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23 ago. 2013

Isidoro Blaisten: La felicidad

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Todo comenzó cuando al petiso y a mí nos echaron de nuestras casas.
Ya habíamos agotado todas las posibilidades de conseguir un trabajo remunerativo y estable. Ya habíamos hecho seis sociedades distintas y todas habían fracasado. La última había sido un taller de fotocopias en una calle perdida donde no pasaba ni un alma. Cuando resolvimos ponernos de empleados, ya el germen del cansancio había madurado casi simultáneamente en nuestras esposas. De manera que nos perdieron la confianza y nosotros tuvimos que irnos. El petiso fue a parar a casa de la abuelita, y yo a la de una hermana.
Establecimos no vernos más. Quedarnos cada uno en su refugio y no intentar ninguna sociedad. Pero sucedió una cosa rara. Nos encontramos.
A los dos nos habían echado del empleo. El petiso perdió su puesto de gasista y yo el de fotógrafo. No porque fuéramos incompetentes, sino por exceso de celo. El petiso iba a una casa a colocar una estufa y al rato ya era amigo de la señora, y le arreglaba la luz, le hacía un plano para la decoración, le cambiaba los muebles y le desarmaba el lavarropas. Y claro, se le iba la tarde.
Yo, que siempre me caractericé por inventar cosas, empecé bien. Pero a los dos días, lo convencí al patrón de que sacando carnets no iba a ningún lado. La fortuna estaba en poner un solarium de invierno. Lo convencí de que comprando un gran terreno y recubriéndolo de una campana de vidrio, la gente podría tomar sol en pleno invierno. Pensé que el petiso podría calefaccionarlo, ubicando estratégicamente enormes estufas en el recinto. Solamente la venta de la coca cola y los panchitos nos amortizaría los gastos, sin contar las ganancias en concepto de entradas. La idea prendió. Tanto que el patrón comenzó a desinteresarse de la fotografía y hasta echaba a los clientes. Se volvió taciturno y se pasaba el día junto a la mesa de retoque, meditando. La esposa —cuándo no— comenzó a sospechar algo al ver que cada vez entraba menos plata, y una noche, antes de cerrar, se vino al estudio. Y me fui. No sé de qué hablaron. Al día siguiente estaba despedido.
Bueno. El asunto es que pasan tres días y me lo encuentro al petiso por Cabildo. Los dos en la misma situación. Gran alegrón, abrazos, alusiones al destino y a la magia. Le cuento lo del solarium de invierno y nos lamentamos de la falta de visión de alguna gente.
No queremos decirlo, pero los dos caminamos y pensamos lo mismo: una nueva sociedad. Al final yo no aguanto más y le enumero las nuevas ideas: un coche con puertas corredizas, un sistema nuevo de aire acondicionado que funciona con el sol, cuando hace calor enfría y cuando hace frío calienta, y muchas cosas más, pero desgraciadamente hace falta plata.
Seguimos caminando por Cabildo. Cada uno en silencio, cada uno con su visión interior distinta. Yo, con la visión de un castillo en Irlanda con una adolescente rubia, bella y tuberculosa, tocando el arpa para mí. El petiso, que tiene alma de actor, bailaba en el teatro más importante de París, con un traje a rayas y un rancho. Estaba la Reina de Inglaterra y las mujeres le tiraban flores.
Al llegar Juramento, yo vi algo en el suelo. Era una caja roja, chata y rectangular.
—Mirá eso —le dije al petiso, que en seguida corrió, la levantó y se la puso debajo del saco.
Por las dudas, cruzamos inmediatamente y dimos la vuelta a la manzana. Cuando retomamos Cabildo, analizamos gozosos el par de medias que habíamos encontrado. Eran unas medias negras, de esas que se estiran. Ninguno de los dos quiso quedarse con ellas. Resolvimos guardarlas como amuleto.
De pronto a mí se me ocurrió la idea: podríamos dedicarnos a buscar cosas. Nos miramos. Ya estaba decidido.
—Dejáme mirar el suelo a mí —le dije—, vos caminá al lado mío, mirando adelante para disimular.
En la primera cuadra no encontramos nada. En la segunda, tampoco. Entonces el petiso sugirió:
—Una cuadra cada uno. Una cuadra yo miro para abajo y vos para arriba; en la que viene vos mirás el suelo y yo cuido para no atropellar a la gente y que no nos pisen los coches.
Ese día no encontramos gran cosa. Apenas una moneda de cincuenta, una bombita de luz, quemada, dos ruleros y una escopeta de juguete aplastada por los coches y sucia de alquitrán. Pero la cosa pintaba.
Quedamos en encontrarnos al día siguiente a las nueve y media de la mañana, en Cabildo y Echeverría.
Y ese día nos fue mejor. Eran apenas las doce del mediodía y ya teníamos una birome con poco uso, un aro, cuatro monedas de diez, una caja de alfileres marca El Jeque, completamente intacta, una traba de corbata y una malla de reloj con el papel de celofán y todo.
En un café, pusimos todo sobre la mesa e hicimos el recuento.
1º: El cordón de la vereda es mucho más fructífero que el centro de la misma.
2º: Las esquinas y las paradas de colectivos son más proclives a las pérdidas que el centro de la cuadra.
3º: La hora cercana al mediodía es cuando la gente pierde más cosas.
Aún conservamos en un cofre de plata, junto con el par de medias, aquella amarillenta servilleta de papel. Aquella servilleta fue el punto de partida de toda la organización, de todo lo que vino después, de todo lo que somos, de nuestra felicidad o no. Esa tarde descansamos. El asunto pintaba y no era cuestión de tomar las cosas a lo soldado. Teníamos la experiencia de las seis sociedades: no quemar todos los cartuchos de entrada.
Al otro día, otra vez a las nueve, partimos del café. Esta vez habíamos establecido un horario completo: de 9 a 12 y de 15 a 19. Cada uno de nosotros había traído un bolso y ya al mediodía comenzamos a intuir que algo extraño se estaba dando en nuestras vidas.
Durante el almuerzo, no quisimos alegrarnos mucho ni hablar mucho para no convocar a los malos espíritus, pero por dentro estábamos incendiados. Entre otras cosas sin valor, el petiso había encontrado una Parker 51 con capuchón de oro, y yo, un anillo de oro, de pibe, con las iniciales R. J. El oro comenzaba a rondar nuestro destino.
A la tarde resolvimos introducir una variante: nos separaríamos.
Caminar varias cuadras con la cabeza gacha, mirando el suelo, no es fácil yendo solo, sin acompañante que mire hacia arriba. Primero, por los árboles: en el ardor de la búsqueda, uno puede romperse la cabeza. Después, por los chicos, sobre todo las nenas; uno las puede atropellar y al querer evitarlas o al tomarlas de los hombros, es muy probable que alguna vieja grite: “¡Degenerado!” o “¡Vení para acá, nena!” o que se junte la gente y se arme un escándalo. Pero en ese momento resolvimos separarnos. Porque también la confianza o la inexperiencia nos había hecho sobrevalorar el instinto que permite evitar el obstáculo cuando se camina mirando para abajo.
Y nos fue bien. Yo tomé por Cabildo y el petiso por Ciudad de la Paz. Cuando llegábamos a las esquinas, el que había llegado primero esperaba al otro, y nos saludábamos con la mano, a una cuadra de distancia. Esto a primera vista puede parecer infantil. Pero no es así. El elemento psicológico es fundamental en esta profesión.
La búsqueda separados duplicaba nuestras posibilidades; al finalizar nuestra jornada, el balance de la tarde, desechando las figuritas, los peines, los billetes de lotería dudosos, una edición con tapas marrones de Naná en húngaro (que no supimos dónde ubicar), consistía en: un cortaplumas con mango de nácar, un par de anteojos sin estuche, un llavero con tres llaves, dos dijes de oro, un monedero con setecientos veinticinco pesos, un pañuelo y una moneda agujereada, un manual del alumno de cuarto grado, casi nuevo, y un pebetero de cobre envuelto para regalo.
No cabía duda. Nuestro entusiasmo era hermoso. Al día siguiente los dos, sin planear nada, llegamos vestidos con nuestros trajes de pedir empleo.
Ya había que pensar en un depósito. Decidimos que lo mejor era la casa de la abuelita del petiso, que se había entusiasmado mucho con la nueva sociedad y nos facilitó un arcón. Pasados los primeros días de euforia, se nos presentó con claridad un problema madre: qué hacer con las cosas. De nuestra magra platita de los sueldos, ya no quedaba casi nada; de manera que al principio optamos por lo más fácil: el Banco de Préstamos, la calle Libertad, los ropavejeros, los anticuarios.
Por consejo de la abuelita del petiso, destinamos parte del dinero para comprar dólares, y los volvimos a poner a interés en otra compañía para no casarnos con nadie. Y así fue como pudimos comprarnos el negocio. Pero eso vino después, cuando reajustamos la organización, dividimos la ciudad en siete zonas, y tomamos empleados. Al negocio le pusimos de nombre La Felicidad, pero como digo, eso vino después, cuando hicimos publicidad, cuando evadíamos réditos. Más adelante ya no nos hizo falta. Pero cómo no recordar con orgullo y emoción nuestra radionovela de las once, el concurso de los diarios, los famosos bailables Sea usted también feliz.
Un día, la abuelita del petiso fue a comprar tisana purgolaxante a la farmacia y al pasar por el kiosco de al lado vio una moneda de cinco pesos en el mármol del umbral, debajo del exhibidor. No la levantó (la pobre no puede agacharse) pero llegó a su casa con los ojos resplandecientes. Casi no podía hablar. Nosotros en ese momento estábamos dividiendo en zonas el plano de la ciudad, y cuando nos contó lo que había visto, el petiso y yo nos miramos en silencio. Se abría un nuevo filón.
Lógicamente, lo pensamos mucho. La experiencia nos había enseñado que nunca se debe abandonar una tarea para superponer otra. Una investigación de mercado por los umbrales de los kioscos nos confirmó que la inversión valía la pena. Pero levantar algo de abajo del exhibidor de un kiosco no es lo mismo que levantarlo de la vereda. El trabajo es más riesgoso. Había que inclinarse en ángulo y corríamos el albur de que el kiosquero nos viera al agacharnos. De manera que cubrimos la vacante con mi sobrino. El chico tenía once años, era muy despierto y estaba en vacaciones. Mi hermana no cabía en sí de alegría. Raulito comenzó ganado veinticinco pesos, seis horas de trabajo, pago de café con leche y participación del dos por ciento en las utilidades. Su trabajo consistía en atarse los cordones de los zapatos frente a los kioscos, comprar piedritas de encendedor y preguntar precios.
Raulito fue el iniciador de la subempresa de los kioscos.
De manera que dividimos la ciudad en siete zonas y vislumbramos nuevas perspectivas en el trabajo. En Santa Fe y Mansilla abrimos el negocio con dos empleadas. La Felicidad comenzó como un mercado de las pulgas o una tienda de anticuario. Pero introdujimos una variante que nos llevó al éxito: la confección de fichas. Para ello contratamos a una asistente social que les preguntaba a los clientes que miraban: “¿Qué la haría feliz, señora?” La señora respondía: “Una lámpara antigua con un tubo de opalina azul”. Entonces la asistente social anotaba todos los datos en la ficha y cuando se encontraba lo que el cliente necesitaba para ser feliz, se le avisaba.
Con respecto a cámaras fotográficas, filmadoras y trípodes, fue muy fructífera la subempresa Trenes urbanos, a cuyo frente operaba un amigo de Raulito, que demostró gran capacidad en bastones, paraguas, pilotos, libros y paquetes varios.
Bueno, la cuestión es que, cuando la gente veía que La Felicidad se ocupaba de ella, que le avisaba y le ofrecía a un precio muy módico eso que colmaba sus deseos, se ponía muy contenta.
Pero fue acá donde sufrimos nuestra primera decepción anímica. Nadie se conformaba. Todos venían a pedir más cosas y la asistente social volvía a anotar nuevos pedidos en la misma ficha muchas veces. Ganamos cualquier cantidad de plata, pero el petiso me decía, y tenía razón:
—Mirá cómo es la gente. Vos te hubieras conformado con el solarium de invierno y yo con la empresa de gas. Pero éstos, no. Tienen de todo y cada vez piden más cosas.
La felicidad tenía esas cosas.
Pero fueron tantas las posibilidades, que hicimos publicidad en gran escala. Hicimos la radionovela de las once, el concurso de los diarios, y los famosos bailables Sea usted también feliz. Evadíamos réditos, y nos cansamos de ganar plata.
Todos nos compramos casas. Y a nuestro gusto. Yo remocé una vieja casona en Belgrano, con parque, pileta de natación, patio andaluz y gabinete de ideas (una amplia habitación forrada de corcho y con todo el confort moderno, que usaba para pensar). El petiso, una gran casa de tres pisos en Villa Luro, el último piso dedicado íntegramente a taller. La abuelita, una casita en Villa Urquiza, con una parcelita de tierra al fondo, para plantar yuyos, y un pequeño laboratorio para fabricar tisanas, y mi hermana, un cómodo departamento en Córdoba al cinco mil quinientos. Todos tenemos coches.
Y esto fue lo que pasó. El petiso y yo cambiamos de mujeres todos los meses, y las llenamos de hijos naturales que continúan nuestra empresa.
¿Pero, fuimos acaso más felices? No lo sé. Nuestras esposas vinieron a buscarnos con todos nuestros hijos, y lo que sí sé es que ellas no fueron felices. Las dos se habían vuelto a casar. La mía, con un farmacéutico; la del petiso, con el gerente del Banco Nación, sucursal villa Adelina, y las dos volvieron al cabo de dos años. Pero nosotros las desdeñamos. En aquel momento no me expliqué por qué venían a nosotros. Tenían todo lo que les faltaba cuando eran nuestras mujeres, sin embargo, volvían a buscarnos, y con prepotencia todavía: esgrimían los hijos.
Otra mujer me aclaró el panorama, pero ya era demasiado tarde: pese a que no les faltaba nada, nos extrañaban. No podían vivir sin nosotros.
Mi mujer extrañaba que yo no la despertase a las cuatro de la mañana para contarle una idea que nos haría ricos; la mujer del petiso extrañaba el lavarropas a pedal que le había construido. Extrañaban nuestras sociedades, el misterio de los nuevos empleos, el hecho de que al enchufar la plancha no se prendiesen todas las luces de la casa. Quizás extrañasen nuestra alegría.
Pero nosotros las desdeñamos. Ya tenemos muchos hijos naturales y pensamos seguir teniendo muchos más. Les ofrecimos dinero, pero no aceptaron.
De cualquier forma, el negocio de La Felicidad marcha solo, sobre rieles. Y ahora caminamos por la calle sin necesidad de mirar al suelo.



