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20 jul. 2013

Peter Bowles: El ciervo y la novia

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Cuando España gobernaba el Chemel, sus oficiales gustaban de la caza del ciervo. Los animales eran escasos, y más pequeños que los que acostumbraban a cazar en España. Se les enviaron ciervos de los Pirineos a través del Mediterráneo hasta Melilla, y los soltaron en las montañas, donde merodeaban, y, mezclándose con las manadas nativas, pronto produjeron una especie más grande y fuerte.
Los habitantes del Chemel no podían poseer armas de fuego bajo la férula de los españoles. Cuando los españoles volvieron a sus casas y los marroquíes tomaron el relevo, la ley siguió siendo la misma que antes.
Entonces empezó una época de tribulaciones para la gente que vivía en las lejanas zonas arboladas. Comenzaron a circular por el país informes de accidentes mortales. En el pasado, los venados huían de la presencia del hombre; ahora los solían buscar y les atacaban, y los hombres no tenían medios para defenderse.
Si Abdelaziz, próspero granjero de Tchar Serdioua, tenía cuatro hijos cuyas edades oscilaban entre los dieciséis y los veinte años. Aún estaban solteros, pues durante los últimos años había estado ocupado y no tuvo tiempo de buscarles esposa.
Cuando hubo acumulado cierta suma, empezó a visitar otras aldeas de la región con el fin de elegir una doncella para su hijo mayor.
Se dio la circunstancia de que llegara a un acuerdo con el padre de una doncella, quienes vivían en un tchar situado a unas dos horas de camino del valle. Si Abdelaziz no pudo verla personalmente, pero su familia le aseguró que gozaba de una excelente salud y estaba en perfectas condiciones para el matrimonio.

Tras ajustar los detalles del acuerdo sobre el precio de la novia, pagó al hombre y volvió a Tchar Serdioua satisfecho con la transacción.
A su hijo primogénito, Mohammed, le dijo: Tienes una esposa. Las bodas se celebrarán el séptimo día después del Mouloud.
El hijo eligió su wazzara entre los jóvenes del tchar, el que pintaría sus manos con tinte de aleña, construiría el muro de cañas y arbustos frente a la casa de su padre, y finalmente iría a recoger a la novia a su aldea.
La víspera de la boda, Mohammed y su wazzara aún no habían completado el muro. Trabajaron del alba al crespúsculo y lo tuvieron todo terminado salvo una pequeña parte, que Mohammed dijo terminaría solo en cuanto los demás se hubieran ido para traer a la doncella.
La procesión salió del valle poco después de medianoche, al son de rhaitas y tambores. Si Abdelaziz, que les acompañaba, dijo que volverían al romper el día.
A corta distancia de la casa había un torrente bordeado a ambos lados por una densa vegetación. Mohammed hizo varios viajes hasta allí, recogiendo brazadas de verdes arbustos con los que entretejer el inacabado muro. Ya era tarde para cuando terminó. Corrió una vez más hasta el río para bañarse y orar antes de echarse a esperar la llegada de la comitiva nupcial.
Las mujeres de la casa fueron despertadas por el furioso bramar de un ciervo, un sonido que todo el mundo en el tchar había aprendido a temer. Llamaron a Mohammed, pero éste no respondió. Los hombres de una granja cercana habían oído la llamada del animal, y acudieron corriendo. Mientras se acercaban a la casa de Si Abdelaziz, el ciervo volvió a bramar.
Primero vieron las blancas vestiduras de Mohammed moviéndose en el suelo a medida que el ciervo las pisoteaba y hurgaba en ellas con sus astas. Luego vieron a Mohammed tumbado en un costado, con los intestinos fuera y arrastrándose por el polvo. El ciervo bramó una vez más, dio media vuelta y desapareció en la oscuridad. Llevaron el cuerpo a la casa y lo cubrieron.
Había luz cuando la gente de Tchar Serdioua oyó, por primera vez, los agudos sonidos de la comitiva nupcial que descendía hasta el valle. Un grupo de hombres corrió por el camino para salir a su encuentro y darle a Si Abdelaziz las malas noticias. La comitiva llegó a la casa en silencio.
Tras el entierro de Mohammed, los tres hijos menores conferenciaron entre sí. Eran de la opinión de que el ciervo había venido a matar a Mohammed porque sabía que estaba a punto de desposar a la doncella. Eso les llevó a concluir que todo hombre lo bastante loco como para desposarla sufriría el mismo destino.
Habiendo pagado por la novia, Si Abdelaziz no tenía intención de enviarla de vuelta a casa. Llamó al mayor de los tres hijos restantes y le dijo que era para él. El joven rehusó al instante.
Si Abdelaziz probó con el siguiente hijo, y luego con el más joven, pero ninguno quiso aceptarla. La chica lo supo y suplicó que la llevaran de vuelta a su aldea. El anciano anunció en un rapto de ira que él mismo la desposaría.
Los tres jóvenes rehusaron hablar con su nueva madre. Esperaban al ciervo. Cada vez que su padre entraba en los bosques prestaban atención para oír la voz del asesino.
El ciervo nunca apareció. Si Abdelaziz murió en la cama un año después y la chica quedó libre de regresar como viuda a su propio tchar.


