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12 jun. 2013

Susan Blackmore: Bichos raros

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Los humanos somos bichos raros. Sin lugar a dudas nuestros cuerpos han evolucionado por selección natural, de la misma forma que otros animales. Sin embargo existen grandes diferencias entre nosotros y otras criaturas del universo. Para empezar, tenemos capacidad de hablar y nos consideramos la especie más inteligente. Somos capaces de ganamos el sustento de mil maneras variopintas y nos encontramos distribuidos en todas partes. Debido a nuestra versatilidad declaramos guerras, tenemos creencias religiosas, enterramos a nuestros muertos y nos avergüenza la sexualidad. Consumimos televisión, conducimos automóviles y comemos helados. Hemos causado un impacto medioambiental tan fuerte en el ecosistema que, al parecer, nuestra propia capacidad de mantener vivo aquello que más necesitamos para existir está en peligro de extinción. Uno de los mayores inconvenientes del ser humano es la dificultad que supone contemplamos unos a otros sin prepucios.

Por una parte, somos animales sin lugar a dudas comparables a cualquier otro. Disponemos de pulmones, corazón y cerebro compuestos por células vivas; comemos, respiramos y nos reproducimos. La teoría de la evolución de Darwin de la selección natural puede explicar fácilmente cómo llegamos, junto con los demás seres del planeta, a ser lo que somos y a compartir tantas características. Por otra parte, también es cierto que nos comportamos de manera bastante distinta a otros animales. Puesto que en la actualidad la biología ha llegado a ser capaz de explicar con precisión nuestro parecido con otros seres, es preciso que empecemos a formularnos la pregunta opuesta. ¿Qué nos hace ser tan distintos? ¿Nuestra inteligencia superior?, ¿nuestro conocimiento?, ¿nuestro lenguaje?

Una respuesta muy corriente es la de alegar que sencillamente somos más inteligentes que el resto de las especies. No obstante, el concepto de inteligencia es muy relativo y existen innumerables argucias para definirla de una forma u otra, medirla, e incluso llegar a averiguar hasta qué punto es hereditaria. La investigación sobre inteligencia artificial (IA) ha llegado a algunas conclusiones que han sorprendido a quienes creían saber qué distinguía a la inteligencia humana.

Cuando la investigación sobre IA era aún incipiente, algunos expertos postulaban que de ser capaces de llegar a enseñar a un ordenador a jugar al ajedrez, habrían conseguido reproducir una de las modalidades más sofisticadas de inteligencia humana. Por aquellos tiempos era impensable que una máquina pudiese jugar una partida y menos aún ganar a un maestro ajedrecista. Sin embargo es raro que en la actualidad haya un hogar que no cuente con un programa de ajedrez más que aceptable introducido en su sistema informático. En 1997 el programa Deep Blue ganó al campeón mundial Garry Kasparov y de este modo se terminó la supremacía humana hasta entonces imbatida en esta modalidad.

Los ordenadores no juegan al ajedrez de la misma forma que los seres humanos, pero los éxitos obtenidos ponen de manifiesto que tenemos unas nociones muy equivocadas sobre lo que constituye la inteligencia. A todas luces, aquello que considerábamos como la capacidad más noble del ser humano, puede no ser así.

Lo contrario podría decirse de algunas actividades que tildamos de poco inteligentes, como limpiar la casa, cuidar el jardín o preparar una taza de té. Los investigadores de IA llevan años intentando fabricar robots que hagan estas tareas en sustitución de los humanos y, hasta la fecha, no lo han conseguido. El primer contratiempo que les enfrenta es la visión que se precisa para llevar a cabo dichos menesteres. Existe una anécdota, quizá apócrifa, sobre Marvin Minsky del Massachusetts Institute of Technology que en una ocasión pidió a sus alumnos que, como tarea estival, investigaran la problemática de la visión. Décadas más tarde, bien entrados en la era informática, el problema de la visión sigue siendo el mismo. Los humanos vemos con tanta naturalidad que no podemos imaginar la complejidad que significa estar provisto de este sentido. En cualquier caso, este tipo de inteligencia no es lo que nos distingue de los animales puesto que ellos también están dotados de visión.

