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26 dic. 2014

Descarga: Richard Dawkins - El gen egoísta

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«Somos máquinas de supervivencia, autómatas programados a ciegas con el fin de perpetuar la existencia de los egoístas genes que albergamos en nuestras células.» Así de rotundo es el comienzo del libro en el que el etólogo Richard Dawkins popularizó la teoría de que los genes son las verdaderas «unidades» centrales de la evolución, en vez de los individuos como los animales o las plantas. De esto hace ya casi treinta años, pues el libro se publicó en 1976. Según Dawkins, los genes primigenios nos crearon a las personas y los animales, quienes somos en realidad meras «máquinas de transmisión». Como máquinas podemos funcionar mejor o peor en nuestro entorno y de este modo continuar la cadena (garantizar la supervivencia y reproducción de los genes) a lo largo del tiempo, o perecer en una selección evolutiva. En su momento fue una forma de ver las cosas al revés sobre muchas ideas tradicionales sobre la evolución centrada en los individuos o las especies (por no hablar respecto a las ideas religiosas al respecto), pero actualmente hay cierto consenso en la comunidad científica sobre que esta idea es la que probablemente más se acerca a la realidad.

13 jun. 2013

Descarga: Richard Dawkins - El gen egoísta. Las bases biológicas de nuestra conducta

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"Somos máquinas de supervivencia, autómatas programados a ciegas con el fin de perpetuar la existencia de los egoístas genes que albergamos en nuestras células." Así de rotundo es el comienzo del libro en el que el etólogo Richard Dawkins popularizó la teoría de que los genes son las verdaderas «unidades» centrales de la evolución, en vez de los individuos como los animales o las plantas. De esto hace ya casi treinta años, pues el libro se publicó en 1976. Según Dawkins, los genes primigenios nos crearon a las personas y los animales, quienes somos en realidad meras «máquinas de transmisión». Como máquinas podemos funcionar mejor o peor en nuestro entorno y de este modo continuar la cadena (garantizar la supervivencia y reproducción de los genes) a lo largo del tiempo, o perecer en una selección evolutiva. En su momento fue una forma de ver las cosas al revés sobre muchas ideas tradicionales sobre la evolución centrada en los individuos o las especies (por no hablar respecto a las ideas religiosas al respecto), pero actualmente hay cierto consenso en la comunidad científica sobre que esta idea es la que probablemente más se acerca a la realidad.

12 jun. 2013

Susan Blackmore: Bichos raros

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Los humanos somos bichos raros. Sin lugar a dudas nuestros cuerpos han evolucionado por selección natural, de la misma forma que otros animales. Sin embargo existen grandes diferencias entre nosotros y otras criaturas del universo. Para empezar, tenemos capacidad de hablar y nos consideramos la especie más inteligente. Somos capaces de ganamos el sustento de mil maneras variopintas y nos encontramos distribuidos en todas partes. Debido a nuestra versatilidad declaramos guerras, tenemos creencias religiosas, enterramos a nuestros muertos y nos avergüenza la sexualidad. Consumimos televisión, conducimos automóviles y comemos helados. Hemos causado un impacto medioambiental tan fuerte en el ecosistema que, al parecer, nuestra propia capacidad de mantener vivo aquello que más necesitamos para existir está en peligro de extinción. Uno de los mayores inconvenientes del ser humano es la dificultad que supone contemplamos unos a otros sin prepucios.

Por una parte, somos animales sin lugar a dudas comparables a cualquier otro. Disponemos de pulmones, corazón y cerebro compuestos por células vivas; comemos, respiramos y nos reproducimos. La teoría de la evolución de Darwin de la selección natural puede explicar fácilmente cómo llegamos, junto con los demás seres del planeta, a ser lo que somos y a compartir tantas características. Por otra parte, también es cierto que nos comportamos de manera bastante distinta a otros animales. Puesto que en la actualidad la biología ha llegado a ser capaz de explicar con precisión nuestro parecido con otros seres, es preciso que empecemos a formularnos la pregunta opuesta. ¿Qué nos hace ser tan distintos? ¿Nuestra inteligencia superior?, ¿nuestro conocimiento?, ¿nuestro lenguaje?

Una respuesta muy corriente es la de alegar que sencillamente somos más inteligentes que el resto de las especies. No obstante, el concepto de inteligencia es muy relativo y existen innumerables argucias para definirla de una forma u otra, medirla, e incluso llegar a averiguar hasta qué punto es hereditaria. La investigación sobre inteligencia artificial (IA) ha llegado a algunas conclusiones que han sorprendido a quienes creían saber qué distinguía a la inteligencia humana.

Cuando la investigación sobre IA era aún incipiente, algunos expertos postulaban que de ser capaces de llegar a enseñar a un ordenador a jugar al ajedrez, habrían conseguido reproducir una de las modalidades más sofisticadas de inteligencia humana. Por aquellos tiempos era impensable que una máquina pudiese jugar una partida y menos aún ganar a un maestro ajedrecista. Sin embargo es raro que en la actualidad haya un hogar que no cuente con un programa de ajedrez más que aceptable introducido en su sistema informático. En 1997 el programa Deep Blue ganó al campeón mundial Garry Kasparov y de este modo se terminó la supremacía humana hasta entonces imbatida en esta modalidad.

Los ordenadores no juegan al ajedrez de la misma forma que los seres humanos, pero los éxitos obtenidos ponen de manifiesto que tenemos unas nociones muy equivocadas sobre lo que constituye la inteligencia. A todas luces, aquello que considerábamos como la capacidad más noble del ser humano, puede no ser así.

Lo contrario podría decirse de algunas actividades que tildamos de poco inteligentes, como limpiar la casa, cuidar el jardín o preparar una taza de té. Los investigadores de IA llevan años intentando fabricar robots que hagan estas tareas en sustitución de los humanos y, hasta la fecha, no lo han conseguido. El primer contratiempo que les enfrenta es la visión que se precisa para llevar a cabo dichos menesteres. Existe una anécdota, quizá apócrifa, sobre Marvin Minsky del Massachusetts Institute of Technology que en una ocasión pidió a sus alumnos que, como tarea estival, investigaran la problemática de la visión. Décadas más tarde, bien entrados en la era informática, el problema de la visión sigue siendo el mismo. Los humanos vemos con tanta naturalidad que no podemos imaginar la complejidad que significa estar provisto de este sentido. En cualquier caso, este tipo de inteligencia no es lo que nos distingue de los animales puesto que ellos también están dotados de visión.

Si la inteligencia no es capaz de damos una respuesta sencilla, quizá debamos recurrir al conocimiento consciente. Son muchos los que creen que la conciencia es un atributo particular de la persona y responsable de nuestra condición de humanos. Sin embargo los científicos tienen dificultades incluso para definir el término «conciencia». Si bien es cierto que cada cual conoce su propia conciencia, nadie sabe cómo compartirla, cómo desvelarla al prójimo. La subjetividad de la conciencia presenta un enorme dilema de definición y quizá sea por eso que durante la mayor parte de este siglo se ha evitado mentarla en todos los debates científicos. Por fortuna, este tema está en boga de nuevo a pesar de que científicos y filósofos no sepan ponerse de acuerdo para darle una definición de forma. Algunos apelan a una dificultad inconmensurable debido a su subjetividad, tan diferente de los dilemas propuestos por otros conceptos científicos y sugieren que debería intentar enfocarse la problemática desde un punto de vista totalmente nuevo si en verdad se desea hallar una solución; otros, por contra, están convencidos de que cuando se logre entender perfectamente el funcionamiento del cerebro humano y su conducta, la dificultad habrá desaparecido por completo.

Ciertas personas creen en la existencia del alma o de un espíritu que trasciende el cerebro físico y que explicaría la individualidad del ser humano. Con el declive de las creencias religiosas son cada vez menos las personas capaces de aceptar intelectualmente este punto de vista. Es curioso por lo tanto constatar que la mayoría de nosotros cree en la existencia de un diminuto «yo» consciente dentro de nuestro cerebro, un «yo» que contempla el mundo, toma decisiones, dirige acciones y se responsabiliza por ellas.

Como veremos más adelante, esto es un error. Al parecer, la actividad cerebral no precisa de la asistencia adicional de un «yo» mágico. Las distintas partes del cerebro llevan a cabo su cometido de forma independiente y son muchas las actividades que suceden simultáneamente. Por mucho que creamos que en nuestra mente existe un punto central por el que pasan las sensaciones y a partir del cual efectuamos nuestra toma de decisiones conscientemente, esto no es cierto porque dicho lugar no existe. A todas luces hay algo erróneo en nuestra forma de percibir conscientemente nuestro ser. A partir de esta confusión es imposible que podamos emitir certeramente juicios sobre la inconsciencia de los animales o sobre lo especiales que somos gracias a esa conciencia que nos distingue. ¿Qué es, pues, lo que nos distingue?


¿Qué nos distingue?

El postulado de esta obra sostiene que la capacidad de imitación es precisamente lo que nos distingue.

Se trata de una habilidad connatural en todos los humanos. ¿Lo hemos probado alguna vez? Sentémonos delante de un bebé y hagamos la prueba emitiendo gorgoritos como él o sonriéndole. ¿Qué sucederá? Lo más probable es que haga lo mismo y nos devuelva la sonrisa y a nosotros no nos ha costado un gran esfuerzo puesto que por medio de la imitación, el hecho de copiar al bebé ha sido muy fácil. Lo mismo sucede con la facultad de la vista. No pensamos en ello porque vemos sin casi darnos cuenta y ciertamente no nos jactamos de nuestra habilidad. Más adelante comprobaremos que se trata de un acto muy inteligente.

Sin duda alguna, los animales no actúan con tanta naturalidad. Situémonos ante nuestro gato o perro y hagámosle muecas, sonriámosle, etc. ¿Qué sucederá? Es posible que mueva la cola o que ronronee, pero podemos estar seguros de que no nos imitará. Se puede adiestrar a un gato, a un ratón, para que coman pulcramente de su plato siempre y cuando les recompensemos cada vez que lo hagan bien, pero nunca podremos enseñarles por el método pedagógico, como tampoco sabrá hacerlo otro gato o ratón. Después de largos años de investigación se ha llegado a concluir que es casi imposible que un animal aprenda por el método imitativo. (Volveremos a ello en el capítulo 4.) Es probable que creamos que una madre gata enseña a sus hijos a cazar, a atusarse el pelo o a abrir la trampilla de la puerta con sus demostraciones y que sus hijos la imitan, pero no es cierto. Los pájaros padres «adiestran» a volar a sus hijos porque les empujan a abandonar el nido y de esta forma les dan la oportunidad, y no por medio de sus esfuerzos demostrativos para que los polluelos les imiten.

Los propietarios de mascotas vivas adoran las anécdotas en las que intervienen animales que emulan la conducta de sus dueños. Leí en Internet que un gato había aprendido a vaciar el depósito del agua en el cuarto de baño y que enseñó a un congénere. Desde entonces ambos se entretienen con repetir la operación sentados sobre la tapa de la cisterna. Otra historia, quizá más fidedigna, la cuenta la psicóloga Diana Reiss de la Universidad Rutgers. Reiss investiga con un tipo de delfines que, al parecer, sabe imitar sonidos vocales, pitidos artificiales y algunas acciones simples (Bauer y Johnson, 1994; Reiss y McCowan, 1993). En su procedimiento de adiestramiento recompensaba con pescado a los delfines y también los castigaba con una «tregua». Si hacían algo mal, se alejaba de la orilla de la piscina y esperaba un minuto antes de regresar. En una ocasión cometió el error de echarle a un delfín un pedazo de pescado que todavía tenía espinas. El delfín le dio la espalda, se marchó hasta la orilla y aguardó durante un minuto.

Esta historia me emocionó y casi llegué a convencerme de que los delfines eran capaces de comprender y que disponían de inteligencia, de conciencia y de intencionalidad, igual que los humanos. Pero si ya es de por sí difícil definir todas estas cualidades, ni que decir tiene que asegurar que el delfín, en un impulso de reciprocidad, las incorporaba a su conducta, sería más que temerario. Lo que sí constatamos es que el delfín imitó a la doctora Reiss correctamente. Otorgamos tan poco crédito a la emulación que no nos percatamos de lo poco hábiles que son los animales para practicarla ni de la frecuencia con que los seres humanos llegamos a desplegar esta habilidad.

El factor más relevante quizá sea constatar que ni siquiera disponemos de palabras distintas para definir tipos de aprendizaje radicalmente ajenos entre sí. Empleamos el vocablo único «aprender» tanto para expresar una simple asociación o «condicionamiento clásico» (casi todos los animales son capaces de hacerlo), para aprender a través de los errores o «condicionamiento operativo» (muchos animales son capaces de hacerlo) y para aprender por imitación (que casi ninguno sabe hacer). Sostengo que la enorme facilidad con que emulamos es responsable de nuestra incapacidad para constatar que la imitación es, precisamente, lo que nos hace ser tan especiales.


Imitación y Meme

Cuando imitamos a alguien estamos transmitiendo algo. Este «algo» puede a su vez transmitirse una y otra vez hasta cobrar vida propia y puede llamarse idea, orden, conducta, información... No obstante, si deseamos investigarlo a fondo, deberemos encontrar un nombre para definirlo.

Afortunadamente el nombre existe: se llama «meme».

