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16 oct. 2011

Ivonne Bordelois - Babel y nosotros: el aljibe etimológico

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Las lenguas son en cierto modo vastos seres que nos rodean y nos iluminan como grandes arcángeles vivientes: es necesario darles un espacio interior de acogida y estar dispuestos a escucharlas y prestarles atención. Y sobre todo es necesario escuchar, en las lenguas, el valor de imagen que transmiten las palabras, que originariamente, etimológicamente, son parábolas. 

Cuidar, disfrutar, contemplar las palabras significa también poder reconstruirlas en su infancia, seguir su proceso significativo y metafórico desde el comienzo, sus ancestrales orígenes. Este cuidar por lo etimológico nos remite a etytmon, que significa, en griego, lo cierto; porque los griegos consideraban que lo cierto de una palabra es su origen, el momento inaugural en que fueron pronunciadas por primera vez. Para Nietzsche, apasionado filólogo, la etimología demuestra cómo las palabras supuestamente literales son en realidad antiguas figuras poéticas, fósiles prestos a resucitar: las verdades no son sino arcaicas metáforas olvidadas. 

El proyecto etimológico representa una suerte de inversión del mito de la Torre de Babel, que es una forma del mito del Progreso. Babel, como Prometeo, es el proyecto humano de arrancar a la potencia divina su capacidad creadora. El progreso, y sobre todo el progreso tecnológico, es una conveniente proyección de ese mito. Así como en el relato bíblico el castigo a la soberbia de los hombres consiste en la pérdida de un lenguaje único, el progreso científico y tecnológico consiste en gran medida, sobre todo en la era computacional, en el remplazo de la lengua natural por múltiples códigos, muchas veces ininteligibles entre sí. No tratamos de minimizar, por cierto, la bienvenida inclusión en la cultura de vastísimos sectores marginales, gracias a la tecnología actual: simplemente consideramos aquí los aspectos ambivalentes de tal progreso. La computadora, por ejemplo, que representa indudablemente un avance crucial en nuestras posibilidades de organizar nuestra actividad intelectual e incrementar nuestra creatividad, es también un objeto excesivamente costoso y complejo que destituye a muchos, por motivos económicos o generacionales, del ingreso pleno al ámbito de la comunicación social. 

Lo mismo ocurrió, naturalmente, con la llegada del libro, que desterró en gran medida el espacio de la memoria y la tradición oral, y sometió por un largo tiempo a vastos sectores -en particular a las mujeres, predestinadas como analfabetas- al apartamiento cultural. Cada hito en el progreso tecnocultural marca así también la frontera de una nueva legión de destituidos y en ocasiones la pérdida de un rico territorio natural de encuentros humanos. El correo electrónico, entendido en general como intercambio telegráfico, suplanta a los epistolarios, fuentes de información y edificios de amistad irremplazable, así como el parloteo computacional, muestrario de ingenio y velocidad, sustituye el ritmo de los silencios que marcan el nacimiento de una intimidad -aquella que el tango memorablemente nombraba "nuestra timidez temblando suavemente en tu balcón". 

La torre que construye el proyecto etimológico es una torre inversa, de acceso al lenguaje común perdido y recuperación de su comunitaria sabiduría. Más que torre es un aljibe que busca el agua profunda en donde nuestros lenguajes se espejan y reconocen como viniendo de un mismo linaje maternal. Mientras en ciertos aspectos la tecnología exaspera las especializaciones y va fragmentando la conciencia humana en múltiples compartimentos hiperracionales pero en gran medida incomunicables, la etimología abre brechas universales entre las barreras idiomáticas, y como un rabdomante explora las convergencias de los cursos subterráneos. Muchos de sus avatares pasan por las fronteras de una poética, no de lo irracional, pero sí de lo inconsciente. En lugar de desafiar el poder creador omnipotente suplantándolo, el etimólogo busca identificarse con la magia ancestral de la lengua madre. 

Karl Kraus decía: "Cuanto más de cerca contemplamos una palabra, más lejos ésta mira". Esta lejanía recuerda aquella que Walter Benjamin confiere al aura, al explicar que ésta se produce cuando nos creemos o sentimos mirados por un objeto o un paisaje, de tal modo que esta mirada nos obliga a nuestra vez a alzar los ojos y mirar. Cuando alguien, ser humano o ser animado, nos obliga a alzar la mirada, se da la "aparición única de una realidad lejana": es ésta una de las fuentes de la poesía. Lo que Benjamin dice genialmente del aura, la poesía y la visión, puede también trasladarse a la etimología, porque las palabras poseen un aura, enlazada con su significado primigenio. También ellas miran de lejos si uno se les aproxima, como dice Kraus. Y esa mirada nos transforma. La mirada etimológica representa nuestro encuentro con el aura de una palabra que es "la aparición única de una realidad lejana". 

