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20 mar. 2015

Adolfo Bioy Casares – El viaje inesperado

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Adolfo Bioy Casares – El viaje inesperado


En la desventura nos queda el consuelo de hablar de tiempos mejores. Con la presente crónica participo en el esfuerzo de grata recordación en que están empeñadas plumas de mayor vuelo que la mía. Para tal empresa no me faltan, sin embargo, títulos. En el año ochenta yo era un joven hecho y derecho. Además he conversado a diario con uno de los protagonistas envueltos en el terrible episodio. Me refiero al teniente coronel (S.R.) Rossi.

A simple vista usted le daba cincuenta y tantos años; no faltan quienes afirman que andaba pisando los noventa. Era un hombre corpulento, de cara rasurada, de piel muy seca, rojiza, oscura, como curtida por muchas intemperies. Alguien comparó su vozarrón, propio de un sargento acostumbrado a mandar, con un clarín que desconocía el miedo.

Inútil negarlo, ante el coronel Rossi me encontré siempre en situación falsa. Le profesaba un vivo afecto. Lo tenía por un viejo pintoresco, valiente, una reliquia de los tiempos en que no había criollos cobardes. (Advierta el lector: lo veía así en el ochenta y en años anteriores). Por otra parte no se me ocultaba que sus arengas por radio, de las 7 a.m., alentaban torvos prejuicios, alardeaban de una suficiencia del todo injustificada y socavaban nuestras convicciones más generosas. A lo mejor por la manía suya de repetir una máxima favorita («Medirás tu amor al país, por tu odio a los otros») dieron en apodarlo el Caín de antes del desayuno. Me cuidé muy bien de protestar por esas burlas. Lo cierto es que si yo estaba con él, trabajábamos y no había terceros; y si estaba con terceros, no estaba con él para sentir su ansiedad por el apoyo de los partidarios más leales (he descubierto que tal ansiedad es bastante común entre gente peleadora). Yo solía decirme que mi deber hacia el viejo amigo y hacia la verdad misma, reclamaba una reconvención de vez en cuando, un toque de atención por lo menos. Nunca fui más allá de poner sobre las íes puntos tan desleídos que ni el coronel ni nadie los notó; y si en alguna ocasión él llegó a notarlos, mostró tanta sorpresa y desaliento, que me apresuré a repetirle que sus exhortaciones eran justas. A veces me pregunté si el que pecaba de soberbia no sería yo; si no estaba tratando a un viejo coronel de la patria como a un niño al que no debe uno tomar en serio. A lo mejor me calumnio. A lo mejor entonces me pareció una pedantería apelar a un ser humano en aras de la verdad, que no era más que una abstracción.

El coronel vivía en una casa modesta, de puertas y ventanas altas, muy angostas, en la calle Lugones. Para ir al baño o a la cocinita había que atravesar un patio con plantas en tinajas y en latas de querosene, si mal no recuerdo. Cuando pienso en Rossi, me lo figuro con el saco de lustrina para el trabajo de escritorio, siempre aseado, activo, frugal.

Todos los días compartíamos el mate y la galleta; los domingos, el mate y los bollitos de Tarragona. Puntualmente, a la misma hora, creo que serían las siete de la tarde, bolsiqueaba la pitanza que me correspondía por las tareas de escribiente y corrector. Debo admitir que la suma, en las anteriores épocas de grandeza y plata fuerte en las que mentalmente él vivía, hubiera significado una retribución magnífica. En resumen, y sobre todo si lo comparo con otros personajes de nuestro gran picadero político, tan diligentes para llenarse las alforjas, tan rumbosos con lo mal habido, no puedo menos que felicitarme por haber hecho mis primeras armas de trabajo al lado de aquel viejo señor despótico, pero recto.

Ahora hablaré del mes de marzo del ochenta y de su terrible calor. Éste nos pareció tan extraordinario que en todo el país fue popular el dístico de mano anónima:

 
    Hay algo cierto, y lo demás no cuenta:
    el calor apretó en el año ochenta.
 

«La ola», como entonces decíamos, sorprendió al coronel en medio de una de esas campañas radiales en que arremetía contra los países hermanos, el blanco predilecto, y contra los extranjeros en general, que sin empacho nos confunden con otros países, como en el ejemplo clásico de cartas, verdaderas o imaginarias, dirigidas a «Buenos Aires, Brasil», y como en el caso del francés que se mostraba escéptico sobre nuestra primavera y nuestro otoño y que por último declaró: «Ustedes tendrán seguramente dos estaciones, la de lluvias y el verano, pero calor todo el año». De la boca para afuera y ante los amigos yo desaprobaba a Rossi; pero en mi fuero interno solía acompañarlo de corazón porque sus peroratas daban rienda suelta a sentimientos que trabajosamente y de mala gana reprimíamos. Rossi rechazaba la idea de que algún país del hemisferio pudiera aventajarnos. Un día me armé de coraje y observé:

—Sin embargo los números cantan. La ciencia estadística no deja lugar a fantasías.

Lo recuerdo como si fuera hoy. En días de gran calor se ponía bajo la papada un pañuelo de inmaculada blancura, a modo de babero para proteger la corbata. Exagerada precaución: mentiría si dijera que alguna vez lo vi sudar. Pasándome un amargo, preguntó:

—¿Desde cuándo, recluta, las estadísticas le merecen tanta confianza?

Amistosamente me llamaba recluta. Insistí:

—¿No es raro que todas coincidan?

—Unas se copian de otras. No me diga que no sabe cómo las confeccionan. El empleado público se las lleva para su casita, donde las llena a piacere, cargando este renglón, raleando aquél, de manera de satisfacer los pálpitos y las expectativas del jefe.

—No le niego —concedí— que las reparticiones públicas trabajen sin la debida contracción; pero hay que rendirse a la evidencia.

—¿Rendirse? Lo que es yo, nunca.

—Y el petróleo venezolano, el oro negro ¿no le dice nada?

—Salga de ahí. No lo va a comparar con nuestra riqueza nacional.

—¿Y el volumen de la producción brasilera?

—Embustes de los norteamericanos, que no nos quieren. ¿O usted me va a negar, recluta, que existe una conjura foránea, perfectamente orquestada, contra los criollos?

—¿No le convendría darse una vuelta y mirar con sus propios ojos? Hoy por hoy, con el costo de la vida, resulta más acomodado tomarse un avión y visitar Río, que no salir de estas cuatro paredes. Dicen que en las playas de Copacabana se ven cositas interesantes.

—No embrome. ¿Quién, en su sano juicio, va a pagar un pasaje para ir a sudar la gota gorda? Si me quedo acá, sé por lo menos que un día de éstos viene un chaparrón y al minuto sopla la fresca viruta.

La gota gorda y la fresca viruta eran dos expresiones típicas del coronel. Cuando uno oía la primera, sabía que poco después vendría la segunda. ¡Qué buenos tiempos!

A pesar de su aguante, en aquel marzo inolvidable el mismo Rossi flaqueó por momentos. Sentía el calor como un insulto. Le molestaba patrióticamente el hecho de que en esos días tan luego visitaran Buenos Aires no recuerdo qué político inglés y qué elenco francés de cómicos de la legua. Se sinceró conmigo:

—Si no viene una refrescada, ¿quién le saca de la cabeza a esa pobre gente que somos un país del trópico? Basta haber ido al cine para comprobar con qué soltura el extranjero nos enjareta un color local rigurosamente latinoamericano.

Como todos nosotros, Rossi vivía entonces con el pensamiento fijo en la situación meteorológica. Aunque a la otra mañana tuviera que madrugar, por nada se tiraba en el catre sin oír el último boletín de media noche. Por aquellos días los boletines hablaban mucho de una batalla celestial entre dos masas de aire, una caliente y otra del polo sur. Noté que para describir el fenómeno, a diferencia de los civiles, en particular de los periodistas, Rossi evitaba los términos militares. Así, en una de sus charlas de las 7 a.m. aseguró: «Del resultado de esta pulseada titánica depende nuestro destino».

Pulseada, nada de batalla. Por cierto si la afirmación concernía fenómenos del cielo era, como se comprobaría demasiado pronto, errónea. El lector sabe que entre el 9 de aquel marzo y el 4 de abril, una serie famosa de movimientos de tierra sacudió, noche a noche, a los argentinos. Tales golpes de traslación, como se les llamaba, alarmaron al país entero, salvo al coronel, a quien distraían de la invariable temperatura agobiadora y lo arrullaban hasta dormirlo agradablemente. Acunado por el sismo soñó con los largos viajes en tren de su infancia. Es claro que no tan largos como los que estaba cumpliendo ahora.

Porque seguía el calor, el despertar fue siempre cruel; pero el peor de todos llegó esa terrible mañana en que el diario trajo una noticia ocultada hasta entonces por el gobierno, en salvaguarda de legítimas susceptibilidades de la población. Según se comentó después, alguien en Informaciones tuvo la idea, para prepararnos un poco, de llamar golpes de traslación a los fenómenos de la corteza terrestre que todas las noches nos fastidiaban; para prepararnos y porque eso, cabalmente, eran: sucesivas traslaciones de la masa continental, de sur a norte, que finalmente dejaron a Ushuaia más arriba del paralelo 25, al norte de donde estuvo antes el Chaco, y a Caracas más arriba del paralelo 50, a la altura de Quebec.

Sin negar que el dolor moral nos alcanzaba a todos, me hice cargo de lo que significaba aquello para un hombre de los principios de Rossi. Por un sentimiento de respeto no quise presentarme en la calle Lugones. Poco después, con apenada sorpresa, oí de boca de uno de los tiranuelos de la radio:

—Lo que amarga a Rossi es que algunos, que se dicen amigos, al suponerlo en situación comprometida, ya no quieren verlo.