El vocablo apareció por primera vez en 1976, cuando Richard Dawkins lo acuñó en su libro The Selfish Gene, que fue líder de ventas. Gracias a esta obra, el zoólogo de Oxford ayudó a popularizar la teoría, cada vez más influyente, que postula que la evolución debe entenderse como una competición entre genes. A principios del siglo XX, los expertos en genética sostenían sin más la postura de que la evolución se efectuaba «por el bien de las especies», sin tener en cuenta qué mecanismos se involucraban en el proceso. Sin embargo, en la década de los sesenta, empezaron a hacerse patentes los graves errores que este punto de vista conllevaba (Williams, 1966). Cuando, por ejemplo, un grupo de organismos actúa en conjunto por el bien del grupo, el organismo individual que no lo hace puede fácilmente explotar a los demás. Si éste es el caso, su acto de individualismo resultará en su producción de descendencia mayor que la del conjunto, con lo que su conducta dará al traste con el bien del grupo. Desde un punto de vista genético más «avanzado», es posible contemplar la evolución como un proceso al servicio del individuo, o en beneficio de las especies, pero en realidad todo se debe a una competición entre los genes. Este nuevo punto de vista contribuyó a comprender el proceso de la evolución con mayor precisión y desde entonces se conoce como «teoría del gen egoísta».

Ante todo deberemos aclarar el significado de la palabra «egoísta» en este contexto. No quiere decirse que los genes estén a favor del egoísmo, porque si así fuera, sus transmisores se conducirían de modo egocéntrico y eso formaría parte de otra historia. El término «egoísta» en este caso significa que los genes actúan por sí solos y que el único interés que les motiva es la autorreplicación: solamente quieren pasar a la generación siguiente. Los genes, por supuesto, no «quieren» ni «tienen intereses» de la misma forma que las personas; los genes sólo son instrucciones químicas capaces de ser copiadas. Así pues, cuando digo «quieren» o «egoísta», lo hago para abreviar y creo que hago bien para evitar largas parrafadas retóricas. En este punto no sería superfluo recordar que el éxito de los genes para pasar a generaciones sucesivas, a veces ocurre y otras no. En mi lenguaje abreviado, cuando digo «los genes quieren x», debe entenderse como «los genes que hacen x tienen mayor probabilidad de sobrevivir». Y es ésta su única fuerza: su capacidad de replicarse y lo que justifica el atributo de «egoísta».

Dawkins también introdujo la importante distinción entre «replicantes» y sus «vehículos». Un replicante puede ser cualquier cosa capaz de ser copiada, con la inclusión de los «replicantes activos» cuya naturaleza disminuye la probabilidad de duplicación. Un vehículo es una entidad que interacciona con el entorno y es por esta razón por la que Hull (1988a) prefiere denominarlo «interactor». Los vehículos o interactores conducen y protegen a los replicantes de su entorno. Se supone que el primer replicante fue una simple molécula capaz de autocopiarse en aquel caldo inicial pero en la actualidad nuestro replicante más popular es el ADN. Sus vehículos son organismos y grupos de organismos que interaccionan entre sí mientras existen ya sea en el mar, en el aire, en los bosques o en el campo. Los genes son los replicantes egoístas que conducen la evolución del ámbito biológico en la Tierra, aunque en opinión de Dawkins existe un principio fundamental mucho más importante. Según este científico, dondequiera que existan, en cualquier parte del Universo, «aquellos genes que se comporten de manera que aumente su número en los futuros pozos de genes, tenderán a ser los genes cuyos efectos percibimos en el mundo» (1976, pág. 192). Se trata de los cimientos de la teoría del darwinismo universal cuya aplicación va mucho más allá de los confines de la evolución biológica.

En las últimas páginas de su libro, Dawkins se formula una pregunta que no por obvia deja de ser provocativa: ¿existen otros replicantes en nuestro planeta? Su respuesta es «sí». Ante nuestras narices pero quizás aun en pañales, existe otro replicante -una unidad de imitación.

Necesitamos un nombre para el nuevo replicante, un nombre que nos aporte la noción de unidad cultural de transmisión o unidad de imitación. El griego nos da el vocablo «mimeme» que me parece satisfactorio pero demasiado largo. Quería encontrar un sonido afín al de «gen» y confío en que mis amigos clasicistas me perdonen por haber acuñado la abreviatura meme.

En su obra, Dawkins cita un puñado de ejemplos como «melodía, idea, estribillo, moda (ropa), modalidades diversas para hacer cerámica, o construir arcos». También menciona nociones científicas de éxito que se propagan por el mundo cuando saltan de un cerebro a otro. Se citan asimismo las religiones como grupos de memes con un alto grado de supervivencia, que infectan a sociedades enteras con el concepto de la existencia de un dios o de vida después de la muerte. También habla de la moda de la ropa, de las dietas en boga, de ceremonias, costumbres, tecnologías -transmitidas todas ellas por medio de la emulación-. Los memes residen en el cerebro humano (o en los libros, en los inventos) y se propagan gracias a la imitación.

En unas pocas páginas, Dawkins construyó los cimientos que permiten comprender la evolución de los memes. En su debate acerca de la propagación de los mismos por medio de saltos de un cerebro a otro, hace una asimilación con los parásitos que infectan un cuerpo y los trata como estructuras físicas vivientes, demostrando a la sazón que los memes que colaboran entre sí se agrupan en conjuntos de la misma manera que lo hacen los genes. De mayor incumbencia si cabe, es el tratamiento de replicante que el autor otorga al meme. Se lamenta de la actitud de algunos de sus colegas que se niegan a creer que los memes se propagan por su propio bien, independientemente del beneficio genético: «en su análisis final siempre regresan al "beneficio biológico"» para dar explicaciones acerca de la conducta humana. Sin lugar a dudas, agrega el autor, es gracias a la biología (genética) que disponemos de un cerebro pero, además, ha aparecido un nuevo replicante. «Una vez que los genes han dotado a sus máquinas de supervivencia con cerebros que son capaces de rápidas imitaciones, los memes automáticamente se hacen cargo de la situación.» (Dawkins, 1976, págs. 193-194.) En otras palabras, la evolución memética puede empezar a desarrollarse sin tener en cuenta su efecto sobre los genes.

Si Dawkins está en lo cierto, la vida de los humanos esta impregnada hasta la médula de memes y sus consecuencias. Todo lo que hemos aprendido al emular a otros es un meme. Por esta razón deberíamos profundizar en el significado de la palabra «imitación» a fin de entender perfectamente qué es la memética. A grandes rasgos, Dawkins afirma que «una idea-meme podría ser definida como una entidad capaz de ser transmitida de un cerebro a otro» (1976, pág. 192). Personalmente he decidido utilizar el término «imitación» también en su sentido más amplio. Así pues si, por ejemplo, un amigo nos cuenta una historia, la retenemos y posteriormente se la explicamos a otra persona, ello podría considerarse imitación. Es cierto que no hemos emulado con exactitud todos los gestos y palabras que utilizó nuestro amigo, pero algo, el meollo, ha sido copiado al traspasar su historia a una tercera persona. Éste es el «sentido amplio» al que me he referido anteriormente y que deberá tenerse en cuenta para comprender el significado del término «imitación». Ante la duda, no huyamos de la suposición de que algo ha sido copiado. Todo lo que se transmite de una persona a otra de este modo es un meme. Ello incluye el vocabulario que utilizamos, las historias que conocemos, las habilidades que hemos adquirido gracias a otros y los juegos que preferimos. También hay que tener en cuenta las canciones que cantamos y las leyes que acatamos. Por lo tanto, cuando conducimos un coche por la izquierda (o por la derecha), tomamos cerveza con un curry hindú o coca-cola con pizza, cuando silbamos el estribillo de un «culebrón» televisivo o estrechamos la mano a alguien, estamos tratando con memes. Todos y cada uno de estos memes han evolucionado a su manera, inimitable según el trecho histórico que hayan recorrido, pero todos, al cabo, transmitidos por nuestra conducta con el afán de reproducirse.

Consideremos, por ejemplo, la conocida canción «Cumpleaños feliz». Es más que probable que centenares de miles, por no decir millones, de personas la conozcan. De hecho, sólo tengo que escribir esas dos palabras del título y muchos de vosotros, lectores, os sorprenderéis tarareando su tonada. Esas dos palabras os han afectado, inconscientemente es cierto, porque han removido una memoria antigua en vuestro cerebro. ¿Cuál ha sido el proceso? Al igual que otros muchos miles de personas, habéis aprendido la canción por imitación. Algo, una información, una especie de orden recibida, se ha alojado en todas estas mentes hasta el punto de no existir una sola fiesta de cumpleaños que no la evoque. Ese «algo» es un meme.

Los memes se esparcen sin discriminar, sin tener en cuenta su utilidad, su neutralidad, ignorando su beneficio o perjuicio para nuestras mentes. Es probable que una idea científica brillante y novedosa o un invento tecnológico se transmitan debido a su utilidad. Una canción como «A Belén pastores» puede reproducirse quizá porque es agradable aunque no sea necesariamente útil y, de hecho, existe la posibilidad de que llegue a hastiamos si la oímos con excesiva frecuencia. Algunos memes son, sin duda alguna, peligrosos como por ejemplo las ventas piramidales, las cartas encadenadas, las nuevas técnicas para estafar, las falsas doctrinas, los métodos para adelgazar en cuatro días y las «curas» milagrosas. Por descontado, los memes no saben de ello ni les importa, son egoístas y, simplemente, se reproducen cuando encuentran la ocasión.

Como he apuntado en páginas anteriores, los mismos grandes rasgos que aplicamos para definir los genes son aplicables a los memes. Al decir que los memes «son egoístas», que «no les importa» algo, que «se reproducen cuando encuentran la ocasión», estamos en realidad queriendo decir que los memes supervivientes son aquellos que se copian y se propagan y que los que no lo hacen, desaparecen. Ésta es la intención cuando se dice que «quieren» reproducirse, que «quieren» que los perpetuemos y que «no les importa» su efecto sobre nosotros o sobre nuestros genes.

Ésta es, en efecto, la fuerza que reside tras la noción del meme, y para poder empezar a pensar meméticamente es preciso realizar un gigantesco ajuste mental del mismo modo que debieron hacerlo los biólogos para aceptar la idea del gen egoísta. En lugar de pensar que nuestras ideas son nuestra creación propia y que están a nuestro servicio, deberemos contemplarlas como memes egoístas autónomos, cuya única intención es la de llegar a ser copiados. Debido a nuestra capacidad de imitación, los humanos tendremos que convertirnos en meros anfitriones físicos pero imprescindibles para que los memes se transmitan. Únicamente de este modo conseguiremos contemplar el Universo desde un punto de vista memético.


Miedo al Meme

Se trata de una noción realmente temible y seguramente por ello se suele escribir la palabra «meme» entre comillas, como excusándose al deber emplearla. Se da la circunstancia de que, en algunas ocasiones, he podido comprobar que ciertos ilustres conferenciantes se han llevado las manos a la cabeza, con una mueca de disculpa cuando han tenido que decir en voz alta la palabra «meme». Paulatinamente se ha ido haciendo más conocida e incluso se ha incorporado al Oxford English Dictionary. En Internet se puede encontrar un grupo de debate en torno al vocablo y también el Journal of Memetics. Cabe creer que el meme está encontrando su culto en el ciberespacio. No puede decirse lo propio cuando del entorno académico se trata. Un recuento reciente entre los libros más respetables sobre los orígenes humanos, la evolución del lenguaje y la psicología evolutiva ha puesto de manifiesto que la palabra brilla casi por su ausencia («meme» no aparece ni en los índices de Barkow y otros, 1992; Diamond, 1997; Dunbar,1996; Mithen, 1996; Pinker, 1994; Mark Ridley, 1996; Tudge, 1995; Wills, 1993; Wright, 1994). Puesto que la idea del meme me parece muy relevante en las disciplinas mencionadas, quiero argumentar que ha llegado la hora de adoptar la noción de un segundo replicante activo en la vida humana y en la evolución.

Uno de los problemas principales que plantea la noción del meme es el de tocar la fibra de nuestras más profundas creencias acerca de quién somos y por qué motivos estamos en este mundo. En el entorno científico esto sucede a menudo. Antes de Copérnico y de Galileo, la Humanidad creía vivir en el centro del Universo y que éste lo había creado Dios especialmente para ella. Con el tiempo tuvimos que aceptar que el sol no gira alrededor de la Tierra y que, además, vivimos en un pequeño planeta secundario, en una galaxia ordinaria, en un vasto Universo de otras galaxias.

Hace ciento cuarenta años, la teoría de Darwin sobre la evolución a través de la selección natural significó el primer mecanismo aceptable acerca de la evolución sin la mediación de un hacedor. La opinión de los humanos sobre sus propios orígenes cambió, dejando a un lado la versión bíblica de la creación especial a imagen y semejanza de Dios, para ceder paso al simio ancestral del que descendemos todos los animales. Un gran salto, sin lugar a dudas, que condujo a cantidades ingentes de debate absurdo y trasnochado opuesto a la teoría de Darwin. Sin embargo, con el tiempo, hemos aprendido a vivir con aquel salto y a aceptar que somos animales creados por la evolución. Si la memética es una noción válida, deberemos hacer otro salto no menos importante, para dar la bienvenida a un mecanismo evolutivo similar referente a los orígenes de nuestra mente y de nuestro propio ser.

Queda por determinar si la teoría del meme merece nuestra aceptación. Aunque los filósofos científicos se refieren a la validez de una teoría según se dirima si es científica o no, existen a mi juicio dos criterios consensuados que utilizaré para efectuar mi propia valoración sobre la memética. En primer lugar, cualquier teoría debe ser capaz de explicar algo mejor que sus rivales, ya sea con mayor economía o con más precisión. En segundo lugar, debe conducir a predicciones comprobables que, a su vez, se manifiesten correctas. Idealmente, dichas predicciones deberían sorprendemos tendrían que referirse a conocimientos que nadie hubiera indagado salvo que surgieran de una teoría memética.