Si la inteligencia no es capaz de damos una respuesta sencilla, quizá debamos recurrir al conocimiento consciente. Son muchos los que creen que la conciencia es un atributo particular de la persona y responsable de nuestra condición de humanos. Sin embargo los científicos tienen dificultades incluso para definir el término «conciencia». Si bien es cierto que cada cual conoce su propia conciencia, nadie sabe cómo compartirla, cómo desvelarla al prójimo. La subjetividad de la conciencia presenta un enorme dilema de definición y quizá sea por eso que durante la mayor parte de este siglo se ha evitado mentarla en todos los debates científicos. Por fortuna, este tema está en boga de nuevo a pesar de que científicos y filósofos no sepan ponerse de acuerdo para darle una definición de forma. Algunos apelan a una dificultad inconmensurable debido a su subjetividad, tan diferente de los dilemas propuestos por otros conceptos científicos y sugieren que debería intentar enfocarse la problemática desde un punto de vista totalmente nuevo si en verdad se desea hallar una solución; otros, por contra, están convencidos de que cuando se logre entender perfectamente el funcionamiento del cerebro humano y su conducta, la dificultad habrá desaparecido por completo.

Ciertas personas creen en la existencia del alma o de un espíritu que trasciende el cerebro físico y que explicaría la individualidad del ser humano. Con el declive de las creencias religiosas son cada vez menos las personas capaces de aceptar intelectualmente este punto de vista. Es curioso por lo tanto constatar que la mayoría de nosotros cree en la existencia de un diminuto «yo» consciente dentro de nuestro cerebro, un «yo» que contempla el mundo, toma decisiones, dirige acciones y se responsabiliza por ellas.

Como veremos más adelante, esto es un error. Al parecer, la actividad cerebral no precisa de la asistencia adicional de un «yo» mágico. Las distintas partes del cerebro llevan a cabo su cometido de forma independiente y son muchas las actividades que suceden simultáneamente. Por mucho que creamos que en nuestra mente existe un punto central por el que pasan las sensaciones y a partir del cual efectuamos nuestra toma de decisiones conscientemente, esto no es cierto porque dicho lugar no existe. A todas luces hay algo erróneo en nuestra forma de percibir conscientemente nuestro ser. A partir de esta confusión es imposible que podamos emitir certeramente juicios sobre la inconsciencia de los animales o sobre lo especiales que somos gracias a esa conciencia que nos distingue. ¿Qué es, pues, lo que nos distingue?


¿Qué nos distingue?

El postulado de esta obra sostiene que la capacidad de imitación es precisamente lo que nos distingue.

Se trata de una habilidad connatural en todos los humanos. ¿Lo hemos probado alguna vez? Sentémonos delante de un bebé y hagamos la prueba emitiendo gorgoritos como él o sonriéndole. ¿Qué sucederá? Lo más probable es que haga lo mismo y nos devuelva la sonrisa y a nosotros no nos ha costado un gran esfuerzo puesto que por medio de la imitación, el hecho de copiar al bebé ha sido muy fácil. Lo mismo sucede con la facultad de la vista. No pensamos en ello porque vemos sin casi darnos cuenta y ciertamente no nos jactamos de nuestra habilidad. Más adelante comprobaremos que se trata de un acto muy inteligente.

Sin duda alguna, los animales no actúan con tanta naturalidad. Situémonos ante nuestro gato o perro y hagámosle muecas, sonriámosle, etc. ¿Qué sucederá? Es posible que mueva la cola o que ronronee, pero podemos estar seguros de que no nos imitará. Se puede adiestrar a un gato, a un ratón, para que coman pulcramente de su plato siempre y cuando les recompensemos cada vez que lo hagan bien, pero nunca podremos enseñarles por el método pedagógico, como tampoco sabrá hacerlo otro gato o ratón. Después de largos años de investigación se ha llegado a concluir que es casi imposible que un animal aprenda por el método imitativo. (Volveremos a ello en el capítulo 4.) Es probable que creamos que una madre gata enseña a sus hijos a cazar, a atusarse el pelo o a abrir la trampilla de la puerta con sus demostraciones y que sus hijos la imitan, pero no es cierto. Los pájaros padres «adiestran» a volar a sus hijos porque les empujan a abandonar el nido y de esta forma les dan la oportunidad, y no por medio de sus esfuerzos demostrativos para que los polluelos les imiten.