No me ofendí. Como si nada, puse a la noche el despertador a las siete y, cuando sonó, a la mañana, prendí la radio. La inconfundible voz del coronel, con su temple y su brío invariables, me probó que el programa se mantenía. Me embargó la emoción. Cuando logré sobreponerme, el vozarrón tan querido estaba diciendo que la Argentina, «después de muchos años de provocación gratuita, en un simple movimiento de mal humor, manifestado en un pechazo titánico, había empujado a sus hermanos linderos hasta el otro hemisferio». Se refirió también a los maremotos, vinculados con nuestro sismo, que produjeron desastres y cobraron vidas en las costas de Europa, de los Estados Unidos y del Canadá. Por último se dolió de la durísima prueba que soportaban los antiguos habitantes del trópico, por su repentino traslado al clima frío. Morirían como moscas. En el fondo de mi corazón yo sabía que mi viejo amigo, dijera lo que dijera, estaba demasiado golpeado, para hallar consuelo. Por desgracia, no me equivocaba. De buena fuente supe que poco después, al ver en una revista una fotografía de brasileros, abrigados con lanas coloradas y entregados con júbilo a la práctica del esquí en laderas del Pan de Azúcar, no pudo ocultar su desaliento. El tiro de gracia le llegó en un misterioso despacho telegráfico, fechado en La Habana, donde el intenso frío habría producido espontáneamente renos, de menor tamaño que los canadienses. Nuestro campeón comprendió entonces que toda lucha era inútil y renunció a la radio. Alguien, que lo había seguido siempre desde el anonimato de la audiencia multitudinaria, se enteró de que Rossi quería retirarse para sobrellevar el dolor a solas y le dio asilo en sus cafetales de Tierra del Fuego. Sobre el escritorio tengo la última fotografía que le tomaron. Se lo ve con una casaca holgada, tal vez de lino, y con un sombrero de paja, de enorme ala circular. Vaya uno a saber por qué, aunque la expresión del rostro no parezca demasiado triste, la fotografía me deprime.



En Historias desaforadas
Imagen: Sara Facio

11 ene. 2015

Adolfo Bioy Casares acerca de Ernesto Sabato

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Adolfo Bioy Casares acerca de Ernesto Sabato


Junio 1979.

Sueño. Alguien tenía el poder de convertir a cualquiera en sapo. Lo convirtió a Sabato, que esa mañana, ante el espejo, se llevó la consiguiente sorpresa. Matilde llamó a un médico.

—Estas cosas, tratadas a tiempo, no son nada —explicó.

Sabato estaba furioso con ella. No quería que nadie, ni siquiera el médico, lo viera. No salía de la casa; tenía la esperanza, desde luego sin fundamento, de que se curaría solo. A la espera de algún signo de esa mejoría, que no llegaba, dejó de concurrir a los lugares que frecuentaba habitualmente.


Febrero 1980. 

Conocí a Sabato poco después del 40. Sé que en esos días Borges y yo habíamos publicado Seis problemas para don Isidro Parodi y sé que yo vivía en la casa de la calle Coronel Díaz. Sabato me pareció una persona de inteligencia activa —como Ricardo Resta(1) de quien se aseguraba "piensa todo el tiempo"— y eso me bastó para recibirlo como a un amigo. De vez en cuando Sabato se permitía, a la manera de apoyo, pedanterías infantiles, que molestaban a Borges. Si había dicho algo intencionadamente paradójico, exclamaba (como si hubiera hablado otro y él aprobara por lo menos la audacia del concepto): ¡Margotinismo puro!". El tono de este comentario aparente críptico era de extrema suficiencia. Si uno pedía explicaciones, Sabato vagamente y con aire de pícaro aludía a un profesor alemán llamado quizá Margotius o Margotinus o algo así. Evidentemente se trataba de su monsieur Teste, su Bustos Domecq, su Pierre Menard; no quería ser menos que nadie; Borges no celebraba la broma: tal vez la invención de Sabato no fuera más allá del supuesto profesor, no llegara nunca a un reconocible estilo de pensamientos. A falta de eso, ponía Sabato ese inconfundible tono de satisfacción para exclamar "¡Margotinismo puro!". De todos modos, Sabato me parecía digno de estímulo y convencí a Borges (lo convencí superficialmente, para nuestras conversaciones de entonces) de que Sabato era inteligente. Se me ocurre que Borges no creía en esa inteligencia cuando estaba solo o con otros amigos. Silvina, por su parte, fue aún más difícil de persuadir.

Creo que Sabato se acercó a mí con mucho respeto, ingenuamente persuadido de su papel de escritor bisoño, frente al escritor consagrado. Por eso incluyó sin siquiera vacilar su articulito sobre La invención de Morel en su primer libro de ensayos Uno y el Universo. Me pregunto si con el tiempo no se arrepintió de esa inclusión o si habrá pensado estoicamente: Quod scripsi, scripsi. 

Yo mismo me encargué de bajar del pedestal en que mi protegido me había puesto. Por modestia, por buena educación, por temor de parecer fatuo, le aseguré que mis escritos eran bastante chambones. "Hago lo que puedo, pero tengo la misma conciencia que usted (o "que vos" si ya lo tuteaba) de mis límites". Cuando publiqué Plan de evasión, Sabato apareció en casa arrebatado de admiración y me pidió permiso para mandar a Sur una nota sobre el libro. Tan perfectamente lo convencí esa tarde de que "el libro no era para tanto" que publicó poco después en Sur una nota neutra, indiferente, desde luego desprovista de todos los elogios que le boché o le contradije. Sin embargo estoy seguro de que llegó a dudar de la sinceridad de mis juicios sobre mis escritos porque en una conversación exclamó: "Ya estás con tu humildad china".

Un día me trajo (ya estaba viviendo yo en la calle Santa Fe, donde ahora vive Alicia Jurado) el manuscrito del Túnel "para que se lo corrigiera". Me pregunto por qué en el trato de escritores hay tantos malentendidos ¿por falsas modestias? ¿por una vanidad que siempre merodea, como un chacal hambriento? Lo cierto es que leí con lápiz colorado el librito y, según mi costumbre (en ese tiempo corregía las traducciones de El séptimo círculo y de La puerta de marfil), lo corregí casi todas las veces que fue necesario. Cuando Sabato vino a retirar su novela, comprendí mi error. Él venía dispuesto a recibir elogios por un gran libro; yo le devolví un librito, plagado de errores de composición, que no podían corregirse (como esa patética imitación de Huxley, la discusión sobre las novelas policiales que interrumpía el relato) y páginas garabateadas de elementales correcciones en rojo: correcciones de palabras, como constatar, de sintaxis, etcétera. Nuestra amistad, que nunca fue del todo espontánea, empezó a deteriorarse.

Recuerdo lo que me dijo un día mientras sucesivamente orinamos en el baño de casa: "Cómo te envidio. Vos andás por la calle sin que nadie te moleste, sin que nadie te reconozca. Yo voy por la calle y la gente me señala con el dedo y exclama: 'Ahí va Sabato'. Es horrible. Estoy muy cansado".