En La máquina de los Memes
Prólogo de Richard Dawkins
Trad.: Montserrat Basté-Kraan
Barcelona, Paidós, 2000
Fuente foto
Véase también: Richard Dawkins,Virus de la mente
Richard Dawkins: El gen egoísta para descarga

20 may. 2013

Richard Dawkins: El río digital

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Todos los pueblos tienen leyendas épicas sobre sus ancestros tribales y con frecuencia esas leyendas acaban formalizándose en cultos religiosos. El pueblo reverencia e incluso venera a sus antepasados -qué menos, pues son los antepasados reales y no los dioses sobrenaturales los que poseen la clave para comprender la vida-. De todos los organismos que nacen, la mayoría muere antes de convertirse en adultos. De la minoría que sobrevive y se reproduce sólo una minoría todavía más pequeña tendrá, mil generaciones después, descendientes vivos. Esta diminuta minoría de la minoría, esta «élite progenitora», es todo cuanto las generaciones futuras podrán calificar como ancestral. Los ascendientes son escasos, los descendientes comunes.

Todos los organismos que han vivido en algún momento -cada uno de los animales y de las plantas, todas las bacterias y todos los hongos, cada ser reptante y todos los lectores de este libro- pueden volver la vista hacia atrás y hacer orgullosamente la siguiente afirmación: ni uno solo de nuestros ancestros murió durante la infancia. Todos llegaron a ser adultos y todos y cada uno de ellos fueron capaces de encontrar por lo menos un compañero heterosexual y de copular con éxito2. Ni siquiera uno fue derribado por un enemigo, por un virus o por un paso en falso al borde de una sima, antes de traer al mundo al menos un hijo. Miles de coetáneos de nuestros ancestros fracasaron en todos estos aspectos, pero ni un solo y solitario antecesor nuestro fracasó en cualquiera de ellos. Estas afirmaciones resultan abrumadoramente obvias y, sin embargo, de ellas se derivan muchas cosas; algunas curiosas e inesperadas, algunas ilustrativas y otras sorprendentes. Todas estas cuestiones serán el objeto de este libro.

Puesto que todos los organismos heredan todos y cada uno de sus genes de sus ancestros y no de los contemporáneos fracasados de éstos, todos los organismos tienden a poseer genes con éxito; cuentan con lo necesario para convertirse en ancestros -y esto significa sobrevivir y reproducirse- Esta es la razón por la que los organismos tienden a heredar genes propensos a construir una máquina bien diseñada, un cuerpo que funciona activamente como si estuviese luchando por convertirse en ancestro; el motivo de que los pájaros sean tan buenos en lo que al vuelo se refiere, los peces tan buenos nadadores, los monos tan buenos trepando y los virus tan buenos propagándose. Esta es la razón por la que amamos la vida y amamos el sexo y amamos a los niños. El mundo acaba poblado por organismos que tienen lo necesario para convertirse en ancestros debido a que todos nosotros, sin una sola excepción, heredamos nuestros genes de una línea ininterrumpida de ancestros que tuvieron éxito. Esto, sintetizado en una frase, es el darwinismo. Evidentemente, Darwin dijo mucho más que eso, y hoy en día todavía hay más cosas que podemos decir, razón por la cual mi libro no termina aquí.

Hay una manera natural, aunque profundamente perniciosa, de malinterpretar el párrafo anterior. Es tentador pensar que cuando nuestros ancestros tuvieron éxito haciendo cosas, los genes que transmitieron a sus hijos estaban, como consecuencia, mejorados en relación con los que ellos habían recibido de sus padres. Algo de este éxito quedó grabado en sus genes y esta es la razón de que sus descendientes sean tan buenos volando, nadando o cortejando. Falso, ¡totalmente falso! Los genes no mejoran con el uso; sencillamente son traspasados sin cambios, a excepción de algunos y muy escasos errores fortuitos. No es el éxito lo que da lugar a buenos genes, son los buenos genes los que dan lugar al éxito y nada de lo que hace un individuo durante su vida tiene efecto alguno sobre ellos. Aquellos individuos que nacen con buenos genes son los que más posibilidades tienen de crecer y de convertirse en ancestros con éxito; por tanto, los buenos genes tienen más posibilidades que los malos de ser transmitidos hacia el futuro. Cada generación es un filtro, una criba: los buenos tienden a atravesarla hasta la siguiente generación, los malos tienden a terminar en cuerpos que mueren jóvenes o que no se reproducen. Los malos genes pueden atravesar la criba durante una o dos generaciones, quizá porque tengan la suerte de compartir el cuerpo con buenos genes. Pero se necesita algo más que suerte para viajar con éxito a través de un millar de cribas consecutivas, una tras otra. Tras un millar de generaciones sucesivas, es probable que los genes que hayan conseguido atravesar todas ellas sean los buenos.

He mencionado que los genes que sobreviven a lo largo de generaciones serán los que hayan tenido éxito en fabricar ancestros. Esto es cierto, pero existe una aparente excepción que debo tratar antes de que su análisis cause confusión. Algunos individuos son irremediablemente estériles; aun así, están aparentemente diseñados para colaborar en la transmisión de sus genes a las generaciones futuras. Las hormigas, las abejas, las avispas y las termitas obreras son estériles. No trabajan para convertirse en ancestros sino para que sus parientes fértiles, normalmente sus hermanas y hermanos, lo hagan. Aquí hay dos ideas que hay que dejar claras. La primera es que en cualquier clase de animal los hermanos y hermanas tienen una alta probabilidad de compartir copias de los mismos genes. La segunda es que es el entorno y no los genes lo que determina si, por ejemplo una termita, será una reproductora o una obrera estéril. Todas las termitas poseen genes con capacidad para convertirlas en obreras estériles bajo algunas condiciones ambientales y en reproductoras bajo otras. Las reproductoras transmiten duplicados de exactamente los mismos genes que hacen que las obreras estériles les ayuden a hacerlo. Las obreras estériles se dejan la piel bajo la influencia de genes cuyas copias están presentes en los cuerpos de las reproductoras. Las copias obreras de esos genes luchan para ayudar a atravesar la criba transgeneracional a sus propios duplicados reproductivos. Las termitas obreras pueden ser hembras o machos; pero en las abejas, las hormigas y las avispas, las obreras son siempre hembras; por lo demás, el principio es el mismo. Aunque de forma atenuada, este principio también es aplicable a diversas especies de aves, mamíferos y otros animales en las que los hermanos o hermanas mayores proporcionan cierta cantidad de atención a las crías. Para resumir, los genes pueden comprar su salvoconducto para atravesar la criba no sólo ayudando a su propio cuerpo a convertirse en ancestro sino también ayudando al cuerpo de un pariente a hacerlo.

El río del título es un río de ADN y fluye por el tiempo, no por el espacio. Es un río de información, no de huesos y tejidos: un río de instrucciones abstractas para construir cuerpos, no un río de cuerpos sólidos propiamente dichos. La información pasa a través de los cuerpos y los afecta, pero no es afectada por ellos en su camino. El río no sólo no es influenciado por las experiencias y los logros de los sucesivos cuerpos por los que fluye; tampoco influye en él una fuente potencial de contaminación aparentemente mucho más poderosa: el sexo.

En cada una de tus células, la mitad de los genes de tu madre están situados codo con codo con la mitad de los genes de tu padre. Tus genes maternos y tus genes paternos conspiran íntimamente los unos con los otros para hacer de ti la sutil e indivisible amalgama que eres. Pero los genes mismos no se mezclan; sólo sus efectos lo hacen. Los genes tienen individualmente una integridad marmórea. Cuando llega el momento de pasar a la siguiente generación un gen va o no va al cuerpo de un niño. Los genes matemos y los paternos no se mezclan; se combinan de forma independiente. Un gen en concreto que está en ti procede de tu madre o bien de tu padre. Procede también de uno y sólo de uno de tus abuelos; de uno y sólo de uno de tus ocho bisabuelos; y así hacia atrás.

He hablado de un río de genes, pero sería igual de correcto hablar de una banda de buenos amigos marchando a través del tiempo geológico. Todos los genes en una población reproductiva son a largo plazo compañeros unos de otros. A corto plazo se establecen en cuerpos individuales y temporalmente son compañeros íntimos de los otros genes que comparten ese cuerpo. Los genes sobreviven a lo largo del tiempo sólo si son buenos en la construcción de cuerpos que sean eficaces para vivir y reproducirse según el modo de vida particular elegido por la especie. Pero hace falta algo más: para ser un buen superviviente un gen debe ser bueno en el trabajo conjunto con los demás genes de la misma especie -del mismo río-. Para sobrevivir a largo plazo un gen debe ser un buen compañero. Debe hacerlo bien en la compañía de, o en el escenario del resto de, los genes del mismo río. Los genes de otras especies están en un río diferente. No tienen que llevarse bien con ellos -en cualquier caso, no en el mismo sentido- puesto que no comparten los mismos cuerpos.

La característica que define a una especie es que todos sus miembros tienen el mismo río de genes fluyendo por ellos y que todos los genes que forman parte de ella tienen que estar preparados para ser compañeros los unos de los otros. Una nueva especie viene al mundo cuando una especie preexistente se divide en dos. El río de los genes se bifurca en el tiempo. Desde el punto de vista de un gen, la especiación, el origen de nuevas especies, es «el largo adiós». Después de un breve periodo de separación parcial los dos ríos alejan sus caminos para siempre, o hasta que uno u otro se extingue y desaparece entre la arena. Segura, dentro del cauce de cualquiera de los dos ríos, el agua se mezcla y remezcla mediante recombinación sexual, pero jamás se eleva por encima de las orillas para contaminar al otro río. Una vez que las especies se han dividido, los dos conjuntos de genes ya nunca más son compañeros. Nunca más se reúnen en los mismos cuerpos y nunca más es necesario que se lleven bien entre sí. Ya nunca habrá relación alguna entre ellos; y aquí relación significa literalmente relación sexual entre sus vehículos temporales, los cuerpos.

¿Por qué han de separarse las especies? ¿Qué es lo que pone en marcha el largo adiós de sus genes? ¿Qué provoca que un río se divida y que las dos ramas se alejen separadas para no volver a encontrarse jamás? Los detalles son controvertidos pero nadie duda de que el ingrediente más importante es la separación geográfica accidental. El río de los genes fluye en el tiempo, pero la distribución física de los genes tiene lugar en cuerpos sólidos y los cuerpos ocupan un lugar en el espacio. En Norteamérica, una ardilla gris sería capaz de procrear con una ardilla gris inglesa si llegaran a encontrarse; pero es poco probable que lo hagan. Allí, el río de los genes de la ardilla gris está eficazmente separado por cuatro mil kilómetros de océano del río de los genes de la ardilla gris inglesa. Los dos bandos de genes ya no son compañeros en la realidad, aunque presumiblemente todavía serían capaces de actuar como tales si surgiera la oportunidad. Se han dicho adiós para siempre, aunque todavía no es un adiós irreversible. Pero transcurridos unos cuantos miles de años más de separación, es probable que los dos ríos se hayan distanciado tanto que dos ardillas individuales que se encontraran nunca más serían capaces de intercambiar genes. El término «distanciamiento» significa aquí lejanía, pero no en el espacio sino en compatibilidad.

Algo parecido subyace casi con total seguridad a la más antigua separación entre las ardillas rojas y las ardillas grises. No pueden reproducirse entre ellas. Se solapan geográficamente en partes de Europa y, aunque se encuentran y es probable que de vez en cuando se enfrenten por los frutos, no pueden aparearse para producir una prole fértil. Sus ríos genéticos se han distanciado demasiado y esto significa que sus genes ya nunca más están preparados para cooperar unos con otros en los cuerpos. Hace muchas generaciones, los antepasados de las ardillas grises y los de las ardillas rojas eran los mismos individuos. Pero fueron separados geográficamente -quizá por una cadena montañosa, quizá por el agua y con el tiempo por el océano Atlántico- y sus conjuntos genéticos crecieron distanciados. La separación geográfica produjo la falta de compatibilidad. Los buenos compañeros se convirtieron en malos compañeros (o resultarían serlo si fueran puestos a prueba en un encuentro de apareamiento). Los malos compañeros se hicieron todavía peores, hasta que hoy en día no son compañeros en absoluto. Su adiós es definitivo. Los dos ríos están separados y destinados a separarse cada vez más. La misma historia se oculta tras la mucho más temprana separación entre, pongamos, nuestros ancestros y los de los elefantes; o entre los ancestros de las avestruces (que también fueron los nuestros) y los de los escorpiones.

Ahora hay tal vez treinta millones de ramificaciones del río de ADN, puesto que ésta es la estimación del número de especies sobre la Tierra. También se ha calculado que las especies supervivientes representan alrededor de un 1 por 100 de las especies que alguna vez existieron. Esto significaría que ha habido en total cerca de tres mil millones de ramificaciones del río de ADN. Los treinta millones de afluentes actuales están irremisiblemente separados. Muchos de ellos están destinados a secarse hasta desaparecer, puesto que la mayoría de las especies se extinguen. Si remontáramos los treinta millones de ríos (para abreviar, me referiré a las ramificaciones como ríos) hacia atrás en el pasado encontraríamos que uno por uno se juntan con otros ríos. El río de los genes humanos confluye con el de los genes de los chimpancés aproximadamente al mismo tiempo que lo hace con el río de los genes de los gorilas, hace aproximadamente siete millones de años. Unos pocos millones de años más atrás, nuestro río común de los primates es alcanzado por el arroyo de los orangutanes. Todavía más hacia atrás se nos une un río de genes de gibón, un río que se divide a favor de la corriente en unas cuantas especies separadas de gibones y siamangs. A medida que seguimos el cauce hacia atrás en el tiempo, nuestro río genético se une con otros cuyo destino, si los seguimos de nuevo hacia delante, es el de ramificarse en los monos del Viejo Mundo, los monos del Nuevo Mundo y los lémures de Madagascar. Todavía más atrás, nuestro río se une con aquellos que conducen a los demás grupos principales de mamíferos: roedores, felinos, murciélagos y elefantes. Después nos encontramos las corrientes que conducen a las distintas clases de reptiles, aves, anfibios, peces e invertebrados.

