georges/Press-Telegram/Corbis


La Casa era un rompecabezas dentro de un enigma dentro de un misterio, ya que acompasaba los silencios, cada uno diferente, y las camas, cada una de diferente tamaño, algunas con tapa. Los techos eran lo suficientemente altos como para permitir escaleras con descansos, donde las sombras podían colgarse cabeza abajo. El comedor contenía trece sillas, cada una con el número trece, así nadie podía sentirse dejado de lado por la distinción que cada número implica. Las arañas que colgaban del techo tenían forma de lágrimas de almas atormentadas en el mar perdidas hace quinientos años, y el sótano guardaba recipientes con vino de esa misma edad, etiquetado con nombres raros, y cajas vacías para futuros visitantes, a los que les disgustaran las camas o las altas perchas del techo.

La sola y única Araña usaba una red de caminos, yendo de arriba abajo, de modo que la Casa entera era una sonora tela hilada y ejecutada por la ferozmente veloz Arach, que aparecía durante un instante junto a los recipientes de vino, y al siguiente, con una corrida vertical, en el altillo visitado por la tormenta, mientras tejía las redes y reparaba los hilos, veloz y silenciosa.

¿Cuántos cuartos, habitáculos, roperos y recipientes en total? Nadie lo sabía. Decir mil sería exagerado, pero cien estaba muy lejos de la verdad. Ciento cincuenta y nueve parecía una cifra razonable y cada uno se encontraba vacío desde hacía largo tiempo, llamando a los habitantes por el mundo, ansiando desalojar a los moradores de las nubes. La Casa era un escenario fantasma que ansiaba la visita de fantasmas. Y como los climas circunvalaron la Tierra durante cien años, la Casa se hizo conocida, y en todo el mundo los muertos que se habían acostado para dormir largas siestas, se sentaron con fría sorpresa y se propusieron ocupaciones más raras que la muerte, liquidaron sus negocios fantasmales y se prepararon para volar.

Todas las hojas otoñales del mundo convergieron en migraciones susurrantes sobre el centro de Norteamérica y cayeron a vestir el árbol que un momento estaba desnudo, y al siguiente se veía adornado de hojas caídas del otoño del Himalaya, de Islandia y del Cabo, en colores rojizos y en sombríos ramos fúnebres, hasta que el árbol se sacudió para florecer pleno en Octubre y los frutos brotaron como calabazas cortadas el Día de Todos los Santos.

En ese momento...

Alguien que pasaba por el camino bajo una obscura tormenta dickensiana, dejó una canasta de picnic junto al portón de hierro de la entrada. Dentro de la canasta algo lloraba y sollozaba y gritaba.

Se abrió la puerta y emergió un comité de bienvenida, que estaba integrado por una mujer, la esposa, extraordinariamente alta, y un hombre, el marido, enjuto y más alto, y una anciana, del tiempo en que el rey Lear era joven, en cuya cocina hervían ollas y en las ollas, sopas que hubiesen estado mejor fuera del menú, y los tres se inclinaron ante la canasta de picnic para retirar la manta obscura que tapaba al bebé, de no más de una o dos semanas de edad.

Se sorprendieron por su color, el rosa del amanecer y de la salida del Sol y por el sonido de su respiración como fuelle de primavera, y por el latido de su corazón como puño, apenas un sonido de colibrí enjaulado, y en un impulso la Dama de Brumas y Pantanos, porque así era conocida en todo el mundo, trajo el más pequeño de los espejos que guardaba, no para ver su rostro que nunca se veía, sino para estudiar los rostros de los extraños, por si hubiera habido algo malo en ellos.

–Mira –exclamó ella y puso el pequeño espejo frente a la mejilla del pequeño bebé y... ¡sorpresa total!

–Maldito sea todo –dijo el marido enjuto y pálido–. ¡Su rostro se refleja!

–¡No es como nosotros!

–No, pero es –dijo la esposa.

Los pequeños ojos azules los miraban, reflejados en el espejo.

–Déjalo –dijo el marido.