En Cuentos reunidos
Traducción: Rodrigo Rey Rosa, Nicole d’Amonville Alegría y Héctor Silva
Alfaguara, 2010
Foto: PB, Morocco,1956 por Herbert List/Magnum Photos
Sitio oficial

3 sept. 2012

Paul Bowles: El Atlájala

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El monasterio abandonado se erguía sobre una ligera elevación del terreno en medio de una vasta explanada. Por todos sus costados el terreno descendía suavemente hacia la enmarañada y pilosa jungla que cubría el valle circular rodeado de negros y escarpados riscos. En algunos de los patios había unos cuantos árboles que los pájaros usaban como lugar de reunión cuando salían de las habitaciones y pasillos donde anidaban. Hacía tiempo que los bandidos se habían llevado del edificio todo cuanto era transportable. En tiempos había sido también utilizado por militares como cuartel general y, al igual que los bandidos, habían encendido hogueras en aquellas grandes estancias expuestas al viento, así que tomaron el aspecto de antiguas cocinas. Ahora que todo había desaparecido de su interior, parecía que ya nadie se acercaría al monasterio nunca más. La vegetación había levantado un muro protector; el primer piso quedó pronto completamente oculto por pequeños árboles que abrazaban con sus enredaderas las cornisas de las ventanas. Las praderas de alrededor crecían en humedad malsana y exuberante; no las cruzaba sendero alguno.

En el extremo más elevado del valle circular caía desde los riscos, en una gran caldera, un río envuelto en una nube de vapor y estruendo; luego se deslizaba bordeando la base de los riscos hasta encontrar un desfiladero en el otro extremo del valle donde aceleraba su curso discretamente, sin rápidos ni cascadas: una gran cinta negra de agua que descendía velozmente entre los bruñidos costados del desfiladero. Fuera del valle el paisaje se dilataba y se tornaba sonriente; nada más salir, una aldea anidaba en la ladera del monte. En los tiempos del monasterio era allí donde los frailes adquirían sus provisiones, dado que los indios no querían entrar en el valle. Siglos atrás, cuando se construyó el edificio, la Iglesia tuvo que traer a los trabajadores de otra parte del país. Se trataba de enemigos ancestrales de las tribus de la zona y hablaban otra lengua; no había peligro, pues, de que los indígenas se comunicaran con ellos mientras levantaban los enormes muros. En realidad, tardaron tanto en construir el ala este que antes de que se concluyera habían muerto ya todos los trabajadores, uno tras otro. Así que fueron los propios monjes quienes cerraron el extremo del ala con muros lisos, dejándola así, cegada y sin terminar, ante los negros riscos.