Llegamos ahora a un aspecto importante en el que hemos de ser precavidos con la metáfora fluvial. Cuando pensamos en el caudal que conduce a todos los mamíferos -a diferencia de, por ejemplo, el que conduce a la ardilla gris- es tentador imaginar algo de gran escala, estilo Misisipí o Misuri. Después de todo, la rama de los mamíferos está destinada a ramificarse y ramificarse y ramificarse de nuevo hasta que produzca a todos los mamíferos -de la musaraña pigmea hasta el elefante, de los ratones subterráneos hasta los monos en lo alto del dosel arbóreo-. Este río está destinado a alimentar tantos millares de cuencas troncales importantes; ¿qué otra cosa podría ser excepto un enorme y estruendoso torrente? Sin embargo, esta imagen es profundamente errónea. Cuando los ancestros de todos los mamíferos modernos se escindieron de aquellos que no son mamíferos, el acontecimiento no fue más trascendental que cualquier otra especiación. Habría sucedido sin llamar especialmente la atención de cualquier naturalista que hubiese estado por allí. El nuevo afluente del río de los genes habría sido un hilillo de agua que albergaba una especie de pequeñas criaturas nocturnas no mucho más diferentes de sus primos no mamíferos que una ardilla roja de una gris. Sólo en retrospectiva vemos al mamífero ancestral como un mamífero. En aquellos días habría sido únicamente otra especie de «reptil-parecido-a-mamífero», no especialmente distinto de una docena quizá de otros pequeños bocados hocicudos e insectívoros que formaban parte de la dieta de los dinosaurios.

La misma ausencia de drama habría asistido a las separaciones más tempranas entre los ancestros de todos los grandes grupos de animales: los vertebrados, los moluscos, los crustáceos, los insectos, los gusanos segmentados, los gusanos platelmintos, las medusas y demás. Cuando el río que iba a conducir a los moluscos (y a otros) se separó del río que iba a conducir a los vertebrados (y a otros), las dos poblaciones de criaturas (probablemente gusanoides) habrían sido tan parecidas que se habrían podido aparear las unas con las otras. La única razón por la que no lo hicieron es porque habían quedado separadas accidentalmente por alguna barrera geográfica, quizá tierra seca que separaba aguas anteriormente unidas. Nadie habría adivinado que una población estaba destinada a engendrar a los moluscos y otra a los vertebrados. Los dos ríos de ADN eran arroyuelos apenas separados y los dos grupos de animales eran prácticamente indistinguibles.

Los zoólogos saben todo esto, pero a veces lo olvidan cuando contemplan los grupos animales realmente grandes, como los moluscos y los vertebrados. Sienten la tentación de pensar en la división entre los grupos principales como un acontecimiento trascendental, El motivo de que sean tan propensos al error es que han sido educados en la creencia casi reverencial de que cada una de las grandes divisiones del reino animal está dotada de algo profundamente único, algo a lo que aluden con frecuencia utilizando el término alemán Bauplan. Aunque esta palabra sólo significa «proyecto», ha llegado a ser un término técnico reconocido y lo conjugaré como si se tratara de una palabra en nuestra lengua, aunque todavía no haya sido incluida en la edición actual del Oxford English Dictionary (descubrimiento que me ha sorprendido ligeramente). (Puesto que soy menos aficionado a este término que algunos de mis colegas, admito que su ausencia me provoca un pequeño frisson de Schadenfreude3; esas dos palabras extranjeras sí están en el diccionario, luego no existe un prejuicio sistemático contra la importación.) En su acepción técnica, bauplan es frecuentemente traducida como «plan corporal fundamental». La utilización de la palabra «fundamental» (o lo que es lo mismo, recurrir conscientemente a la lengua alemana para indicar trascendencia) es lo que causa el daño. Puede conducir a los zoólogos a cometer serias equivocaciones. Uno de ellos, por ejemplo, ha sugerido que la evolución en el periodo Cámbrico (hace aproximadamente entre seiscientos y quinientos millones de años) debe haber sido un tipo de proceso completamente diferente a la evolución en épocas posteriores. Su razonamiento fue que hoy en día es cuando están apareciendo nuevas especies, mientras que en el periodo Cámbrico estaban apareciendo los grupos principales, tales como los moluscos o los crustáceos. ¡La falacia es flagrante! Incluso criaturas tan radicalmente diferentes las unas de las otras como los moluscos y los crustáceos originalmente sólo eran poblaciones de la misma especie separadas geográficamente. Durante un tiempo podrían haberse reproducido entre ellas si se hubieran encontrado, pero no lo hicieron. Tras millones de años de evolución por separado adquirieron las características que ahora nosotros, con la visión retrospectiva de los zoólogos modernos, reconocemos como las de los moluscos y las de los crustáceos respectivamente. Estas características son dignificadas con el grandioso título de «plan corporal fundamental» o bauplan, pero los principales bauplanes del reino animal divergieron gradualmente a partir de orígenes comunes.

Hay que reconocer que hay un desacuerdo menor, si bien muy aireado, sobre cómo es de gradual o de «saltarina» la evolución. Pero nadie, y quiero decir nadie, piensa que haya sido lo suficientemente saltarina como para inventar un nuevo bauplan en un solo paso. El autor que he mencionado escribía en 1958. Hoy pocos zoólogos adoptarían explícitamente esta postura, pero en ocasiones lo hacen de forma implícita, hablando como si los principales grupos de animales hubieran surgido espontáneamente y perfectamente formados, como Atenea de la cabeza de Zeus, más que a causa de la divergencia de una población ancestral mientras se encontraba en aislamiento geográfico accidental.4

El estudio de la biología molecular ha mostrado en todos los casos que los grandes grupos de animales están mucho más cerca los unos de los otros de lo que solíamos pensar. Podemos tratar el código genético como un diccionario en el cual sesenta y cuatro palabras en un idioma (los sesenta y cuatro posibles tríos de un alfabeto de cuatro letras) corresponden a veintiuna palabras en otro idioma (veinte aminoácidos más un signo de puntuación). La probabilidad de llegar a la misma correspondencia 64:21 dos veces por casualidad es menor que una entre un millón de millones de millones de millones de millones. A pesar de ello, el código genético es, de hecho, literalmente idéntico en todos los animales, plantas o bacterias que se han observado. Todos los seres vivientes terrestres son ciertamente descendientes de un único ancestro. Nadie discutiría esto, pero ahora están apareciendo algunas semejanzas extraordinariamente cercanas entre, por ejemplo, insectos y vertebrados, cuando se examina no sólo el propio código sino secuencias detalladas de información genética. El mecanismo genético responsable del plan corporal segmentado de los insectos es bastante complicado; en los mamíferos se ha encontrado una porción de maquinaria genética asombrosamente similar. Desde el punto de vista molecular, todos los animales son parientes bastante cercanos los unos de los otros, e incluso de las plantas. Hay que ir hasta las bacterias para encontrar a nuestros primos lejanos, y aun entonces el código genético mismo es idéntico al nuestro. La razón por la cual es posible realizar esos cálculos tan precisos sobre el código genético pero no sobre la anatomía de los bauplanes es que el código genético es estrictamente digital, y los dígitos son cosas que puedes contar con precisión. El río de los genes es un río digital y ahora tengo que explicar qué significa este término de ingeniería.

Los ingenieros hacen una importante distinción entre códigos analógicos y digitales. Los tocadiscos y los magnetófonos -y hasta hace poco la mayoría de los teléfonos- utilizan códigos analógicos. Los reproductores de discos compactos, los ordenadores y la mayoría de los sistemas modernos de telefonía utilizan códigos digitales. En un sistema telefónico analógico, ondas fluctuantes y continuas de presión en el aire (sonidos) son convertidas en ondas fluctuantes de voltaje equivalentes en un cable. Un tocadiscos funciona de la misma forma: los surcos ondulados producen una vibración de la aguja, y estos movimientos son convertidos en fluctuaciones correspondientes de voltaje. Al otro extremo de la línea estas ondas de voltaje son transformadas de nuevo, mediante una membrana vibrante en el auricular del teléfono o en los altavoces del tocadiscos, en las correspondientes ondas de presión aérea, de manera que podamos oírlas. El código es simple y directo: fluctuaciones eléctricas en un cable son proporcionales a fluctuaciones de presión en el aire. Todos los posibles voltajes, dentro de ciertos límites, pueden pasar por el cable y las diferencias entre ellos son importantes.

En un teléfono digital sólo pasan por el cable dos voltajes posibles, o algún otro número discreto de voltajes, como 8 ó 256. La información no descansa en los voltajes en sí mismos sino en el patrón de los niveles discretos. Esto se conoce como Modulación por Impulsos Codificados. El voltaje concreto en cualquier momento dado raramente será idéntico a ninguno de los digamos ocho valores nominales, pero el aparato receptor lo redondeará hasta el más cercano de los voltajes designados, de manera que lo que surge al otro extremo de la línea es prácticamente perfecto incluso aunque la transmisión a lo largo de ésta sea pobre. Todo lo que hay que hacer es establecer niveles discretos lo suficientemente separados como para que las fluctuaciones al azar nunca puedan ser malinterpretadas por el instrumento receptor como pertenecientes al nivel erróneo. Esta es la gran virtud de los códigos digitales, el motivo de que los sistemas de audio y vídeo -y la tecnología de la información en general— se estén volviendo gradualmente digitales. Los ordenadores, por supuesto, utilizan códigos digitales para todo cuanto hacen. Por razones de conveniencia, utilizan un código binario; es decir, sólo tiene dos niveles de voltaje en vez de 8 ó 256.

Incluso en un teléfono digital, los sonidos que entran y que abandonan el auricular son todavía fluctuaciones analógicas en la presión del aire. Es la información que viaja de intercambio a intercambio la que es digital. Es necesario establecer algún código para traducir valores analógicos, microsegundo a microsegundo, a secuencias de impulsos discretos -números codificados digitalmente-. Cuando tienes una conversación romántica por teléfono, cada matiz, cada temblor de la voz, cada suspiro apasionado y tono anhelante es transportado a lo largo del cable exclusivamente en forma de números. Los números pueden provocar que te eches a llorar -siempre que sean codificados y descodificados con la suficiente rapidez-. La moderna conmutación electrónica es tan rápida que el tiempo de la línea puede ser dividido en porciones, de la misma forma en la que un maestro del ajedrez puede dividir su tiempo entre veinte partidas en rotación. Mediante esta tecnología se pueden encajar en la misma línea telefónica miles de conversaciones aparentemente simultáneas, aunque segregadas electrónicamente y sin interferencias. Una línea troncal de transmisión de datos -muchas de ellas hoy en día no son cables en absoluto sino haces de radio, transmitidos tanto de cumbre a cumbre como rebotadas de satélites- es un enorme río de dígitos. Pero debido a esta ingeniosa segregación electrónica, es un millar de ríos digitales, los cuales comparten las mismas orillas sólo en un sentido superficial, como las ardillas rojas y las grises, que comparten los mismos árboles pero nunca entremezclan sus genes.

Volviendo al mundo de los ingenieros, las deficiencias de las señales analógicas no importan demasiado mientras no sean copiadas repetidamente. Una grabación en cinta magnetofónica puede tener tan poca distorsión en ella que sea difícil percibirla -a menos que amplifiques el sonido, en cuyo caso amplificas la distorsión e introduces también algo de ruido nuevo-. Pero si grabas una cinta de esa cinta y después haces una grabación de la grabación de la cinta, y así una y otra vez, tras un centenar de «generaciones» todo lo que quedará será un horrible silbido. Algo parecido a esto suponía un problema en la época en la que los teléfonos eran analógicos. Cualquier señal telefónica que viaja por un cable largo se va desvaneciendo y tiene que ser estimulada -reamplificada o «repetida»- aproximadamente cada ciento cincuenta kilómetros. En los tiempos analógicos esto era una pesadilla, porque cada fase de reamplificación aumentaba la proporción de silbido de fondo. Las señales digitales también necesitan estímulo, pero por las razones que hemos visto el estímulo no introduce error alguno; se pueden establecer las cosas de manera que la información se transmita perfectamente, no importa cuántos repetidores intervengan. La distorsión no aumenta incluso tras cientos y cientos de kilómetros.

Cuando era pequeño, mi madre me explicó que nuestras células nerviosas son los cables telefónicos del cuerpo; pero ¿son analógicos o digitales? La respuesta es que son una interesante mezcla de ambos. Una célula nerviosa no es como un cable eléctrico, es un tubo largo y delgado por el que pasan ondas de cambio químico, como un reguero de pólvora chisporroteando a lo largo del suelo; excepto que, a diferencia de un reguero de pólvora, el nervio pronto se recupera y puede chisporrotear de nuevo después de un breve periodo de descanso. La magnitud absoluta de la onda -la temperatura de la pólvora- puede fluctuar a medida que corre a lo largo del nervio, pero es irrelevante. El código la ignora. El impulso químico está o no está presente, como dos niveles de voltaje discretos en un teléfono digital. Hasta aquí el sistema nervioso es digital. Pero los impulsos nerviosos no son forzados a convertirse en bytes5: no se asocian en números de código discretos. En su lugar, la fuerza del mensaje (la potencia del sonido, el brillo de la luz, quizá incluso la intensidad de nuestros sentimientos) es codificada como una tasa de impulsos. Los ingenieros conocen esto como Modulación por Frecuencia de Impulsos, y era popular entre ellos antes de que se adoptara la Modulación por Impulsos Codificados.