1. Autor, avant l'heure, de una teoría de las estructuras.
En Descanso de caminantes
Foto

15 sept. 2014

Adolfo Bioy Casares: Cavar un foso

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Raúl Arévalo cerró las ventanas y las persianas, ajustó los pasadores, uno por uno, cerró las dos hojas de la puerta de entrada, ajustó el pasador, giró la llave, colocó la pesada tranca de hierro.
Su mujer, acodada al mostrador, sin levantar la voz dijo:
—¡Qué silencio! Ya no oímos el mar.
El hombre observó:
—Nunca cerramos, Julia. Si viene un cliente, la hostería cerrada le llamará la atención.
—¿Otro cliente, y a medianoche? —protestó Julia—. ¿Estás loco? Si vinieran tantos clientes no estaríamos en este apuro. Apaga la araña del centro.
Obedeció el hombre; el salón quedó en tinieblas, apenas iluminado por una lámpara, sobre el mostrador.
—Como quieras —dijo Arévalo, dejándose caer en una silla, junto a una de las mesas con mantel a cuadros—, pero no sé por qué no habrá otra salida.
Eran bien parecidos, tan jóvenes que nadie los hubiera tomado por los dueños. Julia, una muchacha rubia, de pelo corto, se deslizó hasta la mesa, apoyó las manos en ella y, mirándolo de frente, de arriba, le contestó en voz baja, pero firme:
—No hay.
—No sé —protestó Arévalo—. Fuimos felices, aunque no ganamos plata.
—No grites —ordenó Julia.
Extendió una mano y miró hacia la escalera, escuchando.
—Todavía anda por el cuarto —exclamó—. Tarda en acostarse. No se dormirá nunca.
—Me pregunto —continuó Arévalo— si cuando tengamos eso en la conciencia podremos de nuevo ser felices.
Dos años antes, en una pensión de Necochea, donde veraneaban —ella con sus padres, él solo—, se habían conocido. Desearon casarse, no volver a la rutina de escritorios de Buenos Aires y soñaron con ser los dueños de una hostería, en algún paraje apartado, sobre los acantilados, frente al mar. Empezando por el casamiento, nada era posible, pues no tenían dinero. Una tarde que paseaban en ómnibus por los acantilados vieron una solitaria casa de ladrillos rojos y techo de pizarra, a un lado del camino, rodeada de pinos, frente al mar, con un letrero casi oculto entre los ligustros: Ideal para hostería. Se vende. Dijeron que aquello parecía un sueño y, realmente, como si hubieran entrado en un sueño, desde ese momento las dificultades desaparecieron. Esa misma noche, en uno de los dos bancos de la vereda, a la puerta de la pensión, conocieron a un benévolo señor a quien refirieron sus descabellados proyectos. El señor conocía a otro señor, dispuesto a prestar dinero en hipoteca, si los muchachos le reconocían parte de las ganancias. En resumen, se casaron, abrieron la hostería, luego, eso sí, de borrar de la insignia las palabras El Candil y de escribir el nombre nuevo: La Soñada.
Hay quienes pretenden que tales cambios de nombre a trasmano, estaba quizá mejor elegido para una hostería, traen mala suerte, pero la verdad es que el lugar quedaba de novela —como la imaginada por estos muchachos— para recibir parroquianos. Julia y Arévalo advirtieron por fin que nunca juntarían dinero para pagar, además de los impuestos, la deuda al prestamista, que los intereses vertiginosamente aumentaban. Con la espléndida vehemencia de la juventud rechazaban la idea de perder La Soñada y de volver a Buenos Aires, cada uno al brete de su oficina. Porque todo había salido bien, que ahora saliera mal les parecía un ensañamiento del destino. Día a día estaban más pobres, más enamorados, más contentos de vivir en aquel lugar, más temerosos de perderlo, hasta que llegó, como un ángel disfrazado, mandado por el cielo para probarlos, o como un médico prodigioso, con la panacea infalible en la maleta, la señora que en el piso alto se desvestía, junto a la vaporosa bañadera donde caía a borbotones el agua caliente.
Un rato antes, en el solitario salón, cara a cara, en una de las mesitas que en vano esperaban a los parroquianos, examinaron los libros y se hundieron en una conversación desalentadora.
—Por más que demos vuelta los papeles —había dicho Arévalo, que se cansaba pronto— no vamos a encontrar plata. La fecha de pago se viene encima.
—No hay que darse por vencido —había replicado Julia.
—No es cuestión de darse por vencido, pero tampoco de imaginar que hablando haremos milagros. ¿Qué solución queda? ¿Cartitas de propaganda a Necochea y a Miramar? Las últimas nos costaron sus buenos pesos. ¿Con qué resultado? El grupo de señoras que vino una tarde a tomar el té y nos discutió la adición.
—¿Tu solución es darse por vencido y volver a Buenos Aires?
—En cualquier parte seremos felices.
Julia le dijo que "las frases la enfermaban"; que en Buenos Aires ninguna tarde, salvo en los fines de semana, estarían juntos; que en tales condiciones no sabía por qué serían felices, y que además, en la oficina donde él trabajaría, seguramente habría mujeres.
—A la larga te gustará la menos fea —concluyó.
—Qué falta de confianza —dijo él.
—¿Falta de confianza? Todo lo contrario. Un hombre y una mujer que pasan los días bajo el mismo techo, acaban en la misma cama.
Cerrando con fastidio un cuaderno negro, Arévalo respondió:
—Yo no quiero volver, ¿qué más quiero que vivir aquí?, pero si no aparece un ángel con una valija llena de plata...
—¿Qué es eso? —preguntó Julia.
Dos luces amarillas y paralelas vertiginosamente cruzaron el salón. Luego se oyó el motor de un automóvil y muy pronto apareció una señora, que llevaba el chambergo desbordado por mechones grises, la capa de viaje algo ladeada y, bien empuñada en la mano derecha, una valija. Los miró, sonrió, como si los conociera.
—¿Tienen un cuarto? —inquirió—. ¿Pueden alquilarme un cuarto? Por la noche, nomás. Comer no quiero, pero un cuarto para dormir y si fuera posible un baño bien calentito...
Porque le dijeron que sí, la señora, embelesada, repetía:
—Gracias, gracias.
Por último emprendió una explicación, con palabra fácil, con nerviosidad, con ese tono un poco irreal que adoptan las señoras ricas en las reuniones mundanas.
—A la salida de no sé qué pueblo —dijo— me desorienté. Doblé a la izquierda, estoy segura, cuando tenía que doblar a la derecha, estoy segura. Aquí me tienen ahora, cerca de Miramar, ¿no es verdad?, cuando me esperan en el hotel de Necochea. Pero ¿quieren que les diga una cosa? Estoy contenta, porque los veo tan jóvenes y tan lindos (sí, tan lindos, puedo decirlo, porque soy una vieja) que me inspiran confianza. Para tranquilizarme del todo quiero contarles cuanto antes un secreto: tuve miedo, porque era de noche y yo andaba perdida, con un montón de plata en la valija y hoy en día la matan a uno de lo más barato. Mañana a la hora del almuerzo quiero estar en Necochea. ¿Ustedes creen que llego a tiempo? Porque a las tres de la tarde sacan a remate una casa, la casa que quiero comprar, desde que la vi, sobre el camino de la costa, en lo alto, con vista al mar, un sueño, el sueño de mi vida.
—Yo acompaño arriba a la señora, a su cuarto —dijo Julia—. Tú cargas la caldera.
Pocos minutos después, cuando se encontraron en el salón, de nuevo solos, Arévalo comentó:
—Ojalá que mañana compre la casa. Pobre vieja, tiene los mismos gustos que nosotros.
—Te prevengo que no voy a enternecerme —contestó Julia, y echó a reír—. Cuando llega la gran oportunidad, no hay que perderla.
—¿Qué oportunidad llegó? —preguntó Arévalo, fingiendo no entender.
—El ángel de la valija —dijo Julia. Como si de pronto no se conocieran, se miraron gravemente, en el silencio. Arriba crujieron los tablones del piso: la señora andaba por el cuarto. Julia prosiguió: —La señora iba a Necochea, se perdió, en este momento podría estar en cualquier parte. Sólo tú y yo sabemos que está aquí.
—También sabemos que trae una valija llena de plata —convino Arévalo—. Lo dijo ella. ¿Por qué va a engañarnos?
—Empiezas a entender —murmuró casi tristemente Julia.
—¿No me pedirás que la mate?
—Lo mismo dijiste el día que te mandé matar el primer pollo. ¿Cuántos has degollado?
—Clavar el cuchillo y que mane la sangre de la vieja...
—Dudo de que distingas la sangre de la vieja de la sangre del pollo; pero no te preocupes: no habrá sangre, cuando duerma, con un palo.
—¿Golpearle la cabeza con un palo? No puedo.
—¿Cómo no puedo? Que sea en una mesa o en una cabeza, golpear con un palo es golpear con un palo. ¿Dónde, qué te importa? O la señora o nosotros. O la señora sale con la suya...
—Lo sé, pero no te reconozco. Tanta ferocidad...
Sonriendo inopinadamente, Julia sentenció:
—Una mujer debe defender su hogar.
—Hoy tienes una ferocidad de loba.
—Si es necesario lo defenderé como una loba. ¿Entre tus amigos había matrimonios felices? Entre los míos no. ¿Te digo la verdad? Las circunstancias cuentan. En una ciudad como Buenos Aires, la gente vive irritada, hay tentaciones. La falta de plata empeora las cosas. Aquí tú y yo no corremos peligro, Raúl, porque nunca nos aburrimos de estar juntos. ¿Te explico el plan?
Bramó el motor de un automóvil por el camino. Arriba trajinaba la señora.
—No —dijo Arévalo—. No quiero imaginar nada. Si no, tengo lástima y no puedo... Tú das órdenes, yo las cumplo.
—Bueno. Cierra todo, la puerta, las ventanas, las persianas.
Raúl Arévalo cerró las ventanas y las persianas, ajustó los pasadores, uno por uno, cerró las dos hojas de la puerta de entrada, ajustó el pasador, giré la llave, colocó la pesada tranca de hierro.
Hablaron del silencio que de repente hubo en la casa, del riesgo de que llegara un parroquiano, de si tenía otra salida la situación, de si podrían ser felices con un crimen en la conciencia.
—¿Dónde está el rastrillo? —preguntó Julia.
—En el sótano, con las herramientas.
—Vamos al sótano. Damos tiempo a la señora para que se duerma y tú ejerces tu habilidad de carpintero. A ver, fabrica un mango de rastrillo, aunque no sea tan largo como el otro.
Como un artesano aplicado, Arévalo obedeció. Preguntó al rato:
—Y esto ¿para qué es?
—No preguntes nada, si no quieres imaginar nada. Ahora clavas en la punta una madera transversal, más ancha que la parte de fierro del rastrillo.
Mientras Raúl Arévalo trabajaba, Julia revolvía entre la leña y alimentaba la caldera.
—La señora ya se bañó —dijo Arévalo.
Empuñando un trozo de leña como una maza, Julia contestó:
—No importa. No seas avaro. Ahora somos ricos. Quiero tener agua caliente. —Después de una pausa, anunció: —Por un minuto nomás te dejo. Voy a mi cuarto y vuelvo. No te escapes.
Diríase que Arévalo se aplicó a la obra con más afán aún. Su mujer volvió con un par de guantes de cuero y con un frasco de alcohol.