Lo que significan originariamente las palabras se ha ido borrando en nuestra memoria a través del tiempo y sobre todo debido a nuestra actitud, ese empeñarnos en usar las palabras antes que interrogarlas con cuidado, aprehendiendo su sabor primero-. Esto ocurre sobre todo si habitamos allí donde la cultura comercial no permite ni tolera el crecimiento de la conciencia de la lengua, una amenaza seria y cierta para un sistema que aspira a controlar y cotizar la información, junto con el placer de la comunicación y de la expresión, de una manera implacable y exclusivamente monetaria. 

Nuestras raíces indoeuropeas 

Los que trabajamos en ese terreno apasionante que es la etimología nos vamos apropiando de una herencia que es el derecho de todos nosotros, accesible a todos nosotros. Nos valemos de algunas nociones básicas de la historia de la lengua, gramáticas y diccionarios para estudiar la genealogía de cada palabra. Por ejemplo, una gran cantidad de las palabras que usamos en el castellano provienen del latín, así como el francés, el italiano, el rumano y el portugués provienen también del latín por la fragmentación del Imperio Romano. Vamos trazando así una suerte de cuadro genealógico en el que nos remontamos cada vez más atrás en el tiempo. El latín a su vez forma grupo con otras lenguas como el griego, el eslavo y el antiguo germánico y así llegamos a una etapa anterior que podemos reconstruir gracias a los elementos comunes que encontramos entre lenguas aparentemente muy distantes. Es como si trazáramos nuestro ADN lingüístico mediante esta operación de ir filtrando hacia atrás, hacia el pasado, los elementos comunes a todas nuestras lenguas. 

Este idioma reconstruido hipotéticamente, del que no nos quedan documentos pero que debió existir, sin duda, ya que de otro modo no se explicarían las coincidencias sistemáticas que se dan entre estos grupos de lenguas, esta lengua originaria se llama el indoeuropeo. Cuando llegamos hasta el indoeuropeo nos encontramos con raíces de una gran riqueza que son como precipitados semánticos de gran densidad, y de estas raíces podemos deducir de qué modo se fueron estableciendo las nociones más significativas que hoy guían nuestra existencia, las que hacen al cuerpo, a las relaciones humanas fundamentales, a las instituciones, a la historia y a las pasiones y los sentimientos. 

Fundamental para establecer la existencia del indoeuropeo fue el estudio del sánscrito, la lengua sagrada de los hindúes. A través de la comparación del sánscrito con otras lenguas occidentales y orientales pudieron reconstituirse, hace dos siglos, las raíces del indoeuropeo, y se pudo establecer que se trataba de una lengua común, hablada probablemente alrededor del tercer milenio antes de Cristo en la región de Anatolia (hoy Turquía). Sus elementos se recuperaron mediante leyes fonéticas muy precisas, recogidas en la Gramática Histórica elaborada por una generación de lingüistas europeos -ingleses, alemanes y escandinavos- a comienzos del siglo XIX. Si bien, como lo hemos dicho, se trata de un descubrimiento en cierto modo comparable a la formulación biológica del ADN, debemos tener presente que lo que aquí estamos reconstituyendo es el código cultural de un grupo humano (es decir, no se trata ya de la especie, puesto que hay otros grupos lingüísticos no subsumidos en el Indoeuropeo) del cual descendemos, el grupo que somos. Así, la palabra que significa en español hermano era en sánscrito bhratar, en gótico brothar, en griego phrater, en latín frater. Del indoeuropeo así reconstituido pueden calcularse un léxico de cerca de 2000 palabras 1. 

En el juego etimológico se trata de establecer, o por lo menos hipotetizar, el tipo de razonamiento o de metáfora que puede conducir desde el significado primitivo de una raíz, a los significados actuales, contenidos en la familia de las palabras derivadas. Como no siempre hay evidencias abundantes de las correspondencias etimológicas, a veces debemos remitirnos a las coincidencias nucleares entre varios diccionarios serios. Para garantizar la unidad de sentido de una raíz se necesitan suficientes ejemplos; lo ideal es contar con contextos donde el significado de un término se vuelva evidente .a través de citas de diversos documentos. Pero también una cierta epistemología y una intuición primera es necesaria: es notable cómo ciertos etimólogos, entre los más ilustres, consignan como meros homónimos a palabras cuya común raigambre semántica nos parece patente desde una óptica contemporánea. 

