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30 jul. 2012

Brassaï, Conversaciones con Picasso (Henri Michaux, 11/12.XI.1943)

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Jueves 11 de noviembre de 1943

Ayer encontré a Henri Michaux en Montparnasse. Aunque tenía prisa, me acompañó parte del camino y juntos bajamos al bulevar Raspail.

HENRI MICHAUX.—Comprendo que a Picasso le haya impresionado su fotografía de la Cabeza de muerto. Da una nueva dimensión a su escultura. Su visión ha repercutido sobre el mismo objeto... Ya no lo podemos mirar de la misma manera que antes.

Nos separamos delante del Balzac de Rodin, quedando citados para hoy a las diez en el Café Danton.

Michaux está dentro, esperándome. Bebemos un infecto “café”, jugo de cebada con sacarina. La última vez no pudo ver las esculturas de Picasso. Pero esta mañana no me encuentro en forma. No tengo ganas de ir a casa de Picasso. ¿Cómo se lo diría? Quedaría decepcionado... Pero me dice que durmió mal anoche, que a él tampoco le apetece esta visita. “¿Y si lo dejamos para mañana?” Precisamente me lo quería proponer él. No se atrevía... Respiramos aliviados. De todas maneras no hubiéramos podido ver esta mañana a Picasso. Había olvidado que es jueves, y que los jueves Picasso nunca está en casa. Michaux, intrigado, me pregunta por qué.

YO.—El jueves es un día sagrado para él. Ni citas, ni visitas, ni amigos. Si, por casualidad, se le propone ese día, contesta: “Imposible, es jueves...” Debe de ser algo relacionado con un niño. Los jueves no hay colegio. Con Marie-Thérèse Walter, Picasso tuvo una niña, María o Maya. Debe de tener ahora diez o doce años. Supongo que pasa los jueves con su hija y Marie-Thérèse.

Bebemos un segundo jugo de cebada con sacarina. Michaux está sombrío. Tiene un aspecto abatido. Para animarlo, le cuento cosas... Son las once.

HENRI MICHAUX.—Desde hace unos días estoy de capa caída. Además, pierdo todo... Primero, la agenda de las direcciones. Después, el salvoconducto. Es la desbandada. He perdido también la estilográfica y ayer la cartilla de racionamiento. Cuando empiezo a perder algo, tengo miedo... Siempre es el principio de una serie fatídica.

YO.—Está usted demasiado ido, ausente...

HENRI MICHAUX.—¡Desde luego! Y las cosas se aprovechan. Sólo tienen una idea: ahuecar el ala lo antes posible.

Quedamos citados para mañana, en el mismo sitio y a la misma hora. Michaux se va. Veo, a través del cristal, alejarse su alta silueta y desaparecer por Saint-Germain. Nada más irse, descubro a mi lado un pañuelo de cuello, azul pálido. No cabe duda de que es el suyo. Acurrucado socarronamente en la banqueta, estaba a punto de abandonarlo para siempre.


Viernes 12 de noviembre de 1943

Henri Michaux me espera en el café con Marie-Louise, su mujer. Yendo por la calle de los Grands-Augustins, pasamos ante el Catalán, restaurante titular de Picasso. Está cerrado. El otro día hubo redada de los inspectores de abastecimientos. Sorprendieron a Picasso y a otros habituales en flagrante delito: comían chateaubriands a la parrilla en uno de los tres días sin carne de la semana. Han cerrado un mes el restaurante y el mismo Picasso ha tenido que pagar una multa.

HENRI MICHAUX.—Morirá de hambre, no cabe duda. ¿Fue aquí, no es así, donde Léon-Paul Fargue tuvo el ataque?

YO.—Sí. Creo que fue en el mes de abril. Estaba comiendo con Picasso. Se le cayó algo, se inclinó para recogerlo, pero el brazo no lo obedeció. Se quedó aterrado.

HENRI MICHAUX.—A cualquiera en su lugar le hubiera pasado lo mismo.