Generación tras generación fueron llegando frailes, jóvenes de sonrosadas mejillas que se iban quedando enjutos y macilentos y finalmente morían, siendo enterrados en el jardín situado detrás del patio de la fuente. Un día, no muy lejano, habían abandonado todos el monasterio; nadie supo adonde fueron y a nadie se le ocurrió preguntar. Fue poco después de esto cuando llegaron los bandidos y después los soldados. Ahora, como los indios no cambian, seguía sin aparecer nadie de la aldea para visitar el monasterio. Allí vivía el Atlájala; los monjes no habían podido con él, al final se habían rendido y marchado. A nadie le sorprendió, pero el Atlájala ganó prestigio con su partida. Durante los siglos que los frailes habitaron el monasterio los indios se habían preguntado por qué los dejaba quedarse. Ahora, por fin, los había expulsado. Él siempre había vivido allí, decían, y allí seguiría viviendo porque el valle era su morada y no podría irse nunca.

A primera hora de la mañana el inquieto Atlájala deambulaba por los aposentos del monasterio. Las oscuras salas pasaban aprisa ante él, una tras otra. Al llegar a un pequeño patio donde unos árboles jóvenes, ávidos de sol, habían levantado las losas, se detuvo. El aire estaba lleno de leves sonidos: los movimientos de las mariposas, la caída al suelo de briznas de hojas y flores, el aire que seguía sus infinitos recorridos por los bordes de las cosas, las hormigas realizando sus interminables trabajos sobre el polvo ardiente. Permanecía al sol, percibiendo cada gradación de sonido, de luz, de olor, viviendo en la conciencia de la lenta, constante desintegración que acometía a la mañana convirtiéndola en tarde. Cuando llegaba la noche, solía deslizarse sobre el tejado del monasterio y examinaba el cielo que se oscurecía: la cascada bramaba a lo lejos. Noche tras noche, durante aquella larga serie de años, había revoloteado por allí, por encima del valle, precipitándose hacia abajo para convertirse en murciélago, en leopardo, en mariposa nocturna durante unos minutos o unas horas, regresando para quedarse inmóvil en el centro del espacio que limitaban los riscos. Cuando se construyó el monasterio, se aficionó a frecuentar sus habitaciones, en las que observó por vez primera los gestos sin sentido de la vida humana.

Y entonces, una noche, se convirtió sin querer en uno de los jóvenes frailes. Era una sensación nueva, extrañamente rica y compleja, y a la vez insufriblemente sofocante, como si cualquier otra posibilidad que no fuera estar encerrado en un aislado y diminuto mundo de causa y efecto hubiera desaparecido para siempre. Como el fraile, se había acercado a la ventana y había contemplado el cielo viendo no las estrellas, sino el espacio existente entre ellas y lo que había detrás. Incluso en aquel momento sintió la necesidad de irse, de salir del pequeño caparazón de angustia que había habitado por unos instantes, pero una ligera curiosidad le había impulsado a permanecer un rato más en él, prolongando la insólita sensación. Aguantó; el fraile elevó sus brazos al cielo en gesto suplicante. Por vez primera percibió el Atlájala una resistencia, la emoción de la lucha. Era delicioso sentir al joven pugnando por liberarse de su presencia, y era infinitamente agradable quedarse allí. Entonces el fraile corrió al otro lado de la habitación lanzando un grito y agarró un látigo de cuero que colgaba de la pared. Rasgándose la ropa, empezó a flagelarse de una manera feroz. Al recibir el primer latigazo, el Atlájala estuvo a punto de abandonarlo, pero entonces se dio cuenta de que la inmediatez de aquel misterioso dolor interior se hacía más manifiesta con cada impacto de los golpes del exterior, así que se quedó, y entonces sintió al joven debilitarse con su propia flagelación. Cuando hubo terminado y rezado una oración, el fraile se arrastró hasta su jergón y se durmió llorando, mientras el Atlájala se escabullía fuera de él oblicuamente y entraba en un pájaro que pasaba la noche sentado en un árbol grande al borde de la espesura, escuchando atentamente los sonidos nocturnos y dando un grito de vez en cuando.