Y los tres podrían haberse ido, dejándolo a los perros feroces y a los gatos salvajes, si no fuera porque a último momento, la Dama Obscura dijo "¡No!", y se agachó y giró y tomó la canasta, y fue con el bebé por el sendero hasta entrar en la Casa y por el corredor hasta el cuarto que, en ese instante, se convirtió en el cuarto de niños, ya que las cuatro paredes y el cielo raso estaban cubiertos con imágenes de juguetes colocados en tumbas egipcias, para entretener a los hijos de los faraones que habían viajado por un río de mil años de obscuridad, y habían necesitado objetos alegres para llenar el tiempo obscuro e iluminar sus bocas. Entonces, alrededor de todas las paredes danzaban perros, gatos y campos de trigo sin arar donde esconderse, y también rodajas de pan mortal, y ristras de cebollas verdes para la salud de los hijos muertos de algún faraón triste. Y a este cuarto de niños parecido a una tumba, llegó un niño brillante para quedarse en el centro de un reino frío.

Y tocando la canasta, la dueña de la Casa de Invierno-Otoño dijo:

–¿No había un santo con luz especial y promesa de vida, de nombre Timothy?

–Sí.

–Entonces –dijo la Dama Obscura– es más adorable que los santos; eso disipa mi duda y calma mi temor, no santo, pero sí Timothy. ¿Verdad, niño?

Y al oír su nombre, el recién llegado en la canasta dio un grito de alegría.

Que subió hasta el Alto Ático e hizo que Cecy se diera vuelta en medio de la marea de sus sueños, y alzara la cabeza para oír otra vez ese grito feliz que había logrado dibujarle una sonrisa en la boca. Porque mientras la Casa se quedaba extrañamente callada, y todos se preguntaban qué podría sucederles, y el esposo no se movía y la esposa se inclinaba preguntándose a medias qué hacer, Cecy en un instante supo que sus viajes no bastaban, que empezando ahora aquí y luego allá, viendo y oyendo y saboreando todo, debería haber alguien para compartir todo y con quién hablar. Y aquí estaba el narrador; su pequeño grito fue el anuncio de que no importaba lo que se pudiera mostrar y decir, su mano pequeña, al crecer fuerte y salvaje y rápida, lo captaría y lo escribiría. Con esta íntima seguridad, Cecy envió una telaraña de silenciosos pensamientos y de bienvenida para que envolviera al bebé y le hiciera saber que él y Cecy eran uno. Y el niño expósito, así tocado y reconfortado, dejó de llorar y se sumió en el sueño, que fue un regalo invisible. Y al ver esto, el marido paralizado se permitió sonreír.

Y la Araña, hasta entonces oculta, salió de los cobertores, tentó el aire en derredor, y corrió luego a quedarse en la mano del pequeño niño, como un anillo papal de pesadilla que bendijera a una corte futura y a todos los cortesanos de las sombras, y se quedó tan quieta que parecía una piedra de ébano y no carne rosada.

Y Timothy, sin saber lo que llevaba en el dedo, supo de los pequeños refinamientos de los sueños de la gran Cecy.


De las cenizas volverás, capítulo VII
Traducción de Gabriel Zadunaisky
Imagen: © Steven Georges/Press-Telegram/Corbis

9 jun. 2012

Ray Bradbury - La muerte y la doncella

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Ray Bradbury - Imagen: Charley Gallay / Getty Images / June 6, 2012


MUY LEJOS, MAS ALLÁ del bosque, más allá del mundo, vivía la vieja Mam, y allí había vivido noventa años, con la puerta herméticamente cerrada, sin abrirle a nadie, fuese el viento, la lluvia, un gorrión que andaba picoteando, o un niño que traía un balde de cangrejos. Si alguien daba unos golpecitos en los postigos; ella gritaba sin abrir:

—¡Vete, Muerte!

—¡No soy la Muerte! —le contestaban.

Pero ella respondía. —Muerte, te conozco, hoy traes la forma de una muchacha. ¡Pero te veo los huesos detrás de las pecas!

O a cualquier otro que llamara:

—¡Te veo, Muerte! —exclamaba la vieja Mam—. ¡Hoy vienes como afilador de tijeras! Pero la puerta tiene triple cerradura y doble tranca. ¡He puesto papel matamoscas en las rendijas, cintas en los agujeros de las llaves, trapos en las chimeneas, telas de araña en los postigos, y he cortado la electricidad para que no entres deslizándote con la corriente! No hay teléfono para que no puedas llamar a mi casa a las tres de la oscura mañana. Y tengo tapones de algodón en las orejas para no oír lo que respondes a lo que estoy diciendo. ¡Vete, pues, Muerte!