Los propietarios de mascotas vivas adoran las anécdotas en las que intervienen animales que emulan la conducta de sus dueños. Leí en Internet que un gato había aprendido a vaciar el depósito del agua en el cuarto de baño y que enseñó a un congénere. Desde entonces ambos se entretienen con repetir la operación sentados sobre la tapa de la cisterna. Otra historia, quizá más fidedigna, la cuenta la psicóloga Diana Reiss de la Universidad Rutgers. Reiss investiga con un tipo de delfines que, al parecer, sabe imitar sonidos vocales, pitidos artificiales y algunas acciones simples (Bauer y Johnson, 1994; Reiss y McCowan, 1993). En su procedimiento de adiestramiento recompensaba con pescado a los delfines y también los castigaba con una «tregua». Si hacían algo mal, se alejaba de la orilla de la piscina y esperaba un minuto antes de regresar. En una ocasión cometió el error de echarle a un delfín un pedazo de pescado que todavía tenía espinas. El delfín le dio la espalda, se marchó hasta la orilla y aguardó durante un minuto.

Esta historia me emocionó y casi llegué a convencerme de que los delfines eran capaces de comprender y que disponían de inteligencia, de conciencia y de intencionalidad, igual que los humanos. Pero si ya es de por sí difícil definir todas estas cualidades, ni que decir tiene que asegurar que el delfín, en un impulso de reciprocidad, las incorporaba a su conducta, sería más que temerario. Lo que sí constatamos es que el delfín imitó a la doctora Reiss correctamente. Otorgamos tan poco crédito a la emulación que no nos percatamos de lo poco hábiles que son los animales para practicarla ni de la frecuencia con que los seres humanos llegamos a desplegar esta habilidad.

El factor más relevante quizá sea constatar que ni siquiera disponemos de palabras distintas para definir tipos de aprendizaje radicalmente ajenos entre sí. Empleamos el vocablo único «aprender» tanto para expresar una simple asociación o «condicionamiento clásico» (casi todos los animales son capaces de hacerlo), para aprender a través de los errores o «condicionamiento operativo» (muchos animales son capaces de hacerlo) y para aprender por imitación (que casi ninguno sabe hacer). Sostengo que la enorme facilidad con que emulamos es responsable de nuestra incapacidad para constatar que la imitación es, precisamente, lo que nos hace ser tan especiales.


Imitación y Meme

Cuando imitamos a alguien estamos transmitiendo algo. Este «algo» puede a su vez transmitirse una y otra vez hasta cobrar vida propia y puede llamarse idea, orden, conducta, información... No obstante, si deseamos investigarlo a fondo, deberemos encontrar un nombre para definirlo.

Afortunadamente el nombre existe: se llama «meme».

El vocablo apareció por primera vez en 1976, cuando Richard Dawkins lo acuñó en su libro The Selfish Gene, que fue líder de ventas. Gracias a esta obra, el zoólogo de Oxford ayudó a popularizar la teoría, cada vez más influyente, que postula que la evolución debe entenderse como una competición entre genes. A principios del siglo XX, los expertos en genética sostenían sin más la postura de que la evolución se efectuaba «por el bien de las especies», sin tener en cuenta qué mecanismos se involucraban en el proceso. Sin embargo, en la década de los sesenta, empezaron a hacerse patentes los graves errores que este punto de vista conllevaba (Williams, 1966). Cuando, por ejemplo, un grupo de organismos actúa en conjunto por el bien del grupo, el organismo individual que no lo hace puede fácilmente explotar a los demás. Si éste es el caso, su acto de individualismo resultará en su producción de descendencia mayor que la del conjunto, con lo que su conducta dará al traste con el bien del grupo. Desde un punto de vista genético más «avanzado», es posible contemplar la evolución como un proceso al servicio del individuo, o en beneficio de las especies, pero en realidad todo se debe a una competición entre los genes. Este nuevo punto de vista contribuyó a comprender el proceso de la evolución con mayor precisión y desde entonces se conoce como «teoría del gen egoísta».