A partir de entonces, el Atlájala no pudo resistir el deseo de deslizarse en los cuerpos de los frailes; los visitaba uno tras otro, descubriendo en ello una asombrosa variedad de sensaciones. Cada uno era un mundo diferente, una experiencia diferente, porque cada uno tenía distintas reacciones al tomar conciencia de que había otro ser en él. Uno se sentaba y leía, o rezaba, otro iba a dar un largo y atribulado paseo por las praderas, rodeando una y otra vez el edificio, otro se encontraba con un hermano y se enzarzaba en una absurda pero amarga disputa, algunos lloraban, otros se flagelaban o buscaban un amigo que empuñara por ellos el látigo. Siempre tenía el Atlájala una rica profusión de percepciones de que disfrutar, así que ya nunca más se le ocurrió frecuentar cuerpos de insectos, pájaros o animales peludos, ni siquiera abandonar el monasterio y remontarse en el aire. Una vez estuvo a punto de meterse en apuros, cuando el fraile viejo que estaba ocupando cayó muerto, fulminado. Era un riesgo que corría frecuentando hombres: parecían no saber cuándo estaban acabados, o, si lo sabían, fingían con tal fuerza no saberlo, que venía a ser lo mismo. Los demás seres lo sabían de antemano, salvo cuando eran atrapados desprevenidos y devorados. Y esto el Atlájala lo podía impedir: el pájaro en que él estaba, era evitado siempre por los halcones y las águilas.

Cuando los frailes abandonaron el monasterio y, siguiendo las instrucciones del gobierno, colgaron los hábitos, se dispersaron y se convirtieron en obreros, el Atlájala se sintió desorientado, no sabiendo cómo pasar sus días y noches. Ahora todo era como antes de que llegaran: no había nadie más que las criaturas que siempre habían habitado el valle circular. Probó con una serpiente gigante, con un ciervo, con una abeja: nada tenía ese sabor que había llegado a adorar. Todo era igual que antes, pero no para el Atlájala; había conocido la existencia del hombre, y ahora no había ninguno en el valle: sólo el edificio abandonado, con sus estancias vacías, haciendo más intensa la ausencia del hombre.

Entonces, un año, llegaron unos bandidos, varios centenares, en una tormentosa tarde. Probó con regocijo muchos de ellos, mientras se tumbaban por allí limpiando sus armas, lanzando maldiciones, y pudo descubrir nuevos aspectos en la sensación: el odio que sentían por el mundo, el miedo que tenían de los soldados que les perseguían, los extraños arrebatos de deseo que los recorrían cuando se reunían borrachos, tumbados en torno al fuego que ardía en medio del suelo, y el insufrible tormento de celos que las orgías nocturnas parecían despertar en algunos de ellos. Pero los bandidos no se quedaron mucho tiempo. Cuando ya se habían ido, llegaron los soldados que seguían su pista. Se sentía algo muy parecido siendo soldado y siendo bandido. Faltaban el miedo terrible y el odio, pero el resto era casi idéntico. Ni los bandidos ni los soldados parecían ser conscientes de su presencia en ellos; se podía deslizar de un hombre a otro sin provocar cambio alguno en su conducta. Esto le sorprendió, por lo definido que había sido su efecto en los frailes, y se sintió un poco defraudado de no poder hacerles conocer su existencia.