Así había sido a lo largo de la historia del pueblo. La gente de aquel mundo que estaba más allá del bosque hablaba de ella y a veces los chicos que dudaban del cuento, tiraban palos a las tejas del tejado para oírle gritar a la vieja Mam: —¡Sigue, adiós, tú que vas de negro con la cara blanca, blanca!

Y el cuento era que la vieja Mam, con semejante táctica, viviría siempre. Después de todo, la Muerte no podría entrar, ¿verdad? Los viejos microbios de la casa ya habían abandonado la lucha hacía tiempo, y se habrían ido a dormir. Todos los microbios nuevos que corrían por el país con nombres nuevos cada semana o cada diez días, si uno les creía a los periódicos, no podrían atravesar el olor del musgo, la ruda, el tabaco negro y la semilla de ricino en puertas y ventanas.

—Nos enterrará a todos —decían en el pueblo alejado por donde pasaba el tren.

—Los enterraré a todos —decía la vieja Mam, sola y haciendo solitarios en la oscuridad con barajas en Braille.

Y así fue.

Pasaron los años sin que otro visitante, fuera muchacho, muchacha, vagabundo o buhonero, llamara a la puerta. Dos veces por año un dependiente de almacén del lejano mundo, un viejo de setenta años, llegaba con paquetes que quizá eran semillas para pájaros, que podrían haber sido bizcochos de leche, pero que venían sin duda dentro de brillantes cajas de acero, con leones amarillos y demonios rojos pintados en las brillantes envolturas, y que el hombre dejaba en la galería de entrada, sobre el agitado mar de leña. Los alimentos podían quedar allí una semana, cocinados por el sol, helados por la luna, durante un adecuado período de antisepsia. Y una mañana desaparecían.

La carrera de la vieja Mam era esperar. Lo hacía bien, con los ojos cerrados y las manos entrelazadas y el vello de las orejas tembloroso, siempre escuchando, siempre lista.

De modo que no se sorprendió cuando el séptimo día de agosto de su nonagésimo primer año de vida, un joven de cara tostada por el sol cruzó el bosque y se detuvo delante de la casa.

Llevaba un traje como esa nieve que se desliza susurrando en lienzos blancos desde un tejado de invierno, para depositarse plegada sobre la tierra dormida. No tenía coche; había caminado un largo trecho, pero parecía fresco y limpio. No usaba bastón en que apoyarse ni sombrero para protegerse de los rayos aturdidores del sol. No transpiraba. Lo más importante es que sólo llevaba una cosa consigo: una botella de ocho onzas de un líquido verde brillante. Mirando hondamente en este color verde, sintió que estaba frente a la casa de la vieja Mam, y miró hacia arriba.

No tocó la puerta. Caminó lentamente alrededor de la casa y dejó que ella lo oyera andar en círculo.

Después, con ojos de rayos X, dejó que ella sintiera la tranquila mirada.

—¡Oh! —exclamó la vieja Mam, despertándose con una migaja de galleta negra todavía en la boca—. ¡Eres tú! ¡Sé como quién vienes esta vez!

—¿Como quién?

—Como un joven con cara de melocotón rosado. ¡Pero no tienes sombra! ¿Por qué es así? ¿Por qué?

—La gente tiene miedo de las sombras. Por eso dejé la mía del otro lado del bosque.

—Así te veo, sin mirar.

—Oh —dijo el joven con admiración—. Tienes Poderes.

—¡Grandes Poderes para mantenerte a ti afuera y a mí adentro!

Los labios del joven se movieron apenas. —Ni siquiera me molestaré en discutir contigo.

Pero la vieja Mam oyó: —¡Perderías, perderías!

—Y me gusta ganar. Por eso me limitaré a dejar esta botella en los peldaños de la entrada.

A través de las paredes de la casa, el joven oyó los latidos del corazón de la vieja.

—¡Espera! ¿Qué hay adentro? Tengo el derecho de saber qué es lo que dejas en mi propiedad.

—Bueno.

—¡Sigue!

—En esta botella —dijo el joven— está la primera noche y el primer día en que cumpliste dieciocho años.

—¿Qué, qué, qué?

—Lo que has oído.

—¿La noche en que cumplí dieciocho años... el día?

—Eso es.

—¿En una botella?