—¿Por qué nunca te compraste guantes? —preguntó distraídamente; dejó la botella a la entrada de la leñera, se puso los guantes y, sin esperar respuesta, continuó—: Un par de guantes, créeme, siempre es útil. ¿Ya está el rastrillo nuevo? Vamos arriba, tú llevas uno y yo el otro. Ah, me olvidaba de este pedazo de leña.
Alzó el leño que parecía una maza. Volvieron al salón. Dejaron los rastrillos contra la puerta. Detrás del mostrador, Julia recogió una bandeja de metal, una copa y una jarra. Llenó la jarra con agua.
—Por si despierta, porque a su edad tienen el sueño muy liviano (si no lo tienen pesado, como los niños), yo voy delante, con la bandeja. Cubierto por mí, tú me sigues, con esto.
Indicó el leño, sobre una mesa. Como el hombre vacilara, Julia tomó el leño y se lo dio en la mano.
—¿No valgo un esfuerzo? —preguntó sonriendo.
Lo besó en la mejilla. Arévalo aventuró:
—¿Por qué no bebemos algo?
—Yo quiero tener la cabeza despejada y tú me tienes a mí para animarte.
—Acabemos cuanto antes —pidió Arévalo.
—Hay tiempo —respondió Julia.
Empezaron a subir la escalera.
—No haces crujir los escalones —dijo Arévalo—. Yo sí. ¿Por qué soy tan torpe?
—Mejor que no crujan —afirmó Julia—. Encontrarla despierta sería desagradable.
—Otro automóvil en el camino. ¿Por qué habrá tantos automóviles esta noche?
—Siempre pasa algún automóvil.
—Con tal de que pase. ¿No estará ahí?
—No, ya se fue —aseguró Julia.
—¿Y ese ruido? —preguntó Arévalo.
—Un caño.
En el pasillo de arriba Julia encendió la luz. Llegaron a la puerta del cuarto. Con extrema delicadeza Julia movió el picaporte y abrió la puerta. Arévalo tenía los ojos fijos en la nuca de su mujer, nada más que en la nuca de su mujer; de pronto ladeó la cabeza y miró el cuarto. Por la puerta así entornada la parte visible correspondía al cuarto vacío, al cuarto de siempre: las cortinas, de cretona, de la ventana, el borde, con molduras, del respaldo de los pies de la cama, el sillón provenzal. Con ademán suave y firme Julia abrió la puerta totalmente. Los ruidos, que hasta ese momento de manera tan variada se prodigaban, al parecer habían cesado. El silencio era anómalo: se oía un reloj, pero diríase que la pobre mujer de la cama ya no respiraba. Quizá los aguardaba, los veía, contenía la respiración. De espaldas, acostada, era sorprendentemente voluminosa; una mole oscura, curva; más allá, en la penumbra, se adivinaba la cabeza y la almohada. La mujer roncó. Temiendo acaso que Arévalo se apiadara, Julia le apretó un brazo y susurró:
—Ahora.
El hombre avanzó entre la cama y la pared, el leño en alto. Con fuerza lo bajó. El golpe arrancó de la señora un quejido sordo, un desgarrado mugido de vaca. Arévalo golpeó de nuevo.
—Basta —ordenó Julia—. Voy a ver si está muerta.
Encendió el velador. Arrodillada, examinó la herida, luego reclinó la cabeza contra el pecho de la señora. Se incorporó.
—Te portaste —dijo.
Apoyando las palmas en los hombros de su marido, lo miró de frente, lo atrajo a sí, apenas lo besó. Arévalo inició y reprimió un movimiento de repulsión.
—Raulito —murmuró aprobativamente Julia.
Le quitó de la mano el leño.
—No tiene astillas —comentó mientras deslizaba por la corteza el dedo enguantado— Quiero estar segura de que no quedaron astillas en la herida.
Dejó el leño en la mesa y volvió junto a la señora. Como pensando en voz alta, agregó:
—Esta herida se va a lavar.
Con un vago ademán indicó la ropa interior, doblada sobre una silla, el traje colgado de la percha.
—Dame —dijo.
Mientras vestía a la muerta en tono indiferente indicó: —Si te desagrada no mires.
De un bolsillo sacó un llavero. Después la tomó debajo de los brazos y la arrastró fuera de la cama. Arévalo se adelantó para ayudar.
—Déjame a mí —lo contuvo Julia—. No la toques. No tienes guantes. No creo mucho en el cuento de las impresiones digitales, pero no quiero disgustos.
—Eres muy fuerte —dijo Arévalo.
—Pesa —contestó Julia.
En realidad, bajo el peso del cadáver los nervios de ellos dos por fin se aflojaron. Como Julia no permitió que la ayudaran, el descenso por la escalera tuvo peripecias de pantomima. Repetidamente retumbaban en los escalones los talones de la muerta.
—Parece un tambor —dijo Arévalo.
—Un tambor de circo, anunciando el salto mortal.
Julia se recostaba contra la baranda, para descansar y reír.
—Estás muy linda —dijo Arévalo.
—Un poco de seriedad —pidió ella; se cubrió la cara con las manos—. No sea que nos interrumpan.
Los ruidos reaparecieron; particularmente, el del caño.
Dejaron el cadáver al pie de la escalera, en el suelo, y subieron. Tras de probar varias llaves, Julia abrió la valija. Puso las dos manos adentro, y las mostró después, cada una agarrando un sobre repleto. Los dio al marido, para que los guardara. Recogió el chambergo de la señora, la valija, el leño.
—Hay que pensar dónde esconderemos la plata —dijo—. Por un tiempo estará escondida.
Bajaron. Con ademán burlesco, Julia hundió el chambergo hasta las orejas a la muerta. Corrió al sótano, empapó el leño en alcohol, lo echó al fuego. Volvió al salón.
—Abre la puerta y asómate afuera —pidió.
Obedeció Arévalo.
—No hay nadie —dijo en un susurro.
De la mano, salieron. Era noche de luna, hacía fresco, se oía el mar. Julia entró de nuevo en la casa; volvió a salir con la valija de la señora; abrió la puerta del automóvil, un cabriolet Packard, anticuado y enorme: echó la valija adentro. Murmuró:
—Vamos a buscar a la muerta. —En seguida levantó la voz. —Ayúdame. Estoy harta de cargar con ese fardo. Al diablo con las impresiones digitales.
Apagaron todas las luces de la hostería, cargaron con la señora, la sentaron entre ellos, en el coche, que Julia condujo. Sin encender los faros llegaron a un paraje donde el camino coincidía con el borde a pique de los acantilados, a unos doscientos metros de La Soñada. Cuando Julia detuvo el Packard, la rueda delantera izquierda pendía sobre el vacío. Abrió la portezuela a su marido y ordenó:
—Bájate.
—No creas que hay mucho lugar —protestó Arévalo, escurriéndose entre el coche y el abismo.
Ella bajó a su vez y empujó el cadáver detrás del volante. Pareció que el automóvil se deslizaba.
—¡Cuidado! —gritó Arévalo.
Cerró Julia la portezuela, se asomó al vacío, golpeó con el pie en el suelo, vio caer un terrón. En sinuosos dibujos de espuma y sombra el mar, abajo, se movía vertiginosamente:
—Todavía sube la marca —aseguró—. ¡Un empujón y estamos libres!
Se prepararon.
—Cuando diga ahora, empujamos con toda la furia —ordenó ella—. ¡Ahora!
El Packard se desbarrancó espectacularmente, con algo humano y triste en la caída, y los muchachos quedaron en el suelo, en el pasto, al borde del acantilado, uno en brazos del otro, Julia llorando como si nada fuera a consolarla, sonriendo cuando Arévalo le besaba la cara mojada. Al rato se incorporaron, se asomaron al borde.
—Ahí está —dijo Arévalo.
—Sería mejor que el mar se lo llevara, pero si no se lo lleva, no importa.
Volvieron camino. Con los rastrillos borraron las huellas del automóvil, entre el patio de tierra y el pavimento. Antes de que hubieran destruido todos los rastros y puesto en perfecto orden la casa, el nuevo día los sorprendió. Arévalo dijo:
—Vamos a ver cuánta plata tenemos.
Sacaron de los sobres los billetes y los contaron.
—Doscientos siete mil pesos —anunció Julia.
Comentaron que si la mujer llevaba más de doscientos mil pesos para la seña, estaba dispuesta a pagar más de dos millones por la casa; que en los últimos años el dinero había perdido mucho valor; que esa pérdida los favorecía, porque la suma de la seña les alcanzaba a ellos para pagar la hostería y los intereses del prestamista.
Con el mejor ánimo, Julia dijo:
—Por suerte hay agua caliente. Nos bañaremos juntos y tomaremos un buen desayuno.
La verdad es que por un tiempo no estuvieron tranquilos. Julia predicaba la calma, decía que un día pasado era un día ganado. Ignoraban si el mar había arrastrado el automóvil o si lo había dejado en la playa.
—¿Quieres que vaya a ver? —preguntó Julia.
—Ni soñar —contestó Arévalo—. ¿Te das cuenta si nos ven mirando?
Con impaciencia Arévalo esperaba el paso del ómnibus que dejaba todas las tardes el diario. Al principio ni los diarios ni la radio daban noticias de la desaparición de la señora. Parecía que el episodio hubiera sido un sueño de ellos dos, los asesinos.
Una noche Arévalo preguntó a su mujer:
—¿Crees que puedo rezar? Yo quisiera rezar, pedir a un poder sobrenatural que el mar se lleve el automóvil. Estaríamos tan tranquilos. Nadie nos vincularía con esa vieja del demonio.
—No tengas miedo —contestó Julia—. Lo peor que puede pasarnos es que nos interroguen. No es terrible: toda nuestra vida feliz por un rato en la comisaría. ¿Somos tan flojos que no podemos afrontarlo? No tienen pruebas contra nosotros. ¿Cómo van a achacarnos lo que le pasó a la pobre señora?
Arévalo pensó en voz alta:
—Esa noche nos acostamos tarde. No podemos negarlo. Cualquiera que pasó, vio luz.
—Nos acostamos tarde, pero no oímos la caída del automóvil.
—No. No oímos nada. Pero ¿qué hicimos?
—Oímos la radio.
—Ni siquiera sabemos qué programas transmitieron esa noche.
—Estuvimos conversando.
—¿De qué? Si decimos la verdad, les damos el móvil. Estábamos arruinados y nos cae del cielo una vieja cargada de plata.
—Si todos los que no tienen plata salieran a matar como locos...
—Ahora no podemos pagar la deuda —dijo Arévalo.
—Y para no despertar sospechas —continuó sarcásticamente Julia— perdemos la hostería y nos vamos a Buenos Aires, a vivir en la miseria. Por nada del mundo. Si quieres, no pagamos un peso, pero yo me voy a hablar con el prestamista. De algún modo lo convenzo. Le prometo que si nos da un respiro, las cosas van a mejorar y él cobrará todo su dinero. Como sé que tengo el dinero, hablo con seguridad y lo convenzo.
La radio una mañana, y después los diarios, se ocuparon de la señora desaparecida.
—"A raíz de una conversación con el comisario Gariboto" —leyó Arévalo— "este corresponsal tiene la impresión de que obran en poder de la policía elementos de juicio que impiden descartar la posibilidad de un hecho delictuoso". ¿Ves? Empiezan con el hecho delictuoso.
—Es un accidente —afirmó Julia—. A la larga se convencerán. Ahora mismo la policía no descarta la posibilidad de que la señora esté sana y buena, extraviada quién sabe dónde. Por eso no hablan de la plata, para que a nadie se le ocurra darle un palo en la cabeza.
Era un luminoso día de mayo. Hablaban junto a la ventana, tomando sol.
—¿Qué serán los elementos de juicio? —interrogó Arévalo.
—La plata —aseguró Julia—. Nada más que la plata. Alguno habrá ido con el cuento de que la señora viajaba con una enormidad de plata en la valija.
De pronto Arévalo preguntó:
—¿Qué hay allá?
Un numeroso grupo de personas se movía en la parte del camino donde se precipitó el automóvil. Arévalo dijo:
—Lo descubrieron.
—Vamos a ver —opinó Julia—. Sería sospechoso que no tuviéramos curiosidad.
—Yo no voy —respondió Arévalo.
No pudieron ir. Todo el día en la hostería hubo clientes. Alentado, quizá, por la circunstancia, Arévalo se mostraba interesado, conversador, inquiría sobre lo ocurrido, juzgaba que en algunos puntos el camino se arrimaba demasiado al borde de los acantilados, pero reconocía que la imprudencia era, por desgracia, un mal endémico de los automovilistas. Un poco alarmada, Julia lo observaba con admiración.
A los bordes del camino se amontonaron automóviles. Luego, Arévalo y Julia creyeron ver en medio del grupo de automóviles y de gente una suerte de animal erguido, un desmesurado insecto. Era una grúa. Alguien dijo que la grúa no trabajaría hasta la mañana, porque ya no había luz. Otro intervino:
—Adentro del vehículo, un regio Packard del tiempo de la colonia, localizaron hasta dos cadáveres.
—Como dos tórtolas en el nido, irían a los besos, y de pronto ¡patapún! el Packard se propasa del borde, cae al agua.
—Lo siento —terció una voz aflautada—, pero el automóvil es Cadillac.
Un oficial de Policía, acompañado de un señor canoso, de orión encasquetado y gabardina verde, entró en La Soñada. El señor se descubrió para saludar a Julia. Mirándola como a un cómplice, comentó:
—Trabajan ¿eh?
—La gente siempre imagina que uno gana mucho —contestó Julia—. No crea que todos los días son como hoy.
—Pero no se queja ¿no?
—No, no me quejo.
Dirigiéndose al oficial de uniforme, el señor dijo:
—Si en vez de sacrificarnos por la repartición, montáramos un barcito como éste, a nosotros también otro gallo nos cantara. Paciencia, Matorras. —Más tarde, el señor preguntó a Julia: —¿Oyeron algo la noche del suceso?
—¿Cuándo fue el accidente? —preguntó ella.
—Ha de haber sido el viernes a la noche —dijo el policía de uniforme.
—¿El viernes a la noche? —repitió Arévalo—. Me parece que no oí nada. No recuerdo.
—Yo tampoco —añadió Julia.
En tono de excusa, el señor de gabardina anunció:
—Dentro de unos días tal vez los molestemos, para una declaración en la oficina de Miramar.
—Mientras tanto ¿nos manda un vigilante para atender el mostrador? —preguntó Julia.
El señor sonrió.
—Sería una verdadera imprudencia —dijo—. Con el sueldo que paga la repartición nadie para la olla.
Esa noche Arévalo y Julia durmieron mal. En cama conversaron de la visita de los policías; de la conducta a seguir en el interrogatorio, si los llamaban; del automóvil con el cadáver, que aún estaba al pie del acantilado. A la madrugada Arévalo habló de un vendaval y tormenta que ya no oían, de las olas que arrastraron el automóvil mar adentro. Antes de acabar la frase comprendió que había dormido y soñado. Ambos rieron.
La grúa, a la mañana, levantó el automóvil con la muerta. Un parroquiano que pidió anís del Mono, anunció:
—La van a traer aquí.
Todo el tiempo la esperaron, hasta que supieron que la habían llevado a Miramar en una ambulancia.
—Con los modernos gabinetes de investigación —opinó Arévalo— averiguarán que los golpes de la vieja no fueron contra los fierros del automóvil.
—¿Crees en esas cosas? —preguntó Julia—. El moderno gabinete ha de ser un cuartucho, con un calentador Primus, donde un empleado toma mate. Vamos a ver qué averiguan cuando les presenten a la vieja con su buen sancocho en agua de mar.
Transcurrió una semana, de bastante animación en la hostería. Algunos de los que acudieron la tarde en que se descubrió el automóvil, volvieron en familia, con niños, o de a dos, en parejas. Julia observó:
—¿Ves que yo tenía razón? La Soñada es un lugar extraordinario. Era una injusticia que nadie viniera. Ahora la conocen y vuelven. Nos va a llegar toda la suerte junta.
Llegó la citación de la Brigada de Investigaciones.
—Que me vengan a buscar con los milicos —Arévalo protestó.
El día fijado se presentaron puntualmente. Primero Julia pasó a declarar. Cuando le tocó su turno, Arévalo estaba un poco nervioso. Detrás de un escritorio lo esperaba el señor de las canas y la gabardina, que los visitó en La Soñada; ahora no tenía gabardina y sonreía con afabilidad. En dos o tres ocasiones Arévalo llevó el pañuelo a los ojos, porque le lloraban. Hacia el final del interrogatorio, se encontró cómodo y seguro, como en una reunión de amigos, pensó (aunque después lo negara) que el señor de la gabardina era todo un caballero. El señor dijo por fin:
—Muchas gracias. Puede retirarse. Lo felicito —y tras una pausa, agregó en tono probablemente desdeñoso— por la señora.
De vuelta en la hostería, mientras Julia cocinaba, Arévalo ponía la mesa.
—Qué compadres inmundos —comentó él—. Disponen de toda la fuerza del gobierno y sueltos de cuerpo lo apabullan al que tiene el infortunio de comparecer. Uno aguanta los insultos con tal de respirar el aire de afuera, no vaya a dar pie a que le apliquen la picana, lo hagan cantar y lo dejen que se pudra adentro. Palabra que si me garanten la impunidad, despacho al de la gabardina.
—Hablas como un tigre cebado —dijo riendo Julia—. Ya pasó.
—Ya pasó el mal momento. Quién sabe cuántos parecidos o peores nos reserva el futuro.
—No creo. Antes de lo que suponen, el asunto quedará olvidado.
—Ojalá que pronto quede olvidado. A veces me pregunto si no tendrán razón los que dicen que todo se paga.
—¿Todo se paga? Qué tontería. Si no cavilas, todo se arreglará —aseguró Julia.
Hubo otra citación, otro diálogo con el señor de la gabardina, cumplido sin dificultad y seguido de alivio. Pasaron meses. Arévalo no podía creerlo, tenía razón Julia, el crimen de la señora parecía olvidado. Prudentemente, pidiendo plazos y nuevos plazos, como si estuvieran cortos de dinero, pagaron la deuda. En primavera compraron un viejo sedan Pierce-Arrow. Aunque el carromato gastaba mucha nafta —por eso lo pagaron con pocos pesos— tomaron la costumbre de ir casi diariamente a Miramar, a buscar las provisiones o con otro pretexto. Durante la temporada de verano, partían a eso de las nueve de la mañana y a las diez ya estaban de vuelta, pero en abril, cansados de esperar clientes, también salían a la tarde. Les agradaba el paseo por el camino de la costa.
Una tarde, en el trayecto de vuelta, vieron por primera vez al hombrecito. Hablando del mar y de la fascinación de mirarlo, iban alegres, abstraídos, como dos enamorados, y de improviso vieron en otro automóvil al hombrecito que los seguía. Porque reclamaba atención —con un designio oscuro— el intruso los molestó. Arévalo, en el espejo, lo había descubierto: con la expresión un poco impávida, con la cara de hombrecito formal, que pronto aborrecería demasiado; con los paragolpes de su Opel casi tocando el Pierce-Arrow. Al principio lo creyó uno de esos imprudentes que nunca aprenden a manejar. Para evitar que en la primera frenada se le viniera encima, sacó la mano, con repetidos ademanes dio paso, aminoró la marcha; pero también el hombrecito aminoró la marcha y se mantuvo atrás. Arévalo procuró alejarse. Trémulo, el Pierce-Arrow alcanzó una velocidad de cien kilómetros por hora; como el perseguidor disponía de un automovilito moderno, a cien kilómetros por hora siguió igualmente cerca. Arévalo exclamó furioso:
—¿Qué quiere el degenerado? ¿Por qué no nos deja tranquilos? ¿Me bajo y le rompo el alma?
—Nosotros —indicó Julia— no queremos trifulcas que acaben en la comisaría.
Tan olvidado estaba el episodio de la señora, que por poco Arévalo no dice ¿por qué?
En un momento en que hubo más automóviles en la ruta, hábilmente manejado el Pierce-Arrow se abrió paso y se perdió del inexplicable seguidor. Cuando llegaron a La Soñada habían recuperado el buen ánimo: Julia ponderaba la destreza de Arévalo, éste el poder del viejo automóvil.
El encuentro del camino fue recordado, en cama, a la noche; Arévalo preguntó qué se propondría el hombrecito.
—A lo mejor —explicó Julia— a nosotros nos pareció que nos perseguía, pero era un buen señor distraído, paseando en el mejor de los mundos.
—No —replicó Arévalo—. Era de la policía o era un degenerado. O algo peor.
—Espero —dijo Julia— que no te pongas a pensar ahora que todo se paga, que ese hombrecito ridículo es una fatalidad, un demonio que nos persigue por lo que hicimos.
Arévalo miraba inexpresivamente y no contestaba. Su mujer comentó:
—¡Cómo te conozco!
Él siguió callado, hasta que dijo en tono de ruego:
—Tenemos que irnos, Julita ¿no comprendes? Aquí van a atraparnos. No nos quedemos hasta que nos atrapen —la miró ansiosamente—. Hoy es el hombrecito, mañana surgirá algún otro. ¿No comprendes? Habrá siempre un perseguidor, hasta que perdamos la cabeza, hasta que nos entreguemos. Huyamos. A lo mejor todavía hay tiempo.
Julia dijo:
—Cuánta estupidez.
Le dio la espalda, apagó el velador, se echó a dormir.
La tarde siguiente, cuando salieron en automóvil, no encontraron al hombrecito; pero la otra tarde, sí. Al emprender el camino de vuelta, por el espejo lo vio Arévalo. Quiso dejarlo atrás, lanzó a toda velocidad el Pierce-Arrow; con mortificación advirtió que el hombrecito no perdía distancia, se mantenía ahí cerca, invariablemente cerca. Arévalo disminuyó la marcha, casi la detuvo, agitó un brazo, mientras gritaba:
—¡Pase, pase!
El hombrecito no tuvo más remedio que obedecer. En uno de los parajes donde el camino se arrima al borde del acantilado, los pasó. Lo miraron: era calvo, llevaba graves anteojos de carey, tenía las orejas en abanico y un bigotito correcto. Los faros del Pierre-Arrow le iluminaron la calva, las orejas.
—¿No le darías un palo en la cabeza? —preguntó Julia, riendo.
—¿Puedes ver el espejo de su coche? —preguntó Arévalo—. Sin disimulo nos espía el cretino.
Empezó entonces una persecución al revés. El perseguidor iba adelante, aceleraba o disminuía la marcha, según ellos aceleraran o disminuyeran la del Pierce-Arrow.
—¿Qué se propone? —con desesperación mal contenida preguntó Arévalo.
—Paremos —contestó Julia—. Tendrá que irse.
Arévalo gritó:
—No faltaría más. ¿Por qué vamos a parar?
—Para librarnos de él.
—Así no vamos a librarnos de él.
—Paremos —insistió Julia.
Arévalo detuvo el automóvil. Pocos metros delante, el hombrecito detuvo el suyo. Con la voz quebrada, gritó Arévalo:
—Voy a romperle el alma.
—No bajes —pidió Julia.
Él bajó y corrió, pero el perseguidor puso en marcha su automóvil, se alejó sin prisa, desapareció tras un codo del camino.
—Ahora hay que darle tiempo para que se vaya —dijo Julia.
—No se va a ir —dijo Arévalo, subiendo al coche.
—Escapemos por el otro lado.
—¿Escaparnos? De ninguna manera.