En cualquier caso, el Atlájala disfrutó inmensamente tanto con los bandidos como con los soldados, y se quedó aún más desolado cuando lo volvieron a dejar solo. Se convertía en una de las golondrinas que anidaban en las rocas que había junto al nacimiento de la cascada. Bajo la ardiente luz del sol se zambullía, una y otra vez, en la cortina brumosa que se elevaba desde muy abajo, a veces dando gritos jubilosos. Se pasaba un día de pulgón, arrastrándose despacio por el envés de las hojas, viviendo tranquilo en ese mundo inferior, verde y gigantesco, que está siempre escondido del cielo. O experimentaba, por la noche, en el cuerpo aterciopelado de una pantera, el placer de la caza. Vivió un año en una anguila, en el fondo de la poza, bajo la cascada, sintiendo cómo cedía lentamente el limo ante ella a medida que avanzaba empujando con su hocico plano; fue una época tranquila, pero después volvió el deseo de experimentar de nuevo la misteriosa vida del hombre: obsesión de la que resultaba inútil tratar de librarse. Y ahora recorría con inquietud las habitaciones en ruinas, una presencia muda, solitaria, anhelando encarnarse de nuevo, pero sólo en un cuerpo humano. Y con la construcción de autopistas por todo el país era inevitable que la gente volviera al valle circular.

Un hombre y una mujer llegaron en su automóvil hasta un pueblo que había en un valle inferior; como habían oído hablar del monasterio en ruinas y de la cascada que caía desde los riscos en el gran circo, decidieron ir a verlos. Viajaron en burro hasta la aldea de la entrada al desfiladero, pero una vez allí, los indios que habían contratado para que los acompañaran se negaron a seguir más adelante, así que continuaron solos, penetrando, cañón arriba, en el territorio del Atlájala.

Era mediodía cuando entraron en el valle; las negras aristas de los peñascos relucían como cristal bajo los rayos abrasadores del sol en el cénit. Detuvieron los burros junto a un montón de rocas, al borde de las praderas en declive. Se bajó primero el hombre, y le tendió la mano a la mujer para ayudarla a bajar. Ella se inclinó hacia adelante, poniéndole las manos sobre el rostro, y se besaron durante un largo rato. Entonces él la dejó en el suelo y ambos treparon por las rocas cogidos de la mano. El Atlájala andaba rondándolos de cerca, observando atentamente a la mujer: era la primera que venía al valle. Se sentaron los dos sobre la hierba, bajo un arbolito, mirándose, sonrientes. Falto de costumbre, el Atlájala se metió en el hombre. De inmediato, en lugar de hallarse rodeado del aire soleado, de los gritos de los pájaros y de los aromas de las flores, era sólo consciente de la belleza de la mujer y de su terrible proximidad. La cascada, la tierra y el mismo cielo desaparecieron, se perdieron en la nada, y sólo quedaron la sonrisa de la mujer, sus brazos, su olor. Era un mundo más sofocante y doloroso de lo que el Atlájala había imaginado posible. Pero pese a todo, se quedó en él, mientras hablaba el hombre y le contestaba la mujer.

—Abandónalo. Él no te quiere.

—Me mataría.

—Pero yo te quiero. Te necesito a mi lado.

—No puedo. Le tengo miedo.

El hombre extendió los brazos para atraerla hacia sí; ella se echó un poco hacia atrás, pero sus ojos se abrieron, muy grandes.

—Tenemos todo el día —murmuró, volviendo el rostro hacia las paredes amarillas del monasterio.

El hombre la abrazó con violencia, estrujándola contra sí como si con aquel gesto salvara su vida.

—No, no, no. Esto no puede seguir así —dijo—. No.