El joven la levantó y la botella tenía curvas y era como una mujer joven. Tomaba la luz del mundo y la devolvía en un fuego caliente y verde, como los carbones que arden en los ojos del tigre. Parecía de pronto serena, de pronto agitada y turbulenta en las manos del joven.

—¡No lo creo! —exclamó la vieja Mam.

—La dejo y me voy —dijo el joven—. Cuando me haya ido, prueba una cucharada de los pensamientos verdes contenidos en esta botella. Entonces sabrás.

—¡Es veneno!

—No.

—¿Me lo prometes por la memoria de tu madre?

—No tengo madre.

—¿Por quién juras?

—Por mí mismo.

—¡Me matará, eso es lo que quieres!

—Te resucitará de entre los muertos.

—¡Yo no estoy muerta!

El joven sonrió a la casa.

—¿No? —preguntó.

—¡Espera! Deja que me lo pregunte a mí misma: ¿Estás muerta? ¿Lo estás? ¿O lo has estado casi, todos estos años?

—El día y la noche en que cumpliste dieciocho años —dijo el joven—. Piénsalo.

—¡Hace tanto tiempo!

Algo se movió como un ratón junto a una ventana del tamaño de un ataúd.

—Esto te lo devolverá.

El joven dejó que el sol pasara a través del elixir, que brilló como una savia extraída de mil hojas de hierba de verano. Parecía caliente y quieto como un sol verde, parecía salvaje e hinchado como el mar.

—Fue un buen día de un buen año de tu vida.

—Un buen año —murmuró la anciana, escondida.

—Un año de vendimia. Entonces tu vida tenía sabor. ¡Un trago y conocerías el gusto! ¿Por qué no pruebas, eh? ¿Por qué?

El joven sostuvo la botella aún más arriba, y de pronto fue un telescopio, y si uno miraba por un extremo, cualquiera que fuese, se enfocaba una época de un año desaparecido mucho tiempo atrás. Una época verde y amarilla muy parecida a esta luna en la que el joven ofrecía el pasado como un vidrio ardiente entre los dedos serenos. El joven inclinó el frasco brillante y una mariposa de luz al rojo blanco subió y bajó aleteando por los postigos de la ventana, tocándolos como las teclas de un piano gris, sin sonido. Con una hipnótica soltura las alas ardientes se deslizaban por las ranuras del postigo, atrapando un labio, una nariz, un ojo, y posándose allí. El ojo se escabullía; luego, curioso, volvía a encenderse en el haz de luz. Habiendo así atrapado lo que quería atrapar el joven inmovilizó el reflejo de la mariposa, excepto el temblor de las alas vehementes, de modo que el fuego verde del día distante se vertiera a través de los postigos, no sólo de la vieja casa sino también de la vieja mujer. Se oyó que ella respiraba conteniendo el asombro, con un secreto deleite.

—¡No, no, no podrás engañarme! —Sonaba como alguien muy hundido en el agua, que trata de no ahogarse en la perezosa marea.— ¡Venir metido en esa carne! ¡Esa máscara que no puedo ver del todo! Hablar con esa voz que recuerdo de algún año del pasado. ¿La voz de quién? ¡No me importa! ¡Mi mesa de tres patas me dice quién eres realmente, y qué vendes!

—Vendo sólo estas veinticuatro horas de tu joven vida.

—¡Vendes algo más!

—No, no puedo vender lo que soy.

—Si salgo me atraparás y me empujarás a dos metros de profundidad. Te he engañado, te he esquivado durante años. ¡Ahora vuelves gimoteando con nuevos planes, pero ninguno resultará!

—Si sales por esa puerta, no haré más que besarte la mano, damisela.

—¡No me llames lo que no soy!

—Te llamo lo que podrías ser dentro de una hora.

—Dentro de una hora... —susurró la mujer.

—¿Cuánto hace que no caminas por el bosque?

—Desde otra guerra, desde otra paz —dijo la vieja—. No veo nada. El agua está turbia.

—Damisela —dijo el joven—, es un hermoso día de verano. Hay un tapiz de abejas doradas que ahora dibujan esto, ahora aquello en la nave de árboles de esta iglesia verde. En una encina hueca hay miel que fluye como un río de fuego. Quítate los zapatos, aplastarás la menta del campo, te hundirás en ella. Flores silvestres como nubes de mariposas amarillas cubren el valle. Debajo de esos árboles el aire es como agua de pozo profundo, fría y clara, que bebes con la nariz. Un día de verano, joven como ha sido siempre la juventud.