Podemos proponernos dar un pequeño paseo arqueológico por algunas palabras, un paseo a través de esa especie de jardín de estatuas que se animan de una manera sorprendente a nuestro paso si las miramos desde esta pregunta etimológica, que es mucho más revolucionaria de lo que suele imaginarse. Con Miguel Mascialino, con quien hace tiempo estamos trabajando este tema, y con quien aprendemos y nos sorprendemos y nos divertimos enormemente en este contacto germinal con las palabras, hemos seleccionado un grupo de términos que demuestran hasta qué punto el etymon, lo cierto de cada palabra, contradice muchas veces la espesa apariencia de significados convencionales que van acumulándose en torno de ella, por virtud de una sociedad represiva y bienpensante y de una conciencia nublada acerca de los valores profundos del lenguaje. 

Lo que saben las palabras 

Naturalmente, la etimología contemporánea no procura restaurar arquetipos esenciales a través de su buceo histórico: antes bien, procura desenterrar la serie de alienaciones colectivas por las cuales ciertos sentidos preciosos -o terribles- se nos van perdiendo y escapando con el correr del tiempo. ¿Qué significan originariamente las palabras con las que designamos los aspectos más importantes de nuestra vida, las actividades corporales, la organización de la familia y la sociedad, la estructura del lenguaje, nuestro cuerpo y nuestros propios sentimientos? ¿Por cuáles símbolos están ocultamente habitadas las palabras más decisivas de nuestra cultura? ¿Cuáles son los prejuicios de que nos alimentan inconscientemente las palabras? 

Tomemos por ejemplo la palabra familia. ¿De dónde viene familia? Quizás alguno de entre nosotros recuerde que en una época, en ciertos medios sociales, se llamaba a las empleadas domésticas fámulas, es decir, sirvientas. En latín, famulus significa esclavo. Las familias romanas, que eran familias extendidas, donde vivían conjuntamente muchos parientes de distintas generaciones y diferentes grados de consanguinidad, albergaban también a los esclavos, y una famulia o familia es en realidad, lingüísticamente, un conjunto de esclavos. Porque lo que les interesaba a los romanos no era tanto destacar los vínculos parentales entre parejas o padres e hijos, sino el poderío económico-social que revelaba el número de esclavos que como grupo de producción y servicio cada familia poseía. De modo que cuando hoy decimos por ejemplo familia cristiana estamos hablando, etimológicamente, de un conjunto de esclavos cristianos, o un conjunto cristiano de esclavos, como se quiera. 

Lo interesante es que la Iglesia, que apoya a la familia como baluarte central de sus prédicas sociales, jamás cuestionó ni transformó la palabra familia -jamás la escuchó profundamente, diríamos. Como el cristianismo, además, dice en principio oponerse a la esclavitud, llegamos así a una cierta contradicción, que sin embargo nuestras normas lingüísticas conservan y preservan hasta nuestros días. Pero el hecho de que familia, originariamente, signifique un conjunto de esclavos, indica que en el mantenimiento de la palabra y en la formación misma del concepto y de la institución, los lazos económicos y/o de poder fueron más significativos, con todo, que los lazos de la sangre, y que lo esencial, antes que asegurar la protección paternal o el amor materno o la legalidad reproductiva, ha sido -y probablemente lo es todavía, en gran medida- garantizar el orden de una unidad infraestructural de servicio fundamentalmente no mutuo. La verdad subsistente de esta historia no deja de iluminar con ironía los reclamos eclesiásticos por el mantenimiento del orden familiar o expresiones tan paradójicas como La Sagrada Familia. También podemos explorar el pasado en busca de una explicación de la presencia de lo paternal en patrimonio. Antes del advenimiento del mundo moderno, la propiedad, legalmente, era sólo privilegio del varón, en particular del padre. En alemán, patrimonio y herencia son la misma palabra, erbgut. ¿Por qué se habla -al lado de lengua materna- de casa paterna y más raramente de casa materna, de patria y no de matria? ¿Acaso como compensación al sexo fuerte por todo lo que se arroga la maternidad como valor en nuestra cultura? Sin embargo, las universidades, instituciones fuertemente patriarcales -recordemos simplemente la fecha excesivamente tardía en que las mujeres fueron admitidas en ellas- son llamadas Alma Mater. El matrimonio, por otra parte, es la institución que legaliza la maternidad. Y mientras el lenguaje muestra que en su origen el varón reclama su supremacía en la herencia, existe una relación etimológica profunda e indudable entre madre, materia y madera y aun más, entre amamantamiento y amor. (Probablemente, a través de estas derivaciones, no sea demasiado difícil decidir quién se ha quedado con la mejor parte.) 