El dolor de su sufrimiento era demasiado intenso; el Atlájala dejó con suavidad al hombre y se deslizó dentro de la mujer. Y esta vez hubiera jurado estar habitando en la nada, estar en su propio ser de espacio ilimitado, tal era la perfección con que percibía el viento errático, los pequeños revoloteos de las hojas y el aire diáfano que lo rodeaba. Pero había una diferencia: cada elemento poseía una intensidad mayor, la esfera toda del ser era inmensa, infinita. Ahora comprendía qué era lo que aquel hombre buscaba en la mujer, y se daba cuenta de que él sufría porque nunca podría alcanzar esa sensación de plenitud que perseguía. Pero el Atlájala, confundido su ser con el de la mujer, la había alcanzado, y al advertir que lo poseía, se estremeció alborozado. La mujer se estremeció cuando sus labios se unieron a los del hombre. Allí en la hierba, a la sombra del árbol, su felicidad alcanzaba nuevas cimas; el Atlájala, conociéndolos a ambos, establecía un único cauce entre los secretos manantiales de sus deseos. Permaneció ya hasta el final dentro de la mujer, y empezó a maquinar de un modo vago formas de conseguir que se quedara, si no en el valle, al menos cerca, para que pudiera volver.

A la tarde, con movimientos como de ensueño, se encaminaron hacia los burros, montaron y atravesaron la alta hierba de la pradera, hasta llegar al monasterio. Se detuvieron en el gran patio, observando indecisos los antiguos arcos iluminados por el sol, y la oscuridad de los umbrales.

—¿Entramos? —preguntó la mujer.

—Tenemos que volver.

—Yo quiero entrar —dijo ella. (El Atlájala se entusiasmó.)

Una delgada culebra gris se escurrió por el suelo hacia unos arbustos. Ellos no la vieron.

El hombre la miró perplejo.

—Es tarde —dijo.

Pero ella descabalgó de un brinco, sin esperar a que él la ayudase, y metiéndose bajo los arcos entró en el largo corredor interior. (Nunca le habían parecido al Atlájala las habitaciones tan reales como ahora que las veía a través de sus ojos.)

Exploraron todas las salas. Luego la mujer quiso subir a la torre, pero el hombre adoptó una actitud decidida.

—Nos tenemos que ir ahora mismo —dijo con firmeza, poniéndole la mano en el hombro.

—Es el único día que estamos juntos y no piensas más que en volver.

—Pero el tiempo...

—Hay luna. No nos perderemos.

Él no cambió de idea.

—No.

—Como quieras —dijo ella—. Yo voy a subir. Tú puedes volverte solo, si te apetece.

Él se rió, incómodo.

—Estás loca.

Trató de besarla.

Ella se apartó y dejó en suspenso su respuesta. Luego dijo:

—Tú quieres que deje a mi marido por ti. Tú me pides todo, pero ¿qué haces tú por mí a cambio? Te niegas incluso a acompañarme a lo alto de una torrecita para contemplar la vista. Vuélvete solo. ¡Vete!

Sollozó y corrió hacia el negro hueco de la escalera. Él la siguió, llamándola, pero tropezó en algún lugar. Los pies de ella se apoyaban con tal seguridad que parecía que hubiera subido los numerosos escalones de piedra miles de veces, corriendo en la oscuridad, dando vueltas y vueltas.

Por fin llegó arriba y miró por las pequeñas rendijas abiertas en las paredes agrietadas. Las vigas de donde colgaba la campana se habían podrido y caído al suelo; la pesada campana yacía de costado entre escombros, como un animal muerto. El sonido de la cascada era más fuerte aquí arriba; el valle estaba casi sumido en la oscuridad. Abajo, él la llamaba una y otra vez. Ella no contestaba. Mientras contemplaba cómo se abatía lentamente la sombra de los peñascos sobre los más lejanos y recónditos lugares y cómo comenzaba a trepar por las rocas desnudas del este, una idea se iba formando en su mente. No era el tipo de idea que ella hubiera esperado de sí misma, pero estaba allí, creciente e ineludible. Cuando la sintió en su interior, completa, dio media vuelta y regresó abajo con ligereza. Él estaba sentado en la oscuridad, junto al final de los escalones quejándose un poco.

—¿Qué pasa? —dijo ella.

—Me he hecho daño en la pierna. ¿Estás ya lista para que nos vayamos o no?

—Sí —dijo simplemente ella—. Siento que te hayas caído.