En Dublín al Sur
Buenos Aires, Emecé, 2001
Foto original color © Pilar Bustelo

8 abr. 2009

Isidoro Blaisten - Las cosas que nunca nadie me explicó

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Esta historia de las cosas que nunca nadie me explicó empieza en la escuela primaria cuando cantábamos a coro “Feguasoma ya sus rayos iluminan el histórico convento...” Cantábamos con ge, cantábamos con efe, cantábamos todo junto “Feguasoma”. Lo de Febo asoma fue una revelación posterior cuando ya la magia estaba rota. Pero por esa época yo como tantos, como todos, confundía abeja con oveja y me imaginaba el panal de miel pegoteado de vellones de lana. Yo, como todos, vivía sumido en hondas cavilaciones mustias, atormentado por graves interrogantes. Por ejemplo: me paraba frente a las vidrieras que tenían la inscripción “Blanco y Mantelería”, pero los manteles no eran blancos, eran de colores y a cuadros. Entendía que toda mi vida estaba marcada por una angustia permanente.
En un reciente y único viaje a Israel, llegué a averiguar que el extinto David Ben Gurion se denomina en hebreo Duvet Ben Gurion. Fue todo lo que llegué a comprobar. También en Israel averigüé por aproximación lo de “Menaje”. Beguin se llama Menajem, pero no me aclaró lo de menaje, sin la eme final. Por que a mí me tenía obsesionado lo de “bazar y menaje”. ¿Qué era el menaje? Aún hoy, después de algunas cosas en la vida, no lo sé. Como no sé tampoco por qué nunca vi bonetes en las boneterías ni marroquíes en las marroquinerías.
La posibilidad traslaticia de las vainillas, por ejemplo, me dejaba más frustrado que perplejo. Yo, cuando me portaba bien y me daban los veinte centavos, solía ir a tomar una leche fría con crema y vainillas. Era todo un rito, un ritual. Los altos taburetes, la mesada de mármol, las paredes de azulejos, el afiche en la pared de la vaca que sonreía, todo el encanto y la limpieza de la red de lecherías de La Vascongada. Últimamente descubrí que los Países Vascongados se refieren a los vascos, a los separatistas, y no al Vascolet.
Pero todavía sigo hurgando en mi desconsuelo y en mi memoria sin poder encontrar aquellas vidrieritas misteriosas, aquellos escaparates con hilos, con aquellas muestras de telas perforadas: las vainillas. Porque las otras vainillas, esas chauchitas negras y arrugadas que mi hermana Paulina me mandaba a comprar para hacer el dulce de leche, eran otra cosa. Tenían un aroma de gloria, un olor de mujer y un gusto de ausencia. Esas vainillas había que ir a comprarlas a Al Gran Visir. En el cartelón del frente estaba escrito Cafés y Tés Al Gran Visir, y estampado en oro y escarlata, pintado como un santo en la vidriera, un turco gordito, de chaleco y babuchas, fumando un nargilé, luciendo su turbante, sonreía.
Nunca pude entender eso de “el Al”. ¿Por qué no El Gran Visir y porqué sí Al Gran Visir? Esto de “el Al” tampoco lo pude resolver en Israel. Y así como, cuarenta años atrás, me quedaba parado frente a la vidriera de Al Gran Visir, tratando de resolver el problema de “el Al”, así me quedé parado en Jerusalén mirando la vidriera de El-Al, la compañía de aviación de Israel, pensando en los curiosos caminos del Señor en su infinito designio.
Pero en aquellos años todos los chicos estaban enfermos de tos convulsa y las madres metían a los hermanitos en la misma cama para “que se contagien” y así poder atenderlos a todos juntos. La tos convulsa me fascinaba. ¿Qué era la vulsa? La tos convulsa era, para mí, tos con otra cosa. Una cosa llamada “vulsa”. Una cosa revulsiva como un vacuolo, que iba pegada a la tos como una sombra.
Nosotros, los chuscos del barrio, los procaces muchachones, solíamos decir tilinguerías, chascarrillos referidos al mundo del cine. Solíamos decir, por ejemplo “Macarrone” en lugar de Mickey Rooney, “Jugo del barril”, en lugar de Hugo del Carril, y “Tirame del pulóver” en lugar de Tyrone Power. Creo que ahí descubrí la literatura, el lenguaje y sus acechanzas, la ambigüedad y coherencia de la lengua. Mi madre, mis cinco hermanas y la tía Fermina se estaban riendo de alguien a quien el saco le había quedado corto como una torera, como una torerita. A Tyrone Power, que lucía la torera, la torerita, había que tirarle del pulóver.
Cuarenta años atrás había descubierto que era mucho más lindo ver marroquíes en la marroquinería que carteras de cocodrilo, que era mucho más lindo ver zíngaros en la zingería que pedazos de hojalata en las vidrieras, y que no importaba el verdadero significado de la palabra torera, el verdadero significado de la verdad, porque la literatura es eso, la más hermosa de todas las mentiras.
Creo que me he hecho escritor gracias a las cosas que nunca nadie me explicó. Siendo adolescente, por ejemplo, comenzaron a llamarme la atención algunos refranes. Yo oía a la gente decir: “Aprovechá gaviota, que no te verás en otra”. Y pensaba: “Qué tiene que aprovechar la gaviota”. He mirado gaviotas en varios lugares del mundo, las observé detenidamente. Nunca encontré una gaviota aprovechadora.
Otro refrán era: “A lo hecho, pecho”. La verdad, nunca lo entendí. Tejí historias lujuriosas; fue lo máximo que alcancé a tejer. Pero el refrán que más me desconcertaba era el siguiente: “Al freír será el reír”. Había visto a mi madre freír buñuelos y torrejas, croquetas y albondiguillas. Nunca se reía. La tía Fermina también freía, pero nunca la sorprendí riéndose. En cambio, las dos se reían de la torera. Este refrán, “Al freír será el reíar”, me sigue persiguiendo. Primero, qué es lo que freía el que se reía. Segundo, de qué se reía. Sólo pude imaginar la siguiente escena: un cocinero sardónico con una sartén en la mano y alguien muy puro que pregunta: “¿De qué te reís?”, y el cocinero sardónico que contesta: “De lo que estoy friendo”. No sé por qué estos refranes me hicieron recordar siempre a las novelas del realismo socialista.
Otro refrán torturante era “Nobleza obliga”. ¿A qué, a quién, obligaba la nobleza? Por aquel entonces, nosotros fumábamos a escondidas los cigarrilos Caravanas, fabricados por la Compañía Nobleza de Tabacos. La propaganda era: “Y no se quede con las ganas. Fúmese un Caravanas.” Entonces yo juntaba la Compañía Nobleza que obligaba, juntaba el tango “Tomo y obligo”, y obtenía una nobleza viciosa que bebía y fumaba y que nunca me aclaró el refrán. Siempre supuse que las propagandas eran medio sádicas por aquella época. La de los cigarrillos 43 propendía a una legión de mutilados. Decía: “Hasta quemarme los dedos. Siendo un 43”.Así transcurrió mi adolescencia.
Más tarde, en la ardorosa juventud, las cosas que nunca nadie me explicó en vez de metafóricas se volvieron metonímicas. Entonces, Mario Benedetti, Juan Carlos Onetti y Antonio di Benedetto fueron para mí una sola persona. Y el doctor Johnson, las curitas Johnson y las técnicas sexuales de Masters y Johnson se juntaron en un solo haz. Y Jardiel Poncela, Camilo José Cela y Arturo Cancela fueron para mí una única y sola persona, un escritor triple, una santísima trinidad. Después avancé: confundía de a dos: André Malraux y Francois Mauriac. Esta cuestión especular también venía de lejos, de cuando yo era chico y oía deambular a mis cinco hermanas entre los altos cortinados de macramé con angelotes y rosetas cuadriculadas. Una tarde, mientras yo caminaba por los rincones tratando de desentrañar la diferencia entre el carbuncio y la peste bubónica, sorprendí un retazo de conversación: “Lleva una doble vida”. Ahí entendí. La vida es doble. La dialéctica era eso. Hegel era una humorada del destino y yo había descubierto qué hay detrás del espejo. Detrás del espejo hay otro espejo que nos devuelve la imagen del espejo que estamos mirando. Ahí comprendí porqué en la lata de café de Al Gran Visir hay un visir sentado que a su vez tiene un visir sentado que a su vez tiene una lata con el mismo visir sentado que a su vez tiene una lata con el mismo visir sentado y así hasta el infinito, y entonces lo descubrí todo. Descubrí el gato en la sartén. El envase de Puloil, el infinito universo, las cosas que no sucederán, el Aleph en la cocina de mi madre y aprendí a acariciar detalles.
“En literatura hay que acariciar los detalles”, dice Nabokov. Pero esto yo ya lo sabía. Lo que no sabía era lo que había dicho Lenin, Lenin había dicho: “Las grandes cosas se hacen de pequeños detalles”. Lo curioso es que Nabokov es echado de Rusia por la revolución de Lenin. Lo curioso es que Lenin había dicho en política lo mismo que Nabokov había dicho en literatura. La teoría del espejo se cumple y se resuelve y entonces confabula y configura una de las formas más aviesas de la literatura: el hecho poético.
Uno puede lograr todo en la vida, pero si uno llega a explicarse las cosas que nunca nadie le explicó, está perdido. Veamos un ejemplo: en mi infancia yo nunca logré saber qué era el cisne de Avon. Yo buscaba un cisne en los cuadernos Avon pero sólo encontraba una espiral de alambre en la tapa. En cambio, había un cisne majestuoso en la tapita de la Indian Tonic Cunnington. ¿Qué hacía allí? Después había una cosa peluda que usaban mis hermanas para ponerse el colorete y a la cual llamaban “cisne”; nunca entendí nada. Sin embargo, aunque yo no haya escuchado el canto del cisne, entendía, entendí y entenderé, todos entenderán eso de “viejo muere el cisne”. Entenderán, aunque nunca lo hayan visto, aunque el cisne nunca cante, por qué canta hasta morir. Simplemente porque eso es la literatura.
Ciertas tardes, todavía, suelo escuchar la música de un mundo que ya no está: escucho la corneta del manisero, el triángulo del vendedor de barquillos, la hermosa y permanente música de la siringa del afilador; de esa época recuerdo la mano de mi madre y mis ojos a la altura exacta de su mano, a la altura exacta de las mesas de saldos de Al Encaje de Bruselas. El sonido irreal del dril y del percal, el tisú y la percalina. Nunca entendí estas palabras, pero las sigo escuchando como la música de la siringa. Y siempre voy a recordar el gesto impecable del vendedor formando la cascada impecable del casimir sobre los mostradores y voy a pensar en el fil-a-fil y el afilador. Y aunque nadie me haya explicado por qué Aída era celeste en “Celeste Aída”, aunque no haya podido averiguar todavía qué contrabandeaban los contrabandistas de Carmen, aunque ignore por qué no llovía en toda la lata de Terrabussi, la nena seguirá bajo el paraguas y la muselina del tarlatán que compraba mi mamá seguirá sonándome en el oído como el sable del sarraceno, los brahamanes de la India, la cimitarra de Sandokán. En definitiva, no quiero que me expliquen las cosas que nunca nadie me explicó. Porque las cosas que quedaron ahí, en la lejanía del moño de Carlos Gardel y de las medias Morley son para mí la literatura. Prefiero no saber de qué trabajaba el hortelano de “El perro del hortelano”; prefiero pensar como pensaba hace cuarenta años que algo espurio debe de haber en aquella palabra. Prefiero seguir contemplando la ambigüedad de aquel perro chiquito ladrándole a una victrola enorme de la RCA Víctor. El que ladraba era un perro, pero la leyenda decía: “La voz del amo”.
Yo, ahora que ya soy grande, ahora que ya no hay madre, pienso que escribir es eso: tratar de volver a aquella casa, con Sandokán, Gaboto, el mapamundi, junto a las cosas que nadie me explicó, para ver si regresa la fragata desde aquel mapa antiguo.

14 mar. 2009

Isidoro Blaisten - La puntualidad es la cortesía de los reyes

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A las 12 y 45 se va a matar. Son ahora exactamente las 10 y 36 de la noche. De manera que faltan dos horas y 9 minutos.