Soltero significa originariamente solitario. Spinster, mujer soltera en inglés, se refiere originariamente a la que hila (spinweb significa tela de araña). En la Edad Media las mujeres solteras sólo podían dedicarse a hilar para mantenerse económicamente: la hostilidad con que se retrata a la bruja que se disfraza de hilandera en La Bella Durmiente era también una especie de advertencia amenazante con respecto a la suerte que corrían las mujeres que no encontraban marido, con el rechazo social aparejado por esa situación, considerada entonces denigrante. 

Parábola -un término griego- se analiza originariamente como para-bolos -un objeto que se arroja al lado de otro para establecer una relación de comparación entre ellos. Lo interesante es que la misma palabra parábola nos revela el proceso de creación de las palabras nuevas, que en general aparecen como términos de comparación con cosas que ya se conocen o se poseen. Y lo importante es que el punto de arranque resulta siempre algo muy concreto de la realidad; por ejemplo, algo que nos remite a la naturaleza o a nuestro cuerpo, que es también parte de la naturaleza. Este aspecto, el origen corporal o natural de las palabras que empleamos todos los días, es sumamente intrigante y rico en implicaciones para todos los que aspiramos a entender algo más acerca de la mente y la vida humana y a esto quisiera ahora referirme con cierto detalle. 

Por ejemplo, cuando decimos palabras tan distintas materialmente como jefe, capataz o capitán, estamos evocando en todos estos casos, a partir de una larga evolución lingüística, un solo término, la cabeza, caput en latín, porque es la cabeza la que gobierna y se encuentra en la zona más prominente en nuestro cuerpo. Lo mismo ocurre con cabecilla, que es también caudillo. Estos valores metafóricos se han embotado en nuestra percepción debido al tiempo y al empleo cotidiano; ya nadie imagina la conexión entre estos términos, bien atestiguada en los diccionarios y en los textos de filología. Pero sobre todo, hay que resaltar que estos puentes de sentido se han perdido por nuestra incapacidad de ver en la lengua algo más que un instrumento de comunicación y por el modo en que violentamos nuestro contacto profundo y natural con ella. 

El cuerpo diminutivo 

Acaso aquello que mejor se opone a la violencia no sea meramente el sosiego, la serenidad de la paz interior, sino la ternura -es decir, la paz que se apoya y se envuelve en la ternura. Así como la violencia es el filo de la agresividad, la ternura es la medida protectora del amor. Muchas de las palabras que designan en español los órganos o partes del cuerpo provienen de nombres que en latín llevan un diminutivo: en nuestro lenguaje hay algo así como una conciencia maternal del cuerpo. Es como si el cuerpo fuera visto con cierta ternura o cuidado, como cuando miramos a los niños. Así, la palabra oreja significa en realidad -etimológicamente- pequeña oreja -aures + cula: aurícula, orejita. Lo mismo ocurre con ojos, que viene de oculos: pequeños huecos; a su vez, rodilla viene de rotula, pequeña rueda. 

Pupila quiere decir originariamente pequeña muñeca (la raíz pup aparece también en francés poupée, inglés puppet, holandés pop). Notemos que en español se llama también a las pupilas niñas de los ojos, porque se presta atención a aquello que se ve reflejado en las pupilas, es decir, formas semejantes a muñequitas. El francés no mantiene esta imagen pero elige también un gracioso diminutivo para designar a las pupilas: prunelles -esto es, ciruelitas. El holandés oogappels, y el alemán augapfel, manzana de los ojos, también eligen, esta vez sin diminutivo, una imagen frutal para designar a las pupilas. 

Notemos por otra parte el significado de testículos: los testigos -los pequeños testigos de la virilidad. Según la costumbre romana, los testigos debían jurar con la mano sobre los testículos -razón por la cual las mujeres no podían dar testi-monio. Hay una curiosa familia de palabras que reúne términos tan interesantes como testículo y detestar -que significa originariamente denegar el carácter de testigo y/o heredero (de un testamento) a alguien, ya que des- o de- es un prefijo negativo (como lo vemos en des-astre, de-fenestrar, des-esperar). Puede decirse así sin incurrir en feminismo exagerado que, por el hecho de ser rechazadas como test-igos, las mujeres eran de-test-adas en el mundo romano. 

El sabor del saber 

Parecería que desear (de de-siderare) tiene una formación análoga a la de con-siderar, actividad del que va con las estrellas, es decir, las consulta al caminar o navegar o pensar -considerar el rumbo es acordar el timón al curso de las estrellas. El que de-sidera deja de ver su camino en las constelaciones. Al no estar en los astros, busco y echo de menos o constato la ausencia de aquello que deseo, dice el diccionario: el que desea es así aquel que experimenta una falta o ausencia. 