Ante todo deberemos aclarar el significado de la palabra «egoísta» en este contexto. No quiere decirse que los genes estén a favor del egoísmo, porque si así fuera, sus transmisores se conducirían de modo egocéntrico y eso formaría parte de otra historia. El término «egoísta» en este caso significa que los genes actúan por sí solos y que el único interés que les motiva es la autorreplicación: solamente quieren pasar a la generación siguiente. Los genes, por supuesto, no «quieren» ni «tienen intereses» de la misma forma que las personas; los genes sólo son instrucciones químicas capaces de ser copiadas. Así pues, cuando digo «quieren» o «egoísta», lo hago para abreviar y creo que hago bien para evitar largas parrafadas retóricas. En este punto no sería superfluo recordar que el éxito de los genes para pasar a generaciones sucesivas, a veces ocurre y otras no. En mi lenguaje abreviado, cuando digo «los genes quieren x», debe entenderse como «los genes que hacen x tienen mayor probabilidad de sobrevivir». Y es ésta su única fuerza: su capacidad de replicarse y lo que justifica el atributo de «egoísta».

Dawkins también introdujo la importante distinción entre «replicantes» y sus «vehículos». Un replicante puede ser cualquier cosa capaz de ser copiada, con la inclusión de los «replicantes activos» cuya naturaleza disminuye la probabilidad de duplicación. Un vehículo es una entidad que interacciona con el entorno y es por esta razón por la que Hull (1988a) prefiere denominarlo «interactor». Los vehículos o interactores conducen y protegen a los replicantes de su entorno. Se supone que el primer replicante fue una simple molécula capaz de autocopiarse en aquel caldo inicial pero en la actualidad nuestro replicante más popular es el ADN. Sus vehículos son organismos y grupos de organismos que interaccionan entre sí mientras existen ya sea en el mar, en el aire, en los bosques o en el campo. Los genes son los replicantes egoístas que conducen la evolución del ámbito biológico en la Tierra, aunque en opinión de Dawkins existe un principio fundamental mucho más importante. Según este científico, dondequiera que existan, en cualquier parte del Universo, «aquellos genes que se comporten de manera que aumente su número en los futuros pozos de genes, tenderán a ser los genes cuyos efectos percibimos en el mundo» (1976, pág. 192). Se trata de los cimientos de la teoría del darwinismo universal cuya aplicación va mucho más allá de los confines de la evolución biológica.

En las últimas páginas de su libro, Dawkins se formula una pregunta que no por obvia deja de ser provocativa: ¿existen otros replicantes en nuestro planeta? Su respuesta es «sí». Ante nuestras narices pero quizás aun en pañales, existe otro replicante -una unidad de imitación.

Necesitamos un nombre para el nuevo replicante, un nombre que nos aporte la noción de unidad cultural de transmisión o unidad de imitación. El griego nos da el vocablo «mimeme» que me parece satisfactorio pero demasiado largo. Quería encontrar un sonido afín al de «gen» y confío en que mis amigos clasicistas me perdonen por haber acuñado la abreviatura meme.

En su obra, Dawkins cita un puñado de ejemplos como «melodía, idea, estribillo, moda (ropa), modalidades diversas para hacer cerámica, o construir arcos». También menciona nociones científicas de éxito que se propagan por el mundo cuando saltan de un cerebro a otro. Se citan asimismo las religiones como grupos de memes con un alto grado de supervivencia, que infectan a sociedades enteras con el concepto de la existencia de un dios o de vida después de la muerte. También habla de la moda de la ropa, de las dietas en boga, de ceremonias, costumbres, tecnologías -transmitidas todas ellas por medio de la emulación-. Los memes residen en el cerebro humano (o en los libros, en los inventos) y se propagan gracias a la imitación.

En unas pocas páginas, Dawkins construyó los cimientos que permiten comprender la evolución de los memes. En su debate acerca de la propagación de los mismos por medio de saltos de un cerebro a otro, hace una asimilación con los parásitos que infectan un cuerpo y los trata como estructuras físicas vivientes, demostrando a la sazón que los memes que colaboran entre sí se agrupan en conjuntos de la misma manera que lo hacen los genes. De mayor incumbencia si cabe, es el tratamiento de replicante que el autor otorga al meme. Se lamenta de la actitud de algunos de sus colegas que se niegan a creer que los memes se propagan por su propio bien, independientemente del beneficio genético: «en su análisis final siempre regresan al "beneficio biológico"» para dar explicaciones acerca de la conducta humana. Sin lugar a dudas, agrega el autor, es gracias a la biología (genética) que disponemos de un cerebro pero, además, ha aparecido un nuevo replicante. «Una vez que los genes han dotado a sus máquinas de supervivencia con cerebros que son capaces de rápidas imitaciones, los memes automáticamente se hacen cargo de la situación.» (Dawkins, 1976, págs. 193-194.) En otras palabras, la evolución memética puede empezar a desarrollarse sin tener en cuenta su efecto sobre los genes.