—Por favor —pidió Julia— esperemos diez minutos.
Él mostró el reloj. No hablaron. No habían pasado cinco minutos cuando dijo Arévalo:
—Basta. Te juro que nos está esperando del otro lado del recodo.
Tenía razón: al doblar el recodo divisaron el coche detenido. Arévalo aceleró furiosamente.
—No seas loco —murmuró Julia.
Como si del miedo de Julia arrancara orgullo y coraje aceleró más. Por velozmente que partiera el Opel no tardarían en alcanzarlo. La ventaja que le llevaban era grande: corrían a más de cien kilómetros. Con exaltación gritó Arévalo:
—Ahora nosotros perseguimos.
Lo alcanzaron en otro de los parajes donde el camino se arrima al borde del acantilado: justamente donde ellos mismos habían desbarrancado, pocos meses antes, el coche con la señora. Arévalo, en vez de pasar por la izquierda, se acercó al Opel por la derecha; el hombrecito desvió hacia la izquierda, hacia el lado del mar; Arévalo siguió persiguiendo por la derecha, empujando casi el otro coche fuera del camino. Al principio pareció que aquella lucha de voluntades podría ser larga, pero pronto el hombrecito se asustó, cedió, desvió más y Julia y Arévalo vieron el Opel saltar el borde del acantilado y caer al vacío.
—No pares —ordenó Julia—. No deben sorprendernos aquí.
—¿Y no averiguar si murió? ¿Preguntarme toda la noche si no vendrá mañana a acusarnos?
—Lo eliminaste —contestó Julia—. Te diste el gusto. Ahora no pienses más. No tengas miedo. Si aparece, ya veremos. Caramba, finalmente sabremos perder.
—No voy a pensar más —dijo Arévalo.
El primer asesinato —porque mataron por lucro, o porque la muerta confió en ellos, o porque los llamó la policía, o porque era el primero— los dejó atribulados. Ahora tenían uno nuevo para olvidar el anterior, y ahora hubo provocación inexplicable, un odioso perseguidor que ponía en peligro la dicha todavía no plenamente recuperada... Después de este segundo asesinato vivieron felices.
Unos días vivieron felices, hasta el lunes en que apareció, a la hora de la siesta, el parroquiano gordo. Era extraordinariamente voluminoso, de una gordura floja, que amenazaba con derramarse y caerse; tenía los ojos difusos, la tez pálida, la papada descomunal. La silla, la mesa, el cafecito y la caña quemada que pidió, parecían minúsculos. Arévalo comentó:
—Yo lo he visto en alguna parte. No sé dónde.
—Si lo hubieras visto, sabrías dónde. De un hombre así nada se olvida —contestó Julia.
—No se va más —dijo Arévalo.
—Que no se vaya. Si paga, que se quede el día entero.
Se quedó el día entero. Al otro día volvió. Ocupó la misma mesa, pidió caña quemada y café.
—¿Ves? —preguntó Arévalo.
—¿Qué? —preguntó Julia.
—Es el nuevo hombrecito.
—Con la diferencia... —contestó Julia, y rió.
—No sé cómo ríes —dijo Arévalo—. Yo no aguanto. Si es policía, mejor saberlo. Si dejamos que venga todas las tardes y que se pase las horas ahí, callado, mirándonos, vamos a acabar con los nervios rotos, y no va a tener más que abrir la trampa y caeremos adentro. Yo no quiero noches en vela, preguntándome qué se propone este nuevo individuo. Yo te dije: siempre habrá uno...
—A lo mejor no se propone nada. Es un gordo triste... —opinó Julia—. Yo creo que lo mejor es dejar que se pudra en su propia salsa. Ganarle en su propio juego. Si quiere venir todos los días, que venga, pague y listo.
—Será lo mejor —replicó Arévalo—, pero en ese juego gana el de más aguante, y yo no doy más.
Llegó la noche. El gordo no se iba. Julia trajo la comida, para ella y para Arévalo. Comieron en el mostrador.
—¿El señor no va a comer? —con la boca llena, Julia preguntó al gordo.
Éste respondió:
—No, gracias.
—Si por lo menos te fueras —mirándolo, Arévalo suspiró.
—¿Le hablo? —inquirió Julia—. ¿Le tiro la lengua?
—Lo malo —repuso Arévalo— es que tal vez no te da conversación, te contesta sí, sí, no, no.
Dio conversación. Habló del tiempo, demasiado seco para el campo, y de la gente y de sus gustos inexplicables.
—¿Cómo no han descubierto esta hostería? Es el lugar más lindo de la costa —dijo.
—Bueno —respondió Arévalo, que desde el mostrador estaba oyendo—, si le gusta la hostería es un amigo. Pida lo que quiera el señor: paga la casa.
—Ya que insisten —dijo el gordo— tomaré otra caña quemada.
Después pidió otra. Hacía lo que ellos querían. Jugaban al gato y el ratón. Como si la caña dulce le soltara la lengua, el gordo habló:
—Un lugar tan lindo y las cosas feas que pasan. Una picardía.
Mirando a Julia, Arévalo se encogió de hombros resignadamente.
—¿Cosas feas? —Julia preguntó enojada.
—Aquí no digo —reconoció el gordo— pero cerca. En los acantilados. Primero un automóvil, después otro, en el mismo punto, caen al mar, vean ustedes. Por entera casualidad nos enteramos.
—¿De qué? —preguntó Julia.
—¿Quiénes? —preguntó Arévalo.
—Nosotros —dijo el gordo—. Vean ustedes, el señor ese del Opel que se desbarrancó, Trejo de nombre, tuvo una desgracia, años atrás. Una hija suya, una señorita, se ahogó cuando se bañaba en una de las playas de por aquí. Se la llevó el mar y no la devolvió nunca. El hombre era viudo; sin la hija se encontró solo en el mundo. Vino a vivir junto al mar, cerca del paraje donde perdió a la hija, porque le pareció —medio trastornado quedaría, lo entiendo perfectamente— que así estaba más cerca de ella. Este señor Trejo —quizás ustedes lo hayan visto: un señor de baja estatura, delgado, calvo, con bigotito bien recortado y anteojos— era un pan de Dios, pero vivía retraído en su desgracia, no veía a nadie, salvo al doctor Laborde, su vecino, que en alguna ocasión lo atendió y desde entonces lo visitaba todas las noches, después de comer. Los amigos bebían el café, hablaban un rato y disputaban una partida de ajedrez. Noche a noche igual. Ustedes, con todo para ser felices, me dirán qué programa. Las costumbres de los otros parecen una desolación, pero, vean ustedes, ayudan a la gente a llevar su vidita. Pues bien, una noche, últimamente, el señor Trejo, el del Opel, jugó muy mal su partida de ajedrez.
El gordo calló, como si hubiera comunicado un hecho interesante y significativo. Después preguntó:
—¿Saben por qué?
Julia contestó con rabia:
—No soy adivina.
—Porque a la tarde, en el camino de la costa, el señor Trejo vio a su hija. Tal vez porque nunca la vio muerta, pudo creer entonces que estaba viva y que era ella. Por lo menos, tuvo la ilusión de verla. Una ilusión que no lo engañaba del todo, pero que ejercía en él una auténtica fascinación. Mientras creía ver a su hija, sabía que era mejor no acercarse a hablarle. No quería, el pobre señor Trejo, que la ilusión se desvaneciera. Su amigo, el doctor Laborde, lo retó esa noche. Le dijo que parecía mentira, que él, Trejo, un hombre culto, se hubiera portado como un niño, hubiera jugado con sentimientos profundos y sagrados, lo que estaba mal y era peligroso. Trejo dio la razón a su amigo, pero argüyó que si al principio él había jugado, quien después jugó era algo que estaba por encima de él, algo más grande y de otra naturaleza, probablemente el destino. Pues ocurrió un hecho increíble: la muchacha que él tomó por su hija —vean ustedes, iba en un viejo automóvil, manejado por un joven— trató de huir. "Esos jóvenes" dijo el señor Trejo "reaccionaron de un modo injustificable si eran simples desconocidos. En cuanto me vieron, huyeron, como si ella fuera mi hija y por un motivo misterioso quisiera ocultarse de mí. Sentí como si de pronto se abriera el piso a mis pies, como si este mundo natural se volviera sobrenatural, y repetí mentalmente: No puede ser, no puede ser". Entendiendo que no obraba bien, procuró alcanzarlos. Los muchachos de nuevo huyeron.
El gordo, sin pestañear, los miró con sus ojos lacrimosos. Después de una pausa continuó:
—El doctor Laborde le dijo que no podía molestar a desconocidos. "Espero" le repitió "que si encuentras a los muchachos otra vez, te abstendrás de seguirlos y molestarlos". El señor Trejo no contestó.
—No era malo el consejo de Laborde —declaró Julia—. No hay que molestar a la gente. ¿Por qué usted nos cuenta todo esto?
—La pregunta es oportuna —afirmó el gordo—: atañe al fondo de nuestra cuestión. Porque dentro de cada cual el pensamiento trabaja en secreto, no sabemos quién es la persona que está a nuestro lado. En cuanto a nosotros mismos, nos imaginamos transparentes; no lo somos. Lo que sabe de nosotros el prójimo, lo sabe por una interpretación de signos; procede como los augures que estudiaban las entrañas de animales muertos o el vuelo de los pájaros. El sistema es imperfecto y trae toda clase de equivocaciones. Por ejemplo, el señor Trejo supuso que los muchachos huían de él, porque ella era su hija; ellos tendrían quién sabe qué culpa y le atribuirían al pobre señor Trejo quién sabe qué propósitos. Para mí, hubo corridas en la ruta, cuando se produjo el accidente en que murió Trejo. Meses antes, en el mismo lugar, en un accidente parecido, perdió la vida una señora. Ahora nos visitó Laborde y nos contó la historia de su amigo. A mí se me ocurrió vincular un accidente, digamos un hecho, con otro, señor: a usted lo vi en la Brigada de Investigaciones, la otra vez, cuando los llamamos a declarar; pero usted entonces también estaba nervioso y quizá no recuerde. Como apreciarán, pongo las cartas sobre la mesa.
Miró el reloj y puso las manos sobre la mesa.
—Aunque debo irme, el tiempo me sobra, de modo que volveré mañana. —Señalando la copa y la taza, agregó: —¿Cuánto es esto?
El gordo se incorporó, saludó gravemente y se fue. Arévalo habló como para sí:
—¿Qué te parece?
—Que no tiene pruebas —respondió Julia—. Si tuviera pruebas, por más que le sobre tiempo, nos hubiera arrestado.
—No te apures, nos va a arrestar —dijo Arévalo cansadamente—. El gordo trabaja sobre seguro: en cuanto investigue nuestra situación de dinero, antes y después de la muerte de la vieja, tiene la clave.
—Pero no pruebas —insistió Julia.
—¿Qué importan las pruebas? Estaremos nosotros, con nuestra culpa. ¿Por qué no ves las cosas de frente, Julita? Nos acorralaron.
—Escapemos —pidió Julia.
—Ya es tarde. Nos perseguirán, nos alcanzarán.
—Pelearemos juntos.
—Separados, Julia; cada uno en su calabozo. No hay salida, a menos que nos matemos.
—¿Que nos matemos?
—Hay que saber perder: tú lo dijiste. Juntos, sin toda esa pesadilla y ese cansancio.
—Mañana hablaremos. Ahora tienes que descansar.
—Los dos tenemos que descansar.
—Vamos.
—Sube. Yo voy dentro de un rato.
Julia obedeció.
Raúl Arévalo cerró las ventanas y las persianas, ajustó los pasadores, uno por uno, cerró las dos hojas de la puerta de entrada, ajustó el pasador, giró la llave, colocó la pesada tranca de hierro.