Una tasa de impulsos es una cantidad analógica, pero los impulsos mismos son digitales: están o no están ahí, sin medias tintas; y el sistema nervioso obtiene el mismo beneficio de ello que cualquier sistema digital. Debido a la forma en la que funcionan las células nerviosas hay el equivalente a un repetidor amplificador, no cada cien millas sino cada milímetro. es decir, ochocientas estaciones de repetición entre la médula espinal y la punta de un dedo. Si la altura absoluta del impulso nervioso -la onda de pólvora- fuera importante, el mensaje se iría distorsionando, hasta que fuera imposible reconocerlo, a lo largo de la longitud de un brazo humano, por no mencionar el cuello de una jirafa. Cada fase de amplificación introduciría más error aleatorio, como sucede cuando hacemos ochocientas veces una grabación en cinta a partir de una cinta grabada o cuando fotocopias la fotocopia de una fotocopia. Después de ochocientas «generaciones» de fotocopias todo lo que queda es una mancha gris. La codificación digital ofrece la única solución posible al problema de las células nerviosas, y la selección natural la ha adoptado indolentemente. Lo mismo se cumple para los genes.

En mi opinión, Francis Crick y James Watson, los descubridores de la estructura molecular del gen, deberían ser venerados durante tantos siglos como Aristóteles y Platón. Les fueron concedidos sendos premios Nobel en «fisiología o medicina» y esto es correcto pero casi trivial. Hablar de revolución continua es casi una contradicción en los términos; aun así, no sólo la medicina sino nuestra comprensión global de la vida continuarán siendo revolucionadas una y otra vez como resultado directo de los cambios en el pensamiento que aquellos dos jóvenes iniciaron en 1953. Los propios genes y las enfermedades genéticas son sólo la punta del iceberg. Lo verdaderamente revolucionario de la biología molecular en la era post Watson-Crick es que se ha convertido en digital.

Gracias a Watson y Crick sabemos que los genes, en su diminuta estructura interna, son largas cadenas de información digital en estado puro. Es más, son verdaderamente digitales en el poderoso y completo sentido de los ordenadores y los discos compactos, no sólo en el débil sentido del sistema nervioso. El código genético no utiliza un código binario como los ordenadores, tampoco un código de ocho niveles como algunos sistemas telefónicos, sino un código cuaternario con cuatro símbolos. El código máquina de los genes es asombrosamente parecido al de los ordenadores; dejando de lado algunas diferencias en la jerga, las páginas de una revista de biología molecular podrían intercambiarse con las de una revista de ingeniería informática. Esta revolución digital en el mismo núcleo de la vida ha dado, entre otras muchas consecuencias, el golpe letal definitivo al vitalismo -la creencia de que la materia viva es profundamente distinta de la materia inerte—. Hasta 1953 todavía era posible creer que había algo fundamental e irreductiblemente misterioso en un protoplasma viviente. Ya no. Incluso aquellos filósofos que mostraban cierta predisposición a la perspectiva mecanicista de la vida no se habrían atrevido a prever una realización tan absoluta de sus sueños más radicales.

El siguiente argumento de ciencia ficción es verosímil si imaginamos una tecnología que difiere de la actual tan sólo en que está un poco más adelantada. El profesor Jim Crickson 6 ha sido secuestrado por una maligna potencia extranjera y ha sido forzado a trabajar en sus laboratorios biológicos bélicos. Para salvar a la civilización, es de importancia vital que comunique al mundo exterior cierta información de alto secreto, pero todos los canales normales de comunicación le están vedados. Excepto uno. El código de ADN consiste en sesenta y cuatro tripletes -«codones»- suficientes para un alfabeto inglés completo en mayúscula y minúscula más diez números, un carácter de espacio y un punto final. El profesor Crickson recupera un violento virus de la gripe de la estantería del laboratorio y, mediante ingeniería, le introduce en su genoma el texto completo de su mensaje para el mundo exterior en frases en inglés perfectamente construidas. Repite su mensaje una y otra vez en el genoma manipulado, añadiendo una secuencia «bandera» fácilmente reconocible -por ejemplo, los diez primeros números primos-. Después, se infecta a sí mismo con el virus y estornuda en una habitación llena de gente. Una ola de gripe barre el mundo y los laboratorios médicos en tierras lejanas se ponen a trabajar en la secuenciación del genoma del virus en un intento para diseñar una vacuna. Pronto resulta evidente que hay un patrón extraño repetido en el genoma. Alertados por los números primos -que no habrían podido surgir de manera espontánea-, alguien considera la idea de someterlo a técnicas de decodificación. A partir de este punto llevaría poco tiempo leer el texto completo en inglés, estornudado alrededor del mundo, del mensaje del profesor Crickson.

Nuestro sistema genético, que es el sistema universal de toda la vida en el planeta, es digital hasta la médula. Con una precisión de palabra por palabra podrías codificar el Nuevo Testamento al completo en aquellas partes del genoma humano que están ahora llenas de ADN «basura», es decir, ADN no utilizado, al menos de manera ordinaria, por el cuerpo. Cada célula de tu cuerpo contiene el equivalente a cuarenta y seis cintas de datos inmensas que recitan de un tirón caracteres digitales por medio de numerosas cabezas lectoras que trabajan simultáneamente. En cada célula, estas cintas -los cromosomas- contienen la misma información, pero las cabezas lectoras situadas en los diferentes tipos de células buscan diferentes partes de la base de datos para sus propósitos especializados. Esta es la razón por la que las células musculares son diferentes de las células del hígado. No hay ninguna fuerza vital impulsada por el espíritu, ninguna pulsante, convulsiva, pululante y mística gelatina protoplásmica. La vida es sólo bytes y bytes y más bytes de información digital.

Los genes son información pura; información que puede ser codificada, recodificada y descodificada sin degradación alguna o cambio de significado. La información pura puede ser copiada y, puesto que es información digital, la fidelidad de la copia puede ser inmensa. Los caracteres del ADN son transcritos con una precisión que rivaliza con cualquier cosa que los ingenieros modernos puedan hacer. Son copiados a lo largo de generaciones únicamente con los suficientes errores ocasionales como para producir variedad. Entre esta variedad, aquellas combinaciones codificadas que se hagan más numerosas en el mundo serán, obvia y automáticamente, las que cuando sean descodificadas y obedecidas dentro de los cuerpos harán a éstos tomar medidas activas para preservar y propagar esos mismos mensajes de ADN. Nosotros -y con esto quiero decir todos los seres vivos- somos máquinas de supervivencia programadas para propagar la base de datos digital que hizo la programación. El darwinismo es visto ahora como la supervivencia de los supervivientes en el nivel del código digital puro.

Visto en retrospectiva, no podría haber sido de otra manera. Podríamos imaginar un sistema genético analógico, pero ya hemos visto lo que sucede con la información analógica cuando es recopiada durante generaciones sucesivas. Es como el juego de los susurros chinos7. Los sistemas telefónicos reamplificados, las cintas recopiadas, las fotocopias de fotocopias, es decir, las señales analógicas, son tan vulnerables a la degradación acumulativa que no se pueden copiar más allá de un número limitado de generaciones. Los genes, por el contrario, pueden copiarse a sí mismos durante diez millones de generaciones sin degradarse en absoluto, o con poquísima degradación. El darwinismo funciona solamente porque -a excepción de las mutaciones discretas que la selección natural suprime o bien conserva- el proceso de transcripción es perfecto. Sólo un sistema genético digital es capaz de mantener el darwinismo durante eones de tiempo geológico. 1953, el año de la doble hélice, se contemplará en el futuro no sólo como el fin de las visiones místicas y oscurantistas de la vida; los darwinistas lo contemplarán como el año en el que su materia se hizo finalmente digital.

El río de información digital pura, fluyendo majestuosamente a través del tiempo geológico y separándose en tres mil millones de ramificaciones, es una imagen impactante. Pero, ¿dónde deja los rasgos familiares de la vida?, ¿dónde deja a los cuerpos, las manos y pies, los ojos y los cerebros y los bigotes, hojas y troncos y raíces?, ¿dónde nos deja a nosotros y a nuestras partes? Nosotros -los animales, las plantas, los protozoos, los hongos y las bacterias- ¿somos sólo orillas entre las cuales fluyen riachuelos de datos digitales? En un sentido sí. Pero, como he dejado entrever, hay algo más que eso. Los genes no sólo hacen copias de sí mismos que circulan fluyendo durante generaciones. Ellos, en realidad, pasan su vida en los cuerpos e influyen en la forma y en el comportamiento de los sucesivos cuerpos en los que habitan. También los cuerpos son importantes.

El cuerpo de, por ejemplo un oso polar, no sólo es un par de riberas en un arroyuelo digital. También es una máquina de una complejidad del tamaño de un plantígrado. Todos los genes de la población completa de los osos polares son un colectivo -buenos compañeros compitiendo unos con otros a través del tiempo-, Pero no pasan todo este tiempo en compañía del resto de los miembros del colectivo; cambian de socios dentro del conjunto que constituye el colectivo, el cual está definido como el conjunto de genes que pueden encontrarse, potencialmente, con cualquier otro gen del colectivo (pero no con miembros de cualquiera de los treinta millones de otros colectivos del mundo). Los encuentros reales siempre tienen lugar dentro de una célula en el cuerpo de un oso polar. Y ese cuerpo no es un receptáculo pasivo de ADN.

Para empezar, el verdadero número de células (cada una de las cuales es un conjunto completo de genes) supera la imaginación: cerca de novecientos millones de millones para un gran oso macho. Si pusieras en fila todas las células de un solo oso polar, la hilera podría hacer cómodamente el viaje de ida y vuelta de aquí a la luna. Estas células pertenecen a un par de cientos de clases distintas; esencialmente, el mismo par de cientos para todos los mamíferos: células musculares, células nerviosas, células óseas, células epidérmicas, etcétera. Las células de cualquiera de estos tipos están agrupadas formando tejidos: el tejido muscular, el tejido óseo y demás. Todas las clases diferentes de células contienen las instrucciones genéticas necesarias para dar lugar a cualquiera de los tipos de tejidos, pero sólo están activados los genes apropiados para el tejido correspondiente. Esta es la causa de que las células de los diferentes tejidos tengan diferentes formas y tamaños. Más interesante es que los genes que están en funcionamiento en las células de una clase en particular son los responsables de que esas células hagan crecer a sus tejidos con una forma determinada. Los huesos no son masas informes de tejido rígido y duro. Los huesos tienen formas concretas con fustes huecos, bolas y cuencas, espinas y espolones. Las células están programadas, por los genes activados dentro de ellas, para comportarse como si conocieran dónde están en relación con sus células vecinas; de esta manera construyen sus tejidos con la forma de lóbulos de oreja y válvulas cardiacas, lentes oculares y músculos del esfínter.

La complejidad de un organismo como un oso polar tiene muchos estratos. El cuerpo es una colección compleja de órganos conformados con precisión, como los hígados y los riñones y los huesos. Cada órgano es un complejo edificio formado por tejidos particulares cuyos ladrillos de construcción son las células, dispuestas con frecuencia en capas o láminas pero habitualmente también como masas sólidas. A una escala mucho más pequeña, cada célula tiene una estructura interior extremadamente compleja de membranas plegadas. Estas membranas, y el agua que hay entre ellas, son el escenario de intrincadas reacciones químicas de muchísimas clases. Dentro de una factoría química de la ICI o de la Union Carbide puede haber varios cientos de reacciones químicas distintas llevándose a cabo. Estas se mantendrán separadas las unas de las otras mediante las paredes de los matraces, los tubos de ensayo, etc... Dentro de una célula viva podría haber un número similar de reacciones químicas teniendo lugar simultáneamente. Hasta cierto punto, las membranas en una célula son como los útiles de cristal de un laboratorio, pero la analogía no es buena por dos razones. La primera es que aunque muchas de las reacciones químicas suceden entre las membranas, un buen número de ellas lo hace dentro de la sustancia de las propias membranas. La segunda es que hay una manera más importante de mantener las diferentes reacciones separadas: cada reacción es catalizada por su propia enzima especial.

Una enzima es una molécula muy grande cuya forma tridimensional acelera un tipo particular de reacción química proporcionándole una superficie que estimula esa reacción. Puesto que lo importante en las moléculas biológicas es su forma tridimensional, podríamos considerar a la enzima como una gran herramienta mecánica, cuidadosamente afinada para producir una línea completa de moléculas con una forma determinada. De esta manera, cualquier célula individual puede tener en su interior cientos de reacciones químicas sucediendo simultánea y separadamente, sobre la superficie de diferentes moléculas enzimáticas. Las clases concretas de moléculas enzimáticas que están presentes en grandes cantidades determinan qué reacciones químicas en particular suceden dentro de una célula dada. Cada molécula enzimática, incluyendo su crucial forma, se ensambla bajo la influencia determinista de un gen en particular. Para ser más específico: la secuencia exacta de varios cientos de letras de código en el gen determina, mediante un conjunto de reglas que son totalmente conocidas (el código genético), la secuencia de aminoácidos de la molécula enzimática. Cada molécula enzimática es una cadena lineal de aminoácidos y cada cadena lineal de aminoácidos se enrolla espontáneamente formando una estructura tridimensional particular y única, como un nudo, en la cual partes de la cadena forman enlaces cruzados con otras partes de la cadena. La estructura tridimensional exacta del nudo está determinada por la secuencia unidimensional de aminoácidos y, por tanto, por la secuencia unidimensional de letras de código en el gen. Y de esta manera las reacciones químicas que tienen lugar en una célula están determinadas por el tipo de genes que están activados.