A las 12 y 39 se va a arrodillar al lado de la biblioteca y del estante de abajo va a sacar la caja de la Luger. La caja de la Luger es de caoba, con dos precintos rebatibles que se abren haciendo presión. Los va a soltar, va a levantar la tapa y antes de poner la mano abierta por debajo de la empuñadura, antes de apretar el acanalado de fieltro, va a acariciar con la yema de los dedos, como un ciego, toda la superficie de acero empavonado. "Una maravilla, una belleza, una joya mecánica". Inmediatamente va a tener una visión: se ve hablando otra vez de la Luger, contando la historia que cuenta siempre y que ya no va a volver a contar. "Una maravilla, una belleza, una joya mecánica. Fijate vos qué bien hecha estará que desde la guerra del catorce no le cambian el diseño. No, mucho antes todavía. La inventaron por... Calculá que yo vi una foto del modelo de 1896. Ahora ¿sabés que el que la inventó primero no fue Luger no?. No, fue Bochar, o Bochart, nunca me sale el nombre". Con la diferencia de que esta vez no habrá nadie para decir: "Mirá vos, yo que creía que", nadie para preguntarle: "Pero entonces ¿por qué se llama Luger?", nadie para que él pueda responder: "Se llama Luger porque la inventó el ingeniero Luger, George Luger, el inventor de la Parabellum. ¿Y sabés por qué se llama Parabellum? Porque Parabellum quiere decir en latín: para la guerra, para lo bélico, para la beligerancia. Sí, sí, podrá ser en latín germánico. Pero lo interesante del caso es esto, fijate: dos inventores que no se conocen, uno en Alemania, otro en los Estados Unidos, inventan lo mismo, el mismo año, con el mismo diseño, ¿qué me decís? ¿Y sabés quién fue Bochar? El inventor del Sharp 44. ¿Y sabés lo que es el Sharp 44? Es el fusil que usaba el coronel William Cody, Buffalo Bill. Un fusil de retroceso. Parecía un cañón. Lo apoyabas mal y te quedabas sin hombro. ¿Y qué te parece? Para matar búfalos era. Un genio de la mecánica el Bochar este. Además tenés que ver la cantidad de máquinas que inventó: mirá, inventó una máquina que lubricaba balas de plomo, una máquina para envolver balas en papel, otra para enderezar el alambre de acero, después quemadores de gas, rulemanes, un genio. Ahora, hay quien dice que Luger le copió el diseño a Bochar, pero yo no creo, porque... ". No va a haber nadie para que él pueda contar cómo fue que Luger y Bochar se conocen por fin en 1895, cómo después se enemistaron para siempre, cómo se vuelven a encontrar en 1900, en los Estados Unidos, cuando la Marina hace las pruebas para...

Nadie. Aunque por esta vez, ya sobre el filo de las 12 y 45 va a ver algo que nunca vio antes: va a estar con él, con uniforme caqui, con enormes antiparras como el mariscal Rommel, allá, en el Afrika Korps, emergiendo de la torre abierta del tanque insignia, llevando la mano hacia la funda de la Luger mientras los disparos de las bazucas atraviesan el cielo del desierto, a las 12 y 44 de la noche.

Pero todavía falta. Son ahora las 10 y 36 y apenas hace un minuto que María del Carmen bajó el último escalón y su nuca, mejor dicho el pelo de la nuca de María del Carmen, ha dejado de verse, y sólo quedó el resplandor del cartel de YPF y él acaba de cerrar el ventanuco y ha vuelto a la cama.

En la cama va a meditar siete minutos sobre si es mejor prepararse un mate o un mate cocido y se va a decidir por el mate cocido porque sería algo distinto, y en cambio, el mate ha quedado ahí, sobre la mesa baja, con la yerba oscurecida, frío, como una forma extraña y petrificada, y al pensar esto, esto de la forma extraña y petrificada, va a sentir un terror unánime, un miedo infantil. "No es propio de la hora", va a decirse, pensando que se le ha ocurrido algo muy irónico. Pero la verdad es que tiene miedo. "Esto se deja para las seis de la tarde", insiste, "cuando la humanidad agacha la cabeza, y empieza a oscurecer". Pero no, no le causa gracia, ni siquiera consigue sonreír y piensa: "Como los chicos, gracioso sin gracia", y va a la cocina y pone a calentar el agua exactamente a las 10 y 43 sintiendo el frío que se cuela por la banderola que da a la terracita.

Mientras prepara el mate cocido va a tener una sucesión de pensamientos inconexos. Son una serie de frases hechas: "Un solo día entero de paz", "la puntualidad es la cortesía de los reyes", "siempre llegando tarde a todas partes" y "atmósfera pesada". Habría que agregar "las catedrales no se reconstruyen", pero él no lo ha pensado y de cualquier forma la que importa es:"La puntualidad es la cortesía de los reyes".

Sacudiéndose el frío va a volver a meterse en la cama, pero antes va a dejar la taza en la mesa baja. Cuando mira el humo que sale de la taza como si saliera de la mesa porque ahora está al mismo nivel, porque recién se tapó hasta el mentón con la cobija y ahora está agarrándose los hombros, en una posición antigua, de feto, pensando:"Es una hora transitoria. Podría llamar por teléfono", siente que el miedo ha empezado a moverse.

Entonces, cuando son las 10 y 46, ya está vestido, parado junto al taburete del teléfono. Pero no va a llamar a Cristina. Va a mirar por todas partes tratando de recordar dónde habrá dejado la agenda aunque el número de Cristina lo sabe de memoria.

Ahora el miedo le va subiendo por la espalda.

A todo esto ya son las 11 menos 10. Lo sabe porque acaba de mirar el despertador, verde, ordinario, que cuando anda hace un ruido como si fuera La Porteña, "La Porteña en sus mejores épocas, María del Carmen, bien aceitadita, bien polenta, con el general Mitre arriba, saludando a los chantas con el chambergo y todos los opas mirando, diciendo: 'Mirá, mirá cómo anda'" y que anda porque María del Carmen lo pone en hora con el teléfono y le da cuerda y que está en el tercer estante de la biblioteca, pero no en la biblioteca donde está la Luger, en la otra, y el miedo ya está a la altura del hombro, y da la vuelta, y baja rápidamente convertido en una rata que huye perseguida por el decapitado que quiere quemarla con el fuego. "¿No estaré loco yo?" De ninguna manera. No está loco. Sólo que no sabe dónde dejó la agenda, no sabe para qué la busca, no sabe todavía que se va a matar.

Y hasta las 11 y 2 minutos el tiempo se le va a ir en esto: mirar por la ventana las hojas caídas en la terracita, volver a pensar dónde habrá dejado la agenda, llevar la taza de vuelta a la cocina, saludar militarmente a la máquina de escribir que está en la mesa, debajo de la ventana, apoyar la palma contra el intersticio del marco, meditar en cómo entra el frío y pensar seriamente en que debería hacer algo con las manos.

"Trabajo manual. Necesito trabajo manual". Acá va a recordar a su hermano Manuel, y ya el miedo ha bajado del todo y se aleja por el piso sucio hasta desaparecer por debajo de la biblioteca. Y al agacharse para ver cómo el miedo se va yendo, repara en que es verdad, que tiene razón María del Carmen, que es un buen parqué, necesitaría una buena encerada no más. "Cedro. Madera noble". Piensa que hace mucho tiempo estuvo limpio.

Está triste, parece. Para peor, debajo de la biblioteca, debajo del último estante donde está la caja con la Luger, ve algo blanco. Se arrodilla, estira la mano, y es una tiza. "De cuando la nena era chiquita, todavía. Bueno, bueno, vamos, estas cosas no, golpes bajos no, recursos facilongos no, bienes de consumo sí".

Pero la tiza, la tiza casi intacta y como envuelta, acolchada en una pelusa gris, era de aquel entonces, todavía, y a las 11 y 2 minutos, al sacudirse las rodilleras del pantalón, al soplar la tiza, al dejarla lentamente en el taburete donde está el teléfono, ya está definitivamente triste.

"Tendría que sonar el teléfono", piensa. Pero Cristina no va a llamar. Por más que él dé vueltas y vueltas alrededor del taburete.

Y entonces, al lado del teléfono, al lado de la tiza, ve que está la agenda. Ni siquiera la va a abrir. La va a tirar sobre la cama deshecha. "Como si fuera James Bond que llega a su suite privada del Waldorf Astoria y se va a dar una ducha caliente antes de encontrar una javanesa desnuda en el placard. Entonces James Bond saca todo de los bolsillos y lo tira sobre la cama porque va a cambiarse de traje", y cae la agenda entre la cobija y las sábanas revueltas, y él acaba de sentir el perfume de María del Carmen.

Ya son las 11 y 7 minutos. Tiene hambre. Meticulosamente va a buscar en todos los bolsillos. Ha encontrado tres monedas de cincuenta y las va a desparramar en el cenicero grande. "No puede ser", piensa y sigue buscando hasta que del bolsillo de adentro del gabán que está sobre la silla saca otra moneda de un peso. La pone cuidadosamente al lado de las otras. "Ah, ya me parecía que no podía ser. Dos cincuenta. Justo. Para viajar mañana".

En fin. Se está engañando. Primero, porque ya hace bastante tiempo que no tiene la menor idea de lo que va a hacer mañana; segundo, porque dentro de tres minutos el miedo va a empezar a acosarlo otra vez, y tercero, porque a las 12 y 45 se va a matar.

O sea: tiene tres minutos para darse cuenta de que el miedo le va a andar tocando la cara, para correr un poco la cobija y sentarse cerca de la agenda marrón que ni siquiera piensa abrir, a pesar de que recién pensó que quizás, abriéndola, el miedo se va a ir por donde ha venido.

Tampoco le sirve de nada que trate de ponerse contento porque descubrió los cigarrillos. Estaban debajo de los carbónicos, casi metidos entre la mesa y la máquina de escribir. El paquete ya abierto que deja siempre María del Carmen. María del Carmen siempre le deja cigarrillos, con dos o tres cigarrillos sacados previamente como si los hubiera sacado de él, como si él se hubiera dejado olvidado el atado en los lugares más insólitos.

A veces encuentra plata, también.