Si Dawkins está en lo cierto, la vida de los humanos esta impregnada hasta la médula de memes y sus consecuencias. Todo lo que hemos aprendido al emular a otros es un meme. Por esta razón deberíamos profundizar en el significado de la palabra «imitación» a fin de entender perfectamente qué es la memética. A grandes rasgos, Dawkins afirma que «una idea-meme podría ser definida como una entidad capaz de ser transmitida de un cerebro a otro» (1976, pág. 192). Personalmente he decidido utilizar el término «imitación» también en su sentido más amplio. Así pues si, por ejemplo, un amigo nos cuenta una historia, la retenemos y posteriormente se la explicamos a otra persona, ello podría considerarse imitación. Es cierto que no hemos emulado con exactitud todos los gestos y palabras que utilizó nuestro amigo, pero algo, el meollo, ha sido copiado al traspasar su historia a una tercera persona. Éste es el «sentido amplio» al que me he referido anteriormente y que deberá tenerse en cuenta para comprender el significado del término «imitación». Ante la duda, no huyamos de la suposición de que algo ha sido copiado. Todo lo que se transmite de una persona a otra de este modo es un meme. Ello incluye el vocabulario que utilizamos, las historias que conocemos, las habilidades que hemos adquirido gracias a otros y los juegos que preferimos. También hay que tener en cuenta las canciones que cantamos y las leyes que acatamos. Por lo tanto, cuando conducimos un coche por la izquierda (o por la derecha), tomamos cerveza con un curry hindú o coca-cola con pizza, cuando silbamos el estribillo de un «culebrón» televisivo o estrechamos la mano a alguien, estamos tratando con memes. Todos y cada uno de estos memes han evolucionado a su manera, inimitable según el trecho histórico que hayan recorrido, pero todos, al cabo, transmitidos por nuestra conducta con el afán de reproducirse.

Consideremos, por ejemplo, la conocida canción «Cumpleaños feliz». Es más que probable que centenares de miles, por no decir millones, de personas la conozcan. De hecho, sólo tengo que escribir esas dos palabras del título y muchos de vosotros, lectores, os sorprenderéis tarareando su tonada. Esas dos palabras os han afectado, inconscientemente es cierto, porque han removido una memoria antigua en vuestro cerebro. ¿Cuál ha sido el proceso? Al igual que otros muchos miles de personas, habéis aprendido la canción por imitación. Algo, una información, una especie de orden recibida, se ha alojado en todas estas mentes hasta el punto de no existir una sola fiesta de cumpleaños que no la evoque. Ese «algo» es un meme.

Los memes se esparcen sin discriminar, sin tener en cuenta su utilidad, su neutralidad, ignorando su beneficio o perjuicio para nuestras mentes. Es probable que una idea científica brillante y novedosa o un invento tecnológico se transmitan debido a su utilidad. Una canción como «A Belén pastores» puede reproducirse quizá porque es agradable aunque no sea necesariamente útil y, de hecho, existe la posibilidad de que llegue a hastiamos si la oímos con excesiva frecuencia. Algunos memes son, sin duda alguna, peligrosos como por ejemplo las ventas piramidales, las cartas encadenadas, las nuevas técnicas para estafar, las falsas doctrinas, los métodos para adelgazar en cuatro días y las «curas» milagrosas. Por descontado, los memes no saben de ello ni les importa, son egoístas y, simplemente, se reproducen cuando encuentran la ocasión.

Como he apuntado en páginas anteriores, los mismos grandes rasgos que aplicamos para definir los genes son aplicables a los memes. Al decir que los memes «son egoístas», que «no les importa» algo, que «se reproducen cuando encuentran la ocasión», estamos en realidad queriendo decir que los memes supervivientes son aquellos que se copian y se propagan y que los que no lo hacen, desaparecen. Ésta es la intención cuando se dice que «quieren» reproducirse, que «quieren» que los perpetuemos y que «no les importa» su efecto sobre nosotros o sobre nuestros genes.