Él se levantó sin decir nada y, cojeando tras ella, salió al patio donde estaban los burros. El aire frío de la montaña empezaba a soplar desde las cimas de los riscos. Mientras atravesaban la pradera ella se puso a pensar en cómo sacar el tema a colación. (Tenía que ser antes de que alcanzaran el desfiladero. El Atlájala temblaba.)

—¿Me perdonas? —le preguntó.

—Por supuesto —rió él.

—¿Me quieres?

—Más que a nada en el mundo.

—¿Es eso cierto?

Él la miró a la débil luz, erguido sobre el zarandeo del animal.

—Sabes que lo es —dijo con suavidad.

Ella titubeaba.

—Sólo hay una solución, entonces —dijo por fin.

—Pero ¿cuál?

—Tengo miedo de él. No volveré con él. Tú te vuelves. Yo me quedaré en el pueblo —(estando tan cerca vendría todos los días al monasterio)—. Cuando esté resuelto, vienes a por mí. Entonces podremos irnos a algún otro sitio. Nadie nos encontrará.

La voz de él sonó extraña.

—No entiendo.

—Sí que entiendes. Y es la única solución. Hazlo o no, como quieras. Es la única solución.

Siguieron trotando un rato en silencio. Enfrente se dibujaba el cañón, negro contra el cielo del atardecer.

Entonces dijo él con voz muy clara:

—Nunca.

El sendero llevaba poco después hacia un espacio abierto, por encima del agua, que fluía rauda más abajo. Les llegaba débilmente el sonido hueco del río. La luz casi había desaparecido del cielo; con el crepúsculo, el paisaje había adquirido perfiles engañosos. Todo era gris —las rocas, los matorrales, el sendero— y no había distancias ni escala. Aminoraron la marcha.

Aún resonaban en sus oídos las palabras de él.

—¡No volveré con él! —gritó ella con repentina vehemencia—. Tú puedes volver y jugar con él a las cartas como de costumbre. Ser su buen amigo igual que siempre. Yo no pienso ir. No puedo seguir con vosotros dos en la ciudad.

(El plan no estaba funcionando; el Atlájala vio que la había perdido, pero todavía podía ayudarla.)

—Estás muy cansada —dijo él con suavidad.

Tenía razón. Casi mientras él pronunciaba estas palabras, parecieron abandonarla la euforia y la ligereza insólitas que había experimentado desde el mediodía; dejó caer la cabeza con cansancio y dijo:

—Sí que lo estoy.

En ese mismo momento el hombre lanzó un grito agudo, terrible; ella levantó la vista a tiempo de ver cómo el burro se precipitaba desde el borde del sendero en el vacío gris. Hubo un silencio, y luego un lejano rumor de muchas piedras rodando ladera abajo. Ella no podía moverse ni detener su cabalgadura; siguió sentada en silencio, dejándose llevar, un peso inerte sobre el lomo del animal.

En el último instante, cuando ella se iba acercando a la abertura que era el límite de sus dominios, el Atlájala, trémulo, se separó de ella. La mujer levantó la cabeza y un levísimo estremecimiento de gozo la recorrió entera; luego volvió a dejarla caer hacia delante.

Flotando en las tinieblas, sobre el sendero, el Atlájala contempló su figura borrosa desaparecer en la noche que caía. (Ya que no había podido retenerla allí, al menos había podido ayudarla.)

Un momento después estaba en la torre, escuchando a las arañas reparar las telas que ella había estropeado. Pasaría mucho, mucho tiempo hasta que pudiera introducirse en la conciencia de otro ser. Mucho, mucho tiempo: quizá la eternidad.


En Cuentos reunidos
Traducción: Rodrigo Rey Rosa, Nicole d’Amonville Alegría y Héctor Silva
Alfaguara, 2010 
Foto: Paul Bowles, retratado en Tánger en 1975 por Dora Corringdon  
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