Y ya son las 11 y 12 minutos cuando recordó la nuca, mejor dicho el pelo de la nuca de María del Carmen desapareciendo tras el último escalón, cuando eran las 10 y 35, cuando sintió ganas de correrla por la escalera, correrla por la calle, alcanzarla antes de que tome el taxi, antes de cerrar el ventanuco, antes de ver por penúltima vez el cartel de YPF bamboleándose en el viento como un alerón caído, y que ahora ilumina (con su resplandor lívido) las hojas amontonadas en la terracita arrastrándose por los mosaicos, moviéndose con un crujido de papel y que él mira a través de la ventana un poco antes de meterse en el baño, sentir el frío que le viene desde los azulejos, mojarse un poco la nuca en la canilla de la bañadera, porque la de la pileta no funciona, la de la pileta está atada con piolines para que no pierda y el caño que baja está vendado como Tutankamón, cuyo sepulcro fue descubierto por Lord Carnavon en 1922, año en que el ingeniero Luger embarca para Bélgica mil pistolas sin la denominación original de fábrica, ya no decían "Parabellum", pero tenían esmaltado el escudo de la reina abajo de la empuñadura. ¿Te imaginás lo que era eso, no?, ¡una belleza!, y encima del vendaje la embadurnó con una pasta para calafatear botes, de apuro, una pegajosa pasta que no se secaba nunca, que tardó como cinco años en secarse, de cuando la nena era chiquita, todavía, pasaron más de diez minutos y ahora son casi las 11 y media, 11 y 25 con más precisión, porque cuando sale del baño, cuando empuja la puerta para que cierre bien y no entre el frío, ve el despertador de frente.

"Bien", dice en voz alta. Y después piensa:"Por qué será que cuando uno dice bien, siente que está roto por dentro". No obstante vuelve a decir: bien, pero ahora mirando a los costados, con picardía casi, como si alguien estuviese, aunque sin poder sonreír, porque ya el miedo le anda por la boca.

Pero, ahora que ha vuelto a recordarlo, tampoco hubiera podido correr detrás de María del Carmen: a esa hora estaba completamente desnudo. Piensa que sería lo único que faltaba para completarla: "Que los vecinos me vean correr completamente desnudo por la calle".

A continuación, y siendo ya las 12 menos cuarto, porque ha perdido veintiún minutos valiosos, como corresponde va a recordar a mamá. "¿A papá no?". "No. Ya te dije que no. No tengo ningún recuerdo. No me acuerdo de nada. Ya te lo dije más de mil veces". "Pero de tu mamá sí", insiste María del Carmen, "no puede ser que no te acuerdes nada de tu mamá". Ahora que el miedo se le ha instalado debajo de la lengua, siente la atmósfera pesada. "Atmósfera pesada", piensa, y mira la máquina de escribir llena de polvo, corre el sillón ministro, se sienta, se queda meditando, si va a apretar la letra o no no va a apretar la letra o. Y después de prender y apagar dos cigarrillos, da vuelta la moneda de un peso en el cenicero y cuando intenta decir en voz alta:"Voy a llamar yo", ve que lo único que ha conseguido es mover el miedo debajo de la lengua. Se levanta y va hasta el taburete del teléfono, se sacude concienzudamente el pantalón a la altura de las rodillas (aunque a las 12 y 39 va a ensuciárselas otra vez) y marca. Son las 11 y 58. "... Cincuenta y ocho minutos, cero segundo. Pip, pip, pip. Observatorio Naval del Ministerio de Marina. Veintitrés horas, cincuenta y ocho minutos, diez segundos. Pip, pip, pip". Y corta, pensando esto:"En general, María del Carmen, pensándolo con toda malicia, cuando uno tiene hambre, conviene pensar en un sorbete. Un sorbete de moras y tamarindo bañado al chocolate". "¿Estás loco, helados en invierno, a esta hora, con este frío, en este barrio?", diría María del Carmen. "Únicamente en el centro, mi querido. En general, los helados en invierno están reñidos con los bienes de consumo. Y además, mira a estribor: sólo tienes a estribor la heladería Faraón, donde yo suelo tomar el taxi, y no olvides que la heladería Faraón mantiene sus puertas cerradas cuando no sopla el simún, y los belfos de las bestias no se achicharran contra el viento del norte; no, mi querido, no". Y mira el despertador verde.
Las 12 de la noche. Abre el ventanuco. Ve cómo la luz de neón del cartel se gasta contra el frío, ve los plátanos en la perspectiva de los adoquines, ve subir la neblina húmeda entre las ramas peladas, y cuando cierra, por última vez, el ventanuco, en el despertador verde ve que son las 12 de la noche. "Siempre llegando tarde a todas partes", piensa, "la puntualidad es la cortesía de los reyes". Y vuelve a sentarse frente a la máquina de escribir. Son las 12 y 2 minutos y es como si recién descubriera que nunca tuvo funda. "La que nunca tuvo novio". Pero ya se dijo que no, que es inútil, que no va a poder sonreír. Lo único que puede hacer es sacar otro cigarrillo y pasarse casi dos minutos ablandándolo porque ahora los cigarrillos vienen una porquería y porque prácticamente se tira sobre el teléfono. "No", piensa, terminó. Y acá él tendría que agregar: "Las catedrales no se reconstruyen".

"Estoy seguro de que en la heladera hay dos fetas de salame y medio pancito". Porque él guardaba el pan en la heladera, decía que así se conserva mejor para mañana. Y mientras vuelve a meterse en la cama, vestido, con zapatos, pensando: "Mejor lo guardo para mañana", no sabe que se va a quedar dormido hasta las doce y treinta y ocho minutos, hora en que se va a levantar. Y caminando muy despacio es acá cuando comienza a arrodillarse junto a la biblioteca, a las doce y treinta y nueve, cuando va a sacar la Luger de la caja de caoba, va a acariciar la empuñadura, va a mirar la corredera donde tiene estampada la fecha de fabricación, que es de mil nueve cuarenta y dos, antes que la cambiaran por la Welther P-38, porque la Luger, ¿sabés cuántas operaciones de fresado lleva? Tiene quinientas operaciones de fresado. ¿Qué me decís? Toda una joya mecánica, pero ¿qué pasa? Muy lento, muy lento. Muy lento para época de guerra. Pero, así salió. Fijate vos: todavía las sigue fabricando la fábrica Mauser. ¿Y sabés cuál es el lema de la Luger? Toda una generación sin cambios. Desde mil nueve veintidós. ¡Qué mil nueve veintidós! ¡Mil novecientos cuatro! Cuando la usaron para la marina imperial, la marina de guerra alemana, nada menos.

Bien. ¿Por qué será que cuando uno dice "bien", uno siente que está roto por dentro? Bien, ha llegado la hora. Dentro de un minuto se va a matar y no habrá nadie. Nadie para preguntarle:"Pero che, ¿cómo es que sabés tanto de armas?". Nadie para decirle:"¡Pero che, yo pensaba que era más simple!".

Nadie. Hasta el miedo se ha ido definitivamente. Y mientras el mariscal Rommel lleva la mano hacia la funda de su Luger y los disparos de las bazucas atraviesan el cielo sobre los tanques, él siente la atmósfera pesada, piensa: "Atmósfera pesada", piensa: "Un solo día de paz", se dice "siempre llegaste tarde a todas partes", recuerda, como recuerda lo de las catedrales, "la puntualidad es la cortesía de los reyes", todo junto, a las doce y cuarenta y cuatro, hora en que falta un minuto para que empiece a sonreír por primera vez, hora en que mira las cachas de bakelita, la ranura donde va la culata adosada, va a levantar la uña que indica mediante la palabra geladen la recámara recargada, grabada en bajo relieve, incrustada en el acero, porque a las doce y cuarenta y cinco se va a matar. Él no lo sabe. Pero yo lo sé.



En Dublín al Sur (1980)

Cortesía: Escribirte

Fuente foto

13 mar. 2009

Isidoro Blaisten - Beatriz querida

4 comentarios :



Beatriz, Beatriz Elena, Beatriz Elena Viterbo, Beatriz querida,
Beatriz perdida para siempre, soy yo, soy Borges.
Jorge Luis Borges, El Aleph