Ésta es, en efecto, la fuerza que reside tras la noción del meme, y para poder empezar a pensar meméticamente es preciso realizar un gigantesco ajuste mental del mismo modo que debieron hacerlo los biólogos para aceptar la idea del gen egoísta. En lugar de pensar que nuestras ideas son nuestra creación propia y que están a nuestro servicio, deberemos contemplarlas como memes egoístas autónomos, cuya única intención es la de llegar a ser copiados. Debido a nuestra capacidad de imitación, los humanos tendremos que convertirnos en meros anfitriones físicos pero imprescindibles para que los memes se transmitan. Únicamente de este modo conseguiremos contemplar el Universo desde un punto de vista memético.


Miedo al Meme

Se trata de una noción realmente temible y seguramente por ello se suele escribir la palabra «meme» entre comillas, como excusándose al deber emplearla. Se da la circunstancia de que, en algunas ocasiones, he podido comprobar que ciertos ilustres conferenciantes se han llevado las manos a la cabeza, con una mueca de disculpa cuando han tenido que decir en voz alta la palabra «meme». Paulatinamente se ha ido haciendo más conocida e incluso se ha incorporado al Oxford English Dictionary. En Internet se puede encontrar un grupo de debate en torno al vocablo y también el Journal of Memetics. Cabe creer que el meme está encontrando su culto en el ciberespacio. No puede decirse lo propio cuando del entorno académico se trata. Un recuento reciente entre los libros más respetables sobre los orígenes humanos, la evolución del lenguaje y la psicología evolutiva ha puesto de manifiesto que la palabra brilla casi por su ausencia («meme» no aparece ni en los índices de Barkow y otros, 1992; Diamond, 1997; Dunbar,1996; Mithen, 1996; Pinker, 1994; Mark Ridley, 1996; Tudge, 1995; Wills, 1993; Wright, 1994). Puesto que la idea del meme me parece muy relevante en las disciplinas mencionadas, quiero argumentar que ha llegado la hora de adoptar la noción de un segundo replicante activo en la vida humana y en la evolución.

Uno de los problemas principales que plantea la noción del meme es el de tocar la fibra de nuestras más profundas creencias acerca de quién somos y por qué motivos estamos en este mundo. En el entorno científico esto sucede a menudo. Antes de Copérnico y de Galileo, la Humanidad creía vivir en el centro del Universo y que éste lo había creado Dios especialmente para ella. Con el tiempo tuvimos que aceptar que el sol no gira alrededor de la Tierra y que, además, vivimos en un pequeño planeta secundario, en una galaxia ordinaria, en un vasto Universo de otras galaxias.

Hace ciento cuarenta años, la teoría de Darwin sobre la evolución a través de la selección natural significó el primer mecanismo aceptable acerca de la evolución sin la mediación de un hacedor. La opinión de los humanos sobre sus propios orígenes cambió, dejando a un lado la versión bíblica de la creación especial a imagen y semejanza de Dios, para ceder paso al simio ancestral del que descendemos todos los animales. Un gran salto, sin lugar a dudas, que condujo a cantidades ingentes de debate absurdo y trasnochado opuesto a la teoría de Darwin. Sin embargo, con el tiempo, hemos aprendido a vivir con aquel salto y a aceptar que somos animales creados por la evolución. Si la memética es una noción válida, deberemos hacer otro salto no menos importante, para dar la bienvenida a un mecanismo evolutivo similar referente a los orígenes de nuestra mente y de nuestro propio ser.

Queda por determinar si la teoría del meme merece nuestra aceptación. Aunque los filósofos científicos se refieren a la validez de una teoría según se dirima si es científica o no, existen a mi juicio dos criterios consensuados que utilizaré para efectuar mi propia valoración sobre la memética. En primer lugar, cualquier teoría debe ser capaz de explicar algo mejor que sus rivales, ya sea con mayor economía o con más precisión. En segundo lugar, debe conducir a predicciones comprobables que, a su vez, se manifiesten correctas. Idealmente, dichas predicciones deberían sorprendemos tendrían que referirse a conocimientos que nadie hubiera indagado salvo que surgieran de una teoría memética.


En La máquina de los Memes
Prólogo de Richard Dawkins
Trad.: Montserrat Basté-Kraan
Barcelona, Paidós, 2000
Fuente foto
Véase también: Richard Dawkins,Virus de la mente
Richard Dawkins: El gen egoísta para descarga