¿Qué es entonces lo que determina qué genes están activados en una célula concreta? La respuesta es que son los compuestos químicos que están ya presentes en ella. Aquí tenemos una versión del problema del huevo y la gallina, pero no es insuperable. La solución a la paradoja es realmente muy sencilla en su fundamento, aunque se complica en el detalle. Es la solución que los ingenieros informáticos conocen como «cebado». Cuando en los años sesenta empecé a utilizar computadoras por primera vez había que cargar todos los programas utilizando cinta de papel (las computadoras americanas de la época utilizaban con frecuencia tarjetas perforadas, pero el principio era el mismo). Antes de que pudieras cargar la enorme cinta de un programa serio tenías que cargar un programa más pequeño llamado el cargador de programa inicial. Este programa hacía una sola cosa: decir a la computadora cómo cargar las cintas de papel. Pero -aquí está la paradoja huevo-gallina- ¿cómo se cargaba la propia cinta del cargador de programa inicial? En los ordenadores modernos, el equivalente a esto está integrado en la máquina, pero en aquellos días tenías que comenzar por activar interruptores de palanca siguiendo una secuencia ritual. Esta secuencia decía a la computadora cómo empezar a leer la primera parte de la cinta del cargador de programa inicial. Después, la primera parte de la cinta le daba un poco más de información sobre cómo leer la siguiente porción de la cinta, y así sucesivamente. Para cuando el cargador de programa inicial completo había sido engullido, la máquina sabía cómo leer cualquier cinta de papel y se había convertido en una computadora útil.

En el origen del embrión, una célula sencilla -el óvulo fertilizado- se divide en dos; cada una de las dos se divide para dar cuatro; cada una de las cuatro se divide para dar ocho, y así sucesivamente. Es tal el poder de la división exponencial que sólo son necesarias unas cuantas docenas de generaciones para elevar la cantidad de células hasta los billones. Pero si esto fuera lo único que ocurriera, los billones de células serían todas iguales. ¿Cómo se diferencian (utilizando el término técnico), sin embargo, en células de hígado, células de riñón, células musculares, etc..., cada una con diferentes genes activados y, por tanto, con diferentes enzimas activas? Mediante el cebado, y funciona de la siguiente manera. Aunque el óvulo parezca una esfera, en realidad posee polaridad en su química interna: tiene una parte superior y una inferior, y en muchos casos también una anterior y una posterior (y, por consiguiente, un lado derecho y un izquierdo). Esta polaridad se manifiesta en forma de gradientes (o gradaciones) de compuestos químicos. La concentración de algunos de ellos aumenta de forma constante a medida que te mueves desde la parte anterior a la posterior y otros a medida que te mueves de la parte superior a la inferior. Estos tempranos gradientes son bastante simples, pero son suficientes para constituir la primera fase de una operación de cebado.

Cuando el óvulo se ha dividido, pongamos en treinta y dos células (es decir, después de cinco divisiones) algunas de esas treinta y dos células tendrán más compuestos químicos superiores de la cuenta, y otras más compuestos químicos inferiores de la cuenta. Las células podrían estar también desequilibradas respecto a los compuestos químicos del gradiente posterior y anterior. Estas diferencias son suficientes para causar la activación de diferentes combinaciones de genes en células distintas. Por tanto, en las células de las diferentes partes del embrión temprano habrá distintas combinaciones de enzimas que determinarán la activación de diferentes combinaciones adicionales de genes en células distintas. En consecuencia, dentro del embrión los linajes celulares divergen en vez de permanecer idénticos a sus ancestros clónicos.

Estas divergencias difieren mucho de las divergencias entre especies que hemos mencionado antes. Las divergencias celulares están programadas y son predecibles en detalle, mientras que las divergencias entre especies fueron el resultado fortuito de accidentes geográficos y eran impredecibles. Es más, cuando las especies divergen, los genes mismos divergen en lo que yo he llamado románticamente el largo adiós. Cuando los linajes de células divergen en un embrión, ambas divisiones reciben los mismos genes —todos ellos- Pero células distintas reciben combinaciones distintas de compuestos químicos que activan diferentes combinaciones de genes. Hay también algunos genes que trabajan para activar o desactivar a otros. Y así el cebado continúa, hasta que tenemos el repertorio completo de los diversos tipos de células.

El embrión en desarrollo no sólo se diferencia en un par de cientos de tipos distintos de células. También experimenta elegantes cambios dinámicos en su forma interna y externa. Quizá el más dramático de ellos es uno de los más tempranos: el proceso conocido como gastrulación. El distinguido embriólogo Lewis Wolpert ha llegado tan lejos como para decir: «Realmente, el momento más importante de tu vida no es el nacimiento, el matrimonio o la muerte, sino la gastrulación.» Lo que sucede durante la gastrulación es que una región de la bola hueca de células se repliega hacia dentro para formar una copa con revestimiento interno. Todas las embriologías del reino animal experimentan esencialmente este mismo proceso de gastrulación y es un proceso que constituye la base uniforme sobre la que descansa la diversidad de las embriologías. Aquí he mencionado la gastrulación sólo como un ejemplo, particularmente dramático, del tipo de incansable movimiento papirofléxico de láminas completas de células que se observa con frecuencia en el desarrollo embrionario.

Al final de una exhibición de papiroflexia propia de un virtuoso; tras numerosos replegamientos, torsiones, abultamientos y estrechamientos de capas de células; después de una gran cantidad de crecimiento diferencial, dinámicamente orquestado, de unas regiones del embrión a expensas de otras; después de la diferenciación en cientos de clases química y físicamente especializadas de células; cuando el número total de células ha alcanzado los billones, obtenemos el producto final: un recién nacido. Rectifico, ni siquiera el recién nacido es definitivo, porque el crecimiento global del individuo -de nuevo con unas partes creciendo más rápido que otras- pasando por la etapa adulta hasta la vejez, debería ser visto como una prolongación del mismo proceso embriológico: la embriología global.

Los individuos varían debido a diferencias en los detalles cuantitativos de su embriología global. Una capa de células crece un poco más antes de doblarse sobre sí misma y el resultado ¿qué es?: una nariz aguileña en vez de una nariz chata; los pies planos, que podrían salvar tu vida porque te libran del servicio militar; una conformación particular del omóplato que te predispone a ser un buen lanzador de jabalina (o de granadas de mano o de pelotas de cricket, dependiendo de tus circunstancias). Algunas veces, los cambios individuales en la papiroflexia celular pueden tener trágicas consecuencias, como cuando un bebé nace sin manos y con muñones en vez de brazos. Las diferencias individuales que no se manifiestan en la papiroflexia de las capas celulares, sino de forma puramente química, pueden tener consecuencias igual de importantes: la incapacidad para digerir la leche, la predisposición a la homosexualidad, a la alergia a los cacahuetes o a pensar que el sabor del mango recuerda desagradablemente a la trementina.

El desarrollo embrionario es una exhibición química y física muy complicada. El cambio de los pormenores en cualquier punto de su curso puede tener más adelante notables consecuencias. Esto no es sorprendente si recordamos lo fuertemente cebado que está el proceso. Muchas de las diferencias en la forma en la que los individuos se desarrollan se deben a diferencias en el entorno: carencia de oxígeno o exposición a la talidomida, por ejemplo. Muchas otras son debidas a diferencias en los genes; no sólo a los genes considerados aisladamente, sino a los genes en interacción con otros y en interacción con diferencias ambientales. Un proceso tan complicado y caleidoscópico, y tan intrincada y recíprocamente cebado como el desarrollo embrionario, es a la vez robusto y sensible. Es robusto en el sentido de que, para producir un bebé vivo, combate muchos cambios potenciales con tantas probabilidades en contra que a veces parecen casi abrumadoras. Al mismo tiempo, es sensible a los cambios, puesto que no hay dos individuos, ni siquiera dos gemelos idénticos, que sean literalmente idénticos en todos sus rasgos.

Y ahora vayamos a la idea a la que todo esto nos ha estado conduciendo. En la medida en la que las diferencias entre los individuos son debidas a los genes (que puede ser en una medida mayor o menor), la selección natural puede favorecer algunas peculiaridades de la papiroflexia embriológica o de la química embriológica y desfavorecer otras. En la medida en la que tu brazo lanzador está condicionado genéticamente, la selección natural puede favorecerlo o no. Si ser capaz de lanzar bien afecta, por poco que sea, a la probabilidad de que un individuo sobreviva lo suficiente como para tener hijos, los genes que influyen sobre la habilidad de lanzamiento tendrán, en esa medida, una mayor probabilidad de pasar triunfantes a la siguiente generación. Cualquier individuo puede morir por razones que no tienen nada que ver con su habilidad para lanzar. Pero un gen que tiende a hacer a los individuos mejores lanzadores cuando está presente habitará muchos cuerpos, tanto buenos como malos, durante muchas generaciones. Desde el punto de vista del gen en particular, las otras causas de la muerte serán despreciables. En la perspectiva del gen sólo existe el panorama del río de ADN fluyendo a través de las generaciones, albergado sólo temporalmente en cuerpos particulares y compartiendo sólo temporalmente un cuerpo con genes compañeros que podrían o no tener éxito.

A largo plazo, el río se llena de genes que son buenos de cara a la supervivencia por motivos distintos: porque mejoran ligeramente la capacidad para lanzar una jabalina, porque mejoran ligeramente la capacidad para detectar el veneno mediante el gusto, o cualquier otra cosa. Los genes que, como media, son peores de cara a la supervivencia (porque tienden a causar visión astigmática en los sucesivos cuerpos que habitan, que como consecuencia tienen menos éxito en el lanzamiento de jabalina; o porque hacen a sus sucesivos cuerpos menos atractivos y, por tanto, con menos posibilidades de aparearse) tenderán a desaparecer del río de los genes. Para todo esto recuerda la idea a la que llegamos antes: los genes que sobreviven en el río serán los que son buenos supervivientes en el entorno típico de la especie; y quizá el aspecto más importante de este entorno típico sean los demás genes de la especie; aquellos otros genes con los que es probable que un gen que tenga que compartir el cuerpo, los que nadan a través del tiempo geológico en el mismo río.


Notas

2 Para ser exactos, hay excepciones: algunos animales, como los áfidos, se reproducen sin relaciones sexuales. Técnicas como la fertilización artificial hacen posible que los humanos modernos tengamos hijos sin copular, e incluso —ya que los óvulos para la fertilización in vitro pueden tomarse de un feto hembra- sin alcanzar la edad adulta. Pero para la mayoría de los propósitos la fuerza de mi idea no disminuye.
3 «Estremecimiento de malicia»; el término francés frisson significa estremecimiento y la palabra alemana Schadenfreude se traduciría como «alegría por la tristeza ajena». (N. de la T.)
4 Los lectores podrían estar interesados en tener estas ideas en cuenta cuando consulten la vida maravillosa, la bella narración de Stephen J. Gould sobre la fauna cámbrica del esquisto de Burgess.
5 Palabra que proviene de binary digits y que significa símbolos o dígitos 9 binarios; también es una medida de la cantidad de información que contiene un mensaje. (N. de la T.)
6 Posiblemente, una contracción en honor a Watson y Crick. (N. de la T.)
7 Juego en el que una frase es transmitida por un círculo de niños, que la susurran en el oído de su compañero de la derecha. Para cuando llega al niño del que partió ha sido convertida en una frase sin sentido e ininteligible. (N. de la T.)


El río del Edén, Cap. I
Título Original: River out of Eden
Traductor: Victoria Laporta Gonzalo
© 1995, Richard Dawkins
© 2000, Editorial Debate, Madrid
Foto: © David Hurn/Magnum Photos

18 dic. 2012

Stephen Jay Gould: El ombligo de Adán

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La gran hoja de la higuera sirvió a nuestros antecesores artistas como escudo botánico frente a la exhibición indecente de Adán y Eva, nuestros desnudos progenitores en el éxtasis e inocencia primigenios del Edén. No obstante, en multitud de cuadros antiguos, el follaje oculta algo más que los genitales de Adán; aparece un sarmiento de parra que cubre también su ombligo. Si bien era la modestia la que había obligado al ocultamiento de los genitales, era un motivo (misterio) muy diferente el que situaba una planto sobre su abdomen. En un debate teológico aún más portentoso que el famoso dedicado al número de ángeles que cabrían en la punta de un alfiler, muchos bienintencionados hombres de fe se preguntaban si Adán había tenido ombligo. (Después de todo, no había nacido de mujer, y no había ningún motivo para que persistiesen restos de su inexistente cordón umbilical. Y aun así, al ta val un prototipo, ¿no habría hecho Dios que el primer hombre fuera idéntico a los que habrían de venir tras él? En otras palabras, ¿no habría creado Dios con la apariencia de la preexistencia? En ausencia de toda guía defintiva para resolver esta frustrante cuestión, y tratando de no incurrir en las iras de nadie, muchos pintores se limitaron a recubrir el ombligo de Adán.

Pocos siglos más tarde, al ir recogiendo evidencias la naciente ciencia de la geología en favor de la enorme antigüedad de la Tierra, algunos defensores de la literalidad de la Biblia revivieron este antiguo debate aplicándolo, esta vez, a la totalidad del planeta. Los estratos y sus fósiles parecen desde luego representar un registro secuencial de incontables años, pero ¿acaso no crearía Dios su Tierra con la apariencia de la preexistencia? ¿Por qué no habríamos de creer que creó los estratos y los fósiles para ofrecer a la vida moderna un orden armonioso otorgándole un pasado sensato (aunque ilusorio)? Del mismo modo en que Dios creó a Adán con un ombligo, instaló en un mundo prístino la apariencia de una historia ordenada. Así pues, la Tierra podría tener tan sólo unos pocos miles de años de antigüedad, como afirma literalmente el Génesis, y aun así contener el registro de una aparente historia de incalculables eones de duración.