Tengo que escribir un cuento. Me van a pagar trescientos veinticinco dólares. Tengo un mes para escribirlo, mejor dicho, treinta y cuatro días a partir de hoy, y tengo que respetar las leyes del juego. Las leyes del juego de la Editorial Siluetas en lo que respecta a su semanario Romance son las siguientes: sexo, poco y lo imprescindible; si hay adulterio, ella o él, según el caso, tienen que volver al redil. Final feliz. Nada de malas palabras, nada de conflictos sociales, nada.
Trescientos veinticinco dólares es una cifra. Es casi medio año de alquiler, es el sueldo anual de la señora que viene a limpiar la casa, es todo lo que puedo consumir de café durante el año.Hoy es veintinueve de agosto. Miro la máquina de escribir. Me levanto y miro por la ventana. Me vuelvo a sentar. No se me ocurre nada. Miro la biblioteca. Siempre hago lo mismo. Me levanto y voy hacia la biblioteca. Saco las Obras Completas de Borges. Voy dando vuelta las páginas, mientras pienso que en Siluetas no les gusta que cite a Borges. Me han dicho que es demasiado intelectual. Con el marcador rojo acabo de subrayar esto en la página 624: “Beatriz, Beatriz Elena, Beatriz Elena Viterbo, Beatriz querida, Beatriz perdida para siempre, soy yo, soy Borges”.
No sé por qué subrayo esto, pero la mujer se va a llamar así: Beatriz Elena Viterbo. Hasta aquí vamos bien. Ahora la historia. Para evitar conflictos de adulterio lo mejor es contar la historia de un hombre y una mujer que están solos. Perfecto. Ahora supongamos que el hombre ha tenido un extraño sueño. El cuento empieza así, el hombre ha soñado con algo y recién en el final del cuento el hombre va a saber el significado del sueño. No va a saber que Beatriz Elena Viterbo existe y que en treinta y tres días se va a cruzar con ella cuatro veces.
Me levanté. Fui hasta la ventana. Las dos sombras de las torres del edificio de los atlantes se veían apenas en el cielo nublado. Volví al escritorio. Puse a un lado el marcador rojo, corrí el señalador de seda, cerré el libro y me fui a dormir. Entonces tuve el sueño. Pero lo que yo no supe, lo que yo no sabía, era que en ese mismo momento Beatriz Elena Viterbo estaba dibujando el sueño que yo estaba soñando. En el sueño había cigüeñas. Muchas. Después iba a saber cuántas.
Había muchas cigüeñas con las alas plegadas destrozándose contra un muro de crisantemos inexistentes y una sola cigüeña con las alas desplegadas sumergida junto a unos lotos. Había una casa de pizarras antiguas. Una casa que después yo iba a conocer. La casa se incendiaba. Y el fuego que salía de dos de las tres ventanas con visillos de encaje, las cigüeñas, los lotos y los crisantemos eran un dibujo. Perfecto, cruel, luminoso. Hasta que soñé con los rectángulos. El cinco de octubre a las siete de la tarde iba a saber que en el dibujo había un hombre. Pero yo no lo había soñado.
Al día siguiente me senté a escribir. Eran las diez de la mañana. Mientras copiaba la frase de Borges,traté desesperadamente de recordar el sueño. Lo recordé todo. Menos los dos rectángulos que se superponían.
En ese mismo momento Beatriz Elena Viterbo dibujaba al hombre. El hombre que en el sueño yo no había soñado. El hombre estaba en un ángulo del dibujo, arriba, al costado de las cigüeñas. Estaba de espaldas y se perdía en una extraña calle, entre dos líneas de fuga, en una falsa perspectiva.
Con la espalda encorvada sobre la enorme mesa de sastre, el guardapolvo gris moteado de óleo imborrable y aureolas de trementina, Beatriz Elena Viterbo dibuja a la luz rasante de la lámpara. Haciendo girar el lápiz entre los dedos, recorre morosamente, minuciosamente, cada poro, cada espacio imperceptible del papel. De pronto en la espalda del hombre hay algo que no debe estar. Una puerta abierta por el viento, una puerta mal cerrada, el viento que se equivocó. Entonces, empecinados y dúctiles, los dedos de Beatriz Elena Viterbo aprietan el lápiz y el grafito va cubriendo la espalda del hombre y en la superficie blanca van surgiendo las zonas del negro, los grises espaciados, las luminosidades restallantes.
Mientras tanto yo escribo. Ya escribí la frase del comienzo, ya introduje la frase de Borges, ya conté la historia, ya conté el sueño, ya llegué al final de la hoja. Tengo que ponerle el título. Hago girar el carro de la máquina. Voy a ponerle el título antes del comienzo. Beatriz, no. Beatriz Elena Viterbo, no. Beatriz querida, sí.
Escribo Beatriz querida y ahora trato de recordar qué mujer que yo he conocido se llamaba Beatriz, sin saber que durante treinta y tres días me voy a encontrar cuatro veces con Beatriz Elena Viterbo. Y mientras Beatriz Elena Viterbo deja el lápiz sobre la enorme mesa de sastre, aparta el tablero, corre la silla hacia atrás y recorre con la vista cansada las paredes del taller, la reproducción de Modigliani, los trabajos enmarcados, dados vuelta, en el piso, apoyados contra la pared, el jarroncito de terracota donde están los lápices, yo la describo. La describo así: “Beatriz Elena Viterbo tenía las manos largas, los dedos largos, la mirada altiva. Tenía los ojos atentos y la pupila grande, de un azul definitivo. A veces cuando Beatriz Elena Viterbo apartaba el tablero se quedaba mirando por la ventara. Miraba la casa de enfrente. Es una casa extraña. El techo es de pizarras antiguas, en el tercer piso el ático permanece en la oscuridad. Se ven tres ventanas con visillos de encaje”.
De dos de esas tres ventanas ahora está saliendo el fuego. Beatriz Elena Viterbo ya ha vuelto a encender la lámpara, ha vuelto a apoyar el tablero sobre la enorme mesa de sastre y va velando con el lápiz la base de amarillo, cambia el lápiz y cubre de bermellón, después el escarlata, el carmesí hasta que de pronto estalla. El fuego se expande en el papel Ingres, mientras yo voy escribiendo, pensando en los rectángulos, esos dos rectángulos del sueño que ahora voy recordando. Los dos rectángulos que se tocaban y se alejaban, se superponían y se desplazaban.
Dos días después me crucé por primera vez con Beatriz Elena Viterbo. Fue el primero de septiembre. Yo había salido a caminar mientras la señora hacía la limpieza. Nunca pude trabajar mientras limpian la casa. Siento como si me estuvieran barriendo, como si me metieran en la bolsa de residuos y me dejaran en el quemador.Era antes del mediodía y yo pensaba si en Siluetas no me rechazarían el cuento. En la calle había sol. Ellos siempre me decían lo mismo: “Cuentos lineales. Nada de complicaciones. Piense en las lectoras”.
Caminé hasta Bolívar. Trescientos veinticinco dólares era una hermosa cifra. Doblé en Belgrano. “La lectora de Romance quiere cosas románticas, simples. Nada de intelectualizar. Ser directo.” Al llegar a Perú miré las dos torres del edificio de los atlantes. Doblé en Salta, seguí por Libertad y llegué a la plaza Lavalle. Crucé, di muchísimas vueltas alrededor de la fuente y después me senté en un banco, y pensando, me puse a mirar el magnolio. Y mientras pensaba, apareció Beatriz Elena Viterbo. Llevaba una especie de tapado o de impermeable gris y miraba hacia adelante. Apretado contra el impermeable, en la mano enguantada sostenía algo envuelto. Era un envoltorio chato, rectangular. Me levanté del banco. No la había visto. Caminé, crucé la calle y casi en la esquina de Libertad y Córdoba, en la puerta de la pinturería Leidi, estaba parada Beatriz Elena Viterbo. Pasé a su lado rozando casi su mano enguantada, pensando. Pensaba en lo que me iban a decir en Siluetas. “Nada de complicaciones. Una historia de amor, simple y que se entienda. Puede haber encuentros, desencuentros, pero en el final todo tiene que resolverse. Nada de intelectualizar la cosa.” Pensaba en la estructura del cuento, pensaba en los rectángulos del sueño: dos rectángulos tocándose y alejándose, el desencuentro; dos rectángulos que se superponen hasta formar un solo rectángulo podrían ser el encuentro como ese rectángulo envuelto en papel madera verde, sostenido por una mano enguantada que casi me había tocado. Beatriz Elena Viterbo cruzó y yo seguí caminando pensando que en el cuento iba a haber un hombre y una mujer que están por encontrarse, que se van a cruzar tres veces más, todavía.