Del latín scio, scire, cortar, desmenuzar (en francés scie significa serrucho; recordemos scissors, tijeras en inglés) viene ciencia; de sapio (gusto) sabiduría y sapiencia. Saber se relaciona con sabor o sea, con gusto. El español subraya el placer o el gusto que podemos encontrar en el conocimiento. Mientras la ciencia fragmenta y analiza, la sabiduría se goza y complace con el sabor de las cosas. Saber, que desciende del indoeuropeo sap, latín sapere, significa tener sabor, tener gusto (saber a), tener discernimiento. Sápido es lo que tiene gusto, lo sabroso, insípido lo que no. Sap, la raíz indoeuropea, significa jugo de planta -acaso de la vid, porque sapa significaba vino cocido en latín. Recordemos asimismo sus descendientes savia en español, sève en francés; evidentemente, estaba también relacionada esta raíz con la experiencia gustativa. La energía de esta raíz es muy fuerte: sap significa hoy día jugo de fruta en holandés. El español, con su sabiduría, subraya o retiene el placer o el gusto que podemos encontrar en el conocimiento. 

Habría que comparar sabio con su equivalente inglés, wise, que proviene de una raíz *woid, *weid, *wi (el asterisco señala que se trata de formas indoeuropeas reconstruidas), relacionada con el griego oída, aspecto perfecto del verbo que significa ver, como video en latín. Wisdom se relaciona con ver; es la visión, la forma de ver que produce la sabiduría. Las lenguas asociadas con el latín conectan el saber y la sabiduría con el gusto, las germánicas con la visión. En general, las lenguas latinas demuestran preferencia por imágenes que están más cerca de la experiencia concreta: la vista es un sentido más intelectual y más pasible de abstracción que el gusto. 

La misma distinción entre una perspectiva más intelectual y otra más sensorial y sensible se ve también en la diferencia de hombre (de humus, barro) y man, que muchos estudios etimológicos correlacionan con mente. En hombre o en humano está patente el vínculo que nos une con la naturaleza; en man-mind, el que nos distingue como especie, separándonos de las otras especies animales. En El Laberinto de la Soledad, Octavio Paz 2 dice que el mejicano se siente oscuramente parte de un todo, mientras el estadounidense se encuentra arrojado a un universo que debe inventar. La etimología parece darle razón: entre la distinción de hombre y man discurre, precisamente, esa significativa diferencia.

En síntesis, la etimología es un camino de recuperación de memorias ancestrales de las que todos provenimos sin darnos por enterados, como aquel hombre que, según Pablo de Tarso, mira su rostro en un espejo para luego olvidarlo. Pero cuando advertimos que en la copla hay cópula y en el coito (co-itum) un haber ido juntos; cuando nos percatamos de que en la melancolía y en la cólera confluyen la bilis negra y la bilis roja (el kholos griego) y de que la raíz de orgía y de orgasmo es la misma que la de orgullo, una puerta se abre interiormente en nosotros que ya no podrá cerrarse más. Y lo mismo ocurrirá cuando sepamos que la libido confluye con el amor en alemán (Ich liebe dich: te amo; con razón decía Freud: "La libido es la energía que tiene que ver con todas aquellas pulsiones que se relacionan con el amor") pero también con nuestra libertad -porque el lenguaje mismo parecería ser quien nos está diciendo que el amor nos hace libres y la libertad nos hace amables. El lenguaje se vuelve entonces un espejo oracular en el que podemos reflejarnos indefinidamente y en donde siempre encontraremos, inagotables, nuevas respuestas y nuevos enigmas.


Notas

1 Particularmente interesante es la comparación de las raíces indoeuropeas con las semíticas, entre las cuales también podemos hallar correspondencias muy significativas.
2 "En el Valle de México el hombre se siente suspendido entre el cielo y la tierra y oscila entre poderes y fuerzas contrarias, ojos petrificados, bocas que devoran. La realidad, esto es, el mundo que nos rodea, tiene vida propia y no ha sido inventada, como en los Estados Unidos, por el hombre. (...) En ese país el hombre no se siente arrancado del centro de la creación ni suspendido entre fuerzas enemigas. El mundo ha sido construido por él y está hecho a su imagen: es su espejo. Está solo entre sus obras, perdido en un 'páramo de espejos'" (Octavio Paz, El Laberinto de la Soledad, p. 19, FCE, 1970).


La palabra amenazada (Cap. 7)
Buenos Aires, Libros del Zorzal, 2003