Esta argumentación, tan a menudo citada como modelo de la razón en sus aspectos más perfecta e impagablemente ridículos, fue planteada con toda seriedad y extensión por el naturalista británico Philip Henry Gosse en 1857. Gosse rindió el debido homenaje a su contexto histórico al escoger el título para su obra. La denominó Omphalos (ombligo en griego), en honor de Adán, y le añadió un subtítulo: An Attempt to Untie the Geological Knot (Un intento de desatar el nudo de la geología).

Debido a la espectacular estupidez de Omphalos, tal vez los lectores se pregunten a qué viene este ensayo. He decidido discutir la obra, en primer lugar, porque su autor era un hombre serio y fascinante, no un excéntrico sin remedio o un simple disconforme. Toda pasión honesta es merecedora de nuestra atención, aunque sólo sea por la razón más antigua jamás expuesta: la célebre frase de Terencio «Homo sum: humani nihil a me alienum puto» (Soy humano, y por lo tanto nada humano me es ajeno). Philip Henry Gosse (1810-1888) era el David Attenborough de su tiempo, el mejor narrador popular de la fascinación de la naturaleza de Gran Bretaña. Escribió una docena de libros sobre plantas y animales, dio múltiples conferencias ante auditorios populares y publicó varios trabajos técnicos sobre invertebrados marinos. Era también, en una era entregada a intensas pasiones religiosas como fórmula para expresar las pasiones humanas, imposibles de desahogar por otros métodos, un radical y entregado fundamentalista de la secta de los Hermanos de Plymouth. Aunque su History of the British Sea-Anemones y otras divulgaciones diversas sobre historia natural no sean ya leídas, Gosse conserva una cierta notoriedad como el protagonista de una obra clásica de autoanálisis y confesión personal, victoriana tardía, escrita por su hijo Edmund, en la que se narra la lucha de un joven frente a un aplastante extremismo religioso impuesto por un padre amante y amado: Father and Son

El segundo motivo por el que me interesé en Omphalos invoca el mismo tema que rodea a tantos de estos ensayos acerca de las rarezas de la naturaleza: las excepciones sí confirman la regla (confirman en el sentido de que ponen a prueba o comprueban, no en el sentido de que verifican). Si deseamos averiguar qué es lo que hace la gente normal, un disidente cuidadoso puede enseñarnos más que diez mil ciudadanos irreprochables. Una vez que compredamos por qué Omphalos resulta tan inaceptable (y no es, dicho sea de paso, por las razones habitualmente citadas), comprenderemos mejor de qué modo funcionan la ciencia y la lógica útiles. En cualquier caso, como ejercicio acerca de la antropología del conocimiento, Omphalos carece de contrincante, ya que su sorprendente rareza surgió de la mente de un estólido inglés, cuyo carácter y entorno cultural podemos comprender como algo próximo a nosotros, mientras que los exóticos sistemas de otras culturas nos resultan terra incognita, tanto por su contenido como por su contexto.

Para comprender Omphalos debemos empezar con una paradoja. El razonamiento de que los estratos y los fósiles fueron creados todos al mismo tiempo que la Tierra, y no representan más que una ilusión de tiempo transcurrido, resultaría más fácil de apreciar si su autor hubiera sido un teólogo de poltrona sin el más mínimo afecto por los trabajos de la Naturaleza. ¿Cómo podía un naturalista entusiasta que había pasado días (qué digo días, meses) en expediciones geológicas y que había estudiado fósiles hora tras hora, aprendiendo el modo de distinguirlos y sus nombres, contentarse con la perspectiva de que todos aquellos objetos de su dedicada pasión no fueran más que ficciones, con que no hubieran existido jamás, con que fueran, al fin y al cabo, tan sólo una gran broma perpetrada contra todos nosotros por el Señor de Todas las Cosas?

Philip Henry Gosse era el mejor naturalista descriptivo de su época. Su hijo escribe de él: «Como coleccionista de datos y recopilador de observaciones, no tuvo rival en su tiempo». El problema estriba en la caricatura habitual de Omphalos como una visión en la que Dios, al crear la Tierra, había mentido consciente y elaboradamente, bien para poner a prueba nuestra fe o simplemente por algún inescrutable capricho de un humor arcano. Gosse, tan ferozmente comprometido tanto con sus fósiles como con su Dios, planteó una interpretación opuesta que nos obligaba a todos a estudiar la geología con diligencia y a respetar todos los datos por ella ofrecidos a pesar de que carecían de existencia en el tiempo real. Una vez que comprendamos cómo pudo un empirista destacado abrazar el razonamiento expuesto en Omphalos («creación con apariencia de preexistencia»), entonces, y sólo entonces, podremos comprender sus falacias más profundas.

Gosse iniciaba su argumentación con una premisa central, pero dudosa: todos los procesos naturales, declaraba, se mueven ininterrumpidamente en círculo: del huevo a la gallina y de ésta al huevo, de la encina a la bellota y de ésta a la encina.

Este es, pues, el orden de toda la naturaleza orgánica. Una vez que nos encontramos en cualquier punto de su curso, nos vemos corriendo en un surco circular, tan interminable como el girar de un caballo ciego en torno a un molino ... ¿En los molinos anteriores a la mecanización, los caballos llevaban orejeras o, triste es decirlo, eran literalmente cegados para que aceptaran recorrer un trazado circular y no intentaran seguir en línea recta como tienden a hacer los caballos que se basan en referencias visuales. Esta no es una ley que se aplique a una especie en particular, sino a todas: impregna todas las clases de animales, todas las clases de plantas, desde la majestuosa palmera hasta el protococos, desde la mónada hasta el hombre: la vida de todo ser orgánico gira en un círculo incesante, al cual nadie sabe cómo asignar un comienzo ... La vaca es una consecuencia tan inevitable del embrión, como el embrión lo es de la vaca.

Cuando Dios crea, y a Gosse no le cabía la más mínima duda de que todas las especies habían aparecido por fiat divino sin evolución subsiguiente, debe romper (o «irrumpir», como escribía Gosse) por algún lugar este círculo ideal. Sea donde sea donde penetre Dios en los círculos (o «ponga su oblea de creación», como afirmaba Gosse en su metáfora), su producto inicial deberá llevar trazas de fases anteriores dentro del círculo, aunque esas fases no hubieran tenido existencia en tiempo real. Si Dios decide crear a los seres humanos en forma de adultos, su pelo y sus uñas (por no hablar de sus ombligos) son prueba de un crecimiento anterior que jamás tuvo lugar. Incluso si decide crearnos como un simple óvulo fertilizado, esta forma inicial implica un útero materno fantasmal y dos padres inexistentes de los que obtener el fruto de la herencia.

La creación no puede ser más que una serie de irrupciones en el interior de los círculos ... Suponiendo que la irrupción hubiera tenido lugar en cualquier parte del ciclo que nos plazca escoger, y variando esta condición indefinidamente a voluntad, no podemos eludir la conclusión de que cada organismo quedó marcado desde el primer momento con el registro de un ser anterior. Pero dado que la creación y la historia previa resultan inconsistentes entre sí, y dado que la mera idea de la creación excluye la idea de la preexistencia de un organismo, o de parte alguna de él, de ahí se sigue que tales registros son falsos, en la medida en la que testimonian el paso del tiempo.

Gosse inventó entonces una terminología para contrastar las dos partes del círculo antes y después de un acto de creación. Etiquetó como «procrónicas», o exteriores al tiempo, aquellas apariencias de preexistencia, introducidas de hecho por Dios en el momento de la creación, pero que parecían marcar etapas anteriores del círculo de la vida. Los eventos subsiguientes a la creación, y que se desplegaron en tiempo real, recibieron el nombre de «diacrónicos». El ombligo de Adán era procrónico; los novecientos treinta años de su vida sobre la Tierra, diacrónicos.

Gosse dedicaba alrededor de 300 páginas, casi el 90 por 100 de su libro, a una simple lista de ejemplos en favor del siguiente fragmento de su argumentación completa: si las especies surgen por creación repentina en cualquier punto de su ciclo vital, su forma inicial debe presentar apariencias ilusorias (pro-crónicas) de preexistencia. Permítanme escoger tan sólo una de entre sus numerosas ilustraciones, tanto para caracterizar su estilo de argumentación como para ofrecerles un ejemplo de su prosa gloriosamente recargada. Si Dios creó a los vertebrados como adultos, decía Gosse, sus dientes implican un pasado procrónico en cuanto a los modelos de desgaste y sustitución.

Gosse nos sirve de guía en un imaginario recorrido por la vida tan sólo una hora después de su creación en la Tierra salvaje. Hace una pausa en una playa y otea las distantes olas:

Veo a lo lejos un ... terrorífico tirano del mar ... es el siniestro tiburón. Cuán sigilosamente se desliza por las aguas ... Veamos cómo es su boca ...¿No es esto acaso una temible colección de cuchillos y lancetas? ¿No es este un caso de instrumentos quirúrgicos capaces de hacer que uno se estremezca? ¿Qué representaría para esta hilera de escalpelos triangulares la amputación de una pierna?

No obstante, los dientes crecen en espirales, uno detrás de otro, cada uno de ellos a la espera de su turno cuando los anteriores se desgasten por el uso y se desprendan:

De esto se sigue, por consiguiente, que los dientes que hoy vemos erectos y amenazadores son los sucesores de otros anteriores que ya han desaparecido y que estuvieron anteriormente en un estado durmiente como aquellos que vemos detrás de ellos ... De este modo, nos vemos obligados por los fenómenos a inferir una prolongada existencia anterior en este animal que, en realidad, ha sido creado hace menos de una hora.

En el caso de que intentemos aducir que los dientes actualmente en uso son los primeros miembros de su espiral, lo que no implicaría para nada la existencia de predecesores, Gosse responde que su grado de desgaste indica un pasado procrónico. En el caso de que propongamos que esos dientes inicales podrían estar intactos en un tiburón recién creado, Gosse pasa a otro ejemplo:

Vayámonos a un río más ancho. Aquí se refocila y abunda el gigantesco hipopótamo. ¿Qué podemos decir de su dentición?

'I'odos los hipopótamos adultos modernos poseen caninos e incisivos muy desgastados y biselados, con claros signos de utilización activa durante toda una larga vida. Aun así, ¿no podríamos, al igual que hemos hecho con el tiburón, aducir que un hipopótamo recién creado podría tener unos dientes afilados y prístinos? Gosse argumenta, correctamente, que ningún hipopótamo podría funcionar correctamente con los dientes en tal estado. Un hipopótamo adulto recién creado deberá tener dientes desgastados como evidencia de su pasado procrónico:

Las pulimentadas superficies de los dientes, desgastadas por su acción mutua, suministran una llamativa evidencia del paso del tiempo. Posiblemente alguien objete ... «¿Qué derecho tiene usted a asumir que esos dientes se desgastaron en el momento de su creación, en el supuesto de que el animal hubiera sido creado en estado adulto? ¿Acaso no podrían haber estado intactos?» A lo que yo respondo, imposible: los dientes le habrían resultado totalmente inútiles al hipopótamo, excepto en su estado de desgaste. Más aún, los caninos sin desgastar le habrían impedido cerrar las mandíbulas, obligándole a mantener la boca abierta de par en par hasta que se hubiera producido el necesario desgaste; mucho antes de lo cual, por supuesto, habría muerto de hambre...


Dibujo de Gosse (1857) del cráneo de un hipopótamo 
en el que se muestran los bordes biselados de los dientes 
(producto del tiempo y el desgaste) necesarios para su función.


El grado de desgaste no es más que una cuestión de tiempo... ¡Qué prueba tan indiscutible de una acción pasada, y aun así, en el caso del individuo creado, cuán ilusoria!

Así podríamos seguir durante toda la eternidad (de hecho, casi ocurre así en el libro), pero permítanme tan sólo otro ejemplo dental. Gosse, siguiendo su recorrido hacia arriba en la trayectoria topográfica de su viaje imaginario, llega a un bosque tierra adentro y se encuentra con Babirussa, el famoso jabalí asiático de enormes caninos superiores que crecen hacia adelante arqueándose hacia atrás, llegando casi a perforar el cráneo:

En los macizos de este bosque de mirísticas que hay a nuestro lado hay una baribusa; examinémosla. Héla aquí, casi sumergida en este tibio estanque. Amable cerdo de colmillos circulares, ¿abriría usted la hermosa boca, por favor?

El jabalí, creado por Dios hacía tan sólo una hora, obedece, exhibiendo así sus desgastados molares y, en especial, los caninos curvos, producto de un prolongado y continuo crecimiento.

Esta parte de la argumentación de Gosse me resulta perfectamente satisfactoria como solución, dentro de los límites de sus supuestos previos, de aquel dilema clásico del pensamiento (comparable en su importancia con el de los ángeles en la punta de un alfiler y con el ombligo de Adán): «¿Qué fue primero, el huevo o la gallina?». La respuesta de Gosse es: «Cualquiera de ellos, al gusto de Dios, con trazas procrónicas del otro». Pero los razonamientos tienen el valor que tienen sus premisas, y las estupideces inspiradas de Gosse fracasan porque un presupuesto alternativo, hoy aceptado como indudablemente correcto, convierte en irrelevante la cuestión; a saber, la propia evolución. Los círculos de Gosse no giran eternamente; cada ciclo vital llene unos antecesores que se remontan a unos productos inorgánicos en un océano primigenio. Si los organismos surgieron por actos de creación ab nihilo, habrá que respetar los argumentos de Gosse acerca de las trazas pro-crónicas. Pero si los organismos evolucionaron hasta su estado actual, Omphalos se convierte en una gigantesca irrelevancia. Gosse comprendió perfectamente la existencia de esta amenaza y decidió hacerle frente rechazándola con violencia. Aceptaba que la evolución desacreditaba su sistema, pero sólo un idiota aceptaría un caso tan evidente de insensatez e idolatría (Gosse escribió Omphalos dos años antes que Darwin publicara El origen de las Especies).