Bastante después, volví a cruzarme con ella. Fue en la calle Florida, al seiscientos, el veintidós de septiembre. Yo salía de la librería Atlántida con un libro recién comprado. Suelo ser distraído y me había quedado parado, mirando el libro envuelto, pensando en un hombre solo que ya perdió la cuenta de los cuentos que escribió para la revista Romance de la prestigiosa Editorial Siluetas. Ese hombre solo era yo. Y además pensé que ya había perdido la cuenta de les seudónimos que usé, de las situaciones de encuentro y desencuentro que escribí. “Cada día se están volviendo más exigentes. O es que a lo mejor se me acabó la cuerda.” Miré el libro. “Es un rectángulo”, pensé cuando vi una mano enguantada de mujer que sostenía otro rectángulo. Era sábado, eran cerca de las once de la mañana. La calle Florida estaba llena de gente. La mano de la mujer sostenía un paquete flexible envuelto en un papel malva muy claro. Alrededor del paquete, que no tenía consistencia, vi el estampado de la tela de un vestido violeta cuando sentí que detrás de mí alguien gritaba mi nombre. En realidad gritaban mi apellido. Me di vuelta. Era el empleado de la librería Atlántida, el que me había vendido el libro. Y mientras Beatriz Elena Viterbo con treinta hojas de papel Ingres bajo el brazo se perdía entre la gente, yo sonreía al empleado que me sonreía, que me entregaba la boleta y el vuelto que me había olvidado en la caja.
La tercera vez fue en el Tortoni. La señora ya había limpiado el estudio y yo no tenía ningún pretexto para no escribir. Sin embargo, me puse a mirar por la ventana. Desde mi ventana, desde el tercer piso de la casa, se alcanza a ver el cielo. Se ve el cielo y yo, cada vez que me siento angustiado, miro por la ventana. Miro los altos minaretes que parecen de mezquita, las dos estilizadas torres del edificio de los atlantes que está en Perú y Belgrano. Son de un verde inconcebible, un verde de cobalto, de cobre oxidado, de intemperie. Son dos torres con algo muy curioso, porque mucho más raras que la forma bizantina, que las dos insólitas banderas de metal calado, que la filigrana de misterio, son las dos coronas. La corona de un rey y la corona de una reina que rematan en la punta de las dos torres.
Esa mañana, el veintinueve de septiembre, prácticamente al mes de haber empezado a escribir el cuento, yo miraba las torres contra el cielo. Pensaba en el rey, en la reina, en un hombre, en una mujer, en los dos rectángulos. ¿Cuántos cuentos había escrito con hombres y mujeres solos? De pronto sentí que algo me tocaba la memoria. Me aparté de la ventana. Le dije a la señora que enseguida volvía. Salí a la calle y no supe qué hacer. Doblé en Bolívar y seguí hasta Avenida de Mayo. Pensaba en mi teoría de los dos rectángulos. “No hay un solo hombre en el mundo, no hay una sola mujer en el mundo que alguna vez en su vida no haya pensado en encontrarse con alguien que cambiará su destino. Un encuentro en el cruce exacto de sus dos vidas.”
También pensé en Borges y en Beatriz Elena Viterbo, en los desesperados y en los que recuerdan. Y entré en el Tortoni. Beatriz Elena Viterbo estaba allí, acodada en una mesa de mármol, sola, de espaldas, el mentón apoyado en una mano enguantada. Después, bastante después, supe que se había quedado mirando fijamente el capitel de escayola en la columna pintada. Iba a tomar un café, pero tenía que terminar el cuento. La señora había terminado con el estudio, no tenía ningún pretexto. Me volví.
La cuarta vez fue la última. Tres días después, el dos de octubre, a la tarde. Me crucé con Beatriz Elena Viterbo en Viamonte al cuatrocientos, frente a la galería Nexo. Beatriz Elena Viterbo bajaba de un taxi. Dos dibujos enmarcados que manipulaba con dificultad la tapaban casi por completo. Yo venía por Reconquista. Vi la puerta abierta de un coche, vi la parte de atrás de los marcos, vi dos rectángulos que trataban de juntarse con la mano de una mujer. Una mano larga, fina y enguantada. Me corrí evitando la puerta del taxi. Después Beatriz Elena Viterbo entró en la galería Nexo cuando yo ya había pasado.
El tres de octubre el cuento estaba llegando al final y yo, poco a poco, iba comprendiendo. Dos rectángulos se van superponiendo hasta formar uno solo. Pero eso podía durar o no durar. Alguno de los dos rectángulos podía desplazarse hacia arriba, hacia abajo, hacia cualquier costado y ya está, se terminó. Comprendí que eso era lo que me había pasado siempre: no duró. Entonces dejé de escribir. Me levanté y miré por la ventana. Las dos torres parecían más lejanas. El cielo estaba húmedo, entrecruzado de cables, antenas y palomas y algo brumoso seguía detrás de las torres. Sentí dolor.
El cuatro de octubre el cuento estaba llegando al final. El final de un cuento es decisivo. La historia puede terminar o no. Ahora él puede encontrarse con una mujer inventada, sacada de un libro o no. Puede ser que ese nombre imaginado y esa mujer imaginada existan. La mujer ha dibujado el sueño que él soñó. En el dibujo hay un hombre de espaldas. Cuatro veces se ha cruzado el hombre con la mujer. Tres veces no vio más que rectángulos y una vez la vio de espaldas. Ahora no volverán a encontrarse. O sí.
Puse a calentar el café y el café se derramó. La señora se enoja conmigo por eso. Dice que tengo que tener más cuidado. Me sirvo un café retinto y lo llevo al estudio. Lo dejo al lado de la máquina de escribir. Tengo que encontrar el final. Vuelvo a mirar por la ventana.
El cinco de octubre a las seis de la tarde todavía no había encontrado el final. Suelo ser obsesivo, pero el final no salía.
Las seis de la tarde es una hora que siempre me perturbó. Quise hacer café, pero era inútil. Me puse el saco y salí. Caminé lentamente hasta Bolívar. Doblé por Belgrano. Llegué hasta Perú. Crucé la calle y me quedé mirando el edificio de los atlantes. Visto de abajo era una mole gris y los atlantes se venían encima. “Hay que alejarse para apreciar la perspectiva. Como todas las cosas”, pensé y di la vuelta. “Hay que volver a casa", me dije, “hay que encontrar el final”. Pero sin saber por qué, doblé en Bolívar, seguí de largo. Llegué hasta Defensa y giré la cabeza. Entonces sí pude ver las torres. Después doblé, caminando muy despacio, como sabiendo. Llegué hasta Reconquista, llegué hasta Viamonte y seguí hasta la galería Nexo. A través de los cristales, entre mujeres vestidas de largo, hombres que sonreían, mozos con bandejas, alcancé a ver cinco, mejor dicho seis dibujos enmarcados colgando de las paredes. Entré.
Me deslicé entre paredes atravesadas por ángeles y hojas de tabaco, un gentilhombre rodeado de gansos, tres variaciones de mascarones de proa en distintos mares, una mujer volando entre ropa tendida, una procesión de gatos y en la pared de enfrente lo vi. Vi catorce cigüeñas con las alas plegadas destrozándose contra un muro de crisantemos inexistentes, una sola cigüeña con las alas desplegadas sumergida junto a unos lotos y el fuego saliendo de dos de las tres ventanas con visillos de encaje y yo, de espaldas, con el traje gris, perdiéndome en una calle extraña, entre dos líneas de fuga, en una falsa perspectiva.