En Historias de amor (1972) 
Foto: Adolfo Bioy Casares fotografiado 
por el editor Mario Muchnik (París 1973)




8 jul. 2014

Wallace Stevens: Mañana de domingo (Trad. Jorge L. Borges y Adolfo Bioy Casares)

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I

Complacencias del batón, y tardío
Café y naranjas en una silla al sol,
Y la verde libertad de un papagayo,
Se mezclan en una alfombra para disipar
El sagrado silencio de los sacrificios antiguos.
Ella sueña un poco, y siente la oscura
Invasión de esa vieja catástrofe,
Como se oscurece una bonanza entre las luces del agua.
Las vívidas naranjas y las brillantes alas verdes
Parecen cosas en alguna procesión de los muertos,
Serpenteando por las anchurosas aguas, sin ruido,
El día es como un agua anchurosa, sin ruido,
Aquietado para que pasen sus pies que sueñan
Sobre los mares, hacia una silenciosa Palestina,
Dominio de la sangre y del sepulcro.


II

¿Por qué dará su dádiva a los muertos?
¿Qué es la divinidad si sólo llega
En silenciosas sombras y en sueño?
¿No encontrará en consuelos del sol,
En fruta vívida y en las brillantes alas verdes, o sino
En los bálsamos y bellezas de la tierra,
Cosas dignas de amor, como la imagen del cielo?
La divinidad tiene que vivir en ella misma:
Lamentos en la soledad, o indómitos
Entusiasmos cuando la selva florece; huracanadas

Emociones en caminos mojados por las noches de otoño;
Todos los placeres y todas las penas, recordando
La rama del verano y la rama invernal.
Tales son las medidas de su alma.


III

Zeus tuvo en las nubes nacimiento inhumano.
Ninguna madre lo amamantó, ningún dulce país
Dio amplios ademanes a su mítica mente.
Anduvo entre nosotros, como un rey que murmura,
Magnífico, andaría entre sus corzas,
Hasta que nuestra sangre, conjugándose, virginal,
Con el cielo, trajo tal recompensa al deseo que
Hasta las corzas lo divisaron en una estrella.
¿Fracasará nuestra sangre? ¿Llegará a ser
La sangre del Paraíso? ¿Y se parecerá
Toda la tierra que conocemos al Paraíso?
El cielo entonces será más amistoso que ahora,
Participará en el trabajo y participará en el dolor,
Y próximo en la gloria al amor que perdura,
Y no este azul indiferente, que aleja.


IV

Ella dice: “Estoy contenta cuando los pájaros
Antes de volar, prueban la realidad
De los nublados campos con sus dulces preguntas;
Pero cuando los pájaros se han ido, y sus calientes campos
Ya no vuelven, ¿dónde está el Paraíso?”.
No hay morada para la profecía,
Ni antiguas quimeras del sepulcro,
Ni el áureo subterráneo, ni isla
Melodiosa, donde regresan los espíritus,
Ni un visionario sur, ni nebulosa palmera
Remota en una colina del cielo, que ha perdurado
Como perdura el verde de abril; o perdurará
Como su memoria de pájaros despiertos;
O su anhelo de junio y de la tarde, tocado
Por el agotamiento de las alas de la golondrina.