—Pero yo soy vieja, vieja como siempre ha sido la vejez.

—¡Si escuchas, no! Aquí están mi oferta perfecta, mi trato, mi venta, una transacción entre tú, yo y el tiempo de agosto.

—¿Qué clase de trato, qué conseguiré con mi inversión?

—Veinticuatro largas horas de dulce verano, a partir de ahora. Cuando hayamos atravesado este bosque, comiendo la miel y recogiendo las fresas, iremos al pueblo y compraremos el más hermoso vestido de verano, como de tela de araña, y luego subiremos al tren.

—¡Al tren!

—El tren a la ciudad, a una hora de distancia, donde comeremos y bailaremos toda la noche. Te compraré cuatro zapatos, los necesitarás, gastarás un par.

—Mis huesos... no puedo moverme.

—Más que caminar correrás, más que correr bailarás. Miraremos las estrellas que giran en el cielo y haremos salir el sol, ardiente. Tenderemos una cuerda de pisadas a lo largo de la orilla del lago, al alba. Tomaremos el desayuno más grande de la historia de la humanidad y nos tenderemos en la arena como dos pasteles de pollo que se calientan al mediodía. Después, más tarde, con una caja de bombones de dos kilos en el regazo, nos reiremos de vuelta en el tren, cubiertos por el confetti que sale de la perforadora del guarda, azul, verde, naranja, como si nos hubiéramos casado, y caminaremos por el pueblo sin ver a nadie, a nadie, y volveremos a través del bosque en la oscuridad dulcemente perfumada, hasta tu casa...

Silencio.

—Ya ha terminado —murmuró la voz de la mujer—. Y no ha empezado. —Y luego: —¿Por qué lo haces? ¿Qué interés tienes?

El joven sonrió tiernamente. —Pero muchacha, quiero dormir contigo.

La vieja se sofocó. —¡Nunca he dormido con nadie en mi vida!

—¿Eres... virgen?

—¡Y a mucha honra!

El joven suspiró, meneando la cabeza. —Así que es cierto... eres realmente virgen.

No oyó ningún sonido desde la casa y se quedó escuchando.

Suavemente, como si en alguna parte se hubiera abierto con dificultad una canilla secreta, y gota a gota un viejo sistema se pusiera a funcionar por primera vez en medio siglo, la anciana se echó a llorar.

—Vieja Mam, ¿por qué lloras?

—No sé —se lamentó ella.

El llanto se fue calmando al fin y el joven la oyó mecerse en la mecedora, con un ritmo de cuna que al fin la sosegó.

—Vieja Mam —murmuró el joven.

—¡No me llames así!

—Muy bien —dijo él—. Clarinda.

—¿Cómo sabes mi nombre? ¡Nadie lo sabe!

—Clarinda, ¿por qué te escondiste en esta casa hace tanto tiempo?

—No me acuerdo. Sí me acuerdo. Tenía miedo.

—¿Miedo?

—Es extraño. La mitad de mis años miedo de la vida. La otra mitad, miedo de la muerte. Siempre algún tipo de miedo. ¡Ahora, dime tú la verdad! Cuando hayan pasado mis veinticuatro horas, después que hayamos caminado por la orilla del lago y tomado el tren de vuelta y atravesado el bosque en dirección a mi casa, ¿quieres...

El esperó a que lo dijera.

—... dormir conmigo? —susurró la anciana.

—Durante diez mil millones de años.

—Oh. —La voz de la anciana enmudeció.— Es mucho tiempo.

El joven asintió.

—Mucho tiempo —repitió la anciana—. ¿Qué clase de trato es ese, muchacho? Tú me das veinticuatro horas de mis dieciocho años y yo te doy diez mil millones de años de mi precioso tiempo.

—No te olvides, de mi tiempo también. Nunca me iré.

—¿Te quedarás acostado conmigo?

—Sí.

—Oh muchacho, muchacho. Tu voz. Tan familiar.

—Mira —dijo él, y vio que la anciana destapaba el agujero de la cerradura y que el ojo lo espiaba.

El joven sonrió a los girasoles del campo y al girasol del cielo.

—Estoy ciega, casi ciega —gimió la anciana—. ¿Pero es posible que el que esté ahí sea Willy Winchester?

El joven no dijo nada.

—¡Pero Willy, parece que tuvieras apenas veintiún años, ni un día distinto a como eras hace setenta años!