YO.—Como tardaba mucho en incorporarse, Picasso, inquieto, le preguntó: “Pero ¿qué te pasa?” Entonces se dio cuenta de que había cambiado la expresión de su cara. “¿Qué te pasa? ¡Estás fuera de registro!”, exclamó con su humor que nunca lo abandona. Llamaron a una ambulancia. Picasso avisó a Chériane, la mujer del poeta. Tuvo que coger el metro y se dijo: “Si veo a Picasso delante del Catalán, es que Fargue ha muerto”. Picasso la esperaba en la puerta del restaurante. Pero Fargue no había muerto. Yacía casi sin conocimiento, fulminado por un ataque de hemiplejía. Se lo llevó la ambulancia. Estuvo durante dos días entre la vida y la muerte. Después empezó a recuperarse. Me han dicho que está mejor.*

HENRI MICHAUX.—¿Mejor? Será por decir algo. Está paralítico de medio cuerpo, no puede mover un brazo ni abrir un ojo. Tiene la moral por los suelos... Está asustado... Vive con la aprensión de otro ataque. Y como yo siempre tengo miedo y temo por lo que me podría pasar, me quedé aterrado al verlo en ese estado. No sabía qué decirle... Y fue él quien trató de tranquilizarme. Fue muy penoso.

Picasso ha salido. Pero enseño el estudio a mis amigos. Michaux queda prendado sobre todo de una estatuilla: un campesino segando, con un gran sombrero de paja a la cabeza, redondo y luminoso como el sol del Midi. Aunque el sombrero sólo es un molde pequeño de pastel de carne, abollado, retorcido, evoca a Van Gogh, la Provenza, el cielo del Midi.

HENRI MICHAUX.—Ver una cosa tan bella como esta lo deja a uno contento para todo el día.

Cuando se marchan los Michaux, fotografío algunas esculturas. Hacia las once llega un joven con un cuadro bajo el brazo. Desembala un paisaje de la Provenza, en el que aparecen una tapia, una muela de molino y algunos árboles al fondo. “Vengo de Aix-en-Provence —dice—. Quisiera enseñar este lienzo al señor Picasso. Es un Cézanne. Creo que le interesará. No quiero venderlo, solamente saber su opinión.”

Examinamos el lienzo junto con Sabartés y Zervos, que acaba de llegar. ¿Un Cézanne? ¡Hum!... Somos escépticos. Aparece Picasso. La noticia de un Cézanne desconocido lo ha sacado de su escondrijo. No estaba fuera, como había dicho. Analiza atentamente el lienzo. “Es una pintura que tiene diversas cualidades, pero no es un Cézanne.” El joven insiste: “Se encontró en su estudio. Mi familia lo ha considerado siempre auténtico. Está fechado en la época de los Jugadores de cartas”.

PICASSO [enfadándose].—Puede usted tener mil razones y citarme mil pruebas. ¡Cézanne nunca pintó ese cuadro! Me consta. La firma es falsa, no cabe duda. Eso no quiere decir nada. Yo mismo he visto mis propios cuadros con la firma falsificada. ¡Una firma falsa no me impediría reconocer un auténtico Cézanne! Aquí no ocurre eso... Cézanne no tenía ningún don, ninguna habilidad para hacer pastiches. Cada vez que intentaba copiar a otros pintores, no hacía más que Cézannes. Puede usted volver a embalar su “Cézanne de familia”.

El joven se marcha, Picasso sigue refunfuñando: “¡Si conoceré yo a Cézanne! ¡Ha sido mi solo y único maestro! Aciertan ustedes si piensan que he analizado a fondo sus lienzos... He pasado años estudiándolos. ¡Cézanne! Era como el padre de todos nosotros. Él era quien nos protegía”.


Nota

* Léon-Paul Fargue describe así su ataque en el Catalán: “...Nadie miraba más allá del grupito donde nos encontrábamos. Picasso ofrecía a intervalos una paradoja como se saca de una pitillera un cigarrillo brasileño. Me saludó un médico. Vi pasar una ración de cordero. Y de pronto... Había sonado esa hora que cae de golpe con toda su tormenta elaborada minuto a minuto...” (En rampant au chevet de ma vie, 1946).


En Brassaï, Conversaciones con Picasso (1964)
Traducción de Tirso Echendía. Prólogo de Rafael Algullol
Madrid, Turner-Fondo de Cultura Económica, Madrid, 2002
Foto: Brässai (Loengard’s Ode to the Age of Silver)