V

Ella dice: “Pero aun siento en el consuelo
La necesidad de una imperecedera ventura”.
La muerte es madre de la belleza; sólo de ella
Vendrá el cumplimiento de nuestros sueños
Y de nuestros deseos. Aunque desparrama las hojas
Del seguro olvido en nuestros senderos,
El sendero que la pena enferma tomó, los muchos senderos
Donde retumbó la crasa fanfarria del triunfo, o donde el amor
Movido por ternura susurró algo,
Hace que el sauce se estremezca en el sol
Para muchachas que solían sentarse y mirar
La hierba, abandonada a sus pies.
Hace que los muchachos apilen nuevas ciruelas y peras
En desdeñadas fuentes. Las muchachas prueban
Y apasionadamente se extravían en las hojas acumuladas.


VI

¿No habrá cambio de muerte en el Paraíso?
¿No cae jamás la fruta madura? ¿Cuelgan las ramas
Grávidas siempre contra el cielo perfecto,
Inmutable, pero tan parecido a nuestra tierra mortal,
Con ríos como los nuestros que buscan mares
Que nunca encuentran, las mismas playas que se alejan
Y que nunca se tocan, con inarticulado dolor?
¿A qué poner el fruto en estas márgenes
O embalsamar las costas con la flor?
Ay de nosotros, que allí usen nuestros colores,
Los tejidos de seda de nuestras tardes,
Y pulsen las cuerdas de nuestros insípidos laúdes.
La muerte es la madre de la belleza, mística,
En cuyo ardiente pecho imaginamos
Nuestras madres terrestres, esperando, insomnes.


VII

Ágil y turbulento, un círculo de hombres
Cantará, orgiástico, en una mañana de verano
Su estentórea devoción al sol,
No como un dios, sino como un dios podría estar
Desnudo entre ellos, como un manantial salvaje.
Su canto será un canto de Paraíso,
Salido de su sangre, volviendo al cielo;
Y en su canto entrarán, voz por voz,
El tempestuoso lago en el que su señor se deleita,
Los árboles como serafines y las retumbantes colinas
Que prolongan el coro mucho después,
Conocerán muy bien la celestial camaradería
De los hombres que mueren y de la mañana estival.
Y el rocío sobre sus pies manifestará
De dónde han venido y adónde van.


VIII

Ella escucha, sobre el agua silenciosa
Una voz que grita: “La sepultura de Palestina
No es el pórtico de los espíritus que se demoran.
Es la tumba de Jesús, donde yació”.
Vivimos en un viejo caos del sol,
O en una vieja dependencia del día y de la noche,
O en la soledad de una isla, sin tutela, libres,
De esa anchurosa agua, inescapable.
Recorren los ciervos nuestras montañas, y las codornices
Silban en torno a sus espontáneos gritos;
Las dulces frutillas maduran en la soledad;
Y, en el aislamiento del cielo,
Al atardecer, bandadas casuales de palomas trazan
Ambiguas ondulaciones cuando descienden
Hacia la oscuridad, con extendidas alas.


Sunday Morning

I

Complacencies of the peignoir, and late
Coffee and oranges in a sunny chair,
And the green freedom of a cockatoo
Upon a rug mingle to dissipate
The holy hush of ancient sacrifice.
She dreams a little, and she feels the dark
Encroachment of that old catastrophe,
As a calm darkens among water-lights.
The pungent oranges and bright, green wings
Seem things in some procession of the dead,
Winding across wide water, without sound.
The day is like wide water, without sound,
Stilled for the passing of her dreaming feet
Over the seas, to silent Palestine,
Dominion of the blood and sepulchre.


II

Why should she give her bounty to the dead?
What is divinity if it can come
Only in silent shadows and in dreams?
Shall she not find in comforts of the sun,
In pungent fruit and bright green wings, or else
In any balm or beauty of the earth,
Things to be cherished like the thought of heaven?
Divinity must live within herself:
Passions of rain, or moods in falling snow;
Grievings in loneliness, or unsubdued
Elations when the forest blooms; gusty
Emotions on wet roads on autumn nights;
All pleasures and all pains, remembering
The bough of summer and the winter branch.
These are the measures destined for her soul.


III

Jove in the clouds had his inhuman birth.
No mother suckled him, no sweet land gave
Large-mannered motions to his mythy mind.
He moved among us, as a muttering king,
Magnificent, would move among his hinds,
Until our blood, commingling, virginal,
With heaven, brought such requital to desire
The very hinds discerned it, in a star.
Shall our blood fail? Or shall it come to be
The blood of paradise? And shall the earth
Seem all of paradise that we shall know?
The sky will be much friendlier then than now,
A part of labor and a part of pain,
And next in glory to enduring love,
Not this dividing and indifferent blue.


IV

She says, ‘I am content when wakened birds,
Before they fly, test the reality
Of misty fields, by their sweet questionings;
But when the birds are gone, and their warm fields
Return no more, where, then, is paradise?’
There is not any haunt of prophecy,
Nor any old chimera of the grave,
Neither the golden underground, nor isle
Melodious, where spirits gat them home,
Nor visionary south, nor cloudy palm
Remote on heaven’s hill, that has endured
As April’s green endures; or will endure
Like her remembrance of awakened birds,
Or her desire for June and evening, tipped
By the consummation of the swallow’s wings.


V

She says, ‘But in contentment I still feel
The need of some imperishable bliss.’
Death is the mother of beauty; hence from her,
Alone, shall come fulfillment to our dreams
And our desires. Although she strews the leaves
Of sure obliteration on our paths,
The path sick sorrow took, the many paths
Where triumph rang its brassy phrase, or love
Whispered a little out of tenderness,
She makes the willow shiver in the sun
For maidens who were wont to sit and gaze
Upon the grass, relinquished to their feet.
She causes boys to pile new plums and pears
On disregarded plate. The maidens taste
And stray impassioned in the littering leaves.


VI

Is there no change of death in paradise?
Does ripe fruit never fall? Or do the boughs
Hang always heavy in that perfect sky,
Unchanging, yet so like our perishing earth,
With rivers like our own that seek for seas
They never find, the same receding shores
That never touch with inarticulate pang?
Why set pear upon those river-banks
Or spice the shores with odors of the plum?
Alas, that they should wear our colors there,
The silken weavings of our afternoons,
And pick the strings of our insipid lutes!
Death is the mother of beauty, mystical,
Within whose burning bosom we devise
Our earthly mothers waiting, sleeplessly.


VII

Supple and turbulent, a ring of men
Shall chant in orgy on a summer morn
Their boisterous devotion to the sun,
Not as a god, but as a god might be,
Naked among them, like a savage source.
Their chant shall be a chant of paradise,
Out of their blood, returning to the sky;
And in their chant shall enter, voice by voice,
The windy lake wherein their lord delights,
The trees, like serafin, and echoing hills,
That choir among themselves long afterward.
They shall know well the heavenly fellowship
Of men that perish and of summer morn.
And whence they came and whither they shall go
The dew upon their feet shall manifest.


VIII

She hears, upon that water without sound,
A voice that cries, ‘The tomb in Palestine
Is not the porch of spirits lingering.
It is the grave of Jesus, where he lay.’
We live in an old chaos of the sun,
Or old dependency of day and night,
Or island solitude, unsponsored, free,
Of that wide water, inescapable.
Deer walk upon our mountains, and the quail
Whistle about us their spontaneous cries;
Sweet berries ripen in the wilderness;
And, in the isolation of the sky,
At evening, casual flocks of pigeons make
Ambiguous undulations as they sink,
Downward to darkness, on extended wings.


Hallazgo, nota y cortesía: Carlos Barbarito

El número doble, 113-114, marzo-abril de 1944, de la revista Sur, de Buenos Aires, está dedicado por entero a la literatura de Estados Unidos. En el espacio comprendido entre las páginas 100 y 111, aparece una traducción de Sunday Morning de Wallace Stevens, vertido a nuestro idioma por Adolfo Bioy Casares y Jorge Luis Borges. Originalmente publicado en parte en la revista Poetry, en 1915, forma parte del libro de 1923, Harmonium, que inaugura la obra del poeta nacido en Reading, Pennsylvania, en 1879, y fallecido en Hartford, Connecticut, en 1955. 
Dividido en ocho secciones, el poema, según el propio autor, que habló poco de su génesis e intenciones, es una simple intención de paganismo, o, según indicó más tarde, una religión naturalista como sustituto del supernaturalismo. Se trata de un poema de factura tradicional pero con versos blancos de variada longitud; la obra podría resumirse en el encuentro, cargado de dramatismo, entre una voz que opone al disfrute de la sensualidad, de los placeres del mundo, la conciencia de la muerte, y otra voz que asegura que el mundo es harto suficiente para satisfacer todo deseo. Las figuras centrales son una mujer y un oponente —ambos conforman el yo poético de Stevens—, que se enfrentan en un juego dialéctico paganismo-cristianismo, en extremo problemático y que llena de preguntas al lector. Ya aparece aquí, en primera instancia pero ya definida, la concepción de la vida y el mundo que alimenta por entero la obra poética de quien fuera considerado por Harold Bloom el mejor y más representativo poeta norteamericano de nuestro tiempo. Pero no se trata jamás de una aceptación sin más, una mera aceptación de lo sensual como supremo bien, el sol que ilumina y cuya luz roza a la mujer, no debe hacerla olvidar, de hacernos olvidar, la transitoriedad y fragilidad del hecho: hasta el aparente poder del astro que ella recibe sentada en su silla está sujeto a límite, a vencimiento como la carne y los huesos. Quizás la mejor figura de esto sea los que en plena orgía cantan en las colinas; canto que, nos dice el poeta, se compone del mismo material de las alas de las palomas que, con las alas extendidas, bajan hacia la oscuridad. 
El poema en su lengua original lo extraje de Wallace Stevens. The Collected Poems, Vintage Books Edition, N.Y., February 1990.