En Isidoro Blaisten , Carroza y reina
Buenos Aires, Emecé, 1986
.

3 mar. 2007

Isidoro Blaisten - Extrañas relaciones

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Conferencia inédita sobre los vínculos entre pintura y literatura, que leyó en 1999 en el Museo Nacional de Bellas Artes

Una anécdota divertida ilustra, creo que eficazmente, la extraña relación entre pintura y literatura. El pintor Whistler y Oscar Wilde eran amigos. Whistler era un hombre muy ingenioso y se cuenta que Wilde le copiaba todas las ingeniosidades. Una noche, durante una cena, Whistler dijo algo que a Wilde le pareció gracioso, original y lúcido. "Caramba -dijo Wilde-. Qué bien está eso. A mí nunca se me hubiera ocurrido." "Ya se le va a ocurrir -dijo Whistler-. Ya se le va a ocurrir."

En realidad, lo que Whistler quería decir es "Ya me lo vas a copiar, ya me lo vas a copiar".

Creo que Wilde no tenía necesidad de copiar a nadie y, en realidad, Wilde no se estaba apropiando de las ideas de un pintor. A lo sumo, se estaba apropiando de las ideas de un escritor. Porque Whistler además de pintor era escritor y había publicado un libro pleno de ironía titulado El gentil arte de hacerse de enemigos.

Tenemos aquí una primera aproximación tendenciosa. Tenemos a dos hombres que quizá se envidien. Whistler, quizás, en el fondo de su corazón, hubiera querido ser Wilde. Wilde, quizás, hubiera querido poder pintar como Whistler.

Esta es la primera relación que yo encuentro entre la pintura y la literatura. Una relación difícil, una necesidad latente que se convierte en atracción y en exclusión, constante y equidistante, en la justa mitad, justo entre dos envidias.

En el Tratado de la pintura, Leonardo da Vinci escribe: "La pittura è cosa mentale". Ahora bien, cuando leí esta sentencia de Leonardo quedé perplejo. Yo siempre había creído que sólo los procesos de la mente corresponden al intelecto. Siempre había pensado que sólo el pensamiento es atributo de la mente. ¿Cómo era posible entonces que algo que depende de la mano, que depende de la vista, pueda ser una cosa mental?

Más tarde leí, y no recuerdo quién lo dijo, que "saber dibujar es saber ver". Hoy, uniendo los dos conceptos, lo que se podría decir es que saber dibujar es saber ver con la mente, y que la pintura es una cosa mental que depende del sentido de la vista, de la visión.

Pero la visión va más allá de la vista. En la Biblia está escrito: "Donde no hay visión, el pueblo perecerá". Esta visión no se refiere sólo al espacio, sino al tiempo. Visión en el sentido de anticiparse, de entrever, de vislumbrar.

Podemos decir entonces que la pintura es una anticipación en el espacio. Un vislumbre de una historia que ya ha ocurrido pero que siempre está por ocurrir. Vemos Las meninas de Velázquez y ya intuimos la historia, pero si tenemos que contar esa historia veremos que la palabra es mucho más lenta. Por eso, se habla de la velocidad de la luz y no de la velocidad de la palabra. Por eso, los chinos dicen que un dibujo vale más que mil palabras. Pero lo que nadie dice es cuánto vale una palabra.

El espejo que corrige

No hay nada más rápido que la mirada. Pensemos cuánto tiempo nos lleva leer los siete tomos de En busca del tiempo perdido, pensemos en cuántas buenas exposiciones podemos ver en ese tiempo. Pensemos cuánto tiempo nos demanda la lectura y comprensión del Ulises de Joyce y comparemos cuánta buena pintura podemos ver en ese tiempo. De manera que podemos deducir correctamente que los tiempos de la pintura y de la literatura son distintos.

Sin embargo, Tolstoi, para acuñar una de las más célebres frases literarias, no emplea términos literarios, emplea términos pictóricos. Tolstoi dice: "Pinta tu aldea y pintarás el mundo". Este es un consejo para todos los escritores. Sin embargo, no dice: "Describe tu aldea y describirás el mundo". Usa el verbo pintar en el mismo sentido de la frase "una pintura de caracteres".