El joven dejó la botella junto a la puerta de entrada y retrocedió deteniéndose entre las malezas.

—¿Puedes...? —Tartamudeó.— ¿Puedes hacer que yo parezca como tú?

El joven asintió.

—Oh, Willy, Willy, ¿eres tú de veras?

La anciana esperó, mirando a través del aire del verano allí donde él estaba descansando y feliz y joven, con el sol centelleándole en el pelo y las mejillas.

Pasó un minuto.

—¿Entonces? —dijo el joven.

—¡Espera! —gimió la anciana—. ¡Déjame pensar!

Y él sintió que allí en la casa la anciana dejaba que los recuerdos le cayeran en la mente como arena que cae en un reloj, depositándose así en un montón de polvo y cenizas.

La anciana alcanzaba a oír el vacío de esos recuerdos que le quemaban la mente mientras caían y caían en un montón cada vez más alto de arena.

Tanto desierto, pensó, y ni un oasis.

La anciana se estremeció.

—¿Entonces? —dijo el joven otra vez.

Y por fin la mujer contestó.

—Extraño —murmuró—. Ahora, de pronto, veinticuatro horas, un día, a cambio de diez millones de billones de años, parece justo, bueno, correcto.

—Lo es, Clarinda. Oh, sí, lo es.

Los pestillos retrocedieron, los cerrojos rechinaron, la puerta crujió. La mano salió rápidamente, tomó la botella y retrocedió revoloteando.

Pasó un minuto.

Entonces, como si se hubiera disparado un arma, unos pasos repiquetearon a través de los cuartos. La puerta trasera se abrió de golpe. Arriba, las ventanas se abrieron de par en par, los postigos cayeron desmoronándose en la hierba. Abajo, un momento después, lo mismo. Los postigos se hicieron trizas cuando ella los empujó. Las ventanas soltaron polvo.

Por último, por la puerta principal, abierta de golpe, de par en par, la botella salió proyectada y fue a estrellarse contra una piedra.

La mujer estaba en la galería, rápida como un pájaro. La luz del sol le daba en la cara. Se quedó como alguien en un escenario, en un solo movimiento revelador, saliendo de la oscuridad. Después, bajando los peldaños, tendió la mano para tomar la mano del joven.

Un niño que pasaba por el camino de abajo se detuvo miró y desapareció retrocediendo con los ojos todavía desencajados.

—¿Por qué me miró así? ¿Soy hermosa?

—Muy hermosa.

—¡Necesito un espejo!

—No, no, no lo necesitas.

—¿Todo el mundo en el pueblo me verá hermosa? ¿No es que lo piense yo solamente, o que tú me lo hagas creer?

—Eres hermosa.

—Entonces soy hermosa, porque así me siento. ¿Todos querrán bailar conmigo esta noche, los hombres se pelearán por tenerme?

—Sí, absolutamente todos.

Abajo, en el sendero, entre el zumbido de las abejas y el movimiento de las hojas, ella se detuvo de pronto y miró al joven a la cara, tan parecida al sol del verano.

—Oh Willy, Willy, cuando todo haya terminado y volvamos aquí, ¿serás bueno conmigo?

El la miró hondamente a los ojos y le tocó la mejilla con los dedos.

—Sí —dijo suavemente—. Seré bueno.

—Te creo, oh, Willy, te creo.

Y bajaron por el sendero hasta perderse de vista, dejando polvo en el aire, dejando abierta la puerta de la casa y los postigos y las ventanas para que la luz del sol se reflejara allí y los pájaros entraran a hacer sus nidos, a criar sus familias, y los pétalos de las deliciosas flores del verano volaran en lluvias nupciales por los largos corredores, sobre una alfombra, y en los cuartos, y sobre la cama que esperaba, vacía. Y el verano, con la brisa, cambió el aire en todos los grandes espacios de la casa para hacerla oler como en el Comienzo o como en la primera hora después del Comienzo, cuando el mundo era nuevo y nada cambiaría y nadie envejecería nunca.

En alguna parte corrían los conejos martillando como acelerados corazones, en el bosque.

Lejos, un tren silbaba, corriendo más rápido, más rápido, más rápido, hacia la ciudad.


En Las maquinarias de la alegría
Traducción de Aurora Bernárdez
Imagen: Charley Gallay / Getty Images / June 6, 2012