Un cráneo de Babirussa dibujado por Gosse (1857) 
en el que se aprecia el tiempo implícito en el desgaste de los molares 
y el crecimiento de los caninos curvos.


Si alguien decide mantener, como hacen muchos, que las especies alcanzaron gradualmente su actual madurez a partir de formas más humildes ... bienvenidas sean sus hipótesis, pero yo no tengo nada que ver con esto. En estas páginas no lo tocaremos siquiera.

Pero Gosse se enfrentó entonces a su segunda y más grave dificultad: el razonamiento procrónico puede funcionar en el caso de los organismos y sus ciclos biológicos, pero ¿cómo puede aplicarse a la totalidad de la Tierra y su registro fósil? Porque lo que pretendía Gosse con su Omphalos era escribir un tratado para reconciliar a la Tierra con la cronología bíblica, «un intento de desatar el nudo de la geología». Sus afirmaciones acerca de las partes procrónicas en los organismos sólo tienen el objeto de servir como respaldo colateral a la argumentación geológica, que es la fundamental. Y las afirmaciones sobre geología de Gosse fallan precisamente porque descansan sobre una muy dudosa analogía con lo que él reconocía (a la vista del espacio que le concedía) que era una argumentación mucho más poderosa referida a los organismos modernos.

Gosse intentó, valientemente, plantear para toda la Tierra las mismas dos premisas que hacían que su razonamiento procrónico resultara aplicable a los organismos. Pero un mundo reticente se rebeló ante un razonamiento tan forzado, y Omphalos se vino abajo por su propia carencia de lógica, por su propio peso. Gosse empezaba intentando demostrar que todos los procesos geológicos, al igual que los ciclos biológicos orgánicos, se mueven en círculo:

El problema que debe resolverse antes de que podamos determinar con alguna certidumbre la cuestión de la analogía entre el globo y el organismo es, pues, la siguiente: ¿Es un ciclo la historia vital del globo? Si lo es (y hay muchas razones para suponerlo así), estoy seguro de que el procronismo debe haber resultado evidente en su creación, dado que no existe ningún punto en un círculo que no implique la existencia de puntos anteriores.

Pero Gosse jamás consiguió documentar ese carácter cíclico en la geología, y sus razonamientos perecieron ahogados en un mar de retórica y alusiones bíblicas tomadas del Eclesiastés: «Los ríos van todos al mar, y la mar no se llena; allá de donde vinieron tornan de nuevo, para volver a correr».

En segundo lugar, para hacer procrónicos a los fósiles, Gosse tuvo que establecer una analogía tan repleta de agujeros que haría estremecerse al más ardiente de los evaluadores de mentes: el embrión es al adulto lo que el fósil es al organismo moderno. Podremos admitir que las gallinas requieren la existencia previa de los huevos, pero ¿por qué tendría que estar necesariamente ligado un reptil moderno (en especial para un antievolucionista como Gosse) a un dinosaurio precedente como parte de un ciclo cósmico? Sin duda, una serpiente pitón no implica de modo ineluctable el enterramiento de un Triceratops en estratos procrónicos.

Con este epítome del argumento de Gosse, podemos resolver la paradoja planteada al comienzo. Gosse podía aceptar los fósiles y estratos como ilusorios, y aun así, defender su estudio porque no contemplaba la parte procrónica de un ciclo como algo menos «real» o informativo que su segmento diacrónico convencional. Dios decretó dos clases de existencia: una construida toda de una vez, con la apariencia del tiempo transcurrido, la otra como una progresión secuencial. Ambas engranan armoniosamente, formando círculos que, en su orden y majestuosidad, nos dan una visión de los pensamientos y planes de Dios.

La parte procrónica no es ni una broma ni una prueba de fe; representa la obediencia por parte de Dios a su propia lógica, dada su decisión de ordenar en círculos la creación. Como pensamientos en la mente de Dios, solidificados en la piedra por creación ab nihilo, los estratos y los fósiles son tan verdaderos como si registraran el paso del tiempo convencional. El geólogo debería estudiarlos con la misma atención y celo, ya que aprendemos a conocer los caminos de Dios tanto de sus objetos procrónicos como de sus objetos diacrónicos. La escala temporal geológica no es menos significativa como vara de medir que como mapa de los pensamientos de Dios.
La aceptación de los principios presentados en este volumen ... no afectaría, ni en el más mínimo grado, al estudio científico de la geología. El carácter y el orden de los estratos ... las faunas y floras sucesivas, y todos los demás fenómenos, seguirían siendo hechos. Seguirían siendo, como lo son ahora, temas legítimos para su examen e investigación ... Podríamos seguir hablando de la duración inconcebiblemente larga de los procesos en cuestión, siempre y cuando entendamos por esto un tipo ideal y no real: que esta duración era una proyección en la mente de Dios y no tuvo una existencia real.

Así pues, Gosse ofrecía Omphalos a los científicos en activo como una solución útil para los conflictos religiosos, no como un desafío a sus métodos, o a la relevancia de su información. Su hijo Edmund narró las grandes esperanzas que Gosse tenía puestas en Omphalos:

Jamás salió a la luz un libro con mayores expectativas de éxito que este curioso, obstinado y fanático volumen. Mi padre vivía enfebrecido por el suspense, esperando una tremenda explosión. Aquel «Omphalos» de su creación, pensaba, habría de poner fin a la agitación de la especulación científica, poner a la geología en brazos de las Escrituras, y hacer que el león pastara junto a la oveja.

Por el contrario, los lectores recibieron Omphalos con incredulidad, ridiculizándolo o, lo que es peor, con un silencio anonadado. Edmund Gosse continuaba:

Lo ofrecía, con gesto resplandeciente, por igual a los ateos que a los crisianos. La suya habría de ser la panacea universal; aquél habría de ser el sistema terapéutico intelectual que no podía por menos que sanar todas las aflicciones de la época. Pero, ¡ay de mí!, tanto los ateos como los cristianos lo vieron y se echaron a reír, y lo arrojaron a la basura.

Aunque Gosse se reconciliara con un Dios capaz de crear un pasado ilusorio tan minuciosamente detallado, esta idea resultaba anatema para la mayor parte de sus compatriotas. Los británicos son un pueblo práctico y empírico, «una nación de tenderos», por utilizar la famosa frase de Adam Smith; tienden a respetar los hechos de la naturaleza tal y como se les presentan, y raramente son proclives a los complejos sistemas de interpretación no obvia tan populares en gran parte del pensamiento del continente. El reverendo Charles Kingsley, un líder intelectual de incuestionable devoción tanto hacia Dios como hacia la ciencia, habló por muchos al afirmar que no podía «abandonar la dolorosa y lenta conclusión a la que he llegado tras veinticinco años de estudios y creer que Dios haya escrito en las rocas una enorme y superflua mentira».

Este ha sido el modo en que se ha tratado el razonamiento de Omphalos desde entonces. Gosse no lo inventó, y desde su época unos cuantos creacionistas han intentado revivirlo de tanto en tanto. Pero jamás ha recibido una buena acogida ni se ha hecho popular porque viola nuestra noción intuitiva de la benevolencia divina como algo libre de todo comportamiento retorcido; ya que si bien Gosse veía un resplandor divino en la idea del procronismo, la mayor parte de la gente no puede evitar la sensación visceral de que tiene un regusto a juego sucio. Nuestros modernos creacionistas norteamericanos la rechazan con vehemencia, por imputar un carácter moral un tanto dudoso al propio Dios y, en su lugar, optan por la idea aún más ridícula de que los kilómetros y kilómetros de estratos fosilíferos son todos ellos producto del Diluvio Universal y pueden, por consiguiente, introducirse en la escala temporal literal del Génesis.

Pero ¿qué es lo que está tan irremediablemente equivocado en Omphalos? Sólo (y tal vez paradójicamente) esto: que no podemos idear ningún mecanismo para comprobar si está equivocado... o en lo cierto, por otra parte. Omphalos es el ejemplo clásico de lo que es una idea totalmente incomprobable, ya que el mundo tendrá el mismo aspecto sean los estratos y los fósiles procrónicos o producto de una larga historia. Cuando comprendamos que hay que rechazar esta obra por este absurdo metodológico, y no por ninguna imprecisión demostrable en los hechos presentados en ella, comprenderemos la ciencia como un mecanismo del conocimiento, y Omphalos habrá desempeñado su papel como acicate intelectual.

La ciencia es un procedimiento para poner a prueba y rechazar hipótesis, no un compendio de conocimientos ciertos. En su terreno existen afirmaciones que pueden ser incorrectas (como falsas proposiciones, sin duda, pero como proposiciones que cumplen el requisito metodológico fundamental de ser comprobables). Pero las teorías que, por principipio, no pueden ser puestas a prueba, no forman parte de la ciencia. La ciencia es hacer cosas, no una cogitación inteligente; rechazamos Omphalos por su inutilidad, no porque esté equivocado.

El profundo error de Gosse yace en su incapacidad de apreciar esta característica esencial del razonamiento científico. Fue él quien clavó los clavos de su propio ataúd al subrayar continuamente que Omphalos no cambiaba nada en la práctica, que el mundo tendría exactamente el mismo aspecto con un pasado procrónico que con un pasado diacrónico. (Gosse pensaba que esto haría que sus razonamientos resultaran aceptables para los geólogos convencionales; jamás se dio cuenta de que lo que haría sería que rechazarían todo su modelo como irrelevante.) «No se me ocurre —escribía— nada que haga necesario rechazar ni una sola de las conclusiones hoy aceptadas, a excepción de la de la cronología real.»

Gosse hacía hincapié en que no podíamos saber dónde había situado Dios su oblea de creación en el círculo cósmico porque los objetos procrónicos, creados ab nihilo, tienen exactamente el mismo aspecto que los productos del tiempo real. A aquellos que argumentaban que los coprolitos (excrementos fósiles) prueban la existencia de animales activos, que se alimentaban, en un pasado geológico real, Gosse les replicaba que igual que Dios podía crear adultos con heces en sus intestinos, también podía poner heces petrificadas en los estratos de su creación. (No estoy poniendo este ejemplo por su efecto cómico; aparece en la página 535 de Omphalos.) Así pues, con estas palabras, Gosse selló su destino situándose fuera del mundo de la ciencia:

Una vez más repito aquí que no existe diferencia imaginable alguna para distinguir entre el desarrollo procrónico y el diacrónico. Todos y cada uno de los argumentos por medio de los cuales el fisiólogo puede demostrar que aquella vaca fue alguna vez un feto en el útero de su madre, se aplicarán con igual fuerza a demostrar que la vaca recién creada fue un embrión, algunos años antes de su creación ... No hay, ni puede haber, nada en los fenómenos que indique un lugar de comienzo en un punto dado, o en cualquier otro punto, o, de hecho, en punto alguno. El comienzo, como hecho, es algo que debo aprehender a partir de los testimonios; carezco de medio alguno para inferirlo a partir de los fenómenos observables.

Gosse quedó emocionalmente aplastado por el fracaso de Omphalos. Durante las largas veladas del invierno de su descontento, en el frío de enero de 1858, se quedaba sentado junto al fuego con su hijo de ocho años, intentando alejar amargos pensamientos discutiendo siniestros detalles de asesinatos del pasado y el presente. El joven Edmund oyó la historia de mistress Mannnig, que enterró a su víctima en cal viva y fue ahorcada vestida de satén negro; la de Burke y Hare, los profanadores de tumbas escoceses; y la del «misterio del morral», un saco de partes humanas pulcramente destazadas que apareció colgado de un pilar del puente de Waterloo. Probablemente este tema no fuera el más adecuado para un muchacho impresionable (según los recuerdos del propio Edmund, se sentía «casi petrificado de horror») y, aun así, me consuela un tanto que Philip Henry Gosse, sacudido por el dolor del rechazo de su incomparable teoría pudiera refugiarse en algo tan inequívocamente objetivo, tan absolutamente concreto.


Post scriptum

Tras escribir este ensayo descubrí que uno de mis escritores favoritos, Jorge Luis Borges, había escrito un fascinante comentario breve acerca de Omphalos («La creación y P. H. Gosse», en Otras inquisiciones, 1937-1952, Alianza Editorial, Madrid, 1989). Borges comienza citando varias referencias literarias a la ausencia de ombligo en nuestros primeros padres. Sir Thomas Browne, como metáfora del pecado original, escribe en Religio Medici (1642), «El hombre sin ombligo vive aún en mí»; y James Joyce, en el primer capítulo de Ulysses (¿es que hay algo que no pueda encontrarse en este libro increíble?) afirma: «Eva, desnuda Eva. No tenía ombligo». Aprecié de un modo especial el hermoso resumen y la conclusión final de Borges (aunque estoy en desacuerdo con él en el segundo punto): «Me gustaría subrayar dos virtudes de la olvidada tesis de Gosse. En primer lugar, su monstruosa elegancia. Segundo: su involuntaria reducción de una creatio ab nihilo al absurdo, su demostración indirecta de que el universo es eterno, como pensaban los Vedas, Heráclito, Spinoza y los atomistas».



En La sonrisa del flamenco (1985)
Título original: The flamingo's smile
Traductor: Joandomènec Ros
Barcelona, Crítica, 2008
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