Y está bien que así sea, porque no es lo mismo "una pintura de caracteres" que una "descripción de caracteres".

No en vano Roberto Arlt titula sus notas diarias Aguafuertes porteñas. El título, tan transitado y copiado, es perfecto. Porque la técnica del aguafuerte (acquaforte) se basa en la revelación de una superficie cubierta, por medio de un punzón y el trabajo del ácido. Y así escribía Arlt: incisión sobre la realidad oculta, dejar la superficie al desnudo y exponerla a la acción del ácido.

El pintor, para ver los defectos de un cuadro, pone el cuadro frente a un espejo. Entonces ve la imagen invertida. Y esa imagen invertida es como una nueva mirada: destruye la costumbre de mirar lo acostumbrado y le muestra una imagen sin acostumbramiento, sin vicios de contemplación, y sin contemplaciones. Entonces, corrige.

El escritor no puede hacer esto y sólo le queda el tiempo, el paso del tiempo. En su Epístola a los Pisones, Horacio aconsejaba guardar nueve años los manuscritos antes de publicarlos. Y decía: "Condenad al poema que no esté corregido con escrupuloso detenimiento hasta lograr la perfección". Yo diría que el tiempo es el espejo que corrige.

Así como el pintor necesita "leer", "hacer una lectura" del cuadro, el escritor, muchas veces, necesita dibujar. Kafka dibujaba las situaciones; Borges, entre tigres y compadritos, dibujaba los personajes; Vladimir Maiacovsky, notable dibujante, esbozaba sus poemas mientras hacía los afiches de propaganda, antes de que el stalinismo lo llevara al suicidio.

Por otra parte, a veces, los pintores necesitan de las palabras. A veces la imagen no es suficiente para expresarse. Hay algo que Van Gogh no pudo pintar nunca, entonces escribe en una carta a su hermano Theo: "El molino ya no está, pero el viento sigue girando". Creo que esto tiene el mismo sentido de estos versos de Nazim Hikmet que dicen: "Ya no hay nada que hacer, mi Don Quijote,/ cuando se tiene el corazón bien puesto,/ hay que embestir nomás los molinos de viento ".

Vemos cómo dos artistas, un pintor y un poeta, necesitaron de la palabra para expresar la misma cosa. Es decir, es necesario embestir nomás los molinos de viento, porque, sencillamente, cuando el molino ya no esté, el viento seguirá girando.

En cambio, para José Hernández, los versos son pintura. Una permanencia perpetua basada en la estabilidad, inmune al tiempo. Dice Martín Fierro:

Lo que pinta este pincel
ni el tiempo lo ha de borrar.

Y además hace una defensa del talento, una reivindicación del oficio, y agrega:

No pinta quien tiene ganas,
sino quien sabe pintar.

Es curioso. Alguien que habla en verso, en décimas medidas y pulidas, no se refiere a la palabra para reivindicar un saber, como se dice ahora.

Se puede sospechar que la palabra sola no basta, la palabra es ambigua y peligrosa. En cambio, la pintura es certera. Martín Fierro no nos dice "lo que escribe este poeta/ ni el tiempo lo ha de borrar", habla en cambio de un pincel y de un pintor.

Pero así como hay veces que el escritor no encuentra la palabra y se queda inmóvil frente a la hoja en blanco, a veces el pintor no encuentra el motivo, no encuentra el tema. Una vieja leyenda nos cuenta de un monje tibetano que, sentado a la vera de un bosquecillo de bambú, rodeado de pájaros y crisantemos, en una tarde de brisa, se dispone a pintar. "¿Qué pintaré?", se pregunta. El bosquecillo de bambú no lo convence. ¿Los pájaros en el cielo? No lo convencen. ¿Los crisantemos mecidos por la brisa? No lo convencen.

Por fin, después de mucho meditar, se decide: "Ya sé", se dice a sí mismo. "Pintaré la brisa".

Pintar la brisa, que no se ve, con un pincel o con la palabra es el deseo final confeso o inconfeso de todo artista. Es detener la eternidad en un instante. Es tornar visible lo invisible, es ser la obra y su consecuencia. Heidegger define la poesía de la siguiente manera: dice que la poesía es la fundación del ser por la palabra. Ahora, mi humilde teoría consiste en lo siguiente: tanto la literatura como la pintura son poesía o no son nada. Tanto el pintor como el escritor son poetas o no son nada. La poesía y sólo la poesía los convertirá en artistas.

El monje tibetano que ha decidido pintar la brisa ha decidido pintar lo esencial. Todos hemos leído El principito. Todos recordaremos el diálogo entre el Principito y el Zorro:

-Adiós -dijo el zorro-. He aquí mi secreto. Es muy simple: no se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos.

-Lo esencial es invisible a los ojos -repitió el principito, a fin de acordarse.

Pues bien, creo que la función del verdadero arte consiste en hacer visible lo invisible. Es cierto, lo esencial es invisible a los ojos, pero el artista lo hará visible en la obra de arte. La sonrisa de la Gioconda es esencial, el cuadro que no se ve y que pinta Velázquez en Las meninas es esencial, los alargados cuellos de Modigliani son esenciales, el rostro del conde de Orgaz es esencial y es esencial la mirada oblicua del cardenal en el cuadro de Rafael, y es esencial esa banderita que está en nuestro Museo de Bellas Artes, que flamea encima del molino y que pintó Van Gogh. Si uno se acerca no se ven más que tres manchas de colores, pero si uno se aleja, ve flamear esa bandera. Ve lo esencial, ve lo invisible, simplemente, porque Van Gogh ha logrado pintar la brisa.

Explicaciones y distancias

Muchas veces se le pide a un artista que explique su obra. Se le pide con palabras que explique con palabras algo que ha sido hecho sin palabras.

San Agustín dijo: "Aquel que te creó sin ti no te puede salvar sin ti". Yo creo que todos somos una creación de Dios, pero Dios, que es sapientísimo, enterado, sabe que la salvación es también cosa nuestra. El artista no necesita de nosotros para crear una obra de arte, pero necesita de nosotros para apreciarla.

Marechal, en un poema del libro Odas para el hombre y la mujer, dice:

Pero nunca sabremos
lo que la rosa espera de nosotros
la rosa emancipada
de tu color y el mío.

Aquí Marechal tiene que acudir al color y nos dice que la rosa es autónoma, no sabemos si espera algo de nosotros y hasta se podría intuir que no le importa nada. La rosa, como toda obra de arte, es inconsciente.

Angelus Silesius escribe:

La rosa sin por qué
florece porque florece.

Y el pintor Whistler dice Art happens, "el arte sucede".

Cierta vez alguien le pidió a Picasso que explicara un cuadro. "Nadie le pide a un pájaro que explique por qué canta", contestó Picasso.

Y quizá lo menos explicativo del arte sea el dibujo. Quizás el dibujo sea a la plástica lo que el cuento a la literatura. De alguna manera, ambos vienen o dimanan de la poesía, son la decantación, la síntesis, e imponen la sugerencia, es decir, sugieren sin explicar, enseñan sin explicar, y todo cuentista envidia en ciertos dibujos ciertas cosas que hubiera querido poner en un cuento. Envidia la levedad incontrastable de la línea que asoma apenas y sin embargo permanece, la inquietud que esa permanencia provoca, esa sensación inocente y terrible. Es lo que producen la línea de Picasso y la de Leonardo, de Toulouse-Lautrec y de Ingres.

En estos dibujos hay siempre algo que está escondido, algo como una acechanza, algo que está por dar un salto, algo que no vemos porque ahí el dibujo se detiene.

Palabras en la noche

Para mí esta ausencia otorga un sentido, una extraña significación, una forma de mostrar, que crea una forma de mirar, una manera de ver. Eso es lo que tiene la obra de arte: impone en el que mira una manera de mirar, esa manera de mirar se convierte en una manera de ser.

Yo tenía un amigo, uno de esos filósofos de la noche, que una tarde me dijo: "Es mentira que el varón elige. La mujer elige al hombre que la va a elegir". Si esto es cierto, quizá la obra literaria elige al lector que la va a elegir. La obra pictórica elige al espectador que la va a admirar.

Y aquí viene esa extraña relación, esa diversidad de las formas que se necesitan y se complementan: pintores que escriben y escritores que pintan. Esa imagen y esa palabra que se duplican y se contraponen y que van de Miguel Angel a Leonardo, de Gauguin a Saint-Exupéry, de William Blake a Chesterton, de Kafka a Kipling, de Maiacovsky a Whistler, de Lewis Carroll a Hermann Hesse.

Aquí, nuestros grandes escritores han pintado y dibujado: Silvina Ocampo, Ricardo Güiraldes, Joaquín Gómez Bas, Ernesto Sabato, Miguel Briante.

Nosotros hemos aprendido a leer con la imagen. Muchas veces recordamos una historia y la recordamos junto con una ilustración. Recordamos a Alicia en el país de las maravillas y vemos los dibujos de John Tenniel. Recordamos a Oscar Wilde y vemos las ilustraciones de Aubrey Beardsley, recordamos a Don Quijote y vemos los grabados de Doré.

"Sólo le pido a mi verso que no me contradiga", escribió Borges. Y aunque a veces, como dijo Toulouse-Lautrec, "la obra del artista es superior al artista mismo", esencialmente ninguna pincelada contradice al pintor, ningún verso contradice al poeta.


Buenos Aires, La Nación
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